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04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


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La culminación del odio [Nikolaus A. Ullrich]

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La culminación del odio [Nikolaus A. Ullrich]

Mensaje— por Adeline Geller el Miér Jul 30, 2014 9:20 pm


La culminación del odio
→ martes→ 22:12 → Afueras → Cálido  


La había visto, había visto retazos de esa melena anaranjada doblar  la esquina de uno de los viejos callejones que formaban parte de la periferia de la ciudad, y  por lo tanto, desaparecer de su campo de visión, pero tenía la certeza de que era ella. No conocía la razón de aquella seguridad pero era una revelación que se había mostrado ante sus ojos, que se manifestó en un estremecimiento, y no iba a desperdiciar tal ocasión.  Había pasado cantidad de noches en vela por su culpa; recordaba sus fríos ojos, su sonrisa ladeada, burlona... impía. Adeline no era consciente de que aquella vampiresa se dejaba llevar más por la locura que por la razón,  por el sufrimiento que por la cordura, pero eso no le importaba porque desde entonces la invadía una espiral que la sumergía en la más suma oscuridad dentro de su subconsciente, y que aparecía cada vez que cerraba los ojos.  

Caminaba con cautela, marcando su piel con la única marca que la dejaría hacer sin ningún reparo, aquella que le despojaría de cualquier temor que sintiese hacia la vampiresa. Tras acabar, la observó con una satisfacción que asustaría a sus allegados más cercanos, pues sus ojos nunca antes habían reflejado tanto odio como en aquel momento. Ahora se sentía decidida, poderosa, llena de una valentía que creía perdida y que la ayudaría a arrebatarle su despreciable no-vida.  A continuación se aseguró de que su teléfono móvil estuviese apagado ya que  ni iba a avisar de ese avistamiento, ni permitir que la localizasen. Aileen iba a morir a sus manos esa noche.

Esos sentimientos que la nephilim contenía siempre habían estado escondidos muy dentro; jamás había conseguido expresarlos de algún modo que la ayudase a dosificar su angustia, y eso la perturbaba. Los enterraba a cal y canto con disciplina, con obediencia durante su servicio como cazadora de sombras, y la ocultaba con tiernas sonrisas y traviesas bromas a la hora de refugiarse en los momentos mundanos que Mishka le ofrecía. Evitó pensar en él, porque recordar tan solo su mirada, o su sonrisa la apaciguaba, y no era eso lo que quería entonces.

Sus manos acariciaron el cuero que cubría sus muslos hasta posarse en el cinturón, continuó tanteándose hasta hallar la empuñadura de su cuchillo serafín, el cual rechazó ya que echó mano a una de las estacas que llevaba justo en la tira de cuero que cruzaba su pecho. La idea de enterrar la madera en su corazón la emocionaba, por lo que el ritmo de sus latidos empezaron a aumentar. Continuó su camino dejándose llevar  por donde la había visto adentrarse. A medida que sus pasos cruzaban el callejón, escuchó un sonido justo a su espalda que la hizo maldecirse por su impaciencia. Sintió un golpe en la espalda que la empujó hacia adelante, además de notar el olor empalagoso de chicle. Definitivamente era ella, continuaba con la idea de que la colonia de tal olor era un acierto. Al girarse la vio allí, mirándola con cierta sorpresa y  con una sonrisa que acompañaba tal expresión.

¿Adeline? ¿y Mishka? ¿venís a jugar?—entonces, se percató de la estaca—¿y ese palo? — preguntó atropelladamente a medida que daba tranquilos pasos, no le asustaba la nephilim, ya estaba acostumbrada al miedo que la paralizaba en el pasado.

Sí, en efecto venía a jugar contigo, Aileen—hizo un desmesurado esfuerzo para reprimir que sus palabras sonasen toscas y rudas.

Creí que me tenías miedo... así no es tan divertido. Quiero perseguirte—frunció el ceño y sacó morros, mostrándose algo desganada.

Siempre tan caprichosa... ¿Qué tal si invertimos nuestros roles?— a una velocidad vertiginosa, la que le proporcionaba las runas, se acercó al blanquecino cuerpo de la vampiresa usando la estaca como cuchillo, dándole una estocada horizontal que la alcanzó, marcándole el pecho casi de hombro a hombro. La herida tenía cierta profundidad, y sangraba. Fue entonces cuando encontró en los ojos de Aileen una pizca de inseguridad y desconcierto, pero eso no era suficiente, ¡quería ver autentico espanto en su mirada! Sin apenas darle tiempo lanzó otra estocada  a la vez que sus pasos se iban aproximando. La vampiresa retrocedía, balbuceaba que no le gustaba ese juego y que se detuviese, pero la nephilim ignoraba su petición que poco a poco se iba convirtiendo en ruego. Una súplica falsa pues en cuanto se percató de que la rubia no iba a detener en su intento de hundirle la estaca, hizo alarde de su gran agilidad para zafarse de su desventaja. Su grácil cuerpo usó la cercanía de las paredes para moverse entre ellas y usarlo de impulso, propinándole una fuerte patada a la cazadora que la hizo volear el rostro a un lado. De su boca emanó un hilillo de sangre, al igual que empezaría a marcarse de un color morado.

No pienses que eso va a detenerme— dijo con voz raspada, cargada de la ira que ya no podía contener y que se estaba desbordando peligrosamente. Gritó con fiereza olvidándose del control que se debe mantener en el campo de batalla, y empezó a dejarse llevar por las ansias de eliminarla, de insertarla, de atravesarla con el trozo de madera que era impulsado hacia la vampiresa de todas las maneras posibles, hasta llegó a lanzárselo a la cara para que ésta  se cubriese y así tomar una segunda estaca para sorprenderla con otro ataque. Su mano se aferraba al trozo de madera con tal fuerza que se hacía daño a sí misma, pero no tenía importancia. Entonces aprovechó que en sus vanos intentos de apuñalarla,  se fueron moviendo a lo largo de todo el callejón hasta que tuvo cerca un cubo de basura el cual pateó fuertemente haciendo  que golpease a Aileen, haciéndola caer al suelo, cosa que la rubia aprovechó para saltar sobre ella, sentarse encima y tratar de neutralizar sus manos.

¡Para! ¡basta! ¡no me gusta este juego!—pidió otra vez a gritos pero esta vez con la voz rota, pues en realidad sabía que aquello no era ninguna diversión. Zarandaba su cuerpo logrando zafarse de su agarre y defenderse con arañazos que surcaban la piel de la nephilim. Pero ésta lo ignoraba, sentía tal frenesí, y tal adrenalina fluir por sus venas que el dolor era menor.

Nunca... nunca...—decía entrecortadamente ya que se estaba ocupando de volver a anular sus manos que continuaban arañándola, y lo consiguió— ¡nunca lo fue!—vociferó arrugando la nariz y enseñando los dientes de la rabia y clavó de forma certera la estaba sobre el corazón de Aileen, lo supo porque notó la flacidez de su cuerpo. En efecto, estaba inerte, con los ojos abiertos mirando hacia ninguna parte, y su boca abierta después de haber lanzado su último grito desesperado. La nephilim se la quedó mirando fijamente, maravillada por tal imagen. Su respiración continuaba agitada después del combate, y de un tirón sacó la estaca la cual salió cubierta de sangre. Apretó los dientes y la apuñaló otra vez, y otra vez, y otra vez, emitiendo un gruñido frustrado. El cuerpo de la subterránea se estaba desformando considerablemente por cada puñalada, la sangre salpicaba a la muchacha pero eso no parecía importarle. ¿Por qué no se sentía mejor ahora que la había matado? ¿por qué seguía sintiendo esa ansiedad? La respuesta estaba en su estancia en el instituto, en su hermana muerta, en el rencor que sentía hacia "ellos" y que había pagado con el cuerpo inerte de Aileen, o directamente hacia ella cuando aún continuaba con vida. Había perdido el control por una frustración que no se encontraba solo en el odio que sentía hacia los vampiros;  sino en aquellos que vivían bajo un mismo techo y los que manejaban su vida de forma abusiva y autoritaria. La Clave.

Pero esa revelación no le llegó a Adeline, que permaneció allí, sentada sobre el cuerpo desfigurado de la vampiresa, mientras ocultaba  su rostro bajo sus manos ensangrentadas. Lo único que  rompió el silencio en aquel momento fue el sonido seco de la madera caer al suelo.

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Aviso a la administración: la user que llevaba al personaje de Aileen, me dio su consentimiento para que mi personaje matase al suyo algún día en uno de mis post.



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Re: La culminación del odio [Nikolaus A. Ullrich]

Mensaje— por Invitado el Jue Jul 31, 2014 2:51 am


La culminación del odio
→ Martes → 22:15 → Afueras → Cálido  

Durante mucho tiempo había escuchado los gritos resonar en su subconsciente, experimentado aquella tortuosa culpa, aquel sentimiento de impotencia corroyéndolo por dentro; había sentido el rencor surcando por sus venas, el dolor apaciguando cada pedido de razón. Había aprendido a apretar los dientes y cerrar los puños; a callar y asentir, pues ya no había forma de remediarlo, pues lo hecho, hecho estaba y no podía cambiarse. Muchas veces había escuchado el mismo discurso de las generaciones vencidas, de aquellos políticos que impasibles se mantenían en sus altos asientos y dictaban órdenes, que la gente como él, sufrida e indefensa, llevaba a cabo sin rechistar. ¿Era acaso ésa la vida que merecían, ser simple soldados, máquinas desechables? ¿Actuar bajo una moral impuesta, bajo el yugo de la corrupción y el abuso de las reglas? Ya estaba cansado de ser una marioneta, un títere usado para fines que iban más allá de su comprensión; estaba harto de que su vida estuviese en las manos de otros. Su alma había muerto hacía ya tiempo, asesinada a puñaladas por un dolor implacable, pero su vida continuaba; y era suya, después de todo. No dejaría nadie impusiese aquella falsa moral sobre él: traería un cambio, llevaría luz a la sombras de la corrupción, acabaría con la desdicha de los abusados, aunque eso terminase costándole todo lo que tenía, todo lo que conocía. Pero si lograba un cambio, se dijo, valía la pena. Ideales, esperanza. Era lo único que le quedaba, y estaba dispuesto a sacrificarlo.

Dolor, odio, venganza. Era impresionante la forma en la que seres como ellos podían caer fácilmente en la tentación de la espada y el cuchillo; cómo podían danzar entre la fina línea que dividía a la víctima del victimario, entre el bien y el mal. Pero era una línea muy delgada, y cruzarla era más fácil de lo que se pensaba. Muchos habían caído ya ante la desdicha, sucumbido ante los fantasmas del pasado, ante la rabia desmedida. Fácil es el descenso al averno, decían los viejos. Cuánta razón tenían: ahora, el averno estaba en los mismísimos callejones de la ciudad, sus llamas cubriendo a una nefilim y una vampiro.

Escuchaba los gritos, las súplicas cortando el aire y destruyendo el silencio sepulcral del que tanto había gozado hasta el momento; todos sus sentidos se alertaron, sus músculos tensándose en un único movimiento, rápido y ágil, que impulsaba su cuerpo por las calles desoladas de una noche cálida en Nueva York. Introdujo una mano dentro de la gabardina, extrayendo un cuchillo serafín, escondiéndolo rápido en su bolsillo; se ajustó la gabardina, que tenía grabada en el pecho las cuatro C que lo representaban como miembro de la Clave, y apuró el paso hacia los callejones, siguiendo los sonidos: algo estaba mal.

Sus sentidos lo guiaban; la vista le ayudaba a cruzar las calles, a seguir los intrincados callejones sin perderse. Sus oídos le indicaban lo que pasaba, incluso aunque su vista le fallase; había una batalla. Necesitaba llegar rápido, si es que quería evitar que se tornase peor. No podía imaginarse lo que estaba pasando; no podía saber qué panorama esperar, mas su cuchillo, sus runas y su destreza natural lo hacían apto para soportar lo que se le presentase. Sin embargo, no podía haber estado preparado, al menos no emocionalmente, para lo que vio.

Su cuerpo se tensó allí, inmóvil, en la entrada del callejón; veía la sangre desaparramada, aquellos finos ríos carmesí que se colaban entre las baldosas y el cemento, tiñendo de muerte aquel penoso cuadro. Veía la estaca, subiendo y bajando sobre el pecho de la víctima, arrancando cada trozo de su alma, eliminando cada chispa de vitalidad. Distinguía a aquel ser ceñirse con rabia sobre su víctima, apuñalando una y otra vez un cuerpo ya inerte; sentía el odio cargar el aire, hacerlo denso, difícil de respirar; su garganta cerrarse. Tuvo que apartar la vista de aquel espectáculo: se veía a él mismo, sentado sobre su propia decadencia, atacando la única cosa que había hecho su vida miserable. Muchas veces había contemplado aquella escena en su mente, repitiéndola en su subconsciente como su propia tortura personal; incontables veces había asesinado aquello que tanto dolor le había causado, contemplado con terror absoluta su propia expresión de adrenalina, de falsa satisfacción. Pero aquello le había enseñado algo: no se podía combatir el dolor con más dolor, la violencia con más violencia. Incluso en su desconocimiento de la situación, no podía más que sentir pena; sentir pena por la calma que ella no habría de sentir.

Caminó rápido hasta quedar a su par; las runas evitando que su presencia se escuchase, moviéndolo como una sombra entre la oscuridad, entre la sangre y el odio. Se inclinó ligeramente para estar a su altura, viéndola desde un costado con la preocupación que solo ellos podían demostrar para con los suyos; eran como hermanos y hermanas, después de todo. Compartían la vida entera; compartían la felicidad, el gozo, aunque también los dolores y los temores. Allí había una mezcla de todo.

¿Estás bien? —preguntó en un principio, sinceramente preocupado por ella. Tenía las manos ensangrentadas, y en la escena veía mucha sangre también; solo que no sabía si era de la fémina o de la muerta. En ambos casos, era una escena terrible— Ven, aléjate del cuerpo —sugirió, poniendo con cautela una mano sobre su espalda para ayudarla a correrse. No quería forzarla a nada, pero realmente le convenía alejarse del muerto, por demasiadas razones que no valía la pena enumerar y que, si ella era como él, reconocería por sí sola.

Se incorporó nuevamente, ofreciéndole una mano para ayudarla a ponerse de pie. Tenía demasiadas preguntas para hacer, demasiados detalles que investigar. ¿Qué había pasado exactamente? No parecía haber sido algo casual, algo que simplemente había surgido en el momento. Su experiencia le decía que allí había premeditación; no llevaban normalmente estacas, a menos que tuviesen intenciones de atacar vampiros. La miró de reojo, intentando entenderla, a ella y sus motivaciones.

¿Estás herida? —preguntó, todavía preocupado, para pasar finalmente a otra pregunta— ¿Qué ha pasado exactamente? ¿Por qué hay un vampiro muerto?

Era una pregunta sumamente estúpida, pero no se le ocurría nada mejor que preguntar en un momento como ese. Si había algo que podía sorprenderlo, incluso cuando pensaba lo había visto todo, incluso cuando creía ya conocer el lado más horrible de la vida, era esa situación; un odio profundo en su máxima expresión, que le aterraba por dentro. No solo por lo que representaba, sino porque él, hacía mucho tiempo atrás, también se había sentido así.

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La culminación del odio
→ martes→ 22:18 → Afueras → Cálido  


Cuánto tiempo había estado sumida bajo las apariencias... donde sus expresiones reflejaban el estado anímico que entonces quería mostrar a cara a los demás; las seleccionaba cuidadosamente para no revelar que no estaba tan bien, o no era tan fuerte como quería hacer creer. Lo peor de todo era que en más de una ocasión se había creído ella misma su propio disfraz,  y eso hacía que doliese más, que sintiese una opresión en su pecho que le impedía respirar con plenitud. Era obvio que no era feliz, de ninguna de las maneras  y no podía dejar todo atrás aunque quisiese; porque tenía una promesa que cumplir hacia su fallecida hermana, la cual no se zanjaría hasta que sus días también lo hiciesen.

"Lucharé en esta guerra por ti; porque tu desaparición no haya sido en vano, desde hoy y hasta el día de mi muerte... Te lo prometo"

¿Cómo era posible que esas palabras fuesen emitidas por una pequeña de tan solo trece años? No debió haber marcado su vida de forma tan extrema,  pero hablábamos de nefilims, no de mundanos; éstos primeros debían madurar antes de tiempo y cargar con una desmedida responsabilidad porque no eran niños, eran auténticos cazadores de sombras en el momento que "ascendían".

¿Y ahora qué?  Seguía allí sentada sobre un cuerpo muerto de quien la había estado atormentando  hacía ya un tiempo, pero no más que ella a sí misma. Sus manos continuaban sobre su cara, ocultándose de unos ojos que la observaban en un sobrecogido silencio y que ella ignoraba. Notaba las palmas de las manos adheridas levemente sobre su piel debido al sudor y a la sangre. Entonces sintió una repentina presencia que la hizo descubrir su rostro con los ojos abiertos de par en par; asustados, nerviosos y acongojados. Su respiración que aún continuaba agitada, pareció alterarse más al reconocer que el hombre que se había inclinado hacia ella pertenecía a La Clave. Sintió tal escalofrío,  que notó un gélido calambre recorrer todo su cuerpo, de pies a cabeza, obstruyendo cualquier movimiento de alguno de sus extremidades. En esos momentos sus ojos se clavaron en las repetidas letras que lo identificaban como uno de los miembros de La Clave que tanto odiaba y temía por igual... en silencio. Su pregunta le hizo dirigir la mirada hacia la de él, que la observaba con una evidente preocupación  que ella se resistía a concebir por el constante rechazo que sentía hacia todos ellos, exceptuando Christopher, aunque en esos momentos tampoco saldría impune de su odio.

Con voz sosegado la incitaba a alejarse de allí, incluso notó como apoyaba su mano a su espalda, provocando que toda ella se tensara y que sus piernas se cerrasen apresando aún más el cuerpo de la subterránea muerta.  ¡No! ¡no quería irse! quería continuar allí para hallar la respuesta, el por qué no se sentía mejor después de haber acabado con el foco de su aversión.

No...no. Déjame...—dijo en un murmullo, con los labios temblando y con su mirada puesta en el desencajado rostro de Aileen, expectante a que llegase el abrazo de la tranquilidad, de la paz que realmente jamás la tocaría. Al menos no así.

Por el rabillo del ojo vio como le ofrecía la mano para ayudar a levantarse; un acto que interpretó como un último aviso a abandonar tal escena antes de que pudiese avisar a otros miembros, cuando las intenciones de aquel hombre que la ayudaba estaban muy lejos de esos desconfiados pensamientos. Por el temor de que eso ocurriese, ella cedió y  la agarró fuertemente debido a la tensión que sufría su cuerpo, y compartió la sangre que aún cubría su palma con la del veterano nephilim. Por el momento no le dijo nada más, procedió a levantarse mientras sus ojos se resistían a mantener la mirada del hombre que la delataría y que la juzgaría junto al resto. Sus preguntas resonaron en su cabeza como si de ecos se tratasen, haciéndola coger aire con angustia, con ahogo,  porque preveía su nefasto destino a manos de aquél hombre. La ansiedad estaba haciendo mella en su respiración y en su consciencia; por lo que se propuso a responder a sus cuestiones con una petición que rozaba la súplica.

No avise a nadie más— dijo soltando de una vez su mano para pasar a abrazarse a sí misma, aferrándose a sus brazos— No los avise —repitió negando con la cabeza con rapidez. Aunque no sabía con exactitud a qué temía si había hecho su deber, pero a lo mejor inconscientemente sabía que aunque fuese así, no lo hizo de la mejor de las maneras después de cómo había acabado el cuerpo— Solo tengo arañones—señaló con su mirada las marcas que se dibujaban a lo largo de sus brazos; algunas más profundas que otras por lo que su sangre se mezclaba levemente con la de la subterránea muerta. La marca morada cerca de su labio la ignoró.

Empezó a dar un par de pasos para alejarse finalmente del cuerpo y también del nephilim. Pronto iba dándose cuenta de que no se iba a sentir mejor, pasase el tiempo que pasase después de haber ejecutado a la vampiro, por lo que comenzó a experimentar dentro de sí un enorme pesar. Era un dolor intenso que le resultaba tan familiar... tan cercano como si la muerte de su querida hermana se le viniese encima de nuevo, un dolor que jamás se solventaría y que ahora sentía reciente, como si los años no hubiesen pasado.

Se llamaba Aileen. La buscaba... desde hacía tiempo por matar a... a... a varios ... varios mundanos—titubeaba, no era capaz de completar una frase sin que su voz se quebrase. Aún así, informaba de lo ocurrido con la disciplina que solía usar con los miembros de La Clave una vez consciente de la realidad—.Y en... nuestros reencuentros ella reincidía, así que informé en el instituto para que... para que se le diese caza. Y la cacé yo. Alguien tenía que hacerlo...—alzó el mentón para mirarle con una seguridad que se tambaleaba bajo unas lagrimas que se asomaban, amenazantes, por las comisuras de sus ojos. Empezó a formularse algunas preguntas sobre la presencia de aquel hombre ya que no le había visto antes en el instituto o tal vez nunca le había echado en cuenta.

¿Quién eres? ¿me seguiste? ¿te mandó mi padre?—cada pregunta era peor que la anterior, descubriendo la clara sospecha que sentía hacia él y por tanto, hacia su progenitor; y con razón, ya que éste siempre quería mantenerla vigilada pues tenía la seguridad de que tenía encuentros con subterráneos y eso no le gustaba en absoluto.

Se mantuvo ahí, delante de él pero a la vez alejada ya que había vuelto a dar un par de pasos hacia atrás; algo estúpido porque no iba a poder escapar de él ni aunque quisiese, no solo por cuestiones físicas sino porque haría entender que lo que había hecho debía ser penado sin tener por qué.





