31/12 ¡Último día del año, queridos habitantes del submundo! El Staff de Facilis Descensus Averni os desea una magnífica entrada de año y que os sucedan más cosas buenas que malas. ¡FELIZ 2019!


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Gamle sanger fra fortiden / Old songs from the past - [Azahar Fa'har]

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Gamle sanger fra fortiden [Azahar Fa’Har]
→ Enero, 2019 → 20:00 → Bosques del Estado de Nueva York  → Luna gibosa, tormenta, frío


El principio del año suele ser siempre duro, y no ya por el despilfarro económico que se ha tenido durante el último mes del año terminado, en mi caso es otro el motivo por el que se me hace mucho más duro pues fue en el primer mes del año en el que finalmente mi madre dejó de luchar y entregó definitivamente su cuerpo y su alma a la muerte y los dioses - "El primer mes, del primer año, del nuevo siglo…" – pienso fríamente mientras continúo corriendo sobre el frío y húmedo suelo del bosque.

De vez en cuando aflojo mi trote para asegurarme que el lobezno no se aleja demasiado de mi. Desde que el jodido cachorro había decidido obedecer la orden de aquella malnacida, me había visto con el deber autoimpuesto de cuidar de él, de protegerlo y eso me había obligado a no dejarlo en el bosque, sino a arriesgarme a llevarlo a las inmediaciones de la ciudad, esconderlo en las escasas, pero sorprendentemente amplias zonas naturales que rodean a la Gran Manzana.

Esta noche era una noche muy especial para mí, puesto que era el aniversario de la muerte de mi madre. Nunca le he dicho a Jannike la fecha exacta de la muerte de nuestra madre, puesto que no quiero causarle más pena por no poder ir a visitarla al lugar en donde esparcí sus cenizas muchos años después de que su alma abandonara el mundo de los vivos. Estaba claro que mi hermana captaba mi inquietud, mi tristeza, pero ella creía que era debido al final de las fiestas navideñas, cosa que yo no hacía nada por demostrarle que erraba con ese pensamiento.

El estallido luminoso del rayo, seguido por el estruendo ensordecedor del trueno hacen que eleve mi testa al encapotado firmamento, sintiendo como el olor de la cercana lluvia llena mis fosas nasales anunciándome la proximidad de la tormenta. Espoleado por la necesidad de llegar antes de que la tormenta estalle acelero mi trote de nuevo. No es que me importe mojarme, y mucho menos estando en mi forma lobuna, con la que ahora mismo avanzo junto al borde de los acantilados que se yerguen majestuosos por encima del Hudson. Por una asombrosa casualidad el destino, había descubierto este bello lugar en la orilla opuesta al norte de la bulliciosa Nueva York, Las Palisades, unos acantilados en el condado de  Bergen de Nueva Jersey - "Manda huevos tener unos acantilados semejantes a los de nuestras islas en un condado con el nombre de una ciudad Noruega… como si el destino y los dioses quisieran asegurarse de que no te olvide, madre" – pienso mientras continúo mi avance en dirección norte, buscando una zona que los mundanos utilizan de recreo que para mí se ha convertido en un lugar de peregrinación cada aniversario de su muerte.

Minutos más tarde, consigo llegar al pequeño promontorio rocoso que se alza por encima del resto, un lugar protegido de miradas extrañas por un grupo de viejos árboles. En cuanto pongo mi primera pata sobre la dura piedra, no tardo ni un segundo en adoptar mi forma humana, deteniendo finalmente mi avance. Esperando unos momentos a que el lobezno llegue a mi lado, permanezco callado, mientras el doloroso recuerdo de los últimos días de mi madre acude con fuerza a mi mente, haciendo que aquella angustiosa sensación de impotencia aflore de nuevo en mi.

Tras agacharme para acariciar la peluda cabeza del pequeño, le indico con un gesto que se quede quieto, pues no quiero que me moleste en lo que tengo que hacer, pero tampoco quiero tener que ir en su búsqueda después de terminar con ello.

