07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


27/02 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que la limpieza de este mes de febrero se realizará entre los días 02 y 03 de marzo, para que tengáis tiempo de poneros al día. Así mismo, estimaremos que las noticias del mes saldrán esta misma semana, aunque sabemos que ya vamos con imperdonable retraso. ¡Perdón por las molestias y gracias por vuestra atención!


07/01 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que hemos recuperado el dominio del foro satisfactoriamente, de modo que podéis volver a utilizar la dirección anterior, www.cazadoresdesombras-rpg.com, sin ningún problema. Por otro lado, hoy se han realizado las limpiezas del foro. ¡Sigamos trabajando y pasándolo bien como hasta ahora, y perdón de nuevo por las molestias!


02/01 - ¡¡Feliz año nuevo a todo el mundo!! Con motivo de la llegada del ansiado 2017, hemos decidido daros un pequeño regalito. Si miráis en vuestra reserva de reliquias... ¡veréis que han aumentado considerablemente! Es un premio a todos los usuarios que se registraron antes del 01 del 01 por vuestro apoyo ^^Recordaros, además, que las limpiezas se realizarán al final de esta semana. ¡Apurad los últimos post para no perder vuestro color!


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NEFILIMS
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Fama crescit eundo: el mensaje secreto | A. Xander Satterlee ♦ Privado [+18]

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el mensaje secreto
fama crescit eundo
El ceñido vestido negro marcaba su figura de manera exquisita. Los guantes mantenían cautivas a sus etéreas manos, cansadas de aplaudir y estrechar manos a lo largo de la noche. El musical había sido mediocre, incluso para la cultura occidental en decadencia a la cual había ido a parar al mudarse a Nueva York. En ese teatro presentaban, con orgullo injustificado, "Aladdin el Músical", una obra donde un mendigo lograba enamorar a la princesa de Quiénsabedonde/UnpaísdeIndia. Acostumbrada a escuchar en los más importantes teatros de Marruecos, óperas tales como "Las bodas de Figaro", o "Nabucodonosor", cada minuto de aquella vulgar actuación había sido una tortura para los oídos de Arielle, quién actuaba mejor que los protagonistas al fingir su gusto por cada escena cada que el subterráneo que la acompañaba hacía comentarios tales como: "¡Qué registro tiene El Genio Azul!", o "¡Magnifico dominio de escenario por parte de Jasmín!", a lo que ella asentía, acostumbrada a adaptarse a situaciones como aquellas con tal de convencer a cualquiera que estuviese cerca de que no se trataba más que de otra Nefilim, común y corriente.

Lo cierto era que cada segundo que pasaba sentada al lado de aquella criatura, sentía como la piel se le carcomía poco a poco, sentía el asco fluir por sus venas y convertirse en internas arcadas que se arremolinaban en su garganta. Sin embargo, con sus sólidas bases para pasar desapercibida que su abuelo le había enseñado, no se inmutaba en absoluto cada que aquella bestia posaba su mano en la de ella, lanzándole genuinas sonrisas, a las que ella respondía con la más ensayada de sus risas.

Sin duda alguna, lo mejor del musical fue el final, sentir el placer de ver el telón cerrarse, llevándose a los pésimos actores que se habían encargado de arruinar su tímpano por más de dos horas, le hizo recordar el motivo por el cual había acudido. Las instrucciones de su abuelo al partir de Marruecos habían sido muy claras: Al llegar a Nueva York la estarían esperando: al otro lado del portal un hombre ataviado con una gabardina Burberry y un sombrero de copa, la había guiado al Hilton Times Square Hotel, el dueño de tal recinto era uno de los allegados a su abuelo, le daría estancia y empleo como recepcionista en el hotel. Después de instalarse en la suite que se le había concedido, Arielle había salido a tomar un trago a un bar cercano con la esperanza de encontrar algún subterráneo al cual sacarle información importante, después de tomar varios martinis de cereza, se encontró hablando intercambiando gustos con un subterráneo. Rondaban cerca de las 10 de la noche cuando Arielle, obedeciendo las instrucciones de su abuelo, había invitado a su acompañante al musical, éste, quizá realmente deseoso de escuchar la obra, o quizá seducido por el vestido que le ceñía los glúteos, aceptó sin premura.

Y tras dos horas y media de pasar por las torturas de la santa inquisición en el New Amsterdam, Arielle se levantó, se alisó el vestido y se despidió con un beso que le quemó los labios como si hubiese besado fuego celestial.
—Ha sido un verdadero placer —mintió.— Espero verte de nuevo... —continuó, tratando de recordar su nombre, lo que resulto inútil pues la ginebra de aquellos martinis se había situado ya en su cabeza.
Sin intenciones de revelar su asco a su acompañante, volvió a brindarle su mejor sonrisa y dándose la media vuelta lo dejó ahí, viéndola alejarse.

——————————

Al salir al vestibulo del teatro, Arielle se había apurado a recordar las palabras que su abuelo le había dicho: "Subirás las escaleras y en el primer pasillo a la izquierda, en la tercer puerta encontrarás una pequeña cajita. El mensaje que encontrarás ahí es valioso, quizá más que mi propia vida. Si algún empleado del teatro trata de disuadirte, sólo dile estas palabras: Fama crescit eundo." Así pues, subía con una gracia divina los peldaños de la escalera de marmol, con sus tacones Louboutin repiqueteando. Quizá si no hubiese tomado ese último martini habría sido capaz de advertir que la seguían, que el aroma que su perfume a flores dejaba al caminar era acechado con manía. Al llegar al cruce de caminos en el primer pasillo, giró hacía la izquierda cuando escuchó una puerta abrirse a sus espaldas.

—¿Puedo ayudarle señorita? La función acaba de terminar y el teatro se dispone a cerrar —le dijo un camarero de tez morena.
Fama crescit eundo —le respondió Arielle, sin titubeos, mirándolo fijamente con sus ojos verdes. El empleado se quedo paralizado de miedo, agachó la cabeza y tras un fallido intento de reverencia, salió corriendo por las escaleras.

Arielle avanzó, dejó atrás la primera y segunda puerta, ignorando que alguien la seguía muy de cercas. Al llegar a la tercera puerta, tomó el picaporte dorado y la abrió.

El cuarto era tan blanco que lastimaba los ojos, parecía fuera de lugar, como si se estuviese llegando al cielo en un día de "lleva a tu hijo al trabajo: versión celestial". Y en el centro de la sala, había una caja dorado, con ornamentos de madera recorriendo las paredes de la misma. Avanzó tres pasos hacía ella con las agujas de sus zapatillas rompiendo el ensordecedor silencio. Se agachó con gentileza y tomó la caja entre sus manos justo cuando escuchó que la puerta volvía a abrirse. El corazón se le disparó y se volteó instintivamente, llevándose rápidamente la mano a la malla de su pierna derecha, donde llevaba escondido el cuchillo serafín.

La sorpresa fue tal que no sintió el típico asco que padecía en presencia de subterráneos. En el umbral de la puerta se encontraba el subterráneo que la había acompañado toda la noche, taladrándola con los ojos ahogados en desconcierto. Arielle mantuvo la calma y trató de pensar lo más rápido posible. Cuando el subterráneo comenzó a avanzar, ella tomó una decisión.

