07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


27/02 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que la limpieza de este mes de febrero se realizará entre los días 02 y 03 de marzo, para que tengáis tiempo de poneros al día. Así mismo, estimaremos que las noticias del mes saldrán esta misma semana, aunque sabemos que ya vamos con imperdonable retraso. ¡Perdón por las molestias y gracias por vuestra atención!


38 # 40
23
NEFILIMS
5
CONSEJO
11
HUMANOS
9
LICÁNTRO.
9
VAMPIROS
12
BRUJOS
5
HADAS
3
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Una mañana sinfónica || Winter J. White

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Una mañana sinfonica
→ Domingo → 10:15 AM → Residencia White  


La chica caminaba apresuradamente, o mejor dicho, corría tan rápido como sus pequeñas extremidades se lo permitían hacia el domicilio que había escrito descuidadamente en uno de los post it que siempre llevaba consigo, el mismo azaroso trozo de papel anaranjado y diminuto que se había dado a la tarea de esconderse en las profundidades de su bolso en el momento mas inoportuno. Para cuando el Hada lo hubo encontrado ya era un cuarto de hora mas tarde de lo que ella y la agente White habían acordado. De todas maneras  el hada no era lo que se dice una persona puntual y aun tenia suficiente tiempo como para llegar galanamente tarde.

Se confortó a si misma mientras se acomodaba la gabardina color cereza que le rozaba las rodillas e iba por encima de un acolchado suéter crema y una bufanda verde chillón. Su atuendo no tenia nada que ver con los colores de temporada  y podrían fácilmente hacer que cualquier gurú de la moda pusiera el grito en el cielo, pero por razones que ella misma desconocía, era incapaz de utilizar colores terrosos o neutros ¡ya le costaba bastante desistir de los estampados, por Dios!. Se acomodo el estuche que llevaba sobre la espalda, podía ser un viejo violonchelo pero lo trataba como el niño de sus ojos.

Le tomo un aproximado de cinco minutos dar con la residencia una vez que se había adentrado en la zona residencial. La que en otrora fue residencia de la difunta Marjorie White se alzaba con gracia y  elegancia pero no de una forma ridículamente estrafalaria, característica que siempre poseían las edificaciones con cierta antigüedad. Sugar prefería el encanto de antaño que el estilo minimalista de la arquitectura moderna, esbozó una pequeña sonrisa mientras apreciaba la entrada principal y removía el brazo. Llevaba demasiado rato con el brazo flexionado para poder sujetar su bolso en la parte interna del codo y ahora comenzaba a ser molesto dado el peso del mismo, se acercó rápidamente a la puerta principal y toco varias veces el timbre. El frio era insistente aquella mañana, por lo que el hada lucia mas inquieta de lo habitual. No le gustaba ni un poco el frio.

Esperó hasta que la agente abriese la puerta para esbozar una afable sonrisa de oreja a oreja –¡Buenos días encanto!– Exclamo efusivamente, mientras extraía una botella con una etiqueta dorada del bolso. Sus cejas se arquearon juguetonamente mientras hacia que el champan se balanceara ligeramente de un lado a otro. Para ser sinceros, al hada no le complacían mucho los cocteles que carecían del exponente mágico, pero para variar, no le sentaba mal la idea de hacer una pequeña excepción; Después de todo no tenia ninguna intención de terminar hechizado a la encantadora rubia, quien seguramente iba a cuestionarle el hecho de que no era lo suficientemente mayor para comprar alcohol (pero eso era mucho mas preferible que intentar explicarle porque veía luces de neón por todos lados luego de darle un sorbo a cualquier brebaje mágico) el hada lógicamente tenia sus mañas, unas cuantas palabras bien elegidas y una mirada coqueta al tendero correcto y ¡voila! –¿Se te antoja una mimosa? ¡Espero que si, porque no pienso tomarme todo esto yo sola!–




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Una mañana sinfónica.
→ Domingo → 10:15 AM → Residencia White  


Era el día libre de Winter, y había aprovechado para quedar con la joven que había conocido en la tienda de música. Se tuvo que levantar muy temprano para su sesión de yoga en el jardín, que gracias a dios ya tenía el césped cortado y los rosales podados, libres de malas hierbas que hiciera perder su belleza innata y enloquecer a la rubia, que pecaba de perfeccionista. Después de darse una ducha rápida y de desayunar como si fuera el fin del mundo, decidió que practicaría un poco antes de que Sugar llegara. En la casa aún permanecía el perfume a mueble nuevo y a paredes recién pintadas, y aunque era apenas un leve olor, era suficiente para llevar a la inspectora de cabeza.

Al tener todas las ventanas abiertas, entraba la suave brisa, ventilando la casa y perfumándola con el olor de las flores, eso complacía gratamente a las inquilinas de la residencia. Kaylee maullaba como una loca, en su ardua tarea de conseguir un poco de mousse de salmón especial para gatos que su dueña guardaba en el alacena, y ella la miraba sonriente. ¿Qué? Le hacía gracia escuchar a su peludita gata maullar. Desde que Winter había liberado al demonio, la minina había vuelto a la normalidad y perseguía a la joven con miedo a que viniera otro ser del inframundo dispuesto a quitársela. Después de rellenar el recipiente de comida de Kay, fue hasta la sala de música donde estaban las guitarras y el piano, se sentó en el banquillo que había delante de éste y ausente, empezó a pensar en todos los acontecimientos que habían sacudido su mundo últimamente. Cuando despertó de su ensoñación, se percató de que sus manos acariciaban las teclas rítmicamente, tocando los acordes de una vieja canción que escuchaba cuando era tan solo una niña. La letra salió fluidamente de sus labios, dándole el toque final al sonido huérfano que llenaba el aire.

-And if it's going to be my destiny,
I don't want to wait till it comes to me.
I will work so hard, my hands will hurt.
I will pay for my sins, if so in hell.

Serenade, serenade me...
They say I'm dry but I'm just sick.
Serenade me!
They say I'm cold but I'm just sick.
-

Ahora conocía el mundo de las sombras, sabía que había seres que ella no era capaz de ver. Peligros que acechaban, invisibles a sus ojos. ¿Qué debía hacer? La respuesta era obvia. No meterse en los asuntos turbios que envolvían las misteriosas muertes que azotaban Nueva York. No obstante, no podía evitarlo. No podía mantenerse fuera. NO QUERÍA. No cuando sangre inocente se estaba derramando.

-And I relate to my best friend, she would advice me.
She broke our code and she put on her jacket.
Now it scares me because she's really gone.
-

El sonido del timbre interrumpió su balada y recordó su cita con Sugar. ¡Oh dios! Se había olvidado de ella con la tontería de ponerse a cantar. Caminó hasta la puerta con una sonrisa sincera. - ¡Buenos días preciosa!- La saludó con entusiasmo. En cuanto vio como la joven de pelo violeta sacaba el champagne se quedó sorprendida, sin embargo, en vez de echarle la bronca por beber siendo menor de edad, sonrió pícara, encogiéndose de hombros y alzando las manos en un gesto interrogante. - ¿Por qué no? Una mimosa nunca viene mal.- Se apartó riéndose, dejando entrar a su amiga en la casa.- Tengo zumo de naranja en la cocina. ¡Vamos!- La tomó suavemente de la mano, llevándola a la cocina. Ahora que lo pensaba con detenimiento... No había informado a la pequeña Sugar de su ascenso. - Ya no soy agente de policía.- Explicó en tono neutro, abriendo la puerta de la nevera y alcanzando el zumo. Cuando consiguió la botella de cristal que contenía el líquido naranja, cerró el refrigerador con una sonrisa de oreja a oreja.- ¡Me han ascendido a inspectora de la policía de Nueva York!- Exclamó feliz.





