07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


27/02 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que la limpieza de este mes de febrero se realizará entre los días 02 y 03 de marzo, para que tengáis tiempo de poneros al día. Así mismo, estimaremos que las noticias del mes saldrán esta misma semana, aunque sabemos que ya vamos con imperdonable retraso. ¡Perdón por las molestias y gracias por vuestra atención!


38 # 40
23
NEFILIMS
5
CONSEJO
11
HUMANOS
9
LICÁNTRO.
9
VAMPIROS
12
BRUJOS
5
HADAS
3
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Una urgencia de última hora. |Ivory Khanstein|

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Una urgencia de última hora. |Ivory Khanstein|

Mensaje— por Desmond Lynch el Miér Jun 11, 2014 9:49 pm

Presiono el puente de la nariz levemente con el índice y el pulgar para darme un masaje mientras escucho con cortés atención la lección de medicina que me está dando la señora que ha venido a verme en los últimos minutos de mi turno, casi a las diez de la noche. Al parecer la buena mujer, que ha venido con su hijo adolescente, quiere que le recete a su hijo prozac para poder estudiar porque eso le iba a ‘estimular las neuronas’, porque era algo que había visto en un programa de la televisión. Me armo de paciencia para asegurarle que el prozac no tiene esa función y que, probablemente, sólo termine haciéndole dependiente del fármaco cuando en realidad el chico lo que claramente necesita es a alguien que le escuche. Pero con una madre que no para de hablar, resulta complicado. Me da bastante pena, pero eso es algo que yo no puedo hacer por él.

De modo que le digo que no puedo ayudarle y que por favor venga cuando tenga un problema serio de salud. Se levanta, muy digna ella, y se marcha ruborizada, farfullando cosas en mi contra. El joven me mira como pidiéndome disculpas antes de levantar la mano para despedirse de mí. Le observo con ojos compasivos y una sonrisa condescendiente mientras me aseguro de que no queda ninguna visita pendiente, ante lo que suspiro profundamente, no sin dejarme caer relajadamente sobre la silla de mi consulta. Adoro mi trabajo, pero cuando tengo que hacer turnos de veinticuatro horas es realmente agotador.

Apago el ordenador y empiezo a recoger mis cosas lentamente, por si acaso llega algún paciente de urgencias que necesite mi atención, pero la suerte está de mi parte, así que ya me he colgado el bolso y he cogido la chaqueta cuando Sam entra para asegurarme que puedo marcharme a casa tranquilamente. Mañana tendré todo el día libre, así que podré pasarlo jugando con Sally e intentando que Eliza me cuente algo de su vida, aunque al final será completamente infructuoso. Me despido de mi mejor enfermera con un beso en la mejilla que le hace ruborizarse y salgo al pasillo, despidiéndome del personal que me voy encontrado. El doctor Stevens, un hombre orondo de color, calvo y con unas enormes patillas, me recuerda que hemos quedado los de medicina general a comer para el domingo que viene, a lo que alego con una sonrisa que no me lo perdería por nada del mundo. La doctora Mayers me da un leve carpetazo en el trasero como siempre que pasa por mi lado, y me sonríe coqueta mientras avanza con la bata abierta y sus generosos pechos al aire gracias al pronunciado escote de su blusa roja.

No tardo demasiado en llegar al parking, introducirme en mi coche y ponerlo en marcha. La expectativa de un baño caliente acompañado de una cena deliciosa hace que mi humor mejore considerablemente. Salgo del hospital a una velocidad buena mientras con una mano enciendo la radio distraídamente. Las noticias del día inundan el silencio del habitáculo mientras paso de una calle a otra para llegar a mi casa, en los suburbios. Nada parece entorpecer mi avance.

Hasta que la veo.

Al principio pienso que no es más que una silueta como otra cualquiera, pero cuando nos vamos acercando, mis ojos se abren en pavorosa sorpresa. Me aseguro de que hay hueco en la zona y aparco apresuradamente en el único sitio que veo: la parada del autobús. Sin abrigo que valga, dejo las luces de emergencia puestas a toda prisa, sin fijarme si alguien viene detrás de mí o entorpezco el paso de algún vehículo público y salgo a la carrera de la persona que está tambaleándose dolorosamente por el pavimento. Consigo hacerme con ella antes de que caiga al cemento de la acera. Es una chica joven que tiene varias heridas y está empapada en sangre; quizás suya, quizás de otro.

Eh, eh. Señorita, señorita, despierte.

Mi voz la trae durante unos segundos al mundo. Sus párpados aletean como mariposas enfebrecidas buscando un sitio en el que posarse, y durante unos segundos el azul de sus irises se centra en el mío. Parece dolorida, asustada. Tremendamente asustada. Y no sé por qué. Intenta zafarse de mi agarre farfullando cosas ininteligibles, como que su señora va a matarle, provocando que frunza el ceño. Prefiero achacarlo a su estado. Mientras sigue balbuceando palabras que no entiendo la reconozco rápidamente; nada de lo que tiene es grave, pero ha perdido demasiado plasma y es eso lo que la tiene tan debilitada. El cómo ha terminado así, es un misterio para mí.

Señorita. Señorita no se duerma, por favor. —La cojo en brazos—. La llevaré al hospital, no se preocupe.

¡¡No!! —su voz alarmada, la claridad de sus palabras y sus ojos brillantes de desesperación me dejan paralizado unos segundos—. No, por favor, no. O la señora me matará.

Está tan aterrorizada que no sé qué hacer. No puedo tratarla aquí en medio. En mi maleta llevo siempre vendas, desinfectantes, aguja, hilo y otras tantas cosas para una urgencia, como el fonendoscopio y el manguito, así que la idea de llevarla a otro sitio no me parece tan descabellada de momento.

Muy bien, tranquilícese. No la llevaré al hospital. —El rictus de alivio que surca su rostro me hace preguntarme qué clase de vida lleva esta criatura—. Dígame donde vive. La llevaré a casa.

La señora no puede verle… No puede verle o le matará a usted también.

No se preocupe. Dígame, por favor.

Entre susurros me da una dirección y raudo la llevó al coche, sentándola en el asiento del copiloto, sobre mi abrigo, que termina manchado de su sangre, aunque eso no importa. Le pongo el cinturón de seguridad y antes que canta un gallo estoy de nuevo al volante, usando el GPS para localizar el sitio que me ha indicado, rezando para que no haya sido parte de su delirio.

Afortunadamente no tardo demasiado en llegar. Aparco de nuevo con rapidez, asegurándome de que no me van a quitar el vehículo por estacionar indebidamente y saco a la muchacha del coche. Rezo para que no me pongan demasiados impedimentos para entrar en el lugar, pero en el momento en que reconocen a la persona que llevo en brazos no son demasiadas las barreras que se alzan ante mí. Una vez que me encuentro en la puerta principal me abren rápidamente dos jóvenes, chico y chica, que me miran temerosos, casi asustados, como si mi presencia fuese algo realmente no grato allí.

Por favor, soy médico, y si no la atiendo pronto puede morir.

Esas palabras parecen hacerles entrar en razón y me permiten el acceso, llevándome a una habitación donde hay una cama y un sofá. Casi no me he permitido deleitarme con el delicioso ambiente de la mansión donde me he adentrado, pero en ese momento mi cabeza está únicamente en la vida que llevo en los brazos, que está sostenida de un hilo muy fino. La coloco sobre el colchón, pido agua tibia y ropa nueva para ella, además de solicitar la presencia de la muchacha que me ha atendido al llegar.

Ayúdame a desvestirla —le pido con voz amable aunque no por ello menos firme mientras me remango la camisa y me quito el reloj. Cuando el agua llega la coloco en la mesita de noche que hay junto a la cama, abro mi kit médico, me lavo las manos en ella con algo de jabón y cojo unos guantes de látex que están impolutos, recién sacados de la caja—. Muchas gracias. Ahora necesito que la sujete mientras me ocupo de ella, por favor, por si se mueve o tiene sacudidas.

Con la paciencia que desarrollé en la facultad de medicina, empiezo a observar sus heridas y, poco a poco, a tratarlas, rezando por poder conseguirlo a tiempo. Casi ni me percato de que el joven desaparece de nuestro lado ipso facto, probablemente para avisar a la señora o al señor de la casa.


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Una urgencia de última hora

U
na suave brisa mecía su cabello color carbón con suma delicadeza, como si acunara a un bebé recién nacido. Lo nenúfares danzaban sobre el agua cristalina del pequeño estanque que a sus pies tenía y pequeños pájaros se veían revolotear. Un antiguo puente de madera la incitaba a pasear sobre él, a admirar la belleza de la naturaleza que la rodeaba. Todo tenía un aire tan... mágico. No tardó en darse cuenta, sobre aquel puente todo se veía mucho más claro. Ella ya había estado allí, o, más bien, ya había visto aquel lugar decenas de veces; estaba dentro de The Water Lily Pond de Monet. Todo aquello no era real, era un simple sueño del que no quería despertar.

Permaneció lo que le pareció horas sobre aquel puente observandolo todo con detalle, hasta que aquella voz apareció. -Señora Khanstein. -al principio eran simples susurros en el viento que se fueron convirtiendo en estruendos que traían nubes de lluvia a aquel paraje de ensueño. -Señora Khanstein. -Ivoy se resistía a seguir el sonido de aquella voz, pero parecía que no la dejaría en paz. Empezó a llover y el lugar comenzó a derretirse, como si se tratase de ceras bajo el calor de un secador de pelo. Truenos y relámpago se oían en la distancia. -Señora Khanstein. -todo se volvió negro.

Ivory abrió los ojos con delicadeza. ¿Quién osaba sacarla de su ensoñación? Su sueño era el único momento tranquilo que tenía durante el día, el único en el que no debía preocuparse por nada ni nadie, el único que no permitía que interrumpieran. Y allí estaba, una de sus criadas; Alex. Todo el mundo solía confundirla por un hombre. Tenía un aspecto corpulento y ancho, lo cuál no ayudaba. Ivory sólo tenía a mujeres como criadas, eran mucho más eficientes que los hombres, en todos los sentidos. -Espero que sea importante. -dijo enfurecida. -Se trata de Liana. Está malherida en una de las habitaciones del piso de abajo. Un humano la ha traído y... -Ivory interrumpió su explicación levantado la mano. -Un... ¿¡HUMANO!? -Prácticamente lo dijo chillando. ¿Un mundano? ¿EN SU CASA? Aquello era inaudito. Un mediocre humano recorriendo sus pasillos. Ni siquiera su clientela más selecta pisaba su casa y allí estaba, un mundano en una de sus habitaciones.

Salió de la cama como alma que lleva el diablo, no sin antes coger una de sus batas de seda de la butaca. Bajó las enormes escaleras de mármol haciendo un ruido sordo con sus zapatos. Estaba en camisón, pero poco o nada le importaba en aquél momento. Un reguero de sangre que comenzaba en la puerta de entrada a la mansión marcaba el camino hasta donde se encontraban. Si no fuera por la presencia del mundado, Ivory estaría más preocupada por las manchas del suelo que de Liana. -¡Limpiadlo! -chilló a dos criadas que se encontraban en la entrada, mirando estupefactas el reguero de líquido rojo.

Las puertas de la estancia se abrieron de par en par. Y allí estaban; Liana, Annia... y el mundano. Ivory a penas se percató del desastre que había montado en aquél lugar. Sangre por todos lados, Liana sobre la cama semidesnuda siendo atendida por el humano, Annia ayudándoles. Su enojo no hacía más que aumentar. Ya no era únicamente el hecho de la presencia de aquel hombre indeseado en sus dominios personales, o las cantidades ingentes de sagre que manchaban sus suelos y muebles, sino que Liana no había sido capaz de completar el simple trabajo que le había sido encomendado; matar a un vampiro. -No es bienvenido aquí, fuera de mi casa. -ordenó con voz firme y miraba impasiva dirigiéndose a aquel hombre. El estado de Liana le era indiferente, si no había sabido cumplir con su cometido se lo tenía merecido.

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La gardenia
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Las heridas que tiene no han sido producidas por un humano. Eso lo sé con el primer vistazo que puedo darles con verdadera atención; he tratado las suficientes trifulcas de bares y los suficientes enfrentamientos entre subterráneos como para poder reconocer a unas de otras, siendo la conclusión que saco que esta pobre chica se ha enfrentado a una criatura que era superior a ella en todos los sentidos. Los cortes que tiene son profundos, pero no están en paralelo ni han llegado hasta el hueso, como he visto en otras ocasiones, así que no han sido producidos por garras de licántropo. Son las mordeduras en el cuello, en los brazos, en los hombros, equidistantes, iguales, pequeñas y redondeadas las que me dan la clave de la naturaleza de su agresor. Frunzo el ceño, sintiendo una incontenible ira contra la persona que ha mandado a esta pobre niña a enfrentarse con un vampiro. Maldita sea su estampa.

La chica que me acompaña haciendo las veces de enfermera tiembla y mira de vez en cuando hacia la puerta. Ese en ese momento cuando me percato que la otra persona que me recibió no está, por lo que probablemente en breves tengamos compañía, pero intento aparentar tranquilidad; que no me afecta en absoluto la idea de que voy a conocer al monstruo que verdaderamente está detrás de esta atrocidad. Humedezco unas gasas en el agua tibia que me trajeron, que empieza a estar fría, y con ella limpio suavemente el sudor perlado que recorre la frente de la muchacha, que gime de dolor en un estado de semiinconsciencia. La piedad me sobrecoge y por un segundo no sé qué hacer. ¿Podré salvarle la vida? No está grave, pero ha perdido tanta sangre que si la cosa continua así no sobrevivirá. Es ese sentimiento el que me hace reaccionar, empapar una gasa en alcohol y mirar a la muchacha que está frente a mí.

¿Cómo te llamas?

A… Annia.

¿Y ella? —señalo a su compañera, que sufre.

Liana.

Bien, Annia. Necesito que me ayudes con Liana, ¿de acuerdo? Porque yo sólo no puedo. —Ella parece dudar, pero al final termina asintiendo con la cabeza—. Bien, gracias. Colócate a su lado en la cama y humedécele la frente poco a poco, con suavidad, como he estado haciendo yo.

Me obedece sin rechistar, lo que me hace pensar que es a lo que está acostumbrada. Se coloca el recipiente en el regazo y atiende a mis peticiones con cuidado, con dedicación. Cuando la primera gasa empapada en alcohol le roza la herida más grave, la que le atraviesa el costado de arriba hacia abajo, Liana tiene una convulsión muy fuerte que está a punto de hacer que a Annia se le caiga el agua, pero consigue guardar la compostura. Un grito desagarra la noche y yo me hago con toda la integridad del mundo para no detenerme; odio cuando sufren. Le desinfecto el resto de heridas visibles con suavidad mientras susurro palabras amables, de consuelo, asegurándole que todo irá bien. Le pongo la mano libre en la cara para que pueda sentir mi compañía junto a ella cuando he terminado, y sonrío al ver que sus párpados se mueven, pesados. Está agotada y sólo quiere dormir. Yo le insto a que no se rinda. Annia me mira estupefacta, como si fuese un bicho raro por estar preocupándome por ella.

