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31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


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Una urgencia de última hora. |Ivory Khanstein|

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Una urgencia de última hora. |Ivory Khanstein|

Mensaje— por Desmond Lynch el Miér Jun 11, 2014 9:49 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Presiono el puente de la nariz levemente con el índice y el pulgar para darme un masaje mientras escucho con cortés atención la lección de medicina que me está dando la señora que ha venido a verme en los últimos minutos de mi turno, casi a las diez de la noche. Al parecer la buena mujer, que ha venido con su hijo adolescente, quiere que le recete a su hijo prozac para poder estudiar porque eso le iba a ‘estimular las neuronas’, porque era algo que había visto en un programa de la televisión. Me armo de paciencia para asegurarle que el prozac no tiene esa función y que, probablemente, sólo termine haciéndole dependiente del fármaco cuando en realidad el chico lo que claramente necesita es a alguien que le escuche. Pero con una madre que no para de hablar, resulta complicado. Me da bastante pena, pero eso es algo que yo no puedo hacer por él.

De modo que le digo que no puedo ayudarle y que por favor venga cuando tenga un problema serio de salud. Se levanta, muy digna ella, y se marcha ruborizada, farfullando cosas en mi contra. El joven me mira como pidiéndome disculpas antes de levantar la mano para despedirse de mí. Le observo con ojos compasivos y una sonrisa condescendiente mientras me aseguro de que no queda ninguna visita pendiente, ante lo que suspiro profundamente, no sin dejarme caer relajadamente sobre la silla de mi consulta. Adoro mi trabajo, pero cuando tengo que hacer turnos de veinticuatro horas es realmente agotador.

Apago el ordenador y empiezo a recoger mis cosas lentamente, por si acaso llega algún paciente de urgencias que necesite mi atención, pero la suerte está de mi parte, así que ya me he colgado el bolso y he cogido la chaqueta cuando Sam entra para asegurarme que puedo marcharme a casa tranquilamente. Mañana tendré todo el día libre, así que podré pasarlo jugando con Sally e intentando que Eliza me cuente algo de su vida, aunque al final será completamente infructuoso. Me despido de mi mejor enfermera con un beso en la mejilla que le hace ruborizarse y salgo al pasillo, despidiéndome del personal que me voy encontrado. El doctor Stevens, un hombre orondo de color, calvo y con unas enormes patillas, me recuerda que hemos quedado los de medicina general a comer para el domingo que viene, a lo que alego con una sonrisa que no me lo perdería por nada del mundo. La doctora Mayers me da un leve carpetazo en el trasero como siempre que pasa por mi lado, y me sonríe coqueta mientras avanza con la bata abierta y sus generosos pechos al aire gracias al pronunciado escote de su blusa roja.

No tardo demasiado en llegar al parking, introducirme en mi coche y ponerlo en marcha. La expectativa de un baño caliente acompañado de una cena deliciosa hace que mi humor mejore considerablemente. Salgo del hospital a una velocidad buena mientras con una mano enciendo la radio distraídamente. Las noticias del día inundan el silencio del habitáculo mientras paso de una calle a otra para llegar a mi casa, en los suburbios. Nada parece entorpecer mi avance.

Hasta que la veo.

Al principio pienso que no es más que una silueta como otra cualquiera, pero cuando nos vamos acercando, mis ojos se abren en pavorosa sorpresa. Me aseguro de que hay hueco en la zona y aparco apresuradamente en el único sitio que veo: la parada del autobús. Sin abrigo que valga, dejo las luces de emergencia puestas a toda prisa, sin fijarme si alguien viene detrás de mí o entorpezco el paso de algún vehículo público y salgo a la carrera de la persona que está tambaleándose dolorosamente por el pavimento. Consigo hacerme con ella antes de que caiga al cemento de la acera. Es una chica joven que tiene varias heridas y está empapada en sangre; quizás suya, quizás de otro.

Eh, eh. Señorita, señorita, despierte.

