03/12 - Estimados habitantes del submundo. ¡Los nefilims vuelven a estar disponibles!


07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


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Mensaje— por Invitado el Lun Mayo 19, 2014 3:20 pm

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Estación de metro ♔ 22:30 Jueves



Emily Yates & Layla M. Bourgeois

Qué pesado era coger el metro después de las clases.

Por cuestiones bastante lógicas, Layla se veía obligada a asistir a las clases nocturnas del instituto. Ésto podría suponer una ventaja para socializar y encontrarse con otras criaturas de su especie, pero para ella no era más que una estúpida pérdida de tiempo. Seguro que la mayoría de ellos eran humanos -podía oler perfectamente su sangre-, unos humanos que no estaban a la altura de sus expectativas como para considerar el siquiera abrirles las puertas a su amistad. Layla tenía toda la vida por delante para estudiar y hacer cuantas carreras o estudios quisiese, pero ir al instituto lo consideraba tan normal y humano que le había resultado imposible resistirse al hecho de acudir de vez en cuando. Y "de vez en cuando" era un decir, porque siempre iba religiosamente a clase y hacía absolutamente todos los deberes, estudiaba, y todas ésas cosas. Pero después de un tiempo siempre se le solía hacer pesado el tener que depender del metro para trasladarse de un lado a otro de la ciudad. Sacarse el carnet de conducir siempre era otra opción, pero en el metro se podía conocer gente y podía hacer alarde de su increíblemente resplandeciente glamour. Nunca se sabía dónde se podía encontrar la gente guay. "Aunque seguro que la gente guay no viaja en metro...", pensó para sí misma, mientras observaba las pintas de un grupo de chicos que iban vestidos de negro y con crestas en el pelo. En Nueva York te encontrabas de todo tipo de tribus urbanas, oye.

Aburrida, mientras esperaba a que pasase el metro que pasaba cerca de su casa, sujetaba un par de carpetas con miles de folios dentro, llenos de apuntes y dibujos de tonterías que la francesa se dedicaba a hacer en las horas muertas de clase. Llevaba sus pequeños auriculares puestos, que descendían hasta llegar a su iPhone de última generación. Oye, que se podía ser una criatura del inframundo y no tener alma pero tener buen gusto por la moda, la música, el cine, y todas esas cosas. Aburrida, comprobaba que no tenía interacciones en su twitter. ¿Dónde estaría la gente interesante en Nueva York? Pasó la canción que estaba escuchando, asqueada en cuanto leyó en el titulito que se trataba de Angels, de The XX. A veces se le olvidaba unos instantes el hecho de que odiaba a aquellas criaturas aladas por encima de todas las cosas. Entre otros muchos motivos, porque le parecía que tenían más reconocimiento y glamour que los vampiros.
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Emily suspiró, cambiando el peso del cuerpo de una pierna a otra mientras esperaba el metro.

De pequeña le había gustado imaginar que era una serpiente gigante de metal que obligaba a la gente a introducirse en su interior para poder comer, y que ella era una heroína con una espada mágica y su maravillosa escudera, Dina, que iban a salvar a los pobres desgraciados que no tenían más remedio que acudir a morir a aquel terrible lugar. Evidentemente esas ensoñaciones hacía mucho tiempo que las había dejado atrás, pero de vez en cuando, mientras aguardaba con cierta impaciencia su llegada, no podía evitar esbozar una sonrisa al pensar en la imaginación desbordante que había tenido siendo niña: la guarida de la bestia, sus entrañas huecas para contener a la gente, sus poderes para destrozarla… Aún no entendía cómo Dina había accedido a hacer todas esas tonterías por ella, exponiéndose al ridículo.

«Porque me adora», pensó, sintiéndose un poco más animada de lo que había podido estar toda la noche.

Aquel día tenía turno de tarde en la cafetería y no había podido salir antes para acercarse a los institutos donde solía dejarse caer para ver si le permitían dar algunos cursillos de arte. Había hecho escala en tres de ellos. A veces le decían que sí, a veces que no, y últimamente llevaba una larga y tediosa racha de un ‘no’ tras otro ‘no’, tras otro ‘no’.  Eso, como sus continuos fracasos en las editoriales, le deprimían, la estresaban y le hacían estar de algo de mal humor, pero le bastaba con recordar cualquier cosa que hiciese referencia a su abuela para que se disipase un poco, como humo.

A su derecha, sin que ella lo supiese, otra subterránea estaba exactamente igual de impaciente y aburrida que ella, lamentando la tardanza del dichoso medio de transporte. Emily no le hizo demasiado caso, como no le hacía caso a casi nadie en el mundo, no por nada, sino porque siempre iba inmiscuida en sus cosas y poco perceptiva con las personas que le rodeaban.  Tampoco era como si no se fijase en nada; simplemente si tenía la mente distraída en otros recuerdos, no se fijaba en lo que sucedía a su alrededor.

Fue un auténtico alivio para ella cuando escuchó el pitido que indicaba la proximidad del metro, por lo que se adelantó. A esa hora ya no había demasiada gente, de modo que a su lado sólo estaba la chica que escuchaba música. El vehículo se detuvo delante de ambas, justo en la puerta, y las dos se dirigieron hacia ella a la vez, prácticamente coordinadas, como si lo hubiesen ensayado. Emily miró a la chica, que a su vez estaba fija en ella, y sonrió, apartándose ligeramente para que pudiese entrar.

Tú primero.

Después de eso saltó hacia el interior segundos antes de que la música volviese a sonar, indicando que se ponían en marcha. Suspiró de felicidad al darse cuenta de que podría sentarse y lo hizo junto a la cristalera que estaba en frente, extrayendo entonces de su amplia bolsa uno de los últimos cómics que había comprado para echarle un vistazo. Era una saga algo vieja ya de Spiderman, pero el guionista le parecía muy bueno y el dibujo de John Romita Jr. le gustaba más que el de su padre, aunque reconocía su talento.


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Re: That's the only way to get the flavour ♔ Emily & Layla

Mensaje— por Invitado el Lun Mayo 19, 2014 10:20 pm

Layla estaba ensimismada en sus pensamientos, pero ésto no quería decir que no se enterase de lo que pasaba a su alrededor. Es más, cuando más distraída parecía era cuando más atención estaba prestando a lo que estaba sucediendo. No tardó mucho tiempo en percatarse de que estaba allí también la chica peliazul que había visto un montón de veces en su instituto, no en ninguna clase, pero sí en los pasillos. Siempre le había parecido una chica bastante extraña, es decir; no vestía como todos los demás, no acudía a ninguna clase -que ella hubiese visto- y su pelo era muy corto y tenía una tonalidad azul muy llamativa. Ése fue el detonante que hizo que en la cabeza de Layla se accionase un "click" imperceptible y a continuación pensó: "Tiene que ser mi amiga, quiero una amiga así de guay". Vale, puede que la chica hubiese sido considerada un bicho raro o algo por el estilo, porque siempre la veía sola, pero Layla también había sido marginada en muchas ocasiones y sabía lo que eso significaba. Aquella chica de extraño color de pelo tenía que ser su amiga, sí o sí. Así que, ni corta ni perezosa, se quitó los pequeños cascos blancos de las orejas y los enrolló sobre sí mismos alrededor de su teléfono móvil y, seguidamente, pasó dentro del metro cuando ella se lo ofreció. Oins, es que encima era educada. Le encantaba. Seguro que cuando se conociesen más en el fondo, Layla podría ser su estilista de moda e incluso aconsejarle en su estilo. ¡Oh, sí, éso haría!

Una vez dentro del metro, se acercó a ella, fijándose inevitablemente en la cartera de dibujitos rosa que la chica llevaba colgada. Estaba leyendo un cómic que había extraído de ella. Huy, ¿pero éso no era cosa de chicos? Bah, da igual, ya habría tiempo para feminizarla más adelante. Se acercó a ella con una amplia sonrisa, mostrándose lo más amigable posible.

-
¡Hola! Te he visto en el instituto muchas veces, me llamo Layla - y sin previo aviso se sentó a su lado. Seguro que ella también estaría deseando hacer amigos y tener una chupipandi como Layla. Seguro que entre ella y Justice podrían formar un grupo superchachiguay de fiesta y ser las nuevas protagonistas de "Sexo En Nueva York". Pero sólo con Crowley, ¿eh?, que era el único chico en el que estaba interesada la francesa. Puso su bolso en su regazo -. ¿Y tú cómo te llamas? - Aún a riesgo de parecer pedante, Layla no dejaba de sonreír. La simpatía era lo primero que presentaba delante de toda la gente, y como la peliazul siempre estaba muy seria, qué menos que transmitirle algo de simpatía. A lo mejor tenía muchos problemas. A lo mejor incluso vivía debajo de un puente. ¡Pero no podía ser!, Layla la sacaría de las garras de la cutrez. Y le cambiaría ése bolso tan ridículo también.
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«Oh, Ezequiel. Tú sí que sabes cómo llevar a Spiderman a tu territorio» pensó, sonriendo entre dientes.

Sin embargo, aunque apreciaba la historia, estaba algo más centrada en las líneas rectas, marcadas, en las mandíbulas duras, masculinas, y en las formas gráciles con las que sus personajes se movían a pesar de todo. ¡Romita Jr. era un auténtico genio! Le gustaba tantísimo que había intentado imitarle, sin demasiado éxito, eso sí, porque al final acababa imprimiéndole el suyo propio. Le habría encantado seguir con su análisis metódico y exhaustivo de la obra de uno de sus dibujantes preferidos, pero una vocecilla pizpireta le sacó de su ensimismamiento.

Se trataba de la chica a la que le había cedido el paso al interior del tren, que la observaba curiosa, sentada a su lado. Emily parpadeó, confusa, puesto que no había esperado una intervención de su parte para con ella, ya que la gente, por lo general, no solía abordar a otras personas a las que no conocía de nada. Aunque después de su encuentro con Jackson, no debía de sentirse tan extrañada. ¿Estaría intentando ligar con ella también esa chica? Su sonrisa demasiado abierta y sus ademanes demasiado amables podrían haberle hecho sospechar, pero lo cierto era que le daba exactamente igual. No le apetecía charlar con nadie, pero tampoco iba a ser grosera cuando se habían molestado en acercarse a ella. A lo mejor estaba aburrida, sola en el tren, y su viaje era largo. Emitió un suspiro de resignación y le devolvió la sonrisa mientras cerraba su precioso tomo para conversar.

Hola. Me llamo Emily. Emily Yates. ¿A qué instituto vas? Porque suelo pasarme por unos pocos a lo largo del mes —se cruzó de piernas y se rascó en el lado derecho de la nariz, entrelazando las manos con el cómic aún sujeto.