La primera punzada de la aguja le hace apretar los dientes y gemir, pero no emite ningún alarido. Me mira con los ojos entre abiertos desde su posición, como si fuese un espejismo o una ilusión. Aprovecho que Annia está remojando la gasa para ponerle la mano en la frente, intentando confortarle, y le sonrío.

Tiene que irse —me repite, temblorosa. Casi parece echarse a llorar—. Déjeme y márchese…

No hasta que no estés a salvo.

¿Por qué se preocupa tanto? —La voz de Annia también es titilante, como el arrullo de la llama de una vela. Yo simplemente sonrío.

Porque si la dejase morir estaría faltando a mi deber como médico. Ahora tranquilizaos las dos y…

Otro grito rompe nuestra conversación, pero no es de dolor. Las dos se estremecen sobre la cama y juraría que Annia ha estado a punto de tirarlo todo por los aires y apartarse de nosotros, pero guarda la compostura, permaneciendo en su sitio cual estatua. Pero está lívida. Ella también ha empezado a sudar. Es el mismo terror que vi en los ojos de Liana cuando le dije que la llevaría al hospital el que está grabado a fuego en su semblante. Mi paciente se encoge un poco en sí misma y empieza a llorar, desconsolada, presa del dolor, la fiebre y el miedo, y me pregunto qué clase de criatura sobrehumana las controla para que estén así.

Las puertas de la sala se abren de par en par, con violencia, y yo alzo la mirada para ver al demonio que les instiga pavor. Es una mujer de mediana edad, hermosa, elegante y soberbia que me contempla con un desprecio que no puede ser descrito con simples palabras. Se me clava en lo hondo del alma, encendiendo de nuevo la ira que se había ido adormeciendo por la suave compasión que me despiertan mis acompañantes, porque está claro que lo más importante para ella ahora no es la criatura cuya vida depende de mis manos, sino que alguien haya irrumpido en la paz de su casa.

A pesar de su hostilidad evidente me mantengo firme en mi posición, contemplándola con seriedad durante los segundos que dura su breve intervención. Aprieto la mandíbula y me contengo para no ser descortés, porque en este momento su presencia me importa menos que nada. Mi prioridad es ayudar a Liana a salir de esta. Así que la ignoro durante unos instantes mientras continúo cosiéndole la herida a la muchacha. Annia me contempla con verdadero horror, y yo noto, y no precisamente porque me suponga un gran esfuerzo lo que estoy haciendo, que algunas gotas de sudor me recorren la nuca.

Lo comprendo perfectamente. De modo que me marcharé cuando haya terminado de atender a esta chiquilla.


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Una urgencia de última hora

U
n bufido salió de entre sus pálidos y desmaquillados labios. ¿Pero qué se creía ese mundano para hablarle así? Cuando Ivory daba una orden esperaba que se cumpliera inmediatamente después, por lo que aquello no iba a ser diferente. -Fuera. -ordenó con voz fría nuevamente, pero esta vez no iba dirigido al doctor, sino a las criadas que allí se encontraban. Alex salió de la estancia sin mediar palabra alguna, cabizbaja, con la mirada perdida, pero Annia, Annia miró aterrorizada a su dueña, en su mirada se reflejaba el dilema moral por el que pasaba en aquél instante. Sabía que si se movía de allí Liana probablemente no lo conseguiría, pero al mismo tiempo era conocedora de lo que le ocurriría más tarde si se quedaba a ayudar.

-Lo siento señora. -Ivory la miró incrédula antes de empezar a reír suavemente. Ya no sólo era ese indeseado mundano, ahora sus propias criadas se negaban a obedecer sus órdenes, ¿qué sería lo siguiente? ¿tener ella misma que limpiar aquel desastre?

La bruja levantó su mano derecha en dirección a la muchacha, con la mirada fija en sus ojos. Si de algo se caracterizaba aquella mujer era de su habilidad para infundir un sentimiento de horror indescriptible, estaba más que agradecida de haber sido bendecida con ese maravilloso don, y no dudaba en usarlo cuando era necesario. La cara de la muchacha se volvió pálida, sus ojos parecían haber sido testigos del mayor terror imaginable. Si no fuera porque estaba apoyada abría caído al suelo. -Fuera. -repitió marcando cada sílaba de la palabra, como si eso la fuera a ayudar a entender mejor lo que su ama le estaba diciendo.

Ivory apoyó la mano sobre una mesilla que tenía junto a ella, liberando a Annia de su hechizo. -Lo siento mucho. -susurró cabizbaja, aunque aquella disculpa, que podía parecer dirigida a su ama, en realidad lo estaba a los otros componentes de aquella reunión no deseada. La criada no dudó un instante en dejar lo que sostenía en el suelo junto al buen doctor y salir corriendo de la habitación.  

Se masajeó la sien con delicadeza. Aquello era algo impensable, y le estaba provocando dolor de cabeza, lo que la ponía de un terrible humor, si aquello era posible en esa situación. -Tiene dos minutos para abandonar mi propiedad. -no fue hasta ese momento que dirigió la mirada hasta Liana. Una mirada recriminadora que le indicaba que, si salía de aquella, lo que le esperaba iba a ser mucho peor de lo que cualquier vampiro podría haberle hecho.

No esperó respuesta alguna por parte del doctor, no le hacía falta, sabía que no se movería de allí hasta que no acabase su labor. No era de su menor agrado, pero su preciada casa estaba hecha un desastre, había un trabajo inacabado y tenía a una de sus criadas agonizando delante suya, era demasiado para una sola noche, Ivory no estaba de humor para añadir al buen doctor a su larga lista de floreros humanos. Floreros humanos, un término muy adecuado para sus víctimas, quienes acababan con una dalia blanca posada en sus fríos y muertos labios.

Fue entonces cuando hizo lo inimaginable. Ivory Khanstein, la dama de hierro que no se preocupaba por nada ni nadie que no fueran ella y sus zapatos, se arrodilló rodando los ojos cansada junto al buen doctor, cogiendo de mala gana lo que Annia había sostenido antes de ella. -Cuanto antes acabe antes se irá y no tendré que hacer otro destrozo yo misma, ¿qué diablos tengo que hacer? -dijo de mala gana dirigiéndose al doctor. La cara de Liana fue un poema en ese instante, más sorprendida por aquel gesto de su señora que por el propio dolor.

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Su voz suena como el chasquido de un látigo en la media noche, certero, fuerte e impactante. Dura un segundo el silbido de su voz fría, sinuosa, que hiela el corazón de los que estamos en esa sala. Pero mis deseos por ayudar son más grandes y no me muevo; siquiera parpadeo una vez más. Tengo los ojos centrados en el rostro de Liana, que sufre considerablemente. Ojalá tuviese un sedante que darle, algo con lo que calmar su sufrimiento, pero no llevo nada tan fuerte en el botiquín. Así que son mis palabras los que tienen que hacer de bálsamo. Me sorprende que Annia decida quedarse allí, con nosotros, y es por eso por lo que levanto el rostro, no por otra cosa. En su cara está reflejada la indecisión más pura, pero se mantiene firme en su sitio.

Hasta que su mirada se cruza con la de su señora. Entonces palidece, presa del horror más profundo que he visto nunca reflejado en nadie. Al contrario que la mayoría de las personas, que hubiese girado el rostro para contemplar el foco de aquel miedo, yo me mantengo con los ojos fijos en ella, sintiendo que es suficiente para comprender lo que le encoge el corazón. Su voz se me vuelve a clavar en el alma. Resiste, me digo. Resiste o ella no lo contará. Vuelvo a centrarme en mi tarea con afán, y sólo me detengo unos instantes cuando la pobre criatura me pide perdón antes de salir corriendo de allí. Liana me observa también entre sueños. Sigue diciéndome que me vaya. ¿Por qué?

Cuando vuelve a hablar me molesto, en esta ocasión, en alzar la cabeza hacia ella. Mi mirada azul se prende en la suya con intensidad. En el fondo tengo miedo, pero no pienso dejar que eso se trasluzca en mis movimientos. No me es necesario decir nada para demostrar que mi sitio está allí, junto a ella, hasta que todas las heridas de su cuerpo estén cerradas y debidamente tratadas. Veo que Liana se mira con ella. Tiembla. Mi mano libre se vuelve a posar sobre su rostro; enguantada y todo ahora se encuentra caliente por la sangre que la tiñe, e intento que piense en cosas más agradables que en lo que sucederá cuando todo esto termine.

Sin embargo, cuando pensé que nada podía sorprenderme más aquella noche, volví a darme cuenta de que uno nunca gana para imprevistos. Sus manos blancas de porcelana toman el bol lleno de agua que Annia había dejado en el suelo, junto a mí, y espeta de mala gana sus intenciones de ayudar. Aunque fuese para que me marchase pronto de su casa. Sonrío, quizás más por los nervios que por otra cosa, y le doy las últimas puntadas al costado de Liana. Corto con las tijeras para poder hacer un nudo pequeño que no tire demasiado de su piel. La presencia de su señora me tiene inquieto; la reacción de Annia, el horror que he visto en su mirada, me ha hecho descartar la posibilidad de que esa mujer sea humana. Lo cual, sumado a las heridas de vampiro de Liana, aumenta mis sospechas. Pero no pregunto. No estoy seguro de querer saber.

Póngase junto a ella y refrésquele la frente. Gracias por su colaboración —es sincero, a pesar de que mi voz suene ronca. Pero tengo la garganta ardiendo y los labios resecos—. Ya ves, Liana —le pongo la mano en el hombro mientras le ayudo a girarse en el colchón para quedar bocarriba. Afortunadamente en la espalda no le han hecho ninguna herida—. Ahora terminaremos antes. —Ella sonríe, pero no le llega a los ojos. Me inclino sobre su vientre, cuyo corte es mucho más pequeño en longitud y profundidad, pero sigue necesitando sutura—. ¿Sabes? Mi mujer odiaba que le cosiese puntos. Decía que lo único en lo que había que meter agujas era para hacer vestidos. Ella detestaba las agujas. ¿Tú también, Liana?

N-no…

Buena chica. —Sus párpados se quiebran cuando empiezo, aunque parece menos dolorida que antes. Probablemente porque tenga la zona ya entumecida por el que le produce la herida en sí—. A mí tampoco me gusta coser, ¿sabes? Sobre todo cuando tengo que hacerlo sin anestesia. La cara de sufrimiento de las personas no es algo que me guste demasiado, pero es mi deber, a fin de cuentas. ¿Cuál es el tuyo? ¿Qué haces aquí exactamente? —Quiero que me hable para que no pierda la conciencia del todo, aunque sea de cosas mundanas y triviales.


Última edición por Desmond Lynch el Mar Jun 24, 2014 12:23 pm, editado 1 vez


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Una urgencia de última hora

Q
uién la hubiera visto. ¿Acaso se estaba volviendo blanda? Jamás en su sano juicio se hubiera imaginado a sí misma en aquella situación, de hecho, jamás se hubiera imaginado a ella misma ayudando a nadie que no fuera ella. Pero allí estaba, arrodillada en el suelo, sujetando un bol lleno de agua ensangrentada de una sirvienta, junto a un médico mundano. Lo nunca visto.

Ivory rodó los ojos cansada. -No las dé aún. -Sacó el paño rojizo del agua y lo escurrió con delicadeza. No se esforzaba lo más mínimo por esconder la cara de repulsión que tenía en el rostro, al fin y al cabo ella era la ama y señora del lugar y estaba en todo el derecho del mundo de mostrar su parecer. Lo pasó por el rostro de la joven, más aterrorizada por el hecho de que su ama fuera quien lo hiciera que por lo que el doctor le estaba haciendo. Por el amor de un dios cualquiera, pero si ella ni siquiera era la que se vendaba el dedo cuando recibía un pequeño corte.

Su semblante serio y despreocupado reflejaba todo menos la situación por la que estaban pasando. No podría estar más de acuerdo pensó ante las palabras que aquel hombre le dirigía a Liana. Así que casado. Ahora que se fijaba bien parecía el típico padre de familia trabajador, aunque ese odiaba la dejó meditando unos segundos, hasta que lo siguiente que dice llama del todo su atención. Su mirada se dirigió directamente hacia la de su criada, reflejando sus pensamientos: Cuidado con lo que dices.

-Sirvo a mi señora... en lo que me pida. -Liana hizo una pequeña pausa en medio de la frase derivada por el dolor, acompañada de una mueca. Ivory sonrió levemente, haciéndole entender a la joven que estaba satisfecha con su respuesta, lo cual hizo que suspirase de alivio y se relajara un poco más. -Cuando su trabajo esté terminado me aseguraré de que le acerquen a su casa y le paguen por las molestias causadas. -interrumpió antes de que el humano pudiera volver a hablar. Lo único que quería era quitarse de encima a ese mundano sin derramar más sangre, por lo que no le importaba si era necesario pagarle para ello.

-¿Cómo se llama? -preguntó mientras volvía a pasar el paño por el rostro de Liana. El agua del bol ya no era agua, prácticamente era todo sangre. Sus delicadas manos de porcelana tenían trazas de color rojizo que recorrían su antebrazo cuando escurría el paño. -¡Annia, más agua! -chilló desde dentro de la estancia. Unos segundos después, Annia entró sosteniendo un nuevo bol de agua fría que cambió por el que su señora tenía en manos y desapareció sin mediar palabra alguna cabizbaja.

-¿Falta mucho? -preguntó impaciente. A veces, más que una adulta podía llegar a parecer una niña caprichosa e impertinente y, en ese momento, todo lo que quería era que aquello acabara y su casa volviera a estar tan perfecta como debía ser, el mundano prácticamente ya ni le importaba.

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La gardenia
blanca

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No puedo decir que me sorprendo cuando la señora de la casa reniega de mi agradecimiento. Suelo ser bueno captando a las personas con las que me encuentro, y creo que no me equivoco demasiado al decir que esta mujer en concreto es poco más que fría. El hielo se congelaría a su lado, probablemente. Y sin embargo está ayudándome con Liana —con cara de asco, por cierto, pero bueno, menos daba una piedra—, probablemente motivada porque desea que salga de su casa cuanto antes. No le culpo. Parece que tiene asuntos tórridos entre manos y yo soy una molestia. Yo en su situación también estaría deseando que el extraño que ha venido a mi casa se marchase, pero al menos tendría la decencia de ocultarlo.

Su naturaleza me inquieta, realmente, y mientras coso el vientre de la muchacha, no puedo evitar preguntarme qué es. Un vampiro no, a no ser que tenga un control sobre la visión de la sangre extremadamente bueno. A lo mejor es rematadamente antiguo, o a lo mejor yo estoy rematadamente cansado y pienso estupideces porque he dormido apenas unas horas hoy y no tenía intención de suturar las heridas de nadie después de mi turno. No recuerdo haber tenido el caso de ninguno de ellos que pudiese soportar tanta sangre sin volverse loco por la sed. Y esta mujer parece loca por el simple hecho de estar manchándose las manos, no por beberla. Un demonio tampoco me entra en los cánones. No es que me haya topado con demasiados, pero creo que antes que estar haciendo lo que está haciendo me habría fulminado, simplemente. ¿Licántropo? La observo de reojo. No, ese rostro tan recto y blanco no puede ser de un licántropo. O sí, vaya, y estoy desvariando mucho.

