03/12 - Estimados habitantes del submundo. ¡Los nefilims vuelven a estar disponibles!


07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


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Te había estado buscando |Alaric Levinson|

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Te había estado buscando |Alaric Levinson|

Mensaje— por Jonas Geller el Mar Jun 02, 2015 1:11 am

El sonido que provocaba el crujir de mis botas hacía eco en el silencio de la noche.

Era a estas horas cuando los cazadores salían de sus guaridas para cobrarse a sus presas, y como tantas otras en mi juventud, había decidido hacer lo mismo en esta, donde la luna brillaba y las estrellas titilaban sin miramientos. La agilidad propia de mis movimientos perfeccionados tras años de entrenamientos, de sufrimiento, de dolor, se vió mancillada ligeramente mientras caminaba porque aún me resentía de algunas heridas que los irazte no habían podido curar bien en su momento, y cada vez que un músculo no se estiraba perfectamente, maldecía entre dientes a la bastarda malnacida que me las había provocado.

Por supuesto, no había estado ocioso esos meses. Había pasado casi medio año, ya, desde aquel humillante episodio en el que casi me había visto superada por una licántropa entrometida del Praetor que no me había dejado hacer mi trabajo en condiciones. Sabía que se llamaba Scarlett Jane Williams, que tenía treinta y un años y que vivía en el centro de New York. Habría sido condenadamente fácil deslizarme hasta su apartamento, esperarle allí y tenderle una emboscada para hacerle pagar por todo lo que me había causado, pero ya no era un nefilim normal y corriente. Era un respetado miembro de La Clave y no podía dejarme llevar por venganzas personales, por mucho que quisiese o dejase de querer. Además, los Acuerdos seguían siendo intocables y, en esas circunstancias, quien habría salido perdiendo habría sido yo.

Así que me mantenía pensando que ya me encontraría con ella en otra ocasión y que esa vez no iba a tener tanta suerte como en nuestro primer encuentro.

Sin embargo, en esos momentos mis reflexiones quedaban limitadas únicamente a maldecirlas a ella y a mi mala suerte por no haberme permitido darle el golpe de gracia. Estaba demasiado ocupado siguiendo la pista de un grupo de vampiros que no parecían querer pertenecer a ningún aquelarre y que, además, no estaban más que causando problemas entre diferentes mundanos. A saber qué demonios estaban tramando esas criaturas del averno… Así que habíamos partido en un grupo de cinco y nos habíamos separado al llegar a un claro del bosque donde había evidencias de su estancia allí. Llevaba ya varias horas perdido sin señal alguna de ninguna criatura. Lo cual no evidenciaba nada bueno. La tranquilidad era máxima en esa zona del bosque, pero al menos los grillos mantenían su canto, lo que me permitía estar menos tenso.

Que no relajado.

De pronto una rama se rompió a mi espalda. Tan sólo se sucedieron tres segundos, pero fueron suficientes para que a mí me diese tiempo a desenfundar una estaca que llevaba guardad en la parte interna del abrigo y a que uno de los vampiros yaciese en el suelo, retorciéndose, con la punta clavada justo en el lugar donde antaño debía de haber un corazón. La arranqué sin miramientos cuando sus ojos se apagaron definitivamente, sonriendo de forma torcida al pensar que nunca deberían de haber dejado de estar así. Saqué el móvil para comunicar que había tenido contacto, llegando en ese momento cuatro mensajes a la vez. Al parecer los muy imbéciles se habían sincronizado para atacar al mismo tiempo, fallando todos estrepitosamente al mismo tiempo.

Mis dedos teclearon rápidamente un mensaje de aprobación, indicándoles que se adelantasen, que yo iba a seguir dando vueltas por la zona, cuando un nuevo crujido sonó a mis espaldas. Lejos de sobresaltarme o de sorprenderme, simplemente alcé levemente el rostro antes de  dirigirlo de nuevo hacia el teléfono para finalizar lo que estaba escribiendo. Sólo entonces, una vez lo hube guardado en el bolsillo interno de mi gabardina, crucé las manos tras mi espalda y me giré, encarando a una nueva criatura frente a mí.




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Habían pasado largos meses, los cuales me parecieron eternos pero por fin lo había conseguido. Le tenía. Casi había trabajado en esa búsqueda sin descanso obteniendo cada semana datos sobre aquel nefilim que casi mata a Scarlett, teniendo que negociar con varios subterráneos que también habían sido sus victimas y que por gran fortuna, habían sobrevivido. Ahora se cobraría todo el sufrimiento por el que había pasado mi protegida, y ya de paso, por todos los subterráneos.

La noche casi veraniega era agradable, fresca, e iluminada ligeramente por la luna. En el bosque tenía un efecto que me cautivaba; tal vez fuese por esa parte de mi, la animal, la que me hacía sentir así entre la arboleda, y el aroma dulzón de la vegetación tintada levemente por la humedad de la noche, pero me hacía sentir fuerte, seguro, en mi terreno. A eso le tenía que sumar mis inquebrantables convicciones, la razón por la que había planeado hasta el último detalle el final de Jonas Geller, que así se llamaba mi presa de 43 años, natural de Idris, y por lo que dictaba la foto, padre de familia. A esa última información no quería hacerle mucho caso porque no quería que mi conciencia me detuviese en el ultimo momento. Yo siempre había sido un hombre piadoso hasta con mis peores enemigos naturales, hasta el punto de dar segundas o terceras oportunidades para que pudieran controlar sus instintos para redimir sus pecados, porque yo entendía lo que era haber perdido el control alguna vez y buscar con desesperación mi propio perdón.

Toleraba a los vampiros mientras no molestaran, no hicieran daño a ningún ser, pero en esta ocasión me había aprovechado de ellos. Desde que investigaba al nefilim supe que andaba tras la pista de un aquelarre problemático y vi en ese hecho la oportunidad de tenderle una trampa y quedarme a solas con él. Y lo logré. Me las apañé para ir separando al grupo, muy lejos los unos de los otros para que el grupo de nefilims también se desperdigaran. Por supuesto no actué solo, necesité la ayuda de varios aquellos subterráneos que habían sufrido la crueldad del nefilim por lo que no me costó demasiado trabajo convencerlos.

Mis pasos me empezaron a acercar al claro donde le había visto adentrarse. Me acerqué sigiloso, agazapado entre los frondosos arbustos hasta detenerme en uno de ellos a la espera de que hiciese su trabajo. Podía sentir el apestoso hedor del vampiro penetrar por mis fosas nasales y esperé a que el nefilim lo eliminase para poder concentrarme solo en él. Esa noche no habitaba dentro de mi aquel hombre compasivo y misericordioso, sino aquel que buscaba venganza. Escuché y observé perfectamente gracias a mis aventajados sentidos cómo atravesó al subterráneo con la estaca, como también contemplé esa sonrisa jocosa. Enfurecí. Sentía como me retorcía por dentro al imaginarme esa misma expresión al ver a Scarlett casi muerta y pretendiendo darle el último golpe. Cerré los ojos, respiré con profundidad varias veces para obligar a tranquilizarme, porque necesitaba control para ser consciente de lo que hacía durante la lucha. Empecé a moverme, rodeando el claro para buscar su espalda hasta que, adrede, pisé una de las ramas que yacían en el suelo para ponerle en alerta. Quería una lucha justa, y también avisarle que no estaba solo.

Salí de mi escondite cuando él se había vuelto con una pose aparentemente tranquila, y observaba de forma analítica mi figura hasta clavar sus ojos en los míos. Se decía que no se debía guiar uno por las apariencias, pero mi imagen casi delataba mi condición por la forma de mis facciones, mi complexión corpulenta, mis cabellos y barba que permanecían siempre en caos, mis movimientos, pero en especial unos ojos de depredador que cualquiera podría reconocer, y más aún otro cazador.