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Re: La culminación del odio [Nikolaus A. Ullrich]

Mensaje— por Invitado el Sáb Ago 02, 2014 5:55 am


La culminación del odio
→ martes → 22:22 → Afueras → Cálido  

Responsabilidades: un concepto tan pasado por alto, tan difamado en una sociedad mundana donde parecía no haber consecuencias para la despreocupación. La gente no percibía las consecuencias de sus actos, y aquellos que sí lo hacían, recataban de ellos; los escondían bajo una máscara de hipocresía, fingiendo que todo estaba bien, que el mundo seguiría girando sin importar cuán mal hiciesen su parte, pues habría otros para enmendar sus errores. Y allí, entre los bordes de la mentira y la verdad, del bien y el mal, de la causa y el efecto, yacían ellos, los nefilim: aquellos seres a los que no se les permitía olvidar, que cargaban sobre sus hombros el peso del mismísimo mundo. ¿Podían acaso darse el lujo de despreocuparse, habiendo tanta amenaza dando vueltas? ¿Eran capaces de olvidar sus obligaciones, aunque fuese por un día, sin que el mundo cayera a pedazos? Desde el momento de su nacimiento habían sido condenados a portar con aquella carga, que a veces podía sobrepasar los límites de lo humano, de lo que la persona podía soportar. El mal tiene muchas caras, decían los sabios, algunas terriblemente humanas. ¿Cómo podía ser que a los jóvenes néfilim se los expusiera a tan terribles experiencias, esperando que las soportaran sin ninguna repercusión? Eran humanos, después de todo; bendecidos por el Ángel, portadores de su sangre, pero también contenedores de emociones perfectamente mundanas: esperanza, deseo, pasión, miedo. Eran seres resistentes, de eso no cabía duda, pero la maldad siempre encontraba la manera de presionar más allá de los límites, de esquivar toda barrera y herir con su mortífero toque el corazón de los inocentes.

Y allí, delante de su persona, tenía a una muchacha que no debía de pasar por mucho la mayoría de edad; aquella con runas frescas, con un juramento obligado y una moral impuesta, obligada a ir más allá de lo que cualquier mundano podría soportar. ¿Y qué le quedaba a él, que ya había visto lo mismo y no había podido evitar la historia se repitiese? ¿Decir "Buen trabajo", cuando la muchacha yacía muerta de miedo, con los nervios de punta, bañada en sangre propia y ajena? ¿Prometer que iría mejor, que se solucionaría? Esa quizá sería la más grande hipocresía; ellos eran soldados entrenados para matar. Asesinar era su oficio, su vocación; para eso tenían las runas, para eso tenían las armas. Prometer que no tendría que matar, que no tendría que asesinar una parte de su alma para tomar las ajenas al filo de una espada, era algo simplemente imposible de hacer.

Pudo ver sus ojos llorosos, ver el miedo personificado en su mirar. Intentar ayudar era en vano; la muchacha se mantuvo allí, rehusando moverse del cuerpo muerto de la vampiro. No quiso imaginarse qué pensamiento podría estar surcando la mente ajena en esos momentos, pero si algo tenía claro, era que debía alejarla de allí; debía separarla de la muerte y la desolación, viejas amigas de los nefilim, y evitar un mayor daño del que ya se había hecho. Había una metodología para ese tipo de situaciones, un protocolo que otros seguían al pie de la letra; de una letra vacía y apática, que solo buscaba fríos datos a costa del sufrimiento ajeno. Ameritaba un interrogatorio, mas ninguno de los dos estaba en condiciones de llevarlo a cabo, al menos no en aquel momento.

Logró levantarla, ofreciéndole la mano; sentía todo el peso de la fémina en su brazo, que tuvo que emplear toda su fuerza para que que la muchacha, nerviosa como estaba, lograse hacer pie sobre tierra firme sin caer en el intento. Podía sentir su palma haciendo contacto con la ajena; la sangre, todavía fresca, traspasándose de una a la otra, como si la miseria se expandiese, como si se contagiase el dolor. Para alguien que ya se había manchado muchas veces no significaba demasiado, ¿pero era acaso necesario que todas las generaciones tuviesen que mancharse tanto como él? ¿De qué servía el sacrificio de los mayores, si los jóvenes tendrían que soportar aún peores cargas? ¿Para qué servían las reglas, si no podían evitar que las almas de los inocentes se tiñesen de la sangre corrupta de aquellos que mal actuaban? Por un momento, se sintió impotente. Impotente por que no podía remediarlo, porque simplemente era una víctima de las circunstancias; impotente porque eran circunstancias que él no tenía el poder de cambiar. Su ayuda se limitaba a consolarla, como debía consolar a cada nefilim que soportaba a diario lo mismo. Debía haber algo más, estaba seguro.

La fémina no parecía querer su ayuda; su accionar le decía que no la había aceptado por conveniencia, sino por miedo. ¿Miedo a qué, si no estaba allí para hacerle ningún mal? ¿Qué mal podría hacerle alguien como él, con los códigos y la moral tan a pecho, a alguien a quien consideraba de los suyos, a un igual? Muchas dudas empezaban a surcar su mente; incógnitas que de momento se mantendrían en las sombras, pues no era ni el momento ni el lugar para empezar a filosofar sobre ellas. Sacó, con la mano limpia, un pañuelo de su gabardina; no era muy atractivo ni lujoso, no era de seda ni nada por el estilo, pero estaba limpio, sin uso alguno. Se lo tendió sin más, una vez ya ambos estaban de pie.

Tranquilízate, no voy a llamar a nadie —dijo, alargando la mano para que tomase el pañuelo— Toma, límpiate las lágrimas y la sangre. Ya luego te colocaré un Iratze para sanar tus heridas —paró su hablar por un segundo, inspeccionando con la mirada su figura, buscando las heridas que ella parecía querer esconder de su atenta inspección.

Caminó alrededor del cuerpo y lo inspeccionó; veía aquella tez pálida, carente de toda vida, los agujeros ocasionados por la ensangrentada estaca que se mantenía a un costado del cuerpo, como un recuerdo de aquello que había acabado con su existencia. Los ojos bien abiertos, sin brillo alguno, veían todavía el cielo estrellado que se cernía sobre sus cabezas. ¿Sería capaz de alcanzar el cielo, tendría Él un lugar a su lado para gente así? ¿Habría verdaderamente perdón para aquellos que mal actuaban, o estaban condenados por sus actos? En todo caso, había sido un ser vivo, poseedor de un alma. No era precisamente católico, pero en esas situaciones, solo quedaba una cosa para hacer.

Te encomiendo a Él, si es que tiene un lugar para ti —susurró, cerrándole los ojos con un suave toque de su mano.

Escuchó la historia que la muchacha tenía para contar; la vampiro se llamaba Aileen: un nombre peculiar, no tan común en su tierra natal, que ya había resonado varias veces entre los pasillos de la Clave, en los informes y registros de los institutos locales. Muchas habían sido sus fechorías, y grande era el castigo que merecía. Aquel que trasgredía las normas de la naturaleza, del hombre y el Ángel, aquel que llevaba muerte, muerte habría de recibir. Los nefilims, en ese aspecto, eran los jueces, el jurado y los ejecutores.

Aileen Starkwine —afirmó, haciendo memoria de los tantos reportes que, en su llegada a la Conclave de Nueva York, había tenido que leer; casi se había memorizado todos los casos de ataques que había habido en Estados Unidos— Asesinó a varios mundanos, y atacó a nefilims sin miedo alguno. Era ciertamente peligrosa —continuó, haciendo uso de aquel tono seguro que pronto, al dirigirse a la muchacha, se tornó en reproche—. Fue tonto lo que hiciste, muy tonto —sentenció, poniéndose ahora serio, buscando en su gabardina la estela que le pertenecía—. Podrías haber muerto —aseguró, escondiendo su palpable preocupación por la salud de los suyos con la rudeza propia de un maestro que sabía exactamente de lo que hablaba, que ya lo había experimentado en carne propia—. Gracias al Ángel no estás herida, o al menos no mucho. Pero la próxima vez, y lo pido como un favor personal, ten más cuidado y pide ayuda —dijo, ahora tendiéndole su estela personal; blanca como la mismísima nieve, brillante como las estrellas del cielo, que refulgía como una llama cenicienta por la voluntad de su amo—. Cúrate, o lo haré yo —finalizó, ahora recostándose en una pared del callejón, reposando su espalda en la fría superficie.

Era obvio que ella rehuía de su contacto; no había pasado desapercibido para el guerrero angelical que la fémina se había alejado de él. No solo porque su atención estaba enteramente puesta en sus movimientos, sino que la experiencia le había enseñado a no dejar pasar ni un detalle del entorno.

Me llamo Nikolaus Ullrich, del instituto de Frankfurt, Alemania, miembro de la Clave —se identificó, tal y como lo había pedido la muchacha, que a su vez parecía acusarlo de ser un enviado de su padre. A todo esto, pensó, él no tenía idea de quién era ella; debía de conocerla por nombre, pues se sabía la identificación de cada nefilim, respirase o no, que se encontrase en suelo estadounidense, mas la cara escapaba de su análisis— No sé quién es tu padre —negó, arqueando una ceja, contestando la pregunta, aunque pronto retrucando con una propia— Pero, ¿qué razones tendría él para mandar a seguirte? —cuestionó, aunque pronto desistió, sin querer indagar demasiado en la vida personal de la muchacha; estaban en la escena de un crimen que obviamente habría de estar en aquella lista de razones por la que habría de mantenerla vigilada. Con solo su apellido bastaría por el momento— Bueno, no ha de ser importante ahora. ¿Podría saber tu nombre, al menos? —pidió finalmente, siendo lo más cortés que podía ser, usando un tono formal, en vez del casual que lo acostumbraba.

Finalmente, y tras esperar unos minutos en busca de respuestas, con la intención de que la muchacha se calmase y recobrase la compostura que los caracterizaba, se separó de la pared y, dándole un vistazo primero a la fémina y luego al cadáver, pensó bien sus palabras. Era una situación complicada, tensa y frágil; debía llevarla con cuidado, si no quería comprometerla a ella, ni comprometerse él mismo. Bufó ligeramente y en silencio, carraspeando luego, tanto para aclarar la garganta como para llamar la atención de la muchacha.

Lo que corresponde ahora es que yo llame al Instituto más cercano, que ellos vengan a retirar el cadáver y tomarnos declaración de lo sucedido. Luego, llenaré un extenso reporte que enviaré a la Clave, donde te citarán de nuevo a otra declaración, de cómo conociste a la vampiro, cómo te la cruzaste esta noche aquí, por qué estabas coincidentemente armada con una estaca y lo que llevó a que la terminaras matando, poniendo en duda todos y cada uno de tus ideales, haciéndote sentir todavía más culpable de lo que ahora debes sentirte —se descruzó de brazos, poniendo ahora ambas manos en los bolsillos de su gabardina, encogiéndose ligeramente de hombros; conocía el procedimiento como la palma de su mano, sabiendo con exactitud cómo, cuándo y dónde se llevaba a cabo cada proceso— Pero sería una tarea extremadamente extenuante para ti, y en tu estado actual no lo considero apropiado, pues tan solo ayudaría a hacerte sentir peor —murmuró, intentando crear en su mente un plan que siguiese con las normas tal y como estaban planteadas, pero no de la manera regular—, además de que me pediste no llamara a nadie, por lo que no lo haré —se explayó, ahora clavando su mirada en la ajena, aquel tono casual volviendo a brotar de sus labios, ajenos a la anterior disciplina de la que había hecho gala cuando la había necesitado—. Pero, de todas formas, alguien tiene que hacerse cargo del cuerpo y saber lo sucedido. Si me cuentas lo que pasó de principio a fin, quizá pueda evitar involucrarte en un embrollo mayor... —se recostó casi por inercia de nuevo en la pared, agobiado por tener que decir tanto en tan poco tiempo—. Es realmente la única alternativa que puedo ofrecerte, lo lamento. La otra opción es agobiarte con el protocolo, y como dije, no lo considero apropiado —concluyó, mirándola desde la pared de aquel callejón, ensimismado dentro de aquella gabardina negra que lo cubría desde el cuello hasta las rodillas, y quizá un poco más— Es tu elección. —finalizó.
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La culminación del odio
→ martes→ 22:28 → Afueras → Cálido  


Adeline fracasaba por cada movimiento que hacía, por cada expresión de su rostro, por todo su lenguaje corporal en conjunto que delataba la evidente desconfianza y miedo que sentía por el miembro de La Clave que la había descubierto en aquella escena de sangre y odio. Temía las consecuencias porque estaba convencida de que él no vería aquello como un abismo de desesperación, dolor, y angustia; que no vería esa realidad que se escondía bajo la abundante cantidad de sangre y ese cuerpo deformado; que tan solo captaría la imagen superficial en la que una joven nephilim se había dejado llevar por la ferocidad, crueldad y brutalidad propia del prejuicio y  la rabia injustificada.

Aún con el cuerpo encogido y agarrotado por la tensión del momento, observó que el hombre le ofrecía lo que parecía un pañuelo. ¿Qué era eso? estaba realmente confundida porque quería creerse esa amabilidad y preocupación, tomar su pañuelo sin tener la sensación de que estaba cayendo en una trampa,  porque supuestamente los miembros de La Clave no eran el enemigo. No al menos en el ámbito profesional, porque en el personal... sí que lo eran, y con creces, al menos para ella.

El hombre se mantuvo a buena distancia de ella pues era conocedor de la creciente desconfianza de Adeline hacia él, a pesar de no comprenderlo. La rubia volvió a hacerle caso, arrancándole de sus manos el pañuelo para comenzar a secar las lágrimas  de su rostro y luego proseguir con los rastros de sangre. Se permitió el lujo de tranquilizarse al oírle decir que no llamaría a nadie, así que se relajó un poco, cediendo ante esas palabras aunque las consideraba simple placebo.

Permaneció en silencio mientras el hombre se dedicaba a inspeccionar el cuerpo muerto y desfigurado de Aileen, La nephilim se tensó, bajando la mirada automáticamente porque ya no podía ver su propia obra, tan sanguinolenta y desagradable, que antes había admirado. La vampira ya no estaba, jamás volvería a verla ni a oírla; no al menos en su vida diaria sino en esa misma noche, cuando se fuese a dormir, la figura de la vampiresa se le presentaría en sus pesadillas. Se removió inquieta después de haber acabado de haberse adecentado un poco, dejando el pañuelo teñido levemente de rojo y húmedo.

El veterano nephilim permanecía atento a las respuestas titubeantes de Adeline, y como era de esperar él también sabía de la existencia de la vampiresa gracias a los informes , cosa que la alivió un poco más porque así no considerarían que lo que hizo fue solo por cuestiones personales. Ella asentía con la cabeza con toda la disciplina que podía volver acumular en ese complicado momento, pero dejó de hacerlo cuando le dijo que fue estúpido lo que hizo, el arriesgar su vida. Ella lo miró ensimismada y casi esbozó una minúscula sonrisa llena de incredulidad, ¿lo decía en serio? porque todos los días, más bien todas las noches se jugaba la vida luchando en una guerra que no le pertenecía y que no lo hacía ni por ellos, ni por los mundanos, sino por una promesa.

Favor personal... ¿está seguro? porque no creo que importe más que cualquier otra herramienta. Solo se hubiese perdido una no muy funcional porque ya se había corroído y desgastado... prematuramente. Eso es lo que importo realmente para vosotros...— dijo directamente mirándole a los ojos, cosa de la que se arrepentiría en los próximos minutos. Normalmente no era así frente a sus superiores ya que solía mostrarse sumisa y disciplinada, siguiendo cualquier orden a  rajatabla, pero estaba tan cansada... que no había ningún filtro a la hora de decir las cosas.

Seguidamente cogió la estela que le tendía, y con cuidado fue trazando un Iratze sobre las heridas que paulatinamente irían desapareciendo. A medida que lo hacía, no dejaba de mirarle de reojo cuando se presentó como Nikolaus Ullrich, del instituto de Frankfurt, razón por la que no lo hubiese visto antes. No contestó a sus siguientes palabras o mejor dicho cuestiones que fueron formuladas en respuesta a las de la chica, pues había que reconocer que fueron bastante acusadoras. No parecía haberle seguido y ni siquiera conocía a su padre.

Adeline Geller; vengo directamente de Idris y llevo aquí algunos meses.

Pasaron unos largos segundos, casi contando el minuto en los que la muchacha había acabado de trazar la runa que iba reparando el estropicio que provocó las uñas de la vampira muerta. Cuando lo hizo, Nikolaus empezó hablar de lo que debería hacer, lo que le correspondería como miembro de La Clave. La muchacha se lo quedó mirando con los ojos bien abiertos, conteniendo el aliento y con la expresión muerta del rotundo pavor que reinaba absolutamente por todo su ser; pero sintiendo que... al final de todo lo dicho, había empatía hacia ella, y eso no pasó desapercibido.

Cuando le hizo entender que finalmente no lo haría, la muchacha agachó la cabeza totalmente abochornada, hundiendo los hombros y volviendo a sollozar,  dando una imagen propia de alguien sumido en la miseria.

"Es tu elección"

Había tan pocas cosas que podía escoger por sí misma que no podía dejar escapar la oportunidad que le había brindado, con más comprensión e indulgencia que jamás hubiese esperado. A lo mejor tenía que darle un voto de confianza si se molestaba tanto en hacerla sentir mejor, y que todo ese procedimiento se llevase a cabo de una forma menos incomoda para ella, menos tormentosa. Ella también le miró a los ojos con una nueva mirada que terminaría siendo una carga de responsabilidad en Nikolaus, porque en esos aros verdes podía ver reflejada la esperanza y el consuelo.

Lo siento...—dijo con voz rota y arrepentida. Juzgaba sin cesar a todos los miembros de La Clave por igual, generaliza de una forma visceral y tajante sin siquiera comprobar la verdadera naturaleza de quien tuviese en frente si ya podía ver aquellas cuatro Cs marcadas en su indumentaria; pero si ya lo hizo una vez con Christopher, podía hacerlo con el hombre de ojos compasivos—. lo siento...— repitió sin poder expresarlo de otro modo, ni dándole una justificación de sus actos de forma tan repentina. Usó de nuevo el pañuelo para secar esas últimas lágrimas que se habían resbalado por su rostro, éstas que ahora eran un poco menos amargas— .Esa vampira tenía una especial fijación en mi porque me asustaba. Sé que puede resultar irónico y lamentable viniendo de una cazadora de sombras, pero sin la runa que nos proporciona valentía, siento un horrible temor hacia esta clase de subterráneos, un temor que viene de hechos que me sucedieron hace unos años. Así que... en parte me lo había tomado  como algo personal y desde entonces siempre solía salir con una estaca. Sabía que la ley estaba de mi parte porque conocía los crímenes de la vampira y por tanto podía darle muerte. Sé que había otras alternativas, pero  esta noche la vi, sentí que se me presentaba una oportunidad y...al yo comenzar el ataque ya no había marcha atrás— tragó saliva forzosamente, su mirada continuaba agachada y clavada en el pañuelo que arrugaba entre sus manos— He actuado con egoísmo... pensando que con su muerte podía sentirme mejor pero... no es así— murmuró con voz quebrada, sin entender por qué no sentía el alivio que esperaba, la liberación ansiada— Sigo sintiéndome igual. No, peor... porque ahora se ha sumado la desilusión, el desánimo y el desaliento— se quedó callada durante unos escasos segundos donde la lucidez la acarició levemente— tal vez ella nunca fue la razón de mi tormento sino que fue... un daño colateral — acabó de decir, apenando su rostro que trataba de ocultar parcialmente con una mano, mientras con la otra encerraba con fuerza el pañuelo en su puño.  No sabía que iba a ser de ella, pero en esos instantes se encontraba a merced de Nikolaus, un miembro de La Clave




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Re: La culminación del odio [Nikolaus A. Ullrich]

Mensaje— por Invitado el Jue Ago 14, 2014 5:34 am


La culminación del odio
→ martes→ 22:30 → Afueras → Cálido  

A veces, todo lo que se necesitaba para ablandar un corazón endurecido por la pena, masacrado por el dolor y agobiado por la desgracia, era comprensión; aquella cualidad de comprender que no todos poseían, aquel entendimiento de los sentimientos ajenos, un don que tanto se subestimaba, que tanto se había perdido en una sociedad egoísta, donde la única persona que importaba era uno mismo. Así había sido su padre: una persona egoísta, que había explotado a su mismísima familia para sacar provecho. Así había sido la Clave: una organización inescrupulosa que usaba la mismísima ignorancia de aquellos que la integraban para llevar a cabo su voluntad. ¿Cómo podía confiar en un sistema de justas leyes, cuando aquellos que las ejecutaban eran tan corruptos como los seres a quienes perseguían sin cesar, dando todo para lograr ese cometido, incluso la vida misma? Para eliminar la injusticia, debía eliminar el problema desde su raíz. Eso no se lograría con duras leyes y estrictas normas de conducta, sino con consciencia, corazón, sentimiento: aquel mismo sentimiento que había sentido Jonathan Cazador de Sombras, el primero de su clase, que asolado por hordas de demonio, lo único que había pedido había sido la salvación de la humanidad; ni poder, ni runas, ni magia arcana o celestial. Simplemente salvación para los suyos.

La conversación no iba bien; sentía la tensión en el aire, el suave desliz de las lágrimas de la muchacha, que incluso se mezclaban con la sangre ajena. Oía su propio corazón palpitar en aquella noche muerta, en aquella terrorífica escena, donde la felicidad misma parecía haber perecido, dando lugar a la culpa y desolación. La muchacha estaba destrozada, y él, en un trance de ineptitud y azotado por sus propios fantasmas del pasado, no podía ayudarla. Su yo interno batallaba para ganar la compostura que tanto lo caracterizaba; para apagar los sentimientos, como tantos le habían enseñado, y seguir adelante. Decirlo era más fácil que hacerlo.

Se movió con la agilidad de un cazador que hacía eso desde hacía mucho tiempo, más del que querría contar. Veía el cadáver delante de sus ojos, postrado sobre el frío suelo, blanco como la nieve; tan solo unos finos ríos carmesí teñían de muerte aquella escena. Incluso muerta, pudo notar en ella aquel brío siniestro que la habría caracterizado en vida. Tenía marcas del odio de la fémina por todo su cuerpo; grandes agujeros, allí donde la estaca se había abierto paso entre su carne y sus huesos, allí por donde la Muerte se había colado y había reclamado lo que tanto le pertenecía; tan solo una estaca le había bastado para sesgar aquella alma, y llevarla a algún lugar que, esperaba, consiguiese paz, de la que muchos dirían no era merecedora. Si algo había aprendido, era que no se podía combatir fuego con fuego. Le deseaba lo mejor en el más allá, si es que realmente existía.

Más que los muertos, le preocupaban los vivos; éstos pensaban, sentían y decían. Y lo que dijo la fémina no pudo haber estado, a sus ojos, más equivocado; y sin embargo, tenía aquella sensación calándose en sus huesos, un escalofrío de impotencia recorriendo su cuerpo por un único pensamiento: ¿era acaso eso lo que eran, simples herramientas para un propósito mayor, reutilizables y, una vez arruinadas, desechables? Negó fervientemente con la cabeza. Algunos podrían pensar eso: pero ellos no merecían ser Cazadores de Sombras, no eran dignos de portar los símbolos de la Clave, de jurar por el Convenio, de tener la sangre del Ángel en sus venas.