Todo esto lo pienso mientras hablo con Liana y le pregunto cosas acerca de ella. Su respuesta no es para nada clarificadora, pero me deja aún más claro que los tejemanejes de su señora no son precisamente cosas de dominio público. No entro más en detalles porque no quiero ponerle en un aprieto, pero vaya, ciertamente me siento como si estuviese salvándole la vida a un subordinado de Michael Corleone. Su voz de nuevo me atrapa y me hace mirarla. Es rematadamente altiva, por el amor de Dios. Esbozo una sonrisa ante sus palabras.

No será necesario que me pague. No hago estas cosas por dinero. Si no, no la habría atendido fuera de la consulta. —Me siento tentado a aceptar que me lleven a casa porque empiezo a notar el cansancio hacer mella en mí. Procuro que no se me note, pero las manos me tiemblan un poco—. Y no se preocupe, he traído mi propio coche. Agradezco muchísimo su amabilidad, pero me bastará con que Liana sobreviva a esta noche y a las que están por venir —lo digo de modo casual, pero va con toda la intención del mundo. De verdad espero que no le hagan daño. Termino con el del vientre y paso a las que tiene en las piernas—. Mi nombre es Desmond Lynch, señora. ¿Se me permite conocer el de mi anfitriona?

Cuando chilla pierde toda la compostura y toda la sobriedad que la caracteriza. Parece la representación real de las reinas de los cuentos de Sally; esas que tienen el corazón arrancado y enterrado en cualquier otra parte. ¿Tendrá esta mujer algún tipo de corazón? ¿Algún órgano que se le asemeje? ¿O simplemente vive por la inercia de existir? Evidentemente todo esto es una metáfora pero realmente uno se llega a preguntar cómo siente este tipo de personas; qué siente. ¿Habrá amado alguna vez? ¿Habrá sentido el deseo o la necesidad de fundirse en un abrazo? ¿Le habrán hecho sufrir? Mis preguntas quedarán sin respuesta, no obstante. Tampoco es que me vaya a martirizar por ello. Saldré de esta casa en un rato y, aparte de preguntarme por la salud de mi paciente, no volveré a pensar en este lugar.

Su pregunta suena como la de una niña pequeña y caprichosa que está aburrida de estar en el coche. Eliza solía hacerlas a menudo cuando conseguía escaparme para pasar un fin de semana fuera, en el campo, y veía que el trayecto se extendía demasiado. Niego con la cabeza casi riéndome entre dientes, pero sin mostrarlo por temor a ofenderle y que decida que es mejor idea matarme que dejarme vivir. O al menos es la impresión que me da. ¿Será una bruja?

Agradezco su profunda preocupación por su sirvienta, señora, pero tardaré cuanto tenga que tardar. —Decidí que no era buena idea compararla con mi hija cuando tenía seis años y continué—. De todos modos no queda demasiado, tranquilícese.

Me paso la mano temblona por la frente cuando termino de suturarle las dos heridas que tiene en la pierna derecha. Me queda la del hombro, que le recorre desde la espalda hasta el pecho, y al menos tratar las mordeduras y el corte que tiene en la cara. Espero que no tenga sangre de vampiro en el organismo; no creo que muera, pero no me gustaría nada que se transformase. Me yergo y cojo algo de aire. Aprieto los ojos cansados un segundo antes de volver a volcarme en mi trabajo. Empiezo a notar dolores por todas partes, pero no dejo que eso me detenga. La vida de Liana ahora mismo es más importante.


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El doctor
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Una urgencia de última hora

S
eguía pasando aquel trapo rojizo por el rostro de la muchacha con suma delicadeza. Por un momento recordó cuando ella era niña, cuando con a penas ocho años calló enferma con fiebre muy alta y su mutti se quedaba toda la noche junto a su cama en la misma posición que estaba ella entonces, pasando con ternura un paño mojado sobre su frente. Puede que aquella mujer no fuera su auténtica madre, pero sabía que la había querido como si fuera su verdadera hija. Una imagen tan similar y a la vez tan diferente. Ella no era como su mutti, no era buena y comprensiva, no era madre, y aquella joven tumbada frente a ella no le inspiraba lo que ella a su mutti. Esos pensamientos que parecían haber rondado su mente durante largo rato, a penas lo habían hecho un par de segundos a lo sumo. Ivory, quien había estado con la mirada fija en el rostro de Liana, pestañeó ligeramente confusa cuando las palabras del doctor la sacaron de su ensoñación.

-Insisto. -comentó mientras intentaba recobrar la compostura después de aquel pequeño momento de debilidad que había surcado su mente. -Liana es mi... empleada, y al igual que no gusto de que me deban nada, no quiero deberle nada a nadie, por mucho que usted diga que no lo hace por dinero. Si haces algo bien nunca lo hagas gratis. -aquello era como el lema que se repetía todas las mañanas al despertar, aquello por lo que había llegado hasta donde estaba en ese momento. Pero respecto a lo demás, era cierto. Puede que la bruja no fuera de lo más amigable, pero era honrada, a su manera y, al igual que aquellos que le debían algo solían sufrir de mala manera hasta que conseguía su parte, detestaba la idea de que alguien hiciera algo por ella sin tener una compensación a cambio.

-Ivory Khanstein. -era curioso como, a pesar de lo que parecían haber pasado horas, aún no conociera el nombre de aquel intruso, ni él el suyo. Desmond. Desmond Lynch. Ivory le miró de reojo mientras él seguía concentrado en su labor. No tenía cara de Desmond. Ese nombre le evocaba a un hombre sabio, cruel, malvado, y aquel Desmond que tenía a su lado probablemente sólo cumpliera lo primero, probablemente. Sonrió para sí ante aquel pensamiento tan absurdo. Ella era así, se comportaba totalmente al contrario de como dictaban las situaciones en las que se encontraba. Estoy de lo más tranquila, señor Lynch pensó ante aquellas palabras que le había dirigido, más bien ordenado, pero no estaba de humor como para reprocharle nada, si no le desconcentraba de su labor antes acabaría.

-Bruja. -soltaron sus níveo labios de repente. -Soy bruja, señor Lynch. -cualquier persona en su sano juicio hubiera creído que estaba bromeando, o loca en el peor de los casos. Los ojos de Liana se abrieron como platos, dirigiendo su mirada directamente a la de su señora sin creer que lo hubiera confesado así sin más. -No leo mentes si es lo que se está preguntando. -tornó los ojos con una leve sonrisa cansada dibujada en su rostro. -Cualquier médico que se precie se hubiera dado cuenta en seguida de que las heridas de Liana no son nada comunes, por lo que habrían comenzado a hacer preguntas en seguida. -comenzó a decir sin dirigir su mirada a Desmond, concentrada en su función de limpiar y refrescar el rostro de su criada. -Pero usted no lo ha hecho, lo que me ha llevado a pensar que está familiarizado con ese tipo de ataques, por lo que ha de ser un humano agraciado con el don de la visión... ¿me equivoco? -esta vez sus cristalinos ojos azules se clavaron en la mirada de aquel invitado no deseado, como si de puñales de hielo se tratasen.

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La gardenia
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Su insistencia en pagarme hace que me sienta algo incómodo. Entiendo que no quiera deberme ningún favor por haber salvado a su sirvienta de lo que probablemente habría sido una muerte segura, una pequeña sección en una página del periódico por haberla encontrado en medio de la calle y a lo mejor varios disgustos, pero no me parece bien que me cobre por eso. No soy un mercenario ni nada por el estilo, pero sus palabras, aunque no las comparto ni mucho menos, me mantienen en silencio. Ya lo discutiré con ella cuando termine de coser a Liana, que ahora mismo es lo más importante. El supuesto pago que quiere darme es cuanto más que irrelevante.

—Encantado, señora Khanstein. —No le trato de ‘señorita’ porque no es una muchachita. El que esté casada o no, no es relevante para mí

Su nombre resuena en mis oídos. Ivory. Desde luego su piel parece que estuviese hecha de marfil, de lo blanca y lisa que se ve. Le viene bien, desde luego. Fría, distante, altanera y elegante. Parece que sus padres escogieron el nombre contemplando el futuro que iba a tener su hija. Khanstein suena horriblemente europeo, del centro, quizás, porque no parece inglés; mucho menos escocés, irlandés, francés o mediterráneo. Se me vienen a la cabeza enormes castillos coronando acantilados, noches de tormenta, relámpagos y trajes góticos propios de las películas de Drácula que hacía Christopher Lee en sus años de juventud. Esas que Ada y yo nos poníamos por las noches cuando éramos novios, riéndonos hasta reventar, con la boca llena de palomitas y chocolate. Esas que luego nos conducían a hacer el amor con los labios salados y dulces al mismo tiempo. Una punzada de dolor me recorre el corazón, haciéndolo vibrar. Ada. Mi Ada. Han pasado seis años y aún estoy llorando por ti.

Bien. La herida del hombro ya está completamente cosida. Suspiro profundamente, revisando mi trabajo después de cortar el hilo. Los puntos están tirantes en tanto en cuanto es necesario para que se cierre, pero creo que no se hará demasiado daño. Le pido con amabilidad que se mueva muy levemente para comprobarlo, deteniéndola en seguida, pues no quiero que le sangren las heridas de nuevo. Resoplo con evidente cansancio mientras me quito los guantes y masajeo el puente de la nariz antes de enjuagarme las manos en algo de alcohol para proceder a vendarle las heridas.

Entonces la intervención de Ivory me desconcierta completamente y no puedo reprimir esa expresión en mi rostro. La observo como si acabase de decir la mayor locura del mundo, aunque en parte es lo que piense. No porque no lo hubiese sopesado, sino porque por lo poco que había visto de ella no esperaba en absoluto que fuese a revelarme esta información de tan buenas a primeras. Liana parece tan desconcertada como yo en su palidez extrema; sin dudas no he errado en mis suposiciones. Observo a la chica mientras escucho lo que tiene que terminar de decirme. Mis manos se desvían inconscientemente hacia las vendas, los apósitos y las tiritas, ya que tiene algunos rasguños que no necesitan nada más, y empiezo a rodearle el vientre para cubrir la del costado, que es la más grande de todas.

Necesitaré más vendas, ¿puede pedirlas? —Al principio no hago referencia alguna a su revelación ni le miro directamente a sus helados ojos azules. Es tras unos segundos cuando me decido a responderle—. Lo suponía. Estaba dudando entre demonio y bruja porque si hubiese sido vampiro no habría podido soportar la sangre; no me parece tampoco un licántropo. Es usted demasiado elegante como para formar parte de esa raza. Al menos teniendo en cuenta los que he conocido. —No revelo mi miedo a las hadas porque es demasiado evidente—. Las hadas tienden a tener muy poco cuidado a la hora de esconderse. Los elfos viven en el bosque. Y sinceramente, si me hubiesen dado a escoger entre demonio y bruja, lo segundo me habría parecido más probable. Los demonios no se preocupan tanto por sus sirvientes, quiero creer, y usted me está ayudando, aunque sea para echarme de su casa —no lo digo como un reto, ni echándoselo en cara. Simplemente constato un hecho—. Por consiguiente no, no se equivoca. Desde que puedo recordar he visto subterráneos, y en parte me hice médico para tratarles. —Cojo algo de esparadrapo para sujetar con fuerza la venda. Frunzo el ceño al ver la expresión de leve dolor que surca las facciones de Liana al apretar, pero tengo que hacerlo—. No es compasión exactamente, pero me parece injusto que por tener sangre demoníaca, una maldición o simplemente ser diferentes tengan que estar escondiéndose o no tener el mismo trato que los demás.— Me relamo los labios antes de pasarme la mano por la frente para quitarme el sudor yo mismo. Suspiro profundamente. Estoy agotado. Cuando acabo de vendar el costado voy a la pierna—. Ha sido un vampiro, ¿verdad?


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Una urgencia de última hora

H
acía calor, Ivory lo notaba. No era un persona especialmente calurosa, de hecho era bastante friolera, incluso en los meses cálidos no podía dormir si no era tapada con su nórdico de plumas, una locura para cualquier persona que no fuera ella, pero en aquella habitación cerrada el aire era denso y pesado, casi asfixiante. No era una mujer que sudara exageradamente hasta llegar al punto de que se le notase, por suerte para ella, pero en aquel momento pudo notar como una fina y cálida gota de sudor le recorría la sien izquierda y una ligera sensación de mareo se infundía en su cuerpo.

La bruja sonrió ante aquella expresión medio camino a sorpresa medio camino a incredulidad que se dibujo en la cara de su invitado. No era una sonrisa de satisfacción o de simple diversión, era una sonrisa cansada, como la que se dibuja en el rostro de las abuelas cuando le cuentan alguna historia sorprendente a sus nietos y reaccionan fascinados ante ella o aquellas que tienen las madres cuando después de noches sin dormir por el llanto su bebé recién nacido, éste consigue caer en los brazos de Morfeo y ellas los observan mientras sueñan. Cansada. Ese podría ser el adjetivo perfecto para describirla.

-Por supuesto, pida lo que necesite. -la señora de la casa dejó el bol a un lado apoyado sobre el suelo y se levantó con cierta elegancia. Desconocía el tiempo que llevaban allí metidos y notaba las piernas ligeramente agarrotadas, necesitaba moverse un poco. Se dirigió hasta la gran puerta de madera tras la cuál esperaban Annia y Alex pacientemente y la abrió ligeramente, lo suficiente como para que su figura se dejase ver ocultando el interior de la sala. -Traed vendas. -ordenó sin dirigirse a nadie en concreto. Las criadas se quedaron sorprendidas, no había gritado, ni las había mirado condescendientemente, simplemente se había limitado a pedir vendas. -Id preparando algo de té también. -se limitó a incluir antes de cerrar la puerta con suavidad. Cuan irónico podría ser el hecho de que poco antes quisiera a aquel hombre de patitas en la calle de su propiedad y ahora hubiese pedido que preparasen té para el cansado doctor.

Ivory quedó apoyada mientras oía al doctor. Por supuesto que no se había equivocado, ella rara vez se equivocaba y, cuando lo hacía, no era capaz de admitir su error. -Vaya. Así que me considera elegante después de como le he tratado, es todo un halago señor Lynch. -los nudillos de Annia sonaron al golpear contra la puerta. Ivory la abrió lo suficiente como para coger las vendas y cerrar de nuevo. -En cuanto a su última deducción, bueno, podríamos diferir ligeramente. -la mujer volvió a su puesto inicial, sentada en el suelo junto a la cabeza de Liana,  tendiéndole las vendas a Desmond. ¿Preocuparse? Bueno, puede que sí que estuviera preocupada, pero por sus suelos y mobiliaro, ¿por Liana? Era difícil encontrar a gente como ella y eran muchos años los que había pasado a su servicio, puede que en el fondo sí que estuviera preocupada por ella pero era un signo de debilidad que no mostraría ante nadie, y en cuanto al doctor, ya poco se podía hacer más que esperar a que terminara su función. -Aunque no ha estado nada mal encaminado, alguno de mis progenitores tuvo que haber sido un demonio, aunque imagino que eso ya lo sabrá si tiene contacto con subterráneos. -Liana estaba más agotada de lo que quería aparentar. Ivory fijó su mirada en el rostro de la joven mientras le acariciaba el pelo que le crecía de la línea de su frente. Necesitaba descansar.