He venido como mensajero —. caminé hasta quedar a tres metros de distancia de él, pero poco tiempo me detuve pues empecé a rodearle. Sus manos a sus espaldas estarían por alguna razón estratégica y debía estar alerta — ¿Qué tal tu pierna? — esbocé la misma sonrisa ladeada que le había visto poner hacía escasos minutos. Quedé en silencio varios segundos más acechándole.


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Sus ojos claros se centraron sobre los míos cuando nos encontramos frente a frente. Respiré, pero sin ningún matiz especial. No por cansancio. No por desesperación. Ni siquiera por impaciencia. Lo hice mientras mi mirada lo analizaba lentamente, deteniéndome en cada pequeño matiz que pudiese resultar llamativo o identificativo; no tanto por si lo había visto antes –que no era el caso–, sino más bien para que, en un futuro, pudiese localizarle rápidamente en mi cabeza. Y para poder rellenar correctamente la ficha en el caso de que su cadáver terminase manchando de sangre mis manos. Porque tampoco me hizo falta demasiado para darme cuenta de que apestaba a lobo por los cuatro costados. Su forma de moverse, su forma de mirarme, su complexión… Sonreí de forma sardónica durante unos breves segundos antes de que empezase a hablar.

Basura.

¿Mensajero de qué? No tengo recuerdo de haber solicitado que ninguno de los tuyos se acercase a comunicarme nada.

Le seguí con la mirada mientras me rodeaba, sintiendo algo de diversión por dentro. Venía bien para su seguridad que fuese desconfiado, pero ahora mismo no tengo nada a la vista que él deba tener. Los aguijones y cuchillos de plata están guardados dentro de mi gabardina; nunca salía sin ellos, pero desde el encuentro con la rubia mucho menos. El recuerdo de su voz aún hace que me hierva la sangre; sólo por el hecho de que no pude darle el golpe final estando tan cerca. Tan cerca.

Fruncí ligeramente el ceño ante la mención de mi herida, pero en seguida recobré la compostura frente a aquel engendro, porque no podía darme el lujo de mostrar debilidad ante él. La última vez que me había enfrentado a un lobo, a esa rubia del demonio, me había dejado llevar demasiado por mi rabia, por mi soberbia, y ni siquiera había podido terminar el trabajo que había comenzado. Tan patético, tan ridículo y vergonzoso que aún latía con fuerza dentro de mis venas. Si terminaba sucumbiendo de la misma forma a mis instintos mi expediente quedaría marcado humillantemente dos veces con dos errores idénticos. Yo, que siempre me he enorgullecido de no caer dos veces en la misma piedra, no pensaba concederme la primera ocasión para dejar de hacerlo.

Tu preocupación resulta enternecedora, licántropo —ironicé—. Sin embargo, no esperes que la agradezca. Yo no soy tan amable y bienintencionado como tú —me burlé sin tapujo alguno, sin temor a su rabia ni a su reacción—. Gajes del oficio. Como la desconfianza que me suscita tu repentina aparición. Así que si tienes que decir algo, dilo. Si quieres hacer algo, hazlo. Y si no, márchate por donde has venido. Al contrario que vosotros, engendros, nosotros solemos tener ocupaciones variadas y mucho que vigilar. De modo que abrevia. No me apetece desperdiciar más tiempo aquí contigo cuando hay asuntos que requieren mi presencia.

Mi voz había adquirido un cariz ciertamente más duro, más cruel, y más directo. Demasiada pantomima intentando rebajarme al nivel del lobo. No me moví porque no quería desvelarle hasta qué punto seguía impedido de la pierna, aunque si lo había mencionado, estaba claro que me había estado vigilando lo suficiente como para darse cuenta de que no la manejaba al total de mis capacidades. Jodida loba rubia… Algún día me cobraría, de algún modo u otro, la humillación a la que me había sometido. Mis ojos se centraron afiladamente sobre los suyos, esperando una respuesta, fuese cual fuese, mientras mis dedos, nerviosos, se deslizaron hacia el interior de los bolsillos de mi pantalón. Cerca de las armas estarían mucho más tranquilos.




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No quise disimular mi condición, no frente a él porque en parte era una forma de comunicarle que había venido a darle caza. Quería un combate justo aunque ese despojo nefilim  no lo mereciese, pero pillarlo de sorpresa hubiera sido de cobardes. Mis ojos no dejaban de escudriñarle de arriba abajo, en especial su indumentaria que escondería más de lo que parece entre otras cosas armas y quién sabía si algún chaleco endurecido que le protegería más de la cuenta. De todas formas no me preocupaba, mis garras la destrozaría antes de llegar a su carne como el cuchillo corta la mantequilla.

Entrecerré la mirada y mantuve una sutil sonrisa en mis labios cuando me hizo ver que no sabía de lo que le estaba hablando. No tenía sospecha de por quién había venido y eso en el fondo me venía bien para no dejarme provocar con él porque no permitiría oírle decir nada despreciable acerca de Scarlett.

Mi cuerpo segregaba adrenalina que corría rauda por mis venias, mis músculos se tensaban y mi corazón latía con fuerza, sintiendo esa ansia de combate que pronto se daría entre los dos. Mi mente llevaba semanas preparada para esto pero mi cuerpo era el que estaba experimentando en ultima instancia todos esos síntomas previos a lo que iba a acontecer en los próximos minutos. Preveía sangre en mis garras derramándose a lo largo de todo mi brazo y por supuesto no sería mía. Le quería muerto. No pensaba en las consecuencias que traería eliminar a un miembro de La Clave, que por cierto... serían muy perjudiciales para los míos, pero en esos momentos no estaba siendo nada razonable, me dejaba arrastrar por la ira. Una vez acabada la tarea ya me dispondría a pensar qué hacer.

Apenas se inmutó cuando mencioné la herida de su pierna pero en algún rincón de su faz me pareció vislumbrar que le había afectado, bien, quería que supiera que conocía sus puntos débiles que estos no tenían porque ser solo físicos. Tenía un as en la manga que utilizaría en un momento dado que se fue acercando al oírle hablar con esa asquerosa soberbia.

Oh vaya... así que eres un hombre muy ocupado pero no siempre para lo que se te encomienda. Te has desviado del camino Señor Geller — sonreí sin dejar de dar pasos a su alrededor concentrando mi transformación en ambas extremidades que pronto se vieron cubiertas de un color rubio ceniza y mis dedos  estaban armados con garras  — esperaba más de alguien tan experimentado y preparado como te crees. ¿No te resultó extraño el modo en el que esos chupasangres se dividieron para que los tuyos también lo hicieran? Estúpido nefilim... — bufé dejando escapar una ligera risa — Y tranquilo, que ya no tendrás más tiempo que perder.

Inmediatamente me lancé a la carrera para acortar la escasa distancia que nos separaba. Lo primero que buscaba era despojarle de cualquier defensa que me dificultase llegar hasta sus puntos vitales así que ataqué directo a su pecho, en un corte diagonal para destrozar en parte su protección. Percibí como mis garras se enterraban y arrastraban  su carne en mi primer ataque, superficial, pero bastaba para cumplir con mi primer objetivo. Rodé por el suelo esquivando su contrataque con éxito y  jadeando extasiado por el combate. Quise aprovechar mi posición para realizar un barrido y tirarlo al suelo pero en vez de eso recibí su ataque sin poderlo evitar de ningún modo haciéndome soltar un quejido.


