03/12 - Estimados habitantes del submundo. ¡Los nefilims vuelven a estar disponibles!


07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


36 # 36
22
NEFILIMS
5
CONSEJO
8
HUMANOS
11
LICÁNTRO.
8
VAMPIROS
13
BRUJOS
5
HADAS
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DEMONIOS
0
FANTASMAS

Don't you understand?, right now I can't trust in a witch or any downworlder! [Emily Yates]

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Don't you understand?, right now I can't trust in a witch or any downworlder
→ SÁBADO → 17:25 HRS → GRAND CENTRAL TERMINAL, SUBWAY, NYC → CLIMA: FRESCO (16°C).
¡Lo siento, disculpen, necesito salir ya!Un pequeño niño, encogido entre el mar de gente y donde no existe mucho oxígeno, empuja con codazos a los citadinos que obstaculizan la salida más próxima del vagón apretado gracias a la hora pico donde se pelea para salir o entrar  de un tren al andén. De milagro se le ocurrió escapar por entre las piernas de una mujer mayor y un hombre corpulento, quienes eran los culpables del caos, poco antes de que las puertas automáticas se cerraran. Fuera del compartimento había aire, metálico y de alcantarillas pero aire —Cielos, ¿de dónde aparece tanta gente los fines de semana?— agarrado con ambas manos de las correas en su mochila Vans nueva, esquiva y zigzaguea, su tamaño le ayuda a pasar por espacios reducidos en medio de los apurados neoyorquinos mientras les sigue el ritmo hacia el tramo de escaleras que conducen a la Gran Terminal Central de N.Y.

La mochila y cargamento (20 ejemplares de cómics escogidos al azar) no habían sido parte del plan "escapar por berrinche" de su hogar en Greenwich Village, la última discusión con Apollo en la semana no terminó de mejor manera que las anteriores y se suponía que Bastian tenía la orden de entrenar 2 horas como mínimo cuando su abuelo se despidió bruscamente de él para encerrarse en el estudio privado. Contradiciendo al mayor -como casi siempre que el niño se emberrinchaba- fue a tomar todos sus ahorros de los domingos dejando a Mr. Hamm vacío y ligero como pluma. Además, ir al Forbidden Planet quedaba a 15 min. caminando pero en la tienda -y santuario tranquilizante para un niño como él- no le trasmitieron calma la hilera de figuras de acción en sus repisas, los cientos y cientos de ejemplares clásicos, ni la estancia de segunda mano, y desde luego terminó en la zona con nueva mercancía para tomar lo primero que sujetaban sus manos por el simple hecho de que las portadas mostraban a PJ furiosos como él se sentía contra su abuelo. La mochila sí fue un pretexto para quedarse sin dinero y a ver qué reacción ponía Apollo del que todo el tiempo recibía sermones de malgastar a lo tonto.

Y como no quería regresar demasiado pronto a su hogar considerando que sería recibido con miradas frías y reclamos del anciano, se encontraba ahora en la Terminal Central, deambulando por la estación, interesado en el horario de las salidas y llegadas de distintos trenes mientras pensaba en su siguiente destino dado a que era todavía temprano en N.Y para viajar pero no sí se iba sin compañía. Rockefeller Center o Times Square, ambos estaban de paso y cerca, sin embargo pensar en el viaje en tren mas lo incómodo que era quedar aplastado en el fondo del vagón no convencía mucho al pequeño niño. Entonces como única opción para pasar el rato era avanzar a una de las columnas en el otro extremo y hallar un lugar donde no fuera pisoteado por los citadinos o molestado con preguntas frecuentes de turistas perdidos. Qué le dirían los policías de la estación "¿levántate niño tonto porque estorbas?", seguramente pensarían que espera a que su madre llegue o un familiar lo recoja, no serían tan mala onda para quitarlo del único asiento libre en la estación.

Sentado en el frío suelo de la estación, flexionando las rodillas para no estorbar con los pies, escuchando música en sus viejos audifonos de segunda, y tomando de la mochila uno de los ejemplares nuevos, sacó de su envoltura plástica el cómic y empezó por hojearlo aunque las escenas cargadas de sangre+tripas a lo menso le provocaron nauseas. ¿Qué, en el nombre del Ángel, había comprado y porqué se lo permitieron los chicos de las cajas?. Cerró el cómic y leyó en la portada "El doctor de los huesos" por B-K anónimo más la etiqueta en la esquina superior izquierda el sello de +21. —Iuugh, ¿pero qué enfermo leería esto?— con una mueca de asco metió el cómic dentro de la mochila sobre su regazo pero dio un pequeño respingo cuando un par de botas militares se le colocaron en frente y alzando la vista lentamente veía pantalones negros de un material rígido, cinturón ceñido a la cintura, camiseta negra, abrigo café oscuro ocultando a plena vista la empuñadura de una espada corta tipo griega, y el rostro ligeramente oculto por un sombrero de Gangster. Las marcas en su cuello y manos advirtieron al niño de una visión bajo glamour. El hombre era un Hijo de Raziel como Bastian.

¿Perdón?— Se disculpó el niño quitándose el audífono derecho después de ver los labios del Nefilim moverse, una mala sensación igual a la que se percibe al caer dentro del sueño se apoderó de su cuerpo, jamás sintió tanto miedo y precaución de un Cazador de Sombras, ¿porqué tenía el mal presentimiento?, ¿era una prueba de Apollo?, ¿lo había seguido?, ¿cómo supo que él podía verlo bajo el glamour?, y ¿acaso había demonios cerca?. El sentido de alerta andaba a mil por hora en Bastian mientras miraba disimuladamente todo su alrededor.

"Pregunté sí necesitabas ayuda para regresar al Instituto porque es ahí donde debería estar un niño tan pequeño como tú, ¿no es así?. Con confianza, niño, somos del mismo bando y eso, necesito llevarte a un lugar seguro porque, como sabrás, estamos en tiempos de guerra. Ven conmigo." El hombre se arrodilló a la altura del niño, su aliento desprendía a alcohol barato y cigarros, además sus ojos estaban inyectados en sangre con ese aspecto de no haber dormido en días.

No puedo ir contigo, estoy esperando a alguien— Arrinconándose contra el muro de la columna, apretaba los puños sobre las correas de la mochila, preparando las plantas de los pies bien puestas sobre el piso en caso de tener qué huir; ¿de dónde salió el tipejo más desalineado y con cara de un integrante de los bebedores anónimos?. Tragó saliva comenzando a sudar frío. No, ése Nefilim no podría ser del bando bueno, ¿pero porqué dijo "bandos"? —estoy bien, ve a hacer tu... tu misión... yo tengo mis indicaciones— y levantó la barbilla con seguridad en su mirada, imitando esa obstinada expresión de su abuelo paterno que le cayó como karma porque negaba siempre ser o tratar de ser igual.

"Tus padres nos encontrarán en el Instituto, ellos saben que es el lugar más seguro para su hijo, vamos, perdemos tiempo y no quiero discutir qué es y qué no es para la seguridad de un niño." Por fuerza tomó al pequeño del antebrazo izquierdo, levantándolo del suelo, todo un loco de remate queriendo ¿secuestrar a Bastian?, qué gran desenlace.

