10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


27/02 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que la limpieza de este mes de febrero se realizará entre los días 02 y 03 de marzo, para que tengáis tiempo de poneros al día. Así mismo, estimaremos que las noticias del mes saldrán esta misma semana, aunque sabemos que ya vamos con imperdonable retraso. ¡Perdón por las molestias y gracias por vuestra atención!


07/01 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que hemos recuperado el dominio del foro satisfactoriamente, de modo que podéis volver a utilizar la dirección anterior, www.cazadoresdesombras-rpg.com, sin ningún problema. Por otro lado, hoy se han realizado las limpiezas del foro. ¡Sigamos trabajando y pasándolo bien como hasta ahora, y perdón de nuevo por las molestias!


02/01 - ¡¡Feliz año nuevo a todo el mundo!! Con motivo de la llegada del ansiado 2017, hemos decidido daros un pequeño regalito. Si miráis en vuestra reserva de reliquias... ¡veréis que han aumentado considerablemente! Es un premio a todos los usuarios que se registraron antes del 01 del 01 por vuestro apoyo ^^Recordaros, además, que las limpiezas se realizarán al final de esta semana. ¡Apurad los últimos post para no perder vuestro color!


25/12 - ¡Por fin se ha abierto el panel de inscripción para moderadoras/es! ¡Apuntáos cuanto antes! Además, administración quiere dejar constancia de que, con motivo de las fiestas, la nueva limpieza por inactividad se realizará entre los días 03 y 04 de enero. ¡¡De nuevo, Felices Fiestas, submundis!!


19/12 - ¡Las noticias de final de 2016 están recién sacaditas del horno! ¡Felices fiestas!


04/10 - ¡Aquí llegan el inicio oficial de la Trama Global! Seguid este caminito de baldosas amarillas para saber dónde están vuestros temas, quiénes participan y decidir en cual entrar. ¡Esperamos que lo disfrutéis mucho!


06/09 - ¡Aquí llegan los cambios en la ambientación y la trama y las noticias de agosto y septiembre! No dejéis de leerlas, porque dentro hay muchos cambios importantes.


31 # 39
22
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My body tells me no but I won't quit ♔ Uriah Pellegrino

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My body tells me no but I won't quit ♔ Uriah Pellegrino

Mensaje— por Invitado el Lun Feb 16, 2015 6:25 pm

My body tells me no but I won't quit



♔ VIERNES ♔ EDIFICIO ABANDONADO ♔ FRÍO ♔
CON URIAH PELLEGRINO
No siempre resultaba agradable para la vampiresa el hecho de tener la condición de la misma. Muchas noches, en lo que había podido encontrar como un letargo lo más parecido al sueño humano que había podido, la sed la atacaba como si de una serpiente venenosa se trataba, clavando sus afilados colmillos y transmitiéndole la ponzoña a su cuerpo pequeño, enclenque y, aparentemente, frágil. Era entonces cuando sus orbes se abrían con rapidez, teñidos completamente de un color negruzco, y sentía la feroz garra de la sed y del hambre trepando por su garganta. En mitad de la noche, exactamente a las dos y media de la mañana, la francesa se vio obligada a levantarse del sofá mientras veía una serie de televisión que se sabía perfectamente de memoria. Tras ir a la habitación que ejercía de guardarropa y ponerse algo cómodo para ir a cazar, la vampiresa salió de su enorme mansión cerrando la puerta tras de sí con furia.

Odiaba notar ésa sensación de necesitar la sangre para poder seguir existiendo. Odiaba percibir casi palpablemente cómo perdía el control sobre sí misma y, finalmente, se deshacía en una especie de monstruo devora-almas que bebía y bebía del líquido de la vida como si no hubiese un mañana. En apariencia, una muchacha inocente que no tenía nada contra el mundo; pero por dentro, un terrible y asqueroso monstruo que se alimentaba de las almas más inocentes que podía encontrar, hasta dejarlas sin un soplo de aire fresco que pudiesen tomar para aferrarse a la vida. Éstas eran las cavilaciones que pasaban por la mente de Layla mientras se dirigía, veloz, moviendo las piernas cada vez más deprisa, hacia lo más profundo y oscuro del bosque. No podía ver nada con claridad, todo estaba oscuro como un sótano abandonado, pero sí podía sentir. Podía notar sus miembros, totalmente agarrotados, engañitados, como si de repente un virus de mármol se hubiese apoderado de ellos y fuesen completamente irrompibles. Sus piernas, frágiles en apariencia, pequeñas y menudas, tomaron una velocidad sobrehumana con la que sortearon diversos obstáculos como algún que otro árbol caído. Podía notar el corazón salvaje de aquel jabalí corriendo hacia ella, sin saber que ella en realidad representaba el mismísimo peligro encarnado. El animal, con los colmillos preparados para embestirla, no dudó en atacarla, y la misma no dudó en atacarle a él.

Saciar su sed no podía describirse con palabras. Su cavidad bucal se llenaba con el plasma rojizo, dejando un reguero de la misma cayendo por sus comisuras. Todos sus objetivos de finura y lindezas habían desaparecido. El animal salvaje se había apoderado de Layla y tragaba y tragaba litros de sangre hasta que, finalmente, borracha y hastía de la misma, se echó hacia atrás. Sus ojos recuperaban el color azul transparente que habituaban, sus labios se endurecieron mientras observaba con horror la bizarra imagen que ofrecían a sus orbes. Sí. Aquel fiero animal, de duras carnes y árido pelaje acababa de ser asesinado con sus propias manos; las cuales, teñidas de un líquido carmesí, temblequeaban, asustadas.

Y ése era el motivo de que la pequeña vampiresa se encontrase en el edifico abandonado, en la planta más alta, sentada en el suelo, con las rodillas en el pecho. Ya no le importaba mancharse la ropa con el plasma de los animales, sólo se había molestado en limpiarse los labios y la cara de los mismos. Cualquier persona que apareciese allí en aquel preciso instante pensaría que Layla habría sido atacada por una manada de adolescentes radicales. Pero no era así. La francesa se abrazaba las piernas, sintiéndose más indefensa que nunca, mientras miraba a la nada. El edificio vacío se veía alumbrado únicamente por las luces del exterior de las farolas, y por algún que otro rayo plateado de la Luna, que brillaba arriba en sustitución al abrasador Sol. Se negaba a pensar. Quería apartar de su cabeza cualquier pensamiento fatalista, pero aquella noche, precisamente aquella noche, la fiera corteza de Layla había quedado reducida a cenizas, y se sentía tan desprotegida que podía notar cómo se regeneraba su mortalidad. Aunque en realidad no fuese así. Aunque en realidad, por dentro estuviese tan muerta, que por muy hueca que pudiese sentirse, ya no pudiese sentir nada más.

Endureció los labios. Una gota de agua salada se derramó por su mejilla, a la que acompañó, seguidamente, otra más.



Última edición por Layla M. Bourgeois el Sáb Mar 21, 2015 6:34 am, editado 1 vez
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MY BODY TELLS ME NO BUT I WON'T QUIT
→ Viernes → Edificio abandonado → Frío

Uriah cerró los ojos mientras sentía el frescor de la noche rozándole el rostro con una caricia suave. De cuclillas sobre el borde de un edificio, observaba la ciudad con silencioso pasmo, sumido en sus propias reflexiones, banales e inocuas, propias de alguien que no tiene nada importante en lo que pensar. O en realidad sí, pero que ha preferido, simplemente, no hacerlo, como era el caso del joven nefilim. Su mente viajaba a toda velocidad, al igual que sus ojos, analizando a la gente que podía percibir desde donde estaba; en realidad no eran más que puntos de luz demasiado brillantes para alguien como él, pecador, hacinado en la sombra y condenado de por vida a luchar contra la propia oscuridad.

Esa idea le hizo sacudir la cabeza, porque se le había escapado de forma sutil de entre sus mecánicos pensamientos. No obstante, tampoco le costó demasiado reprimirla. Estaba tan acostumbrado a hacerlo que realmente no fue algo que le  hubiese impactado pensar. Simplemente era incorrecto determinarse a sí mismo como un ente oscuro, cuando evidentemente se trataba de la manifestación más brillante de luz emitida por los ángeles. Su sangre en las venas lo decía, ¿verdad?

Sonrió mecánicamente, con los brazos lánguidos frente a sus rodillas. Sentía sus cuchillos serafines a ambos costados, vibrando suavemente, cantando para él, como todas las noches que pasaba en vela observando al mundo que le rodeaba. Los humanos eran como hormigas, ignorantes de que fuerzas muy superiores a ellos, fuerzas que de verdad decidían su destino, estaban sobre ellos. Bajo ellos. O entre ellos.

Una vez se hubo cerciorado de que no encontraría problemas en esa localización, se deslizó hacia el suelo como un gato, prácticamente, mezclándose con los mundanos y subterráneos que pasaban a su alrededor. Era tan fácil. Tan rematadamente sencillo. Podía entender que los hijos de Lilith, que los vampiros, los lobos y las hadas pudiesen hacerse pasar por sus congéneres, porque nadie te miraba demasiado en aquella ciudad. Iban a lo suyo, siguiendo su propia estela, su propio camino, sin desviarse jamás. Qué simple era empezar a moverse junto a ellos sin que siquiera pensasen que su acompañante podía ser su salvador o su verdugo. Pero si no tenían cuidado de protegerse de ellos mismos, ¿cómo iban a hacerlo de los que no lo eran?

Sus pasos le condujeron por el sector que le correspondía visitar esa noche. No encontró nada fuera de lo normal; siquiera un hada que espantar o un vampiro al que obligar a abandonar la caza de mundanos. Lo relativamente tranquilo que se encontraba todo debía de alegrarle, mas solamente le inquietaba. Él quería trabajar, acción, persecución, no una aburrida noche de simple calma y observación. Resignado a permanecer sin un poco de movimiento, decidió regresar al punto inicial para hacer de nuevo todo el recorrido, esperando encontrarse con algo que le hiciese sentir la adrenalina recorriendo su cuerpo. Tampoco era como si disfrutase realmente con la caza, pero al menos le permitía sentirse útil.

Censura.

No. Él, un hijo de ángel, siempre era útil. Si cazaba era porque era su deber. Algo que le permitiese llevar a cabo su obligación.

Y entonces la vio.

El cuerpo menudo de una vampiresa que corría hacia un edificio abandonado que estaba a su derecha. La siguió con sus ojos oscuros, con esa sonrisa artificial siempre perenne en su rostro, y caminó lentamente hacia donde estaba, pues había visto claramente gracias a la luz de la luna que sobre su piel blanca había sangre. Sangre fresca. Y eso sólo podía significar, en su mente, que alguien había muerto para saciarle.

Fue silenciosamente tras sus pasos. Silencio. Resultaba fácil porque ella no había hecho absolutamente nada para esconderse. Subió las escaleras son con sigilo y se asomó por el hueco de la entrada con la puerta tirada junto a la pared; probablemente hacía mucho tiempo que nadie la utilizaba. Como una sombra, desenfundó su cuchillo serafín con cuidado, dispuesto a dar el primer golpe, pues no podía permitirse el lujo de dejarle pensar.

Y entonces la vio.

Una lágrima.

Fue como si se produjese un cortocircuito en su cabeza, pues nunca había visto llorar a un subterráneo de arrepentimiento. Claro que nunca había tratado con ninguno más allá de la simple caza, pero realmente no había esperado encontrar algo así, pues para él, el dolor, el llanto, era algo meramente humano. Algo que sólo las criaturas creadas por Dios podían hacer. ¿Cómo era posible que una hija de Lucifer pudiese sentir algo que no fuese, simplemente, sed?