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Nunca había sentido un odio especial hacia una grupo concreto de entre los subterráneos. Todos me parecían igual de despreciables, igual de corruptos e insoportables, y a veces resultaba muy difícil tener en cuenta que no se podía ir en su contra siempre porque no siempre, al parecer, son culpables de las cosas que suceden a su alrededor. A veces simplemente están ahí, o a veces no pueden controlarse y, debemos creer, hacen daño sin quererlo. Debemos creer. Para mí la presunción de inocencia nunca ha existido con estas… criaturas, y no va a comenzar ahora. Perro viejo…

Sin embargo, debo decir que últimamente los licántropos estaban consiguiendo sacarme de mis casillas más de lo habitual. Primero ese criajo estúpido con el que Adeline había estado viéndose, Mishka Henrik; después esa maldita rubia insoportable que me había provocado el estado de cojera que ahora padecía, Scarlett, si no recuerdo mal había descubierto que se llamaba; y ese imbécil barbudo crispó mis nervios desde el mismo instante en que sus labios infectos pronunciaron mi nombre. Apreté el puño derecho inconscientemente, aunque intenté que en mi semblante no se reflejase. No podía permitirme el lujo de que ese engendro tuviese idea alguna de cómo me encontraba a nivel emocional.

Mis dedos acariciaron suavemente la empuñadura de uno de mis cuchillos serafines, escondidos bajo la gabardina y atados a mis piernas, mientras seguía su mirada azul conforme aparecía en mi campo de visión, pero sin bajar la guardia en ningún momento. No podía darme ese lujo, pues hasta un novato se habría dado cuenta de lo que estaba sucediendo: me estaba acechando. Me rodeaba, cercándome, cerrando cualquier posible vía de escape para mí con su rapidez lupina. Insensato. Era algo más joven que yo, aunque con las características propias de estos bichos nunca se sabía, pero en apariencia no podía tener más de treinta y cinco; probablemente, pensaba él, eso le otorgaba una ventaja. Lobo joven contra nefilim cuarentón. La loba rubia debía de haber pensado lo mismo, en su momento. Y ambos estaban igual de equivocados al respecto.

Así que los vampiros se habían dispersado gracias a él… Rastrero. Típico de alguien de su calaña. Pero esa no fue la única información que me dio. Su pose, su voz, el brillo acerado en su mirada… El primer golpe estaba cerca y lo sabía; mi mano se aferró al primer cuchillo que pudo, sin embargo él fue mucho más rápido que yo, como se mostró cuando sus garras atravesaron mi traje de batalla y desgarraron la carne de mi pecho sin dilación. Más por acto reflejo que por otra cosa lancé una cuchillada que nunca le alcanzaría porque su cuerpo, flexible, consiguió esquivarla rodando por el suelo. No obstante en esa ocasión mis reflejos fueron más rápidos que sus movimientos y su pierna no me alcanzó cuando intentó realizar un barrido para tirarme al suelo. Salté, giré en el aire y mi talón golpeó su nuca con tanta fuerza por la inercia que le echó hacia detrás.

Menos mal que has decidido lanzarte a la acción, licántropo. Odio los preámbulos. —Me pasé la mano por el pecho mientras me apartaba de él lo suficiente como para controlarle desde la distancia y escupí al suelo sin licencias—. La última pelea que tuve con uno de los tuyos tuvo demasiados para mi gusto.

No buscaba provocarle porque no lo necesitaba, pero las palabras salieron solas de mi boca. Tampoco iba a responder a sus estúpidas acusaciones porque no tenía que justificarme delante de un miserable lobo cuya insignificante existencia no era más que un error. Probablemente llevaba toda la vida lamentándose del momento en que le mordieron, pero nunca lo había hecho tanto como lo haría esa noche.

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El sentido del equilibrio fue anulada tras la patada que recibí en la nuca, con tanta fuerza que me hizo dar varios traspiés y casi caer de bruces al suelo. Mi cuerpo se había inclinado hacia adelante soportando mi peso sobre mis manos y una de mis rodillas que se clavó en el suelo blando del claro del bosque. Arrugué la nariz en un gesto de frustración, recuperando la verticalidad y enfrentarme nuevamente a sus ojos desafiantes. Era bueno, muy bueno. Tal vez había menospreciado su valía en combate al tener conocimiento de que tenía una pierna fastidiada, pero el nefilim sabiendo dicha desventaja lo remediaba apoyándose en el resto de sus capacidades; como el invidente que se apoya en el sentido del oído para guiarse sus pasos.

Ese golpe dio tiempo a alejarse de mi, estudiar la herida que le acababa de producir en el pecho, pero también yo pude recomponerme. Las palabras que profirió no me importaron nada, no hasta que mencionó la última pelea que tuvo: hablaba de Scarlett. Apreté los dientes con intensidad, y fruncí el ceño. Tenía que controlar ese torrente destructivo que empezó a emerger del pecho, aquel que se extendía por todo mi cuerpo y me hacía cambiar si no hacía nada al respecto. Normalmente nada ni nadie me provocaba, siempre fui un hombre tranquilo y más aún después de haber provocado tanto daño a Scarlett; eso me incitó a tener un mayor control sobre mi mismo y aprender a domar el lobo de mi interior. Pero ese nefilim me estaba provocando y sin pretenderlo, porque no tendría idea de la relación que nos unía a los dos, ni debía saberlo. Decidí contraatacar, y no solo físicamente.

¿Eso también se lo dices a tu mujer? ¿No te van los preliminares? — espeté con una lengua afilada que no me correspondía, que jamás hubiera utilizado en otras circunstancias pero que no pude evitar. Estaba aprendiendo mucho de las numerosas disputas que tenía con Scarlett — Una lástima siendo una mujer tan guapa... Ya sé de dónde sacó la belleza las pequeñas. — estaba haciendo alusión a la foto que me encontré en el edificio abandonado donde encontré a mi compañera y protegida casi muerta.  Después de eso no esperé a ver su reacción; que lo mismo continuaría aguantando el tipo como hacía hasta entonces, y no se dejaba llevar por la ira, pero tampoco sirvió para distraerlo porque mi ataque fue esquivado con facilidad. Había intentado volver a escarbar con mis garras sobre su pecho, abrirle todavía más las brechas que le hice con anterioridad pero fracasé.

Le perdí de vista pues rotó de una forma que tendría que estar a mi espalda, y cuando me quise girar sentí un dolor tan intenso que no pude determinar de qué se trataba. Chillé con intensidad y sufrimiento, fui incapaz de acallarlo. En consecuencia, y percibiendo que la calma se me escapaba por todos los poros de mi piel, me lancé directamente hacia su cuerpo usando esa vez el codo para propinarle un duro golpe en la cabeza, haciendo un giro arriesgado lo intenté. Pero de nuevo su cuerpo se desvió con soltura y ligereza, la misma que evocó para lanzarme otro duro golpe, cortante o contundente, no lo sabía ya que mis receptores sensoriales en aquellos momentos estaban apunto de colapsarse. La cuestión era que me hizo caer al suelo, y que el levantarme inmediatamente era una tarea complicada.


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Gruñí.

Quizás, de todas las reacciones que podría haber imaginado que tendría en semejantes circunstancias, con un asqueroso licántropo haciendo menciones obscenas al respecto de la madre de mis hijas, aquella fue la que más llegó a sorprenderme a mí. Él, por supuesto, no tenía por qué tener ni idea del motivo, pero lo cierto es que el único reflejo que me produjeron sus palabras fuese sonido seco y ronco que me nació directamente de la garganta, donde concentraba todo el desprecio y la rabia que había provocado en mí.

A veces resulta extraño pensar que en esas circunstancias cualquier hombre se habría lanzado a sus brazos para partírselos. Y yo deseaba hacerlo, sinceramente. Un motivo más para reventarle la boca y los dientes uno a uno a esa desgraciada criatura que estaba parado delante de mí. Pero no soy un hombre cualquiera, ni mucho menos; no, yo he entrenado mi paciencia hasta límites que raras veces pueden romperse. Y aún así, es realmente complicado hacerme perder los papeles. Mucho menos con un intento tan burdo, estúpido y evidente de provocarme.