Se entretuvo en mirarla mientras esperaba su respuesta. Parecía joven, era bonita y tenía unos grandes ojos. Sin embargo percibió en seguida que había algo en ella que no era ‘normal’. La idea de que se tratase de una criatura como ella le golpeó, pero, se dijo, en realidad sentía algo así casi siempre, porque prácticamente la mitad de la población de la ciudad era diferente. De modo que no tenía intención de retirarle la palabra a no ser que se demostrase hostil con ella, y de momento, por la forma que había tenido de acercarse y de presentarse, no era lo que parecía. Sólo se le asemejaba a una resuelta chiquilla con demasiadas ansias por cotorrear con la primera persona que se pusiese en su camino, y en esta ocasión, esa había sido Emily.


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Re: That's the only way to get the flavour ♔ Emily & Layla

Mensaje— por Invitado el Mar Mayo 20, 2014 12:04 am

Huy, qué bien, al menos la chica resultaba no ser tan desagradable como se esperaba. La mayoría de chicos y chicas que había visto en el instituto que leían cómics solían llevar unas gafas de pasta gigantes y en cuanto te acercabas a ellos o ellas te interrumpían con una frase cortante o te empezaban a dar datos sobre cosas que ni siquiera te interesaban. La mayoría de ellos también se encontraban por norma general en la biblioteca, y no solían salir con demasiada asiduidad, porque eran una especie de "vampiros" que si les daba el Sol se iban a morir. ¿Qué había de malo en relacionarse? Con las ganas que tenía la francesa de entablar amistad con todo el mundo y lo desagradables que podían llegar a resultar los humanos. Nunca se sabía si se encontraba frente a una humana o frente a algún tipo de criatura, pero sabía que era alguien con quien podía charlar por una sencilla manera: ni tenía alas ni runas tatuadas. Su sonrisa se ampliaba por momentos, en los que la chica -Emily se llamaba- le respondía. Hurgó en su bolso hasta encontrar unos caramelos que había comprado en el kiosco de arriba de la estación. Layla no necesitaba comerlos, es más, le resultaban bastante asquerosos, pero siempre convenía llevarlos encima por si alguien dudaba de su condición "humana". Abrió el paquetito retirándole el envase transparente y se los tendió a la peliazul.

-
¿Quieres? - ofreció -. Yo voy a un instituto del Norte. No sé cómo se llama, nunca me he fijado, pero voy al turno nocturno y te he visto muchas veces por los despachos de profesores de Arte, de ésos tan raritos que siempre llevan una coleta, ¿sabes? - cuando a Layla le daba por hablar acerca del profesorado del instituto donde se había matriculado había pocas personas que la pudiesen callar, especialmente si se trataba de criticarlos -. No son los profesores más glamourosos del mundo, no te recomiendo que estudies nada allí; ¿quién no les cortaría esa coleta tan llena de grasa, por favor? - hizo un gesto de desdén. El pelo de la gente decía mucho de sí mismos, y el hecho de que los profesores no se molestasen en cuidárselo era algo que la sacaba de quicio. Eran unos simples mortales y su existencia y su paso por la vida serían cortísimos, ¿por qué no se molestaban en hacerlo bien al menos? -. Por cierto, tienes que contarme cómo has hecho éso con tu pelo, ¡me encanta! ¿En qué revista lo has leído? ¿Es en ésa de dibujitos del hombre... relámpago? - No tenía mucha idea de cómics, por supuesto, porque las únicas tiras cómicas que había leído eran las que venían en las páginas finales de sus revistas de moda, y éstas consistían en un máximo de dos o tres viñetas con chistes que casi nunca pillaba ni se reía. La mayoría de los hombres que aparecían en ésos tebeos tenían superpoderes y todas ésas cosas, raramente aparecía una mujer. Con toda la confianza, un dedo se deslizó hacia uno de los mechones de Emily, le encantaba tanto el color que no pudo resistirse a tocarlo. ¡Qué suave! ¿Qué acondicionador utilizaría? Éso era demasiado íntimo como para preguntárselo ahora...
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Negó ligeramente tanto con la mano como con la cabeza cuando Layla le ofreció caramelos. Le encantaban las cosas dulces, pero en ese momento no le apetecía para nada, ya que al llegar a casa tenía que cenar y no quería llevar ya algo en el estómago que le pudiese hacer comer menos. Aunque fuese una mísera golosina. Escuchó todo lo que le decía, dándole la impresión de que esa chica hablaba demasiado y demasiado rápido; era muy, pero que muy diferente a ella, pero en lugar de parecerle pesada o charlatana, la encontró divertida. Era jovial, pizpireta, y no todos los días se encontraba a alguien así en New York. Parecía algo más propio de New Jersey.

Soltó una risilla cuando le escuchó decir que los profesores de arte siempre eran raritos con coleta, acordándose de cuando ‘alguien’ le había dicho, hacía unos días, que los artistas siempre parecían extravagantes en su peinado. ¿Por qué todo el mundo tenía esa concepción? Sus dibujantes de novelas gráficas y cómics favoritos no parecían sacados de una comuna hippie, de modo que sólo porque los más sonados eran los más… peculiares… no quería decir que todos lo fuesen. Pero no dijo nada al respecto, porque sabía que era librar una lucha a muerte contra una pared de ladrillo. Aunque el comentario de ‘la coleta llena de grasa’ le dio a entender, como su comportamiento segundos después, que se trataba del tipo de chica que se había metido con ella en el instituto con su forma de vestir. Solo que ellas lo hacían a propósito para hacer daño y Layla simplemente era así.

Ya no creo que estudie demasiado en un instituto —añadió, con la cabeza apoyada en la mano y el codo del mismo brazo en la rodilla. Había guardado el cómic en el bolso, viendo que aquello iba para largo, de modo que ya tenía los dedos libres—. Como mucho iría a algunos cursillos de arte que se diesen, o quizás a impartir yo misma unos, pero de momento no tengo intención de volver a mi época de adolescente —aclaró, porque a lo mejor Layla no se había percatado de que era bastante mayor que ella.

Se tocó el pelo, sorprendida, cuando dijo que le encantaba lo que se había hecho y que de dónde lo había sacado. Vaya, era la primera vez que alguien le decía algo así. Bueno, si eludíamos a Charlie, pero Charlie era de otro planeta. Por lo general, la gente o la llamaba friki, como Jackson, o se horrorizaba, como sus compañeras de la cafetería, o suspiraba pesadamente, como Dina, que ya había asumido hacía años que no iba a volver a dejarse el pelo en su color natural durante muchísimo tiempo. De hecho, si mal no recordaba, dentro de unos días le tocaba volver a teñírselo para que no se le quedase verde. Además, viniendo de alguien que se había metido con la coleta de sus profesores de arte… Sonrió cuando dijo lo de los dibujitos del hombre relámpago; estaba claro que esa chica no sabía absolutamente nada de cómics. Se sorprendió, así mismo, cuando le tocó el pelo, con cuidado, pero se lo tocó. Su primer impulso fue apartarse violentamente, pero en lugar de eso esperó unos pocos segundos y luego se alejó tan gradualmente que casi ni parecía que lo hubiese hecho. No le gustaba demasiado el contacto físico con desconocidos.

Pues realmente lo saqué de un cómic, sí —Scott Pilgrim vs. The World, concretamente—. Antes solía teñírmelo a menudo de diferentes colores, pero hace tiempo ya que lo llevo azul. Es el que más me gusta. Más que el verde, que fue el que llevé antes de este. Y el corte de pelo, bueno… Simplemente me cansé de llevarlo demasiado largo y ya está, me dio por ahí, como suele decirse.

Se lo había cortado y teñido al enterarse de que no podía ser madre, como último acto de rebeldía de su juventud. Después no había vuelto a hacer nada así, salvo seguir tiñéndoselo constantemente. Prefería romper cualquier conexión con su madre o su maternidad y parecer siempre joven, alocada e incapaz de asentarse. Era más fácil así.

Tú tienes un pelo muy bonito —dijo, queriendo decirle algo amable a ella también, aunque sí que lo pensaba; sus ondas caían de forma adorable y natural, y no todo el mundo lo tenía así; le recordaba un poco al suyo, que sólo era algo más ondulado—. Y supongo que tú sacas tus peinados de lugares más normales, como las revistas de peluquería o algo así —bromeó.


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Re: That's the only way to get the flavour ♔ Emily & Layla

Mensaje— por Invitado el Miér Mayo 21, 2014 9:45 pm

Uy, qué bien, ¡por fin alguien que era rarito e interesante! Normalmente las personas que tenían un look como el de Emily resultaban muy pedantes, aunque Layla nunca descartaba el hecho de juntarse con ellas o ellos. La verdad es que siempre se había caracterizado como una persona muy sociable; a no ser, claro, que "le pegasen la patada", en ése caso podía volverse lo más rencoroso y vengativo que había pisado el planeta, como con Zid, que jamás le perdonaría el hecho de que le hubiese hecho algo de bullying durante su etapa del instituto. ¿Pero qué se había creído aquel mundanucho del tres al cuarto? Guardó los caramelos cuando Emily los rechazó en su bolso. A saber lo que haría con ellos ahora, si no era tirarlos a la basura era arriesgarse a quemarse la boca con ellos. Por lo general, las cosas muy dulces hacían que tuviese reacciones un tanto peculiares, porque no estaba acostumbrada a comer y según todo lo que le habían contado los demás vampiros del aquelarre de Raphael, ellos detestaban la comida humana y negaban ante cualquier cosa comer algo que se cocinase, cosa que la francesa no comprendía, porque ella estaba más que encantada con todos aquellos programas de cocina, las tiendas de repostería, las revistas con todas las recetas que se podían hacer y más; era una amante de la cocina y no porque tres o cuatro vampiros del siglo uno viniesen a decirle que no. Y aunque su propia naturaleza los rechazase, ella seguiría siempre intentando comer algo que no fuese sangre de algún animalillo inocente aunque en el fondo le repugnase.

Cerró su bolso nuevamente mientras escuchaba cómo Emily le contaba el traspaso de su pelo azul. Por lo que había leído en algunas revistas de moda, era tendencia que las chicas ahora se tiñesen el pelo de vivos colores, o incluso algunas mechitas, con papel Pinocho. Incluso la misma Layla se había planteado hacerse unas cuantas mechas moradas a lo largo de su cabello, descartando la idea al instante porque nunca se sabía qué clase de tonterías podría hacer su nueva naturaleza vampiresca al respecto.

