07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


27/02 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que la limpieza de este mes de febrero se realizará entre los días 02 y 03 de marzo, para que tengáis tiempo de poneros al día. Así mismo, estimaremos que las noticias del mes saldrán esta misma semana, aunque sabemos que ya vamos con imperdonable retraso. ¡Perdón por las molestias y gracias por vuestra atención!


38 # 40
23
NEFILIMS
5
CONSEJO
11
HUMANOS
9
LICÁNTRO.
9
VAMPIROS
12
BRUJOS
5
HADAS
3
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Looking for your forgiveness [Scarlett J. Williams]

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Looking for your forgiveness
→ Sábado→ 10:03 → Cementerio  → Cálido

Doce años.

No pasa ningún año, mes, o semana que no piense en ti desde entonces. Mentiría si dijera que lo hago a diario, y me culpabilizo por ello, pero a veces tengo la cabeza repleta; repleta de ideas que plasmar en el papel, y dejarlas fluir a través de las cuerdas de mi guitarra y mi voz; de tareas pendientes para con el Praetor, normalmente con el fin de que nadie más resulte herido o algo peor; de disculpas que interiorizo y que nunca le digo a Scarlett. Bueno... puede que de manera indirecta sí que siga pensando en ti cada día de mi vida. No como pesar, sino como deber. Así lo creo.

Por ello estoy aquí, pisando la hierba que sisea a mis pies, y húmeda como mis pestañas para honrar y recordar tu muerte. Llevo en mis manos unas flores azulinas y amarillas que he adquirido en la entrada del cementerio, no sé si te gustarán pero es lo que hago desde que mi andanza comenzó. Eres mi peregrinaje sin destino. Ni siquiera me he parado a pensar en la posibilidad de que me odies por esto, de que no me quieras aquí en cada aniversario de tu muerte, que mis visitas sean ingratas e incluso que me veas como un enemigo. No quiero serlo; el único enemigo que conozco soy yo mismo y no quiero a nadie más. Sé qué me dirías ahora, que tengo a otro que me he buscado yo mismo, y que se trata de Scarlett. Ahí me has pillado.

Ya conoces mis razones porque te las he explicado siempre y  te las he recordado cada vez que me postro ante ti. Pero este año hay novedades y hemos hecho el "trato" de pasar completamente el uno del otro, ser neutrales. No me gusta porque no hay peor cosa que la indiferencia mas no tengo derechos a exigir nada como bien sabrás y estarás de acuerdo, no siendo el culpable de su desgracia. Con mis rodillas hincadas sobre la tierra coloco las flores que ornamentan tu lugar de descanso, las miro unos instantes hasta que mis ojos se quedan grabados en tu nombre, descienden hacia la fecha de tu muerte y finalmente hacia tu epitafio.

Lo siento, Thomas. Lo siento.



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Looking for your forgiveness
→ Sábado→ 10:03 → Cementerio  → Cálido
Doce años.

Se dice pronto, ¿verdad?

Son sólo dos palabras.

Cuatro sílabas.

Ocho letras.

Doce años.

Y sin embargo, cuántas cosas, cuántos miedos, cuántas dudas, cuánto sufrimiento, cuánto dolor albergados en esas asquerosas ocho letras. Es horrible, si te paras a pensarlo con detenimiento. Es desgarrador recordar cómo todas mis esperanzas, mis sueños, la idea de mi futuro... todo quedó destrozado la noche en la que murió Thomas. La noche en la que me convertí en licántropo y la posibilidad de que alguna vez terminase de cambiar desapareció del todo. Se esfumó con el último  hálito del único hombre al que alguna vez he amado.

Y generalmente no lo lamento. Sólo las noches melancólicas en las que me vuelven los recuerdos y de verdad utilizo el alcohol para ahogar mis penas. Generalmente no lo recuerdo. Cuando me adoptaron los del Praetor y me ayudaron, decidí avanzar, no volver a mirar atrás para no sumirme en la desesperación absoluta, en el dolor más profundo e intenso, porque aún tenía cosas por las que merecía la pena seguir viviendo.

Pero lo cierto es que en cada aniversario de la muerte de Thomas, en cada aniversario de mi transformación, la melancolía me arropa con un manto denso, negro, y casi no me deja ver la luz que hay al otro lado. Da igual que el día anterior estuviese riendo a carcajadas. Da igual que al día siguiente me comportase como si nada hubiese pasado. Cada año, ese día, el cielo se oscurece para no dejar brillar el sol ni un ápice.

Así me sentía, para variar, mientras avanzaba por el cementerio con pasos lentos, los ojos enrojecidos y las manos repletas de rosas blancas y rojas. Generalmente nunca iba tan pronto a visitarle en la víspera de su muerte, pero aquella mañana el bebé había estado dando la vara desde temprano, sin dejarme pegar ojo, así que tras una buena dosis de chocolate caliente me había vestido y había comprado las flores para la tumba de mi antiguo novio. Aunque lo consideraba una chorrada, en realidad, siempre que iba a verle le hablaba, le contaba las cosas que habían sucedido con respecto al año anterior. La gente que había conocido, las peleas en las que había participado, a los sitios a los que había ido con mi hermanito...

