07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


27/02 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que la limpieza de este mes de febrero se realizará entre los días 02 y 03 de marzo, para que tengáis tiempo de poneros al día. Así mismo, estimaremos que las noticias del mes saldrán esta misma semana, aunque sabemos que ya vamos con imperdonable retraso. ¡Perdón por las molestias y gracias por vuestra atención!


38 # 40
23
NEFILIMS
5
CONSEJO
11
HUMANOS
9
LICÁNTRO.
9
VAMPIROS
12
BRUJOS
5
HADAS
3
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Jodidos hasta la médula |Victoire C. Wintercloud|

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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío de cojones
Fumar en el baño no es nada práctico, por cierto, si alguna vez queréis intentar algo parecido. ¿Por qué, os preguntaréis? Bueno, porque es fácil que se humedezca rápidamente por la condensación del vapor de agua, que no prenda bien y no se encienda o que se caiga en el agua, además de cosas semejantes. A mí siempre me ha dado un poco igual, pero oye, nunca está de más avisar, desde luego.

Aquella noche estaba con un pitillo mientras me dejaba llevar por la tranquilidad de un buen baño relajante. Había llenado el recipiente hasta arriba con agua ardiendo, me había desvestido y me había dejado caer con el cigarro ya entre los labios, listo para encender. No había burbujitas borboteantes ni sales de baño aromáticas ni nada por el estilo; solos yo, el agua a temperaturas para fundir el Anillo Único y la peste a nicotina quemada que tan adictiva es para todas las personas que nos da por consumir un cigarro de vez en cuando. En realidad nunca he podido darme el lujo de ser un fumador compulsivo, aunque me habría gustado, por la mierda de que los pulmones se te ponen como un charco de alquitrán fundido y eso resta capacidad a la hora de cualquier cosa, pero específicamente, a la hora de luchar contra criaturas que pueden matarte de un garrazo. Sin embargo de vez en cuando me doy el lujo de encender uno y dejarme llevar mientras el humo asciende hacia el techo, inundándolo todo y ayudándome a relajarme mucho más que cualquier otra porquería más saludable.

Era enero y el frío arreciaba en el apartamento al que acababa de mudarme. Llevaba en la ciudad hacía seis meses y gracias a los contactos de Agnes había sido relativamente fácil abrirme una red para mí, por lo que había empezado a trabajar en pequeñas cosas que me habían permitido cambiarme de la mierda de piso que había conseguido el primer día al actual mientras investigaba sobre mi verdadero objetivo. Había avanzado bastante, ya, y le había mandado un par de comunicaciones positivas a mi empleadora: su medio hermana estaba allí, vivía con su abuela, tenía pareja y trabajaba como camarera; el submundo la conocía por sus hazañas, era famosa y eso aumentaba las posibilidades de que rechazase el trabajo, porque nunca acepto nada con lo que no pueda bregar, y si lo aceptaba, lo que aumentaría sería el precio. Considerablemente.

Además, estaba el hecho de las repercusiones. Por lo que había podido saber, tenía conocidos nefilim -además de Poty-Poty- y de otras sub-razas que podrían buscar venganza si al enfrentarme a ella fuese capaz de sobrevivir, por lo que tendría que tenerlo todo preparado para salir pitando, idea que no me tentaba demasiado. Me gustaba esta ciudad. Me gustaba su ruido, su vorágine, la decadencia de los bajos fondos que intentaban maquillar con grandes rascacielos y Times Square. Era tan buen sitio para pudrirse como otro cualquiera, y ya había avisado a la señorita Santana que no iba a moverme medio mundo sólo por cazar a una brujita de tres al cuarto, sino porque New York era una ciudad en la que me interesaba instalarme y no iba a echarlo a perder por un trabajo que no había terminado de aceptar del todo y por la posibilidad de morir calcinado. Ni hablar del peluquín.

Exhalé el humo lentamente, dejándome llevar. Tendría que decidir qué hacer al respecto este mismo mes, y no dejarlo pasar ni un segundo más. Me froté la frente con las manos, pensando  que además debía de llamar a mi madre para hablar con ella cuanto antes, amén de hacerle un giro con más dinero al banco. Ella seguía negándose a aceptar mi ayuda y yo a no dársela, por lo que siempre terminábamos echándonos la bronca por teléfono; eso hacía que no me diese por escupirle al oído -figuradamente- que yo hacía lo que me daba la gana, que si me había topado con una nefilim a la que, oh, por cierto, le había salvado la vida y que además le había ayudado a terminar un trabajo, podía seguir mandándole el dinero que quisiese. Ese secreto me quemaba debajo de la lengua y había hecho que la progresión de llamadas a mi señora madre hubiese disminuido considerablemente por temor a que lo notase siquiera en la voz.

¿Estúpido, verdad?

No tanto si tu padre y tu madre han sido pseudo torturadores en tu infancia. Una vez me dio por leer en una revista sobre las personas co-dependientes, y creo que yo lo soy, en cierto modo. Si no, no encuentro otra forma de llamar a seguir queriendo a personas que te obligaban a entrenar hasta que te crujían las articulaciones, que te rompían huesos con golpes de varas de entrenamiento porque no eras capaz de coger bien las armas y que la máxima sonrisa que había conseguido sacarles en la vida era con respecto a mis hazañas contra demonios. La vida mundana no les interesaba, aunque sobrevivían inmersos en ella; en el fondo seguían siendo nefilims, y yo lo sufrí en mis carnes, por mí y por Abby. Aprendí a respetarles y a temerles, casi más que a quererles, aunque Agnes nunca fue tan dura como Kennet, pero me inspiraba el mismo temor que mi padre cuando sus labios se fruncían severos y sus ojos ardían en llamas. Seguía teniéndole el mismo pavor cuando era pequeño y rompía algo antes de esconderlo, o cuando me di cuenta de que también me gustaban los hombres. Ese temblor de hombros que te sacudía hasta lo más profundo y que casi te impedía hablar correctamente.

Y ahora lo tenía por Victoire, su estúpido acento francés y sus estúpidos ojos enormemente azules y brillantes. A veces me descubría pensando en ella, y eso me amargaba, porque era una nefilim, y yo detestaba a los nefilims, y cuando pensaba en ella no era sobre eso, precisamente, sobre lo que reflexionaba. Apagué el cigarro contra la superficie de la bañera mientras expulsaba el poco humo que quedaba dentro de mí, y luego me introduje completamente en la bañera, buscando insonorizarme debajo del agua, que se había templado. Todo quedó relativamente sordo, lejano, cada pequeño sonido que hubiese en el ambiente, y aguanté hasta que los pulmones no me dieron para más. Entonces rompí la superficie plácida del agua, que se quebró hacia arriba y hacia los lados, empapando el suelo y todo lo que hubiese en él. Meh. Moví la cabeza hacia los lados para eliminar el exceso de agua en el pelo, que incluso en ese estado tendía a rizarse hacia arriba, y tardé unos segundos en darme cuenta de que mi móvil estaba sonando.

Sin prisas salí del recipiente, quité el tapón, y caminé desnudo y chorreando por la casa hacia el dichoso aparatito. Era la tercera llamada. En la pantalla rezaba Jannik. Lo descolgué.

Dime que no has interrumpido mi baño para que vaya a hacerte una mamada, por favor.

-x-x-x-x-x-x-x-

Aunque no habría sido la primera vez, definitivamente, no era por eso.

El local que regentaba Jannik, un brujo viejo amigo de mi madre, estaba en una de las esquinas más oscuras de la zona fiestera de la ciudad. Tenía un enorme cartel de neón que contrastaba con lo enano de la puerta donde rezaba Scarlett, el peor nombre que nadie podía ponerle a un bar del tipo que fuese. Mientras me dejaban adentrarme, cambió de color rosa a color rojo intenso, y me dije que era tan fácil esconder a los mundanos todo lo que había dentro de su propio mundo que asustaba, ya que el glamour escondía el lugar y sólo era visible para los que podíamos ver de verdad. En fin.

El interior estaba repleto de subterráneos de todo tipo con una música chunda chunda que me taladró los oídos hasta lo más profundo. El gorila que me había dejado entrar me señaló la dirección que debía de tomar, yo asentí con la cabeza y avancé, abriéndome paso entre la gente y apartándome de manos que se empeñaban en adherirse a mi trasero -por lo que no les culpo, oye-. La pequeña puerta detrás de la barra era visible si te fijabas en ella, pero no si ibas hasta arriba de drogas y de alcohol, y si no conseguías mirar detrás del otro mastodonte que estaba sirviendo las bebidas. A veces me preguntaba si existían también los gigantes o sólo eran personas monstruosamente grandes. En fin. Saludé, informé que vía de parte de Jannik y me dejaron pasar; ya me habían visto algunas veces por aquí, así que no levanté sospechas. En realidad los subterráneos también eran demasiado confiados, si lo pensabas bien, una vez que te habías introducido entre ellos, y eso también era escalofriante, mucho más teniendo en cuenta la situación a la que se enfrentaban. O eso pensé, hasta que me di cuenta de que Mastodonte apartaba la mano de un cuchillo justo cuando yo giraba el pomo, y eso me alivió. Me sentía mejor entre gente desconfiada.

Las escaleras se me hicieron cortas, a pesar de todo, y el bullicio abajo demasiado sonoro a pesar del ruido que había al otro lado de la puerta. Mientas descendía, recapitulé lo que Jannik me había contado: tres de sus colegas habían encontrado a una nefilim husmeando por la zona, se habían asustado y se habían lanzado contra ella, desconfiados (debían de ser los vampiros más idiotas del planeta, por cierto). Habían conseguido noquearla de algún modo, y más asustados aún, la habían traído al local. Jannik no había querido ensuciarse las manos por lo que había preferido no tocarla; además, la telepatía no era lo suyo, y por eso me había llamado, porque yo sé hacer cosas muy sucias en los bajos fondos, y el extraer información es una de ellas.

Era todo un cúmulo muy grande de estupideces, en mi opinión, aunque entendía que si al final la nefilim no había estado fisgando por él, en realidad, prefería que todo recayese en los idiotas que la habían atacado y en el mundano que había llamado para que le hiciese hablar antes que en él mismo. Si no fuese un imbécil viejo tan atractivo le habría mandado a la mierda antes de pensarme en acceder, pero también era verdad que si lo hacía yo y no los idiotas de sus amigos, la situación podía estar controlada. Debían de ser neófitos o muy imbéciles, por cierto...

Toc, toc, toc.

Llamé a la puerta. Las voces pararon. Chirrió al abrirse hacia el interior, y al otro lado apareció el rostro de Jannik, con los ojos anormalmente verdes brillando y sonriendo de esa forma que me pone los pelos de punta. Solía llamarle viejo sátiro porque era un pervertido de cojones y tenía cuernos, así que todo le venía como anillo al dedo. El muy imbécil había encontrado encantador que hubiese sido el primer hombre en el que me había fijado y al venir a New York no había tenido pegas algunas en meterme en su cama. En fin, brujos y sus caprichos. Yo tampoco me quejo.

¿Sabes? En cierto modo me indigna que tardes menos para esto que para otras cosas.

Me dejó entrar. Llevaba el pelo rojo bastante más corto que la primera vez que le había visto y la barba afeitada. Bah, ahora no podría llamarle chivo.

Sabes que me gusta hacerme desear. Bien, vayamos al grano.

Observé la habitación. Era rectangular, decorada con madera, con luces íntimas, un escritorio, estanterías, un sofá enorme, una nevera... Conocía el despacho de Jannik. Los imbéciles estaban junto a una puerta al fondo, a la derecha, sentados en unas sillas, con aspecto de desconfianza absoluta mientras me miraban; le leí los labios a uno de ellos, 'la putita de Jannik', ¿no? Bien, luego le rompería los dientes. La nefilim estaba al otro lado, atada a una silla, de manos y pies. Jannik pasó por mi lado en dirección a ella, y tras apagar las luces de las pequeñas lámparas que había distribuidas por la habitación, encendió la luz general. En el momento en que pude verla bien, dejé de respirar.

Sé que te parece magnífica la idea de divertirte con una nefilim, pero por favor, no te entretengas demasiado con ella y ve directo al grano. No quiero demasiados problemas.

¿Que no quería problemas? Su puta madre, que gilipollas fue por dejarse seducir por un demonio. Me quedé clavado en el sitio mientras contemplaba la melena rubia y algo desaliñada por el combate que caía hacia delante, pues la chica había mantenido la cabeza colgando, no sé si porque estaba inconsciente o porque se lo hacía. Me daba igual. Cuando la alzó lentamente al encenderse los focos superiores pude verle los ojos, que brillaron azules y estúpidamente reconocibles.

Era Victoire.

Y yo me cagué en mi puta suerte porque no podía ser peor en todo el universo.
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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío


¿Seguirían detrás de ella? Victorie no tenía forma de saberlo. Haciendo gala de su velocidad y agilidad inhumanas la chica se trepó de dos saltos bien ejecutados al alfeizar de una ventana, equilibrándose con la punta de los talones. Su corazón latía desbocado en su pecho mientras sus músculos escocían debido al esfuerzo que suponía el correr durante unos cinco minutos de unos vampiros. ¿Cómo se preguntarán, había llegado a esa situación? Era bastante cómico en realidad, verán, ella ni siquiera estaba buscando a los vampiros o a lo que sea que ellos temiesen.

