07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


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This poor unfortunate soul || Desmond

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This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Dom Jul 13, 2014 11:34 pm




This poor unfortunate soul

L
os rayos de sol la despertaron, como cada mañana. Annia no tardó en entrar en su habitación, exactamente a las 6:45 de la mañana, portando una bandeja de plata con un delicado juego de té de porcelana decorado con suaves dibujos de peonías blancas, té de frutos del bosque, zumo de naranja recién exprimido y tostadas con mantequilla, todo acompañado de un diminuto jarrón con tres dalias blancas, como cada mañana. Un humeante baño de espuma con esencia de vainilla la esperaba justo después de su desayuno, como cada mañana. Todo ocurría como cada mañana, tan monótono, tan repetitivo. Hacía siglos que sus días era literalmente así, todos y cada uno de ellos, y nunca se había quejado, nunca se había preocupado por pasar cada uno de sus días de la misma manera, una y otra vez. Pero ya no era igual, ya no lo veía igual, se había dado cuenta de lo circular, fría y monótona que se había convertido su vida.

Desmond, todo era culpa de Desmond. Aquel nombre y aquella imagen de aquel humano a simple vista insignificante no habían abandonado sus pensamientos desde aquella noche. Habían pasado semanas desde entonces y, poco a poco, la bruja se había dado cuenta de que aquella noche había hecho que en ella se despertara algo más de lo que en un primer momento pensó. Se sentía como dos personas diferentes luchando por ocupar un mismo cuerpo. Por un lado, ella, lo que siempre había sido, esa bruja perfeccionista que debía tener todo bajo control, cuya vida se basaba en su trabajo, en sus negocios, en ese afán por superar a sus adversarios y buscar tener siempre el máximo beneficio de todas las situaciones, sin importar las consecuencias de aquellos que la rodeaban. Por otro, su naturaleza humana, aquella que siempre se había negado a sí misma, aquella que había despertado aquel humano. Es esta parte la que luchaba, poco a poco, por hacerse con mayor control de ella. Ya no era tan estricta consigo misma ni con su vida, sentía que debía rebelarse contra aquellas normas que se había establecido a sí misma, y el primer paso fue aquella mañana en la playa, con la pequeña Cosette.

-Señora, el coche la espera –Liana había asomado la cabeza por la puerta abierta del despacho de la bruja. Ivory levantó la mirada levemente, indicándole que la había oído. La joven criada desapareció sin mediar mayor palabra. Suspiró. En cualquier otro momento le habría reprochado por el simple hecho de no tocar la puerta antes de dirigirse a ella, a pesar de que estuviera abierta. Su faceta demoníaca le decía una y otra vez que se estaba volviendo débil, pero después de todo por lo que había pasado, no era capaz de tratarla así. Se miró las manos, recordando cuando estaban manchadas por la sangre de la joven. Ivory bajó con elegancia las escaleras de mármol, mientras Liana la esperaba junto a la puerta de entrada sujetando el bolso y sombrero de su señora. La bruja cogió sus cosas, susurrando un inaudible Gracias antes de dirigirse hacia el coche.

Hacía un día maravilloso, perfecto para la ocasión. Uno de sus clientes organizaba una Fiesta del Té en Central Park cuya invitación Ivory no podía rehusar, de todas formas, ella nunca le harías ascos a un buen té con pastas o macarons. Se habían dispuesto aparcachoches junto a la zona del parque que había sido reservada para la celebración. En aquella ciudad podías hacer lo que quisieras si tenías dinero, incluso cerrar una parte del parque más famoso del mundo. Uno de los jóvenes bien vestidos que habían sido contratados para la celebración la ayudó a bajar del coche. El traje blanco que había elegido para aquella tarde resplandecía con la luz del sol, haciendo que algunos invitados se giraran a mirarla.

-Ivory Khanstein.

-Nathaniel, querido, una reunión maravillosa. -el anfitrión se había acercado a saludar a la bruja, dándole dos besos, tal y como se esperaba que hiciera con cada uno de sus invitados.

-Disfruta de la fiesta, hablaremos de negocios mañana. -indicó antes de dirigirse a saludar a las otras personas que iban llegando.

-Lo intentaré. -susurró a la nada.

Se habían colocado mesas y sillas blancas de hierro forjado, bonitas y delicadas, con jarrones de diferentes flores en colores pastel. A un lado se encontraba una gran mesa llena de pasteles, trataletas y todo tipo de dulces, justo al lado de otra más pequeña con diferentes tés y cafés. La bruja no lo dudó un instante y se dirigió hacia donde estaban los macarons, escogiendo uno de mango y llevándoselo con delicadeza a la boca.

17:00 | Central Park| Desmond Lynch

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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Lun Jul 14, 2014 2:01 am

Recuérdame exactamente por qué estamos haciendo esto…

Lizzy es una gruñona, papi.

¡Oh, cállate, Sally! Eres la más canija de este coche.

Yo me aguanto las ganas de reír mientras escucho a mis dos hijas discutir tontamente, como siempre que se encuentran juntas. Aunque Eliza le saque casi siete años de edad, a veces es más infantil que su hermana menor, quien en este momento le saca la lengua sonoramente, haciéndola rabiar un poco más. Yo me giro en ese momento, aprovechando que el tráfico se ha detenido, para reñirle a Sally por su actitud y reprender a Eliza por sus modales poco adecuados. La primera sólo me pone un puchero, mientras que la segunda me mira con mordacidad en los ojos antes de retirarlos de mí.

Emito un suspiro cansado y pongo el coche en marcha cuando toca. Generalmente no me muevo por el interior de Manhattan en mi vehículo, pero en días como hoy prefiero hacerlo, porque luego quiero llevar a las niñas a cenar a China Town y es mejor tener asegurado el medio de transporte para cualquier hora que no tener que depender del metro. No me gusta cogerlo cuando voy con Sally porque es muy pequeña y puede perdérseme entre la gente.

¿Hacia dónde nos dirigimos?

Eliza es insistente, desde luego, cuando pregunta eso otra vez. Sally le responde que acertadamente que vamos a Central Park a merendar, aunque quizás esa es una versión simple y resumida de la realidad.

Corrían los años sesenta cuando un joven Nathaniel Reese, oriundo de Gales, terminaba en uno de los hospitales más prestigiosos de Dublín por culpa del derrumbe de un viejo edificio. Mi padre, Stephen Lynch, en aquel momento estudiante de medicina, le salvó la vida poniendo en jugo la suya propia, aplicándole primeros auxilios básicos y atendiéndole con una habilidad que nunca sería olvidada, ni por los médicos ni por la propia víctima, quien se llevó años intentando devolverle el favor. Lo consiguió en los años noventa en unas circunstancias que ahora mismo no vienen al caso, pero la cuestión fue que todo aquello sirvió para forjarles una bonita amistad que se mantuvo con el paso de los años.

Al llegar yo a New York, Nathaniel fue quien me ayudó a encontrar casa y quien me recomendó para el Hospital Presbiteriano, aunque prefiero pensar que fueron mis propios méritos lo que me ayudaron a conseguir mi puesto. Nos apoyó con la muerte de Ada y de nuevo me sirvió de guía para buscar una zona más tranquila y más cercana a mi lugar de trabajo que el anterior emplazamiento. Hacía varios años ya que no se ponía en contacto conmigo, hasta la semana pasada, cuando me notificó que iba a hacer un picnic en Central Park al que iban acudir prestigiosos invitados, y que mi presencia le honraría muchísimo, ya que había hablado de mí a varios de sus socios.

Al principio no estaba demasiado seguro sobre si acudir o no, pero Marianne, que tiene un poder de convicción que Ada heredó sin lugar a dudas, terminó de convencerme, porque según ella, necesitaba relacionarme con más gente fuera de mi ámbito de trabajo. Y no puedo negar la razón de sus palabras bajo ningún concepto. Por eso les dije a las niñas que pasaríamos la tarde en una merienda, arreglé a Sally, me vestí de forma informal sin caer en lo poco propio y ahora me encuentro aquí, entregándole las llaves de mi vehículo al aparcacoches y siendo arrastrado por Sally, que parece entusiasmada por todo lo que está viendo.

Papá, esto es un rollo.

Eliza, cielo, tiene que haber gente de tu edad, ¿por qué no vas a buscarles? —Su cara de sorpresa me hace sonreír. Probablemente pensaba que iba a tenerla atada a mí toda la tarde—. Bueno, ya no eres una niña, ¿no? Pero no te alejes y ten el móvil a mano para cuando te llame para irnos a cenar. — Su sonrisa es tan radiante que me emociona, y el beso que me da en la mejilla me provoca ganas de reírme. Se despide alzando la mano. Yo me giro hacia mi otra hija—. Nosotros, vamos a buscar a los conocidos de papá y luego te llevaré a comer algo, ¿vale? Seguro que tienen cosas deliciosas.

¡Sí!

Su entusiasmo hace que mi buen humor completamente, y tengo que arreglármelas para contenerla mientras busco a Nathaniel, porque quiere enseñarle a Stevie lo bonito que es todo. Cuando por fin doy con el viejo amigo de mi padre suspiro de alivio, porque no sé si habría podido soportar más ese ritmo, y estrecho su mano antes de presentarle a mi pequeña. Sally, como siempre que hay desconocidos, me pide que el coja en brazos y entierra su carita en mi cuello, arrancándonos una risa a los dos. Yo le pregunto por su esposa, que está recibiendo invitados por ahí, por sus hijos, sus nietos y demás. Él me pregunta con voz misteriosa si he vuelto a ver a mis demonios por ahí, haciéndome referencia al alcoholismo, y yo le tranquilizo negándolo con la cabeza.

Nunca le he preguntado por sus negocios y nunca lo haré. Mi padre tampoco, porque no le interesaba para hacerse amigo del hombre, así que yo sigo sus pasos. Tras la conversación cortés, aunque no por ello menos agradable, tengo que declinar su oferta de presentarme en ese momento a sus socios porque Sally me tira de la oreja como señal de que quiere comer, y le aseguro que luego volveré a buscarle para ese propósito. Se despide de nosotros con ganas antes de atender de nuevo a sus invitados.

Aún cargo con Sally en brazos hacia donde están las mesas cuando la veo, y mi sonrisa se diluye un poco. No me es difícil reconocer ese porte erguido y esa silueta marmórea, a pesar de que han pasado varias semanas desde nuestro encuentro, porque no creo que existan muchas personas en la faz de la Tierra capaz de mostrarse tan firme, tan elegante como una estatua de hielo. Está junto a una de las mesas de comida, así que no puedo ignorarla, aunque tampoco lo habría pretendido; si el encuentro tenía que darse, adelante. No iba a rehuirlo, pero tampoco lo he buscado, porque sé muy bien que mi presencia le incomoda.