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Algo andaba mal, muy mal.

Lo supo al instante en que sus pies atravesaron el umbral de la residencia White y la mano de Winter se cerró sobre la suya, cálida en comparación a la de el hada, que había sido victima de las inclemencias del tiempo. Pestañeó repetidas veces y se dejó arrastrar por la rubia a través de la casa escuchando vagamente sus efusivas palabras mientras se dirigían a la cocina. Los haces de luz que se filtraban por las ventanas iluminaban cada rincón de la casa y una brisa matutina arrastraba consigo el tenue olor de las flores, Sugar se hubiese detenido a apreciar aquella nimiedad si no fuese por el estado de shock en el que se encontraba. en el breve transcurso hacia la otra habitación, la rubia le daba ligeramente la espalda a Sugar Beth, que caminaba unos pasos por detrás y la observaba como si le hubiese surgido un tercer ojo en la nuca.

Frunció el ceño, de modo que las cejas violáceas estaban a milímetros de encontrarse, la sonrisa que le perlaba el rostro minutos antes se dio a la fuga rápidamente. Aquello no tenia sentido, no podía ser.

Estaba mas que segura que Winter no era capaz de ver mas allá de las sombras, era una humana común bajo la capa de la ignorancia que le cubrían los ojos. Pero entonces ¿cómo justificaba el hada aquel mal presentimiento que había surgido tras entrar a la casa? No había forma alguna, era como el olor residual de alguien que se había fumado un tabaco hacia horas, a penas perceptible pero inconfundible.  Cuando Winter se detuvo frente al refrigerador y abrió la puerta, Sugar Beth negó ligeramente con la cabeza y volvió a componer su sonrisa. Cuando volvió a centrarse en la rubia, tachando de incoherente sus sospechas, atisbó a escuchar sus ultimas palabras que le arrebataron una sonrisa genuina –¡Eh! ¡Felicidades inspectora!– exclamo golpeándole ligeramente el hombro repetidamente –¡Esto si que es motivo de un brindis!– se abrió paso a través de la estancia, abandonando su bolso sobre la isleta de la cocina. Apoyó el codo sobre la barra y recargó el rostro sobre su palma abierta, dejando que Winter se ocupase de las bebidas. A pesar de todo, la extraña sensación continuaba allí, como una molesta polilla pululando cerca de su oído –¿Ya te han asignado tu primer caso como inspectora o algo así? No se como funcionan esas cosas, pero imagino que es tan interesante como suena–




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La cara de desagrado de la joven fue muy expresiva, tanto que Winter por un momento quiso echarse a reír de lo cómica que era. Luego se quedó confundida. ¿Tanto se notaba el olor de la pintura? Ella tenía muy buen olfato y no la sentía tan patente. Pero algo, algo en su cara le dijo que no era lo que estaba pensando, había algo que marchaba mal, realmente mal. Observó como sacudía levemente la cabeza en un intento de olvidarse de aquello que la había asustado. La rubia decidió que lo mejor sería no ser tan abrupta y preguntarle directamente que andaba mal, sino dejar que ella intentase averiguar. Así podría hacerse una idea a lo que se enfrentaba.

Mientras su invitada se apoyaba en la encimera de mármol, pasiva a la espera del rico cóctel, ella se dedicó a la elaboración. Posiblemente saliera fatal ya que era la primera vez que lo preparaba, pero era mezclar zumo de naranja con champagne, ¿qué podría salir mal? Sus ojos azules se clavaron en los violetas de Sugar.- Sí, tengo mi primer caso. Y me lleva de cabeza.- Si ella supiera que en su nuevo trabajo colaboraba con una vampiresa para poder encontrar a un demonio que estaba haciendo de las suyas, se quedaría patidifusa. O eso es lo que pensaba la inspectora White. Porque obviamente, no sabía que su amiga, la tierna muchacha de pelo liláceo, sonrosadas mejillas y rostro adorable, había un hada. - Juro que como le ponga la mano encima a ese malhechor, se va a arrepentir de haber nacido.- Maldijo sirviendo dos copas con el líquido naranja y alargándole una a la menor. -Pero ahora brindemos por que seamos felices para siempre. Exclamó intentando cambiar de tema.

Hablar de muertos y asesinos no era una buena idea, y mucho menos si lo que estaba intentando era celebrar su ascenso con su amiga.- ¿Y tú que tal? ¿Cómo vas en la tienda de música?- Preguntó sentándose de un salto el el frío mármol para acto seguido dar un sorbo a su vaso. - Tu jefe podría darte un aumento, que te lo has ganado con todo lo que trabajas y aguantas. Seguro que hay clientes pesados.- Hizo una mueca de disgusto con los labios.- Con lo cara que es la vida en Nueva York.- Lo último sonó más a una reflexión involuntaria que a una afirmación hacia Sugar.




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–¡Eh! Muy bien señorita inspectora!– Respondió con efusividad mientras la veía ir y venir por la habitación, considero mas prudente dejarle a ella la tarea de elaborar las mimosas ya que sabría ubicar mas rápidamente todo lo que necesitase. Después de todo era su cocina y por mucho que le gustase un buen coctel al hada, se sabia lo suficientemente atolondrada como para terminar rompiendo algún cacharro de su amiga –¡Esa es la actitud!– comento en media carcajada mientras estiraba su diestra para tomar la copa que Winter le había entregado. Rodeó rápidamente la isleta de la pulcra cocina, limitándose a responder las dos primeras preguntas de la rubia con un ligero encogimiento de hombros y una sonrisa pálida que no pronosticaba nada bueno. Todo parecía resplandecer y poseer una delicadeza admirable en aquella habitación. el hada, curiosa al fin, no había pasado aquel hecho por alto en el fugaz vistazo que alcanzó a echarle a la casa en el tramo hasta la cocina. Winter poseía las cualidades de una persona que no escatimaba en detalles y aquella cocina sin duda alguna había recibido el toque de la inspectora.

