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Death of a bachelor | Lillwelyn C.

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Mensaje— por Owen K. Ravenwolf el Sáb Ene 26, 2019 2:32 pm

Death of a bachelor
→ Lunes → 19:30h→ Sala de estar→ Cálido

Cada día dentro de aquel majestuoso -pero frío- edificio, en aquella ciudad llena de vehículos, ruido y gente, hacía que Owen añorase con vehemencia su ciudad natal. De nuevo el único motivo por el que seguía a pie de cañón era su hermano. El cual, tras su partida a Idris, lo notaba distante y lejano a él. Sabía de buen grado que la causa por la que esto sucedía era ni más ni menos por su culpa; A veces le gustaba pensar que todavía seguían en Alacante, espada en mano y luchando codo con codo. Que volvería a regalarle de nuevo una de aquellas sonrisas que le hacían recordar por qué seguía allí. Alexei era la única persona por la que se iría al infierno si él se lo pidiese. Ahora estaba en Nueva York.  Y sabía que aquella situación empezaba a ser asfixiante para ambos.

O por lo menos para el cuervo.

Estar encerrado en un despacho leyendo informes y programando expediciones le resultaba apasionadamente aburrido, pero alguien tenía que hacerlo, ¿cierto? Además, tras su candidatura (que él no había pedido), el Consejo parecía tener cierto interés en él y eso todavía le agradaba menos. El constante sonido de la pluma en contacto con la hoja era lo único que escuchaba. Había decidido quitar el reloj que colgaba de la pared porque le ponía demasiado nervioso. Ese constante tic-tac incesante le recordaba que el tiempo seguía avanzando, le gustase o no.

Y así, tras un par de horas más de trabajo, decidió que era buena hora (según su criterio ya que el reloj era inexistente) para tomar una copa de aquel whyskey que le había puesto ojitos la primera vez que lo vio. Obviamente, ante una invitación así, al cazador se le hacía imposible resistirse y servirse un buen trago.

La sala de estar estaba vacía. No mucha gente solía disponer de tiempo libre para servirse una copa y disfrutar tranquilamente de los últimos rayos del atardecer colándose por las vidrieras teñidas de vívidos colores. Pero él se daría aquel lujo, porque podía. Porque en aquella habitación solo existía él y su vaso de cristal, lejos de la guerra que estaba por venir.

No obstante, aquella calma duró poco. La antigua y pesada puerta de madera empezó a chirriar detrás suyo, alertándole de que la copa de licor no sería la única compañía que tendría aquella noche.
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Mensaje— por Lillwelyn Cynwrig el Dom Ene 27, 2019 8:13 pm

Death of a bachelor
→ Lunes → 19:30h→ Sala de estar→ Cálido
Había recibido la llamada de Sabine hacía apenas treinta minutos, mientras salía por la puerta de su habitación a hacer algo que ni siquiera ya recordaba, y aunque nadie en el mundo habría podido decirlo por su comportamiento, por su forma de hablar o por sus movimientos, Lillwelyn se encontraba de los nervios. Quizás el único detalle que pudiese hablar de su estado de ánimo era el que no dejaba de caminar por los pasillos del Instituto con el teléfono en la oreja, manteniendo bajo control todas sus emociones para que no trasluciese en sus palabras comprensivas el que estaba completamente perdida sin saber qué hacer.

Había conocido a Sabine cuando su familia se mudó a Idris al poco tiempo de haber roto ella con Matt, a los diecinueve años, y para Lillwelyn había sido una liberación ponerse en contacto con su persona, porque le abrió el mundo a muchísimas posibilidades que antes ni siquiera había contemplado. En un mundo tan retrógrado como el nefilim, Sabine era increíblemente liberal y le había ayudado a conocerse mejor de lo que nadie podía haberlo logrado nunca, convirtiéndose en una amiga absolutamente imprescindible en su vida. Sensata, madura, leal y apasionada, reunía muchas cualidades que Lill apreciaba y otras tantas de las que carecía, pero como siempre que se hacía cercana a alguien, había absorbido de ella toda la sabiduría y empuje que le había dado para terminar de ser ella misma, sin más.

Con los años Sabine había regresado a Francia, manteniendo la amistad a través del teléfono, y aunque hablaban poco, seguía sintiéndola increíblemente cercana. Conocía a su familia, conocía a su pareja y siempre tendría un hueco en su casa, viviese donde viviese. Por eso la noticia de que su hermano había muerto junto con su pareja en una misión le había afectado a unos niveles mucho más grandes de lo que podría estar dispuesta a soportar; no sólo porque el dolor de escucharla rota le partía el corazón, sino porque desde lo de Jacob Lillwelyn se había encontrado con que la tolerancia que tenía a la muerte estaba muy por debajo de lo que se suponía se esperaba de un nefilim.