Demasiado impresionado por lo que acababa de ver, guardó el arma. No permitió que la fascinación surgiese de debajo del muro que había creado, y sin embargo, estaba latente ahí debajo. Con el rostro cubierto por la capucha de la sudadera que llevaba bajo la gabardina, podría haberse adentrado para hablar con ella sin que le reconociese. Sin embargo, a pesar de que no había sido precisamente su deseo hoy, decidió observarla, como siempre que se encontraba con alguna anormalidad que se salía de sus esquemas. Como había sucedido con esa chica, Stella, meses antes. De modo que permaneció en la puerta, expectante.


Última edición por Uriah Pellegrino el Miér Mar 25, 2015 3:58 pm, editado 2 veces


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Re: My body tells me no but I won't quit ♔ Uriah Pellegrino

Mensaje— por Invitado el Mar Mar 03, 2015 4:56 pm

My body tells me no but I won't quit



♔ VIERNES ♔ EDIFICIO ABANDONADO ♔ FRÍO ♔
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Había comenzado a cuestionarse a sí misma si realmente su traslado a Nueva York había supuesto algún tipo de mejora en su vida. Había huido en busca de la verdad, aquella que sus padres le habían ocultado durante tantos cientos de años. Aún conservaba aquellas fotografías en su casa, guardadas en una caja de metal con una pequeña llave que siempre llevaba encima. Aún no había logrado obtener mucha más información sobre ellas, aquel demonio no había vuelto a aparecer para reclamar su pago, y únicamente había dicho que en ésas fotografías, había personas que debían de ser muy importantes para Layla. El demonio parecía haber descendido a los infiernos sin ningún tipo de reparo, dejando a la francesa con la miel en los labios y sin poder hacer mucho más.

Las noches se echaban sobre ella como si un manto de cota de malla se tratase, pesada y fría. Como cada noche, Layla se negaba a permanecer en su castillo de reclusión al que debía llamar casa, y salía a ver qué tipo de diversiones podía encontrarse. Sin embargo, aquella noche no era una de ésas que quisiese salir a que la miraran mientras se enfudaba uno de sus modelitos más llamativos. Aquella noche lo único que quería era, sobre todo, tranquilidad, espacio para sí misma, aunque andase más que sobrada de ello. Y mientras dejaba que las gotas de agua salada se deslizasen por sus mejillas, frías como témpanos de hielo, miró sus manos, cubiertas de sangre que poco a poco se secaba. Debía evitar ésto si quería salir luego de allí sin llamar demasiado la atención y volver a casa sana y salva. Introdujo las manos en los bolsillos de su pantalón y extrajo del mismo un paquete de toallitas húmedas, de las cuales se sirvió para quitar un gran porcentaje de sangre de sus manos. Sin embargo, a pesar de sus sollozos y de sus suspiros, logró escucharlo.

Sus ojos azules relampaguearon en la oscuridad y se quedó quieta, como si de una estatua de mármol se tratase, mientras agudizaba sus oídos. Aunque demasiado disimulados, Layla estaba segura de haber escuchado un paso en aquel lugar imperturbable. Encajó la mandíbula mientras se ponía en pie lentamente. Y antes de que lograse erguirse del todo, allí estaba. Una figura negra en lo que antes hubiese sido una puerta en aquellas ruinas. Se quedó quieta, muy quieta; cualquier movimiento podría jugar en su contra, y un paso en falso podría llevarla a Lucifer sabía dónde. Sus ojos inundados en lágrimas apenas podían distinguir aquella figura, pero si de algo estaba segura era de que se trataba de que un chico. Y de que ése chico no era humano. De lo contrario, se hubiese acercado. Además, su olor era completamente distinto al de los humanos. Olía a frescura, a manantial... a plata. Sintiéndose más indefensa que nunca mientras la figura masculina le observaba, fue entonces cuando se dio cuenta de que ella no era más que la presa y él, el cazador. Y no estaba acostumbrada a enfrentarse a aquel tiempo de situaciones ella sola. Siempre habían ido consigo los matones de sus padres, su mayordomo, sus vigilantes. Y ahora, estaba sola frente al peligro.

Notó cómo sus hombros se cargaban de peso dolorosamente, y sopesó varias ideas dentro de su mente. Aquel tipo de personas –si es que era lo que ella imaginaba que eral– no entendían de palabras con los subterráneos como ella; no lo pensarían dos veces antes de rebanarle el cuello y quemar su cuerpo. El simple hecho de imaginar ésto hizo que a Layla se le escaparan cuatro o cinco lágrimas silenciosas más, mientras permanecía agazapada al lado de los escombros. Pero ambos eran conscientes de que se estaban mirando, en aquella oscuridad únicamente perpetrada por la luz plateada de la Luna.

No lo pensó dos veces. Echó a correr. Sus demasiado torpes piernas no querían obedecerla en aquel instante, por lo que chocó mil veces contra los obstáculos que había por el camino: puertas desenmarcadas, algún que otro bloque de hormigón, troncos de madera apilados y demás. Su torpeza no era más que fruto de su falta de concentración en aquellos instantes en los que el miedo se apoderaba poco a poco de la vampiresa como si de una ponzoña se tratase. Poco a poco se la iba comiendo, y ahora veía la muerte pisándole los talones y susurrándole al oído. La angustia que sentía en aquellos momentos, indescriptible prácticamente, la acompañó hasta que tropezó con un bloque que parecían ser ladrillos, haciéndola caer en el suelo, partiéndose las rodillas estrepitosamente. Profirió un grito de dolor, aún sabiendo que sanarían en cuestión de minutos o incluso segundos, y se quedó allí tendida, mientras las lágrimas habían mojado completamente su rostro. Trató de incorporarse, pero notaba cómo poco a poco la derrota se adueñaba de su cuerpo de forma similar a la que lo había hecho previamente la ansiedad. Notaba cómo ahora le quedaban menos fuerzas que nunca para defenderse. ¿Dónde estaba la Layla espontánea y alegre de siempre?

Papá. Mamá. Lo siento mucho...

Apretó los ojos mientras un nuevo cargamento de lágrimas ahondaban en sus mejillas.



Última edición por Layla M. Bourgeois el Sáb Mar 21, 2015 6:35 am, editado 1 vez
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Observó con atención el reguero húmedo que dejaban las lágrimas al surcar el rostro de la vampiresa poco a poco.

Él no recordaba haber llorado desde hacía muchísimo tiempo, quizás cuando aún era un joven lo suficientemente estúpido como para pensar que podía permitirse tener algún tipo de debilidad. ¡Qué tonto había sido de niño! Las penas, el llanto, no eran más que desafíos a la voluntad de Dios, al destino que había sido elegido para uno mismo. Evidentemente, el de aquella muchacha era el ser un subterráneo, pero sin duda algo le provocaba pesar. Al estar maldita, no obstante, resultaba evidente que era alguien indigno, pero, ¿acaso los malvados no sentían placer por su naturaleza demoníaca? ¿Acaso existía lo que podía provocarle sufrimiento?

Uriah se encontraba desconcertado, reflexionando sobre cosas que nunca antes se había detenido a pensar. Para él, los submundis no eran más que criaturas con sangre maléfica que, si iban en contra de los humanos, debían de ser ajusticiados. Nunca les había odiado, como tampoco les había temido. No existía en su corazón el rencor hacia ellos, como tampoco la compasión o la tristeza por el final de su vida. Para Uriah, era como los exterminadores de insectos. Probablemente no los odiaban ni les deseaban mal, pero alguien tenía que quitarles de en medio cuando eran molestos y ya está. Por eso nunca se había planteado que tuviesen, siquiera, algo parecido a sentimientos, a pesar de su anterior naturaleza humana, como era el caso de la muchacha que estaba cerca de él.

A pesar de estar en parte absorto en sus propias ideas, no se le escapó el cambio en la actitud de ella; el hecho de que todo su cuerpo entró en una tensión considerable, y le sorprendió el pensar que quizás, sólo quizás, le había percibido. ¿Tan descuidado había sido? No podía… ¡Había usado sus runas, toda su habilidad! ¿Acaso era el castigo de Dios por estar dándole vueltas a cosas que realmente no merecían la pena? Sus momentos de reflexión debían de estar dedicados a la caza y los evangelios, no al supuesto sufrimiento de aquellos que estaban en contra de su nombre.

Se mantuvo alerta, y sus sospechas se confirmaron ampliamente cuando salió corriendo en cualquier dirección. Se maldijo. Una jovencita sumida en el llanto había conseguido localizarle a pesar de todo. Evidentemente se había relajado en sus entrenamientos, así que su principal preocupación ahora debía de ser volver a poner a punto sus habilidades. Una vez hubiese perseguido a la muchacha y haberse asegurado de que la sangre que se había limpiado de su cuerpo no era de algún mundano indefenso, claro estaba.

De modo que salió tras su estela, nada difícil de localizar por todo el ruido que estaba haciendo mientras avanzaba, probablemente intentando marcharse lejos de aquel lugar. Sin embargo, en esas condiciones dudaba siquiera que consiguiese trasladarse fuera del edificio. Como corroboró al escuchar el estrepitoso estruendo que causó al caer al suelo, precedido por un espantoso crujido que debió pertenecer a sus rodillas, lo cual comprobó al situarse frente a ella por el ángulo en el que se salían los huesos. No obstante, como era una subterránea, tardaría poco en curarse. Saltó grácilmente el bloque que había provocado su caída pero permaneció fijo en el sitio.

Volvía a llorar.

Frunció el ceño. En esa ocasión debía de ser por el dolor, claro. Alzó los bajos de su gabardina para no aposentarse sobre ellos y tomó asiento sobre los ladrillos, colocando las manos sobre las rodillas y observándola. De haber sido otra época, habría identificado la extraña sensación que le recorría el cuerpo como compasión. Pero Uriah la enmascaró con facilidad detrás de aquella sonrisa artificial mientras las piernas de la joven se curaban poco a poco gracias a su naturaleza.

No debes temer —dijo con voz suave, amable e incluso cálida—. No, al menos, si la sangre que mancha tu cuerpo no es de humana. Entonces puedes sentirse a salvo, muchacha. Aún así, de momento, no te haré nada. No es justicia luchar en desigualdad de condiciones; de modo que, aunque hayas asesinado injustamente a los hijos de Dios, aguardaré hasta que tus heridas hayan sanado para darte muerte.

En boca de alguien normal, quizás aquello no hubiese sonado tan escalofriante, porque probablemente otra persona no habría hablado con esa voz conciliadora y casi agradable de terminar con su vida.

Sólo quizás.


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Re: My body tells me no but I won't quit ♔ Uriah Pellegrino

Mensaje— por Invitado el Vie Mar 13, 2015 11:55 am

My body tells me no but I won't quit



♔ VIERNES ♔ EDIFICIO ABANDONADO ♔ FRÍO ♔
CON URIAH PELLEGRINO
Lejos de sentir terror ante el hijo de Raziel que había sentado frente a ella, esperando pacientemente a que se le curasen las rodillas mientras le dedicaba unas palabras dignas de una ociosa mente psicópata, la rabia se acumulaba en las extremidades de la pequeña vampiresa. Notaba cómo la furia crecía dentro de ella. Se la había encontrado en un momento de vulnerabilidad, por supuesto, pero no quería dejar que ésto sirviese de aliciente para que el Nephilim se regodease en su captura. Si Layla tenía que morir aquella noche, no iba a ser entre sollozos, plegarias y lágrimas, desde luego. Además, era infinitamente superior a aquel cazador desalmado con complejo de pastor cristiano, predicando sobre no sé qué rayos de Dios. Dios no existía. Y, desde luego, si eran ciertas las leyendas acerca de su existencia, debía de estar en un lugar muy lejano ahora mismo. Y aquella especie de niño con complejo de monaguillo había conseguido desencajar a Layla de sus casillas. La francesa no tardó más de dos segundos en ponerse en pie y, notando cómo la ira bullía a borbotones por todo su cuerpo mientras sus heridas se curaban notoriamente, le dedicó una asqueada mirada negra. Sin pretenderlo, había teñido el iris de sus ojos de un color oscuro como la noche más cerrada, y mientras su boca se cerraba en una mueca de asco profundo mezclado con el odio antes mencionado, exhaló las últimas lágrimas que quedaban en sus ojos.