Ella estaba investigando el asesinato de un cachorro de lobo. Durante una de sus frecuentes visitas al Pandemonium una mujer joven la había abordado con la súplica en los ojos, según ella algún grupo de alimañas había matado a su hijo, la loba había ido con la Clave, pero como siempre y más en momentos de guerra, la misma había alegado que investigarían en cuanto pudieran lo cual probablemente quería decir que la pista se enfriaría y el asesino -o asesina- saldría impune. La mujer se veía tan devastada que tras un poco de súplica y aceptar un favor como pago, la nefilim había empezado a investigar aquella extraña muerte con algo de cansancio. Estaba prácticamente segura de que había sido un seguidor de Valentine, pero, ¿Cómo le decía eso a una mujer que había confiado en un nefilim? La idea de investigar a uno de los suyos todavía le resultaba extraña, pero tras cuatro semanas había encontrado por fin, una pista prometedora. Habían rumores de una mestiza de hada y humano que conocía el paradero de varios seguidores de Valentine y esperaba ellos pudieran darle la pista sobre si habían sido los responsables o si ella estaba buscando en el sitio equivocado.

No había llegado a averiguarlo debido a la "oportuna" aparición de un grupo de vampiros que parecían estar seguros de que la francesa estaba espiando sabrá dios qué. No importaba cuanto la nefilim les había dicho que ella estaba buscando a seguidores de Valentine en la zona, se habían empeñado en acorralarla y ella en un último intento de no meterse de lleno en una pelea, se había echado a correr. Claro que escapar de los vampiros era como querer escapar del viento, los muy hijos de puta se movían a una velocidad endemoniada.

¡Eh monada!— ¿Qué tenían por cerebro? ¿Telarañas? La rubia se dejó caer mientras sopesaba aquel callejón. Lo suficientemente amplio para que ella pudiera moverse, lo suficientemente luminoso para no estar en desventaja y las cornisas y tejados de los edificios perfectamente visibles por lo que una emboscada sería poco probable. Con un suspiro la mujer extrajo los dos chakrams de su cinturón de armas mientras se ponía en una posición defensiva. El vampiro que le había advertido de su presencia -imbécil- estaba frente a ella, mientras los otros ¿Eran dos? Se encontraban cada uno a un costado del que parecía el menos idiota y ese era el mejor halago que le daría —Si no te resistes, ¡no te haremos mucho daño!— una risa estrangulada se escapó de sus labios. Estaba en desventaja numérica pero los vampiros no solían ser muy listos realmente, mientras no se dejara atrapar...

El primer Chakram pasó zumbando y fueron los increíbles reflejos de aquel ser lo que impidió que lo decapitara. El disco rozó el cuello de aquel ser logrando que un hilo de sangre se resbalara por su barbilla, mientras el mismo egresaba hacia ella y con un movimiento preciso -años de práctica, si no Victorie hubiera perdido unos cuantos dedos- lo atrapó en el aire. El vampiro se abalanzó hacia ella inmediatamente y la francesa lanzó los dos chakrams restantes en dirección a los dos idiotas que hacían de compañía de su "líder." Tuvo que usar cada apéndice de su concentración para esquivar al vampiro mientras sacaba de su cinturón a Casiel pronunciando su nombre. El cuchillo serafín salió disparado de aquel tubo cristalino y ella lo hundió en la clavícula de aquel vampiro. Realmente había apuntado a su corazón pero retrocedamos en el tiempo donde dejamos en claro que estos malditos bichos se mueven demasiado y muy rápido y no son lo que digamos "fáciles de matar" sin un incendio, o un río de agua bendita...

¡Zaz! Apenas tuvo tiempo de esquivar el golpe que iba dirigido a su cráneo por uno de los dos vampiros de los que ella se había "olvidado" pero aquello no evitó que el mismo la agarrara por detrás y comenzara a apretar su cuello. Victorie se llevó las manos al cuello mientras se debatía en los brazos de aquel ser luchando por respirar. Sus uñas arañaron la piel pálida del mismo logrando que unas largas marcas rojas la recorrieran; con toda la fuerza de la que fue capaz pateó la entrepierna de aquel vampiro logrando que este relajara su afloje sobre ella para después tomarle de la muñeca y romperle los huesos. El sonido fue tan estremecedor que la rubia sintió un escalofrío antes de alejarse unos cuantos pasos, re-evaluando la situación. El vampiro al que le había encajado el cuchillo lo había extraído y sus ojos brillaban con furia, al que le acababa de romper la muñeca estaba demasiado concentrado en acomodarse los huesos que seguramente sanarían en los próximos diez segundos. Bien. El tercer vampiro saltó sobre ella y la nefilim le propinó un golpe con un codo mientras con la otra mano tomaba un cuchillo de plata y lo intentaba encajar en el pecho de aquella criatura, fallando por apenas un centímetro su objetivo que era su corazón.

Entonces aquellos seres que habían demostrado su falta de inteligencia, se lanzaron hacia ella en conjunto. Uno, dos, tres, tres ataques simultáneos logró evadir antes de que uno le pateara la espalda poniéndola de rodillas mientras la levantaba por la chamarra y la lanzaba contra la pared. El golpe le sacó el aire de los pulmones y en lo que luchaba por incorporarse sintió la respiración de uno de ellos sobre su cuello. Estaba segura de que si se movía apenas un milímetro sentiría el roce de los colmillos. Con brusquedad el vampiro numero uno -osea el menos idiota- la incorporó antes de tomarla con fuerza del rostro, la nefilim tenía todo el cuerpo adolorido por el golpe, pero logró propinarle una patada y escupirle en la cara  antes de que, tras darle un bofetón por haberle escupido; le estrellase la cabeza contra el muro de ladrillos.

Y todo se oscureció.

********

Bum. Bum. Bum.

"Dejen de golpear" fue su primer pensamiento coherente. El sonido era ensordecedor y lo único que lograba es que la recorriera un terrible dolor de cabeza, como si tuviera un clavo en su sien que estuvieran martillando sin piedad. Ni siquiera se molestó en abrir los ojos mientras lentamente volvía a tomar consciencia de su cuerpo. Sintió las ataduras en las muñecas y a la altura de los tobillos contra ¿Era una silla? movió el dedo ligeramente y rozó algo duro pero liso, madera. Si, seguramente sería una silla por la posición en la que se encontraba. Una parte de ella agradeció que fuera una silla de ese material pues llegado el momento podía romperla impulsando su cuerpo hacia adelante, pero ¿Para qué? Lo más seguro es que estuvieran esos vampiros ahí y si la habían dejado con vida ella no quería darles razones para intentar matarla.

En su lugar, se dedicó a hacer lo que mejor se le daba; analizar la situación. Agudizó el oído mientras intentaba bloquear el dolor de cabeza -lo bien que le caería un iratze en estos momentos- y intentó descifrar aquellos tenues sonidos. Un atisbo de música que sonaba sobre su cabeza, ¿Estaría en el sótano de una discoteca? Ella suponía que escucharía más ruido de ser así, por lo que no estaba segura. Inhaló silenciosamente y un tufo como a algún tipo de colonia y el olor como a azufre quemado. Brujo. Ese era el olor de la magia de los brujos. ¿Vampiros y brujos juntos? Aquello no la tranquilizaba en lo más mínimo. ¿Estarían ahí afuera? La nefilim entreabrió un ojo, la luz era tenue pero pudo apreciar la estancia, era una habitación espaciosa seguida de lo que parecía un despacho, bien decorado, sofá, escritorio... Los vampiros estaban de pie frente moviéndose con nerviosismo, así que no eran los jefes, por eso no la habían matado, seguramente trabajaban para alguien, pero, ¿Quién?

La respuesta no tardó demasiado en llegar.

A los minutos escuchó como entraba otro hombre que en voz baja se ponía a reñir a aquellos subterráneos. ¿La dejarían ir entonces? Posiblemente no... La habían noqueado y los acuerdos no favorecían a los subterráneos en este tipo de situaciones, entonces la iban a matar. Le sorprendió la normalidad con la que puedo pensar en ello y lo único que lamentó fue que le hubieran quitado sus chakrams que seguramente se habían quedado tirados si los vampiros no los habían tomado. El silencio se hizo absoluto y luego sintió la respiración de un ser cerca de su rostro, con mucho cuidado intentó no reaccionar en lo más mínimo mientras aquel hombre -que por la calidez del contacto, asumió sería el brujo si ella no se había equivocado- le levantaba la barbilla y le miraba el rostro.

Jamás la había visto en mi vida— declaró pensativo.

¿Y ahora qué? La nefilim los escuchó salir varias veces, hasta que finalmente una nueva voz se unió a ellos. Aquella voz grave y aterciopelada le era familiar. Gimoteó un poco ante una nueva punzada de dolor al mismo tiempo que sentía como la luz de la habitación, aparentemente más luminosa le calaba la vista. No pudo evitar parpadear antes de escuchar las siguientes palabras de uno de ellos, que la dejaron sin aliento. ¿Divertirse con ella? Pero claro, claro que iban a sacarle información antes de matarla. Alzó el rostro al mismo tiempo que abría los ojos, con el pecho subiendo y bajando rápidamente. Frente a ella con ese cabello castaño, esas facciones duras y aquellos ojos profundos, estaba el maldito mundi. Casi estuvo tentada a decirle que si tanto quería volver a verla le pidiera una cita, pero se mordió la lengua, en su lugar los miró a todos con frialdad, mientras arqueaba la ceja.

¿Un mundi?— soltó una risa silbante mientras miraba a aquel ser de cabellos rojos y ojos verdes y brillantes, con los cuernos sobresaliendo del cuero cabelludo, brujo. Por lo menos no había perdido el don —¿Estáis de broma no? Como si un mundano fuera a hacerme decir algo, por el amor de Dios, cualquiera diría que os volvéis más idiotas conforme os pesan los años— no quiso mirar a los ojos al mundano, se limitó a ver a los subterráneos con desprecio hasta que tras lanzarle una mirada despectiva, clavó los ojos azules en los oscuros de aquel mundano. Apenas un segundo, una brevedad de instante, pero que bastó para que este si es tan astuto como ella creía, entendiera lo que le estaba diciendo silenciosamente.

"Haz lo que tengas que hacer, sólo ayúdame a salir de aquí"





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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío de cojones
Yo nací estrellado.

Cada día de mi vida que pasa, estoy más convencido de ello.

¿Cómo, si no, se explica la suerte de mierda que he tenido todo este tiempo?

Con dedos distraídos, mi primera acción fue sacar el medallón con la foto de Abelone que llevo siempre del cuello, sujetarlo entre ellos y moverlo hacia los lados. Me tranquiliza el tacto frío del metal. Cuando los ojos verdes de Jannik me miraron extrañados, me di cuenta de que probablemente había empezado a mover los labios como si estuviese hablando sin emitir ningún sonido, cosa que sólo me pasa cuando inconscientemente busco la voz de mi hermana para recibir algún tipo de consuelo, o cuando estoy nervioso. En ese momento lo estaba, y Jannik lo sabía, y por eso me puso esa cara de '¿qué cojones te pasa, moreno?' con la que me estaba mirando.

Por eso solté el colgante, uní los labios en una mueca seria y me dirigí hacia ella, que había empezado a hablar con ese tono altivo que me revolvía las entrañas. Genial, al menos sabía cómo hacer fácil una situación que me estaba situando -y no sabía por qué coño- sobre una cuerda que no quería recorrer. En realidad, a Jannik no le había hecho falta que hubiese empezado a murmurar estupideces a su lado para saber que me sucedía algo, porque si hubiese sido cualquier otra nefilim habría empezado con las bromas hirientes, los comentarios sarcásticos, el despliegue de encantos zalameros que le harían hablar, como me había pasado con otras criaturas. Pero estaba tan mortalmente callado que debía de estar jodidamente preocupado por mí, por eso no dejaba de decirme a mí mismo que tenía que empezar a hablar, a comportarme como siempre, o terminaría sometido a un tercer grado mucho peor que los míos.

Sin embargo, es que no me divertía ver allí a Victoire, porque por mucho que a veces hubiese pensado en ella, en realidad no había querido volver a verla. Había querido que saliese de mi sistema, como si fuese un drogadicto en fase de desintoxicación, porque no me gustaba un carajo haber estado recordando el sonido de su voz y haberme preguntado para mis adentros cómo sería hacerla gemir bajo el peso de mi cuerpo. Me sentía gilipollas porque había mujeres a porrillo en el mundo con las que podía irme a mi cama y lo único que se me ocurría era no sólo ponerme a tontear con una nefilim mientras estábamos siendo asediados por una sirena sino que además había terminado pensando en ella como sabía que pasaría en el momento en que me di cuenta de que tenía los labios rojos y las pestañas más largas que había visto en mucho tiempo. No soy tan tonto, al menos, como para no saber qué pasa con mi propio cuerpo.

¿Es normal tener ganas de follarte a alguien a quien no puedes soportar?

«Joder, blando no, Abby. Lo siguiente.»