Se me hace curioso verla ingerir algo dulce porque no me parecía algo propio de sus apetencias, pero tampoco la conozco demasiado. A fin de cuentas, sólo nos vimos durante unas horas, pero lo cierto es que ha nadado en mis pensamientos más veces de las que me habría gustado reconocer cuando me encontraba abstraído en mi consulta. Tampoco me preocupa, no obstante; no soy mi hija mayor para pensar que me he enamorado de alguien por haberme sentido impactado por una hermosa mujer, porque sé que sólo es eso y nada má. Además, dudo que Ivory Khanstein no produzca ese efecto en cada persona que se atraviesa en su vida, por un motivo u otro. El reflejo de sus ojos claros ansiosos por el contacto me persigue en algunas ocasiones, pero nada más. No le he hablado de ella a ni un alma porque tampoco lo consideré oportuno; sólo fue un encuentro fortuito. Nada más.

Cuando llego a su lado dejo a mi hija en el suelo, a quien le falta tiempo para arrimarse a la mesa de puntillas para contemplar los manjares que se le ofrecen. Yo vuelvo a sonreír, enternecido, y le pongo las manos sobre los hombros para frenarla un poco, aunque no apartarla.

Puedes tomarte como mucho tres, así que escoge bien.

¿¿Sólo tres?? —Parece tan afligida. Ojalá los problemas de la vida se redujesen eternamente a cuántos pasteles puedes comerte en un día.

Claro, recuerda que esta noche iremos a cenar fuera. —Su rostro se ilumina, borrando todo el pesar que ha sentido por mi restricción, y se pierde, bajo mi atenta mirada, en el largo de la mesa para elegir los dulces que puede tomar. Es entonces cuando me giro hacia Ivory, introduzco las manos en los bolsillos y le hablo con la misma actitud suave de siempre. No puedo odiarla porque desee apartarse de los demás—. Buenas tardes, señora Khanstein. Debo reconocer que no esperaba volver a encontrármela. Mucho menos tan pronto. Es usted socia de Nathaniel, supongo.


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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Lun Jul 14, 2014 3:01 am




This poor unfortunate soul

S
i alguien se lo preguntaba, Ivory era amante como la que más de las reuniones de amigos. Nada mejor que una tarde relajada con aquellos que considera medianamente dignos de su confianza, con alguna que otra copa de champán con fresas, aperitivos y charlas amenas. Pero aquello era diferente. Aunque suene extraño, la bruja le tenía cierto aprecio a su anfitrión. Era sumamente rara la ocasión en la que hacía más de un negocio con la misma persona o ser, de hecho, era una de sus normas personales. Aquellos trabajos que le mandaban no solían estar bien vistos en su mayoría, por lo que no le gustaba que la relacionasen en exceso con según quién. Pero Nathaniel era diferente.

Sus caminos se cruzaron a principios de los años sesenta. Él no era más que un muchacho que veía el mundo mejor de lo que en realidad era, y tenía una visión de futuro para el, pero no los medios para lograrlo. Fue entonces cuando Ivory entró en su vida. De hecho, ella misma fue quien se ofreció a ayudarle y no él quie la buscó, como era lo habitual. Era uno de esos pequeños impulsos que tenía cada tres décadas como mínimo. Unos mese después del encuentro, Nathaniel tenía su propia empresa emergente e Ivory un cliente, y casi un amigo fiel, para lo que a él le quedase de vida. Él era de esas personas que eran un libro abierto, y sabía que, en cierta medida, podría confiar en él, por supuesto manteniendo esa fachada que tanto la caracterizaba.

El caso es que, a pesar de la relación que les unía, Ivory no se encontraba del todo cómoda en aquella situación. Por extraño que resulte, no le era agrdable estar rodeada por grandes grupos de personas, más aún si ni siquiera las conocía. En el fondo era porque tenía cierto miedo por sí misma, por protegerse en un sentido físico. Nunca sabía quien podía estar allí, ni si la estaría buscando porque habrían encontrado algo en contra de ella. Puede que su vida fuer monónota y circular, pero la apreciaba demasiado, se aferraba a ella con uñas y dientes a pesar de todo.

Se encontraba examinando a un pequeño grupo de invitados a unos metros frente a ella cuando esa voz resonó en su cabeza. Al principio pensó que simplemente era fruto de su imaginación, aquella que había estado esas últimas semanas torturándola con su imagen, pero entonces reacció. Sus ojos se abrieron ligeramente fruto de la sorpresa antes de dirigir su mirada a quel hombre que estaba junto a ella. Desmond.

-Señor Lynch. Este es el último lugar en el que esperaría verle. -reconoció girando ligeramente su cuerpo para colocarse frente a él. En su fuero interno había estado deseando aquel encuentro, de manera inesperada en un lugar inesperado. Ella tenía claro que no iría a buscarle, más por orgullo que otra cosa, pero no rechazaría un encuentro fortuito como aquel. Aunque, a pesar de todo, parecía no estar aún preparada para ello. -Así es, Nathaniel y yo nos conocemos desde hace bastante y sí, hacemos negocios, nada de lo quedeba preocuparse, por cierto. ¿Y usted? No sabía que se moviera en estos círculos. -la bruja no pudo evitar echar una mirada a la niña que estaba junto a ellos. Era ¿adorable? Ivory no solía usar ese tipo de palabras, pero la describía a la perfección. Una rápida mirada de nuevo a Demond le bastó para darse cuenta. A simple vista no se parecían en demasía, pero alguien como ella, que había aprendido a observar lo más mínimos detalles con el paso del tiempo, era fácil percibir sus semejanzas. Una leve sonrisa apareció en sus labios sin darse cuenta.

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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Lun Jul 14, 2014 11:59 am

Los ojos azules de Ivory se abren por la sorpresa. Cuando su rostro se encuentra con el mío percibo algo ligeramente diferente a la última vez que la vi; es apenas perceptible, porque no se trata de un cambio físico; es más bien en su semblante, en su forma de encararme, o quizás que no ha conseguido ponerse a tiempo la coraza de hielo para protegerse, porque por un segundo, aunque altiva, elegante y distante, Ivory me parece muy humana. Yo no puedo evitar esbozar una sonrisa cuando reconoce que es el último lugar donde esperaría encontrarme; podría decir lo mismo de mí; nunca habría esperado verme en un sitio así. No suelen gustarme demasiado estos encuentros, y encontré en Ada una firme compañía para cuando quería eludirlos.

Confirma mis sospechas con escuetas palabras, pero me hace reír la innecesaria aclaración de que mi viejo conocido no nada en asuntos turbios, aunque debo reconocer que me ha dejado un poco más tranquilo saber que Nathaniel no se dedica a pulular por los bajos fondos ni a hacer nada inmoral para mantener su fortuna; al menos no de la mano de Ivory. Alzo ligeramente los hombros cuando manifiesta su tímida sorpresa por mi estancia en ese lugar nuevamente. ¿Qué puedo decir? Soy un hombre más famoso de lo que cabría esperar. El encuentro con la joven nephilim me lo confirmó, días atrás.

Por lo general no lo hago —afirmo sin tapujos—. No me gustan este tipo de reuniones; de pequeño me veía obligado a pulular por salas llenas de adultos viejos hablando de cosas banales como los beneficios de no estar anexionados a Inglaterra, el rugby y lo caras que estaban las acciones en alza, sin muchos niños con los que jugar.

Aún recuerdo esos días en Dublín, cuando mis padres realizaban cenas de sociedad en nuestra mansión y mi única compañía era el servicio, que se encargaba de entretenerme y hacerme reír mientras los adultos me mandaban callar, unos más cortésmente que otros. En mis memorias bailan los rostros pálidos y poco definidos de los invitados, todos vestidos de gala, con elegantes peinados, joyas en las manos que sostenían las copas del caro champagne francés que guardaban mis padres en la bodega. El hermoso rostro de mi madre en plena juventud es más claro que los demás, con su cabello rubio rojizo suelto sobre su espalda blanca; mientras que los ojos azules y severos de mi padre refulgen con más fuerza que algunos diamantes. Les echo de menos en muchas ocasiones de mi día a día, aunque no sus fiestas. Ojalá pudiese convencer a mi madre de que viniese a New York, pero Dios sabe que es cabezota como ella sola.

Así que por lo general estas convenciones sociales no despiertan mi interés —continúo—. Pero Nathaniel era un viejo amigo de mi padre y siempre ha sido amable con nosotros, desde que nos mudamos a New York hace ya tantos años, de modo que he venido únicamente porque insistió en que lo hiciese. Mi suegra insistió en que, además, me vendría bien conocer a más gente fuera de mi círculo del hospital. Pero si le soy sincero, no aguardo con demasiado interés el conocer a la alta pompa y sociedad de Manhattan. Con la de mi ciudad natal tuve suficiente.

¡Papi! ¡Papi, mira!

En ese momento aparece Sally con un platito con tres deliciosos pastelillos que podrían tentar a cualquier niño. Yo le pongo la mano en la cabeza y le acaricio el pelo, sonriente. Los ojos de mi hija me contemplan con adoración, y yo sólo puedo sentir que la quiero más cada día que pasa.

Vaya, sin lugar a dudas tengo la hija con mejor gusto de toda la ciudad. —Ella sonríe satisfecha con mis palabras y deja su comida sobre la mesa para poder darme a Stevie para que no se manche mientras come—. Sally, es de mala educación no saludar cuando se llega a un sitio y hay una persona nueva.

Mientras sus deditos dejan de aferrarse al peluche, mi pequeña es consciente de que he estado hablando con alguien en su ausencia, y ve a Ivory por primera vez. Su reacción es la esperada. Sus ojos se abren por la sorpresa antes de correr a esconderse detrás de mis piernas, porque no le gustan los desconocidos de buenas a primeras. Eliza era todo lo contrario con su edad; se lanzaba a los brazos del primero que pasase para contarle su vida. Yo suelto una pequeña carcajada mientras intento dar con ella, que rehúye de mí porque sabe que le obligaré a presentarse.

Discúlpala —le digo a Ivory—. Es muy tímida. Sally, cariño, te tengo dicho que no te metas entre las piernas de nadie porque puedes hacerle tropezar, ¿no es así? —le riño con dulzura. La siento asentir contra mí—. Ahora haz el favor de salir y presentarte ante la señorita que tienes delante, porque estás siendo muy maleducada.

Esas palabras parecen hacerla reaccionar, porque sabe que no soporto a las personas maleducadas. Con mucho tiento, mucha tranquilidad y cautela, asoma su rostro desde detrás de mí, dejando medio cuerpo visible. Sus ojos azules, tan parecidos a los míos, la enfocan con curiosidad, temor y respeto. Como si tuviese delante de sí a alguien realmente importante y fuese consciente de ello; eso me escama mucho. La teoría de que mi hija puede ver, como yo, me atormenta cada día más, porque de ser así, no me ha dicho nada y no puedo ayudarle a espantar sus temores. Si no me lo reconoce tendré que preguntarle yo, tarde o temprano.