No tendrías que estar aquí, Lillie... No tendrías... No quería esto...

La voz de Jake le retumbaba por detrás en la cabeza mientras procuraba mantener la calma, pero en su fuero interno sólo deseaba encerrarse en la bañera, encender el grifo del agua y dejarse empapar mientras lloraba. Ella tampoco había querido eso, pero había pasado. Al menos Sabine no había sido quien les había encontrado... Se mantuvo al teléfono hasta que la batería empezó a pitarle porque estaba casi al borde de descargarse, y fue en ese momento y no antes cuando le dijo que tenía que dejarla, que si le necesitaba estaría allí fuese como fuese. Sabine dejó de sollozar un segundo, y cuando volvió a hablarle, Lillwelyn creyó que sonreía, aunque estuviese llenísima de tristeza.

No te preocupes, petite. No puedes dejar a tu sobrino así como así... Te mantendré informada. Te quiero, corazón.

Y yo a ti, Sabine.

Entonces se hizo el silencio, y fue  cuando se dio cuenta de dos cosas, mientras cortaba la llamada y bajaba el teléfono hasta guardarlo en el pantalón. La primera, estaba frente a la sala de estar del Instituto, un sitio relativamente tranquilo donde podría estar a solas, más o menos, hasta que se le pasase el disgusto; bastante mejor y más recomendable que dejarse languidecer sola en la bañera. La segunda, es que sin entender el por qué, le sobrevivo una necesidad enorme de encontrarse con Alexei para escapar de la angustia que tenía por dentro, y aquello fue tan sorprendente como intrigante para ella. Pero no tenía ganas de ahondar en sus propios sentimientos en ese momento, teniendo en cuenta lo que estaba sucediéndole al mismo tiempo, así que simplemente lo dejó correr como agua de río y se adentró en la habitación, encontrándose con que a lo mejor no iba a ser tan fácil todo aquello.

Quizás fue más sorprendente encontrarse con Owen Ravenwolf sentado en uno de los sillones con una copa entre los dedos, mirando hacia el horizonte. Aunque nunca había cruzado demasiadas palabras con él sabía quién era, igual que le había sucedido con su hermano pequeño. Severo, helado, casi impenetrable, le recordaba a ella en muchas cosas, al menos, las superficiales que podía llegar a apreciar en la distancia. Mientras cerraba tras de sí y se movía por la habitación para intentar calmarse, no pudo dejar de pensar que le resultaba increíble lo diferentes que eran ambos. Sus ojos se toparon con los de él, por un momento, y no encontró nada más que frialdad, mientras que la mirada de Alexei siempre refulgía, igual que todo él. Se habría estremecido, de no haberle devuelto ella la misma frialdad al pasar por su lado, aunque por dentro sintiese un tumulto bastante inestable.

Vadeó los sillones hasta reparar en el mueble donde se guardaban las bebidas; algunas dentro de un armario, otras expuestas sobre el mostrador. Lillwelyn acarició con sus dedos fríos la lisa superficie de una de las botellas de cristal, perdiendo la mirada en el líquido ambarino que guardaban celosamente en su interior, así como el hilo de sus propios pensamientos. No solía beber demasiado alcohol porque nublaba tanto el juicio como las acciones, aunque alguna vez había visto a su padre con una copa muy parecida a la que Owen Ravenwolf sostenía en ese momento entre los dedos, aunque por supuesto que lo había probado en su momento. De hecho intentaba recordar cuándo había sido la última vez que se había dado el lujo de servirse una copa, y si no tuviese a Mnemosyne en la mano derecha tuvo la impresión de que la memoria no le alcanzaría tan atrás en el tiempo. Alguna vez había sido una jovencita recién salida de la adolescencia que se había dejado llevar por dulces palabras y besos, y de forma inconsciente sonrió, aún sin prestarle demasiada atención al hombre tras de sí en los sillones de la habitación.

En realidad no le habría abordado en casi ninguna circunstancia, pensó de forma distraída, mucho menos teniendo en cuenta cómo se encontraba en esos momentos, pero quizás precisamente por eso no podía quitarse de encima la sensación de desazón que le había recorrido el cuerpo cuando Alexei le había hablado de cómo se había marchado, como si le hubiese abandonado a su suerte. Sentía curiosidad por Owen, porque siempre le había visto como el contrapunto de aquella curiosa pareja y, al mismo tiempo, le preocupaba que Alexei terminase haciendo algo estúpido por culpa del distanciamiento que los hermanos estaban teniendo en esos momentos. Y se encontró con que era eso, y no otra cosa, por lo que deseaba hablarle. Ella no intervenía nunca en asuntos ajenos que no le eran de su incumbencia, pero le tenía suficiente cariño a Alexei como para no querer que su impulsividad le terminase pasando factura.