Porque como su irritante tono me había recordado, tampoco es que fuese mi mejor amiga, precisamente. Pero, aunque me había metido en el lío del que me había ayudado a salir, había arriesgado su vida por mí. Cada vez que la recordaba andando hacia la sirena, hablándole en ese tono desesperado, me cabreaba el doble con ella porque era gilipollas y porque no soporto a la gente que se hace la noble y se sacrifica por los demás. ¿Por qué coño no podían adscribirse más a la naturaleza humana y ser egoístas? No, tenían que ponerse en peligro para salvar a los demás... ¡era odioso y me dejaba esa sensación incómoda en el pecho que sólo era equivalente a las ganas que tenía de partirles la cara a los vampiros que estaban al otro lado de la sala!

Después de lo que se me hizo una eternidad, cogí una silla, la giré, me senté y apoyé los brazos sobre el respaldo, observándola con ojos escrutadores, intentando leer en su rostro algo que me ayudase lo más mínimo a terminar con aquella situación. Joderjoderjoderjoderjoderjoderjoder.

¿Mike?

Jannik, ¿por qué te costaría tanto cerrar el pico, por favor? Respiré pesadamente, me eché ligeramente hacia atrás y sonreí. Ahí estaba. Eso es. Me había concentrado intensamente en lo irritante que podía ser esa mujer y había conseguido sacar a la luz la actitud que el brujo había esperado ver en mí desde el momento en que había posado la mirada sobre mi víctima. Ahora sólo me tocaba empezar a hablar para que se tranquilizase y no pensase nada raro al respecto.

Estaba pensando... que debes de ser la nefilim más inútil del planeta si te han conseguido capturar esos imbéciles de ahí atrás —comenté con tono ácido mientras señalaba al grupo del fondo, que protestó. Jannik se rió. Yo me dejé caer de nuevo sobre el respaldo de la silla, pegando la barbilla al mismo, dejando los brazos caer a ambos lados y todavía observándola con suficiencia—. Seguro que dejarías que se te acercase un demonio de la nada y te tomase por sorpresa...

«¿Qué mierda hago contigo, Victoire?»

A ver, rubia —hago hincapié en llamarla así porque sé que lo detesta, la verdad. Y no debería, como no debería gustarme la cara que pone cuando se enfada—. La cosa es así. Aunque tú creas que un mundano como yo no puede hacerte nada, lo cierto es que sí que puedo. Por ejemplo, puedo conseguir que te suelten cuanto antes si me dices lo que estos imbéciles y mi amigo quieren saber. No quiero tener que aguantarte más que el tiempo preciso, justo y necesario, porque en general los nefilims me provocan alergia. Así que si colaboras como tienes que colaborar y prometes no mencionar nada de este desafortunado incidentepor favor, Victoire, intenta percibir lo que te estoy diciendo— conseguiremos todos lo que queremos. Yo perderte de vista, mi amigo no salir mal parado por las acciones de esos gilipollas imprudentes y tú volver a casa sana y salva. Así que, por favor, por las buenas —junté las manos en una súplica infantil, mientras por dentro rezaba que me entendiese—, dinos, ¿por qué te han pillado rondando por aquí?

Por favor, entiende que quiero que me pongas esto fácil, que hables pronto, para poder perderte de vista para siempre y que ninguno de estos gilipollas pierda la paciencia, estando tú aquí atada, te hagan daño y esto vaya todo a muchísimo peor.
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"Joder mundi, no te quedes de piedra"

Si bien ella no podía culparlo del todo. La rubia después de todo de igual manera cargaba el peso de su recuerdo como algo de lo que deseaba deshacerse lo más rápido posible. Después de aquella accidentada noche Victorie se había encontrado practicando en las salas de entrenamiento contra algún otro nefilim y pensando en aquel castaño, sonriendo para si misma porque tenía la seguridad de que la cara de sus adversarios no tendría precio si se veían sobrepasados por aquel mundano que la francesa estaba segura podría acabar con varios de ellos con un mínimo esfuerzo. Y había sonreído orgullosa como si el chico fuera su parabatai o alguna estupidez parecida. Patético. Y ahora lo tenía frente a ella, con sus rizos castaños y sus ojos oscuros y profundos, y las pestañas largas que hasta que lo pensó, ella no se había dado cuenta que se había fijado en ellas. Y si el mundano no fuera quien estaba frente a ella la rubia ya se habría intentado liberar, lo sabía. Una voltereta bien ejecutada y rompería la silla en astillas. Lo malo es que habían amarrado sus tobillos así que primero tendría que liberar sus piernas... En fin, se tardaría bastante y si los vampiros no lo veían venir, el brujo podría o incluso el mismo mundano.

Al parecer el brujo notó algo inusual en el mundi pues le llamó por su nombre. Mike, diminutivo de Michael seguramente. Qué ironía. ¿Sabía aquel mundano que tenía uno de los nombres más nefilims del planeta? Mikha'el en hebreo cuya traducción literal era "¿Quién es como Dios?" La mujer no era católica pero incluso ella sabía que era una pregunta retórica, porque nadie era como Dios. El nombre le pegaba, era un misterio, un acertijo, algo que desconcertaba y cuyo trasfondo era mucho más profundo de lo que aparentaba, casi estuvo tentada a decirle que ahora estaban a mano, que él sabía su nombre y ella el suyo, pero mantuvo la boca cerrada y sólo reaccionó cuando aquel mundano habló por fin, fulminándole con la mirada.

Lamentablemente mi especie tiende a compadecerse de subterráneos sin cerebro, si los hubiera querido muertos, no me hubieran atrapado, la nobleza de la raza, pero no te preocupes mundi, no cometeré ese error de nuevo— exclamó en un fluido francés sin molestarse en después repetir lo que había dicho en inglés, todo con tal de ver la cara de imbéciles que ponía el trío de vampiros al no entender ni una palabra de lo que le había dicho, no se volteó a ver al brujo pero casi intuía que si alguien de ese lugar podría entender sus palabras, sería el ser inmortal que parecía dar muestras de poseer un cerebro, la nueva pulla dirigida hacia ella hizo que apretase los dientes para esta vez responder en un inglés sumamente frío y cortante —¿Quieres comprobarlo mundi? Diles a tus amigos que me suelten y te haré comer tus palabras, después de todo si me crees tan estúpida como dices, seguramente logres volverme a agarrar, aún que yo dudaría seriamente de eso, los tuyos suelen ser bastante inútiles.

Apenas y sonríe para si misma cuando la llama rubia y sin poderlo evitar su cara se frunce en fastidio y algo de molestia. Lo bueno es que ella siempre había sido buena fingiendo por lo que no le costaba trabajo que sus ojos azules relucieran como el cielo en medio de una tormenta, que sus labios estuvieran crispados en una mueca y que lo mirase con desprecio, como si le odiase, cuando si bien faltaba mucho para que fueran amigos, por lo menos eran aliados. Y cuando lo escuchó hablar no pudo evitarse reírse sarcásticamente —Mundi, ¿Por qué no le preguntas eso a los idiotas perritos de tu "amigo"? Cuando los muy tarados se pusieron a perseguirme por toda Nueva York les dije una y otra vez porqué demonios estaba por aquí, pero decidieron que era mejor meterse en mi misión, hacer que perdiese de vista al mestizo que estaba buscando, quitarme la consciencia y luego arrastrarme a este maldito lugar para que tuviera que esperar a que me hicieran la misma pregunta que respondí mil veces. Hombre que creí que a ellos les faltaba cerebro, pero pensé que ustedes se habían tomado la molestia de preguntar si yo había dicho que demonios hacía aquí— no estaba enfadada con el mundano en si, ni siquiera estaba molesta. Era indignación la que recorría sus venas porque le parecía inaudito la estupidez de aquellos vampiros y del brujo, quien ni se había tomado la molestia de preguntarles a esos imbéciles si ella había dicho que hacía ahí —Te voy a repetir lo que les dije a los hijos de la noche, una mujer lobo me pidió que si podía dar con quien había matado a su hijo. A menos que alguno de ustedes sepa algo de eso o sea el presunto homicida, yo no estaba interesada en ninguno. Estaba buscando a un mestizo de hada, y dudo que alguno de ustedes tenga sangre feérica porque las hadas suelen ser bastante astutas... Así que vamos a hacer un nuevo trato, suéltame y no diré nada de ti o del hijo de Lilith, pero si esperas que cierre la boca sobre esos tres imbéciles...— se calló momentáneamente porque sabía que eso no era lo que Michael quería, Michael quería que cerrase la boca, que dijiese que si y suponía que él podría soltarla, pero era una nefilim del consejo, las reglas estaban grabadas a fuego y sangre en su piel y su mente y no podía simplemente ignorar todo su código por su deseo de salir de ahí ilesa.

Vi el rostro de tu amigo el brujo, tu eres un mundano así que lamentablemente, dudo que la Clave te vaya a prestar mucha atención, los mundanos que tontean en el mundo de las sombras no suelen ser nuestro problema. Reconocería a esas tres gárgolas en cualquier lado, atacaron a un miembro del Consejo sin previa provocación y aparte no esperas que me crea que me trajeron para darme unas palmaditas en la espalda y dejarme ir. Por mi los mato con mis propias manos. ¿Te vale eso?— Casi tuvo el deseo de aplaudirse por su astucia una vez hubo terminado. ¡Bien ahí Victorie! Habla de más como siempre y has encabronar a los vampiros, casi podía ver el deseo de sangre en los ojos de ellos y uno de los mismos (el líder del escuadrón idiota) le sonrió maliciosamente con los colmillos desplegados, la rubia sintió un escalofrío pues recordaba el aliento de uno de ellos contra su cuello, lo cerca que había sentido aquellos colmillos perfectamente capaces de perforarle la tráquea... Y ahí estaba ella arruinando sus posibilidades de salir ilesa de aquello solo porque no podía controlar la furia que la invadía por haber sido arrastrada y cuestionada por algo que había respondido incluso sin que se lo hubieran pedido. Qué se le iba a hacer, posiblemente a Michael no le quedaría de otra más que hacerse un lado y dejar que los hijos de la noche se la comieran viva....

Como siempre, Victorie Claire Wintercloud había demostrado que cuando tenía que mantener la boca cerrada, era incapaz de ello.





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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío de cojones
«Por favor... ¿¿por qué eres idiota, mujer??»

Evidentemente Victoire no iba a dar su brazo a torcer. Eso lo supe en el momento en que comenzó a hablar en francés y a mí se me calentaron hasta las orejas. Mal, muy mal, Mike, pero su voz me había entrado en los oídos como algo cálido, a pesar de que debía de estar cagándose en nuestros muertos; yo nunca había creído en esa mierda de que el francés fuese un idioma bonito ni sensual. Siempre parecía que tenían una patata metida en la boca que no eran capaces de escupir. Pero la lengua de Victoire sonó llena de veneno, rápida y fluida, y fue como 'wow, Sam, tócalo otra vez'. Siempre he sido carajota, pero hasta ese extremo...

El resto fue una sucesión de momentos de 'cállate, rubia, deja de cagarla' y 'estos tres son mucho más gilipollas de lo que había pensado en un principio'. Cuando dijo que les había contado por qué estaba por la zona, Jannik les fulminó con la mirada tan abiertamente que pensé que los iba a hacer arder allí mismo; siempre fue muy amigo del fuego y era como solía arreglar las cosas cuando no iban como a él le gustaría. Pero el resto... Mierda, Victoire, ¿por qué tienes que ser tan orgullosa y tan... noble para todo? Seguro que no sabía ni mentir, la muy idiota. Cuando dejó de hablar me quedé paralizado unos cinco segundos, sin saber qué responderle ni cómo interceder para que la cosa no se fuese de madres.

Afortunadamente, el gilipollas jefe de esos subnormales me dio la entrada para el siguiente acto cuando, tras levantarse, se dirigió hacia donde estaba nosotros con un aire de superioridad y grandeza que me revolvieron las tripas. Aunque no más que la mirada que relucía en sus ojos oscuros. Conocía esa mirada. La había visto tantas veces en otros hombres que la sangre empezó a arderme con rapidez. Por eso no fue difícil estallar tras escuchar sus palabras.

Entonces no hace falta que hagas nada más, mundanillo. Esta imbécil miente en todo lo que ha dicho, y como miente, tendremos que ocuparnos de ella. —La miró de arriba a abajo como un trozo de carne; por supuesto que pensaba en la sangre, pero estaba claro que pensaba en algo más—. Será divertido... —Alargó el brazo y le cogió de la barbilla, raspándola con dureza, porque a eso no se le podía llamar caricia ni de lejos. Era un toque hiriente, repulsivo, de un hombre que quiere reducir a otra persona a un amasijo lloroso, sanguinolento y usado. Me estaban dando putas náuseas de oírle, de ver cómo la tocaba y de cómo la amenazaba sin decir palabras. Vivos o muertos, los hombres daban todo el puto asco del mundo—. Muy divertido.

Fue relativamente fácil tumbarle, porque el muy imbécil se había puesto de espaldas a mí y evidentemente no imaginaba que yo iba a levantarme de un golpe, a tirar la silla y a reducirle en el suelo como si se tratase de un tirillas. Evidentemente no soy tan rápido como un vampiro en circunstancias de igualdad, aunque sé que puedo hacerles frente hasta cierto punto -no ha sido la primera vez-, pero cuando están totalmente desprevenidos no son muy diferentes del resto. Jannik emitió un grito de sorpresa, como el gilipollas que en ese momento estaba debajo de mi cuerpo y el grupo de subnormales del fondo. Tenía su brazo apresado en una llave y se lo retorcía, debo de decir que con cierto gusto; no sólo porque sus palabritas a mi llegada, sino porque el comentario que le había dedicado a Victoire había hecho que la sangre me ardiese. Asqueroso. Cerdo. Le apreté el agarre y el gritó de nuevo.