—Por fin estamos solos.

Se quitó el vestido con soltura y lo dejó caer sobre la caja, ocultándola a los ojos del subterráneo. La lencería negra de encaje apenas cubría las llanuras y relieves de su cuerpo. Lo único que se escuchaba era el sonido de su respiración, impaciente por una respuesta.
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Última edición por Arielle M. Roseau el Dom Jul 19, 2015 6:44 pm, editado 2 veces
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Aquel día había sido bastante peculiar, ya que no se le podía llamar de ninguna otra manera tomando en cuenta la secuencia de sucesos que habían ido acumulándose desde el momento en que había decidido tomarse algo en uno de sus bares favoritos en la Gran Manzana. Por supuesto que este hecho no había presagiado nada en particular, distando de ser por mucho la primera vez que lo hacía, y tampoco tenía la posibilidad de adelantarse a los hechos como había escuchado que algunos otros de sus pares podían hacerlo. La entrada de la joven enfundada en aquel ceñido vestido negro había estado lejos de pasar desapercibida para la mayoría de las personas que asistían al local, tanto por su apariencia como por la manera en que se movía, resultando en que más de uno la siguiera con la mirada como si fueran la caricatura aquella del lobo al que se le salían los ojos con toda su parafernalia. Por su parte, el brujo apenas le dirigió una mirada inicial, pues si bien tenía una figura más que llamativa, no sería del tipo de mujer que iba por la vida haciendo un concurso de quién la miraba más. Tal como resultaron las cosas, ella terminó sentándose a su lado en la barra y pronto estaban conversando sobre una cosa y otra.

Quizás más sorpresiva fue la invitación a nada menos que a un musical. Después de todo, ¿cuántas personas invitaban a alguien a quien conocían a algo de ese tipo la misma noche de haberse encontrado, en un vestido así? La curiosidad le hizo aceptar, pero apenas unos cuantos minutos en la función se dio cuenta de que había algo extraño en todo eso, en la disposición de la joven hacia la puesta en escena, la incomodidad que se vio en sus primeros gestos, y fue entonces que decidió poner sus observaciones a prueba. Realizó comentarios entusiasmados con cierto grado de ridiculez en su contenido, y fue confirmando que estaba también en medio de una representación que bien podría calificarse de magistral para cualquiera que observase desde cierta distancia. A partir de ese momento, Satterlee efectivamente se vio de lo más divertido por aquel intercambio, su jovialidad traspasándose a cada uno de sus gestos y regocijándose en cada una de las sonrisas y risas que ella le entregaba sin que nada de esto llegase a sus ojos, que era la manera más sencilla de verificar su teoría. A decir verdad, nunca se había divertido tanto en un musical como en aquel, en compañía de la nefilim. Porque sí, claro que se había dado cuenta de su naturaleza, quizás no a primera vista, pero todo el tiempo que habían pasado en cercanía mutua había sido más que suficiente para avistar las plateadas cicatrices dejadas por las marcas que habrían pasado por su piel a lo largo del tiempo.

Todo este conjunto de hechos había terminado haciendo que su curiosidad aumentase, no siendo menor la influencia del conocimiento de que los cazadores de sombras no solían relacionarse con los subterráneos de una manera tan abierta y, bajo su juicio, gratuita. El beso que le había dado al final de la "cita" había sido el sello máximo sobre aquella necesidad de saber qué era lo que ocurría ahí, y su rapidez al retirarse para alejarse le hizo sonreír con cierta malicia, ciertamente no tan sólo por la manera en que su vestido se iba contoneando a su paso. La decisión fue tomada en segundos, impulsivo como podía serlo, y se vio siguiendo a la castaña, asegurándose de no ser visto, recurriendo al sigilo aprendido en las calles en su tierna infancia como ladronzuelo, ayudado además por la manera en que el suelo alfombrado amortiguaba sus pasos, arreglándoselas incluso en la escalera para cumplir con su cometido. El ambiente le devolvió el eco de aquellas palabras en latín y luego entre sombras vio pasar a un camarero que parecía asustado, tomando el pasillo después de ver que la nefilim entraba por una puerta, cerrando detrás de ella. En unos cuantos trancos estuvo frente a la misma, escuchando primero a través de la madera y luego mirando por el antiguo agujero para la llave, viendo sólo su silueta recortada contra el blanco de la habitación que parecía no pertenecer a aquel edificio.

Ahí estaba, era la parada final, así que abrió la puerta lo más suave que pudo, cosa para la que las bisagras no ayudaban, encontrándose con ella en posición de alerta clara, haciendo a continuación lo que menos se habría esperado: despojarse de su vestido. Era suficiente para hacerle prorrumpir en una carcajada al resultarle obvio que ocultaba algo, pero Xander decidió ver hasta dónde era capaz de llevar aquella charada. -Podrías haberme hecho la invitación más clara. No fue precisamente sencillo descifrarla- le dijo, jugando con su parte, acercándose a ella, apegándose a su cuerpo y poniendo sus manos sobre su cintura para luego acariciarla lentamente por la línea de su lencería. Jugaba con fuego, pero era la manera más divertida de hacerlo.
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Echó hacia atras su cabeza y rió, en un sonido que fue una mezcla entre ronroneo y carcajada. Era curioso como funcionaba el deseo terrenal del cuerpo humano: cada que se encontraba en situaciones como aquellas, con un subterráneo frente a ella a punto de conocer los recovecos de su cuerpo, el típico asco que con inteligencia lograba disimular, se veía sosegado por una ola de pasión, se le llenaban los sentidos solo de imaginárselo dentro de ella, le temblaban las manos de ganas, ganas de aruñar su espalda, de sentir que la recorría como un ciego, que profanase sus relieves, sus planicies, el lugar donde se oculta el sol.

Xander había entrado en su mundo, en la sombría y misteriosa Ariellandia, con violenta curiosidad, y lo había inspeccionado con una mueca de divertido disgusto, pero para aquel entonces a Arielle le parecía que estaba dispuesto a marcharse de él con un sentimiento muy similar a la franca repulsión.

"¿Habrá notado la tensión que enmarcaba sus hombros cada que sus ojos se posaban en los de ella?", se preguntaba en su mente con nerviosismo. "Nadie puede notarlo, nadie puede saberlo. Sólo eres una nefilim más", se consoló a si misma mientras agarraba al brujo por la camisa y lo atraía hacia ella.

Aquella volcánica manifestación de pasión le resultaba familiar, como sentir el sabor a dátil en su úvula. Pero había algo extraño en todo aquello, en todos los encuentros que Arielle había tenido, todos los hombres sucumbían como perros bajo su escultural cuerpo, sin poder detenerse al besar su cuello; sin embargo, aquel joven se mostraba cauto, parecía incluso divertido. Arie no podía permitirse perder el control de la situación.

—Pude haberlo hecho, claro. Pero le habría quitado todo lo divertido —le susurró al oído, que posteriormente mordería cual cereza.