Aquel año, no obstante, contarle lo del embarazo me aterrorizaba. Él estaba muerto, joder. Bien muerto. No iba a resucitar. No iba a poder entender lo que le decía ni mierdas. Pero lo cierto era que estaba tan asustada que incluso temblaba. No tenía sentido ni puta lógica, cierto, y eso hacía que las lágrimas acudiesen a mis ojos mucho antes de lo normal. Hormonas aparte. Sin embargo, algo en mi cabeza me decía que tenía su explicación, y yo lo sabía, ciertamente. Todo radicaba en el hecho de que cuando él había muerto, mis intenciones de tener hijos habían muerto con él. No deseaba dar a luz a ninguna criatura de otro hombre. Me lo había prometido a mí misma. Y ahora, por un descuido, y por haber sido incapaz de acabar con la vida del feto cuando aún podía siquiera estaba dispuesta a planteármelo, había incumplido mi propia palabra. Iba a tener un hijo que no era de Thomas.

Y lo peor de todo era que no podía pensar en no tenerlo. Cuando había pensado en eliminar al feto había llegado a tener verdaderas náuseas. Acaricié mi vientre al volver a recordarlo, más temblorosa aún. Siempre pensé que las mujeres que no lo hacían en circunstancias como la mía eran auténticas imbéciles, pero a la hora de la verdad, mientras leía sobre ello en internet incluso después de mi conversación con Jasper, había terminado conteniendo las ganas de vomitar. Había algo dentro de mí. No deseado. No buscado. Pero estaba vivo y dentro de mi vientre. Quizás otra mujer hubiese podido hacerlo, y jamás la habría criticado por ello. Cada cual hace lo que quiere con su cuerpo. Pero al mirar mi barriga, verla plana, y pensar que tras ella se escondía lo que algún día sería un bebé, no había tenido valor para seguir pensando en ello. Había optado por la vida de ese niño.

Lo peor de todo era que sabía que, de haber pasado estando él vivo, el haber llegado un día con un hijo que no era suyo, Thomas me habría apoyado igualmente porque él era así. Me amaba. Amaba todo lo referente a mí. Y sé que habría amado a este niño. Aún así, contárselo me daba miedo, siendo sólo un pedazo de piedra sobre un féretro vacío, aunque sabía que al final lo haría.

Tan sumida estaba en mis pensamientos, en mis devenires, que no me percaté de que había alguien frente a la tumba. Alguien que la observaba con semblante triste mientras depositaba las flores delante a la lápida. Alguien a quien yo jamás habría esperado ver allí. Sólo le vi al alzar el rostro, siendo incapaz de creer lo que estaba sucediendo. Me quedé helada a unos escasos metros de él, con los ojos tan abiertos que podrían haberse salido de las cuencas. Dejé caer las manos a ambos lados de mi cuerpo, titubeando, hasta que mi cerebro consiguió mandar una señal a mi boca para que se abriese y a mi garganta para que profiriese algún sonido que llamase su atención.

¿... Qué... coño haces tú aquí?

La mirada azul hielo de Alaric se encontró con la mía con tanta lentitud que no supe cuánto tiempo hubo pasado. Pero el desconcierto no me abandonó en ningún momento, incapaz de pensar, incapaz de elucubrar. Incapaz de preguntarme por qué demonios el tipo que me había estado atormentando tantos años se encontraba visitando la tumba del único hombre al que alguna vez he amado.


Última edición por Scarlett J. Williams el Lun Oct 12, 2015 12:37 pm, editado 1 vez



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→ Sábado→ 10:07 → Cementerio  → Cálido
Sigo concentrado en el relieve que contornea tu nombre, en cada grano que compone la piedra que marca el lugar donde descansas, y me pregunto si es verdad que lo haces en paz -si es que no te estás retorciendo ante mi visita anual porque mi sola presencia te irrita-. No lo sé, lo desconozco,  pero aquí estoy con mi egoísmo por bandera porque necesito seguir esta rutina;  año por año espero el manifiesto de tu perdón con alguna señal, nunca lo hace, pero tal vez hoy sí. Es mi esperanza, aunque ésta siempre termina desvaneciéndose igual que las semillas secas de la flor de diente de león.

Lo siento.

Cierro los ojos con suavidad, quieto, rindiéndote pleitesía a la vez que expectante espero escuchar el susurro del perdón. Ese que me haga marchar en paz. El tiempo que permanezco a tu lado ha ido disminuyendo porque es un día señalado y no soy el único que te visita, pero vengo temprano para evitar encuentros incómodos e indeseados. Scarlett lo hará también, pero se toma su tiempo y más hoy. Su fuerza, su determinación, su fiereza, todo ella es una imagen deforme, distorsionada, codificada por el dolor de lo que fue ayer; sus piernas parecen de papel  que cuyo avance se debe a la inercia del soplo del viento, su boca es un sumidero de silencio,  y sus ojos demasiado pequeños para contener todo un mar de lágrimas.

