10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


27/02 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que la limpieza de este mes de febrero se realizará entre los días 02 y 03 de marzo, para que tengáis tiempo de poneros al día. Así mismo, estimaremos que las noticias del mes saldrán esta misma semana, aunque sabemos que ya vamos con imperdonable retraso. ¡Perdón por las molestias y gracias por vuestra atención!


07/01 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que hemos recuperado el dominio del foro satisfactoriamente, de modo que podéis volver a utilizar la dirección anterior, www.cazadoresdesombras-rpg.com, sin ningún problema. Por otro lado, hoy se han realizado las limpiezas del foro. ¡Sigamos trabajando y pasándolo bien como hasta ahora, y perdón de nuevo por las molestias!


02/01 - ¡¡Feliz año nuevo a todo el mundo!! Con motivo de la llegada del ansiado 2017, hemos decidido daros un pequeño regalito. Si miráis en vuestra reserva de reliquias... ¡veréis que han aumentado considerablemente! Es un premio a todos los usuarios que se registraron antes del 01 del 01 por vuestro apoyo ^^Recordaros, además, que las limpiezas se realizarán al final de esta semana. ¡Apurad los últimos post para no perder vuestro color!


25/12 - ¡Por fin se ha abierto el panel de inscripción para moderadoras/es! ¡Apuntáos cuanto antes! Además, administración quiere dejar constancia de que, con motivo de las fiestas, la nueva limpieza por inactividad se realizará entre los días 03 y 04 de enero. ¡¡De nuevo, Felices Fiestas, submundis!!


19/12 - ¡Las noticias de final de 2016 están recién sacaditas del horno! ¡Felices fiestas!


04/10 - ¡Aquí llegan el inicio oficial de la Trama Global! Seguid este caminito de baldosas amarillas para saber dónde están vuestros temas, quiénes participan y decidir en cual entrar. ¡Esperamos que lo disfrutéis mucho!


06/09 - ¡Aquí llegan los cambios en la ambientación y la trama y las noticias de agosto y septiembre! No dejéis de leerlas, porque dentro hay muchos cambios importantes.


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Háblame de los lamentos |Amelia Silverbow|

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Háblame de los lamentos
→ MARTES → 21:30 → SALA DE ENTRENAMIENTOS  → CÁLIDO
Primer giro de muñeca. Segundo. Tercero. Cuarto. Detente. Movimiento hacia atrás. Brazos firmes. Piernas ligeramente arqueadas. Mente clara. Mente limpia. Ojos al frente. Vuelta a la derecha. Vuelta a la izquierda. Giro de ambas muñecas. Detente. Echa el brazo del arma hacia atrás. El otro hacia delante. Brazos firmes. Piernas ligeramente arqueadas. Mente clara. Mente limpia. Ojos al frente.

Uriah había repetido ese pequeño ritual al menos cincuenta veces en los últimos minutos. Sin descansar. Sin parar. Los únicos segundos que se daba eran los que existían entre movimiento y movimiento, nada más, porque así su cabeza se centraba y no se dedicaba a divagar en la oscuridad. Así todo resultaba mucho más sencillo, cuando no pensaba, cuando no sentía. Se había llevado años perfeccionando esa capacidad para encerrar todo lo que fuese mínimamente parecido a un sentimiento, y cuando habían aflorado por culpa de la muerte de Marius casi le había destrozado la desolación, acompañada de la tristeza, de la furia y de la rabia. Y del dolor. Había olvidado que podía existir otro dolor además del físico, y prefería volver a enterrarlo todo muy dentro de sí para que no volviese a surgir. No quería volver a ser humano. No quería volver a sentir.

Con la piel resbaladiza por el sudor saltó en el aire, golpeando a un enemigo invisible con las piernas. El cayado de madera espléndidamente pulido entre sus manos le provocaba cayos y durezas, a pesar de las vendas que le protegían las palmas, pero no importaba que estuviese casi sangrando. El dolor físico era preferible al emocional y le permitía controlarlo; le permitía aislarse de sus sentimientos. Eso era lo que había descubierto en los últimos ocho meses y lo que le había permitido continuar existiendo, completamente centrado en su misión, en su objetivo, y lo que le impedía preguntarse una y otra vez si realmente lo que hacían tenía sentido, cuando sus enemigos ahora eran los propios nefilim.