Me importas tanto como mi propia vida, como la de cualquier otro nefilim —declaró, usando un tono serio que pareció cortar el aire bruscamente, las palabras tan claras como el mismísimo día que los había abandonado ya hacía rato, dando paso a la penumbra y a los temores de la noche—. Todos somos herramientas para algo mayor, un medio para un fin. Sin nosotros, éste mundo estaría perdido. Fuimos creados con un fin: proteger a los humanos, proteger al mundo de las sombras. Protegernos los unos a los otros. ¿Yo soy una herramienta, también? —preguntó; la retórica podía pasar desapercibida en un monólogo como aquel, pero no podía pensar en algo mejor para decir; su mente no hilaba la frase, sino que la ardiente sangre de sus venas y la llama de su espíritu ponía palabra tras palabra en su boca—. Sí, seguramente lo sea. Pero si mi fin es proteger a los míos, incluso a costa de ser desechable, me alegro de serlo —continuó, su ceño serio señalando la veracidad con la que hablaba— Puedes ser una herramienta desgastada y corroída que se da por vencida, o intentar marcar la diferencia en un mundo donde todos servimos a un propósito, donde todos somos herramientas. Es solo cuestión de enfoque.

Nunca era tan serio; normalmente, podía dejar pasar comentarios como aquel. Pero, obviamente, no todos se comportaban como debían en esa situación. Que ella tuviese una visión tan nefasta de su rol en la vida simplemente le hervía la sangre. ¿Cómo alguien tan joven podía tener pensamientos tan oscuros de su propia utilidad? O, peor aún, ¿qué experiencia tendría ella para estar tan convencida de que era nada más una herramienta tan desechable? Había sentido algo, un cierto desagrado hacia su persona. Pero, por los cabos que ataba, quizá no era a él a quien ella odiaba, o temía, o ambas.

Se identificó la fémina: Adeline Geller. Había escuchado hablar del apellido Geller, resonar en algunos reportes de alguien que tenía un puesto, como él, en la Clave; mas ella era un completo misterio para él. Que proviniese de Idris significaba que no estaba en la lectura obligatoria sobre los miembros de los Institutos, pero señalaba una falla en los registros. Si quería protegerlos a todos, debía conocerlos a todos. Que hubiese un solo nombre faltante en la lista significaba, por sí solo, un gran error por enmendar. No quiso imaginarse cuántos cabos sueltos debían rondar, en esos precisos instantes, por Nueva York.

Aquella charla, donde ambos parecían estar calmados, no duró mucho; ella volvió a sollozar, atacada de nuevo por aquella sensación de culpa. Él se mantuvo a la distancia, mirando atentamente, y con cierta pena, todo el espectáculo: en momentos así, se dijo, era mejor dar ciertos espacios para que lograse respirar, recuperar la compostura. Ir más allá podía ser pesado, y una molestia en vez de una ayuda. Una vez la muchacha hubo finalizado la runa, recuperó su estela. Escuchó todo lo que la muchacha, entre llanto y disculpa, tenía para decir. Y, según lo que iba escuchando, eso era mucho; quizá demasiado.

Una muerte nunca traerá satisfacción, Adeline —dijo, lentamente; su voz era seria, pero teñida por la pena que sentía por toda esa situación, por lo que ella había tenido que experimentar, por el hecho de que mucha gente tuviese que experimentar lo mismo y no estar preparado para ello—. Una muerte es una muerte, sin importar de quién. Solo la verdadera maldad, aquella que combatimos, podría regocijarse de quitar una vida —explicó; en cierta forma, se sentía aliviado ella no hubiese encontrado la paz que buscaba en el asesinato. De otra forma, esa conversación hubiese sido de una forma totalmente diferente—. No deberías sentirte apenada por tu temor; así como sentimos felicidad o gozo, también podemos sentir miedo u odio. Somos en parte humanos, después de todo. Lo que nos hace cazadores de sombras y nos diferencia de aquello que cazamos... —caminó hasta ella y se agachó a su par, ofreciéndole un nuevo pañuelo, uno limpio y totalmente seco, esbozando una ligera sonrisa, que esperaba aceptase como un gesto de ayuda, en vez de una simple treta para ganar su confianza—. ...es nuestra capacidad de sentir más amor que odio; de llevar la luz de la esperanza adonde el terror reina, de soportar todo lo que otros no podrían. Somos los únicos capaces de hacer eso. La próxima vez que te enfrentes a un vampiro, piensa en algo —dijo, algo entusiasmado por lo que decía, dejándose llevar por la emoción del momento—: tendrás miles y miles de cazadores de sombras, de hermanos y hermanas, allí presentes, listos para protegerte y luchar codo con codo —sonrió, no sin cierta autocomplacencia— Y luego, estamos nosotros para caer con todo el peso de la Ley y evitar que vuelva a suceder, de llevar justicia y orden a un mundo caótico —se encogió ligeramente de hombros, intentando quitarle seriedad a la situación, hablando ahora algo cansado por todo el monólogo anterior— Sé que no puede parecer mucho, pero es lo único que evita que se maten entre todos como salvajes. —finalizó, esbozando esta vez una verdadera sonrisa, como si fuera una broma, cuando realmente no lo era tanto.

Somos nefilims, Adeline. Todos somos hermanos y hermanas; no es necesario que cargues con toda la frustración tú sola. Tenlo en cuenta, quizá en un futuro te sirva. —concluyó, resumiendo sus pensamientos.

Estaban solos en el mundo; eran los únicos capaces de soportar penas que otros ni siquiera eran capaces de imaginar. Si no se apoyaban entre ellos, ¿quién lo haría? ¿A quienes podían llamar familia, sino a aquellos que compartían las mismas pasiones, las mismas penurias, los mismos placeres, la misma vida? A veces, le daba pena se hubiese perdido tanto el sentido de hermandad, con respecto a las historias de antaño donde daban la vida por proteger a los suyos. Si quería reivindicar aquellos valores, debía empezar a propagarlos nuevamente. Inculcar aquellas ideas que tanto bien habían hecho en su momento, y tan necesarias eran ahora, era un buen comienzo.

Sacó su celular y se preparó para mandar un mensaje; tecleó rápido aquellas letras, el sonido repetitivo resonando por el ambiente sombrío que los rodeaba. Una vez hubo finalizado, guardó el mensaje como un borrador, y devolvió el instrumento al bolsillo del que provenía.

Deberíamos irnos de aquí. Luego llamaré para que retiren el cadáver —sentenció, ahora buscando la estela, sin acordarse realmente dónde la había guardado— ¿Tu instituto queda muy lejos? Te acompañaré hasta algún lugar seguro, no quisiera hubiese más sorpresas —expresó.

Estar en un lugar oscuro, desolado, con los nervios de punta y un muerto en el suelo no era la mejor idea; tampoco el mejor escenario para ser vistos. Si alguien llegaba a hacer las preguntas que él debería haber hecho, podrían tener problemas los dos. Necesitaba, en primer lugar, sacar a la fémina de allí y asegurarse llegase a un lugar seguro. En segundo lugar, necesitaba disponer del cadáver, y darle las sepulturas o ritos funerarios que le correspondiesen; y, en tercero, quería irse de allí. Le afectaba los nervios ese lugar, la vibra que transmitía. Esperó a la muchacha, visualizando ya qué camino podrían tomar para ir al Instituto. Esperaba no encontrarse con nada raro en el camino.

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La culminación del odio
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Antes de haberse dado cuenta de que la persona que tenía en frente no era ningún enemigo, sino alguien que le estaba prestando ayuda desinteresadamente, y por tanto, antes de que pudiese volver a romper a llorar, había dicho unas palabras que no pasaron desapercibidas para el miembro de La Clave ; el que llegó a considerar como un interesado cuya preocupación estaba teñida de conveniencia para llevársela a su terreno. Algo incierto,  pero con la visión que tenía del mundo y de los que la rodeaban, no era capaz de ver otra cosa hasta que pudiera sacarla de aquel remolino de rabia y odio.

Se había llamado a sí misma instrumento corroído, roto e inservible,  sin preocuparse de cómo pudiese tomárselo aquél que no había hecho más que permanecer a su lado. Con esas palabras no solo se había clasificado a sí misma, sino a todos sus compañeros de batalla, aquellos a los que el propio Nikolaus catalogaba como hermanos; un concepto que para Adeline, desde hacía mucho había perdido su significado, ¿pero alguna vez la tuvo? ¿o eso era ya cosa del pasado cuando antaño todo era más puro y menos corrupto?

Sus réplicas acallaron rotundamente a la rubia que permaneció ahí, encogida y atenta a sus duras palabras que acompañaban a un severo rostro, a una mirada tan inflexible que no era capaz de mantener con la suya propia. Ante su pregunta no quiso responder nada, porque sabía la respuesta tan bien como él mismo. Hablaba con tanta seguridad y devoción que Adeline se avergonzaba de sí misma porque en un principio, la razón por la que luchaba era por una promesa mas que por el afán de proteger a los mundanos; una misión que le había sido encomendada desde el día de su nacimiento, así como su conversión en nephilim y que, por las circunstancias que la torturaban, no terminó por apreciar del todo, dejándola siempre en un segundo plano.

Todo sería diferente si todo el instituto tuviese tu mismo enfoque. Tu mismo  fervor y devoción por la verdadera causa por la que existimos. No lo vería todo tan negro como lo veo ahora, incluso podría llegar a sentirme dichosa de cumplir con lo que hago, porque créeme cuando te digo  que quiero sentirme así... justo como tú te sientes — dijo finalmente, con sus azules ojos clavados en los de él con la envidia reflejada en ellos. Su punto de vista era tanto realista como optimista, y tan firme que le hacía desearlo para ella misma — Puede que aún no sea tarde para marcar la diferencia. — musitó, queriendo creer esas mismas palabras.

Y gracias al arcángel, ella ya se había logrado calmar de su repentino y repetitivo llanto, y agradeció que Nikolaus no se acercase a ella porque lo que menos necesitaba es que tratara de consolarla de ningún modo, y mucho menos que la compadeciera.

Él volvió hablar, pero en esta ocasión su voz no sonaba tan dura como antes, a pesar de que mantenía cierta seriedad en sus palabras. Ahora en frío entendía lo que le estaba explicando;  que el sentir alegría por la muerte ajena correspondía a los seres más despreciables que pudiesen existir en todos los mundos, por lo que en cierto modo era un alivio no haberlo notado a pesar de que aquello le hubiese ahorrado el sufrimiento con el que cargaba. Era mejor así, porque no quería ser un monstruo pero tampoco quería ser tan vulnerable como cualquier humano, porque...

"Los sentimientos nos hacen débiles" Eso es algo que me lleva diciendo mi padre desde hace años; es por eso por lo que ahora me siento contrariada. Puedes verlo normal, pero a mi se me había inculcado algo diferente... y equivocado por lo que parece...

Cuando vio que se acercaba a ella y le ofrecía un nuevo pañuelo, sus mejillas se encendieron considerablemente ante ese hecho de usarlo una vez más. La recogió esta vez con cuidado y tímidamente. Llevada por la vergüenza, se fue secando las lágrimas que esperaba que no reiteraran. La verdad era que su discurso era inspirador y se notaba que lo soltaba con gran ilusión; podía verlo en sus ojos que parecían iluminarse y los sutiles gestos que hacía con su rostro. Le transmitía seguridad, confianza y hasta empezó a motivarse. Era sorprendente como había sido capaz de alzar la moral de la rubia que minutos antes estaba derrotada y marcada por la desolación. Eso no significaba que ahora todo era distinto, en absoluto, era demasiado pronto para eso, pero era un comienzo.

Le empezaba a gustar, como hablaba, como pintaba de blanco el habitáculo oscuro en el que Adeline permanecía; aún faltaba mucho por pintar, aún había varias paredes teñidas de negro pero era posible que la misma chica se animara a coger otra brocha.

Es más de lo que nunca hubiera esperado — dijo antes de poder corresponder a su sonrisa, también con la misma sinceridad — Y espero que... en cuanto conozcas al resto de miembros de La Clave de este instituto... sigas pensando igual, si no lo has hecho ya... claro— terminó de limpiarse y ahora tenía dos pañuelos con los que quedarse. Los dobló y los guardó en un bolsillo prometiéndose a sí misma que jamás los usaría para el mismo fin — Recuérdame que en algún momento te cuente mi primera y última reunión extraoficial con ellos, incluido el director — "como también que te relate el comienzo de mi decadencia y la razón de mi rencor hacia el sistema" quiso añadir, pero no lo hizo..., era demasiado pronto y doloroso — Gracias... no solo por darme este empujón y hacerme ver las cosas tal y como tú las ves, también por conseguir que lo sienta igual. Solo espero que me dure y logre mantenerlo.

También debía ser consciente que tendría que tener más contacto con otros nephilims porque desde que había llegado a ese instituto apenas había tenido contacto con ninguno; solo con Christopher y de forma escasa con Clary.

Lo observó sacar su teléfono y escribir con él, pero no hizo nada, solo mirarle hasta que acabó y le dijo que debían marcharse de allí. Entonces fue cuando cayó en la cuenta que seguían en ese lúgubre lugar, con el cadáver de Aileen destrozado y el cual Adeline ya no se atrevía  a mirar.

Estamos algo alejados a decir verdad. Se encuentra en el centro de la ciudad...así que nos tomará bastante tiempo. Y mejor regresar directamente allí porque seguramente mi padre estará buscándome... — metió la mano en su bolsillo para sacar su propio teléfono, el cual encendió y como era de imaginar, empezó a vibrar varias veces, señal de que tenia un sin fin de llamadas perdidas. Le miró con bochorno — ya sé... — sabía que lo que hizo tampoco estaba bien, incomunicarse del mundo pero en esos momentos no estaba en sus cabales, así que empezó a teclear para enviar un mensaje. —Y mucho mejor que esté acompañada, así la charla que me de será menor porque me la dará, y no será tan comprensivo como tú — Guardó el teléfono y empezó a caminar  por donde había venido. No echó la mirada hacia atrás para asegurarse de que Nikolaus la seguía hasta que había doblado una esquina para así evitar que su ojos se cruzaran con el cuerpo. Era en ese momento cuando echaba en falta su moto, la cual había dejado aparcada frente el instituto.

Decidió acelerar la marcha en un caminar más animado, siempre permaneciendo al lado del veterano nephilim, y en cuanto abandonaron las callejuelas, cruzó con precaución una carretera para dirigirse hacia un amplio parque, que atravesándolo alcanzarían una de las principales avenidas de la ciudad con la que cortarían camino. El ambiente ahora contrastaba con el anterior que habían dejado atrás; cantidad de luces iluminaban esa parte de la ciudad, contando con los faros de los vehículos que cruzaban las calles, además de varios grupos de chicos que parecían haber salido de algún bar por la actitud "alegre" que demostraban.

¿Cuando te has incorporado a nuestro instituto? porque no había oído de ti antes  y  veo que has leído informes sobre algunos individuos — porque sinceramente, dudaba que solo hubiera leído el de Aileen.



Última edición por Adeline Geller el Jue Ago 21, 2014 9:23 pm, editado 1 vez



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Re: La culminación del odio [Nikolaus A. Ullrich]

Mensaje— por Invitado el Jue Ago 21, 2014 6:30 am



La culminación del odio
→ martes → 22:34 → Afueras → Cálido  

Los sentimientos te hacen débil. Ése casi era un lema entre los nefilim: aquello que amas te terminará destruyendo, y aquello que odias te corroerá por dentro hasta convertirte en aquello que combates, en aquello que, en una ironía del destino, tanto odias. Parecía gracioso incluso. ¿Cómo podía ser que estuviesen condenados a vagar entre el bien y el mal, sin siquiera valerse de la poca humanidad que portaban? Los sentimientos los hacían humanos: llorar, reír, amar y temer. Aquellas eran sus banderas cuando todo lo demás estaba oscuro, cuando la propia humanidad se ponía a prueba, cuando la cordura parecía quebrarse, el espíritu deshacerse, víctima de la dura realidad que experimentaban. Tenían que mantener consigo todo lo que tuviesen: estaban solos, al fin y al cabo; eran aquellos portadores de luz en el mundo de las sombras.

Se había dejado llevar, pensó; había regañado a una muchacha sobre la que no tenía ningún tipo de autoridad, tratándola incluso como hubiese tratado quizá a un familiar. La imagen de su hermana se cruzó por un momento en su mente: se veía allí en los lejanos campos de la madre tierra, regañando a una muchacha inocente que tan solo había corrido en soledad por el bosque a altas horas de la noche, algo que había sido muy tonto. "Es peligroso" le había dicho. "No salgas sola, avísame e iré contigo". Y así, la había dejado sola a su suerte cuando más lo necesitaba. Tuvo que apartar la vista de la muchacha, su vista enfocándose en la sangre que todavía tenía en las manos el propio Nikolaus. Las heridas eran fáciles de ocultar, pero no de olvidar; las cicatrices todavía refulgían como el mismo dolor de antaño.

Muchas cosas podrían ser diferentes... —dijo, nostálgico. Su mente todavía volaba por aquellos fríos campos, abandonados, muertos desde hacía tiempo, allí donde su única familia había perecido, y allí donde él mismo se había sacrificado para honrar su memoria— Lo importante es intentar cambiar el presente para que el futuro sea mejor —asintió ligeramente con la cabeza ante las palabras de la muchacha, esbozando una tímida sonrisa y clavando su vista en el suelo, bajando la cabeza para que ella no viese aquella debilidad; quería sentir lo mismo que él. Eso, pensó, no se lo deseaba a nadie— No creo quieras —dijo, sus ojos recobrando la fuerza de su voluntad, volviendo el ataque y encarando los ajenos, con aquella bravura de alguien que lo había perdido todo, pero estaba más que listo para hacer justicia, para recobrar lo que le pertenecía— Pero siempre se puede hacer un cambio, siempre se puede marcar la diferencia. Tan solo hace falta un paso inicial. —dijo, firme en su posición.

Sus movimientos se entorpecieron, su corazón se saltó un latido. "Los sentimientos nos hacen débiles". Tantas veces lo había escuchado de la boca de aquel ser que podía llamarse su progenitor que se lo había aprendido de memoria. Era casi graciosa la situación, pues tantas veces se lo habían repetido que había aprendido a llevarle la contraria. Toda su infancia se dedicó a demostrar que los sentimientos los hacían fuertes si sabían usarse. Había sido esos sentimientos los que lo habían llevado a rebelarse y a proteger a la única persona que había querido más que su propia vida. Incluso en ese momento, donde todo por lo que había luchado se había perdido, podía afirmar que había valido la pena. El sacrificio daría sus frutos; aquel amor fraternal, aquel impulso de protección, aquella última voluntad lo había llevado a estar en La Clave. Esos sentimientos eran lo único que tenía: eran lo que lo hacía fuerte, lo que le ayudaba a soportar hasta el más tenebroso de los destinos.

Si hay algo que aprendí, es a cuestionar todo lo que se nos inculca —dijo, hablando pausado, viendo qué palabras usar— No a llevar la contraria a las verdades ajenas, sino buscar la propia. Mi padre me inculcó valores propios de la política; sacar provecho a todo, no vincularse con nadie. Que todos eran desechables —mostró una sonrisa algo avergonzada, pues había sido exactamente lo mismo que ella le había dicho, recriminándolo, algo que él tan fervientemente había negado— Nunca le creí, pero tampoco lo juzgué. Simplemente busqué mi propia verdad, un enfoque diferente —explicó, viendo dónde podía limpiarse la sangre que tenía en las manos— Y tú deberías hacer lo mismo. No intento desmerecer lo que te enseñaron, pero algunas cosas solamente las puede enseñar la vida. Tan solo asegúrate de aprender de ella. —finalizó, nuevamente sonando como un pesado maestro dando un monólogo sobre por qué estaba todo mal, pero sin otra intensión de guiarla por un camino que él consideraba mejor.

Asintió entusiasmado, descartando todo agradecimiento hacia su persona. Su gesto despreocupado, su porte relajado, todo era como él era; no debía de agradecerle nada. Él debía de agradecerle a ella por haberse dejado ayudar. Mucha gente había pasado delante de sus ojos, y no todas estaban dispuestas a aprender lo que él tenía para enseñar.

Le dio un nuevo pañuelo, uno completamente seco y limpio. Era el último que le quedaba; él mismo había tenido que limpiarse con uno descartable, duro y añejo, ya casi deshecho por el paso inclemente del tiempo. No había dudado un segundo en entregárselo; quizá ya lo tenía incorporado, el dar todo de sí por los demás, sin siquiera preocuparse por él mismo. En una sociedad como esa, era algo difícil de ver. No podía juzgar a aquellos que dudaban de sus intenciones, sino a aquellas que rechazaban toda ayuda, que se escondían detrás de falsas máscaras de fortaleza.

Mi pensamiento es mío, al fin y al cabo. Solo cambiará si yo dejo que cambie —explicó, cortando abruptamente lo que sería entonces un nuevo monólogo; no quería irse nuevamente por esas ramas— Sí, he conocido a unos cuantos integrantes de la Clave, pero no creo hayamos conocido a las mismas personas. El nuevo director de aquí es... —se rascó el mentón, intentando hacer memoria, habiendo sido primero lo suficientemente inteligente para limpiarse la sangre, en vez de mancharse el rostro con la misma con gestos inconscientes— ¿Rosales? No, ese es el de México... ¿Lightwood, puede ser? —tenía buena memoria, pero la conversación lo tomaba por sorpresa; los nervios jugaban en contra. Se acordaba el apellido, mas no el nombre—. Bueno, no es importante. —negó—. Parece una historia interesante —agregó finalmente.

No hay por qué agradecer. En cierta forma, me alegro de ayudar —comenzó; estaba claro que se alegraba de poder ayudarla, pero no se alegraba de que su encuentro se hubiese dado en circunstancias como esas— Tu visión durará el tiempo que estés dispuesta a defenderla. Si aprendes a creer en ella, durará para siempre. —eso era lo que él hacía, por lo menos.