Sin quitarle la mirada a quien se había convertido en mi fiel compañero, me apresuro a terminar los pocos preparativos que necesito. A apilar las ramas del viejo roble que se yergue majestuoso a un lado del acantilado, y que recogí hace unos días para la ocasión amontonándolas debajo de las rocas sueltas para mantenerlas lo más secas posible y a colocar las flores silvestres que nacen en esta zona rocosa a pesar de la frialdad del tiempo.

Sólo entonces, cuando está todo preparado y sé que nadie me va a interrumpir, es cuando, con la cabeza gacha y con toda la solemnidad que soy capaz de darle a mis actos me acerco a la pequeña piedra que coloqué la primera vez que estuve aquí. En un silencio solamente roto por el sonido cada vez más cercano de los truenos, me arrodillo delante de la roca, retirando de mi cuello el colgante que siempre lo adorna, aquel que contiene las monedas que me han mantenido toda mi vida unido a mis raíces, a mi madre y mi patria. Pero que sobretodo me recuerdan a mi querida madre, quien me las regaló siendo yo un crío. Arrodillándome unos segundos en el suelo, las beso con ternura para, acto seguido, prender fuego a la pequeña pila funeraria que he levantado detrás de ella.

Pronto el suave crepitar de las llamas al devorar la madera del árbol sagrado para mis ancestros comienza a inundar el lugar, compitiendo con el lejano murmullo de la lluvia que está por llegar. En cuanto las primeras llamas asoman por entre las ramas, me levanto lentamente, elevando ahora sí la mirada al cielo, mientras dejo que una antigua canción, una canción aprendida en la infancia a través de mis abuelos paternos, comience a brotar de mis labios - Kven skal synge meg i daudsvevna slynge meg… – voy cantando con voz grave, bajando mi cabeza, buscando con mi mirada las oscuras aguas del Hudson, mientras las lágrimas por la muerte de mi madre comienzan a humedecer mis claros ojos - Når eg på Helvegen går og dei spora eg tråg er kalda, så kalda… –.





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Einar Sørensen
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Gamle sanger fra fortiden
→ Enero, 2019 → 20:00 → Bosques del Estado de Nueva York  → Luna gibosa, tormenta, frío


Tenía una pista. La otra noche lo había escuchado, un lobo noruego. ¿Podía ser casualidad? Azahar no creía en esas cosas, los dioses tenían todo planeado para ellos y si habían dejado sobre sus oídos aquella información sería por el porvenir de su existencia. Debía conseguir esa información, su venganza se le había puesto en la palma de las manos. Una manada... Una maldita manada de perros repugnantes que acabarían suplicando por su vida a sus pies. Eso era lo que quería, sus desees desde que consiguió escapar hacía dos años.

¿Cuánto había sufrido? Ya no solo encerrada, ante el poco espacio o el recuerdo de la muerte de su creador. Los gritos de súplica aun la atormentaban mientras dormía. Su vida fue más importante que la suya y ella no podía olvidarlo, ni quitárselo de la cabeza. Ya no era solo su dolor o turtura, era por él. Por el vampiro que amo tantísimos siglos aun sabiendo de su muerte. No pudo hacer nada por él y eso era probablemente lo que más le irritaba de todo. Aunque no podía evitar preguntarse el motivo por el que cumplieron su palabra generación tras generación. No matarla... Era peor que la muerte.

Aquella noche se había preparado. La conocieron como vikinga y morirían todos siendo vikinga. Cogió aquella ropa que había guardado dos años para aquel tipo de ocasiones, estaba dispuesta a matar cuando consiguiera la información que necesitaba. Se puso las pieles sobre sus hombros y el reloj nuevo que se había comprado hacía apenas unas noches. Saber la hora era necesario, debía regresar a tiempo para que el sol no la calcinara: Su venganza solo comenzaba aquella noche.

La gente la miraba, contemplándola por su vestuaro y por aquellas dos espadas antiguas que llevaba a la cintura. No le importaba nada en ese momento, su rostro frío como el marmol solo tenía un punto de mira al igual que sus pasos, guiándola al bosque. No tardó mucho en captar el olor a licántropo tan sumamente apestoso, se sentiría culpable por pensar eso, pero William no estaba presente en ese momento, no aquella noche. No podía permitirse titubear.

