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Knew he was a killer first time that I saw him. || Uriah.

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Knew he was a killer first time that I saw him.
→ Sábado → 12:02 A.M → Frío → Vestido
La nieve había teñido de blanco las calles de Nueva York, otorgándole a la metrópoli un aspecto romántico y melancólico. Incitaba a ser admirada, a sentarse cerca de la ventana y observar con suma atención el baile hipnótico de los copos de nieve que flotaban ingrávidos cual pluma de ángel. Quizás esto fue lo que hizo que Winter White se negase a salir de su butaca favorita y acabase siendo arrastrada por Bianca hasta aquella tediosa fiesta. Unas barrocas lámparas de araña repletas de lágrimas de cristal le dieron la bienvenida, proyectando vidriosas luces en el suelo. Varios muchachos ataviados con pajarita deambulaban por el enorme salón repartiendo copas de caro champagne. Aparte de vestidos de seda y gasa, la inspectora pudo vislumbrar varias marcas de brujo, pieles imposiblemente marmóreas y ojos de colorines sin pupila, como extra también captó el desagradable olor a perro mojado. La conclusión era obvia, se hallaba rodeada de subterráneos.

Apretó los labios hasta que estos no fueron más que una línea carmesí mientras buscaba con la mirada la presencia de algún humano al que vigilar. No se fiaba de sus propios congéneres y con razón. Había aprendido que eran unos de los subterráneos más egoístas, además de las hadas. No, gracias a ninguno de ellos. Quería mucho a Bianca Salvatore pero estaba segura que parte de su ceguera se debía a que ella era su sire. Por eso ni siquiera trataba de quitarse la venda de los ojos. Bianca se había preocupado por su bienestar, la había ayudado cuando lo había necesitado y jamás la había dejado sola, se negaba a admitir que era una desalmada desprovista de compasión. Como suele decirse, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

La noche avanzó, perdió la pista de dos de los cinco mundanos que pululaban por la fiesta. Se maldijo a sí misma por permitirse el lujo de pasárselo bien y recorrió todas las estancias abiertas en un vano intento de encontrarlos en alguna esquina sufriendo una donación de sangre forzada. Ni rastro. Cuando volvió al lado de la rubia de vestido escarlata, ésta le dedicó una mirada compasiva. ¡Qué duro debía ser Winter! - Queen B, no los encuentro.- Se quejó en su oído, buscando en ella un apoyo. La melodiosa voz de la inmortal fue un suave murmullo cuando le dijo que mirase la puerta trasera. - ¡Gracias!- Canturreó antes de besar su mejilla y dejarle la marca de sus labios en ella. Conociéndola seguramente aprovecharía la tinta para extendérselo a modo de colorete.

Prácticamente se precipitó hacia la puerta trasera y salió sin preocuparse en echarse por encima la capa negra con la que había llegado. Recorrió las calles cercanas, no obstante, no fue capaz de percibir olor a muerte. Alzó la barbilla en el inconfundible pose que solía poner Einar cuando olfateaba el aire, a lo mejor le llegaba mejor... Y entonces lo advirtió. Sangre nephilim. Corrió siguiendo la estela, cruzando un par de calles desiertas, dejando tras de sí una extraña huella producto de la cola de su vestido. Por fin vio la nieve manchada de escarlata y supo que no estaba lejos. A cuatro metros se hallaba un muchacho encorvado, las marcas de su cuello revelaban su condición como hijo del ángel. Alzó un poco más la vista y vio otra sombra a un par de metros de él. Era uno de los suyos.

- ¡Tú!- Gritó alzándose el vestido para que no le molestara al avanzar. - Aléjate de él ahora mismo.- El vampiro levantó ambas cejas en sorpresa. - Yo no le he hecho nada, quería ver si me lo podía cenar pero el tío no me deja acercarme.- Winter se indignó. - ¡Qué desconsiderado por su parte no acceder a ser tu comida! ¿Por qué no te largas, imbécil? Tengo una bonita estaca escondida y puedo asegurar que tiene tu nombre escrito.- El otro parecía divertirse con el arrebato de la rubia y se encogió de hombros. - No quiero pelea ni contigo, ni con La Clave.- Apuntó sonriente y se marchó silbando. La última White cabeceó un par de veces antes de agacharse al lado del nephilim. Sólo lo había visto una vez pero su rostro se había quedado grabado en su memoria. -¡¿URIAH?!- Posó una mano en su hombro, observando con temor lo que parecían varias heridas abiertas. Sus colmillos cosquillearon alegres, anticipando una deliciosa comida, mas ella se recordó a sí misma que las personas no eran alimento sino vidas que no tenía derecho a sesgar. - ¿Qué te ha pasado?


Knew he was a killer first time that I saw him. || Uriah. 2i77o1h

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Winter J. White
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Knew he was a killer first time that I saw him.
→ Sábado → 12:02 A.M → Frío
Joder, estás en las últimas.

