07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


27/02 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que la limpieza de este mes de febrero se realizará entre los días 02 y 03 de marzo, para que tengáis tiempo de poneros al día. Así mismo, estimaremos que las noticias del mes saldrán esta misma semana, aunque sabemos que ya vamos con imperdonable retraso. ¡Perdón por las molestias y gracias por vuestra atención!


38 # 40
23
NEFILIMS
5
CONSEJO
11
HUMANOS
9
LICÁNTRO.
9
VAMPIROS
12
BRUJOS
5
HADAS
3
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Esto... ¿te valen galletas? |Alaric Levinson|

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Se me notaba. ¡Se me notaba!

Y cada vez que alguien se me quedaba mirando porque se daba cuenta lo único que me apetecía era reventarle la cabeza a guantazos, porque todos en el Praetor, TODOS, me miraban con esa cara estúpida mezcla de ternura, miedo y 'ey, pillina, que no pudiste quedarte dentro de los pantalones'. Casi sin excepción. Los más jóvenes, a los que solía vapulear en los entrenamientos, me huían todavía, cosa que agradecía, pero cuando creían que no les estaba mirando ponían esa misma expresión de auténticos imbéciles que me despertaban las ansias asesinas.

Pero entonces me entraban algunas náuseas, o ganas de llorar, o ganas de comer pepinillos, y cualquiera de esas otras sensaciones era mucho más acuciantes que querer matar a golpes a todos los imbéciles que se quedaban mirando la barriga de preñada como si fuese algo que contemplar. Y lo peor de todo, ¿sabéis qué es? Que aún no sé si era porque me molestaba que me encontrasen vulnerable o porque, mierda, era mi barriga y me gustaba mirarla a mí. El resto no tenía derecho a disfrutar de la curvatura tan leve que se estaba formando porque nadie lo llevaba dentro. Nadie aguantaba los vómitos, los mareos, la carencia de carne cruda y esas cosas. Era sólo yo. Así que sólo yo podía llegar a disfrutarlo.

Sin embargo, no fue eso lo que me hizo salir ese día de la base -aunque un poco sí-. Era porque quería encontrar a alguien.

Concretamente al cretino cuya lincantropía me había transformado en lo que era. Buscaba a Alaric, porque hacía meses que no sabíamos nada de él. Y no es como si yo estuviese preocupada por él o algo por estilo. Que no lo estaba. Era porque había estado pensando mucho al respecto de todo lo que nos había sucedido desde nuestro encuentro en el cementerio. Desde que le pegase, le llorase, le golpease y le dijese que era un inútil por haberme abandonado. Recuerdo perfectamente que ese día, después de regresar a casa, no me había sentido capaz de moverme durante horas, y que sólo una llamada de mi padre me había hecho mover el culo de allí para viajar a New Jersey y confesarles que estaba muy embarazada.

Resulta estúpido pensar que en aquel momento lo juzgué como una pésima idea, pero los días que me obligaron a quedarme con ellos antes de regresar y decidir mudarme al Praetor fueron los mejores que pasé en mucho tiempo. Recibí el amor de todo el mundo, incluso de Olivia, y por una vez no rechacé su proximidad. Y tuve tiempo para pensar, para reflexionar, y para darme cuenta de que quizás -y SÓLO quizás, porque yo tenía mi gran parte de razón- había sido dura con Alaric. Llegué a la conclusión de que no le odiaba por morderme, porque el lobo es más fuerte que uno mismo, y eso lo sabemos todos los que lo hemos sufrido. También llegué a la conclusión de que era un cobarde, pero que no todo el mundo era capaz de afrontar la misma situación como se debería haber hecho, que era con él quedándose a mi lado. Y con sus ojos llorosos en mente, lo único que podía pensar era que quería seguir detestándole, pero no podía hacerlo como antes. No era mi persona favorita en el mundo, pero tampoco le aborrecía ya.

Seguro que era por el embarazo.

Sin embargo al regresar y ver que se había marchado, debo reconocer que me jodió un poco. Yo había vuelto con la esperanza de hacer "un poco las paces", o al menos decirle que podía hablarme, y él se había escapado. Otra vez. Y resultaba frustrante pensar que ya se habían sucedido los meses y que parecía no tener intención de regresar. Así que me puse algo de abrigo que ocultaba mi incipiente vientre esa tarde de noviembre y salí dispuesta a patearme la ciudad mientras pudiese para patearle su rubio culo una vez le encontrase. Y ni siquiera tenía idea de qué coño iba a decirle una vez que le encontrase, vaya.