Al menos años atrás habían luchado contra demonios, contra criaturas indeseables dirigidos por Valentine y su tétrico hijo, Sebastian. Pero ahora el Círculo se había alzado de nuevo y Uriah sentía que eso le hacía romperse en trozos que no podía recomponer. ¿Cómo podía creer en lo que hacía, en la protección de la humanidad, si las personas a las que tenía que matar también eran en parte humanos? Desviado de sus ejercicios por los repentinos pensamientos que le inundaban se tropezó consigo mismo y cayó al suelo; el entrenamiento le permitió rodar por el suelo para no hacerse daño, pero no que gritase de pura frustración. Sentado en el suelo, con la mano aún aferrándose fuertemente al arma, se encogió sobre sí mismo, hastiado, de nuevo sobrepasado por todas esas emociones que llevaba años reprimiendo y que ahora le golpeaban por dentro como el látigo del padre Adamo cuando, siendo niño, se atrevía a retarle. Al final se había doblegado a él, a su voluntad y a su concepción de Dios, y el resultado era el adulto opaco que había sido hasta ahora. Y en el fondo estaba horrorizado ante la idea de sucumbir a todo eso como en su momento hubo cedido bajo la presión del despiadado sacerdote, porque no sabía en lo que podía transformarse y le asustaba.

Por primera vez desde que Mario le sacase del orfanato, Uriah tenía miedo y no sabía qué hacer ni a quién acudir. Se sentía completamente solo, abandonado en un mundo cruel que le había despreciado desde el momento en el que había nacido y que le había arrebatado a las dos únicas personas que le habían querido y que se habían preocupado por él a lo largo de toda su vida. Sobrepasado por todo sollozó pero no pudo llorar; no le salían las lágrimas, aunque sí los gemidos. Se mantuvo hecho un ovillo sobre sí mismo durante cerca de un minuto entero, sucumbiendo a la presión. Luego se puso de pie con toda la dignidad que pudo, se sacudió la ropa y volvió a empezar.  

Primer giro de muñeca. Segundo. Tercero. Cuarto.


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Hablame de los lamentos
→  Martes → 21:30 → Sala de entrenamientos  → Calido


- Muchas gracias Silverbow, sienta bien comer algo hecho en casa para variar, la comida china ya estaba empezando a cansarme -

Con esas palabras el chico que me había acompañado a cenar había salido de la cocina, el día había estado tranquilo, gracias al excedente de activos en el Instituto se nos permitía descansar relativamente seguido. A algunos les sentaba bien, a otros solo hacia que les sobrara tiempo para pensar en las cosas que tal vez no quieren pensar. Todos tenemos nuestros demonios.

Llevaba ya casi un mes en la ciudad y en todo ese tiempo no había tenido tiempo para retomar aquel pequeño ritual que tenia en Paris, aquel que me ayudaba a mantener la mente clara y centrarme en lo importante para no tener mi mente vagando. Creo que es tiempo para retomarlo.

Después de pasar a mi habitación por ropas mas cómodas y mi arco y flechas me encamine a la sala de armas. Mientras caminaba prestaba atención a los pasillos vacíos del Instituto, era un lugar muy silencioso y bastante mas solitario que el Instituto de Paris, incluso que el de Cannes. La ciudad siempre estaba viva pero aquí, dentro de la protección que nos proveía la catedral... Todo era frio. La gran cantidad de Nefilims ayudaba pero en general los pasillos daban la impresión de estar deshabitadas y te llenaba de cierta nostalgia, si así lo sentía yo no quisiera saber como lo sentía la familia Lightwood.

Y de repente ahí estaba yo, parada frente a la puerta de la sala de entrenamiento, la puerta doble estaba cerrada y por el grosor de la misma no podía escuchar lo que había dentro por lo que la abrí poco a poco, distraída y en silencio.

Hasta que lo vi a él.