-
¡Es totalmente glamouroso! Me encanta - aquel azul que había escogido para teñir su cabello combinaba perfectamente con toques dorados. Seguro que conforme avanzase su relación incluso podrían ir ambas de tiendas a lugares parecidos. La idea de imaginarse una amiga para ir de compras le resultaba tan emocionante que apenas podía reprimir los nervios. Pero sabía que una amistad no iba a trabarse de buenas a primeras, así que tendría que empezar los cimientos cuanto antes -. ¡Oh, gracias! - cuando Emily alabó su pelo fue cuando supo del todo que aquella amistad duraría de por vida. Al menos, la vida que le quedase a ella; por muy cruel que sonase -. Sí, lo cuido mucho, invierto mucho tiempo en él, ¿sabes? En casa siempre estoy tremendamente aburrida y el instituto por las noches es todo un rollo, los hum... quiero decir, mis compañeros son muy raritos, lo único que quieren es comprar una botella de alcohol y sentarse en el banco de un parque para bebérsela y luego reírse los unos de los otros. - Ésta costumbre humana tampoco la entendía del todo. Como a ella el alcohol no le afectaba en absoluto, no le encontraba el lado divertido, y soportarles cuando estaban ebrios tampoco es que fuese algo que se pirrase por hacer -. ¡Pero tú eres diferente a ellos! - y éso se notaba a leguas -. Venga, ¡vamos a echarnos una foto para compartirla en Instagram! - y antes de que Emily pudiese mediar palabra, Layla había sacado su iPhone y había preparado la cámara de fotos.

Hacía realmente poco que conocía aquellas redes sociales, y aunque ella no era de publicar cosas diariamente, siempre le gustaba mantenerse informaba de todo lo que sucedía a su alrededor. Leía el periódico por Internet, babeaba con las fotos de modelos que había colgadas en Instagram e incluso a veces jugaba a alguno de aquellos molestos jueguecitos del Facebook que consistían en echarle de comer a un par de cerdos digitales. Qué tontería, ¡si los humanos habían evolucionado era precisamente para no tener que estar pendiente de cosas de ésas! Pero no se consideraba ninguna chica que no estuviese fuera de las nuevas tecnologías que estaban a la orden del día, quería ser lo más moderna posible. ¡Su primera foto en Instagram, qué nervios! Se peinó con los dedos sus ondas y extendió el brazo para enfocarlas a ambas, esbozando una espléndida sonrisa.
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Layla introdujo los caramelos en su bolso. Emily se preguntó por qué ella no había cogido ninguno, ya que resultaba extraño que hubiese sacado los dulces simplemente para ofrecérselos. Lo normal era coger uno y luego, por compromisos sociales, preguntar si alguien más quería. Pero tampoco le dio demasiada importancia, porque a lo mejor la chica simplemente se había acordado de que los tenía ahí y había pensado que quizás le apetecería, meramente para ser amable.

Sonrió cuando le dijo que le encantaba porque su pelo quedaba glamouroso. Ella nunca habría usado ese adjetivo para describir su peinado, sobre todo porque por lo general el glamour ella lo utilizaba para hacer referencias a otras cosas. Como por ejemplo, su cola. ¿Se mostraría tan cercana, tan amable y tan alegre Layla de saber que ella era una bruja, podía animar cosas y además, tenía una especie de cola? Prefería no llegar a saberlo nunca.

No tienes que darlas —respondió cuando le agradeció el comentario por el pelo, escuchándola atentamente ante todo lo que tenía que decirle de su peinado.

Así que se aburría en sus clases. No podía culparla. Si no le gustaba irse a beber como cosacos, no podría compenetrarse con la gran mayoría a la que eso le parecía genial. Lo curioso era lo poco que había cambiado el instituto desde que ella había estado allí, porque en su época los populares hacían cosas por el estilo, metiéndose con los que preferían la tranquilidad de su casa o irse a una cafetería a merendar. Recordaba el rostro de Charlie después de que Ivette Moulin, su amor platónico del instituto, le destrozase el corazón por reírse de él, llamándole rarito y niño de mamá. Se alegró al saber que Layla prefería otro tipo de cosas y de compañías, aunque se tratase de ir a la peluquería, y quizás, ir de compras, porque tanto por su forma de vestir como de hablar parecía que uno de sus pasatiempos preferidos era ir de tiendas. A Emily eso no le apasionaba, precisamente, pero desde luego era más sano.

¿Que qué? —preguntó, balbuceante, cuando ella le dijo que era diferente y que se echasen una foto para compartirla en Instagram.

De hecho se quedó tan perpleja que ni siquiera le dio tiempo a reaccionar. Permaneció mirándola mientras sacaba el iPhone y se acicalaba para aparecer en la foto, sin ser capaz de mover ni un músculo. Todo pasó tan deprisa… Se encontró de pronto debajo del móvil, siendo enfocada con la diminuta cámara del aparato, y obligándose a sonreír porque una parte de su cabeza le dijo que realmente le iban a echar una foto y que iba a salir con una pinta de gilipollas abismal.  

Lo siento si no he salido con buena cara —comentó, todavía perpleja, como intentando asimilar que una chica a la que acababa de conocer le había parecido guay y había querido echarse una foto con ella—. Es que me ha pillado desprevenida porque… bueno. La gente no suele querer hacerse fotos conmigo, ni alabar mi pelo ni… nada por el estilo. Ahm, y no me importa que hagas esas cosas. Es decir, ya te digo que no estoy acostumbrada a que desconocidos quieran echarse fotos conmigo, pero no seas tan repentina, por favor —sonrió, nerviosa—. Que ya no soy tan joven y me cuesta reaccionar con este tipo de cosas —bromeó—. Habré puesto una cara de imbécil…

Ella también tenía su presencia en las redes sociales. Facebook, twitter, blog… Instagram nunca había sido santo de su devoción porque prefería colgar sus fotos en otra parte, y no por aparentar ser hipster precisamente.


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Re: That's the only way to get the flavour ♔ Emily & Layla

Mensaje— por Invitado el Jue Mayo 22, 2014 12:58 am

Layla no podía darse cuenta de cuando hacía cosas que incomodaban a las personas tímidas. Estaba acostumbrada a ser el alma de la fiesta siempre y a tener una energía de veinte personas -es decir, humanos-, así que no es de extrañar que a quien decidiese pegarse se transformase automáticamente en una lapa y en un terremoto, sobretodo cuando alguien le gustaba. No atraerle sexualmente, porque Layla sabía que sólo tenía ojos para su queridísimo y ansiadísimo Crowley, pero le gustaba especialmente que aquella chica tuviese personalidad. Ya decía mucho de ella el hecho de pintarse el pelo de ése color tan llamativo y lucirlo con tanta naturalidad, y éso era un gesto que llamaba irremediablemente la atención de la francesa. Quería atraer a ella a todas las amigas posibles, y más si eran tan majas como estaba resultando Emily. Cualquier persona hubiese dado la espalda a Layla en cuanto ésta hubiese dicho dos frases. Lo típico que siempre le había pasado en el instituto, vamos.

-
¡Huy, lo siento! - se disculpó en cuanto hubo sacado la foto. Se aseguró de guardarla en su galería y posteriormente guardó su móvil. Tenía que frenar el entusiasmo si no quería espantar a Emily, menos mal que pudo corregirse a tiempo y sonreír aún más encantadoramente. Quería parecer todo lo amable posible, así Emily querría volver a verla y ser amigas -. ¡Qué boba, seguro que has salido genial! - hizo un gesto de desdén y posteriormente sacó de su bolso un espejito de mano y una máscara de pestañas que acababa de comprar hace pocas horas en una perfumería de camino a clase. Desenroscó el tubito y se pasó el pequeño cepillito impregnado de máscara negra por encima de las pestañas, haciendo el típico gesto raro mientras se miraba al espejo. Era verdad que casi estaba a punto de llegar a casa, pero no se sabía si al final acabaría saliendo por ahí a ver qué se cocía en los locales más chic de Nueva York. ¡No había hecho una lista de los sitios más interesantes que visitar por nada! -. ¡Es que estoy tan encantada de conocer a alguien interesante por fin por aquí! - La mayoría de personas sólo eran un par de ovejas de rebaño más, y a la francesa lo que le gustaba era la gente con carácter, que supiese lo que quería y que no se echasen hacia atrás de buenas a primeras. Seguro que aquella chica tenía un gran potencial y acabarían entendiéndose tan bien como hasta ahora. ¡Layla no se iba a olvidar de ella tan fácilmente! -. ¡Oye! - sus ojos se iluminaron de repente cuando una fugaz idea le brotó en el coco, la miró como si acabase de descubrir el fuego -. ¿Por qué no te vienes de fiesta conmigo ésta noche? ¡O a cenar! ¡Hay un montón de sitios chic que tenemos que visitar! - Lo de "tenemos que" lo había atribuído ella sola al momento, por supuesto -. ¡Y seguro que tú también conoces un montón de lugares increíbles que visitar! - No quería aventurarse, pero se esperaba que Emily la llevase a alguna tienda tipo antigüedades como la que tenía Dietrich. ¡Igualmente sería interesante verla con una amiga! Se la quedó mirando con una gran sonrisa y un especial brillo en los ojos, esperando que ella aceptase.
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No te preocupes —respondió, cuando ella le pidió disculpas, esbozando una sonrisa nerviosa.

Sólo esperaba que esa foto no terminase dando demasiadas vueltas por internet, porque no le apetecía que Charlie o Sarah empezasen a reírse de ella por ir haciéndose fotos con niñas. Casi podía verlo. “La amiga de las niñas”, iba a ser de ahora en adelante. El simple pensamiento le exasperó, pero se obligó a recordar que quería a Charlie y que quería a Sarah lo suficiente como para no mandarles a la mierda por una broma tan mala como esa. Emitió un suspiro algo cansado, sin abandonar la mueca del rostro, cuando Layla le dijo que probablemente salía genial. Ella lo dudaba, porque había estado luciendo cara de pardilla, pero bueno. No iba a romperle las esperanzas a la chiquilla.

La observó acicalarse en el mismo tren durante unos segundos, desviando la mirada hacia las paradas que faltaban para llegar a su casa. No porque quisiese perderla de vista ni nada por el estilo, sino porque no quería pasarse y terminar en la otra punta de la ciudad, como le había sucedido una vez por estar demasiado metida en la lectura de sus cómics. Ya había avisado a Dina de que llegaría tarde, por lo que no le caería la bronca —puedes ir a donde quieras en esta maldita ciudad porque ya eres mayor, pero al menos avísame si tengo que quedar esperándote con un bate en la mano o no— pero tampoco quería tardar más de la cuenta en regresar. Estaba cansada y probablemente los gatos estarían volviendo a Dina completamente loca.

Tuvo que reírse cuando la tildó de ‘gente interesante’.