Sacó su teléfono nuevamente, el mensaje en borradores, listo para ser enviado. Tan solo necesitaba oprimir un botón, enviar una alerta, y tendría a una patrulla a la vuelta de la esquina, lista para hacer su trabajo. Se llevarían el cuerpo, buscarían testigos. Necesitaban estar lejos de allí cuando eso sucediese; le había prometido que no llamaría a nadie mientras estuvieran allí, y pensaba cumplir su promesa. Aprovechó para fijarse la hora; cuatro minutos después de las diez y media. La noche estaba apenas comenzando para algunos, y terminando el día para otros.

Negó instintivamente, descartando posibilidades a medida que la muchacha hablaba. Quedaba lejos; por lo que veía, ambos estaban a pie. Hacer caminatas largas de noche, por calles solitarias y callejones oscuros, era casi como esgrimir una bandera atrayendo problemas. Prefería evitar aquello; su mente ya trazaba un mapa, buscaba ubicar el instituto del que ella hablaba.

Bueno, será mejor apretar el paso, antes de que la noche caiga aún más sobre nosotros.

Ambos comenzaron a caminar; si bien en un comienzo había sido una caminata lenta, había tenido que apresurarse para seguirle el paso a la fémina, que estaba ansiosa por salir de aquella escena; no la culpaba. Él mismo había estado tanto tiempo en situaciones similares que aquella urgencia por abandonar la escena había sido reemplazada por un disgusto general que todos los nefilims como él tenían ante actos tan atroces. Podía soportar algo más que ella esas escenas, pero el costo que había pagado por tal cualidad había sido muy grande.

El trayecto era desconocido para él. Había investigado algo de la infraestructura de la ciudad, pero no había alcanzado a memorizar demasiado; se limitó a seguir a la muchacha, que bien sabía lo que hacía. Cruzaron un parque; miró hacia atrás unos segundos, tanto por costumbre como por conveniencia. Estaban ya lejos, se dijo; tan solo unos movimientos bastaron para desenfundar el celular y marcar aquel número para que el mensaje llegase a destino. El resto ya estaba fuera de sus manos.

Veía la alegría del nuevo ambiente en el que entraban, y no pudo evitar sentir que el alma le volvía al cuerpo; hasta le daba la ilusión de que lo anterior había sido apenas un mal sueño, una pesadilla de la que habría de despertar pronto, que habían dejado ya atrás. Deseaba que aquello no hubiese dio real, aunque bien sabía que lo había sido, muy a su pesar.

De Alemania fui a Idris, y de Idris vine a América. Idris queda cerca de Alemania, así que tan solo estuve un par de días allí antes de tener que partir. Debo llevar aquí un mes, más o menos —dijo, haciendo cálculos rápidos en su mente— Tuve que recorrer varios institutos. Es un país grande —explicó, con ese acento de turista perdido y abrumado por la vida en la gran ciudad— Al instituto de Nueva York llegué hace... una semana, pero vengo siguiendo casos locales desde hace tiempo.

Siguieron caminando; se veía a sí mismo adentrarse al corazón de la ciudad, apreciando la abrumadora diferencia entre los desolados callejones y las grandes calles que ahora se abrían ante ellos, llenos de vida y de la alegría que tanto les faltaba por momentos. Pensó en la última vez que había tenido tiempo para disfrutar de unas vacaciones que no implicasen matar demonios o perseguirlos por todo el continente.

Necesitaré un guía —habló con total ligereza, sin darle demasiada importancia al asunto; aprovechaba la situación, tan solo eso. Si ella se negaba, tan solo bastaría pedirlo a otro, aunque prefería primero hacer el intento— Alguien que me de una visión de la vida en el Instituto de aquí. ¿Te molestaría ayudarme? —la miró unos segundos, buscando en ella alguna respuesta a su incógnita— La historia de tu encuentro extraoficial parece interesante. Espero puedas contármela algún día —dijo, todavía al paso.

Las calles seguían abriéndose de par en par, aunque la vida comenzaba ya a disminuir; distintas manchas de actividad marcaban el paisaje aquí y allá; tiendas que cerraban por miedo a los robos, otras que terminaban su labor diaria, y otras que apenas comenzaban con lo suyo; bares que abrían, despertándose completamente renovados y listos para aprovechar la noche. Era un escenario interesante de ver.

¿Hace cuánto estás aquí, en el instituto? —devolvió la pregunta, casi inconscientemente.

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La culminación del odio
→ martes→ 22:40 → Afueras → Cálido  


Pudo notar un atisbo de vacilación en la mirada del nefilim, que alternaba entre los ojos de la muchacha y hacia algún lugar al azar. Pero cuando aterrizó, lo hizo sobre sus propias manos manchadas aún de la sangre que no le pertenecía a ninguno de los dos, y dijo algo en un timbre melancólico que llamó su interés, por lo que callaba; tan solo se limitaba a seguir observándole fijamente y a escuchara lo que tenía que decir. Aprender. Si llegó a ver un rastro de duda en su mirar, ésta se esfumó en cuanto volvió a dirigirle la mirada con la misma firmeza de antes de decir que no creía que quisiera sentirse como él. No lo entendió ¿por qué no? Esa endereza... esa fortaleza que tenía para enfrentarse a lo que era; a lo que eran. Con esa seguridad despampanante que no daba lugar al titubeo. Eso, eso era lo que ella ansiaba, eso era lo que ella envidiaba.

Entonces cayó en la cuenta de que realmente no lo conocía, que era un extraño que se había cruzado con ella en una bendita casualidad para ayudarla, pero que no sabía nada de su vida pasada. ¿Como se había atrevido la chiquilla a decirle eso, sin conocer por todo lo que habría pasado para poder llegar a ese estado de serenidad y poseer esas creencias? Ella también bajó la mirada hacia sus manos que tan solo estaban limpia superficialmente pues aún quedaban restos de lo ocurrido; la sangre reseca se había quedado enterrada entre sus uñas, y su piel presentaba una leve tonalidad rosada. Tuvo que apartar la mirada porque sintió como el corazón le dio un vuelco y la desesperación aún estaba acechante en todas las señales de lo que había acontecido esa noche, así que prefirió clavar sus ojos en él, eso le daba tranquilidad y sobretodo seguridad. "Un paso inicial" pensó "un paso inicial, un paso inicial, un paso inicial" se lo repitió tantas veces hasta que logró imitar el mismo timbre de voz del nefilim  para que sonase con convencimiento dentro de su cabeza.

Sonrió con algo de tristeza al pensar que ella misma también había cuestionado un millar de veces lo que trataban de inculcarla, pero en su caso era para contradecir a su padre. Estaba tan enfadada con él que ese era su objetivo, castigarle; castigarle por su indiferencia al drama que se había alojado en toda su familia. Pero eso nunca sirvió de mucho, tan solo para enfurecerle y que los entrenamientos fuesen aún más duros. En ese aspecto, Nikolaus la superaba en mesura con creces, pues él lo hizo por motivos más maduros y razonables; por sacar él mismo sus propias conclusiones de lo que aprendía y no limitarse a obedecer o a rebelarse. Las cejas de la muchacha se alzaron con sorpresa cuando él había mentado a su padre y no tuvo más remedio que imitar su misma sonrisa, clavarla; aquella que reflejaba cierto pudor, pero no entendía el por qué él la había plasmado en su rostro si tuvo el coraje y valentía de contradecir con razonamiento esa instrucción tan extrema.

Quiero hacerlo...pero de verdad, porque hasta ahora no lo había hecho por mi misma... sino para fastidiarle— le sonrió un poco con la misma vergüenza de antes, pero sin mirarle. Seguramente pensaría de ella que era una inmadura, y lo era en ese aspecto, así que había que asimilarlo— pero sé que mi padre no le va a gustar. Él se encarga de instruirme en el combate; entrenamientos exhaustivos que duran más tiempo del que debería, sin contar que luego debo deambular por las calles en busca de posibles amenazas que luego habría que erradicar. Y también me instruye en la doctrina de La Clave... aunque más bien es la suya propia —se encogió de hombros — así que sí, lo haré... porque también he hecho daño a personas que me importaban por seguir esas reglas impuestas.

Con parsimonia, se fijó cómo él limpiaba sus manos con un pañuelo que bien podría llamarle trapo, por lo estropeaba que estada; cuando a ella le había ofrecido hasta dos para que se secase las lágrimas aunque también los usó para limpiar la sangre de sus manos. Su altruismo la incomodaba un poco porque  no estaba acostumbrada a ello; no es que nadie la ayudase, pero no con tanta dedicación como lo hacía él.

Sí, Lightwood ; Robert Lightwood— le respondió sin importarle demasiado que no recordara su nombre de pila — y lo es... aunque no sé si te hará la misma gracia como nos hizo a nosotros; al menos ahora... porque en el momento no nos hizo mucha — quiso sonreír con un poco más de naturalidad, pero lo que había pasado se volvía a manifestar en su mente, y ahí se asentaría durante un tiempo.

Nikolaus tenía respuestas para todo, y tan tajantes que le hacían pensar en ellas detenidamente;  aunque fuesen simples comentarios porque sabía que de su boca valían mucho más. Asintió con la cabeza con una determinación que creía no tener ante lo último que dijo en ese momento; entonces defendería esa nueva visión de las cosas que había registrado gracias a él, e intentaría por todos los medios que no se le escapara nunca.

Sus pasos los guiaron hasta las luces de la ciudad que disminuían la visión del cielo estrellado, y aceleraron el ritmo ante la visión de que el tiempo se les caía encima y con el, posibles amenazas que estuviesen acechando arropados por la oscura noche porque había zonas que no estaban bañadas por la luz de los focos. Pero ella no tenía miedo a lo que pudieran pasarle de camino al instituto. En el silencio del camino se dedicaba a pensar en lo que había dejado atrás por eso se forzó en hablar y preguntarle sobre él; necesitaba conversar y ocupar su mente, porque salir de aquel agujero no la hacía sentirse todo lo bien que hubiese esperado.

Le sorprendió que llevara allí un  mes aproximadamente; aunque sin saber muy bien por qué, ya que con el tiempo que dedicaba a sus quehaceres era difícil que hubieran coincidido. Y para qué engañarnos, en el último mes había pasado más tiempo con Mishka que en los cuatro meses anteriores. Cuando la luz que chocaba contra ellos se hizo más abundante, y el sonido de los coches pasar, de la gente, de los locales que cruzaban en su caminar, más estridente, se sintió mucho más tranquila; su nerviosismo apaciguó considerablemente y se creó la ilusión de que paseaba por la avenida de la ciudad junto a Nikolaus por puro placer.

En absoluto; yo seré tu guía. Qué menos después de todo lo que estás haciendo por mi —con aquel comentario volvió a la realidad, y lo que hacían era regresar al instituto mientras una patrulla se encargaba de lo que habían dejado atrás — Y para eso será necesario contarte la historia porque tiene mucho que ver, pero para resumirte un poco... digamos que el director quiso hacer unos cambios y entre ellos, uno que trataba de imponer una especie de "toque de queda"; cosa que no entendimos porque con algo así no podríamos salir en al noche para cazar. Se armó un gran revuelo porque luego nos dijo que lo habíamos malinterpretado; que éramos unos críos descarriados, inmaduros e indisciplinados. Que tendríamos que escribir  un informe de absolutamente todo lo que hacíamos esa jornada y entregárselo — hablaba apresuradamente porque aún le hervía la sangre al recordarlo. Ojeó de soslayo a Nikolaus algo dudosa aunque se imaginaba que aquello podría parecerle un disparate o un acto radical por parte de Robert. Se apresuró a responder a su siguiente pregunta para tratar de disimular un poco ese aire furibundo — Llevo aproximadamente cinco meses. Vivía en Idris pero alternaba mi estancia entre Alacante y Londres, que es donde vive mi madre y mi abuelo; son humanos. Hasta que mi padre me informó que teníamos que venirnos a Nueva York porque recibió una misiva que requería su presencia allí, y con él, otros nephilims. Ya sabrás que... aquí hay una gran concentración de demonios y subterráneos. Supongo que también habrás llegado por lo mismo ¿no? — preguntó con curiosidad, y se desvió hacia la derecha, cruzando la esquina  para continuar por una bocacalle que los llevaría hacia otra de las avenidas en cuanto llevasen un rato caminando. Y en su ruta, pudieron ver a un grupo de hombretones que se encontraban en la otra acera y andando hacia la dirección contraria que ellos, por lo que pudieron verse de cara.  Era un grupo de cuatro tipos duros, con ropas de cuero negro y con una poblada barba cubriendo sus rostros; parecían un clan de moteros.  Adeline se fijó de que algunos los miraban desafiantes, con una sutil sonrisa que abrían sus agrietados labios; otros simplemente les echaban una mirada de desprecio. Les reconocían.  La chica echó la vista atrás para fijarse en el emblema que llevaban a la espalda porque les sonaba de algo. Un lobo partiendo un hueso en dos con la boca.

Licántropos.  Son un clan de moteros con los que me topé en una ocasión, ya que se me otorgó una zona de rastreo junto a cuatro compañeros más que se fueron desperdigando por el camino para abarcar más espacio, y acabar antes —se encoge de hombros —A mi tampoco me gustaba esa idea  pero yo era la novata, y a mi no me escuchaban mucho. Y... bueno, entré en un bar y ahí estaban en una esquina; en la otra la banda rival "las sombras" ¿qué por qué lo sé? por que se empezaron a dar de golpes y sillazos por una cuenta pendiente que tenían — sin querer se le escapó una sonrisa al recordar como las mesas y las sillas volaban, así que reaccionó rápido— amm... pero no pasó nada grave, logré detenerlos.  Y no sé por qué te cuento esto... bueno, al menos ya sabes de la existencia de una manada un tanto... singular— sonrió con la cabeza gacha, con timidez.



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Re: La culminación del odio [Nikolaus A. Ullrich]

Mensaje— por Invitado el Miér Ago 27, 2014 6:39 am


La culminación del odio
→ martes → 22:44 → Afueras → Calido  



¿Y por qué los ayudas, Nikolaus?
¿Por qué no? Si necesitan ayuda, se las daré.
No me gusta esa actitud. Terminarás muerto por ayudar a otros.
Entonces valdría la pena, padre.

Recordaba haber sonreído en aquel momento, como lo hacía ahora. Recordaba aquel sol de la lejana tierra patria, que tantas veces lo había iluminado, le había mostrado la luz de un nuevo día, le había iluminado aquel sombrío camino en el que se había convertido su vida; le había mostrado qué hacer y cómo hacerlo. Allí donde la esperanza se acurrucaba intimidada por el dolor y sus infinitas maneras de castigar a quienes eran débiles, la luz le mostraba cómo ser fuerte incluso en la adversidad.

Aprende de tus debilidades, había dicho una tarde, una más de aquellas tantas que había tenido y nunca había podido apreciar en su totalidad, por ignorancia o simple juventud, por la vana idea de que la maldad no llegaría a un rincón tan alejado del mundo, que no corrompería tanta felicidad. No importa cuán fuerte sea el enemigo, o cuanto miedo tengas. Nunca te des por vencida, Ami.

Cuántas noches habían resonado aquellas palabras en su cabeza, las sílabas grabándose a fuego en su corazón, justo allí, debajo de la potente runa de luto que todavía refulgía con la misma potencia que el primer día; allí donde su alma había perecido hasta convertirse en cenizas, allí donde la esperanza se había encadenado a un destino fatal del que no podría huir. Pero de esas mismas cenizas había renacido como una chispa; aquella voluntad inquebrantable, aquel fuego indomable habría de provocar un incendio. Eran aquellas palabras las que lo mantenían fuerte ante la adversidad, lo que le hacían encarar el miedo mismo con una sonrisa en el rostro: no podía darse por vencido. Sería mentirle si lo hacía. Siempre había preferido reír antes que llorar; reír por aquellos que lloraban, contagiar la risa, enseñarles a reír de nuevo, a superar el dolor.

Apreciaba sus comentarios; su mente agradecía cada una de las palabras que salían de la boca de la fémina, mas su corazón rogaba que ella no tuviese que experimentar todo lo que él había tenido que pasar; una realidad odiosa que no le deseaba ni al peor de sus enemigos. No podía culparla; no podía culpar a nadie. Aquellas heridas eran suyas, y las cicatrices quedarían para toda la vida: solo quedaba aprender de los errores y seguir adelante. Sería un hipócrita de no seguir su propio consejo; sus ojos reflejaban aquel fulgor, aquel brillo de esperanza que iluminaba más allá de la oscuridad, aquel fuego que deshacía las sombras y hacía que el miedo huyera. La vio a ella con la misma nostalgia con la que recordaba aquellos tiempos donde era todo mejor, deseando que las nuevas generaciones pudiesen volver a vivir aquellas épocas donde la guerra no estaba a la vuelta de la esquina, donde los demonios no acechaban los callejones en busca de presas.

Ella también tenía fantasmas. Lo reconocía en sus gestos, en su porte, en su mirar; aquellos orbes que buscaban seguridad cuando el mundo se derrumbaba, cuando el pasado mismo azotaba con nefastas imágenes una mente frágil. Quiso decir algo, pero no era apropiado; él todavía tenía los suyos, y no tenía la esperanza de que se fueran pronto. Pero si había una clara diferencia entre ellos era que él había aprendido a lidiar con ellos; le enseñaría si era necesario, aunque la mejor maestra de aquellas enseñanzas era la vida, como sus propias palabras reflejaban.

Escuchó su historia, las palabras materializándose en su subconsciente a medida que las relataba. Tenían padres similares; una nefasta casualidad que parecía repetirse incluso a lo largo de las generaciones. Una característica que, si podía, borraría de la cultura nefilim: los padres debían educar a sus hijos a luchar, sí; pero sabiendo que, al final del día, seguían siendo sus hijos, y no simples máquinas de guerra. Estaba claro que algunas personas obviaban ese detalle, lo que le traía odio y pena a partes iguales.

¿Puedo darte un consejo? —comenzó, una vez la fémina terminó su diálogo, pues no había querido interrumpirla; era gracioso. Lo único que había hecho desde que la había conocido había sido o bien criticarla, o darle consejos, por que la petición de permiso parecía muy fuera de lugar, aunque no por eso innecesaria—. No vivas vidas ajenas. No pases tus días como los demás quieren que lo hagas —su voz hablaba con firmeza, con experiencia; con la suma de millones de discusiones sin sentido que una vez había tenido con sus padres, que tanto mal le habían hecho en su momento, pero de las que tanto había aprendido—. Somos guerreros. Nuestra vida es corta. Cuando llegues a mi edad, de lo único de lo que no te arrepentirás es de las cosas que hiciste porque querías, y no porque debías —continuó; era como una versión más moderna del viejo dicho que tantas veces se había modificado a lo largo del tiempo, pero que mantenía aún su esencia— He cometido muchos errores durante mi vida, pero bueno, nadie es perfecto. Lo importante es no hacer nada de lo que te arrepientas luego. —finalizó.

Si por alguna de esas razones de la vida, si por alguna treta del destino había de morir en aquel callejón, en aquel preciso instante y sin previo aviso, podía afirmar que estaba listo para dejar ese mundo sin rencor alguno, sin remordimientos mas que aquel que habría de atormentarlo el resto de su vida, hasta que finalmente pudiese hacer justicia y darle paz a las dos almas que habían perecido aquel trágico día. El hecho de aceptar que podía morir en cualquier momento le hacía disfrutar cada minuto que pasaba vivo, y era algo que todos deberían hacer. Después de todo, nadie tenía comprada la eternidad.

Ella estaba dispuesta a contarle su historia, aunque le había advertido que quizá no le habría de hacer la misma gracia que a ella. Una vez ambos se hubieron limpiado las manos, comenzaron aquella marcha por las desoladas calles de Nueva York, por aquellos alejados callejones de la ciudad, buscando algún lugar seguro donde poder descansar el alma por un rato y dejar que se recuperase de aquellos altibajos. Para una muchacha como ella, aquel panorama era moneda corriente; un turista como él, que contadas veces había visitado Estados Unidos, no dejaba de impresionarse de hasta la más mínima mancha que no habría de ver en su tierra natal: todo era diferente, pensó. El aire, la gente, las calles, los callejones; la noche misma era diferente. De la muerte pasaron a la vida, y miles de luces se abalanzaron sobre ellos como luciérnagas, llenando de actividad aquel desértico paisaje. Veía la gente, activa como nunca en la ciudad que nunca duerme, yendo de aquí para allá. De una marcha tortuosa parecían pasar a una amena caminata, un cambio realmente bueno para dos ánimos agobiados.

Su cara iba interpretando lo que ella decía con infinidad de gestos: comprensión en un principio, y luego confusión total. Sus palabras no tenían el más mínimo sentido, y aún así se le dificultaba no creerlas. ¿Toque de queda? Era un extraño en esas tierras, pero esa metodología no cabía en ningún lugar del mundo. ¿Cómo podía obligarse a los únicos  seres capaces de llevar orden a Nueva York, a quedarse en casa mientras todos los demonios acampaban a sus anchas, haciendo de los pobres inocentes su diversión personal? Era un atentado contra las raíces mismas de todo lo que eran, de todo lo que fueron y serían. Su ceño volvió a algo más neutro cuando le hablaron de registros; eso sí tenía un poco más de sentido. No tendía el mismo significado para ella que para él, pero desde su punto de vista, el trasfondo que se imaginaba (o que se quería imaginar) era de un bien mayor. Hacer registros por el simple hecho de hacerlos era una pérdida de tiempo; y si Lightwood había llegado a ser la cabeza del instituto, era que debía ser muy inteligente y tenerlo bien en claro.

¿Un toque de queda? —había dicho en su momento, cuando ella comenzaba a relatar esa parte de la anécdota—. ¿Qué sentido tiene dejar a los cazadores dentro de la jaula, mientras se deja libre a los depredadores? —preguntó; era algo retórico, y una analogía un tanto burda, pero supuso se aplicaba bien al caso—. Los registros lo puedo entender, aunque para eso estamos nosotros... —negó con la cabeza, ciertamente confundido.

Asintió con la cabeza; ella tenía razón. Se había detectado un incremento en la cantidad de demonios presentes en la ciudad, y se había reforzado la seguridad en todos lados. Le alegraba aquello: prefería las medidas de prevención antes que las de luto. Por más desesperada que pudiese aparentar la acción de movilizar a miles de cazadores de sombras, era algo necesario; y le alegraba sucediera antes de que la situación se les escapase de las manos.