¿A dónde vas tan rápido tomando decisiones sin consultar con nadie más, chupona con patas? ¿Sabes? Mi padre solía decir que los vampiros ya no eran hombres porque estaban muertos. Un poco anticuado el señor, quizás, y tampoco había tratado mucho con los vuestros. Pero yo sí, y sé de lo que sois capaces cuando tenéis ganas de joder a algo o a alguien. En las épocas de mayor conflicto contra los nefilim, a los subterráneos que generalmente estáis bajo su bota únicamente porque os obligan a cumplir los acuerdos os da por poneros gallitos y pensar que las consecuencias de vuestras acciones pueden pasar desapercibidas. ¿Crees que si aparece muerta en un callejón van a echarle las culpas a la gente de Valentine o qué, pedazo de mierda? —Volví a retorcerle el brazo. Crujió. Sentí que sonreía mientras se me nublaba la vista. Joder, como deseaba matarle allí mismo—. Puede ser. Aunque sois imbéciles en realidad puede que tengáis cerebro suficiente como para que no parezca cosa vuestra.

Michael —la voz de Jannik me llegó seca, como una advertencia. Se estaba poniendo nervioso porque sabía que si seguía, las consecuencias no podían ser muy buenas.

A lo mejor debería ir a ver al líder de tu Aquelarre con tu cabeza en la mano y decirle que vigile mejor a sus engendros, o que los seleccione mejor y que no deje entrar a escoria como tú, que lo primero que piensa cuando tiene que librarse de una mujer es en humillarla antes que en matarla.

Michael —seguí sin hacerle caso. Faltaba tan poco para romperle el brazo.

¿Porque sabes? Sería más compasivo que le cortases el cuello antes que tener que sentir tu polla...

¡Michael, for nu!*

El escuchar a Jannik hablando en danés me hizo despertar, como si hubiese estado en alguna otra parte. Muy despacio me levanté, dejándole en el suelo gimoteando por su brazo casi roto. El brujo me miraba con ojos severos, pero me dio exactamente igual; me conocía lo suficiente como para saber que reaccionaría así si cualquier imbécil amenazaba con violar a una mujer delante de mis narices. Simplemente gruñí, me froté las manos y giré el rostro hacia Victoire, a pesar de que no quería hacerlo. La imagen de Abelone tirada en medio de la nieve con la piel blanca se me vino a la cabeza rápidamente, como las ganas de vomitar a la garganta, y temí que ella pudiese verlo en mi rostro.

Llevé la mano a uno de los cuchillos que guardaba debajo de la chaqueta. El filo helado de su hoja me hizo sentirme seguro; y no supe si lo hice por instinto o por qué, pero lo cierto es que me sirvió, después de todo. El vampiro se había levantado con la rapidez propia de su raza, pero un crujido  había sido lo suficientemente delator como para que yo estuviese preparado. Alcé el arma apuntándola hacia su cuello en el mismo momento en que intentaba lanzarse sobre mí; el metal se hendió levemente en su carne muerta y él aulló de rabia.

En realidad debería matarte por haber sido tan soberanamente gilipollas como para atacar a alguien que forma parte del Consejo —resultaba irónico, cuanto menos, que en mi casa sólo se hablase de La Clave cuando mi padre quería y mi madre lo consentía, y que se hubiesen tomado la molestia de explicarme la jerarquía de los nefilim en su momento. Nunca supe qué pasaba por sus cabezas, exactamente, y nunca lo sabré, pero en ese instante lo agradecí, porque me dio armas para lidiar con la situación—. ¿Es que tus hombres y tú no tenéis cerebro, sanguijuelas? Fastidiar a una nefilim normal y corriente ya es jodido, pero atacar a un miembro del Consejo podría equivaler a que quien os rajara la garganta fuese otro que no se tratase de mí. Y tendríais suerte. Yo no sería tan compasivo.

Skull —dijo Jannik. Seguramente era su apodo. Menudo sobrenombre de mierda—, ¿no has hecho ya bastante el cretino esta noche? —su voz sonaba poderosa en ese momento, y me hizo estremecer, no precisamente de placer. Jannik podía resultar terrible cuando se enfadaba, y en ese momento parecía muy, muy cabreado; guardé mi arma y me aparté, recogí la silla y me senté de nuevo al lado de Victoire, manteniendo la misma pose que antes—. No sólo primero me mientes y me dices que ella no te había comentado absolutamente nada sino que además resulta que forma parte del Consejo, y además la traes a mi local. ¿Es que quieres que me terminen perjudicando, cerebro de mosquito?

¡No me jodas, Jannik! ¿En serio te vas a poner de lado de esa zorra y del gilipollas ese antes que de nuestra parte? ¿Desde cuándo piensas más con la polla que con el cerebro, brujo de mierda?

Suspiré. Ahí les quedaba para rato el intentar descubrir qué coño iban a hacer, más entre ellos que con Victoire. Me giré hacia ella, sin saber por qué, intentando no encontrar algo de desprecio o de miedo en su rostro. Resultaba estúpido, pero todo lo que tenía que ver con ella se me hacía estúpido, así que tampoco me preocupé demasiado. Seguía sin ser mi mejor amiga y seguía sin importarme un pimiento más allá de que me parecía que tenía algo así como una deuda con ella por el tema de la sirena... y de que olía tan jodidamente bien, incluso con sangre y sudor, debajo de ese antro, que iba a empezar a marearme.

Parece que ya estamos a pares, rubia —dije en voz muy baja. Los otros vampiros se habían unido a la discusión con el brujo y no nos prestaban atención—. Es muy probable que te deje marchar incluso con la condición de que persigáis a esos imbéciles para darles caza. No suelo ponerme del lado de los nefilims pero es que se lo han buscado, los muy gilipollas —reí ligeramente—. Mientras no nos jodas a Jannik y a mí, no tengo objeciones al respecto. Pero tienes que dejar de jugarte el culo por salvar a desconocidos que sólo pueden meterte en problemas o terminarás tan jodida que ni siquiera yo podré aparecer para salvarte.

«Para, Michael. Para. No empieces de nuevo. Es una nefilim. Es una nefilim. Es una nefilim...»

Guardé silencio un momento y apoyé la cabeza contra los brazos cruzados sobre el respaldo de mi silla. Todo aquello resultaba ridículo. Nunca me había costado no mirar a un nefilim como lo que era, y había conocido a algunos y a algunas que eran indudablemente mucho más interesantes que Victoire en todos los sentidos; para empezar, ni la mitad de irritantes. Me centré en mirar a Jannik, que cada vez parecía más cabreado; pronto empezaría a amenazar con convertirlos en cenizas y los otros empezarían a suplicar a su jefe el salir por patas para no correr ese destino, porque Jannik era tremendamente capaz de hacerlo. A mí eso sólo me había causado risa; sus amenazas nunca me habían asustado, por muy plausibles que fuesen. A veces creo que sólo soy un idiota suicida al que le gusta tentar a la suerte y jugar con quien se supone que no debo hacerlo, porque eso sólo me causará problemas. Quizás por eso me pasa esto con Victoire, porque soy un imbécil masoquista que prefiere quemarse con la hoguera antes que mover las alas en otra dirección.

En fin...


Traducción:
*For nu, según he encontrado en un traductor, sería algo como 'para ya'. Pero fiémonos en la medida en que nos podemos fiar de los traductores de internet xD
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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío


La nefilim se quedó de piedra.

Algo en los ojos del vampiro la hizo estremecerse y acobardarse en lo más profundo de su alma. Se sintió pequeñita e insignificante mientras lo veía acercarse con los ojos oscuros llenos de algo que le era tan familiar que le entraron arcadas, y súbitamente no estaba en aquel sótano sino en un callejón. Había bebido bastante y se encontraba con un mundano cuyo nombre no le importaba, porque era guapo, besos, alguna que otra caricia y súbitamente eran tres más los que estaban en el callejón y ella sabía lo que planeaban hacer. Lo que por supuesto ellos no sabían es que Victorie estaba armada y que ella podía tumbarlos a los cuatro con suma facilidad. Pero podía recordar la sensación de disgusto cuando le habían puesto la mano encima, el asco que le había recorrido mientras sin pensarlo dos veces acuchillaba al primero, antes de que los demás salieran corriendo. La sangre en sus manos, el olor a sudor... Y sus ojos, de todos ellos, negros como túneles, inhumanos, deseando usarla como si fuera un trapo... Y esa mirada era la que veía en los ojos de aquel vampiro en ese preciso instante.

Tragó saliva y mantuvo la barbilla en alto mientras lo miraba con un profundo asco —Ponme la mano encima...— le retó inyectando todo el veneno que pudo, mientras aquel vampiro la recorría con la mirada, hambriento. Súbitamente la rubia se sintió desnuda y desprotegida, amarrada, a su completo merced y tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no gritar cuando le puso la mano encima, tomándola de la barbilla sin delicadeza, mientras sus dedos se encajaban en su carne y ella sentía su respiración contra su rostro. La forma en que pronunció que sería divertido ocuparse de ella le provocó una arcada y giró el rostro, lo que ocasionó que el vampiro la tomara con más fuerza, haciéndole daño. Soltó un gemido y el cabrón rió con malicia —No te preocupes preciosa... Ese fue tan solo el primero— y sus palabras por fin generaron el efecto que seguramente esperaba de ella pues su corazón se aceleró y sus pupilas estaban completamente dilatadas, presa del terror. No, no, no. Todo menos eso, prefería que le rebanaran la garganta, por lo menos en eso Michael tendría compasión ¿No? Casi rezaba porque el mundano la matase "Mátame" pensó con toda la intensidad que pudo mientras veía como el vampiro le agarraba la barbilla y le daba un tirón sin delicadeza, mientras su otra mano le apartaba el cabello, dejando su cuello al descubierto... —¡Suéltame!— bramó asqueada y el vampiro se encontraba en el suelo de golpe.

Victorie jadeó sorprendida. El vampiro estaba siendo apresado por el castaño, quién parecía un verdadero ángel vengador, con los ojos ardiendo como si tuviera fuego en el interior de sus pupilas; casi se maldijo por haber sido tan estúpida. El nombre no le quedaba por ser un acertijo, le quedaba porque en ese momento parecía la reencarnación del arcángel Miguel, con aquella seriedad fría, con el poder destructivo de algún tipo de gloria divina. La nefilim de haber sido más blanda se habría puesto a llorar de alivio y se habría puesto en una posición donde sus piernas estuvieran apretadas contra su cuerpo, pero en su lugar se limitó a verlo con una mezcla de perplejidad, agradecimiento y una cierta admiración. Estaba segura de que lo que había desencadenado tal reacción en el mundano, era totalmente personal, pero en ese momento lo único en lo que podía pensar es que la había salvado, la había salvado no como ella lo había salvado a él, si no de algo mucho peor, porque la nefilim hubiera preferido morir antes de soportar que le tocasen.

La voz de aquel brujo severa, parecía no afectar a Michael que seguía retorciendo el brazo de aquel vampiro con singular alegría. La francesa casi deseaba que se lo rompiese, que lo matase, que lo redujera a pedazos, como él había deseado reducirla a ella, a nada más que un pedazo de carne, un objeto de alimento y placer... Giró el rostro, incapaz de seguir mirando. Todo lo que pasó después lo percibió como si no fuera ella la que se encontraba en su cuerpo; el brujo hablando en un idioma que ella no conocía, pero que evidentemente el mundano si porque finalmente soltó el agarre que mantenía sobre el vampiro, ella levantó la vista como ida, y sus ojos se encontraron con los de aquel mundano, logrando regresarla de ese rincón donde se había encerrado. Se veía... ¿Triste? ¿Asqueado? Ella no estaba lo suficientemente concentrada para saberlo, lo único que logró fue emitir una silenciosa advertencia -una mezcla entre un movimiento del rostro y la atención en sus ojos azules- cuando el vampiro se puso de pie.

Michael reaccionó antes de lo que ella habría pensado, un mundano podía reaccionar.

Apenas en un parpadeo había extraído un cuchillo de alguno de sus bolsillos y lo había posicionado de forma defensiva, evitando el ataque del vampiro. La francesa arqueó una ceja asombrada, por mucho que le dolía admitirlo, estaba segura que ni siquiera ella lo habría hecho mejor. El vampiro al parecer también se sentía frustrado por haber sido sobrepasado por un mundano, porque aulló de rabia antes de alejarse del castaño. Apenas y prestó atención a todo lo que sucedía a su alrededor hasta que sintió la presencia del chico a su lado, quien al parecer había decidido apartarse de la pelea entre los vampiros y el brujo que había llamado Jannik el idiota que le había puesto la mano encima.

Mantuvo la mirada clavada en el suelo, con los ojos cerrados, mientras contenía las lágrimas. Joder, que blanda se había puesto. Normalmente ella podía soportar este tipo de situaciones y peores sin sentirse tan vulnerable, pero en aquel momento lo único que quería era lanzarse a los brazos de alguien, perderse entre esa sensación de seguridad y soltarse a llorar, porque la sola idea de que le pusieran la mano encima la había asqueado a un punto que ni con las runas sobre su cuerpo, se sentía fuerte. Una vez sintió las mismas estaban bajo control alzó la mirada antes de mirar de reojo a Michael aparentemente calmada. E mundano tenía la vista clavada en ella y casi deseó que su fachada de dureza hubiera regresado, porque no quería que viera la debilidad en sus ojos. Por alguna razón le resultaba insoportable la idea de que él viera cuanto le había afectado las palabras y el tacto de aquel hijo de la noche.