Lo que realmente no esperaba, después de varias horas dando vueltas, era encontrármelo en la zona de los bares. Solo. Con una guitarra. Tocando. ¿Alaric sabía tocar algún instrumento? ¿La guitarra? ¿Y sonaba incluso bien? Me coloqué a su lado, con el bolso colgando del hombro y la mirada más perpleja que podía llegar a poner, y cuando sus ojos se cruzaron con los míos, asustados, asombrados y horrorizados, sólo hubo una cosa que salió de mis labios.

Esto... ¿te valen galletas?



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Las cosas no han mejorado mucho desde que me marché del Praetor, que en un principio sería por un tiempo indefinido, pero que cada día que pasa me inclino más hacia la perspectiva de no regresar jamás. Siento que la medalla de la manada me quema sobre el pecho marcándome como un traidor por abandonarlos después de la ayuda que me prestaron. Doce años, que se dice pronto. Más que nunca tengo la impresión que me aproveché de su buena voluntad, de su afán de ayudarme y sanar mi mente la cual se encontraba más turbada de lo que está ahora. Me alimentaba de sus palabras revestidas de paz y tranquilidad cuando aseguraban que nunca fui culpable, sino víctima. Les creí fielmente porque el sentido de supervivencia me lo pedía, si no me habría vuelto loco, sin embargo a medida que mejoraba volvía a la realidad: mi realidad más bien porque jamás fue compartida por el resto.

No sé de donde viene esta necesidad de culpabilizarme constantemente y sentirme tan mediocre. Posiblemente sea porque siempre fui de conciencia débil, desde niño, a tal extremo que lloraba a moco tendido cuando sin querer le pisaba una pata al perro que teníamos en casa.  Me arrodillaba a su lado y le abrazaba cuidadosamente, pidiéndole una y otra vez perdón.

Solo me dedico a vivir el presente porque no tengo ningún plan de futuro. No sé qué voy hacer. Estoy perdido, no tengo objetivos. Me equivoqué con Scarlett cuando estaba convencido de que hacía lo correcto; vigilarla y cuidarla desde la distancia porque nunca pensé que me querría a su lado para servirle de guía, no al ser quien destruyó su vida. Pero tampoco voy a engañarme, también fui cobarde.
Así que… ¿para qué marcarme metas si la única que tenía estaba anexada a la vida de Scarlett? Y ahora no quiere ni verme. Fue clara cuando nos encontramos en el cementerio y descubrió quién soy verdaderamente. Para mejorar mi situación y tener un rumbo que tomar, pensé en irme lejos junto a Nicasia para ayudarla con aquel humano a quien mordió y evitar que cometiera mis mismos errores. Pero ha vuelto a desaparecer volviéndome a encontrar solo. Hasta pensé que mi vida volvería a tener sentido con aquella medio bruja. Claro que siendo influenciado por una pócima que me hizo sentir por primera vez en muchísimo tiempo, feliz de verdad. Tuve esperanza y no sentía culpabilidad. Me creía merecedor de su amor y de una vida llena de dicha… hasta que llegó la mañana y ya los efectos de la pócima habían terminado.

¿Y qué hago ahora?. Tocar y cantar en la calle, justo a unos metros frente a un pub para atraerle clientela. No paga del todo bien pero lo compagino con otros empleos poco prestigiosos para pagar el zulo en el que me hospedo. Ya recurro a lo único que se me da bien. A la gente le gusta; no veo sus rostros porque evito mirarles pero les oigo murmurar en positivo. Canto ‘Creep’, uno de los temas de Radiohead cuando siento una presencia a mi lado. Está invadiendo mi espacio personal y empiezo a ponerme nervioso justo cuando voy acabar el tema. Levanto el rostro para esperar mirar a unos ojos desconocidos pero no lo son en absoluto, pues son los de Scarlett. Cojo aire por la boca de manera repentina y mis ojos van a salirse de sus orbitas en un momento u otro. Siento las pulsaciones tan aceleradas que las noto en la sien y el gesto de sorpresa que adopta mi rostro se transforma en la de miedo. Para colmo una cuerda de la guitarra se rompe ante la tensión de mis dedos.

Ssssí me va…valen— siseo con debilidad, todavía con el corazón encogido y sin saber qué más decir. ¿Cómo negarle lo que sea a Scarlett? Se escuchan algunas risas a nuestro alrededor, por lo que parece, el público no se muestra disgustado por la interrupción, sino que les divierte mi reacción y vuelven a murmurar.

