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Bad idea || Syllia

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Mensaje— por Cornelia A. Nightrose el Lun Dic 09, 2019 2:03 pm

Bad idea.
→ Lunes → 07:00 a.m → Instituto de Nueva York  → Frío pero soleado
El frío ya había llegado a la ciudad de Nueva York, aunque las primeras nevadas no se preveían hasta mediados de mes. Cornelia, eufórica por la inminente llegada de la Navidad, abrió la ventana de su dormitorio y sin ninguna clase de precaución, se abalanzó hacia el vacío hasta que su cadera chocó contra el mármol, recordándole que si seguía avanzando pronto se hallaría en el suelo. Y no de las mejores formas. Contuvo el gritito de emoción que siempre le suscitaba la llegada del invierno, y de un salto volvió a introducirse en la modesta habitación. Canturreando se dirigió hacia el armario y sacó la ropa de deporte, para al menos ir decente al desayuno.

Los pasillos del Instituto seguían siendo lúgubres y helados, pero ese día le resultaron algo más pintorescos, casi acogedores. Un delicioso olor a café recién hecho rezumaba por la rendija de la puerta de la cocina y la joven tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no precipitarse hacia allí como una loca desesperada. Colocó la mano en el pomo, percibiendo la voz de su madre a través de la hoja de madera. Entró con la naturalidad de quien se cree en su casa, pasando cerca de su padrastro para arrebatarle, sin ninguna compasión, el rollo de canela que acababa de coger.

- Buenos días.- Musitó antes de darle un bocado al dulce, reparando que sus padres no estaban solos. - Cornie, cielo, ¿te preparo un capuccino?- La rubia se sentó en el único taburete que quedaba libre, justo al lado de Syllia. Sopesó la idea de decirle que no, y beberse el café de su hermanastra pero luego recordó que normalmente se lo preparaba demasiado negro. - Pues…- ¿Sabes qué? Que por fastidiar, hacía lo que fuera. Agarró la taza que la castaña se estaba llevando a los labios y le dio un trago, aguantándose la mueca de repulsión que le produjo.

- ¡Cornelia!- Exclamó su madre, algo indignada. - ¿Por qué siempre le buscas pelea? Luego te quejas cuando te hace daño.- Colocó la cafetera en la barra americana, dedicándole una mirada cargada de pesar a la mayor. - Siento que te tengas que quedar con ella toda la semana.- La tos de Cornelia no se hizo esperar cuando el pastelito se le trabó en media garganta. - Espera un momento… ¿qué?- Los ojos color miel pasaron de su madre a la cara de Syllie, esperando los típicos indicios de una broma. - No te alteres, Cornelia. - Suspiró Lucie. -Stephan y yo tenemos que marchar a Idris cinco días, y tú te vas a quedar con tu hermana.

Llegados a ese punto, el rostro de Cornelia había adoptado una expresión del más puro horror. - No va a ser para tanto. Tú sólo hazle caso a Syllia y pórtate bien.- No se atrevió a mirar de nuevo a la castaña, pues estaba segura de que el precioso color zafiro de sus ojos estaría impregnado de arrogancia.
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Mensaje— por Syllia Elvyre el Lun Dic 09, 2019 6:51 pm

BAD IDEA
→ LUNES → 7:00 → INSTITUTO DE NUEVA YORK → FRÍO PERO SOLEADO
Syllia entorna los ojos en cuanto escucha los pasos de Cornelia. Los reconoce por su manera de andar, por el peso que deposita en ellos, incluso por el tipo de zapatos que lleva o por sus pies descalzos.

Lleva mucho tiempo viviendo en su casa. Por mal que le pese, Syllia no siente que éste sea su hogar. Tampoco lo desea. Desearía estar en su auténtico lugar, al lado de su inválida madre. Sin embargo, fue ella quién la envió a vivir con su padre. Aún a día de hoy, Syllia se pregunta qué habría sido de ella si hubiese escogido no hacer caso a su madre. Para bien o para mal, esa mujer es la única que genera un respeto inquebrantable por parte de la joven cazadora de sombras. Se clavaría un cuchillo si se lo pidiese.

Después de haber sido abandonadas por el barón de la familia, la progenitora de los Elvyre había tenido que sacar a su hija sola. Se había encargado de su entrenamiento, e incluso así, jamás le había faltado el amor a Syllia. Pero un trágico día, sufrió un accidente que la incapacitó de por vida. Sabiendo que su hija jamás sería feliz en una sociedad contra la que se rebelaba interiormente, y siendo del mismo modo consciente de que jamás podría volver a brindarle un futuro brillante, la envió de vuelta con su padre. Ambas degustaron el dolor que fue infligido a su orgullo. Syllia daría cualquier cosa para volver en el tiempo y evitar que su madre acabase así. También pagaría cualquier precio con tal de perder de vista a su padre.

Lo que siente por él varía entre la indiferencia y el auténtico desprecio. Cornelia, su supuesta hermana, genera sentimientos parecidos. Se llevan como el perro y el gato, son incapaces de entenderse y suelen soltarse pullas y provocar situaciones insoportables para la otra. No obstante, no siente el mismo odio que procesa a su padre. Después de todo, Cornelia no le debe nada. No le ha fallado cuando más la ha necesitado. No ha dejado a su madre por otra mujer, su actual madrastra.

Curiosamente, piensa Syllia mientras se centra en la taza con la que quiere hacerse, de los tres miembos de su actual familia, es precisamente la mayor de las mujeres la que más empatía despierta en ella. No tiene del todo claro por qué, pues en cierto modo, es responsable de uno de sus dos traumas. Hablan de vez en cuando, e incluso son capaces de robarse sonrisas mutuas con chascarrillos casuales o con palabras, una vez al año, honestas.

Alarga la mano para coger la taza, pero Cornelia es más rápida. La condenada se ha sentado a su lado, facilitándose la tarea. Syllia se gira abruptamente y exclama:

¡Eh! ¡Ese café es mío!

Lucie sale en su defensa, una prueba más de la relación que comparte con Syllia. A veces, reflexiona Syllia, parece que se lleva mejor con ella que con su propia hija. Es, sin lugar a dudas, muy curioso. De todas formas, en caso de que se llevase mal con Cornelia, lo entendería perfectamente. La rubia es un auténtico incordio. Qué ganas tiene de que se emancipe y se marche de casa.

De inmediato, Syllia se sonroja. Ella es mayor, y allí sigue.

Como si de justicia divina se tratase, Lucie menciona la semana que ambas hermanas tendrán que quedarse juntas. La cazadora oculta una risa lo mejor que puede, pero permite que una sonrisa repleta de arrogancia—sí, has dado en el clavo—ornamente su bella expresión. Mira a Cornelia con superioridad. Como crías, las dos harían cualquier cosa con tal de molestarse mutuamente.

Exacto, hermana: pórtate bien y hazme caso en todo. Verás qué bien nos va todo de este modo. —Con un tono tan falso como agradable, se gira hacia Lucie y asiente—. No te preocupes. Me aseguraré de que no arda la casa. ¿Tengo permiso para arrearle si monta un escándalo?