Cuando lo escuchó, se giró para mirarle; y fue como si lo viera por primera vez. El cabello castaño y enroscado, los ojos oscuros pero con pequeñas vetas doradas que le conferían cierta luz, las facciones duras y el gesto de alguien que la vida no podía valerme más. Y le debía la vida, ¿La dignidad? Ni siquiera sabía como explicar la deuda que sentía con aquel mundano, como si este hubiera salvado su alma del infierno —Tengo la impresión de que te debo más de lo que me debías mundi— sonrió cuando lo dijo, como si fuera un chiste personal entre ellos, ya que bien podrían llamarse por sus nombres ahora; su sonrisa duró apenas por un segundo antes de levantar la mirada, cerciorándose de que no les estuvieran prestando atención, su voz, apenas un susurro inaudible esperaba pudiera pasar desapercibida por los vampiros, incluso con su agudo sentido del oído —No te preocupes, si quisiera que la Clave te jodiera, ya lo habrían hecho, con los brujos solemos hacer la vista gorda de todos modos, son aliados muy poderosos, de todos modos, si me dejan ir no pienso presentar la queja contra la Clave, ya no— su gesto se crispó en una mueca de asco y furia —voy a matarlo con mis propias manos.... Estaba segura...— se calló de golpe y se estremeció negando con la cabeza —No puedo... Ni siquiera iba a hacerlo ¿Sabes? Sólo qué... La Clave está ignorando a los subterráneos, están más ocupados en Sebastian, Valentine, demonios, que como afecta nuestra guerra a los demás les vale un comino. Y esa mujer estaba muerta por dentro, no puedo quedarme sin hacer nada— suspiró sintiéndose como una idiota frente a alguien cuya moralidad estaba más movida por dinero que por ética —En mi defensa, ni siquiera era peligroso, sólo estaba consiguiendo información. Mi pecado fue no matarlos cuando pude— su mirada se dirigió al grupo de vampiros que se estaban enfrentando a un brujo que cada vez parecía más el mismísimo diablo que un subterráneo. La nefilim no pudo contener la risa, que salió como un suave y casi inaudible sonido estrangulado —Además, creo que tu también te juegas el culo todo el tiempo, supongo que nos gusta demasiado el peligro como para que dejemos de meternos en problemas.

La falta de ruido fue lo que la alertó y ella bajó la mirada aparentemente distraída. Apenas y reaccionó cuando miró al brujo y a los demás vampiros que se veían verdaderamente cabreados, no podía apartar la vista de la mirada del jefe de los tres ¿Skull lo había llamado el hijo de Lilith? La veía con un odio profundo, mientras movía el brazo constantemente, seguramente acomodando el hueso que se estaba curando del trato que le había dedicado con tanto "amor" el castaño. La nefilim tuvo el descaro de sonreír al vampiro, apenas por un segundo pero fue el suficiente para que este le enseñara los colmillos. Bien por ella, casi deseaba que la persiguieran para que ella pudiera matarlos.

Brujo— la forma en que pronunció aquella palabra fue respetuosa y formal, como si le hubiera llamado por un título —¿Tenemos un trato entonces? Juro por el ángel que no diré nada de tu participación en esto, ni la del mundano— casi llamaba a Michael por su nombre, pero logró morderse la lengua justo a tiempo antes de que la palabra abandonara sus labios —Incluso estoy dispuesta a daros a ambos un favor, y supongo que con vuestro historial de actividades un favor de un miembro del Consejo no os caería mal. Sobre tus amigos los vampiros, lo dejarán a mi criterio— su voz era tranquila y pausada, Skull le enseñó los dientes cuando pronunció aquello, mientras ella se entretenía pensando en diez formas diferentes de matarlo —Además, si no te preocupa la Clave, tal vez te preocupe el pueblo Mágico— Victorie emitió una suave pausa agradeciendo por primera vez su sangre féerica y que en especial su abuela pareciese tan apegada a ella —Mi antepasada es una princesa feérica y estoy bajo la protección de las hadas. Creo que podemos concluir que todo esto fue un terrible... Malentendido del que nadie tiene que salir precisamente perjudicado.




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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío de cojones
En realidad no esperaba que me respondiese directamente, a pesar de todo. No creo que ninguna mujer que reciba la amenaza de ser violada tan directamente como acababa de pasarle a Victoire, que se encontraba totalmente indefensa y postrada, pueda soportarlo sin quebrarse ni lo más mínimo, aunque sea alguien aparentemente tan fuerte como ella. A los nefilim los entrenan para muchas cosas, eso lo sé, pero siempre he creído que no les preparan para estas situaciones, porque en general sus enemigos son demonios, no los subterráneos, y cuando da la casualidad de que tienen que hacerles frente, quizás no vean a hombres o a mujeres como sus enemigos, sino a hijas e hijos del Ángel, y punto. Pero los tiempos han cambiado, los subterráneos se han asentado y en realidad no creo que la maldad abandone los corazones de la gente una vez cambian, aunque sea tanto. Porque no hay otra forma de definir a los cabrones que disfrutan con la dominación que no sea simplemente maldad pura y reconcentrada.

Pero cuando la vi centrar la mirada en mí e incluso sonreírme, no pude evitar pensar que Victoire nunca dejaría de sorprenderme. Y puede parecer estúpido porque sólo nos habíamos visto en dos ocasiones, pero la muy condenada se las apañaba para no reaccionar nunca como yo esperaba. La gente es impredecible por naturaleza, eso es verdad, pero aunque prácticamente todo el mundo que me conoce me tilda de tarado emocional -hola, sí, la verdad es que me río con ganas de las desgracias ajenas- lo cierto es que tengo una cierta facilidad para calar a la gente. Pero tenía la impresión de que por cada cosa que acertaba de ella, se me escapaban veinte. Maldita mujer...

Ouch. Reconocer eso ha debido de doler...

Ahí estaba otra vez. La sonrisa idiota. El comentario estúpido y burlón. Mierda, ¿por qué coño no podía dejar de tontear como un imbécil con esa chica? Que-era-una-puta-nefilim. Pues nada. No tenía forma de controlar mi lengua. Salían solas, como el respirar o el parpadear. Me recordaba a la primera vez que me había acercado a un chico sin saber si le gustaban los hombres y me había puesto a decir una estupidez tras otra, en el sentido de que en ese momento habría deseado poder controlar mi boca de alguna forma sin éxito alguno. Lo bueno fue que el tipo terminó lanzándose sobre mí, eso sí...

Los reproches mentales pasaron, no obstante, cuando advertí su mirada seria y que se acercaba a mí para responderme, aprovechando la cercanía y lo entretenidos que estaban los otros con la discusioncita de las narices. Sonreí maliciosamente ante la declaración de que iba a matarlos personalmente. Buena chica... Eso es lo que hay que hacer con los gilipollas como aquel, cortarles los huevos y freírlos luego en una sartén. Sin embargo no todo era bonito. Bufé. Idiota desprendida. ¿Por qué demonios se arriesgaba tanto por una desconocida? Fruncí el ceño, incapaz de comprenderla, y por primera vez en mi vida, pesándome un poco en la conciencia. Quiero decir, ¿cómo podía alguien ser tan desprendido y tan desinteresado de su propia seguridad? ¿Te enseñaban a ser así o nacías así directamente? Quizás un poco de cada cosa, porque nadie en esa casa pudo haberle enseñado a Abelone a ser el rayo de sol que ella era. Imposible. Y sin embargo...

La diferencia es que a mí me pagan por mis problemas, rubia. No los busco de forma gratuita. —Pero era verdad que terminaba sobre ellos de forma inexplicable.

De pronto se hizo el silencio. Sin tapujos miré directamente a Jannik, que ofrecía el semblante más cabreado que le había visto desde que nos conocíamos. Seguí el discurso de Victoire sin mirarla, como si no fuese conmigo, aunque me giré hacia ella con cierto descaro cuando reconoció que tenía sangre feerica. Incluso parpadeé, incrédulo. Vaya, ¿por eso era tan engreída y tan insoportable y tan jodidamente...? Oh, bueno, iba a decir atractiva, pero los ojos y los labios que tenía se salían un poco de esa definición. Podría haberme pasado media hora intentando buscar una palabra para describirla que no comprometiese mis creencias de odiar a todos los de su raza, pero la voz de Jannik me separó de mis propios pensamientos, cosa que agradecí tanto que no podría haberlo expresado nunca.

Por lo general intentaría que, ¿cómo has dicho?... Ah, sí, que mis amigos vampiros tampoco saliesen perjudicados, pero creo que hoy haré una sana excepción teniendo en cuenta el compromiso en el que me han metido sin pensar por una maldita vez. Por lo demás, querida, creo que debo decir que estoy más que satisfecho con las cuestiones que planteas. —Le observé con detenimiento mientras se acercaba a Victoire. Alcé una ceja al contemplar su sonrisa de seductor, perfectamente controlada, y bufé tan sonoramente que tuvo que mirarme. Idiota pervertido. Con un roce de los dedos las cuerdas de las muñecas ardieron—. Creo que el resto puedes quitártelo tú. Cuando termines te devolveré tus armas. Michael, ven conmigo.

Me levanté de la silla mientras Victoire se las apañaba, poniendo un ojo, mientras nos apartábamos un poco, en el grupo de vampiros, que cuchicheaba. Un pensamiento tan funesto como certero se abrió paso dentro de mí, y cansado, suspiré. Idiotas. Se podía leer en ellos como en un libro abierto.

Creo que por una vez vamos a saltarnos los preliminares y vamos a ir al grano, Mike.

Eso mismo iba a decirte yo. Trae mi katana. —Eso le desconcertó. Aunque no le estaba mirando, lo supe.

¿Cómo?

Mi katana. Voy a acompañar a la rubia para que esos gilipollas no la ataquen ni nos metan en más problemas.

El silencio se hizo tenso entre ambos. Jannik me miraba como si no me reconociese y eso me hizo sentirme aún peor. Moví los dedos esperando por una respuesta que tardó en llegar. El brujo se colocó tras su escritorio, sacando de no-sé-dónde las armas de Victoire con una lentitud exasperante. Joder, cómo he odiado siempre esos silencios...

Ya pensé que te estabas comportando de una forma extraña al llegar, y no he asociado tu arranque de ira contra Skull con otra cosa que no fuese por lo de Abby... Pero Mike... ¿Estás jugándote el pellejo por una nefilim cualquiera? Reconozco que es particularmente más bonita que otras mujeres, probablemente por su sangre de hada, pero esto es ridículo. —Se reclinó sobre la mesa, enarcando una ceja—. ¿Acaso tengo que ponerme celoso?

Lo que tienes es que dejar de hacer el idiota y traer mi katana, Jann —repetí, intentando contener mi impaciencia, siguiéndole el juego. Imité su pose, acercando mi rostro al suyo y susurrándole suave, despacio, como a él le gustaba que hiciese—. Si ya no tanto por su ascendencia nefilim, por la de hada. ¿Quieres que te tengan en peor estima, si eso es posible? —Él se echó a reír. ¿Por qué coño tendría que ser tan atractivo ese brujo imbécil? Con un gesto de la mano, hizo aparecer mi espada. Como soy un imbécil compulsivo para algunas cosas, siempre dejo las armas en el mismo sitio. Jannik ha estado en mi apartamento alguna vez, así que no es difícil para él hacer cosas así—. Gracias.

Sin embargo —dijo mientras me la tendía— creo que hay algo que no me estás contando.

Me gusta mantener el misterio... —Me colgué la katana del cinto, cogí las armas de Victoire y se las acerqué—. No quiero que lo tomes como un comportamiento habitual, pero te acompañaré. No vaya a ser que te encuentres con el lobo por el camino, Caperucita.

Le indiqué por dónde teníamos que salir. Había una puerta trasera que estaba justo detrás de nuestros amigos los vampiros que ascendía hasta un callejón mugriento en la parte de atrás. Me despedí de Jannik con un gesto, y de forma inconsciente fui a colocar la mano de Victoire en la curva del final de la espalda para animarla a andar, pero no lo hice. Sólo le indiqué con la cabeza que me siguiese. Los vampiros no hicieron demasiado mientras los pasamos, sólo mirarnos con la peor cara del universo, pero a mí me dio bastante igual, e intuyo que a Victoire también, aunque sólo en parte.

Durante el ascenso no dije absolutamente nada, temeroso de que nos oyesen hablar. Sólo cuando la puerta se cerró a mis espaldas y estuvimos de nuevo en el exterior, me di el lujo de respirar algo más profundamente, dejando salir la tensión de mi cuerpo, aunque no del todo. La necesitaría para estar alerta todo el trayecto.