Lo estuvo siguiendo a un distancia prudente, hasta que paró. La vampiresa lo contemplaba desde la sombra de las árboles, moviéndose en silencio sin hacer un mísero ruido. Las espadas llenas de runas ya descansaban sobre su mano cubierta por un guante para que la plata no pudiera dañarla. ¿Qué estaba haciendo? Fue entonces cuando escucho la canción y algo en su corazón se retorció de puro de dolor y angustia. Su gente se había ido, todos aquellos que eran como ella, su civilización... El dolor de la perdida y la angusta por no haber podido ayudar, por haber sido la primera en caer. Si hubiera sido más inteligente, no hubiera tenido que escuchar aquellas canciones de adiós.

-Deyr fé. Deyja frændr. Deyr sjalfr it sama. Ek veit einn at aldrei deyr... Dómr um dauðan hvern.- No. Nunca moría el renombre de los muertos, salvo que fueran como ella quizá. Cerró los ojos un segundo, fue inevitable que terminara la canción con él. Por el honor a su tierra, a sus amigos caidos, a su pueblo... Pero se acabó dejarse llevar por la nostalgia. Los ojos fríos de la vampiesa se posaron sobre el lobo. Su rostro no transmitía nada, su cuerpo estaba preparada para cualquier cosa.- A veces alejarse de tu hogar no otorga nada bueno.- Su voz... No había sentimientos, no había nada. Toda la humanidad se había quedado en el ataúd, pero la poca que aun conservaba estaba con William en la otra parte de Nueva York.- Me resulta curioso ver a un perro llorar. Los perros me gustan, pero esta noche espero estar bajo el bendición Skaði.- La diosa de la caza y el invierno, la gigante que esperaba le hubiera dado su beneplácito para aquella noche.- ¿Qué haces en Nueva York?


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Gamle sanger fra fortiden [Azaha Fa’Har]
→ Enero, 2019 → 20:00 → Bosques del Estado de Nueva York  → Luna gibosa, tormenta, frío

Mientras mi voz grave se va elevando en el firmamento, impulsada por el suave viento más allá del borde del acantilado, dirigiéndose hacia el este, hacia mi patria perdida hacia ya demasiados años, mi mente comienza a volar con ella, alejándose de esta tierra, de este momento para centrarse en aquellos años de mi infancia junto a mi madre. Aquellos primeros años de felicidad, quizás los únicos en los que realmente fui completamente feliz antes de que la oscura realidad del mundo terminara con engullirla y destruirla definitivamente. Pero poco a poco, mi mirada desenfocada sobre las oscuras aguas del gran río que discurre lento pero poderoso hasta su muerte, como lo hacen nuestras vidas en su recorrido por las tierras de la vida, comienza a revivir los últimos días de mi amada madre en la fría e inhóspita capital rusa, aquellos días grises, de muerte y desesperación en los que no fui capaz de hacer otra cosa que calmar su fiebre con el agua de la nieve derretida, una época que me enseñó, de la forma más cruel posible el auténtico sentido de la pérdida, de la desgracia y de la impotencia, del sino de todos los seres vivos, del destino final de nuestras vidas, de la desembocadura definitiva de nuestro río en el mar de la muerte.

Tan sumido estoy en los amargos recuerdos de ésos días, motivo por el cual me encuentro precisamente hoy en este mismo lugar, que no soy consciente de la voz que se une a la mía en las últimas palabras que recito. Ni tan siquiera mientras realizo los movimientos mecánicos del ritual, agachándome de nuevo para recoger del frío suelo mi collar con las monedas, elevándolo al aire a modo de ofrenda a los dioses mientras recito las últimas frases de la vieja canción, volviéndomelo a colocar en el cuello en cuanto la última palabra abandona mi boca, retornando al momento actual en cuanto el frío del metal de las monedas roza mi piel.

