07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


27/02 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que la limpieza de este mes de febrero se realizará entre los días 02 y 03 de marzo, para que tengáis tiempo de poneros al día. Así mismo, estimaremos que las noticias del mes saldrán esta misma semana, aunque sabemos que ya vamos con imperdonable retraso. ¡Perdón por las molestias y gracias por vuestra atención!


07/01 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que hemos recuperado el dominio del foro satisfactoriamente, de modo que podéis volver a utilizar la dirección anterior, www.cazadoresdesombras-rpg.com, sin ningún problema. Por otro lado, hoy se han realizado las limpiezas del foro. ¡Sigamos trabajando y pasándolo bien como hasta ahora, y perdón de nuevo por las molestias!


02/01 - ¡¡Feliz año nuevo a todo el mundo!! Con motivo de la llegada del ansiado 2017, hemos decidido daros un pequeño regalito. Si miráis en vuestra reserva de reliquias... ¡veréis que han aumentado considerablemente! Es un premio a todos los usuarios que se registraron antes del 01 del 01 por vuestro apoyo ^^Recordaros, además, que las limpiezas se realizarán al final de esta semana. ¡Apurad los últimos post para no perder vuestro color!


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NEFILIMS
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HUMANOS
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LICÁNTRO.
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DEMONIOS
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FANTASMAS

Me llaman mister Temerario. Encantado. | Victoire C. Wintercloud|

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Me llaman mister Temerario. Encantado.
→ Jueves → 23:50 → Agujero asqueroso  → Cálido
A veces las cosas salen como habías planeado desde un principio. Entras, llegas, pegas la paliza correspondiente, le cortas una mano a la víctima, se la llevas al tipo que te ha contratado para demostrarle que has cumplido con la misión y recibes el dinero. Fácil, rápido, aunque quizás menos limpio de lo que a algunos nos gustaría que fuese. Quiero decir, no es que me importe mancharme de sangre o de icor o de lo que fuese; hay suciedades peores y mejores, pero no siempre hay ganas ni dinero para llevar tu gabardina favorita al tinte para quitarle manchas que dicen a gritos 'ey, he matado a un tipo y sí, lo he hecho por dinero'. En Copenhague tenía mi establecimiento de confianza donde nunca hacían preguntas más allá del 'para cuando lo quieres', pero ahora en New York no es tan fácil dar con una tintorería que esté llevada por subterráneos o humanos con la Visión que estén comprometidos a no soltar demasiado por esa boquita ni a pedirte demasiada guita por mantener el pico cerrado. De hecho, creo que aún no he encontrado ninguna... Pero en fin, eso.

A veces las cosas salen bien.

A veces no.

El encargo de aquella noche era relativamente sencillo. Digo relativamente porque hay veces que los demonios son fáciles de pillar por sorpresa, decapitar y extraer lo que fuese que pretendan usar los señores que pagan. Nunca pregunto para qué quieren esto o aquello, aunque sean cosas extravagantes como intestinos o sesos... O colmillos. O lo que fuese. Lo único que me interesa siempre es qué es, para cuando lo quiere y cómo lo mato, si desconozco de qué se trata la criatura.

En ese caso, las espinas venenosas de un demonio drevak eran el premio a conseguir para un brujo que tiene aspecto de haber salido de una alcantarilla. Los drevak no son especialmente difíciles de atrapar si uno sabe cómo colocarse en contra del viento para que no puedan captar tu olor a tiempo; lo complicado realmente es quitarle esos pseudo-dientes que tienen antes de que desaparezcan, pero no era la primera vez que me pedían algo de ese estilo, así que no estaba especialmente preocupado. Sin embargo, como ya he comentado, las cosas no siempre salen como se habían planeado.

Me llevé varios días investigando dónde podía encontrar un cubil de estos bichos, o al menos algún lugar donde se hubiese avistado antes alguno. Me costó gran parte del dinero que tenía ahorrado y forjar nuevos contactos -lo que no era tan malo, después de todo-, pero al final tuve bien claro dónde podía localizarlos. Tardé otros tantos días preparándome, seleccionando las armas (katana y cuchillos con el filo hechos de oro) y la vestimenta adecuadas, y desarrollando el plan de cómo capturar al menos a uno para poder completar la misión.

Así, una semana después, me deslicé por las calles de New York hasta su guarida. Una vez allí preparé un cebo olfativo cerca de lo que debía ser la entrada, busqué un buen lugar donde esconderme sin ser detectado -en contra del viento- y aguardé. La idea era tan fácil como podía parecer: esperar a que saliese uno, destrozar el cebo y esparcir su olor hacia el centro del cubil, matar al drevak y llevarme sus espinas. Esperé durante horas hasta que apareció el primero, olisqueando tan repulsivamente como ellos, y sin detenerme demasiado tiempo bajé a hacer lo oportuno.

El problema fue que surgieron más demasiado pronto, por lo que aproveché un recoveco cercano y me escondí, con el corazón latiéndome con fuerza dentro del pecho. Una cosa era hacer frente a un solo demonio drevak, y otra hacer frente a por lo menos ocho de ellos. Como estaban distraídos con la carnaza no me detectaron, de buenas a primeras, así que tuve varios segundos para pensar qué hacer, ya que tarde o temprano el viento cambiaría y mi olor terminaría por llegarles si continuaba allí de pie. ¿Permanecer allí y hacer frente a todos ellos? ¿Buscar la mejor forma de rodearles sin que pudiesen detectarme para acercarme y acabar rápidamente con uno de ellos? Aunque nada me garantizaba que fuese lo suficientemente veloz como para hacerlo. ¿Debía, quizás, esconderme y aguardar a otra oportunidad mejor y menos peligrosa? Las opciones a barajar eran cuantiosas y tampoco disponía de tanto tiempo como para estar distraído sopesando probabilidades. Desenvainé mi espada lentamente, procurando hacer el menor ruido posible, y cerré los ojos, intentando recordar cualquier cosa que el entrenamiento que había seguido toda la vida pudiese darme. Demonios drevak. Ciegos. Captan a sus víctimas por el olor. El viento aún continuaba soplando en mi contra. Salí despacio de mi escondite, midiendo cada paso, cada movimiento, con tanta exactitud que me dolía cada músculo del cuerpo. Alguna vez que otra, en situaciones como aquella, había llegado a pensar que tener runas no habría estado de más, porque siempre facilitaba las cosas. Pero eso era asociarse a La Clave, a los nefilim, y antes me habría cortado un brazo que hacer algo así.

Continué avanzando despacio. Despacio. Sin saber que pronto toda mi cautela no serviría absolutamente para nada...


Última edición por Michael Stenberg el Dom Dic 18, 2016 10:20 am, editado 1 vez
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→ Jueves → 23:50  → Nueva York  → Cálido
Patrullas. La nefilim no había dejado de mascullar todo el camino mientras recorría las calles de Nueva York sin hacer ruido. Se había aplicado las correspondientes runas en el instituto antes de salir, dejando que el agradable escozor recorriera su piel. Sin sonido. Fuerza. Visión nocturna. Agilidad. Aguante. Iratzes. Todos fueron dibujando un intricado mapa de líneas y remolinos sobre su piel blanquecina resaltando negras como el carbón, como consecuencia ella se deslizaba entre las calles invisible gracias al glamour y con una gracia sobrehumana; si algún mundano con la visión la hubiera visto en aquel momento saltando de edificio en edificio con gracia podría haber pensado que se trataba de un ángel vengador pues el brillo metálico sobre sus prendas negras dejaba entrever que estaba armada.

Estaba siendo una noche relativamente tranquila, incluso aburrida. Cuando se ofreció a ayudar en el Instituto pese a ser una invitada por así decirlo no esperaba que le pidieran que patrullara, pero a decir verdad no le caía como una total sorpresa; como estaban las cosas en Nueva York no le extrañaba que casi todos los nefilims disponibles fueran enviados a las calles para evitar sorpresas desagradables. Con un suspiro derrotado la rubia extrajo el sensor midiendo la actividad demoníaca a los alrededores; nada, nada, ¿¡Espera qué!? El sensor había empezado a reaccionar tal y como si hubiera demonios cercanos, con un chasquido la cazadora de sombras empezó a buscar los leves indicios de que podría haber demonios en las cercanías. ¿Tal vez a unos metros? El sensor no era del todo preciso, a veces detectaba a grandes distancias si los demonios eran muchos. Dudó en si avisar a la Clave o no para que enviaran refuerzos pero al final se encogió de hombros, ¿Qué mal podría hacer echar un vistazo?

Se dejó caer con suavidad. Caminó unos pasos.

Silencio absoluto.

¿Se habría equivocado? Miró nuevamente el sensor pero el aparato chasqueaba sin cesar. ¿Estaría roto? Intentó mirar a la lejanía pero lo único que lograba vislumbrar eran edificios ruinosos, calles, el susurro del viento. Y entonces lo vio.

