31/12 ¡Último día del año, queridos habitantes del submundo! El Staff de Facilis Descensus Averni os desea una magnífica entrada de año y que os sucedan más cosas buenas que malas. ¡FELIZ 2019!


02/12 ¡Atención, atención! ¡Aquí os dejamos las noticias recién salidas del horno! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, usuario! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


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NEFILIMS
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CONSEJO
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LICÁNTRO.
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VAMPIROS
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DEMONIOS
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New to town with a made up name in NY city, chasing fortune and fame. [Priv.]

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New to town with a made up name in NY city, chasing fortune and fame.
→ Martes → 21:00 → Frío.
Era una noche fría de invierno. Las gotas de lluvia descendían del cielo en una danza armónica como miles de cristalinas lágrimas. El suelo de Nueva York estaba cubierto por interminables charcos, el viento se había alzado y silbaba entre los muchos edificios y la cálida luz del sol había sido reemplazada por la tenue luz de las farolas. Varios transeúntes circulaban por Lafayette Street pero nadie reparaba en la escuálida figura que se encontraba agazapada contra la pared de un comercio cerrado. La muchacha se recolocó el viejo gorro de lana que su madre le había tejido muchos años atrás, no estaba acostumbrada pues de dónde ella venía rara vez había nevado. Algo se removió dentro de su chaqueta de loneta con estampado navideño. - Calla, Neige.- Murmuró metiendo una mano dentro de la prenda para calmar al pequeño hurón que asomaba la nariz.

-Será mejor que busquemos un lugar dónde resguardarnos.- Añadió como si el animalejo pudiera entenderla. Un matrimonio que pasaba por su lado le dedicó una mirada extraña, entre apenada y confusa. Seguramente no es buena idea que vaya hablando sola... pensó la muchacha antes de agarrar la pequeña mochila de lona donde portaba sus pocas pertenencias. A paso ligero caminó por la calle hasta el callejón más cercano y se asomó. Tenía un pequeño tejado de plástico trasparente que cubría la que seguramente era una puerta trasera. Sonrió satisfecha mientras se adentraba en la que probablemente sería su hogar hasta que algún vecino llamase a la policía para que la espantase. Colocó sus cartones plegados en el suelo seco y sobre estos colocó su manta de lana de colorines. Neige gruñó molesta por el movimiento y salió de la chaqueta para instalarse entre su gorrito y la capucha. - ¡Neige! Ten cuidado, ¡por el amor de Jesucristo!- Espetó en un italiano anticuado.

Tras preparar el lecho se sentó en él, dejándole un hueco a la hurona mal-encarada que tenía como mascota. Cerró los ojos un momento, dispuesta a dormir una ligera siesta. En cuanto saliera el sol iría de nuevo a la casa de Calem McLean, para ver si la última Salvatore había regresado. Francamente, esperaba que sí porque tenía los pies chorreando. ¿Se indignaría mucho su familiar si le pedía unos calcetines secos? Quizás era muy pronto para pedirle un favor de tal calibre... Con mucho pesar, sintió como la realidad perdía forma para sumergirse en el mundo de los sueños.

Un agudo chillido la despertó.

Se despertó de golpe. Neige se encontraba delante de ella, con el lomo totalmente erizado y emitiendo grititos de advertencia. Un hombre se estaba acercando a ella. Hablaba en un idioma que Lucky apenas comprendía y que por las pocas palabras que sabía correspondía al inglés. - No entiendo.- Dijo con sus escasos conocimientos del lenguaje. - Yo no de aquí.- El hombre sonrió, pero no era un gesto afable, sino más bien una mueca siniestra. Le iban a robar otra vez. No, por favor. - Yo tengo nada.- Le indicó alzando las manos para que viera que lo único que poseía lo llevaba puesto. Sin embargo, él no quería ningún bien material y se abalanzó sobre ella.

Lucky se levantó de un salto, esquivando al hombre que apestaba a ron barato. - Fuera.- Su voz cargada de desprecio. - Si das paso más, te mato.- Una grave risa inundó el callejón, la situación parecía divertirle al malhechor y antes de que ella pudiera reaccionar volvió a encararse a ella. Esta vez no trató de reprimirla y dejó que ella saliera en la forma que más quisiera. El tipo voló por los aires hasta golpearse con la pared más cercana. La bruja inspeccionó la callejuela tratando de encontrar algo con lo que atizarle al imbécil ese, pues sabía que el golpe no sería suficiente para darle su merecido. Sus ojos se toparon con una barra metálica que seguramente serviría para hacer pesas y corriendo la agarró. Antes de que él pudiera levantarse se lazó hacia él, barra en alto para acabar impactando contra su cabeza. La sangre se extendió por el charco más cercano. Tardó dos segundos en comprender aquello que había hecho. Había matado a un mundano. Fue en ese preciso momento cuando notó una presencia en la entrada del callejón y su miedo se tornó en pánico. - ¡Neige!- Llamó al animal, que no tardó en escalar su pierna hasta su hombro.


Última edición por Lucky Rose Le Blanc el Sáb Feb 09, 2019 6:23 pm, editado 1 vez
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→ Martes → 21:00 → Frío.