No sería otra de las frases que yo usaría para describirme —dijo, divertida—. Pero gracias por el piropo. Oh —fue lo que respondió a su proposición, desdibujando su sonrisa en una algo más triste. No le gustaba decir que no a la gente, pero tampoco podía irse de copas esa noche con nadie; mañana también tenía que trabajar, no le gustaba beber y aunque Layla fuese muy lanzada para irse de marcha con una desconocida, no era el estilo de Emily—. Me temo que esta noche no podré acompañarte, Layla, lo siento mucho. Mi abuela me espera sola en casa con mi aquelarre de gatos y es probable que si desaparezco durante mucho rato la encuentre comida por ellos —bromeó, intentando restarle importancia al asunto. No soportaba su cara de decepción, así que pensó en una alternativa—. Pero escucha. Trabajo en una cafetería que se encuentra en Manhattan que es del estilo de los años 50. Los lunes, miércoles y viernes trabajo por la mañana, y los martes, jueves y sábados trabajo en el turno de tarde/noche. Podrías pasarte algún día por allí y podría invitarte a un trozo de tarta y un batido. Te prometo que los hacen absolutamente deliciosos. Y no es porque yo trabaje allí.

Esperaba que eso lo compensase. Aunque no tenía por qué hacerlo. Pero era una chica graciosa, divertida, y no la estaba juzgando mal por su apariencia, sino todo lo contrario, estaba siendo muy amable, así que quería hacer algo por ella para animarle un poco. Prefirió explicarse un poco más para que entendiese sus motivaciones; Layla parecía una persona acostumbrada a hacer ese tipo de cosas que a Emily tanto le chocaban, porque no se sentía capaz de entablar una relación tan rápido ni de tener tantísima confianza en sí misma como para ir proponiendo ese tipo de planes. Envidiaba esa capacidad, pero si no podía hacerlo, tampoco podía reaccionar del modo en que ella esperaba.

Además, no es sólo por mi abuela. Eres muy graciosa y encantadora, pero no tengo el desparpajo que tienes tú para irse a cenar con alguien a quien acaba de conocer. No es que desconfíe ni nada por el estilo, pero soy algo reservada para esas cosas. Espero que lo comprendas, porque no es nada personal. Por el contrario, mi propuesta de venir a mi lugar de trabajo sigue totalmente abierta para cuando tú quieras; aunque sólo podré invitarte una vez, aviso, que mi sueldo de camarera es más bien escaso. También podría estar entretenida mientras no tengo que atender a otros clientes con tu ayuda —sonrió aún más abiertamente, esperando su respuesta—. Además, si ven a una chica tan mona como tú en nuestro local seguro que empiezan a aumentar los clientes —bromeó.


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Re: That's the only way to get the flavour ♔ Emily & Layla

Mensaje— por Invitado el Vie Mayo 23, 2014 12:33 am

En el fondo aún tenía esa pequeña punzada que le decía que Emily no iba a aceptar su propuesta de ir a tomarse algo. ¿Pero qué tenía la gente en contra de salir de fiesta? La única persona que no le había puesto pegas ninguna para salir era Justine, pero claro, Justine era demasiado diferente a Emily como para llegar a compararlas en una sola frase. Apoyó su barbilla en su puño cerrado mientras observaba a la peliazul invitarla a tomar un batido. ¡Qué pena! Si no le abrasara el estómago horriblemente la comida humana, se bebería dos o tres de buena gana, aunque los tuviese que pagar. Pero por volver a ver a su amiga, iría a aquella cafetería, estaba segura. Sin desdibujar un sólo instante su sonrisa, la francesa observaba nuevamente el pelo de su compañera. Ay. Si no amase tanto su propio y largo pelo se haría algo parecido para llamar la atención aún más.

-
¡Claro que eres interesante! - se apresuró a decir. No le gustaba que la gente se descatalogase o que pusiese en duda los priopos que le echaba. A Layla le gustaba llenarle los oídos a la gente que le interesaba, sí, pero nunca lo hacía de mentiras, sino de observaciones muy concretas de las personas. Y si alguna que otra vez tenía que decir una verdad que doliese, lo haría. No por falta de tacto, que también, sino más bien porque era su manera de ser y no iba a ponerse a cambiarla ahora con tropecientos años de edad -. Seguro que no soy la única que lo opina, sólo que las personas a veces son muy vulgares y no saben admitir dónde están las chicas interesantes de verdad - en ésto Layla estaba segura al cien por cien. Había comprobado, por experiencias ajenas, que los hombres preferían irse con las primeras pelandruscas que encontraban a pararse a conocer a una persona. Era triste, pero era cierto. Los humanos cada vez le daban más pena -. Por suerte yo sí sé reconocerlo, ¿sabes? Estoy muy entrenada en éstas cosas - sonrió más ampliamente -. Ten por seguro que te visitaré, aunque no hace falta que me invites. Pero... preferiría que fuese por la noche. - Se mordió el labio inferior. Meter la pata de ésa forma no estaba entre sus planes, por supuesto, pero es que si salía a la luz del Sol acabaría con las mismas quemaduras que la otra vez, y no quería estropear su preciosa piel con aquellas heridas que, además, dolían mucho y tardaban en curarse. Sus labios se apretaron en una ligera línea de tristeza, que hizo desaparecer nanosegundos más tarde para que Emily no se diese cuenta -. ¡No te preocupes! Yo sé que no soy mala, pero éso la gente no lo puede saber a primera vista, y es algo que hay que descubrir poco a poco. ¿Sabes?, me has caído bien, no me has marginado cuando te he dirigido la palabra y eso dice mucho de una persona - sacó un bolígrafo de Hello Kitty y una libretita de su bolso y apuntó su dirección y su número de teléfono -. Aunque seguro que nos volvemos a ver, te dejaré mi número de teléfono. ¡Por si algún día te apetece charlar conmigo! Estoy despierta las veinticuatro horas del día - dijo arrancando la hoja de la libretita y doblándola para luego tendérsela. Ésto último era totalmente cierto: Layla no sentía la necesidad de dormir, así que no lo hacía y se pasaba el día danzando de acá para allá en su casa. Si a Emily algún día le apetecía charlar, le ayudaría a matar un poco el tiempo y además la distraería, cosa que Layla estaba deseando.
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La insistencia de Layla en que era interesante le pareció adorable por su parte, porque casi se la vio indignada. Incluso se vio obligada, sin quererlo, a volver a sonreír. Su sinceridad tajante era refrescante en muchos sentidos, porque tampoco era algo que precisamente abundase en esa sociedad estúpidamente superficial. Probablemente eso le causaría muchos problemas en su vida diaria, contando el rechazo de aquellos que odiaban la frontalidad, pero algo le decía que Layla no se dejaría avasallar por nada de eso, sino que lo usaría para reforzarse en su opinión de que los demás eran estúpidos. Realmente le resultaba encantadora, a su modo.

Pues muchas gracias de nuevo —dijo, riendo entre dientes—. Me alegra que siempre haya gente como tú que sabe apreciar lo bueno de la vida —continuó, en parte en broma en parte en serio, porque probablemente para ella, esas cosas que la diferenciaban de los demás, como el bolso caro, el maquillaje o el pelo azul, era lo bueno de la vida. Cada cual con sus prioridades mientras no hiciese daño a nadie—. Estupendo, pues. Te estaré esperando a que aparezcas.

Su comentario de ‘preferiría que fuese por la noche’ le hizo encender un poco las alarmas, pero se obligó a tranquilizarse. Quizás fuese una subterránea —Emily iba siempre con el radar puesto porque a fin de cuentas, ella también lo era y no resultaba extraño que apareciese gente así por todas partes; la ciudad estaba llena de subterráneos— pero de momento no estaba haciendo nada malo, solo charlar con ella. Tampoco creía que fuese a ganarse su confianza para luego echarse a su cuello, matarle o intentar seducirla para atraerla al lado oscuro, así que bajó las defensas un poco, pero teniendo siempre la mano en el botón de ‘activar’ —maldito Charlie y Star Trek—. A fin de cuentas, tampoco sabía si lo había dicho porque vivía mejor de noche que de día.

Si no hubiese vivido en New York, probablemente se habría horrorizado cuando Layla le dijo que le resultaba agradable porque no le había marginado al dirigirle la palabra, porque suponía que en lugares del mundo más pequeños donde todo el mundo se conocía —o al menos la gran mayoría— esas cosas realmente no pasaban, o era algo propio de gente muy desagradable. Pero en la Gran Manzana, eso era lo habitual. Había tantísimas personas en la ciudad que todos iban siempre en su mundo, aislados, con sus propias cosas, ignorantes y deseando ser ignorados. Resultaba extraña alguien como Layla, tan directa, tan chispeante, que no temía acercarse a ti para decirte lo que pensaba ni lo que quería. A Emily eso no le molestaba más que le molestaban otras cosas tan mundanas como ir a comprar o charlar con los vecinos en las escaleras, así que realmente le dio igual que lo hiciese, dentro de la incomodidad que le suponía que la abordasen de repente. Ella no era ninguna maleducada que dejaba de hablar a los demás por que sí; al hilo de ese pensamiento, no pudo evitar pensar que probablemente el mundo sería un lugar mucho mejor si todos estuviesen educados por la férrea mano de Dina.

Aceptó el papelito donde estaba garabateada su dirección y su número de teléfono. Se acordó de Jackson y su tarjetita; bueno, al menos ella era menos prepotente en ese sentido. No sabía por qué todo el mundo quería contactar tanto últimamente. Dijese lo que dijese Layla con sus buenas intenciones no era alguien especialmente interesante, divertida o fiestera, y sin embargo últimamente parecía el foco de atención de personas nuevas. Jackson, Jonas, Mishka —no sabía si introducir a Christopher, Adhara y los demonios en la lista—, y ahora Layla. Sin lugar a duda sus veintisiete años parecía que iban a ser de lo más interesantes cuando los cumpliese.

Tomo nota —contestó afablemente—. Pero te aseguro que mis charlas son muy aburridas… sobre gatos e ilustradores, artistas y exposiciones —bromeó—. Además de mi frustrada vida como dibujante.