Mi voz la trae durante unos segundos al mundo. Sus párpados aletean como mariposas enfebrecidas buscando un sitio en el que posarse, y durante unos segundos el azul de sus irises se centra en el mío. Parece dolorida, asustada. Tremendamente asustada. Y no sé por qué. Intenta zafarse de mi agarre farfullando cosas ininteligibles, como que su señora va a matarle, provocando que frunza el ceño. Prefiero achacarlo a su estado. Mientras sigue balbuceando palabras que no entiendo la reconozco rápidamente; nada de lo que tiene es grave, pero ha perdido demasiado plasma y es eso lo que la tiene tan debilitada. El cómo ha terminado así, es un misterio para mí.

Señorita. Señorita no se duerma, por favor. —La cojo en brazos—. La llevaré al hospital, no se preocupe.

¡¡No!! —su voz alarmada, la claridad de sus palabras y sus ojos brillantes de desesperación me dejan paralizado unos segundos—. No, por favor, no. O la señora me matará.

Está tan aterrorizada que no sé qué hacer. No puedo tratarla aquí en medio. En mi maleta llevo siempre vendas, desinfectantes, aguja, hilo y otras tantas cosas para una urgencia, como el fonendoscopio y el manguito, así que la idea de llevarla a otro sitio no me parece tan descabellada de momento.

Muy bien, tranquilícese. No la llevaré al hospital. —El rictus de alivio que surca su rostro me hace preguntarme qué clase de vida lleva esta criatura—. Dígame donde vive. La llevaré a casa.

La señora no puede verle… No puede verle o le matará a usted también.

No se preocupe. Dígame, por favor.

Entre susurros me da una dirección y raudo la llevó al coche, sentándola en el asiento del copiloto, sobre mi abrigo, que termina manchado de su sangre, aunque eso no importa. Le pongo el cinturón de seguridad y antes que canta un gallo estoy de nuevo al volante, usando el GPS para localizar el sitio que me ha indicado, rezando para que no haya sido parte de su delirio.

Afortunadamente no tardo demasiado en llegar. Aparco de nuevo con rapidez, asegurándome de que no me van a quitar el vehículo por estacionar indebidamente y saco a la muchacha del coche. Rezo para que no me pongan demasiados impedimentos para entrar en el lugar, pero en el momento en que reconocen a la persona que llevo en brazos no son demasiadas las barreras que se alzan ante mí. Una vez que me encuentro en la puerta principal me abren rápidamente dos jóvenes, chico y chica, que me miran temerosos, casi asustados, como si mi presencia fuese algo realmente no grato allí.

Por favor, soy médico, y si no la atiendo pronto puede morir.

Esas palabras parecen hacerles entrar en razón y me permiten el acceso, llevándome a una habitación donde hay una cama y un sofá. Casi no me he permitido deleitarme con el delicioso ambiente de la mansión donde me he adentrado, pero en ese momento mi cabeza está únicamente en la vida que llevo en los brazos, que está sostenida de un hilo muy fino. La coloco sobre el colchón, pido agua tibia y ropa nueva para ella, además de solicitar la presencia de la muchacha que me ha atendido al llegar.

Ayúdame a desvestirla —le pido con voz amable aunque no por ello menos firme mientras me remango la camisa y me quito el reloj. Cuando el agua llega la coloco en la mesita de noche que hay junto a la cama, abro mi kit médico, me lavo las manos en ella con algo de jabón y cojo unos guantes de látex que están impolutos, recién sacados de la caja—. Muchas gracias. Ahora necesito que la sujete mientras me ocupo de ella, por favor, por si se mueve o tiene sacudidas.

Con la paciencia que desarrollé en la facultad de medicina, empiezo a observar sus heridas y, poco a poco, a tratarlas, rezando por poder conseguirlo a tiempo. Casi ni me percato de que el joven desaparece de nuestro lado ipso facto, probablemente para avisar a la señora o al señor de la casa.


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Una urgencia de última hora

S
u mirada seguía fija en la de él. No se había movido ni un mísero milímetro, ni iba a hacerlo. Parecía una de esas figuras de cera extremadamente realistas, con el rostro sumamente detallado reflejando esa rabia estúpida que sentía. Ella era así, nada se podía hacer al respecto. En aquel acto imprudente le había revelado a aquel hombre mucho más que a cualquier otra persona o ser en los pasados siglos. Había sido tonta, débil, no podía volver a dejarse llevar así como así. No, no podía, demasiadas consecuencias que podían ser totalmente imprevisibles.