Así que cogió un vaso, eligió un whisky añejo cuyo olor le recordaba a lo poco que podía retener de Escocia y se sirvió un par de centímetros que sabía que tardaría la vida en terminar de consumir. Con movimientos lentos volvió a colocarlo todo en su sitio y se acercó a los sillones donde se encontraba Owen, disfrutando del silencio en la habitación mientras se sentaba lentamente, distorsionado el ambiente por el crujido del cuero y de su propio cuerpo al dejarse caer contra el respaldo. Dio un pequeño sorbo a la bebida, sintiendo que le calentaba hasta los pensamientos, y se mantuvo mirando hacia el ventanal, igual que él, como si estuviese completamente sola en aquella habitación. Recogió el vaso entre los dedos helados.

Hacía siglos que no tomaba nada de esto —comentó como si al otro realmente le interesase lo más mínimo—. Debo de estar nostálgica, supongo. —Paladeó el whisky en la boca antes de continuar hablando. El calor se le extendía por el vientre de forma tan satisfactoria... Era normal que la gente terminase recurriendo a esas cosas para sentirse mejor consigo mismo. Fue en ese momento cuando giró lentamente el rostro hacia él, manteniendo la serenidad habitual en su mirada inteligente, en la sonrisa fina que adornaba su rostro—. Me alegra ver que ya ha vuelto de Idris, Ravenwolf.  Su hermano parecía bastante perdido...


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Mensaje— por Owen K. Ravenwolf el Lun Abr 15, 2019 11:51 am

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→ Lunes → 19:30h→ Sala de estar→ Cálido

Si algo bueno había en aquella situación, eso era su vaso de whiskey. Ya que, si había algo que le fastidiase todavía más, era compartir su poco tiempo libre con miembros del consejo. Suficiente tenía con lidiar con ellos día tras día, como para fingir diplomacia y soltar cuatro palabras necias mientras estaba en su momento íntimo. Empezaba a dudar de si el contenido de la copa se había amargado un poco con la presencia de la invitada.

-Siéntate, no interrumpes nada importante -farfulló entre dientes. No tenía mucho sentido ocultar su desagrado por Lillwelyn. Si bien nunca habían tratado demasiado, sabía de sobras quién era durante su estada en Idris. Durante su adolescencia había odiado con creces a las nefilims de su grupo. Le parecían demasiado enamoradizas para su gusto. Recordaba, con recelo, como se le acercaban a Alexei parpadeando más de lo necesario y hablando con un tono que posiblemente espantaría a todos los pájaros del bosque. No estaba celoso de su hermano, lo que le molestaba era que se aprovechasen de él o que le pudiesen llegar a hacer algo malo. Que empezara a confiar en otra persona a parte de él.

Hoy en día, mentiría si no dijese que también lo pensaba.

Pero Lillwelyn durante su ascenso a miembro del consejo, había sido un hueso duro de roer. Pese a ser una recién incorporada, admitía que la eficiencia de la mujer era mucho mejor que la de varios que estaban allí calentando la silla. Aún así eso no quitaba el hecho de que su carácter tan diplomático con los demás le sacaba de sus casillas.
Observó con gracia cómo la de cabellos rubios se servía una copa y se sentaba con cierta gracia en el sillón contiguo. Al parecer iba a quedarse más de lo esperado por el cuervo. Soltó una desganada risa tras sus palabras.

-Ahórrate los formalismos conmigo, Cynwrig. No hay necesidad de hablarse de esa forma si no hay nadie delante, y menos con una copa de ese Aisla T’Orten en la mano. – le dio un pequeño sorbo al suyo. Si iba a sacar a su hermano en la conversación no quería hacerlo sobrio – Los motivos por los que me fui a Idris fueron órdenes de ahí arriba. Mi hermano entiende perfectamente cuándo no se puede hacer nada más que cumplir con el deber. Pero estoy seguro de que ha sido bien tratado durante mi ausencia, ¿me equivoco?

Que una persona prácticamente desconocida le hablara de su hermano de buenas a primeras le había molestado un poco. En su cabeza, sacó una lista y puso una cruz al lado del nombre de Lillwelyn. No iban a llegar a muy buen puerto si iba por ese camino.

-No me malinterpretes, pero me cabrea que por el Instituto se hable del gran drama de los Ravenwolf.
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