¡Suéltame, te dije que no iré, gritaré más fuerte sí no me sueltas!— Golpeó con el puño cerrado de su mano libre al pecho y estómago del Nefilim pero su mano impactó en una fibra metálica bajo la tela de la camiseta, gimió, estaba en desventaja por un adulto con el doble de fuerza y resistencia pero ¿qué pensarían los despistados mundanos sin Visión de ver a un niño golpeando a la nada? —¡Déjame ir, no quiero ir contigo!— pisoteó la bota del hombre para que no comenzara a avanzar entre la multitud, pateó en la espinilla del Neiflim pero nada, ni una sola respuesta, lo iba arrastrando consigo para alejarse de la columna donde abandonó su mochila nueva. ¡Por el ángel, los cómics estaba olvidándolos! —¡Mi mochila, idiota!



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→ SÁBADO → 17:25 HRS → GRAND CENTRAL TERMINAL, SUBWAY, NYC → CLIMA: FRESCO (16°C).
Lo monótono del tren le hacía sentirse de vuelta a los años en los que el único subterráneo que existía en su vida era ella misma.

Había tomado el transporte público desde que era una adolescente, cuando las cosas eran normales y vivía sumida en su propia autocompasión, y en cierto modo a veces añoraba la quietud de los acontecimientos en esos momentos. Era lo único, desde luego, como también era de las pocas cosas que no había cambiado a su alrededor mientras todo había dado un giro de 180 grados. El vaivén de los vagones al pasar por los raíles, meciéndola como si estuviese en una cuna, se mantenía perenne, idéntico.

Con la mirada perdida más allá de los carteles de publicidad que poblaban las paredes del metro, era consciente de que un hada le observaba con desconfianza en la esquina más lejana de ese vagón. Frente a ella, un mago que tenía la piel escamosa y verde le había guiñado el ojo al subirse, lo que le indicaba que la huella de la magia ya era absolutamente visible en ella, además de su reputación. ¿Dónde habían quedado esos trayectos tranquilos en los que prácticamente nadie le hacía caso, salvo algún salido de turno?

Suspiró con pesadez cuando llegó a su parada, se pasó las manos por las mejillas e intentó animarse lo máximo posible. Esa mañana se había levantado triste y sin ganas de hacer demasiadas cosas, así que había optado por ir al trabajo en metro y no comunicarse mucho con las personas de su alrededor, salvo en la cafetería. Ignoraba qué le pasaba en concreto, pero tampoco se ofuscaba en intentar averiguarlo. Quizás simplemente se encontraba desanimada y ya está; nunca había sido una chica alegre, per se, así que tampoco era raro que alguna mañana se encontrase sin ganas de hacer nada salvo hundirse bajo una manta y ver el televisor junto a Dina.

Dina.

Hacía unas semanas le había reconocido que había salido muchas veces a buscar a Bastian. La anciana había fruncido los labios, el ceño, y había negado con la cabeza. No tenía que meterse con los nefilims, le había dicho, pero Emily sabía perfectamente que en el fondo tenía ganas de conocer a su otro nieto. ¿Cómo no iba a hacerlo? Por mucho que nunca hubiese perdonado a Susan, era lo único que le ataba a ella, además de la propia bruja. Se retorcía las manos cada vez que le preguntaba por él, y se hacía la indiferente cuando le daba la misma negativa de siempre, pero podía ver la desazón en sus ojos en cada pequeña ocasión.

Ella misma empezaba a descorazonarse. ¡New York era tan grande! Quizás pasarían años antes de que pudiese dar con él. Quizás podía morir antes de que pudiese llegar a su lado. La sola idea le estremeció, y mientras caminaba por los interminables pasillos de la estación, se estremeció. No podía perder a Bastian, aunque no le conociese. Era lo único que le quedaba de su familia. Lo único...

¡Déjame ir, no quiero ir contigo!

El grito de un niño le sacó de su ensimismamiento, haciendo que su paso acelerado se detuviese en seco. Alzó la cabeza, buscando el origen del chillido, horrorizándose al ver que un adulto estaba cogiendo a un crío pequeño totalmente en contra de su voluntad a escasos metros de donde estaba ella. Nadie les hacía caso. Nadie parecía verles ni lo más mínimo, y eso le hizo entornar los ojos, desconfiada. ¿Glamour? ¿Nefilims? Una enorme runa en el cuello del tipo, cuando hizo un movimiento más brusco de lo que debía, se lo confirmó.

Un relámpago furioso le recorrió el cuerpo de pies a cabeza.

«No te metas en asuntos de los nefilims», le había dicho Dina.

Como si pudiese quedarse al margen cuando alguien le estaba haciendo daño a un niño.

Se dirigió hacia el hombre a paso lento, y fue como si todo a su alrededor hubiese empezado a moverse a la misma velocidad que ella. Las partículas de polvo del ambiente. La gente que pasaba a su alrededor. La cámara que estaba justo en el lado de la columna opuesto al que se encontraban. El niño. El nefilim. Casi le pareció sentir que el roce de su melena sobre la piel sucedía despacio, cadente, seductor. El movimiento de sus brazos y el contoneo de sus caderas. La cola apretándose en su cintura, luchando por salir, cada vez más ansiosa.

Lo que fue menos de un minuto pareció toda una eternidad en esos instantes. Entonces, justo cuando la distancia entre el adulto y ella era de escasos centímetros, el mundo volvió a correr con su ritmo habitual, pernicioso, demasiado acelerado. La joven alzó la mano con cuidado antes de colocarla sobre el hombre del cazador de sombras, quien entonces se percató de su presencia, y se giró hacia ella con a saber qué intenciones. Emily no pudo descifrarlas y no lo quiso tampoco, porque estaba demasiado concentrada en su magia por si acaso tenía que hacer uso de ella en apenas unas centésimas de segundo. Bullía con fuerza por dentro de sus venas, dándole esa sensación burbujeante que había aprendido a apreciar.

A pesar de que debía ser extraño que colocase la mano en el aire para el resto de mundanos, no la bajó. Tampoco creía que les prestasen demasiada atención; los neoyorkinos iban siempre a su ritmo, inmersos en su propia rutina vital, como para hacer caso de un suceso extraño incluso delante de sus propias narices.

¿Qué demonios te crees que estás haciendo? —espetó con voz ruda. Si bien ya no se teñía el pelo de colores, esperaba que fuese lo suficientemente famosa entre los nefilim también como para que la reconociesen así—. ¿Eres imbécil o qué? Suelta a mi hermano ahora mismo.

Era lo primero que se le había pasado por la cabeza en ese momento, y al decirlo el corazón le latió un poco más deprisa, porque sin lugar a dudas aquel niño debía de tener la misma edad que Bastian, según los cálculos que había hecho por la carta de su madre. Susan no había tenido la decencia de dejarle ninguna foto o pista que le ayudase a encontrarle, así que no podía siquiera imaginar que, de hecho, lo era. Lo único que hizo fue intentar tirarse lo que para ella en ese momento era un farol, en aras de ayudar al crío.