Primero un grito de frustración me detuvo en seco haciendo que alzara un poco mi mirada, frente a mi se encogía un chico de cabellos oscuros, aferrado a su arma. Un temblor casi imperceptible recorrió la espalda del joven haciendo que se me rompiera el corazón, tantos años de ser instructora habían hecho que me preocupara por las personas de mi alrededor, simplemente no podía estar tranquila si alguien sufría frente a mi. El tiempo se alargo y antes de que hiciera algo el joven se levanto de nuevo, el chico frágil había sido sepultado, frente a mi solo quedaba un Nefilim enfocado y capaz.

Después de unos segundos pensando en si era buena idea termine de abrir la puerta entrando por completo a la sala, mis pasos hicieron el ruido justo para anunciar mi llegada sin palabras y, al cerrar de nuevo la puerta, camine hacia la zona en la que se encontraban guardadas las armas y deje mi carcaj sobre la mesa, había llegado con la intensión de pulir mis flechas antes de practicar. Mire al chico que seguía centrado en su entrenamiento aunque claro, ya al tanto de mi presencia, y le dedique una sonrisa - ¿Te molesta si te acompaño?

Alguien debía romper el hielo ¿No?




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→ MARTES → 21:30 → SALA DE ENTRENAMIENTOS  → CÁLIDO
Primer giro de muñeca. Segundo. Tercero. Cuarto. Detente. Movimiento hacia atrás. Brazos firmes. Piernas ligeramente arqueadas. Mente clara. Mente limpia. Ojos al frente. Vuelta a la derecha. Vuelta a la izquierda. Giro de ambas muñecas. Detente. Echa el brazo del arma hacia atrás. El otro hacia delante. Brazos firmes. Piernas ligeramente arqueadas. Mente clara. Mente limpia. Ojos al frente.

Uriah apreciaba la soledad del momento casi tanto como la detestaba. Era la dicotomía en la que sobrevivía desde hacía meses. No sabía cómo estaba rodeado de gente ahora que estaba teniendo dificultades para controlarse, para encerrarse en sí mismo, y el resultado era que el muro que antes había sido falsa cortesía y amabilidad fingida sólo se endurecía bajo el acero, bajo un armazón, y los que antes habían huido de su figura porque les provocaba escalofríos, ahora le observaban en la distancia pero sin querer acercarse demasiado. Ahora sólo era un muro de fría muerte, e incluso aunque él no quería expeler algo así, la mayoría lo percibía de forma inconsciente.

Primer giro de muñeca. Segundo. Tercero. Cuarto. Detente. Movimiento hacia atrás. Brazos firmes.

El sonido de la puerta abriéndose le trajo de sus pensamientos más profundos, pero no le apartó de su entrenamiento (piernas ligeramente arqueadas. Mente clara. Mente limpia. Ojos al frente. Vuelta a la derecha. Vuelta a la izquierda. Giro de ambas muñecas. Detente), y de hecho podría haber parecido que no la había escuchado, pero lo cierto era que la estaba ignorando brutalmente. Apreciaba la soledad y la detestaba. No le molestaba que estuviese allí con él, pero no tenía intención alguna de entablar conversación con ella, ni de hacerle compañía. Eran soldados que entrenaban en el mismo espacio, pero no juntos, y dudaba mucho que nada consiguiese hacerle cambiar de opinión.

Echa el brazo del arma hacia atrás. El otro hacia delante. Brazos firmes. Piernas ligeramente arqueadas. Mente clara. Mente limpia. Ojos al frente.

Su voz sonó suave en sus oídos. Fue en ese momento cuando se permitió girar la cabeza en dirección hacia ella sin abandonar la postura que había adoptado, y le observó durante largos segundos con sus ojos oscuros, vacíos, eternos, y al mismo tiempo finitos. Se irguió, hizo girar el cayado entre sus manos y asintió con la cabeza con la mirada fija en ella y sin decir una sola palabra. Se movió dos pasos hacia el lado para dejarle espacio mientras se daba el lujo de tomar algo de aire, de que sus músculos se relajasen ligeramente, pero no demasiado. El sudor le recorrió un camino incierto desde la nuca hasta por debajo de su camiseta. Entonces golpeó el suelo un vez con la base de su arma, lo movió grácilmente entre las manos y se dispuso a hacer una nueva ruta de ejercicios diferente a la anterior. Empezó a andar en círculos para no perder el calor en los músculos, intentando decidir qué hacer.