Última edición por Emily Yates el Sáb Mayo 24, 2014 4:33 pm, editado 1 vez


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Re: That's the only way to get the flavour ♔ Emily & Layla

Mensaje— por Invitado el Vie Mayo 23, 2014 2:27 pm

Feliz y relajada al ver que Emily aceptaba el trozo de papel donde había escrito su nombre y su teléfono -junto a un pequeño corazoncito-, perdió su mirada al frente, a los humanos que estaban sentados delante de ellas. Todos tenían las mismas caras largas y el mismo gesto de monotonía y aburrimiento. Éso exasperaba a la francesa. ¿Qué le pasaba a todo el mundo? Vivían tan atados a su mortalidad que se les olvidaba el hecho de que su vida pasaría y pesaría, y ésto significaba que no iban a tener todo el tiempo del mundo para hacer lo que más les gustase. Pero ¿por qué no aprovechaban los minutos que les ofrecía el reloj? Seguramente éso era lo que les hacía estar tan apagados y frustrados. Y éso era malo para ella, porque le quitaba incontables ocasiones de conocer gente interesante por Nueva York. Claro que si estaban así de sosos, mejor no conocerles. A saber cómo serían en una fiesta o simplemente en una reunión chic en una cafetería. Retorció un mechón de pelo entre sus dedos mientras escuchaba a Emily, que parecía estar bastante arraigada en el hecho de pensar que era una "sosa-aburrida" como los demás cuando en realidad su mundo le resultaba totalmente fascinante a Layla. Obviamente desconocía la naturaleza de la que provenía la chica, y probablemente tuviese que abandonarla dentro de unos años, porque se supone que Layla era eterna y si Emily veía que no envejecía empezaría a sospechar. ¿O tal vez debía decirle a su nueva amiga que estaba compartiendo asiento en el metro con una no-muerta? Pero ¿y si era un Nefilim? Le abriría el cuello en menos de dos segundos y acabaría con una estaca y un ajo en la boca. Pero si era una Nefilim debería haberse dado cuenta ya, con lo cual había descartado ésa opción hace varios minutos.

-
¿Gatos? - giró bruscamente el cuello cuando Emily dijo la palabra mágica. Se había cruzado con la persona más amante de los animales (y especialmente los gatos) que había pisado el mundo -. ¡Me encantan los gatos! - su sonrisa se ampliaba por momentos -. ¿Sabes? Cuando llegué a Nueva York pensaba que estaba condenada a vivir sola en una casa gigantesca, sin nadie ni nada que me hiciese compañía, pero encontré a una pequeña gatita en la calle y me la quedé. - La historia de cómo había conseguido que Kimball comiese de su mano era bastante larga, porque al principio el animal siguió sus instintos de arañar, morder y bufar. Hasta que Layla no le ofreció comida un par de veces, la gatita no confió del todo en ella. Ahora a su jardín acudían todos los gatos de los que Kimball se hacía amiga para que les diese de comer -. Ha atraído a todos sus amigos a mi jardín y tengo que darles de comer a todos - rodó los ojos. Gastaba más en Whiskas que en Maybelline y ésto para una adicta al maquillaje y a la moda como ella era totalmente impensable -. Es irónico, ¿verdad? Tengo diecinueve años y ya estoy viviendo sola y rodeada de gatos - esbozó una amplia sonrisa. En realidad no es que le importase demasiado, es que había leído en varias ocasiones que las viejas a las que no quería nadie acababan tiradas en un sofá viejo y destartalado, con una botella de anís maloliente y con un montón de gatos alrededor. Incluso había visto en una serie de dibujos animados amarillos una mujer que se dedicaba a lanzarles gatos a todo el mundo -. ¡Seguro que dibujas muy bien! Cuando sea famosa te encargaré un retrato - se mesó el pelo. Por supuesto, Layla tenía afán de famoseo y estaba segura de que algún día lograría la tan ansiada fama. Así que, ya que iba a tener una amiga guay, ¿por qué no tenerla de asesora de imagen y tener un primer retrato? Como aquella mujer del Titanic, seguro que se conservaría siglos y siglos y se revalorizaría.
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Completamente ignorante a las divagaciones que tenía Emily sobre su identidad real mientras ella hacía sus propias reflexiones, ninguna de las dos pareció reaccionar hasta escuchar la voz de la otra. Se sorprendió por la expresión de Layla cuando mencionó que le gustaban o que hablaba habitualmente de gatos, y le sonrió abiertamente cuando le dijo que le encantaban, amén de aquel que había recogido. Tuvo que reírse al imaginarse a todo el séquito de felinos entrando en el jardín siguiente a una minina regordeta y de mirada avispada en aras de recibir la comida de parte de la dueña de su líder. Resultaba una escena cómica; todos en fila mirándola con sus ojillos aviesos y hambrientos. Pensó en sus dos pequeñines, Pi y Milú, trayendo también a toda una retahíla de amiguitos, y no pudo evitar morderse el labio inferior al imaginarse a Dina persiguiéndoles a escobazos para espantarles de la casa.

No lo digas como si fueses a parecer una vieja —comentó, divertida—.  De hecho tú sólo tienes una, ¿no? El resto son añadidos. O más bien gorrones, diría yo.

Se fijó de nuevo en la estación en la que estaban. Cada vez quedaba menos. Generalmente no le importaba pasarse una o dos porque no paraban realmente lejos de su apartamento, pero ya era muy tarde por la noche como para volver sola andando a esas horas. Que la última vez que había cometido semejante locura había terminado envuelta en la lucha de un nefilim que se enfrentaba a unos demonios y… Ya era historia. Pero el miedo helándole la sangre, el odio motivándole a continuar, resultaba bastante difícil de olvidar. Una punzada le recorrió al mirar de nuevo a Layla; si era una subterránea no tendría problemas. Pero, ¿y si no lo era y alguien le atacaba? Ella podía protegerla hasta cierto punto pero…

Guardó el suspiro que le nació de dentro cuando alabó su obra sin conocerlo. Tuvo que reírse entre dientes con lo del retrato. Bueno, no era lo suyo precisamente, ni lo que mejor se le daba, pero no era mala tampoco haciéndolo, para que mentir. Lo peor de todo lo referente al fracaso de su vida como dibujante es que sabía perfectamente que no era mala; evidentemente tenía días mejores y días peores, en los que no sabía hacer ni una O con un canuto, pero por lo general podía defenderse; bastante bien, de hecho. Sin embargo a nadie parecía gustarle, salvo a sus amigos y conocidos.

Abrió su bolso para extraer de él la libreta que siempre llevaba. Hojeó entre sus páginas hasta dar con lo que buscaba, girándolo hacia ella para mostrarle el último retrato que le había hecho a su abuela, del que se sentía secretamente orgullosa. Estaba sentada en la mesa de la cocina, con el pelo recogido, la mirada cansada, las arrugas rodeando sus ojos, su boca, sus labios sonrojados y una taza de café humeante entre las manos, con la mirada perdida en el horizonte. Le había gustado especialmente porque había conseguido plasmar el sopor, casi el dolor en sus pupilas, amén de hasta la última cana que volvía gris la que antaño había sido una bonita melena castaña.

Si te gusta cómo lo hago estaré encantada de hacerte retratos cuando seas famosa, Layla. Al menos alguien me permitirá trabajar de lo que me gustaría —comentó con un deje hastiado en la voz, casi melancólico—. Además, tienes pinta de ser una modelo fantástica. Pero queda terminantemente prohibido retratarte o con tu manada de gatos y deberías atender a mis exigencias —aclaró, como si fuesen a cerrar el trato en breves, sonriéndole todo el tiempo y dejándole la libreta en las manos—. Puedes ver el resto, si quieres.

Había un par de dibujos de Pi y Milú: en el suelo jugando, dormiditos, mirando a través de la ventana; también estaba alguno más de Dina, de Charlie, con sus pecas, y de Sarah con el mandil de la cafetería. Algunos paisajes de Central Park, con gente corriendo, paseando mascotas. El dibujo inacabado del día en que se había reencontrado con Jackson de la abuela y la niña. Uno del propio Jackson, tal y como ella lo recordaba cuando era adolescente y los cambios que había visto en él. Uno de Sandor. Y un paisaje que había visto en una fotografía en tumblr.

Por cierto, ¿tu parada está muy lejos todavía? La mía aún tardará unos minutos en llegar, pero tampoco queda demasiado.


OFF ROL:
¡¡Siento la tardanza!! Es que estaba completamente OUT este finde D: Espero que te guste, de todos modos.


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Re: That's the only way to get the flavour ♔ Emily & Layla

Mensaje— por Invitado el Mar Mayo 27, 2014 2:36 pm

Probablemente si la sangre de las venas de la vampiresa aún cumpliese sus funciones, ahora mismo habría dos redondeles bien difuminados en su cara, a la par de su sonrisa. Pero Layla tenía que simularlos con un poco de colorete y algo de maquillaje para no parecer lo que precisamente era: una muerta. No le daba vergüenza admitirlo, en absoluto, pero si lo decía de buenas a primeras, probablemente Emily saltaría de su asiento y huiría como alma que lleva el diablo. La amistad debería ser un poco más profunda como para confesar algo así. O quizás no. Quizás lo mejor para todos era que la francesa jamás desvelase que estaba muerta y que no se trataba de una criatura precisamente agradable. Así Emily seguiría interesándose por ella. Y no era mentir, sino ocultar la información. Le gustaba más considerarlo así. Respecto a las formas de disfrutar la vida, bueno... a Layla no le quedaba más remedio que aprender de todo lo que pillaba para no quedarse atrasada, y es que Layla había procurado no ser de aquel tipo de vampiros que se ceñían a su época y se negaban a admitir que su tiempo ya había pasado, y que debían abandonar el siglo XX para adaptarse a las nuevas modas. En realidad, lo que le encantaba a Layla el siglo XXI era indescriptible; disfrutaba de todos los adelantos tecnológicos -como su iPhone, su MAC y todas las novedades referentes a ellos-, le apasionaba la moda de la gente de aquel siglo -y todos sus diseñadores-, el maquillaje -adiós a echarse talco y plomo en la cara, éso seguro tenía que pasat factura- y la gente tenía una mentalidad mucho más abierta y se preocupaba mucho menos por las cosas. Aunque el hecho de tener una mente más dispuesta a todo tampoco era bueno en algunos sentidos: los mundanos no encontraban término medio, o eran demasiado liberales o demasiado intrínsecos. En cualquier caso, a Layla le apasionaba dibujar. No es que lo hiciese precisamente bien, claro, porque el tiempo dedicado a dibujar lo hacía para diseñar sus vestidos, zapatos y complementos, pero sabía apreciar el arte y el talento cuando los veía. Admiraba realmente a las personas que sabían dibujar y disfrutaban con ello. Auguraba un buen futuro a Emily gracias a ésto. No pudo evitar esbozar una sonrisa mientras miraba el dibujo.

