31/12 ¡Último día del año, queridos habitantes del submundo! El Staff de Facilis Descensus Averni os desea una magnífica entrada de año y que os sucedan más cosas buenas que malas. ¡FELIZ 2019!


02/12 ¡Atención, atención! ¡Aquí os dejamos las noticias recién salidas del horno! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, usuario! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...

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Welcome to New York, I've been waitin' for you! || Val.

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Welcome to New York, I've been waitin' for you!
→ Miércoles → 11:30 A.M → New York's Institute → Frío
La patada de Dovewain impactó de lleno en su pecho, arrebatándole todo el aire de los pulmones y haciéndolo trastabillar hacia atrás. Aprovechando la distancia que el previo golpe había generado, Augustus arremetió contra él con todas sus fuerzas. Su pie derecho encontró las costillas del castaño, lanzándolo por los aires para acabar golpeando dolorosamente el frío suelo de piedra. - ¡Daniel!- Gritó el Olivetti al ver como el muchacho se estrellaba contra las baldosas. No solía llamar a ninguno de sus compañeros nephilim por el nombre, sin embargo, el galés se había empeñado en que quería ser su amigo y al final se había hecho un hueco en su corazón, por ñoño que sonase. - ¿Estás bien? ¿Necesitas una iratze?- Preguntó corriendo junto a él.

El joven que yacía en el suelo esbozó una sonrisa maliciosa, sabiendo que el italiano no lo podía ver pues estaba de espaldas. El juego no había terminado, no al menos para él. De un un movimiento certero y veloz, arrolló los tobillos de Augustus que cayó de espaldas. - ¡Ahora!- Su voz jovial resonó por la sala de entrenamiento mientras se encaramaba encima el cazador de ojos azules y lo inmovilizaba. - ¿Y luego qué, August? ¿Querrás darme un beso en la pupita?- Las risas de Dovewain no se hicieron de esperar y el perdedor le dedicó una mirada asesina. - ¡Eres un imbécil!- Trató de sonar molesto, no obstante, su sonrisa le delataba. - Pensé que te habías comido el suelo.- Incluso para él sonó a excusa barata, básicamente porque los shadowhunters soportaban más que una simple patada en el torso y una caída. - Vamos, August, no te hagas el remolón y dame un besito.- Siguió él, risueño, espachurrando su cara en una mueca ridícula. - ¡Eres un idiota!- Decía entre risas, tratando de apartar su cara para evitar que los labios de Dovewain impactara en los suyos. - ¡Para! ¡Nos van a ver!

Daniel se levantó de un salto aún con una sonrisa en el rostro y le tendió la mano a Augustus para ayudarlo a levantarse. - Eres un aguafiestas.- Hizo un mohín con los labios, adelantándose y colocando todas las armas que habían desmontado. - No seas tan dramático, hay más italianos por el Instituto.- Se sacudió el polvo con pequeños golpes antes de acercarse a él. Dovewain suspiró con pesar, dramatizando a más no poder. - Me has roto el corazón Augustus Marcellus Olivetti. Ahora tendré que ir a consolarme en los brazos de alguna dama. Cómo la preciosidad que llegó esta mañana.- Alzó las cejas sugerentemente aunque el castaño se encontraba muy ocupado cogiendo su jersey del suelo. - Ah, ¿con que una dama bonita?- Su voz sonó amortiguada por la lana de la prenda. - Por lo que sé, es inglesa. Se apellida Nightflower... no... Nightrose- Augustus abrió los ojos como platos.- ¿Nightrose? - Sólo le bastó con un asentimiento de cabeza como respuesta para salir corriendo como si la vida le fuera en ello. Mientras de alejaba de la sala de entrenamiento oyó cómo su amigo lo llamaba.