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Emily Yates
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Matadragones

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→ SÁBADO → 17:30 HRS → GRAND CENTRAL TERMINAL, SUBWAY, NYC → CLIMA: FRESCO (16°C).
El miedo tenía paralizado al pequeño niño sujeto por el Nefilim de dudosa y escalofriante procedencia; lo peor era que no había mundano piadoso en ayudar a un niño siendo arrastrado por el zopenco grandulón a mitad de la estación. ¿Todo lo que Apollo le enseñó a Bastian fue para que no se pudiera defender en una situación de secuestro?, bonita verguenza y decepción, ya se imaginaba su futuro como rehén amarrado de brazos y piernas en una de esas camionetas para vándalos de la ciudad similares a los que aparecen en las historietas. Pese a ello, la fría y cruda realidad era otra, sí entre Cazadores de Sombras estaban existiendo traidores tan desalmados para tomar al primer niño nefilim en su camino, cómo y en qué cabeza cabía que les podrían servir de mucho sí ni siquiera alguien se preocuparía por el caso especifico de Bastian cuando su abuelo se daría cuenta de su falta en el Lobby pasadas una semana o dos. Excelente, era momento de temer y comenzar a rogar por un milagro. Al menos hasta que el pequeño Bastian vio la luz de la esperanza en forma de, ¿bruja?.

Los mocos se salieron de sus fosas nasales por la sorpresa, alguien con sentido común en toda la Estación hizo caso del niño, de él, y no cabía la más mínima duda de que por un pelo había creído perder su futuro en manos de quién sabe quien en quien sabe dónde. A la cabeza de Bastian con lento procesamiento de lo que ocurrió sólo podía pensar aceleradamente en la frase que dirían los aliados del Héroe cuando son salvados un segundo antes por los malvados planes del villano -"¡Me salvaste el pellejo!"- y una gran sonrisa de alivio apretando los cachetes con claro arrepentimiento. Desafortunadamente la cara de espanto y diarrea reemplazaba el alivio que debía sentir Bastian conociendo a su bruja heroína tan rápida en la escena como un ¡ZIP ZAP!.

"¿Eres imbécil o qué? Suelta a mi hermano ahora mismo"

¿Pero qué dijo?, la mente del niño está confundida, qué y qué no ocurriría sí su reacción es lenta, separó los labios con el dilema pintado sobre el rostro, temblaba y no sabía desde cuando, sus nervios le traicionaban pero de estar siendo secuestrado por el Nefilim Malo a tener que tomar la improvisación de la bruja. Por el mismísimo Angel, lo bloqueó, los pies del niño anclados al piso, que no sentía sólido síno como gelatina, y la sangre corriendo a mil por hora en sus oídos le restaban puntos de credibilidad sí la jugada era confundir para atacar.

"La Matadragones en persona" Se burló el Nefilim ciñendo su mano firmemente alrededor del brazo sujeto que Bastian sintió por reflejo con un abrazador dolor subiendo al hombro "¿Qué haría una bruja como tú con un supuesto hermano que lleva en sus venas sangre del Ángel?, lárgate de aquí sí sabes lo que te conviene, me llevo a éste niño a su hogar. El Instituto, ¿o es que negarás el deber que La Clave impone?. Los brujos son traidores de la Alianza, vete, engendro." Asomó el interior de su abrigo mostrando la espada colgada en el cinturón de armas y dos cuchillos Serafines; era una viva amenaza. Por supuesto que no pertenecía al bando de La Clave pero jamás lograría desenfundar el arma o la bruja quizás ocupar sus habilidades especiales.

Oscuridad.
Un apagón fundió las luces de la Central, sólo de la central pero no de los andenes, la visión del pequeño niño tardó en acomodarse a la falta de iluminación sin embargo todo lo que cobró sentido en sus reflejos fue distinguir el cuchillo oculto bajo la manga del Nefilim que se aproximaba en dirección al cuello de la bruja. ¡Reacciona, Bastian!. El pequeño se obligó en abandonar su miedo, no le importó que uno de sus brazos estuviera deshabilitado, tenía una segunda mano y armas disponibles justo en sus narices, ¿qué saldría mal sí no lo intentaba?. La fortuna de ser Zurdo le ayudó cuando su mano agarró de la empuñadura la espada tipo Persa del cinturón de armas, el peso del arma era como las de madera fabricadas por Apollo, había dificultad en estabilizar su peso pero no en la hora de apuntar a su objetivo muy claro para Bastian. Enterrar la espada en el cuerpo, imposible, ¿Cortar un par de dedos?, pan comido. Dirigió el arma con el mayor filo apuntando a la espinilla , no tenía que titubear tras recordar las lecciones  y sermones de Apollo, su mano temblaba más hizo un corte en diagonal bajo la rodilla donde había una de las venas más importantes como riesgosas donde quedar desangrado bastaban minutos. ¿En qué había convertido Apollo a Bastian?. Sin embargo, la mala suerte estaba del lado del pequeño niño y su "ataque" fue despreciado vilmente tanto por los reflejos del Nefilim experimentado como una cota de malla bajo el pantalón.

"¡Asquerosa rata!" Rugió el Nefilim soltando al niño, desviando el cuchillo del cuello de la bruja, arremetió con la bota de casquillo el costado del niño recibiendo el brazo izquierdo todo el golpe y lo lanzó al piso como muñeco de trapo.

El niño gimió ahogadamente con un sollozo mudo, resbaló por el suelo de la central algunos metros lejos de la Bruja y el Cazador, no podía moverse del suelo a esas alturas con el miedo inundando su cuerpo junto con el trauma de estar en medio de todo el caos neoyorquino que ocurrió después. Ya estaba, un brazo lo tenía roto, medio mundo casi lo pisaba o tropezaba con él, no entendía porque mujeres y hombres gritaban en toda la central pero el mayor logro del pequeño era retirarse con la frente en alto a pesar del lloriqueo silencioso mientras reptaba por el suelo con ayuda de una mano, dirigiéndose a la columna donde seguía su mochila olvidada que le brillaba en los ojos como su "punto de salvación".

Arriba holgazán...— Repitió las palabras de su abuelo cara larga al que tanto extrañaba y rogaba al ángel por que apareciera en su socorro. Sollozando con fuerza, tocó la mochila con la palma encima, jadeando, se limpió las constante lágrimas bajando por sus mejillas usando las hombreras de su saco. —No está pasando, no está... pasando... no lo está—— Emitió un sonidito estrangulado por el dolor de su brazo roto colgando a su costado cuando se levantó, ¿era mala señal no mover los dedos del brazo roto?. Se pasó una correa de la mochila por el hombro no herido, levantándose, rodeó lastimosamente la columna sintiendo empujones de todos los neoyorquinos moviéndose rápido alrededor de él mientras su dirección iba a las escaleras que descendían el andén.

Bajó por las escaleras, escalón por escalón, apoyado en el barandal de piedra tallada pegado junto al muro, lentamente con las lágrimas descendiendo sin parar por su mejillas y humedeciendo el cuello de su playera. "Un Cazador de Sombras no llora, no se arrepiente, no demuestra debilidad", eso significaba ser un soldado de Raziel, y el niño ya no estaba seguro de sí era apto para tal labor. Estaba, en teoría, perdido, sin padre o madre en el mundo que lo consolara en ése momento.