Se separó de el un momento y sin quitarle la mirada de encima, avanzó sigilosa hacia la puerta, con la lencería ardiéndole en la piel. Se despojaba lentamente de las prendas que separaban su piel de la de el. Primero fueron las mallas, una por una, las lanzó hacia el vestido junto con el cuchillo serafín hacia donde se encontraba el vestido. Podía sentir la presencia de la caja debajo de toda aquella pila de prendas como una presencia incómoda. Continuó avanzando trémulamente hacia la entrada, le dio la espalda al brujo y echó el seguro del picaporte; el repentino sonido de aquello rompió la calma, le erizó los vellos de la nuca y la hizo apretar los sedientos labios.

Se quedó así por un momento, con el rostro vuelto hacia la puerta y la espalda hacia su acompañante. Poco a poco se llevó las manos a las caderas, se bajó pausadamente las bragas y con el pie las aventó con el resto de lo que había sido su atuendo. Lo miró por encima del hombro, con más del noventa por ciento de su cuerpo desnudo.

—No creo poder quitarme yo sola el sostén —le dijo con voz inocente.

Y lo esperó ahí, a que la tomara por detrás, que volviera a poner sus manos sobre sus caderas y la atrajera hacia su duro cuerpo. Se permitió a ella misma olvidarse del odio hacia los subterráneos. ¡Pero qué fuerte podía ser la pasión!

Su cuerpo esperaba ansioso.
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De ninguna manera podía negarse el atractivo de aquella joven, y por lo que podía adivinarse ella no tan solo lo sabía bien, sino que también lo usaba en su beneficio cada vez que le era posible, a juzgar por haber sido la reacción directa que había tenido al aparecerse él en la habitación, siendo que era virtualmente imposible que el brujo se hubiese tomado los pocos intercambios entre ambos, fuera del último beso, como una invitación a más. Particularmente una que pudiese cumplirse en las instalaciones del teatro en lugar de algo más ad hoc para ello como algún tipo de hotel o un departamento. No iba a ser él quien fuese a reclamar y quejarse por aquello, de todas maneras, menos aún cuando la curiosidad pulsaba en sus venas a un ritmo que la situación se encargaba de ir acelerando poco a poco.

Incluso la rapidez y facilidad con la que se había quitado el vestido había llamado su atención, levantando sospechas, habiendo reemplazado con aquel gesto un poco del juego previo que supuestamente tendría que estar involucrado en una situación como la que vivían en aquel momento. Había algo no natural en ello que podría haberse escondido detrás de la clara tentación que provocaba su cuerpo, algo que habría funcionado al cien por ciento de no haber pasado Xander por todas sus vivencias. Una parte de su mente se libraba de la neblina del deseo para quedar alerta, siguiendo con el ejemplo de la chica y actuando también. Se estremeció con el pequeño mordisco que ella realizó en su pabellón auricular, sus dedos paseando por las delicadas florituras de su ropa interior mientras su cuerpo se apegaba al de ella, avivado el gesto por el tirón en su camisa. Sospecha y todo, no podía evitar el despertar de su cuerpo en relación al ofrecimiento tan directo que ella le realizaba.

-Hay formas y formas de diversión-
replicó, y fue cuando se separó que empezó a demostrar más aquel juego previo que era el que había pretendido iniciar anteriormente, haciendo que su sangre bullese sin perder de vista ni por un instante la figura de la nefilim ni ninguno de sus gestos, razón por la que no le pasó por alto el detalle de que todas y cada una de las prendas que se iba quitando iban a parar a la misma pila, a la que no desvió su mirada pero que tuvo como una presencia diferente en su mente. Fue cuando se giró que, siguiendo la pauta dada por su acompañante, se quitó la chaqueta sin apuro, dejándola caer sobre el montón que conformaba las prendas de la castaña, no sin antes haber realizado un pequeño y sencillo hechizo sobre su propiedad, que terminó cubriendo vestido, mallas y cuchillo.

En lugar de quitarse más prendas, se relamió los labios al ver cómo se quitaba la prenda inferior, dando un paso tras otro hacia el cuerpo casi desnudo de la joven, sin creer ni por un segundo la inocencia en su voz pero reconociendo lo lejos que estaba dispuesta a llegar por sus objetivos, cualesquiera que fuesen. -Lo bueno es que no estás sola...- murmuró, deshaciendo el broche del sostén al llegar a ella, deslizándolo por sus hombros y dejándolo caer al suelo para luego pasar sus dedos lentamente por sus pechos, tirando de un momento a otro de ella, pegándola a él. -Nos falta una cama... pero nos las arreglaremos sin una- susurró a su oído antes de lamer lentamente el recorrido hasta su cuello. El juego no había hecho más que empezar.
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Arielle había decidido que aquella situación la divertía más que aquellas anteriores en las que se había enrollado con subterráneos. Se imaginó que extraña imágen representarían sus cuerpos engranando el uno con el otro. La habitación cegadoramente blanca, con simplemente dos manchas apiñonadas rompiendo el uniforme brillo. Como una grieta hacia el espacio.

Desde luego que Xander había tenido muchos precursores. Subterráneos, nefilims y mundanos por igual. Arielle no escatimaba en recursos para lograr sus objetivos, sabía que su fisionomía la convertía en una letal arma para aquel que se travesase en su camino. Era consciente de aquellod de la misma manera en que era consciente de cómo dar placer a un hombre. Había quienes habían azotado su cuerpo mientras ella gemía sin protestar. Ellos, ebrios del poder, creían que sus azotes la lastimaban a la par que le daban placer, ignorantes de que aquellos golpes eran como suaves caricias comparadas con los porrazos a los que su abuelo le sometía para enseñarle resistencia. Algunos otros le habían pedido que los golpeara, había muchos que se decantaban por algo más delicado, tratándola como la dama que había dejado de ser hace mucho tiempo.

No temía sangrar ni tampoco temía hacer sangrar a alguién. Abría las piernas con la misma seguridad con que empuñaba una espada, dispuesta a abrirse paso por la carne y llevarse una vida con la misma rápidez con la que podía provocar un orgasmo.

Pero nada se comparaba a aquel brujo, quién se contenía ante sus encantos. Se mostraba divertido y distante. Sintió como Xander la cogió por las caderas y la atrajo hacia sí. Ella se acercó a su boca y lo besó. Un beso de esos que te arrebatan el aliento. Sus piernas se rozaron mientras ella le desabrochaba el cinturón, arrojándolo a la creciente pila de ropa, a donde también arrojo el pantalón. El le acarició un seno. Sintió su pezón, pequeño pero turgente, y fue descendiendo lentamente. Arielle abrió las piernas para dejarlo bajar un poco más. Empezó a acariciarla lentamente, la sintió temblar, se escitaba cada vez más con el contacto de sus dedos.