Recorrió el pasillo de piedra, topándose con Iglesia quien le dedicó una mira perezosa y un maullido desganado. - Iglesia, ¿podrías llevarme con la última persona que ha llegado?- El minino se levantó del incómodo suelo y empezó a andar en dirección a los dormitorios. Ahora sólo falta que haya venido algún Lightwood después de Val para quedar como un grandísimo idiota. - El gato paró enfrente de una puerta que no estaba muy lejos de la suya y que le sonaba haber visto abierta esa misma mañana. - Gracias.- Pasó la mano afectuosamente por la cabeza del animal y rascándole tras la oreja. No había llegado a golpear la hoja de madera cuando ésta se abrió, revelando la esbelta figura de Valerie Anne Nightrose. - Val.- Susurró levantándose y clavando su mirada azul en la chocolate de ella.- ¡Bienvenida!- Sus brazos encontraron el cuerpo de la muchacha y lo rodearon en un tierno abrazo. La había echado de menos durante todo ese tiempo, sin embargo, hasta ese momento en el que la había visto no se había dado cuenta de lo mucho que la había necesitado. - Pensé que tus padres no te dejaban venir.- Murmuró en su cabello segundos antes de besar su mejilla. Aún no la había soltado y no tenía intención de hacerlo.


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Augustus M. Olivetti
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Welcome to New York, I've been waitin' for you!
→ Miércoles → 11:30 A.M → New York's Institute → Frío
A veces parece increíble lo diferentes que pueden ser las ciudades mundanas, aunque sean grandes capitales de países, o aunque vengan de un mismo germen. A fin de cuentas, los Estados Unidos son que una colonia inglesa que se emancipó de la metrópoli en su momento, y por tanto una, o en realidad cualquiera, podría llegar a pensar que esto haría que la evolución del lugar fuese parecido al lugar colonizador. Supongo que también hay que tener en cuenta que no hubo únicamente inmigrantes ingleses, sino también irlandeses, holandeses, franceses, alemanes... Quizás es por eso que este sitio es tan extraño. Quizás es por eso, también, que New York no podría estar más alejado del carácter sobrio e incluso gris de Londres, por mucho que el germen de su cultura estuviese en la mía.

Es lo único que alcanzo a pensar mientras me muevo por la ciudad en dirección al Instituto, observando los grandes rascacielos. El avión ha llegado temprano, y un autobús me ha dejado cerca del sitio donde se encuentra el enclave nefilim, pero el resto del camino he decidido hacerlo a pie. Mi madre y mi padre no han comprendido que no quisiese ir en un portal, pero yo he preferido hacerlo así simplemente por el placer de hacer algo mundano, como coger un vuelo internacional, por mucho que eso supusiese estar horas y horas encerrada en una lata de sardinas con alas y motores que mantienen el vuelo. Supongo que ha sido porque, en realidad, por mucho que vengamos de los ángeles nunca podremos volar, y una parte de mí ha querido comprobar lo que era estar en el cielo, aunque fuese durante unos momentos.

El resto, fundirme entre los mundanos, coger medios de transporte, no es algo que me sea ajeno. Con Marianne experimentamos la vida en Londres mientras mis padres se debatían a vida o muerte por salvaguardar a nuestra raza, y debo decir que a pesar de que al principio me sentí muy nerviosa, al final no tuve miedo. Yvonne se mostraba entusiasmada por absolutamente todo lo nuevo que podíamos alcanzar, mientras que yo me dedicaba a pasear despacio y a disfrutar en silencio de aquella experiencia. Puede resultar extraño porque a fin de cuentas vivimos en la ciudad que nos rodea, pero no vivimos dentro de ella, porque nuestra familia no se mezcla con cosas mundanas. No va al parque, no va al cine, no compra comidas en puestos ni va a Picadilly a pasearse entre ellos si no es para cazar. Porque para los Nightrose todo se resume a eso en la vida: a la cacería y a la muerte. Ningún miembro de mi familia ha llegado a los sesenta años, y eso es una cosa que no debería atormentarme, pero en el fondo, me asusta un poco. Quiero cumplir expectativas, pero me aterra marcharme pronto.