Lo tienes —responde Lucie, guiñándole un ojo a ambas chicas—. Te haré otro café, Syllia. Perdona a...

No, está bien, no te preocupes. No necesito que me hagan el café. Ya no soy una cría. —El ataque no va dirigido a Lucie, sino a Cornelia. Por eso, Syllia le saca la lengua y se ríe, dejando claro que se está mofando de ella. En lugar de enfadarse, Lucie entorna los ojos y sigue a lo suyo.

Mientras se hace el café, Syllia no posa sus ojos de color zafiro sobre su padre. Hasta ahora, el hombre se ha mantenido en silencio. No es un fanático de leer periódicos, pero desde que Syllia está en casa, lo hace de vez en cuando, en especial cuando ella está delante. Tampoco ha mostrado enfado cuando su querida hija adoptiva le ha quitado la canela. Sin lugar a dudas, se dice Syllia, a Cornelia le vendría muy bien madurar. ¿Por qué lo había hecho físicamente y no en lo demás?

Se detiene por un instante y se queda mirando a Cornelia fijamente. Ni siquiera se percata de ello. ¿Cómo es posible que haya cambiado tanto? A sus diecinueve años, Cornelia se ha convertido en toda una mujer. Es preciosa, y no sólo de cara. Tiene un pelo que la propia Syllia envidia, aunque, por otro lado, está segura de que el suyo es mejor. A eso, hay que sumar el perfecto carácter, la cara buena que da a todos. Pero luego, en privado es cuando se sabe quién es realmente.

Tose cuando los ojos de Cornelia se posan sobre los suyos, y se hace con su taza para abandonar la cocina. Su padre alza la ceja y musita algo, pero Syllia no le hace caso. Tan sólo la voz clara y concisa de Lucie la detiene:

¿Te marchas? ¿No comes nada?

No, lo siento. Los ladrones me quitan el apetito. Los traidores también.

Ella es una mujer hecha y derecha también. Más que Cornelia, de hecho. Por ello, sabe que su padre ya no puede alzarle la voz por cualquier motivo. Hará falta mucho más para hacerle perder el control. Sabe que tanto Lucie como Cornelia se pueden poner en su contra si se pasa de la ralla.

En lugar de dirigirse a su habitación, Syllia se mete en el dormitorio de Cornelia. Tenía la venganza muy clara en su mente desde que la ha visto coger su taza de café, ¡su preciado capuccino!

Mezquinamente, bebe la mayor parte del contenido de su taza y vierte el culo de la misma en las sábanas de su hermana. Sonriendo con complacencia, se gira para abandonar el cuarto.

Toma: Syllia uno, Cornelia cero, piensa mientras tararea una canción.

Acto seguido, se introduce en su propia habitación y empieza a rebuscar en su armario. Ha dejado la puerta abierta, pues generalmente, le da igual que Cornelia o Lucie pasen, y sabe que su padre ni siquiera asomaría la nariz por ahí. Se desprende de su pijama y prepara la ropa de cuero en su litera. A continuación, se desabrocha el sostén, de espaldas a la puerta, y se estira para coger una camisa de color negro que dé juego con el resto de su ropa: unos vaqueros, unas botas y una chaquera de cuero negros. Eso sí, no tiene prisa en vestirse.



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Mensaje— por Cornelia A. Nightrose el Lun Dic 09, 2019 10:47 pm

Bad idea.
→ Lunes → 07:00 a.m → Instituto de Nueva York  → Frío pero soleado
- Pues a veces te comportas como una.- Murmuró Cornelia a modo de contraataque. No soportaba cuando su madre y Syllia sacaban a relucir sus famosas pataletas. Aunque bien visto, casi lo prefería. Si familia la veía como una cría inmadura e insoportable, sería poco probable que llegasen a creer alguna de las notables hazañas que llevaba a cabo las noches que le tocaba patrullar. En su vida pensarían que su bonita niña con síndrome de Peter Pan era una sádica ocasional. Le dio otro bocado al rollo de canela, complacida con el rumbo que habían tomado sus cavilaciones. Si Syllia supiera alguno de sus trapillos sucios la estaría chantajeando hasta el último de sus días.

El tren de sus pensamientos descarrió abruptamente cuando la incómoda sensación de ser observaba la embargó por completo. Sus ojos chocolate abandonaron el café robado para clavarse en la castaña que de repente parecía sufrir un ataque de tos, y dejó que ésta deambulara tranquilamente por su cuerpo. A veces iba bien alegrarse con la vista, aunque ésta fuera una idiota con tendencias vengativas… porque una cosa estaba clara, seguro que ya estaba maquinando una forma de devolverle la jugarreta del café. Qué pena que no se pudiera muy muy gorda para que se le bajaran esos humos.

Antes de que Cornelia pudiera exigirle qué mosca le picaba para mirarla así, la castaña se encaminó hacia la puerta. Eso sí, procurando soltar alguna puya dramática sobre cuanto odiaba a su progenitor y a la ladrona de su hermanastra. Alzó la taza, a modo de brindis, antes de darle un último trago. Era un mensaje claro: “Me da igual lo que digas de mí.” Por ella como si se quería morir de hambre, vaya. Sin embargo, algo le decía que Syllia no se iba a detener ahí, que la batalla no había acabado, así que esbozando la sonrisa más dulce, se despidió y subió a su dormitorio temiéndose lo peor. Lo primero que hizo al entrar en la habitación fue rebuscar sus  cajones en pos de su diario, cuya existencia era desconocida por el resto del mundo. Una ola de puso alivio la recorrió por completo cuando lo vislumbró debajo de sus cientos de productos de belleza

Se incorporó lentamente, observando con detenimiento todos sus objetos de valor. No podía haberla dejado ganar, era mucho pedir en Syll… y entonces la vio. La enorme mancha marrón que mancillaba sus delicadas sábanas rosas de seda. El líquido no era muy espeso y tan sólo pasarle un dedo supo de que se trataba. Era café. Había volcado el café en su cama. Apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Respiraba aceleradamente, tratando de contener lo que pronto sería un ataque de ira. Echó un rápido vistazo a su tocador, pensando cuál era la mejor opción para su venganza.

Con una sonrisa malévola agarró el bote de base más duradero que tenía y se abalanzó hacia el cuarto de su hermanastra como si la vida le fuera en ello. Ni siquiera reparó en que la pobre muchacha estaba casi desnuda. Fue como una bala y le echó 30 ml de base a prueba de agua por todo el pelo. Y no contenta con haberle manchado las hebras más superficiales, hundió sus dedos en la espesa cabellera marrón y empezó a amasar para poder ensuciar lo máximo posible. Sabía lo que vendría después, pues Syllie era más fuerte que ella, pero no le importó. Se centró en la satisfacción que le producía saber que tendría que llevar ese potingue doce horas encima.