-
Todos los gatos que hay en casa son pequeños amiguitos. Supongo que Kimball y yo acabaremos entendiéndonos. - Y es que la gatita, por muy revoltosa que fuese, era la única compañía que tenía Layla en casa. Podía entretenerse en peinarla y perfumarla, al menos. Y si a Emily le encantaban los gatitos también, a lo mejor le podía "encasquetar" alguno en alguna ocasión, como su cumpleaños o algo así; sin maldad ninguna, es que así mataba dos pájaros de un tiro. Pasó las páginas para continuar viendo los dibujos y se detuvo en un paisaje que llamó poderosamente su atención -. Si no te aprovechas de tu talento, acabaré enfadándome contigo... ¡son preciosos! - ¿De dónde les vendría la inspiración a aquellas personas? Layla pensaba que, al tratarse de humanos, sabían apreciar con más precisión aquellos pequeños detalles. Layla sólo tenía buen ojo para peinados, complementos y moda, porque sabía que le quedaba toda la eternidad para fijarse en lo demás. Y aunque Emily la retratase ahora, no cambiaría para nada aunque pasaran miles y miles de años -. Oh. Ehm... -¿Cómo decirle a Emily que su plan ahora mismo no era ir a casa, sino irse a un bosque a cazar? Hacía dos días que no bebía sangre y la necesidad acuciaba, por muy poco chic que ésto sonase. Y probablemente tuviese que pararse donde mismamente lo iba a hacer la peliazul. Era la parada más cercana a la salida hacia el bosque y la reserva natural. Por Dior, ¿qué haría ahora? Emily no podía verla desaparecer entre los árboles; la tomaría por un bicho raro -. La verdad es que no voy a casa, ¿sabes? Voy a... ehm... a casa de mi abuela, sí. Tiene una casa en la reserva natural de Nueva York y he de hacerle una visita. No se puede descuidar a nuestros mayores - esbozó una de sus encantadoras sonrisas, mientras esperaba fervientemente que colase su excusa improvisada. Layla no había conocido a sus abuelos, sólo a algunos vampiros bastante mayores que solían frecuentar el aquelarre de sus padres; y en ésos casos ellos estaban bastante lejos de comportarse como los abuelos con sus nietos. Resultaba curioso ver a una persona congelada en sus sesenta y tres años saltando de rama en rama para perseguir a un ciervo y desangrarle para saciar su sed. Tendió de nuevo sus preciosos dibujos a Emily, tal vez con un poco de nostalgia: le hubiese gustado verlos un poquito más, pero dentro de poco su trayecto llegaría a su fin. Sólo esperaba que Emily estuviese convencida de la pequeña mentira que le acababa de montar, porque no se le ocurría nada mejor. Era demasiado pésima mintiendo, llevaba tatuada la palabra: "sinceridad" en la frente, le doliese a quien le doliese.

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Aún así, demasiados gatos, pensó Emily, cuando Layla le comentó que todos eran pequeños amiguitos. Quizás eran sicarios de su propia felina para hacerle la vida imposible a su nueva dueña. Aquella idea le hizo reírse un poco entre dientes. Desde luego, visitaba demasiado tumblr. Debía dejar de hacerlo, porque las ideas más locas y absurdas que tenía se le ocurrían por lo que la gente compartía en ese infierno absorbe vidas. Recordó la marcha musical de los gatitos que Charlie había compartido hacía un par de días como broma por haber adquirido a los suyos y tampoco le fue mucho mejor para intentar detener las carcajadas que querían nacerle de dentro al imaginar a Layla rodeada de cientos de mininos tocando diferentes instrumentos, volviéndola loca con cada acorde nuevo.

Definitivamente algo andaba mal en su cabeza.

Sonrió con timidez cuando comentó que sus dibujos eran preciosos. El resto del mundo no parecía estar tan a favor de las palabras de Layla como ella misma.  Por supuesto seguía intentándolo, y cada cierto tiempo volvía a presentarse a entrevistas de trabajo para conseguir cumplir su único sueño; incluso se conocía ya a las secretarias de algunos sitios porque había pasado tantas veces a solicitar trabajo que incluso la habían invitado a café. Pero ahí quedaba todo. En algunos dulces y un vaso de bebida tan amarga como sus respuestas.

Intento aprovecharlo, pero al parecer a ninguna editorial le valgo como ilustradora porque los suyos son mucho más talentosos… o cobran menos y llevan más años. No lo sé —suspiró pesadamente, casi con tristeza—. Pero gracias por tus ánimos. Siempre es bonito que alaben el arte de una.

Cuando vio la duda recorrer su rostro ante la sencilla pregunta que le había hecho, la sensación de que era una subterránea se acrecentó. O eso, o tenía muchos y oscuros secretos, porque estaba claro que había algo que no podía confesarle; ella misma había tenido que aprender a ponerse esa máscara siendo muy niña, y evidentemente las primeras veces había fallado tan estrepitosamente como lo estaba haciendo Layla.

Pero aún así, no dijo nada, porque la comprendía demasiado. Entendía lo que era tener que aparentar normalidad en un mundo que podía absorberte, porque no se le pasó por la cabeza que quizás era ella la que vivía intentando devorar al mundo, a pesar de que sabía que existían seres plenamente malignos —por el origen de su padre, una parte de ella era oscura, retorcida, pero la candidez de Dina había conseguido que se apalancase tan profundamente dentro de sí que no saldría a no ser que algo demasiado traumático la liberase—. Pero nunca pensaba que algún día podría toparse con alguno tan abiertamente, como en un metro. Además, Layla no le transmitía ningún tipo de temor, como había sentido con los demonios que la habían perseguido por las calles de New York la noche que conoció a Christopher… y a Adhara. Se estremeció sólo al pensar en ella. Por favor, rezaba porque Layla no fuese un hada. No le gustaban demasiado las hadas.

No, realmente no se puede —añadió, sonriéndole amablemente mientras volvía a guardar su libreta. No iba a acribillarle a preguntas ni a juzgarle por mentir; a fin de cuentas, ella tampoco contaba nunca la verdad sobre sí misma—. Te entiendo bastante bien. Por eso yo he de volver a casa con la mía. No me gusta demasiado dejarla sola por las noche y ya es tarde. Yo me bajo unas pocas paradas antes de la que está más cerca de la reserva natural; generalmente en Central Park o en la siguiente; pero si quieres puedo acompañarte un poco más allá y no te quedas sola mucho más tiempo. —Le sonrió. No era como si la estuviese vigilando o algo por el estilo; sus motivos tendría para ir a esa zona. Además, tampoco quedaba tan lejos de casa como otras. Simplemente... bueno. No le importaba hacerlo.


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Re: That's the only way to get the flavour ♔ Emily & Layla

Mensaje— por Invitado el Miér Mayo 28, 2014 5:13 pm

Qué mal le sentaba mentir a la gente que le caía bien. Se sentía como si ellos le hubiesen dado algo bueno como era esa confianza ciega que te ofrecen al conocerte y ella la estuviese arrojando al retrete y tirando de la cadena. A Layla ya le había pasado varias veces; cuando decidió abandonar su "nido" y huir de sus propios padres, por ejemplo. No había sido una decisión fácil para ella, pero no se arrepentía de ello. O al menos éso se esforzaba en repetirse a sí misma una y otra vez, cuando los recuerdos atacasen su mente quitándole la paz y la tranquilidad a la que estaba acostumbrada. Cada segundo que pasaba, su lengua se hacía más pesaba y más inquieta, señal de que la necesidad de beber sangre la estaba acuciando con más intensidad. Siempre procuraba que ésto no le sucediese en sitios públicos, más que nada por el hecho de que sus pupilas se expandían y sus llamativos ojos azules se teñían de un color azabache mate que asustaba a cualquier persona. Por desgracia no era algo que la francesa pudiese controlar a su antojo, y por ello no pudo evitar que le empezase a suceder ahora mismo. Ella podía notarlo, así que retiró la mirada de Emily y la fijó en el suelo sucio y lleno de papeles, latas arrugadas y huesos de fruta. Si Emily veía ahora lo que le sucedía, seguro que se asustaría y saldría corriendo a contarle a todo el mundo lo que había visto; ¡y le crearía una horrible mala fama! Éso sería totalmente perjudicial para ella y para su famoso futuro. No creía en la maldad de Emily, pero sí en el miedo que movía a las masas de gente, y el morbo que les provocaba aquellas historias de monstruos y ésas cosas. Endureció los labios. Emily parecía diferente, no parecía de ése tipo de personas sensacionalistas que buscasen la fotografía de un vampiro para venderla al periódico de la mañana. A pesar de ésto, a Layla no se le pasaba por la cabeza contarle nada. Quería ser su amiga, y debía ocultarle aquel pequeño detalle si quería continuar con aquella relación.

-
Qué tierno... no dejas a tu abuela sola... - había un tiempo en el que Layla tampoco estaba sola. En el que sus padres la cuidaban como si fuese el tesoro más preciado del Universo. En parte debía de ser así, porque se suponía que era carne de su carne, ¿no? Aunque la carne estuviese muerta y por dentro no hubiese ningún tipo de órgano cumpliendo su función -. Si te apetece, puedes acompañarme, pero no es necesario - esbozó una de sus amplias y amables sonrisas, tan características en ella; y, sin querer, sus ojos se chocaron con los de la peliazul, dejando al descubierto el oscuro que se había producido en ellos. En cuanto fue consciente, Layla giró bruscamente la mirada, apretando los párpados como si eso fuese a conseguir algo -. ¡Uy, las lentillas! - se excusó -. Nunca compres lentillas a Alain Afflelou, ¿sabes? Tengo una infección en los ojos y... - Sus excusas sonaban cada vez peor, pero ¿qué otra cosa podía hacer?
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Bueno, no podría aunque quisiese porque vivimos las dos solas —añadió, toqueteándose los dedos entre sí; hablar de ese tema siempre la hacía sentir incómoda—. No tengo padres ni tampoco tengo dinero suficiente para independizarme, y aún así, creo que no lo haría de momento. No me gustaría dejarla sola.

«No en esta ciudad llena de locos, vampiros, hombres lobo y hadas asesinas» pensó con cierto cansancio. «Ojalá este mundo fuese más normal…»

Le sonrió a Layla cuando ella le dijo que podía acompañarle si le apetecía un poco más en el trayecto, y si tuvo alguna duda de su ascendencia no humana, desde luego desapareció por completo al ver que los ojos le habían cambiado de color a un tono más oscuro, casi negro, que evidenciaba claramente que ella no era humana. Giró el rostro en otra dirección mientras ella se excusaba, notando los nervios vibrarle a flor de piel. Tragó aire profundamente, intentando que los nervios no se apoderasen de ella al completo. Un vampiro… Era un vampiro. No tenía duda alguna, porque las hadas poseían alas, además de otras anormalidades en la piel, y los licántropos se transformaban en luna llena, aunque ignoraba si podían convertirse a voluntad, pero aquello parecía ser algo que se escapaba del control de Layla. Los demonios no perdían el control de su forma, o eso creía, y los elfos… Nunca había visto un elfo, pero probablemente no tenían los ojos oscuros como ónices.