¡¡Ehh, Alaric!! ¡¿Eso que escucho es el silencio de tu guitarra y tu voz?! — grita el encargado del bar que se acaba de asomar por la puerta del local, como si no estuviera lo suficientemente estresado para añadir algo más a la lista.  Me vuelvo hacia él tratando de disculparme pero me ha debido de ver la cara descompuesta porque se apiada de mi — ¡Descansa unos minutos y espabila!  — se vuelve y de nuevo me enfrento a la mirada de Scarlett.

No sé qué decirle. Ya le dije todo lo que pude ese día tan señalado y no sirvió de nada. Ni siquiera consigo mirarla sin apartar la mirada hacia la guitarra o la gente que poco a poco se va alejando menos algún que otro curioso. Trago saliva costosamente. me pican los ojos con la misma intensidad que en nuestro último encuentro, y la ansiedad me abruma. Me va a dar algo si no me calmo. Intento recuperar el control forzando una lenta respiración y la observo. Comienzo por los pies, subo hacia el abrigo que la envuelve y finalmente su rostro. Parece que está bien, y también sorprendida.


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Bien, hay que reconocer que no fue mi intervención más inteligente, desde luego. Pero tampoco es que yo sea una genio a la hora de comunicar cosas, ni que tenga una labia que puede dejar paralizado el mundo sólo para hacerme algo de caso si decido abrir la boca. De hecho soy la persona menos indicada para elegir en ese tipo de situaciones, porque digo más tacos que ninguna otra persona en el planeta, tengo muy mal humor y cuando no se me hace caso tiendo a pegar collejas o patadas en el culo (o las espinillas, lo que me pille más a mano) para que se me haga caso. Así que teniendo en cuenta cómo podría haber ido la cosa, si se quiere ser positivo, se podría decir que hasta había sido una buena frase y todo.

En cualquier caso, mejor que un '¿qué coño haces aquí?', un '¿qué mierda estás haciendo?' o un '¿a dónde cojones piensas ir con esas pintas de rastafari pobretón-come lechuga?'. Haberle preguntado si aceptaba un pago en galletas creo que es lo más considerado que podría haber salido de mis labios en ese momento, cuando lo piensas con un poco de frialdad con el paso del tiempo. Pero ciertamente en ese instante me sentí tan idiota que las mejillas se me encendieron ligeramente. Menos mal que él estaba absolutamente flipado y no se dio cuenta -o eso creo yo; o eso prefiero creer yo, quizás, más bien, para la conservación de mi salud mental-. Lo único que hice fue carraspear y esperar a que me respondiese.

Era todo ojos azules perplejos y una mata de pelo rubio temblorosa. Durante un segundo me pregunté cómo sería su pelaje siendo lobo, pero decidí echar esa idea fuera de mi cabeza, porque si en Alaric en su versión lupina escuchaba los gruñidos, los gritos, e incluso podía ver la sangre. Y la verdad no era la mejor imagen a la que me podía aferrar cuando intentaba decirle que era un cretino de campeonato pero que más le valía volver a dirigirme la palabra y compensarme por todos los años de abandono indirecto que había sufrido. Aunque si se piensa bien, también con frialdad y con perspectiva, lo que estaba era tremendamente asustada y me aferraba a una pataleta de niña pequeña para tener a alguien que me ayudase a pasar por el trance de estar embarazada e ir a tener, lo más probable, a una lobita en potencia.

Fui a introducir la mano en el bolso para buscar las galletas -porque de verdad que tenía, lo prometo- cuando un tipejo salió del bar y se puso a gritarle a Alaric algo de la música, de que se tomase un descanso y no sé-qué-más. Alcé una ceja mientras contemplaba la situación, llegando a la única conclusión posible en esos momentos. ¿En serio? ¿Se estaba vendiendo por unas monedas a cambio de hacer que la gente entrase en el local de ese tipejo? Madre mía cómo caían los poderosos delante de una... Casi increíble. ¡Era incluso indignante! Cierto que no somos humanos, que hemos causado bastantes daños a la sociedad con nuestra existencia y que nuestra forma de solventar esos errores es servir a los humanos. ¡Pero no hacerles de cantamañanas! Suspiré sonoramente mientras le observaba, sentado con su guitarra, desde las alturas. "Alturas". No llevaba tacones y juraría que con la tripa estoy encogiendo hacia delante y en redondo.