Pero las ganas de rendirme a sus provocaciones tampoco eran inexistentes. Sobre todo cuando hizo referencia a las niñas. Apreté los puños mientras respiraba con fuerza, profundamente, para intentar tranquilizarme, porque necesitaría tener mis reflejos, mi concentración y todos mis sentidos puestos en esa pelea para no terminar tan mal herido como en la anterior. Por eso esbocé una sonrisa sardónica cuando dejó de hablar y me centré en sus movimientos, anormalmente rápidos por el veneno que tenía por sangre en las venas.

Esquivarle fue demasiado fácil. Casi como si sus propias palabras hubiesen causado más efecto en él que en mí mismo. Extrañado, pero no por ello confiado, roté sobre mí mismo para quedar a su espalda, y extrayendo con maestría una daga de plata, la introduje con fuerza en su espalda. Sin embargo, sus pasos hicieron que no la clavase donde yo quería, y el golpe, aunque doloroso para él, no fue mortal. Me alejé con precaución, pues sabía que el sufrimiento haría que el animal que portaban en su interior empezase a dar la cara, pero sus gestos fueron torpes y fáciles de esquivar. Era lo que sucedía cuando la ira empezaba a gobernar tus acciones, y con un simple rodillazo en el plexo solar pronto lo tuve tumbado en el suelo, casi sin respiración.

Me paseé un par de veces delante de él antes de hablarle, dándole vueltas en todo momento a cómo era posible que supiese de la existencia de la que alguna vez había sido mi familia. Los lobos que van por libre, siquiera los de la manada de Garroway o del Praetor, tienen acceso a ese tipo de información, porque en La Clave tampoco saben cómo es la madre de Adeline. Fruncí el ceño, hasta que, de pronto, una posibilidad casi remota se me pasó por la cabeza; de forma inconsciente me llevé la mano al bolsillo donde solía guardar la foto donde aparecían las niñas y su madre antes de perderla. Antes del combate contra la loba rubia.

Solté una leve risa carente de emoción antes de hablarle.

No me sorprende para nada que uses esos sucios trucos para intentar desequilibrarme. ¿De verdad creías que eso me iba a hacer saltar como a un adolescente inseguro? Imbécil… Sois todos iguales en tu gente, hombres y mujeres. —Empecé a girar la daga cubierta de sangre entre mis dedos, observando su filo plateado—. La rubia también hablaba demasiado mientras peleaba, pero eso no le ayudó a terminar demasiado bien. Deberías saberlo.

En realidad no tenía por qué ser su compañero, ni tenía por qué ser por ahí por donde había descubierto esa información. Pero era una posibilidad como otra cualquiera y tenía que corroborarlo. Aunque sólo fuese por mi propio orgullo.

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Me dio lástima la pobre mujer a la que mancillé su honor con mis palabras. Dije cosas muy impropias de mi persona y que me resultaban repulsivas, muy deshonestas,  pero lo creí necesario para bajar a aquel nefilim la guardia; para sacarle de sus casillas, provocarle de tal modo que luchase con una ferocidad descontrolada. Escucharle gruñir me llenó de regocijo, cosa que reflejé sonriéndole con la crueldad propia del disfraz que entonces cubría todo mi cuerpo y controlaba mis cuerdas vocales.

Nos quedamos quietos, mirándonos el uno al otro con el desafío marcado en nuestras retinas. Esperaba que él asimilara el significado no tan oculto de la blasfemia dedicada a su mujer y madre de sus hijas. Que supiera todo lo que sabía de él. Que podría ir a por ellas en cualquier momento si me apeteciera aunque en realidad nunca lo haría, no soy esa clase de persona, pero quería que lo creyese.

Me precipité creyendo que funcionaría, que a partir de entonces no podría controlar sus emociones y que éstos lo empujarían a luchar sin cabeza. Lo supe cuando fallé mi siguiente ataque pues en un rápido movimiento el nefilim lo esquivó, y no se quedó ahí la cosa, sino que usó su esquiva para contraatacarme de una forma tal cruel como inesperada. Enterró en mi espalda una hoja que debía ser de plata pues el profundo dolor que sentí me invadió sobremanera, haciéndome gritar desde las profundidades de mi garganta. La vista se me nubló y mi cuerpo se zarandeó como si se tratara de un muñeco de trapo. Conocía esa sensación, la previa a la transformación; aquella en la que el lobo se sacudía bajo mi piel en busca de la libertad y la presa. Sediento de sangre. Sediento de venganza. Ya lo notaba en mis músculos y en mis huesos que se iban deformando, muy poco a poco porque yo no lo permitía. La contención dolía, dolía mucho, pero si iba a destrozar a ese nefilims quería ser consciente de ello.

Otro golpe. Mi pecho se oprimió y dañó a mi respiración que de manera instantánea se cortó. Inclinado hacia adelante y apoyado sobre mis rodillas me hallaba, dando bocanadas pero sin recibir nada de aire hasta pasado unos largos segundos. Me estaba dando una paliza. Después de haberle provocado era él el que mantenía en perfecto estado su control en el campo de batalla mientras yo lo había perdido por completo a causa de la confianza y también la ira desmedida que sentía hacia él. Cuando me recuperé, levanté la mirada hacia él y todos mis ojos se habían teñido de negro, exceptuando mi iris que del azul claro había tornado al dorado, como la mirada de un lobo. No fui yo, era la bestia que empezaba a manifestarse por sí sola... hacía años que no me ocurría algo así.

El nefilim ganó confianza, y tras contraatacar con gran éxito a mi físico, también lo quiso hacer a mi moral dedicándome unas palabras que junto a su mirada destilaban suficiencia y desprecio. Tuvo éxito. La tuvo en el instante que mencionó a Scarlett, burlándose de ella en mi cara, la cual se fue poniendo cada vez más roja y mi respiración me empujaba hacia adelante y hacia atrás. No respondí a su provocación, no al menos verbalmente porque me abalancé contra él como una fiera. Gran parte de mi ser estaba siendo dominado por el lobo, por ello de un salto logré alcanzar su cuerpo y a la par conseguir tirarlo hacia atrás conmigo encima. La criatura lupina estaba en constante cambio entre la vigilia y el sueño, despertaba y dormía, lo que hacía que algunos de mis movimientos fuesen torpes, surgidos más del impulso que de la intención. Aún así conseguí aferrar mi poderosa garra sobre su frágil cuello apretándolo con una fuerza sobrehumana. El intento de asfixia se vio interrumpido por su intento de atacarme, rodé sobre el suelo liberando su cuerpo para esquivarle, pero en cuanto recuperé la verticalidad volví hacia él con fiereza. Le agarré de unos de sus brazos y con la brutalidad que correspondía al lobo, pues ya no era yo el que luchaba, al menos no del todo, lo lancé con todas las fuerzas acumuladas hacia un árbol cercano estrellándolo contra él; con suerte el impacto le fragmentaría algunos huesos y sus ganas de humillar a Scarlett. Presencié su recuperación como la fiera que observa a su presa reponerse antes de volverla a asaltar, jugando con sus esperanzas de seguir viviendo. Él volvió a atacar, y fue certero, pero en esa ocasión no grité, ni siquiera gruñí, la adrenalina era tal que bloqueaba por esos instantes el dolor.

Con mi reacción era evidente que "la rubia", como el nefilim la llamaba, era importante para mi, y aquel hecho abriría una gran brecha en mi auto-control aunque... creo que ya era demasiado tarde porque la brecha ya se había convertido en un poderoso abismo.