De pronto oigo un susurro que me hace abrir los ojos de par en par, ensimismado, porque por una milésima segundo creo que eres tú aceptando mis disculpas y que por fin he sido liberado. Pero no, no eres tú. No es tu voz, es la de ella. Mis labios se entreabren dejando escapar todo el aire que contienen mis pulmones. Mis extremidades se agarrotan aunque no siento el hormigueo propio, tan solo el corazón que desbocado martillea mi pecho. Lentamente giro mi rostro hacia donde proviene su voz, mis ojos tan abiertos como los suyos la miran como si no fuera posible lo que está pasando. No reacciono, solo la miro, pero sí que presiento que todo mi mundo se fragmenta y  cae sobre mi. No puedo pensar. No sé qué decir. Jamás me habría imaginado que coincidiéramos porque nunca lo hacíamos, porque siempre me he asegurado que así se ¿Por qué entonces? ¿Acaso es la señal de que  no hay perdón para mi?.

En cada espiración suelto más aire del que tomo y pronto siento que me ahogo. Me levanto repentinamente sin predemitarlo, por simple instinto, y miles de ideas se agolpan en mi cabeza a cada cual peor que la anterior; echar a correr, gritar de frustración, excusarme, engañarla... Los segundos pasan y yo aún sin poder mediar palabra. Tengo la garganta seca, la piel de la palmas de mis manos y mi frente sudorosas, y juraría que tengo como piernas dos torres de gelatina de lo que tiemblan. Me cuesta mantenerme en pie. Me sigue costando respirar, pero consigo dar un par de amplias bocanadas de aire para estabilizar en parte mi respiración.

No quiero decírtelo. — esas palabras frágiles surgen e mis labios, empujadas por mi aliento para otorgarles algo de fuerza, no seguridad. Nacen de la más profunda sinceridad. No puedo mentirle, ya no más. Decir que era mi amigo sería insultante, rastrero...pero ante todo mentira. Niego la cabeza despacio, enfocando sus ojos enrojecidos y sus mejillas brillantes y enrojecidas. — No aquí. — por fin un ápice de razón se abrió camino por mi garganta cuando llego a la conclusión de que aunque no quiera debo decírselo. Estoy aterrado. El miedo a la muerte se minimiza con creces si lo comparo con esto.

Se cierra el telón.


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→ Sábado→ 10:03 → Cementerio  → Cálido
Podría haber esperado muchísimas respuestas de su parte. Desde mandarme al infierno, pasando por un 'a ti qué coño te importa', hasta cualquier mentira descabellada que pudiese ocurrírsele. ¡Incluso que le estaba dejando flores por haber tenido que soportarme en mis años de juventud, mierda! Aunque eso no cubriría el hecho de que supiese que Thomas era mi novio antes de ser una licántropo. Habría esperado cualquier gilipollez supina, cualquier respuesta seca, hiriente y tajante, cualquier cosa, casi. Menos lo que me dijo en ese momento. No quiero decírtelo. Parpadeé. Tuve que hacerlo un par de veces para darme cuenta de que estaba hablando en serio, que no me estaba vacilando ni que lo estaba haciendo por tocarme los ovarios.

No quiero decírtelo.

¿Qué? —fue lo único que salió de mis labios. Corto. Brusco. Casi lo escupí mientras avanzaba un paso hacia él, notando que algo dentro de mí ardía con tanta fuerza que podría haberme hecho explotar. Aunque quizás sólo fuesen las hormonas haciendo mella en mí, claro—. ¿Cómo que no quieres decírmelo? ¿¡Qué coño...!?

No aquí.

Eso me detuvo. Me detuvo cuando nos separaban un metro escaso de distancia, y permanecí observándole, como si mi cerebro no fuese capaz de procesar sus palabras. ¿Que no quería decírmelo allí? ¿De qué coño estaba hablando? ¿Qué coño no quería decirme allí? Apreté los labios, los puños.

¿Que no quieres decírmelo aquí? ¿De qué mierda estás hablando? —Terminé de aproximarme a paso acelerado, encarándole. Él reculó, y su actitud me extrañó todavía más—. No me toques las narices, Alaric, que hoy no estoy precisamente de buen humor para aguantar tus gilipolleces. ¿Qué mierda haces delante de la tumba de mi novio? ¿Es una de tus estrategias para joderme? Creía que habíamos quedado en que nos íbamos a dejar en paz hasta nuevo aviso. —Mi respiración se hizo un poco más agitada. Dioses, ¿acaso ese imbécil estaba temblando? ¿Era miedo eso que veía en sus ojos?— . ¿Y se puede saber qué te pasa? Mirándome con esa cara de acojonado, como si acabase de pillarte haciendo algo...

Algo malo. Algo que no debía de estar haciendo.

Mi mirada se centró en la suya unos segundos con eso en la cabeza, dándome vueltas como una especie de cántico. Y de pronto sucedió algo extraño; algo que nunca antes me había pasado, y dudaba que fuese porque el embarazo había agudizado mi inteligencia. Alaric siempre había sido frío y desagradable conmigo; como si yo fuese algo asqueroso y repelente; como si fuese una equivocación. Hacía unos meses había logrado sonsacarle que era porque las mujeres le ponían nervioso justo después de haber ido a buscar al rubio que me había dado una paliza para partirse la cara con él. Y ahora lo encontraba delante de la tumba de Thomas con esa expresión de culpabilidad surcándole el rostro...