«¿Se me notará con el abrigo puesto?»

¿Te gustan las de coco? —le pregunté mientras le tendía el paquete para que las cogiese. Aquello debía sonarle a chiste o algo por el estilo—. Hazme sitio, anda. —Debió de pensar que estaba loca. Como un auténtico cencerro. O al menos con problemas de personalidad, aunque en realidad eran hormonales. La última vez que le había visto le había destrozado la cara a puñetazos y ahora le daba galletas y le pedía que me dejase sentarme a su lado. En el fondo era para tener pena de él. A mi merced completamente embarazada no debía de ser algo que cualquiera estuviese dispuesto a soportar. Me senté como pude y le miré—. Como tienes un descanso, te voy a molestar un rato. —Aguardé—. ¿Se puede saber qué demonios estás haciendo aquí y por qué no estás con los demás ayudando a que el mundo sea un lugar mejor? ¿Es que te parece que es tiempo de estar tocando la guitarrita cuando quien-tú-sabes podría estar vivo por ahí dando la lata? ¡Vergüenza debería darte en este mismo instante! —Y sin decir nada, le quité una galleta del paquete y me la comí, esperando a que respondiese algo.



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No comprendo nada. Ni ésta actitud nueva hacia mi, ni mucho menos las circunstancias que la han llevado a buscarme. ¡A mí! Estoy tan confundido que bien se me debe notar en la cara, seguramente   luzca bastante empalidecida si lo comparábamos a como estaba antes de que llegase; ligeramente enrojecida por la atención que estaba ganándome al tocar para toda la gente que todavía nos rodea, aunque por motivos muy diferentes. Ahora nos miran con curiosidad, cuchicheando alguna que otra vez y observando como si esperaran algo. Si cambiase de actitud, seguramente se marcharan porque ; una más natural que la retraída y estúpida que estoy teniendo ahora mismo.

No dejo de jugar con la cuerda de la guitarra rota entre los dedos de mi diestra. Mira que cada vez que sucede me quejo bastante y puedo llegar a soltar maldiciones por ello, porque me desespera mucho tener que cambiarla. Es una de las pocas cosas que me hacen perder la paciencia en un abrir y cerrar de ojos, pero ahora poco me importa. ¿Qué va a importarme teniendo frente a mi a una Scarlett que parece estar escaneándome con la mirada?

Sí... claro... — deslío los dedos de la cuerda de la guitarra para tomar el paquete de galletas que me ofrece, la cual miro alternando con sus ojos un par de veces porque me cuesta creer lo que está pasando. Es tan... subrealista. Digno de formar parte de uno de esos absurdos sueños en los que nada tiene sentido. Me deslizo a un lado de la banqueta para que ella se siente a mi lado cuando me lo pide. Sigo mirándola asombrado, de verdad me estoy llegando a plantear que no es ella, sino alguien que se le parece, o quizás no, quizá es alguien que no se le parece ni en el blanco de los ojos pero estoy tan tocado ya que creo que es ella, como si empezase a creer que la veo en todos lados a causa de mi eterno remordimiento de conciencia.

La forma en la que se sienta me resulta extraña porque parece costarle de alguna manera, leve, pero lo he notado. Frunzo el ceño preocupado de que le haya podido pasar algo en mi ausencia, y eso me sienta como una patada en la boca del estómago. Otra cosa más que añadir a mi ya pesada culpa. Me dirige la palabra lo cual hace que mis azules ojos se desplacen de su figura a sus ojos, atentos. Entonces recibo su reprimenda haciéndome volver a la maldita realidad, aquella que todo este tiempo aislado había visto de manera superficial, pues me había centrado en liberar a Scarlett de mi presencia para siempre ¿y porque no?, seguir castigándome a mi mismo por lo que hice y no hice.