¿De verdad crees que un cazadorzucho como tú va a poder acabar conmigo? – gritó, con la voz aún quebrada por el llanto anterior. Todas aquellas intenciones anteriores que hubiesen podido hacer mella en Layla sobre rendirse de una forma tan sencilla habían desaparecido por arte de magia. No. La vampiresa no había llegado tan lejos como para que ahora un puritano viniese a arrancarle la cabeza. Sería ella quien se la arrancase a él –. ¡Estás muy equivocado! – rugió al tiempo que sus heridas terminaban de sanarse completamente. Ahora estaba recuperada al cien por cien como para librar aquella batalla, si es que podía llamarse allí.

La francesa no dudó un sólo instante: puso pies en polvorosa. Gracias a sus aumentadas capacidades físicas, Layla fue capaz de sortear, ésta vez con éxito, los diferentes obstáculos que había tirados por los suelos de aquellas ruinas. Todo pasaba a una velocidad tan fugaz que algunos detalles pasaban desapercibidos para sentidos como lo era su vista, pero no para sus sensores naturales de posición. Ahora era cuando comenzaba a notar de una forma mucho más intensa su fuerza, sus energías salientes de una fuente que ella desconocía por completo. No iba a dejarse apabullar por un Nephilim del tres al cuarto. Quizás había sido demasiado derrotista al pensar que quizás aquel chico pudiese aliviar el sufrimiento que estaba padeciendo en aquella especie de “vida”, si es que así se podía llamar. Y en cuanto a la sangre de sus manos... no pensaba darle ningún tipo de explicación. Aquel Nephilim, fuese de donde fuese, no iba a aceptar una sola palabra que saliese de entre sus labios, con lo cual no gastaría su preciado tiempo en explicar absolutamente nada.

Y en un abrir y cerrar de ojos, la pequeña vampiresa se había posicionado en el hueco desconchado de una de las paredes del piso de abajo. Un pequeño recoveco dentro de aquella pared sería su refugio de las garras del Nephilim. Esperaba no haber dejado rastro alguno, puesto que se había asegurado minuciosamente de recorrer todas y cada una de las instancias de la parte de abajo para dejar su rastro por las mismas. Se sentó dentro del lugar mientras llevaba sus rodillas hacia su pecho y las agarraba, pero con la precaución de poder abrir de un golpe lo que quedaba de pared para salir de la misma si el muchacho descubría su posición. El eterno juego del ratón y el gato, el cazador y la presa. No podía negar que sentía cierto nerviosismo por dentro, pero ahora mismo, la situación no era propicia como para exteriorizarlo. El Nephilim aprovecharía cualquier vislumbre de debilidad para darle caza como si de un animal salvaje se tratase, y Layla era la encargada de no permitir que aquello pasara. Cerró los ojos durante unos segundos, tratando de calmarse, mientras notaba cómo sus ojos le dolían con intensidad, teñidos de aquel negro nauseabundo. Cuando no medía su fuerza, o sufría terribles consecuencias en su integridad física, o acababa dando brincos por todas partes. Y ahora tenía que aguantar la adrenalina deslizándose por todo su cuerpo como un cuchillo certero. Sólo y sólo cuando estuviese completamente segura de que el Nephilim hubiese abandonado las ruinas se marcharía de allí. Y en caso de combate... sería Layla quien tuviese que sacar ésta vez las garras.

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Bueno, teniendo en cuenta que segundos antes la vampiresa había corrido por su vida, temiendo que él pudiese hacerle daño, Uriah habría supuesto, por su categorización mental, que seguiría en ese estado vulnerable y de casi súplica que había visto en ella desde el principio. Por eso volvió a sentirse desconcertado por ella cuando sus ojos se tiñeron de una profunda oscuridad y se bañaron de un desprecio que antes no estaba ahí. Sobre todo porque creía haber sido lo suficientemente educado, comprensivo, como para que se le hubiese tratado así. Le había mostrado una gran amabilidad al permitirle recuperarse para cuestionar sus motivos, pero estaba claro que en general con los subterráneos uno no podía sentarse a conversar. Se reprochó a sí mismo por pecar de ingenuo, anotando que tendría que decidir un castigo para más adelante.

Sus gritos resonaron en la extensión de la sala y esa parte del edificio. Uriah frunció ligeramente el ceño sin dejar de sonreír en ningún momento, siendo esa la única muestra de disgusto que fue capaz de esbozar en ese momento al respecto. A pesar de continuar sentado, puso su cuerpo en tensión, preparado para recibir cualquier ataque que pudiese venir de su parte; y sin embargo sólo pudo quedarse pasmado al contemplar cómo salía corriendo a una velocidad que obviamente era gracias a su condición de subterránea. No obstante, como ya se había preparado para reaccionar, fue capaz de salir detrás de ella, separándoles escasos pasos de distancia.

Pronto le ganó una mayor distancia, pero seguía haciendo ruido, ventaja que poseía sobre ella. La runa de sigilo le ayudó a correr rápidamente siguiendo el sonido de los pasos de la muchacha.  La escuchaba saltear los obstáculos que se iba encontrando él también, mientras se preguntaba por qué no habría aceptado quedarse allí, curándose y dando explicaciones que podrían hacer que ambos eludiesen ese molesto episodio que estaban protagonizando. Pronto daría con su diminuto cuerpo, volverían a tener las mismas palabras con ella, asegurándole que no tenía nada que temer de su persona si había actuado adecuadamente y, con suerte, finalizaría todo aquello.

O al menos eso deseaba. Era su trabajo, claro estaba, pero quizás, por estar demasiado entretenido con esa chica, estaba perdiendo de vista objetivos realmente peligrosos.

De pronto dejó de percibir los pasos de la vampiresa y redujo el ritmo de la marcha. Probablemente se había escondido en alguna parte, ya que había descartado las ventanas como medio de huída al no haber escuchado los cristales romperse. Así que ya no tenía sentido continuar con la carrera, que sólo conseguiría agotarle. Comenzó a caminar lentamente, atendiendo a cada pequeño recoveco que se pusiese por delante de él. Resultaba realmente ventajoso el que no emitiese ningún ruido mientras recorría una por una las estancias que se habían escapado a su campo de visión la distancia que les había separado.

Uriah se relamió los labios antes de decidirse a delatar su posición. Cabía la posibilidad de que saliese corriendo en cuanto supiese que estaba en otro cuarto; que se lanzase contra él para intentar atacarle por sorpresa; o que saliese a dialogar pacíficamente, comprendiendo por fin sus intenciones. Todas ellas eran plausibles al cien por cien, sobre todo después del cambio de actitud tan extraño que le había desconcertado minutos antes.

No tienes que seguir corriendo. No he venido aquí detrás de ti con intención de hacerte daño. Ya te lo dije, pequeña. Si no has herido a ningún mundano no tienes absolutamente nada que temer de mi parte, pues yo no castigo injustamente. Puedes salir con la certeza de que no te heriré sin motivo. Te lo garantizo. Y yo nunca miento.


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Re: My body tells me no but I won't quit ♔ Uriah Pellegrino

Mensaje— por Invitado el Vie Mar 27, 2015 7:43 am

My body tells me no but I won't quit



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Aquel Nephilim, definitivamente, estaba completamente ido de la cabeza. Alguna neurona se le habría frito por ahí dentro, o le habrían enseñado las cosas de una forma totalmente equivocada.

O tal vez, no. Tal vez sólo estaba siguiendo de forma escrupulosa las normas, y verdaderamente los Nephilims se trataban de una especie en sí que todo lo que caía en sus manos se destruía como si de una flor deshojándose se tratase. Tal vez Layla corriese un grave peligro, y estaba sola para enfrentarlo. Acostumbrada a los gorilas que papá y mamá dejaban escapar cada vez que advertían alguna amenaza, Layla había tenido poca ocasión de desarrollar sus propias capacidades de defensa; excepto, claro, cuando salían de caza. ¿Podrían servirle los pequeños trucos aprendidos durante su alimentación para salir indemne de aquel asunto y, ya de paso, meterle un poco de miedo en el cuerpo a aquel tarado?

La voz del Nephilim resonaba en toda la instancia. Parecía un sádico que pretendía infundir pánico en su presa antes de ser cazada, regodearse en su captura como si quisiese exhibir como trofeo sus colmillos en un cuadro en la pared de su casa. Layla se maldijo interiormente. Se suponía que los Nephilims, desde todos los tiempos, habían sido situados como guardianes del equilibrio entre el bien y el mal, no debían cazar a diestro y siniestro cualquier criatura que se les pusiese en bandeja fácil. ¿Por qué no usaban ésos prejuicios contra los humanos? ¡También los había quienes mataban, robaban y asesinaban a sangre fría sin que el pulso les temblase! Layla ni siquiera había pedido aquella maldición, aquella enfermedad que la postraría por la enternidad como una hija de la noche, un ser condenado a alimentarse del líquido de la vida, alguien a quien el Sol jamás pudiese alcanzar por temor a quemar su increíblemente delicada piel. ¡Ni siquiera le gustaba serlo, aunque en el exterior tratase de fingirlo! Sus ojos rasgaron la oscuridad, tratando de percibir los movimientos del Nephilim, quien aún mantenía las manos frías y no le temblaba el tono de voz. Layla frunció el ceño, lejos de sentir algún tipo de miedo. Pero no, ya era hora de usar las palabras para algo más que defenderse. Ahora sería ella la mala. No vaciló dos segundos para salir del hueco que se había convertido en su escondrijo durante algunos minutos y, tras un par de tropiezos torpes –si no, no hubiese sido Layla, por supuesto– acortó distancias con el Nephilim con notorio enfado. Su mandíbula había salido prominentemente de su postura habitual y Layla parecía más bien una madre enfadada que había pillado a su hijo pintando con ceras en la pared.

¡Escúchame bien, perturbado! – gritó, señalando con el dedo índice al muchacho de nombre había sido ignorado completamente por la francesa. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para hacerlo, el dedo frío, fino y fuerte de Layla se clavó en el pecho del cazador en un gesto de reproche –. ¡No sé de qué circo te has escapado, pero voy a decirte dos cosas! – a pesar de que su voz chillona era la clara protagonista de aquella regañina, sus ojos se habían clavado en el pecho del chico, que era bastante más alto que ella, negándose a mirarle a los ojos por miedo a que, igual que Connor, fuese víctima de un ataque psicótico y acabase clavada en la pared –. ¡Primero de todo, yo no he matado a nadie, así que déjate ése aire de superioridad y escúchame bien! ¡Segundo, tú no eres quién para reprochar lo que yo debo hacer o no! – temblequeó, tratando de continuar dando golpecitos en el pecho del Nephilim mientras que su otra mano estaba apoyada en su cadera –. ¡Y tercero, deberías visitar un psiquiatra! ¡No sé qué clase de grillo te has comido, pero estás definitivamente tarado! ¡Con ésa voz tan... tan rara! – aspavientos se dieron lugar ahora en las manos de Layla, cuya mirada había adquirido la suficiente fortaleza como para erguirse para chocarse contra los ojos del serio muchacho –. ¡Y ése porte tan... tan yo qué sé! ¡Yo qué sé, me estás liando completamente! – dio una patada al suelo, enfadada y confusa a partes iguales.