Vamos, te acompañaré a donde sea que vayas, el Instituto o lo que sea. No me fio de esos cretinos y no quiero que tu abuela ponga nuestras cabezas en una pica por no haberte ayudado, así que... Cuanto antes nos movamos, antes llegaremos. —Introduje las manos en los bolsillos y esperé a que me indicase el camino.
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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío
¿Doler?— hizo una mueca mientras de alguna forma se las arreglaba para seguir sonriendo suavemente, con cierto encanto en aquella sonrisa —Un poco tal vez, me recuperaré de ello, no te preocupes— le guiñó el ojo pícara mientras aquella sonrisa (la clase de sonrisa que te saca hoyuelos en el rostro e ilumina tus ojos) se instauraba en su rostro. Por el ángel, estaba coqueteando. Tal y como lo había hecho aquella noche en aquella calle, a pesar de lo irritante que era el mundano, pero en ese momento era claro incluso si bien involuntario; la nefilim siempre había sido coqueta, tal vez por la ascendencia francesa en sus venas, pero siempre era controlado, medido, incluso algo calculado; en aquel momento las palabras y los gestos estaban fuera de su control, impulsivos. No podía decir que le molestase especialmente, el castaño era atractivo y si le conocías no era tan endemoniadamente insoportable, sólo irritante ¿Qué le estaba pasando? Claramente un misterio.

Eh, a mi también me pagan— dijo, ligeramente indignada jugando. Puso los ojos en blanco mientras echaba un último y rápido vistazo en dirección de sus no tan agradables acompañantes antes de regresar su atención al hombre frente a ella, bien, todo iba bien. —¿De donde si no sacaríamos para comprar cosas? No vivimos a base de aire ¿Sabes?— de haber podido se habría acomodado el cabello detrás de la oreja pero apenas un ruido la alertó que el tiempo de jugar se había acabado se incorporó indiferente mientras sus ojos recorrían a los presentes, dirigiéndose al brujo y al brujo exclusivamente. Victorie estaba acostumbrada a tratar a los hijos de Lilith y si bien no todos eran iguales por lo menos podía decir, que eran los subterráneos más razonables siempre, vivir tantos años les había enseñado un instinto de supervivencia bastante bueno y así como los cazadores de sombras solían dejarles en paz. los brujos no solían involucrarse demasiado con los cazadores de sombras, no de forma negativa, esperó tranquila analizando a aquel brujo de forma inconsciente, malditos brujos, siempre habían ejercido cierta fascinación en ella y el pelirrojo no le era indiferente.

Me alegra que lo veas de ese modo— sonrió cuando le dijo "querida" la misma sonrisa suave y elegante que solía mantener en sus labios cuando quería algo, convincente, apelante a su propia belleza y notó con cierta satisfacción que el brujo tenía el mismo tipo de sonrisa encantadora, no apartó los ojos azules de él e incluso se permitió el lujo de recorrerlo suavemente con la mirada, apenas un aleteo, apenas detectable. ¡Qué sencillo era! ¿Cómo es que no podía hacer los mismos movimientos calculados cuando se trataba de Michael? Su vista se desvió a los dedos de aquel hombre y suspiró cuando las cuerdas ardieron, no iba a negarle que tenía estilo. Se frotó las muñecas, adolorida antes de dedicarle una última mirada —Así es, gracias— abrió ligeramente su chaqueta y extraño un fino palillo del mismo, que cuando lo impulsó hacia adelante se volvió una ligera y muy puntiaguda daga, con la que cortó las cuerdas que ataban sus tobillos, con una gracilidad propia de ella se puso de pie y se pinchó el dedo aposta con la pequeña daga, una gota de sangre brillando sobre su dedo, volteó a ver a los vampiros, notando que ellos igual tenían la vista puesta en ella e hizo girar la daga con malicia antes de guardarla nuevamente, si, era algo suicida pero quería asegurarse que irían tras ella, que se pondrían a su alcance para que ella pudiese hacerles pedazos...

Los escuchó hablando mientras la miraban y si bien no reaccionó tan a tiempo como le gustaría, tenía la daga empuñada cuando sintió el agarre de Skull en su hombro, no le dijo nada, sólo la miró de aquella enfermiza forma de nuevo, como si estuviera jugando, diciéndole con la mirada que aquello estaba lejos de haberse terminado, antes de moverse rápidamente hacia sus compañeros. Perfecto por ella, él sería el primero al que le rebanaría la garganta, de preferencia con algo bañado en agua bendita. Estaba en ese intercambio de miradas con ellos, cuando en el rabillo del ojo vio al mundano y se giró hacia él tomando sus preciadas armas una por una. Ahí estaban los chakrams los cuales metió en sus correspondientes hebillas, los cuchillos serafín y su propia espada, la cual mantuvo empuñada durante unos segundos, apreciando su calidez, antes de enfundarla igualmente. Lo que si mantuvo fue la estela en su mano trazando un iratze que eliminó sus contusiones y las marcas en sus muñecas, aplicó otra runa de fuerza y una de velocidad con cierta monotonía; las demás seguían activas, podía sentirlas —Qué caballeroso de tu parte— le dijo sonriendo encantadora —¿Eres tu el cazador entonces? Armado con una katana en lugar de con un hacha, pero supongo que dará el pego— bromeó con facilidad, ya qué, no había forma de detener su lengua así que mejor la dejaba ser.

Siguió a Michael pasando al lado de los vampiros, por unos segundos temió que fueran a saltarle ahí encima en ese momento y se tensó demasiado cuando miró al vampiro a los ojos, porque sentía como si la estuviese desnudando con la mirada; de forma involuntaria se precipitó hacia adelante, más rápido de lo que pretendía y estuvo muy tentada a agarrar al mundano pero apretó los labios y siguió caminando con la cabeza en alto, indiferente. Si en algo era experta era en no mostrar sus sentimientos y por el momento no planeaba derrumbarse, tal vez llegando al apartamento se quedara abrazando a Kimara por una hora, como perdida, pero frente al castaño la sola idea le parecía insoportable. Una vez fuera respiró más tranquila y se permitió cerrar los ojos y tembló un poco, carajo, la había afectado, lo sentía.

Gracias— dijo con suavidad, la vulnerabilidad brillando ligeramente en sus ojos —Odio los Institutos, tengo mi propio apartamento, y dudo mucho que mi abuela pusiese vuestras cabezas en una pica pero agradezco la buena intención, de verdad.

Le gustaría creer que no iba a meter al mundano en problemas, pero estaba segura de que vendrían por ella, especialmente porque los había provocado con toda la intención de que eso hicieran. De su chamarra extrajo un frasco de agua bendita y empapó los chakrams en ella antes de lanzarle aquel pequeño frasco al mundano —Ten, supongo que nos vendrá bien— fue lo único que comentó antes de echar a andar jugando con la empuñadura de sus chakrams incapaz de quedarse quieta, sus ojos recorrían todo y a todos y mantuvo la vista en los edificios durante todo el trayecto, pensativa. Le pareció notar un borrón en uno de ellos y se mordió el labio mirando la calle atestada frente a ella, cuanto deseaba irse a un callejón para ver si salían... Pero aquella no era una misión suicida, porque ella no estaba sola y por muy bueno que fuera aquel castaño, no iba a ponerlo gratuitamente en peligro sólo para que ella tuviera su ojo por ojo.

Poco a poco las calles se hicieron menos concurridas y ella empezó a ponerse intranquila —Mundi, dime que no soy yo por favor ¿Notaste algo en los edificios o me estoy volviendo lo...— frente a ella a unos cuantos metros de distancia, estaba Skull, los otros dos estaban a su lado y había dos vampiros más que ella no había visto antes, perfecto. Simplemente perfecto —Empiezo a creer que entre los dos, tenemos una condenada mala suerte...—  extrajo los dos chakrams mientras aquellos vampiros le enseñaban los dientes y Skull mantenía su mirada en ella, si la atrapa no la dejaría escapar esta vez, eso estaba claro. Nada tontos, dos de los vampiros se abalanzaron sobre ella y los otros dos fueron directamente hacia Michael, que el vampiro líder se quedase fuera no la entusiasmaba del todo, pero por el momento se concentró en lo que venía hacia ella; pero estaba agotada, agotada mentalmente y lo sabía. El primer chakram degolló a uno de los vampiros que empezó a desangrarse lentamente en gritos de agonía por el agua bendita —¿Oyes eso Skull?—  dijo con malicia —Es agua bendita, espero te guste cuando me encargue de ti— y el vampiro arremetió contra ella. Era veterano claramente, porque era más rápido que su compañero y cada vez que ella estaba a punto de matar al otro, se metía, logrando que su ataque no diera frutos. Había perdido ambos chakrams (no siempre regresaban a su mano directamente) pero se las había estado apañando con la espada, logrando mantener la distancia entre ella y aquellos seres.

Sin embargo cometió un error tan simple, tan estúpido... Le pareció escuchar un quejido de parte del mundano ¿Producto de su imaginación o le habían herido? Ella no podía saberlo, involuntariamente giró el rostro para mirarle, ocupado en su propia batalla, descuidando por apenas unos segundos la suya propia, pero unos segundos fueron suficientes, Skull la estampó contra la pared de un edificio y sus colmillos se hundieron en su cuello al mismo tiempo que ella le encajaba la espada en el hueco de la clavícula y la sangre salpicaba su boca abierta en un quejido. El vampiro retrocedió y ella se retorció producto de las arcadas que su cuerpo provocaba intentando deshacerse de la sangre en su boca. De su cuello manaba a un ritmo lento y ella estaba demasiado mareada para evadir al vampiro que logró rasgar su chamarra, convirtiéndola en harapos de cuero.

Y entonces, entró en pánico — ¡Michael!—  gritó de forma inconsciente alejándose de aquel vampiro con un nudo en la garganta, con la imagen de aquel hijo de la noche encima de ella, reduciéndola hasta que ella estaba ahí, como una muñeca de trapo, sin responder... Ella era una nefilim, los nefilims no se quebraban y sin embargo ahí estaba ella muerta de miedo mientras su espada lo seguía manteniendo a raya, pero era solo cuestión de tiempo para que se derrumbase presa de aquella amenaza implícita de la cual no se había permitido sentir nada. La pérdida de sangre la estaba haciendo lenta y cuando escuchó su voz, aquella voz que en ese momento la estaba atormentando, casi vomitó.

Te dije que no iba a ser el primero preciosa




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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Callejón oscuro  → Frío
Soy todo un dechado de buenas intenciones, rubia. Pensé que ya te habías dado cuenta.

A pesar de que lo dije bromeando, la observé bastante más serio de lo que había pretendido. Su expresión parecía tan fría y marmórea como siempre, pero sus ojos brillaban tanto que me podría haber quedado helado mirándola. Estaba asustada, temerosa de la amenaza implícita de ese gigante imbécil que le había prometido cosas terribles en la oscuridad de la noche. Siempre me he parecido curioso, porque en general detesto a los hombres, pero al final acabo siendo más compañero de cama de ellos que de ellas; quizás porque realmente nunca busco nada serio con nadie y no me importa joder a cuantos capullos pueda antes que hacerles daño a ellas, que ya tienen la vida lo suficientemente difícil como para que un subnormal como yo aparezca para putearles como sea.

Mientras caminábamos sacó un frasco de agua bendita con el que cubrió sus armas. La observé hacerlo, y la cogí al vuelo cuando me la tendió, contemplándola como si fuese algo extraño en mi vida. Por supuesto, no lo era. Yo mismo había bendecido espada hacía tiempo, y estuve tentado de devolvérsela sin usarla por no creerlo necesario. Sin embargo en el último momento me encontré vertiéndola sobre la hoja afilada de mi katana, resplandeciente y hermosa como pocas mujeres en el mundo. Le dejé el frasco en las manos y mantuve el arma desenfundada aprovechando que no había demasiado tránsito a nuestro alrededor, escondiéndola en la medida de lo posible para que no fuese perceptible a simple vista.

«Ahí están», me dije, ante el primer borrón que me pareció percibir que nos rodeaba. Me aferré con más fuerza al arma y tomé aire, notando cómo los músculos se tensaban, listo para un enfrentamiento.

Habíamos podido con una sirena, ella y yo, que era un demonio, algo evidentemente mucho más poderoso que un vampiro. Pero eran cuatro y se las habían apañado para noquearla en soledad; la cosa me preocupaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer, pero no quise dejarlo traslucir. Victoire y yo hacíamos inesperadamente un buen equipo, y aunque con dificultades, sabía que podríamos plantarles cara y derrotarles.

Ya estabas loca, rubia —dije, cuando aparecieron frente a nosotros—. Pero la locura no resta claridad de visión, eso te lo aseguro.

Todo empezó en un suspiro. Los secuaces del gilipollas se lanzaron de a dos contra nosotros. Pronto el grito de uno de ellos rompió la quietud y yo me alegré. Se lo merecía, por gilipollas. Sin embargo me preocupaba que el otro se hubiese quedado atrás; eso mantenía mi atención a la mitad y como mi padre siempre me había dicho, eso, al final, pasaba factura. Pude hacerme cargo del primero más o menos: mi espada le rebanó la garganta con un movimiento bastante elegante, pero antes de que pudiese darme cuenta el otro me había golpeado en la cabeza -ignoro con qué- y la sangre que me fluyó desde la frente hasta el ojo derecho me cegó parte de la visión.