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→ SÁBADO → 17:25 HRS → GRAND CENTRAL TERMINAL, SUBWAY, NYC → CLIMA: FRESCO (16°C).
Emily apretó las manos a ambos lados de su cuerpo, recibiendo las palabras del nefilim adulto que, obviamente, la había reconocido. En el fondo no entendía cómo demonios se había hecho tan famosa en el último año, si lo único que había hecho había sido reventar un dragón de fuego en una estúpida fiesta en un estúpido hotel. ¿Era porque había habido nefilims y subterráneos allí? ¿Era porque nadie más lo había hecho? Resultaba estúpida toda esa situación para ella, porque sin la ayuda del resto no podría haber hecho una mierda, pero eso la gente nunca lo recordaba. Sólo la señalaban con el dedo cuando la reconocían, se acercaban a su lado para pedirle favores o salían huyendo por los callejones para no ser alcanzada. También la habían llamado amiga de los nefilim, como suponía que debían de tildar al famoso Magnus Bane, el Gran Brujo de Brooklyn, que siempre parecía estar asistiendo a los cazadores de sombras. No lo negaba, pero tampoco le hacía demasiada gracia. Aún había muchas cosas relacionadas con ellos que no le hacían ni la más mínima gracia.

Como aquello.

Cuando el tipejo espetó que cómo iba a ser su hermano, a Emily le entraron ganas de saltarle a la yugular y desgarrarla con los dientes, porque que ella supiese, ese niño realmente podía ser Bastian, el hijo de Susan, por lo que realmente podía ser su hermano. La idea hizo amenazó con agolparle los ojos de lágrimas, pero fue una falsa alarma. No sucedió nada. Estaba demasiado enfadada y concentrada como para permitirse mostrar una debilidad semejante delante de aquel cretino.

Engendro.

¡Serás...!

No vio venir el cuchillo hacia su cuello, ni antes de que se apagasen las luces de la estación ni después. Sólo escuchó el sonido helador y frío de un arma cortando el aire, el ruido hueco del golpe contra el metal, el grito del tipo, el puntapié sordo contra el niño -porque tuvo que ser contra él, y a Emily se le encendieron todas y cada una de las células de su cuerpo al pensarlo- y los quejidos del pobre niño. La bruja emitió un grito de rabia que tuvo que resonar al nefilim traicionero en lo más profundo de sus entrañas. El nefilim se echó a reír, dijo algo que no llegó a alcanzar a entender, porque justo cuando terminaba de pronunciar su frase un fuego mágico que ella se había molestado en invocar se había deslizado hacia el cuerpo del cazador de sombras, que emitió un quejido de horror, a pesar de que estaba protegido. La joven bruja no lo sabía, desde luego, pero sí estaba segura de que eso no le mantendría ocupado demasiado tiempo, de modo que tenía que darse prisa. Tenía que coger a...

Frío en las entrañas ardientes que congeló cualquier emoción que no fuese el miedo.

¿Y el pequeño? Intentando reubicar dónde podía haber una papelera, usó su magia para hacerla arder -afortunadamente acertó-. La gente que corría a su alrededor emitió quejidos, gritos de sorpresa, y continuaban hacia delante, farfullando cosas sobre un fuego que había desaparecido y reaparecido ante sus narices. Emily rezó porque no la relacionasen con eso, con que la oscuridad hubiese sido suficiente como para que nadie, ni siquiera las cámaras de seguridad, le hubiesen captado bien la cara. Sin embargo, lo importante era el niño. ¡El niño!

Gracias a la leve iluminación de la papelera ardiente pudo ver su cabecita, su mochila fácilmente reconocible, y fue corriendo tras él como alma que llevaba al diablo. El pobre debía de estar dolorido, terriblemente asustado e increíblemente confundido. Afortunadamente para ella, iba más despacio de lo que en realidad debería haber avanzado, teniendo en cuenta la situación, y antes de terminar de bajar las escaleras ya le había alcanzado. No había gritado antes para detenerle para no asustarle demasiado, aunque sabía que al llegar a su lado tendría que sobresaltarle igual. Le rodeó para colocarse frente a él y le puso una mano en el hombro para que le mirase.

Soy yo. Soy... —¿qué? ¿Emily? Ese nombre no significa nada para él. ¿Una bruja? ¿La bruja?— la Matadragones. He dejado al imbécil que te ha hecho esto algo ocupado. Vamos, ven conmigo. —Gracias a las luces de emergencia que se habían encendido al poco de empezar a perseguirle pudo ver que tenía el rostro lleno de lágrimas, además de un brazo maltrecho. Iba a cargarse a ese tío si volvía a pillarlo solo—. Puedes confiar en mí, pequeño. No voy a hacer nada. En cuanto encontremos un sitio medianamente seguro donde escondernos te curaré el brazo sin pensarlo dos veces.

Comenzaron a andar a un ritmo más elevado -cortesía de Emily-, nerviosa porque no quería ser atrapada y porque no quería que el niño siguiese sufriendo. Pronto encontró una puerta -pues había ido cerca de la pared, tanteando- que debían de ser los cuartos de baño o un armario para la limpieza de la estación. Hizo uso de su propia magia para mover el pestillo, giró el pomo y se adentró con él tan rápido que prácticamente nadie podía haberse dado cuenta de lo que acababa de suceder ahí. Emily se abrazó al cuerpo del pequeño nefilim para intentar tranquilizarle, susurrándole cosas sin sentido al oído para que se calmase, y limpiándole los churretes que las lágrimas le habían dejado en el rostro. Aguardó durante un par de minutos hasta que creyó que podía dejar de estar pendiente de que les encontrasen. También había una luz de emergencia dentro de aquella habitación, la cual, como había supuesto, era la del encargado de la limpieza. La joven se dejó resbalar por la puerta hasta quedar sentada en el suelo, pero en ningún momento dejó de mirar a su acompañante. Parecía tan joven...

Ven, cielo. Siéntate conmigo para que pueda curarte esa herida tan fea.


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Emily Yates
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→ SÁBADO → 17:35 HRS → GRAND CENTRAL TERMINAL, SUBWAY, NYC → CLIMA: FRESCO (16°C).
"Corre y no mires atrás".
Pero correr era fatigoso, de milagro los pies del pequeño continuaban descendiendo en las escaleras eternas, y los gritos horrorizados/confundidos de los mundanos no hacían gran ayuda en la imaginación del niño por donde se le ocurría que quizás se habían encontrado con el zopenco ése; ¿qué sucedió?, ¿la bruja estaría bien?, ¡¿y sí la mató?!. El miedo abrumó a Bastian, no había actuado con valentía para que ella muriera, había hecho lo que un niño nefilim de su edad vería por obvio pero ella no se encontraba ahí y él huía por su vida a manera que se sentía avergonzado de su poca habilidad. Y fue el pensamiento castigando a su debilidad que le hizo sentir mal, inepto, un guerrero que le dio la espalda a todo por miedo a morir.

Pensaba en volver, se congeló en el último descanso antes de bajar los últimos escalones, las sombras y la iluminación de emergencia le hicieron entender que sí volvía no podría hacer mucho de distracción con cómics, una mochila y audífonos, así como recordó que Apollo siempre estaba repitiendo que "todo objeto en el alcance" es un arma para usar. El problema era su tamaño, un niño, tendría que tener la capacidad o habilidad de cargar un rinoceronte para ponerse al "tú por tú" contra un experimentado Cazador. ¿Que porqué le preocupaba la bruja?, el pequeño niño se hacía la pregunta más importante, su abuelo procuraba en que su nieto entendiera la delicada situación con los subterráneos y todos los sucesos en contra de la confianza vivida después de la última guerra con Valentine; no, no existían razones para confiar en la palabra -específicamente- de los hijos de Lilith ¿pero no era suficiente que lo ayudara en escapar?. Reanudó su descenso... o eso hasta que una figura esbelta le cortó el camino.