Me cierro aún más el abrigo que oculta mis runas y acelero el paso cuando, tras un par de parpadeos, consigo distinguir el edificio. No llevo mucho equipaje, pero el ruido de las ruedas de la maleta sobre la acera empieza a ser realmente molesto, así que acelero. El edificio es imponente, una antigua iglesia, y me es fácil perderme en sus pasillos mientras me asignan una habitación. Es increíblemente bonita, sobrecogedora, casi como Websmister, pero está tan llena de vida que me sorprende y al mismo tiempo me entristece, porque tanta actividad sólo puede significar que las cosas no están mejorando en absoluto. Con los dedos congelados entro en el dormitorio que voy a utilizar estos días y doy las gracias amablemente a mi guía; los Lightwood han sido educados pero breves, puesto que tienen muchas cosas que atender. He reconocido a miembros de la Clave que suelen pasearse por Idris a menudo, he saludado en la distancia, he sonreído a miradas curiosas, y siento un hormigueo en la punta de los pies que no se apaga.

Aviso a Yvonne mediante el móvil que mis padres no saben que tenemos de que he llegado, y le digo que les comente que lo he hecho mediante un mensaje de fuego. Yvy no es tonta, pero a veces habla demasiado alegremente de las cosas, y no estoy segura de que no le fuesen a quitar el aparato si lo descubren. Como he dicho, son demasiado tradicionales. A Marianne, sin embargo, no le digo nada; prefiero acercarme por sorpresa a su casa. La sola idea me hace sonreír de placer, ansiosa por ver su cara y la de Mario cuando me encuentren al otro lado de la puerta.

Con movimientos cansados me deshago de la mochila, del bolso y de la maleta sobre la cama, me quito el abrigo y me estiro como una gata, notando mi cuerpo desentumecerse un poco, aunque el agotamiento sigue en cada fibra de mi ser. Sin embargo, eso no me va a impedir hacer cosas. Nunca lo hace. Me suelto la melena porque la coleta empieza a apretar, y deshago mi equipaje con movimientos lentos; no llevo muchas cosas salvo ropa, la estela y algunos efectos personales. Yvy no tardará en unirse a nosotros y ella traerá algunas armas que no pueda encontrar aquí. Lo sé, porque una vez yo aquí no creo que le pongan demasiadas pegas para que venga; además, a pesar de todo, no creo que se fíen de dejarme a sola mucho tiempo. Esa idea hace siempre que se me oprima el corazón, pero intento no echarle demasiada cuenta y seguir adelante como si no sucediese nada. Como si no sintiese nada. Es tan habitual como respirar para mí, así que al cabo de unos minutos estoy centrada en tararear mientras termino de guardar mis cosas.

Sonrío con satisfacción al finalizar, y entonces otra idea que he estado intentando no acariciar demasiado para no ponerme en exceso nerviosa se me viene a la cabeza de golpe, y hace que vuelva a sonreír mientras siento un hormigueo recorrerme la piel. Respiro un par de veces mientras doy vueltas en círculos por la habitación, hablando para mí misma más que para un posible público, mientras imagino escenarios estúpidos que sé que nunca se van a dar. Algunos hacen que se me caliente la sangre, pero los descarto en seguida cuando me golpea una cierta ola de tristeza. Por supuesto, esas cosas no iban a pasar nunca.

Bueno, venga, vamos allá.