-Así que un humano que ayuda a subterráneos por voluntad propia, es usted digno merecedor de un premio Nobel. -bromeó con un cierto ápice de sarcasmo en la voz. No había humanos que ayudasen a subterráneos porque sí, la mayoría que conocían de su existencia los detestaban, rehuían de ellos, pero allí estaba el bueno del señor Lynch y, por extraño que parezca, Ivory creyó lo que decía. -Por suerte o por desgracia, me temo que sí. -respondió. -Mi pequeña Liana, tú sabes hacerlo mejor, ¿cómo has dejado que te hagan esto? -un ápice de melosidad se introdujo en su voz, lo que hacía que pareciera regañándola cual niña pequeña, despreocupada por las consecuencias, intentando esconder la auténtica preocupación que se había empezado a infundir en ella, ya no solo por Liana sino por lo que podría venir a continuación si aquel vampiro había salido con vida.

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La gardenia
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Cuando se levanta para ir a pedir las vendas no la sigo con la mirada. Tengo los ojos prendidos en mi cometido, pero escucho como prácticamente se desliza al caminar. Una bruja. No conozco ni he conocido a demasiadas brujas a lo largo de mi vida, y la única que está constantemente presente es la pequeña Emily, a quien he visto convertirse en una excelente mujer. Sin embargo soy consciente de que no todas comparten sus deseos de ser humana ni esa amabilidad natural que la envuelve siempre, gracias a la educación que Dina le ha proporcionado. ¿Habrá tenido Ivory unos padres cariñosos, o habrán sido tiránicos? A saber, aunque habla mucho de uno mismo la relación con sus progenitores. Los míos casi no estuvieron en mi vida y yo casi no lo estoy en la de mis hijas. Mucho menos desde que Ada se fue.

Esbozo una sonrisa cuando dice que le he halagado con mi comentario. Bueno, no pretendía hacerlo, desde luego. A pesar de su histeria se nota que es una mujer sofisticada; quizás precisamente sus malos modos se deban a que las cosas no van en sintonía con como a ella le gustaría que fuesen. Pero tampoco me entretengo demasiado en eso. Acepto las vendas cuando me las da y termino con el costado para dirigirme a la pierna, donde se me acaban mis propias gasas, así que tengo que usar las que me ha traído Ivory. O las que le han traído a ella, más bien. Asiento ante su comentario sobre el trato de los subterráneos, aunque no puedo evitarle mirarle con algo de reproche en los ojos cuando hace la broma del premio Nobel. Para mí es algo serio y no me gustan que se lo tomen a broma, porque sería como reírse del motivo por el que murió mi mujer. Pero eso ella no lo sabe, así que no digo nada al respecto.

Su voz melosa me confunde un poco, porque no sé si es un tono peligroso o no, pero los ojos de Liana no muestran más que un cansancio profundo e intenso y quiero dejarla descansar. Deslizo la mano hacia el cuello, buscando su pulso con dos dedos; es muy tenue, pero se ha estabilizado un poco. Ha perdido mucha sangre pero creo que sobrevivirá a pesar de lo escandaloso que parece todo por lo que hemos montado. Pero el asiento de mi coche no está empapado y las sábanas sobras la que se encuentra recostada están manchadas pero no empapadas. Necesitaría una transfusión, pero aquí, ahora mismo, no puedo hacer nada, lo que me estresa. Es el farfulleo de Liana el que me trae de vuelta a la realidad.

Yo no… yo… —traga. Se remueve en la cama y yo la pongo recta inmediatamente—. Sus… sus poderes me atraparon y… Me torturó… —unas lágrimas se escapan de entre sus pestañas—. Era… era fuerte y…

Ya está, pequeña. Ya está. Si sigues moviéndote así es peor. —Vuelvo a ponerle la mano en la frente. Huele a alcohol y a sangre, pero parece que le relaja. Me pregunto si su padre solía hacer eso para calmarla—. Ya está.

El pecho y el hombro terminan cubiertos con rapidez, bien acolchados, sujetos, pero no tirantes. Entonces me giro hacia Ivory con expresión derrotada en el rostro y le pido que se levante y se aparte un poco. Es evidente mi fatiga, pero aún necesito pedirle algo más. Respiro profundamente, con una mano en la cadera y me paso la otra por la frente.

Necesito sangre para ella. No ha tenido una pérdida mortal pero es… preferible si quiere que sobreviva. Puedo pedirle a una enfermera de confianza que me la traiga pero necesito que me dé su dirección y… —Hago amago de dejarme caer contra la pared, pero no quiero causar más estropicios así que no apoyo la mano, sino que me tambaleo un poco y me siento en la cama, frotándome el rostro—. Discúlpeme. Llevo veinticuatro horas trabajando y no esperaba toparme con esto. Como le decía, necesitaría su dirección para poder decirle que se acerque un momento con algunas bolsas de plasma. Supongo que ella conocerá su grupo sanguíneo y su RH, así que no será demasiado complicado. Ella se iría, por supuesto. Y no haría preguntas. Suele ayudarme en mis visitas particulares. Todo esto si usted lo consiente, claro. Si no... estaría toda la noche pendiente de ella, de su pulso, su respiración, y le haría comer algo que pudiese ayudarle a recuperar las fuerzas.

Lo cierto es que me alivia que se esté mostrando colaborativa, porque no pensaba pedir la sangre para ella por no estaba seguro de hasta qué punto ella iba a estar dispuesta a consentirlo, pero ahora es un poco diferente. Gracias a Dios. De todos modos le he dado la alternativa por si decide mandarme a hacer puñetas ya, literalmente. Permanezco sentado mientras espero su respuesta, sea positiva o negativa.


Última edición por Desmond Lynch el Mar Jun 17, 2014 2:31 pm, editado 1 vez


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Una urgencia de última hora

U
na delicada muñeca de porcelana, eso era lo que parecía la señora Khanstein en aquel momento. Se había quedado inmóvil, ya no pasaba aquel trapo ya inservible sobre la cara de Liana, simplemente se quedó observando el rostro de su criada, con su mano colocada sobre el cabello de la joven, inmersa en pensamientos a años luz de distancia, lo único que delataba que había vida recorriendo sus venas era el movimiento de su pecho provocado por su respiración. ¿Cuándo dejó de ser Ivory y se había convertido en la señora Khanstein, esa mujer cruel e impasible que era entonces? Ella jamás fue tratada tal como adoctrinaba a sus sirvientes, ni el dolor o el sufrimiento habían sido utilizados para doblegarla, ¿por qué ella lo usaba? ¿por qué se comportaba de esa manera tan fría? En el fondo le hubiese gustado ser humana, abrazar esa parte de su ser, convertirse en alguien a quien todos añorasen y respetasen por algo que no fuera miedo, pero su parte demoníaca era mucho más poderosa que todos sus deseos. Esa sangre maldita era la que la había transformado con el tiempo en lo que era y, sólo en la soledad de sus aposentos, era la humana que había querido ser.

-Shhh. -comenzó a acariciar su pelo nuevamente con suma delicadeza. -No pasa nada, pequeña. -susurró. -Haz caso al doctor. -En cualquier otro momento aquello habría sonado a un orden más que cumplir por miedo a un castigo nada agradable, pero no lo era.

La bruja se levantó sin mediar palabra cuando Desmond se lo requirió. Se notaba el cansancio y el agotamiento en su rostros, al fin y al cabo no era más que un humano que había estado a saber cuántas horas seguidas trabajando sin descanso. -Por supuesto, puede llamar desde... ¡Señor Lynch! -la voz de Ivory sonó más alarmada de lo que le hubiera gustado cuando el doctor casi se desvanece. Se acercó rápidamente hasta donde a duras penas había conseguido sentarse y se agachó para estar a su misma altura, poniéndole la mano sobre el hombro. -¿No le parece un poco innecesario disculparse por algo de lo que no tiene culpa alguna? -en su voz se notaba esa tez de reproche de los padres cuando sus hijos se hacen daño por culpa de alguna idiotez que se les había ocurrido hacer. Hizo una pausa. -Si usted me asegura que es mujer es de confianza, adelante pues, le escribiré la dirección. -Ivory se levantó de su posición y se dirigió hasta un pequeño escritorio junto a la ventana donde escribió lo que se le era requerido y volvió hasta el doctor entregándole el pedazo de papel donde constaba su dirección con una perfecta caligrafía llena de florituras. -Si no me equivoco Liana es AB+ -buscó con su mirada la de su sirvienta quien asintió levemente. Aunque no lo admitiera conocía a sus empleadas más de lo que cualquiera pudiera imaginar. -Tiene un teléfono ahí mismo. -dijo indicando una pequeña mesita junto al doctor. -Y... me gustaría que se quedase si no es inconveniente. Ya que he tenido que soportar su presencia sería una molestia que hubiese alguna complicación si se marchara por no aguantarle unas horas más. -la bruja rodó los ojos, quitándole hierro al asunto, volviendo a ser la mujer borde e insufrible con la que se había encontrado en primer lugar.

-Creo que aquí ya no le soy útil, señor Lynch. Si me disculpa me retiro para que pueda terminar tranquilo, le diré a Annia que le ayude con lo que necesite. Estaré en la cocina, venga a buscarme cuando haya acabado, le estaré esperando con té y algo sólido que comer. -no se molestó en esperar la respuesta del doctor, no aceptaba un no por respuesta. Además, si iba a quedarse allí necesitaría descansar aunque fueran quince minutos y comer algo, Ivory no quería tener que encargarse de un cuerpo de cuya muerte no había sido exactamente la responsable. Cuando salió de la sala cerró la puerta tras de sí, apoyándose en ella mientras cogía aire. Le dio la orden a Annia de entrar a ayudar al doctor mientras Alex la acompañó hasta la cocina, donde comenzó a preparar algo de comida para el buen doctor mientras su ama se sentaba en la mesa, copa de vino en la mano, a esperar.

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El sonido de su voz preocupada me desconcierta. Me desconcierta mucho. Y de nuevo me encuentro sin saber qué opinar acerca de esta mujer en concreto. Cuando entró en la habitación, hecha una furia, di por sentado que se trataba de alguien frío, despiadado y sin escrúpulos, y no sólo por sus pretensiones de echarme sin haber atendido a Liana, sino por haberla mandado casi a la muerte en una misión suicida. Pero luego ocupó el lugar de Annia, se mantuvo a mi lado, casi siendo amable, y ahora parece que mi estado es algo que el concierne. ¿Qué tienes en el corazón, Ivory Khanstein, que vacila entre un lado y el otro? Ah, claro, es una bruja, y como todas las brujas, vive al límite de una línea que es demasiado fácil atravesar. Pienso en Emily Yates, esa dulce niña a la que he visto crecer desde la adolescencia, y no puedo evitar compararla con la bruja que tengo delante, que se ha agachado frente a mí y me ha puesto su mano fría en el hombro. ¿Dónde empiezan sus diferencias y acaban sus similitudes?

Emito una suave risa cuando me reprocha como a un niño travieso. Hacía años que nadie me reprendía de semejante manera, y aunque probablemente esta mujer tenga edad para haber sido mi madre tres veces, no puedo evitar sentir que es extraño que un rostro tan joven me mire como si yo no fuese más que un bebé recién nacido. Se separa de mí y aprovecho para dejar que el cansancio se apodere de mi cuerpo nuevamente; de pronto la idea de que una de sus sirvientas me lleve a casa no me parece tan mala, porque si conduzco en estas condiciones provocaré un accidente. No me sentía tan derrotado al salir del Hospital, pero tratar a Liana y el estrés que eso me ha supuesto me ha dejado destrozado.

Cuando vuelve a mi lado cojo la nota que me tiende. Sonrío. No esperaba otra letra proveniente de esa mano. Atiendo a sus explicaciones, y la expresión de mi rostro cuando se muestra fría e impasible no es de desagrado ni de desconcierto, sino de una sorpresa divertida, porque desde luego, Ivory es una criatura llena de sorpresas. ¿Hasta qué punto interpreta un papel cuando hace de tirana o es así de verdad? ¿Acaso la criatura que ha estado limpiándole el agua a Liana es su máscara, en realidad? Comienza a intrigarme más de lo que querría reconocer, pero tampoco voy a hacer hincapié en el tema. Permanezco en silencio y no le respondo; sólo asiento a cada palabra que me dice.

Al salir ella entra Annia. Yo le sonrío, cansado, antes de levantarme a por el teléfono. Marco el número del hospital y pido que contacten con Sam, porque tengo algo que comunicarle. Su voz es nerviosa, agitada, como siempre que le pido que saque sangre del depósito porque cualquier día pueden pillarnos y nos cae un puro. Pero nunca he sido muy descarado y siempre lo justifico; la última vez fue para un vampiro sediento, y dije que había tenido que hacer una transfusión de un accidente. Tuve que hacer el paripé, coserle algunas heridas imaginarias que luego él se quitó en su casa, pero sirvió. Ya se me ocurrirá algo para esto.

Mientras espero a que Sam venga le pido a Annia que me ayude a cambiarle la ropa a Liana, que vigile su temperatura corporal y la mantenga despierta. Cuando le pongamos la sangre podré dejarla descansar al fin, porque tendrá plasma reponiéndose dentro del cuerpo. La tumbamos sobre un pequeño sofá bajo las mismas sábanas sucias antes de ponerle algo, y entre los dos rehacemos rápidamente la cama con sábanas limpias. Luego Annia la viste. Volvemos a dejarla suavemente sobre el colchón, y yo la entretengo contándole historias de mi infancia. Le describo la casa en la que nací, donde me crié, del jardinero que me introdujo en su mundo. Con la mano le acaricio el pelo y ella me mira, agradecida y agotada. Annia está pendiente de la puerta de entrada, por eso sale volando cuando Sam llega con su coche; a penas oigo ni veo nada, pero cuando la puerta de la habitación vuelve a abrirse no está mi compañera. Sólo Annia. Antes de que diga nada asiento con la cabeza, comprendiendo por qué no la ha dejado pasar, y me trae el estuche donde están los utensilios para la transfusión.

Diez minutos más tarde he salido del cuarto por primera vez en… ¿horas? Es la impresión que me da, y el aire nunca me ha sabido tan limpio ni tan bien. Vuelvo a frotarme los ojos, agotado, y miro la hora en el reloj que he ignorado todo el rato. Las once y media. ¿Tanto tiempo ha pasado entre una cosa y otra?