Hum... ¿S... si?— Titubeó, era ella, de verdad era ella, un alivió por poco le hacía olvidar del dolor en su brazo roto y entumido sobre la otra mano que le sostenía. Olió el papel quemado, vio humo también pero no escuchaba la alarma de incendios y no sabía sí fue controlado o provocado por la bruja frente a él. Sintió los labios resecos, qué le ocurría en presencia de ella que lo dejaba sin habla, no es que fuera su primera vez frente a un hijo de Lilith y puede que sin una marca demoníaca a la vista le produjera aún más curiosidad. También, quién sabe qué cara tendría para que la bruja no le permitiera hacer preguntas cuando fue llevado sin remilgos de su parte por ella nuevamente para bajar los últimos peldaños; anduvo en silencio, las suelas de sus tenis rechinaban en el piso pulido y mientras la bruja caminaba un paso, él tenía que dar dos o se quedaría atrás sin embargo no controlaba la ansiedad de ver por encima del hombro en busca de atacantes.

Nervioso cuando entraron al cuarto de limpieza, tardó en orientarse y dar por seguro el pequeño espacio donde la bruja lo metió con ella. Instintivamente su brazo se aferró a ella cuando ésta le abrazó, no entendía y estaba exhausto para analizar porqué le tranquilizaba ser el protegido en lugar del protector, escuchaba las palabras pero no tenían su atención, temblaba y temía que sí la soltaba se lo tragarían las sombras del pequeño cuarto como una serpiente a un roedor. Por supuesto que se quejó lastimosamente al ser apartado, la calidez se esfumó y con esa el escudo protector, mientras los orbes sepia del niño miraron apenados a la bruja que le limpiaba los rastros de lágrimas, tragó saliva, se notaba lo afectada y eufórica que estaba por mantenerlo a salvo. Los labios de Bastian se sellaron, culpó a su abuelo por darle 0 concejos en cómo apaciguar a alguien necesitado, qué decir en situaciones cómo esa y cuál era la manera de comportarse a quien le salvara el trasero. Y después de verla sentar, a su nivel, frente a frente, miró con asombro un parecido que nunca había querido dejar de olvidar pese el paso de los años. Su madre. ¿De verdad era posible o su imaginación y el shock lo confundían?.

No puedo— Respondió con un hilo de voz mientras clavaba la mirada en los pies de ambos, sentía la sangre en el rostro, se preguntó sí la palidez y oscuridad del cuarto ocultarían su avergonzado sonrojo. Sostenía su brazo roto, enterraba las uñas en la manga, sentía la mirada de ella y se apresuró en añadir —¿lo mataste?— extraña pregunta aunque quisiera hacer tiempo para decidirse en qué, en el nombre del Ángel, debería hacer. —Sea quien seas, "Matadragones", ¿te aseguraste de matarlo?— Su pequeño rostro se crispó con el dolor del brazo al querer mover los dedos del roto, el labio inferior le tembló y los ojos le picaron con las lágrimas amenazando en volver a emanar —no estamos a salvo sí no lo mataste, lo entiendes, ¿verdad?— la voz se le quebró en la última palabra, gimió angustiado por cualquiera de las respuestas que le diera la hija de Lilith. En lugar de sentarse junto a ella como pidió, cruzó las piernas y bajó al piso ocultando el rostro detrás de las rodillas al instante que lloraba quedamente.

No sé qué hago aquí, no debería estar aquí, no quiero— Gimoteaba "escondido", sollozó y se arrimó hacia atrás al sentir un movimiento de la bruja —¡quiero ir a casa con mi abuelo!— sí, aunque la bilis le subiera por la garganta, aunque "odiara" al viejo cascarrabias y más aún cuando lo castigaba, sin embargo el único que lo obligaba a volver en sus cabales en noches de tormenta o llorar por sus padres... ése era Apollo, el anciano de facciones severas e irrefutables órdenes. No obstante, el llanto de Bastian se ahogó en el momento que al otro lado de la puerta -lejos, quizás- se oyó claramente el rugido sobrenatural de una bestia arrastrándose escamosamente por los suelos de los andenes; no, oh por el Ángel que no fue producto de la imaginación de alguno de los dos, la temperatura descendió hasta verse la voluta de aliento al hablar, y se olía a basura quemada.

Un demonio— Murmuró después de levantar la cabeza y una vez más en pánico.


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Don't you understand?, right now I can't trust in a witch or any downworlder
→ SÁBADO → 17:25 HRS → GRAND CENTRAL TERMINAL, SUBWAY, NYC → CLIMA: FRESCO (16°C).
Una de las cosas que Emily no podía comprender de los nefilim era que empezasen desde tan tremendamente jóvenes; aún no había conocido a ninguno que superase los treinta años de edad, y se preguntó con cierta angustia en el cuerpo si alguien de esa raza llegaba a esas edades. Se tuvo que convencer a sí misma de que sí mientras abrazaba suavemente al niño, porque si no, ¿quién se encargaba de tener criaturas que les siguiesen la estela? ¿Acaso empezaban jóvenes, como lo había hecho su madre? Sea como fuere no entendía ese afán de hacer que comenzasen a perseguir demonios siendo a penas adolescentes; porque quería creer que el pequeño que se arrebujaba dentro de sus brazos no estaba cazando a nadie... ¿verdad?... Pero aún así se le hacía un nudo en la garganta al pensar que el momento en que tuviese que hacerlo no debía de andar demasiado lejos.

La idea de que su hermano pequeño estuviese en las mismas condiciones le provocó verdaderas náuseas.

Intentó concentrarse para poder emplear su magia curativa sobre el niño y arreglarle el brazo una vez se hubieron separado, pero su negativa le sorprendió tremendamente. ¿No podía? ¿Cómo no iba a poder? Pero si él no tenía que hacer absolutamente nada; sólo quedarse muy quieto para que pudiese soldarle el hueso sin ningún problema. Apartó las manos de él, pensando que quizás no confiaba en ella lo suficiente aunque acabase de salvarle la vida. Por lo que ella podía llegar a saber no todos los nefilims eran tan favorables como otros a ser ayudados por su gente; quizás aquel niño había sido educado así y bastante había sido el dejarse salvar por una bruja. Frunció los labios, contrariada. ¿Debía de imponerle su presencia? No podía dejarle así aunque él no quisiese...

Lo único que frenó su avance fue la pregunta del niño. ¿Lo mataste? Emily se estremeció antes de negar con la cabeza, con la bilis subiéndole por la garganta. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había matado a alguien, y la idea aún le perseguía algunas noches; cuando el vampiro que había intentado matarles a ella y a Jack se le aparecía en sueños y se despertaba empapada en sudor se repetía a sí misma que había actuado correctamente, que era lo que tenía que hacer, pero ciertamente eso no le hacía sentirse menos culpable ni llorar menos. Las primeras noches habían sido las peores, desde luego; había llegado incluso a tener que vomitar para deshacerse del malestar que le despertaba ese recuerdo, porque por muy fríamente que hubiese actuado en ese momento y por poco que se arrepintiese... había acabado con la existencia de alguien. En el momento en que eso pudiese dejarle indiferente sabría que su vida habría avanzado a un punto de no retorno. Por eso no se había sentido capaz de matar a ese gilipollas; por eso y porque el niño era lo más importante, el encontrarle y protegerle.