Bien, Layla, por usar las palabras acabas de convertirte en la presa más sencilla de atrapar de todos los tiempos”, pensó para sí misma, mientras se daba una palmada en la frente y tomaba aire para después soltarlo. Aunque no tenía necesidad de ello, a veces le gustaba darse una apariencia bastante más humana, y quedaba muy bien en todo el repertorio de argumentos vacíos que acababa de escupir.

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Uriah crispó los dedos lentamente mientras avanzaba despacio, con seguridad, con temple, por las diferentes salas. Percibía el polvo danzando en los leves haces de luz que entraban por los pequeños agujeros en las paredes, en el techo de aquel edificio abandonado, aunque no le hacía el menor caso, pues era más que lógico que en lugares en semejante estado, la acumulación de suciedad resultase evidente. Resultaba metafórico, en realidad, toda aquella escena. Él representaba la luz que Dios mandaba a lugares oscuros, como el mundo infecto de subterráneos malvados, e intentaba aportar algo de esperanza a la humanidad y a aquellos que no perturbaban la paz del Creador. Así era, al menos, como lo percibía él mismo.

El único sonido que percibió durante bastante rato fueron los ratoncillos que debían de haber hecho un nido allí para vivir en tranquilidad. Ni él mismo escuchaba su propia respiración, sus pasos, contenidos por la runa ‘sin sonido’, tatuada en la piel olivácea de su cuello. Se relamió los labios por la anticipación de la caza, a pesar de que era perfectamente consciente de que si aquella extraña vampiresa no había cometido crimen alguno, no podría ajusticiarle. Eso ni le apenaba ni le emocionaba, como siempre. Cumplía con su deber y en ello hallaba la satisfacción diaria que necesitaba.

Recorrió el nuevo recinto en el que se había adentrado sin darse cuenta de que su objetivo se encontraba allí, realmente, escondida en una pequeña grieta fuera del alcance de su visión. De hecho no fue hasta que estuvo a punto de recular para marchar a otro sitio cuando apareció de la nada, sorprendiéndole ligeramente, ya que no era normal que alguien que se siente amenazado surja de su escondite para plantarle cara a su perseguidor. Y fue cuando escuchó su discurso, acalorado, histérico –tuvo que controlarse, como hacía siempre, para que los gritos no le afectasen y no le diese un ataque de ansiedad–, cuando se percató de que no podría usar sus patrones con ella, porque resultaba completamente impredecible.

La perplejidad se dio el lujo de asomarse por su rostro durante unos segundos, puesto que ni siquiera Uriah con su habitual facilidad para reprimir emociones, pudo hacer frente al aluvión de cosas sin sentido que esa muchacha estaba soltando por sus helados labios. ¿Perturbado? Incluso se miró un poco el ropaje, sin entender exactamente a qué se refería con que se había escapado de un circo. Su dedo, congelado, delgado, se clavaba en su pecho con precisión, aunque evidentemente sin intención alguna de herirle. Enarcó una ceja. ¿Psiquiatra? ¿Grillo? ¿Qué le estaba liando completamente? Pero si él… ¡él sólo había hecho lo que hacía siempre! Era ella la que estaba siendo desconcertante en todos los sentidos, saliéndose de todos los esquemas y márgenes que se había marcado hacía años.

Se cercioró de que no iba a volver a abrir la boca durante unos segundos antes de intentar asimilar todo lo que le había dicho y adoptar su mueca habitual, sus ojos vacíos y su sonrisa artificial, que por otro lado podía parecer amable y compasiva. Dependiendo de quién mirase, de cómo mirase y de qué esperase encontrar en sus ella. Bueno, por el momento había sacado en claro que no había matado a alguien, si bien podía ser mentira, pero una parte de sí mismo –quizás su intuición, quizás su deseo a no tener que escucharle de nuevo– decidió que era mejor creerle. Además, si resultaba ser una falacia, ya se toparía con ella más adelante en circunstancias parecidas, en cuyo caso le ajusticiaría debidamente.

Muy bien —dijo para atraer su atención de su ensimismamiento—. Si confirmas que la sangre que mancha tus ropas no es humana, no tengo nada contra ti, entonces, puesto que mi objetivo es cazar a aquellos que perturban la paz de los mundanos de cualquier modo. —Quizás en esa ocasión, su mueca intentaba resultar algo tranquilizadora—. Así que por eso espero que entiendas que mi deber sí que es, cómo has dicho… reprocharte si has actuado de algún modo para hacerles daño. Por otro lado, ignoro por qué puedo parecer salido de un circo ni de qué modo estoy confundiéndote, pues de todas maneras eres tú quien actúa de forma extraña. Primero rindiéndote dócilmente, luego gritándome, escapándote para huir y por último haciéndome frente de esa manera. De modo que debería ser yo el confundido, ¿no crees? —A pesar de que fue dicha con la neutralidad habitual, hubo un leve matiz en su voz que quien no le conociese no habría sabido identificar; una pequeña, mínima y casi inexistente curiosidad que se apagó pronto, pero que estuvo allí durante sus breves segundos.


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Re: My body tells me no but I won't quit ♔ Uriah Pellegrino

Mensaje— por Invitado el Miér Abr 08, 2015 10:02 am

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Revolvió los ojos, inquieta. Aquel muchacho verdaderamente estaba logrando sacarla de sus casillas. Si ya de por sí los Nephilims no eran para nada del agrado de la vampiresa, ahora definitivamente los había tachado de su lista de seres con los que compartir los momentos de su “vida”. No es que antes les tuviese especial simpatía, pero aquel chico sin sentimientos o emociones aparentes había sido la gota que había colmado el vaso. Y aunque había logrado que se saliese de sus propias casillas, en realidad no había dejado que su genio en sí fluyese hasta llegar a su máximo exponente. De ésta forma, Layla se quedó estática, mientras las dos rendijas que conformaban los ojos de aquel muchacho se clavaban sobre ella como certeros cuchillos, esperando una respuesta por parte del castaño. A la francesa le recordaba a un robot. Sus movimientos, ágiles pero predeterminados, su mirada imponente y seria, sus labios siempre ceñidos en una sonrisa sarcástica o en una línea de desaprobación... Era como si estuviese prácticamente programado para seguir una pauta de movimientos que se escapaba a su comprensión. Quizás hubiese sido aquel campo de concentración Nephilim, que le había sorbido los sesos de tal forma que ahora se había visto privado de cualquier posibilidad de opinión propia; o quizás es que el chico hubiese sido captado por algún tipo de secta perdida por la ciudad, aparte de tratarse de un cazador. Siempre existían grupos radicales en los que las personas más fragmentadas se refugiaban, encontraban un aislamiento para sus propios problemas, y creían que allí serían curados y salvados de las inmundicias de sus vidas. Por Nueva York debía de haber muchas sueltas, y no le extrañaría para nada que alguien como aquel chico hubiese caído en sus fauces, que todo lo que tocaban destrozaban.

Sin embargo, las palabras certeras que se sisearon a través de los labios del Nephilim eran más que razonables. No había sido él quien había mostrado una bipolaridad confusa, sino ella misma. En cualquier forma, Layla sabía de sobra y quería admitirse a sí misma que ella no se había negado ante nadie. No recordaba haber mostrado gesto alguno de sumisión, y tampoco estaba entre sus previsiones el hacerlo. ¿Delante de un Nephilim? Jamás. Éso sólo le daría paso a un compendio de sucesos que no harían más que justificar la encarnizada lucha de los Nephilims más cerrados contra los subterráneos, indiscriminadamente. Aunque fuesen como ella, que se negaba a ponerle el dedo encima a un humano. Claro que Layla había bebido sangre humana, pero jamás había tenido que cazarla por sí misma; sus fuentes de alimentación siempre habían sido proporcionadas por los criados de sus padres y, cuando tenía sed, sólo tenía que beber de aquellos cadáveres. Sabía, y no le importaba reconocerse a sí misma, que ella sería completamente incapaz de arrebatar una vida humana. Era más bien algún tipo de carroñero. Sí, éso es.

¿Y cómo diantres quieres que te demuestre que ésta sangre no es humana? – le replicó, estirando su jersey de tal forma que las manchas de sangre se amplificaron como las marcas en el pelaje de una vaca –. ¿Qué eres, científico? ¿Vas a ponerte a analizarlas aquí, o qué? – su voz, chillona y desafiante, probablemente estuviese retumbando en los oídos del muchacho. Había cierto tono de burla en ella, puesto que ahora mismo el muchacho había logrado producirle cierta gracia. Quizás no fuese ella quien estuviese en un lío, al fin y al cabo. ¿Habría algún tipo de juicios para Nephilims que perseguían a subterráneos sin tener pruebas de ello? Layla no había matado a ningún humano, se lo repetía innumerables veces dentro de su cabeza, y por mucho que hiciera memoria, así era. No lo había hecho –. Yo no he matado a nadie – gruñó nuevamente, clavando sus ojos azules sobre el Nephilim, cuyo nombre aún le era desconocido –. Sin embargo, tú sí que has arrebatado muchas vidas. Como todos los cazadores – el sentimiento del asco se había apoderado de ella en cuestión de segundos, y así lo dejó ver en su expresión. Seguramente, el cazador tampoco se quedase atrás en cuestión de asesinatos. Los Nephilims no dudaban dos segundos en asesinar a demonios, vampiros, hadas, y quizás hasta hubiesen caído en sus manos algún que otro humano. Así que, ¿quién era aquel chico de cabellos castaños para juzgarla a ella, cuando probablemente estuviese en el mismo lugar de la balanza que ella?

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Qué extraña era esa chica.

Ese pensamiento se repetía por la cabeza de Uriah una y otra y otra y otra vez mientras la observaba, teniendo ella el ceño fruncido en una mueca de evidente desagrado, casi desesperación, mientras él hablaba con el mismo tono pausado que utilizaba para todas sus conversaciones. Resultaba realmente escalofriante en muchas ocasiones, porque incluso en los momentos más extremos nunca parecía nervioso. Al igual que el miedo, era un sentimiento que sabía esconder con mucha facilidad. Aunque en realidad no había emoción que permitiese arraigar dentro de sí con más fuerza que otra.

Sin embargo sí que podía reconocer que, después de Stella, quizás era la persona más rara con la que se había topado nunca. La capacidad, la facilidad que tenía para cambiar de ánimo era realmente sorprendente; incluso se podía llegar a decir que le fascinaba, incluso aunque Uriah no era totalmente consciente de ello. Porque, ¿cómo podía sentir siquiera la más mínima inquietud por una subterránea, fuese lo rara que fuese? De ese tipo de criaturas sólo debía interesarle una cosa, y se lo acababa de exponer a la vampiresa hacía escasos segundos. Su culpabilidad. ¿Había matado a humanos o no había matado a humanos? Esa era la única cuestión aceptable.

No obstante, resultaba complicado centrarse sólo en eso cuando la vocecita chillona de la chica le taladraba los oídos cada dos por tres. Ciertamente resultaba un poco irritante cuando adoptaba esa actitud… ¿Por qué tenía que elevar el tono? ¿No podía hablarle como minutos antes? Claro, era eso lo que sucedía; por eso se estaba sintiendo algo enojado. Su falta de modales era de lo más cuestionable; aunque fuese en contra de un potencial enemigo, uno debía mantener la compostura siempre. Amplió la sonrisa, usándolo como tapón para reprimir cualquier otra sensación, que quedó rápidamente ahogada. Debía contestar a sus preguntas, por muy tontas que fuesen o por muy insulsos que resultasen sus comentarios.

Si tú me dices que no es humana, evidentemente no tengo pruebas para refutar lo contrario. Te dejaría escapar. No puedo acusarte ni ejecutarte si no te he pillado con las manos en la masa. Además, generalmente los vampiros que mienten lo hacen mejor que tú. Por otro lado, aunque no estuvieses siendo sincera, sólo me bastaría con toparme de nuevo contigo en una situación como la descrita, acabando con un mundano, y ya no necesitaría nada más para poder acabar con tu vida. O tu no-vida. Realmente nunca he sabido muy bien cómo hacéis referencia a ello, aunque tampoco me interesa demasiado.