El Hada se deslizó en la encimera, sentándose de un salto sobre la misma con una naturalidad increíble terminando por quedar sentada frente a Winter. Un gesto que podría resultar descortés viniendo de alguien que visitaba por primera vez la casa de una amiga, pero tratándose de Winter Sugar anulaba cualquier vestigio de pudor (si es que acaso lo tenia realmente) Al instante sus pies comenzaron a balancearse de forma rítmica, con los aires de una niña traviesa que no podía estarse tranquila por demasiado tiempo. Ladeo la cabeza levemente y sus ojos rodaron con desdén, no por las palabras de Winter, si no mas bien por la mención de su empleo –¡JA! ¿Estas bromeando?– Repuso instantáneamente, con una mueca entre el disgusto y la diversión –Mi jefe es un estirado y no me soporta, si llegara a mencionarle algo similar a un aumento  seguramente esa terrible vena que tiene en la frente explotaría y me diría que mejor me fuese a buscar otra cosa que hacer. Me detesta y yo lo detesto, nada puede hacerse al respecto… Los clientes vendrían siendo la mejor parte en comparación con ese hombre, créeme– esa vez dejó escapar un airoso suspiro. Le encantaba su trabajo, podría ser algo bastante básico trabajar como dependienta en una tienda de música pero tenia beneficios que cualquier amante empedernido de la misma apreciaría gustoso, como descubrir géneros alternativos bastante buenos o jugar con la vieja rockola que el dependiente se negaba a sacar del almacén.

Aun así no se trataba de su trabajo ideal; a penas si era algo mas que el sueldo mínimo por un horario poco conveniente que no le dejaba hacer demás cosas. Aunque con cierta frecuencia solía hacer uno que otro trabajo de medio tiempo, como pasear canes que eran lo mas cercano a una mascota que podía permitirse –Básicamente porque terminaría por olvidarse de su delicada existencia y le mataría de inanición– y aquellos muy remotos casos en que realizaba uno que otro encargo a algún subterráneo. Aunque abría que admitir que eso ultimo lo hacia mas por diversión y en casos muy específicos; al hada no le gustaban los líos de aquella índole y se mostraba extremadamente reacia a implicarse en asuntos que la pusieran bajo la lupa de la clave o sus propias hermanas. Ya tenia suficiente con el hecho de haberse largado de la forma mas dramática posible de la tutela de sus padres, quienes seguramente estaban esperando la primera oportunidad para regocijarse en el “terrible error que había cometido”. ¡No gracias,  no. Mantenerse al margen era su nuevo lema¡ –Algo, si… pero tengo una cierta habilidad para subsistir con lo mínimo. ¡Te sorprenderías lo buena que soy para encontrar cosas en descuento!– y extorsionar a vendedores fácilmente persuasibles –La independencia es una pasada, pero debo admitir que no es tan sencillo como lo imagine…–



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Sugar se sentó de un salto en la encimera, justo al lado de Winter. De una forma casi envidiable, ya que ni una gota de cóctel se volcó en el impecable suelo de la clara cocina. Winter le dedicó una sonrisa dulce, esaa que guardaba para sus seres queridos. Era extraña la forma en la que el hada se había hecho un huequecito en su corazón casi de forma inmediata. Seguramente se debería a la seguridad que sentía cuando estaba con ella, esa que le decía que podía ser ella misma porque no iba a ser juzgada.

La chica de pelo liláceo desbordaba una extraña sensación de bondad con ese pequeño toque de picardía de posee una niña que se ha comido más galletas de las que su madre le ha dejado comerse. Aparte de que la humana sentía que ambas habían pasado algo parecido: ella con su padre y su intrépida amiga, con su madre. Así que no dudaba ni por un momento que ambas pudieran forjar una bonita amistad. De esas que no se rompen por chismes estúpidos y que son infalibles. Y aunque ella tuviera ese presentimiento, lo mejor sería dejar que el tiempo dijera lo que iba a pasar.

Sin embrago, su instinto raramente fallaba, de hecho, no le había fallado nunca. La expresión alegre desapareció al escuchar las últimas palabras de Sugar. ¿Había dicho subsistir con lo mínimo? Ella nunca se había encontrado en la situación de no tener apenas dinero. Gracias a dios tenía un buen sueldo (y más ahora que la habían ascendido), aparte de la exagerada cantidad que había ahorrado cuando era la primogénita Rosewood.

-Ya te dije que podías venirte aquí conmigo.- Comentó frunciendo el ceño, contrariada. Sabía que era muy rápido para ofrecerle compartir casa con ella, pero no soportaba la idea de su amiga viviendo bajo mínimos. Y eso que no sabía la mitad de la vida de su pecosa amiga. - No tienes que sentirte mal, ya te he dicho que con cien dólares me pagas el alquiler. ¿Ves? No vivirás de la caridad. Además, tengo jardín.- Sus labios volvieron a curvarse mientras señalaba con la mano que aguantaba la copa hacia la ventana que tenían justo delante. A través del vidrio se podía ver el gran jardín con rosales y flores,  lo que parecía un invernadero de cristal de tamaño reducido, una pequeña fuente de mármol blanco y unos arcos de madera de los cuales las rosas se habían apoderado.

- Mi abuela me contaba cuando era pequeña que en este jardín había hadas. Yo salía a buscarlas pero nunca las encontraba, así que me enfadaba porque decía que ellas no me querían ver. Mi abuela se reía porque le divertía mi cara, no obstante, un día al venir de visita me encontré esa preciosidad.- Esta vez, señaló la fuente, donde un hada nívea rodeada de flores talladas en el duro material vaciaba eternamente un cántaro. Y decía eternamente porque al ser una fuente el agua que caía se depuraba y volvía a salir precipitadamente de las manos de la bella mujer, en un ciclo sin fin.- Le puse de nombre Alegoría.- Concluyó.





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Sugar Beth no era especialmente orgullosa… bueno ¿De que vale hacernos ideas tan ajenas a la realidad? Lo era y mucho. Tenia la soberbia muda de una raza tan antigua como la misma tierra bajo sus pies y otras tantas manías que intentaba negar de una forma obstinada y absurda. La oferta de la inspectora resultaba verdaderamente tentadora y le hacia ilusión; era por mucho una de las personas que mas le agradaban desde su llegada a New york y vivir sola no era precisamente la cosa mas divertida del mundo, no cuando se es un hada parlanchina con una necesidad magnánima de exponer todo lo que se piensa al mundo sin meditarlo demasiado.

Y sin embargo, habían un montón de peros que le dificultaban darle el tan rotundo si que llevaba en la punta de la lengua, como el hecho de que ella era una criatura mágica y el mundo de las sombras la seguiría allí donde fuese sin importar cuanto se esforzase en evitarlo. ¡Vamos, que tampoco es como si hubiesen circulando por allí carteles de “se busca viva o muerta” con su fotografía impresa! pero abrían un montón de cosas que ella no sabría como explicar a la agente –cuya intuición era realmente buena- sin tener que recurrir a la verdad. Frunció los labios, ahora ligeramente ladeados, cruzó las piernas hasta acomodarse en la posición del loto, apoyando el codo de su diestra sobre una de sus rodillas y recargando el mentón sobre la palma abierta.