Estamos investigando por qué hay tanta incidencia demoníaca en esta zona —habló, su tono tan natural como siempre, seguro de cada una de sus palabras—. Y, mientras tanto, ayudamos en lo que podemos. Seguramente otros de la Clave vendrán después de mí, pues tenemos mucho trabajo para hacer —explicó, poniendo un gesto serio, su mente divagando por la enorme cantidad de archivos que tendría que leer, la exagerada cantidad de reportes que habría de escribir, y a cuánta gente tendría que entrevistar para lograrlo. Saliendo de su trance, esbozó una mueca de satisfacción, por aquella única cosa que haría un poco más fácil su tarea—.Por eso, agradezco tu ayuda. Estaré en tu instituto unas... dos semanas, así que espero no ser una molestia mientras tanto. —finalizó, cordial.

Su mirada divagó por el horizonte, posándose pronto en aquella banda de moteros que aparecía de entre las sombras, sonriendo ante la presencia de los nefilims. Él no entendía bien qué era lo que pasaba, si es que reconocían a Adeline de otra cosa o simplemente tenían asuntos previos con los cazadores de sombras en general, pero si estaba seguro de algo, era de que aquello no podía significar nada bueno. Los vio pasar; las chaquetas de cuero, las grandes barbas. Su mirada los escudriñó de arriba a abajo; buscaba armas, buscaba cuchillos, pistolas. Buscaba información allí donde no la había, sus más básicos instintos de supervivencia activándose ante la sugerencia de peligro inminente. Su disimulado porte podía pasar tranquilamente desapercibido para ellos, pero supuso que Adeline podría interpretar qué era lo que su cerebro estaba maquinando en esos precisos momentos, mientras caminaban.

Interesante —dijo, todavía procesando la información—. Así que, ¿hay manadas de lobos y clanes de vampiros en la misma ciudad? Increíble —sonó realmente sorprendido, como si aquella combinación pareciese imposible en un mismo ambiente—. Alemania es un territorio lleno de vampiros, así que no veo licántropos todos los días —miró por encima de su hombro por simple curiosidad, su mirada topándose con cuatro ajenas, que mirando también por sus hombros, miraban al par caminar. Volvió la cabeza, lamentándose por lo que había hecho—. Es algo curioso, aunque no creo que mi primer encuentro sea pacífico.

Los pasos ajenos resonaron por toda la calle; delante de ellos, no había nadie más, y no recordaba haber escuchado otros pasos detrás de ellos. Solo podían provenir de un único grupo que se adhería a la descripción de Adeline y buscaban problemas. Ni siquiera buscó su daga o alguna arma para defenderse; podía bien usar sus encantos para distraerlos. Si eso fallaba, sus puños estaban más que aptos para defender su integridad física y la ajena. Instó a la muchacha a seguir caminando, ignorando aquellos pasos que parecían acelerar la marcha al mismo ritmo en la que ellos lo hacían, obligándose a no mirar atrás para no develar que sabía que los seguían. Si ellos querían usar el factor sorpresa, él también podía hacerlo preparándose para contraatacar.

Me imagino que al dueño del local no le habrá gustado —dijo, intentando quitarle seriedad a la situación—. Es raro, no leí nada sobre eso en ningún lado. Aunque bueno, tampoco sabía que vampiros y licántropos coexistían aquí...

Sus palabras estaban con la muchacha, pero su mente yacía enfocada en los pasos que se acercaban más y más. Los sentía deslizándose por la calle, reptando cual serpiente lista para atacar. Sintió que estaban justo detrás de su espalda; miró por sobre su hombro, volteando su cuerpo ligeramente, listo para bloquear cualquier agresión de aquellos fieros licántropos que, en venganza, intentasen herirlos o, en el peor de los casos, matarlos.

Quedó parado allí, pasmado como un inútil, viendo realmente confundido cómo dos parejas de amigos, hombres y mujeres, pasaban a su lado, siguiendo su camino como si el cazador de sombras listo para abalanzarse sobre ellos con toda la furia de la ley no estuviese allí presente. Se quedó allí, como idiota, viéndolos pasar y desaparecer en el horizonte. Volviendo la vista atrás, los moteros no estaban en ninguna parte.

Bueno, eso fue extraño. Podría jurar que... —negó con la cabeza, sonriendo con vergüenza por su error, encogiéndose luego de hombros y retomando la caminata—. Me habré equivocado. No pasa nada, sigamos.

Sin embargo, algo andaba terriblemente mal. Sentía un olor peculiar que, aunque no estaba familiarizado con él, podía identificar: olor a lobo.
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La culminación del odio
→ martes→ 22:50 → Afueras → Cálido  


El rostro de la chica estaba girado parcialmente hacia Nikolaus, con su verde mirada clavada en él esperando ese consejo que quería darle, o más bien otro más de tantos que le había estado dando desde que se conocieron. Sonrió sutilmente porque ese hecho le había hecho gracia, la pedida de permiso que seguramente se le habría escapado por educación o simple inercia. Y habló, sintió que él hablaba desde lo más profundo de su persona, exteriorizando lo que parecía que había estado viviendo a lo largo de su vida hasta que se dio cuenta de que eso no debería ser así. De que cada cual tenía que vivir su vida independientemente de lo que era; nefilim, subterráneo, mundano... daba igual porque seguían siendo seres individuales con una cabeza pensante y un corazón latiente.

Adeline desviaba la mirada de vez en cuando para seguir el camino que los había liberado de la escena anterior. Sonrió con lástima cuando Nikolaus hablaba sobre los errores y arrepentimientos por aquello que se hiciera tan solo por deber... y de eso la muchacha tenía unos cuantos, exactamente por no haber sido hecho cosas porque de verdad lo deseara.

Parece fácil decirlo pero a la hora de llevarlo a cabo no creo que lo sea. Es que...  es que he enfocado mal toda mi vida por culpa del rencor, todo lo que hacía o dejaba de hacer se había visto marcada por ella—dio un pequeño suspiro —Ya me he arrepentido demasiadas veces de no hacer lo que de verdad quería porque al fin y al cabo soy una nefilim con responsabilidades, pero... como dijiste antes no se nos debe olvidar de que también somos a su vez, personas— asintió con la cabeza antes de volver a mirar al frente, aunque aún había algún que otro resquicio de duda que no tardaría mucho en salir a la luz.

Ojala hubiera conocido a Nikolaus con antelación; las cosas habrían sido muy diferentes, pero tampoco sabía qué era lo que pensaba él ante ciertas cosas que La Clave prohibía o veía con malos ojos. Porque hablaba de hacer lo que querían y no porque debían—obviando que seguían siendo cazadores de sombras y tenían sus obligaciones y responsabilidades—, ¿pero que pensaría de las relaciones sentimentales con subterráneos? porque era otra cosa que al nefilim le preocupaba porque sabía lo que pensaba su padre al respecto y  por eso ella trataba de reprimir todo lo posible lo que sentía, sepultándolo muy en el fondo para que no se pudiese dar cuenta de lo que había ahí enterrado; algo exageradamente poderoso que la hacía sentir muy humana y sobretodo muy querida.

Personas que sentimos independientemente de cualquier reglamento —frunció el ceño al darse cuenta de que había soltado esa última frase en voz alta — Ummmm eh...pero eso es otro tema, no creo que tenga nada que ver con lo que has dicho antes;  aunque... aunque pensar y actuar dejándote llevar sólo por lo que anhelas... ¿no puede entrar en conflicto con el deber? —sonrió con vergüenza y apuro, con miedo — creo que me cuesta encontrar el punto medio a  todo esto, me complico demasiado y seguramente te esté mareando. Perdona — se disculpó de verdad, apurada.

Las respuestas no tardarían en llegarle como tampoco le tardaron a Nikolaus cuando éste empezó a cuestionar que era eso del toque de queda,  en el momento que la muchacha le había relatado lo ocurrido en  la reunión extraoficial con el director y varios miembros de La Clave. Toda una locura sin sentido, totalmente de acuerdo.

Ninguno. De hecho todos empezamos a discutirle aquello porque no tenía ningún sentido. Los informes nos parecía una falta de confianza hacia nuestro trabajo por cómo lo dijo y el tono usado. Así que... bueno... sólo te lo quería comentar para que te vayas preparando por si te hablan de lo ocurrido... aunque a saber qué versión dan — se encogió de hombros.

Su mirada seguía estancada al frente mientras continuaba caminando, apartándose a un lado cuando otras personas venían de frente y había que esquivarlas. Le gustaba esa sensación, la de no ser invisible como en muchas ocasiones lo era al dejarse imbuir por el glamour. Durante su ensoñación momentánea, Nikolaus le explicaba a lo que había venido y gracias al arcángel pudo atenderle antes de que se diese cuenta de que había divagado  un poco, pero seguramente no podría culparla porque él también lo hizo al pensar en todo el trabajo que tenía esperándole.

Dos semanas, que poco... Por mi podrías quedarte por siempre. Y no vas a ser una molestia, más bien un respiro de aire fresco... créeme — dijo poco antes de dar una repentina bocanada de aire.

El cruce con la banda de motero  dejó al miembro de La Clave interesado. Adeline sonrió porque ella pensó exactamente lo mismo cuando vino allí, en Nueva York todo era muy distinto y más caótico.

Sí, obviamente están  muy alejados los unos de los otros. Aunque en más de una ocasión se han cruzado en zona neutral y ha habido problemas... ya sabes, lo común entre esa enemistad natural — volteó la mirada hacia Nikolaus sorprendida porque no sabía ese hecho de que en Alemania predominaban los vampiros. Tachó de su lista viajar a ese lugar—. no tenía idea de eso. Aquí hay bastantes de cada tipo aunque yo me he topado con más licántropos. Con los que tengo trato son totalmente inofensivos —no pudo evitar sonreír con cariño — no hacen daño a nadie y  prefieren vivir como humanos a pesar de que no lo sean. Trato de convencerles de que... bueno, al menos a uno de ellos de que debería buscarse una manada pero se resiste a ello— suspiró con algo de tristeza— creo que es porque no termina de aceptarse a sí mismo, de aceptar que ya ha dejado su condición humana atrás.

Adeline seguía totalmente sumergida en al conversación que estaban, ajena completamente de lo que estaban justo detrás de ellos, ninguna alarma se había encendido en su cabeza como lo había hecho en la de Nikolaus.

Y tanto que no le hizo gracia, me vi con la obligación ayudarle un poco con el estropicio una vez las bandas se marcharon  porque me dio lástima de como se llegó las manos a la cabeza — habló con un tono algo más animado, ignorante de que en esos momentos su acompañante no la estaba escuchando. Entonces ella también se detuvo al no sentirle cerca ni tampoco escucharle decir nada. Arqueó una ceja al verlo ahí parado mientras un grupo de mundanos le pasaban por al lado continuando con sus triviales habladurías y sus risas.

¿Nikolaus? — alzó las cejas y esbozó una pequeña sonrisa llena de pasmo. Se pudo dar cuenta de que él parecía estar alerta en todo momento por haber sentido la amenaza en ese inofensivo grupo. Razón por lo que esa sonrisa se deshizo al instante ya que se  sentía un poco culpable de que no se relajara después de lo que había pasado —  calma, como mucho te podrían haber preguntado la hora, nada más — hizo un esfuerzo por darle un toque de humor al asunto y no dejar ver su rostro preocupado. Asintió ante su propuesta de avanzar y así lo hicieron.

El caso es que no recorrieron mucho camino más porque justo cuando iban atravesar una estrella calle que cruzaba con la avenida, un gruñido gutural surgió con fiereza de la misma. El cuerpo de la chica se movió por acto reflejo rauda y hábil en  un giro sobre sí misma que la desplazó a un lado pudiendo esquivar una garra que había entrado con intención de desgarrar su garganta. Tuvo tiempo de ver la espalda del atacante y con ello el emblema del lobo partiendo un hueso en dos impreso en su la chaqueta negra que forraba su cuerpo. Le sonaba aquel licántropo de esa noche en el bar y era el mismo que le había estado mirando con mala cara minutos antes cuando se cruzaron. Se debió haber separado de su manada para calmar su sed de venganza, teniendo que haber rodeado todo el edificio. Era peligroso, y no solo porque estuviesen en medio de la calle con civiles a los que había que mantener al margen de toda lucha, sino porque era un subterráneo con bastante experiencia en el control parcial de su transformación.

¡Corre! — lanzó un fuerte grito a la par que el propinaba una patada al licántropo para desequilibrarlo ya que al esquivarlo pudo tener la oportunidad de hacerlo. Se dio media vuelta y empezó a correr velozmente, esquivando  a las personas que se iban echando a un lado con gesto asustado y a la par molesto porque no entendían que la chica y el adulto trataban de escapar de un licántropos que no podían alcanzar a ver debido al glamour.

Se vieron enfrascados en una persecución que les vino sin esperarlo. El subterráneo les iba ganando terreno poco a poco ya que había decidido  adoptar una posición más animal para ganar más velocidad y en cuanto pudiera se lanzaría a por ellos; sí, a los dos ya que no iba a hacerle ascos a Nikolaus en el caso que lo tuviese a mano.  Adeline seguía adelante y jadeando apresuradamente, fijándose que  la avenida pronto acabaría con un enorme edificio  por lo que tendrían que girar hacia algún lado pero sabía que eso le daría una gran ventaja al licántropo que con tanto ahínco les seguía.

¡Derecha! —dio la voz de alarma cuando trató de girar lo más rápido posible hacia su derecha para continuar corriendo por esa calle y al cabo de unas zancadas más, en la siguiente callejuela que vio, se adentró para seguir callejeando todo lo que pudiera hasta que el subterráneo les perdiese la pista o encontrasen algún lugar donde resguardarse, o como tercera opción, algún lugar apartado para enfrentarse a él. El caso es que en el momento que giraron, el licántropo saltó hacia adelante aún con toda la velocidad que había estado manteniendo durante la persecución, y su objetivo era Nikolaus. Trataba de lanzar un arañazo en su espalda y aminorar su marcha pues durante la carrera se había fijado que la presa más difícil era la primera que debía erradicar a toda prisa.




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Re: La culminación del odio [Nikolaus A. Ullrich]

Mensaje— por Invitado el Sáb Sep 06, 2014 10:35 am


La culminación del odio
→ martes → 23:00 → Afueras → Cálido  

Ella tenía razón; en cierto sentido, era justamente más fácil decirlo que hacerlo; para él, aquella voluntad para llevar a cabo todo lo que uno se propusiese, para hacer realidad aquellos sueños, aquellas ilusiones. Era la posesión más preciada que se podría llegar a tener; ni bienes materiales, ni conexiones, ni fama, fortuna o poder: la capacidad de sentirse a gusto con uno mismo, de hacer lo que a uno le gusta. Su trabajo consumía su humanidad poco a poco, y si no disfrutaba de lo que el resto de su vida tenía para ofrecerles, si no lograba disfrutar de los pocos momentos de relajación que tenía haciendo aquello que de verdad le gustaba, no estaba viviendo.

Toda su vida había buscado su propia verdad, una que estuviese más allá de la moral impuesta, de los falsos valores que los que le precedieron habían creado para controlar a las masas ignorantes, aquellas incapaces de cuestionar lo que se les decía; su trabajo era peligroso, y lo terminaría matando. Si iba a morir, quería hacerlo por algo en lo que en verdad creyese, y no solo porque un viejo detrás de un escritorio lo hubiese ordenado. Si moría protegiendo a los suyos, levantando su espada y su escudo, usando su cuerpo y su alma para resguardar aquello que quería, afrontaría a la mismísima Parca con una sonrisa.

Siguieron caminando; su vista enfocada en el camino, sus oídos atentos a las palabras de la muchacha. Ella también estaba arrepentida; por un momento, la miró de soslayo, su vista posándose en ella con atención. ¿Qué clase de pasado habría de tener para estar tan arrepentida, para poder haber almacenado tanto rencor, tanto odio dentro de su ser? Por un segundo, la imagen de la vampiro muerta apareció en su subconsciente como una tortura personal, como una forma de ejemplificar sus pensamientos, sus teorías. No podía imaginarse qué clase de sufrimientos habría experimentado, pero podía sentir simpatía por ella; muy de cerca había sentido al dolor, muy de cerca había mantenido al sufrimiento consigo; como si de una sombra se tratase, como si de un collar o una foto familiar, como si de un tatuaje a la altura del corazón.

Quizá me esté repitiendo a mi mismo, pero... —se excusó rápidamente, hilando pronto una nueva frase que dijese lo que pensaba—. Creo es posible lograrlo, sin importar qué tan difícil sea. Si de verdad quieres hacer algo, siempre tendrás una posibilidad para hacerlo —se encogió de hombros y esbozó una ligera sonrisa, un viejo refrán volviéndole a la mente, oportuno como siempre en esas situaciones— El que no arriesga, no gana. —finalizó.

No conocía de nada a la muchacha; solamente de nombre, y algún que otro historial o reporte donde podría haber jurado había leído el apellido Geller; sin saber de quién se trataba, simplemente había continuado la lectura y había pasado finalmente a otra cosa. No sabía si con tantos consejos estaba agobiandola; estaba metiéndose en asuntos que no le concernían, sobre los que no tenía conocimiento. Debía andar con cautela, y allí estaba él, diciendo absolutamente todo lo que pensaba sin filtro alguno, a una perfecta desconocida, regañándola como si fuese una amiga de toda la vida, una conocida de la familia desde hacía varios años ya, con la que podía tomarse las libertades de hablarle de esa forma.

Arqueó una ceja, intrigado ante el comentario de la muchacha. ¿El deseo propio ir en contra del deber? Su deber era proteger a los seres humanos, a los subterráneos, a la propia Tierra de la amenaza constante de los demonios. ¿Qué clase de anhelo personal podría contraponerse a un objetivo tan claro, que solo buscaba el bien de todas las personas? Por un momento, estuvo tan desconcertado como intrigado, aunque el resto de las palabras de la fémina le ayudaron a seguir su línea de pensamiento. Todavía no podía saber exactamente a qué se refería, pero bien podía darle un consejo —otro más— de los que tanto tenía. Supuso que debía ser ya uno de esos viejos que lo único que sabían hacer era dar consejos a las generaciones futuras, intentando evitar que cometiesen los mismos errores que ellos; interiormente, ello no le importaba. Si lograba algún bien, podía decirse valía la pena.

Nuestro deber es proteger a los que queremos de todas las amenazas de éste mundo y los ajenos —explicó con total naturalidad, como si hubiese recitado las mismas palabras muchas veces ya, como si estuviesen grabadas a fuego en lo más profundo de su alma; su vida entera se basaba en ellas—. Me gusta ver la vida como un gran cuadro gris; tiene partes buenas, llenas de magia y luz, de emoción y alegría, pero también tiene aquellos colores oscuros, impenetrables; tintes misteriosos como la noche, tenebrosos y extremadamente peligrosos. Ambas partes componen la vida, mezclándose de formas inimaginables —dijo, intentando explicar su analogía de la mejor forma posible, intentando reprimir sus intenciones de gesticular y dibujar un cuadro enorme en el aire con las manos—. Nosotros somos la parte gris, la combinación de todo lo bueno que debe soportar todo lo malo. Somos el punto medio, Adeline. Da igual lo que hagas, lo que todos hagamos —continuó, su tono reflejando la total convicción de sus palabras, su gestos enfatizando la despreocupación con la que decía todo aquello, como una verdad más que asumida— Tan solo asegúrate de vivir tu vida como quieres vivirla, y de ayudar a quien lo necesite. Lo demás es pasajero.

Era imposible para él explicarle la forma en la que veía el deber; él no tenía esas cuestiones morales de ir en contra de lo que creía correcto, en contraponerse a su deber; para él, su deber era lo que creía correcto, y se basaba en eso para todo. Tan mal no le había ido en la vida, le gustaba pensar. Sería, además, un hipócrita si intentase inculcarle a ella una verdad, su verdad: hacía no mucho le había dicho que ella debía buscar su propia verdad y aferrarse a ella. Inculcarle lo que para él significaba el deber sería echar por tierra todo lo que habían conversado hasta el momento, y no pensaba hacerlo.

Y, al final, ¿pusieron el toque de queda? —de pronto, se sintió estúpido; si lo hubiesen hecho, él no estaría allí con ella, sino que estaría solo en un callejón de Nueva York. Aunque bueno, siempre cabía la posibilidad de que ella se hubiese escapado, cosa que si bien consideraba improbable, no veía imposible— Los informes son algo del protocolo, pero normalmente eso nos lo dejan a nosotros, o a la cabeza del instituto en su defecto —obvió completamente que él había estado por un tiempo a la cabeza de su instituto, por lo que el papeleo había sido doble—. Pero bueno, supongo deben tener sus razones. Me encantaría escucharlas, la verdad. —dijo, todavía al paso.

No intentó buscarle lógica a algo ilógico, pues tan solo sería una pérdida de tiempo y energía; iría directamente al grano y preguntaría por qué habían querido imponer un toque de quedo y evitar que los únicos encargados de proteger la ciudad pudiesen hacer su trabajo. Le encantaría intentar entender sus razones, aunque no debían de ser muy buenas, pues el resultado habría sido otro de serlas. Un toque de queda, a su parecer, era una medida desesperada, algo transitorio para ganar tiempo. Le intrigaba saber para qué.

Agradezco las palabras, pero dos semanas es el tiempo máximo que estaré en el Instituto. Luego, queda seguir viaje—su vista se paseó por las calles lentamente, analizando cada detalle; su porte era la de un viajero que debía irse de un lugar exótico sin todavía poder apreciar todas las bellezas que tenía para ofrecer, alguien resignado a abandonar un lugar que comenzaba a gustarle— Si todo sale bien, volveré a dar otra recorrida por aquí. Caso contrario, volveré a Idris. —no dijo más detalles.

El caso contrario significaba dos cosas: una, que los demonios los habían sobrepasado y se había provocado una guerra. Dos: él había muerto. Su mera presencia allí significaba que él debía llevar seguridad a los sectores donde no la había; ponerse en peligro era casi un requisito. Si algo salía mal, si no volvían a verse las caras, posiblemente no lo volverían a hacer nunca. Era vivir o morir, no había punto medio. Rogaba todo saliese bien, aunque no se hacía falsas ilusiones. Su trabajo era lo que era, y ya se había resignado a ello: el bien mayor. Eso hacía que valiese la pena.

Quizá dejaron su condición de humanos atrás, pero no perdieron su humanidad —continuó caminando, sus propias palabras resonando en su subconsciente. Quizá lo que había dicho podía malinterpretarse, o simplemente podía dar una idea que no se explicaba del todo—. Los licántropos siguen siendo tan humanos como tú o yo; sienten, ríen, lloran, se alegran y sufren. Aceptar que ellos no son más humanos sería admitir que nosotros tampoco lo somos —le dedicó una sonrisa satisfecha, con un argumento claro y una picardía en su hablar— Y no se tú, pero yo me veo bastante humano, a decir verdad. —finalizó, algo más humorístico.