Generalmente él no era así. Se reprochó a sí mismo que quizás había usado palabras muy bruscas para la situación requerida, pero por norma habitual, la gente no solía hacer que ese tipo de contestaciones saliesen de su boca. Él, aunque escalofriantemente sonriente, solía ser amable, educado y cálido con todo el mundo, siempre dispuesto a ayudar, siempre atento. Pero la vampiresa le desconcertaba tanto que terminaba siendo tajantemente sincero con ella. Y vaya, no era lo común, en realidad. Por eso intentó volver a la línea que debía seguir como le habían enseñado. Como buen muchacho que en realidad era.

Yo sólo he arrebatado las vidas de los injustos, muchacha. Nunca he matado a ningún subterráneo que no diese muestras de maldad, de disfrute haciendo daño a inocentes o cuya culpabilidad no pudiese probarse. La compasión es la primera arma que debería empuñar todo hijo de Dios o hijo de Ángel, puesto que al arrepentido, siempre se le perdonará, al inocente, se le exculpará, y al culpable, se le castigará. Al principio interpreté tus lágrimas quizás como sentimiento de pesar por lo que podías haber cometido, y si querías, podía haberte liberado de tu carga de existencia. Pero viendo que deseas continuar y que, aparte de tu palabra, no tengo nada que pueda condenarte de momento, no te haré daño. Ya te lo dije antes, pero supongo que has olvidado lo que puede ser la piedad en determinados momentos, y no te culpo.


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Re: My body tells me no but I won't quit ♔ Uriah Pellegrino

Mensaje— por Invitado el Mar Abr 14, 2015 7:03 am

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No daba crédito a lo que captaban sus oídos. Aquella especie de misionero Nephilim quería dejar claro que estaba dispuesto a hacerle el “favor” de dejarla continuar con su vida o, como él lo había descrito de una mejor forma, su “no-vida”. ¿Por qué diantres se esforzaba tanto en restregarle que él estaba vivo y que ella no? ¿Por qué ese empeño en determinar lo bueno y lo malo? ¿Acaso él era bueno al cien por cien únicamente por ser un Nephilim, por querer guardar el equilibrio entre ambas fuerzas? Aquello le fastidiaba, y su desagrado era cada vez más notorio. A Layla no le preocupaba el hecho de que un Nephilim le tuviese misericordia, pero sí le tocaba en lo más profundo de su orgullo el hecho de que pensase que aquello era una maldición, que adoraba a Satán y todo lo demás. El único “dios” al que Layla rendiría cuentas sería a Dior, y punto. Pero aquel empecinamiento que tenía el muchacho con justificar sus actos era tal que la irritaba. De hecho... ¿siquiera estaría bien de la cabeza? Layla se retiró un par de pasos. Si estaba frente a un loco, un maníaco o un pirado de ésos, más le valía poner pies en polvorosa. Aunque más bien, el muchacho parecía estar dispuesto a sacar un panfleto de los testigos de Jehová de su bolsillo en cuestión de segundos, o de querer venderle una aspiradora, o algo por el estilo.

No es a ti a quien debo dar explicaciones de lo que debo o no hacer – reprochó. En realidad sí que era él a quien debía justificarle sus acciones, pero sinceramente prefería cualquier otro Nephilim antes que aquel monaguillo con complejo de robot. Se restregó las manos para limpiar cualquier rastro de sangre que aún pudiese haber en ellas y luego se dirigió hacia él –. Buenas o malas, tú has arrebatado vidas también. No puedes venir a juzgar si lo que hago está bien o mal, porque tú también has hecho las mismas cosas o incluso peores. Desde que eres un niño se te entrena para matar, se te dan armas, se te dan... tatuajes que aumentan tus aptitudes – comenzó a enumerar, con la mirada perdida y la cara de asco característica de cuando algo le disgustaba muy fuerte –. ¿Y en serio vienes hablando de justicia cósmica, de Dios y de todas ésas porquerías? – preguntó.

Su tono de voz sonaba cada vez más crudo y frío. Había dejado la rabia infantil hacia un lado y se había centrado en la contrariedad de las palabras del Nephilim, quien estaba fuertemente convencido de que su labor en el mundo era tan necesaria como eficaz, aunque en realidad fuese únicamente uno de tantos. Los Nephilims eran una raza que abundaban, en Nueva York y en todas las ciudades del mundo que tuviesen un Instituto. Eran como hormigas, reunidas en una madriguera o en sus pequeñas ciudades donde curtían a los más pequeños, para después salir al exterior y pasearse como dioses, esperando alabanzas de todo el mundo. No sería Layla quien se inclinase o se deshiciese en reverencias cuando viese pasar por delante de ella a uno de ésos cazadores, armados con cuchillos filosos y unas ganas terribles de hincarlos en la carne más “impura” que ellos considerasen.

Si todos los Nephilims son como tú, definitivamente reniego de vuestra protección y de todo lo que tenga que ver con vosotros – le acusó, mientras sacaba una toallita húmeda (ya no tan húmeda) del bolsillo de su pantalón vaquero para continuar limpiándose los dedos y las hendiduras de sus uñas, cuya manicura también había sufrido lo suyo en aquella persecución y la captura de lo que había sido “su cena”: un jabalí de dimensiones considerables del que no habría podido tomar ni una breve porción de su sangre total, puesto que era demasiada la que contenía el animal por dentro como para siquiera pensar en beberla completamente. Enfermaría –. Sé lo que es la piedad, que sea una vampiresa no implica que no pueda pensar y sentir como los humanos, ¿sabes? – le replicó, al tiempo que notaba que su garganta se retorcía en una especie de nudo extraño. Era cierto que algunos vampiros se habían deshumanizado completamente, pero no era el caso de Layla. Si aquel muchacho tenía ésa idea preconcebida de los vampiros, ¿con qué clase de seres se habría topado a lo largo de su vida? –. Mi nombre es Layla – murmuró, apartando la mirada, tras deliberar durante algunos segundos sobre si sería prudente o no revelar su identidad.

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No había demasiadas cosas en el mundo que el italiano considerase imperdonables, o que pudiesen hacer que se sintiese irritado, realmente. Su forma de ser le hacía sentir una profunda indiferencia ante cualquier cosa que estuviese dentro de los cánones establecidos dentro de su cabeza, y pocas eran las situaciones que le hacían perder la sonriente fachada que se había construido con el paso de los años. Una persona podía ser insolente, despreocupada, desinhibida, desconsiderada, mal cristiano, mal creyente, mala persona o simplemente ser alguien insulso que no dejaba huella por donde pasaba, que Uriah nunca iba a responder de malas maneras, siendo desagradable o hiriente. Él siempre se mostraría escalofriantemente atento ante las demandas que pudiesen surgir.

Sin embargo, dentro de ese diminuto cupo de actitudes que podían desestabilizarle, Layla había ido a topar con dos de ellas. Uriah no consentía el maltrato físico ni psicológico: entraba en crisis absoluta. Uriah no consentía abusos de ningún tipo. No soportaba la desobediencia de las normas. Y, como había experimentado y estaba experimentado ahora mismo gracias a aquella vampiresa, Uriah no soportaba bajo ningún concepto que le gritasen, y mucho menos, que hablasen mal de su fe ni de su misión como nefilim.

Para un niño como él, que quizás debería de haber terminado odiando a Dios y a la Iglesia por todo lo que había tenido que sufrir durante su infancia, se había aferrado a ella como una tabla de salvación absoluta. Había padecido grandes penas, sí, pero también había hallado paz al cobijarse en el seno de Dios y de la oración. Y quizás para él la muestra más definitiva que todos sus males habían servido de algo se demostraba con la aparición de Mario en su vida, que le había salvado del horror en el que le habían introducido. Uriah nunca hablaba ni pensaba en eso, pero en lo más profundo de su corazón, el amor que no sabía en realidad profesaba por su tío no sólo arraigaba del parentesco de sangre ni del buen trato que le había dado, sino porque había surgido de la nada para apartarle de la tortura que suponía estar al cuidado del padre Adamo.

Dios le había traído a Mario a su vida. Había considerado que su sufrimiento había sido excesivo y le había librado de él. Por eso Uriah amaba a Dios por encima de todas las cosas existentes en ese mundo, al igual que amaba a Raziel y le veneraba, pues que gracias a que había compartido su sangre con sus antepasados, ahora tenía una misión en el mundo que llevar a cabo y mediante la cual devolver la gracia que se le había concedido por parte de ambas entidades.

Por eso las palabras de Layla hicieron que su mueca se endureciese poco a poco, y esa vez no había posibilidad de que desapareciese rápidamente bajo esa fugaz y artificial sonrisa. Las palabras de Layla le encendieron algo dentro de la  cabeza, provocando que las mejillas le ardiesen y que apretase los puños con fuerza. Consiguió calmarse rápidamente, sin embargo, tras cerrar los ojos y respirar profundamente. Se mantuvo sereno pero serio, y habló con la misma tranquilidad y monotonía que siempre. Sin embargo, en sus ojos brillaba una extraña luz de la que no era consciente y que hacía años que no surgía en él.

La única arma que se me dio cuando era niño fue la Biblia. Los cuchillos y las Runas llegaron después, y me aferré a ellas porque necesitaba hacerlo. Me criticas porque oso juzgarte cuando tú estás haciendo lo mismo, niña, con tus palabras que crees afiladas y tus comentarios que seguro estimas son ingeniosos. Al contrario de lo que piensas, soy perfectamente consciente de que la muerte que viene bajo mis alas no deja de ser muerte, pero si lo hago, lo hago para proteger a personas que no pueden protegerse por sí mismas. No sé si serás capaz de entender eso, también. Pero si vosotros tenéis aptitudes mejoradas, si sois más rápidos, más fuertes, más ágiles y audaces que los humanos, ¿quién les protegerá, si no somos nosotros, que nacimos para luchar contra el mal? No todos los subterráneos engendran el mal, porque no todos hacen daño, aunque fuesen engendrados por él, pero tampoco me importa; sólo me interesa saber si has matado o no para poder juzgarte o dejarte continuar un día más. No os odio, pero tampoco os defiendo, como tampoco amo ni odio a los humanos; sólo les protejo. Existís como existen ellos. Y no hablo de justicia cósmica, ni humana. Hablo de justicia divina. No llames porquerías a mis creencias como yo a ti no te llamo basura inmunda. Te lo agradecería, Layla.Raro. Al llamarla por su nombre, se dijo, acababa de otorgarle el don de la existencia de verdad. Parpadeó al darse cuenta de ello. Para él había dejado de ser una simple desconocida, en ese momento, para convertirse en Layla. Quizás otra persona hubiese tomado ese cambio como algo insignificante, pero desde el momento en que se había enfrentado a sus palabras, Uriah había reconocido de forma inconsciente que esa vampiresa era algo más que una bebedora de sangre. Que un subterráneo. Y ciertamente se trataba de la conversación más larga que nunca había tenido con nadie de su especie, mucho menos una que implicase las cuestiones morales y metafísicas de su trabajo. Y eso fue muy raro—. Mi nombre es Uriah. —Aunque hablaba perfectamente el inglés, siempre le delataba la musicalidad al pronunciar sus palabras y un leve deje al terminar algunas frases. Así se podía intuir que no era angloparlante por naturaleza—. Y nunca había sopesado la posibilidad de que los subterráneos sintieseis como los humanos —una leve confusión se vio reflejada en sus ojos y en su voz. En su momento, al escucharlo, había estado demasiado furioso como para procesarlo, pero ahora que lo había hecho, se sentía extraño—. Aquellos con los que me he topado antes han sido  previamente asesinos o estaban a punto de serlo. Siempre pensé que aquellos que no atacaban a los humanos lo hacían por miedo o por mantener una paz y poder desarrollarse tranquilamente hasta el fin de los tiempos. Por eso me desconcertaron tus lágrimas en un principio y lo atribuí a la idea de que no querías continuar viviendo para hacer daño a los demás.