Culpabilidad...

Palidecí. Sé que lo hice, a pesar de que no podía verme la cara de ninguna manera. Pero lo supe. Como también supe que un extraño miedo, asociado a un fuerte odio, a una tremenda rabia y a un intenso dolor, empezaban a golpearme las entrañas de tal forma que temí, estúpidamente, que terminase afectando al bebé. Tiré las flores de forma brusca contra la tumba antes de apretar los puños y morderme los labios. Los ojos me ardían tanto como la garganta, y el lobo se revolvió dentro, y tuve que controlarlo, tan poderosos eran los sentimientos que me estaban embargando.

No vamos a ir a ninguna parte, Alaric. Vas a decirme por qué COJONES te has plantado delante de la tumba de Thomas en el aniversario de su muerte. El aniversario del día en que me mordieron. —También yo temblaba—. Dímelo para que, por lo menos, sepa que te estoy pegando con motivos. —Vi el desconcierto y el dolor en sus ojos mezclados con la culpa. Vi que tardaba en responder. Y sentí que me volvía loca—. ¿... Fuiste... Fuiste tú? —Tragué—. ¿Fuiste tú el que nos hizo esto? —Me costaba hablar. Me costaba unir una palabra a la otra—. Porque si es... si es así... No entiendo qué coño haces aquí... Pero tampoco encuentro otro puto motivo por el que pudieses haber venido... —La primera lágrima se resbaló por mi mejilla mientras hablaba. Me movía en el mismo sitio en el que estaba, inquieta, nerviosa. Dispuesta, en el fondo, a saltar sobre él en el momento en que lo afirmase.

Y lo peor de todo era que no estaba segura de querer que la respuesta fuese afirmativa o negativa.



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→ Sábado→ 10:10 → Cementerio  → Cálido
Un hilillo de voz surge de su boca para expresar su desconcierto, y yo quiero morirme aquí mismo. Deseo con todas mis fuerzas que bajo mía se abra una extensa brecha en la tierra y me trague, me mordisquee rápidamente partiéndome en trozos sanguinolentos para terminar devorándome. Me imagino esa imagen, y se me antoja de ensueño si lo comparo con el aspecto que tiene el rostro de Scarlett al mirarme. Sus ojos claros están fijos en los míos, escudriñando cada uno de mis pestañeos y desvíos de mirada, y me quema. Siento mis retinas arder, siento puro fuego aunque no lo es;  es el picor de mis ojos que amenazan con inundarse de lágrimas hasta que mis pestañas no soporten el peso de la culpabilidad.

Cierro mis puños con fuerza, tensos, como tensos están mis hombros y toda mi espalda, además de la mandíbula que no para de apretar y apretar para que no me castañeteen los dientes. No me muevo cuando da un paso hacia mi a pesar de que quiero alejarme, mas estoy bloqueado. Corro en responder sus siguientes preguntas indicándole que no es algo que pueda decirle aquí; no delante de donde descansa Thomas, ni tampoco a riesgo de que otras personas que quieran visitar a sus muertos presencien una disputa en tierra sagrada... en tierra de paz.

No hablo. No me muevo, sino tiemblo. Casi no respiro. Solo la miro y escucho su confusión echa voz, el desorden de las ideas que le deben rondar por su cabeza y la turbación de una mirada que pronto tornará a la de acusación. Se acerca más, demasiado. La tengo ahora en frente, cara a cara, oliendo el aliento que sale con fiereza de sus labios cuando sigue presionando para forzar mi confesión. Mis ojos se cierran suavemente cuando insinúa que mi estancia allí se debe a una ruin estrategia para fastidiarla. Cierro los ojos a causa del dolor que eso me produce, pero también para darme un respiro, un descanso de los puñales que sus pupilas entierran contra las mías.

Estoy pensando rápido para detener esa parrafada que me está soltando, aquella que poco a poco se va pareciendo a una deducción pero no lo consigo, porque finalmente llega al clímax. Cada una de mis reacciones fisiológicas me delatan y percibo que toda duda se disipa, y que la afirmación está a la vuelta de la esquina. Lo sé porque de pronto el silencio se apodera de ella. El silencio del reconocimiento.

Siento más nauseas. Desagradables escalofríos que se convierten en crueles calambres. Y mi corazón... apunto de salírseme por la boca, sigue martilleándome el pecho. En ningún momento he dejado de mirarla a los ojos ya sin poder desviarlos. Observo que su piel se vuelve nívea como la nieve. Noto como estira su brazo para tirar el ramo de flores, con violencia,  y escupe su sospecha contra mi cara. Una sospecha a medias porque lo sabe, sus ojos no mienten, no dudan como sus palabras hacen entender, al menos en un principio, pues de pronto formula una pregunta que ansía no una respuesta, sino una afirmación. Yo callo y ella se impacienta.

¿Fuiste tú el que nos hizo esto?.

Sigo sin hablar, y mi visión se dificulta por la capa acuosa que permanece en mis ojos. Por ello la vislumbro bajo la perspectiva de la víctima que mira al criminal que intenta ahogarla bajo el agua. Pero sí que logro a ver desfilar por su mejilla una solitaria lágrima que seguramente encabece al resto.