Yo... lo siento. — parpadeo y desvío la mirada hacia el paquete al que ya le faltaba una galleta. Tiene razón. El mundo está a punto de irse al traste con la posible llegada de Valentine y yo me he desentendido totalmente. No he hecho las cosas bien, ni antes, ni ahora. Agacho la cabeza enrojeciendo por mi incompetencia pero asiento con la cabeza, dándole la razón. — La siento, la siento ahora que me la has recordado. Te parecerá estúpido pero me había olvidado de todo lo que está sucediendo en la ciudad, de los rumores, de... en fin... ya he dicho. De todo. — Completamente cierto. He estado bajo el influjo de mi propio pesar, siguiendo adelante sin ninguna motivación especial, simplemente perdido. No estoy bien, pero no tengo derecho a admitirlo, ni tampoco es excusa para haberme deshecho de mis responsabilidades como Praetor. Que me fuese de la base no significa que dejara de serlo. Debido a la tensión aprieto demasiado el paquete de galletas con mi dedo pulgar haciendo que la siguiente se termine rompiendo, y en acto reflejo se las vuelvo ofrecer. Si sigo así van acabar todas hechas migajas — Lo siento. No... tengo excusa, lo he vuelto hacer mal. Ya no se lo que hago. — Me atrevo a mirarla a la cara con expresión lastimera que trato por todos los medios hacer desaparecer, mas no puedo — ¿Te han mandado a buscarme? Si es así, iré y trataré de enmendar mi error aunque siempre que lo intento no... acierto. — Trago saliva costosamente pensando en que la fallé a ella al no haberme quedado a su lado tras haberla mordido, pensando que cuidarla desde la distancia era lo mejor. — ¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo? — pregunto con voz calmada pero a la vez mostrando ansiedad.


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Oye, que las galletas no te han hecho nada... —comenté como si nada mientras me las devuelve.

Suspiré. Después de haber descubierto que Alaric me había mordido, y después de haber vuelto de casa de mis padres y haberme mudado a la base, había hablado con alguno de los miembros más antiguos del Praetor. Bueno, en realidad hablar es un eufemismo. Me había dedicado a gritarles, a perseguirles, a acosarles y a darles el coñazo hasta que habían aceptado hablarme de lo que sabían al respecto de mí y de Alaric. De nosotros. Y descubrí que llevaba preso en la autocompasión toda la vida. Eso sólo me dieron más ganas de patearle el culo que antes. No soporto a la gente que lo único que hace es lamerse las heridas. Todos hemos hecho cosas horribles y/o hemos pasado por experiencias horribles; pero quedarnos atadas a ellas, al pasado, es de perdedores y de patéticos.

Cuando le escuché hablar, antes y después de que me pasase el paquete de galletas, intenté mantenerme tranquila, pero dentro la furia bullía. Bullía con fuerza porque no soportaba que se fuese arrastrando por el suelo como si fuese una puta miseria. Todos le hemos hecho la vida imposible a alguien o le hemos fastidiado la existencia a alguien por culpa de lo que nos pasa, de lo que somos. Pero de ahí a ser peor que la peste...

¿Cómo dices? —Respiré profundamente. Había estado algo metida en mí misma para no estallar, así que sus mensajes me llegaron algo tarde—. Pues para empezar estás haciendo de pintas. Ahí tirado con esa guitarra y ese aspecto de no haberte reído en días. Por favor, ¿si quiera recuerdas lo que es reírte? Hasta yo lo he hecho y he sido más desgraciada que tú. —Vale, otra vez. Conté hasta cinco, respiré profundamente y comí de nuevo una galleta, guardando un par de segundos de silencio para ordenar las ideas en mi cabeza—. Te he venido a buscar por mi cuenta, para darte un par de patadas en el culo, aunque el llevarte de nuevo a casa no entraba en mis planes porque no contaba con que te dieses el piro. Hay más formas de afrontar el dolor que escaparte, ¿sabes? —Jugueteé con el plástico entre los dedos, desesperada por encontrar palabras. Joder, nunca se me ha dado bien hablar, y menos de este tipo de cosas.

Le miré directamente a los ojos, intentando encontrar en ellos algo, lo que fuese, aunque no tenía ni idea de qué estaba buscando exactamente. Pero fue el primer impulso que tuve, como si Alaric tuviese lo que yo estaba desesperada por encontrar desde hacía generaciones. ¿Qué era? No lo sé. Si estaba, yo no lo vi. No alcancé a ver nada más allá de su tristeza, de su desesperación y de su desesperanza. Y me enfadé ligeramente. Fruncí el ceño y dirigí la mirada hacia el frente, pasándome los dedos por el vientre, ligeramente abultado, que pronto se notaría me pusiese la ropa que me pusiese. Mi niña...