Fue entonces cuando pronunció sus primeras palabras.

Si necesitas más espacio para entrenar dímelo y volveré a echarme a un lado. No temas interrumpirme para eso. Pero para nada más, quedó prácticamente implícito de forma casi mordaz.


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→  Martes → 21:30 → Sala de entrenamientos  → Calido


La luz plateada entraba por la ventana y se derramaba lentamente por el suelo.

Las palabras sonaron a advertencia, flotando entre los dos quedaba el hecho de que no quería ser molestado para nada que no fuera el dejarme espacio. Sus orbes fríos y vacíos golpearon algo en mi interior obligándome a enfrentarlos con mis propios ojos, incapaz de apartarle la mirada mientras terminaba de dirigirse hacia mi. Asentí en silencio y emití un ligero "Gracias" ante la cortesía que el chico se había tomado para después volver mi persona a la mesa, dándole la espalda al chico que retomaba su entrenamiento de nuevo.

Miraba la plata de mi arco mientras escuchaba el murmullo de los pasos detrás mío, sentía un escalofrió recorrer mi espalda mientras recordaba el negro vacío que había visto unos segundos atrás ¿Qué tragedia era capaz de secar un alma de tal manera? Pulía lentamente mis flechas adornadas con símbolos de la familia mientras mi mente seguía atenta al Nefilim detrás mío, podía escuchar sus movimientos precisos, monótonos.

Robóticos.

Volví un poco la mirada para encontrarme con el ejercicio "Primer giro de muñeca. Segundo. Tercero. Cuarto. Detente. Movimiento hacia atrás. Brazos firmes. Piernas ligeramente arqueadas." leí sus movimientos como quien leía la rutina de una maquina perfectamente engrasada "Vuelta a la derecha. Vuelta a la izquierda. Giro de ambas muñecas. Detente. Echa el brazo del arma hacia atrás. El otro hacia delante. Brazos firmes. Piernas ligeramente arqueadas." una y otra vez llegando al cansancio, no había variaciones, no habían errores, no había espacio para la adaptación, solo había repetición perfecta y medida.

Entonces un recuerdo me asalto; Una chica de cabellos rojos que se miraba todos los días en el espejo, recordaba los ojos vacíos por la perdida del hogar, recordaba aquel rostro congelado en la espera de algo que no parecía llegar nunca. También lo recordaba a él, al hombre de elegante porte empujando a la chica de cabellos rojos hasta su limite, al hombre con el bastón en su mano que presionaba y rompía aquella cama de emociones muertas que tan cuidadosamente había sido esculpida alrededor de mi alma.

Mi alma... El alma del chico.

Sin pensarlo dos veces tome uno de los arcos de madera que había en la sala y me colgué el carcaj detrás de las caderas llenándolo de flechas de practica, flechas con puntas chatas cuyo daño era el causado por el golpe y no por el corte. Voltee hacia el chico y saque la primer flecha y tense la cuerda del arco. Un suspiro hizo falta.

La flecha de punta chata atravesó el espacio entre ambos pasando con un silbido frente al moreno deteniendo de golpe su robótica rutina, las siguientes palabras debía de escogerlas con sumo cuidado - Repitiendo una rutina como si fueras una maquina no hará que logres sobrevivir a lo que se avecina, hermano Nefilim - Mi vos sonaba a seda, las palabras resbalaban con suavidad mientras sacaba otra flecha y la colocaba en el arco, apuntando al chico de ojos vacíos de nuevo - Tampoco harán que sobrevivas a tus tormentos - Una parte de mi pensaba firmemente en la necesidad de lo que hacia, la otra gritaba que era una pésima, pésima idea. Yo solo hacia caso al recuerdo de mi tío rompiendo el caparazón que había construido alrededor de mi cuando mis padres habían muerto.