-Esto es por mis sábanas.- Explotó tomando el impulso suficiente como para derribarla. - Y esto es porque me tienes harta.- Chilló alzando la diestra para soltarle una buena torta. Sin embargo, no llegó a descender. Básicamente porque Cornelia de hallaba totalmente conmocionada al ver que la cazadora que tenía debajo no llevaba sostén. El corazón, que ya le iba a mil por hora, latía desenfrenado y el color escarlata se extendió por sus mejillas.
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Mensaje— por Syllia Elvyre el Lun Dic 09, 2019 11:19 pm

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→ LUNES → 7:00 → INSTITUTO DE NUEVA YORK → FRÍO PERO SOLEADO
¿Yo me comporto como una? se pregunta Syllia mientras sube las escaleras y se arrepiente un montón de no haberse quedado en la cocina para responder a Cornelia. Pero ésta no ha de temer, ¡qué va! Syllia tiene la venganza perfecta en mente.

Es posible que Cornelia ya se haga una idea de qué ocurrirá a continuación. Al fin y al cabo, ambas chicas viven juntas desde hace años. Están acostumbradas a las represalias mutuas, a los insultos y a los comentarios más elegantes, pero pese a todo hirientes. Evidentemente, se trata de un ambiente demasiado hostil como para que Syllia se sienta en uno cálido. Por motivos como éste, es incapaz de considerar este lugar como su auténtico hogar. Más bien parece una casa de terror, aunque afortunadamente, Syllia no le tiene miedo a muchas cosas. Desde luego, a su padre y a su hermana pequeña no.

Empieza a cambiarse de ropa con alegría palpante en su corazón. Ha hecho lo que quería, y ha oído los pasos de Cornelia en dirección a su propia habitación. En otras palabras, está a punto de descubrir la tragedia. Realmente, tarda más de lo que Syllia había calculado. Según ella, debería haber visto la mancha en las sábanas inmediatamente. El color marrón canta mucho sobre el tono rojizo de la tela. Además, Syllia está segura de que Cornelia le tiene mucho cariño a esas sábanas. De este modo aprenderá a refrenar esa lengua de víbora que tiene.

Con la espalda dada a la puerta y las manos ocupadas, Syllia desnuda su torso y se dispone a ponerse la camisa. Sin embargo, antes de poder siquiera alcanzarla con las puntas de los dedos, oye unos pasos tras ella. Se gira y posa sus descomunales ojos azules sobre Cornelia. Siente un líquido de lo más insufrible rociar su cabello. De inmediato, Syllia intenta darse la vuelta, forcejeando, y zafarse.

¡¿Se puede saber qué demonios estás haciendo, estúpida?! ¡Estate quieta de una vez! —exclama con evidente ira mientras se cubre la cabeza tanto con las manos como con los brazos.

Todo esfuerzo de refrenar a Cornelia es inútil: ya ha obtenido su venganza, y ahora, le toca a Syllia pensar en una nueva. No obstante, no contenta con haber rociado ese spray en su pelo, Cornelia prosigue extendiéndolo al frotar su cabeza, como si Syllia de una niña pequeña se tratara.

Obviamente, la mayor de las jóvenes no se va a quedar quieta. Empuja a Syllia para apartarla y se prepara para golpear cualquiera de sus articulaciones en caso de que se le ocurra volver a aproximarse. Como Cornelia no intenta pegarle inmediatamente, y en su lugar se abalanza con todas sus fuerzas, la estrategia de Syllia no surte efecto y acaba en el suelo. Siente el tacto frío del mismo en su espalda desnuda. Esto genera una sensación desagradable, expresada por un fuerte escalofrío que recorre todo su cuerpo. ¡¿A qué demonios está jugando la bribona de su hermana?!

¡¿Osas levantarme la mano?! ¡Sal de encima! —Forcejea e intenta apartarse de Cornelia, pero el peso de su cuerpo la tiene completamente presa.

Al apretar los dientes y quedarse mirando fijamente a Cornelia, Syllia se percata de que ese peso ha aumentado con el tiempo. Cornelia no ha engordado, pero ha crecido: tiene un cuerpo mucho más fibrado, con piernas marcadas, caderas anchas y pecho voluptuoso. Justo cuando Syllia se detiene en seco, sin entender muy bien el porqué, Cornelia planea arrearle un guantazo, a saber dónde. Al final, decide no hacerlo.

La razón era simple: sus preciosos ojos de color avellana se hallaban descaradamente sobre sus senos.

Co... ¿Cornelia?

Syllia traga saliva. Es curioso que, de repente, su cuerpo se encuentre tan relajado y, al mismo tiempo, su corazón lata a semejante velocidad. Sufre un ligero temblor que, probablemente, Cornelia puede también sentir. Involuntariamente, Syllia alza una mano, la cual consigue zafar por debajo del muslo de su hermana, y la toma de la muñeca. Acto seguido, tira un poco de ella para liberar su otra mano y hace exactamente lo mismo.

Adelante, valiente. ¿Por qué no me golpeas? —pregunta, divertida, mientras estira sus brazos. De este modo, su torso desnudo adopta una forma bizarra, pero seguramente, atractiva.

Abruptamente, Syllia empuja a Cornelia y hace que caiga de espaldas al suelo. La mayor de las cazadoras sostiene a la menor de las muñecas con fuerza. No tiene pensado dejar que se marche tan fácilmente. Se ha portado mal, y es hora de echarle la bronca y de que aprenda la lección.

Sonriendo, Syllia se posiciona sobre Cornelia: reposa sus caderas y sus glúteos en el vientre de la chica. No muestra vergüenza alguna por estar desnuda frente a Cornelia.

Estás roja como un tomate. ¿Qué pasa? ¿Es que te gusta lo que ves? —Entorna los ojos. A decir verdad, eso explicaría muchas cosas. Por ejemplo, por qué Cornelia se había comportado de forma tan mezquina con su primera y última pareja—. ¿Te tengo tan harta como insinúas? ¿De verdad?

La sonrisa se borra del rostro de la nefilim en cuanto arquea la espalda para, de alguna manera, acercar su pecho al rostro de Cornelia... y, de repente, le toca la nariz con el dedo índice, la suelta y se levanta.

Con un suspiro, se acerca a su camisa y se la pone. Se mira en el espejo y se asegura de que no le han quedado muchas arrugas. Luego, se gira hacia Cornelia y se cruza de brazos. De repente, tiene mucho calor. Demasiado. No termina de entender por qué, pero espera entrar en frío tan pronto como ambas comiencen a despotricar la una acerca de la otra una vez más.

Aparte de robarme el café y de estropearme el pelo, ¿querías algo más? ¿No? —Suspirando, tira de Cornelia y la lleva al cuarto de baño. Apoya las manos en el lavabo y acerca el rostro al espejo—. Pues arréglame el pelo. Tú te lo has cargado, tú lo vas a recuperar. Te toca quedarte una semana conmigo a solas, y ya has oído a tu madre: tienes que hacerme caso en todo lo que diga. Empieza ahora.