Entonces Arielle también comenzó a acariciarlo. Notó los musculos de sus brazos, el pecho fibroso, fuerte, el vientre plano, los abdominales. Bajó un poco más y lo encontró listo, exitado, duro. Continuó acariciándolo. En poco tiempo, sus besos se transformaron en suspieros cada vez más fuertes, apasionados. Xander se puso encima de ella, le separó las piernas y, poco a poco, con la misma diversión que lo había caracterizado toda la noche, vaciló un instante y la penetró. Ella le rodeó la cintura con las piernas, sentía el suelo frío bajo su espalda, se apoyó con los codos en el piso mientras él se sostenía sobre sus piernas y empujaba dentro de ella, cada vez más adentro, con fuerza pero sin prisa, con aquella sonrisa mañosa que a Arielle le encantaba.

Por primera vez, desde su llegada a Nueva York, estaba con un hombre. Volvía a sentir el deseo carnal incontenible que recorría su cuerpo, bajando por su boca, endureciendo sus pezones, dando una vuelta en su ombligo para posarse la parte más intima de su cuerpo. Haciendo florecer todos sus sentidos al ponerle los vellos de punta.

Lo sentía moverse encima de ella, dentro de ella, le apretaba las piernas, le hundía los dedos en la espalda, más abajo, aún más abajo, sobre los glúteos, sobre aquellos músculos fuertes que se contraían y empujaban mientras le daban placer.

Comenzaba a arrepentirme de haberme acercado a ti —comenzó a decir entre gémidos—, y no a aquél moreno de la barra... —se interrumpió cuando el brujo hizo un movimiento repentino que provocó que Arielle incara sus uñas con esmalte púrpura en su espalda.
Pero he tomado una gran decisión —concluyó tras recuperar el aliento.

Pocas veces en su vida había sentido aquel placer. Sentía como una fina capa de sudor se extendía por todo su cuerpo. Podía escuchar sus latidos acelerados, sentía cada fibra de su cuerpo relajarse y tensarse una y otra vez. En aquel momento, se olvidó por completo de la presencia latente de la caja de madera, de su objetivo en aquella ciudad, y se abandonó a sentir el cuerpo de aquel hombre dentro del suyo.
viernes | 00:31 | habitación secreta | new amsterdam theatre


PD Off: Tenía un tiempo libre y he hecho un picspam, espero te guste ^^.
PICSPAM:


Última edición por Arielle M. Roseau el Miér Jul 29, 2015 8:25 pm, editado 1 vez
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Habían varias opciones que podría haber tomado en aquel momento. La más sencilla, por supuesto, habría sido ignorar a la nefilim y descubrir qué era lo que se escondía debajo de la creciente pila de ropa. Sin embargo, dos cosas habían ahí principalmente que no le permitían tomar aquella vereda, la primera siendo que al brujo no le gustaba irse por la opción más sencilla hasta haber probado algo más, lo que no quería decir que fuese tan obstinado y necio como para terminar cayendo en la perdición sólo por no saber cuándo abandonar, y la segunda... La segunda tenía que ver con que la tentación que representaba la castaña no era precisamente sencilla de ignorar, mucho menos después de haberla considerado en sí como una curiosidad más en el sentido de empezar a hacérsele una necesidad saber hasta dónde era capaz de llegar por sus objetivos, necesidad que con sencillez se mezclaba con la que el deseo provocaba en él. Aún así, se mostraba mesurado, en lugar de saltar a la primera posibilidad de perderse en la piel clara de la joven, de adentrarse entre su carne, aunque eso no dejaba de ser una posibilidad dentro del futuro cercano.

Ciertamente, como mínimo había un juego previo dentro de todo el conjunto de juegos que se iban desarrollando a la vez en paralelo, empezando con aquel beso que por fin parecía ser algo en lo que no habían contenciones de su parte, simplemente dejándose llevar e incluso con más pasión que lo que podría esperarse de ello. De cualquier manera, el británico no quedó ajeno al encanto de aquel beso, y por eso mismo tampoco se contuvo, olvidándose por un instante de sus sospechas y yendo con la corriente, respondiendo a la pasión recibida de manera casi eléctrica. La ropa de ella ya había sido descartada, y pronto lo mismo empezó a ocurrir con la suya en las manos femeninas, despojándole de la misma prenda por prenda mientras las caricias iban y venían, el cuerpo bien formado de la cazadora respondiendo sinceramente ante sus toques, sin ser algo que pudiese fingirse al contrario de cualquier gemido o jadeo que pudiese haber ocupado.

Los dedos de la chica se ocuparon de la erección que había descubierto entre sus intenciones de desnudarle, logrando una mayor excitación en él, haciendo que su cuerpo también dejase planes y esquemas detrás. Ese juego en particular se fue haciendo más urgente, teniendo tan solo el disfrute como motivo para no tomarla en segundos, sino que se acomodó entre sus piernas para rozarse contra su sexo húmedo como en preparación para lo que venía, a continuación llegando lo que a esas alturas ya ambos buscaban, la penetración con la que se abrió paso en su interior, mordiendo lenta y deliberadamente los labios de la nefilim a medida que terminaba de adentrarse para luego tomar ritmo, moviéndose vez tras vez contra el cuerpo cálido que le recibía, ajustando sus piernas alrededor de su cintura, en un ritmo que no tenía por objetivo terminar pronto. Incluso si es que la reticencia de la joven hubiese permanecido hasta esos momentos, aquella habría sido la tortura que le habría tocado a manera de divertir a quien creía haber engañado.

Así y todo, sabía que no era el caso, y sus palabras fueron probablemente las más sinceras que había escuchado desde el momento en que habían entablado conversación. -Eso está claro... ¿quién podría haberte hecho gemir como yo?- le respondió con cierta burla escondida en diversión y placer, realizando un movimiento un poco más brusco al buscar estimular su clítoris. Aquella noche había resultado mejor de lo que hubiera pensado... y apenas comenzaba en más de un sentido.
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Sabía a cognac. El placer sabía a cognac. Eso era lo que pensaba mientras su cuerpo se estremecía con los ataques de fuerza que el cuerpo del brujo le daba al cuerpo de la cazadora, arrancando de sus labios el sonido más puro del libido. Se retorcía al sentir su cuerpo dentro de ella, al aspirar aquella fragancia a piel tostada y colonia de hombre que inundaba la habitación. Hacia mucho tiempo desde que Arielle había renunciado a aceptar las ordenes de cualquier persona que no fuera ella misma, pero aquello hacia temblar hasta el más arraigado de sus cimientos; no veía al hombre que tenía sobre ella como el enemigo que la habían enseñado a ver, sino como un hombre capaz de provocar en ella el más puro de los gemidos. Lo contempló por un momento y sintió algo extraño en lo más profundo de su ser. De repente le resultaba difícil contemplar su cabello castaño, la sonrisa medio burlona y los labios carnosos sin necesidad de tirarse sobre él y besarlo hasta que que el aliento se le extinguiera... ¿qué estaba haciendo con ella aquella ciudad?

Tenía ahí tan poco tiempo y a pesar de ello, habían sucedido cosas con ella que rompían el precario equilibrio de su vida; de repente, estrenaba sentimientos por un brujo y permitía incluso que la desenmascarasen sin tomar represalias. Aquello no era algo de lo que su abuelo la hubiese advertido. Su corazón estaba echo jirones desde el momento que notó que Xander hacía que se derritiese en sus manos. Hacía ya tiempo en aquella noche que había germinado en su alma está angustia que le torturaba. Luego había ido creciendo, amasándose, desarrollándose, y ahora parecía haberse abierto como una flor y adoptado la forma de una espantosa, fantástica y brutal interrogación que le atormentaba sin descanso y le exigía imperiosamente una respuesta.