Buenas tardes. Mi nombre es Sarah Anne Lynch, pero mis amigos me llaman Sally —responde en voz baja, mirando al suelo cada dos por tres. Yo amplío mi sonrisa. Sarah. Vaya, ¿cuánto tiempo hace que nadie la llama así?— . Encantada de conocerle, señorita amiga de papá.

Muy bien, cariño. Ahora puedes comer tus dulces. Yo cuidaré de Stevie.

Mi hija asiente con la cabeza, esbozando una pequeña mueca de alegría, y se dirige hacia la mesa, no sin antes realizar una pequeña reverencia delante de Ivory que me hace soltar una carcajada que intento disimular con la mano frente a la boca. Se busca una silla que trae arrastrándola casi hasta dónde estamos y se sienta no muy lejos de mí; no sé si porque quiere vigilarnos o porque sabe perfectamente que no me gusta perderla de vista cuando salimos los tres. ¿Puede ser más adorable mi niña?

Niños… —afirmo, mientras me paso el peluche de Sally de una mano a la otra, mirándolo con diversión—. Su hermana era más cercana cuando era pequeña. No nos hacía falta decir que tenía que presentarse cuando llegaba a un sitio nuevo porque ella misma se introducía; e incluso le daba la mano a la persona a la que se estaba presentando. —Sonrío con nostalgia—. Ada siempre se reía cuando sucedía eso. Pero cada criatura es un mundo y Sally no podía parecerse menos a Lizzy —hago una pequeña pausa, consciente de que estoy hablando demasiado. No sé por qué no tengo freno a la hora de abrirme ante ella; es estúpido. Siempre he rechazado este tipo de actitud, pero con Ivory no me cuesta demasiado contarle algunas intimidades. Me consuelo a mí mismo diciéndome que son poca cosa y que no revela gran parte de mí—. Disculpe, ya estoy otra vez aburriéndole con mis cosas. Me alegra ver que se encuentra bien, señora. ¿Cómo están Lianna y las demás? Espero que se curasen bien sus heridas. Y también espero que usted esté comiendo más… —no quiero que suene como un reproche pero demonios, me ha salido del alma.


Última edición por Desmond Lynch el Vie Jul 18, 2014 1:38 am, editado 1 vez


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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Mar Jul 15, 2014 4:36 am




This poor unfortunate soul

N
o se había equivocado, rara vez se equivocaba. Aquella pequeña criaturita le había llamado papi. No estaba sorprendida, más bien estaba embelesada. A penas le llegaba a la cintura a su padre, portando aquel platito con pastelillos que la propia Ivory habría escogido, con ese vestidito de domingo, el pelo recogido y aquellos enormes ojos azules, con esa mirada inocente de los niños, soñadores. Eran los mismos de Desmond. Parecían ver el mundo de otra manera, una mucho mejor de lo que era, no como los suyos, aquellos ojos helados que le devolvían la mirada todas las mañanas cuando se miraba al espejo, aquellos que detestaba observar.

La bruja no era capaz de apartar la mirada de la niña. En su forro más interno, hubiese deseado ser así en algún momento de su vida. De hecho lo fue. Ella también había sido una niña inocente, curiosa, con una idea del mundo demasiada alejada de la realidad. Pero eso fue hace demasiado tiempo, cuando Igrite le hacía pastelitos de almendra caseros antes de ir a pasear por el bosque los días en los que Hans estaba de viaje, cuando Hans la llevaba de la mano al mercado y acababa comprándole una muñeca, cuando jugaba con la hija de la única criada del matrimonio, persiguiendo a los patos de la granja cerca de su casa. Demasiado tiempo como para acordarse.

Una leve sonrisa se dibujó en sus labios cuando el rostro de la niña se asomó desde detrás de las piernas de Desmond y tuvo el impulso de agacharse para quedarse a su altura, pero no se atrevió a hacerlo. Ivory se encorvó ligeramente, apoyando sus manos sobre sus delicadas rodillas.

-Encantada de conocerte, Sarah Anne Lynch, yo soy Ivory Natasha Khanstein, pero mis amigos me llaman Ivory. –la manera de presentarse de la niña le pareció tan extrañamente curiosa a la par de encantadora que decidió hacerlo de la misma manera. Amiga de papá, cuán inocentes y desconocedores de todo lo que les rodeaba eran los niños. Amiga, era una palabra que rara vez aparecía en su vocabulario. Se podía dar el caso de tener cierta confianza con alguien como para llegar a tener una relación de amistad, pero siempre solía ser por interés más que cualquier otro motivo. Ella no tenía amigos.

Aquella pequeña referencia la sorprendió. Ivory se incorporó, llevándose una de sus manos al pecho y agachando ligeramente la cabeza, respondiendo así con otra delicada reverencia a la de la niña.

-Como usted ha dicho, cada uno es un mundo completamente diferente del otro, con sus propias particularidades que les distinguen de los demás. –comentó dirigiendo su mirada desde la niña hasta Desmond. La sonrisa que había estado dibujada todo aquel tiempo fue desapareciendo poco a poco. Aunque le costase admitirlo, la situación le era, en cierta medida, incómoda tras lo que había pasado. -Y no se preocupe por eso, de hecho he de admitir que sus discursos se hacen de extrañar. Es el único que me dirige la palabra para decir algo más que no sea “Señora, el coche la espera” o para pedirme algún favor, usted ya me entiende. –por extraño que parezca, no era capaz de sostenerle la mirada. Ya no estaban en la privacidad de su hogar, donde podía ser como ella quisiera. En cambio estaban rodeados de gente, algunos de ellos clientes de Ivory. Aquello que ocurrió semanas atrás no podía volver a darse. -Gracias a usted Liana ya está prácticamente como siempre, un poco torpe, pero tampoco puedo culparla por ello. –no tenía por qué mencionarle nada al respecto de su cambio de actitud para con sus criadas, ni mucho menos que se había debido a él, eso era algo que debía quedarse para sí misma, como una cría que se niega a confesarle que algo le ha ido bien a sus padres con tal de no darles la razón y seguir con su cabezonería. -Mis horarios son de lo más estrictos y ajustados… pero hago lo que puedo, ¿ve? –sabía que esperaría que reaccionara como la primera vez, y lo habría hecho, pero sabía que no la dejaría en paz, por lo que cogió un delicado cupcake de vainilla y almendras de encima de la mesa y dio un pequeño bocado.

La bruja se limpió con los dedos con delicadeza la comisura de sus labios, donde había quedado un pequeño resto de la crema que decoraba el pastelito. Tenía que admitir que eran una delicia. -¿No ha venido su otra hija, señor Lynch? -preguntó sin más, cambiando así el tema de conversación. Puede que fuera una bruja, despectivamente hablando, pero no creía que fuera momento ni lugar para hablar de ella, sus costumbres ni mencionar nada relacionado con lo ocurrido, mucho menos delante de una niña pequeña.

17:00 | Central Park| Desmond Lynch

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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Vie Jul 18, 2014 2:47 am

Natasha. Su segundo nombre es Natasha. Lo cierto es que le viene como anillo al dedo, porque me evoca a figuras que se asemejan a ella: imponentes en belleza glacial, con labios rojos carnosos y la habilidad de desarmar a un hombre con un simple parpadeo más coqueto que otro. Contemplo el leve intercambio de frases entre mi hija y la bruja que tengo frente a mí con relativa curiosidad, puesto que Ivory parece casi a gusto hablando con ella, tratándole como si fuese su igual. Pero de pronto recuerdo que parece sentir una especie de desprecio por nosotros, por los que somos simples mundanos, y me entristece pensar que mi hija cree que somos amigos.

Amigos.

Es curioso cómo para los niños todo es amistad, aunque se trate de una relación de simple cordialidad, de formalidad y distante como la nuestra. Simplemente porque nos conocemos y nos dirigimos tres palabras amables ya somos amigos a ojos de mi pequeña Sally. Me gustaría que cuando creciese no fuese perdiendo esa inocencia, pero lo hará, y lo necesitará, porque no puede ir por el mundo pensando que cada persona que se encuentra es su aliado. Ojalá no fuese así. Ojalá pudiese seguir en ese mundo de algodón; quisiera protegerla del mundo, pero el mundo necesita que las niñas sean tan fuertes como los niños, como los adultos, y por mucho que vaya en contra de mi voluntad, no puedo impedir que Sally se tropiece para que sangre antes de ver cómo son las cosas en realidad.

Cuando ella se separa un poco de nosotros para poder comer en paz Ivory se incorpora, pues ha permanecido algo inclinada hasta entonces, y me responde. Su sonrisa se desdibuja suavemente en sus labios, regresando a la fría formalidad que ha eludido cuando trataba con mi hija. Sin embargo, sus palabras me hacen reír suavemente; así que echaba de menos mis discursos. Pues creo que debe de ser la primera persona en el mundo que lo hace, y no sólo porque es prácticamente la única con la que me he dejado de ir tanto mientras elucubro, perdido en mis propios recuerdos. Pero generalmente mis charlas no suelen emocionar a quien no quiere escucharlas, como es el caso de Lizzy, así que igualmente, me sorprende, porque no entiendo cómo alguien como ella puede tener algún interés en una persona como yo.

Me alegra escucharlo —respondo cuando me comenta que Liana está ya casi recuperada con una franca sonrisa dibujada en los labios.  

No puedo evitar preguntarme cómo consigue atar a ella a sus sirvientes si siempre es tan fría e implacable como quiere demostrar constantemente, y si es la misma mujer que vociferó en el aquel saloncito de su casa, cómo es que no han escapado para irse a otro lugar donde las traten mejor. Quizás es porque temen que ella les persiga, porque la veo capaz de hacerlo. Ese pensamiento hace que un escalofrío recorra mi espalda, pero lo controlo tan buenamente como puedo, centrándome en el hecho de que le está poniendo empeño en eso de comer algo de vez en cuando, lo que hace que mi sonrisa aumente, de modo que me molesto en esconderla detrás de mi mano para que no se ofenda, pensando que su actitud me divierte.

Aunque en cierto modo realmente lo hace.

Me distraigo más de lo que me habría gustado observando la delicadeza de sus buenos modales, porque no es lo habitual en mi ambiente de trabajo encontrarme con mujeres tan refinadas, así que cuando me pregunta por mi otra hija tengo que procesar la cuestión unos segundos antes de contestarla.

Eliza está por ahí, buscando a otros chicos de su edad para entretenerse un poco. Está en una edad un poco rebelde y no consigo complacerla como padre demasiado a menudo porque todo lo que hago le parece que está mal.