Sus padres todavía no habían abandonado el domicilio, así que, si Cornelia no obedece, siempre puede quejarse a Lucie.

En esta ocasión, Syllia se da cuenta de que las palabras de Cornelia son ciertas: está comportándose como una cría.

A propósito, se te ha soltado el sostén —revela, señalando su pecho.

No lo ha hecho durante el forcejeo de manera voluntaria y perfectamente calculada. Qué va, qué va...



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Mensaje— por Cornelia A. Nightrose el Mar Dic 10, 2019 4:03 pm

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→ Lunes → 07:00 a.m → Instituto de Nueva York  → Frío pero soleado
Los dedos de Cornelia se enredaban sin piedad entre las hebras chocolate, sus yemas, manchadas de base de maquillaje, impregnaban con ahínco el cuero cabelludo de la mayor, dejando a su paso el mayor desastre posible. Mentiría si dijese que no lo estaba disfrutando, que le encantaba ver la cara de horror de Syllia. Derribarla fue relativamente fácil, cosa que le hacía pensar que no se esperaba para nada esa alocada reacción. Cornelia alzó la mano, dispuesta a darle su merecido en forma de guantazo, sin embargo, la perspectiva de sus senos desnudos la desconcentró en sobremanera. Con todo el alboroto había pasado por alto la vergonzosa situación en el que se hallaba su hermanastra.

Una minúscula y racional parte de su cabeza le gritaba que debía dejar de comportarse como una pervertida y apartarse de ella, pero es que francamente, no podía. Era como si su cerebro se hubiera transformado en mantequilla derretida, cortando cualquier comunicación con sus extremidades, que ahora permanecían petrificadas cual estatua de mármol. Y por si todo lo anterior no era lo suficientemente horrible, una calidez hasta entonces desconocida comenzó a bullir en su bajo vientre. Cornelia parpadeó, sintiendo como el cosquilleo del anhelo recorría cada uno de sus dedos como una marabunta. Eso no estaba nada bien, seguro.

Cuando quiso reaccionar, Syllia ya la tenía agarrada por ambas muñecas y la instaba a acabar lo que había empezado. Porque así era como funcionaban las cosas entre ellas, se insultaban y se pegaban hasta que una de las dos salía malparada. ¿De eso trataba todo ese espectáculo, no? Mostrarle todo lo que la odiaba. Por una vez, optó por ser sincera. Básicamente porque no tenía el cerebro trabajando al cien por cien y su excusa seguramente haría aguas. - ¡Porque tenía cosas más interesantes que hacer, idiota!- Exclamó zarandeando las manos para liberarse del agarre al que la castaña la había sometido.

Ver que no sólo no conseguía liberarse sino que acababa bajo el dominio de Syllia la hizo soltar un gemido de frustración. - ¡Por supuesto que me tienes harta, estúpida!- Chilló mientras movía la cara para evitar que el pecho de la castaña siquiera la rozase. “Sí, ahora hazte la digna” le dijo esa misma vocecita que solía aparecer cuando algo era una mala idea. Y aunque sí, le encantaba que Syllia, de quien había estado prendada desde su adolescencia, la estuviera acorralando semi desnuda, no le agradaba el trasfondo. Un suave toque en su nariz le informó que todo había acabado, y el peso sobre ella pareció evitar de golpe.

- Lo siento pero no soy de esas a las que le gusta ver la hamburguesa y no comérsela.- Cornelia se incorporó de un salto, tratando de recomponer su pelo rubio en algo decente porque llegados a ese punto seguro que parecía el Rey León. - Nah.- Negó despreocupada, encogiéndose de hombros. - Sólo venía a joder.- Y dicho esto, esbozó una sonrisa dulce que no auguraba nada bueno. - ¿Qué? ¡Oye! - La diestra de la mayor encontró su antebrazo y la arrastro hasta el cuarto de baño. - No. Ni de coña. Lava tú mis sábanas.- Se cruzó de brazos. No iba a ser el monito de feria de Syllia. Si lo que quería era una niñita sumisa y boba que siguiera esperando porque no pensaba darle el gusto. - Además, esa base sólo se va con agua caliente.


La rubia miró hacia abajo, el sostén deportivo se había desabrochado y se había subido hasta dejar la mitad de sus senos al aire. - Pero, ¿qué demon-?-  ¿Cuánto tiempo llevaba con el top suelto? - Pues me da igual.- Procedió entonces a quitarse la prenda y a tirarla en el cesto de la ropa sucia de su hermanastra. - Te voy a robar una de tus camisetas de algodón. A menos que prefieras que me quede así, claro. A mi no me importa.- tras decir eso supo que la había cagado, que a la menor de los Elvyre nunca le importaba nada.
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Mensaje— por Syllia Elvyre el Mar Dic 10, 2019 5:53 pm

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→ LUNES → 7:00 → INSTITUTO DE NUEVA YORK → FRÍO PERO SOLEADO
La mato. Acabo matándola, se dice Syllia repetidas veces mientras dirige a Cornelia al cuarto de baño.

Desde luego, la convivencia siempre ha sido difícil entre ellas. Ha rozado lo imposible. Syllia no entiende cómo es posible que, después de todos estos años y tras haber vivido tantas rencillas, las dos sigan todavía vivas. A veces, ambas pueden ser más peligrosas que demonios o cualquier amenaza que se presente en el día a día de un nefilim. Por un lado, Cornelia es quisquillosa y repelente: le es fácil perder los estribos y empezar a soltar insultos o guantazos, mientras que Syllia es un tanto más reservada, intenta mostrarse más paciente... y no lo consigue, en especial con ella. No tiene la suficiente paciencia. Por eso, acabará cortándole la garganta el día que menos se lo espere.

¿Y quién tiene harta a quién, realmente? Si se para a pensarlo, Syllia nunca ha buscado conflictos con Cornelia. Por lo menos, no antes de que viese la cara de alegría que se le ponía cuando se enteró de que Syllia y su pareja habían cortado. Además, la confianza da asco. Conforme ha ido pasando el tiempo, las dos han entrado en una vorágine de pullas y mala fe que las ha llevado a odiarse mutuamente. Eso sí, Syllia está segura de que la mayoría de disputas las ha empezado Cornelia. Suele decirle que es una cría y que debería madurar un poco, lo que pica todavía más a Cornelia. La mayor ventaja de la que dispone Syllia es su fuerza física. Cornelia es una cazadora dura, pero Syllia más. Además, también tiene cuatro o cinco años más.

¿Y qué es esa hamburguesa que te gustaría comer, exactamente? Sé valiente: si te crees lo suficientemente lista como para utilizar metáforas, aprende a explicarlas sin ponerte roja como un tomate.

Syllia sabe que ni en un millón de años le arreglará el pelo Cornelia. Entorna los ojos en cuanto ésta responde, valga la redundancia, como una cría que siempre ha de tener razón. Ambas se comportan del mismo modo. Es su pan de cada día.