Lo entiendo —dijo suavemente, pero no encontró palabras para explicarle por qué era más importante su persona y por qué le provocaba tantos escalofríos que un niño hablase de segar una vida con tanta ligereza—. Ahora déjame ayudarte —insistió una vez más sin éxito, porque el niño sólo se alejó más de ella. Eso le hizo sentirse frustrada. Estaba demasiado nerviosa para pensar con claridad y no quería asustarle más de la cuenta, lo que le bloqueaba. Sensación que aumentó cuando empezó a gimotear, asustado y confuso. Emily sintió ganas de echarse a llorar, sobre todo porque él no hacía más que rechazarla, y era evidente que el dolor del brazo a él tampoco le dejaba pensar con claridad.

Al final dejó de intentar acercarse porque no sabía muy bien cómo consolarle. Se sintió terriblemente desdichada en ese momento, porque, ¿cómo iba a cuidar de un hermano que no conocía de nada si no podía hacer que un niño pequeño se sintiese protegido a su lado? En realidad el pensamiento no tenía ningún sentido y lo sabía, pero la sensación de derrota fue tremendamente arrolladora, y Emily nunca se había tenido en tanta autoestima como para no dejarse golpear por ese tipo de situaciones.

Entonces llegaron el frío, el olor, y los susurros del niño, y a Emily le invadió una extraña sensación de miedo, angustia y rabia, todo mezclado en una sola, que le paralizaron durante cinco segundos. Cinco segundos en los que se dio el lujo de escuchar cómo el suelo era arañado, cómo su propia respiración parecía ralentizarse y cómo los gemidos de Bastian llenaban el ambiente del cuarto. Después, reaccionó. Se echó sobre el niño para volver a abrazarle sin importarle los quejidos que pudiese pronunciar, y antes de que ella misma pudiese pensarlo su magia le estaba curando el brazo roto sin preocuparse sobre lo que él pudiese patalear o quejarse al respecto. Al mismo tiempo, habló.

Calla un segundo —le dijo en voz baja al oído—. Veamos si pasa de largo...

El brazo dio un ligero chasquido cuando se colocó en su sitio, y Emily le cubrió la boca al niño con la mano que tenía libre para que no hiciese ruido alguno mientras rezaba que la puerta impidiese que se hubiese escuchado al otro lado. Los instantes se fueron sucediendo fatigosamente mientras los desagradables contoneos del demonio por los suelos del andén le ponían los pelos de punta; ¿por qué no podía tener un día normal y corriente, para variar? Respiraba lentamente aunque el corazón le bombeaba a mil por hora; ¿se estaba alejando? ¿No? Se mordió el labio inferior mientras cerraba los ojos y se concentraba en el exterior para poder ver qué estaba pasando. La forma del demonio le surgió desconocida mientras se desviaba hacia la derecha al final del pasillo, desapareciendo en esa dirección. Emily salió del trance lo más rápidamente que pudo, cogió al pequeño de la mano mientras le indicaba con un gesto de la cabeza que iban a salir, que mantuviese silencio; abrió la puerta, miró a un lado y al otro, y aferrada al niño, empezó a correr por donde habían venido.


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Emily Yates
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La
Matadragones

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→ SÁBADO → 17:50 HRS → GRAND CENTRAL TERMINAL, SUBWAY, NYC → CLIMA: FRÍO (15°C).)
La calidez en persona volvió hacia el pequeño Bastian interrumpiendo toda frase o pensamiento que comenzaran a generarse y que por obvias razones tenían inmovilizado al menor bajo un abrazo de tensa tranquilidad; el lloriqueo cesó más no el pánico que aceleraba sus sentidos. Necesitaba hablar, necesitaba salir de esa barrera cálida y protectora para encontrar un lugar con más probabilidades de salir vivos y no una trampa en bandeja de plata servida al ser que les cerraría todas las oportunidades sí les encontraba. Más sin embargo una sensación maternal -perdida tras la muerte de su madre- alentaron a la calma del propio Bastian que quiso unos segundos atrás apartar a la Bruja de sí y no lo hizo esa vez por una petición que ella misma casi exigió. Y se preguntó sí era él quien tenía más miedo de quedar atrapado o ella de no poder salvar a ninguno de los dos con el enorme favor desde apartarle del tipejo que había querido llevarle/raptar. Nada era lógico en las circunstancias que se encontraban, empezando por su encuentro, las escaleras, y finalmente el cuarto de escobas donde se escondían. El pequeño Nefilim se imaginaba que así debían de ser las escenas dibujadas en los comics por aquellos que tenían el poder de decidir sí el héroe derrotaba al villano o todo quedaría en el suspenso "continuará" para decidirse bien cómo los sacaría del mayor embrollo en su vida.

Mientras Bastian divagaba, un dolor interno lo regresó a la realidad luego de sentir ése crujido que le llegó al alma con más intensidad que la marca de una "runa prueba" a flor de piel, y en el segundo de la sanación emitió el quejido que por accidente sería más audible de no haber sido por la delicada mano de la bruja justo a tiempo para callarle. Descolocado, el menor movió uno por uno los dedos de su brazo -antes roto- y se sorprendió de lo inmediato que había dejado de punzarle la torcedura aunque la molestia siguiera ahí... por lo tanto el sonido acompasado de latir en el pecho de la bruja lo arrullaban como una canción de cuna de esas que su madre tarareaba para él cuando las tormentas no le permitían dormir. Y, como aquellas ocasiones, ya estaba por cerrar los ojos llevado por el cansancio cuando otra vez -sí, para su colmo- toda burbuja de protección volvió a irse desamparando al niño; dejándolo con una mirada desorientada fijándose sólo en el pálido rostro de la castaña y siguiendo sus indicaciones en cámara lenta. ¿De verdad quería salir?, se preguntaba Bastian al instante que se incorporaba tras ella. No existía una ciencia para decir sí el demonio olería el hedor de un Nefilim y una bruja a kilómetros pero ahí iba todo a la suerte.

"Respira por la nariz y exhala por la boca, respira..."
El mantra que más bien fue un regaño regalado por Apollo en los entrenamientos para "mantener el ritmo" servía en no quedarse un paso atrás mientras sus pies subían de dos en dos los peldaños de la escalera al toparse con ella. No escuchaba a sus espaldas el escamoso reptar del demonio, seguramente era un vigía en busca de alguna presa mundana por muy temprana que fuera la hora o quizás sólo aprovechó el pánico para escabullirse y escapar... Quién sabía bien. Lo que estaba claro  era la decisión de Bastian por quedarse tan cerca como pudiera de la bruja y aferrarse a su mano era todo lo que haría hasta que estuvieran en otro lugar seguro. —Aguarda... por aquí no...— Jadeó la frase, el cabello escurría su sudor de las sienes, había olvidado por completo que el otro peso en su cuerpo se trataba de la ligera mochila colgada de sus hombros a medio caer por el agitado recorrido en busca de huir —hay una salida que nos lleva a la 57St— tragando saliva para recuperar el aliento, jaló de la mano de ella pidiendo silenciosamente que confiara ahora en él pues al menos así evitarían el acordonamiento de la policía mundana (o bomberos) tras semejante "accidente" que muchos interpretarían como "ataque terrorista en The Grand Central". Eso sí que no. Y avanzó enlazando sus dedos a los de la castaña, dirigiéndose al otro extremo de la "plaza" para ir a la escalinata central dividida para la salida este y oeste; corriendo evitó pasar junto al grupo de policías que hacían su entrada justo como en la mente del pequeño había predicho y terminando de subir la escalinata un poco agachado pues era mejor no ser interrogados de cómo eran los últimos en salir... Llegó a las puertas giratorias en la esquina del pasillo para recibir una gélida brisa calando hasta sus huesos.