La risa del superviviente me atravesó los nervios y me giré sobre sí mismo, aunque no le alcancé con la hoja del arma. Gruñí. Intenté limpiarme la cara pero se manchaba rápidamente de nuevo; igualmente no me asusté demasiado, porque las heridas en la cabeza, como todo el mundo sabía, eran aparatosas incluso si no eran demasiado grandes. Pero el dolor era intenso, igualmente, y me desconcentraba. El idiota me habló, pero no le hice demasiado caso. Nos rodeamos, nos acercamos, pude golpearle con la empuñadura de la espada en la sien, desestabilizándolo, y moví el cuerpo de nuevo dispuesto a golpear otra vez.

¡Michael!

Su voz me desgarró los oídos con tanta fuerza que me detuve. Literalmente. Ese maldito hijo de puta estaba ahí delante de mí, riéndose a carcajadas, amenazándome con las garras en alto, y yo sólo pude quedarme clavado en el sitio en el que estaba con el horror asaltándome el rostro. El mismo que había percibido en el grito quebrado de Victoire, que reverberó en mi cabeza incesantemente, como un eco incansable. Con la sangre fluyendo de mi frente e inhabilitándome un ojo me giré, sin importarme una mierda mi contrincante, y también lo encontré en el rostro blanco de la nefilim, acorralada contra una pared con la espada en mano. El miedo más puro, más visceral, más auténtico que he visto nunca en la cara de nadie. Los segundos se sucedieron lentamente hasta que pude reaccionar, a pesar de que en mi cabeza todo se movió con muchísima rapidez.

Durante todos estos años que han pasado desde que Abby se suicidó, siempre he imaginado la escena de su violación con total nitidez, como tortura, como castigo por no haber podido ayudarla. Seguro que sus ojos también se abrieron, presas del pánico, como los de Victoire, y seguro que se encogió sobre sí misma para protegerse, como lo hacía la nefilim frente a mí, indefensa, ahogada. Y estoy convencido de que me llamó a gritos para que la protegiese, porque era lo que llevaba haciendo desde que había nacido, desde antes de aprender que el mundo giraba que podía hacerle daño. Por culpa de ese cerdo malnacido mi niña pequeña había decidido quitarse la vida, incapaz de soportar el dolor de su humillación y su traición. Por culpa de ese capullo mi hermana, la bebé a la que había cuidado como un regalo, como un tesoro, como si hubiese sido mía, había decidido matarse para acabar con su sufrimiento.

Y ahora Victoire, a la que no había visto dudar, temblar, ni siquiera vacilar frente a otras criaturas cuando nos enfrentábamos a ellas; Victoire, que plantado cara a Jannik y a los vampiros en inferioridad numérica, atada y sometida, con esa expresión de orgullo y superioridad que podía patear los cojones de cualquiera, me había llamado como si se estuviese precipitando por un acantilado y yo fuese lo único a lo que pudiese aferrarse. Lo único que separase su vida de su muerte.

"Ayúdala, Mike" me pareció oír que Abby susurraba a mi oído "ayúdala para que no acabe igual que yo, por favor."

No habría necesitado ni que mi cabeza imaginase sus palabras. Tras esos segundos que se le hicieron eternos a mi cuerpo, que pasaron como centésimas por mi mente, en los que Skull había terminado de intentar acortar las distancias con Victoire, mis músculos se movieron solos, y por primera vez desde que tengo uso de razón actué como nunca me habría atrevido a hacerlo delante de mi padre: le di la espalda a mi enemigo para salvar a la otra persona. Aún ignoro cómo conseguí llegar a su lado tan rápido, pero cuando ese gilipollas quiso darse cuenta yo había saltado sobre él y le había propinado un corte vertical en la espalda que le llegaba desde el hombro hasta la pierna izquierda, pues no fue un tajo recto y limpio, como el que había hecho contra la sirena. Ahora me encontraba en peores condiciones físicas, la herida de la cabeza me mareaba y había perdido parte de la percepción. Pero fue suficiente como para que el cretino se retorciese lo más mínimo, y se girase para encarar a quien le había hecho daño.

Alcé el arma y coloqué la punta en el cuello, justo por donde debería de pasar la vena aorta, y entre jadeos, me quedé ahí, expectante. Skull me miró de reojo, cabreado, dolorido y divertido al mismo tiempo, probablemente por el terror que había provocado en la nefilim. Joder, cómo lo odiaba en ese momento. Habría soltado el arma y me habría tirado sobre él para destriparle con mis propias manos, pero no era tan idiota para dejarme llevar del todo por mis impulsos; si hubiese sido un mundano, no obstante, otro gallo habría cantado.

Te dije que no tomases decisiones por tu cuenta, sanguijuela. Eres repugnante.

Sabía que te lanzarías como un imbécil a ayudarla —dijo entre risas—. ¿Sabes? Jannik te tiene en demasiada estima sólo porque puede disponer de tu culo cuando quiere, pero yo sabía que no eras para tanto. 'Odia a los nefilim, nos ayudará', dijo él; menos mal que no le creí. Está claro que no eres más que bazofia. —Escupió a mis pies. Yo me moví y le clavé la espada en el pecho antes de que pudiese reaccionar, donde debía de haber tenido un corazón latente en otro momento.

He dicho no del todo...

Lo peor fue que todavía no sé cómo lo conseguí. Yo estaba hecho mierda y él era un puto vampiro con súper velocidad; a no ser que fuese por el agua bendita que me había lanzado Victoire momentos antes, creo que nunca podré descubrir cómo pude actuar con tanta rapidez sin que él fuese capaz de hacer nada. El acero se quedó ahí ensartado durante el minuto, casi, en el que nos estuvimos mirando el uno al otro. Yo lo retorcí, y de su boca salió sangre, negruzca y asquerosa. Escuché los gritos de los compañeros de este subnormal que quedaban vivos, pero me dio tanto igual... Por mí como si me destrozaban con sus manos en ese momento, porque ese capullo no saldría vivo de allí si yo podía impedirlo.

Te dije que te mataría, capullo.

Con toda la fuerza que me quedaba me incliné hacia delante y lo atravesé de lado a lado. Solté mi katana, deslicé mi mano hacia donde estaba Victoire, le quité la espada de las manos frías y blancas, y salté para cortarle la cabeza antes de que pudiese reaccionar.

Evidentemente no salí indemne.

Sus garras se clavaron en mi costado, quizás no tanto como él habría querido, pero lo suficiente como para joderme bastante. Pero con un grito que debía de ser de guerra, aprovechando que estaba anclado a mí, giré los brazos con todas mis ganas y separé le cuello de lo que estaba por encima. La cabeza rebotó sobre el suelo como si fuese una pelota con un sonido realmente repulsivo, permaneciendo allí tirada, con los ojos en blanco y una mueca asquerosa y grotesca, no muy diferente a la que había tenido en vida. Jadeaba, e incluso tuve que girarme para vomitar en otra dirección por el dolor. Apreté la espada de Victoire en la mano antes de girarme hacia ella y dejársela entre los dedos.

No te desmayes todavía que aún quedan dos...

Algo tambaleante me acerqué al cuerpo de Skull y le arranqué la katana del pecho. Los otros se habían quedado congelados en el sitio, pero el odio y la rabia ardía en sus rostros. Quise haberles chillado que viniesen, que se atreviesen a cargar contra ella y contra mí, pero no me salió la voz. Sólo pude aferrarme a mi arma con una mano mientras que con la otra me cubría la herida del costado, que sangraba, aunque no tan profundamente como yo podría haber temido. Pero me cago en la puta, dolía de cojones...
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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío
No te desmayes todavía que aún quedan dos...

Victorie parpadeó confundida como si las palabras se hubieran resbalado por su cuerpo, sin llegar a tener sentido alguno. Atontada alzó la vista y miró a Michael con un tremendo alivio en sus ojos, como si una efímera parte de ella esperase que la dejase tirada, que se fuera y al quedar demostrado que el mundano no haría eso ella podía dejarse ir en paz, podía irse a la inconsciencia para no soportar la sensación de suciedad que tenía en todo el cuerpo, pese que a pesar de todo, el vampiro no le había puesto una mano encima. Cerró los ojos y volvió a escuchar aquellas palabras en su mente, mientras estas cobraban por fin sentido, si, no podía desmayarse, no podía... Miró a los dos vampiros restantes y cerró el puño con fuerza mientras su pánico era sustituido por una rabia incontrolable, porque ella odiaba haberse sentido tan vulnerable, sensación de la que estaría encantada de deshacerse para siempre. Ojalá hubiera una runa que le quitara el miedo.... Aquellas simples palabras la dejaron atónita y extrajo la espada de un movimiento fluido mientras con la otra mano empuñaba la estela, se retiraba la manga de la camisa dejando la clavícula al descubierto y empezaba a trazar una runa que era nueva para todos los cazadores de sombras.

Impertérrito. La runa de sin miedo.

Cerró los ojos mientras una sensación de paz llenaba su cuerpo, desde la cabeza a los pies, como si algún tipo de droga depresora estuviera en su torrente sanguíneo. Cuando los abrió nuevamente ella no sentía el dolor de sus heridas, la sensación de pánico que le habían provocado las constantes amenazas del vampiro, la sangre que se escapaba lentamente de su cuerpo amenazando con desangrarla,  que tanto ella como Michael estaban en peores condiciones que los vampiros; en lugar de preocuparse por cualquiera de esas cosas sonrió arrogante mientras jugaba con la espada en su muñeca. Uno de los vampiros la miró como si se hubiera vuelto loca al mismo tiempo que ella avanzaba con seguridad y sin mostrar ninguna muestra de debilidad. Los dos vampiros retrocedieron lentamente mientras ella se ponía enfrente de ellos, con el cuerpo en una posición defensiva y la espalda en perfecto equilibrio con ella, como una extensión letal de su brazo. Había cautela en los ojos de aquellos seres "Bien, hacen bien" pensó ella antes de dar un paso al frente y justo cuando aquellos vampiros se abalanzaron sobre ella hacer un arco cortante con la espada en un movimiento tan rápido que por un segundo ella pareció un borrón. La sangre salpicó el pavimiento y el vampiro soltó un gruñido antes de que Victorie ladeara el rostro y se lanzara sobre él.

Los tres se sumergieron en una serie de movimientos tan coordinados que parecía una danza letal. La nefilim sentía el latir de su corazón contra la yugular, acelerado por la adrenalina del momento mientras evadía los intentos de atraparla de los hijos de la noche y contrarrestaba con movimientos rápidos y concisos de su espada, un paso hacia atrás, levantar el brazo, patada, espada, vuelta. Cada uno de los movimientos de la rubia estaban llenos de una agilidad y gracia impresionante mientras su espada se movía veloz entre sus dos contrincantes, evitando que la tocasen. Victorie siempre había sido rápida con la espada, especialmente con aquellas espadas delgadas y ligeras como lo era la que empuñaba en ese momento. Uno de los vampiros la tomó de la camisa y la levantó con intenciones de aventarla pero la nefilim rápida y sinuosa como una serpiente enroscó sus piernas en el cuello ajeno y dejó que la gravedad hiciera lo suyo, mientras ambos caían al suelo, ella sintió como las garras de aquel vampiro se clavaban en su carne y apenas emitió algún sonido de dolor antes de sacarse una daga de una funda en su muslo y encajarle aquella pieza de oro en la garganta.

El vampiro en un último intentó desesperado le arañó el hombro y ella soltó un quejido al mismo tiempo que la sangre de aquel ser le salpicaba los labios. Victorie apretó los mismos mientras extraía la daga de la garganta de aquel ser y de una patada se lo quitaba de encima, antes de con un movimiento limpio de su espada, deshacerse de la cabeza. Se humedeció los labios sintiendo el sabor amargo de aquella sangre y se maldijo internamente, ahora tendría que beber agua bendita para eliminarla de su sistema, pero en ese momento fuera de que el pensamiento cruzó su mente, no se preocupó más por eso y levantó la vista en busca de Michael. El mundano al parecer había estado lidiando con el otro vampiro, vaya, ella ni siquiera se había dado cuenta de cuando había dejado de luchar con ambos y empezaba a luchar con uno solo. Dirigiendo una última mirada al cadáver del vampiro que acababa de aniquilar, de una forma casi mecánica la rubia guardó la espada y extrajo uno de los chakrams, lo hizo girar en su dedo antes de lanzarlo con fuerza en dirección a aquel hijo de la noche.

El silbido alertó al vampiro mientras que ella sentía un leve mareo, la parte racional de ella sabía que se debía a la pérdida de sangre y si no se aplicaba un iratze o una runa para reponer sangre se desmayaría; pero esa parte era acallada por la runa de sin miedo que simplemente le daba lo necesario para seguir. Victorie corrió hacia el vampiro y de una grácil voltereta sobrevoló sobre el hijo de la noche que a duras penas había esquivado el disco silbante -que le había dejado un feo corte en el hombro- y atrapó su arma antes de caer al lado del mundano con suavidad. Se incorporó al mismo tiempo que le guiñaba el ojo como diciéndole que ella se haría cargo, el vampiro la miró atónito —¿Qué diablos hiciste angelito?— masculló mientras esquivaba el primer corte dirigido a su persona a manos de la rubia que se mantuvo impasible —No deberías estar de pie.