Sí. — murmullo en una débil y lastimera exhalación.

No me salen excusas, ni justificaciones válidas porque yo mismo soy el primero que se ha sentenciado culpable desde siempre. La expresión de mi rostro, neutra, casi serena a causa del bloqueo se deforma en un gesto de auténtico sufrimiento. Mi pecho sube y baja rápidamente ante una veloz inspiración porque al confesar mi crimen no ha quedado nada en mis pulmones y se me ha olvidado respirar. Cuando recupero la respiración entre abro mis labios con miedo, con desesperación, dolor, y abatimiento para añadir lo típico, pero que no resta su importancia, al menos para mi pues Scarlett lo ignorará cuando libere esa ira que está conteniéndose y retorciéndose en su interior. — Lo siento — Porque lo he sentido desde hace doce años, lo siento ahora, y lo sentiré siempre.



Última edición por Alaric Levinson el Vie Oct 16, 2015 10:59 pm, editado 1 vez


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→ Sábado→ 10:03 → Cementerio  → Cálido
Sentí frío.

En realidad recuerdo muchas pocas desde el momento en que me confirmó mis sospechas hasta que me encontré llorando con los puños ensangrentados, pero sí el frío que me recorrió el cuerpo como una corriente eléctrica, punzante, insoportablemente doloroso. El dolor que estaba destrozándome en dos. Y las náuseas. En ese momento no me acordé del bebé, ni sé si realmente fue cosa suya, o realmente fue porque la rabia y el impacto que supuso para mí el percatarme de que había tenido al asesino de Thomas a mi lado toda la vida.

También sé que las imágenes de aquella noche se mezclaron en mi cabeza. El gran lobo saltando sobre Thomas y desgarrándole el cuello, que luego se volvió hacia mí con sus grandes ojos amarillos. Recuerdo la incredulidad, el desconcierto, y la mirada vacía de mi novio mientras la vida se le escapaba con la sangre. Y de nuevo el dolor. La soledad. El abandono. La rabia. La ira autodestructiva. El pesar incomparable. Y el dolor. El dolor que en ese momento, frente a la tumba de Tom, se mezclaba y no me dejaba pensar. El dolor que me hizo gritar tan fuerte que de haber habido más personas en la zona se habrían acercado a ver qué estaba sucediendo. Pero, aunque en ese momento me importó una mierda, lo cierto era que estábamos solos.

Solos, Alaric, Thomas y yo. Solos, como hacía doce años. Solos, como cuando mi vida se había ido a la mierda.

Con la mente en blanco, dejándome llevar por mis impulsos más primarios, salté sobre él y le pegué un derechazo en la cara que le hizo rodar por el suelo. No me fijé en que estaba llorando, pero aunque hubiese sido así tampoco me habría importado, porque un odio ciego movía mi cuerpo y me hacía golpearle con todo lo que he estado conteniendo todos estos años. Ni siquiera me di cuenta de que yo tampoco paraba de sollozar, de gemir y de maldecir, y pronto me encontré de rodillas en el suelo, con el cuerpo caliente de Alaric debajo del mío y las manos doloridas, los nudillos reventados teñidos de su sangre y la mía, mezclada, como se habían mezclado nuestras vidas sin que yo lo supiese años atrás.

Me quedé quieta, jadeando, observándole mientras lloraba como una niña pequeña, hasta que agaché los puños, aún sentada sobre su torso, y volví a gritar. No de ira, sino de puro sufrimiento. De desazón. Con esa sensación recorriéndome el cuerpo cuando descubres algo que había estado difuminado en tu vida, y se presenta con claridad meridiana delante de mí. Alaric había matado a Thomas. Me había condenado a una vida como la suya. Y ni siquiera había un por qué o una razón. Sólo nos había tocado. Y eso me hizo odiarle en ese momento mucho más que antes; mucho más que cuando era un gilipollas conmigo. Pero no sólo porque su acción me cambió la vida…

¿Por qué…? —Había estado balbuceando eso todo el rato, junto con otras incoherencias dolorosas, pero ahora, desinflada y desdichada, la voz me sonaba desvalida. Como la jovencita a la que mordió en el campus de la universidad—. ¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué…? —Temblorosa, me llevé las manos a la cara y cubrí mis ojos. Rota. Como hacía años que no me sentía—. ¿Por qué me dejaste sola?

Y algo que siempre había sentido, algo que había estado en lo más profundo de mí, que había enterrado hacía años, cuando por fin empecé a sentirme integrada dentro del Praetor y entendí que no necesitaba a nadie más, despertó. Afloró con tanta fuerza como cuando comprendí que la persona que me había cambiado podía saber de mi existencia y saber lo que me había hecho. O al menos lo intuía. Y me hizo mirarle de nuevo, mezcla de rabia, de dolor, de súplica.

¡No tenía a nadie, a nadie! ¡Había perdido a Thomas y no había nadie a quien pudiese contarle lo que nos había sucedido porque no iba a creerme! ¡Me dejaste sola! —Me mordí el labio antes de continuar, antes de explotar y de soltar las palabras que me quemaban en la garganta, y que ni siquiera recordaba haber pensado alguna vez—. Y tú... ¡Tú lo sabías! ¿¡Entonces por qué te escondiste de mí y me dejaste enfrentarme a esto sin ayuda!? ¿¡Por qué no me buscaste!? ¿¡Por qué no me ayudaste!? ¿¡Por qué me dejaste sola!? —repetí.