Estoy embarazada —dije al fin—. Eso es lo que me pasa, que me han hecho un hoyo en uno. —Suspiré—. Ni sé quién es el padre ni me importa, en realidad. Y es muy probable, por no decir que estoy completamente segura de que la niña saldrá siendo licántropo, porque creo que el otro era como nosotros. Aunque ni sé nada de él ni me importa. Y vine a buscarte porque ha pasado mucho tiempo desde nuestro último encuentro y he podido pensar también mucho... —Giré el rostro hacia él—. En mí, en ti y en nosotros. En lo que pasó y en lo que no hicimos ninguno de los dos. —Mi orgullo hizo que las palabras costasen, pero al final salieron—. No te odio. Tampoco te culpo por lo que pasó con Thomas. No era tu culpa. El lobo hace cosas... y nosotros no podíamos controlarlo. No te estoy diciendo con esto que tengas la vía libre para mi amistad ni para mi perdón, igualmente, porque el que me abandonases sí que me sigue doliendo —me apresuré en añadir—. Pero lo de Thomas es... fue algo que nadie pudo evitar. Así que si quieres resarcirte mínimamente, ya sabes, ayúdame con la niña o algo —lo cierto es que ese comentario no iba del todo en serio. Quiero decir, ¿quién iba a querer preocuparse por el hijo de otra persona?



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Con la mirada ya me he disculpado en cuanto me llama la atención por haber roto alguna que otra galleta del paquete. Parece que ni sostener un simple paquete de galletas lo hago bien. Y aquí voy… volviéndome a lamentar por mi incompetencia en todos los ámbitos de la vida incluyendo los más sencillos. Castigándome por ello sin pensármelo dos veces. Hela se sentiría avergonzada después del tiempo que hemos estado hablando este último mes y todas las cosas que hemos hecho en pos de volver a ser un hombre libre de la culpabilidad que me ha arrebatado todo. No solo avergonzada sino también tendría la sensación de haber perdido el tiempo conmigo al no haber logrado absolutamente nada porque en ocasiones siento como si retrocediera hacia atrás todo lo que he avanzado.

Fijo mi mirada sobre los ojos de una Scarlett sorprendida y creo que… tiene aspecto de hastiada. Además, con la pregunta retórica que me ha lanzado me espero una “charla” monumental. Y así es. Debo admitir que me asombra lo que me dice, aunque más que asombro es confusión. ¿Quiere… que me ría? ¿En estas circunstancias? De igual forma… me hace ver que me estoy lamentando demasiado y que resulto patético. Genial… Ya lo sé, pero es tan difícil. Cuesta tanto despegarse de los remordimientos…

Después de nuestro último encuentro en el cementerio y todo lo que allí se reveló… no se me ocurrió otra cosa. — quiero añadir que aún me duele lo que ocurrió pero creo que a estas alturas volverá a sentirse ofendida y con razón. Ya no solo he actuado como un cobarde, sino también como un egoísta.

Me mantengo tenso cuando parece escudriñar en mi mirada, no se la aparto pero mis ojos parecen asustados por su análisis pero cuanto más tiempo pasaba, más se profundizaba en su faz un gesto de molestia… hasta que volvió a hablar.
¿Qué? — me sale natural al enterarme de que está embarazada. Sus siguientes palabras se distorsionan bastante y no me llegan muy bien a la cabeza porque por unos instantes desconecto de todo. Un torbellino de emociones contradictorias luchan en mi interior porque hay algo que me decepciona al oír la noticia pero pronto desecho ese pensamiento porque no debería sentirme así. No yo.

De pronto se me viene a la cabeza mi hermana. Cuando me enteré de que mi madre se había vuelto a quedar embarazada, me pareció una bendición. Significaba la esperanza de mi familia después de los malos momentos que estaba pasando y aunque fue a corto plazo fue un respiro de aire fresco. Sin embargo para mí siempre fue un motivo para seguir adelante, pues Susan era el resultado de que siempre se podía volver a empezar.

Todavía estoy digiriendo toda la información que suelta de sopetón sobre su embarazo, incluyendo que está esperando a una niña cuando dice que no me odia. Abro más los ojos y elevo las cejas como si lo que hubiese dicho fuese algo imposible. Siento incluso que se me humedecen las pestañas. También aprieto con fuerza la mandíbula porque lo que me está diciendo es algo que llevaba esperando muchísimo tiempo; mi consciencia atormentada por algo de lo que, pensándolo con lógica, no tenía ninguna culpa. Aunque creo oírle contradecirse respecto al perdón… o no lo sé, pero creo que después de todo puedo darme con un canto en los dientes.

Sí… Sí. Lo haré. — me reafirmo con mi segunda afirmación. No me he pensado absolutamente nada ayudarle con la niña que está creciendo en su vientre. Se lo debo y no solo eso… Quiero hacerlo. Puede que sepa con mayor seguridad que no debo castigarme por lo que hice como lobo, porque no era yo, pero sí por haberla dejado sola en esos momentos pensando equivocadamente que no me necesitaba.

