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Bad liar. || Morgan.

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Mensaje— por Gabriel Edevane el Jue Jun 27, 2019 11:58 pm

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→ Martes → 14:30 p.m → Restaurante Blue Hill  → Soleado
 Tan sólo hacía un par de días que había vuelto a Nueva York y ya estaba que me subía por las paredes. Había tratado, en vano, mantener mi mente ocupada para ver si conseguía acallar mi instinto, ese que me decía que había cometido un error viniendo de nuevo a la ciudad que sólo trajo mi ruina. Suspiré con pesar, cerrando de golpe uno de los grimorios de mi hermana. Ya había entendido que no podría hacer nada de provecho hasta que me despejara lo suficiente para apaciguar mi agobio. Dejé el pesado libro sobre el escritorio de la biblioteca, dispuesto a quitarme el pijama y ponerme algo presentable.

Caminé hasta la parada de metro más cercana. La camiseta de algodón empezaba a pegarse aparatosamente a mi espalda gracias a la brillante idea de ponerme pantalón largo a pesar de saber que ya hacía un calor de mil demonios en Nueva York. Dentro de los vagones la situación no mejoraba porque si había algo peor que sentir los rayos del sol achicharrándote la piel, era la de oler el sudor ajeno. ¿Se podía saber por qué no había cruzado la ciudad en un bendito portal?

Llegué al restaurante Blue Hill después de pasarme recluido más de veinte minutos en esa tortura metálica a la que llamaban metro. Al llegar me atendió el mismo mêtre que había habido durante los últimos diez años, poco tiempo para mí pero una eternidad para los mundanos. Iba de camino a la mesa que me habían asignado cuando reconocí una mata de pelo enredado. Paré en seco para observarla con detenimiento, al estar de espaldas era difícil decir si era ella o no. Como si Alá hubiera escuchado mis plegarias, la rubia giró el rostro y vi su perfil. No importaba cuantos años hubieran pasado desde la última vez que nos vimos, sus rasgos permanecían grabados a fuego en mi mente.

Debía actuar rápido antes de que el valor se me fuera a la suela de los zapatos. Caminé hasta ella y sin pedirle permiso me senté en la silla que tenía justo enfrente. - ¿Esperas a alguien? - Solté como si nada, ignorando las mariposas que aleteaban furiosas en mi estómago. ¿En serio? Ya estaba viejo para esas mierdas.  
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Mensaje— por Morgan Bevan el Jue Jul 04, 2019 1:09 pm

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→ Martes → 14:30 p.m → Restaurante Blue Hill  → Soleado
Tenía que dejar de quedar con clientes a plena luz del día en restaurantes como aquel.

¿Es que acaso los inmortales se estaban volviendo más y más delicaditos con los años? ¿Dónde quedaban esos tugurios mugrientos donde nadie te miraba demasiado de cerca, incluso cuando eras una mujer, porque estaba todo tan oscuro, sucio y desagradable que el ambiente te absorbía y te dejaban en paz? Bueno, los pensamientos siempre la alcanzaban, pero al menos podía ignorarlos si se centraba en lo que estaba haciendo. En sitios como aquel, donde la luz entraba por todas partes, la gente entraba y salía a su antojo y las miradas que le dedicaban eran tan indiscretas que lo único que le apetecía era coger la silla que tenía delante y estamparla en la cabeza de cuanto imbécil se riese por lo bajo al ver su pelo enmarañado.

Pero no. No podía hacerlo. Los subterráneos estaban cada vez más delicaditos y ella, por culpa de su hermana pequeña, estaba empezando a comportarse casi como una persona civilizada. Incluso llevaba zapatos y una ropa no del todo hortera que incluso combinaba. ¿Qué había sido de la Morgan que no era capaz de ponerse dos calcetines iguales y que había aparecido en mitad de una reunión con ramas retorcidas dentro del pelo? New York no le hacía bien. Tenía que volver al campo, donde podía corretear por las laderas de las colinas con los pies desnudos, aparecer en su casa de nuevo llena de barro y darse un baño de horas para luego terminar poniendo la madera del suelo chorreando por negarse a secarse.

A veces echaba de menos con tanta intensidad algunas cosas que le entraban ganas de llorar.

Si la gente supiese que en realidad era un cúmulo de emociones tan intensas que resultaba doloroso si quiera imaginar situaciones, toda su reputación de desagradable insoportable se iría al garete en menos que cantaba un gallo. No todo el mundo tenía idea alguna de que fuese tan sensible, ni que las cosas le afectasen tanto a nivel emocional que sus reacciones siempre eran violentas y desproporcionadas, tanto para un lado como para el otro. Para el resto del mundo, Morgan no era más que una persona huraña, desagradable e intratable que no tenía nada de positivo ni de amable dentro del corazón, y que sólo le importaban los negocios.

Para el hombre que se sentó repentinamente delante de ella, había querido pensar durante mucho tiempo que no era así.

Gabriel.

Su nombre le quemó en los labios al decirlo. Había permanecido guardado bajo llave durante mucho tiempo, incapaz de pronunciarlo delante de nadie más por temor a que el dolor que llevaba asociado la rompiese en dos. Y en ese momento, para su alivio, no hubo sufrimiento, pero si un aluvión de emociones contradictorias que hicieron que se le parase incluso el corazón. Quiso besarle. Muchísimo. Apartar la mesa que les separaba, sentarse en su regazo y comérselo a besos como habían hecho tantísimas noches, durante tantísimo tiempo. Y también quiso pegarle. Y gritarle que se marchase, que la dejas en paz de nuevo. Que no era nadie para aparecer de nuevo en su vida después de cómo la había tratado cuando se separaron. Que quién se creía que era para seguir haciendo que se le retorciese el estómago por los nervios, por el deseo, por el amor que le había tenido que había quedado hecho añicos, aunque había sido ella quien había decidido dejarle. Gabriel. Le había maldecido tanto como le había añorado, y ahora aparecía de la nada, y Morgan quiso centrarse en las ganas que tenía de pegarles patadas en las espinillas antes que en las lágrimas que podría llegar a soltar de alivio al ver que seguía con vida, a pesar de todo.

No es de tu incumbencia —respondió, desagradable—. Pero sí.


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