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Re: My body tells me no but I won't quit ♔ Uriah Pellegrino

Mensaje— por Invitado el Sáb Abr 25, 2015 6:37 am

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Le dirigió una mirada indiferente, de arriba hacia abajo. Aquel Nephilim parecía ser un insulso más de la manada, de aquellos que seguían al rebaño. Es más, parecía haberse memorizado al pie de la letra aquel discursito tan extraño como bonachón que ahora vomitaba como un robot plenamente programado para ello. No tenía nada en contra de los cazadores de sombras, no de momento, pero aquel muchacho definitivamente pertenecía a un subgénero de cazadores que rozaban la radicalidad. ¿Para poder ser juzgada? Los ojos de Layla relampaguearon durante un instante y esbozó una sonrisa socarrona. Ella no entendía demasiado del mundo de los Nephilims, sus normas y costumbres, pero si de algo estaba segura era de que eran pocos aquellos que tenían el pleno derecho a juzgar a los subterráneos. Y estaba segura, más que al cien por cien, de que ése Nephilim no era precisamente uno de los encargados de hacerlo. Su aspecto de niño bueno la hacía pensar que aquel chico –Uriah– sería, dentro de la rama de los Nephilims, el marginado del Instituto. Le recordaba a sus años de instituto, los primeros que se le permitió acudir a la institución, pero sobre todo también le recordaba a sus series favoritas. En todas ellas había algún pardillo que era marginado por los demás porque resultaba un tanto rarito, porque era callado o porque cada vez que abría la boca salían sapos y culebras incomprensibles para los demás.

Una vez la vampiresa hubo encontrado por dónde atacar al muchacho, con una sonrisa llena de dientes, se dejó llevar por la imaginación de pensar en aquel muchacho colocado en mitad del Instituto, portando mil libros cargados de conocimientos utilísimos; entonces pasarían a su lado los quaterback del equipo de rugby y se lo tirarían todo por el suelo. Escena demasiado típica de película americana. Pero, al fin y al cabo, ¿dónde se encontraban ahora mismo sino en América, el lugar de nacimiento de todos y cada uno de los topicazos más extendidos? Uriah se vería muy cómico con gafas, desde luego.

¿Tú? ¿Juzgarme a mí? – Layla tapó su boca con cuidado con su mano derecha mientras intentaba reprimir la risa. Aquel ingenuo muchacho, que seguro que no la podría superar en fuerza (en inteligencia no lo negaría), profesaba que iba a juzgarla ahí, ahora, sin mazo para dictaminar la sentencia ni nada. Sus propias imaginaciones eran las que le proporcionaban una intensa risa que cada vez era más difícil de contener –. Perdona que me ría, pero es que creo que eres así como el último Nephilim del mundo que tendría poder para juzgarme, sinceramente – despotricó, sin preocuparse por herir los sentimientos del muchacho.

Al fin y al cabo, Uriah tampoco había tenido precisamente delicadeza en cuanto a no herir los sentimientos de la vampiresa. Porque sí, los tenía. No se había convertido en una máquina de matar después de haber muerto, y tampoco tenía intenciones de hacerlo. Por mucho que necesitase alimentarse de sangre, aún conservaba un poco el sentido común, y podía reprimirse en caso de que fuese necesario. Sin embargo, la concepción popular del chupasangres que esperaba la noche con ardientes deseos de encontrar sangre de una virgen para derramarla y deleitarse con la misma hasta que a la mañana siguiente el F.B.I. estuviese entrevistando a sus padres estaba muy extendida. Seguramente aquel muchacho con aires de superioridad también la concibiese de aquella forma, y no le culpaba. Era mucho más divertido imaginarse a un vampiro así que yendo de compras, que era lo único que le preocupaba hasta el momento a la francesa.

La justicia no existe, chico – la vampiresa deslizó un dedo hacia la sien del muchacho y la golpeteó un par de veces con cuidado de no clavarle la uña, no fuese a ser uno de ésos niños burbuja que fuesen tan susceptibles como un anciano –. Y Dios tampoco. – Su voz y su rostro se tornaron serios repentinamente –. Y créeme. Si existiese, Dios está muy lejos de aquí. Y eres el último y menor de sus problemas. No le importas lo más mínimo a ése al que adoras. Eres una pieza más en su jueguecito Playmobil – sentenció con una amplia sonrisa, fijando su mirada azul en Uriah, esperando observar la reacción que provocaban sus palabras, afiladas como cuchillos e hirientes como tal. Había encontrado un pequeño punto flaco donde atacar a su contrincante, y lo aprovecharía hasta el extremo. Al fin y al cabo, es lo que había hecho él con ella.

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Apretó algo más los labios ante las carcajadas de la vampiresa, que se le antojaban cada vez más irritantes e insoportables. Le empezaba a costar mantener la compostura, la expresión tranquila e inalterable que solía portar como máscara. No era como si resultase fácil quebrarle, pero Layla realmente había puesto el dedo sobre una llaga que nunca, nunca dejaba de doler dentro del joven nefilim. ¿Por qué su fe resultaba abrasiva dentro de sí? Quizás porque la necesitaba, porque su palabra le daba la paz que pocas cosas en el mundo podían otorgarle, y le ayudaba a olvidar cualquier experiencia mala que hubiese tenido en el pasado. Pero claro, eso Layla no podía saberlo, porque ni el propio Uriah había sido realmente consciente durante mucho tiempo. La religión era el yodo que curaba las heridas abiertas de su alma, y por eso el escozor no desaparecía.

¿Él? ¿Juzgarla a ella? Por supuesto que sí. No entendía dónde estaba toda la complicación. No comprendía qué era lo que se le escapaba a su razonamiento. Los nefilim habían sido creados como protectores, como guardianes que velaban no sólo por los humanos, sino porque las leyes establecidas para la convivencia de las criaturas que horadaban la Tierra viviesen en paz y armonía. De modo que él, al igual que los suyos, estaba perfectamente cualificado para observar y dictar sentencia. Especialmente él, bajo su propia comprensión, que no se dejaba llevar ni por el odio ni por el amor. Que no era más que un simple espectador que se dedicaba a ser equitativo. A ser objetivo. Justo.

Asimiló el resto de su discurso con toda la entereza que pudo, sin mostrar debilidad, desasosiego o si quiera ira, porque, mientras apretaba los puños con tanta fuerza que empezaron a sangrarle, se dijo que podía sobreponerse a eso. Él era capaz de enfrentarse y triunfar contra cualquier sensación como la que le estaba invadiendo; contra ese ahogo que podría hacer que su piel se tiñese de una tonalidad ligeramente más oscura; contra ese vacío en el estómago que le estaba incitando a lanzarse sobre ella para zarandearle y, lo peor de todo, para gritarle hasta quedarse afónico. Fue eso, no el dolor de las palmas de sus manos, lo que le hizo reflexionar al respecto. Gritar. Eso nunca era una opción.

Respiró profundamente, aunque se rindió ante el impulso de girarse para no seguir mirándole a esos ojos condenadamente celestes, que le observaban, retadores e irrespetuosos, brillando casi de diversión, consciente del efecto que estaban provocando sus palabras en él. Lejos de dejarse aturdir más por su voz chillona, Uriah cerró los ojos, uniendo sus largas pestañas morenas, y tomó aire varias veces, abriendo y cerrando las manos. Una leve gota de sangre se deslizó por la palma hacia el suelo, pero no le hizo caso. Cuando separó los párpados se había tranquilizado lo suficiente como para no sentirse inestable, pero tampoco sonreía. No aún. No hasta que no hubiese pasado un rato.

Puedo entender que no comprendas la grandeza de Dios, ni la del plan que hay detrás. No todo el mundo le siente. Pero yo lo he hecho. —Inconscientemente se llevó la mano al pecho, al lugar donde bombeaba el corazón a un ritmo pausado y agradable—. He sentido su amor dentro de mí. Durante muchos años de mi vida creí que me había olvidado, que no podía verme porque la oscuridad era demasiado densa a mi alrededor. —¿Por qué estaba hablando de eso con ella? ¿Por qué había dejado que esas palabras saliesen al exterior, cuando nunca antes las había pronunciado? ¿Por qué sentía la necesidad de justificar su fe? Qué estúpido era todo aquello…—. Pero al final me encontró. O yo le encontré a él. Por eso no puedo siquiera pensar que ni Dios ni su justicia, existen, porque yo le he visto y he sentido su bondad. Aunque tú no puedas entenderlo. Y si mi sino es ser una marioneta en sus manos, adelante. —Alzó los brazos y los puso en cruz, delante de ella—. No tengo ningún reparo ni tengo miedo. Como tampoco deberías temerme a mí tú, al menos esta noche, pues ya te dije que te dejaría tranquila. Layla.


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Re: My body tells me no but I won't quit ♔ Uriah Pellegrino

Mensaje— por Invitado el Vie Jun 12, 2015 6:02 am

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Aquel muchacho lograba sacar de sus casillas a Layla. La cosa no era muy difícil, puesto que ella tenía demasiada poca paciencia para un cuerpo tan menudo, y aquel Nephilim carente de sentimientos o siquiera de expresiones faciales lograba que quisiese sacar sus instintos más primitivos y querer arrancarle la cabeza de cuajo para darle un par de golpes contra el suelo y luego devolverla a su sitio, claro, para que se le aclarasen las ideas. Aquel cacao mental que tenía, y aquellos aires de superioridad que lograban que Layla quisiese tirarse de sus cabellos castaños eran lo que hacían la situación tan irreal que parecía que en cualquier momento fuese a sonar su despertador para alejarla de aquella horrible pesadilla y de las garras de aquel autómata con la cabeza vacía. Sus ojos se abrieron de par en par conforme a las palabras del Nephilim. Ahora se creía la reina del drama llevándose la palma de la mano al corazón, como si allí dentro estuviese encerrado el mismísimo Dios dictándole órdenes a diestro y siniestro. No, lo que tenía aquel chico dentro no era Dios, sino un severo trastorno psiquiátrico; como poco.

¿Pe-pe-pe...? – fue lo único que logró exprimir de su garganta mientras sus ojos centelleaban en una expresión de sorpresa. Quería echarse a llorar. O quería echarse a reír y aplaudir hasta que alguien con un ramo de flores saliese de cualquier parte y dejaran de grabar aquella broma pesada. ¡No podía existir gente con el cerebro tan lavado! –. ¡Pero qué estás diciendo, chico! – le gritó, sin consideración ninguna. Tanta retahíla de palabras la estaba sacando de quicio –. Tú no tienes ninguna bondad dentro de ése cuerpo, ¡para empezar! – le señaló con un dedo acusador, mientras intentaba calmarse antes de que sus ojos cambiasen de tonalidad, lo cual significaría consecuencias no muy agradables para ninguno de los dos –. Y si la tuvieses, ¡no me juzgarías de una forma tan dura! – chilló, estridentemente –. Los Nephilims sois la basura de éste mundo. Y permíteme que te repita... ¡si Dios existe, está muy lejos de ti! Y seguro que si te viera... ¡si te viera, se sentiría profundamente decepcionado contigo!

Layla escupía aquellas palabras, herida. Ella no había escogido ser una Hija de la Noche. Ella no era la que había decidido que a partir de ahora, su vida se convertiría en una constante búsqueda de sangre, incansablemente, hasta saciarse, y así otra vez en un macabro círculo vicioso que jamás terminaría. “Por los siglos de los siglos”, como diría aquel muchacho, tan anclado en sus costumbres y en sus estúpidas creencias, que era incapaz completamente de empatizar con ella o con alguien que se viese en su misma situación. Pobres aquellos que tuviesen que soportar a Uriah durante más de dos horas al día, o quizás media hora, tirando hacia lo muy bajo. Si el muchacho se comportaba así con una vampiresa, ¿cómo sería con sus compañeros Cazadores?