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→ MARTES → 21:30 → SALA DE ENTRENAMIENTOS  → CÁLIDO
Sinceramente Uriah no esperó que la nefilim hiciese nada para perturbar su entrenamiento, ni su soledad autoimpuesta; a fin de cuentas, todas las personas que solían toparse con él le evitaban, de un modo u otro. ¿Por qué esto iba a ser diferente? ¿Por qué ella iba a encontrar algo de interés en su mirada rota y muerta? La gente no lo hacía, de modo que el joven italiano no contaba con ello; cogería el espacio que le había cedido en la pista mientras él se centraba en su cayado y ya está. Esa iba a ser toda su interacción, estaba completamente seguro. Por eso cuando la flecha pasó casi rozándole, aunque era evidente que nunca había sido lanzada con intención de darle, se sobresaltó tanto que fue visible incluso en su rostro marmóreo. Uriah giró el rostro con rapidez hacia ella, adoptando una mueca furiosa que pronto se diluyó cuando se percató de que si no empezaba a controlar sus emociones todo se iría al traste de nuevo; le pasaría lo mismo que sucedía últimamente cuando se iba de caza: que se descontrolaba. Apretó el bastón de madera entre los dedos mientras escuchaba sus palabras.

«Cierra el pico y déjame en paz»  fue su primer impulso.

¿Por qué demonios tenía que escuchar a una tipa que no conocía de nada y que no sabía nada de su vida sermonearle como si tuviese la más mínima idea de lo que estaba pasando por su cabeza en esos momentos? Odiaba que la gente se tuviese en tan alta estima, sinceramente, pero quizás por educación, quizás porque aún quedaba un pequeño rastro del Uriah artificial que había creado para protegerse a sí mismo de los abusos a los que había estado sido sometiendo cuando era niño, no se dio el lujo de escupir lo que se le estaba pasando por la cabeza, sino de escucharla incluso con atención y al final responder lo más educadamente que podía en esas circunstancias en la que lo único que le apetecía decir era 'no te metas en mi vida'.

Agradezco tus palabras. Sé que salen sinceras de tu corazón. Pero no creo que tengas en tu mano la llave que puede ayudarme a sobrevivir a mis tormentos, como le dices, ni tengo por qué pensar cómo conoces mejor que yo el hacer frente a la situación que se nos avecina. Todos somos nefilim y todos nos encontramos igual de perdidos, de modo que no creo que puedas ayudarme mucho. Así que, si no quieres nada más, discúlpame porque quiero seguir entrenando.

Se giró de nuevo en otra dirección, ignorándola, comenzando una secuencia nueva de pasos absolutamente mecánicos. Giro delante. Giro en la derecha. Giro en la izquierda. Golpe. Golpe. Golpe. Respiración. Golpe. Golpe. Golpe. Descanso. Giro sobre sí mismo. Golpe. Golpe. Golpe.

Sin embargo ya no se encontraba del todo cómodo. Ya no era capaz de mantenerse igual de impasible que antes, porque las palabras de la joven le daban vueltas en la cabeza. Tormentos. ¿Qué podía saber ella de sus tormentos? ¿Cómo había podido ver que estaba en un momento en que paseaba por una cuerda tan floja que le daba miedo atravesarla? Era consciente, porque se había mirado al espejo, de que su mirada no transmitía nada, sólo oscuridad y un corazón roto. ¿Se referiría a eso? ¿Cómo podía ponerle nombre tan fácilmente? La gente no lo hacía, como no se preocupaba de él. Sólo su tío se había ocupado de él y ahora estaba muerto. Muerto. Y él no había podido hacer absolutamente nada para evitarlo.

Se detuvo en seco, respirando agitadamente, antes de volverse hacia ella otra vez. Había esquivado cualquier intento de acercamiento hacia ella, pero ahora la buscaba. ¿Por qué? Lo ignoraba. Ya no tenía la sensación de conocerse; estaba perdido incluso para sí mismo, y eso era lo más frustrante de todo.

Has intentado acertarte a mí para ayudarme de alguna forma, ¿verdad? ¿Por qué? No nos conocemos absolutamente de nada, por lo que no debes de sentirte obligada. ¿Por qué?  —repitió, insistente como un chiquillo, temeroso a ser dañado, como un perro apaleado, y con la misma pregunta rondándole la cabeza con insistencia. ¿Por qué?