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Clarisse me dijo muchas cosas durante los años que estuvimos juntos. Buenas y malas. Increíblemente, más buenas que malas, pero porque ella sacaba lo mejor de mí. Siempre ha sacado lo mejor de mí. Sin embargo, lo que siempre recordaré es su rostro sereno intentando hacerme entender que mi mayor defecto era la soberbia. Siempre ha sido la soberbia. Siempre será la soberbia. Sé que soy superior a estas criaturas por el simple hecho de que ya no son humanos; han perdido ese privilegio y ahora retozan en la oscuridad miserable de todo lo relacionado con los demonios. Impúdicos y lúgubres. Pero el dejarme llevar por ese sentimiento en mitad de una pelea nunca ha sido práctico… y a veces, muy propio de mí.

«El único pecado que nunca han perdonado los dioses es la soberbia, Jonas.»

«Yo no creo en ningún dios.»

Sigo sin hacerlo. Pero a veces sí que creo que sus palabras eran ciertas.

Me sucedió lo mismo con la rubia, aquella noche. Me dejé llevar por el pensamiento de que debido a su inferioridad, yo soy capaz de controlar mis emociones primarias mejor que ellos y eso es lo que me da la clara ventaja en el combate. Me equivoqué. Ambas veces. Lo que realmente no imaginé era que el mencionarla a ella delante de este imbécil descerebrado fuese a desembocar tal ira en su persona. Me sorprendió, he de reconocerlo, y cuando quise darme cuenta su garra estaba apretando mi cuello con tal fuerza que me hizo casi perder la respiración.

Mi primer instinto, presa de la desesperación, fue arañarle lo que antes había sido una mano para que me soltase; golpearle sin ton ni son. Pero conseguí un instante de lucidez en el que, cuchillo en mano, intenté lanzar un ataque que se previese lo suficiente certero como para que le hiciese pensar en su supervivencia antes que en mi muerte. Fallé el golpe, pero conseguí mi propósito; me separé de él entre jadeos, frotándome la zona que había sido apretada con tanta brutalidad. Probablemente me estaría doliendo durante días. Aunque tampoco tuve demasiado tiempo para preocuparme por eso…

¡PAM!

Lo siguiente que fui capaz de registrar fue un intensísimo dolor en mi espalda y un desagradable crujido que llenó mis oídos, además del pensamiento de que, por favor, no me hubiese quedado inválido. Caí al suelo como un saco de cemento, mareado y con tales nauseas que tuve que apartarme un poco para poder vomitar. Intenté ponerme a cuatro patas en el suelo, pero un dolor ardiente y lacerante me recorrió todo el hombro izquierdo hasta el brazo, y comprendí en seguida que tenía el hueso fracturado. Como pude me levanté, dejando inerte la articulación rota en la medida de lo posible.

Eso no me impidió lanzarme sobre él y asestarle un tajo en el pecho. Su sangre recubrió mi  mano pero no le di mayor importancia que la que podía tener. Hacerlo hubiese sido mi perdición. Escupí para eliminar de mi boca cualquier rastro de bilis, pero el regusto amargo no desapareció.

Todos los putos lobos sois iguales de imbéciles a las provocaciones.


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El gruñido gutural que emití cuando se escapó de mis garras ya no me pertenecía, no era humano aunque el 80% de mi cuerpo -restando mis brazos que se había convertido en garras- pertenecía a esa condición. Mi personalidad también estaba siendo manipulada por la ira, la cólera y el odio que parecían salirseme por los ojos de la manera que le miraba.

Logró escapar de mi agarre pero no de la lanzada que le hizo estrellarse contra el árbol. Siempre había valorado la vida humana, o no humana. Siempre. Los únicos seres a los que tenía claro que había que erradicar sin compasión alguna eran a los demonios, y a causa de mi personalidad pacifista y bondadosa me pensaba dos veces hacer daño a los subterráneos que hacían el mal porque siempre había creído en las segundas oportunidades y en la redención. Pero con Jonas no podía, mas debía admitir que tampoco quería, y el querer es poder. Scarlett para mi era la excepción de la regla, mi punto débil, mi mejor regalo y el peor de mis castigos.

Seguí acechándolo, impregnándome de la imagen de verlo derrotado en el suelo, tambaleándose al levantarse y escupir un vomito igual de asqueroso que él mismo. Mis ojos ennegrecidos se clavaron en su brazo que yacía colgando al lado de su costado y sonreí con malicia, una malicia que no correspondía a mis expresiones habituales pero ahora no era yo mismo, estaba en otro mundo, en uno paralelo donde Alaric Levinson era despiadado con quien consideraba su presa. Su próximo ataque rasgó mi pecho, di un paso atrás y gemí como respuesta a ese doloroso estímulo pero no caí. No esa vez. Aunque me doliera, mi cuerpo estaba tan caldeado y en tensión que para volverme a sacar un grito desgarrador había que provocar heridas más profundas.

Y tú sigues provocando cuando mi ira te está destrozando. ¿Quién es el imbécil?.

Emprendí el camino hacia él, de frente en vez de irle rodeando. Paso a paso me aproximaba como si de un amigo al que saludar se tratase. Había cambiado radicalmente mi actitud combativa o eso le hice creer porque cuando nos separaban escasos metros – contando la distancia que él habría expandido a medida que me acercaba – me lancé hacia él y le propiné una fuerte patada a su costado izquierdo atrapando entre éste y mi potente pantorrilla su brazo que había colgado. Medí a la perfección mi golpe para que fuese certero una vez me había percatado de tal debilidad. Seguidamente me agaché fugazmente previendo que su siguiente ataque vendría de su pierna o brazo derecho. Desde mi posición en cuclillas, extendí mis piernas como impulso y con el uso de mi garra derecha ir directa hacia su muslo en busca de rasgar la vena femoral para que se desangrase. Ese movimiento me expondría en su siguiente ataque pero tal vez mereciera la pena. Tal vez ese pudiera ser su final y pudiera presenciar la 'muerte dulce' del nefilim – si mi paciencia me dejaba disfrutarlo-.


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Tuve que reírme a carcajadas. Tuve que hacerlo, aunque en ellas no había ni pizca de alegría, ni de ningún sentimiento que pudiese considerarse positivo. Sólo sorna. Sólo desprecio e incredulidad. Maldito niñato estúpido. Lobo desquiciado y anormal. Le encaré con el cuchillo en alza mientras se acercaba a mí, probablemente creyendo que su aspecto resultaba amenazador e iba a infundirme algo de temor en el cuerpo. Temor no. Pero dolor, dolor desde luego que sí. La noche acababa de empezar para mí, e intuí, sobrepasando la soberbia por una vez, que probablemente iba a terminar exactamente igual que la vez que me enfrenté a la rubia de boca soez e impertinente.

El golpe contra mis costillas y mi brazo fue demoledor y brutal. De nuevo escuché un crujido, y supe que se me había roto por otro lado, y que debería llevarlo en cabestrillo durante meses. Podía decir que envidié el proceso de rápida regeneración de los lobos y no habría mentido, pero ni por todo el oro del mundo aceptaría yo que me cediesen nada que tuviese que ver con ellos. Absolutamente nada. Intenté responderle el golpe pero él fue más rápido que yo; su padecimiento, desde luego, era menor.

Al menos por el momento.

Vi venir su siguiente golpe. Por todos los dioses que lo vi venir. Y por eso lo esquivé por los pelos, porque aunque no me desgarró la femoral, me hizo un corte considerable en el muslo. Pero no importó demasiado. Casi ni lo sentí. Porque antes de que pudiese moverse para apartarse de mí, le clavé el cuchillo en la espalda con toda la fuerza que me restaba en mi brazo intacto, disfrutando al sentir cómo la carne cedía, y siendo yo el que me separaba de él con la risa naciendo de nuevo entre mis labios, como un psicópata. Como si el sufrimiento me estuviese haciendo perder la cabeza.