Vio a los moteros pasar entonces, su atención ahora sumida en ellos. Escuchaba que la muchacha le hablaba de la pelea entre las bandas, de cómo el dueño no había salido muy contento de la situación, pero su mente ya planeaba, ya analizaba posibilidades, ya preveía las consecuencias de una posible batalla. Sus instintos le indicaban que algo malo podía pasar de un momento a otro; el olor a lobo que de pronto impregnó el aire tan solo ayudaba a aumentar sus sospechas, a ponerlo atento. Grande fue su sorpresa al casi atacar a un grupo de jóvenes que siguieron en lo suyo como si nada, y a Adeline riéndose por su reacción tan...drástica. Quizá no era nada; quizá tan solo eran sus nervios haciéndole una mala jugada, una ilusión. Siguieron caminando, rogando estar equivocado.

No lo estaba.

Todo pasó muy rápido; un ruido de pasos, de garras, un aullido sediento de sangre como nunca antes lo había escuchado, de un licántropo que se abalanzaba sobre una presa listo para asesinarla. Sus reflejos no fueron lo suficientemente rápidos como para intervenir, para ponerse en medio entre atacante y atacado, pero por suerte, Adeline sabía bien cómo lidiar contra ese tipo de cosas. Un par de garras pasaron rápidamente por el costado de la fémina, cortando el aire, fallando a un objetivo que era más ágil de lo que esperaban; pronto, en vez de encarar a la muchacha, estaba pasando por delante de propio Nefilim, que ya lo encaraba dispuesto a pelear. Una rápida patada, a la altura de la clavícula, sería suficiente como para atontarlo. Su cuerpo ganó impulso, y estampó la suela de su zapato en el pecho ajeno, desestabilizando a alguien que, en cuanto recobrase su suelo, intentaría sacarle la clavícula a él. Para cuando se dio cuenta de todo ello, ya estaban ambos corriendo por sus vidas.

Esquivar gente era casi tan complicado como mantener la velocidad; chocar a alguien no solo significaba herir a gente inocente, sino que implicaba que el licántropo, a quien escuchaba aullar detrás de ellos, podría alcanzarlos. Estaban en desventaja, se dijo. Necesitaban cambiar el terreno; ir a un lugar donde poder esconderse, o donde poder pelear. No era partidario de las armas, pero bien que sabía usarlas; muchas veces ya se había manchado las manos de sangre. No era un fanático, pero era diestro; una maldición, había dicho. La maldición de ser un excelente asesino cuando la situación lo ameritaba.

Ambos corrieron por las estrechas calles; ella sabía adónde iban. Él no tenía la más pálida idea. Los cruces eran complicados; debía dar vueltas de improvisto, asegurarse de seguirle el paso a ella, y evitar disminuir la velocidad. El grito de la fémina lo desconcertó; sus pies giraron a la par que su cuerpo, listos para tomar rápidamente una curva algo complicada, pero no lo había hecho lo suficientemente rápido. Una mole cargó contra él, clavando sus garras en su espalda, tirándolo de cara al suelo.

Tres cosas habían salido mal:

La primera, nunca había luchado contra un licántropo. No sabía qué tan rápidos y ágiles eran.
La segunda, no conocía el terreno ni cómo luchar en él.
La tercera, se había preocupado que el licántropo no atacase a Adeline, y se había olvidado de él mismo.

Un grito seco, mudo salió por su boca; sentía los dedos punzantes de la bestia penetrar aquel tupido abrigo, rasgando tanto la gabardina como la camisa que llevaba de bajo, cortando sin problema alguno la piel que con tanto empeño se había asegurado en resguardar. Su instinto le llevó a movilizar las extremidades, a quitarse al enemigo de encima; sus brazos volaron, su codo dándole un golpe certero a la cara del oponente, sacándose repentinamente algo de presión de encima. Rodó sobre sí mismo, alejándose de la bestia que no tardaría en reponerse. De pronto, ambos se hallaban de pie, rodéandose como depredadores, esperando un error ajeno.

No quiero pelear —dijo en un principio, su mano volando rápidamente a su bolsillo; extrajo su estela, y dibujó con rapidez una única runa; la de velocidad. Una runa simple que le permitiría equiparar la velocidad ajena; apenas un círculo y una onda, y estaba terminada— No queremos pelear. Vete. —dijo, su aspecto ahora tornándose serio, mostrando la fiereza característica de un animal herido, dispuesto a protegerse a sí mismo y a los suyos.

"Vete". No sabía si se lo había dicho al licantropo, o a Adeline. Supuso cualquiera de las dos opciones funcionaba. Podía ver las garras chorreantes de sangre de la criatura, que se mantenía encorvada delante de ellos, encarándolo a él pero manteniendo a la joven siempre a la vista, moviéndose para tener a ambos en su panorama visual. Era un cazador con experiencia; todo su ser lo decía. Su porte, sus ansias de sangre, su mente analítica que no había tardado en entender que debía eliminarlo primero a él, pero que ambos seguían presentando una amenaza.

Usó el poco tiempo que tenía para dibujar una runa extra: fortaleza. Intrincados ángulos, seguidos de una especie de cruz que pronto cruzó su brazo y brilló, finalizada. Su vista se levantó de inmediato, sus oídos de repente alertas. Lo primero que vio fue el suelo; lo segundo, los pasos. Lo tercero, las garras, y cuando se hubo dado cuenta, el hombre ya estaba casi encima suyo.

Su espalda cayó contra el suelo; profirió otro grito mudo, las heridas que se abrían como surcos entrando en contacto con la fría superficie, allí donde todo ropaje había sido cortado, allí donde la piel misma estaba expuesta.  Las garras apuntaron directamente a la cara, dirigéndose a su garganta; ambos brazos se levantaron, intentando bloquear el remate; formó una equis con ambos, aguantando los cortes en ellos.

Adeline, ¡vete! —chilló, intentando tanto mantenerse vivo como mantener a la bestia consigo, evitando que fuera a por ella.

Sentía sus mangas ahora chorrear sangre; tres finos ríos de sangre escurriendo de su brazo derecho, y otros tres de su brazo izquierdo. La bestia continuó cortando y desgarrando todos sus ropajes, destruyendo todas las protecciones que el veterano nefilim tenía; pronto su carne terminó expuesta, cortada con maestría por un cazador sediento de sangre. Disolvió el bloqueo con la misma velocidad con la que lo había hecho, sabiendo que aquello terminaría con él muerto, y profirió un golpe directo al costado de la bestia, que todavía usaba su peso para mantenerlo allí acostado. Pudo incluso escuchar el ligero sonido de un pedazo de costilla al fracturarse, fruto de un golpe potenciado por el mismísimo poder angelical. Un nuevo puñetazo en el mismo lugar fue suficiente para sacárselo de encima.

Furioso, la bestia quería sangre. Se levantó tambaleante, dolido. Su vista se posó entonces en la fémina; desde su posición, él podía ver cómo su aspecto se tornaba todavía más animal. El pelaje comenzó a cubrir todo su ser, las garras creciendo como estacas de cada dedo, como dagas listas para clavarse en la carne ajena. Nikolaus levantó su cuerpo como pudo, lo más rápido que le fue posible.

¡Tu pelea es conmigo! —gritó, listo para una segunda ronda.

Pero ya no podría frenarlo; la bestia embistió en dirección a Adeline, con un único propósito: matarla.
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La culminación del odio
→ martes→ 23:05 → Afueras → Cálido  


Si Nikolaus se estaba repitiendo era por culpa de ella, porque era la que reproducía constantemente sus dudas aún habiendo escuchado los consejos del veterano nefilim; pero eso era debido a su propia inseguridad, la cual tendría que ir disminuyendo con el paso del tiempo. Le miró y estiró sus labios en una sonrisa llena de gratitud, desviando los ojos hacia el camino en el momento que volvía a sentir el peso de la vergüenza sobre sus hombros, viéndose reflejado en sus mejillas encendidas. Se sentía tremendamente tonta y estúpida ya que siempre se la había dado de madura y sabia a pesar de su corta edad, cuando en realidad seguía siendo una cría asustadiza a la que habían instruido de una forma errónea y hasta destructiva.

Un refrán muy acertado— se sonrió aún más para sus adentros al ver aquello con cierta similitud a  las apuestas de boxeo a los que iba con Mishka y a las que apostaba a su favor;  pero ahí no había mucho riesgo porque sabía que él tenía altas posibilidades de ganar debido a su naturaleza licántropa.

Aún se sorprendía de lo bien que se sentía a su lado, a pesar de lo que se había esforzado en odiar a cada miembro de La Clave. Pecaba de ser extremista y de generalizar de forma gratuita, sin dar mucho pie a que le demostrasen lo contrario porque le consolaba poder culpar a algo o a alguien de su sufrimiento personal. Sin darse cuenta de que en realidad se estaba machacando aún más a sí misma, pero gracias a él se había podido dar cuenta. Eso la hacía pensar en lo que hubiese ocurrido de haberlo conocido en otras circunstancias; seguramente no hubiera tolerado las lecciones que le había estado dando, más bien le hubiera puesto mala cara desde un primer momento y habría hecho como la que escuchaba, asintiendo con la cabeza de vez en cuando—aparte de mirarle con malos ojos, por supuesto—. Por eso pensaba que lo mismo... que tal vez, ese caótico encuentro se debía llevar a cabo para su propio beneficio, al menos a la larga y para poder poner en orden  su vida. Así que aunque costara trabajo admitirlo y sonara muy bizarro... la situación en la que se vieron envueltos Adeline y Nikolaus fue necesario.  

Por la mirada que le echó, notó que le extrañaba mucho lo que le estaba diciendo y que además no le entendía. Era el asunto sobre el querer y el deber que Adel veía tan complejo cuando en realidad era lo más sencillo del mundo, al menos a ojos ajenos. El problema principal recaía en la instrucción que  le había dado su padre sobre ese asunto entre otros, y como era de esperar; cuando alguien repite algo constantemente, cada día de su vida,  con tanta pasión y dedicación, al final ese algo se terminaba creyendo, estuviese o no dentro los propios ideales del individuo receptor. Entonces, tras unos segundos de duda, Nikolaus volvió a  darle otro consejo, lección o como quisiera llamarlo, pero desde luego que se debió quedar a gusto.

Había descrito a la perfección la vida de cualquier cazador de sombras, ellos eran el punto medio pero la muchacha lo había estado viendo desde otro punto de vista; desde el oscuro, tétrico y enigmático lado donde no se podía ver ni un retazo de color. Ésta vez no replicó nada, sólo asintió con la cabeza dándole a entender que lo había comprendido una vez más.

No lo creo, porque de haberlo hecho hubiera tenido problemas desde hace semanas —sonrió con una divertida culpabilidad ya que en ese tiempo había hecho un poco lo que le pareció, regresando bastante tarde; pero era lo que consideraba correcto ya que los demonios no se cazaban solos, aunque también porque quería pasar tiempo con Mishka... que por desgracia era más escaso del que desearía. En fin, estaba deseosa de que Nikolaus hablase alguna vez con el resto de los miembros de La Clave sobre lo que ocurrió en esa catastrófica reunión y se lo transmitiera... si fuese posible aunque lo dudaba, esas cosas solían mantenerlo en privado.

Asintió con resignación a que sólo se quedaría un par de semanas por el instituto, ojalá hicieran lo mismo a unos pocos y les diese otro airecito, a ver si así les cambiaba un poco ese carácter tan estirado. Si se marchaba, tendría que aprovechar el tiempo que se mantuviese por la ciudad pero no de una forma tan directa, ya que tampoco quería molestarle ni quitarle su tiempo para hacer sus cosas, no parecía un hombre muy ocioso.

Comprendo... bueno, siempre podrías venir a visitarme en el caso de que volvieses —comentó dejándolo caer de forma sutil, como quien no quiere la cosa. Pero estaba mal, muy mal, porque ella tenía que aprender a volar sola, a seguir al pie de la letra sus consejos, forjando también los suyos propios.

Entreabrió los labios al escucharle hablar sobre la humanidad de los subterráneos, de Mishka y Rory aunque él no conociese sus nombres. La muchacha no quería que se malinterpretara lo que había dicho, quería dejarle claro que estaba de acuerdo con él y que el hecho de que habían dejado de ser humanos no significaba que también habían perdido su humanidad. Ni por asomo... vaya, si ellos dos era más humanos que hasta los propios mundanos ¡faltaría más!

Sí, lo sé, lo sé, no quería decir que no son humanos en el sentido de... de no tener humanidad. La tienen y muchos más aún que cualquier humano, sólo que... a efectos prácticos ya no lo son. Pero supongo que eso es lo que menos importa — solté una pequeña risotada a lo último que dijo de que se veía bastante humano.

Y de pronto, después de que estuviesen por fin algo más relajados y manteniendo una conversación más tranquila y sosegada, el destino les impuso una prueba más, como si no hubiesen pasado ya por malas experiencias. Una garra había salido disparada hacia la muchacha que con habilidad esquivó su ataque  antes de iniciar una estrepitosa huida entre la las calles y la gente que por suerte no se aglomeraban demasiado, por lo que le facilitó la carrera. Pero el veterano nefilim no pudo girar a tiempo sin que la bestia le propinase un golpe con todo su cuerpo. El grito que surgió de la garganta del hombre hizo que Adeline se detuviese y  volviese para ver lo que había ocurrido. Estaba a algunos metros pero lo suficiente como para poder vislumbrar como el licántropo atacaba con alevosía a Nikolaus, tratando de despojarle a garrazos las prendas que protegían su cuerpo.

¡Nikolaus! — gritó a la par que empezó a dar varias zancadas para ayudarle a librarse del subterráneos pero no hizo falta de momento, con un rápido golpe se lo quitó de encima y tras un giro se volvió a alzar sobre sus dos piernas.  Escuchó las palabras que le dedicó pero eso no serviría de nada porque el licántropo sí quería pelear, así que no habría ninguna solución pacífica.  La bestia le miraba fijamente con una ira infinita, soltando el aire de su respiración de forma sonora, similar a un rugido. Adeline no iba a huir, no iba a abandonarle así por las buenas. Eran una hermandad que se debían proteger los unos a otros ¿no? dar su vida por él como también él lo haría por ella. Los ojos azules de la chica miraban el cuerpo de su compañero en busca de heridas pero desde su posición era incapaz de verlas, pronto se dio cuenta de que eran de una gravedad considerables pues cuando se giró para mirar al licántropo, vio en sus garras como la sangre goteaba. Durante ese tiempo de tensión, el hombre pudo marcar su piel con dos runas, pero por la última recibió otro ataque justo cuando la había acabado.

¡No! — gritó con impotencia y  fuerza a la par que echaba mano a las agujas de plata que tenía equipadas sobre su brazalete, seguidamente se las lanzó con la suficiente puntería como  para que dos de tres quedaran clavadas en su dura piel, y como si se hubiesen sincronizado, Nikolaus le propinó una patada que lo volvió a alejar de su cuerpo. Ahora la bestia estaba aún más enfurecida que antes, sus ojos irradiaban odio, los mismos que ahora se dirigían hacia la muchacha.

El grito de su compañero resonó en su mente pero no logró captar su significado pues de pronto vio como el licántropo se abalanzaba sobre ella a una velocidad sorprendente.
Trató de echarse a un lado rauda, de verdad que lo intentó pero sintió el golpe justo cuando casi lo esquivaba, lo sintió fuerte y estridente en su hombro derecho provocando que diese un violento giro y cállese al suelo.  Escuchó perfectamente el desplazamiento de su hombro, y por el dolor soltó un alarido. Pero debía sentirse afortunada pues si esa embestida la hubiese recibido en pleno pecho, podría haber perecido.

En el suelo, giró a un rápido sobre la superficie porque adivinaría lo que intentaría la criatura, lanzar su garra contra su cabeza. Al menos lo intentó porque gracias a su esquiva lo pudo evitar. En el tiempo que se incorporaba, tomó su cuchillo serafín para cortarle el tendón de Aquiles de su... ya pata derecha; el licántropo había adoptado en gran parte su forma más característica. Aquello obligó que flexionase la rodilla pero ni por asomo iba a se suficiente para inmovilizarlo. El alarido que soltó fue desgarrador, mezclado con el terrible dolor que experimentaba al igual que la furia.

¡No va a detenerse! — gritó hacia su compañero justo antes de que notara como su cuerpo ascendía repentinamente y  fuera lanzado hacia una pared cercana. El golpe fue tan potente que por unos segundos creyó haber perdido el sentido. Cuando lanzó aquel grito lo hizo con preocupación, para avisar a Nikolaus que no tendrían otro remedio que dejarlo inconsciente para así evitar matarlo, pero en esos momentos le entraron ganas de matarle.

Todo aquello sucedió demasiado rápido como para que el cazador de sombras pudiera hacer nada para ayudarla,  pero  ahora la criatura tenia el movimiento muy reducido como para hacer más movimientos sin recibir represalias. Entonces, al verse en clara desventaja hizo algo que estremecería a ambos nefilims, y fue lanzar un potente aullido al cielo. Sonaba a pedida de auxilio. Tendrían problemas de verdad si no hacían algo al respecto.
Adeline por su parte, sacó energías suficientes para ponerse en pié, ayudándose con la pared, pero se presentaba aturdida. El brazo del hombro herido lo tenía colgando al lado de su costado porque le costaba horrores moverlo.  Alarmada, dirigió la mirada a Nikolaus con una marcada preocupación en sus ojos.




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Re: La culminación del odio [Nikolaus A. Ullrich]

Mensaje— por Invitado el Dom Sep 21, 2014 2:51 pm



La culminación del odio
→ martes → 23:15 → Afueras → Cálido  

A veces, simplemente tenían mala suerte. No era un ferviente creyente del azar, sino que pensaba que todas las cosas tenían una razón de ser, incluso aquellas que a simple vista no tenían motivo aparente de existir; su filosofía se basaba en una causa y una consecuencia, que toda acción tenía una reacción. Lo que empieza bien termina bien, dirían algunos. Pero éso, se dijo, era simplemente mala suerte, o un karma extremadamente negativo.

Habían seguido el camino con tranquilidad, la amena charla poco a poco aplacando ese sentimiento de amenaza que se había establecido en el corazón de ambos, agazapado como una bestia al acecho, esperando el momento de atacar; el dolor tardaría en irse, y cualquier movimiento en falso podría reabrir aquellas heridas que tardarían bastante en sanar, pero por el momento, se iban olvidando del asunto. No era bueno para ninguno de los dos hablar del tema; se alegró de poder hablar de esa forma con ella; esperaba usase sus consejos con sabiduría, y quién podría decir que no, así como ella podría aprender de él, también Nikolaus podría aprender algo de ella. Estaba abierto a otras opiniones, y se alegraba de que hubiese gente con las mismas cualidades; mentes cerradas sobraban en la Clave.

Había sonreído ante el cumplido de la muchacha; tenía muchos refranes en su mente, lecciones de vidas ajenas que tan bien se ajustaban a la propia, pero casi nunca podía decirlos; tampoco estaba dispuesto a abrumarla con frases o historias, por lo que poco a poco fue pensando la forma en explicar lo que quería decir sin tener que utilizar aquel recurso. Debía de tornarse aburrido para ella escucharlo decir refranes sin parar, responder cada pregunta con elaborados monólogos. Durante toda su vida había sido educado en el arte de la labia, de poder hablar con facilidad, educación e inteligencia, de hilar frases con total naturalidad, de tener siempre la última palabra. Para su padre, eso era esencial para un político, para lograr manipular a quien quisiese; para él, era apenas un recurso para expandir sus ideales, para contagiar a otra gente de aquella confianza que poseía.

Asintió ante la idea de la fémina, aunque se mostraba dubitativo; tenía que planear su vida por adelantado, y no veía su retorno al Instituto de Nueva York como algo que fuese a suceder pronto. Tenía un par de semanas para organizar todo el inventario, para hacer la voluntad de la Clave en aquellas tierras, y luego continuar su incierto camino, allí donde las órdenes de sus superiores lo llevasen. Además, un evento muy importante para él se acercaba, como un fantasma del pasado que poco a poco cobraba fuerzas, como una herida que comenzaba a escocer de nuevo.

No puedo prometer nada... —soltó, encogiéndose finalmente de hombros; no sabía si lo decía porque no estaba seguro de si volvería, o si estaría vivo para siquiera intentarlo— El mes que entra estaré de nuevo en Alemania. Puedo mandarte una postal, si te interesa —concluyó, mirando divertido el camino, intentando entender hacia dónde iban. Una postal en pleno siglo XXI parecía una estupidez, pero era lo único que podía ofrecerle que tuviese algo de valor.

Lo cierto era que tenía que estar en Alemania cuanto antes; no por la Clave, sino por él. Había seguido aquel cronograma al pie de la letra desde hacía ya muchos años, y no estaba dispuesto a dejarlo ir. Tenía todavía la tinta manchando su corazón, aquellas líneas rojas ardiendo con fuerza sobre su pecho. Sabía que lo que hacía estaba mal, que iba en contra de su filosofía de seguir delante, pero no era tan fuerte. Simplemente, no era tan fuerte. Era un hombre roto, después de todo; un soñador innato, que poco a poco recogía los pedazos de su propio corazón, con la ilusión de volver a vivir.

Aunque bueno, si todo sale bien aquí y en Alemania, quizá pueda hacerme tiempo para venir de nuevo —dijo finalmente, sabiendo que hacer promesas que no podría cumplir estaba mal— Si las cosas están tensas como entiendo que están, quizá una visión externa ayude de vez en cuando —concluyó, totalmente convencido de sus palabras.

La miró, extrañado. Parecía que había malinterpretado su comentario, que ella había querido referirse a otra cosa al hablar de la humanidad de los licántropos; arqueó una ceja, escuchándola hablar, mirandola de costado, intentado prestar atención tanto a la fémina como al camino. Debía de darle razón: los licántropos no eran humanos en sí, pero bien que seguían compartiendo las características más importantes que éstos poseían, o al menos la mayoría lo hacían; cabía recalcar que había incluso humanos que merecían ser llamados de esa forma.

Tú lo has dicho —afirmó, conforme con la opinión de la muchacha; nuevamente, llevaba razón, incluso aunque él no hubiese terminado de entender a qué se refería con lo de humanidad— Lo que menos importa es si son humanos o no. Lo que importa es su humanidad —sonrió inocente, reprochándose a sí mismo interiormente el filosofar de nuevo, el usar frases para todo.