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→  Martes → 21:30 → Sala de entrenamientos  → Calido


La flecha voló cerca de su rostro congelado haciendo que siguiera la trayectoria de la misma, cuando centro de nuevo su atención en mi podía ver la rabia, una explosión de enojo retenido que duro unos cuantos segundos, siendo borrada como si se quitara la pintura de un lienzo dejando solo la blancura. Una sentimiento de alivio nació en mis adentros, el chico aun no estaba muerto por dentro, aun no era solo una maquina de seguir ordenes y matar, aun existía ese lado humano dentro suyo pero estaba fuertemente atado ¿Qué le detenía? ¿Qué le preocupaba?

El silencio se comenzó a alargar cada vez mas, en la sala solo se escuchaba el crujir de la cuerda del arco de ébano al ser tensada con la flecha, por la luz mágica que iluminaba la habitación podía ver como el chico frente a mi apretaba con fuerza el callado que tenia entre manos, podía ver los nudillos volverse blancos mientras se esforzaba por no mandarme al carajo. Los segundos pasaron de forma perezosa entre los dos antes de que el moreno por fin hablara. Su vos contenida taladro dentro de mi mente las palabras e hicieron que mi brazo dudara, mientras el chico dejaba en claro que yo no era nadie para ayudarle la tensión del arco disminuyo lentamente  y mis brazos comenzaron a bajar.

El moreno se dio media vuelta y comenzó de nuevo con su rutina, repitiendo los movimientos. También me di media vuelta y regrese a la mesa donde había dejado mi arco de plata, medio perdida solté a su lado el arco de ébano. No era la primera vez que alguien había rechazado mi ayuda, de hecho hace poco había tenido una situación así que al final había logrado llevar por buen camino, pero esta vez los ojos del chico habían hecho que me quedara helada, una ira descomunal asechaba detrás de aquella capa de frialdad calculada. Antes me había enfrentado a la frustración, al miedo y la decepción. Había enfrentado Nefilims cuyos ojos expresaban una tremenda tristeza o que anunciaban la fe muerta de su propietario. Pero nunca, hasta este momento, me había encontrado con ojos que me penetraran con tanto odio e ira contenidos.

Mientras acomodaba la flecha de vuelta al carcaj de cuero y me lo quitaba para dejarlo en dicha mesa escuche como la rutina del chico se detenía de forma abrupta, las palabras del joven hicieron que detuviera mis movimientos de golpe y solté un suspiro, el shock inicial había pasado - ¿Acaso necesito una motivación maravillosa para hacerlo? - Mi vos salió baja, tranquila y lenta - Como bien has dicho, no te conozco y aun así me acerque a ti ¿Acaso se necesita una motivación egoísta o en concreto para querer ayudar a alguien que se encuentra en problemas?

Le mire de frente con el cuerpo vuelto hacia el, mi mano derecha acariciaba la mesa detrás mío mientras hablaba - Si alguien se encuentra en necesidad lo mas natural debería ser el darle una mano, ayudarle a salir de ahí - Pasee mi mirada por el chico para después pasearla por la pared detrás de él hasta llegar al tragaluz del techo el cual brillaba con la luz de la luna- Se lo que se siente estar perdida, lo que se siente la perdida de algo importante para uno y conozco el dolor y la incertidumbre que conlleva. No puedo soportar el ver como alguien mas atraviesa algo así en soledad.





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→ MARTES → 21:30 → SALA DE ENTRENAMIENTOS  → CÁLIDO
Uriah frunció los labios mientras aguardaba la respuesta de Amelia, casi nervioso, como un niño pequeño. ¿Qué le diría la mujer? ¿Con qué palabras zalameras intentaría convencerle de que sus intenciones eran buenas? Una parte de sí misma, pequeña, minúscula, estaba deseando que le diese una razón para salir corriendo de allí, o para que la dejase inconsciente y pudiese continuar con su entrenamiento alegando que estaban enfrentándose y la cosa se torció hasta que ella quedase en el suelo. Quería gritar. Quería arañar. Quería que le hiciese daño con sus malas intenciones para poder rechazarla y marcharse de allí. No recordaba de dónde le venía esa sensación -o sí lo hacía, y precisamente por eso la evitaba, la escondía dentro de su pecho para que no volviese a salir-, pero le golpeaba en la parte trasera de la cabeza de forma insistente.