Es una gruñona y una quejica —comenta Sally oportunamente, lo que me hace entender que ha estado atenta a la conversación en todo momento.

Me giro hacia ella con aires de reproche, y no tarda en esconder la cara en el plato porque sabe que ha hecho mal espiando nuestra conversación. Supuse que en el fondo no le gustaría verme hablando con otra mujer ‘de mi edad’, como a cualquier niño que ha perdido a uno de sus dos progenitores, porque siente que si se enamora estará faltando al recuerdo de la persona que ya no está. Pero Sally es demasiado joven para entender que mi capacidad para amar de la forma en la que amé a su madre quedó rota el día en que la encontré muerta en el salón de nuestra casa, y de momento no he encontrado la forma de reparar ese estropicio. Y no sé si quiero hacerlo.

Discúlpela. Nunca pierde tiempo para insultar a su hermana si puede. Pero luego si llega tarde a casa una noche la tengo encima llorando porque seguro que la ha secuestrado un hombre malo. —No tengo que girarme para ver que ha enrojecido hasta las orejas. Es mi castigo por comportarse de forma indebida.

Como supongo que ha terminado de comer sus dulces, se baja de la silla y me quita a Stevie de la mano para aferrarlo fuertemente contra su pecho. Tiene los ojos azules prendidos en los míos, pero durante un segundo no tengo demasiado claro qué va a pedirme. Parece nerviosa, como indecisa, mientras desvía su mirada hacia Ivory y luego hacia a mí. Al contrario que la subterránea, yo me pongo de cuclillas para quedarme a su altura, porque así siempre es un poco más fácil para ella.

Quiero ir a jugar con otros niños, como Lizzy. —Adopto una mueca seria. No me gusta la idea de dejar a Sally sola por el parque—. ¡Seré buena, lo prometo! Estaré siempre cerca de la mesa y no me despistaré; y si los niños quieren irse a jugar lejos, volveré. Te lo prometo, te lo prometo. Yo también soy una niña grande. —Lo dice en un tono triste y apesadumbrado.

Niego con la cabeza tras emitir un suspiro pesado y largo, como si me costase hacerlo, pero al final le indico con la mano que puede irse. A ella le brillan los ojos de la ilusión, me planta un sonoro beso en la mejilla y se marcha corriendo, con la melena rubia al viento, hacia un grupito de niños que no había visto antes. La observo con curiosidad mientras se presenta tímidamente para que le acepten en su corrillo, y hasta que no veo que cumple su promesa de no permanecer demasiado lejos, no me pongo de pie algo más tranquilo. Me paso la mano por la cara, casi cansado y me vuelvo hacia Ivory, colocándome a su lado para coger algo de comer yo también, porque de pronto me siento famélico. A veces tratar con las niñas me agota un poco.

Su madre sabría manejarlas mucho mejor que yo. Ada siempre tuvo la habilidad de leer en el corazón de todos para entender a las personas perfectamente y saber conducirlas por el camino correcto. —Me deleito con el sabor dulce del pastelillo que he seleccionado, con la mirada perdida más allá de donde estoy que luego dirijo hacia mi acompañante durante unos segundos, como si ella tampoco estuviese allí, antes de sonreír con tristeza—. Yo aprendí un poco de ella pero nunca heredé su capacidad. Y lo cierto es que desde que se fue yo estoy algo más perdido que antes, sin encontrar mi senda. —Cuando me doy cuenta, dejo de hablar de golpe—. Lo siento. Aunque usted diga que le gustan mis discursos a mí no me gusta soltarlos; y sin embargo no puedo evitarlo. —Sonrío—. Realmente es una buena bruja, Ivory. Algo en usted me hace hablar cuando yo mismo suelo tragarme las palabras antes de permitir que nadie las conozca. —Vuelvo a comer algo, pero sabe un poco más amargo que antes. En ese momento me doy cuenta de que la he llamado por su nombre de pila, por lo que me apresuro en disculparme—. Perdone, la he tuteado, señora Khanstein. Vaya, de tres palabras que suelto cuatro son para pedir excusas. —Río despreocupadamente, pero es la verdad. Parezco un adolescente imbécil al lado de una mujer hecha y derecha, aunque teniendo en cuenta la diferencia de edad que hay entre los dos, probablemente no se aleje demasiado de la realidad.


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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Vie Ago 08, 2014 10:13 pm




This poor unfortunate soul

-B
ueno, no se preocupe, ya se le pasará, todos pasamos por esa época. Cuando crezca un poco más se dará cuenta del sin sentido que tiene intentar parecer más adulta cuando aún eres prácticamente una niña, queriendo ser más independiente de lo que se debe.

"Gruñona y quejica". Aquella frase hizo que una pequeña sonrisa se dibujase en el pálido rostro de la bruja. La sinceridad de los niños a vecer era abrumadora, no tenían en cuenta las posibles consecuencias que sus, a simple vista, inocentes palabras podían tener. Sin embargo, era una cualidad maravillosa a sus ojos. No mienten, dicen lo que piensan, no son como los adultos que se mueven por puro interés, tejiendo mentiras aquí y allí cuando les conviene. Los niños son tan... puros.

Cuando su padre dejó que fuera a jugar parecía como si le hubiese regalado el mundo entero. La siguió con la mirada mientras se dirigía casi danzando a jugar con los otros niños.

-Imagino que no será fácil. -miró algo intimidada hacia un lado. Se refería a ser padre, y el tema familiar no era de sus favoritos. Ella nunca había experimentado ser madre, ni lo haría jamás, no sólo por el hecho de que su naturaleza se lo impide, los brujos no pueden tener descendencia, sino por el hecho de que no se vería capaz. Cuidar de una débil criatura era mucha responsabilidad e implicaría pensar antes en el niño que en ella y, teniendo en cuenta su trasfondo, no podía permitirse ese lujo. Sin embargo, la situación de Desmond era completamente, pero aún así debería de ser complicado. Estaba solo, su mujer había muerto, era médico por lo que a penas debía de estar en casa, y tenía dos hijas, ambas en edades complicadas; una demasiado pequeña para saber lo que pasa y la otra demasiado mayor como para involucrarse más familiarmente.

Sonrió ligeramente ante aquella confesión. No era su típica sonrisa de superioridad al saber que tiene cierto "control" sobre el comportamiento de la gente, era más bien una sonrisa tímida, algo sumamente extraño en ella. -Me lo tomaré como un cumplido. -dijo cogiendo un pequeño pastelito de lo que parecía nata con fresas.

-No se preocupe por eso, sonará estúpido pero me siento demasiado mayor cuando me dicen "Señora", irónico ¿verdad? -ríe. Sabía que esa broma sólo la podrían entender ellos dos y, en el fondo, le agradaba tener esa especie de broma personal con él. -Es uno de sus encantos, siempre disculpándose, no sería usted si no fuera así. -un pequeño rubor iluminó sus mejillas. -Discúlpeme usted a mí, no debería de coger tal confianza como para hablarle así. -era una sensación extraña que no estaba del todo seguro si le gustaba o desagradaba.  

Le echó una mirada furtiva mientras cogía una de las preparadas tazas de té que se encontraban junto a ellos, que inmediatamente apartó al encontrarse con aquellos ojos azules, haciendo que ese rubor que creía incapaz de dibujarse en su rostro hasta hacía muy poco volviera a hacer acto de presencia. ¿Por qué se sentía como una cría ante su presencia? Y lo que era más importante, ¿por qué le gustaba sentirse así?

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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Jue Ago 21, 2014 10:02 pm

Recuerdo mi adolescencia, la mayoría de las veces con cierta nostalgia. Ya me creía mayor como para moverme solo por el mundo con mis amigos, tonteando con chicas y escapándome de casa para ir en moto y fumar y beber a escondidas de los adultos. Ya sabía mucho más del mundo de las sombras que cuando lo descubrí, siendo un niño, y me creía intocable e invencible, a pesar de que escasos años antes un hada había estado a punto de matarme cruelmente. Las cicatrices de mi espalda eran muestra clara de ello. Ivory tiene tanta razón que incluso duele. Todos nos queremos crecer más deprisa, hacernos adulto de repente, sin pensar en los años que dejas atrás; la inocencia, las risas, las facilidades de la vida…  Lizzy no es una excepción, desde luego.

La figura de Sally corriendo, melena rubia al viento, me hace temer los años que están por venir, en los que ella también entrará en esa etapa. Sobre todo me asusta el que sea como su hermana, tan distante y fría. No quiero que mis dos hijas me detesten en esta época tan complicada, cuando tanto nos necesitamos los unos a los otros. Pero, ¿qué puedo hacer? Si no es esperar pacientemente a ver cómo se desarrollan los hechos.

Las palabras de Ivory me llegan despacio después de narrarle mis pensamientos con la naturalidad habitual. Un suave ‘no’ que nunca llega a sonar es reproducido por mis labios. No, no es fácil ser padre. No es fácil ser un padre que está siempre trabajando fuera de casa. No es fácil ser un padre que no tiene una esposa en la que apoyarse para poder criar a sus hijas. No es fácil seguir echando de menos a mi mujer cada día que paso alejado de ella. Y no es fácil, me doy cuenta al desviar mi atención hacia su rostro, mirar a los ojos de Ivory y leer su timidez sin sentirme profundamente conmovido por ella. ¿Cómo es posible? Es fría, distante, soberbia y orgullosa, y al mismo tiempo se muestra tan frágil que casi me resulta inevitable el verme abocado a ella de alguna forma. Aunque sea mediante la compasión. Y es algo que no sé si me gusta, porque mientras pienso, mientras siento así, en este preciso instante, la imagen de Ada se me aparece como un relámpago en la cabeza, como si mi subconsciente temiese que esa ternura desembocase en algo que no existe y que no quiere experimentar. Sé que no albergo por ella más sentimientos que la simpatía, la amabilidad y el sentirme profundamente impresionado por su ser, pero aún así, tengo miedo.

¿Cuándo fue la última vez que una mujer me hizo sentir miedo? Casi ni lo recuerdo.

Su sonrisa me hace sonreír a mí también, casi de lado, de forma imperceptible. Y su broma, tan sutil que alguien que no conociese su verdadera naturaleza no sería capaz de entenderla, hace que se ensanche por todo mi rostro. No la comprendo. No entiendo a esta mujer. La última vez que nos vimos prácticamente me suplicó que me fuese de su lado, supongo que porque no se sentía incómoda hablando de determinadas cosas conmigo; las personas como ella nunca lo están. Sin embargo ahora se comporta como si de verdad fuésemos un poco amigos y muy conocidos, lo que me desconcierta. Pero no dejo traslucir ninguna de estas emociones en mi rostro. Sólo disfruto del día cálido, del olor a árboles que nos rodea, y de la sensación de que está siendo mejor tarde de lo que yo había esperado jamás.