Acostumbrándose a la luz de los autos, el estridente sonido de las bocinas y todo el bullicio citadino; emitió un gran suspiro de alivio porque por primera vez respiraba fresco entre toda esa contaminación y el aroma distintivo de N.Y. Girando, miro desde abajo -debido a la estatura- a su salvadora para dirigirle una pequeña sonrisa apenada después de todo el alboroto ocurrido. Por supuesto que estaba agradecido, cómo demostrarlo era un problema ya que jamás había tenido que agradecer el que una bruja le salvara el trasero de la situación más interesante de toda su vida y... ni siquiera sabría si mentirle a su abuelo o no respecto a todo... pero lo que no lo detuvo en abrazar a la bruja fueron sus prejuicios. Ahí estaba, aferrándose a la ropa de su cadera, temblando inconscientemente mientras cerraba los ojos —Gracias, de verdad, gracias por salvarme, ¿Matadragones?— interrogó curioso por saber su verdadero nombre, avergonzado de no recordarlo sí ella en algún momento se lo habría dicho pero ansioso de la misma manera para comprender porqué se sentía tan tranquilo junto a ella. Aún así, no dudó en presentarse después de separar el abrazo con el que posiblemente la sorprendió —Y bueno, mi abuelo me llama Joseph pero... tú puedes llamarme...

"¡Alto ahí, policía de Nueva York, debemos hacerle unas preguntas!"
El hombre uniformado con la chaqueta azul y el estampado de N.Y.P.D en el frente se dirigió a ambos con una lámpara apuntando solamente hacia Emily; tal vez había pasado por alto la presencia de Bastian aún cerca de la bruja pero eso no quería decir que tuviera intensiones más amables de retenerla cuando se comunicaba por radio diciendo "sí, coincide con la descripción de los testigos"


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→ SÁBADO → 17:25 HRS → GRAND CENTRAL TERMINAL, SUBWAY, NYC → CLIMA: FRESCO (16°C).
«Corre. Corre. Corre.»

Era lo único en lo que Emily podía pensar. En eso y en mantener apretada la mano del niño contra la suya, deseando no escuchar el asqueroso reptar del demonio que les había pasado a sus espaldas. Ojalá no les hubiese olido. Ojalá no les hubiese detectado en absoluto. Sólo quería salir de allí cuanto antes, poner a salvo al pequeño y regresar a casa con Dina para fundirse en un gran abrazo con ella, olvidando todo lo que había pasado allí dentro, aunque no había entendido demasiado bien lo sucedido con aquel tipejo enorme que había terminado desapareciendo. Recordó su charla con Seth, los rumores que corrían por el submundo acerca de unos nefilims contra otros, y la terrible sensación de que fuese lo que fuese lo que estaba sucediendo, aquello podía terminar arrastrándoles más profundamente de lo que nunca habría llegado a imaginar.

Entonces el niño habló, indicándole que fuesen por otra dirección a la que ella estaba tomando, frenando el avance y suplicándole con la mirada que confiase en él. Emily parpadeó, dudando durante los segundos más largos de su historia, hasta que asintió con la cabeza y decidió seguir el camino que le indicaba el niño. La 57St. Bien, vería hacia donde le encaminaba todo aquello. El corazón le latió con fuerza dentro del pecho cuando empezaron a correr de nuevo, asegurándose previamente que definitivamente aquella asquerosa criatura no aparecía de nuevo para seguir sus estelas. ¡Y vaya si tuvo que agradecer haber decidido confiar en él! Pues justo cuando se estaban acercando a la escalinata consiguieron esquivar a un grupo de policías que descendía hacia el interior de la estación. Claro, con la que habían liado…

Ascendieron despacio, encorvados para no ser detectados, y pronto el fresco de la noche neoyorquina les recibió con una caricia más agresiva que suave, pero Emily la agradeció igual. El calor que había sentido allí abajo había superado cualquier otro que se hubiese topado en la vida; salvo quizás, cuando había quemado a aquel vampiro hasta las cenizas más profundas. ¡Nunca en la vida se había alegrado tantísimo de encontrarse en mitad de la ciudad, con sus luces, sus coches y su estruendo habitual! Incluso sonrió. Parecía increíble que hubiesen conseguido esquivar semejantes peliagudas situaciones sin salir más heridos de lo normal; lo único que le preocupaba era que el tipo pudiese aparecer de nuevo para intentar devolverle el haberle prendido su gabardina en llamas. Y…

Oh… —susurró, sorprendida, cuando el pequeño se aferró a su cuerpo para agradecerle el que le hubiese salvado. La joven sonrió con ternura, acariciándole el suave pelo castaño empapado de sudor. Qué fácil era para los niños ganarse su afecto...—. Emily. Mi nombre es Emily. Y no tienes nada que agradecer.

Un policía les interrumpió. Al principio Emily sólo vio la luz, y su primer gesto fue apretar al pequeño con más fuerza contra su cuerpo para evitar que le sucediese nada malo. Sin embargo pronto se percató de que sólo era un simple mundano que les estaba alumbrando el rostro con esa molesta luz que llevaban todos los policías. La bruja bufó con cierto fastidio. Así que testigos… Eso dificultaba las cosas. Si se escabullía era poco probable que pudiesen volver a localizarla… New York era un sitio muy grande, aunque bueno, nunca se sabía, porque ella era bastante conocida en el submundo y dudaba que no hubiese algún poli con contactos entre los subterráneos para saber quién era. Y no tenía ganas de pasarse las próximas semanas huyendo de fantasmas… aunque tampoco le apetecía nada la idea de tener que responder a las estúpidas preguntas de un puñado de mundanos que no eran capaces de hacer dos cosas a derechas...

Agente, no sé qué quiere pero estoy agotada y sólo quiero volver a casa. —No se le había pasado por alto el detalle de que, de momento, había ignorado al niño, aunque dudaba mucho ser capaz de esconderle para que no se le viese. Maldición...—. Así que haga el favor de ir al grano, que no sé usted, pero yo no tengo demasiado tiempo para perder alegremente. Y haga el favor de apartar esa luz de mi cara, que me voy a quedar ciega.

El tipo la miró con una expresión ceñuda en los ojos pero bajó la linterna, aproximándose lentamente, de forma calmada y desconfiada, abriendo el cinturón de su arma con una mano mientras apretaba la linterna en la otra. Emily mantuvo la mirada fija en él en todo momento, sin huir, intentando no parecer culpable, aunque desde luego no se sentía así. No sabía qué había podido ver la gente, pero dudaba que pudiesen incriminarla de algo cuando no había nada que la relacionase con que la papelera hubiese salido ardiendo. Como mucho de haberla visto hablando sola, cosa que las cámaras de seguridad podrían refutar… Mierda, ¿por qué no las habría apagado?