Uriah gruñó, encorvado sobre sí mismo para no dejarse vencer por el dolor y el aturdimiento que le recorría el cuerpo en esos momentos. El vampiro a su lado soltó una carcajada mientras intentaba ponerle una mano encima, pero en nefilim se la agarró con tanta fuerza que de haber sido un mundano le habría roto la mano. Eso hizo reír al hijo de la noche, que se escabulló con tanta rapidez que le resultó insultante, pero no pudo hacer mucho más que volver a encogerse sobre sí mismo para intentar aguantar. Definitivamente debía de hacer caso a los miembros del Consejo y empezar a patrullar en grupos o terminaría muerto. Se pasó la lengua por los labios resecos, saboreando la sangre que los cubría, notándola también pegajosa en los dedos que tenía sobre las heridas.

De nuevo en un callejón. De nuevo al borde de la muerte.

Entonces una voz femenina, fuerte, potente, resonó en todo el lugar, e increíblemente el tipejo se marchó, sin más. Le sonaba haberla escuchado antes, así que se preguntó si sería una compañera que había ido a socorrerle. Desde luego, no podía esperar toparse con quien se encontró.

¿Win... Winter?

Por un segundo estuvo a punto de escapársele de entre los labios que quizás había muerto y se encontraba en el cielo, porque lo último que había esperado había sido verla a ella allí. También había que tener en cuenta que estaba perdiendo bastante sangre. Pero algo pastoso le detuvo la lengua, pegándosela al paladar, mientras tragaba, tan contento de volver a verla que de no haber estado en esa situación incluso se habría sorprendido. E incluso asustado. ¿Por qué debía de alegrarle ver a una mundana furiosa e impetuosa que le había amenazado y vilipendiado? Sin embargo se quedó mirando su rostro, preguntándose estúpidamente si no tendría frío en esos momentos, y cómo era posible que sus labios fuesen tan rojos y su piel tan blanca.

Tus ojos siempre brillan como si hubiese algún fuego dentro de ellos, ¿lo sabías? —murmuró antes de dejarse caer contra la pared. El contacto con la nieve helada le hizo recuperar un poco la razón, aunque aún no tenía demasiado claro cómo había terminado en ese maldito callejón—. La... la estela. Necesito la estela. —Empezó a palmearse la ropa, la camiseta, el abrigo, los pantalones, hasta que la saco de algún bolsillo escondido donde no recordaba haberla metido. Las heridas abiertas del pecho y del cuello habían pasado de un dolor intenso a unos sordo que le bloqueaba el resto de sentidos. Sin embargo las manos le temblaban. ¿Cómo se las apañaba siempre para terminar medio muerto en un callejón y teniendo que ser socorrido por una humana? Aquella idea le hizo reír—. Ayúdame... Ayúdame a sostener la estela, por favor.  Necesito dibujarme un iratze...

En ese momento tenía los dedos tan helados que no se percató de que la mano de Winter estaba mortalmente fría cuando le obligó a coger la suya. Con el pulso más firme de lo que habría cabido a esperar de alguien en su estado se levantó la ropa que llevaba, dejando al aire el pecho moreno lleno de sangre, y empezó a trazar la runa de forma rápida, sin temblar, sin titubear, sobre el corazón, donde tendría más efectividad. Luego lo hizo en el cuello, detrás de la oreja derecha, cerca del corte que había dejado de sangrar, pero que seguía abierto y le escocía como el infierno. Cuando jadeaba se formaba vaho que se escapaba de sus labios.

No se dio cuenta de que ella estaba tan cerca de su rostro que casi podía contarle las pestañas hasta que lo levantó, tras terminar. La piel de su rostro, tan fina, tan perfecta, parecía tan suave que daban ganas de acariciarla. Su mirada azul era tan intensa como recordaba. Le avergonzaba reconocer que había llegado a pensar en ella más de lo que le habría gustado, pero en ese momento, agotado, débil y mareado, nada de eso le importaba demasiado. Lo curioso era que el aliento de ella no le acariciase la piel al respirar, pensó de sopetón, mientras la contemplaba en silencio, y entonces fue cuando se percató. No tenía aliento. No salía vaho de sus labios o de su nariz. No respiraba.

El corazón se le detuvo de forma tan dolorosa que casi lo sintió como un crujido dentro del pecho, y giró el rostro. Algo dentro de él no pudo soportarlo, y en su cabeza todo empezó a girar tan deprisa que se mareó todavía más.

No-no-no-no. —Se encontró perdiendo las pocas fuerzas que le quedaban, deslizándose por la pared hasta quedar sentado en el suelo, con las piernas encogidas contra el pecho. Cuando ella se agachó a su lado él la contempló, sintiendo en cada célula de su cuerpo que aquello le quemaba por dentro. ¿Por qué? No podía saberlo. Pero le dolía. Alzó la mano de forma inconsciente y la posó sobre la cara. Estaba helada. En el fondo quiso llorar. Winter le había parecido maravillosamente humana la primera vez que se habían visto; tan intensa, tan fuerte, tan ardiente y tan maravillosamente extraña. Y ahora... Ahora...— Winter... Estás muerta.  —Lo dijo como si cada palabra le pesase dentro, suave, al principio, furioso casi, después—. Estás muerta. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Quién... quién te ha hecho esto?