Te lavaré las sábanas cuando me pidas perdón por robarme la taza de café. —Arquea una ceja y se cruza de brazos, mirando a su hermana a través del reflejo del espejo. Aunque no lo admita ni siquiera en sus propios pensamientos, Syllia ama la tosca línea que se forma en el ceño de Cornelia cuando está enojada.

Agua caliente. Suspirando, Syllia supone que eso deberá ser suficiente. Por ello, se encorva, coge un cubo que coloca debajo del grifo y deja correr el agua caliente en la bañera. Se sienta en el borde de la misma y, acto seguido, señala a los pechos casi desnudos de Cornelia. No consigue verlos por completo, pero es capaz de identificar el color rosado de la zona más sensible. Un calor recorre todo su cuerpo, y un cosquilleo despierta en su bajo vientre. Cierra los ojos por un instante y aparta la mirada. No tiene ni la menor idea de qué puede significar esta reacción de su cuerpo. Cornelia es una chica insufrible y, en cierto modo, su hermana.

Lo que desde luego no espera Syllia es que Cornelia se quite el sostén y lo lance con el resto de la ropa sucia. Tan sólo lo descubre cuando vuelve a mirarla y se da cuenta de que todo su torso está desnudo. En esta ocasión, ruborizada y con los labios separados, Syllia no aparta la mirada. Al contrario, se atreve a bajar sus descomunales ojos azules al pecho de Cornelia que, en tamaño, tampoco se queda atrás.

Por lo menos, usas las palabras adecuadas. Eso es lo que sabes hacer: robar en lugar de pedir. —Mientras deja que el agua caliente siga llenando el cubo de plástico, Syllia se pone en pie y se acerca a Cornelia. Luego, se cruza de brazos y la mira. Es más alta que ella—. Te crees muy lista, ¿verdad? ¿Pretendes algo particular enseñándome las tetas? Espero que no, porque no surte ningún efecto en mí. Si quieres ponerte una camiseta, ve tú a buscártela. Hay en mi armario.

Le sopla en la cara para molestarla y la pincha en el costado para que se haga a un lado. A continuación, se hace con el cubo de agua caliente y lo coloca en el retrete. Cerrando los ojos, recarga el peso de su espalda en la tapa y adentra su largo cabello en el calor del agua. Esboza una sonrisa, pues la sensación es agradable. Se abraza a sus piernas, doblándolas al acercar las rodillas, y se queda quieta.

Qué ganas tengo de que te eches un novio, ¡o una novia! ¿Es que no has pensado en irte de casa? Ya sabes, para ahorrarme el sufrimiento de tu presencia. —Aprieta los dientes y la mira con desdén—. Me juego lo que quieras a que no puedes dejar de pensar en m...

¡Cornelia, Syllia, marchamos! ¡Acordaos de todo lo que os he dicho! —interrumpe Lucie de fondo.

¿Ya? ¿Tan pronto? —Acto seguido, Syllia alza más la voz para decir—: ¿Tenéis pensado volver antes de marcharos durante toda la semana?

¡Pasadlo y portaos bien! ¡No hagáis tonterías!

Syllia no tiene tiempo de levantarse: escucha el potente portazo abajo y, luego, silencio.

Tiene un poco de frío, así que se abraza su torso desnudo y mira a Cornelia.

¿Es que no te vas a poner una camiseta? —insiste, apartando la cabeza del cubo para darse la vuelta y colocarse nuevamente sobre sus rodillas. Elevando sus caderas (de forma completamente involuntaria, por supuestísimo), sonríe y hunde la zona de su cabello que no ha podido mojarse bien en el agua caliente. Ligeramente, menea su trasero de un lado a otro, como si no hubiese nadie allí...

O como si, precisamente, hubiese alguien que pudiese sufrir lo indecible con semejante vista.



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Mensaje— por Cornelia A. Nightrose el Mar Dic 10, 2019 7:44 pm

Bad idea.
→ Lunes → 07:00 a.m → Instituto de Nueva York  → Frío pero soleado
Las palabras de Syllia retumbaron en su cabeza como dardos de hielo, certeros y fríos. Se quedó callada, sintiendo como una a una las piezas del rompecabezas iban encajando. Por primera vez tuvo que darle la razón a su hermanastra. Durante años se había estado comportando como una niña malcriada sólo para que Syllia le prestara un mínimo de atención. Había gritado y pataleado, empezado guerras que de antemano sabía que iba a perder, para que la mayor reparara en su existencia porque sabía que jamás se fijaría en alguien como ella.

De repente, se sintió tremendamente idiota.

Ni siquiera había pretendido provocarla cuando se había quitado el top deportivo, porque tenía tan asumida la idea de que ella jugaba en otra liga que su único objetivo era que la odiara. Porque daba igual si la quería o la odiaba, en ambos casos pensaría en ella. ¿Verdad? Sintió un ligero pinchazo en el costado y se apartó por inercia. Syllia siguió hablando y hablando, desconocedora de que por una bendita vez había conseguido sortear las murallas de Cornelia y la estaba destrozando. Apretó la mandíbula y los puños, con tanta fuerza que pensó que podría escupir sus dientes.

Cuando abrió la boca fue sólo para responder la última orden de su madre, pero su voz sonó queda, ronca. - No te preocupes, mamá.. - Quizás ese había sido el fallo, que se había volcado demasiado en la estúpida arrogante que tenía delante. Cornelia entonces clavó sus ojos del color de la miel en ella, fulminándola con la mirada. La diferencia es que ya no había ese brillo pícaro e infantil, ahora era más bien un brillo letal. - Sí, ahora voy. - Obedeció, sin embargo, en vez de ir directamente al cuarto de su hermanastra, agarró el sostén que acababa de liberar y caminó hasta su dormitorio. Con la calma que precede a la tormenta, la rubia se puso uno de sus sostenes de encaje sin aro y una camiseta que la cubriese hasta las muñecas.

No estaba enfadada. No esta vez.

Volvió al cuarto de baño de Syllia, donde ésta seguía intentando quitarse el maquillaje del cabello, y agarró el bote de champú. - Bien, te ayudaré a limpiarte el cabello y a cambio tú no me tocaras más los ovarios. - Se echó una pequeña cantidad en la mano izquierda antes de proceder a lavar las largas hebras de cabello castaño. - Dentro de un rato me iré al Instituto, a entrenar y ver si los Lightwood me aceptan allí. Enhorabuena Syllia, has conseguido que otra de las personas que te querían se vayan de tu lado, pero… eso debe ser algo a lo que ya estás acostumbrada. ¿Verdad?- No la dejó replicar, metió las manos en el balde de agua caliente a modo de enjuague y se dio la vuelta. - Ya estás limpia, me voy a hacer algo de provecho que no implique ver tu cara.