No me hagas reír, perro. ¿Tu ira? ¿Que tu ira me está destrozando? No es tu ira, si no tu condición de bestia. ¿O acaso ha sido tu ira la que ha matado inocentes cuando aún no podías controlarte del todo? Porque lo has hecho. Seguro. Todos lo hacéis. Y luego jugáis a ser personas normales que quieren proteger a los demás. Hipócritas. Me dais asco.

Escupí, poniéndome en guardia lo mejor que podía en las condiciones en las que ahora me encontraba. La pierna me sangraba, pero no podía darme el lujo de soltar el arma porque eso podía significar mi muerte. De modo que debía arriesgarme a seguir permitiendo que la herida permaneciese desatendida y fallecer por eso. Sería mucho mejor que él aprovechase un descuido tan estúpido y por eso mi vida terminase prematuramente. Porque no tenía intención alguna de morir ahora. Y mucho menos en manos de ese bastardo rubio.



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El alarido que bramé nació de las profundidades de mi garganta cuando noté como su cuchillo plateado se enterraba en la carne de mi espalda, otra vez. La herida que se había creado ante el  contacto con la hoja de ese maldito metal estaba enrojecida de toda la sangre que salia por ella, como si de una fuente se tratara. Y el dolor. El dolor era insoportable pero aún así lo estaba cargando como mejor podía, dejándome llevar por la ira para que me diese fuerzas, sin embargo empezaba a dar pasos torpes. Retrocedí despacio y controlando para no dar un traspiés con alguna roca o rama que estuviese presenciando nuestra batalla.

Sus carcajadas se clavaban en mi mente como ardientes tornillos que me estaban causando dolor de cabeza, pero que también incrementaban mi cólera al interpretarla como una burla. Mi voluntad estaba adormecida, no, muerta totalmente desde que se atrevió a mencionar a Scarlett. Eso le dio la señal de que era mi punto débil, la causa de mi estado animal e incontrolable y de la cual pensaría que podría tener cierta ventaja pero yo no iba a permitirlo, aunque me costara la vida, no iba a dejar que se marchara.

“No le escuches, no le escuches” decía mi conciencia humana cuando el nefilim empezó a hablar después de soltar aquella risa impía. “Escúchale. Aliméntame” decía el lobo, que cada vez se revolvía con mayor fuerza dentro de mi, y que iba tomando el control de mis movimientos y emociones.

Entrecerré los ojos y respondí a sus primeras palabras con un sonido gutural que se me escapaba por la boca, y que iba siendo acompañado por mi respiración sonora, pero sus siguientes palabras congelaron en el tiempo cualquier sonido que pudiese emitir de manera natural. Sentí como si las heridas de mi espalda se hubiesen agravado de repente y se hubiesen abierto como una cruel sonrisa provocando que mi cuerpo se tambalease y casi me hicieran hincar una rodilla en el suelo. Me sentí ligeramente mareado. La figura del nefilims estaba frente a mi pero en mi campo de visión se multiplicaba por tres y se paseaban dando círculos. Noté el amargo sabor de la bilis subirse hasta mi cavidad bucal haciendo que escupiera a un lado. Por fortuna se quedó ahí pues temí que me pusiese a vomitar en ese instante debido a las nauseas que me provocaron la verdad de sus palabras.

No iba a justificarme ante ese cruel nefilim, no iba a darle explicaciones porque no lo solía hacer con nadie porque siempre consideré que era mi culpa, aunque todos me dijeran, incluida la lógica, que el único culpable era el lobo. Y eso magnificaba mi enfado, más viniendo del nefilim que casi mata a mi protegida y a mi razón de ser. Así pues, me erguí en un rápido impulso y corrí hacia él dejando que la fuerza del odio me empujase. En esos instantes estaba usando la reserva de energía que ese condenado me estaba proporcionando, y en cuanto llegué frente a él intenté estampar  mi garra contra su cuello para agarrarle y acabar con todo.

A la larga sería una muerte que me dañaría duramente a mi consciencia, pues había visto que era padre de familia, que tenía a alguien a quien amar, pero en esos instantes no era eso lo que estaba pensando, sino sentir su último aliento calentar mi rostro. Pero él lo esquivó para contratacarme, más lo vi venir y rodé a un lado para evadir su ataque. Seguidamente me aproveché de esa posición para saltar sobre él y aferrarme a su brazo malherido. Quería arrancárselo de cuajo pero tampoco logré alcanzarle, lo que me hizo rugir enfadado.


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«Los hombres lobos son malas bestias. Ten cuidado con ellos cuando les hagas frente porque su lado animal es tan brutal que si se dejan llevar por él, podrías terminar peor que muerto. »

Las palabras de mi instructor resonaron dentro de mi con tal fuerza que estuve a punto de girarme para encararle, pues la claridad y la intensidad habrían hecho pensar a cualquiera que se encontraba justo a mi lado, rodeándome, como solía hacer siendo yo un niño, esperando el mejor momento para atacarme. No supe por qué recordé ese fragmento de mi vida que había enterrado tan profundamente en mi memoria; quizás me hago viejo; quizás la pérdida de sangre y el dolor me están haciendo perder la cabeza; o quizás es porque tiene que ver con los licántropos y con los encuentros que he tenido últimamente con ellos.

Respiré pesadamente. Cada vez costaba un poco más. Ya no tenía veinte años, como Adeline, una edad a la que puedes comerte el mundo hagas lo que hagas. Cuando las patrullas nunca eran lo suficientemente largas y los subterráneos no lo suficientemente fuertes como para detenerme. La adrenalina me atrapaba, me permitía dejarme llevar hasta las últimas consecuencias, cuando terminaba agotado, herido, pero satisfecho por haber cumplido bien mi trabajo. Ahora no había acabado de luchar y ya estaba renqueante, como si fuese un coche y me faltase gasolina. Un coche con el parachoques roto, dos ruedas reventadas y las luches gastadas, desde luego.

Su rugido me advirtió de sus intenciones. En guardia, conseguí esquivar cada intento de golpe que fue dirigido hacia mí. Sin embargo él sí era joven, además de un licántropo que se estaba dejando llevar por la más pura rabia que había visto nunca. Estaba acostumbrado a irritar a los demás, pero con este estaba resultando tremendamente fácil hacer que estallase. Eso hacía que sus ataques fuesen predecibles, aunque mis heridas me restaban velocidad y me impedían alcanzarle a mí también. Todo empezaba a resultar asquerosamente repetitivo, y no me apetecía para nada tener una lucha igual de prolongada que con la rubia.

La rubia…

¿Sabes? Tu amiguita no se dejaba llevar tanto por sus emociones, aunque tenía por lengua que tú. —No estaba seguro de que esa mujer tuviese nada que ver con él, pero hacer referencia a ella y a que había matado a personas en sus inicios le había desperto el odio, así que quizás… —Me dio problemas, la verdad —empecé a decir, una vez conseguí evitar que se aferrase a mi brazo. No solía usar este tipo de artimañas para desestabilizar a mis rivales, pero era tremendamente fácil con este. Su culpabilidad debía de estar a flor de piel, porque había reaccionado horriblemente mal a mi comentario sobre sus asesinatos—. Tuvimos una lucha de lo más interesante, tengo que reconocerlo, aunque sea uno de los tuyos. Pocas veces me he enfrentado a un rival que me diese tanto trabajo como ella —y aquello era tan asquerosamente cierto que me indignaba—. Tuvo mucha suerte, desde luego. Si llego a aguantar despierto dos segundos más, probablemente lo que habríais recogido de aquella casa habría sido su cadáver… Claro que en el fondo es un alivio, porque haber acabado con una del Praetor podría haberme traído muchísimos problemas.




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Mi espalda me hierve, siento una picazón que duele. Siento las heridas que ha abierto con ese cuchillo de plata al rojo vivo, y la carne expuesta da fe de ello. La sangre ha teñido por completo toda la tela que cubre mi espalda aunque también tengo algunas monas impregnando mi pecho. Pero no es mía sino la del nefilim. No debo olvidarme que todo el terrible dolor que satura mi mente y mi cuerpo es la misma que la de él, mas me parece poco...Siento la necesidad de destruirle, de destrozarle, que observe como le arranco pedazo a pedazo partes de su cuerpo.