Es justamente en ese momento, cuando el sonido de mi voz y su compañera aun resuenan en el aire cuando soy consciente de que alguien se ha unido a mi en el ritual, una voz femenina que ha recitado los versos ancestrales en su versión original, en una forma tan arcaica de mi idioma que al principio se me asemeja totalmente extraña, pero que el vago recuerdo familiar de esa lengua, de esas palabras no tarda en aparecer en mi mente, haciendo que, por primera vez en años, vuelva a pensar en la lengua nativa de mis islas natales, en la auténtica lengua de mi patria, una lengua menos evolucionada que el noruego actual y mucho más próxima al nórdico antiguo usado por la forastera que se ha presentado sin ser invitada a esta ceremonia tan íntima para mi.

En cuanto me giro, dándole la espalda a la pequeña hoguera que arde desafiando el creciente viento, un gruñido abandona mi garganta ante la imagen de una mujer de larga y plateada cabellera, que se alza majestuosa en el lindero del bosque, portando dos  espadas en sendas manos y cubierta con unas pieles que me hacen pensar en una de las mismísimas valkirias, por no querer ofender a los dioses y compararla con la mismísima  Freyja o Sakdi. Sin poder evitar que la desconfianza aflore en mi cuerpo, entrecierro los ojos, sintiendo su fría y dura mirada clavada en mi, percibiendo, ahora sí con claridad, el olor a decadencia típico de los no-muertos y otro olor, un olor que me parece casi imposible que esté notando ahora mismo y que me hace tener que olfatear el ambiente un par de veces para asegurarme que es él, pues es un olor que solo había olido una vez, hace muchísimos años, unas vacaciones de mi infancia en la tierra de mis ancestros maternos, en la dura pero bellísima Noruega.

En silencio, preparándome para atacar o defenderme al momento, escucho las primeras palabras de la mujer, aquellas pronunciadas en el viejo idioma y que hacen que me vea obligado a utilizar mi oxidado feroés para comprender su significado. Pero sobretodo siento la carencia de emoción con las que la pronuncia, la misma carencia que he utilizado yo cuando hacía aquello que tenía que hacer, sin importar de lo que se tratase, por lo que estoy seguro de que la mujer no ha venido amistosamente, sino que ahora mismo me encuentro en un momento realmente delicado, sobretodo porque si no actúo con inteligencia y rapidez hasta el pequeño lobezno puede sufrir las consecuencias de mi reacción.

Su mención a mis lágrimas hace que mi lobo se remueva con rabia, no por el hecho de que me haya visto llorar, sino por el hecho de haber mancillado este lugar sagrado para mi con su mera presencia, por lo que no puedo evitar que mis puños se cierren, no sin antes hacer un pequeño gesto al lobezno para que no se acerque, en un intento por mantenerlo a salvo de la extraña mujer.

El oírla hablar así  de los ancestrales dioses nórdicos, junto con ese idioma tan arcaico hacen que la sorpresa y la incredulidad luchen junto a la rabia en mi interior, mientras no puedo evitar ladear ligeramente la cabeza, una señal inequívoca que denota la curiosidad que siento hacia ella, mientras observo con mayor atención sus ropajes. Notando como la primera gélida gota de lluvia cae sobre mi mejilla, al tiempo que el resplandor de un rayo me arranca otro gruñido peligroso al mostrarme el material del que están forjadas o recubiertas las espadas, la maldita y jodida mortal plata.

Sabiendo que me encuentro en una situación delicada, con el acantilado cortándome la retirada a mi espalda y la guerrera delante de mí, me tomo unos momentos para responderle, momentos en los que la lluvia comienza a arreciar, haciendo que el fuego se lamente de su lenta muerte en una agonía provocada por la lluvia, la misma agonía y muerte lenta que puedo esperar si esas espadas rozan o, peor aun, cortan mi piel.

- La pregunta no es qué hago yo en Nueva York, sino más bien quién demonios te ha sacado de tu oscuro agujero – le suelto en tono irónico en mi oxidado feroés con una sonrisa socarrona en mi rostro, haciendo referencia con mis palabras al hecho de que me extraña que alguien como ella, vestida y hablando a la vieja usanza se encuentre justo en una de las ciudades más avanzadas del mundo, una incongruencia que me cuesta comprender.