Se había ido. Desmond se había ido. Ivory era tan orgullosa que no había dejado que palabra alguna saliera de sus labios una vez más, y ahora se encontraba en aquella habitación con la única compañía de la luz de la luna a sus espaldas. Aquel inesperado encuentro había sido demasiado intenso para su gusto.

Observó como la puerta se cerraba a espaldas de aquel invitado indeseado y se desmoronó. La bruja tuvo que sentarse sobre aquél sofá, sujetándose la cabeza entre sus delicadas manos de porcelana. *¿Qué te ha pasado Ivory? ¿Por qué eres tan cabezona con todo? ¿Por qué dejaste que te viera así?* La cabeza le daba vueltas. Demasiados pensamientos, demasiados giros en su cabeza. Aquella noche había sido tan surrealista, incluso para ella y su mundo.

Se oyó como alguien tocaba a la puerta, entonces Annia asomó la cabeza por una pequeña apertura. -Señora, ¿necesit... -la bruja no dejó que terminara de hablar. Seguía en la misma posición. Parecía que hubiesen pasado a penas un par de minutos, pero en realidad llevaba ensimismada en sus pensamientos casi una hora. -¿No te he dicho que esperes a que se te dé permiso para entrar? Vete, ahora. -Annia se quedó mirando a su ama, como si se tratase de una extraña atracción de feria que jamás había visto antes y que, probablemente jamás volviera a ver. La criada lo meditó unos segundos, pero decidió no arriesgarse y dejó a su señora. Sola de nuevo.

¿Cómo era posible que alguien tan... común fuese capaz de hacerla sentir así? Tan frágil, perdida y necesitando exasperadamente su ayuda para salir del agujero. No, no podía dejar que aquello volviera a ocurrir. No volvería a encontrarse con él. Aunque en el fondo, a pesar de no creer en ningún Dios, rezaba por que sus caminos se cruzaran de nuevo.

Noche | Mansión Khanstein | Desmond Lynch

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La gardenia
blanca

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Dejo caer el cuerpo, respirando pesadamente, cuando salgo de la habitación, y durante unos segundos me doy el lujo de dejarme caer contra la puerta. Son más de las doce de la noche, por lo que el cansancio acumulado vuelve a hacer mella en mí. Giro el rostro levemente hacia el lado, topándome con el de Alex, que me observa temerosa, como si me hubiese sucedido algo. Le sonrío para infundirle ánimos, sintiéndome un poco mejor al ver que ella parece calmarse y me devuelve el gesto. Me hace una señal con la mano, sin decir nada, y yo interpreto como que está dispuesta a llevarme, por lo que asiento con la cabeza. Pasamos por la habitación de Liana, que duerme tranquilamente, para recoger mis cosas; le digo a Annia las mismas cosas que le he dicho a su señora, acaricio suavemente la frente de las dos, asegurándole que pueden contar conmigo para lo que sea, y salgo de allí, sintiéndome un poco más viejo que cuando entré.

Alex me guía hasta un bonito coche, elegante y sofisticado, como todo aquel lugar, y aunque insiste en que me ponga detrás, yo accedo al asiento del copiloto. Le susurro que, por favor, lleve mi coche cuando le sea posible al hospital y las llaves y el número de plaza que debe ocupar; después de indicarle mi dirección, me abstraigo un poco en mis pensamientos, repasando toda la noche en mi cabeza paso por paso. ¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha pasado conmigo? ¿Por qué una mujer como Ivory ha conseguido despertar en mí ese tipo de sensaciones, cuando lo normal habría sido lo contrario? Recargado contra el cristal de mi ventana, siento que la pesadez me inunda y parece que voy a dormirme.

Señor Lynch. —La voz de Alex me despierta de mi pseudo-letargo. La miro—. La señora…

La señora está bien, Alex. Está como siempre.

Parece que no necesita más explicaciones para entender que lo que había creído percibir al entrar en el salón había sido un episodio aislado y borrado para siempre de la historia. No volvería a repetirse, y casi lo prefería. Me deja cabecear un poco hasta que llegamos a mi casa. Me bajo, no sin antes darle las gracias con las mismas promesas que a sus compañeras. Ella me devuelve un suave ‘gracias’, y por primera vez desde que la vi me parece frágil y femenina. Me quedo en la calle hasta que veo desaparecer el vehículo.