La felicidad le duró poco; su sonrisa fue arrancada al son de unas garras que como cuchillas se incrustaron en su piel, su garganta que antes había proferido aquellas palabras, consideradas vanamente lógicas, ahora soltando un único grito mudo, una reacción natural ante ese dolor que terminó tirándolo al suelo.

Por un momento, sintió el mundo desaparecer; el cielo combinarse con la tierra, el horizonte dar vueltas frente a sus ojos como un torbellino, sus propios pensamientos desvaneciéndose a medida que su consciencia lo abandonaba. Su cabeza rebotó contra sus brazos, que había logrado entrometer entre su cuerpo y el suelo; su cuerpo se revolvió en un espasmo violento, sus piernas urgiendo a su cuerpo a levantarse. Pronto, se halló a sí mismo encarando a la bestia; su vista estaba nublada y el mundo aún le daba vueltas, pero si había algo de que se dignaba, era de mantener los pies sobre la tierra, de levantarse siempre que se caía. No podía perder tan pronto.

No quería pelear; su cuerpo pedía a gritos un descanso de todo lo que había estado soportado en las últimas horas, de aquel estrés que algún día terminaría matándolo; su mente le decía en el oído que estaba en desventaja, que no sabía cómo pelear contra un licántropo, que estaba herido y que no conocía el terreno. Pero aquel consejo de esa voz subconsciente fue acallado pronto por la adrenalina que recorría sus venas, el espíritu guerrero de los nefilims tomando control de la situación: la bestia quería pelear. Le daría entonces pelea.

Era rápido haciendo runas; su trabajo le había enseñado que no siempre tendría tiempo para prepararse para el combate, y que a veces éste simplemente lo tomaría por sorpresa. Si quería sobrevivir, debía saber adaptarse a toda situación, por más peligrosa o rebuscase que fuera; con el tiempo había adquirido velocidad y precisión a la hora de dibujar con la estela. La primera runa la había terminado en apenas unos segundos, pero la segunda le había llevado más tiempo: había subestimado a su adversario. No había pensado que fuese tan rápido, y cuando se fijó, lo tenía encima.

Sus brazos bloquearon las garras, poniendo ropa y carne antes que exponer la cara o el cuello; sabía que lo primero que haría sería atacar órganos vitales. Los vampiros eran igual de hábiles en combate cuerpo a cuerpo, aunque no tan agresivos. Todos los que había visto habían planeado el ataque, rodeando a su adversario, esperando sedientos el momento en el que cometiese un error y expusiese su yugular. El licántropo no parecía tener tanta paciencia: atacaba con brutalidad, furioso.

Tenía que sacárselo de encima; sus ropajes cedían, y pronto su carne lo haría también. Lo empujó violentamente con sus brazos, dándole el tiempo suficiente para deshacer la defensa enemiga y propinarle un par de golpes en las costillas que terminaron por ahuyentarlo. Sus ojos observaron impotentes cómo la bestia, ahora más furiosa y convertida casi por completo en el lobo, atacaba a Adeline.

Para cuando recobró el control de su propio cuerpo y pudo asistir al combate, ya la bestia atacaba con fiereza a la muchacha; ella estaba herida. Había escuchado el grito, había sentido el dolor ajeno recorrer su propio cuerpo, y se había estremecido. Casi había logrado escuchar el sonido de un hueso adoptando una posición que no debería adoptar. Comenzó a correr hacia ellos, su mano volando con la estela sobre su piel, dibujando la última runa que necesitaría para terminar el combate: precisión. Lo que haría era peligroso, y mal ejecutado, mortal.

Vio atónito cómo la bestia alzaba a Adeline y la arrojaba como si no fuese humana, como si fuese un simple desecho. La vio estrellarse contra la pared, y ése fue el colmo del colmo. Podía permitir que lo golpeasen; podía soportar golpes, cortes, clavadas, torturas, pero ya estaba cansado de que hirieran a sus hermanos y hermanas delante suyo. ¿De qué servían tantos años de entrenamiento si no podía siquiera defender a aquella muchacha con la que había estado hablando durante tanto tiempo sobre lealtad, sacrificio, deber? Aquella batalla llegaba a un nuevo nivel: la bestia iba a matarlos. Él debía emplear fuerza letal, incluso aunque no quisiese matarlo.

A veces, él mismo se daba miedo. Podía visualizar en su mente todo el entrenamiento adquirido a lo largo de los años, ver el mapa de los puntos de presión del cuerpo como si fuese una imagen, plasmada en su subconsciente; aquel conocimiento, combinado con la precisión, la velocidad y la fuerza que las runas le proveían, lo convertían en una gran amenaza.

Su velocidad era superior a la normal; se equiparaba a la de un licántropo, o incluso la superaba. Su cuerpo voló por el aire, cruzando la distancia que los separaba en un parpadeo, posicionándose detrás de la bestia en apenas unos segundos. A partir de ahí, lo que hizo fue una sucesión de golpes.

Primero, golpe a la pantorilla.

Su mente repasó las lecciones en apenas una milésima de segundo; golpe a la pierna para inmovilizar. La bestia sangraba, pues Adeline había hecho un buen trabajo; tenía un corte en el tendón de Aquiles que le dificultaba el moverse, incluso el simple hecho de estar parado. Un golpe potente podría romper un hueso e inmovilizarlo por completo; cargando con la fuerza del ángel y la fiereza de un nefilim, todo su cuerpo aplicó su fuerza en aquella patada, dirigida directamente a la pierna contraria. Pronto lo tenía de rodillas, dándole la espalda.

Segundo, golpe a la columna.

Tuvo que apuntar bien el golpe; darlo mal podría acarrear graves consecuencias para el licántropo, y hacía todo eso precisamente para evitar daños permanentes. Era ciertamente más fácil utilizar el cuchillo serafín para reducirlo y matarlo, pero no estaba en sus principios el hacer eso; luchaba porque debía hacerlo, no porque le gustase. Debía de terminar el combate cuanto antes; con el enemigo de rodillas frente a él y su espalda expuesta, le propinó un golpe rápido en la columna baja; no lo suficientemente fuerte para hacerle daño, pero sí para hacerlo reaccionar; el licántropo, por instinto, se inclinó ligeramente hacia atrás, en una reacción al dolor, dándole un mejor ángulo para golpear.

Tercero, golpe al lóbulo.

Su mano se cerró en un puño, extendiendo el dedo índice; su brazo se alargó en una milésima de segundo, sus huesos entrando en contacto con el cuerpo ajeno. Debía de medir el golpe; si no lo hacía bien, podía no inmovilizarlo; y si lo hacía sin cuidado, podía hasta matarlo. El golpe implicaba hacer una presión explosiva en una zona sensible del cuerpo, el lóbulo de la oreja, y provocar el desmayo.

Todo el movimiento sucedió de una forma continua, sucesiva y naturalmente entrenada. Era pasa eso y más que los entrenaban; para matar e inmovilizar a las amenazas. Eso les decían. Les daban todos esos poderes, todas esas armas para teñir de sangre las calles, para proteger a los inocentes de aquella maldad que pululaba libre por las calles. Matar demonios era una cosa, ¿pero podían acaso ser también ejecutores de seres que una vez fueron humanos, sus pares, y ahora eran subterráneos, como se los llamaba? ¿Podían ignorar esa humanidad que portaban y matar indiscriminadamente? Y si lo hacían, ¿qué los separaba entonces de los demonios que cazaban? Muchos entrenaban para matar; él entrenaba para golpear fuerte y preciso, para eliminar amenazas de forma no letal. Eso era, sin lugar a dudas, más complicado, pero valía la pena. En apenas unos segundos, el cuerpo del licántropo cayó inerte, exánime sobre el frío suelo.

Podía escuchar de fondo los gritos de batalla de otros licántropos que venían en ayuda de su compañero caído. Tenían de pronto dos opciones: luchar o huir. Miró a Adeline; no parecía ser capaz de mover su brazo, y él no estaba en condiciones de luchar por los dos contra toda una jauría de esas bestias. Veía todavía los últimos retazos de las runas que había dibujado quemándose sobre su piel, dándole aquel poder angelical que no duraría mucho. Tenía que tomar una decisión, y tenía que tomarla rápido.

Corrió hacia Adeline, que se mantenía apoyada en la pared, haciendo pie con ayuda de ésta. No había tiempo de diálogos largos.

¿Estás bien? —preguntó casi por inercia, sabiendo que la respuesta era obvia. La miró de arriba a abajo; era obvio que estaba herida. Debían correr, y no parecía estar en condiciones de hacerlo. Sacó su celular de su bolsillo y marcó con rapidez un número, pasandole el celular a la fémina para que hablase— Pide ayuda, la necesitaremos.

No había tiempo para adornar la situación, para decir que estarían bien, para dar esperanzas o discursos extensos: la amenaza era real, y estaba tan solo a la vuelta de la esquina. Si querían salir vivos y más o menos enteros, debían de pedir ayuda y correr hasta que ésta llegase. Lo primero que debían hacer era irse de allí.

Discúlpame Adeline, pero esto es muy necesario —exclamó, mirando por sobre su hombro como quien espera a que la Parca se aparezca por allí.

Volviendo a verla a ella, se agachó ligeramente; pasando un brazo por debajo de los muslos de la muchacha,  tomó a la fémina por ambas piernas con un brazo, colocando su brazo en la articulación, cosa que terminaría flexionando las rodillas ajenas, y con ayuda del otro brazo, aferrado a la cadera, la levantó, cargándola en sus brazos. Era increíble; las runas le daban la fuerza para hacer aquello que, en circunstancias diferentes, jamás hubiese podido lograr en las condiciones en las que estaba. Sabía que aquello no duraría demasiado, por lo que no había tiempo que perder. Echó a correr.

Necesitaré me guíes y me digas si viene alguien detrás —dijo, doblando rápidamente una esquina y retomando el camino que habían intentado seguir antes, que según tenía entendido, culminaría en el Instituto— Llama al número que marqué en el celular. Pide ayuda. ¿Tienes tu cuchillo? —preguntó, todavía corriendo. Tanteó con una mano su estela, entregándosela luego— Ten, cúrate y ponte runas de fortaleza y velocidad. No podré llevarte todo el recorrido, y necesito que me sigas el paso. —masculló, sin parar en ningún momento. Si alguno desaceleraba por alguna razón, los tendrían encima en apenas unos segundos.

Su hablar se entrecortaba por los jadeos, y las renovaciones de aire, pero no había una pizca de duda en sus palabras. Sabía lo que hacía, más o menos. Era muy posible que ella tuviese que protegerle con aquel cuchillo, si alguien se le tiraba encima por la espalda, como ya había pasado. Y, teniendo en cuenta que cada vez escuchaba los aullidos más de cerca, supuso eso sería exactamente lo que pasaría. Pero tenía que hacer el intento de poner a ambos a salvo, incluso a costa suya.
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La culminación del odio
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Adeline decidió asentir con la cabeza, con aceptación. No iba a ponerse como una niñita suplicándole que regresara pronto, además, que lo acababa de conocer y ella debía tener la suficiente madurez como para continuar reconstruyendo su vida por sí misma utilizando todos los consejos y lecciones que Nikolaus le había dado esa noche, los cuales jamás olvidaría. Igualmente no tenía nunca que depender de nadie. Era cierto que había encontrado en él un gran apoyo dentro de su circulo, dentro de su mundo como nunca había hecho con otro nephilim —otra cosa que debía remediar, lo sabía de sobras, pero poco a poco...—, pero eso no significaba que debían cargar con sus propios problemas y también con los de ella. No era para nada justo. Así que no añadió nada más al asunto, pero mentalmente sí que se puso a calcular los días que seguiría por allí. Al oír su último comentario sonrió y le miró por el rabillo del ojo y aunque él tenía la vista clavada al frente, se había percatado de aquel gesto gracioso en su rostro. Tuvo que responder.

Claro, sólo si encuentras una original y divertida.

Creyó que el tema de su viaje a Alemania se había zanjado pero no, Nikolaus volvió a hablar revelando que tal vez podría regresar si todo salía bien. Arqueó una ceja mostrándose un poco sorprendida y porque no, algo ilusionada. Una expresión que no pudo disimular. Volvió a asentir con la cabeza con la misma determinación que antes pero con la diferencia de que ahora había una sonrisa que se abrió en su rostro.

Esos fragmentos de aquella conversación trivial y relajada que habían mantenido a escasos minutos,  se volvieron a esfumar de la mente de Adeline pues en esos momentos se sentía aturdida por los golpes. No paraba de divagar inconscientemente entre los hechos que habían transcurrido hacía unos minutos y los del presente. Y es que había sido lanzada contra una pared además de habérsele desplazado el hombro por lo que un fuerte y doloroso calambre le recorría todo el brazo. Tenía que soportar el dolor, estaba acostumbrada a ello pero el cansancio hacía mella en ella y no hablábamos sólo del físico, sino también del mental. Había pasado por muchas emociones en una escasa hora como para que su mente pudiera soportar más estímulos negativos. Se quejaba, gritaba y gemía, debía exteriorizarlo para que pudiese aguantar un poco más. Al menos pudo abrirle una herida en el tendón de Aquiles que le dificultaría con creces el movimiento.

En el tiempo que se fue levantando vio como Nikolaus golpeaba con gran precisión y fuerza al licántropo. Sus ojos azules seguían sus movimientos y también la dirección de sus golpes que resonaban con violencia. Era curioso y a la vez triste que minutos antes estuviesen hablando de que los licántropos cargaban humanidad en su interior, y aquel del que se estaban defendiendo también lo tenía. No luchaban contra una fiera sin sentimientos ni emociones, no luchaban contra un demonio  que se había arrojado hacia ellos por puro instinto de erradicar vidas ajenas. No... aquel estaba cegado por la pura venganza, por la cólera y la ira, emociones primitivas que cualquier ser humano podía tener. Verlo de esa manera hacía que la lucha costara tanto, y estaba segura de que el veterano nefilim estaba sufriendo por ello porque en el fondo no quería luchar, no quería hacerle daño.

Aún así, Nikolaus luchaba con una profesionalidad asombrosa y qué decir de la técnica que usaba; sus golpes estaban estudiados al milímetro aunque a la muchacha no le diera mucho tiempo fijarse en todos ellos. Su maestría en el combate podía equipararse a su sabiduría, y lo habría conseguido con esfuerzo y dedicación, con una experiencia llena de entrenamientos y también de mucho dolor. Adeline pensó si sería capaz algún día a llegar a tal nivel de... perfección.

Se estremeció al sentir los aullidos y rugidos de los otros licántropos que estaban por llegar. Con inquietud en la mirada, cruzó sus ojos con los de Nikolaus, y en ellos observó la misma preocupación antes de que corriese hacia ella. Su mirada se desvió tan solo un segundo hacia el licántropo tendido en el suelo, ¿estaba muerto o sólo había caído inconsciente? La pregunta de su compañero hizo que la suya propia se esfumase.

Sí... sí —respondió algo trastornada cuando  le dio su teléfono. La muchacha tragó saliva, asintió con la cabeza y empezó a mirar a su alrededor en busca de alguna referencia de su localización para indicar a sus compañeros. Le miró extrañada ante su disculpa por algo que iba hacer y fue entonces cuando su cuerpo se alzó al ser cargada por él, la estaba tomando en brazos, cosa por la que se inquietó visiblemente. Se preocupaba porque él tampoco es que estuviese en condiciones de correr con ella a cuestas, aunque tan solo fuese un rato, así que como no se iba a poner a discutir ni a forcejear para que la bajase, se hizo hacer para seguir todas sus indicaciones, llevándolas a cabo lo más rápido posible para poder liberarle de la carga cuando acabase.

Él empezó a correr con gran velocidad y ella realizó la llamada para pedir ayuda urgente, esperando que una patrulla fuesen hacia su localización, que por suerte, pudo conocer ya que a varios metros pudo ver el nombre de un comercio que se llamaba igual que la calle. En algún momento tendrían un golpe de suerte ¿no?

De acuerdo — dijo al colgar el teléfono que de momento guardó en uno de sus bolsillos y con la otra mano extrajo su cuchillo serafín de su funda — No sé si ha sido buena idea que te sobreesfuerces, pero ahora no es el momento más idóneo para discutir eso— tomó su runa y empezó a realizar la marcha de la runa de sanación sobre su hombro con toda rapidez que le fuese posible. Tras acabar, también escribió sobre su piel las otras dos runas que le otorgarían una potenciación de sus capacidades.

La primera presencia del enemigo no tardó en llegar, al girar una esquina y de forma casi calculada, uno de sus perseguidores saltó hacia su posición pero Adeline ya estaba prevenida y le lanzó un tajo en una de sus garras antes de que ésta llegara a alcanzarles. Eso no detuvo a la criatura, que gimiendo de furia y dolor, continuó su carrera hacia ellos. La joven estrechó la mirada al notar cierto movimiento  en el lado contrario del primer ataque; dos figuras se acercaban hacia ellos rápidamente pero entonces otras dos la detuvieron.

¡Creo que han llegado los refuerzos! — alzó la voz de forma instantánea, esperanzada de que fuese así. — ¡bájame ya!... ¡no, espera!
—gritó al sentirse lista para la carrera, pero entonces notó como el licántropo que había herido se aproximaba peligrosamente. Tomó las dos agujas plateadas que le quedaban en su brazalete, para lanzárselas y así retrasar su marcha—¡Ahora!— ayudó en la bajara dando un pequeño salto y seguir corriendo, pero no pudo evitar observar el desgaste que estaba sufriendo su compañero.

Entonces un silbido resonó y se coló entre los dos nephilim. Se trataba de una flecha que atravesó violentamente el hombro del licántropo que los perseguía, provocando que cayese al suelo con violencia. No iba a morir por esa herida, pero sí que sufriría porque su punta había sido realizada con plata. Eso quería decir que los refuerzos habían llegado definitivamente.

Un grupo de tres nefilims se detuvieron a varios metros de Adeline y Nikolaus haciendo que éstos se detuviesen. Entre ellos había un veterano pues podía verse en su indumentaria la misma inscripción que llevaba Nikolaus en el pecho que lo identificaba como un miembro de La Clave; estaría en la cuarentena, de complexión ancha, muy alto, de piel blanca y cabellos cortos y ojos marrones.

Dos de los nephilims se acercaron apresuradamente al rubio ya que él se encontraba en peor estado una vez que la chica se había podido sanar. La susodicha no podía dejar de mirar hacia atrás para asegurarse que, de verdad, había acabado esa pesadilla.

Adeline Geller ¿verdad? Su padre ya me había informado sobre su ausencia prolongada por lo que espero que pueda darme una explicación. Pero antes de eso, exijo otra que explique lo que ha ocurrido con estos licántropos — dijo con seriedad, dejando una breve pausa antes de continuar— Cabe destacar que esta ha sido el segundo aviso recibido desde el mismo teléfono móvil; uno para acudir a la retirada de un cuerpo subterráneo, del cual ya se están ocupando y espero un informe de lo sucedido; y otro para pedir refuerzos ante un repentino ataque de licántropos. Así que hay mucho de lo que hablar—  dijo con una expresión muy severa y con el ceño tan fruncido que las pestañas rozaban sus cejas. Seguidamente dirigió la mirada hacia Nikolaus, al cual los nephilims jóvenes trataban de ayudarle aplicándole runas curativas— ¿O puede encargarse usted? Que por lo que veo a pesar de vuestra indumentaria hecha jirones, forma parte de La Clave —lo miró de arriba abajo con la marca del desconocimiento en sus ojos — Eres aquel miembro de apoyo procedente de Alemania... ¿me equivoco? Lo seas o no, identifíquese —dijo con voz queda y con su mirada gélida clavada en la de Nikolaus — Y ya después, iniciaremos la marcha hacia el instituto — esas últimas palabras provocaron en la rubia cierto suspiro de alivio, "instituto" aquel lugar que antes despreciaba y que evitaba en la medida de lo posible, en esos momentos le parecía la mejor de las opciones. Pero para eso, habría que hablar y aquello le parecía aterrador a la muchacha, temía ponerse nerviosa y dejarse en evidencia... así que trató de ganar tiempo.

Estamos muy fatigados como para responderle ahora mismo, Señor Hallan. Podríamos marchar al instituto y una vez allí... — Su voz se cortó ante el repentino "no" del miembro de La Clave, el cual no parecía que fuese a cambiar de idea.



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Re: La culminación del odio [Nikolaus A. Ullrich]

Mensaje— por Invitado el Vie Oct 17, 2014 9:48 am



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→ martes → 23:32 → Afueras → Cálido  


Si había algo que había aprendido, era el no hacer promesas: el no plantar falsas esperanzas en las mentes ajenas, sabiendo que cumplir semejantes condiciones no sería posible para él. Todos sus días tenían la característica implícita de que podían ser los últimos, y por ello intentaba disfrutarlos lo más posible: planes a largo plazo era algo que estaba fuera de su metodología. Y aún así, y pese a todo lo que había aprendido a lo largo de su vida y de las experiencias que había tenido, seguía prometiendo como si la vida se le fuese en ello. Prometía volver. ¿Volvería acaso del infierno, si éste venía a reclamarlo finalmente? No creía hubiese un espacio en el Cielo para alguien con las manos tan manchadas; rehuiría de la Parca lo que más pudiese, pero a todos les llegaba la hora. No sabía hasta cuándo podría evitar su visita; se dignaba, incluso en el umbral de su propio destino, a mantener la cabeza en alto. Siempre lo había hecho, y no pensaba cambiar.

Incluso cuando la realidad que veían sus ojos era tan triste, no podía darse el lujo de dejarse llevar por emociones; irónico de aquel que los había llevado como su más grande emblema, ahora tenía que hacerlos un lado para golpear con fría precisión los huesos ajenos. Lo había analizado en una milésima de segundo, como quien ve su propia vida pasar por sus ojos segundos antes de perecer: era él o ellos. Nikolaus podía golpear solo para herir y reducir; la bestia, en cambio, los mataría. La decisión era obvia y, aunque lamentaba haber llegado a eso, no se arrepentía.

Los golpes eran rápidos y contundentes; movimientos estudiados y practicados que pronto redujeron al enemigo a un cuerpo inerte, a un licántropo desmayado por su propio dolor. En un combate real, caer significaba morir; un demonio aprovecharía cada instante para destruir tanto su cuerpo como su alma. La bestia no era un guerrero entrenado, era tan solo un licántropo cegado por su propia ira, consumido por el odio y la idea de venganza. Los aullidos que sus oídos percibían de fondo, acercándose cada vez más a ellos, le hacía notar que no era el único con aquella penosa visión. Las neuronas volvieron a funcionar, y el resultado fue otro: ya no podía pelear. Debía huir. Cargó a Adeline como pudo, usando al máximo aquellas runas que ardían con fiereza en su piel, y escapó. No tenía la más remota idea de hacia dónde estaba huyendo, pero cualquier lugar era mejor que ese.