Cojo impulso para salir del dormitorio, dispuesta a tener empuje por una vez, y cuando abro la puerta me encuentro de frente con el motivo de mi inquietud. El corazón me da un vuelco tan doloroso que creo que se me va a salir del pecho cuando susurra mi nombre, y lo único que puedo hacer es recibirle entre mis brazos mientras rezo por no echarme a temblar. Al principio me cuesta incluso pensar, mareada por su olor, por su cercanía y por el calor de su piel. Casi tengo ganas de llorar. Hacía tanto tiempo desde la última vez que le había visto... Pero se encontraba allí y no estaba soñando. Augustus me estaba abrazando con fuerza, y yo me hundo en su jersey, aferrándome a él por la espalda como si fuese lo único que pudiese mantenerme en pie. Le había echado tantísimo de menos... que podría haberme quedado allí eternamente, recogida contra su pecho, sin atreverme a respirar demasiado alto por temor a romper el momento. Pero tenía que terminar hablando, así que tras sentir su beso en mi mejilla demasiado caliente, respondo, aunque lo hago con una risilla nerviosa que espero que no achaque al hecho de que seguimos abrazados y yo me quiero morir por eso.

Y no me dejan, en el fondo. Pero supongo que después de dos años insistiendo no han tenido más remedio que dejarme marchar o habría terminado por volverles locos. Ya sólo me faltaba visitarles en sueños, te lo aseguro. —Me muerdo el labio inferior mientras comienzo a separarme poco a poco, aunque es casi doloroso hacerlo, pero no puedo seguir así; simplemente no puedo, porque en realidad no sé qué duele más. Cuando puedo mirarle a los ojos, sin embargo, sonrío como una idiota feliz mientras le pongo las manos en la cara, apretándosela ligeramente—. ¡Estoy  tan contenta de verte! Me había prometido comerte a besos cuando te viese, porque vuestra presencia aquí ha ayudado mucho a terminar de convencerles para que me dejasen venir. —Le rodeo por el cuello sólo un segundo antes de estamparle yo un beso en la mejilla, marcando las distancias con prudencia, pero, en el fondo, incapaz de alejarme del todo de él. Le cojo las manos con suavidad sin dejar de mirarle, con los ojos brillantes, pero me siento repentinamente estúpida porque estemos parados en la puerta de mi dormitorio sin movernos—. Estaba saliendo para buscarte, de hecho. —De pronto caigo en la cuenta de algo, y no puedo evitar reírme entre dientes—. ¿Cómo... cómo me has encontrado, por cierto? ¿Has estado llamando una a una por todas las puertas del Instituto?
Valerie A. Nightrose
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Welcome to New York, I've been waitin' for you!
→ Miércoles → 11:30 A.M → New York's Institute → Frío
Eran pocas las veces que Augustus podí tomarse la libertad de exteriorizar sus emociones, así que cuando la oportunidad se presentaba él la aprovechaba al vuelo. La mera presencia de Valerie tenía el poder de apaciguar su mal carácter y arrancarle alguna que otra sonrisa, no obstante, esto no significaba que fuera a estar sobándola todo el rato. Su familia en solía ver bien que un guerrero del ángel se deshiciera en carantoñas y arrumacos, con lo cual, el joven Olivetti prefería reservar las muestras de afecto en momentos privados en los que no pudiera ser tachado de sensiblero.

- Nadie te gana a tenaz.- Comentó con una sonrisa divertida, sintiendo como la castaña se separaba de él. No se esperaba que le achuchase las mejillas como cuando eran niños. - Si vas a besarme prefiero que lo hagas en un lugar donde no puedan vernos.- El comentario carecía de picardía y era más una broma entre amigos que llevaban demasiado tiempo conociéndose. Sus cejas se alzaron considerablemente antes de echarse a reír como si no hubiera un mañana al imaginarse a sí mismo yendo puerta por puerta mientras  preguntaba por ella. - No.- Aún sonreía y tenía los ojos vidriosos de las carcajadas. - Me ha ayudado Iglesia.- Dijo despreocupado, como si fuera la explicación más lógica. Tras unos segundos de silencio comprendió que ella seguramente no habría tenido el placer de cruzarse con el minino.Para reforzar su argumento reculó un par de pasos y señaló el lugar dónde había visto por última vez al animal. No se sorprendió al ver que allí no había nada y que Iglesia lo había dejado como un completo imbécil.