El cómo entro en mi casa es algo que pasa entre flashes. Cuando junto los párpados siento que me desmorono, pero cada pequeño sonido me hace volver a la realidad. Sin preocuparme de nada cierro de nuevo con llave, tiro la maleta, los zapatos y la corbata por el sofá, y me dirijo al cuarto de baño. Los ojos escuecen cuando me quito las lentillas, agradeciéndome que vuelva a usar las gafas, y la pasta de dientes al lavarlos me abrasa la lengua. Luego me cambio de ropa en mi habitación, derrotado, y me siento sobre el colchón. Hay algo que no me deja dormir a pesar del cansancio,  pero no sé qué es, así que me pongo de pie y deambulo por la casa. De pronto me encuentro frente a la habitación de Sally, comprendiendo qué me sucede.

Con una sonrisa en los labios me adentro, encontrándola profundamente dormida en su cama, abrazada al peluche que le cosió Ada antes de morir. Está viejo, algo gastado, pero no quiere deshacerse de él y lo comprendo. Me siento a su lado, observándola fijamente, hasta que nota mi presencia y se gira, enfocándome con sus ojillos claros. Sus labios se curvan en una mueca de alegría, y a pesar de que está agotada, se sienta sobre mi regazo, con el muñeco en la mano, dándome la bienvenida.

Hola, mi vida.

¡Papi! Es tarde.

Sí, lo sé. Perdóname, he estado muy ocupado esta noche. —Me pongo de pie con ella en brazos y me dirijo a mi cuarto—. ¿Quieres dormir conmigo?

¡Sí! —Suena tan entusiasmada que me muero de amor. Mi pequeño ángel…

La beso en el pelo mientras recorremos el pasillo, preguntándome entre bostezos si he salvado a mucha gente. Le relato de forma fantasiosa, agradable, las cosas más divertidas que me han pasado hoy, y su risa resuena en mis tímpanos como música. La dejo caer sobre mi colchón con suavidad, enterrando la cara en la almohada que había pertenecido a su madre, y tras darme un beso en la mejilla, se acurruca con Stevie y se duerme de nuevo con rapidez, por lo que la envidio. Echado a su lado la observo unos minutos, disfrutando del simple placer que es verla soñar, cuando escucho la puerta abrirse. Al girarme es Sally, que me observa con ojos cansados.

Has llegado tarde. —Es lo único que me dice. No sé distinguir si es un reproche o estaba preocupada.

Lo siento. Me surgió una complicación. Pero estaba deseando llegar —digo entre susurros, indicándole que Sally está conmigo.

¿Se va a quedar aquí toda la noche?

Sí. —Le acaricio el pelo. Sin decirme buenas noches, Eliza se marcha con un leve crujido al cerrar la puerta, y yo suspiro, sintiéndome un poco triste de nuevo.

Dejo caer yo también la cabeza sobre mi almohada antes de abrazarme a Sally y cerrar los ojos. Casi he alcanzado el primer estadio del sueño, por lo que intuyo han pasado unos minutos, cuando alguien entra de nuevo en mi cuarto. Sus pasos son rápidos, como si temiese arrepentirse de su decisión. Un peso hunde levemente la cama, y unos brazos delgados y suaves se aferran a mi pecho por detrás. Eliza está hundiendo la cara en mi espalda. Juraría que está sollozando, pero no estoy seguro. Debe de haber tenido otra pesadilla con su madre, por eso me ha escuchado llegar; o quizás de pronto se ha sentido de verdad preocupada por mí. Yo no digo absolutamente nada, sólo le acaricio el dorso de las manos suavemente con el pulgar, y por un instante me siento plenamente feliz antes de desfallecer del sueño.

Las penurias de la noche, la confusión, la sangre… Todo se desdibuja contra el calor que me dan los cuerpos de mis hijas, fuertemente abrazadas a mí, y pienso que la mortalidad es un precio muy pequeño con tal de poder disfrutar de ellas dos lo que me quede de vida.

Ojalá Ivory pudiese sentirlo así.


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