Una larga y robusta, como un gusano al que le han dado hormonas de crecimiento. Drevaks. Suspiró de alivio pues los drevaks eran apenas como moscas molestas mientras se les supiese tratar, no eran muy inteligentes ni demasiado fuertes siempre y cuando mantuvieras sus dientes fuera de tu piel e incluso así una runa podía hacer el trabajo. Se mantuvo alejada mientras extraía un cuchillo serafín de su cinturón evaluando la situación, algo los estaba atrayendo lo cual era bastante extraño, olfateó suavemente y le pareció detectar un olor como a viseras o algo así ¿Habrían matado a un mundano? Titubeó a la distancia mientras llamaba al cuchillo con una voz que apenas fue un susurro —Casiel— el arma se iluminó mientras la hoja afilada y cristalina salía disparada, lo mejor sería que subiera a un punto alto y los matara de lejos con los cuchillos de lanzamiento que estaban en su bota, tendría unos seis cuchillos de hoja de oro, suficientes para acabar con los demonios esperaba, empezó a trepar con facilidad cuando vislumbró una nueva figura. Alta, cabellos rizados, tenía una espada ¿Otro cazador de sombras? Imposible. Un cazador de sombras no sería tan estúpido como para intentar ir de frente o huir de unos ocho drevak, incluso si eran ciegos podían escuchar perfectamente.

Tenía que ser un mundano. Un mundano idiota, un mundano estúpido. Cualquier subterráneo quedaba descartado, un hombre lobo se habría transformado para luchar mejor, un vampiro no haría tanto ruido y además se podría largar en dos movimientos bien precisados, las hadas no salían de su territorio y a un brujo no le preocuparía ser detectado, los demonios solían dejarlos en paz. Con un ruido apenas audible de irritación la nefilim saltó a una cornisa, corrió velozmente y se dejó caer con una voltereta grácil rebanando la cabeza de un Drevak de un único movimiento. El demonio se retorció unos segundos antes de desaparecer como todos los de su especie, de vuelta a la dimensión de donde provenía.

Se giró hacia el mundano. Esperaba ver la cara de idiotas espantados que ponían pero lo que se encontró le hizo dar un respingo suave, el humano tenía armas, armas con un filo de oro ella podía verlo, este humano sabía en parte lo que hacía. Lo cual lo hacía más idiota a su parecer —Por el ángel, ¿Qué demonios crees que haces?— dijo ella con indignación mientras de reojo miraba a los otros demonios reorganizarse —¿Pusiste un cebo en un nido de Drevaks? ¿Qué creiste que pasaría, que sólo saldría uno para tu conveniencia?— negó con la cabeza al mismo tiempo que se giraba hacia los demonios esperando a que alguno decidiera atacar. Los humanos con la visión a veces eran demasiado... ¿Confiados? Ver algo no te hacía entender el mundo al que pertenecía y si aquellos demonios fueran mensajeros de un demonio mayor y uno regresaba a con su amo el humano sería carnada de demonio mayor antes de que pudiera parpadear solo porque se había metido donde no lo llamaban. Un demonio saltó en dirección al mundano -posiblemente porque lo habían percibido como presa fácil- y la nefilim le abrió el abdomen con una gran tajada de su cuchillo serafín, el icor le cubrió la piel ahí donde no estaba protegida por el uniforme de cuero. Los otros nueve restantes -debían ser aproximadamente once contando a los dos que ella había matado- avanzaban en grupo y ella sabía que ninguno se pondría nuevamente al filo de su espada con facilidad.

¿Puedes cubrirme la espalda? Se están reorganizando, no van a dejarnos matarlos uno a uno ya, son idiotas pero no tanto— sonrió mientras balanceaba el peso del cuchillo en la palma de su mano —No sé porqué los querías pero te aseguro que si intentas ir por tu cuenta es más probable que terminen agarrándote.





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→ Jueves → 23:50 → Agujero asqueroso  → Cálido
Respiraba tan despacio, tan cuidadosamente como me movía. Los músculos crujían, suplicándome en silencio que dejase de torturarles de semejante manera, pero hacía años que había vuelto ciego a ese tipo de reclamo. Los Stenberg estaban por encima del dolor, por encima del sufrimiento. Estaban allá donde los cuerpos habían perdido casi totalmente la sensibilidad, donde eran capaces de aguantar la fractura abierta de un hueso sin proferir un grito, sin desmayarse, y donde podían aguantarse las tripas salientes del vientre a la par que seguían enarbolando sus armas como un estandarte, como una bandera. Mi padre me había recitado tantas veces esas palabras que casi las había vaciado de sentido; sólo al tener que encontrarme yo sólo ante vicisitudes como las que enfrentaba ahora había sido consciente de lo que significaban. De lo que habían hecho conmigo toda su vida.

Y a veces eso me había hecho odiarles como sólo ellos podían odiar a La Clave.

¿Por qué no podían haber tenido una vida normal y habernos criado tranquilamente a Abelone y a mí como mundanos? ¿Por qué me habían arrastrado a su espiral de locura, de dolor y de curtimiento? Cuántas veces había querido ser un humano normal y corriente, sin más aspiraciones que las de aprobar los estudios, conseguir un trabajo, follar y comer hasta reventar. Incluso había derramado lágrimas por eso, había farfullado expresiones de rencor ebrio hasta las trancas, absolutamente para nada. Habían hecho de mí lo que era, así que sólo podía usarlo para seguir adelante.

Justo como en ese momento.

Era un poco arriesgado, pero tampoco era la primera vez que me encontraba en una situación así. A veces salían solos. A veces alían acompañados. Ahora había demasiados, pero llevaba varios cuchillos bajo la gabardina; si conseguía llegar a un punto que había avistado, podía lanzarlos -acertarían, seguro; mi puntería nunca fallaba- y acabar con unos cuantos. Con la katana podía encargarme del resto, y con una de las Berettas podía inmovilizarle, pues las había cargado con balas con punta de oro. Quizás en una pata o...

O nada. A la mierda todo.

Justo cuando iba a pasar por detrás de los bichos con el mayor de los sigilos, una rubia salió de la nada y rebanó la cabeza de uno de ellos con tanta rapidez que me quedé petrificado en el sitio. ¿¿Pero qué coño?? La ira me golpeó dentro del pecho, y burbujeante se extendió por el resto de mi ser. ¡Una nefilim! ¡Una puta nefilim! ¡Pero bueno! ¿Se podía saber qué coño hacía trayendo su culo rubio a este lugar? ¿En serio? La puta ciudad era norme y tenía que venir a joderme los planes a mi cuadrante. ¿¿No tenía otro lugar donde meter los morros?? La tentación que tuve de lanzarme sobre ella y rebanarle el gaznate fue tan fuerte que incluso me asustó un poco. Siempre tenían que estar dando por culo. Siempre.

Gruñí ante lo que me dijo, y escupí hacia el lado, pasándome el dorso de la mano por los labios y avanzando hacia donde estaba ella, sopesando si debía dejarla inconsciente, si cortarle los tendones de la pierna para dejarla en el suelo como cebo para que se lanzasen sobre ella. Pero al ver que destripaba a otro demonio, sonreí para mis adentros, diciéndome que ya que estaba allí jodiéndome la marrana, lo menos que podía hacer era utilizarla para salirme con la mía.

Vale, vale. Lo que tú digas, rubia. —Hice girar la espada en mi mano mientras me colocaba a sus espaldas. Me puse en guardia y tomé aire, soltándolo lenta y profundamente—. Pero que sepas que si te matan te tiraré hacia ellos para que estén entretenidos un rato contigo mientras me largo. —Ella podía tomarlo como quisiese, pero aquello era tan cierto como que me llamo Michael.

Fueron unos segundos infernales, de indecisión, de tormentosa espera. Con los músculos hinchados por el esfuerzo, mantuve mi posición hasta que el primero decidió abalanzarse sobre mí. Esperé. Esperé. Y de un tajo limpio lo corté por la mitad. A mis espaldas, la rubia también empezó a moverse con agilidad, o más le valía. El resto de amiguitos parecieron mantener la distancia durante unos momentos; no eran extremadamente listos, pero tampoco eran lo que se dice tontos. No iban a lanzarse sobre mí al sentir que había sido capaz de librarme de uno de ellos con tanta rapidez. Di un paso al frente, retándoles a que se moviesen de nuevo, y lo conseguí. Con un gruñido, se movieron hacia mí.

Como ya dije, no eran demasiado inteligentes.


Última edición por Michael Stenberg el Mar Ene 03, 2017 6:48 pm, editado 1 vez
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→ Jueves → 24:10  → Nueva York  → Cálido
Gruñó ante su respuesta y puso los ojos en blanco mientras de sus labios se escapaba un bufido suave. Inconscientemente empezó a mascullar groserías en francés quedamente, lindeces como "pedazo de imbécil", "Mundanos sin cerebro", "cabrón" y cosas todavía más inapropiadas —Mundis— dijo mientras negaba —No te preocupes mundano, si te matan haré lo mismo y así nadie lamenta nada, que debo añadir es más probable que te maten a ti que a mi, pero te puedo dejar creer lo contrario si así te sientes mejor— puso todo el sarcasmo que le fue posible en aquella oración antes de concentrarse plenamente en la batalla. Por un segundo dudó ¿Debería darle la espalda a un mundano como aquel? ¿Qué evitaría que le atacase mientras ella estaba distraída? Balanceó el cuchillo serafín en su mano mientras veía como un demonio empezaba a avanzar con velocidad. Tenía que elegir. Podía simplemente hacerse a un lado para quitarle la sonrisita de cabrón al mundano mientras el demonio se le venía encima, pero lamentablemente su trabajo era proteger a los malditos humanos, incluso si estos merecían más que ella dejara que los devoraran.