Mientras suspiro profundamente me da por observar ahora detenidamente la casa en la que estoy. Impresionante es la primera palabra que se me viene a la cabeza. La otra que es le pega perfectamente a Ivory. Sofisticada. Elegante. Hermosa. Y a la vez fría. Como las mansiones de los cuentos de las reinas de Sally; distante; casi como si estuviese en un sueño. No se escucha ningún sonido, salvo el de mis pasos, mientras camino hacia la cocina con las manos en los bolsillos. La entrada tiene el suelo limpio, sin una mancha de sangre, como si no hubiésemos pasado por allí. Annia se ha quedado con Liana pero me ha indicado como llegar, y aunque puede parecer laberíntica por sus pasillos, sus escaleras y sus ventanales, encuentro rápidamente el sitio. De dentro llegan los únicos ruidos que hay en toda la mansión, que quedan rotos levemente cuando abro la puerta para adentrarme al interior. Ivory bebe vino sentada a la elegante mesa que viste la bonita cocina. El chico que me abrió la puerta… No. La chica. ¡Es una chica! De pronto me siento avergonzado por haber pensado en él como un hombre. Sólo puedo dirigirle un leve saludo con la mano y una sonrisa al dirigirme hacia donde está mi anfitriona, permaneciendo de pie a su lado

Liana sobrevivirá esta noche. He dejado a Annia con ella para que la cuide. Le hemos cambiado las sábanas y la ropa. —Me decido a sentarme frente a ella, suspirando profundamente y cerrando los ojos durante unos segundos, disfrutando de la sensación de poder descansar un momento—. Y lo cierto es que, a pesar de mis reticencias iniciales, ahora me siento más que dispuesto a aceptar su ofrecimiento de que alguien me lleve a casa cuando haya descansado un poco. No me apetece dejar huérfanas a mis niñas.

La chica me sirve algo de comer y de pronto me doy cuenta de lo tremendamente hambriento que estoy. Se lo agradezco profundamente. Se parece al risotto pero no estoy demasiado seguro de qué es. No me importa. Lo devoro como si fuese lo más delicioso que he probado nunca mientras sirve una bandeja con té. Dejo de comer un segundo para volver a mirar a Ivory. Sus ojos azules me hielan.

Gracias por su amabilidad hoy, señora Khanstein, por haber colaborado. Me ha facilitado mucho el trabajo y por eso ella se salvará. Sólo espero que el castigo que le espera no sea demasiado severo, y no quiero meterme en su forma de tratar a nadie. Pero esa chiquilla ha sufrido mucho esta noche.


Última edición por Desmond Lynch el Mar Jun 24, 2014 12:37 pm, editado 1 vez


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El doctor
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Una urgencia de última hora

¿P
or qué todos sus empleados le tenían terror? La luz de la lámpara de cristal se reflejaba en la superficie rojiza del líquido dentro de la copa. Sabía que era una persona que imponía con su mera presencia, y por supuesto que cualquier humano le tendría miedo a su amo brujo, pero ella no se consideraba tan cruel e impasible hacia ellos. Tenía reglas, eso era lógico, no iba a dejar que danzaran a su aire sin control alguno, pero las consideraba más que justas; si no cumplías lo establecido habría castigo, mejor o peor en función de la gravedad, ¿tan malo era eso? Simplemente tenías que hacer las cosas bien, no era algo tan complicado a su parecer, eran ellos los que se infligían el castigo a sí mismos al no cumplirlas, ella no era la mala del cuento. Al menos así lo creía ella, o era su forma de no sentirse culpable al respecto. Ivory estaba dibujando el borde de la copa con la yema del dedo cuando Desmond se presentó en la cocina.

La bruja seguía tan absorta en sus pensamientos que no levantó la mirada del líquido rojo cuando comenzó a hablarle. -Bien. -se limitó a musitar distraída, hasta que algo captó su atención y levantó la mirada hacia Desmond. -Por supuesto, haré que le lleven su coche en cuanto le dejen en su casa. -miró a Alex, quien estaba preparando algo para que el buen doctor cenase, que asintió dándose por aludida de que tenía el deber de llevarle a su casa cuando él quisiera. -Así que padre. Le pega serlo. -admitió con una sonrisa cansada volviendo su mirada a su bebida. Quien lo viera jugando a las Barbies con las niñas o paseando un carrito de bebé, pero aquel hombre parecía estar hecho para ser padre, tan amable y buena persona. -La señora Lynch tiene que estar encantada con usted, aunque imagino que no le gustará cuando tiene que hacer trabajitos extra. -comentó sin malicia alguna, sin saber la historia que había detrás de todo, mientras daba el primer sorbo al vino.

-No sabía que le gustaba así que le dije que preparase algo de pasta, si no es de su agrado se le preparará lo que pida. -hizo un gesto con la mano a Alex para que se marche después de ver el éxito de su plato y una vez ha servido el té. -Creo que no hará falta. -comentó sonriente al ver como el doctor devoraba aquel plato. Pobre, a saber cuando había sido la última vez que había probado bocado.

Las palabras de Desmond hace que gire la cabeza confusa. Nadie nunca le agradecía nada, ni siquiera sus clientes por mera cortesía, pero él parecía hacerlo sinceramente y eso la descolocaba. -No... No ha sido nada. -balbuceó sin saber muy bien qué decir. -El mérito ha sido todo suyo, usted es el médico, yo sólo me dediqué a hacer lo que se me decía, por una vez en mi vida. -sonrió. En ese momento le dio por pensar en esas situaciones en las que, tras una tragedia, la persona se recupera y escapa de las manos de la muerte y sus familiares dan gracias a Dios en lugar de la persona que les ha informado que sobrevivirá, ese médico que ha sido quien realmente le ha salvado la vida. Lo encontraba de lo más insultante y deplorable. -En cuanto a eso... -el semblante de Ivory se tornó serio, no le gustaba que se metieran en sus asuntos. -No se ofenda señor Lynch, pero cómo adoctrine a mis sirvientes no es asunto suyo. -estaba cansada, se le notaba en la cara. Su semblante serio se derrumbó en seguida y comenzó a masajearse la sien. -No se preocupe por ella, no le pasará nada, acabar de esta manera ha sido suficiente castigo.

Su dolor de cabeza no había hecho más que aumentar durante todo aquel tiempo transcurrido. Dando un vistazo al plato casi terminado de su ahora invitado se preguntó cuando había sido la última vez que había probado bocado. No recordaba haber cenado, ni comido, y la noche anterior sólo había alimentado a su cuerpo con un vaso de whisky, si acaso eso contaba. Notó como la cabeza le daba vueltas y comenzaba a ver pequeñas motas negras donde no había nada. Ivory se levantó son suma delicadeza del a silla, apoyando después su mano en el respaldo. -Si me disculpa un momento voy a... -pero Ivory no pudo terminar lo que quería decir. El cúmulo de cosas por las que había tenido que pasar aquella semana hizo mella en ella. El estrés al que había sido sometida aquel día, unido al no comer, causaron que se desplomara.

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La gardenia
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Sonrío aliviado cuando veo que su ofrecimiento sigue en pie, y que además me traerán el coche una vez me hayan dejado en casa. Ciertamente es un gran alivio, porque no me quiero ni imaginar lo que habría tenido que hacer tanto para marcharme como para recuperarlo; ni siquiera recuerdo en qué zona de la ciudad estoy, pues llevaba tanta prisa en intentar salvarle la vida a Liana que no me he fijado en las directrices de la chica ni en los edificios que colindaban la mansión.

Cuando me dice que me pega ser padre no disuelvo la mueca de mi rostro, pero sí lo hago cuando menciona a mi esposa, momento en el que mis labios parecen cuartearse y la boca se me seca. De pronto el vino que está tomando se me apetece mucho, pero lo dejo de lado. Me centro en otra cosa. El alcohol destrozó mi vida una vez, así que nunca jamás volveré a probar ni una gota conscientemente. Sólo endurezco el rostro y asiento, porque a Ada no le gustaba demasiado que pasase tanto tiempo rodeada de subterráneos por temor a que me hiciesen daño.

No obstante me calmo lentamente. Ivory no sabe nada. Ivory no tiene la culpa de nada. No fue ella quien permitía que los subterráneos neo-natos apareciesen en mi casa para ser atendidos fuera de hora. Ni fue ella la que se retrasó estúpidamente aquella noche, como tampoco fue ella quien me hizo caer en el alcohol. El recuerdo de Tyler me estremece, porque siento que nunca seré capaz de olvidar su voz insinuante ni su sonrisa torda. Cada vez que un vaso de licor se posiciona frente a mí me parece escuchar su tono burlón, bromista, incitándome a continuar, a que posase los labios sobre el vaso para ingerir el whisky.

La sonrisa regresa cuando su rostro se muestra confuso ante mi agradecimiento, e incluso suelto una risilla muy leve, escondida por el tenedor con el que me llevo la comida a la boca. Ese gesto, tan sutil y desconcertado, me indica que, probablemente, no está demasiado acostumbrada a que la gente por lo general sea así con ella. La imagen de ‘capo de la mafia’ se me sigue viniendo a la cabeza cuando la observo, aunque ligeramente diferente por el mero hecho de que es una mujer y que si es bruja, probablemente sus mafias se dediquen a otras cosas en las que yo prefiero no indagar. Y quizás sólo necesita a alguien que sea más amable con ella y sus sirvientes ya no le tendrían tanto terror. Siento compasión de pronto por su figura, porque será hermosa, temida y poderosa, pero es como si no tuviese amor. Como si, en el fondo, estuviese sola. Pobre mujer. Casi me arrepiento por haberla detestado horas antes.

Si usted no hubiese estado le aseguro que no habría podido hacerlo solo. Más en el estado en el que me encuentro.

Su semblante serio no me extraña. Sabía que me metía donde no debía al hablar sobre Liana, pero me preocupa su estado, su bienestar. No la he curado ni le he salvado la vida para que alguien con ínfulas de tirana se dedique a hacerle daño. Por eso me alivia escucharle decir que no piensa infringirle ningún tipo de castigo, aunque la palabra ‘adoctrinar’ sigue sonándome muy fuerte e intimidante dentro de mi cabeza. Porque ni ella es militar ni esto es un ejército. Pero me callo prudentemente mis opiniones.

Lo lamento si la he ofendido yo —es lo único que digo.

Cuando se masajea la sien intuyo su motivo. ¿Tendrá dolores de cabeza habituales? Quizás pueda hacer algo para aliviárselos un poco, algún tipo de diagnóstico rápido y una receta con medicación. Porque, por lo que sé, hasta este momento, los brujos ni ningún subterráneo reaccionan mal a la química que a nosotros nos hace efecto; quizás porque tienen algo de humanidad dentro de sí.

Voy a levantarme para despedirme de ella, que parece que tiene intenciones de salir de la cocina, cuando ante mis ojos el cuerpo de Ivory parece volverse flácido y voluble como la mantequilla, y antes de que toque el suelo me he abalanzado sobre ella, formando un considerable estruendo, consiguiendo amortiguar su caída antes de que la cabeza le toque el suelo. La puerta de la habitación se abre, lo que me indica que en ningún momento hemos estado completamente solos, pero no me molesto en girarme hacia la persona que ha entrado porque mi atención está totalmente puesta en mi anfitriona.

Le tomo el pulso y me alivia notar que no es errático, sólo algo débil, motivado quizás por el cansancio. Está algo caliente, pero nada de lo normal, lo cual me sorprende, porque parece tan fría que se asemeja al hielo, y en cierto modo esperaba que su piel estuviese casi helada. Pero no lo está. Es sumamente suave, sorprendentemente cálida, y eso la hace un poco más humana. Con algo de esfuerzo la tomo en brazos mientras me levanto del suelo, y me topo con la chica que me ha hecho de comer; en su rostro se vislumbra algo de preocupación, aunque no sé el verdadero motivo. ¿Le preocupa su señora o el destino que puedan correr ellos si algo le sucede?

Llévame a alguna habitación con un sofá o una cama donde pueda dejarla.

No le pido ir a sus aposentos porque quizás ella no lo soportase. La joven me indica diligentemente el camino hacia una especie de saloncito que parece sacado de otra época, como toda la casa y la propia Ivory, y un hermoso sofá donde con sumo cuidado la dejo reposar. Hinco una rodilla en el suelo mientras le paso la mano por la frente. No tiene fiebre, a pesar del leve ardor de su piel, pero aún así no quiero arriesgarme. Le pido de nuevo una palangana, esta vez con agua muy fría, y algo con lo que refrescarle. Tarda tan poco que me sorprende, pero no digo nada. Sólo me limpio a empapar el paño, a quitarle el exceso de líquido y a acariciarle la frente suavemente con él.

¿Cómo te llamas? —le pregunto a la chica, que me observa con timidez.

Alex.

Bien, Alex. ¿Puedes decirme cuándo fue la última vez que comió tu señora?

Yo… lo cierto es que no lo sé. A veces se olvida y… pasan días. —Eso me alarma considerablemente, pero no lo demuestro—. ¿Está…?

Se ha desmayado. Se frotaba las sienes antes, por lo que intuyo que no tiene demasiada azúcar en el cuerpo y le ha podido dar una bajada de tensión. O simplemente se ha desplomado por el estrés, pero casi con toda probabilidad está relacionado con su ayuno voluntario. Así que por favor, prepárale algo suave a ella de comer. Y antes de eso tráeme algo de whisky. Lo necesitaré para cuando se despierte.

La muchacha asiente fervientemente con la cabeza, me consigue una botella y una copa y se marcha. Yo me las quedo observando durante interminables segundos. De pronto la garganta está seca otra vez, yo me sigo encontrando agotado y un lingotazo me vendría de perlas para reponer fuerzas. Pero me fuerzo en observar a Ivory, a su rostro de porcelana que ha perdido el color y pienso en mis hijas, en Eliza y en Sally, que me esperan dormidas en casa. No sucumbiré. Nunca más.

Señora Khanstein. Señora Khanstein —la llamo suavemente, casi con dulzura. No es bueno perturbarles con sonidos demasiado fuertes. Cuando veo, tras varios intentos, que no responde, me relamo los labios, y faltando un poco a mis principios, porque es la clase de mujer con la que nunca lo haría, me atrevo a llamarle por su nombre de pila, porque aunque parezca una estupidez, eso realmente funciona—. Ivory. Ivory despierte. Ivory.


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Una urgencia de última hora

N
o podía ver. En ese momento todo era oscuridad a su alrededor. Una oscuridad eterna y aterradora que se extendía hasta el infinito. Hacía que se sintiera sola y desprotegida en ese inmenso mar negro. Pero en cambio podía oír. Al principio eran pequeños susurros en la lejanía. Intentaba dirigirse a ellos pero no sabía donde estaba, ni el camino que debía de seguir. Pero ella intentaba con todas sus fuerzas llegar hasta aquel sonido que poco a poco se tornaba más claro. *Señora Khanstein* era lo que le parecía oír. Aquello era como un deja vu, ya le había pasado antes, estar en un lugar irreal y oír su nombre. Pero seguía lejos, inalcanzable. Hasta que lo escuchó. Su nombre, no un "Señora Khanstein" o un simple "Señora", era su nombre, Ivory, dicho por una voz familiar. Una voz que sonaba serena y confortante, en la cual aferrarse.