Su organismo no podía procesar todos aquellos cambios de manera efectiva, durante toda su vida lo había acostumbrado a algo y ahora, sin previo aviso, decidía cambiarle la dosis...  la extrañeza que su cuerpo sentía, ante aquellos insólitos sentimientos, le terminó pasando factura cuando sus sienes comenzaron a apremiarle mientras un dolor de cabeza se abría paso. Bajo la cegadora luz de la habitación, su cuerpo se ve esbelto, sus senos llenos y redondos, las nalgas estrechas, fuertes, musculosas. Le rozó las velludas piernas al brujo y mientras recorría su piel encontró la respuesta a aquella repentina explosión de sentimientos. El problema era que piensa demasiado, y a menudo siente que no siente nada, que todo le resbala. La gente tiende a posponer aquellos aspectos que más le cuestan. Quizás ahí estuvo su error: nunca planeó nada y ahora está pagando el costo de haber vivido siempre en el presente. El problema era que su presente es igual a su pasado, y si algo no cede, el futuro no se ve muy promisorio. En aquel fugaz momento, Arielle sonrió al alegrarse de que nadie pudiera saber lo que pensaba. No sabría cómo justificarse. No sabría por dónde empezar.

Se limitó a estirar más las piernas, lanzó un suspiro que ondeó por un momento el cabello de Xander, permitiendo poder ver aquellos ojos que se concentraban en lo que hacían, y con una sonrisa le respondió a su travieso comentario:

Nadie, comienzo a sospechar que nadie —le dijo, esperando que no notase la urgencia en su voz—, y comienzo a creer que eso será un problema —culminó, dejando escapar una ensayada risita para no levantar sospechas en el brujo. Si bien no sabía muchas cosas sobre lo que le depararía en Nueva York, sabía a ciencia cierta que sentir algo como aquello podía ser usado en su contra.

Dejó que Xander se siguiera deslizándose en su interior a su antojo. Se despojó de toda armadura que hasta antes de conocerlo había cargado y lo continuó contemplando. Reinaba un profundo silencio que sólo era interrumpido por los gemidos y el ruidito que provocaban las pícaras sonrisas del brujo. A la habitación llegaba un lejano sonido; se traba del Valse des fleurs de Tchaikovsky, la pieza musical favorita de Arielle. Los ojos se le cerraron automáticamente disfrutando la melodía tan afable que formaba aquella pieza que la remontaba a su infancia y los sonidos corporales de aquel hombre.

Era fría como el hielo, pero en las manos correctas se derretía.
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Última edición por Arielle M. Roseau el Lun Ago 03, 2015 2:35 am, editado 1 vez
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Los gemidos y jadeos estaban a la orden del día a medida que se iban perdiendo uno en el cuerpo del otro. Incluso a pesar de que aquello hubiese empezado como una manera de jugar con el orgullo de la nefilim, Xander tenía que reconocer que los motivos detrás de todo para él habían cambiado sustancialmente, al menos mientras durase aquel encuentro entre ambos físicos, pues lo mismo le hubiese dado en ese instante el ponerse a pensar que ella se estaba saliendo con la suya, al diluirse ese tipo de conceptos entre medio del placer que iba gobernando cada uno de sus sentidos de manera creciente. No quería decir que eso fuese a permanecer en el tiempo, o por lo menos había una parte de la mente del brujo que quería creer eso. Lo cierto era que bien podía terminarse acostumbrando a algo como aquello, y quien dice acostumbrarse lo mismo puede decir que le quedase gustando más de la cuenta. Eso, en particular, era una medida que prefería no contemplar, dentro de todo lo que era su manera de vivir tan desapegada a todo. La conveniencia era lo que podía regir ese tipo de pensamiento, siendo justamente el problema que esa clase de cosas no se dirigía justamente por lo conveniente o inconveniente que pudiese ser.

El sudor se formaba lentamente sobre el cuerpo del inglés, particularmente en su espalda a medida que se movía de manera ondulante en conformidad con el ritmo que había tomado al hacerla suya de esa forma, si es que eso siquiera podía tomarse en ese sentido, pero en ese instante era la única manera en que podía procesarlo, o incluso que se le apetecía interpretarlo en el calor del momento. Probablemente cuando aquello terminase cualquier ilusión que pudiese haber al respecto se desvanecería, al momento de descubrir de qué se trataba todo aquello, y de cierta manera ya sabía que toda escena había sido parte de la necesidad que había tenido la cazadora de manipular su atención y apartarla de lo que realmente le importaba, pero pensarla suya mientras la tomaba hacía que la sangre en sus venas pulsase más fuerte, que sus movimientos se hicieran más acentuados, precisos y buscando mayor profundidad en su interior.

Así, se hacía cargo de la propiedad temporal que tenía sobre el cuerpo de la joven, sobre sus curvas, incluso sobre las plateadas cicatrices de las marcas que se habría hecho desde su llegada a la madurez, pasando por la fugaz sonrisa que pasó por sus labios, siendo por momentos más encantadora en aquella que en todas las que le había dedicado anteriormente, una que se distorsionó luego cuando una risa que habría calificado fácilmente como algo fingido, interrumpiéndola después de lo que pensó que era un momento de sinceridad que lo dejó desarmado por instantes. -¿Por qué sería un problema?- le preguntó antes de volver a su tono anterior. -No te dejaré salir de aquí hasta que hayas agotado tu reserva de gemidos para el resto de la semana- indicó, escondiendo aquella pausa en sus propias defensas, subiéndolas nuevamente a medias, sin mucha estabilidad debido a que su concentración se focalizaba en ella, en el calor que despedía y en disfrutar del momento, haciéndola disfrutar de la misma manera. Se inclinó para morder entrecortadamente su cuello mientras ella cerraba los ojos, abandonada a lo que ocurría entre ambos.

En ese momento, la verdadera obra de arte eran ellos.
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el mensaje secreto
fama crescit eundo
Cada estocada que el miembro de Xander le daba al cuerpo de Arielle era un gemido que salía de los labios de la nefilim. El placer que experimentaba acariciando a aquel brujo era inmenso al sentir las manos de éste mientras se deslizaban sobre su cuerpo y lo arrullaban de tal manera, tan regularmente, que incluso el más recoveco de los rincones de su anatomía, fue consciente de lo que acontecía en ese preciso instante. Sentía el pecho de él contra su pecho, su calor contra el calor de ella, una presión sin nombre a la altura de sus nalgas, y ella, obediente al mandato implícito que infringía aquella sonrisa, deslizó la mano hacia su espalda y la rasguñó mientras le mordía sutilmente el labio.