De pronto desvío la mirada hacia ella y la veo ruborizarse cuando nuestros ojos se encuentran. Noto que la inquietud me recorre, y sin embargo mi mueca se torna tierna, casi dulce. Por un momento tengo la tentación de apartarle el pelo de la cara y colocarlo detrás de su oreja, pero no lo hago. Mis manos permanecen dentro de mis bolsillos, donde no pueden ejercer actos que puedan dar a confusión, porque ni yo mismo entiendo de dónde me ha venido ese impulso. Simplemente he sentido esa necesidad. Evidentemente agradezco tener el suficiente autocontrol como para reprimirlo, porque no habría sido para nada apropiado. Sin embargo mi boca se aventura en transmitir palabras que se alejan de la simple cortesía, porque es algo que me sale del alma.

No hay nada que disculpar, Ivory. Es un atrevimiento poco propio de mí, pero lo cierto es que pienso que cuando saca su humanidad a relucir está realmente encantadora. Espero que no se ofenda.

Debería arrepentirme de estas palabras, pero no lo hago. Quizás eso le haga pensar cosas que no quiero que crea, pero cuando la he visto sonrojarse es lo que me ha cruzado la mente como un rayo. Cuanto más humana parece, cuanto más se comporta como el ser humano que en mitad es, más hermosa está y más fácil resulta perderse en sus encantos. Probablemente porque sus pretensiones de mostrarse fría se derriten como el hielo bajo la presión del agua caliente; despacio, sutil, fluyendo en un río que luego te inunda los pies y dejando ver lo que hay debajo de la estatua, del cristal.  

Dígame, ¿le apetece dar un paseo? —continúo de pronto, llevado por una extraña necesidad de moverme—. Hace rato que le prometí a Nathaniel que me movería por aquí para conocer a más de sus socios; a fin de cuentas para eso me ha llamado. Y he pensado que mientras tanto podríamos empezar a movernos un poco; a fin de cuentas, yo no tengo toda la eternidad para hacerlo —bromeo, esperando su respuesta.


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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Mar Nov 18, 2014 5:18 pm




This poor unfortunate soul

S
us carnosos labios estaban húmedos por el rastro que el té había dejado en ellos. Un sabor fresco y vivo danzó en sus papilas; mental. Por unos instantes su mente se transportó a un tiempo casi olvidado, cuando ella no era más que una niña, poco mayor que Sally, cuando corría junto a los niños de los vecinos, jugando y riendo tan alto que se oían en la lejanía, aquel momento cuando su madre la llamada justo antes del anochecer, cuando le tenía preparada una infusión de menta sobre la mesa del comedor, cuando ambas se sentaban junto al fuego a bebérselo. Mataría por volver a ser aquella niña inocente. Pestañeó rápidamente para salir de su ensoñación y dejó la taza sobre la mesa, como si el tacto de la fina porcelana le quemase los dedos. Ya no tenía ese gusto fresco, ahora era agridulce con un toque de amargura.

Aquello le recordó lo frágil y vulnerable que podía llegar a ser, esos sentimientos que tanto odiaba y se obsesionaba por negar, pero no era la misma, una vereda se había abierto y, por mucho que tratase de evitarlo, era consciente de ello y, aún más, era consciente de que había sido por culpa de aquellos ojos azules. Una aguda vocecita en su cabeza le instaba a irse. Una simple despedida, o darse media vuelta sin más, volver al coche, ir a su mansión, empaquetar sus cosas e irse a la otra punta del planeta. Era lo bueno de su trabajo, podría hacerlo en cualquier parte, alejada de esa imperiosa distracción que tanto disfrutaba. Pero su cuerpo no reaccionaba a las órdenes que daba su azabache cabecita, sabía que, en el fondo, no quería hacerlo, quería distraerse, quería caer.

Una tímida sonrisa se dibujó en sus labios. -Se lo crea o no no siempre es agradable dar miedo, a veces se agradecen los cumplidos, aunque no sean del todo acertados. -el tema de su humanidad era algo delicado para ella. Cualquiera que osase insinuar algo así no tardaría en estar en el suelo, pero le era imposible pensar si quiera en lastimarle, además estaban las pequeñas Lizzy y Sally, ¿qué clase de monstruo sería si las dejase si el único progenitor que les quedaba? Aquél que todo el mundo pensaba que era, sin duda alguna. Pero no, con él no podía ser así.

No terminaba de comprender cómo era posible que la tratase así, como si fuera normal, una mujer cualquiera en una merienda cualquiera, sin nada oscuro ni turbio que la rodee. No entendía como había dejado que su hija pequeña se relacionase con ella después de todo lo que sabía de ella. Debería de tenerle miedo, ya no sólo por él mismo, sino por sus hijas, pero era consciente que, en cierto modo, parecía estar atraído por las causas perdidas, y ella era la más descarriada de todas.

-Muy sutil señor Lynch. -se colocó su bolso de mano bajo el brazo con una leve sonrisa y una sutil inclinación de cabeza. -Usted primero.

Los tacones de sus zapatos se clavaban como dagas sobre el césped que pisaba, pero los años jugaban a su favor, sabía como moverse y, al contrario que algunas mujeres que les rodeaban, no parecía una niña de cinco años sobre su primer par de zapatos de tacón. -Espero no estar distrayéndole de pasar tiempo con su hija. -susurró de la nada. En ese momento unos niños se cruzaron delante de su camino, corriendo los unos tras los otros y riendo como si el mundo acabase al día siguiente. Uno de ellos, el último de la cola, iba distraído y acabó chocando contra ella, haciendo que el pequeño coche de juguete que llevaba en la mano acabase en el suelo. -Ten cuidado, casi te caes. -la figura blanquecina se agachó con gran elegancia a recoger el juguete y devolvérselo al niño. Él la miraba con la cabeza gacha, intimidado, pero después de entregarle el cochecito un "gracias" salió de sus labios antes de salir corriendo de nuevo con una enorme sonrisa.


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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Lun Nov 24, 2014 12:34 pm

“Aunque no sean del todo acertados.”

Ese comentario me hace asentir con la cabeza. Lo tomo como una especie de advertencia, aunque quizás no haya sido esa su intención, para no volver a sacar su humanidad a relucir, ya que recuerdo perfectamente su reacción la última vez que sucedió algo parecido. Las que yo supuse habían sido las lágrimas de Ivory fueron el preludio para que me echase de su casa como una exhalación, quizás furiosa, quizás también asustada, porque se había roto parcialmente la máscara que lleva desde hace décadas. Estoy prácticamente convencido. Y ahora que nos hemos vuelto a reencontrar y que estamos siendo capaces de charlar tranquilamente, no quisiera hacerla sentir incómoda otra vez. Y realmente tampoco sé por qué me esfuerzo tanto por conseguirlo, en realidad. Suspiro. Qué complicado es todo cuando en realidad debería de ser sencillo…

Sonrío ante su respuesta a mi sugerencia, observándole con los ojos de un niño travieso al que le han pillado haciendo una trastada, con las manos en los bolsillos de la chaqueta. No me gusta demasiado que me indique que vaya yo primero, porque parece que su sitio es caminar tras de mí, y no a mi vera, pero me tranquilizo bastante al ver que se coloca a mi lado, procediendo a andar con la elegancia que le es tan propia. El viento sopla suave, fresco, y aunque marcho junto a ella, mis ojos se desvían constantemente hacia la melena rubia de Sally, que ondea al viento mientras corre tras sus nuevos amigos, procurando no mancharse de barro el vestido porque luego iremos a cenar fuera. Quizás ella percibe ese detalle, porque su frase es de lo más oportuna; por supuesto me giro hacia ella para negar con la cabeza.

No, no se preocupe. Como ve, Sally está más interesada en dar brincos que en permanecer quieta conmigo. Ya conseguiré retenerla esta noche cuando vayamos a cenar o antes de ir a dormir. En esta edad todavía somos su mundo, pero también existen otras personitas interesantes para ellas.

En ese momento, aparece otro grupo de niños, diferente del que juega con mi hija, corriendo justo por el camino perpendicular al nuestro. Ambos nos detenemos, esperando, como si de la marcha de un tren se tratase, a que pasen, pero el último de la cola, algo más rezagado, choca con Ivory, haciendo que su pequeño juguete caiga al suelo. Por un momento temo que esto altere a la bruja lo suficiente como para que haga algo que pueda asustar al niño; aunque sea una mirada heladora como las que me lanzó a mí en el primer instante de nuestro primer encuentro. Pero para mi gran sorpresa, y quizás para la del pequeño que ha tropezado con ella, Ivory únicamente se limita a recoger el cochecito de entre la hierba para devolvérselo a su legítimo dueño. No sé cuándo he comenzado a contener la respiración —probablemente al ver al niño golpearle sin querer—, pero la suelto completamente al ver esa reacción, tranquilizándome de nuevo. Observo al niño desaparecer corriendo después de recuperar su preciado juguete, y luego dirijo la mirada hacia Ivory antes de comenzar a caminar.

Ha sido muy paciente —alabo—, y muy amable. Generalmente cuando pasan este tipo de cosas, el adulto no es lo suficientemente consciente de que el niño no lo hace queriendo y parece que ha cometido un delito en lugar de un simple tropiezo. A menudo son, incluso, sus propios padres —niego con la cabeza—, que luego se preguntan por qué no les muestran respeto. Olvidan que la cadena va en dos direcciones. Aunque la adolescencia siempre es complicada.

Dejo mis elucubraciones de lado y la invito a continuar caminando, disfrutando del breve silencio que se instala entre nosotros y del maravilloso clima que nos acompaña. Sally aparece aquí y allá, correteando felizmente con su peluche favorito en el brazo, y por un segundo casi que me siento capaz de imaginar que Ada no ha muerto, que camina a mi lado y que todo es perfecto de nuevo en nuestra vida, en nuestra familia. Estoy a punto de rodear a Ivory por los hombros con el brazo, pero vuelvo a la realidad en el momento en que un familiar cosquilleo me recorre la mano, dándome cuenta de que no es más que un espejismo, una simple ilusión que no se volverá realidad por mucho que mis hijas o yo mismo lo deseemos. Me pregunto si no he evocado esos recuerdos para protegerme a mí mismo. A veces creo que sigo encerrándome en la imagen de mi mujer para no salir de su regazo, porque me asusta el mundo exterior y las personas que habitan en él. Otras, creo que es la culpabilidad la que me ata a ella; como si el olvidarla fuese asesinarla por segunda vez…

Suspiro con mucha más pesadez que antes y me llevo los dedos a los ojos, apretándolos levemente para intentar centrarme en el lugar, en el momento y en la persona con la que estoy. Porque Ivory se merece algo más que el lamento de un vivo a un fallecido y que la nostalgia de un marido a una esposa muerta. Está aquí, conmigo; es un ser vivo; un ser humano, muy a su pesar, y no puedo estar llorando constantemente cuando hay alguien que me acompaña. Nunca he sido dado a dar pena y no voy a empezar en este momento.