"A la mierda" pensó mientras esquivaba el ataque de aquel demonio, serpenteando con velocidad antes de darse la vuelta y hundir la hoja hasta el fondo. El demonio lanzó un rugido horroroso antes de desaparecer dejando sólo la sangre e icor en la hoja y manga de la cazadora de sombras. Rápidamente arremetió contra otro abriéndole su viscoso cuerpo con un tajo bien dado del cuchillo serafín, aprovechando que los demás demonios empezaban a darse cuenta de la amenaza que representaba la nefilim para ellos, extrajo el otro cuchillo serafín y lo llamó con voz tenue —Raphael— el arma brilló con intensidad y ahora armada con ambos cuchillos realizó un movimiento de tijera para decapitar al siguiente iluso que se acercó a ella. Bien. De su lado sólo quedaban dos demonios y no se volteó pero parecía escuchar que el mundi igual tenía menos, ¿Acaso había pensado en ascender alguna vez? Lo dudaba, la forma en que se había molestado al verla le hacia pensar que no era amante precisamente de los suyos.

Miró a los dos demonios restantes mientras se agachaba esperando a que vinieran a por ella. Iba a darle un susto a aquel cabrón a ver si así se le quitaba lo petulante. Los demonios empezaron a arrastrarse tranquilamente hacia ella antes de coger velocidad y justo cuando los tenía a un metro Victorie saltó. Los nefilims en general tenían ventajas aumentadas, agilidad, fuerza, etc. La rubia siempre había sido normal en fuerza entre los suyos, pero en agilidad resaltaba enormemente, era rápida, con reflejos impresionantes y la verdad siempre había podido saltar bastante alto; pasó a los demonios sin problemas y cayó rodando en el piso. Los demonios al ver que su "presa" ya no estaba centraron su atención en el mundano que estaba bastante ocupado con sus propios drevaks. Sonriendo Victorie caminó alegremente esperando el momento justo en que ambos demonios fueran a atacar y el mundi sintiera sus presencias antes de encajar a Raphael y Casiel en sus cabezas con un movimiento fluido. Los cuchillos quedaron a centímetros del mundano y la francesa esbozó una sonrisa arrogante a modo de disculpa —Perdón, casi se escapan— dijo suavemente sin sentirlo en lo absoluto.

Sólo quedaban dos demonios pero Victorie estaba segura de que el mundano podría perfectamente con ellos. ¿No presumía de sus habilidades de "cazador"? Además no creía que un mundano estuviera metiéndose con demonios por el placer que le daban; tenía que tener alguna razón y Victorie quería ver cual era, luego podría ir a con la Clave si le parecía que el mundano hacía algún daño a alguien, pero si no se equivocaba debía ser de esos idiotas que los brujos usaban para obtener su suministro de cosas asquerosas de demonio para pociones y hechizos y demás faenas.

Distraída en sus pensamientos apenas notó como el anillo con una piedra rojiza -una herencia familiar- que había estado brillando suavemente ante la presencia de aquellos demonios empezaba a palpitar nueva y vivazmente, extrañada lo tocó suavemente. —¡Eh mundi!— lo llamó —Esa cosa que pusiste, ¿A cuantos demonios puede atraer? ¿Sólo atrae Drevaks? Porque... Bueno, este anillo detecta demonios y sinceramente jamás lo había visto hacer eso...— apretó los dientes mientras sus ojos recorrían los alrededores, pero ella no veía absolutamente nada.





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→ Jueves → 23:50 → Agujero asqueroso  → Cálido
Mundano.

Aquella palabra debía de ser despectiva o hiriente para ella. Para mí, significaba todo lo contrario. Los mundis tenían libertad para hacer lo que querían, aunque viviesen ignorante de la oscuridad que les rodeaba. Los mundanos podían ir a donde quisieran, hacer lo que quisieran, vivir de lo que quisieran. Tenían aspiraciones, sueños y voluntades. Podían volar. Y los nefilim no. Así que cuando dijo eso entre dientes yo sólo sonreí, e incluso me reí entre dientes, porque la tipa, debo reconocerlo, tenía agallas. Al menos no era una pedante recta con un palo metida por el culo, ni una mojigata que se horrorizaba ante comentarios así.

La lucha fue breve, a ojos de cualquier espectador, pero para quien está inmerso en el frenesí del acero, pueden sucederse eones hasta que el último enemigo cae al suelo abatido. Ignoré a la rubia -que parecía francesa por lo que había podido escucharle decir; probablemente insultos a mi excelsa persona- y me centré en acabar con el resto de cabrones que estaban dirigiéndose hacia mí. Era lógico pensar que podían reconocer a alguien de la sangre del puto Raziel, de modo que conmigo se quedaron tres; cuatro, si contábamos con el primero que se había convertido en polvo a mis pies. En realidad era una putada todo esto, porque mierda, yo quería mis malditas espinas de drevak para cobrar mi sueldo, pero con la nefilim cargándoselos al otro lado, iba a tener muy poco tiempo para hacer algo así. De modo que intenté hacer alguna que otra maniobra mientras ella estaba distraída.

¡Fiu!

Un cuchillo con el filo de oro voló hacia uno de ellos, arrancándole de cuajo una de las patas traseras y varios gritos total y absolutamente desagradables. Cuanto antes lo matase, mejor. Los otros dos, que se habían lanzado contra mí, cayeron rápidamente presas de mi katana. A uno conseguí esquivarle mientras atravesaba al otro por la cabeza de lado a lado; con un giro de muñeca conseguí deshacerme del otro sin siquiera pestañear. El tercero, herido, se arrastró hacia mí como pudo en una posición que me era favorable para conseguir mi objetivo.

Pero algo me distrajo y le clavé la espada en un ángulo diferente, haciéndolo desaparecer. Y era que dos de los drevaks de la rubia se le habían escapado mientras hacía el imbécil y se lanzaron contra mí. Su presencia fue tan notable que mi cuerpo reaccionó de forma involuntaria para cubrirme, y por eso todos los drevaks del momento acabaron muertos. Lancé un gruñido al aire bastante sonoro, encarando a la rubia, que me sonreía de esa forma que me entraron ganas de meterle una patada en su perfecto culo francés. Dos demonios de los que no me había percatado comenzaron a arrastrarse hacia mí de nuevo, y lanzándoles una mirada despectiva, con los cojones hinchados y los ánimos de matar por las nubes, saqué una de las dos Berettas y le metí un tiro a cada uno en la cabeza. El cañón soltaba tanto uno como un fumador compulsivo. A la mierda una semana entera de trabajo porque esa maldita rubia no sabía mantenerse quietecita y no meterse donde no la llamaban.

Gracias por la cobertura. Está claro que los entrenamientos de nefilim ya no son lo que eran si se te escapan dos mierdecillas como estos.

Guardé la pistola y sacudí la katana para quitarle el exceso de ícor que impregnaba la hoja, sintiendo la presencia de esa idiota todo el tiempo cerca de mí. Era irónico. No sabía si tenía ganas de matarle por lo que me había hecho o si darle una palmada en la espalda por tener el mismo sentido del humor retorcido que yo.

¿Qué? —respondí, procesando lo que me acababa de decir un par de segundos después—. ¿Qué coño? —Me acerqué a su lado sin ser invitado y le cogí la mano sin permiso, observando el anillo. Lo reconocía bien. Mi madre tenía uno exactamente igual—. Oye mira, una cosa es que cuestiones mi inteligencia con lo del número de ratones gigantes que podía atraer mi cebo, y otra muy diferente que me digas que no sé lo que me hago a la hora de qué demonios puedo atraer con qué cosas. —Bonita piel blanca llena de runas, por cierto, la de su cuello y de sus dedos finos. La suelto casi con desprecio. La mía está curtida de otras cicatrices, está incluso morena, para ser danés, y la piel de mis dedos está callosa y rota por infinidad de cicatrices. La odié porque seguro que su vida, incluso siendo nefilim, había sido mejor que la mía—. El cebo que puse era muy pequeño para atraer a otros demonios que no fuesen de este tipo, por lo que o tu piedra está rota o el jaleo que has montado ha atraído a otra cosa... O venían siguiéndote. —Enarqué una ceja—. Y eso sería lo más probable porque créeme, estudié la zona y salvo estas sabandijas venenosas, no encontré nada más.