- Te prometo que aquí antes había un gato.- Miró a un lado y a otro del pasillo en un intento de localizarlo. Le echó un vistazo al suelo y cuando procedía a alzar la mirada lo vio. El señor gato estaba en los pies de la cama de Valerie. - Ahí está.- Le echó una mirada asesina pero el gato se limitó a abrir y cerrar los ojos perezosamente, muy ocupado en olisquear las pertenencias de la joven Nightrose como para reparar en el moreno. - Suele ser el guía del Instituto.- El eco de unos pasos resonaron por el pasadizo de piedra y Dovewain hizo acto de aparición. Augustus tuvo ganas de echarse las manos a la cabeza. Quien quiera que fuera que escribiera su destino, se notaba que le gustaba verlo sufrir. Cerró los párpados con fuerza cuando escuchó como el muchacho lo llamaba por el fantástico apodo con el que lo había bautizado dos días antes. - Mr. Grumpy, Lady Nightrose.- Hizo una pomposa reverencia digna del siglo de las luces. - Ya sabes August, If you wanna mánage I got a tricycle...- Canturreó con su usual descaro. Tras un guiño se dio media vuelta y prosiguió su marcha.

Augustus miraba a Valerie horrorizado. - Te aseguro que no es mal chico.- No entendía como Dan podía ir por la vida soltando esa clase de cosas y dormir por la noche. - Es que le gusta decirme cosas indecentes. Pero a bien, en plan amigos. O sea no es como que los amigos se digan esas cosas. O sí, no lo sé.- Tenía que callarse ya porque con cada palabra que emitía lo empeoraba más. Cambio de tema ya. - ¿Tienes hambre? Hay una cafetería bastante cerca donde hacen unos pasteles buenísimos.


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Augustus M. Olivetti
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→ Miércoles → 11:30 A.M → New York's Institute → Frío
Tenaz no es la palabra que yo habría usado para describirme, pero no es algo que comente en voz alta. Me limito a intentar que la broma que ha hecho no me afecte, pero lo hace. Le quiero con todo mi corazón, pero no se puede negar que vive en otro sitio, incapaz de darse cuenta de lo que sucede a su alrededor. Creo que en el fondo lo prefiero, porque como buena cobardica no sé si podría escucharle decirme que me adora, pero que nunca será capaz de corresponderme. Prefiero esconder todo eso dentro de mí, observarle, caminar a su lado, aunque la idea del matrimonio no me hace precisamente feliz...

Tampoco es tiempo para pensar en eso. Le coreo cuando empieza a reírse, todavía aferrada a sus dedos. Aún recuerdo la primera vez que vi a Augustus.

La familia de su padre y del mío habían sido viejas aliadas que aún se mantenían a su lado a pesar del paso del tiempo, de la desgracia que había caído sobre los Nightrose, y nuestras visitas a Idris solían coincidir bastante a menudo. Ahora me pregunto si no sería para intentar forjar nuestro compromiso, del que Augustus y yo nunca hemos llegado a hablar; quizás porque le sucede lo mismo que a mí, que no consigo que las palabras salgan de detrás de los labios, pero en mi caso porque estoy demasiado aterrorizada por lo que puedo escuchar. Debíamos de tener unos seis o cinco años, él y yo, respectivamente, y todavía tengo en mente haber pensado que era un niño muy pálido con unos ojos celestes muy grandes para un pelo tan oscuro. Me pareció un pequeño ángel, y mi tía se echó a reír cuando se lo conté ante toda mi indignación, porque no entendía por qué había reaccionado así. Dijo cosas que entonces me parecieron sin sentido, que incluso hoy me suenan vacías. Porque, ¿cómo va a enamorarse a primera vista una niña? Pero para ella fue totalmente divertido.