En ese momento no supe siquiera por qué había salido eso a la luz, pero cuando pude reflexionar, en frío, sobre todo, me di cuenta de que en realidad todo el odio que sentí por Alaric al saber que había matado a Thomas no era tan grande como el dolor que me había despertado siempre el sentirme desamparada y abandonada. Él sabía que me había mordido. Podría haberme buscado y haber cuidado de mí. Y yo le habría odiado por ser el culpable de mi desgracia, pero con el tiempo sé que le habría perdonado, porque todos hemos matado y todos hemos hecho daño por culpa del lobo, y ninguno lo hemos pedido.

Pero en ese momento sólo pude sentir el ardor de mis dedos destrozados, de mi corazón roto y el calor de las lágrimas que me recorrían las mejillas hacia la barbilla, para perderse en ninguna parte.



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→ Sábado→ 10:10 → Cementerio  → Cálido
El temblor no cede, sino que se intensifica cuando afirmo sus sospechas con un ligero y amargo suspiro. No hago nada más que mirarla y dejarme abrazar por los poderosos brazos de la desesperación que atenazan y paralizan mi cuerpo. Solo siento ese vibrante movimiento que continúa acosándome, el temblor que no desequilibra mi posición, pero si su represalia; su puño que actúa como el tsunami que devoró las costas de Japón allá por el 2011.

Su grito desgarrador invade mis oídos antes de que la fuerza de su dolor e ira consiga derribarme al suelo. Pero no caigo solo, ella me acompaña para sentarse sobre mi y entonces mi visión se nubla, porque mi rostro no para de volverse a un lado a otro a causa de sus potentes golpes. Proyecta su odio hacia mi. La ira y la rabia son dos elementos emocionales que le proporcionan un poder que casi me hace perder el sentido, y estoy seguro que así habría ocurrido de no haberse detenido.

Escucho la melodía fúnebre de su llanto, de sus lamentaciones y yo me uno a ella. Al principio lo hago de forma lejana, como lo haría el miembro de un coro, pero luego rompo a llorar a su par, y entonces nos convertimos en un triste dueto. Me duele la cara hasta el punto de molestarme las lágrimas, que diluyéndose con la sangre, bajan por mis mejillas. Ojalá me doliese más que mi alma, atormentada y perdida, revolcada en la miseria que hoy se ha vuelto mucho más real y no puedo soportarla.

La miro, y su imagen destrozada, fragmentada en cientos de pedazos me abate. No puedo con el peso de su sufrimiento, el mismo que yo le he causado y he intentado ocultar todos estos años. Temía que llegara este momento, como el enfermo terminal que espera la muerte porque sabe que tarde o temprano va a llegar; puede tardar más o menos, según como luches contra ella, pero lo hace. Y ha llegado. No me atrevo a decir nada, solo sollozo pero sí que me pregunto a mi mismo qué voy hacer a partir de ahora. Soy un asqueroso egoísta porque las preguntas formuladas y de las que debo hallar respuesta deben estar relacionadas con Scarlett y como hacerle pagar de alguna forma lo que está sufriendo. Sus gritos, sus lamentos y lágrimas saladas me son siniestramente familiares,  crean en mi mente evocaciones de pequeños flashes del instante en que rompí su vida. Y ahí la veo, rota, tirada sobre la figura inerte de Thomas, zarandeándolo y viendo como se le escapa la existencia. Eso... antes de sentir su tierna carne bajo mis fauces.

'¿Por qué?'  logro reconocer entre sus balbuceos mientras solloza y yo tapo mi rostro con ambas manos sin importar cuando me duele el roce de mi piel hinchada. ¿De verdad me está preguntando por qué le hice esto? Como si... hubiese sido intencionado. Retiro mis manos,  coloco mis codos en el suelo para apoyarme en ellos e inclinarme hacia adelante con intención de responderle, aunque sé que lo voy hacer a gritos y entre lágrimas. Pero de pronto continúa formulando una última pregunta que me deja frío, y que es acompañada de una serie de acusaciones que me bloquean. Nunca. Jamás de los jamases había pensado que se sentiría abandonada por mi. Jamás pensé que me querría a su lado después de lo que le hice. Pero yo nunca la dejé sola.