Haga el favor de venir conmigo, señorita.

Primero eran unas preguntas. ¿Ahora debo ir con usted?

Es por su propia seguridad.

¿Por mi propia seguridad está desenfundando un arma delante de un niño? —aquello pareció enfurecerle, pero Emily no pensaba callarse la boca.

No he desenfundado nada.

¿Y por eso le ha quitado el botón a su funda?

Señorita, resistirse a la autoridad es un delito. Haga el favor de venir conmigo.

Emily apretó los puños, impotente. ¿Qué podía hacer? Miles de opciones se barajaban en su cabeza, pero ninguna buena. Con el niño al lado y pruebas que podían atestiguar que había estado conversando sola en un maldito pasillo del metro… Aunque eso, ¿de qué la inculpaba? ¿De estar loca? De pronto sus ojos se desviaron hacia el crío, notando algo de frío en la espalda. ¿No irían a acusarla de secuestro, no? ¿¡Qué locura era esa!? ¿Pero cómo podía explicarles ella que lo que había hecho era, precisamente, evitar uno? Las posibilidades de que le creyesen eran tan nulas que le entraron ganas de reírse. Vaya suerte la suya...


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→ SÁBADO → 17:25 HRS → GRAND CENTRAL TERMINAL, SUBWAY, NYC → CLIMA: FRESCO (16°C).
Bastian era una estatua aferrado a las caderas de la bruja, el reflejo de la molesta luz en sus ojos desorientó su mente de lo que al principio fue un velo helado cubriendo sus pensamientos, y no es que le importara poco meterse en problemas con la jurisdicción mundana que en ése momento tenían bajo 0 alternativas de escape. Sin embargo, opciones o no, todo se olvidó por un detalle tan complejo que al poco tiempo quedó fuera de proporción pues aceleraba toda idea en la cabeza del menor pasando de la confusión a una inmensa sensación de nauseas. Apenas notaba el calor que transmitía la castaña frente a él como las frases que ambos adultos intercambiaban mientras el agente avanzaba hacia ellos prácticamente a la defensiva de toda acción o dicho que hiciera la bruja.
En un instante de descuido donde la atención no era un niño con cara de espanto, Bastian alzó la barbilla admirando desde ése ángulo el perfil de ella quien desde un principio le había dejado petrificiado por el familiar parecido con su madre, y de nuevo se encontraba con la similar sensación de una llama esperanzadora calentando su pecho con el mismo ruego que calló para evitar que su madre saliera de cacería.

"Un Cazador de Sombras jamás se despide".
Más sí hubiera sabido que sus padres ya no volverían de esa lluviosa noche cuando se dirigieron apresurados a la puerta... entonces habría chillado con fuerza obligando por que ambos se quedaran. Pataleando como cuando bebé y aferrándose al hombro de su madre. Pero en cambio sólo los vio partir mientras estaba acurrucado en las cobijas de la cama matrmonial, asustado por el estruendo de los relámpagos y estremeciéndose ante cualquier otro ruido que su abuelo hiciera.
Tal vez ya no fuera ése niño asustadizo por una tormenta y el dolor de perder a sus padres tan solo se convertiría en un amargo recuerdo pero sí cabía la mínima posibilidad de que aquella bruja Emily era en realidad su hermana... ¿no era Batman quien siempre había deseado una oportunidad así por una loca teoría de familia perdida?. Bastian Wayne. Le quedaba bien el nombre.

¡No teníamos la culpa de estar en la Gran Central!— Interrumpió con un exagerado tono de voz angustiado; claro, estaba muerto de los nervios pero le ganaba más la curiosidad por proteger la única primera pista de su hermana. Emily. Y tragando saliva, se apresuró en colocarse en frente d ela bruja —Es... es mi hermana— balbuceó con las rodillas temblorosas mientras sus brazos estaban estirados de par a par haciendo "protección" hacia ella —el abuelo está muy enfermo, ibamos a comprar boletos para ir a Milton y recoger la medicina que llegó de... de Madrid. Por favor, oficial, ahora tenemos que ir en taxi, ¿y sabe la millonada que nos cobrarán desde Manhattan?— Arrugó la nariz con una expresión de completa injusticia, además de indignado, bajó los brazos apretando los puños a los costados y se aclaró la garganta fingiendo una tos bastante creíble —¡Son 100 Dólares que podríamos haber usado para la comida del mes!

Bien, nunca había mentido a nadie que no fuera su abuelo pero sí en ocasiones lograba engañar al viejo con sus paradas en la tienda de Comics entonces no sería complicado con un oficial que seguramente tenía familia o al menos padres de los qué cuidar. Para la suerte de Bastian fue la mención de una suma de dinero que hizo dudar al uniformado y hasta tuvo compasión en ver a un niño tan decidido por defender a la que se suponía era su hermana.

"Hay un servicio a domicilio en las clínicias de Saint Sulpice que hay en Milton donde entregan medicina y oxígeno a casos como el de su abuelo. Pregunten por Ronnie. De esa manera no volverán a gastar en boletos de tren o Taxi"
El Oficial se guardó la linterna, colocó una vez más el broche al arma mientras se veía claramente incomodado después de su brusca manera para después disculparse con un "buenas noches" y comunicar por la radio que dos personas más pasarían por el perimetro acordonado con patrullas y cintas amarillas.

Y no aguardando un segundo más, Bastian tomó con una mano sudorosa a Emily y descendió los pocos peldaños hacia la calle, ignorando el paso que abrieron los policias para después ir en dirección a la avenida con el típico ritmo neoyorquino mientras entre tantos pasos volteaba para ver sí algún taxí iba disponible. Así siguió en toda una calle hasta doblar en la siguiente cuando ni por milagro de Raziel los policias ler verían más como sospechosos. Unos pasos más y detuvo su andar con un traspie pequeño. —Estamos a mano, ¿verdad?— Giró hacia ella apartándose de la frente el cabello que le estorbaba en los ojos y le soltaba la mano —Yo... yo no sé cómo es el asunto de los "favores" a la Clave o... o qué pueden exigir los subterráneos a un Nefilim. Tengo una barra de chocolate y 5 Dólares, sí eso es suficiente te los puedo dar por... ya sabes... mi brazo— Mirándose al mismo cuando habló, se lamió los labios mirando de un costado a otro con repentino desconocimiento de dónde se encontraba y un pequeño pánico lo inundó aunque mostrara por fuera que sólo quería ver a las personas que les rodeaban en busca de cualquier otro villano que quisiera secuestrarlo —Pero tal vez sí me acompañas a una estación de metro te podría comprar lo que toman los adultos que es café y tiene olor a madera quemada. ¿Un... un espresso?.

Metiendo las manos a las bolsas de sus pantalones, levantó la vista hacia ella, no supo qué cara tenía él después de que toda la adrenalina comenzara a desvanecerse pero comenzaba a tener hambre y un pequeño rugido lo delató con vergüenza que incluso lo hizo sonrojar —¡Lo siento!— Se abrazó el estómago provocándose otro rugido, dando un paso en retroceso, cerró los labios mirando todo lo que no fuera ella hasta que clavó la vista en sus tenis —No... no soy una carga. Puedo cuidar de mi. El abuelo siempre lo dice "Bastian no confíes en extraños y, por el Ángel, come siempre antes de salir". Pero se me olvidó, lo juro.


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