Además, la primera impresión que me llevé de él se enfrió un poco por el carácter tan serio que me parecía absolutamente imposible en un niño tan pequeño. Casi nunca reía, hablaba muy poco y no le gustaba jugar a demasiadas cosas. Me parecía tan extraño, tan solitario... Lo cierto es que la primera vez que le vi, aunque me pareció bonito, no me gustó demasiado, y los años se fueron sucediendo poco a poco y mi opinión de él no fue mejorando. Pero un día, quizás teníamos ocho o nueve años; era invierno, y le encontré encogido en el jardín de mi casa donde hacía un frío tremendo, con un bulto debajo de la ropa. Al acercarme se me quedó mirando con esos ojos tan azules que tiene y la cabecita de un conejito salió de su jersey. Lo he encontrado solo. Y no quiero que se muera de frío. Tampoco creo que una niña de ocho años pueda enamorarse por algo así, pero sí sé que algo muy profundo se removió dentro de mí, enternecida porque alguien que parecía tan aislado se mostrase tan preocupado por un animal tan pequeño, y fue eso y no otra cosa lo que me hizo pegarme a él.

Porque me di cuenta de que las presiones que sufre Augustus, tan parecidas a las mías, le habían hecho querer aislarse de los demás cuando en el fondo tenía un corazón bueno y amable al que se puede llegar simplemente sentándose a su lado, estando ahí, sin decir nada, pero ofreciéndole una compañía que atesoraba como pocas personas sabían en el mundo que lo hacía. Con el tiempo hacerle reír fue uno de mis grandes placeres, encontrándome con que era increíblemente fácil si se presionaban los resortes adecuados, como en ese momento, cuando sus carcajadas se expanden a mi alrededor haciéndome, simplemente, feliz.

¿Iglesia?

Enarco una ceja tras unos segundos de silencio, observándole moverse, buscando a quien quiera que sea que le ha traído hasta mi puerta. ¿Un gato? La idea me hace reír, y me muerdo los labios para no hacerlo cuando le observo buscarlo, tan frustrado, como si el minino le hubiese hecho una jugarreta para fastidiarle única y exclusivamente a él. A veces llegaba a ser bastante dramático...

Te creo, Augustus, te creo, de verdad que sí. Ahora no vayas a levantar todo el Instituto...

Me corto y me giro cuando lo señala, encontrándome con un gato de aspecto perezoso y enfurruñado que brujulea entre mis cosas. ¿El guía? Desde luego había ido a parar a un sitio realmente peculiar. De pronto unos pasos resuenan cerca de nosotros y de la nada aparece la figura de un muchacho que me hace sentirme un poco cohibida al principio; no puede ser más diferente a Augustus, completamente radiante, brillante, enérgico, con el pelo rubio y unos ojos asombrosamente verdes que chispean mientras habla, sonriente. Es guapo, muy guapo, y cuando me llama lady no puedo evitar enrojecer y reírme como una estúpida, aunque creo que eso es más por el mote que le ha puesto a mi amigo. ¿Mr. Grumpy? Algo en mi fuero interno salta de alegría porque está dejando que la gente se acerque a él cuando siempre le ha costado tanto, y una parte de mí quiere engancharse a ese chico para preguntarle cómo lo ha conseguido. Entonces habla de triciclos, nos guiña un ojo y no es hasta que se ha marchado de nuestro lado que enrojezco todavía más, porque he pillado lo que intentaba decirnos. ¡Hasta se me pone la carne de gallina! La sola idea hace que me bulla la sangre y me siento bastante... mal. ¡No debería pensar en ese tipo de cosas por el amor de Raziel! Me llevo las manos a la boca cuando Augustus me habla, esperando que no se me haya visto en la cara que mis pensamientos no han ido muy lejos de los de él, y tengo que echarme a reír ante su aspecto tan horrorizado y espantado y la retahíla de cosas que dice intentando arreglarlo que hacen que todo suene peor.