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Mensaje— por Syllia Elvyre el Mar Dic 10, 2019 8:47 pm

BAD IDEA
→ LUNES → 7:00 → INSTITUTO DE NUEVA YORK → FRÍO PERO SOLEADO
Syllia piensa a menudo en Cornelia, frecuentemente para detestarla.

Suspira mientras Cornelia marcha y, en su habitación, se pone el sostén del que se ha desprendido hace escasos instantes. Algo en su interior se enfría cuando piensa en cómo tapa su pecho desnudo. El color hasta ahora rojo en las mejillas de la cazadora enblanquece y desaparece casi por completo. Se pregunta si ésta ha sido la primera vez que ha visto a Cornelia desnuda. Probablemente, no, o habría reaccionado de otro modo. Pero sí es la primera vez que se percata de lo bella que es su hermana. Hasta ahora, no se ha parado a mirarla en demasía. Seguramente, eso la pica mucho más.

¿Tocarte los ovarios yo a ti? —Parpadea con evidente incredulidad—. Pero ¿de qué demonios estás...?

Cierra los ojos y deja escapar un sonido de su garganta, uno coqueto y dulce, parecido al de un gato cariñoso. Los dedos de Cornelia recorren su cabellera, aprietan sin hacerle daño, acarician la piel y decoran los mechones...

En cuanto Cornelia dice que marchará, Syllia se aparta del cubo de agua y deja que su cabello caiga tanto encima de su espalda como de su torso desnudos. Traga saliva e intercepta a su hermana en la puerta. Coloca ambas manos en los marcos paralelos que tiene a cada lado, sin importarle que, desde la escasa distancia que las separa, sus senos rocen el pecho ahora tapado de Cornelia. Los músculos de sus brazos y de sus axilas están ligeramente tensos.

¿Ahora quieres perderme de vista? Eres una hipócrita. —La empuja al nivel de los hombros y avanza hacia ella—. ¿Y qué hay de todo ese tiempo en el que te morías de envidia por saber que me besaba y acostaba con otra chica, eh? ¿Me tomas por idiota?

Está dolida. Cornelia ha sido cruel, ha ido a hacer daño. No obstante, intenta mantener la entereza. Haciendo acoplo de buena voluntad, se encorva para coger un sostén y ponérselo. Le da la espalda a Cornelia, decidida a marcharse cuanto antes. Piensa dejar a Cornelia sola en casa, o permitir que se marche si así lo desea. En cuanto sus padres volvieran de su semana de ausencia, ella también lo haría.

Sé de más de un Lightwood que pagaría por tocarme. ¿No has oído los rumores? —Aunque sí hay rumores acerca de otros cazadores, y yo no soy una excepción, no tengo una relación particularmente próxima con ninguno de ellos. En verdad, desde mi primera y última pareja, no ha habido nadie más en mi vida. Ni siquiera amigos. Todo ha sido centrarme en el odio que proceso por mi padre y por ti—. Podría tirármelo. Eso debe ser algo a lo que tú te has acostumbrado desde que me conoces, ¿verdad? —Te guiño un ojo y me cruzo de brazos. No aparto mis ojos de los tuyos—. Admítelo. Admite que eres incapaz de marcharte y de dejar de quererme. Me necesitas.

Cuanto más tiempo paso contigo, más me doy cuenta de que esto es cierto. Durante todos estos años, nunca he pensado en ti en un sentido romántico... pero ahora empiezo a darme cuenta de que quizá tú sí lo hayas hecho. Quizá lo hagas.

Frunzo el ceño y me hago con la daga que reposa en la pequeña estantería a mi lado. Sé que tienes reflejos y, por eso, en cuanto la alzo, cuento con que esquives el golpe. Sonrío de oreja a oreja y te apunto con ella.

Me he hartado de ti, niñata engreída y malcriada. Va siendo hora de que aprendas a respetar a tus mayores. Lección número uno: admite que quieres que sí te toque la zona de los ovarios...

Me río, pero no bajo mi arma. La tensión aumenta inevitablemente.



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Mensaje— por Cornelia A. Nightrose el Miér Dic 11, 2019 12:05 am

Bad idea.
→ Lunes → 07:00 a.m → Instituto de Nueva York  → Frío pero soleado
Por segunda vez aquel día, Cornelia se encontraba con las manos enredadas en el oscuro cabello de Syllia. La diferencia era que ya no había maldad en el serpentear de sus yemas o en el danzar de sus dedos. Trataba de no pensar más de la cuenta, acabar rápido para poder marcharse corriendo al Instituto y entrenar hasta que le doliera cada músculo de su cuerpo. Sus palabras aún pendían sobre ella, como témpanos de hielo. Era cuestión de tiempo que uno cayera y le atravesara el pecho.

Le echó un vistazo a su obra, el cabello se encontraba libre de manchas y parecía lo suficiente desenredado como para no abusar del acondicionador. Con un asentimiento de cabeza, la menor se enjuagó las manos en el cubo y se encaminó hacia la puerta, secándose las manos en sus mallas deportivas. No llegó a dar más de dos pasos, pues rápidamente una mojada y enfadada Syllia bloqueó la salida. Por un segundo pensó que le iba a propinar un buen puñetazo, como tantas veces antes había advertido, no obstante, solo colocó sus manos en los hombros de la rubia y la empujó, haciéndola recular.

Parecía realmente afectada, como si de verdad le molestase el hecho de que ella desease irse. Supuso que una pérdida era una pérdida, daba igual si ésta era una medio hermana tarada y malcriada. -¿Qué es eso que huelo, Syllia?- Cornelia acercó su nariz al cuello de la muchacha, procurando no tocarla ni lo más mínimo. -Apesta como a…- Se mordió el labio, como si estuviera pensando la respuesta que ya sabía. - miedo.

En cuanto la cazadora le dio la espalda para ponerse de nuevo el sostén, Cornelia sintió que una ola de alivio la recorría. Le había costado muchísimo darse cuenta de lo tonta que había sido todo este tiempo como para echarlo a perder con miradas indiscretas. De todas formas se había mantenido a raya, limitándose a mirar el rostro de la castaña. Lo que jamás hubiera esperado fue el comentario acerca de los Lightwood. En un principio decidió guardar silencio y dejarla escupir  veneno, pero la última pregunta removió toda la ira que aún le guardaba.

Los rosados labios de Cornelia se curvaron poco a poco en una sonrisa sádica. - Podrías hacerlo. - Soltó entonces, recogiendo toda la despreocupación del mundo en esas dos palabras. - Así harías desaparecer lo poco que te queda de dignidad.- Se estaba comportando como una perra de presa, lo sabía. Estaba atacándole a la yugular. Y lo peor de todo es que lo estaba disfrutando, porque de una forma retorcida y cruel, pensaba que Syllia se lo merecía por tantos años de desdén.