Y aun así, le gustaba la idea. Su lado juicioso y el aventurero estaban debatiéndose en una contienda bastante igualada –Ya se, ya se…– murmuro desganadamente, la mano que sostenía la copa jugueteaba con ella, balanceándola de un lado a otro. Las orbes violáceas siguieron la mano de Winter, allí donde se exponía un bellísimo jardín, la promesa etérea de la vida y la belleza. El breve relato le hizo sonreír,  imaginando a una pequeña e inocente Winter adentrándose en todo reconvengo del jardín en búsqueda de alguna criaturilla halada con forma humanoide como las de los cuentos, sin imaginar que lo mas probable es que se hubiese cruzado con alguna de ellas mientras caminaba por las calles de la gran manzana, jugaba en el parque o compartía el almuerzo en la escuela –Es muy bella– comento ensimismada, observando la delicadeza de Alegoría.

Y de la nada sintió ganas de contárselo todo, de decirle porque se había ido de casa y quien era realmente, de revelarle la verdadera forma que se escondía detrás de su glamour,  de ver la sorpresa de su rostro al desplegar sus alas y revelar la falsedad de sus irises. Duro muy poco,  el impulso tardo lo mismo que un parpadeo. Le dio un sorbo sin demasiadas ganas a su mimosa.

No iba a hacer eso y no porque aquello iba en contra de los acuerdos –que le valían un comino para ese entonces, a decir verdad- y todo lo que se le hubiese enseñado desde que era una niña sobre la discreción con los mundanos. Era por el simple hecho de que, por muy tonto que aquello fuese, Winter le veía exactamente como ella hubiese deseado ser; una persona mas, alguien mas, alguien que no tenia en sus venas la sangre faerie que amaba y detestaba en mismas proporciones y que podia ver a través de las sombras. No, no tenia porque hacerlo

Al final la contienda dio por finalizada, su juicio se hizo aun lado y coronó como vencedor a la impertinencia. “Al diablo…” pensó ella, ya encontraría la forma de que todo funcionase. Su mirada se apartó del amplio ventanal y le dedicó una sonrisa de oreja a oreja a su amiga –Voy a aceptar bajo una única condición; viernes de comida tailandesa, yo invito. ¡Y no acepto un no por respuesta! Lo tomas o lo dejas, Inspectora White–



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Los ojos de Winter seguían fijos en la ondulada y larga melena de Alegoría, que tallada en el mármol, parecía tener vida y mecerse con la brisa. O era quizás su rostro agraciado e inerte, lo que la embelesaba con la belleza típica de una ninfa de los bosques. Esa escultura estaba muy lograda. El vestido se ajustaba en sus sinuosas curvas para luego elevarse vaporoso, como si la dama descendiese del cielo y Céfiro caprichoso, soplase para descorrer esa fina tela de sus piernas y exponer su nívea piel. Incluso sus manos, esculpidas con todo lujo de detalles resultaban arrebatadoras... era toda una obra de arte.

En realidad, nunca se había parado a catalogar esa extraña admiración que sentía por ese hada en concreto. Le parecía demasiado perfecta para haber sido esculpida por un mísero mortal, su belleza resultaba tan etérea como la de las cascadas de agua. Todavía (después de tantísimos años) aún no estaba segura de si algún día por casualidad hallaba a la modelo que sirvió de inspiración, tuviera el valor si quiera de articular palabra. Sería como si se chocara con la encarnación de su hada, aquella que tantas veces había estado admirando.

Sacudió la cabeza levemente, pensar en eso a veces la descolocaba. Miró a Sugar con una sonrisa dulce. ¿Había aceptado vivir con ella o era tan solo una mala jugada de su imaginación? Sí, le había dicho que se iba a mudar con ella, y que además, había comida tailandesa todos los viernes. Su sonrisa se amplió aún más. - ¡Claro que sí que acepto! ¡Vale, comida tailandesa todos los viernes!- Gritó con entusiasmo.- ¡Y hago cookies y cupcakes! Ya verás Sugar nos lo vamos a pasar en grande.- Añadió acerándose a la chica de pelo morado y rodeándola con los brazos afectuosamente.

Normalmente, aunque Winter era una joven de carácter dulce y positivo, solía salvaguardar las distancias ya que no le gustaba que invadieran su espacio personal. No obstante, con Sugar lo mandaba todo al garete y se volvía Miss. Achucho-al-hada-que-no-sé-que-lo-es. Porque sentía que realmente iban a ser las mejores amigas, era un presentimiento extraño. Llamadlo intuición. Además, le había ofrecido vivir con ella... ¿Qué era un abrazo comparado con eso?

A partir de ese momento se verían todos los días, compartirían horas muertas y cenarían juntas. Inevitablemente, o se volverían inseparables o acabarían odiándose, porque eso es lo que hacía la convivencia. Si tenían suerte y eran compatibles, pasaría el primer caso... empezarían a confiar la una en la otra, hasta tener un lazo de unión tan fuerte que sería inquebrantable, porque las verdaderas amistades lo son. Entonces, podrían decir que nunca más estarían solas, aunque estuvieran a millas la una de la otra. Porque los mejores amigos no perecen, siempre queda el sentimiento de que hay alguien que te acepta tal y como eres, y que pase lo que pase, te apoyará.




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No era algo a lo que realmente estuviese acostumbrada, en un seno familiar que seguía a rajatabla los comportamientos mas tediosamente formales incluso en la privacidad de su supuesto hogar, no estaba preparada para  situaciones como aquella por lo que cuando la rubia le sonrió abiertamente y se lanzó hacia sus brazos con extrema efusividad, el hada se tensó al instante y le tomó mas de unos segundos devolverle el abrazo.

Tenia el presentimiento de que para Winter no era muy diferente. Era evidente que el hada y la humana eran la antítesis la una de la otra, como dos gotas de agua en vasijas completamente distintas y aun asi, incluso aunque no lo supiesen, había un centenar de cosas que tenían los mismos matices en sus vidas. Eran criaturas de mundos completamente diferentes, uno en donde la oscuridad podia envolverte y arrastrarte a destinos inimaginables y la magia era lo uníco imperecedero y el otro, sumido en el letargo de la ignorancia y el escepticismo sin saber que mas allá había un mundo magíco bajo sus pies cuya antigüedad era inimaginable.

Pero ellas eran jóvenes, demasiado jóvenes y las casualidades de la vida les habían hecho encontrarse en medio de una ciudad que nunca dormía. Sugar Beth se alejó riendo entre dientes, mientras agitaba la cabeza de un lado a otro provocando que la melena antinatural se deslizara por sus hombros. Debía admitir que todo aquello le ponía nerviosa, no estaba muy seguro de que funcionaria pero al mismo tiempo sentía una gran curiosidad por ver los días pasar en la serenidad que añoraba junto a la inspectora White y aquello era suficiente como para empujarle a tal descabellada decisión –¡Muy bien, pues entonces esta hecho!– exclamo con efusividad, luego se dispuso a tomar la olvidada copa de mimosa sobre la isleta. Habia dejado un fino rastro de humedad sobre la superficie de mármol y Sugar decidió terminarsela de un trago –y ahora que somos roomies, mi querida inspectora, deberíamos celebrarlo como es debido–

Descruzó las piernas con cuidado mientras había aun lado la copa vacía, con un pequeño salto sus pies alcanzaron el suelo apoyandose sobre la barra. Se volvió a Winter y le regaló una sonrisa de oreja a oreja –¡Hey! ¿Que tal si vamos al salon y me muestras tu piano? ¡Tengo muchas ganas de ver esa belleza!– su voz sonó dos octavas por encima de lo normal mientras daba pequeñas palmadas. Tal parecía que se había hecho a la idea de forma instantanea, con la misma efusividad de un pequeñín a punto de abrir sus presentes de navidad. Aunque claro, ella era un hada y por mucho que le gustasen las fiestas y todo el asunto el invierno seguía y ella seguían teniendo una relación muy distante...