No tengo ningún control y mis deseos cada vez son más viscerales y destructivos. Son pensamientos que nunca antes se habían manifestado de esta manera, ni siquiera se me había pasado por la cabeza porque mi naturaleza siempre ha sido bondadosa e indulgente. Ahora me he convertido en un monstruo. La bestia se ha liberado aunque mi cuerpo siga siendo humano... al menos en parte, porque mis manos ya no son manos, sino garras pero es cuestión de tiempo de que termine transformándome, entonces ya no habrá nada que me detenga, tan solo la inconsciencia o la muerte.

La mención de Scarlett y su recuerdo moribunda ha sido el causante de mi estado actual, y él lo sabe, debe haberlo provocado para buscar en mi descontrol la desventaja ideal para ganar el combate y sobrevivir. Pero no, no voy a permitírselo. Confío en que el lobo termine el trabajo, el cual va a salir y todos estas reflexiones van a desaparecer porque el lobo no razona, solo actúa. Solo mata.

Lo único que puedo sentir es decepcionar a los míos por haberme dejado llevar, por haberme descontrolado, y aunque también me he fallado a mi mismo porque juré que esto jamás me volvería a ocurrir. Trabajé duro todos estos años porque así fuese, y hoy rompo el juramento. Pero es una excepción... Es por ella. Siempre ha sido por ella. Que casi la matara y que se regodee de lo que hizo me ha superado. No entiendo como permanezco quieto y espero a que termine de hablar. Tal vez lo esté haciendo para cargar al completo esa barra de odio que está apunto de estallar para que por fin lo haga, y dejarme ir completamente.

No le respondí, al menos no con palabras. Mis pulmones se llenaron de aire y salió poco después en un rugido gutural extremadamente potente. A su par mi cuerpo deja de ser el que es. Se deforma rápidamente adoptando la figura de un enorme lobo de pelaje rubio ceniza y unos ojos negros con los irises color cielo.

Y mi conciencia se apaga completamente.

El lobo corre velozmente para arrojarse sobre él con pensamiento de morderle la yugular y dejarle en el sitio pero el nefilim le esquiva con un modo inmejorable y en consecuencia recibe su ataque que le hizo lanzar un alarido. Cae al suelo pero rápidamente se vuelve a poner en pie para tratar de devolvérselo intentando lanzarle una dentellada en la muñeca donde cargara su arma, pero vuelve a fracasar. Hasta que no se asiente el frenesí y la ansia de sangre, además de acostumbrarse a haber sido liberado, no podrá ejecutar ataques certeros y eso es algo que Alaric no había contado.


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Me pasé la lengua hinchada por los labios resecos al escuchar cómo sus gruñidos aumentaban, cómo sus rugidos se volvían más fieros, y al contemplar cómo su cuerpo comenzaba a convulsionarse en pos de la transformación. Inconscientemente yo también emití un sonido gutural, bajo, de forma suave, quizás dejándome llevar un poco por lo primitivo, por lo animal de la situación. Dos fuerzas chocando entre sí para intentar destruirse la una a la otra. O quizás porque intuía lo que se me venía encima, y era una forma de prepararme a mí mismo para afrontarlo. Porque de mi última lucha contra un licántropo no había sacado nada bueno, y de esta, probablemente, tampoco, al ritmo al que íbamos.

Incliné el cuerpo ligeramente hacia delante, empuñando el cuchillo con fuerza en la mano. La palma sudada, salpicada ligeramente con la sangre de ambos que se mezclaba y me producía un ligero cosquilleo que podría haber desconcentrado a alguien inexperto. Pero no a mí. Yo aguardaba, con la paciencia propia del cazador, a que mi enemigo, mi presa, terminarse de debatirse entre dolores insoportables para cernirse de nuevo sobre mí. Ver a un lobo aparecer debajo de la piel de un ser humano es tan desagradable como hipnótico. Resulta imposible apartar la mirada de su cuerpo cambiante.

Sus poderosas patas golpearon la tierra para acercarse a mí. Un segundo de diferencia, un ligero descuido, y mi vida terminaría tan deprisa que no me daría tiempo ni a percibirlo. La tensión era incluso dolorosa; aquel instante en el que se aproximaba pareció tan eterno que pensé que no terminaría nunca. Pero lo hizo. Sus dientes intentaron aferrarse a mi cuello, mas yo conseguí esquivarlo por escasos milímetros. Milímetros que el mango de mi cuchillo recorrió para golpearle fuertemente en las costillas y lanzarle a una distancia poco prudente, pero alejada.

Una maldición se escapó de mis labios. Mi intención había sido la de clavarle la hoja en el vientre, pero había actuado más por intuición, por reflejo, que por haberlo premeditado, y como consecuencia no había terminado con la vida de ese perro asqueroso. No tardó nada en ponerse de nuevo de pie para lanzarse al ataque; esta vez contra mi muñeca, pero también fracasó estrepitosamente. Casi tuve ganas de reír. Ignoraba por qué estaba tan torpe ahora que había alcanzado su forma suprema, pero yo no pensaba dejarlo pasar, desde luego. No iba a esperar como un idiota a que sus reflejos mejorasen, ni a que sus dientes encontrasen el camino a mi carne.

Sin embargo no pude acertar en la siguiente maniobra. Su cuerpo parecía torpe para atacar pero rápido para esquivar, ahora que ya había recibido el primer toque de atención. Y eso hizo que no bajase la guardia, aunque tampoco lo habría hecho en otras circunstancias. Más peligrosos que los vampiros son los lobos. Siempre los lobos. Porque el vampiro si quiere matarte, lo hace. Tiene conciencia de sí mismo. Pero el lobo... el lobo te ataca, te desgarra, y si no te mata y consigues sobrevivir a tus heridas, puedes terminar siendo uno de ellos.

Y eso es algo que no pienso consentir jamás.

¡Vamos! ¿¡A qué esperas!? —grité, ansioso por terminar aquello, aunque él  no pudiese entenderme. Ansioso de acabar con su vida de una maldita vez.


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No soy un hombre sino lobo. No tengo consciencia sino instinto, y éste me pide despedazar sin contemplaciones al cazador de sombras que tengo ante mí. Ya ni puedo sentir el deseo de venganza porque ya no recuerdo que una vez fui persona, solo quiero saciar esta sed de sangre que hace que mi pelaje se erice. Con el hocico totalmente arrugado muestro mis amenazadores dientes y también huelo el aire ayudándome de mi privilegiado olfato animal, y el olor que detecta dicho sentido me hace salivar inmediatamente. Ese olor a metal tan característico de la sangre que al nefilim se le derrama a lo largo de sus brazos y ha impregnado gran parte de su indumentaria.

Parece que no me percato de mis heridas cuando avanzo hacia él con fuerzas renovadas, y eso que todo mi lomo, antes rubio, está teñido de rojo carmesí  que se expande por mis costados. Pero no importa yo corro. Yo cazo. Las partículas de tierra salen despedidas a cada paso de mis poderosas patas hasta que me apoyo en las dos traseras para abalanzarme contra el pecho de mi presa. Sin embargo no tuve éxito, mis dientes no se clavaron en la blanda carne del nefilims, y por si no fuese poco, recibí un fuerte golpe en mi costado que me hizo caer al suelo rodando sobre mí mismo hasta que pude volverme a alzar sobre mis patas y rugir, expresando de esa manera mi furia.