Chasqueó la lengua mientras observaba el distante relucir plateado de la daga. - ¿O si no qué, Syllia?- Preguntó acercándoselo peligrosamente a ella. - ¿Me cortarás la garganta?- Caminó hasta que la afilada daga rozó la nívea piel de su cuello y un fino hilo rojo descendió hasta el tejido rosado, manchándolo de escarlata. - ¿Crees que no puedo irme sólo porque te quiero?- Su cabeza se ladeó ligeramente en un ademán total de incomprensión. - Porque si eso va a hacer que dejes de gustarme, me largaría con los ojos cerrados
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Mensaje— por Syllia Elvyre el Miér Dic 11, 2019 2:41 pm

BAD IDEA
→ LUNES → 7:00 → INSTITUTO DE NUEVA YORK → FRÍO PERO SOLEADO
Por lo menos, Syllia ha de admitir, Cornelia ha sido capaz de lavarle correctamente el pelo. No hay rastro de lo que le ha echado antes y, con un poco de suerte, no habrá destrozado su preciosa cabellera. Suspira y se acicala con una mano. Una sonrisa amenaza con aparecer en sus labios, pero no lo hace.

Deja escapar un leve gemido en cuanto siente cómo Cornelia acerca el rostro a si cuello. Allí, siente el roce de su nariz. Es una sensación tan placentera como sobrecogedora. El cuerpo de Syllia no responde. Quiere apartarse, e incluso empujarla una vez más, pero no puede. Ni siquiera puede posar el cielo de sus ojos en los de su hermana. Los mantiene cerrados mientras tiembla ligeramente. El efecto que de algún modo tiene la más joven de las cazadoras en su mayor no perdura más de unos instantes, pero para Syllia, pasan como una eternidad.

¿Yo, miedo? —pregunta Syllia mientras se mierde también el labio—. No le temo a nada, ingenua. Ni siquiera a la muerte.

Hablar de la muerte es fácil para un cazador de sombras. Viven para morir en servicio. No pueden temer. Sin embargo, sí hay cosas que teme Syllia. Por mucho que no las mencione en voz alta, lo sabe en el fondo de su ser. Tiene la impresión de que Cornelia posee la llave para esas cosas.

Ponerse el sostén es la mejor idea que Syllia podría haber tenido. Necesita sentirse tapada frente a Cornelia o, de lo contrario, no podrá dejar de pensar en lo erizada que está su piel. Supone que, como a toda mujer —como a toda persona, realmente—, le gusta sentirse atractiva. La mirada de Cornelia, la primera que le ha lanzado al verla desnuda, ha generado un cosquilleo muy agradable en su vientre; uno que ha viajado un poco más abajo.

No tiene del todo claro por qué habla de los Lightwood. Claramente, su objetivo es hacer daño a Cornelia. Le está bien empleado por comportarse así.

Frunce el ceño peligrosamente ante la respuesta de su hermana. Lleva una mano a su pecho, justo donde despierta un incómodo escozor.

Me pregunto quién ha perdido toda su dignidad: ¿una cazadora orgullosa como yo... o una hermana enamorada como tú?

Amor. Esa palabra suena ridícula, en especial a sus oídos. Claramente, Cornelia no siente algo tan profundo —y, según Syllia, tan inexistente— como amor. No del romántico. Quizá, después de todos estos años, se siente atraída por Syllia. Después de todo, no comparten sangre. Eso también explica por qué Cornelia ha intentado chafar tantas veces su antaño relación con otra chica. Nunca lo había logrado, aunque la relación se había roto de todos modos.

Amenazar a Cornelia con la daga no sirve de nada. De hecho, ella misma se acerca para que un hilo de sangre se deslice por su cuello y aterrice en su pijama rosa: un hermoso vestido que resalta la forma de sus caderas y el tamaño de su pecho. Al pensar en su cuerpo, Syllia sacude la cabeza.

Desde luego, podría cortarte la garganta... ¿Así que lo admites? ¿Admites que me quieres? —Ahoga una risa y se lleva una mano a la cintura—. Y te gusto. ¿Quieres que eso cese? ¿Estás segura? No lo creo.

Con una ceja arqueada, lleva el dedo índice a la sangre en su vestido. La acaricia y, después, acerca mi nariz a su cuello. Con la punta de la lengua, recorre el ligero corte que ha abierto y succiona ligeramente. Acto seguido, se aparta de ella y entorna los ojos, dándole la espalda.

Me voy a vestir. Márchate, si quieres... aunque preferiría que no lo hicieras.

No dice el porqué. No quiere hablar más, pero tampoco va a decirle a Cornelia qué debe hacer. Al menos, no en esta ocasión. Si se queda, Syllia se encargará de dar las órdenes hasta que sus padres regresaran... pero si marchaba, le entregaría cinco días más tranquilos.

Suspirando, se mete en su habitación y se pone tanto la camisa negra como la ropa de cuero. Luego, se arma con su daga y se recoge el pelo en una coleta. Está dando la espalda a la puerta hasta que, asintiendo, desciende las escaleras.

Dignidad, dice la imbécil. Será cabrona...



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Mensaje— por Cornelia A. Nightrose el Jue Dic 12, 2019 10:26 pm

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→ Lunes → 07:00 a.m → Instituto de Nueva York  → Frío pero soleado
Cornelia alzó las manos, dramáticamente. - ¡Oh, por el Ángel!- Exclamó desconcertada. - Esto no es Flores en el Ático.- Sus labios se curvaron en puro disgusto, parecía que tuviera delante la representación del asco y que ella estuviera condenada a tener que observarlo. - ¿Tú también con esa tontería? ¡No somos hermanas! - Chasqueó la lengua mientras desviaba la mirada hacia otro lado, porque sinceramente, toda la situación se le antojaba irreal. Sí, siempre se habían llevado como el perro y el gato, alguna que otra vez habían llegado a las manos pero jamás de esa manera. Había unos límites que esta vez habían sobrepasado monumentalmente y que siendo franca consigo misma, la rubia no sabía cómo volver a establecer.

Se acercó peligrosamente a la daga, dejándole bien claro a la castaña que ella no se amedrentaba fácilmente. De hecho, no solía hacerlo. Desde muy pequeña había tratado, en vano, compensar su orientación sexual siendo la hija perfecta. No temía a aquello que pudieran hacerle ni armas ni los demonios, sin embargo, bastaba una mirada de Lucir para reducirla a nada. - ¿En serio tú eres la mayor de las dos?- Arqueó una ceja, interrogante. - ¡No sé! No sé lo que siento… es complicado.- Concluyó.

Entreabrió los labios dispuesta a volver a atacar, pero ver como inclinaba la enmudeció de golpe. No supo reaccionar y se quedó allí pasmada, dejando que Syllia hiciera lo que le diese la gana con ella. Esto fue lo último que necesitó para darse cuenta de que ese jueguito no le gustaba. Se sentía… vacía. - Está bien. - Cornelia se recolocó el vestido de nuevo, notando como el rasguño del cuello seguía sangrando. - Supongo que a mi madre no le gustaría que me largara sin decirle nada.- Aunque algún día tendría que emanciparse, pensó ella saliendo de la habitación para darle a su hermanastra la privacidad para vestirse a sus anchas. Menuda mañana más horrorosa llevaba. Y sólo era el comienzo.