Perdone este pequeño lapso. A veces el cansancio me abruma. Creo que trabajo demasiado —bromeo, aunque es cierto que tengo unas leves ojeras, prueba de que no he dormido lo suficiente en estos últimos días—. Dígame, no estaré siendo yo el que le distrae de sus obligaciones para con los invitados de la fiesta. ¿No tiene algún conocido por aquí al que le gustaría saludar o asuntos de negocios que tratar? Odiaría ser un estorbo.

¿Acaso quiero huir? ¿Dejarla de lado? ¿O es la verdadera cortesía la que me impulsa a decir estas palabras? No lo tengo demasiado claro. Quizás es una mezcla de las dos. Quizás también puede ser que espero que me responda que no para poder seguir charlando. No lo sé.

¿Por qué lo hacemos todo tan complicado cuando debería ser sencillo?


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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Mar Nov 25, 2014 11:16 am




This poor unfortunate soul

u
na sonrisa cansada apareció en ella. A veces se hartaba de los pensamientos preestablecidos que todos tenían de ella por su manera habitual de ser, pero no podía culparles, al fin y al cabo, ella misma se lo había buscado y más aún después del tiempo que había pasado con aquel humano, de hecho, se extrañaba que si quiera le dirigiera la palabra. -A diferencia de lo que muchos creen, no tengo nada en contra de los niños. Al fin y al cabo con eso, niños, sus actos no suelen estar guiados por actos egoístas, ni aspiraciones propias, son el puro ejemplo de la inocencia. Simplemente quieren divertirse sin importar el mundo cruel que les rodea. -parecía estar dentro de una ensoñación mientras hablaba, como atrapada por un hechizo que la mantenía pendiente de aquellas pequeñas figuras corriendo de un lado a otro. Emprendieron de nuevo el paso.

En aquellos momentos en los que su humanidad reinaba en su ser, Ivory se preguntaba si su vida podría haber llegado a ser así, tener una familia como la del señor Lynch. Era perfectamente consciente de que la posibilidad de tener hijos propios se le escapaba, uno de esos puntos buenos y malos de ser como era, pero al fin y al cabo ella había sido adoptada y esa opción sí que era viable. Había estado casada, como una persona normal, al igual que Desmond y, si no hubiese sido tan egoísta, podría haber renunciado a su inmortalidad. Pero era joven, estúpida y sin un mínimo conocimiento de lo que el futuro podría depararle. Ahora simplemente estaba asustada a renunciar a ella, la muerte, por estúpido que parezca, le asustaba. En cierto modo, estaba celosa. A pesar de lo trágico que podría haber vivido o de las complicaciones que podría tener. Dicen que se quiere lo que no se puede tener, y ella no era diferente.

Se sintió culpable por haber dejado de prestar atención a su acompañante y centrarse en sus propios y egoístas pensamientos. -No se preocupe, es normal, su trabajo es requiere mucha atención y más si incluimos lo mucho que se exige a sí mismo. Debería cogerse una vacaciones e irse de viaje con sus hijas. -sabía que se estaba metiendo donde no la llamaban, pero era de esas personas que no se cortaban en decir lo que piensan, siempre y cuando la situación sea la adecuada. -Créame que si me estuviese distrayendo sería la primera en decírselo, pero por suerte para usted puede disfrutar de mi compañía un poco más. -bromeó. -Estoy aquí por pura cortesía para con el anfitrión. Sinceramente en más de un momento viniendo hacia aquí se me ha pasado por la cabeza en escabullirme e ir a cualquier otro lugar. Fue todo un alivio encontrarme con usted. -soltó aquellas palabras sin pensarlo. Se obcecaba en mantener las distancias pero algo hacía que fuera capaz de decirle cualquier cosa. Le asustaba. Le asustaba el hecho de que fuera capaz de hacer que dijera cualquier cosa. Le asustaba esa extraña conexión, esa comodidad inexplicable y tranquilidad que sentía cuando estaba a su alrededor. Le asustaba pero no era capaz de alejarse. Quería más.

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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Jue Dic 18, 2014 11:51 pm

Sonrío de lado ante su comentario sobre los niños. “El puro ejemplo de la inocencia”, han sido sus palabras, que me evocan otra conversación parecida que tuve hace tiempo. ¿Están los niños realmente exentos de todo mal, o es acaso el desconocimiento de las etiquetas que nosotros les ponemos lo que les hace parecerlo? Pues he conocido casos de niños buenos y niños tan malos que podrían hacer estremecerse incluso a alguien como Ivory, que puede ser tan fría, tan cruel, como el mismo invierno. Pero tendemos a creer que ellos no son capaces de dejarse llevar por la oscuridad en sus corazones, que los niños sólo son sinceros, buenos. La observo, como abstraída mientras habla, con las manos en los bolsillos; no sé si realmente quiero volver a tener una conversación así, porque me agota pensar que la mayor parte del tiempo no se trata a los niños como seres humanos, sino como a criaturas parecidas a ángeles que se emponzoñan con el paso de los años. ¿Acaso no quedamos suficientes buenas personas en el mundo como para demostrar que la vida no tuerce todos los manzanos? Supongo que no.

¿Qué habrá visto ella para pensar así? No he conocido a demasiados brujos en mi vida, la verdad, aparte de Emily y de la propia Ivory porque como pueden curarse a sí mismos no necesitan de la medicina, pero alguna vez me he topado con alguno que se ha dado cuenta de que yo podía ver. Afortunadamente siempre han tenido buenas intenciones para conmigo, y alguno se ha detenido incluso a tomar un café; a lo sumo uno o dos. Su conversación es siempre interesante; sus ojos denotan sabiduría; su semblante generalmente, tristeza. Ivoy también la emana, a veces, como aquella noche en su casa, o como segundos antes, cuando ha hablado de los niños. Quizás se ha sentido imbuida por los recuerdos de su infancia. Quizás alguna vez tuvo algo parecido a un hijo. O quizás, como Emily, añora la posibilidad de tener los suyos propios. Es algo que siempre me ha entristecido de ellos. Siempre…

Sonrío de lado cuando comenta que debería irme de vacaciones con mis hijas. Ciertamente hace mucho tiempo que no me las llevo por ahí, los cuatro solos —porque no pueden vivir con la idea de estar sin su abuela materna—, desayunando en la calle o haciendo el tonto por alguna ciudad, conocida o desconocida, nueva o vieja amiga. La opción se me hace de lo más apetecible conforme voy forjando una respuesta en mis labios.

Oh, vaya, si supiese la de veces que lo he pensado este año… Pero la profesión del médico es sacrificada. Debería ir a Irlanda a ver a mi madre. Quizás coja vacaciones estas Navidades y vayamos a hacerle una visita, que hace mucho tiempo que no ve a las niñas —comento tranquilamente, como si ella tuviese realmente alguna noción previa acerca de mi familia. Es la comodidad que siento junto a Ivory en este momento hace que mi lengua se suelte sola. Suelto una carcajada ante su siguiente comentario—. Ivory, querida, no tengo la más mínima duda de que lo haría. —Tomo casi como una alabanza el hecho de que mi presencia le haya aliviado la idea de permanecer en esa reunión pseudo-campestre; sobre todo teniendo en cuenta las circunstancias en las que nos habíamos separado semanas atrás—. Si le soy completamente sincero, ya que parece que podemos tomarnos esa licencia el uno con el otro, pensé que no querría volver a verme. Para mí fue un alivio comprobar que no es así. No quisiera tener una mala relación con usted, Ivory.

Y si soy completamente sincero, ni siquiera sé el por qué.

Debería de resultarme una persona indiferente, como otra cualquiera. Alguien sin más valor que el de posible paciente, o de señora de posibles pacientes, porque probablemente, como ya he comentado, ella no necesitaría mi ayuda para nada. Sin embargo hay algo que no sé explicar; algo que es lo que me asusta, lo que me hace aferrarme al recuerdo de mi esposa; algo que me hace sentirme relajado a su lado mientras caminamos distraídamente por la reunión, sin importarnos los cuchicheos que podamos levantar por ello. A lo mejor es el recuerdo de sus ojos vulnerables; de la situación que me hicieron sostenerla con la delicadeza de un lirio entre mis dedos, como si fuese a deshojarse para desvanecerse en cualquier momento. Su expresión perdida en ese momento me ha perseguido, como su mirada, alguna vez estando distraído, como atraído por su tristeza para intentar averiguar su origen y reparar el daño que le han hecho. O es la fría belleza que emana de su cuerpo, que parece capaz de helarte sólo por caminar junto a ella. Y sin embargo, estoy segura de que su piel resulta cálida al tacto, como lo están siendo sus palabras, su conversación, en este momento.

¿Es acaso algo parecido a compasión? ¿Quiero ayudarla a sacar a relucir su personalidad amable con todo el mundo porque creo que necesita una mano firme que le ayude a recordar que no tiene por qué ser despiadada? ¿Sólo eso? ¿O existe algo más? No logro descifrarlo… No sé si quiero descifrarlo. Quizás debería dejar de pensar y permitir que las circunstancias y las emociones me lleven, para variar. Pero me volví controlador para no caer en la bebida, por lo que ahora cada pequeño paso, cada pequeña elucubración, cada minúscula sensación o situación, es analizada con frialdad, casi. Creo que he perdido la capacidad de ser espontáneo, tristemente.

Por lo que, reconozco que sus palabras han sido halagadoras. Y alentadoras. Pocas veces me he sentido tan cómodo con una persona relativamente desconocida como para realmente desear que tengamos una buena relación. Prometo que me portaré bien —bromeo—. Y con mucho gusto me encargaré de distraerla para que no tenga caer en la banal monotonía de estas reuniones —digo exageradamente—. A cambio de que usted me ayude a pasar desapercibido entre esta gente. Pues si le soy de nuevo completamente sincero, a pesar de que es la excusa que he usado para comenzar a pasear, no me apetece empezar a presentarme frente a nadie. Así que en cierto modo, nos hemos salvado el uno al otro.