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→ Enero, 2019 → 20:00 → Bosques del Estado de Nueva York  → Luna gibosa, tormenta, frío


Dejar todos los recuerdos atrás no era fácil, nunca había podido llegar a hacerlo, pero era normal. Trescientos años en un ataúd que le impedía la comunicación exterior, que le privaba de vivir el presente, el futuro... Solo le quedaba el recuerdo amargo de su corta vida mortal y aquellos dos siglos de la inmortal. ¿Cuántas veces rezó a Odin y Freyja para que aquellos lobos tuvieran piedad? ¿Para que sacaran la espada de plata del ataúd y le arrebataran su no vida para que dejara de sufrir? Día tras día, minuto a minuto, segundo a segundo durante trescientos años. Trescientos años recordando los gritos de súplica de su creador, rememorando la muerte de su pueblo, la muerte de aquel niño que yacía entre sus brazos cuando su sed de sangre se calmó. No había más dolor, no podía haberlo.

Todo aquello siempre la acompañaba allá donde fuera. Era una vikinga y debía ser fuerte como sus antepasados, leal a sus convicciones y, sobretodo, una auténtica guerrera. La hija del jefe del pueblo tendría que haber sido fuerte, tanto como su padre, el mejor guerrero. Como aquellos anteriores, viniendo de largar jerarquías de reyes que fueron perdiendo su era con el paso de los siglos. Aquel día sería lo que era porque por una vez en ese estúpido siglo de locos podía permitírselo.

Analizó con suma calma los detalles del hombre que tenía ante sus ojos, ignorando la curiosidad que veía en su semblante, en aquel gesto ladino de cabeza. Se hacía el inocente. No le importaba. Por su parte se quedó quieta, disfrutando de aquella ventaja que tenía ante aquel ser: A su espalda una muerte segura, delante de él una inmortal vampiresa, la guerra. Se preguntó si intentaría escapar, pero aquel gesto al pequeño lobo que había a su lado le hizo darse cuenta de que no. Curiosamente, canino o no, ella siempre había amado y respetado a los animales. Su gente era así, ella siempre había sido así.

¿Hasta que punto aquel licántropo podia saber de ellos? Había leido mil libros sobre vikingos y seguía sin notar que captaran la verdadera esencia de lo que eran de verdad. Aun así, no podía evitar pensar que delante de ella tenía a un afín. Era increible como los rasgos de su gente estaban en aquel perro y por unos instantes creyó ver a uno de grandes amigos y aliados. El recuerdo atenazó la mente de la vampiresa sin ninguna piedad, pero no apartó la mirada fría del lobo. Al contrario, un leve matiz de rabia apareció en su rostro sin poder ocultarlo. Le odiaba. Detestaba que fuera un estúpido perro de manada, su apestoso olor a chucho mojado y ese absudo parecido a aquel hombre de su pasado, esa aura que no veía desde que se fue de casa. Los vikingos habían desaparecido. Punto.

El gruñido que emitió el lobo llegó a la vez que la primera gota de lluvia en su rostro. No tardó en empezar a caer más y más, pero no le importaba que el agua pudiera empaparla, ella no enfermaba, no podía morir a no ser que fuera asesinada de una concreta forma. Y desde luego no pensaba dejar que eso ocurriera, no aquella noche en la que veía, por fin, su venganza al alcance de su mano. Ya podía saborearla mientras la humanidad que aun habitaba en ella lloraba en la otra punta de la ciudad. Ladeó el rostro, analizando al perro, pero sus palabras fueron un mazazo de pura rabia. Mostró los dientes, dejando que los colmillos afilados propios de su raza se mostraran y un gruñido salió de su garganta. Quería arrancarle la cabeza y colgarla de una pica en lo más alto de la ciudad.

-Eso... Eso, asqueroso perro es lo que tu me vas a responder.- Se acercó unos pasos, con el rostro otra vez en su estampa de mármol.- Vas a decirme uno a uno todos los estúpidos nombres de la manada Noruega y donde encontrarlos.- Dicho eso, con una rápida velocidad se acercó al lobito, acercándose también peligrosamente al licántropo.- Si no lo haces, quizá empiece primero por el joven cachorro... Su piel abriga mucho en invierno.