Yo no te tengo miedo – sus ojos se clavaron con fiereza en el Nephilim, cuya voz tranquila y apacible estiraba cada vez más y más la tensa cuerda de la paciencia de la francesa –. Si intentas hacerme algo, no me limitaré a gritar como una niña – aseguró, plenamente convencida de que, si aquel muchacho finalmente se decantaba por ponerle unos grilletes y llevarla ante sus superiores, se llevaría, al menos, un bonito recuerdo con el nombre de “Layla”. Y no se limitaría a morder únicamente. No había luchado nunca cuerpo a cuerpo con ninguna forma humana, pero para todo hay una primera vez –. Y tú sí que deberías temernos. A nosotros. Porque nosotros no somos ningunos bichos raros a los que tengáis que apartar de la sociedad como si hiciésemos algo malo. ¡Lo único que queremos es vivir en paz! Y por lacras como tú, ahora nosotros tenemos que vivir escondiéndonos de todo el mundo, antes de que nos claven una estaca en el corazón o nos quemen en vida. ¡Tu Dios no permitiría éso! – dio una patada en el suelo, furiosa.

Aquel monaguillo estaba tocando escabrosos temas que no dejarían indiferente a Layla. Lo de “no tenerle miedo a un Nephilim” era algo que había aprendido hace muchos, muchos años, y aquel chico no iba a ser una excepción. No pensaba ni por asomo darle el placer de verla asustada o acongojada frente a sus palabras, que parecía haberlas memorizado de algún texto sagrado, o algo así. Su discurso insulso no provocaba más que risa en el interior de la misma, pero era contradictorio en sí. Defendía lo indefendible. Y no porque Layla le estuviese atacando.

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«No me está escuchando.»

Era lo único que se le pasaba por la cabeza a Uriah mientras Layla seguía gritándole a pleno pulmón, haciendo que todos y cada uno de los vellos de su cuerpo se erizasen, que sus manos temblasen y que algo dentro de él estuviese dando tumbos, decidiéndose por qué hacer. Por cómo actuar. Porque no aguantaría ese trato mucho más sin terminar teniendo una verdadera crisis. De hecho le resultaba sorprendente el haber aguantado todo ese rato sin haberse lanzado sobre ella para que se callase o haberse sumido en la oscuridad que solía rodearle y apartarle del mundo cuando quería escapar del dolor cuando se hacía insoportable.

«Me oye pero no me escucha.»

Sus palabras sólo estaban consiguiendo que ella se enfureciese cada vez más porque no era capaz de entender lo que estaba intentando decirle. Cualquier otra persona habría empezado a proferir los mismos chillidos, diciéndole que espabilase, que dejase de decir imbecilidades y se fuese, porque no pensaba hacerle nada esa noche. Podía irse porque no tenía pruebas incriminatorias contra ella, maldita sea. Pero Uriah ya no sabía cómo expresárselo porque las opciones se le acababan. Aquella subterránea estaba echando por tierra todos sus protocolos bien aprendidos, y si hubiese recordado cómo hacerlo, se habría echado a llorar de pura desesperación.

«¿De qué sirve seguir hablando con una persona así?»

Uriah se abstrajo durante unos segundos. ¿Por qué le estaba soltando toda esa perorata esa mujer? ¿Acaso les odiaba a todos y estaba desfogando su rabia contra el primero que había aparecido esa noche? Él, que sólo había sentido curiosidad por sus lágrimas, tan puras, tan extrañas, ¿por qué se veía obligado a estar siendo insultado y vilipendiado de esa forma? Él, más que ningún otro; él, que ni les odiaba ni les amaba; él, que se limitaba a pasear entre cuanta criatura hubiese en el mundo juzgando sólo a aquellos que atentaban egoístamente contra vidas de otros. ¿Por qué le decía que los cazaba, que los perseguía, que pretendía apartarles?

«Es porque no me está escuchando…»

Una ligera desazón le invadió en ese momento. Era como intentar que la palabra de Dios llegase a un no-creyente. Era como esperar que alguien sordo a la fe escuchase la voz de aquellos que habían sido salvados por el milagro del amor del Señor. Uriah no podía hacer que la voz que rabiaba dentro de Layla, esa que le impulsaba a chillar, a gritar y a dirigir su rabia contra él se acallase. Sintió pena, compasión por esa muchacha. Quizás por eso había estado llorando. Porque su corazón estaba inquieto y henchido de dolor y no había forma de purgar ese sufrimiento.

No obstante eso le confundía porque, de ser así, significaba entonces… ¿que los subterráneos de verdad sufrían? Sabía que los Acuerdos reconocían su alma pero Uriah nunca había tenido muy claro que alguien que había perdido o que nunca había poseído humanidad fuese capaz de tenerla. ¿Había estado equivocado todo este tiempo? No era como si la ausencia de espíritu le hubiese hecho más fácil el acabar con las vidas de los subterráneos malvados, y no era como si el reconsiderar esa posibilidad fuese a dificultarle su trabajo, pero le hacía reflexionar y reconsiderar determinadas cosas que hasta ese momento no había sopesado.

No entiendes la misión de los nefilim —fue lo primero que respondió—. Pero no te culpo. Muchos de los míos lo han olvidado; lo que de verdad tenemos que hacer. Ni siquiera me estás escuchando, Layla —dijo con un cierto deje amargo en la voz, dejando traslucir por primera vez un ligero brillo en los ojos que parecía más humano; y estaba lleno de desazón y de tristeza; de cansancio acumulado con los años, que desapareció tan rápido como había llegado—. No me has escuchado desde el principio y no vas a escucharme, así que me marcharé. Buenas noches, Layla.

Y sin dar muestras de querer permanecer más tiempo allí, se colocó de nuevo la capucha sobre la cabeza y se giró en dirección a la puerta por la que había entrado.


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Re: My body tells me no but I won't quit ♔ Uriah Pellegrino

Mensaje— por Invitado el Dom Jul 19, 2015 7:27 am

My body tells me no but I won't quit



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Por vez primera en mucho tiempo, los labios de Layla se sellaron completamente. Aquel chico, aquel Nephilim había conseguido despertar en ella la verdadera rabia que sentía contra los de su especie. La inseguridad y la impotencia estaban ahora burbujeando en su interior como si de lava se tratase. No sabía si catalogar de bueno o malo lo que acababa de decir, pero una cosa sí estaba clara: sus nervios le habían jugado una mala pasada. Y pudo atestiguarlo porque el brillo que había comenzado a aparecer en los ojos del Nephilim denotaba algo más que una simple ofensa. No le había ofendido, había tocado uno de sus puntos débiles, y éso era algo que molestaba profundamente a la vampiresa, consigo misma. Ella no se consideraba un ser especialmente sensible; habían pasado demasiados años por sí para que pudiesen afectarle de aquella manera lo que el Nephilim había querido transmitirle, que no era otra cosa que sus propias creencias. Uriah quizás no pudiese darse cuenta, pero en el interior del mismo albergaba esperanza a la par que seriedad y realismo; guardaba unas ideas a las que seguía de forma fiel y que, probablemente, estuviesen más que equivocadas. Pero ni ella ni él tenían la culpa.

En aquel caso, Layla sí que sentía el virus de la culpa reconcomiéndole las entrañas. A ella no le hubiese gustado que alguien le tratase así. El miedo le había jugado una mala pasada, y había hecho que perdiese los estribos sobre sí misma, cosa que detestaba. Detestaba el hecho de haber dicho de una forma tan precipitada todo lo que se le había pasado por la cabeza, y también detestaba la sensación de desgana que le acompañaba después. Ni que decir tenía que ahora notaba cómo la impotencia y la rabia –totalmente a la que sentía previamente– hacían mella pidiéndole casi a gritos que corriese detrás del Nephilim, para poder expresarle que no quería decir exactamente éso. Pero ¿a quién pretendía engañar? Era lo que pensaba, aunque las formas no hubiesen sido demasiado correctas. Alguien debía darle aquel toque de atención a Uriah para que supiese que estaba equivocado en ciertos aspectos. Pero no debía haber sido ella.

Oye, espera... – le temblaban los labios. No iba a llorar, por supuesto, pero no le faltaron ganas. Su orgullo aún era una gigantesca masa dentro de su pecho que haría que las lágrimas no brotasen de los enormes ojos de la francesa. Sin embargo, no le importaba pedir disculpas si sabía que no llevaba la razón. Era una pequeña barrera personal que había logrado vencer de una forma u otra, y una vez hecho, tampoco le importaba mostrar ciertas cosas.

Tuvo poco tiempo para reaccionar, pero su agilidad y rapidez hicieron el resto: en un abrir y cerrar de ojos ya estaba delante de Uriah cortándole completamente el paso para que se fuese. Con la capucha puesta y aquel aire tan misterioso, el Nephilim daba puro miedo. Cualquiera que se cruzase con él en la calle se llevaría la impresión de que era algún pandillero que estaba dispuesto a robarles las carteras y a clavarles una navaja si la ocasión lo merecía. Sin embargo, la vampiresa pudo averiguar que aquel Nephilim no estaba del todo triste, sino más bien herido y pensativo. Ahora él también se estaría planteando mil cosas, y quizás por su culpa. Se mordió el labio inferior mientras estiraba sus extremidades todo lo posible para impedir que se fuese. Primero tenía que aclarar un par de cosas con él.

Lo siento – tuvo que admitir, notando cómo las palabras se atascaban en su garganta. No querían salir, pero Layla las estaba forzando –. No te vayas. He sido un poco injusta. No quería decirte cosas tan horribles. Pero es que no quiero acabar entre barrotes... – desvió la mirada, tratando por todos los medios de que Uriah no fuese testigo de sus ojos vidriosos. El hecho de pensar que Layla pudiese acabar bajo las fauces de aquella congregación de Nephilims era algo que podía con ella. La hacía sentir como un animal escapando de las ociosas manos de circenses –. Perdóname, por favor...

Un momento. ¿Desde cuándo le importaba la opinión de un Nephilim hacia su persona? ¿Por qué estaba allí, disculpándose frente a aquel muchacho que acababa de conocer y que seguramente la usaría como trofeo si se despitaba? (...)



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Uriah no escuchó la voz de Layla hablando suavemente cuando la chica le llamó, pidiendo que aguardase antes de marcharse. Se había cerrado completamente a los estímulos del exterior, que le rodeaban. Eso que no debía hacer bajo ninguna circunstancia pero que aún le sucedía con frecuencia. Sobre todo después de un episodio como aquel, en el que alguien le había estado chillando y acusando de cosas que no había hecho nunca; le había recordado tanto a la época del orfanato que las palmas de sus manos habían comenzado a sudar, y ahora hacía todos los esfuerzos posibles por recuperar la compostura, por no derrumbarse allí en medio, vulnerable, sensible y asustado. No podía darse el lujo de terminar hecho un ovillo en el suelo durante días. Tenía cosas que hacer. Tenía gente a la que vigilar. Y no podía darse el lujo de fracasar en las misiones que le habían encomendado.

Sin embargo, debía reconocer que no había pronosticado que la vampiresa se personase delante de él de nuevo. Mucho menos, desde luego, con tamaña rapidez. Casi parecía desesperada por atraparle antes de que se desvaneciese del todo. Y había tenido suerte, porque de no haberse colocado justo frente a su cuerpo hasta casi chocar con él, Uriah habría pasado por su lado sin siquiera parpadear. Pero su presencia fuerte, potente, y sobre todo, cercana, le habían hecho abrir los ojos y regresar lentamente al mundo del que había intentado escapar para encerrarse en el suyo propio.