Se obligó a calmarse. ¿Y qué esperabas, Emily? Vives en una ciudad llena de criaturas como tú, con la diferencia de que, por lo general, algunos escogieron serlo y otros no. Pensó en Mishka. Él era un buen chico. Y Layla había sido amable. Podía haberla seducido para beber su sangre si hubiese querido, pero no lo había hecho. Sólo se había sacado fotos, la había invitado a cenar y le había dado su teléfono. ¿Qué clase de depredador te da su teléfono? De pronto, el que se dirigiese a la reserva natural tenía muchísimo sentido. Poco a poco fue moviendo la cabeza en su dirección; continuaba con los párpados apretados y esperando su respuesta. ¿Qué clase de asesina ocultaba su condición de una forma tan torpe y poco elegante? Tuvo que reírse entre dientes, en parte por los nervios, en parte porque esa situación de verdad le hacía gracia. Layla no era nadie temible, al menos para ella. Por el contrario, seguía resultando hasta graciosa.

Desde luego tienes una pinta horrible ahora mismo con los ojos hinchados —le siguió la corriente. Continuaba algo nerviosa, pero poco a poco se diluía. No sabía si se daría cuenta de que se había percatado de su condición y que intentaba hacerle aquello más fácil, o si lo achacaría a su mentira, pero lo que tenía claro era que si ella no quería hablarle de su naturaleza, no iba a obligarle—. Yo que tú denunciaría a los de la óptica por venderte unas en tan malas condiciones.

En ese momento debía de estar sucediéndole algo. Quizás era la sangre, que necesitaba sangre. ¿Sería oportuno, entonces, que continuase viajando a su lado? Sin embargo se había ofrecido a hacerlo, al menos un par de paradas más, y si al final su instinto le fallaba y Layla terminaba atacándole, sólo tenía que poner la barrera en alza y ella saldría disparada al otro lado del tren, probablemente. No es que fuese especialmente sutil, pero tampoco podía darse el lujo de que un vampiro le chupase la sangre, por muy bien que le hubiese caído de buenas a primeras.

«Siendo… siendo de la sangre de Lilith» aquel pensamiento le hizo hervir por dentro, «¿será la nuestra más deliciosa para ellos?»

¿Quieres que salgamos en la próxima para que te dé el aire, o prefieres que sigamos y llegamos más rápido?

Debía reconocer que no era su mejor plan. Dejarla en un tren aislada con ella sola o sacarla al exterior donde había más gente. Aunque a esas horas, la verdad, sólo estarían transitando los que salían tarde del trabajo y algún que otro remolón.


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Re: That's the only way to get the flavour ♔ Emily & Layla

Mensaje— por Invitado el Vie Mayo 30, 2014 4:32 pm

Era cierto que la necesidad de beber sangre muy de vez en cuando llegaba a ser molesta, pero como no renunciaría a su propia naturaleza a cambio de nada, no le molestaba hacerlo. Todo tenía un precio, ¿no? Y seguro que había miles de animalejos por ahí como para causar una extinción en uno de sus antojos. Además, casi nunca era capaz de beberse más de un ciervo o un jabalí, porque siempre procuraba llevar su sed de sangre a rajatabla, precisamente para que estas cosas no le sucedieran. Nunca había probado la sangre humana -y tampoco tenía curiosidad, viendo el panorama que tenía por delante en el buffet humano-, así que tampoco sentía necesidad de ir descuartizando personas por la vida. Le parecía poco adecuado y poco glamouroso. Los vampiros eran más viejos que aplaudir en el cine, ¿por qué no encontraban métodos menos arcaicos y llamativos para saciar su sangre? Era del todo inverosímil, parecía que querían quedarse arraigados en sus costumbres pasadas y no evolucionar jamás. Claro que... qué se podía esperar de unos seres que no tenían miramientos en clavar su boca en una yugular para beber del líquido de la vida. Si al menos conociese un solo vampiro al que no le agradase verse como un monstruo, a la francesa aún le quedarían esperanzas de que su raza no se había echado a perder. Recordaba cómo sus padres la habían enseñado en mitad de un bosque a abrir un conejo para encontrar la sangre más dulce de todo el cuerpo, y no sólo beber de la que transportaba los residuos corporales, que al final era un hastío y te sentaba mal. Rodó los ojos. De acuerdo, a lo mejor no tenía los recuerdos que tenían todas las chicas con sus padres de pequeñas, haciendo puzzles en una tarima en el suelo o jugando a las muñecas, pero tampoco recordaba ningún acontecimiento de sus dieciocho años hacia atrás; todo era un gran vacío para ella. Según sus padres, al convertirse en un ser nocturno, había renegado de sus recuerdos humanos para hacer menos amargo el trauma. No les culparía por haberla transformado, ella hubiese hecho algo parecido por una persona que le importase demasiado; aunque de momento nadie se había ganado ese puesto en su cabeza.

Alzó la mirada, aún con los ojos difuminados en color negro, hacia Emily, tratando de transmitirle algo de confianza. Seguro que estaba asustada, o al menos éso sería lo normal después de haber descubierto tal horror en una persona. Aunque, por otra parte, Emily parecía estar siguiéndole el rollo, lo cual le resultaba confuso a la par que curioso.

-
Oye... no voy a comerte, ni nada parecido - quiso aclarar, aunque solo fuese para quitarle un poco el miedo del cuerpo, que notaba que estaba un poco asustada. El hecho de que fuese un monstruo no quería decir que fuese como aquellas lujuriosas vampiresas que se dedicaban a aprovecharse de su físico y sus poderes para encandilar a cualquier viandante desprevenido -. Soy vegetahumana - aseguró después con una amplia sonrisa. No estaba segura de si se decía así, pero por si acaso, ya tenía una palabra con la que definirse a sí misma cuando le preguntasen por lo rara que era -. No me van mucho esas costumbres de... bleeeeg, y ésas cosas - hizo el gesto de levantar las manos a lo Drácula, fijar la mirada como una loca y sacar la lengua como si de una zombie se tratase. Prefería hablar claro antes que seguir por las ramas, le parecía bastante incómodo y nunca tenía reparos en nada, para qué -. No te digo que no me tengas miedo, porque no me creerías, peeeero... no hace falta que te cuides de mí. Yo te cuidaré de los demás - aseguró, convencida. Tenía claro que Emily le había caído muy bien, y no dejaría que ninguno de aquellos pesados se lanzase a su cuello a por sangre inocente. Seguro que podría hacer algo al respecto, aunque fuese enfrentarse a ellos.
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Tuvo que reírse. Le fue imposible no hacerlo con la ‘realista’ interpretación que Layla hacía de los que, al parecer, eran realmente su propia raza. Desde luego no era una vampiresa demasiado típica, y no sólo porque le importase más su manicura que beber sangre de personas, si no por su forma de expresarse, de actuar, de pensar. Parecía no estar anclada en la edad que tenía —que Dios sabía cómo de vieja era, ahora que lo pensaba— sino en la edad que aparentaba tener: unos escasos dieciocho años. Le preocupaba la moda, ser famosa, divertirse por las noches… Casi parecía una adolescente de verdad.

Luego le sonrió con dulzura impresa en los labios y en los ojos. Ella le cuidaría de los demás. Sintió realmente un arrebato de ternura para con ella, que de verdad se estaba preocupando por su persona cuando acababa de conocerla. ¿Se comportaría igual si supiese que, como ella, tampoco era humana? A lo mejor estaba buscando amistades más normales y por eso se le había aproximado, aparte de por su pelo. O por ambas cosas. Qué rara era… Nunca había conocido a nadie que se interesase por ella por sus tintes ni pensase que era guay sólo por ello. ¡Y la primera que lo hacía era un vampiro! Si no fuese porque vivía en un mundo completamente loco, pensaría que todo aquello era completamente surrealista.

Bueno, no sabes cómo me alivia saber que no eres de esas que hacen… bleeeeg —la imitó, todavía con la sonrisa de oreja a oreja—. ¿Vegetahumana? Eso suena mucho a Crepúsculo —se rió, sintiéndose un poco más tranquila. Continuaba nerviosa, pero al menos se estaba concienciando que realmente no quería hacerle ningún daño—. Tranquila. Es decir, claro que estoy algo asustada. No estoy acostumbrada a tratar con… gente como tú pero… eres muy amable, Layla. Muchas gracias. Sobre todo ya sabes, por no —usó dos de sus dedos para imitar a sus colmillos y clavárselos en el cuello. Incluso puso los ojos en blanco para hacer más verídica la situación.

Cuando terminó con su magnífica actuación que le habría valido un premio en los Oscar, recobró la compostura supuestamente propia de alguien de su edad y colocó las manos sobre el regazo, algo pensativa.  ¿Debía de decirle lo que era ella? Layla había confiado en su persona cuando había podido continuar con su mentira, que era muy mala, pero era más fácil de llevar que la realidad. Se había arriesgado a confirmarle que no era humana sólo porque le había seguido la corriente. Suspiró. Bueno, si había podido soportar aquel shock con Mishka, desde luego podía hacerle frente a Layla, con su entusiasmo y su carita sonriente. Seguía siendo duro para ella hablar de su naturaleza, pero al menos, se dijo, ambos eran subterráneos. Eran como ella. No saldrían corriendo por saber que tenía poderes y cola de gato, aunque pensaba reservarse el derecho de admisión con respecto a eso. Su apéndice era algo muy personal que le hacía sentirse más vulnerable que la propia desnudez.

De modo que, armándose de valor, respiró profundamente y se giró hacia la muchacha, pasando los ojos por el panel que llevaba la cuenta de las estaciones. Acababan de pasar Central Park.

Lo cierto es —empezó, mostrando en las manos inquietas que se encontraba nerviosa— que podría apañármelas más o menos con los demás. —Tragó lentamente—. Yo… tampoco soy tan normal como parezco. Yo…

Pensó que una demostración era más útil que las palabras; a fin de cuentas, no le había dicho a Mishka directamente que era una bruja, sino había sido él quien había preguntado. De modo que extrajo su móvil de su bolso y, percatándose de que nadie les estaba mirando en ese momento, le hizo tener vida. El artefacto se irguió solo sobre la palma de su mano, comenzando a arrastrarse lentamente hasta llegar al filo de los dedos; en ese momento saltó hacia el regazo de Layla, donde volvió a tumbarse, inerte otra vez. Le sonrió nerviosa.

Puedo hacer cosas así —finalizó con un hilo de voz.