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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Lun Dic 22, 2014 11:39 pm




This poor unfortunate soul

N
o entendió por qué, pero aquel comentario hizo que se molestara. Era su vida, su familia, él era quien debía decidir cómo, cuando y con quién hacer qué. Pero después de todo por lo que había pasado dentro del mundo de los subterráneos, consideraba que el buen doctor no era consciente de lo importante y valiosísimo que era el tiempo, más en una vida mortal. -¿Quizás? -le interrumpió. -¿Quizás coja vacaciones para pasar más tiempo con su familia? Disculpe que me meta donde no me llaman, Doctor, pero creo que no es consciente de lo que dice. Quién sabe, a lo peor la mitad de la gente de este parque no siga con vida mañana, no se puede saber lo que va a ocurrir. Y usted sigue interponiendo su trabajo a su familia. -en ese momento pasaron bajo un árbol lleno de flores rosadas. El viento hizo que algunas de ellas se desprendieran de las ramas y se mecieran con la corriente. Ivory abrió la mano. Una de las delicadas flores se posó sobre ella, como atraída a sus delicados dedos. -Usted mejor que nadie debería de saber que la vida es efímera, más aún después de todo lo desconocido que nos rodea. -no apartó la mirada de la flor mientras hablaba. Cuando terminó, dejó con un leve gesto que se fuera con la brisa.

En el momento en el que se dio cuenta de lo que había dicho dirigió su mirada a su acompañante. -Lo siento, me he extralimitado...-dirigió su mirada hacia el otro lado, apartándose un mechón de pelo de la cara. -Como siempre que estoy a su lado.-susurró para sí misma.

Aquellas palabras ciertamente la descolocaron en un primer momento. Luego vio lógico ese pensamiento, después de como le había echado de su casa la última vez era normal que pensara que no le querría volver a ver, lo mismo que pensaba ella acerca de él. -Para serle yo también sincera, creí que sería usted quién no querría volver a saber nada de mi. Le grité, amenacé e intenté echarle de mi casa, lo cuál finalmente conseguí.-bromeó al respecto, dibujando una sonrisa de suficiencia, como sintiéndose orgullosa de haberlo conseguido. -No entiendo como es posible que después de todo quiera relacionarse conmigo, y supongo que jamás lo entenderé. -en realidad la bruja tenía sus sospechas. Pena, le daba pena. Esa era la respuesta que ella misma le daba a aquella pregunta, y creía tener fundamentos para justificarla. En su mente él estaba atraído por esa imperiosa necesidad de ofrecer su mano a todo aquel ser que ante sus ojos parezca necesitar su ayuda, y ella se había mostrado frágil, vulnerable y necesitada ante Desmond. -Pero me confieso aliviada después de oírle decir eso. -se sinceró, al fin y al cabo sentía una extraña atracción hacía el humano.

Pero todo lado positivo tiene uno negativo. La aterraba. Aunque se empeñase en negarlo su presencia le aterraba después de lo que ocurrió en su casa. Desmond podría ser un simple mundano, pero tenía el poder de hacer que las paredes de hielo que la rodeaban fuesen derritiéndose poco a poco, y aún así quería más, casi como una especie de droga que sabes que te va matando lentamente pero necesitas cada vez una dosis mayor. Así se sentía cuando estaba a su lado. Era lógico que estuviese asustada, aquel no era más que su segundo encuentro y ya ejercía un gran e inexplicable poder sobre ella, no sabía que podría ocurrir si seguían encontrándose y, en parte, no quería averiguarlo.

Sonrió. -¿Acaso alguna vez en su vida se ha portado mal? -bromeó ante sus palabras. Le costaba imaginárselo siendo un niño rebelde o un adolescente saltándose las normas. Por lo que a ella respectaba, Desmond siempre había sido bueno y atento desde su más tierna infancia, no podía haber sido de otra manera. -Ha dicho reuniones, ¿he de tomármelo cono una invitación para acompañarle a posibles futuros actos sociales? -sabía que no era lo que quería decir, pero quizás sería capaz de ponerle nervioso, siempre parecía tan sereno y centrado. Sin embargo, aquello lo llevó a una época pasada, cuando aún era joven y estaba casada. Frederich y ella solían ir a varias fiestas al mes, procedían de familias medianamente importantes y se veían obligados a ello, pero él las odiaba y siempre encontraba la manera de que ambos se escabulleran del gentío para que nadie les molestase. Le recordó a él, pero era imposible compararles. -Estoy en desventaja, es la segunda vez que me salva. -intentó que pareciera un comentario sin más, pero su rostro la delató. Podían haber pasado semanas pero el recuerdo de su casa aún estaba candente en ella, al fin y al cabo no estaba acostumbrada a que nadie se preocupase por ella como él lo había hecho.

Aún faltaba un rato para que el Sol comenzara a ponerse pero ya empezaba a teñir el cielo de colores cálidos y acogedores y la brisa que el mar arrastra en las horas nocturnas comenzaba a notarse en el ambiente. Ivory echó una mirada furtiva a Desmond. Se engañaba así misma diciendo lo contrario, pero le gustaba hacerlo, sentía que de esa manera podía verle tal y como es, observar ese aura invisible que le rodeaba, con esa pose con las manos en los bolsillos, eran tan característica suya que sentía nadie más que él podía hacerla, al menos no de esa manera. Una leve sonrisa apareció en su rostro. -¿Le apetece un café? -comentó echando una mirada a un pequeño puesto ambulante que se asentaba algo ligéramente alejado de la reunión.

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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Mar Ene 20, 2015 11:18 am

Reconozco que las palabras de Ivory me pillan desprevenido tras mi casual comentario sobre las vacaciones. Incluso frunzo el ceño, extrañado, sorprendido, pues no imaginaba que alguien como ella pudiese pensar algo así. Sin embargo, eso sólo me demuestra el poder que las primeras impresiones ejerce sobre uno, delimitando comportamientos y actitudes, y durante un segundo me siento bastante avergonzado por haber presupuesto que ella no tendría ni idea de lo que significa o deja de significar tener una familia. Por supuesto, tuvo su vida humana antes de comenzar como bruja, o eso creo recordar que dejó caer en nuestra última conversación. Habló de un marido, y aunque sé que las de su raza no pueden engendrar, eso no quiere decir que no se sintiese unida a él. También me avergüenza que tenga tan claro que pongo por delante al trabajo por mi familia, pero, mientras alzo el rostro para buscar con la mirada a mis hijas, no puedo decir nada que lo eche por tierra, porque es la pura realidad.

Al menos antes tenían a Ada para que les hiciese compañía, pero por mucho que quieran a su abuela, me necesitan a su lado, y la mayor parte del tiempo la dedico al hospital. Sally dice que lo entiende, que el trabajo que tengo es muy importante, pero Liz ya no tanto. Durante un segundo es como si una bombilla se encendiese en mi cabeza, y con los ojos puestos sobre la mayor de mis hijas, entiendo que su rebeldía quizás viene dada por el hecho de que no les presto la suficiente atención a ninguna de las dos. Me siento tan ridículo, tan patético, que lo dejo traslucir en mi sonrisa, amarga, antes de responder a la mujer que me acompaña, que parece arrepentida por su regaño.

No tiene nada por lo que disculparse, Ivory. Tiene razón en absolutamente todo lo que me ha dicho, y a veces incluso los adultos necesitamos un rapapolvo para darnos cuenta de que nos estamos portando mal. En cierto modo se lo agradezco, y corrijo mis palabras. Me tomaré unas vacaciones para ir a visitar con las niñas a mi madre en Irlanda. —Sonrío—. Me ha ayudado a darme cuenta de algunas cosas con su reprimenda —digo entre risas.

Sin embargo, el deje de broma de mis labios desaparece cuando ella menciona que creía que no querría volver a verla después de lo sucedido en su casa. Bueno, en realidad eso habría sido lo normal, pero nunca he sido tan descortés ni tan poco educado como para ignorar a alguien que tengo delante y que, con toda seguridad, va a terminar encontrándose conmigo. Prefiero saludar de frente, incluso cuando soy poco grato o la persona es poco grata para mí; claro que el cariz de ese saludo es bien diferente dependiendo de las circunstancias. Afortunadamente, con Ivory las cosas han ido rodando hacia buen puerto, al menos de momento, y en el fondo, me alegra. Supongo que se desconcertaría al saber que yo tampoco lo entiendo, pero es algo que prefiero que siga siendo conocido sólo por mí.

Oh, Ivory —respondo divertido a su pregunta sobre mi comportamiento—. Se sorprendería, pues todos tenemos sin lugar a dudas un pasado oscuro al respecto. De niño era bastante más travieso de lo que pueda imaginar; imprudente, también; “demasiado despreocupado” eran las palabras que mis padres solían usar conmigo hasta los doce años, más o menos. Luego pasé por una etapa bastante estúpida, pero cuando eres popular, y no es por falta de modestia, tanto entre chicos como entre chicas, es difícil no sentirte un poco especial. En realidad fue Ada la que me hizo darme cuenta que yo era un ser humano como todos que no tenía nada de particular, y eso fue cuando ya estaba en segundo o tercero de medicina —reconozco sin pudor alguno, aún riéndome de mí mismo—. A pesar de que, ciertamente, sí que lo tenía, pues podía ver cosas que ella no. Pero aparte de eso iba a envejecer y morir como todos ellos, sufrir las mismas penalidades y las mismas enfermedades. —Por un segundo pienso que quizás puede molestarle que hable tanto de Ada cuando ella ya no está, no sé por qué. Esa idea se me cruza por la cabeza como una exhalación. Quizás me encuentre ridículo por haber sido incapaz de superar su muerte. Los labios se curvan ligeramente hacia abajo, y es porque me encuentro pensando en otras cosas que su pregunta me pilla tan desprevenido que se me refleja en el rostro. ¿Acompañarme? ¿Futuros actos sociales? Me apresuro a negarlo con las manos, sintiéndome algo torpe y estúpido por haberle hecho pensar algo así—. No, no. No me malinterprete. Quiero decir, tampoco piense que no me agradaría ir con usted a este tipo de situaciones; no se me ocurre mejor compañía que una dama como usted. Pero yo no acudo demasiado a estos eventos. Me hacen sentirme incómodo. Nunca me acostumbré del todo, ya se lo dije, a pesar de que en mis padres era algo recurrente. Y no diga esas cosas por favor —río, nervioso—. No hay ventajas ni desventajas. No me debe nada, ya se lo dije. Lo hice por propia voluntad, como ahora en este momento.

Asiento ante su propuesta del café, caminando lentamente a su lado con la brisa y las risas de los niños que trotan por el parque como única compañía. De pronto me invade de nuevo esa sensación de paz, de familiaridad y tranquilidad que minutos antes, y tengo que controlarme para que los ojos no se me llenen de lágrimas. Estoy convencido de que si Ada pudiese hablar conmigo me diría que debo avanzar, que debo continuar sin ella y dejar su recuerdo atrás. Pero simplemente… simplemente no lo consigo.