Los ojos de la bruja se abrieron con lentitud. Todo estaba borroso en aquel instante, a penas lograba distinguir manchones, luego sombras y, después de unos segundos, figuras irregulares. La cabeza le daba vueltas y estaba mareada. Miró desorientada al hombre que estaba junto a ella. *Desmond* pensó mientras le miraba confusa y sin saber muy bien qué estaba pasando. Su mirada se movía pesada de un lado a otro de la habitación. Aquello no era su cocina, era una de las salitas del piso de abajo. ¿Cómo demonios había llegado hasta allí? Hacía dos segundos estaban hablando sentados a la mesa y, sin previo aviso, estaba allí tumbada sin más. Lo último que la morena recordaba era el fuerte dolor de cabeza. -¿Qué... Qué ha pasado? -murmuró con la mirada perdida intentando incorporarse, lo cuál lo único que hizo fue marearla aún más. Sabía que tarde o temprano sus últimos hábitos de vida poco aconsejables le acabarían pasando factura, pero esperaba que fuera más tarde que pronto y en la intimidad de su habitación, donde nadie pudiese percatarse de nada. Ella no podía permitirse parecer débil ante los demás.

Odiaba aquella sensación de debilidad. Hacía que se sintiera como una niña de seis años que necesitaba correr a los brazos de su padre para sentirse bien y protegida. Notaba que a penas tenía fuerzas en el cuerpo si quiera para levantarse de aquel sofá. Notaba la cara húmeda, fresca, como si hubiese salido hacía poco de darse un baño. Se pasó la mano por la frente quitando las pequeñas gotas de agua que en ella se habían quedado. *Oh vamos Ivory, por el amor de un dios cualquiera, no seas tan débil* se decía a sí misma. La bruja esta vez intentó levantarse del todo, mala idea. La habitación empezó a ser borrosa a su alrededor y acabó tropezando con Demond. -Lo... lo siento. -le susurró. Se sorprendió a sí misma diciendo aquello. Realmente se encontraba fuera de lugar como para pedir disculpas, ni por educación o cortesía solía pedir perdón, jamás. Pero allí estaba ella, más pálida que de costumbre, con sus mejillas normalmente sonrosadas blancas como la leche y la mirada perdida buscando la de su acompañante, buscando una manera de salir de ese torrente de miedo y soledad que se le había infundido.

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La gardenia
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Continúo pasándole el trapo húmedo por la frente mientras susurro su nombre, pero Ivory en un principio no responde. No me preocupo más de lo debido porque estoy convencido de que sólo es un desmayo y ella parece una mujer lo suficientemente fuerte como para sobreponerse a esto. No me parece el tipo de mujer que necesite recibir un rapapolvo por no comer debidamente, pero me siento realmente tentado de hacerlo; a fin de cuentas, el médico que llevo en mí nunca desaparece. Deformación profesional, lo llamaba Ada, cuando me dedicaba a asegurarme que los lunares que le salían en la espalda no eran peligrosos, a pesar de no ser dermatólogo, como no soy nutricionista. Pero cualquier profesional sabe que las personas deben comer cinco veces al día, y por muy bruja que sea Ivory, por mucha sangre de demonio que tenga en su interior, sigue necesitando de sustento para poder sobrevivir.

Cuando sus párpados comienzan a batirse con lentitud pienso de nuevo en el aleteo de una mariposa, y sonrío algo agradecido cuando por fin sus ojos me enfocan de nuevo. Parece confundida, lo cual es normal. Los desmayos siempre trastocan. La observo enfocar los ojos en todas partes y en ninguna en concreto mientras dejo el trapo sobre uno de los lados del recipiente, colocándole la mano en la frente para medirle la temperatura. Parece que le ha bajado un poco, pero tampoco quiero que se enfríe demasiado.

Se ha desmayado —respondo suavemente a su pregunta, frunciendo el ceño al ver que intenta incorporarse—. No, Ivory. No debe hacerlo. —Me tomo la licencia de llamarle de nuevo por su nombre de pila de forma inconsciente, aunque me censuro por dentro cuando me doy cuenta. Esas confianzas, Desmond…

Le pongo las manos en los hombros y la obligo a quedarse tumbada sobre el sofá, colocándome junto a ella, ocupando un leve espacio del asiento. Pero ella, que debe tener más orgullo que todos los habitantes de New York concentrados en una sola sala, desatiende mis acciones e intenta erguirse de nuevo, lo que hace que prácticamente se caiga encima de mí por culpa de lo repentino de sus movimientos. Obviamente está mareada por culpa de la falta de alimento, así que no es eso lo que me sorprende, sino el leve ‘lo siento’ que sale de entre sus labios. Vuelvo a parpadear, sorprendido, porque esta mujer no deja de mostrarme cosas que uno no puede percibir a simple vista en ella.

La sujeto por los hombros de nuevo y durante un segundo la distancia que nos separa es muy corta. Su mirada es tan intensa, tan desesperada, busca la mía con tanto ahínco que me quedo quieto donde estoy, casi sin poder mover un solo músculo, porque me sobrecoge. Huele bien, y está anormalmente pálida, pero sigue siendo hermosa. Una belleza fría, distante, heladora, que más que incitarte a acercarte de pide que permanezcas alejado, contemplándola como una bella estatua de mármol. ¿Eso es lo que es Ivory para las personas? Un simple busto tallado en roca, de placentera contemplación pero imposible acercamiento. ¿Es lo que pretende ella, también? Que la gente no se le acerque; ser toda la vida algo digno de exposición pero no de compartir cariño, sentimientos. Se me hace tan extraño tener cerca una mujer así, porque nunca me habría aproximado a alguien como ella… Es tan distinta a mi esposa. Mis ojos se desvían sin querer a la alianza que aún visto en el dedo y suspiro, recobrando un poco la compostura y apartándome del embrujo de sus ojos claros, enigmáticos y hechizantes.  

Vuelvo a sonreírle, y con sumo cuidado hago que se recueste sobre el respaldo del sofá, como si fuese algo frágil y delicado. Porque podía parecer que no nada más verla, pero la mirada perdida, desolada que me ha dedicado los segundos que la he mantenido prendida sobre la de ella me hacen entender que quizás es más frágil de lo que podemos llegar a pensar.

No tiene nada por lo que pedir disculpas. Sólo tiene que procurar acordarse de comer más a menudo y no beber tanto alcohol sin haber ingerido nada sólido —le reprocho amablemente. Me inclino para coger el balde con agua, que coloco sobre mi regazo, y empiezo a refrescarle la frente y el cuello—. Le he pedido a Alex, la chica que me ha hecho la cena, que le prepare algo a usted también. Algo ligero y suave, pero algo, a fin de cuentas. Le vendrá bien. Me quedaré con usted hasta que se encuentre un poco mejor. —Mi mirada sigue estando cansada, pero la comida me ha sentado bien y me encuentro con algo más de fuerzas. Además, no podría dejarle sola ahora. No cuando me ha estado mirando como si yo fuese el único clavo ardiendo al que pudiese aferrarse.


Última edición por Desmond Lynch el Mar Jun 24, 2014 12:40 pm, editado 1 vez


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El doctor
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Una urgencia de última hora

S
eguía confusa, bastante de hecho, y no sólo era por haberse desmayado repentinamente hacía a penas unos minutos. Ivory era de ese tipo de personas que odiaban ser tocadas por los demás, fuese en la situación que fuese, pero en cambio el suyo... *Ivory Natasha Khanstein, ni se te ocurra pensar más allá, es un simple humano, ¿recuerdas? Un intruso en tu casa que se irá como mucho en unas horas y, con suerte, no lo tendrás que volver a ver nunca más* se decía a sí misma. Pero su delicada piel de porcelana no decía lo mismo ante el áspero tacto de sus manos contra sus delicados y, ya casi, esqueléticos hombros. Y esa mirada, pocos eran los que se la mantenían. En realidad se sentía desprotegida, que su coraza se desquebrajaba ante aquellos ojos azules, como si pudiera ver dentro de ella sentimientos de los que ni siquiera era consciente o sus temores más profundos, pero era difícil dejar de mirarlos, eran tan diferentes a los que se reflejaban en su espejo todas las mañanas, aquellos expresaban amabilidad y acercamiento, aunque parecían los ojos de alguien cansado que había pasado por mucho sufrimiento.

Sin mediar palabra, nota como sus brazos ejercen la presión justa sobre ella para que se recueste de nuevo, lo que hace sin rechistar ni poner alguna mueca de molestia, simplemente pestañeando para salir de aquella tonta ensoñación. ¿Habría sido él quien la había llevado a cuestas hasta allí? Seguramente sí, era el único de los que había en aquella casa que podía con ella. En ese momento sintió vergüenza al darse cuenta de ello. *¡Ivory reacciona, no eres una maldita adolescente humana hormonada!*, pero ella no reaccionaba, y lo achacaba todo a lo débil que se sentía en aquel momento. -Eso es fácil decirlo cuando no tienes una vida como la mía, la mayoría de días a penas me da tiempo de dormir unas horas. Vaya eternidad me espera, ¿eh? -intentó bromear ante aquel más que obvio reproche. Seguramente le sacaba cinco, seis, puede que incluso siete veces la edad, por lo que le parecía curioso, si no gracioso, que le reprochase como si fuera una niña que se ha olvidado de hacer los deberes. Debía de haberse dado un buen golpe en la cabeza, porque si no le habría mandado a tomar viento antes de que abriera la boca para hablar.

Ivory pestañeó ligeramente confundida cuando Desmond comenzó a refrescarle el rostro. Más que confusión, su mirada demostraba incredulidad, pero sin embargo no le dijo que parase, ni le reprochó el hacerlo, simplemente se quedó quieta, observando su rostro y preguntándose si era así con todos sus pacientes, lo cuál no le extrañaría lo más mínimo después de como había tratado a Liana, no tenía por qué sentirse especial. -Deberías dormir. -se limitó a contestar observándole. -Lo mío ha sido una tontería, se me pasará enseguida, pero tus ojos... Se te nota el cansancio acumulado. -Ivory no se había dado cuenta de que había empezado a tutearle, no cuando había sido la primera vez que lo había hecho. Además, ¿por qué se preocupaba por él? Él estaba claro que lo hacía porque era su trabajo, su vocación, pero ella... con mandar que lo llevaran a su casa sería suficiente, aunque seguramente el buen doctor insistiera en quedarse y acabaría discutiendo como cuando había pisado por primera vez aquella casa unas horas atrás. Y, teniendo en cuenta lo orgullosa que era, tampoco quería estar dándole pena a nadie.

Fue entonces cuando Alex entró en la habitación sin llamar, seguramente porque pensaría que su ama aún estaría inconsciente, ella sabía lo mucho que Ivory detestaba que no se llamara antes de entrar. Pero la cara de sorpresa de Alex no se debió a simplemente verla despierta, fue más el hecho de encontrarles de aquella manera, ella recostada en el sofá y Desmond refrescando su cansado rostros. -Le traigo su crema de almendras, su favorita, señora. -se limitó a decir antes de dejar la bandeja sobre una pequeña mesa junto a ellos. -Si me necesitan estaré junto a la puerta. -dijo antes de desaparecer de nuevo. Ivory miró asqueada el plato, todo lo que le apetecía en aquel momento era quedarse en aquella posición y tomarse un trago, no tener que comer obligada por aquel humano que tanto la confundía.

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Sonrío cuando bromea torpemente con respecto a su condición de eterna, notando que me relajo un poco más. Los segundos que nos han precedido me hacen sentirme algo más incómodo de lo que me gustaría reconocer. Hacía tiempo que no me encontraba en semejante situación, tan íntima, casi como si pudiese rozar su alma, con una mujer, y es algo que no sé si quiero repetir, quizás porque me asusta un poco. Llevo tanto tiempo aferrándome al recuerdo de Ada, a su dulce voz, a sus ojos cariñosos, que aunque me haya sentido atraído por otra mujer nunca me he dado el lujo de estar en ningún contexto semejante porque me ha parecido siempre un insulto a su memoria y a los sentimientos que tuve y que tengo por ella. Pero esto ha sido tan repentino que no he podido controlarlo, y mientras le humedezco la piel me siento todavía poderosamente embrujado por su esencia.

Tanto el hecho de que me tutee como la obvia preocupación que reflejan sus palabras no ayudan a que me sienta un poco más distante de ella. No la comprendo. No la entiendo bajo ningún concepto. ¿Realmente es tan voluble, o sólo se muestra así en su fragilidad, en la intimidad de sus aposentos, cuando nadie más puede verla? ¿Cómo es posible que una mujer pueda mostrar dos caras tan opuestas con un lapso de horas, o incluso de minutos, como le he presenciado hacerlo? ¿Se ha fraguado sola en ese fuego o hay algo más? Emito un suspiro algo pesado, dándole a entender que evidentemente estoy cansado, pero no puedo dejarla sola cuando acaba de desmayarse.

Voy a responderle cuando Alex se adentra en la habitación, y la incomodidad se acrecienta un poco, porque tiene la mirada que se le queda a un adolescente cuando pilla a dos adultos en un momento que no debería ser interrumpido. Asiento cuando nos informa de que permanecerá junto a la puerta en todo momento cuando la necesitemos, aunque yo creo firmemente que debería irse a descansar un poco. Pero Ivory es quien controla a esta muchacha, como al resto en la casa, y ya me ha dejado claro que no debo inmiscuirme en su forma de llevar a sus sirvientes.

Sonrío divertido al ver la mueca que pone al contemplar la crema, y después de refrescarle el cuello un poco más, me inclino para dejar el recipiente sobre una mesita que hay cercana. Me levanto, cojo el plato que Alex ha dejado ahí, con la cuchara y junto a una copa de coñac, y se lo tiendo a Ivory sin ningún tipo de reparos, contemplándola con la misma cara con la que le reprendo a Sally cuando quiere postre sin haberse comido las verduras.

Agradecería que lo hiciese usted sola, Ivory, porque no tengo ningún reparo en darle de comer yo, pero creo que eso heriría su orgullo y no quiero hacerla sentir incómoda. Así que, por favor, coma.

Espero a que proceda a hacerlo.

Con respecto a mí, descansaré, como ya le he dicho, cuando usted se encuentre acostada en su cama, después de haber cenado algo. La copa de coñac es para cuando termine, yo no bebo.

Intento ignorar la sequedad que me inunda la boca y me pongo de pie, rodeando el sillón para acercarme al ventanal que hay detrás del sofá. La luna aún no está llena, pero su suave fulgor me acaricia el rostro con su suave tacto. Las imágenes de la noche en que murió Ada me golpean y la melancolía me inunda hasta tal punto que tengo que volver a masajearme el puente de la nariz para evitar llorar, porque con las lentillas no me parece precisamente lo más aconsejable.

¿Sabe? Cuando mi esposa y yo nos casamos éramos muy jóvenes los dos. Yo tenía unos veintinueve y ella veinticinco. El día en que le pedí matrimonio le hablé primero de los subterráneos, para saber si podría compartir mi vida con ella o no. No me miró como si estuviese loco pero sí que se mostró reticente al principio; sin embargo, no sé por qué, al final terminó creyéndome —no tengo ni idea de por qué le estoy contando esto a esta mujer, pero las palabras fluyen solas fuera de mí. Es la primera vez que le hablo a alguien de Ada desde que dejé la bebida, porque decidí avanzar, y es agridulce. Sin embargo me mentí. Sigue encadenada a mi espalda porque no puedo dejar pensar en ella—. Con el tiempo me reconoció que sentía lástima de ellos, y que entendía que quisiese ayudarles, a pesar de que nunca había visto y nunca vería ninguno. Cuando le pregunté por qué —frunzo el ceño—, me dijo que era porque la eternidad era un castigo muy grande como para que nadie fuese amable con ellos nunca sólo por ser diferentes. ‘Son hijos de demonios en su mayoría’, le dije yo, ‘es normal que la gente no sea amable con ellos’. Ada sólo alzó los hombros, sonriendo, y me respondió que ese era uno de los motivos por los que se había casado conmigo. Porque a pesar de que eran hijos de algo malvado, yo seguiría ayudándoles. —Una lágrima se me escapa y me apresuro en limpiarla. Duele. Entonces me giro a Ivory con una sonrisa triste en los labios—. Así que por favor, empiece a comer a menudo, Ivory. No voy a estar siempre para vigilar que lo haga —bromeo.