¡Nunca! ¡Nunca te abandoné! — grito con una voz rota y sin dejar de llorar. — ¡Siempre estuve ahí sin que lo supieras!¡Velando por ti! ¡¿Cómo crees que dieron contigo el Praetor?! ¡Yo fui quien dio el aviso porque desde que te convertí he estado vigilando porque nada te pasase! — me ahogo en mi propia frustración. Toso y gimoteo, pero en ningún momento dejo de mirarle a los ojos — ¡¡Lo siento Scarlett!! ¡Siento no haber acudido a ti antes! ¡Esa fatídica noche fue mi primera transformación y tuvisteis la mala suerte de cruzaros conmigo! — grito frustrado y triste, no con sarcasmo, porque de verdad lo siento y creo que, tal vez pude haber hecho algo más, tal y como me recrimina. — En cuanto tuve algo de control te busqué, te rastreé. Fuiste mi mayor motivación para mejorar mis nuevas y desconocidas habilidades... Para encontrarte y ayudarte. — digo con la voz quebrada pero más relajada debido al cansancio. Al dolor. — Pero no necesitabas conocer al causante que destrozó tu vida. Te produciría más dolor y odio. Un odio hacia mi que yo no quería... al menos no uno que fuese real... tan real que resultara tangible. — pienso en sus puños sangrantes impactando contra mi cara— ¡Yo también tenía miedo! ¡Y temía este momento, por eso nuestra relación nunca fue buena!— intento relajarme pero no lo consigo —Puede ser que no hiciera las cosas bien por culpa de mi cobardía, ¡pero no me acuses de que no te busqué porque lo hice! ¡Y si he vivido ha sido por ti y para ti! —vuelvo a gritar pero con tal intensidad que me duele la garganta — ¡Porque no ha habido ni un solo día en que no me haya sentido culpable! ¡Ni un día que haya podido sentirme en paz! — No puedo, no puedo con más culpa sobre mis hombros.

Caigo de nuevo hacia atrás y abrazo mi estómago que duele a rabiar ante las sacudidas que me produce tanto llanto desmedido. Estoy llorando por todos esos años que no lo he hecho y que he reprimido. Pesa demasiado. Todavía me pesa en la conciencia la culpabilidad de haber matado a su pareja y convertirla a ella... como para que ahora tenga que cargar con su soledad. Un peso incalculable y pesado. El sentimiento de soledad y abandono que casi le produce más dolor que su pérdida.


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Basta… ¡Basta, basta, basta! ¡Cállate!

Me aparté de él como si el contacto con su cuerpo ardiese, me abrasase, y en cierto modo lo hacía. La quemazón en los ojos y en los puños comenzaba a ser insoportable para mí. Pero no más que sus palabras. En ese momento no quise oírlas, fue todo paja para mis oídos, pero recogieron cada palabra que en calma, más tarde, pude analizar, sopesar y comprender todo lo que encerraba cada una de ellas. Que siempre me había vigilado. Que siempre me había cuidado. Que había sido su motivación. Que había vivido para mí… Me perforaron la mente hasta lo más profundo de mi ser y se quedaron ahí, clavadas.

Mas en ese instante no me ofrecieron ni consuelo ni paz. Sólo incrementaron mi tristeza, mi frustración, mi pena. Alcé los ojos y le observé en el suelo, encogido sobre sí mismo, con el rostro destrozado y humedecido por la sangre y las lágrimas. Lloraba tanto como yo, la misma imagen patética; quizás eso me calmó un poco, haber hecho que me diese cuenta de que su sufrimiento era real. Tan real como el mío mismo. Porque nadie ofrecía un espectáculo tan triste sólo para fingir. Así, mi rabia se volvió tibia y mi cuerpo se quedó lacio, de rodillas sobre la hierba. O quizás era que tan sólo se me había ido la fuerza por el llanto.

«Su primera muerte. Su primer error.»

¿Y de qué sirvió? —farfullé, desviando la mirada hacia la tumba de Thomas, que seguía firme, fría y eterna como la roca de la que estaba hecha— . ¿Fue suficiente? ¿De qué valió? ¿Te compensó? —Me pasé una mano por los ojos— . Te lo diré; todo lo que me has dicho no sirve de nada. No ha valido de nada. —Espeté con rabia— . Porque la realidad es que yo seguí sola mientras tú llorabas por las esquinas, observando desde lejos. —La palabra ‘cobarde’ me ardía en la boca, pero no la dije, no sé el motivo. Y a lo mejor nunca sea capaz de averiguarlo.

Permanecí quieta y callada unos instantes. La tensión y la adrenalina abandonaban mi cuerpo poco a poco, dejando un lamentable estado de melancolía detrás de sí. Una suave corriente de aire acarició mi rostro y meció mis cabellos. Y entonces lo sentí. Tan fuerte que me hizo torcerme sobre mí. Las nauseas me golpearon con tremenda fuerza, tanta que tuve que levantarme corriendo, porque no eran de esas que se pasaban a los pocos minutos. Corrí hacia el árbol más cercano, y pronto me acompañaron el ácido sabor y el agrio hedor del vómito. Quizás al relajarme del todo mi cuerpo había encontrado una vía de escape. O quizás simplemente me tocaba.

Fue eso lo que me hizo recordar que iba a tener un bebé, y que al lanzarme sobre Alaric de forma tan desaforada había cometido una imprudencia como una catedral y una tremenda estupidez. Escupí para quitarme el regusto a bilis de la boca mientras pensaba con cierta amargura que iba a ser una madre espantosa.

Me di la vuelta cuando me cercioré de que no iba a haber una segunda ronda, y sin saber por qué, me acerqué a él y me quedé mirándole, como si me quedase algo por decirle. Pero durante casi un minuto no hubo nada; sólo silencio, pues tenía muchas cosas que madurar y muchas cosas en las que pensar. Recogí las destrozadas flores del suelo y las dejé apoyadas contra la lápida. Ya volvería otro día a hablar con él, ya que en ese momento simplemente no podía. Aunque Alaric se marchase, no podría quitarme de la nariz el olor a sangre y lágrimas, mezclados con su esencia, que ahora me rodeaba por todas partes. ¿Cómo no había podido identificarle? ¿Cómo no le había oído?