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Winter se había criado en el seno de una familia rica, muy rica. Pero aún así, apenas había visto a sus padres. Normalmente estaban trabajando, ella se quedaba con su hermana pequeña y con el servicio. Sin embargo, su madre no había tenido reparo alguno en abrazarla constantemente cuando rondaba por casa. Le regalaba besos en la mejilla, le enseñó a hacer galletas con pepitas de chocolate, incluso la peinaba como una amazona y luego la animaba cuando la veía cabalgar con Paris.

Sacrlet había sido una madre ocupada, pero una cariñosa. Siempre tenía buenas palabras dispuestas a abandonar sus labios carmín, o caricias en sus manos. No se refrenaba a la hora de expresar su amor por sus pequeñas, y fue ese mismo hecho el que había enseñado a Winter una importante lección: Cuando quieras a alguien, es necesario hacérselo saber. Porque a nadie le disgustaba que de vez en cuando le dijeran un ¡te quiero, amiga! o un ¡te amo! O quizás un... ¡Cuenta conmigo!

Por eso la inspectora procuraba estar disponible si a algún amigo le hacía falta. Siempre tenía un abrazo cálido y una sonrisa reconfortante, para decirles que no todo estaba mal, que podían contar con ella. Ese era el verdadero sentido de la amistad para la rubia. El verdadero sentido del amor en cualquier aspecto. Porque ella nunca se había enamorado, pero quería a su madre... y ahora, a Sugar. Eso significaba que tenía el sagrado deber (sí, sagrado deber) de abrazarla cual peluche y estar siempre a su lado, evitando cualquier derrumbe o cualquier golpe que le pudieran propinar al hada. Y no en el sentido estrictamente físico. Más bien en el sentido anímico.

Alzó la copa sonriendo ampliamente. -¡Sí! ¡Ahora somos roomies y mi deber es mostrarte el sagrado piano para tocar alguna canción bonita!- Comentó jocosamente.- Pero el piano está en la sala de música, no en el salón.- Objetó en voz baja, como si fuera un secreto. La guió hasta la susodicha habitación, cruzando por el camino el comedor y el salón. Allí, en medio de la sala de música dormía plácidamente el Steinway D-274, impoluto.

También habían dos guitarras acústicas, junto a la Carvin DC125C en rojo ferrari que había comprado aquel día que se conocieron. -¡Tacháaan!- Hizo un gesto representativo con la mano.- Ayer rebuscando entre mis cosas de la antigua casa, encontré esta canción que compuse hace varios años. Se llama Love Story. He pensado que podrías probar a cantarla mientras yo la toco en el piano. ¿O quieres tocarla tú? -Se sentó en el piano, situando la partitura con la letra delante de ella, en el libreto. Y empezó a presionar las letras suavemente, creando tras de sus fluidos movimientos, una armónica melodía.


"We were both young when I first saw you.
I close my eyes and the flashback starts,
I'm standing there on a balcony in summer air.
See the lights, see the party, the ball gowns.
See you make your way through the crowd
And say hello..."

La voz de Winter salió suave y aterciopelada, como si esa canción hubiese sido compuesta para ella. La letra y la melodía se fundían en uno solo, rompiendo el silencio y llenando el espacio con emoción contenida. Sin embargo, ella quería que Sugar también la cantara, porque seguramente, eso daría el toque especial. Su copa había quedado abandonada en una mesilla cual su única función era decorar, donde permanecería hasta el final de la canción.





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El hada contuvo una exclamación ahogada cuando Winter le guió diligentemente a la recamara donde se encontraba el instrumento. El barniz resaltaba el inmaculado negro, reluciente, fastuoso y en perfecto estado. Los ojos de Sugar Beth rodaron como canicas por toda la habitación, reparando en cuanto detalle podía. Sus labios de par en par reflejaban el asombro de la muchacha. Era como si las puertas del Edén se hubiesen abierto ante sus ojos y ahora se encontrase demasiado anonadada para atravesarlas.

Si el estupor no hubiese evaporado su capacidad para ser hilarante en toda situación, lo mas probable es que le hubiese pedido a la inspectora White –AKA su nueva roomie- que le pellizcase eternamente hasta que lograse despertar de la anomalía de ese sueño, sin embargo, se mantuvo en un silencio casi religioso mientras avanzaba por la estancia hasta el piano de cola y deslizaba su mano a través de la fina madera que protegía la caja de resonancia, sus dedos se escurrieron inevitablemente a las teclas y un sentimiento de nostalgia calcinó sus pensamientos haciéndole recordar cuando aun desconocía la codicia de su etnia y la maldad de los demonios; una pequeña niña de mejillas regordetas y la mirada color lavanda cargada de sueños absurdos y metas demasiado grandes para ser enjauladas por sus pequeñas manos, sentada sobre el regazo de alguna alma prima, tocando sobre un viejo teclado las notas de una melodía tan antigua que ya no era capaz de recordar.

La música había sido su refugió desde siempre, la había labrado y empujado a dictaminar su propio destino. No era nada sin ella, y supo en ese momento, mientras escuchaba a Winter Juliet cantar, que seguía siendo  la misma niña que se encerraba en su alcoba lejos de una tiranía  para cantarle al azul del cielo con las polillas como único testigo.


"See the lights, see the party, the ball gowns.
See you make your way through the crowd And say hello
Little did I know
That you were Romeo, you were throwing pebbles,
And my daddy said, "Stay away from Juliet."
And I was crying on the staircase,
Begging you, Please, don't go…”

La música había sido el único atisbo de amor paternal que había recibido en toda su vida porque ni su padre ni su madre osaban interponerse entre la niña y sus partituras. Habían correspondido a sus ruegos comprándole una lira, guardaban silencio cuando ella tocaba y le dejaban ser cuando insistía en que debía ser  ella quien interpretase una sonata en las fiestas en vez de raptar a algún mundano para que les entretuviese con instrumentos de cuerda hasta que se le cayesen los brazos. La música hubo sido lo único que sus padres habían respetado de Sugar Beth y ella la había concebido como una religión. Se mantuvo en un silencio imperturbable, el oído absoluto y experto registrando las notas. No dijo nada mas cuando se sentó a su lado en el banquillo y coreó el estribillo, con una voz tan liviana, blanca y cálida como un verano en toscana. Su tesitura tan suave que validaría la inocencia de cualquier criatura que poblase el mundo y que acedia como los rayos inclementes del sol.

“And I said,
Romeo, take me somewhere we can be alone.
I'll be waiting, all there's left to do is run.
You'll be the prince and I'll be the princess
It's a love story, baby just say yes.”