Y sin embargo los ojos tranquilos de la joven, serenos, comprensivos, casi tristes, le incitaban a pensar que en realidad podía confiar en ella, aunque en su fuero interno desconfiase. Que no iba a herirle, que de verdad sólo quería ayudarle porque había visto algo dentro de él que necesitaba ser arreglado. Y él lo sabía. Sabía que estaba roto. Quizás no de la forma en la que había imaginado; quizás no porque ya no supiese controlar cada pequeña emoción que le recorría el cuerpo, sino porque ahora que Mario se había ido no sabía cómo interactuar con el mundo de nuevo. ¿Cómo volver a confiar? ¿Cómo volver a amar? Ni siquiera sabía que había vuelto a querer a alguien...

Contra todo pronóstico, sus palabras le dejaron sin aliento, porque le vinieron demasiado conocidas, demasiado viejas a la memoria, acompañadas de un dolor tan intenso que podría haberse tirado al suelo a retorcerse si no hubiese sido sólo en el corazón. Agachó la mirada, incapaz de soportar los ojos claros de ella sobre los suyos, tan oscuros, tan negros como sentía el alma en esos momentos. Lo más natural... Sus palabras no sonaban como las podía haber pronunciado él hacía meses, artificiales, mecanizadas. Reconocía el discurso del padre Pietro, el primer encargado del orfanato al que había querido como sólo se puede querer a un abuelo cariñoso y entrañable, saliendo de la boca de esa muchacha, y la impresión le suponía tal shock que estuvo a punto de decirle que se callase. Que se marchase. Que le dejase. ¿Quién le daba el poder para hablar así? ¡Nadie debía! Eso era casi brujería.

En cambio se quedó allí clavado, amarrado por las nostalgia y por la sensación cálida de querer ser ayudado cuando nadie ni siquiera le miraba por los pasillos. Le importaba a alguien, aunque fuese de forma cordial, y eso era más de lo que estaba acostumbrado Uriah Pellegrino. Así que separó los labios, dubitativo, varias veces, queriendo decir algo pero sin encontrar las palabras, hasta que al final le salieron del corazón.

Yo siempre he estado solo.  —No era mentira. Aunque había llevado a Mario en el corazón, sin saberlo, nunca había sido cercano a nadie. No recordaba amigos. Casi no tenía familia. Sólo le acompañaban Dios y el sufrimiento, y aún así, nada le había consolado. Esa era la realidad. Y se asustó. ¿No se suponía que Dios estaba siempre a su lado? ¿Entonces por qué no lo sentía así, en esos momentos?— . No es tan extraño que tus pretensiones me fuesen desconocidas. No recuerdo la última vez que alguien... ajeno a mi sangre intentó ayudarme. Se supone que es lo que todo buen cristiano debería hacer, y sin embargo nadie lo hace... Todo el mundo está motivado por algo, y por lo general no es el altruismo  —reflexionó, atreviéndose a mirarla de nuevo.

Parecía más o menos de su edad. El pelo rojo era increíblemente atrayente, y su mirada clara resultaba fascinante. Había visto a muchas personas de ojos claros desde que había abandonado Italia y en cada una había encontrado, a su manera, un pedazo del Cielo, pues en ellos brillaba la claridad del día, de la luz divina, del Señor. Aquella mujer también irradiaba algo: calor humano, y la sensación era tan atrayente como repelente para él. Le asustaban la comprensión y el ánimo de ayudar, como un animal herido.

Me llamo Uriah  —dijo al fin, con el ceño fruncido, sorprendido por estar hablando tanto de sí mismo sin cortapisas. ¿Qué le estaba pasando?— . ¿Y tú, rossa?  —decirlo en su italiano natal le resultó una especie de liberación. Hacía tanto tiempo que no hablaba su lengua madre... Se relamió los labios, con el cayado en la mano, erguido sobre el suelo, y la curiosidad trasluciéndose en todo su rostro, aunque él no fuese consciente del todo—. Siento que hayas padecido sufrimiento  —comentó, creyendo que sería lo correcto de expresar.  