Quiero decirle algo más, no sé el qué porque ahora he perdido la capacidad de pensar antes de hablar, pero mi “jefe” vuelve asomarse por la puerta. — Bueno ¿qué?, ¿ya has descansado 5 minutos y relajado lo suficiente? Vamos — hace un gesto con la mano, un chasquido de dedos y yo me lo quedo mirando. Veo la escena bajo otra perspectiva y descubro que… esto es humillante. No el cantar en las calles, no, sino hacerlo para él después de cómo me trata. Esta nueva visión me lo acaba de regalar Scarlett, su “no te odio”, su “no eres culpable”. Creo que todos estos 12 años estaba esperando que fuese ELLA quien me lo dijera para empezar a estar en paz conmigo mismo.

No. Yo me voy — le replico levantándome del asiento y comenzando a guardar la guitarra con la cuerda rota en su funda, ante la atónita mirada del encargado del bar. Hasta yo me asombraría después de la actitud que he estado tomando durante tanto tiempo. De pronto me siento libre, liberado de una pesada carga que nunca me correspondió. — ¿Cómo? ¿Te largas? ¡Pues no te pienso dar ni un puñetero dólar si no acabas el trabajo! — me grita y me señala con el dedo. — Puedes quedártelo. Lo necesitas más que yo — zanjo el tema después de echar la cremallera de la funda y ofrecerle la mano a Scarlett para ayudarla a levantar. — Es tiempo de empezar hacer las cosas bien. — comento deseando que acepte levantarse y empezar a caminar en sentido contrario de este lugar, pues los gritos e insultos del encargado, que por cierto, se ha puesto rojo de la ira, empieza a colmar mi paciencia.


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Al ver la cara que puso cuando le dije que no le odiaba me entraron ganas de salir corriendo, porque sentí que las mejillas me ardían de vergüenza por la forma en la que me estaba mirando, como si yo fuese la Virgen o algo así. Bueno, en cierto modo tiene gracia porque me había quedado preñada sin tener ni idea de quién era el padre, aunque de virgen... más bien poco. Pero la cuestión era que me hacía sentir incómoda y me daba ganas de empezar a patear culos para sentirme un poco más como yo misma y no como la persona que acababa de salvar el alma de un desgraciado. Introduje el paquete de galletas en el bolso mientras buscaba excusas para levantarme en aras de marcharme de allí, porque de verdad que notaba la cara caliente y no me apetecía para nada que me viese enrojeciendo como una colegiala.

Sin embargo sus palabras me cortaron en el acto. ¿Lo haré? ¿Que haría qué? Enarqué una ceja sin entenderle muy bien, hasta que todo empezó a montarse en mi cabeza, engranaje a engranaje. ¿¿De verdad me acababa de decir que pensaba ayudarme con el bebé para resarcirse por haberme dejado tirada y por haberme estado tratando mal todos estos años?? Abrí y cerré la boca varias veces seguidas, buscando algo coherente con lo que reclamarle pero sin encontrarlo en ese momento, demasiado impactada. Pero bueno, ¿qué clase de imbécil decidía cuidar del hijo de otra persona así como así, sin pensárselo siquiera?

«El tipo de idiota que se aleja de ti porque piensa que así puede protegerte» dijo una voz en mi cabeza con fastidio, haciéndome suspirar.

Oye... —empecé a decir, dispuesta a asegurarle que esta vez no era necesario que se hiciese cargo de mí.

Entonces apareció el tipo que al parecer le tenía contratado -por usar una palabra amable- para instarle a que siguiese trabajando, y no es que Alaric fuese mi amigo de toda la vida ni sintiese un especial aprecio por él, pero no me gustó ni un puñetero pelo cómo le estaba tratando, como si no fuese más que escoria. En otras circunstancias me habría puesto de pie de sopetón para cantarle las cuarenta, pero mi cuerpo no se movía con tanta agilidad, así que me preparé para ir gritándole mientras me erguía. Pero para sorpresa de los dos -del dueño del bar y mía- Alaric habló solo con la voz más firme que le he escuchado nunca en nuestra vida, donde sólo ha habido malas palabras, llantos y balbuceos, y decidí que me agradaba que fuese capaz de plantar cara cuando fuese realmente necesario. Incluso sonreí. Cogí su mano -cuando en otras circunstancias le habría insistido en que podía levantarme sola- y le miro a los ojos como si le viese por primera vez.