Y entonces todo pareció desaparecer tras bambalinas, los recuerdos se sepultaron en su mente y solo quedo Winter Juliet, el piano y ella. Cantaron con la promesa muda de que todo iría bien y Sugar  rió con las letras de una muchacha enamorada  asomada desde su balcón, esperando al Montesco que le había robado el corazón y le había llenado de promesas sobre el amor y el futuro.



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Era extraño para Winter describir las sensaciones que la embriagaban cuando creaba música. Las teclas del piano eran casi como una extensión de su propio cuerpo. Sus dedos se movían de una forma fluida, casi innata. Se sabía cada nota a la perfección, las había memorizado una a una, día tras día, cada año tras año. Era un sentimiento tan fuerte y tan desbordante que era inevitable no sentirse contagiado. Había llegado a llorar al cantar una balada de desamor o a sentir una felicidad inmensa al cantar una canción que prometía amor eterno. La música lo era todo para la rubia, era poesía, era sentimiento, era pasión... Era en comienzo y el final.

Para poder entender esa devoción que sentía, hacía falta remontarse a muchos años atrás, cuando Winter no era más que una niña poseedora de rizos dorados como el sol y sonrojadas mejillas. Era tan pequeña cuando se despertó en ella el interés por la música, que era incapaz de decir cuando fue. Solamente sabía que había permanecido con ella desde que tenía uso de razón. Era lo único que sus padres habían respetado, incluso la habían alentado a seguir. Y así fue como ella se volvió su confidente, ocultó durante años todas sus emociones en sus letras: felicidad, afecto, dolor, ilusión, miedo... albergaría incluso aquel prototipo de enamoramiento que sintió por el chico tatuado tantos años después.

Por ese mismo motivo, para Winter fue tan significativo el hallazgo de Sugar. Ella compartía esa misma pasión, tenía ese brillo en los ojos que delataba que al igual que ella, era una soñadora. Era imposible no darse cuenta. Realmente sabía muy poco de ella, pero su intuición (esa que nunca le había fallado) le decía que era de fiar y de lo que ella le había contado, algo la había marcado profundamente. Ambas habían experimentado algo horrible... el rechazo de un progenitor. Ambas habían sufrido la soledad, el hecho de que les dieran la espalda cuando más los necesitaban, habían sentido la dolorosa puñalada que provocaban las duras palabras dichas con malas intenciones y corazón frío. Había sido eso lo que había creado esa especie de lazo insólito entre una humana y un hada. Obviamente, la rubia no tenía ni la más remota idea de que a la chica que abrazaba o con quien reía, era un ser sobrenatural de orejitas puntiagudas y con alas de mariposa. Pero...¿ Crees de verdad que ese hecho habría hecho que la señorita White dejase de lado a la joven de pelo morado? La respuesta es no. No le habría importado porque lo que ella valoraba no era la apariencia, sino la esencia.

Sonrió dulcemente al escuchar la voz se Sugar siguiendo la letra, y el peso que se instaló a su lado en el banquillo de madera. Sus dedos fueron golpeando las teclas más y más rápido, mientras que la letra ganaba fuerza. Las voces de las jóvenes se mezclaban de una forma extrañamente agradable, y de haber tenido público, habría sido la mejor actuación de todos los tiempos.

"So I sneak out to the garden to see you.
We keep quiet 'cause we're dead if they knew.
So close your eyes; escape this town for a little while.
Oh, Oh! Cause you were Romeo, I was a scarlet letter,
And my daddy said "Stay away from Juliet"
But you were everything to me, I was begging you, please, don't go--"

Y habría seguido cantando si no fuera porque Kaylee decidió hacer acto de presencia. Entró en la sala de música como si una horda de demonios la persiguieran, se subió al piano, tirando las partituras por el suelo en cuestión de segundos. Los ojos azules se abrieron como platos. ¿Qué le pasaba? A ver, que ella sabía que los gatos a veces se les iba la cabeza y empezaban a saltar por todos los lados, persiguiendo pájaros invisibles y correteando por toda la casa. Pero esa conducta pasaba de castaño oscuro y le dio mala espina. ¿Y si se había colado algún ladrón en la casa y había asustado a la pobre gata?

Se levantó del banco como si quemase y se posicionó delante de Sugar, con el objetivo de protegerla si algo venía a por ellas.  Agudizó el oído para poder oír mejor. Escuchó ruido en el salón, como garras golpeando en el parquet del suelo y se le encendió la bombilla de las ideas. Ya sabía de quien se trataba. Asomó la cabeza por el umbral de la puerta, divisando a "Sparkie", el pastor alemán de la vecina al cual ella le daba golosinas caninas, tumbado en la alfombra y moviendo la cola. -¡Kaylee! ¡Es solo el viejo Sparkie!- Le dijo entre risas a la felina que se había aposentado en las piernas del hada, asustada.- Perdona Sugar, ahora te la quito de encima.


Última edición por Winter J. White el Sáb Ene 14, 2017 1:31 am, editado 1 vez




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Una mañana sinfonica
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Las notas se hicieron constantes e incrementaban su velocidad bajo el delicado toque de la humana sobre las teclas del piano. Sus voces se mezclaron en el aire, una canción dulce y nostálgica que hablaba sobre el amor y la esperanza de la juventud. Sugar Beth podía sentir las emociones que le transmitían las letras a flor de piel, mientras ladeaba ligeramente el rostro para observar mejor a su compañera que se encontraba ausente entre las letras de la canción, sonriendo como si hubiese nacido para aquel momento.

Y el hada repentinamente dejo de sentir la impaciencia y la inseguridad que le desbordaban. Mientras la melodía resonaba voluble y cálida por toda la estancia, como un bálsamo extrapolar para sus tormentosos pensamientos. Había estado preocupándose demasiado por los fantasmas de la navidad pasada, en vez de ver aquellas cosas positivas que podían esperarle con la inspectora. Ella veía a Sugar Beth como algo mas que una traidora de su propia sangre y eso le alegraba, porque no estaba segura de que algún día alguien mas lo haría.

Lo siguiente que sucedió tomo al hada completamente desprevenida, una mancha blanquecina se movió tan rápido como el viento, precipitadamente saltó sobre el piano pisoteando varias teclas provocando un estruendoso ruido. Sugar se echó hacia atrás de la impresión, casi cayéndose del diminuto taburete cuando vio a la felina gruñendo por lo bajo a lo que sea que había considerado una amenaza. Al inició Sugar creyó que la precipitada acción del minino se debía a su persona, molesta porque alguien mas se acercase tanto a su preciada ama. Una conducta completamente natural entre los animales domésticos –y algunos humanos también–

Cuando Winter se colocó precipitadamente frente a ella, extremadamente tensa. La semilla del pánico comenzó a alojarse en su mente ¿Y que tal si se trataba de aquella presencia maligna que había estado percibiendo desde el minuto cero en que entro a la casa? Se incorporó  lentamente, esforzándose en percibir cualquier cosa que pudiese delatar a un ser del averno, algún residuo de icor en el aire, cenizas o algún chillido bestial, el corazón pareció detenérsele por un instante y volvió a bombear con normalidad cuando la rubia descubrió la reacción de la gata. Sugar dejo escapar un Suspiro, acompañado de una leve risa. Sugar levantó una mano para que Winter se detuviese y deslizó la otra detrás de las orejas de la gata, quien pareció relajarse casi al instante y se puso a ronronear –No te preocupes, esta bien– Kaylee cerró los ojos y echó sobre el piano, gesto que el hada interpretó como algo positivo –¡Se ha dado un susto de muerte esta señorita! ¿No es así?–