Eran tan fácil leer en su rostro débil y desconcertado. La ira le recorrió con tanta intensidad que sólo gracias al fuego que le despertaba habría salido corriendo a matar a quien le había transformado en una vampira. Pero no lo hizo. Se quedó esperando a que ella respondiese, sobrecogido por la intensidad de sus propias emociones. Se había encontrado a sí mismo, en esos meses que les habían separado, recordando su conversación casi con una sonrisa en los labios, divertido por cómo habían terminado cambiando sus perspectivas, admirando su entereza. Aunque no  lo había reconocido en voz alta, había deseado volver a encontrarla, volver a verla simplemente para hablar, o para escucharla parlotear incesantemente sobre lo que pensaba o lo que dejaba de pensar. Para disfrutar de su cálida humanidad, algo que jamás habría esperado querer encontrar.

Y ahora ya no era humana.


Última edición por Uriah Pellegrino el Miér Abr 10, 2019 10:25 am, editado 1 vez


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Knew he was a killer first time that I saw him.
→ Sábado → 12:02 A.M → Frío → Vestido
El olor a sangre impregnaba el ambiente a tal punto que Winter casi podía paladearla en su lengua. Entre los  hijos de la noche corría el rumor de que beber sangre de nephilim era una experiencia que rozaba lo etéreo; algunos decían que era como tocar el mismísimo cielo en plena mañana de primavera, otros que era cómo volver a estar vivo... aunque la rubia sospechaba que en realidad ninguno de ellos había tenido la oportunidad de probarla. Ella había podido olerla pero no como el resto de sus congéneres, que debían conformarse con la suave estela que dejaban tras de sí, sino que había estado lo suficiente cerca de un cazador cómo para vislumbrar el pulsar de la deliciosa sangre bajo la suave piel de su cuello, para poder recrear lo deliciosa que sería. Obviamente, en cuanto ese pensamiento había azotado su raciocinio, había deshecho el abrazo que la unía a Aiden Blake. Ella no deseaba eso, de eso estaba segura, sin embargo, parecía ser el más profundo anhelo de sus instintos vampíricos. Se había sentido tan sucia... una vil traidora... un monstruo.

Casi como ahora.

Los colmillos le cosquilleaban en las encías luchando por expandirse, y su parte más oscura le susurraba que los clavara sin compasión en el cazador. No obstante, Winter Juliet White no era una asesina sin corazón y no iba a permitir que la esencia demoníaca que corría por sus venas corrompiese sus principios éticos. - Sí, soy yo.- Murmuró suavemente. Era un alivio que él la hubiera reconocido, por unos segundos se había temido que él la hubiera olvidado. Sus labios escarlata se entreabrieron con la intención de preguntarle acerca una posible iratze, sin embargo, las delicadas palabras de Uriah nublaron su capacidad de hablar y optó por cerrar la boca antes de soltar alguna majadería cursi. La calidez del moreno se desvaneció de su mano, haciendo a la rubia volver en sí. El nephilim se había dejado caer en la pared y palmeaba sobre su ropa en busca de su estela.

- Sí.- Respondió queda mientras su diestra se posaba sobre la de él, con mucho cuidado de no tocar el instrumento celestial. No sabía con certeza que podía pasar si aquello rozaba su piel, pero estaba segura que nada bueno. Apretó lo suficiente como para que la estela no temblara, observando con suma atención cómo la adama quemaba la morena piel formando un dibujo. El nauseabundo olor de la carne quemada llegó hasta sus fosas nasales y reprimió una arcada. La segunda runa fue mucho menos impactante, aunque el hedor seguía siendo abrumador, y antes de lo esperado se encontró con un Uriah que negaba con vehemencia. Automáticamente, se giró para encarar a un posible peligro. A lo mejor el vampiro había vuelto con refuerzos... no es que ella fuera querida por sus congéneres. Lo único que vio fue nieve y paredes de ladrillo rojo. Frunció el ceño, escaneando todo el callejón. - Ah.- Entendió tras la reiteración sobre su estado. - Sí, lo estoy desde hace once meses.- Dijo con la misma pasividad con la que le habría dicho a qué hora compraba el pan.

- No te voy a decir quien es mi sire.- Negó poniéndose de cuclillas para estar a la altura del moreno. - Sé que la Clave se lanzará sobre él por violar los Acuerdos y no quiero.- Había optado por cambiar el género de su creadora, para evitar que las sospechas cayeran sobre ella. Se encogió de hombros con desinterés. - Él no me quería convertir, fui yo la que se lo pedí porque me estaba muriendo. Mi asesino no fue un vampiro sino un shadowhunter.- La bomba había sido liberada y ahora vendría la explosión. No había pasado desapercibida la expresión de ira que había decorado el apuesto rostro del hijo del ángel cuando por fin había comprendido que ya no era humana y por una fracción de tiempo había disfrutado la sensación de ser importante para él. - Vamos, tenemos que irnos de aquí.- Y pasando completamente de las protestas que podían venir por parte del italiano, se pegó a su costado y lo asió por la cintura. - Va, pasa el brazo por mis hombros, así te será más fácil apoyarte.


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