Con los ojos oscuros aún brillando, esta vez con algo de curiosidad, se centró en las facciones algo aniñadas de la vampiresa, esperando a escuchar lo que fuese que tuviese que decirle. Aún se encontraba en ese estado semi-vulnerable, donde la máscara de frialdad que siempre portaba no se había establecido del todo. Siquiera sonreía. Sólo esbozaba una mueca seria que rallaba la tristeza que llevaba escondida dentro del corazón. Días después se habría autosugestionado de nuevo para borrar todo rastro de aquella desazón que le acompañaba, y cuando hablase del tema sólo quedaría que había actuado, pensado y se había comportado como siempre. Salvo la irritación que le habían provocado los gritos de Layla, además de las cosas nuevas que había descubierto. Pero nunca sería capaz de reconocer que se había mostrado débil ante nadie porque él nunca mostraba esa cara, ya que no existía. Ya que no debía existir. Era difícil de explicar. Mas Uriah nunca había sido una persona sencilla.

Y tendría que reconocer que las palabras de la joven le sorprendieron enormemente. Incluso lo dejó traslucir en sus enormes ojos castaños. Parpadeó, intentando asimilar lo que le estaba diciendo de la mejor manera posible, porque no encajaba para nada con la imagen que se había hecho de ella. Con lo que le había mostrado un rato antes. Se encontró sintiéndose algo contrariado, pero no despertaba ningún desagrado en su persona esa acción. Ni sus palabras. Realmente no tenía ni idea de nada de lo que hacían los nefilim, ni lo que perseguían, ni a lo que se dedicaban. Y durante un segundo, sin que ella lo viese, pues tenía el rostro girado en otra dirección, algo parecido a una sonrisa genuina, verdadera, se dibujó en sus labios. Desapareció tan rápido como había surgido, como cada pequeña expresión que se escapaba del patrón habitual de Uriah.

Has sido injusta y has dicho cosas hirientes. Eso es cierto, Layla. Pero si me hubieses escuchado por encima de la rabia que te embargaba, te habrías dado cuenta que no pensaba atacarte, detenerte o llevarte a ninguna parte. —Sus palabras salieron despacio, con tacto, con tiento. Aún tenían ese deje casi automático en su voz, pero sonaban más ciertas, más tranquilizadoras, que todo lo que había dicho antes. Quizás porque su miedo le había inspirado algo de compasión— . Los nefilim tampoco vamos matando a diestro y siniestro si no tenemos prueba alguna de que un subterráneo haya atacado a un humano. ¿Y si no ha sido así? Habría eliminado a alguien inocente y, además, me habría ganado un juicio en el Consejo. Has juzgado precipitadamente, pero, de nuevo, no te culpo. Y te perdono. —Perdió la mirada unos segundos por la habitación derruida en la que se encontraban, adoptando una pose casi ausente antes de volver a fijarse en ella. Su semblante seguía perdido, pero algo menos herido— . Discúlpame tú a mí si te asusté o te hice creer que iba a matarte. Es cierto que te perseguí para interrogarte, pero tus lágrimas me impresionaron. Nunca había visto a un subterráneo llorar. Los Acuerdos reconocen vuestra alma, pero jamás había estado delante de uno que la exhibiese de esa manera. Resulta… fascinante —reconoció, como un niño pequeño que acaba de descubrir cómo funciona el motor de un coche teledirigido.


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Re: My body tells me no but I won't quit ♔ Uriah Pellegrino

Mensaje— por Invitado el Lun Ago 31, 2015 5:13 pm

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Sus enormes ojos azules se hicieron más grandes, si cabía la posibilidad. Tan grandes, que sus pestañas, largas y negras como patas de araña, se desplegaron hasta tocar sus mejillas. La impresión había tenido tal magnitud, que se hubiese llevado una mano al pecho, asustada, jurando que acababa de sufrir algún tipo de insuficiencia cardíaca.

Uriah hablaba muy deprisa. Parecía que, al otro lado de su cabeza, hubiese alguien tecleando con precisión todas y cada una de las palabras que estaba estipulado que dijese. Su semblante había cambiado, pero sólo durante algunos minutos, en los que parecía haber recobrado las fuerzas suficientes como para enfrentarse a Layla y sus acusaciones. Pero una cosa estaba clara: ambos habían juzgado precipitada y equívocamente al otro, y aquello escapaba a cualquier tipo de límite o directriz que hubiesen podido imaginar. Sendas indeas preconcebidas eran espantosas y deshumanizaban por completo al adversario, por lo que encontrarse ahora con ésos muros impávidos y sin explorar resultaba, como bien había murmurado Uriah, fascinante.

Layla se había quedado muda. Era incapaz de musitar palabra. Sus ojos aún parpadeaban, como queriendo barrer el ambiente, atónitos ante lo que acababa de suceder. Uriah acababa de decir que conocer a una subterránea que lloraba era fascinante. Fascinante. Se repitió unas tres o cuatro veces aquella palabra, hasta que comenzó a desprenderse de cualquier tipo de sentido, y trató de urgar dentro de sí misma para poder sacar alguna frase coherente que rompiese aquel bloque de hielo que acababa de crearse, fruto del choque de dos miradas curiosas que observan un espejo en el que hay más símiles de lo que parecía. Sus mejillas hubiesen podido adquirir un tono rosado en aquellos momentos.

Y-yo... – completamente incapaz de articular palabra, la francesa trataba de ganar algo de tiempo para continuar buscando algo que la hiciese dejar de parecer una tonta insulsa. Nunca había sentido aquella leve patada en el estómago que hacía que se cortasen sus entrañas y que se le dificultase mantener la mirada de su interlocutor. Por un segundo quiso desviar sus pupilas, pero se encontraban tan absortas en la negrura de las contrarias, que fue atraída por el poderoso campo magnético de las mismas –. Yo... también lo siento. – Se repuso.

Enseguida recobró su postura erguida, de pasarela de modelos, llevándose una mano a la cadera y con aquella mirada de suficiencia que tanto la caracterizaba. Ella también sabía fingir que no había sucedido nada y que aquel encontronazo pasaría por alto completamente, en un abrir y cerrar de ojos. Y así fue. Trató de mentalizarse a sí misma, en un par de parpadeos, que todo aquel revoltijo de sensaciones que se llevaban a cabo en su cuerpo no eran más que fruto de la sed que aplacaba su garganta como si quisiese cerrar una pesada puerta de hierro. Se trataba de un Nephilim. Un Cazador de Sombras. Alguien que iba armado hasta los dientes enfundándose bajo el pretexto de que era “por el orden y la ley”. ¡Já!

Pues que no se te olvide – le lanzó una mirada de arriba hacia abajo, observando casi con lascivia su cuerpo, mientras se alejaba un par de centímetros del muchacho –. Los subterráneos también tenemos sentimientos.

Espera. ¿De verdad había dicho ella éso? ¿Había sido capaz de admitir delante de alguien que sentía y padecía como todos los demás? Su inquebrantable imagen, aquella que tanto le costaba trabajar bajo un montón de ropa cara e infinitos cosméticos, había sido saqueada. Una grieta se había abierto dentro de la mazmorra en la que había encerrado a su alma para enseñarle a no sentir, y por unos breves instantes se sintió completamente desnuda. Quizás sin ropa hubiese sentido menos vergüenza. Pero acababa de decirlo, sí, efectivamente. Y había lanzado al barro todos sus principios.

Inconsciente y automáticamente, giró sobre sus propios talones y echó a andar con rapidez, refunfuñando para sí misma y regañándose interiormente. La culpabilidad le golpeaba el rostro y la garganta, y sentía como si acabasen de lanzarle un jarrón de agua fría encima. Jarrón incluído.

¡No he dicho éso! – gruñó mientras sorteaba escombros para bajar abajo.

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Porque había estudiado a sus semejantes durante mucho tiempo, para aprender las reacciones más placenteras o adecuadas en función de la ocasión, Uriah supo con toda certeza que Layla estaba sorprendida, aunque no tenía exactamente claro el motivo. ¿Acaso para ella también resultaba increíble haber llegado a la misma conclusión que él? Eso no tenía demasiado sentido porque le había criticado duramente por no haber respetado sus derechos y su humanidad. ¿Entonces? ¿Qué era lo que había encontrado chocante de su declaración? Uriah parpadeó, algo confundido, sin saber cómo actuar él en ese momento. ¿Qué se suponía que debía hacer? La observó, esperando encontrar alguna pauta en ella que le indicase como proceder, pero a pesar de sus estupendas dotes de observación, no logró encontrar en ella nada que le iluminase.

Sólo un leve titubeo y una reiteración de sus excusas.

Lo sé —no quiso ser desagradable ni nada. Simplemente era una realidad. Ya era consciente de que la chica estaba arrepentida, del mismo modo que ella sabía que él también. Por eso no tuvo intención alguna de repetirlo.

Sin embargo, lo que hizo aumentar su desconcierto no fue sólo que lo único que Layla hubiese alcanzado a decir tras sus palabras fuese un nuevo ‘lo siento’. Fue la facilidad con la que, de pronto, toda duda, toda sorpresa y todo temor desapareció de su semblante. Así. Sin más. Uriah parpadeó, incapaz de contener la confusión que esa chica creaba en ella. No sabía si era por el hecho de que fuese una vampiresa, pero no se ajustaba para nada a los patrones que tenía guardados en la cabeza. Cada nuevo movimiento era contradictorio, cada palabra exponía una reacción opuesta.

No supo si ya era por el previo enfrentamiento, por los gritos que le había dado, por sus esfuerzos por no evadirse o porque, en cierto modo, estaba pensando demasiado, o también porque Layla no parecía ser como nadie que hubiese conocido antes y eso le tenía absolutamente desconcertado, pero lo cierto es que estaba empezando a sentir una leve punzada en la sien; síntoma inequívoco de que no tardaría en tener un bonito dolor de cabeza.

Sensación que aumentó cuando primero dijo abiertamente que su gente tenía sentimientos, cosa que Uriah había podido comprobar él mismo cuando había visto sus lágrimas recorrer su piel blanca para perderse más allá de los límites de su cara. No entendía que tuviese que reafirmarlo, como no había entendido que hubiese pedido disculpas de nuevo. Pero lo que ya le habría dejado sufriendo un cortocircuito, de haber sido un robot de verdad, fue su reacción siguiente. ¿Cómo que no había dicho eso? ¿De qué estaba hablando? El italiano frunció el ceño, absolutamente perplejo, llegando a pensar que quizás la chica estaba un poco loca. Tampoco sabía si era inherente a su personalidad o estaba causado por su condición de vampiro, pero ni una cosa ni la otra la hacían menos rara, desde luego.

La observó marcharse esquivando escombros a su paso. Durante un segundo vaciló sobre qué hacer. No es como si fuese a seguirla. La salida estaba por la dirección que ella estaba tomando. Pero en su mente empezaba a entender que Layla era tan extraña que si empezaba a recorrer el mismo camino, quizás acabase pensando que le estaba pisando los talones a propósito. Y Uriah no tenía orden alguna de vigilar específicamente a esa subterránea, así que… Al final suspiró, echó la capucha más hacia delante y comenzó a caminar. No tardó demasiado en darle alcance, y cuando se cruzaron le sonrió, esta vez sí más mecánicamente. Más como siempre. De forma casi inhumana e insensible.

Me marcho. Así que buenas noches y cuida tus pasos, Layla, hija de la noche.

La adelantó sin plantearse a esperar una respuesta, y pronto su figura negra hubo salido del edificio en dirección a la ciudad, caminando con el paso rápido, ligero y ágil que le caracterizaba. Como una sombra acechante capaz de mimetizarse perfectamente con la oscuridad.


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