Era extraño como actuaba el cuerpo humano, pues en ese momento en el que sentía aquel placer inmensurable que la hacia estremecer, no podía apagar sus pensamientos. Le resultaba imposible dejar de analizar aquella situación y se vio de repente empujada a las memorias de su infancia y adolescencia; súbitamente la inundaron los recuerdos de las innumerables manos que habían recorrido hábilmente su cuerpo. Ahora, con las piernas enroscando el cuerpo de Xander, lo único que veía era el recuerdo de una mano que se  deslizaba hacia su cintura. Se acordó de Farcuch -uno de los colegas de su abuelo-, de su manera de abrirle el sexo como si de un capullo se tratase, de aquellos aleteos de su rápida lengua que cubrían la distancia que mediaba entre el vello púbico de Arielle y sus nalgas, terminando en el hoyuelo al final de su espalda. Recordó, con una sonrisa indulgente, cuánto amaba aquel anciano ese hoyuelo que le impulsaba a seguir con sus dedos y su lengua la curva que se iniciaba más abajo y se desvanecía entre las dos turgentes montañas de carne que representaban los muslos de la párvula niña, que en aquellos momentos era Arielle, quien prematuramente descubría los placeres del sexo.

Tal fue la intensidad de sus recuerdos que apenas alcanzó a escuchar las palabras del brujo, quién le preguntaba la razón de sus palabras. Fue en aquel momento en el que descubrió que había vuelto a cometer un error al hablar de más. Sus intrincadas barricadas se desvanecían ante las olas de placer que las azotaban sin piedad, derribandolas con aquellas caricias que poseían una extraña condición. Unas veces eran suaves y evanescentes, otras, feroces, como las caricias que Arielle había esperado cuando sus pene entró por primera vez en su cuerpo; caricias de animal salvaje. De repente, imaginó lo que su abuelo habría dicho de aquel hombre: "¡Es una bestia!", sin saber cuán en lo correcto estaba, pues había algo de animal en sus manos, que recorrían todos los rincones de su cuerpo, y que tomaban su sexo y su cabello a la vez, como si quisieran arrancárselos. Como si estuviesen agarrando tierra y hierba simultáneamente.

Hablas demasiado, mi salvaje brujo —le respondió tratando de parecer desinteresada. No podía permitir que aquella pregunta se convirtiera en tema de conversación, pues era algo que no lograría controlar.

Y como para agregar veracidad a sus palabras, posó sutilmente sus manos sobre su fornido pecho, empujándolo fuera de ella. Sin perder el contacto visual, lo recostó en el suelo blanco y ardiente de tanta pasión. Por un momento se permitió contemplar el cuerpo del brujo que yacía a la espera, con el pecho subiendo y bajando. Lo miró desde sus pies e inclinándose sobre el brujo, se arrodilló, con satisfacción al notar que su placer era correspondido. Había en el cuerpo de aquel hombre, en su torso y manos, cierto encanto que era a la vez excitante y repulsivo. Arielle se lamió la boca hasta que la cegadora luz brilló en los labios escarlatas y en la roja lengua que ascendía por las piernas de Xander.

Su cabeza ascendía cada vez más y más, recorriendo con la lengua las rodillas y las musculosas piernas del brujo hasta llegar al punto. Miró aquel miembro que se erguía imponente ante su cara y lo tomó entre sus manos. El placer le erizó la piel y le endureció los senos mientras caía en la cuenta de que nunca había estado tan cerca de alguien (hablando en cuestión de intimidad). Todos sus encuentros sexuales se habían limitado a eso, simple sexo. Sin embargo aquello había resultado ser algo totalmente diferente en la vida de Arielle. Todo su cuerpo estaba centrado en el tacto de sus dedos con aquel rígido miembro cuando comenzó a mover su mano de arriba abajo.

Sin dejar pasar mucho tiempo, se aproximó con lentitud y envolvió con sus labios el pene de Xander, aprendiendo la forma extraña de aquella desconocida parte anatómica del cuerpo humano mientras lo introducía y sacaba de su boca. Un calor brutal le encendía los huesos y le estremecía el vientre a la par que continuaba aquella placentera tarea con los ojos cerrados, sintiendo su boca humedecer el cuerpo del brujo.
viernes | 00:31 | habitación secreta | new amsterdam theatre
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No era a menudo que Xander se dejaba llevar por sus instintos de manera tan fluida y abandonando sus estrategias. No era que no se guiase por sus impulsos, que si algo le había enseñado la calle era a hacerlo en ocasiones de presión considerable, pero si se hubiera quedado tan sólo con eso no habría pasado de ser uno más del montón. Un montón más reducido considerando que no todos quienes tenían un inicio como el suyo podían salir de ese entorno, pero un entorno al fin y al cabo, y él se preciaba de haber sobresalido más de lo que podría esperarse de él, lo más probable que fuese un enorgullecimiento que tenía su razón de ser. La capacidad de elevarse sobre su situación había residido en su capacidad de poder crear estrategias a partir del conocimiento que había ido alcanzando sobre el comportamiento humano a partir de sus experiencias y las que se iban acumulando después, razón por la que no lo dejaba de lado con facilidad. Sin embargo, aquella situación había sido una excepción de las grandes, para poner en mayúsculas y dejar como ejemplo y referencia para ocasiones posteriores.

No se trataba de que nunca hubiera estado con una mujer antes ni mucho menos, que experiencias había tenido bastantes a lo largo de los años, habiendo iniciado su vida sexual en las mismas calles que le habían acogido con alguna amiga en su adolescencia, de manera torpe y descuidada, refinando poco a poco sus costumbres y gustos a medida que iba teniendo más ocasiones de practicar, hasta el punto que ahora mismo si bien no se jactaba de ser un experto al menos creía poder entregar tanto placer como él mismo podía recibir, no sólo no recibiendo quejas de parte de sus ocasionales compañeras sexuales, sino que más bien lo contrario, y de cierta manera era justo eso lo que podía percibir de parte de la nefilim. Así y todo, algo había diferente en esa ocasión, fuera de la intriga y la curiosidad que habían sido las que habían guiado sus acciones hasta la entrada a esa habitación, algo que le llevaba al choque constante y magnético entre ambos, como si no quisiera terminar de hacerla suya como lo hacía en esos momentos y, por elección propia, por todo el tiempo que pudiese hasta que aquella ilusión se rompiese como suponía que ocurriría en algún momento.

Se sentía tomando propiedad constante de la cazadora, sus dedos aprendiéndose las curvas y las pequeñas imperfecciones de su piel, particularmente ahí donde las Marcas habían sido grabadas en algún momento, su cuerpo acoplándose en perfección en cada movimiento que realizaba el uno contra el otro, haciéndole arquearse el rasguño que se deslizó por su espalda, conteniendo un gruñido que no dejaba de ser uno de excitación. ¿Hablar demasiado? No sería la primera ni la última vez que lo escucharía, siendo su labia lo que lo había sacado y metido en muchos problemas. -¿Prefieres que te haga gemir sin palabras de por medio?- no evitó expresar al instante de haber escuchado la respuesta de la joven. No hubieron más palabras, sin embargo, con ella tomando acciones para cambiar la posición, haciéndole efectivamente gruñir al sentirse abandonar su interior. Antes de que pudiese reclamar por ello la mirada que ella le dirigía le detuvo sin más, esperando por lo que venía a continuación, tragando saliva con la acción de su lengua. Aquello, si se trataba de lo mismo que antes, era la cúspide de la humillación para ella... pero no parecía humillada particularmente mientras lo masturbaba antes de empezar el sexo oral que lo hizo estremecerse y abandonarse sin más, siendo ahora él quien se entregaba sin restricción
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el mensaje secreto
fama crescit eundo
El miembro del Xander le llenó la boca de un regusto dulce, tostado al igual que el olor de su piel. No dio tregua al movimiento de su labios, que subían y bajaban envolviendo aquel rígido mástil. Lo miró a los ojos y comprendió en ese instante porque la gente afirmaba que no existía mayor placer que provocar placer.