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Re: Una mañana sinfónica || Winter J. White

Mensaje— por Winter J. White el Sáb Ene 14, 2017 1:17 am

Una mañana sinfónica
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¡Menudo susto les había dado Sparkie! Y mira que era algo habitual que el can se escapase de la casa de su vecina, Rosemary, para colarse en su jardín y pedir alguna galleta para perros de las que Winter guardaba en la despensa junto al lado de la comida de Kaylee. La rubia reprimió una carcajada que amenazaba con salir de su garganta. Agradeció interiormente que nadie aparte de Sugar la hubiera visto. Kaylee parecía cómoda con la joven de pelo lila, y eso era muy raro que la gata solía ser muy desconfiada.

-Así que te gusta Sugar, ¿eh Kaylee?- Preguntó mientras acariciaba su cabecita peludita y blanca. Kaylee abrió los ojos para observar a su dueña, aún ronroneando. A veces parecía que la entendiese.- Bueno voy a darle unas galletas del pobre Sparkie. hora vengo.- Explicó sonriente, saliendo de la sala de música para dirigirse a la cocina. Pasó por al lado del perro, agachándose brevemente para acariciarlo un par de veces con cariño. El animal movió la cola animado mirándola con ojos brillantes.

Sparkie había sido de joven el mejor perro policía del cuerpo, pero ahora no era más que un cansado pastor alemán amante de la comida. La inspectora White siempre se había declarado fiel amante de los gatos, no obstante, los perros también le parecían bonitos y tiernos. Las visitas diarias del peludo veterano de la policía de Nueva York la divertían de gran manera. Era muy gracioso verlo esperar paciente fuera de la puerta de cristal del salón a que la rubia llegara y lo dejara entrar.

Siguió caminando hasta la cocina, esta vez su anciano amigo la seguía. Agarró el cartucho de cartón que contenía una foto de lo que Winter juraba que era un labrador retriever y con la otra mano hizo el gesto que simulaba una pistola. Sparkie ladró animado, mientras se tiraba al suelo fingiendo haber sido alcanzado por la bala. Fue obsequiado con tres galletas con forma de hueso.

Fue mientras se lavaba las manos para quitarse el olor a comida perruna cuando se percató que no le había ofrecido nada a su invitada. ¡Pero que mala anfitriona! Abrió los ojos de par en par y lo más rápido que pudo, acabó de enjuagarse para tomar una bandeja de cupcakes que había hecho la noche anterior. Tenía la esperanza de que a Sugar le gustaran.

-¡Mira lo que te he traído Sugar!- Exclamó Winter alegre, dejando en la misma mesa donde estaba su mimosa la bandeja de cristal con magdalenas de todos los sabores con frosting de múltiples y llamativos colores.




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Una mañana sinfonica
→ Domingo → 10:15 AM → Residencia White  

Pese a la creencia popular, el ser un hada no te hace amante empedernido de las criaturas sin la capacidad de razonar o al menos no en el caso de nuestra hada que a pesar de verse encantada por los pequeños yorkshire terrier que solía pasear por el Central Park de vez en cuando –nunca venia mal hacer uno que otro trabajo extra-  o hacerle mismos al Husky siberiano que vivía en un complejo de edificios cerca de East Village y actualmente la bola de pelos blanca mejor conocida como Kaylee, nunca había sido de las personas que tenían mascotas; prefería jugar un rato con las de sus amigos y dejarles ser, si apenas era capaz de cuidar a un ser vivo, o sea ella ¿Cómo iba a tener criterio para procurar a un pobre animalillo? Pobre criatura, seguramente bajo su cuidado moriría de inanición y ella no se percataría hasta siglos después…

–¿A quien no le gusta Sugar Beth?– se regodeó ella medio en broma, mientras soltaba una carcajada y miraba como Kaylee saltaba desde la base del piano, golpeteando unas cuantas teclas en el proceso. Tal parecía que ya no tenia tantas ganas de que la mancillaran y se decidió a abandonar la habitación con el aire regio de una duquesa después de haberle otorgado el honor a sus súbditos de unos cuantos minutos ante su presencia, como felino en toda la raya –Vale, aquí te espero– respondió mientras seguía a la inspectora con la mirada, desapareciendo rápidamente de la habitación para responder a los vagos ladridos que aun se percibían desde el Jardín.

Sugar, curiosa al fin, se incorporó del banquillo precipitadamente y comenzó a curiosear por toda la habitación. Mirando aquí y allí, un viejo tocadiscos yacía en un extremo de la habitación y dada su antigüedad el hada supuso que no hacia mas que objeto decorativo en la estancia, la fugaz inspección no duro demasiado y cuando se cansó de indagar, se asomó por una de las ventanas que daba con el jardín.

Una enredadera daba directamente con la ventana, las hojas que en otrora habían sido verdes y llamativas se habían teñido en colores amarillentos y opacos.  Sugar se mordió el interior de la mejilla y se volvió rápidamente para percatarse de la ausencia de Winter, volvió a asomarse cuando en efecto, se dio cuenta de que esta seguía en la cocina. Estiró su mano lo suficiente como para rozar las hojas ligeramente mas próximas, un zumbido pareció agitarles ligeramente y al instante cobraron un color mucho menos cobrizo, pero lo suficientemente tenue como para que nadie lo notase a la distancia. Desperezando la planta de su letargo invernal, el hada esbozo una pálida sonrisa y cuando escuchó la voz de Winter en la habitación se precipitó a reincorporarse, enderezando la espalda y alejándose de la ventana –Tienes una bonita vista desde aquí– agregó airadamente, haciendo como si nada hubiese pasado. Se acercó a la rubia y tomó uno de los cupcakes con glaseado morado –¡Que pinta tan bonita tienen, hasta me da pena comérmelo! ¿Los has hecho tu?–




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Re: Una mañana sinfónica || Winter J. White

Mensaje— por Winter J. White el Sáb Ene 21, 2017 3:36 am

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Sonrió mientras le acercaba a su amiga la bandeja que contenía los cupcakes, observó complacida como ella tomaba uno. Cuando preparaba algún plato, ya fueran galletas con chispas de chocolate, tartas, cupackes o pavo relleno con salsa de ciruelas, ponía especial interés en su preparación, porque francamente, encontraba excesivamente placentero elaborar las recetas que su abuela le había legado, pero también adoraba ver la cara de felicidad de los que luego probaban sus obras culinarias.  Con lo cual, que la muchacha de pelo violáceo tomara uno de sus pastelillos, provocó que una sensación de alegría se instalase en el pecho de Winter y la hiciera esbozar una sonrisa radiante.