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→ Enero, 2019 → 20:00 → Bosques del Estado de Nueva York  → Luna gibosa, tormenta, frío

Si cualquiera de los pasajeros de alguno de los ferris que surcan las aguas del Hudson diariamente mirara hacia la cima del acantilado en el que nos encontramos seguramente se sorprendería al ver dos figuras enfrentadas, mientras la tormenta comienza a descargar su ira sobre ellas, provocando caprichosos reflejos plateados al reflejarse la luz de los numerosos rayos en las espadas que porta mi adversaria.

Pese al fuerte aguacero que se ha desencadenado finalmente, y que no tarda en empapar todas mis ropas, rostro, cabello y barba, haciendo que la sensación de frío se pegue a mi piel al instante, permanezco con el semblante burlón en mi rostro mientras observo la reacción de mis palabras sobre ella. - "Ostia puta… parece que has metido el dedo en la llaga sin saberlo… ¡Si es que tienes una habilidad para meterte en problemas realmente formidable!" – no puedo evitar pensar al ver la reacción de la vampiresa a mi comentario, puesto que al momento me muestra sus dientes, algo que nunca antes había visto en ninguna jodida sanguijuela, pero que no me sorprende tanto como el gruñido que brota de sus labios - "¡Vaya!, si parece más una hija de la luna y no una de la noche… estos chupasangres nunca dejarán de sorprenderme" – no puedo evitar pensar divertido ante su reacción.

Pero pronto me doy cuenta de la auténtica gravedad de mis palabras, las cuales parecen haberla provocado más de lo que me esperaba. Apretando con fuerza mis puños, entrecerrando los ojos ligeramente para poder ver mejor a través de la cortina de agua que va cayendo entre nosotros, me preparo para defenderme de cualquier ataque por parte de la extraña, la cual empieza a dar pasos en mi dirección al tiempo que me vuelve a hablar escupiendo las palabras con un odio que no me esperaba para nada, sobretodo porque no tengo constancia de haberle hecho nada antes.

- "Pero… ¿de qué cojones habla? ¿Qué le responda yo el qué?" – me pregunto tras su primera frase, sin apartar mi mirada de ella y manteniendo el mismo gesto burlón, sabiendo que si muestro mi sorpresa, o ansiedad por la precariedad de mi situación será mi perdición. Una precariedad que empeora aún más en cuanto la veo moverse con la maldita rapidez de los cadáveres andantes acercándose peligrosamente al lobezno, el cual no tarda en esconder su pequeña cola entre las patas y, lanzando un ladrido de sorpresa se abalanza presa del miedo hacia mi. En cuanto veo lo que está pasando, soltando un gruñido de advertencia, me muevo también hacia el cachorro utilizando toda la velocidad que mi condición de licántropo me permite, colocando mi cuerpo entre el pequeño lobezno y la vampiresa, quedando ahora sí peligrosamente cerca del borde del acantilado. - ¿Desde cuando los dioses envían cobardes a la batalla? – le espeto afianzando mi posición, protegiendo al pequeño con mi propio cuerpo - Cualquiera diría que ha sido el propio Loki quien te ha enviado aquí, a mancillar un túmulo vertiendo la sangre de inocentes sobre la tierra sagrada – añado, ahora sí mostrando una expresión agresiva en mi rostro, con los ojos entrecerrados, las mandíbulas cerradas y el cuerpo tenso, dispuesto a lanzarme sobre ella sin importarme sus espadas, pues, aunque el puto cachorro no sea mío, aunque pertenezca a una zorra malnacida, me cuidó y acompañó mientras estuve jodido en aquella maldita cabaña, y me veo obligado protegerlo - No tienes honor y no pienso revelarte ningún nombre de ningún licántropo noruego – le digo sin pensar al tiempo que el sonido de un trueno retumba por nuestro alrededor - "Básicamente porque no tengo ni puta idea de cómo se llaman o dónde cojones están… bueno eso sí, en Noruega fijo…" – pienso irónico, sabiendo que ella no me creerá aunque se lo diga, puesto que parece que está convencida en que yo formo parte de alguna manada con la que tiene algún tema pendiente.