Quiero que me disculpe, Ivory. —Digo de pronto, mientras continuamos caminando—. Quizás piense que soy un idiota incapaz de superar la muerte de su esposa porque siempre que puedo la menciono a ella. —Le miro, sonriendo con tristeza—. Sin embargo, le diría que no está nada lejos de la realidad. En efecto soy un idiota incapaz de avanzar, a pesar de que sé que ella me reñiría por portarme así. A lo mejor esto no le importa, pero pensé que quizás no le apetezca estar escuchando historias de una persona que ya no está entre nosotros, así que le pido disculpas y le digo que intentaré evitarlo en la medida de lo posible. Pero… pero sí que es cierto que cuando estoy con usted, me es fácil hablarle de Ada. Quizás porque también perdió a su marido y siento que puede entenderme. No es habitual, desde luego, que la mencione. —Suspiro—. De todos modos, tampoco quiero arruinar su tarde con historias tristes. —Vuelvo a sonreír con más normalidad—. Sólo quería decírselo y ya está.


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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Sáb Nov 07, 2015 1:39 am




This poor unfortunate soul

L
as palabras del doctor la cogieron algo desprevenida. Lo miró con el rostro ladeado sopesando lo que acababa de oír antes de responder. -Corríjame si me equivoco pero no creo haber dicho en ningún momento que me moleste que hable de su esposa. Para serle sincera no me desagrada oírle hablar de ella. Me gustaría que alguien me recordase así.

La bruja sabía que, si algún día perecía, nadie la recordaría, al menos no de buena manera. Así mismo, la pasión con la que Desmond hablaba de Ada le era hechizante, como cuando les cuentas una historia maravillosa a los niños antes de irse a la cama. -¿Sabe? Mi madre solía decirme que aquellos que nos dejan jamás lo hacen del todo siempre que sigamos hablando de ellos, así nos aseguramos que su recuerdo perdure y no desaparezca con el paso del tiempo. Así que no se disculpe, ni mucho menos se avergüence por estar anclado al recuerdo de su esposa. Hable de ella, sobretodo a sus hijas, serán las siguientes encargadas en que no caiga en el olvido. Yo soy la única que carga con el recuerdo de mi familia... Y ahora soy la que habla de historias tristes -miró hacia otro lado con una leve sonrisa.

Sin darse cuenta la tarde había pasado. Para cuando Ivory se percató el sol se estaba poniendo al horizonte. Los niños corrían a su alrededor. Sus risas y el sonido de las hojas de los árboles moviéndose mecidas por el vienta era todo lo que se oía. Parecía imposible estar en medio de lo que era aquella masa de hierro llamada Nueva York. Miró atrás. Muchas de las personas que habían asistido a aquella reunión ya se habían marchado y sólo quedaban unos pocos rezagados, aquellos que conversaban mientras sus hijos seguían correteando.

-Se hace tarde y creo recordar que iba a ir con sis hijas a cenar. Mejor no le entretengo más. -Ivory no quería ser una molestia, por extraño que suene. Curiosamente deseaba que el doctor y su familia estuvieran juntos, pasando más tiempo. Puede que por el hecho que Desmond reconociera no pasar mucho tiempo con las niñas o puede que por el hecho que ella no tuviera la ocasión si quiera de tener su pequeña familia propia. Definitivamente se estaba volviendo blanda. -¿Dejamos ese café pendiente? Después de lo que me ha dicho creo que es mejor que aproveche el poco tiempo que tiene libre con sus hijas. -mientras decía esto la pequeña Eliza se acercaba a ellos. Ivory se preguntaba si habría heredado el don de su padre, aunque más que don podía ser una maldición. En ese momento realmente deseó que no tuviese la visión, al mismo tiempo que deseó no haber nacido hija de un demonio.

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Última edición por Ivory Khanstein el Dom Dic 06, 2015 3:47 pm, editado 1 vez



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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Jue Nov 26, 2015 12:08 pm

La sinceridad de Ivory me golpea como un jarro de agua fría, pero lejos de dejarme desconcertado o de molestarme, lo único que provoca en mí es una amplia sonrisa. Esta mujer tiene la habilidad de derrotarme casi sin esfuerzo alguno, y no sé si eso me gusta o no, porque me hace sentirme algo estúpido. Y ya no tengo quince años para ofenderme porque alguien ponga en evidencia mis carencias, pero tampoco es algo a lo que esté demasiado acostumbrado. Lo acojo con humildad, no obstante, mientras me río al caminar a su lado, porque ella tiene razón y porque yo siempre doy por supuestas demasiadas cosas a mi alrededor. Como no estoy acostumbrado a hablar de Ada, creo que puedo molestar a la gente con su recuerdo. Cuando lo cierto es que la gente a veces ni siquiera sabe que he estado casado, o que mi esposa falleció. Esa idea hace que agache la cabeza unos segundos, me hace reflexionar, porque tampoco sé si es algo bueno… o malo.

Estar anclado a su recuerdo. —Suspiro—. A veces eso me hace creer que entonces nunca seré capaz de superar su muerte, que nunca podré desprenderme de la culpabilidad ni de nada referente a ella. —En realidad eso era algo más para mí que para nadie más, pero las palabras han salido completamente solas. Sonrío de nuevo de forma automática para quitarle importancia—. Pero tiene razón en una cosa. Mis hijas no deben olvidarse de ella nunca. Aunque lo cierto es que no solemos hablar mucho de ella…

Me habría gustado colocarle una mano en el hombro cuando ha dicho que ahora sólo cuenta historias tristes, y me habría gustado decirle que se viniese con nosotros, que no se aislase, como parece que suele estar. Entiendo que la vida de bruja es demasiado dura como para no tender a separarte del resto con el paso de los siglos pero nadie debería permanecer solo durante tanto, tanto tiempo. Pero no lo hago, porque puede malinterpretar mis acciones y creer que lo hago compasión, e Ivory parece una persona a la que no le sienta nada bien que la gente muestre ese tipo de actitud hacia ella. De modo que callo y continúo caminando a su lado en silencio. La tarde ya nos rodea lentamente; el crepúsculo se acerca a paso lento. Es un ambiente casi idílico, y durante unos segundos me dejo llevar otra vez por la tranquilidad que nos rodea.

Tiene razón… —digo, algo alejado de mí mismo. Eliza se acerca hacia donde estamos con una sonrisa que intenta disimular para parecer enfadada delante de mí, como siempre. Sally no creo que tarde demasiado ya en aparecer—. Me encantará cobrarme ese café, Ivory. No crea que pienso olvidar que tenemos ese encuentro pendiente. —Mi hija se detiene a una distancia prudente, probablemente porque le da vergüenza presentarse ante Ivory, o quizás porque está sacando conclusiones precipitadas, como puedo deducir yo por su rostro. Sonrío de lado. Niños. Me detengo frente a la mujer con las manos en los bolsillos y la observo—. Quizás no me haga caso para nada, pero quiero que sepa que puede acudir a mí cuando lo necesite. Estaré encantado de ayudarle en lo que sea. Y de verla. —Le tiendo una mano, esperando que la estreche—. Ha sido un placer volver a verla, Ivory. Cuídese, haga el favor. Y no deje de comer —bromeo antes de girarme para ir hacia donde mis hijas se encuentran esperándome.

¿Quién era esa? —pregunta Eliza con un tono cercano al desprecio, lo que confirma mi teoría de que se ha ido por otros derroteros completamente diferentes.

Es la señora Ivory —responde Sally con inocencia—. Es una señora muy amable amiga de papá. —La mano de Liz aprieta suavemente la de su hermana pequeña. Está claro que no cree a la niña.

Ya…

Es una conocida, Lizzie. ¿Importa eso mucho?

Sin responderme me acerca a Sally y se aleja a grandes zancadas hacia el coche. Yo suspiro, cojo a la pequeña en brazos y estoy tentado de girarme para contemplar a Ivory una vez más en la leve lejanía, pero al final no lo hago. Sólo avanzo hacia delante, sin más, pero con mis pensamientos volcados en ella y la horrible sensación de que hay algo que estoy haciendo mal, y no sé lo que es…


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Re: This poor unfortunate soul || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Dom Dic 06, 2015 3:34 pm




This poor unfortunate soul

A
rrugó ligeramente el ceño. La bruja entendía perfectamente lo que era sufrir la pérdida de un ser querido, sabía el dolor que se sentía y la melancolía que su recuerdo conllevaba; la muerte nunca se supera. No se sentía capaz de decirlo en voz alta, no quería martirizarlo aún más, pero era la realidad, su realidad. Siguió el paso del doctor preguntándose cómo era posible que cada vez que ambos se encontraban acaban hablando de cosas tan personales, cosas que nunca salían a relucir, ni siquiera en su más profunda soledad cuando solo la acompañaban sus pensamientos.

La distancia que había tomado la pequeña la hizo sonreír algo melancólica, ¿cuándo había empezado a intimidar también a los niños? Un pequeño suspiro salió de sus labios justo antes de que Desmond le tendiera su mano. -Tiene razón, seguramente no le haga caso. Pero sepa que si tiene problemas puede acudir a mi, aún le debo un favor. Por una vez, y sin que sirva de precedente, hágame caso. Pase más tiempo con las niñas, hábleles de su madre y trabaje un poco menos. Dentro de unos años, cuando ya sean demasiado mayores, se arrepentirá de no haberlo hecho. -sonrió estrechándole la mano con delicadeza. Para entonces el doctor ya sabría que era demasiado orgullosa como para pedir ayuda a nadie. -Ha sido un placer. -Ivory sonrió mirando hacia el suelo, algo avergonzada, cuando comentó que no dejara de comer.

Cuando levantó la vista Desmond se encontraba de camino hacia sus hijas. Por un momento, la seriedad se asentó en el rostro de Ivory. Se abrazó a sí misma, mirando a un lado y a otro. ¿Y si alguien la había visto? ¿Y si alguien les había visto? Un sentimiento de miedo se apoderó de ella. Había muchos que estaban contra ella y harían lo que fuera por dañarla, podían haberla visto junto a Desmond, junto a sus hijas. Cualquiera podría malinterpretarlo. No quería causarles problemas, no quería... bíp bíp El sonido de su teléfono móvil la sacó de aquel estado de pánico.

Mi querida Ivory, lo he encontrado. Tengo la prueba que buscabas pero, por motivos ajenos a mí no puedo ir personalmente a entregártelo. Espero que no sea un inconveniente que uno de mis "empleados" sea quien te lo entregue en mano. Un placer hacer negocios contigo.
-Sirio

No esperaba leer aquello que el mensaje rezaba, la había cogido totalmente desprevenida. Pero, después de aquel ataque de pánico sin sentido, era una distracción necesaria.

Mi no tan querido Sirio, iré a buscarlo personalmente.

Ivory miró en la dirección a la que el doctor se había dirigido; ya no estaba. La bruja suspiró antes de dirigirse a la entrada del parque donde su coche la esperaba. -Al aeropuerto. -no se imaginó que tardaría tanto en volver a casa y en volver a ver a aquel hombre que tanto la descolocaba.



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