Sin embargo, sí que había algo extraño en el ambiente. Algo peligroso. Algo como a podrido. Giré de nuevo el arma en mi mano de forma inconsciente y me coloqué otra vez a espaldas de la nefilim, oteando el lugar, buscando, buscando, buscando. Porque once demonios drevak no era nada comparado con lo que se nos podía llegar a acercar, y reconozco, como quizás habréis notado, que no me gustan una mierda las sorpresas y los invitados no deseados.
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Me llaman mister Temerario. Encantado.
→ Jueves → 24:10  → Nueva York  → Cálido
Ella se ríe con cierta malicia ante su comentario que posiblemente pretendía ser hiriente. No había forma en que la francesa se tomara aquel insulto hacia los nefilims de mala manera porque había dejado que los demonios se escaparan a posta de sus garras; ¡Pero vaya que aquel humano tenía la boca grande! Ella había tratado con varios humanos durante sus misiones pero no eran nada como aquel chico; los mundanos normalmente ni siquiera podían verla, sus cabecitas mundanas se inventaban alguna explicación lógica para que un demonio hubiera intentado matarlos. Un perro, otro ser humano, lobo, serpiente, cualquier idiotez que mantuviera sus mentes ignorantes en las sombras.

Ella siempre les había tenido lástima. Eran hermosos no lo iba a negar, sus vidas brillaban con una fuerza increíble, fuerte, hermosa, llena de creatividad y vida pero con la misma fuerza que brillaban era la facilidad con la que podían morir.

Oh si, perdóname— dijo con todo el sarcasmo que le fue posible mientras rodaba los ojos —Es evidente que los nefilims deberíamos aprender un poco de los mundanos como tú ¿No? Digo como ustedes sabéis tanto de demonios y de las armas que les dañan, de sus tipos, de su fuerza...— prosiguió con el mismo tono de voz —Me ofenderé el día que te crea capaz siquiera de derribarme al piso chico, de detener un demonio mayor o de hacer algo por alguien que no seas tu mismo— Victorie era una nefilim entrenada en las armas cuerpo a cuerpo si, pero más que nada era una entrenada en la comprensión de la mente, en como usar las palabras para desarmar a los demás. Y podía ver a luces lo egoísta que era el mundano enfrente de ella —Si hubiera sido al revés y la que hubiera estado a punto de ser comida de demonio que sinceramente eso lo veo improbable pero en el caso hipotético de que hubiera pasado tu no hubieras movido ni un solo dedo para ayudarme.

Acto seguido la rubia procedió a frotarse la sien con delicadeza. ¿Por qué había pensado en salvarle el culo? El humano era un maldito dolor de cabeza, jamás había tenido tanta migraña en su vida por dios. Era como si estuvieran martillando su cabeza una y otra vez. Dejó escapar el aire con un suave -si bien no muy delicado- bufido y empezó a pensar en otras cosas que le quitaran las ganas de tirarlo al piso a ver si así se le quitaba la sonrisita esa fastidiosa que tenía, o el maldito ceño fruncido o la puta mirada de desprecio.

Dio un respingo al sentir la mano ajena contra la suya y sin que ella tuviera control sobre ello se ruborizó ligeramente. El mundano tenía las manos callosas posiblemente por las cicatrices; Victorie debería tenerlas igual pero la verdad siempre había sido demasiado cuidadosa con su piel y contar con ayuda de algunos brujos le había evitado la mayoría de los callos del oficio. Tenía cicatrices por toda su piel eso si, pequeñas lineas plateadas repartidas entre su clavícula, espalda, piernas, brazos y una en la mano que el sostenía producto de una cacería donde el demonio le había agarrado la mano con sus garras clavándolas sin piedad en la piel de la nefilim —¡Eh! Yo sólo he preguntado, ¿podrías dejar de ser un desgraciado insufrible por cinco segundos?— le espetó quitando la mano casi al tiempo que el mundano la soltó sin ninguna delicadeza, si hubiera sido otra cosa como un brujo o un nefilim le hubiera roto la mano por lo irritada que estaba pero se calmó a tiempo respirando. Era una miembro del consejo, era Victorie Wintercloud y no perdía el control ante tonterías como aquella —Es una joya de hadas— bufó como si aquello fuera obvio y el mundano siquiera supiera de que hablaba —No se rompen y nunca fallan— terminó antes de sacar la estela con una floritura y aplicarse marcas por toda la piel desnuda. Visión nocturna, visión a larga distancia, dibujó un iratze que se hundió en su piel curando el pequeño rasguño que le había ocasionado uno de aquellos drevaks. La piedra empezó a palpitar con mayor fuerza. Victorie frunció el ceño, aquello no podía ser bueno —Nadie me siguió, la traía conmigo, si algo me hubiera estado siguiendo la joya hubiera brillado, además a diferencia de ustedes nosotros podemos pasar bastante desapercibidos, las runas tienen sus ventajas— guardó la estela nuevamente en su bolsillo mientras guardaba ambos cuchillos serafín sustituyéndolos por una nueva espada.

Dechirant glaceé. Desgarradora gélida. Su espada. No era la espada familiar de los Wintercloud era la suya propia, tenía runas por toda la hoja y era de una mezcla de adamas con oro, letal. Entre las runas y el material cristalino pocos demonios podían no sufrir daños ante su hoja. La balanceó en su mano con cuidado mientras escrutaba los alrededores intentando descubrir de donde provenía aquel molesto aroma y sensación de opresión.

Una figura humanoide apareció entre las sombras. Victorie se quedó de piedra de golpe porque conocía al chico, o por lo menos eso parecía; era familiar para ella y terriblemente atractivo como algún tipo de ángel caído del cielo, un ser perfecto, sin fallos... El anillo brilló con intensidad y le quemó ligeramente sacándola de su sopor, cerró los ojos con fuerza mientras su respiración se aceleraba. Sirena, era una sirena —No la veas— masculló jalando al mundano y sacudiéndolo un poco porque no quería que este quedara encandilado —Es una sirena, un demonio muy fuerte. Tenemos que salir de aquí.




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→ Jueves → 23:50 → Agujero asqueroso  → Cálido
Ella habló, y sus palabras fueron como veneno líquido que impregnaron mis oídos. Quizás en otro momento de mi vida me habría dejado llevar por mis sentimientos más oscuros y mis instintos más bajos, y le habría respondido a gritos que no sabía nada de mí. Que no tenía ni la más remota idea de por qué era como era. Que sí, que quizás los nefilim debían de aprender un poco de los humanos y empezar a dejar de ser mezquinos y de hacer desgraciadas a las personas. Que yo había tenido por quién preocuparme en un pasado que se me antojaba tremendamente lejano y que no dejaba de molestarme dentro del pecho cada vez que sentía el peso del colgante donde guardaba la foto de Abelone. Que por ella habría matado y habría perdonado. Habría plantado un campo de amapolas y le habría traído la luz de las estrellas sólo por verla sonreír, porque durante mucho tiempo mi hermana pequeña fue lo único suave que me dio el cariño que mi madre y mi padre no fueron capaz de verter sobre mí. Pero Abelone estaba muerta, igual que mi vengativo padre, y ahora sólo quedaba la sombra del odio que él había vertido sobre mí. Casi nada del amor que me hizo sentir el cuerpecito caliente de Abelone la primera vez que la había cogido en brazos quedaba ya dentro de este cuerpo que ya sólo era músculos, sangre y hueso.

Sin embargo, a esas alturas de mi vida, sólo pude sonreír cínicamente mientras ella pensaba que de verdad me molestase que pensase que yo era egoísta, porque ciertamente, lo soy. Y sí, era totalmente cierto. Si la hubiese visto en las mismas circunstancias me habría quedado en lo más alto de la más alta torre para ver cómo se desenvolvía en el lío que ella misma, probablemente, se había buscado. No me generan compasión los nefilims por lo general, no. Pero ojalá, ojalá ese sentimiento fuese enteramente mío, y no algo heredado de un hombre amargado que no supo alejarse nunca del odio que él y mi madre metieron en sus corazones.

Fue casi delicioso comprobar que se había sonrojado cuando le cogí la mano, y había estado a punto de soltar un esperpento de esos que había escuchado a algunos cretinos a lo largo de mi vida. "¿Qué pasa, guapa? ¿Es que nunca te ha tocado un hombre de verdad?". Soy un capullo, cierto es, pero nunca utilizo esas frases; son tan asquerosas y repulsivas, y suelen decirlas gente tan asquerosa y repulsiva, que cuanto más lejos de ellas, mejor. Pero ah, en ese momento lo habría dicho sólo por ver la cara que ponía, o cómo se abrían esos enormes ojos azules que tenía. Cuando ella hizo ese intento de insulto, encogí los hombros.

Podría, pero entonces no sería el hombre del que te enamoraste. —Rodé los ojos ante su explicación. Gracias, rubita. Explicación innecesaria como su fuese idiota—. Sólo lo dije para que no sonase tan directo el hecho de que, probablemente, tienes la culpa de que nos visiten más conocidos a la hora de la cena y sin avisar.