Los días de tormenta tenían una cierta particularidad para la vampiresa. Por un lado le generaban cierto encanto, pero inevitablemente tambien le generaban melancolía. Si comparaba su vida actual con cien años atras, poniendose en el lugar de aquella Bianca desamparada, le resultaba literalmente increible que actualmente se encontrara donde se encontrase. Ella misma había cambiado, demasiado y lo cierto era que ese cambio había sido exactamente lo que necesitaba para salir de su miseria. Ella no había nacido fuerte, se había hecho fuerte, se había esculpido para ser su propia heroína cuando el mundo la había tirado abajo. Y eso se lo debía enteramente a que, contra todo pronostico, Calem había aparecido en su vida cual milagro divino en el momento justo. Y por ello, mientras caminaba de regreso a su casa sosteniendo un paraguas sobre su cabeza y con el cielo viniendose abajo, la vampiresa recordaba el día en que Calem McLean le había salvado la existencia.

Fue entonces que, en el preciso momento en que pasó junto a un callejón, escuchó un grito que le hizo detener su paso en seco. No había sido precisamente el ingles tirando a regular que había salido de una voz femenima lo que le llamó la atención, sino más bien su acento Italiano marcado y peor aún, lo que había dicho en sí. Siguiendo las voces y los sonidos de evidentes signos de alboroto, Bianca se volvió hacia el interiór del callejón justo a tiempo para presenciar como una fuerza invisible arrojaba por los aires a quien identificó como un hombre y a continuación como el golpe de gracia, que la vampiresa observó con completa sangre fría, acababa con la vida de -segun el olor a sangre que invadió la calle- un mundano. Un mundano que no había sido trigo limpio.

No supo qué fue exactamente lo que la impulsó a dar un par de pasos hacia el interior del callejón en lugar de simplemente seguir su camino. Quizas el recuerdo de verse a ella misma agazapada en un callejón similar a aquel, un día de tormenta como aquel. El recuerdo del terror puro y el recuerdo de haber tenido la suerte inexplicable de que alguien hubiera aparecido para ofrecerle una mano ante una situación desesperada. No había mucho que ella pudiera hacer, en realidad, pero antes de que pudiera darse cuenta, ya se encontraba avanzando a paso lento, inmutable frente al cuerpo moribundo. Sin embargo notó enseguida el panico que se apoderó de la subterránea. El pánico de haber sido descubierta, el pánico de ser culpada. Pero Bianca no la culpaba, la entendía. Ella misma había estado en su misma situación más veces de las que podía contar, aunque todo había cambiado a partir del momento en que simplemente había dejado de importarle. Cuando se había vuelto, de alguna manera, insensible.

- Cielo, no puedes quedarte aquí. Alguien más verá esto más temprano que tarde. Tienes que dejar la escena limpia y largarte - Le aconsejó, en completa calma y sin una pizca de espanto en su voz. Y ademas, tuvo la iniciativa de hablar en un perfecto Italiano.



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→ Martes → 21:00 → Frío.
El pánico se extendió por su cuerpo al igual que las miles de lágrimas que descendían del cielo y que poco a poco ganaban su ropa. Por un momento Lucky se temió lo peor. Había oído los rumores sobre unos humanos que portaban sangre de un ángel cuyo deber era impartir justicia con mano dura. Así que cuando la vio, pensó que era una de ellos.

Toda ella era la epítome de lo angelical y lo sublime. El dorado cabello resplandecía bajo la tenue luz de las farolas al igual que un halo sagrado. Las orbes azules parecían contener un fragmento del cielo veraniego de la Toscana y su piel era tan blanca y perfecta que podría haber despertado la envidia en el mismísimo David de Miguel Ángel. Le resultó vagamente familiar, como si perteneciera a un recuerdo proveniente de otra época. Se recordó a sí misma que había estado en varias iglesias y que seguramente la hubiera visto allí, impertérrita en algún pedestal con sus magníficas alas extendidas mientras alzaba su espada cual ángel vengador.

Entonces el ángel habló. Su voz era tan suave como una canción de cuna y tan firme como los rayos que surcaban el cielo. Tenía un marcado acento italiano, tan natural como sus ágiles movimientos. - Pe-pe-pe- -tartamudeó confusa. ¿Dejar la escena limpia? ¿Cómo diantres se hacía eso?- ¿Qué hago con el cuerpo?- Sus palabras salieron demasiado agudas debido a los nervios, asemejándose a los chilliditos que emitía Neige. Se miró las manos. Las tenía azules por el frío y alguna que otra mancha escarlata rompían en contraste con su piel marmórea.

-¿Qué he hecho? Los cazadores de sombras lo descubrirán y me matarán.- Musitó llevándose la diestra al rostro. El aire parecía no llegar a sus pulmones y la ropa mojada parecía más un lastre que una protección. Levantó la capucha y miró a la rubia con ojos llorosos. - Me tengo que entregar. He roto uno de los mandamientos de Dios. - Dijo con voz queda. - ¡Por eso tenía que haberme quedado en la toscana! Mamá tenía razón, soy un peligro.- Sus dedos se aferraron con fuerza a las hebras rosadas de su cabello, los nudillos estaban blancos de la fuerza.


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