Será mejor que me vaya —dije sin mirarle.

No esperé réplica alguna. Tomé el bolso del suelo, que se me había caído durante el forcejeo y me fui sin más. Sin decir adiós. Sólo con una cosa rondándome la cabeza-

«Thomas, ¿qué es lo que harías tú?»



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Looking for your forgiveness
→ Sábado→ 10:10 → Cementerio  → Cálido
Me callo de inmediato ante su brusca demanda de silencio, pero lo que no puedo evitar es la melodía lastimera que provocan mis gemidos y mi respiración entrecortada. La miro. Le sigo con la mirada allá donde va. Está nerviosa, y muy enfadada, asqueada, por eso ha debido levantarse y alejarse del contacto con mi cuerpo. Parece evasiva pero me ha debido escuchar, ¡debe haberme escuchado! porque no creo que sea capaz de volvérselo a decir. La parrafada que ha surgido de mis labios las he sentido como puñaladas de plata en mi garganta; frase por frase; palabra por palabra; letra por letra.

Espero que se vaya, porque creo que es lo que va hacer sin ni siquiera decirme una palabra de todo lo que le he dicho. Lo prefiero así antes de que me diga que es todo mentira, y no podría demostrarle lo contrario; la única prueba que tenía era mi estado en esos momentos, tan destrozado, tan roto... como el cristal de una ventana cuando es atravesada bruscamente, o cuando se cierra con una fuerza desmedida. Y esa fuerza ha sido la honestidad.

"¿Y de qué sirvió?"

Desorientado, la miro. Desde mi perspectiva veo el perfil de su rostro y su cuerpo, su expresión está marcada por el agotamiento, tal vez también por la resignación y observan la tumba de la persona que había amado. La que yo mismo le arrebaté, da igual si fue sin querer que esa es la pura verdad. No le contesto, ni tampoco podría porque sigue hablando añadiendo más preguntas para que la primera no se sintiese sola. Y todas reunidas me atacan y me devoran sin dejarme siquiera un pedacito de mi, porque ahora sí que me siento completamente vacío.

"Todo lo que me has dicho no sirve de nada. No ha valido de nada"

Soy un mero recipiente que no alberga nada, porque de nada ha servido mis justificaciones. Ni para tranquilizarla, ni traerle un poquito de paz que pensé que le traería que quien le arrebató la vida no fue nadie con maldad, que no fue un cualquiera que la dejó en la estacada... Ahora soy 'Nadie'. Un nombre. Un colgante que pende de mi cuello. Un organismo vivo pero muerto a la vez. Su reproche que destila furia y rencor estruja entre sus alargados e impíos dedos lo que una vez fue mío y que le entregué a ella hace doce años; mi voluntad, mi dedicación, mi perseverancia, mi arrepentimiento. El ser que había diseñado para ella.

No digo nada, no puedo responder porque ya he escuchado en el interior de mi cabeza el martillo que ha dictado la sentencia: culpable. Culpable, culpable, culpable. No solo por asesinato, sino también como abandono, como aquel ser despreciable que atropella a una persona y se da a la fuga. Lloro en silencio concienciándome y regodeándome yo mismo de mi propio dolor. Debo merecerlo. Si ella se sigue sintiendo así debe ser mi más justo castigo, aquel que dure al menos esos años que la dejé sola porque no bastó mi vigilancia.

Ya no tengo fuerzas ni para gemir, hipar, o sacudirme del dolor. Me quedo ahí sin dejar de mirarla y dejando que las lágrimas sigan su surco. Se acumulan en mis ojos muy rápidamente pero con simples pestañeos las dejo bañar mi rostro. Un rostro limpio de las manchas de sangre, al menos por el lugar que pasaron las gotas de agua salada. En un abrir y cerrar de ojos Scarlett desaparece de mi campo de visión pero supe que estaba cerca porque la escucho vomitar. Le provoco hasta nauseas.

Es hora de marcharse de allí si mi cuerpo responde. Me ergo hacia adelante clavando mis codos en el suelo para así ayudarme a levantar, pero el rostro enrojecido y desamparado de Scarlett regresa a mi para observarme, para escudriñar con su mirada todo mi rostro, mis ojos. Pero no dejo que lo haga, al menos durante todo ese tiempo que me parece eterno. No lo aguanto y agacho la mirada. Ella zanja nuestro encuentro marchándose, y solo cuando no escucho sus pasos, y siento su aroma totalmente desperdigada por el aire me levanto del suelo.

No miro la lápida de Thomas, ni nada en particular. Solo me voy, a algún lugar aleatorio de la ciudad donde pueda pasar la noche, los siguientes días, semanas, y no sé si meses porque no puedo volver a refugiarme bajo el techo del Praetor, bajo el de ella misma. Vuelvo a la soledad, de la que tal vez no debí haber salido, al fin y al cabo... no ha servido para nada.  



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