Me estremecí al ver la estela que había sacado. Mi madre guardaba la suya en lo más profundo de un baúl que había en el despacho que tenía compartido con mi padre, pero él no. Él la tenía en el salón, a plena vista, para recordarse de nuevo lo que los nefilim les habían hecho. Cuando vi que se dibujaba runas en el cuerpo me giré casi sin darme cuenta de lo que hacía, porque ese gesto me traía recuerdos desagradables que me provocaban escalofríos. Ella no pareció percatarse de eso, desde luego, y siguió hablando, aunque no le hice mucho caso. Sólo volví la cabeza cuando escuché el delicioso sonido de una espada desenvainando, y he de reconocer que estuve tentado de arrebatársela de las manos, pues era tan hermosa el arma que había extraído de su funda que de pronto la ensombreció a ella y sólo estuvimos la espada y yo. Segundos después reaccioné, recordando que, ciertamente, un demonio un poco más preocupante que los drevak nos acechaba.

Ambos nos giramos en la misma dirección justo en el instante en que una figura aparecía de entre las sombras. No supe identificar si era un hombre o una mujer, pero su belleza era absolutamente cegadora y no podía apartar la mirada mientras avanzaba poco a poco hacia donde se encontraban. Entonces la voz de la nefilim sonó en mis oídos, y habría rebotado de no haber venido acompañado de un zarandeo que me hizo parpadear inconscientemente, y por tanto, perder el contacto visual con la persona. Una sirena. Genial. Bueno, en fin. Podía ser peor. Hice girar la katana en la mano derecha mientras cerraba los ojos y coloqué la izquierda en la espalda de ella, tanteando hacia la cintura en busca de alguna otra arma que pudiese serme de utilidad en ese momento.

Vamos, vamos, rubia. No sabía que fueses tan celosa. De todos modos no tienes nada de qué preocuparte con respecto a este bicho porque no creo que tenga demasiado poder sobre mí. —Quiero a mi madre, pero mi persona más amada desapareció hace ya once años—. Y dime, ¿tienes algún plan en concreto o termino de sobarte antes de que nos mate a los dos?
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→ Jueves → 24:10  → Nueva York  → Cálido
Victorie pocas veces había deseado golpear a alguien como deseaba golpear a aquel mundano. Vale lo iba a admitir, jamás había tenido la paciencia de una santa, pero tenía una paciencia admirable ¿No? Es decir rodeada de tanto cazador de sombras anticuado cuando unos pocos miembros del Consejo eran jóvenes ella había tenido que aprender a cerrar la boca y asentir ante sus comentarios racistas o anticuados mientras en su mente pensaba totalmente lo contrario a ello. Pero el mundano aquel parecía directamente salido de su infierno personal con todas las intenciones de torturarla —Vaya pero si ni conozco tu nombre— dijo ella mientras reía. Por primera vez no fue una risa fingida, o maliciosa, o sarcástica; el comentario del mundano realmente le había hecho gracia y aquella suave risa se había escapado de sus labios sin poderlo evitar —Es un poco apresurado decir que estoy enamorada de tu encantadora personalidad— prosiguió con un ligero tono burlón pero sin la hostilidad anterior ¿Quién lo diría? El chico sabía haber bromas sin ser un cabrón, empezaba a parecerle soportable, que teniendo en cuenta su "encantadora personalidad" era todo un cumplido —Tsk, el que hubiera armado un jaleo hubieras sido tu contra once demonios solito, decir "gracias por evitar que me coman" no te haría daño ¿Sabes?— pero claro, esperar que el castaño le diera las gracias sería como pedirle peras al olmo, o a un perro que hable, hasta eso Victorie tenía más esperanzas en lograr hacer a un perro hablar que en lograr que su carismático acompañante admitiera que posiblemente sin ella estaría metido en un lío gordo.

Pero ella no podía pensar en eso ahora, porque tenían un nuevo reto. No podía combatir con los ojos cerrados cierto, pero tampoco podía permitirse ser encandilado por una sirena; cierto que Victorie no tenía alguien a quien amase con toda su alma realmente, quería a su madre y a su abuelo, pero ninguno de los dos estaban lo suficientemente cerca como para suponer un arma que el demonio usaría en su contra. Pero matar, incluso si fuera matar a esa maldito mundano sería algo que no podría cargar en su conciencia y un demonio como aquel al darse cuenta de su poco arsenal apuntaría a donde fuese con tal de apuntar, ¿No es así? Aquel demonio sólo quería sus almas. Se mordió los labios intentando pensar en un modo de no caer pues ni siquiera estaba segura que mantener los ojos cerrados le serviría, aquellos bichos se metían en tu mente.

Y ella tenía protecciones, los nefilims tenían rituales durante el nacimiento que evitaban este tipo de influencias mentales durante sueños o algo similar, su mente resistiría más el ataque de uno de ellos, pero el castaño a su lado carecía de ese tipo de protección y posiblemente el demonio podría divertirse usándolo contra la cazadora de sombras... Metida en sus pensamientos la mano ajena le tomó por sorpresa y agradeció que el mundano tuviera los ojos cerrados porque ella había puesto una expresión bastante cómica en el rostro mientras sus ojos azules parpadeaban con sorpresa e indignación, ¿Pero quién se creía para ponerle la mano encima con tal descaro? Estuvo a punto de soltarle un golpe cuando sintió sus manos en su cintura y el ligero rubor regresó a sus mejillas pues realmente estaba poco acostumbrada a que le pusieran la mano encima sin su permiso ¡Y menos un chico que no había hecho más que ser un dolor en el trasero! —¿Pero qué diablos crees que haces?— le espetó en un susurro mientras miraba en dirección a la sirena rápidamente viendo de nuevo a aquel chico del que fácilmente si podría estar enamorada... "Cierra los ojos" se regañó antes de seguir su propia instrucción agudizando su oído lo más posible, todavía tenían tiempo, estaba a unos buenos metros de distancia.

Deja de llamarme rubia, mi nombre es Victorie— dijo con cierta irritación ante tanta palabrería descarada, aún que prefería a aquel mundano que al cabroncete de hace rato, seguía siendo un cabrón pero mínimo era divertido. Se estremeció con las palabras de aquel mundano sobre que aquel demonio no tendría mucho poder sobre él ¿Habría pensado lo mismo que ella sobre que realmente no tenían nadie a quien amaran incondicionalmente como para suponer un arma? —La sirena se dará cuenta de eso— murmuró con un tono suave —No le importará, son recaudadoras infernales, hará lo que sea para tener tu alma y la mía— intentó ignorar su siguiente comentario pero le pareció escuchar un movimiento a escasos metros; el tiempo se agotaba.

Gracias al cielo, la nefilim pensaba rápido. Era un plan algo peligroso, pero era un plan —Abre los ojos y mírame— le dijo con un susurro inaudible —Y evita los comentarios sobre mi amor incondicional hacia ti— añadió rápidamente con una sonrisa en el rostro —Voy a hacer que se concentre en mi, posiblemente intente manipularme para que te mate puesto que eres el ser humano más cercano a la redonda, el oro les hace daño, pero se regeneran rápido, necesitas una de estas— dijo balanceando su espada suavemente; un cuchillo serafín no serviría en un mundano, y ella no tenía ninguna otra arma angelical... Con un movimiento le arrebató la katana limpiamente y sacó la estela lo más rápido que pudo dibujando una runa Enkeli en la empuñadura, la runa brilló en el arma antes de hundirse tomando así el control de la espada —Ten, la puedes usar sin problemas, no te quejes porque te acabo de dar un arma mejor de la que te quité, y además...— se interrumpió de golpe pues en ese momento estaba escuchando la voz de la sirena dentro de su cabeza.

"¡Ah, los hijos del ángel y su heroísmo!" la voz suave y melodiosa la adormecía y en un último atisbo de lucidez miró al castaño con fiereza —Mátala cuando esté distraída— le espetó pero con un tono que era una ligera súplica, porque no deseaba levantar su espada contra ningún inocente.

Entonces se alejó del castaño enfocando a la sirena. No la estaba viendo directamente pues sus ojos los tenía clavados en el piso pero podía ver su sombra, escuchar su voz —Oh, ¿De verdad crees que eso servirá?— le dijo con voz aterciopelada aquella criatura mientras la rubia apretaba los labios en una fina linea. Y entonces tuvo una revelación. Las sirenas ¿Podrían saber si se les estaba mintiendo? Ella estaba a punto de comprobarlo —No le hagas daño— suplicó mientras su mente se llenaba de recuerdos falsos de aquel mundano, con la intención de confundir a aquel demonio, eran seres retorcidos, disfrutaban del sufrimiento y si la rubia le proporcionaba un espectáculo tal vez lograría darle tiempo al mundano para tomarla por sorpresa —Por favor, no levantaré mi arma contra ti, por favor— su tono era desesperado y sus movimientos llenos de nerviosismo; Victorie estaba entrenada en el arte de la manipulación y en ese momento lo único que podía pedir era que funcionara. Escuchó un suave susurro y el demonio avanzó en su dirección hasta quedar a un palmo de distancia de la nefilim.