No pudo evitar sonreír con cierto deje de inocencia, como si el comentario de ella hubiese sido una de esas cosas que simplemente no habría esperado escuchar en una persecución de vida o muerte.

Tengo las runas —habló entre zancadas, entre bocanadas de aire y exhalaciones apuradas. No podía darse el lujo de hablar en demasía—. Pero no sé cuanto aguantarán en mí. Ponte las tuyas.

Su plan era simple: la llevaría hasta donde sus pies alcanzasen, hasta donde las runas se lo permitiesen, y luego la dejaría correr a ella sola, impulsada por las runas frescas en su piel. ¿Él? Debía hacer tiempo. Necesitaba refuerzos, que deseaba estuviesen en camino. Podía combatirlos, pero no estaba en condiciones de vencer; empezar una riña era simplemente apostar a perder. Su única alternativa era correr, pero sus piernas tampoco estaban ya aptas para ello. ¿Qué le quedaba ser? Carnada.

Adeline los defendía a ambos de la embestida del enemigo, que se aproximaba a toda marcha por sobre el hombro de Nikolaus, pero estaba seguro algún día se le acabarían los golpes de suerte. Tan solo necesitaban uno más, tan solo un último golpe de suerte que los sacase de la situación. En cuanto recibió la señal, atinó a soltarla, pero a medio camino tuvo que cortar el movimiento ante el alarmante comentario de la muchacha que lo urgía a esperar; él mismo soltó un quejido, volviendo a sostenerla. Esos movimientos no le hacían bien a sus músculos.

¿Ya? ¿Estás lista? —se aseguró, una vez recibió el segundo aviso, que parecía ser el definitivo.

Cuando por fin la soltó, logró ver las finas puntas de plata asomarse de entre las sombras, iluminar con su níveo brillo las calles y surcar el aire en defensa de sus compañeros. Adeline ya corría a su par, pero pronto le adelantaría: él ya no tenía runas de velocidad. Tan solo le quedaba hacer una cosa.

Su cuerpo paró la marcha en un único movimiento, dándose media vuelta para encarar al enemigo, cuchillo en mano. Dos nefilims aparecieron por sus costados, no sabía si para ayudarle en la batalla o para socorrerlo a él. Las bestias gruñeron y se quejaron, aún sedientas de sangre, pero no prosiguieron. La batalla había terminado por fin, y ambos estaban vivos. No sanos, pero vivos. Era lo que importaba.

Guardó el cuchillo con una mano, y con la otra se dedicó a agradecer a los nefilims que habían venido en su rescate, pero declinando la desesperada ayuda que le querían dar.

Estoy bien, no se preocupen por mí —atinó a decir, sacando su propia estela, y garabateando algunas runas en sus brazos sangrantes, que habían ya manchado casi la totalidad de sus mangas—. Que suerte han llegado —hubiese dicho más, pero estaba exhausto. Les regaló una sonrisa sincera y despreocupada a cada uno, totalmente agradecida por la ayuda. Era lo único que podía hacer.

Caminó hacia Adeline, que era, según lo que escuchaba, interrogada por un sujeto desconocido, un camarada de la Clave que no parecía estar en el mejor de los humores: hasta él, que acaba de salir de una persecución infernal, luego de estar huyendo gran parte de la noche, tenía mejor cara que él.

Nuestra indumentaria no es un traje de gala, es para el combate —empezó, tomando participación en cuanto le hablaron, haciendo una sutil crítica a él que, con su pulcro traje de la Clave, le decía que no había visto acción desde hacía ya bastante tiempo—. Que esté hecha jirones significa que le di buen uso —exclamó, esbozando una sonrisa inocente y levantando ambos brazos, mostrándole aquellas finas líneas trazadas por las garras del lobo en sus mangas. Si se fijaba bien, incluso podría ver su piel expuesta, los finos ríos de sangre todavía corriendo libres, incluso aunque se hubiese puesto las runas—. Nikolaus Anton Ullrich, cabeza del Instituto de Frankfurt am Main, Enclave alemán —dijo, dándole la mano por pura formalidad. Se había tomado la delicadeza de limpiarla antes, por supuesto.

No estaba haciendo alarde de su posición, que al fin y al cabo no valía de nada en América, pero ya no debía de caber duda sobre su procedencia o identidad. Había dado ya suficientes datos sobre sí mismos como para que dudasen de él.

La señorita Geller y yo hemos pasado por mucho esta noche —dijo, usando el tono formal que caracterizaba las situaciones de negociación, persuasión o simple diplomacia—. Yo responderé por ella ante absolutamente todo lo que ha sucedido esta noche. La Clave tendrá la información que sea necesaria, pero eso será después de llegar al instituto —miró a Adeline, para que entendiese que no habría de preocuparse por nada, pues él tomaría las riendas del asunto— A menos que considere, señor Hallan, que un pedazo de información vale más que la salud y la seguridad de sus camaradas Nefilims. He de recordarle que hay manadas de licántropos aquí que no están precisamente felices de vernos. —finalizó.

Tenía que jugar sus cartas, era ahora o nunca: debía de ponerlo en una posición donde, sin importar qué opción eligiese, quedase mal parado; ponerse a sí mismo en una posición de ganar o ganar. Así era la política: si él elegía quedarse e interrogarlos, no solo los pondría en peligro a todos por estar al aire libre, de noche y con lobos dando vueltas, sino que descuidaría la salud de dos heridos por el simple hecho de seguir el protocolo. La segunda opción era acceder a las demandas de ambos, cosa que tampoco parecía iba a hacerle muy feliz.

El hombre, bufando y claramente enojado por aquel desafío a su autoridad, dio media vuelta y emprendió la marcha, los nefilims que había traído consigo siguiéndolo timidamente desde atrás. Esa clase de hombre no imponía respeto a través del ejemplo, lo hacía a través del miedo. Gente como esa no merecía ser miembro de la Clave, pensó en sus adentros; por afuera, se veía claramente el disgusto que tenía hacia su persona, hacia la impresión que le había dado. Se puso a la par de Adeline.

¿Estás bien? —preguntó, acercándose en un sutil movimiento a ella, para hablarle en un susurro todavía caminando, disimulando su accionar como si estuviese inspeccionando una herida en su brazo—. Te van a preguntar qué ha pasado. No digas nada, niega todo. Deja me encargue yo del asunto —sonrió para sí con confianza y se alejó nuevamente, dándole el espacio que habría de necesitar a esas alturas de la noche— Todo terminó —exclamó, volviendo al tono normal, casi despreocupado, aunque exhausto—. Es una linda noche, después de todo. —murmuró, mirando distraído la Luna.

Mirar la Luna de vez en cuando le hacía recordar que, sin importar qué tan mal la hubiese pasado, cuánto hubiese sufrido o cuántos golpes hubiese recibido, todavía estaba vivo; todavía respiraba, podía apreciar las bellezas que la naturaleza postraba ante sus ojos como un orbe distante, bello, que lo iluminaba incluso en la penumbra. La Luna le recordaba que todo era pasajero, que debía de apreciar las cosas buenas, incluso de los momentos más funestos. Había muerto una vampiro y habían sido atacados por licántropos; había huído, habían luchado, habían sangrado, pero la Luna seguía allí fuera, arriba, blanca y brillante. El mundo seguía, y seguían con él. Otros no tenían tanta suerte. Suspiró, exhalando cansancio puro. Dentro de todo, aquello había salido bien. Tan solo restaba llegar al instituto y darle un fin a todos esos nervios acumulados con una buena dosis de sueño, bien merecida debía agregar.

La estructura del Instituto se alzaba ya en el panorama; estaban llegando. Las calles se hacían más angostas y más pobladas, la civilización apareciendo poco a poco a su alrededor. Veía tan cercano su refugio, que casi se imaginaba una cama donde poder postrar su cansado cuerpo y darle lo que quedaba de noche en recompensa por sus esfuerzos. Miró a los demás nefilims que, si bien no tan cansados, estaban igual de felices de volver a casa, o a lo más cercano que tenían a un hogar.

Ya todo terminó —repitió, inconsciente— Ya llegamos.
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La culminación del odio
→ martes→ 23:41 → Afueras → Cálido  


Adeline seguía tensa ante la presencia del tosco miembro de La Clave que les hizo un interrogatorio que no venía a cuento en esas circunstancias pues los dos aún se encontraban agotados e incluso heridos aunque las runas ya habían ido calmando sus dolencias. Los ojos verdes de la muchacha continuaban clavados en los oscuros del severo hombre escuchando y aguantando aquella reprimenda que se ocultaba detrás de aquel protocolo. Una vez más sintió un incremento notable en el odio que sentía hacia su padre al comprobar que ya le había hablado de ella, de sus faltas y salidas; cosa que no era de extrañar después de lo sucedido hacía un tiempo en el que descubrió el bloc, y con ello su relación con el licántropo. La muchacha se esperaba lo peor, sentía que su cuerpo temblaba por lo que trataba de ocultarlo en medida de lo posible, o al menos disimularlo, ejerciendo algo de fuerza en sus músculos— prefería que la viesen tensa antes que temblorosa como un flan...—.

Le dio un vuelco el corazón al oírle decir sobre las dos avisos telefónicos que se realizaron, entre ellos, el de la recogida del cuerpo de Aileen. Instintivamente miró de reojo a Nikolaus, el cual ahora se había convertido en el siguiente objetivo de otro miembro de La Clave, pero el alemán le respondió con seguridad y sin titubear, nada sorprendente después de toda la experiencia y vivencias que debía cargar sobre sus hombros.  Pero también lo hizo con una critica que por la cara que puso el nephilim pareció clavársele en el pecho como si se tratase de un puñal; estrechó la mirada y arrugó la nariz y el labio inferior con desagrado, con dolor, pero no pudo responder a Nikolaus porque tenía toda la razón. Cuando se dieron el apretón de manos, el rubio pudo notar como ejercía bastante fuerza, sin conocerse si era debido a una costumbre suya o por el enfado que parecía retorcerle las entrañas. Era lo malo de tener un exceso de orgullo.  

Buen trabajo, señor Ullrich —dijo de manera automática, manteniendo todavía aquella frialdad que le iba caracterizando cada vez más. Seguramente haber reconocido de esa forma el trabajo del alemán después de su respuesta le había resultado una buena patada en la entrepierna de su ego pero no tenía otra cosa que hacer que aguantarse. Disimulaba su situación desviando la mirada el resto de los nephilims que se encontraban a su mando y que se volvieron a posicionar tras él.

Cuando llegó el momento de las explicaciones, Nikolaus toreó con éxito tal posibilidad dando como excusa lógica el estado en el que se encontraban tras haber sufrido el ataque de un licántropo fuera de control, y además la persecución de sus semejantes. También se ofreció para ser él el que respondiese por ella en todo, cosa por lo que Adeline se girase hacia él con un gesto emocionado que tuvo que reprimir, ya que delante del otro nephilim no podía dejarse llevar como lo había estado haciendo hasta hacía poco, pero sí que le pudo dedicar una mirada cargada de gratitud.

Hallan iba a replicarle en seguida para negarle tal sugerencia hasta que el rubio continuó hablando, poniéndole en una situación delicada al hacerle entender que no era la ocasión por el estado de salud en el que se encontraban. El hombre carraspeó y asintió con la cabeza, pero su mirada delataba que ya no solo estaba disgustado, sino más bien encolerizado pero sabía muy bien como controlar sus emociones.

Está bien, y lo hará con todo tipo de detalles, señor Ullrich, sin ningún tipo de "olvido" —dijo con el ceño fruncido — aunque no comprendo el motivo por el que ella no pueda responder, resulta bastante sospechoso— y tras eso lanzo un chasquido de lengua, girándose y dejándolos solos para encabezar la marcha hacia el instituto. Algunos de los nephilims se volvían hacia atrás para mirar con curiosidad a aquel que había logrado irritar al impasible Hallan.

A unos escasos metros de distancia, Adeline y Nikolaus le seguían. La muchacha en esos momentos parecía estar más anonadada por la intervención de su compañero que por todo lo que había ocurrido con los licántropos a decir verdad. En cuanto le preguntó por su estado, ésta se volvió mirándolo con esa misma expresión en el rostro.

Sssssss...ssss...sí — siseó un poco hasta que logró recomponerse, pero mantenía un poco la cabeza agachada, tímida porque encima de todo lo que ya había hecho por ella, aún continuaba salvándole el trasero. Ella levantó un poco el brazo para seguirle ese disimulo para que Hallan no se diese cuenta que estaban susurrando, a pesar de que él estaba tan enfurruñado que prefería seguir mirando al frente en su caminar.

Nikolaus le volvía a repetir para que quedase bien claro que él se encargaría de todo, por lo que ella tenía que callar ante cualquier pregunta que le formulasen. La muchacha asentía con la cabeza, notando como la emoción amenazaba con hacerla llorar una vez más. ¡Tenía que evitarlo! Primero para evitar que todo lo que ocurría pareciese aún más sospechoso, y segundo porque... porque no había más pañuelos; pero era tan difícil... estaba tan agradecida y se sentía tan arropada por él, que necesitaba exteriorizarlo con lágrimas que de poder saborearlas sabrían a gratitud.  

Gracias, de verdad, gracias... Prometo que todo lo que estas haciendo por mi no será en vano. Mi vida tal y como la percibía ha dado un giro de ciento ochenta grados — prometí, porque sí, porque Adeline estaba decidida a cumplir esa promesa que más que a él, iba dirigida a sí misma. Le dedicó una bonita sonrisa, junto con un especial brillar en su mirada —. Sí, una preciosa noche... y todas las que están por llegar...

A medida que se iban aproximando, los nephilims iban apresurando el paso como si el  regresar al instituto fuese su más ansiado anhelo, y aunque pareciese mentira... Adeline lo deseaba esa noche más que nunca; nunca antes hubiera pensado que le apetecería tanto adentrarse en su habitación, darse una relajante ducha y dormir, dormir hasta que su padre a la mañana siguiente la despertase para entrenar.

Atravesaron la enorme verja que les abría paso hasta la puerta principal del enorme instituto, sus hojas se abrieron con un pequeño quejido dándoles la posibilidad de atravesar el umbral y adentrarse en el amplio pasillo del interior del edificio.

A primera hora de mañana le quiero en mi oficina, señor Ullrich — resonó con rudeza al voz de Hallan la cual se iba perdiendo por todo el pasillo pues no se detuvo para despedirse de ninguno de los nephilims. Adeline si que lo hizo pero frente a su puerta y jaló suavemente de la manga de la destrozada gabardina de Nikolaus.

Yo me quedo aquí, creo que esta noche dormiré en cuanto me tumbe en la cama y cierre los ojos —dio un pequeño suspiro y lo volvió a mirar con algo de apuro porque continuaba sintiéndose un poco mal por toda la responsabilidad que recaía sobre los hombros de su compañero, toda la de ella en realidad — Espero poderle volverle a ver antes de su marcha, Nikolaus, dos semanas dan para mucho, pero si no es posible espero que cuando regrese, y recuerde... me prometió una postal — le sonrió tímidamente antes de recibir su despedida y perderse tras la puerta de su habitación.

No sabía con exactitud qué pasaría al día siguiente; si Nikolaus conseguiría calmar la sed de información de Hallan, si su padre le recriminaría y exigiría algún tipo de explicación de lo ocurrido pues seguramente le informarían de lo ocurrido... daba igual, esa noche daba igual porque iba a poder descansar por fin con una motivación, con una finalidad, la de conseguir ser feliz en el mundo de las sombras.



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Re: La culminación del odio [Nikolaus A. Ullrich]

Mensaje— por Invitado el Mar Nov 18, 2014 7:26 am



La culminación del odio
→ martes → 23:50 → Afueras → Cálido  

No le interesaba discutir: era apenas un mero gasto de energía que podría bien aprovecharse en algo más útil, en vez de simples trivialidades que simplemente no llevaban a ninguna parte; pero vaya que sabía ganar argumentos. Su vida había sido erigida bajo unos sólidos preceptos y conceptos de persuasión y análisis: dotado de una lengua como la suya, no había hecho en la Tierra que pudiese dejarlo sin palabras. Sintió el odio surgir por los poros de hombre, el disgusto ante el desafío: era hora de que los hombres de la Clave, sus hermanos, compañeros y amigos, entendiesen que no eran Dios; que no tenían autoridad para exigir, sino para recomendar y aconsejar. Esa era la única manera de llevar un cambio; no el respeto por el miedo, sino por el ejemplo. Le molestaba hubiese gente tan tosca como para molestarse por la verdad, pero supuso aquello era un tema a discutir en otra ocasión.

El hombre le apretó la mano, y el alemán respondió con aún más fuerza, ayudado por aquel último fogón de las runas que ahora desaparecían de su cuerpo, dejando aquel tenue brillo sobre su oscura y mugrienta piel, llena de polvo, tierra y sangre. El respeto era algo que no podía perderse: no estaba en sus costumbres dejarse pisotear o intimidar. Si bien no estaba feliz de tener que hacer demostraciones de fuerza, estaba claro que estaba al mismo nivel que el hombre, o incluso más.

Asintió, frívolo: aquel odio que escupía en forma de palabras no era suficiente como para romper la coraza que había erigido en su interior. Pocas personas lo habían logrado a lo largo de los años; y si bien aún juntaba algunos pedazos de sí mismo, incluso cuando tantas lunas habían pasado y tantas noches habían sido malgastadas en vela pensando en los "¿Y si...?", no podía permitir el sufrir por el odio ajeno.

La señorita Geller está bajo mi responsabilidad y protección desde ahora hasta que me vaya; lo mismo corre para todos los Nefilims del instituto —dijo, aún sin moverse de su posición, los ojos clavados con firmeza en los ajenos—. Incluyéndolo a usted. Por lo mismo, me hago responsable de todo lo concerniente a ella. Para bien o para mal, tendrá que aguantarme unas semanas con esta política, señor Hallan. Le daré toda la información que consiga durante ese período, descuide. —finalizó. No lo estaba desafiando, tan solo... bueno, sí, lo desafiaba.

Esbozó una pequeña sonrisa satisfecha en cuando emprendieron la marcha: tan cerca, estaban tan cerca que casi podía sentir las frías sabanas del Instituto, la suave cama donde reposar su cansado cuerpo. Apretó los ojos ante la idea del enorme papeleo que ya veía avecinándose, apareciendo en el horizonte en montañas de cuestionarios e intrincados interrogatorios. Supuso que era el precio que tenía que pagar por proteger a sus hermanos: un precio que estaba más que dispuesto a pagar, incluso aunque la carga hiciese mella en él de vez en cuando, incluso cuando los años le pesasen más de la cuenta por el estrés.

Se aproximó a Adeline; necesitaba saber si estaba bien, y necesitaba conspirar con ella: se estaba haciendo responsable de todo lo ocurrido aquella noche, y ni siquiera él tenía claro cuál había sido el motivo del encuentro con el vampiro. Tenía sus dudas y sus teorías, pero no podían andarse contradiciendo entre ellos a la hora de declarar.

Cuando la escuchó hablar, sonrió. Aquella era la razón por la que todo el sacrificio que había hecho valiese la pena: la razón por la que toda su vida tenía sentido: proteger a los suyos, ayudarlos a buscar su propio camino en la vida, alejarlos del mal y hacerles ver otro mundo. Él mismo había escapado de aquel Infierno, incluso aunque los demonios aún rondasen las esquinas y le sonriesen en la oscuridad; no quería nadie más tuviese que pasar por lo mismo. No dijo nada, pues no había nada más que decir. La Luna y su esplendor níveo en el cielo lo decían todo.

Se abrió paso, pasando con delicadeza a través de la verja que separaba el territorio exterior del lugar donde podía sentirse seguro, ese pequeño pedazo de tierra que podía considerar su hogar: un hogar que estaba repartido en todo el mundo, un lugar donde podía estar a salvo, refugiarse en caso de necesidad, donde podía encontrar aliados dispuestos a ayudarle y a recibir su ayuda.

Asintió, por instinto, ante la voz del señor Hallan, resonando en un largo pasillo que se perdía en el horizonte, fuera de su vista y su interés. Estaba más que dispuesto a solucionar aquel asunto a la mañana siguiente: tan solo quería descansar. Su huesos lo pedían, su mente lo urgía. Detrás de aquella sonrisa exterior se escondía el jadeo, y debajo de aquellos ojos comprensivos las sombras de noches poco caritativas, de falta de sueño y cansancio extremo. Ojeras que, obviamente, presentaba ya en esa ocasión.

Comenzó a caminar, viendo dónde podría arrojar su cuerpo; un pequeño tirón lo alertó, lo llevó a pararse en el lugar y volver la cabeza.

No puedo prometer nada, pero tendrás la postal, eso es seguro —sonrió, gesticulando a pesar de su extremo cansancio, sus facciones aliviándose para evitar esfuerzo. Extendió su mano hacia ella, para estrecharla, como si fuese la presentación formal que nunca tuvieron, o en este caso, la despedida—. Pese a todo, fue un gusto conocerla, Adeline. Descansa, buenas noches. —saludó, y volviendo sobre sus pasos, recorrió el pasillo hacia la habitación que le correspondía.

Arrastró su cuerpo el último tramo; tuvo que llevar su espíritu a cuestas. Estaba exhausto, cansado como hacía tiempo no se cansaba: todavía tenía los sentimientos cruzados, todo el estrés acumulado por tantas situaciones que había tenido que vivir en el mismo día: había luchado, había herido y sido herido, había discutido y se había hecho cargo de todavía más responsabilidades de las que tenía, como si éstas no fuesen ya suficiente para quebrar a un hombre. Entró a su habitación, y quitándose todas las dagas menos una de su cinturón, se tiró sobre su cama, mirando el techo. Recordó toda la situación vivida, y en una última reflexión, sonrió.

Había logrado cambiar la perspectiva de una muchacha. ¿Podría acaso hacer lo mismo con todo el Instituto? ¿Podría llevar aquel cambio a toda la Clave, a todos los nefilims en el mundo? La idea le hizo sonreír. Y con esa sonrisa se durmió, con el sueño de traer un cambio, de llevar luz al mundo de las sombras.
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