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→ Enero, 2019 → 20:00 → Bosques del Estado de Nueva York  → Luna gibosa, tormenta, frío


Había algo que Azahar había aprendido muy bien en toda su existencia y es que no puedes dejarte llevar por la rabia. Los vikingo eran fuertes y su forma de atacar era agresiva, y aunque eran de sentimientos fuertes en la guerra mantenían la cabeza fría. Si atacas a alguien cercano estás muerto, porque en combate siempre aprendías a actuar con la cabeza y no con el corazón, pues eso podía llevarte a la muerte más rápido que la hambruna en un agua sin viento y oleaje.

De todas formas era algo fácil de decir, pero nunca de hacer. En ese instante ella estaba enfadada y a la vez saboreando levemente el inicio de su venganza. Pero había algo, esa humanidad que aun le quedaba que le impedía realmente atacar al lobo a sangre fría. El maldito recuerdo de William, la decepción que sabía sentiría, el riesgo de cumplir lo que más ansiaba y perder lo poco que quedaba de aquella joven vikinga. Por más que se repitiera que no estaba allí, no podía directamente coger y empezar a dañarle con la espada de plata. Tampoco era justo. ¿Que honor había en vencer a alguien desarmado?

De todas formas esos pensamientos se quedaron por unos segundos al margen cuando esa sonrisa cambió por otro gesto en el rosto del can. Se había enfadado, por lo que había acertado en hacerle creer que atacaría al hermoso cachorro que tenía a sus pies. Menudo ingenuo, protegiéndolo con su cuerpo como si realmente así pudiera protegerlo de ella. Tenía casi quinientos años, ¿cuántos vampiros había con semejante edad? Era peligrosa, lo sabía y desde que había salido del ataúd no se consieraba precisamente buena como pudo llegar a ser en vida.

-¿Cobarde? - Soltó una sonora carcajada.- Cobarde es aquel que huye de una batalla, que no se enfrenta a lo que tiene delante de sí. Algo que iría muy bien con vuestra manada... Después de todo, ¿quién se atreve a enfrentarse a una vampiresa antigua? Es mejor tenerla encerrada, mucho menos peligrosa, claro... Me pregunto quien fue el estúpido que abrió el ataúd, quizá con ese tenga más piedad.- sin pensarlo acercó el rostro al chucho, asegurándose de tener las espaldas prepradas, con las puntas hacia él por si se le ocurría hacer algo indebido.- No hables de honor, porque no lo tienes.- Sus ojos bajaron por el rostro del perro y con un sonrisa divertida volvio hacia los ajenos, sorprendiéndose de verdad de ver a un hombre tan similar a los de su hogar, pero eso le creaba tanta rabia le costaba contenerse en atacar sin pensar. De todas formas se apartó de él, dirigiéndose hacia esa tumba y contemplarla durante unos segundos.- Muy bien. Si algo respeto es la tierra sagrada.- Tenía a su pueblo en su cabeza, en las ganas que tenía de ir a ver sus tumbas, donde estaba su hogar. Llevaba trescientos años sin poder hacerlo y tenía un pánico horrible de encontrarse una gran ciudad donde habitaban sus cuerpos.- Juguemos a un juego entonces. Tu corres... Y cuando considere que estamos suficientemente lejos de tu... tierra sagrada... Iré a por tu cabeza. ¿Qué te parece? También tienes la opción de hablar antes de sufrir el filo de la plata.


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Gamle sanger fra fortiden [Azaha Fa’Har]
→ Enero, 2019 → 20:00 → Bosques del Estado de Nueva York  → Luna gibosa, tormenta, frío

Sin cambiar ni un ápice mi expresión corporal, preparado para lanzarme al ataque pese a estar en franca desventaja al no poseer más armas que mi propio cuerpo y mi destreza, escucho como el retumbar del trueno va desapareciendo lentamente, aunque no así la cantarina serenata del fuerte aguacero que continúa cayendo con la misma intensidad, ajeno a lo que está ocurriendo en aquel pequeño promontorio rocoso.