Un escalofrío le subió por la espalda cuando su glande le rozó la úvula, provocándole una arcada de placer que hizo que se sacara el pene de la boca para poder tomar aire.

De nuevo posó sus ojos en los suyos y una sonrisa traviesa se pintó en su rostro. Le guiñó un ojo mientras trataba de apaciguar su respiración, sin dejar de masturbar el húmedo trozo de carne.

Debo admitir que ésto es nuevo para mi —se volvió a inclinar sobre él. Los rígidos pezones rozaron los vellos de las piernas del brujo antes de que pudiera añadir con los ojos entornados—: Nunca nadie había sido digno de tal honor.

De todo lo que le había dicho en la noche, aquello era lo más verídico. Por más que lo analizaba, Arielle no lograba encontrar alguna forma de sexo que no hubiese recibido ya. La habían golpeado y ella había golpeado por placer, le habían lamido cualquier parte de su anatomía, había colgado de impensables posiciones para ser penetrada por jóvenes y ancianos fetichosos. Pero ella reservaba intimidades como aquella, como su grácil boca, que rechazaba el vino rosa por parecerse muy corriente, para personas especiales. Aunque nunca hubiera sido nadie capaz de llegar a conquistar intimidad alguna del alma de la cazadora. Hasta ese día. Parecía dispuesta a entregar cuerpo y alma en aquel encuentro casual.

Siéntete afortunado, brujo.

Le dijo aquellas palabras no con el tono ofensivo que solía emplear con los de su estirpe, sino como de lo que se trataba: un cumplido. Las tierras del cuerpo de la nefilim habían sido recorridas cual playas en medio de verano, pero lo cierto era que el sentimiento que brotaba en ese momento de su corazón era genuino en todo el sentido de la palabra. Desde el momento en que Xander rozó sus labios con los suyos, Arielle no podía quitarse el beso de su mente. Lo sentía aun nítido en su boca, la lengua entrando y describiendo un arco en su paladar.

Se sentó a horcajadas encima del brujo y con la mano, guío ciegamente el pene de Xander hasta que éste volvió a estar dentro de ella, sosegando el hambre carnal que la invadía cada que abandonaba su anatomía, pues deseaba que se quedara soldado a su cuerpo, desde los labios hasta los pies. Él, desnudo, yacía en el suelo con su perfección y bestialidad que mezcladas, la habían incitado a cometer aquel error. A fijarse en él más allá de lo que era, un monstruo.

Movió su cuerpo encima de él, de arriba a abajo una y otra vez. Arrancó con agresividad el broche que mantenía quieto su cabello, que saltó liberado y comenzó a moverse, imitando al menear de caderas que Arielle dibujaba sobre el pene de Xander. Los firmes senos le temblaron y lo mismo hizo la piel de las piernas, las nalgas golpeaban con los testículos del brujo cada que lo tenía totalmente dentro de ella.

La mirada que él le dirigió, en la luz que saturaba la habitación, la taladró, horadándole el corazón y la vagina, que, sin previo aviso, se convertían en los dueños de su destino.
viernes | 00:31 | habitación secreta | new amsterdam theatre
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Tampoco era la primera vez que le realizaban sexo oral, pero había algo en el contexto de toda aquella situación que de alguna manera la hacía sobresalir sobre cualquier otra experiencia que pudiese haber tenido de ese tipo, dejando en ese sentido y en varios otros un antes y después que difícilmente podría igualarse siquiera. Era algo que no tenía sentido negarse a sí mismo, si al final de cuentas sabía que por más que se quisiera engañar al respecto solamente lograría un pobre resultado. Daba igual en ese momento la razón por la que fuese tan excitante verla y tenerla así, todo lo que importaba era el resultado que iba obteniendo, y quizás sí fue un poco más particular el escuchar las palabras que salieron de sus labios, confesando que era la primera vez que lo hacía, tal vez por la caricia a su ego que significaba el saber que era "digno de tal honor", pero de una forma u otra no llegaba a poder asirse a la posibilidad de que le estuviera entregando una mentira más como las del principio, lo que podía deberse a la creciente sinceridad que había creído adivinar en cada uno de los gestos y movimientos de su parte.

-Creo que el honor sería mayor si no fuese lo único en lo que te estuviese estrenando- tuvo que decirle, a manera de aún dejar cierta defensa sobre sus propios pensamientos, sobre las cosas que iban cruzando su mente a raíz de las reacciones de su propio cuerpo, sin estar acostumbrado a dejar al descubierto su ser interior, especialmente tomando en cuenta que acababa de conocerla. No que no hubiera tenido rollos de una noche, que no se hubiera acostado con chicas a quienes no hubiera conocido más que en un bar, pero era justamente toda la diferencia que había estado notando a lo largo de aquel encuentro la que le dejaba un resto de coraza al respecto, en lugar de, como habría hecho en esos casos, no dejar entrever absolutamente nada, por no tener razón para hacerlo.

No se tomó nada como una ofensa, de todas formas, no cuando ella estaba demostrando con sus acciones que había ido dejando sus prejuicios de lado desde el momento en que se habían tocado directamente piel contra piel, habiendo visto cómo la abandonaba poco a poco la falsedad que había estado escondiéndose detrás de su mirada y en la amabilidad con que le había hablado hasta el momento. Y volvían a la unión total cuando ella se posicionó sobre él, acomodándose con cierta rapidez y avidez para reiniciar la penetración, haciéndole soltar un gruñido de placer al sentirse nuevamente en su interior, hasta lo más profundo por el efecto de la gravedad sobre el cuerpo de ella. Su cabello se soltó como una última señal de sus propios recelos, dejándose ver por completo en su estado de excitación, de entrega, y los jadeos salían de boca del brujo mientras sus manos se posesionaban de la cintura, subiendo luego a sus senos turgentes, empezando a sentir cómo empezaba a acercarse el orgasmo, transmitiéndoselo en una mirada lujuriosa y en la manera en que su erección palpitaba.
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el mensaje secreto
fama crescit eundo

"Porque el deseo es una pregunta
cuya respuesta nadie sabe."