Fracaso tras fracaso en mis próximos ataques producen que mis ataques sean más descontrolados porque el animal no reflexiona sobre una estrategia que tomar, o exigirse calma para acertar al próximo. No pienso, solo actúo como la bestia que soy. Entonces el nefilim me grita, me provoca. Ese acto actúa como el pistoletazo de salida de mi próximo asalto a su vida que para gusto de mi paladar tiene éxito.

Mis dientes consiguen atravesar el duro cuero que cubre sus hombros y se abre paso hasta clavarse en su carne. En el tiempo que muerdo he caído sobre él y machaco su hombro una y otra vez dando dos, tres, cuatro dentelladas hasta que la piel destrozada queda totalmente expuesta a mí. La herida tiene una pinta espantosa; cubierta de sangre y mostrando un amasijo de carne al rojo vivo. Me vuelvo loco degustando su sangre, me siento eufórico y poderoso que apunto estoy de dar otra dentellada directa a su cuello en pos de ejecutarle pero un profundo dolor me detiene. Rujo fuertemente y mi vista se me nubla ante un ataque que no he podido prever por haber sido controlado por la sed de sangre. Caigo a un lado, respirando a duras penas pues ha debido llegar hasta un pulmón ya que la sangre no solo se me derrama por el orificio de entrada de su arma sino también por mi cavidad bucal.

Y entonces caigo al suelo. Mis patas no son capaces de responder mis órdenes y mi mirada lobuna se nubla hasta que caigo inconsciente, pero lo hago con la esperanza de haberlo matado.

Off:

7 -8. Ganas tú, mejor así porque si no íbamos a tardar en llegar al 10 si seguíamos esquivandonos xD. ¡Pero por los pelos! ¡Otra batalla epica!


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la Luna

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Re: Te había estado buscando |Alaric Levinson|

Mensaje— por Jonas Geller el Mar Mar 01, 2016 11:11 am

Le observé salir despedido hacia mí después de mi provocación, y supe en ese momento que nuestro encuentro terminaría pronto, para bien o para mal de alguno de los dos. O de los dos. En ningún momento se me ocurrió sopesar que quizás ninguno saldríamos con vida de todo esto, porque aunque yo no estaba tan mal como la última vez, tenía secuelas de ese combate todavía; la pierna casi no me soportaba ya el peso del cuerpo, y los arañazos y golpes empezaban a entumecerme los músculos. Respiré profundamente para recibir su embestida, pensando que podría esquivar de nuevo sus golpes, porque el estado en el que se encontraba era demasiado caótico como para que acertase al tuntún.

Me equivoqué.

Me equivoqué de tal manera que lo pagué con creces.

Lo vi todo a cámara lenta, como si de un sueño se tratase. El pelaje del lobo, otrora rubio, brillaba carmesí bajo la luz de la luna. Sus garras afiladas cortaban el viento y sus dientes relucían con el color de la amenaza latente. Casi pude ver ponzoña bañando sus encías sonrosadas. Casi. Porque cuando quise darme cuenta el dolor más desgarrador que me ha recorrido nunca aprisionó mi hombro, y me hizo gritar como si no hubiese un mañana. El lobo me había mordido, y el miedo que me invadió fue tan real y tan punzante que durante un segundo no supe qué hacer. El animal me mordió, y me mordió, y me mordió. Sus dientes dieron buena cuenta de mi carne y yo creí que me iba a volver loco. La adrenalina hizo reaccionar a mi cuerpo, entonces, y le clavé una puñalada en el costado tan profunda como me permitieron mis agotadas fuerzas.

El animal cayó hacia el lado, gimiendo, gruñendo y escupiendo sangre, y quedándose tirado sobre un costado, lastimero y ruin. Yo me arrastré hacia detrás, hasta terminar apoyado contra un árbol. Mi primer impulso fue llevarme la mano hacia la herida, pero el mismo gesto me hizo retorcerme de dolor. Y de miedo. El pánico me invadió por completo; la sola idea de que a lo mejor podía llegar a transformarme en algo como él me paralizó, e instantes más tarde me encontré sollozando vergonzosamente, cubierto de sangre y de mugre, a mi edad, apretado contra un árbol que se había deshojado hacía tiempo.

Alcé el rostro con los ojos fijos en la luna menguante, y luego la dirigí hacia el cuchillo que llevaba en la mano, manchado con la sangre de ese asqueroso lobo. La cabeza empezaba a irse, pero tenía un pensamiento claro y fijo en ella: si me mataba, sería algo honroso, porque habría evitado transformarme en un subterráneo. Con los dedos apreté la superficie plana del mango, y sorprendido, me di cuenta de que dudaba. La ira me recorrió. ¿¡Es que acaso prefería seguir viviendo con la posibilidad de convertirme en eso!? Levanté el arma y dirigí su punta hacia mi pecho, donde el corazón me latía apresuradamente. Bum bum. Bum bum. Bum bum.

La imagen de Clarisse se me vino a la mente, como hacía años que no la veía. Dos veces en una misma noche debía de significar algo... La vi joven, como cuando la había conocido; sonriente, risueña y preciosa, como el ángel que siempre me había parecido que era. Y vi a mis hijas. A las dos, jugando entre ellas. Vi a Adeline, contemplándome con indiferencia, con desprecio, y con dolor, e imaginé que se quedaba sola, porque su madre no podía estar con nosotras. Y vacilé. Ella ya no me quería; me odiaba con toda su alma, pero para mí seguía siendo mi hija. La única que me quedaba. La única que de verdad me importaba, junto con su madre. Una lágrima se deslizó por mi rostro hasta caer en mi ropa, rendido ante mi evidente debilidad. Me aferraba a ambas, aunque una no estaba a mi lado y la otra me detestaba. Y quizás no porque tuviese miedo a morir, sino porque tenía miedo a irme sin que Adeline me perdonase por todo lo que le he hecho...

Desvié la mirada hacia el lobo casi con indiferencia. En ese momento ni siquiera pude odiarle, ni un poco. Durante un segundo imaginé a un joven con la carne desgarrada, dolorido y asustado, sin saber qué iba a sucederle en un breve período de tiempo. Y durante un segundo pude sentir lástima por él, casi, porque yo al menos sé qué puede aguardarme. Él no debía de tener ni idea en la época en la que cayó mordido. Seguía siendo un monstruo que había estado a punto de matarle, pero no conseguía encontrar nada más allá del miedo y de la tristeza que me embargaban en esos momentos.

Además, si se despertaba vivo y no me veía allí, intuiría que le había perdonado la vida, y eso le pesaría más en la conciencia que cualquier otra cosa en el mundo. Mucho más que la muerte.

Me levanté, no sin dificultades, y empecé a arrastrarme por el bosque. Guardé el cuchillo y saqué el móvil para avisar a quien estuviese más cerca de que necesitaba ayuda. No sabía por qué, pero me alejaba de la criatura cada vez más. Como si no quisiese que le encontrasen. Igualmente debía de estar más bien muerto si es que en algún momento alguien llegaba a dar con él.

Me encontraron un rato después, mientras intentaba curarme yo solo con mi irazte. Empezaron a hacerme preguntas por mi estado, sorprendidos de que un vampiro me hubiese dado tantos problemas. Yo me quedé mirando fijamente al grupo, y antes de parar, rendido por el cansancio y el esfuerzo, les contesté algo que ni yo mismo logro entender ahora mismo.

Me he enfrentado a una situación bastante problemática, pero ha conseguido escapar. —Dejé que pasasen unos segundos, sin comentar nada acerca de que había sido mordido. La herida del hombro casi había cicatrizado y no parecía lo que había sido en un principio—. Avisad al Praetor de que uno de sus miembros está mal herido en un claro no demasiado lejos de allí. —Les di la dirección más o menos, pero no les expliqué nada más.

Me dejé guiar hacia el vehículo con el que habíamos venido hacia aquí y dejé de pensar, demasiado cansado para cualquier otra cosa. Incluso para asustarme.




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