¡Sencillamente exquisito! Y casi me trago el cuento de que no teníais corazón, delicioso, absolutamente delicioso— Victorie levantó la vista mirando a aquel ser con fuerza. Por mucho que supiera era un engaño, era imposible no sentirse como una mariposa en la red de una araña; el demonio empezó a cambiar de forma hasta que se presentó ante ella como un chico de cabellos rizados, ojos claros, facciones perfectas, era tan hermoso y atractivo que dolía. Embelesada por aquella belleza la nefilim abrió los ojos sin recordar exactamente porqué se había topado con aquel ser o que era lo que la había tenido tan preocupada —No lo necesitas, me tienes a mi, sólo tienes que matarlo y estaremos juntos...— las palabras de aquel ser no sonaban tan irracionales y la rubia asintió sin pensarlo dos veces, casi con desesperación por complacer a aquel Dios que había pisado la tierra frente a ella. Aquel hermoso ser humano se acercó a ella y rozó con sus dedos su mejilla haciendo que la cazadora se estremeciera —¿Qué han hecho por ti los mundanos de todos modos? ¿No les salvas la vida todo el tiempo? ¿Y ellos como te lo agradecen?— le puso un dedo en la sien y ella sintió una paz inmensa, si, los malditos humanos nunca habían nada por ellos, ellos eran mejores, más fuertes, más rápidos, más inteligentes, no tendrían porqué estar protegiendo sus patéticas vidas...

Tú maldita zorra— gruñó el demonio y de alguna forma Victorie supo que su engaño había llegado a su fin, una parte de ella le gritó que se apartara pero la otra seguía demasiado encandilada por la voz melosa de aquel ser y si bien logró serpentear hacia atrás no fue lo bastante rápida como para evitar el golpe de aquel demonio que la hirió en el hombro y esternón, salpicando el asfalto con su sangre rojiza. La nefilim aulló de dolor y intentó retroceder para evitar el siguiente golpe moviendo su propia espada, pero en su lugar se quedó quita, manipulada por aquel ser que estaba demasiado enfadado por haber sido engañado como para recordar que ella no había sido la única en aquel lugar y que se le estaba escapando un mundano.




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Siempre he sentido cierto deleite cuando insultaba a las personas que me caían mal, o cuando las provocaba, o cuando las irritaba, o cuando... Bueno, en general disfrutaba siendo insufrible; hacía las cosas más fáciles y divertidas. En realidad era un poco así como me habían terminado haciendo, y había veces que lo agradecía, porque así me era más sencillo mirar a la cara a mis víctimas antes de meterle una bala entre las cejas, o atravesarle con la espada de lado a lado; resultaba más apropiado que me odiasen antes de matarles, e incluso que intentasen abalanzarse sobre mí para hacerle desaparecer y así devolver el golpe. Al principio me había ayudado a sobrellevar sobre mi conciencia el hecho de que estaba matando por dinero; ahora ni siquiera pensaba al respecto antes de hacer correr la primera sangre, y la última, de muchas personas, mundanas y subterráneas.

En ese momento no era algo en lo que estuviese pensando, pero siempre que sentía que la rubia se irritaba, una sonrisa de satisfacción me recorría el rostro. Era como si cumpliese mi objetivo en la vida, y eso sólo me daban más ganas de reírse allí mismo. Y por supuesto que no pensaba darle mi nombre, vamos, para que tuviese más facilidades para encontrarme en un futuro o dedicarse a mandar gente detrás de mí para que no hiciese las cosas que ellas consideraba que yo no debía hacer. ¡Y una mierda, vamos!

Pero la aparición del demonio me borró cualquier idea al respecto. Los nervios me recorrían el bajo vientre como si una serpiente se dedicase a arrastrarse por el interior de mi cuerpo, provocándome esa incómoda sensación que bailaba entre el cosquilleo y el desgarre interior. Mi mano sobre la cintura de la rubia era lo único que me aferraba a la idea de que podíamos salir de aquella situación al menos con la mitad de nuestros miembros intactos, porque, aunque no fuese a reconocérselo en voz alta ni en un millón de años, de haber encarado esto solo, lo más probable era que hubiese muerto. No pude reprimir una ligera risa ante lo indignado de su comentario. Ojalá hubiese podido ver la cara que había puesto...

Victoire.

Me habría gustado mucho no haber pensado en ese momento que el nombre le pegaba, que era como chocolate derretido, como miel duce impregnando los labios y la garganta. Como su melena rubia y como su piel blanca. Perfectamente odiosa y odiable, toda ella y su perfección francesa -porque tenía toda la pinta de ser francesa, con ese nombre y ese ligero acento que marcaba cada final de sus frases y palabras-. Me encontré sintiéndome irritado por su presencia y deseando marcharme de su lado, de su nombre y de sus ojos azules. Fue un revés que me desconcertó a mí mismo, que me hizo querer salir corriendo y no volver a verla nunca más. Me centré en el odio que me despertaba el hecho de que fuese nefilim y eso me calmó. No me entendí. A veces ni siquiera ahora, me entiendo.

«Yo no tengo alma. Ya no», quise decir, pero mis palabras murieron en mis labios.

Abre los ojos y mírame

Gruñí. Si no había más remedio. Separé los párpados, encarándola con el ceño fruncido, las manos lejos de ella y la sensación cada vez más creciente de que quería irme de allí. Porque no podía querer reírme de ella, ni querer ver su cara de desconcierto, ni saber su nombre. Nefilim, eso era lo que ella era. No podía verla como una persona a la que poder acercarme sin que hubiese una barrera enorme que nos separaba, que nos distanciaba. No podía pensar en ella como alguien que podía caerme bien o mal, mejor o peor, o hacer juicios sobre ella. Era un nefilim, y los nefilim eran, para muchos, más un castigo que una bendición.

¡Eh! ¿Qué coño haces? —espeté cuando me quitó el arma. ¡Estaba poniendo una asquerosa runa en mi espada! Bullí por dentro. ¿¡Quién se creía que era para manchar mi katana con su mierda nefilim!? La recogí de vuelta de malas maneras, rabiando—. Me quejo lo que me da la gana —farfullé entre gruñidos. No podía acercarme a ella, pero la necesitaba para salir de esa situación, así que lo mejor era no discutir más al respecto. Al menos hasta que la sirena hubiese muerto.

Su voz suplicante me detuvo la respiración. «Joder, no me hables así», pensé, «como si yo pudiese ser tu salvación». ¡Podía haberla dejado morir! ¡Podía marcharme mientras ella distraía a la sirena y dejarla morir allí mismo! De hecho, empecé a sopesarlo mientras la observaba avanzando hacia su perdición de forma voluntaria. Pero la muy idiota dejaba su vida en mis manos, y eso me hizo odiarla un poco más. ¿Quién se creía que era para poder confiar en mí? ¿¡Quién se creía que era para sacrificarse por mi vida cuando yo no lo había pedido en absoluto!? Se había entrometido dos veces en un destino que no era el suyo. Gruñí. Maldije. Estuve a punto de girarme para escaparme, pero su figura avanzando hacia la muerte me mantuvieron allí parado, quieto.

«Vas a ayudar a una nefilim. Joder, cuánto se cabrearía mi madre si supiese esto...»

Cagándome en todas sus castas por entrometida, me deslicé como pude, cerciorándome de que realmente el demonio sólo le hacía caso a ella y a su suplicante voz francesa. Agh. Empecé a rodear la escena con cuidado, con cautela, sin hacer ruido. El arma con la runa vibraba en mi mano, caliente, ardiente de poder angelical. Qué ganas tenía de que se pasase el maldito efecto que la liberase de esa presencia nauseabunda... Izquierda. Izquierda y hacia delante. Hacia delante, hacia delante. Me escondí como pude detrás de la sirena, con el corazón latiéndome a toda velocidad, la boca seca y las venas golpeándome con fuerza dentro del cuerpo. La posibilidad de fracasar era tan grande, tan enorme, tan inmensa...

De pronto la sirena gritó. ¡Puta! Y Victoire gritó como sólo gritan las personas que han sangrado. Su voz me resonó en los oídos y fue la señal que necesité para salir de mi escondite y lanzarme de un salto sobre la espalda del demonio, atrevesándola de lado a lado en un tajo diagonal... Que tan sólo fue superficial. Rodé hacia un lado y volví a lanzarme sobre él, haciéndole un tajo algo más profundo en el brazo, rasgando así la máscara de absoluta perfección de su rostro. Me aparté de ella cuando se estremeció y me atacó, y le propiné un tercer corte en el vientre que lo dejó inutilizado durante unos segundos, presa del dolor. Evidentemente no iba a morir con eso y evidentemente mis golpes no habían sido lo suficientemente buenos, pero al menos eso nos iba a dar algo de tiempo, desde luego. Corrí hacia Victoire y me aseguré de que seguía viva, aunque no bien. Su sangre manchaba el suelo, su ropa, e impregnaba el ambiente con su olor metálico.