No como el capullo amargado que me trataba como un idiota, ni como la masa llorosa que me daba explicaciones en el cementerio, ni como el tipo agazapado contra la guitarra que no se atrevía a mirarme a los ojos. Le veo como Alaric, como el hombre que ha estado escondido dentro de todas esas corazas durante esos años, como su verdadero ser, y aún con la sonrisa en los labios determino que realmente podría llegar a caerme bien con el paso del tiempo; que realmente podría llegar a perdonarle por todo lo que me ha hecho, si seguía manteniendo esa mirada honesta, vibrante y llena de calor.

Pues anda que has tardado —comento con indiferencia, mientras le hago un corte de manga al dueño del bar y tiro de él para salir de esa calle, donde la gente que se nos ha quedado mirando se echa a reír un poco ante mi actitud—. Pero bueno, también dicen que más vale tarde que nunca, y como tú siempre has ido un poco por detrás de los demás, no vamos a tenértelo en cuenta —bromeo, sacándole la lengua—. Anda, vamos a recoger tus cosas para trasladarte de nuevo al Praetor, que a saber en qué clase de cuchitril has estado viviendo este tiempo...



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No entendía la sorpresa a mi respuesta que vi en su mirada azul celeste y en sus cejas ligeramente arqueadas. Acababa de darme una propuesta que me daría la oportunidad de compensar mi error ayudándola con su embarazo y con la niña, ¿por qué me miraba como lo estaba haciendo? Creí que mi respuesta sería más que evidente. Por ella haría lo que fuese, lo que me pidiera y lo que no, hasta perderme en todos los sentidos de la palabra. Y hacerme cargo de su cuidado y… si me lo permitía, de su hija, me hacía sentir una corriente de bienestar por todo mi ser, porque era una actividad positiva junto a ella, porque dejaríamos de hablar y de pensar en la muerte para hacerlo sobre la vida.  La nueva vida que se generaba en su vientre y que cambiaría por completo la de ambos.

Vi sus labios entre abrirse y emitir lo que me pareció captar un sorprendente y tímido “oye” cuando tuve esa pequeña discusión con el encargado del bar. Scarlett me había dado una razón de peso para dejar esa mísera vida que estaba viviendo en el pozo de la culpabilidad para haberme otorgado la libertad y la esperanza. Podía creerme por fin la verdad, que aunque no era del todo inocente no era culpable real de ninguna muerte. Las palabras mágicas que activaron esa actitud que estaba teniendo con aquel hombre solo podían haber sido pronunciadas por Scarlett y por nadie más para que hicieran efecto.

Estreché la mano de Scarlett con la misma firmeza con la que mis ojos se habían fijados en los del hombre al que permití que me tratara como pensé que merecía, la ayudé a levantarse y sin mirar atrás empecé a alejarme del lugar junto a ella. En el fondo estaba muy confundido por lo que acababa de hacer porque esa no era mi naturaleza ¿o tal vez sí, y se ha visto aletargada todos estos años? Sea como fuere, no tenía muy claro en esos momentos quién era yo, cómo era, qué me caracterizaba realmente, pero ya tendría tiempo de reflexionar sobre ello y reconocerme.

Sonrío con timidez al escuchar su broma pero sin mirarla a la cara, todavía ando avanzando hacia delante sin permitirme desviar la mirada del horizonte, como si temiese arrepentirme pero eso no iba a ocurrir. Me seguía sorprendiendo que Scarlett estuviese siendo tan benevolente conmigo que hasta se permitiera bromear aunque fuese a mi costa. — Vale… pero quédate en la puerta, ese lugar no tenía buena ventilación y… tampoco tardaré mucho, no me llevé gran cosa, igualmente no dejaría que cargaras con nada. — dejé claro que ella estaría ahí para asegurarse que no me echaría atrás, que regresaría junto a su lado al Praetor pero que por su estado no la dejaría ni arrastrar una caja de cartón vacía. — Gracias. — Esa única y solitaria palabra surgió de mis labios un rato grande después. Reunía mucho significado y se ampliaba a muchos aspectos.

Quién lo diría, pero jamás me habría imaginado que volvería al Praetor siendo ayudado por Scarlett, y que además acabaría haciéndome cargo de su cuidado, y quien sabía si también de la crianza de la pequeña, ese interrogante se debía a Scarlett, pues sería ella la que decidiría permitírmelo o no.


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