-Sí, los he hecho yo. Por favor... el mejor halago que puedes hacerme es comerte el cupcake.- Comentó dejando los dulces en la misma mesa donde descansaba su copa de licor y le dedicó a Sugar un gesto con la mano, con vergüenza, mientras sus mejillas se sonrojaban.- No son difíciles de hacer. Ese que acabas de tomar es de arándanos dulces y frambuesa.- La rubia se inclinó ligeramente para atrapar uno con frosting rosa y caminar hacia la ventana donde apenas unos minutos antes, el hada había reavivado una de las enredaderas que trepaban la casa. - Una de las cosas que más me gusta de esta casa es el jardín. Y que esta urbanización está rodeada de árboles. Necesitaba limpiarme.- Confesó inconscientemente, mientras que un velo de dolor lentamente se adueñaba de sus ojos brillantes, como una nube oscura que encapota el cielo más azul, tornándolo grisáceo y triste.

Le dio un bocado al menudo pastel, saboreando el bizcocho con leve sabor a vainilla y la mermelada de fresa que había dentro de la esponjosa masa. Sacó la mano por la ventana, indicando uno de los lados del jardín.- ¿Ves eso de allí?- Debido a la perspectiva solo podían ver un lado del objeto mencionado.- Eso es un invernadero, y tiene muchísimas flores... si quieres te llevo y paseamos un poco. Es pequeño pero está repleto de flores de todos los colores.




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Con cierta renuencia Sugar se llevó el postre azucarado a los labios y sintió una indudable ternura, seguramente le hubo tomado su tiempo prepararlos ya que todos estaban perfectamente decorados con glaseados de distintos colores y chispas para decorar. Ya tenia bien sabido lo escrupulosa y delicada que era la inspectora con los detalles y esa vez no había sido la excepción, aquellos cupcakes tenían pinta de haber sido sacados de un aparador de exhibición y definitivamente estaban tan deliciosos como se veían –¡Bueno, bueno! vas a tener que darme la receta... Aunque yo no soy tan buena cocinera– una verdad a medias, porque si que podia ponerle cierta chispa a los platillos, literalmente. No era su mayor pasión en la vida y a lo mucho solía cocinar para si misma muy de vez en cuando, puesto que siempre estaba la comida tailandesa y el krispy kreme a la orden del día luego de una larga jornada en East Village, pero como toda criatura magica tenia sus trucos bajo la manga y en las esporádicas ocasiones en que le había prestado atención a sus padres había aprendido lo suficiente sobre pociones y otros menesteres que el abanico culinario de las Faes ofrecía, aunque no acostumbrase a ponerlo en practica demasiado.

Sugar vió como la rubia se movía en dirección a la ventana, asomándose como minutos atrás había hecho ella, sin percatarse del tenue cambio antinatural que había sufrido la enredadera. el hada avanzó hasta colocarse a su lado y apoyó los codos en el marco de la ventana, acunando su rostro en sus palmas abiertas mientras seguia con la mirada el punto señalado por Winter  –¡Debe ser hermoso en la primavera!– Comentó con cierto anhelo y una pizca de nostalgia. Los dias frios no habían sesado y las plantas seguían sumidas en su letargo, aun así el jardin de la residencia White lucia cierto encanto y a Sugar le hizo ilusión imaginar como luciría en la próxima temporada–¡Vale, vamos!– Comentó con emoción, tirando de la mando de la inspectora para que se alejase de la ventana, sus ojos repararon en una mancha de glaseado rosa en su mejilla y el azul de sus ojos cristalizados. Sin dejar de sonreír, el hada extendió su mano y la deslizó por el rostro de Winter, borrando la mancha de frosting que se le había quedado  –¿Esta todo bien? has puesto una cara extraña– comentó con un deje de preocupación en su voz, aunque estaba demasiado distraída pensando en los retoños blancos que seguramente estaban esperando a brotar en el invernadero –¿Tienes margaritas? Me encaaantan las margaritas–




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Hijo/a de
Lylic

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Una mañana sinfónica
→ Domingo → 10:15 AM → Residencia White

La rubia se quedó muda, sorprendida ante el entusiasmo que estaba mostrando Sugar, nunca había conocido a nadie que le apasionase tanto las flores como a ella. La actitud jovial de la joven junto el color llamativo de su pelo y de sus ojos hizo que le recordara a uno de esos hadas que salían en los cuentos que su abuela le contaba cuando era una niña. Una sonrisa se instaló como acto reflejo en sus labios, haciendo que sus ojos se cerraran levemente. - Lo bueno de los invernaderos, pequeño hada de los bosques, es que siempre tienen flores. El cristal las mantiene protegidas de las bajas y altas temperaturas.- Comentó dejándose arrastrar mientras alzaba un dedo, puntualizando lo que estaba diciendo.

De repente, notó algo cálido recorriendo su mejilla. Era Sugar que había decidido retirar un poco de frosting que se había quedado en su rostro, la rubia se echó a reír. Siempre le pasaba lo mismo cuando comía cupcakes, menos mal que en ese momento no estaba en la calle, sino perfectamente podía pasearse por Nueva York con una mancha de glaseado en la cara. -No me pasa nada, tranquila, es que la naturaleza me emociona. - Asintió un par de veces con la cabeza no queriendo hablar más del tema, era una mañana muy bonita como para enturbiarla con asuntos dolorosos. La pregunta de la muchacha de pelo morado la dejó pensativa. Ahora que lo pensaba con detenimiento no estaba segura de si tenía margaritas... Entrecerró los ojos tratando de hacer acopio de toda su buena memoria, habría jurado que sí que tenía, pero no estaba muy segura.

- Sí... diría que sí...- Llevó su mano derecha al mentón en una mueca reflexiva.- Bueno vamos y lo comprobamos.- Comentó cruzando el salón camino de la cocina, donde estaba la puerta trasera. En un pequeño bol de cristal en forma de rosa, situado en un extremo de la encimera, estaban las llaves de la pequeña casa de cristal. La inspectora White las agarró y salió al porche trasero, donde había un banco blanco de madera tipo balancín y una mesa de madera blanca con dos grandes sillones. Todo el mobiliario había sido de Marjorie, ella solo lo había restaurado para mantener en la casa la esencia de la buena mujer.

Para pasar hasta el invernadero había que cruzar una buena parte del terreno provisto de frondosa hierba verde y rosales de colores pasteles, sin embargo, para evitar pisotones innecesarios en las pobres plantas, Winter había mandado construir un pequeño camino de piedra que llevaba directamente a la puerta de cristal, donde como decoración había una silla de forja blanca con una cesta de flores descansando en él. Abrió la puerta gracias a la dorada llave y guió a su nueva amiga dentro del invernáculo, numerosas flores de colores les dieron la bienvenida: Rosas (que habían sido la flor favorita de la difunta Marjorie y ahora lo eran de Winter), peonías, margaritas blancas, lirios, lilas, petúnias moradas... Definitivamente, ese era el mejor sitio para acabar una mañana sinfónica.




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Gracias Chiaruchi, eres mi bruha favodita ♥️

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Re: Una mañana sinfónica || Winter J. White

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