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Re: That's the only way to get the flavour ♔ Emily & Layla

Mensaje— por Invitado el Sáb Mayo 31, 2014 8:00 pm

Sonrió. Layla no era capaz de hacerle daño a nadie, sobre todo porque pasaba más tiempo preocupándose por sí misma que por los demás; pero éso no significaba que estuviese dispuesta a defender con uñas y colmillos a alguien que le importaba. Aún no había tenido amigas íntimas en sus sesenta años, y ahora que había decidido empezar desde cero, creyó que había sido una especie de "señal" para empezar a relacionarse. Lo primero que había decido era que quería una "chupipandi"; sí, un grupo de amigas con las que salir por ahí de fiesta a sitios glamourosos, con las que intercambiarse colores de pintauñas y hacer fiestas del pijama con guerra de almohadas incluida. Y, efectivamente, se había puesto a la tarea en cuanto había tenido oportunidad. A todas las chicas que le habían llamado la atención se había dedicado a hablarles y a ser supersimpática con ellas. Además, Emily era un encanto y no se la veía maldad por ninguna parte, lo cual sumaba puntos para una posible amistad. La francesa se alegró de que no se tomase demasiado en serio su condición vampírica, cualquier persona que no fuese una fanática enfermiza hubiese huído o al menos se hubiese levantado de su asiento en el metro y se hubiese largado con una anécdota más que contar; curiosa donde las hubiese. Y lo que hizo la peliazul a continuación fue lo que dejó a Layla con la boca abierta. ¡Emily tampoco era una humana! Es decir, desde pequeña Layla sabía que existían más razas de subterráneos y que no estaban sólo demonios y vampiros, también existían los brujos. Y con tal demostración, Emily dejó claro que se trataba de una bruja. Layla contempló cómo aquel pequeño teléfono móvil cobraba vida y se trasladaba desde la mano de su dueña a su regazo. Instantáneamente una sonrisa se iluminó en su cara y miró a Emily:

-
¡Oh! Tú también eres... quiero decir... ¡qué guay! - se abstuvo de decir las "palabras mágicas, por el hecho de que estaban rodeadas de mundanos y no quería meter la pata -. ¡Es muy guay! Ya no hay tantos secretos entre nosotras - decidió. Bueno, siempre estaban aquellos pequeños detalles que no sabías de la otra persona, pero, ¿qué habría más oscuro que aquello? Se habían cruzado dos personas subterráneas, y encima se habían entendido genial e iban a ser amigas para siempre -. Y... ¿conoces a más criaturas como yo? - quiso saber.

A lo mejor Emily llevaba una intensa vida social, paralela a su timidez. Quizás pertenecía a algún tipo de aquelarre o algo así, quién sabía. Después de saberlo, seguro que no estaba tan sola como aparentaba. Esperaba que todos los brujos con los que se cruzase fuesen tan majos como ella. Fijó su vista en las paradas del metro; en la siguiente debería bajarse si no quería darse un pateo hasta el bosque más cercano para tener algo de comer que saldase su sed sanguínea, al menos durante un día.
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La primera vez que Emily había dado vida a algo había sido siendo muy pequeña: unos tres años, más o menos. Había estado llorando toda la mañana porque se sentía muy sola y Dina no podía ocuparse de ella porque estaba demasiado ocupada corrigendo unos exámenes. Al quedarse las dos solas había decidido cambiar de profesión y entrar en un instituto como profesora fija durante las tardes para poder ocuparse de ella más tiempo y traer un sueldo más estable a la casa, porque la pensión de su marido no daba para tanto y ya no tenía a Susan trabajando en una tienda de ropa los fines de semana.

En aquella época aún creía que Dina era su madre de verdad, lo recordaba perfectamente. Tardaría aún algún tiempo en saber que había sido abandonada al poco de nacer, aunque Emily siempre había considerado que en realidad Susan la había rechazado nada más verla tras dar a luz. Se había pasado todo el tiempo pegada a ella, intentando convencerla para jugar, y cuando había visto que su insistencia no daba resultado, se había marchado a llorar a su habitación, caprichosa. Dina había sentido mucha pena por ella porque aún no iba al colegio y no podía tener amigos, así que la única compañía que poseía eran sus propios juguetes.

A partir de ese día no fue ningún problema para ella, porque cuando la escuchó reír y fue a ver qué pasaba, la encontró rodeada de muñecos que bailaban en torno a ella, haciéndola sonreír. Dina se tomó un tiempo aún en explicarle que eso no era común en todos los niños para que no lo hiciese delante de los demás. Evidentemente desobedecería llegado el momento, pero nunca pasó a nada más grave, porque tomaron la historia como algo creado por la imaginación de los niños y ya está. Pero aún recordaba con claridad la cara de espanto de sus compañeros de clase cuando había hecho que la mesa anduviese sola unos pocos pasos. Ella había pensado que se alegrarían, que se reirían, como había hecho la primera vez. Craso error.

Por eso, al mostrarle a Layla lo que podía hacer y que ella no la rechazase tan abiertamente, sino, todo lo contrario, que se mostrase ilusionada y sorprendida, fue algo extraño para Emily. Algo nuevo. Porque no había vuelto a hacer cobrar vida a nada delante de nadie desde aquel día, salvo Dina, y su reacción tan positiva la hizo sentirse aliviada. Casi con ganas de llorar.

Asintió cuando le dejó caer que ella tampoco era humana, y sonrió cuando mencionó que ya casi no había secretos entre ellas. Casi, desde luego. Alargó la mano para coger el teléfono en aras de guardarlo de nuevo, porque en breves llegarían a su parada. Se puso de pie, indicándole a Layla que hiciese lo mismo, mientras se aferraba con el otro brazo a la barra de metal que servía para sujetarse mientras el vehículo estaba en marcha.

Dices, ¿de tu ‘gente’? ¿O de ‘nuestra’ gente? —preguntó, especificando, porque la respuesta no era lo mismo para las dos preguntas—. Por si es así, no conozco a más de los tuyos, cosa que agradezco, no te ofendas, pero por lo que sé, no todos son tan amigables como tú. Por otro lado, sí a más de los nuestros. No muchos, porque siempre he intentado vivir algo apartada de todo eso, pero algunos sí he tenido el placer, y también la desgracia, de conocer. También… —bajó la voz—. También he conocido a algunos cazadores. Pero de momento no temo por mi vida tanto como para salir corriendo de la ciudad —bromeó.


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Re: That's the only way to get the flavour ♔ Emily & Layla

Mensaje— por Invitado el Lun Jun 02, 2014 9:10 pm

Se puso también en pie. La verdad es que el hecho de encontrarse con criaturas que también fuesen del bando de la Oscuridad era todo un alivio, así estaba menos sola de lo que pensaba. Torció la boca tratando de mantener el equilibrio en el tren, cosa que no era nada fácil, porque si teníamos en cuenta que Layla ya de por sí tenía un equilibrio pésimo y aquella cosa no paraba de moverse, el resultado era que casi se mataba de la forma más anti-glamourosa del mundo. Bueno, no podía morir, pero era una forma de hablar. Ella se entendía a sí misma y con éso bastaba. Agarró con fuerza la barra del metro a la que se agarraba con cuidado de no deformarla. Layla tenía una fuerza sobrehumana que en contadas ocasiones tenía que controlar para no destrozar el mobiliario urbano; ésto era un poco fastidio pero no le quedaba otro remedio. Gajes del oficio, se suponía. Miró a Emily con una sonrisa de oreja a oreja, notándose más tranquila y relajada que antes, la sed ya era más fácil de controlar y podía oler la de los demás sin ningún tipo de tentación. Por suerte la sangre humana era algo que repudiaba ya de por sí, al parecerle asquerosa y antihigiénica.

-
Bueno... de todo - medio sonrió -. La verdad es que yo no conozco a muchas criaturas, ¿sabes? Todas se reúnen en tugurios para beber sangre y, en fin, un aburrimiento todo - hizo un gesto de desdén y luego se adelantó un paso cuando el metro comenzó a frenar poco a poco -. Si quieres hacer algo guay que no sea pisar ésos estúpidos sitios, llámame, ¿eh? Estaré encantada de invitarte a un té, y ya probarás mi tarta de fresas; yo no la he probado, pero espero que a ti sí que te guste. - Layla no podía comer comida humana, ésto era un hecho, enfermaba con el simple hecho de rozarla con la lengua -. ¡Nos vemos, Emily! Ha sido un placer estar contigo.

Y tras estamparle un enorme beso en la mejilla, en un abrir y cerrar de ojos, la vampiresa se disipó. No es que se hubiese transformado en un murciélago ni nada parecido, pero había salido corriendo. Cuanto antes comiese algo, antes podría volver a casa para prepararse y salir a dar una vuelta.

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Emily se rió entre dientes al ver cómo Layla intentaba mantener el equilibrio de pie junto a ella. Al parecer le costaba no precipitarse contra el suelo mientras el metro estaba en marcha, casi como a una niña pequeña. La imagen le inspiró cierta ternura que se reflejó en su mirada y en su sonrisa, que intentó ocultar para que no atraer pensamientos indeseados para ella. Se reprochó a sí misma su incapacidad para pasar página sobre ese asunto, aunque no era de extrañar; su propio pelo azul era una muestra de ello. De la Emily que no soportaba ser lo que era.

Layla, no todos se reúnen a beber sangre —comentó, divertida.

Al menos que ella supiese, no todos los subterráneos se alimentaban de eso. Ni los brujos, ni los licántropos, mucho menos los elfos o las hadas. Dina le había hablado un poco de otros de su especie, y desde luego nunca había comentado nada por el estilo. Debía de referirse a los vampiros, directamente, porque si no, no lo comprendía. La conclusión que sacó era que a Layla no le gustaba demasiado la sangre humana, y mucho menos a reunirse con el resto de los de su raza para compartirla, para, por decirlo de una forma coloquial, ‘ponerse las botas’.

No me van esos lugares, tranquila —volvió a decir entre risas—. Oh, tarta de fresa. Es un buen aliciente. —No la conocía pero ya sabía cómo asegurar que en algún momento fuese a verla. Le pareció curioso que cocinase si no podía comer alimentos humanos—. Una pena que tú no puedas probar la mía.

Se despidió de ella con la mano. El beso la dejó un poco desconcertada. ¡Layla tenían muchas cosas humanas, desde luego! Esa efusividad, el ser tan cariñosa, ese entusiasmo por todo… Ni siquiera ella en sus mejores años conseguía mostrarse así ante los demás. Le recordaba un poco a Charlie, solo que más pija que friki.

Salió por la puerta antes de que cerrase y ascendió por las escaleras dando pequeños saltos. Comprobó el reloj, emitiendo un gemido lastimero al ver la hora. Eran casi las once y aún le quedaban por lo menos treinta minutos andando para llegar a casa.  Maldita era la hora en la que se había ofrecido a acompañar un poco más a Layla; al menos sólo se había pasado una parada. Respiró aire fresco al salir al exterior, se introdujo las manos en los bolsillos de su chaqueta e, intentando pensar demasiado en si alguien podía asaltarle en la oscuridad, comenzó a caminar a paso ligero, repitiéndose una y otra vez, ‘como en casa, en ningún sitio’.

Al menos se había llevado una graciosa conocida que le había prometido tarta de fresa.

Algo era algo.


FDR:
¡Lo mismo te digo, Layla! : D


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