Venga, rubia, que la fiesta todavía no ha terminado ni mucho menos. Ahora que está enfadado del todo vamos a terminar de hacerle cosquillas...
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Casi le bufa en la cara cuando le dijo rubia. Con un quejido ahogado cerró los ojos con fuerza mientras intentaba ignorar el dolor punzante de su hombro y la calidez de su sangre manando de la herida. Victorie estaba acostumbrada a la sensación, dedicándose a lo que se dedicaba; pero nunca era grata. Abrió los ojos de golpe cuando un dolor punzante le recorrió la clavícula y con una energía inusual lo fulminó ligeramente irritada ¿Es qué no había escuchado cuando ella le había dicho su nombre precisamente para que no le dijera así? Probablemente si, pero vamos que el mundano era molesto a muerte, seguramente le divertía pensar que eso le molestaría. Tocándose la piel herida con la mano se incorporó con cuidado pues no deseaba marearse por moverse demasiado rápido; la runa Iratze que había trazado anteriormente seguramente surtiría efecto y ella no tenía tiempo para aplicarse otra pues la sirena parecía reponerse de las heridas que le había propiciado su peculiar acompañante.

Ugh. Sin el glamour me pareces repugnante— comentó con aire compungido en dirección al demonio. Su cuerpo parecía cubierto de horribles quemaduras y llagas, su piel parecía muerta e incluso le costaba trabajo discernir si la criatura deformada frente a ella era mujer o hombre —¿Alguna vez has pensado en usar algo muy útil llamado crema humectante? Me han dicho que hace milagros— prosiguió con un tono compasivo que poseía una matiz burlona de fondo. La sirena gruñó y soltó una sarta de palabrotas en algo que sólo podía ser purgático pero su conocimiento del idioma demoníaco si bien basto lamentablemente no incluía majaderías. La sirena arremetió en su dirección y Victorie saltó. Era en momentos como aquel, con la adrenalina a tope, donde podías ver el encanto de los nefilims. Su cuerpo se arqueó hacia atrás mientras la sirena alargaba su huesuda mano rematada por unas filosas uñas en su dirección, la rubia suspendida en el aire y con los brazos extendidos parecía un ángel en pleno vuelo, con la misma gracia en su cuerpo si bien con la misma furia asesina ardiendo en sus ojos azules. La francesa cayó de cuclillas y larga como una extensión mortífera de su brazo la brillante espada de adamas relució reflejando el mismo sentimiento que su dueña.

De un tajo, Victorie había cercenado la mano de aquella criatura.

El grito del demonio prácticamente le perforó los tímpanos y la joven se alejo al mismo tiempo que el icor manchaba el asfalto añadiendo un negro oscuro a las ya existentes marcas carmesí cortesía de su propia sangre y la sangre del demonio. Ella volteó a ver al mundano y por un segundo deseó que fuera uno de los suyos. Fue un deseo fugaz que cruzó su mente y desapareció con la misma velocidad pero que dejó su estela por su mente, una memoria de aquel pensamiento traicionero. ¿Por qué ella querría no sólo volver a verle si no que verle prácticamente a diario? El castaño era un dolor de cabeza, una constante irritante, sarcástico, egocéntrico, cabrón y irrespetuoso, pero ella se sentía más cómoda con él que con ningún nefilim con el que había cazado anteriormente, porque si bien no quería admitirlo en voz alta y no lo diría ni loca, el mundano era bueno, extremadamente bueno, incluso era demasiado bueno para ser mundano pero si bien tenia sus sospechas dudaba que el encantador individuo fuera a contestarlas.

¡Eh, mundi!— le llamó con una sonrisita de satisfacción en el rostro mientras la sirena se recomponía y se lanzaba con renovada energía en dirección hacia ellos —¿No te quieres llevar un pedacito de nuestra amiga, amigo, cosa fea también?— Victorie evadió la embestida de la sirena con gracilidad pues su intención era ponerse a sus espaldas, la runa de fuerza brilló en su clavícula cuando la menuda figura de la mujer se trepó de un salto al cuerpo herido de aquella criatura y con los brazos rodeando el cuello de la sirena la inmovilizó por unos segundos. Si seguían con aquel baile aquella criatura seguiría regenerándose, debían dar un golpe de gracia y debían darlo ya —¡Cuando quieras mundano!— resopló mientras sentía como la criatura le arañaba la tela de su traje de combate —Yo estoy muy cómoda aquí arriba, tómate tu tiempo.




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→ Jueves → 23:50 → Agujero asqueroso  → Cálido
Ugh. Sin el glamour me pareces repugnante.

Aunque sabía perfectamente que eso no iba para mí cuando lo dijo, estuve realmente tentado de contestarle que no fuese exagerada, que no era tan feo ni muchísimo menos y que tenía una laaarga lista de testigos para corroborarlo. La sonrisa incluso me surcó los labios, pero antes de que saliese el primer sonido me mordí la lengua -sin hacerme daño, sin exagerar- para acallarlo. No, Michael, no. Se terminaron los segundos de bromas coquetas con la nefilim. Eso era lo que tenía en cuenta. Que era una nefilim.

«Grábatelo a fuego en la frente, en los ojos y en la piel» pensé con intensidad, mientras ella provocaba a la sirena para que se lanzase contra nosotros.

Haciendo gala de mis maravillosos reflejos me aparté, porque venía demasiado rápido para mí y uno sabe reconocer cuáles son sus limitaciones, y me coloqué en guardia, esperando a que terminase con ella para enfrentarla porque no muchas personas eran capaces de esquivar eso o de responderle con limpieza. Victoire hizo las dos cosas, y yo me quedé observando como un auténtico imbécil su figura mientras se lanzaba por los aires y mientras propinaba uno de los cortes más finos y veloces que había visto en toda mi vida. Ni mi madre lo hubiese hecho mejor, y si algún día se me ocurría decírselo, o me mata o se pone a practicar como una posesa para remediarlo. La imagen me puso de mejor humor y borró de mi cabeza cualquier pensamiento que me hubiese surgido a raíz de la nefilim (fuese bueno o malo). Lejos. Fuera. Mejor así.

«Grábatelo a fuego en la frente, en los ojos y en la piel» me repetí. «No es una persona. Ni humano ni subterráneo. Es una nefilim, y uno no hace bromas ni piensa cosas sobre los nefilim que vayan más allá del desprecio habitual.»

Sin embargo, tenía que reconocer que la chica era elegante.

Empuñé con firmeza los dedos en la katana antes de que se refiriese a mí directamente con esa estúpida sonrisa de satisfacción en el rostro. Propio de su gente. Mi padre siempre había dicho -y había enseñado a base de palos- que la única celebración que puede hacerse en un combate es la del enemigo derrotado o, preferiblemente, muerto. Antes sólo pueden crearte distracciones por bajar la guardia. Negué con la cabeza mientras apretaba mi espada, pensando que oh, bueno, si consiguiese algo del demonio antes de que se desapareciese... No sabía si mi comprador podía querer algo de una sirena pero nunca se sabía, desde luego.

Oh, vaya —se me escapó al ver que se colgaba del cuello de la criatura, empezando una danza que pasaba de estúpida a ridícula. Casi estuve tentado de dejarla ahí, meneándose. Casi, claro.

Tomé aire profundamente, ignorando la voz de la francesa e intentando concentrarme en lo que iba a hacer. Yo tenía sangre de ángel, eso era cierto, y podía luchar hasta cierto punto como ellos, pero sin esas asquerosas runas no podía igualar ni su fuerza ni su rapidez, de modo que tenía que recurrir a otros medios para poder alcanzar cualquier pretensión al combatir. Mi padre lo había logrado. Mi madre también. Y yo no era menos. Con un golpe al suelo con el pie, me impulsé hacia delante, con la katana enfilada como un florete, dispuesto a ensartarle. Justo antes de que se adentrase en su carne giré el filo hacia abajo, y aprovechando el impulso de mi propio cuerpo salté y se la clavé justo en el pecho, donde un humano tendría el corazón. Como nada me garantizaba, apenas un milisegundo después estaba utilizando mi propio peso para rajar la carne de la criatura hacia abajo, bañándome en el asqueroso icor que salía de su herida.

Mierda, qué asco.

Cuando caí al suelo lo primero que hice fue quitarme la gabardina. Había quedado hecha mierda, y eso que era mi favorita; la llamaba Messy y la había traído desde Dinamarca. Joder. Mientras, la sirena se revolvía de dolor justo delante de mí, lanzando maldiciones a diestro y siniestro. Bla, bla, bla. Tras asegurarme -de forma inconsciente, en realidad- de que la chica se había apartado de él, cogí una de las berettas y le metí un par de tiros en la cabeza, entre lo que debían de ser sus cejas.

Calla ya, coño. Que ni un cerdo hace tanto ruido cuando va al matadero. —Tiré la pistola al suelo mientras el demonio se encogía hacia el suelo, y cuando ya no quedaba demasiada diferencia entre alturas, le cercené la cabeza. A la mierda ya—. Joder, qué asquerosidad de bicho. ¿Sabes, rubia? No envidio tu trabajo ni un poco en absoluto. Pero dime, rápido... ¿hay algo de esa cosa que pueda recuperar antes de que desaparezca? —pregunté, señalándolo con el dedo. El icor empezaba a quemar mucho...
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Me llaman mister Temerario. Encantado.
→ Jueves → 24:10  → Nueva York  → Cálido
No era humano.