Pasteles me parece bien, gracias. —No consigo dejar de reír, aunque intento no ser demasiado escandalosa—. ¡Lo siento! Es que has puesto una cara... Estoy segura de que es un buen chico y me alegra que estés haciendo algún amigo, de verdad. —Miro mis piernas cuando siento que el gato, Iglesia, se pasea entre ellas para salir de mi cuarto y perderse por los pasillos. Me aseguro de que tengo la llave de la habitación en el bolsillo antes de cerrar la puerta tras de mí, observando a Augustus con una sonrisa en los labios—. Anda, ¡vamos! Te sigo a donde sea, y mientras cuéntame qué has estado haciendo y cómo van las cosas aquí. Los rumores nunca son lo suficientemente horribles en estas situaciones, me temo...


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Valerie A. Nightrose
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→ Miércoles → 11:30 A.M → New York's Institute → Frío
Augustus le echó una última ojeada a la lejana figura de Dovewain, antes de que se perdiera tras una de las puertas de madera del Instituto. Obviamente el castaño no tomaba en serio los comentarios obscenos de su amigo, de hecho, dudaba que Daniel fuera capaz de sentirse atraído por algún chico y mucho menos por alguien tan aburrido como él. Siempre lo había visto relacionarse con mujeres, sin embargo, el italiano no era idiota y sabía que aunque el rubio bateara para los dos equipos no lo iba a gritar a los cuatro vientos. No es que la sociedad nephilim viera muy bien las relaciones homosexuales… Augustus frunció el ceño, casi molesto por el rumbo que habían tomado sus pensamientos. Le dolería profundamente si su único amigo no le contase una cosa de ese calibre. ¿Es que no lo consideraba de confianza? Sacudió la cabeza un par de veces, tratando de espantar la película que él mismo se estaba montando.

- Más bien él se hizo amigo mío.- Aclaró también con una sonrisa, haciéndose a un lado para que la cazadora pudiera salir de su dormitorio y cerrar con llave. Se encogió de hombros como respuesta, comenzando a caminar hacia la salida. - He estado bien, como siempre.- Augustus no era mucho de hablar y mucho menos de su vida, la cual le parecía monótona y sobria. - Pues no sé qué dicen los rumores pero te puedo asegurar que la situación está peor de lo que te imaginas. - Sus voces resonaban como un suave murmullo en las gruesas paredes de piedra, como lejanos ecos. Al llegar al ascensor, Augustus abrió la pesada reja y animó a Valerie a entrar primero. - Los subterráneos parecen pollos sin cabeza. - El ruido de la pesada maquinaria trabajando casi amortiguó su comentario. Casi.

Un potente olor a vela e incienso los rodeó, indicándoles que ya habían llegado a la planta baja. Augustus repitió la acción anterior y cedió el paso a su amiga, tal y como su madre le había enseñado. - Y para colmo mi hermana anda de arriba para abajo con ellos. Hace unos días la vieron bajarse de una moto demoníaca. - Suspiró intentando que su preocupación no saliera a la luz, aunque no sonaba muy convincente. - ¡Un vampiro! ¡Se codea con vampiros!- Se llevó una mano a la frente en un arrebato de frustración. - Por cierto, esto me recuerda que no he preguntado por Yvonne. ¿Cómo está?- No había acabado la pregunta cuando la puerta de doble hoja se abrió y entraron dos shadowhunters que probablemente volvían de la patrulla nocturna. Uno de ellos le resultó fácilmente identificable porque había compartido alguna que otra guardia con él, el otro no le era ni remotamente familiar. Los saludó con la cabeza, aprovechando que la puerta permanecía abierta para salir. - Vamos, Val.- Susurró cogiendo suavemente la fina mano de la muchacha con el fin de no perderla entre los apresurados transeúntes que circulaban por las calles neoyorquinas.


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Augustus M. Olivetti
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