Se estaba colocando la chaqueta del traje de combate cuando la vio descender por las escaleras. Reiteraba, todo lo que tenía de bonita lo tenía de malnacida. Qué desperdicio. - ¿Decías algo?- Preguntó al mismo tiempo que parpadeaba severas veces, ondeando sus largas y rubias pestañas. - ¿Tú también vas al Instituto?
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Mensaje— por Syllia Elvyre el Sáb Dic 14, 2019 8:17 pm

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→ LUNES → 7:00 → INSTITUTO DE NUEVA YORK → FRÍO PERO SOLEADO
No, claramente, no son hermanas, aunque las funciones que cumplen ambas chicas en casa son ésas. Syllia sabe que no se comportan como tales, pero deberían. Sería mucho más aburrido. En su lugar y en el fondo, Syllia prefiere sentirse atractiva frente a Cornelia. Antaño era molesto, pues la cazadora intentaba mantener una relación seria y estable con otra chica. Al no sentir nada por ella y al dejarla, Syllia había dejado de buscar el amor. Se había centrado en su trabajo como nefilim, y no había querido volver a pasar su tiempo con otra mujer. Con el tiempo, se percata de lo bella que es Cornelia. No le parece ilícito porque ninguna de las dos comparte sangre, pero está segura de que, si sus padres supieran qué ocurre en sus mentes, en especial en la de Cornelia, enfurecerían.

Las palabras de Cornelia hacen que Syllia baje la mirada y suspire. No sabe qué siente. ¿Por qué se lo pregunta, de hecho? ¿Qué tipo de utilidad puede sacar Syllia de semejante información? Siempre le ha dado igual qué piense Cornelia. Jamás la ha querido, jamás le ha importado. Se han llevado tan mal como el perro y el gato. En ese caso...

Esboza una mueca en cuanto Cornelia menciona a su madre. A decir verdad, a Syllia tampoco le gustaría que marchase sin más. Eso cree sentir, por lo menos. No entiende el porqué. Odia a Cornelia, es incapaz de entenderse con ella, siempre hay conflictos entre ambas...

Decía que eres insufrible —se sincera con una ceja arqueada, cruzándose de brazos y posicionándose frente a Cornelia. Una sonrisa se dibuja en su rostro—. Sí, yo también iré. Me apetece entrenar y romper unos cuantos dientes. ¿Qué? ¿Vienes tú conmigo y me das el gusto, o te doy yo la satisfacción de decir que te acompaño? ¿Te hace eso feliz?

Le toca la nariz y le guiña un ojo antes de ajustarse la ropa negra y el cuero. Luego, se asegura de llevar todo lo necesario encima: tiene su teléfono, tiene una mochila con agua y con ropa de recambio, y también lleva sus armas encima. Dándose la vuelta y abriendo la puerta, Syllia alza la mirada por encima de su hombro y se gira hacia Cornelia para preguntar:

¿Nos vamos, hermanita?

Evidentemente, al decir «hermanita», Syllia busca provocar a Cornelia, hacer que se sienta mal por lo que, probablemente, siente por ella desde hace años... Con un poco de suerte, tendrá la suerte de entrenar con Cornelia. Así, la excusa para golpearla será lícita, según la moral de los cazadores de sombras.



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Mensaje— por Cornelia A. Nightrose el Jue Dic 19, 2019 11:33 am

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→ Lunes → 07:00 a.m → Instituto de Nueva York  → Frío pero soleado
Era obvio que Syllia también iba al Instituto, pues todo shadowhunter en activo debía entrenar al menos 8 horas y servir las otras cuatro. Cornelia se encogió de hombros, desinteresada. Dejándole claro que lo que la castaña pensase de ella le importaba poco, tirando a nada. Sí, Cornelia tenía una extraña fijación platónica con ella pero eso no hacía que anhelase que estuvieran juntas.

Así como las obras de arte mundanas, Syllia parecía estar hecha para ser admirada en la distancia. El aura de chica mala y rebelde que desprendía podía resultar hipnótica y electrizante, sin embargo, la rubia podía asegurar que electrocutarse era lo mínimo que sucedía cuando se trataba de rozarla. Syllia no tenía corazón, era un hecho, y ella no iba a ser la imbécil que fuera a comprobarlo. Nada de eso. Los toros se ven mejor tras la barrera.

Cornelia clavó su mirada ámbar en su hermanastra mientras trataba de contener una carcajada. - Claro que no.- Musitó tras no poderse contener y acabar riéndose. - Me insulta lo simple que crees que soy.- Musitó llevándose una mano a los ojos para secarse las minúsculas lágrimas que la risa le había traído. - Tendría que ser muy superficial para que no me importase lo desagradable que eres.- Se colocó el último cuchillo serafín en el cinturón y se encaminó hacia la puerta detrás de la otra cazadora.

- Ugh, no me llames así. - Su expresión se agrió en una mueca de evidente repulsión.  - Y date prisa que ayer le dije a Izzy que hoy entrenaríamos juntas.- Dijo mirando su reloj de pulsera. Las manecillas marcaban las nueve y cincuenta y la menor de los Nightrose sintió como el estómago se le retorcía en un horrible nudo marinero. - ¡Aaah!- Su mano halló el antebrazo de la castaña antes de sacudirlo con sumo nerviosismo. - ¡Qué tarde! ¡Corre!- Casi sin pensárselo, Cornelia se había lanzado a la carrera por una de las avenidas más transitadas de Nueva York.
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Mensaje— por Syllia Elvyre el Miér Dic 25, 2019 11:10 am

BAD IDEA
→ LUNES → 7:00 → INSTITUTO DE NUEVA YORK → FRÍO PERO SOLEADO
En el fondo, Syllia sabe que Cornelia es una chica muy difícil de llevar. Hasta ahora, jamás había intentado de entenderse con ella. No termina de comprender por qué ahora, tan de repente, siente que su relación con ella importa, sea para bien o sea para mal. Parte de ella supone que le debe una por el mal trago que le hizo pasar al tener pareja, pero tampoco termina de ver el porqué.

Así ¿cómo? ¿No te gusta que te diga hermanita? —pregunta Syllia con la intención de provocar la ira de Cornelia, pero a la vez, le guiña un ojo—. ¡Vale, vale! ¡A ver si puedes seguirme el ritmo!

Y, con velocidad, se echa a correr en las calles de Nueva York. Le toca pasar un tiempo a solas en casa con su hermana, y la idea no termina de convencerla del todo. Mientras intenta ganar a Cornelia, piensa en que ambas tendrán que poner (mucho) de su parte para poder convivir juntas.

Claramente, Cornelia es todo lo que Syllia suele detestar... aunque Syllia suele detestarlo todo, al mismo tiempo. Tiene un corazón apagado con el mundo, y suele pensar con la cabeza, no con él. Aún así...

Aún así, siente que algo está cambiando en su vida. ¿Qué será?



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