Victorie lo vio moverse hacia el demonio -y hacia ella cabe añadir- con una rapidez y eficiencia que eran simplemente inhumanas; ella había peleado con mundanos antes, recordaba en especial una ocasión cuando iba caminando en cierto callejón de mala muerte siguiendo el rastro de un Oni cuando unos cinco mundanos todos armados con cuchillos, navajas o cualquier cosa que pudiesen los mundis usar de arma, la habían rodeado ¿Con qué intención? Victorie estaba casi segura de que eran los perritos falderos de algún proxeneta y que habían visto en ella una gran adquisición para su jefe y habían estado equivocados por supuesto. Pese a su ventaja numérica la rubia los había dominado a todos con extrema facilidad y saliendo casi ilesa del intercalado, con apenas unos rasguños en los brazos y un navajazo en el costado, mientras que ella había dejado inconsciente a dos de ellos, roto la nariz y brazo del tercero, a uno le había encajado un cuchillo en la pierna y el último había salido corriendo antes de que ella pudiera romperle algo. Pero el punto es que sus reflejos eran torpes, su rapidez era una ilusión y su fuerza era una tontería comparada con las capacidades de un cazador de sombras. Y ahí estaba el maldito "mundano" con reflejos envidiables, mentalidad y astucia aguda, rapidez y agilidad casi equiparables a las de uno de los suyos... Si ese mundano no tenía sangre de Ángel a Victorie podía partirle un rayo.

La rubia realizó una grácil pirueta hacia atrás en el momento en que el mundano estuvo cerca de la sirena y se mantuvo en guardia, preparada para intervenir de ser necesario. El icor y sangre que salían de la enorme apertura del pecho de aquella criatura desprendían un olor nauseabundo que si bien desagradable, significaba una victoria para ambos "cazadores." La Sirena emitió tales chillidos que la mujer realizó una mueca mientras con un movimiento de muñeca sintió el peso de la espada, preparada para decapitarla y con ello acabar con tales sonidos cuando un nuevo y fuerte ruido acabó con ellos. De un salto hacia la derecha la mujer se apartó de la materia gris de aquella criatura mientras veía el arma con la ceja arqueada, las pistolas no eran la elección de los cazadores de sombras por su ineficacia contra algunos demonios pero supongo que cuando la criatura ya está moribunda hacia el pego.

Un sonido estrangulado -entre una risa y el intentar contenerla- se escapó de sus labios al escuchar al castaño hablar. Sin poderlo evitar sonrió abiertamente, una sonrisa que iluminaba su rostro. ¿Por qué? No tenía ni idea. Ojalá no volviera a toparse con ese mundano porque tenía la sensación de que no quería averiguarlo; pero si bien le había parecido increíblemente odioso al principio, tenía que admitir que si tuviera que elegir a un cazador de sombras para que la acompañase a cazar y a hacer patrullas o al irritante mundano, por lo menos con el último tenía asegurada un poco de diversión —¿Pero que dices mundano? Si tu estabas haciendo mi trabajo antes de que yo llegara— replica negando con la cabeza intentando esconder aquella peligrosa y nada deseable familiaridad que sentía. Su pregunta sobre que podría recuperar de la sirena logró que la nefilim del Consejo saliera a flote y pudiera concentrarse en recuperar su seriedad. ¿Sirenas? ¿Sirenas en el mercado negro? La rubia empezó a analizar lo más rápido que podía antes de responder —Colmillos, uñas, un nigromante o un brujo practicante de magia negra seguramente te agradecería corteza frontal del cerebro de una sirena, potencia pociones de ilusión avanzada y sirve para otras cosas de las que no estoy familiarizada. Algunas las mas viejas y poderosas tienen veneno en su mordida, si esta es una de ellas, asegura de arrancar el colmillo de raíz— más que veneno era como un acumulación de bacterias y hongos por lo asqueroso de sus cuerpos pútridos pero algunas enfermedades demoníacas eran estudiadas por los brujos, valía la pena decirle.

Ayudar a un mundano a seguir siendo el dealer de material "subterráneo y demoníaco" no era precisamente lo que ella deseaba hacer pero teniendo en cuenta que le debía tal vez no la vida, pero si el ahorrarse más heridas decidió que ignoraría su voz de la razón y se limitaría a continuar con su camino. Se mordió el labio suavemente pensativa. "Lárgate ya Victorie" se recriminó y sin más enfundó la espada y cambió su anillo de mano, mientras se revisaba la herida de la clavícula, haciendo a un lado la tela negra del uniforme de los nefilims, empezaba a cerrar pero seguramente le dejaría otra cicatriz que se sumaría a la larga lista de marcas plateadas que recorrían todo su cuerpo. Una vez verificó que todo estuviera en orden, pese a la imperiosa necesidad que tenía de quedarse sabía que lo mejor sería que se fuera, y se fuera rápido.

Espero no tener que volver a salvarte el trasero mundano, te diría que te mantengas alejado de los problemas, pero los problemas son divertidos así que... Procura que no te maten— dijo a modo de despedida, antes de darse la media vuelta, caminar unos cuantos metros y de un salto regresar a los tejados, intentando no mirar atrás, pero sin poderlo evitar que una vez que estuvo suficiente altura y lejanía como para que el mundano no pudiese distinguirla muy bien; giró la cabeza buscando aquella solitaria figura ¿Para qué? Ella no pudo responder eso antes de desvanecerse en la oscuridad de la noche.




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→ Jueves → 00:50 → Agujero asqueroso  → Cálido
No era tu trabajo en sí, pero vale, si quieres verlo así —matar demonios para sacar dinero de sus restos no era propio de nefilims decentes, desde luego.

Tenía que reconocer que no había esperado que me respondiese. Quiero decir, sí que me hubiese soltado algún improperio, algún comentario escandalizado, o hubiese empezado a hacer ademanes de detenerme, de impedirme seguir actuando o cualquier otra cosa semejante. Era una maldita y estirada nefilim, por lo que no habría esperado en absoluto que hubiese optado por hacer algo que se pareciese mínimamente a ayudarme, sino todo lo contrario. Por eso cuando empezó a darme la lista de materiales que podía utilizar de aquel bicho me pilló tan de sopetón y tan de sorpresa que tardé varios segundos en poder reaccionar al respecto. Parpadeé. Enarqué una ceja. Hice ademán de hablar. Y entonces me di cuenta de que si no empezaba a actuar pronto el cuerpo del demonio desaparecería, así que me puse a ello. Cogí a Messy, extraje todos los artículos que podía guardar dentro -además del cuchillo  que me había traído conmigo- y la utilicé para ir dejando ahí las vísceras y los restos que Victoire había mencionado que podían serme de utilidad. Menos mal que nunca he sido escrupuloso en exceso...

Cuando ella se despidió no me giré. Ni siquiera hice ademán de haberla escuchado, centrado como estaba mientras arrancaba varios dientes. El cuerpo de la criatura empezaba a descomponerse y a desaparecer poco a poco, lo que me hizo chasquear la lengua y negar con la cabeza, porque no me iba a dar tiempo a conseguir mucho más. Sólo cuando el ruido de los zapatos de la nefilim se hubieron diseminado ligeramente me di la vuelta, viendo cómo saltaba hacia los tejados que había cerca de dónde estaba. Me puse de pie rápidamente por temor a que se girase y me pillase observando cómo desaparecía, aunque claro, ¿para qué iba a hacerlo? Emití un largo suspiro que me salió de lo más profundo de las entrañas, y me habría frotado los ojos si no hubiese tenido las manos asquerosamente llenas de sustancias nocivas para la vida en general. Regresé hacia el lugar donde había estado escondido antes de que los drevak hubiesen empezado a aparecer para recoger la mochila donde había traído los recipientes que podría utilizar para la venta, y desanduve lo andado con toda la rapidez posible, pues no quería que el olor a muerte atrajese a más criaturas.

Creo que me he vuelto un blando desde que vine a New York, Abby —empecé a murmurar, como siempre que me encontraba inquieto. Abelone había muerto hacía eones pero yo seguía sintiendo su presencia cerca de mí, de algún modo. Ojalá pudiese verla y hablar con ella...— . Mamá me mataría si supiese que he peleado al lado de una nefilim y que le he salvado la vida. Debo de estar loco, tanto por socorrer a Victoire como por temer todavía una regañina por parte de mamá cuando ya supero la treintena. Pero quizás nunca podremos librarnos del todo de ese temor, ¿verdad? —Le limpié las manos con agua, aunque en casa habría de darme un largo y prolongado baño para quitarme toda la mierda. Esperaba que nadie me pillase oliendo a sangre, vísceras y cosas mucho peores por la calle—. En fin... Mañana será otro día...

Limpié la katana, guardé mis armas, mi botín y la gabardina en la mochila antes de salir corriendo de allí hacia mi pequeño apartamento. El camino se me haría especialmente largo en aras de que ningún poli mundano me pillase hasta arriba de pistolas, cuchillos y demás, y de que a ningún mundano despistado le diese por encontrarme con sus miras cortas. Más de una vez, cuando tenía que detenerme en las esquinas para ver si había afluencia de gente, desviaba durante un segundo la mirada a los tejados, aunque luego la apartaba rápidamente, reprochándome a mí mismo.

«Blando es poco para describirme, Abby. Blando es poco.»
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