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Hablame de los lamentos
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La ultima palabra salió de mis labios y a ella le siguió el silencio. Un desfile de pequeñas expresiones aprovecharon el silencio establecido para hacer acto de presencia, pude ver el recelo del chico hacia mi, la desconfianza poco a poco iba siendo reemplazada por una sorpresa pobremente disimulada, podía ver en sus ojos y en la pequeña expresión de su rostros que aquellas palabras salidas de mi habían tomado al chico por sorpresa pero había algo mas.

Dolor.

Vi la chispa de un dolor inmenso en sus ojos antes de que el moreno agachara la mirada, ocultándome su rostros y haciendo que mordiera mi labio ¿Qué había pasado? Era la primera vez que alguien reaccionaba así a mis palabras, solía recibir palabras sarcásticas o un discurso sobre el deber divino de mis hermanos de armas al escuchar lo mismo que había dicho hace unos segundos pero esta vez, esta reacción, era la primera y única vez que alguien había respondido así a lo que había dicho. Pero todo era cierto, había hablado desde el alma como siempre, era lo mas natural en mi y debería de ser lo mas natural en los demás el tender la mano al necesitado, el ayudar a aquellos que se encontraban en una situación tan difícil ¿Entonces por que era tan ajeno el concepto para los demás? ¿Por que todos reaccionaban de la misma forma cuando les ofrecía ayuda? Maldito el mundo en el que se desconfiaba hasta del compañero de armas.

Aparte la mirada del chico tratando de encontrar algo que me sirviera, alguien entrando o algún objeto interesante, lo que sea vendría bien para romper aquel silencio que se había acumulado de forma perezosa sobre mi. Pero no fue necesario. De nuevo habló, las palabras fueron acompañadas por una nueva mirada de aquellos ojos oscuros y el corazón se me encogió - Conozco la soledad - Despacio, incluso apagadas sonaron aquellas palabras - Tal vez no por tanto tiempo como tu, pero la conocí y también conocí el como se siente ser alguien ajeno en donde antes era tu hogar - Clave de nuevo mis ojos azules en aquellos oscuros que me miraban ahora de una forma que no podría describir - No me gusta que las personas vayan por la vida solas, todos necesitamos de alguien que nos ayude de vez en cuando.


- Mi nombre es Amelia - Respondí tras la presentación del moreno el cual parecía mas dispuesto a hablar que antes, aquella rigidez y rechazo de antes habían perdido fuerza y estaban siendo reemplazados por algo mas ¿Pero que? - No tienes porque Uriah, fue hace mucho - Di media vuelta mostrándole la espalda al chico, mire el arco de plata que descansaba en la mesa y lo acaricie lentamente con la diestra, por un instante recordé aquel día de febrero en el que había cumplido la edad suficiente como para tomar un arco así en mis manos, las palabras de mi padre sonaron profundas aquel día, tan profundas que se habían marcado en mi alma como su fueran escritas con una estela - Han pasado ya varios años desde lo que me sucedió a mi - Tome el arco y lo alce un poco, el peso de la plata y aquella sensación al tomarlo eran tan familiares para mi, como si hubiera nacido para usar ese arco por el resto de mis días - He superado mis penas y he logrado seguir adelante pero no lo he hecho sola - Di media vuelta de nuevo quedando de frente al moreno - He tenido quien me ayudara a levantar, algunos se han quedado conmigo, otros... - Puse el arco frente a mi, una punta tocaba el suelo y la otra descansaba bajo mi palma derecha manteniéndose erguido, orgulloso entre los dos - ...han pasado a mejor vida, sus cuerpos ya no están al lado del mío pero son sus almas las que me impulsan a seguir adelante.


- Este arco representa a mi familia y al deber que tienen: Servir. Pero no solo servir a los designios divinos del Ángel, también servir al necesitado, al que esta en apuros. Así como el arco cumple con su fin gracias al apoyo de las flechas, así mismo los seres vivos necesitamos el apoyo de los demás para cumplir con nuestro objetivo - Alce mi mano izquierda hacia Uriah mostrando la palma de mi mano, extendiendo una invitación hacia él - No pediré que confíes en mi puesto que la confianza se gana con el tiempo, con las acciones, pero si pediré que te apoyes en alguien. No estas solo, tal vez lo estuviste pero no mas, no voy a dejar que estés solo.




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Re: Háblame de los lamentos |Amelia Silverbow|

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