La luz iluminaba todo aquello que tocaba, desde los minúsculos vellos que brotaban de sus senos hasta los largos cabellos castaños que bailaban al ritmo del movimiento de caderas del cuerpo de la cazadora. El blanquecino brillo llenaba todo de un aura de irrealidad, como si aquello estuviese sucediendo en una realidad alterna a la que los había puesto el uno frente al otro. Todo sucedía como en cámara lenta, de una manera que semejaba el fin del mundo y, a la vez, el inicio de otro nuevo; lo único que se oía eran los jadeos incesantes de ambos, y el recorrer de sus uñas por la espalda del brujo, aferrando su alma a la deriva al primer asidero que encontró.

Al posarse sus manos ardientes en las caderas de Arielle, una descarga eléctrica le recorrió todo el cuerpo hasta abrirle la boca en un gemido más estrepitoso que todos los anteriores, y cuando sus traviesas manos fueron ascendiendo hasta encontrarle los senos, ella arqueó la espalda hacia atrás, dejando que el jugase a su antojo con todos sus relieves. Todo intento de mantener el control había resultado inútil, la pasión había terminado por embriagarla aún más que cualquier brandy y ahora no reparaba en ocultar sus sentimientos.

Le sostuvo la mirada ahogada en lujuria justo antes de que un pensamiento atravesare su mente; alguien le había dicho tiempo atrás que el sexo era igual que recorrer una ciudad, y ella ansió que Xander hubiese encontrado su destino favorito en ella, que hubiese ido por su cuerpo como por el mundo, que en su vientre hubiese encontrado una plaza soleada, y en sus pechos dos iglesias. Ella era una ciudad asediada por el mar, una muralla que la luz dividía en dos mitades de color durazno, un paraje de sal, rocas y pájaros bajo la ley del mediodía absorto. Arielle deseó que nunca abandonara el brujo sus lívidas aguas.

Notó pulsar el pene de Xander dentro de su cuerpo, que no dejo de moverse ni por un segundo. Su pasión ardiente respondió al estímulo y sintió tensarse cada parte de su anatomía; primero sus dedos se engarrotaron, y después todos sus músculos se comprimieron al inundarla el orgasmo. No dijo palabra alguna. Lo único que cambio fue su rostro: sólo eran dos labios que se abrían por el orgasmo. No, no dijo palabras, tan sólo acarició a Xander, lentamente, mientras aquel sentimiento carnal surcaba su cuerpo.

En medio de aquella cúspide sexual, Arielle supo que Xander la atraía como la hoguera a la mariposa nocturna. Le hablaba como un felino, como si hubiese adivinado que sus defensas se desmoronaron con el rozar de sus manos, como si hubiese descubierto que ella no sabía si podría resistir, que ella no sabía... si querría resistir.

Su fuego frío la envolvió. Tembló y ardió al mismo tiempo. Su sexo se enloqueció. Su mente se paralizó. Su carne vibró sin freno. Su cuerpo buscaba desesperadamente estar lleno de aquella lava ardiente que amenazaba con  ser expulsada del pene del brujo. Una voz interna gritó desde el fondo de la mente de la cazadora: “No me rechaces”. No, no, no... Se dijo que no. No debía... “Deséame", le susurró nuevamente su mente. Su cuerpo suplicaba por el de él. El sudor perlaba su frente. No, no... “Quiéreme”, gritó una última vez la voz.

Al terminar el orgasmo, lo besó, lo abrazó; se hundió en la rosa abierta de su sexo. Se quemó en las llamas del éxtasis más sublime. Estalló en miles de chispas de pura luz arco-iris. Comprendió pues, que el amor puede ser eterno aunque dure solamente un instante.

Cuando abrió los labios y susurró con voz ahogada aquellas palabras que esperaba no fuesen escuchadas, se resignó a lo inexorable.

Te quiero, brujo.
viernes | 00:31 | habitación secreta | new amsterdam theatre
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Aquella iluminación peculiar que reinaba en la habitación no sólo resaltaba los detalles más mínimos que pudiesen existir ante una observación que por definición no era tan cuidadosa al estar la atención de cada cual dispersa y a la vez enfocada en algo en particular, sino que también jugaba con las sombras que se producían, pocas como eran, trayendo a colación también aquellas existentes en el ser de la nefilim y el brujo, no llegando a transparentarlas en intención pero sí llamando de alguna manera la atención sobre la existencia de éstas y cómo se iban difuminando ante algo tan posiblemente mundano como podía ser el sexo. Y es que simplemente de alguna manera esa característica mundana parecía no aplicar a esa situación, no cuando cada terminación nerviosa y cada vaho intermedio testificaban la existencia de algo diferente, de algo que brillaba en esa luz por su novedad, quedando para ambos la labor de descubrir de qué se trataba o, más bien, de interpretarlo de la manera correcta, si es que existía la intención de llegar a aquel entendimiento, por supuesto.

No había nada más sincero que los jadeos y gemidos que se orquestaban de una manera que cualquier sinfónica habría envidiado por la manera en que se entremezclaban melódicamente si se quería, en los compases exactos marcados por el ritmo que marcaban el uno contra el otro, las manos del brujo tocando los senos de la castaña con la delicadeza con que se tocaría un instrumento preciado, pero aún así no dejando de lado la firmeza necesaria para sostenerla y hacer que esas notas se diversificasen a partir de nuevas sensaciones que fueron surgiendo claramente a partir de ese momento. Y ciertamente que él no quedaba ajeno a nada de aquello, no por nada su propio cuerpo le anunciaba la cercanía de un clímax distinto a cualquiera que hubiera experimentado en el pasado.

No fue algo coincidente o exacto, sin embargo, cuando el orgasmo llegó, con las paredes de la vagina cerrándose, contrayéndose alrededor suyo, sus fluidos denotándose de manera más abundante después de aquel proceso. Así y todo, eso no lo hizo menos excitante para Xander, que llegó apenas dos segundos después al suyo, soltando un ronco jadeo que quedó a medias mientras se iba derramando al eyacular con potencia en su interior, notando el efecto que esto también iba teniendo en ella, el estremecimiento que seguía recorriéndola incluso aquellos instantes después de haber alcanzado la cúspide máxima de su excitación temporal.

El torso de la joven se inclinó sobre el suyo mientras ambos luchaban por recuperar el aliento, y sus labios volvieron a encontrarse de manera menos agitada que anteriormente, pero no por ello con menos interés en los labios ajenos. De todas maneras, no había manera alguna de que hubiera podido adivinar, adelantarse a las tres palabras que salieron de entre los de la cazadora, que lo remecieron como nada podría haberlo hecho, en parte por no haberlas escuchado nunca dirigiéndose hacia él, en parte porque había tocado una fibra que nadie más había alcanzado en su vida. Si es que había sido su intención desequilibrarlo con aquella declaración, confesión o lo que fuese, le había salido exactamente como había planeado, tanto que ni siquiera llegó a pensar que pudiese haber sido ésa su intención. Igualmente no le llegó a responder verbalmente, así desarmado como estaba, lo cual si se lo conocía podía significar aún más que el soltar lo primero que se le hubiese venido a la cabeza. En lugar de eso, sus dedos se posaron en la espalda ajena, presionando su piel para apretarla contra él, enredando sus lenguas y olvidándose por un momento de todo mientras la besaba.
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