En cuanto el eco del trueno termina de desaparecer en la lejanía, la fría voz de la vampiresa vuelve a llegar a mis oídos tras atravesar la cortina de agua, provocando que otro gruñido abandone mi garganta en cuanto escucho su risa, una risa que incita a mi lobo a revolverse, a lanzarse contra los barrotes de la prisión en la que lo mantengo encerrado. Pero no es hasta que no llegan unas palabras concretas a mi que el gruñido no se hace claro, puro, surgido de lo más profundo de mi interior, directamente del lobo quien casi ha logrado liberarse, y que esas palabras ayudan a enfurecer todavía más. - "¡Maldita zorra!, ¡Así que la puta pelirroja está detrás de todo esto!... ¿Así que esta mujer no deja de ser una de sus esbirros?... pues estaré encantado de mandarla de vuelta con un claro mensaje para la puta…" – no puedo pensar realmente enojado por sus palabras, puesto que su referencia a ”una vampiresa antigua” la cual es mejor mantener encerrada no puede referirse más que a la maldita sanguijuela pelirroja, a la zorra de Irina, quien seguramente ha enviado a esta pobre desgraciada para hacer algo que ella no se atreve personalmente - "Y luego me tachan a mi de cobarde…" –.

Realmente el hecho de que la extraña vampiresa que me está amenazando ahora mismo sea una enviada de la rusa explica muchas cosas, sobretodo el hecho de que por lo visto estuvo encerrada hasta que alguien la liberó, y quizás ése sea el motivo por el que anda buscando algo, quizás por eso me conocía tan bien y me utilizó en aquellas malditas peleas, porque seguramente busca algo y cree que yo tengo esa información.

- Claro que hablo de honor, porque los Hijos de la Luna somos fieles, y eso no se consigue sin el honor, no como los de tu especie, que no dudáis en apuñalaros a la espalda en la menor ocasión – no puedo evitar responderle en tono agresivo, con los dientes apretados, observándola mientras me mira con esos ojos azules, tan azules como los míos y en cuyo brillo me parece detectar una especie de reconocimiento, como si estuviera viendo en mi algo que no esperaba, como si mi presencia le provocara recuerdos pasados, puesto que he visto dicho brillo en mi propia mirada al recordar viejos tiempos.

Sin quitarle un ojo de encima, aprovechando que se aparta ligeramente de mi para centrar su atención en la pequeña pira en honor a mi madre que agoniza bajo la lluvia, me permito agacharme ligeramente para permitir que el cachorro se me acerque, sujetándolo contra mi pecho con una mano, mientras la otra la mantengo cerrada en un puño dispuesto a atacar en el momento preciso. Lo que no me esperaba son sus palabras, aquellas que expresan su respeto por la tierra sagrada, algo que me parece realmente increíble viniendo de una chupasangre y que consigue que ladee ligeramente la cabeza en un gesto más animal que humano, un gesto que denota claramente la curiosidad que ése comentario ha tenido sobre mi.

Sus siguientes palabras consiguen que estalle en una clara y amplia carcajada, la cual permite que saboree el frescor de la lluvia que continúa cayendo, incesante sobre nosotros. - Me parece que estás muy perdida y que eres muy estúpida por seguir las órdenes de una zorra como la puta pelirroja – le espeto tras dejar de reír escupiendo casi las últimas palabras, dejando patente con el tono y la expresión de mi rostro el asco que proceso a la puta de Volkova - A parte de que es muy cobarde por su parte el no presentarse ella a exigirme respuestas… Así que no te lo tomes a mal cuando te destroce entre mis fauces, no es nada personal – añado con todo el sarcasmo que puedo, adoptando una expresión burlona mientras me encorvo más, dispuesto a lanzarme sobre ella si es necesario, a embestirla con todas mis fuerzas para conseguir derribarla y tener alguna oportunidad de enviar al cachorro lo más lejos posible mientras ataco a la vampiresa, empezando a dejar que la rabia, el odio que me genera su compañera acabe de apoderarse de mi ser, pudiendo así, sin remordimiento alguno dejar vía libre a mi lobo, para que tome el control y acabe con ella sin pensar en las consecuencias.


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Einar Sørensen
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