Regreso al sofá a paso lento, con las manos en los bolsillos, y me tiro un poco de los pantalones para subir las perneras antes de sentarme. Dejo caer los brazos sobre las piernas y junto las manos por los dedos, dirigiendo la mirada hacia el suelo. La inmortalidad… Suena tan pesado, tan horrible. ¿Cuántas vidas habrá vivido? ¿Cuántos lugares habrá conocido? ¿Con cuánta gente se habrá topado a lo largo de su longeva existencia? ¿Y cómo puede vivir con todo ello a su espalda? Las personas que va conociendo van muriendo progresivamente, dejando un mar de recuerdos tristes detrás. A lo mejor es fría simplemente porque no quiere experimentar ese tipo de cosas, como Emily.

¿Puedo preguntarle, si no es indiscreción por mi parte, cuántos años tiene, Ivory? Entiendo que no quiera responder porque es muy personal, pero es mera curiosidad. La eternidad debe de ser muy solitaria, y me preguntaba, también, si no hay o ha habido algún momento en el que se haya cansado de ella. Yo no podría vivir para siempre; no soportaría ver morir a mis hijas.


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Una urgencia de última hora

E
narcó una ceja mientras alternaba la mirada entre Desmons y su poca deseada comida, lo único apetecible de aquella bandeja era la copa de coñac. ¿Sería capaz de hacerle comer a la fuerza? Vaya pregunta, después de lo que había visto aquella noche era más que obvio que, al menos, intentaría hacerlo si no conseguirlo teniendo en cuenta el estado en el que estaba en aquel momento. Después de repasar los pros y los contras de hacerle caso o no, Ivory acaba rodando los ojos y cede a su petición de mala gana, cogiendo la bandeja de sus manos.

Aquel hombre parecía ser igual de terco que ella misma. "Descansaré cuando usted esté en su cama después de haber cenado". Él era el primero que necesitaba una cama urgentemente, no ella, pero no tenia sentido ponerse a discutir con él sobre qué debía y qué no debía de hacer ya que haría oídos sordos de lo que la bruja le dijese, al fin y al cabo no era uno de sus criados a los que podía ordenarle nada, así que se limitó a tomar una pequeña cucharada de su, casi rebosante, plato de porcelana. Tenía que admitir que estaba deliciosa, Alex había estado muchas noches cocinándole crema de almendras y ya era toda una experta, ni el mejor chef podría hacerla mejor, pero no le apetecía, la boca de su estómago estaba cerrada y a penas quería dejar pasar alimento alguno, pero Ivory se obligó a sí misma a hacerlo. Pero sin previo aviso paro de hacerlo.

Ivory no comprendía muy bien por qué Desmond le contaba algo tan personal e íntimo como aquello, pero no pudo evitar fijar toda su atención en sus palabras. Su voz sonaba quebradiza, aflijida, como si el recuerdo de su esposa le causara más dolo que alegría, como deberían ser los recuerdos de aquellos a quienes se quiere y echa de menos. Pero para él parecía ser una horrible carga que le perseguiría el resto de sus días. No quería interrumpirle de ninguna manera, su respiración incluso se volvió más lenta, a penas pestañeó, hasta que se volvió a ella. Tenía los ojos cristalinos. -Yo... -bajó la cabeza avergonzada. Aquellas palabras... se preguntaba si alguna vez alguien habría estado tan aferrado a su recuerdo como él lo estaba al de su esposa, lo dudaba. Se sintió vacía y perdida. -¿Por qué lo hace? ¿Por qué me cuenta esto? Es más, ¿por qué se porta a sí conmigo? -dijo casi sin pausa con el ceño fruncido mirándole fijamente a los ojos. Estaba enojada, con él, ¿por qué se portaba de aquella manera después de como le había tratado? Sabía muy bien todo lo malo que había hecho a lo largo de los siglos y por ello sabía que no se merecía que la tratasen así.

Puede que se debiera a lo débil que se sentía o puede que por todo lo extraño que había pasado a lo largo de la noche, pero aquella pregunta le sacó una sonrisa. -¿Nunca le han enseñado que hacerle esa pregunta a una mujer de mediana edad puede ser ofensivo? Tengo exactamente 632 años, Desmond, ni más ni menos. Depende de como se mire la inmortalidad puede ser un don o una maldición. -dijo con una sonrisa llena de melancolía. -¿Sabe? Yo también estuve casada, hace bastante tiempo. En mi época la gente se solía casar por conveniencia, y yo no fui diferente al resto, pero, como dicen, el roce hace el cariño. Llegué a quererle, mucho, nunca he sido tan fría como lo soy ahora, créame. Murió por una enfermedad poco después de la muerte de mis padres, cuando yo tenía 26 añor. Él no llegó a saber que jamás envejecería junto a él, en cierto modo lo agracedí, pero saboreé lo que me esperaba por el resto de los tiempos. Por eso procuro no relacionarme con nadie hasta el punto de llegar a sentir algo. -cuando terminó de hablar se sorprendió a sí misma. Jamás le había contado eso a nadie, ella era la única que hasta aquel entonces lo sabía. Notó como algo cálido le recorrió la mejilla y, confundida, pasó la mano sobre ella, estaba llorando. No recordaba la última vez que había llorado, ni si quiera a solas, ¿por qué lo estaba haciendo ahora? ¿por qué ante un completo desconocido?

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Su fragilidad cuando le devuelvo la mirada tras hablarle de Ada me sobrecoge. De pronto en mi cabeza se enciende una luz y comprendo que el motivo por el que permanezco aquí, el motivo por el que me he permitido flaquear un segundo cuando la he tenido entre mis brazos; y es que la fragilidad oculta en la coraza de mármol de Ivory me sobrecoge como pocas cosas en el mundo. Es tan distinta de Ada: ella parecía frágil a simple vista, con su sonrisa dulce y sus enormes ojos azules. Pero cuando la conocías veías que no era más que una simple primera impresión, porque era fuerte como una roca, inamovible y poderosa. Ivory se muestra fría, distante y altanera, pero detrás de todo eso sólo hay una mujer solitaria, frágil y perdida en un mundo demasiado grande. No quiero sentir compasión, pero hay un sentimiento que me sobrecoge y me hace sentirme pequeño cuando sus ojos heladores se separan de los míos, demasiado abatida por algo que no sé qué es.

Sus preguntas me hacen reflexionar. ¿Por qué? ¿Es por amabilidad? ¿Es realmente porque su vulnerabilidad la hace atrayente a mí, al médico, o a mí, a Desmond Lynch, el hombre? No consigo verle un final a ese camino, así que lo aparto de mis pensamientos y le respondo con la única verdad que tengo clara en estos momentos mientras camino hacia el sofá para sentarme de nuevo a su lado.

No sé por qué se lo cuento, Ivory; de hecho yo mismo me encuentro desconcertado por ello, porque nunca lo había hablado con nadie. No desde que ella murió. Y el por qué me porto así con usted… Sinceramente sólo sé que en mi interior siento que no puedo abandonarla en estos momentos. No importa lo malvada, tirana, altanera o cruel que haya sido o dejado de ser a lo largo de su vida. Ahora mismo necesita ayuda, necesita mi ayuda, quizás no tanto como médico sino como persona, y no pienso dejarle sola cuando la precisa.

Sonrío al verle esbozar una sonrisa a ella. Por supuesto que lo sé, por eso le he dicho que podía responderme si quería. 632 años. Vaya. Podría ser cuatro veces mi tatarabuela, y creo que nos quedaríamos cortos, lo que ahora hace que encuentre extraño el verla hermosa y atractiva. Me río yo solo para mis adentros sólo de pensarlo, pero cuando escucho que estuvo casa vuelvo a centrar mi atención en ella, conmovido por la melancolía que se dibuja en su sonrisa. La observo romperse delante de mí, y no puedo evitar sentir que un rostro tan marmóreamente bello no debería derramar lágrimas. Puedo comprender por qué parece mantenerse distante de todo lo que le rodea, dentro de esa vitrina de cristal a la que no permite que nadie tenga acceso. Realmente tenía corazón. Amó en el pasado. Sufrió en el pasado. Y por eso no quiere volver a repetir la experiencia. La tristeza que me inunda cuando la veo llorar se acrecienta al pensar en la pequeña Emily, porque le espera una vida semejante, y ella, previsoramente, ha decidido cerrar su corazón antes de tiempo. O ha decidido intentarlo, porque aunque ella no lo crea, de una forma u otra, varias personas han atravesado esa barrera que ella sola ha erigido para protegerse del dolor, e igualmente sufrirá, tarde o temprano. Como sufrió Ivory.

Tanteo los bolsillos de mis pantalones y extraigo de uno de ellos un pañuelo de seda con las letras A. L. bordadas en un bonito celeste para tendérselo, para que se limpie el rostro. Se lo regalé a mi esposa unas navidades y es el que siempre llevo, al igual que la foto que tengo de ella en el reloj de bolsillo. Siento una extraña compenetración con esta mujer, de pronto, ya que los dos hemos sufrido cuando las frías garras de la muerte se han llevado a nuestros seres queridos, y tengo el impulso de abrazarla, pero no lo hago. Ya he vulnerado demasiado su intimidad como para hacerlo de nuevo.

Pues lamento decirle que yo sólo veo pegas en la inmortalidad. Conozco a una muchachita que es bruja, como usted, y sólo tiene veintisiete años. Posee un alma frágil —‘como la suya’, quiero decir, pero no me atrevo porque no quiero provocar su cólera; no parece ser una mujer a la que le guste que señalen sus debilidades— y un bello corazón, y sé que cuando descubra que quizás nunca le llegue la muerte su padecimiento no tendrá límites, porque la idea de que vivirá para ver morir a todos los que por alguna vez ha sentido algo le atormenta incluso ahora. Será por mi naturaleza humana, o porque ya he conocido el dolor de la separación, pero creo que prefiero saber que mi existencia es finita para saber aprovechar de ella cada pequeño segundo de cada ínfima vivencia. Creo que tener toda la eternidad para recordar a una persona no se puede comprar a la preciosa memoria del color dorado del cabello de mi mujer o de los ojos traviesos de mi hija pequeña. Todo es más hermoso porque tenemos un final. No es que lo desee, ni lo anhele, pero soy consciente de ello y desde que me conciencié que puede llegar en cualquier momento intento absorber la belleza que me rodea con el mismo anhelo con el que el colibrí bebe de la flor para extraer el néctar. —Cuando me doy cuenta de que he puesto en palabras parte de mis pensamientos más privados, más secretos, intento no ruborizarme, pero me siento ligeramente turbado. Y estúpido. Esta mujer no parece tenernos aprecio por lo que somos a los seres humano, así que no podrá comprenderlo, y probablemente sólo tache de niñería lo que siento. Me molesta ligeramente, aunque quizás siento más tristeza. Ojalá pudiese ver como veo yo las maravillas que me rodean, sabiendo que algún día desaparecerán de mi lado—. Discúlpeme. No quería aburrirle con mis mundanas impresiones.


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Una urgencia de última hora

L
a incredulidad se reflejaba en la mirada de la bruja mientras observaba su pálida mano. Allí, en su dedo índice, una gota danzaba libre, era la lágrima había apartado de su rostro. *¿Pero qué estás haciendo?* se repetía mentalmente una y otra vez mientras miraba como aquel pequeño cúmulo de agua iba desapareciendo hasta sólo dejar un rastro húmedo. Estaba molesta, enojada, rabiosa consigo misma. Había tardado demasiados años en ser como era entonces. Aquel escudo pétreo que había creado no surgió de la noche a la mañana, había sido creado después de todo por lo malo que había pasado a lo largo de su existencia. Estaba cansada de sufrir, no quería volver a sentir, nada, nada en absoluto. Esa era la razón por la que se sumergía prácticamente cada noche en el alcohol, por la cual era tan condescendiente y fría con todos aquellos que la rodeaban, quería dejar de sentir, quería que nadie fuese capaz de sentir nada por ella que no fuera odio, miedo o rencor, quería no tener que volver a sufrir. Pero allí estaba, y había pasado; su coraza se había roto. Todo su ser se había derrumbado ante un completo extraño que simplemente la había tratado "bien". Seguramente ni si quiera porque quisiera, sino porque se veía obligado por su condición de médico y el estado en el que ella se encontraba. ¿Para qué se había convertido en la arpía que era si con un simple "gracias" y unas palabras algo más cercanas de lo que estaba acostumbrada todo se desbarataba? Ella lo veía más como un círculo vicioso perfecto; cuanto más coraza, más fría, cuanto más fría, más odio recibía, cuanto más odio, más vacío, cuanto más vacío, más coraza. Pero jamás había tenido en cuenta el factor de que alguien pudiera comportarse así de la nada, aún después de haberle despreciado en primer momento.  

Sus pensamientos sólo se vieron interrumpidos cuando Desmond se sentó a su lado, haciendo que su mirada se dirigiera a la de él. -¿Su ayuda? -intentó decir con aquella voz prepotente que tan bien sabía poner, no quería seguir pareciendo tan frágil ante él, pero lo único que consiguió fue sonar como una adolescente desesperada que sólo necesitaba que le hicieran caso y se preocupasen por ella. -Lo único que necesito es esa botella de ahí, señor Lynch. -se había excedido, ella misma se lo había buscado, jamás debería de haberse tomado la suficiente confianza como para si quiera tutearle. Y como una niña rebelde que se levanta de la mesa sin pedir permiso cuando no quiere comerse las verduras, ella se limitó a dejar a un lado el plato de comida y echarse aquel coñac en su vaso. Si tenía suerte, Desmond acabaría desesperado con ella y se marcharía, sin querer volverla a ver o saber nada de ella. Un pensamiento triste e infantil, pero en el fondo sabía que era lo mejor para ambos, aunque, curiosamente, le doliera admitirlo. Quizás si era lo que necesitaba, alguien pendiente a ella, que de verdad se preocupase. Puede que él de verdad le hiciera falta, pero se negaba a admitirlo.

Su rostro aún estaba húmedo cuando le ofreció aquel pañuelo. Las letras A.L. bordadas en él destacaban en él. Tuvo que pensar si aceptarlo o no. Era más que obvio que aquellas siglas no le pertenecían a él, y dudaba que fuera de alguna de sus hijas; sólo quedaba su esposa. Aquel delicado pañuelo de seda debía de ser importante para él, guardaba el recuerdo de su amada, y se lo estaba ofreciendo para secarse las lágrimas. Pensó en rechazarlo, pero sabía que eso podría, no ofenderle, sino hacerle daño de una forma u otra. -Gracias. -dijo en un leve susurro a penas audible antes de cogerlo de su mano.

-Siento decírselo, señor Lynch, pero esa joven seguramente acabe cometiendo una locura. Los brujos sólo somos inmortales al paso del tiempo, muchos tratamos de hacer estupideces con tal de quitarnos esa carga de encima. Debería alejarse, distanciarse de todos o resignarse a estar toda la eternidad sumida en el vacío que le provocará ir perdiendo a todos y cada uno de los que sea tan necia de permitir formen parte de su vida. -suspiró. -No son son simples impresiones mundanas. -su tono había cambiado, se volvió más calmado y sosegado, y su mirada se había centrado en el vaso de coñac que sus manos sostenían. -Le entiendo, créame que lo hago. -se limitó a decir aún cabizbaja.

Fue entonces cuando le devolvió aquel pañuelo de seda perfectamente doblado, dejándolo a su lado, y se levantó de su asiento. Ivory quería tratarle de la misma manera que había hecho cuando supo que había entrado en su casa sin su permiso, pero no era capaz de hacerlo. Intentaba sonar despreocupada ante sus palabras, distante, pero dos frases después volvía a hablarle con cercanía, como temiendo hacerle algún tipo de daño. No podía soportar la idea de lo que podría resultar de aquello. Se dirigió con su copa hasta donde hacía poco había estado él, asomado junto a la ventana. La luna estaba preciosa aquella noche. -Váyase, por favor. -su voz sonó quebradiza. No quería que se fuera, no quería quedarse sola, él tenía razón quisiera ella o no, le necesitaba, más de lo que se podía imaginar en aquel momento, pero era consciente de que las consecuencias no serían agradables para él. Su mirada seguía atrapada por la luz que emitía el astro, la cuál se reflejó en otra pequeña lágrima que recorrió su mejilla.

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Las mujeres son un cúmulo de sorpresas. Los hombres también, aunque por norma general somos más predecibles, si bien es cierto que he conocido de todo. Pero lo que envuelve a una mujer es algo fascinante y casi peligroso, porque lo tiñen todo para cubrir sus más profundos secretos, su más arraigada forma de ver las cosas, de una serie de colores que sólo te dejan demasiado impactado como para poder reaccionar buenamente a lo que deciden mostrarte. O a lo que deciden quitarte.

Por eso, cuando vuelve a establecer la distancia que se ha roto entre nosotros minutos antes, me quedo un poco consternado. Sólo un poco, porque ha sido repentino, inesperado, y me ha pillado desprevenido; sobre todo porque su actitud no cuadra con lo que intenta enseñarme. Quiere parecer de nuevo esa mujer altiva y soberbia que pretendió echarme de su casa de una patada, pero su voz parece querer seguir suplicándome ayuda. ¿Por qué no se deja? Frunzo el ceño y los labios, reflexionando sobre sus propias palabras y las mías, observando cómo deja el plato para servirse el coñac en el vaso como una niña caprichosa otra vez. ¿Acaso es por sentirte frágil por lo que estás haciendo esto de nuevo? Suspiro pesadamente mientras me masajeo el puente de la nariz con los dedos.

Las mujeres son un cúmulo de sorpresas y de quebraderos de cabeza. Nunca entenderé esa tendencia a complicarlo todo, a volverlo difícil. Pero estoy siendo injusto en este momento, porque no estoy hablando de alguien como yo, o como Ada. No es lo mismo para una mujer mortal que para una que ha vivido tanto tiempo que ha dejado los sentimientos para las personas que podemos darnos el lujo de abrirse sin que ello vaya a suponer una condenación eterna. Ahora el amor me es tan desconocido como cuando era un niño, aferrado como sigo al recuerdo de mi mujer, así que supongo que en eso nos podemos parecer un poco, porque yo también me muestro distante en cierto modo con las mujeres que intuyo desean algo de mí que no soy capaz de dar. No creo que sea exactamente el mismo concepto, pero al mismo tiempo sí.

Pobre criatura. Perdida y sola.

Sus dedos se aferran suavemente al pañuelo de Ada, pero he visto su duda en los ojos al ir a cogerlo. Está claro que no ha querido. ¿Muestra de debilidad? Pero al final lo ha tomado en sus manos y ha susurrado un ‘gracias’ tan leve que quizás no ha sido siquiera real; simplemente me ha parecido escucharlo.

Lo que dice sobre Emily es hiriente y cortante. No porque me molesten o me duelan. Sino porque dan tan profundamente en la llaga que incluso yo puedo sentir su padecimiento. Dina ha intentado siempre que lleve una vida normal, que se enamore y tenga amigos, pero una criatura que lo primero que recibió en el mundo fue el rechazo de su madre es normal que quiera aislarse del resto. Pero al igual que Ivory en su momento, cuando quiso a su esposo y a sus padres, ella no podrá hacerlo. Porque sigue existiendo el ser humano dentro de estos cuerpos de eterna figura y marmóreo rostro, que viven de forma atemporal. Porque tanto Emily como Ivory tienen un corazón que late y sangra, al igual que el nuestro. Y en cierto modo creo que he hecho que del de esta mujer brote algo de sangre, no sé cómo ni por qué, ya que si no, no comprendo por qué de pronto ha vuelto a forjarse de hielo.

Los dedos de porcelana de Ivory dejan a mi lado el pañuelo de mi esposa casi sin usar, y tras eso, se pone de pie. Cuando me pide que me vaya, junto a la ventana, justo en el mismo sitio en el que minutos antes yo he hecho la reflexión sobre Ada, siento que salta el precipicio que nos tenía separados al principio, desde donde mira a los mundanos con sobrada indiferencia, como si fuésemos hormigas; moscas. Yo no soy nadie para juzgar su forma de actuar, pero no puedo decir que eso me satisfaga; no cuando ha sido la única mujer en muchísimo tiempo capaz de tocar de algún modo mi alma.

Me pongo de pie, volviendo a guardarme el pañuelo de Ada, y me acerco a ella, quedándome justo detrás de su espalda. A mi lado es pequeña, y por mucho que su figura se adivine curvilínea bajo la bata, quebradiza. O quizás es la percepción que tengo ahora tras haberla visto en su fragilidad más pura.

Si usted me asegura, señora Khanstein, que quiere que me vaya ahora mismo, recogeré mis cosas y lo haré. No volveré a molestarle. Pero si sólo lo está diciendo porque no quiere verse envuelta… porque se está sincerando conmigo de alguna forma, y en realidad no quiere que me marche, como ya le he dicho, permaneceré aquí hasta que me asegure de que se encuentra bien. E igualmente, si lo quiere, cuando me marche, no me volverá a ver; al menos no porque yo la busque. Es usted de nuevo quien tiene la última palabra…


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Una urgencia de última hora

E
lla los odiaba, odiaba a los humanos, le parecían seres inferiores, insignificantes, débiles. Débiles. Esa era la razón más fuerte de todas. El problema no lo tenía ella, lo tenían los humanos. Todos aquellos por los que había sentido algo la habían abandonado por ser débiles. Sus padres, su marido, murieron porque no eran lo suficientemente fuertes, dejándola sola, sin saber qué hacer o a dónde ir. Claro estaba, ella no se daba cuenta de lo infantil que aquel pensamiento era pero, ¿cómo se había sentido ella cuando dejaron todos ellos dejaron de respirar sino como una niña perdida? Los despreciaba y, sin embargo, allí estaba su parte humana saliendo a la luz. Todos aquellos sentimientos encontrados no eran más que una muestra de su faceta humana, esa que intentaba por todos los medios encerrar bajo llave para que nadie pudiera verla jamás, esa que Desmond había logrado descifrar casi sin esfuerzo alguno.

Oyó los decididos pasos de Desmond hacia ella y notó su presencia a su espalda cuando se quedó observándola. Se estaba conteniendo. En su interior se estaba librando una lucha mucho más compleja de lo que cualquiera podría llegar a entender o imaginar. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que había dado libertad a aquella parte de su ser que trataba de negar y ahora estaba pagando las consecuencias de ello. Quería quedarse. Esos sentimientos humanos querían quedarse allí, no volver a ser recluidos hasta el fin de los tiempos y luchaban con uñas y dientes por ser aceptados mientras que aquella frialdad que había reinado por tanto tiempo se negaba a ceder su trono. Ella siempre había sido una mujer de extremos, buena o mala, sus mitades nunca habían sido capaz de coexistir y, probablemente, jamás lo lograrían.

-¿Qué es lo que le ha resultado tan difícil de entender? -esta vez su vos sonó fría e impasible. La mujer seguía inmóvil mirando por la ventana al horizonte, mientras se abrazaba el estómago con el brazo izquierdo y acariciaba sus labios con la mano donde sujetaba la copa. Aquel reflejo en el cristal le resultaba desconocido. No era ella, aquella cara tan demacrada con ojos hinchados y mirada perdida no podía ser ella. ¿Qué era lo que aquello le estaba provocando? La bruja se limitó a girar delicadamente la cabeza, mirando de reojo sobre su hombro a aquel hombre. -Sus hijas le estarán esperando preocupadas. -no lo había dicho, no podía decirle directamente que se fuera porque, en el fondo, sabía que no quería que lo hiciera, pero era una vieja cabezona y testaruda que se negaría a admitir tal cosa aunque le fuera la vida en ello, aunque la destrozara aún más.

-Tanto usted como yo sabemos que sólo sigue aquí por mera obligación moral para con su profesión. Pues bien, Liana está descansando estable, como usted dijo y a mi ya me ve, estoy maravillosamente, ya no hay nada que le ate a quedarse en este lugar, es libre de irse cuando usted quiera. -Ivory había girado sobre sí misma, de modo que ambos habían quedado frente a frente el uno del otro. Su mirada se clavó en la de él, furiosa por aquella parte humana que se negaba a dejarle marchar, pero que era aún demasiado débil como para superar su orgullo. Ella no era consciente de lo mucho que lo necesitaba, un pensamiento de lo más estúpido dados los acontecimientos de aquel fortuito encuentro, pero era la realidad. Ella lo necesitaba, pero él no a ella. Era un sufrimiento que podía ahorrarle al buen Desmond Lynch.

Noche | Mansión Khanstein | Desmond Lynch

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La gardenia
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Una vez conocí a una mujer como Ivory,. Se llamaba Teressa O’Dogherty y estaba conmigo estudiando medicina. También era bastante guapa, con una belleza invernal que parecía helar el ambiente, además de impedir que nada creciese por donde pasase. Teressa solía mirarme por encima del hombro cuando se topaba conmigo; alzaba la cabeza, soberbia, altiva, y me hablaba y me observaba con un desprecio que nunca comprendí, porque yo jamás le había hecho daño ni nada a ella; todo lo contrario; siempre procuraba mostrarme amable cada vez que nos topábamos, aunque sólo recibiese desdén. Con el tiempo transformé ese rechazo en recelo, por lo que nunca jamás volví a intentar dirigirle la palabra, siquiera fijar mis ojos en los suyos, porque me irritaba su presencia. Recuerdo que su cara se descompuso la primera vez que la ignoré, pero no le eché cuenta. No volví a echarle cuenta.

Hasta que un día la pillé llorando en una esquina de la biblioteca. Cuando me acerqué a comprobar qué le sucedía, me reconoció que se sentía absurdamente estúpida. Al preguntarle por qué, Teressa me confesó que no me odiaba, ni me despreciaba, ni nada por el estilo, sino todo lo contrario: me admiraba y me envidiaba al mismo tiempo. Yo era uno de los mejores de mi promoción, tenía el cariño de mucha gente y los profesores se llevaban bien conmigo hasta lo permitido. Teressa era una excelente estudiante pero no tenía ningún tipo de dotes sociales; me sorprendió descubrir que en realidad era una joven muy tímida, y como no sabía cómo hablarle a la gente, disfrazaba su timidez de agresividad y prepotencia. Lloraba porque no sabía cómo acercarse a mí sin ser desagradable, pero al ver que yo le respondía seguía intentándolo; quería ser mi amiga. Cuando yo le negué la palabra se derrumbó y se sumió en un vórtice de autocompasión que la estaba destrozando. Hoy en día Teressa es una de mis mejores amigas y la madrina de Eliza, y aunque nos vemos más bien poco, nuestra amistad sigue tan fuerte como siempre.  

Mientras observo la nuca oscura de Ivory, me pregunto si ella es igual que Tessa. Si toda esta frialdad, toda esta hostilidad, la utiliza también porque no sabe cómo llegar a las personas. O si, simplemente, como ella ha dicho, quiere aislarse para no cometer estupideces y evitar el sufrimiento que acarrea la muerte de las personas queridas. Puedo comprender esos sentimientos pero llevarlos tan al extremo me parece algo innecesario; aunque yo no voy a vivir eternamente ni voy a tener que ver morir a Ada mil veces como para poder hablar tan alegremente de algo que desconozco en su absoluta totalidad.

Sus palabras son dagas que intentan clavarse certeras, pero no lo consiguen. Su pretendida indiferencia me duele un poco, pero supongo que es lo que pretende, así que ni siquiera me molesto en reaccionar. Quizás ella no tiene la culpa de ser así. Quizás su hielo ha sido forjado para recubrir su interior, frágil, después de años de padecimientos que ni puedo ni quiero conocer. Se paso la mano derecha por la cara y me aprieto los ojos. Las lentillas comienzan a molestar. Mis hijas… Mis hijas estarán dormidas en este momento; Sally se habrá dormido con la luz encendida después de que Marianne la haya dejado a oscuras porque no le gusta la oscuridad estando sola. Eliza tendrá los cascos puestos por haber estado escuchando música, con la melena rubia rojiza esparcida por la almohada. Mis hijas….

Me relamo los labios. Qué cabezota es, por favor. Incluso me irrita que lo vea así. No estoy aquí con ella, no he querido quedarme a su lado sólo por la obligación moral de mi profesión. Eso lo hice con Liana, porque su vida corría peligro. Está claro que prefiere no pensar que hay personas aún en el mundo que se mueven por la amabilidad sincera y una verdadera preocupación, pero ya me lo decía mi madre cuando era más pequeño, aunque en ese momento yo no la entendía. La amabilidad sin límites es tan mala como la crueldad, porque puede llegar a hacer un daño parecido.

Se ha cerrado tan en banda, ha levantado el escudo de hielo tan resistentemente que ya no hay forma de volver a atravesar hacia el otro lado, lo sé. No necesito una experiencia previa para estar seguro de ello. Así que me marcharé. Es lo único que puedo hacer.

Está bien, señora Khanstein. Me iré. Por favor, dígale a alguna de sus sirvientes que vigile los puntos de Liana, los cure todos los días y le cambien el vendaje. Si se infecta dígale que vaya a verme al Hospital Presbiteriano; allí le atenderé personalmente. —Comienzo a caminar para salir de la habitación, pero antes me detengo unos segundos. Mi cuerpo se mueve solo en esta ocasión, y antes de que pueda reprocharme nada a mí mismo, hablo—. Siento que piense que he permanecido aquí por obligaciones morales y no por voluntad propia. Buenas noches, señora Khanstein.

Y sin decir más, salgo de la habitación.

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Ya lo que quedamos ; ) Responde una vez más y yo cerraré el tema en el siguiente ^^


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