Ella ladeó la cabeza, el vampiro le enseñó los colmillos y la nefilim preparó el chakram antes de lanzarlo en su dirección, el vampiro ocupado en esquivar aquella cuchilla circular reaccionó demasiado tarde —Tienes razón— murmuró ella mientras con el otro chakram le hacía un largo corte en el pecho, el vampiro aulló de dolor y se lanzó sobre ella, que estaba esperando un ataque y finalmente le atravesó el corazón con el mismo puñal de oro que había acabado con el anterior vampiro —No debería estar de pie

Y tal como el vampiro y ella habían dicho apenas el hijo de la noche dejó de existir Victorie sintió como el efecto de la runa empezaba a desvanecerse, regresándole consciencia del dolor de su cuerpo. Soltó un quejido ahogado al mismo tiempo que el puñal se le resbalaba de la mano, cayendo en el piso con un repiqueteo. La nefilim se tambaleó ligeramente y con los dedos entumecidos tomó la estela, el pulso le temblaba cuando puso la misma sobre su piel, hacía frío, muchísimo frío ¿Acaso la temperatura había descendido como ochenta grados? Ella sentía que cada una de sus extremidades eran hielo puro —Je vous en prie, ne me laissez pas (Por favor, no me dejes)— murmuró ella al mismo tiempo que la estela seguía los pasos del puñal al mismo tiempo que la francesa se desplomaba, el suelo acercándose peligrosamente hacia ella cuando cerró los ojos y dejó que la negrura la envolviera.




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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Callejón oscuro  → Frío
La primera vez que me di cuenta de que los nefilim estaban a un nivel muy superior por encima del resto de lo mortales, aunque ya no vistiesen runas, fue la primera vez que vi a mi madre y a mi padre enfrentarse a la vez contra un demonio que habría hecho las pesadillas de mucho. Podía haber tenido yo ocho o nueve años, no más, pero con esa edad Kennet ya me arrastraba cuando era necesario para que yo contemplase cómo actuaban los hombres de verdad; aún me pregunto cómo puedo seguir pensando en él sin amargura algunas veces, y cómo me obligo a pensar que no todo fue malo y que en el fondo les quería. Quizás porque aquella primera vez fue tan impactante verles moverse coordinadamente, sin un ápice de miedo, de duda o de vacilación en sus gestos. Se hicieron cargo de aquella criatura -que vive difusa en mis recuerdos; nunca he sabido identificarla porque lo importante no era ella, sino la hermosa y mortal danza que protagonizaron mi madre y mi padre- con una envidiable facilidad, y fue la primera vez que me pregunté si el haber sido criado con runas me habría hecho más fuerte.

No fue la primera vez, por supuesto, que mi padre me abofeteó por preguntarle semejante cosa, ni que mi madre me miró con decepción y tristeza dibujada a partes iguales en su rostro. Pero aunque no me contestó, la respuesta quedó implícita en el dolor latente de mi mejilla hinchada y enrojecida. La diferencia que existía entre alguien con runas en su cuerpo y alguien sin runas era abismal.

Cuando observé a Victoire dibujarse en la clavícula y enfrentarse ella sola a los dos vampiros que quedaban sentí la misma sensación de fascinación que cuando había visto a mis progenitores, o como cuando ella prácticamente voló sobre la sirena para reducirla y que yo pudiese acabar con ella. Su agilidad, su fuerza, su velocidad, y sobre todo, la impasibilidad de su rostro me dejaron anonadado, y sentí esa punzada de celos que a veces me recorría el cuerpo, porque había nacido con un privilegio que a mí se me había arrancado al nacer sólo porque mis padres tuvieron la mala fortuna de ser descubiertos amándose cuando no estaba permitido. Luego la envidia se diluía, porque vivir como nefilim no era algo con lo que yo soñase, precisamente, pero Victoire y todas las personas que eran como ella estaban tan fuera de mi liga que me hacían sentirme burdo, rudo e insignificante. Y eso también lo odié.

¿Por qué, entonces, no era capaz de detestarla a ella?

Nunca había deseado tanto odiar a alguien sin conseguirlo. ¿Era porque me atraía? ¿Era porque no conseguía mirarla como nefilim más que como mujer? Victoire resplandecía con cada movimiento, y aunque benévola, era vengativa y sedienta de sangre. Me daban ganas de sonreír mientras la observaba moverse entre esos dos imbéciles, acabando con sus vidas, me encendía la sangre cuando la oía hablar con ese acento.

«Qué patético soy, Abby. Mira a los extremos a los que estoy llegando por una nefilim que sólo he visto dos veces...»

Pero la culpa había sido mía, por haberme encontrado pensando en ella los días siguientes al incidente de la sirena. Por haber recordado su insolencia con una sonrisa, o haber visto a una mujer parecida en la calle y haberme detenido para comprobar si era ella. Por haberme encontrado imaginándola desnuda mientras descansaba en la bañera y no haber sido capaz de cortar ese hilo. Creo que es más fácil desmembrar a alguien que sacarte de la mente a alguien a quien debes olvidar, porque todo tu ser se revuelve en tu contra y no te deja. Simplemente no te deja. Era mi culpa por haberme quedado a ayudarla contra los drevak, y contra la sirena, y no haberla dejado morir en sus brazos; de haberlo hecho, quizás me habría sentido culpable un tiempo, pero al no haber existido la posibilidad de volver a dar con ella habría desaparecido de mí. El saber que podía andar en cualquier esquina no me había ayudado para nada.

Quería odiarla también por eso. Y sin embargo, no podía. Odiarla porque por ella me encontraba en la situación en la que me encontraba; herido, tembloroso y fascinado. Quería odiarla, y podía fingir que la odiaba, pero siempre sabría en lo más profundo de mi ser que esa era mi gran mentira. No podía odiar a Victoire más de lo que podía odiar un dolor de muelas; en el momento es irritante y doloroso y te saca de los nervios, pero ya está.

«Qué patético soy...»

Entonces el segundo vampiro cayó muerto y yo respiré. ¡Por fin! Me cagué en la puta mierda de Jannik y sus mierda de conocidos. Sin embargo el repentino alivio me duró poco, porque antes de que pudiese reaccionar ella ya estaba tendida en el suelo, con sus armas desaparramadas por el suelo. ¿¡Qué coño!? ¿¡Pero si no la habían tocado!? Avancé hacia ella y me puse de rodillas a su lado; cuando le puse los dedos en el cuello para tomarle el pulso, tras haber soltado mi espada, retrocedí espantado. ¡¡Estaba helada!! La respiración se me aceleró al darme cuenta de que se estaba muriendo delante de mí, y de nuevo me encontré -patético, Michael, patético- dividido. Podía dejarla morir ahí. Rodeada de los cadáveres de cuatro vampiros muertos cualquiera que la encontrase podría intuir lo que había pasado; probablemente los nefilim no tardarían en mandar a buscarla si tardaba demasiado, y el callejón no parecía ser de los especialmente transitados. Volví a sentir arcadas. ¿¿Por qué coño me daba arcadas la idea de abandonarla ahí??

¡Michael!

Ah, sí, por la forma en la que me había llamado. Perjuré mil veces. Nacer estrellado era poco. Las manos me temblaban mientras la ponía bocarriba mirando hacia mí. Su melena rubia estaba manchada de sangre, y la zona donde le había mordido Skull también. Claro, la pérdida de sangre... Por eso estaba tan mal. ¡Y daba igual a quién llamase! A nadie le daría tiempo a acudir; no estábamos precisamente cerca del local de Jannik, y quizás para cuando él llegase ya no habría nada que se pudiese hacer. De nuevo las náuseas, porque mi vista, desesperada, se encontró con la estela en el suelo. La estela...

Las ganas de vomitar fueron exponenciales a mi estrés. Usar una estela parecía la única opción en ese momento, y yo podía tocarla, porque mis padres eran hijos de Raziel, pero la simple idea me estaba provocando que se me fuera la cabeza. O quizás era la herida... En otras circunstancias habría dudado más o menos; si hubiese tenido que salvar a Abby, la habría cogido sin pensarlo; si hubiese tenido que hacer cualquier otra cosa, le habría dado una patada. Pero Victoire se moría frente a mí lentamente y yo temblaba por el miedo que me daba tocar uno de esos palos, como si por ese simple hecho fuese a quedarme marcado de por vida; como si fuese a ser visible que la había tocado. Las heridas me latían con fuerza mientras yo también perdía sangre, pero ella había hecho movimientos muy bruscos y había peleado contra dos más. Apreté los dientes.

Mira que eres una gilipollas insoportable, pero como te mueras te prometo que te resucito para matarte otra vez. Así que de eso nada. Tu cadáver no penderá sobre mi cabeza, rubia.

Cerré los ojos y me obligué a coger la estela con rapidez, temiendo que mis dedos fuesen a salir ardiendo con su contacto. Pero no fue así. Era fría y extrañamente relajante. Y lo que fue peor para mí: de pronto sentí como si me hubiese faltado un dedo que acababa de ser reemplazado; como si la estela fuese en realidad parte de mí y yo no lo hubiese sentido nunca. Joder, ¿¿por qué coño no podía odiarla por todo lo que me estaba provocando y haciendo sentir??

Eres odiosa —farfullé—. Eres absolutamente odiosa.

Busqué por sus brazos hasta que encontré la runa que se había dibujado antes de salir: el iratze. No debería de haberla reconocido porque nunca me habían entrenado en ellas, pero siendo muy niño había pillado a mi madre dibujándolas con una dolorosa nostalgia en el rostro. Lo había hecho en un cuaderno que siempre mantenía escondido debajo de su lado de la cama, y una vez que ni él ni ella habían estado en casa, había ido a buscarlo para verlos, porque los trazos me habían parecido increíblemente bonitos. Aun sin los nombres debajo, creo que habría sabido para qué servían; la herencia de Raziel era asquerosamente poderosa. Sin embargo no me sentía capaz de dibujar una sin tener una copia delante; por suerte di con ella mientras aún permanecía activa, aunque su color palidecía por momentos, igual que su portadora.

Me coloqué en el lado de la herida respirando agitadamente, agobiado, estresado, y conté hasta tres. Sintiendo que me quería morir copié el primer trazo, esperando hacerlo bien, cerca de los orificios en la carne. El pulso me temblaba, pero me obligué a estabilizarlo, porque no sabía cómo tenía que estar de recto todo para que funcionase. Cuando terminé el último movimiento solté la estela como si quemase y esperé, porque no estaba dispuesto a quemar mi piel con eso. Suficiente que me había decidido a coger una.

No se te ocurra morirte, que tengo que echarte en cara que me has obligado a usar una estela... Victoire. —Decir su nombre en alto me produjo un cosquilleo en los labios, y supe que lo había hecho porque en ese momento ella no podía oírme.
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→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío
"Voy a morir" fue su primer pensamiento coherente, mientras la más absoluta de las negruras la envolvía. Era de un modo perverso, reconfortante. No más guerras, no más luchas, no más gente inocente muriendo frente a sus ojos; simplemente no más. Aquella oscuridad la acunaba como si se tratase de una madre amorosa que te consolaba al final de un largo día. La rubia sentía su corazón contra su pecho latiendo cada vez más lento, haciéndose más tenue como si lo estuviera escuchando mientras se encontraba sumergida bajo el agua. La imagen del mundano brilló con fuerza contra sus párpados y intentó mover los labios, tenía que decirle que lo sentía, que lo sentía porque ningún ser por más imbécil que fuera -y eso que la francesa no pensaba eso de Michael ni por asomo- merecía ver morir a otro sin poder hacer nada, era algo que simplemente te marcaba de por vida, e idiota como ella sola Victorie lo había llamado con una desesperación enorme apenas minutos antes, cargándole con aquella culpa accidentalmente. Una parte de ella, efímera intentó luchar pero no encontraba nada a lo que aferrarse, la rubia se sentía como una persona que pendía de un acantilado, gritando por ayuda hasta que finalmente sentía el agotamiento pesando en sus músculos y lo único que quería era soltarse, dejarse caer y que el dolor se detuviera. Y eso hizo, se soltó, abrazando la muerte.

¡Zaz! Una sensación de calor la envolvió, extendiéndose desde la clavícula hasta cada una de sus extremidades, calentándola lentamente, aquella oscuridad que la había acunado la dejó caer bruscamente y ella abrió los labios queriendo gritar, pero de su boca no salió sonido alguno. Sentía como si se estuviera ahogando, luchando por salir a tomar aire, un quejido se escapó de sus labios e intentó abrir los párpados pero se sentía tan débil... ¿Cómo seguía viva? El calor en la clavícula le era terriblemente familiar y la sensación de ser recorrida por una cálida luz era propia de una runa iratze, ¿Habría llegado Amelia? Imposible, nadie sabía que ella estaba afuera. Entonces... ¿el mundano? Una angustia terrible la recorrió, no, no, si había tocado una estela el que estaría tirado en el suelo sería él, no, no podía haber sido tan idiota "¡Piensa imbécil! Tiene sangre de ángel, no es como que no lo pensaras antes" la claridad evidentemente estaba regresando a su mente por lo menos, la debilidad se debía a que el iratze solo estaba evitando que siguiera sangrando, no reponiéndola. Necesitaba una runa amissio, abrió los ojos lentamente, no sabía si era producto de la pérdida sanguínea o se había vuelto completamente loca, pero el mundano a su lado brillaba ligeramente, como si su herencia angelical por fin le fuera visible, con rayos de luz coronando su aura.

Involuntariamente sus ojos buscaron sus manos, no había marcas de quemaduras por lo que ella debía tener razón —Demonios, creo que ya no te podré decir mundano— fue lo único que dijo antes de volver a cerrar los ojos, intentando ignorar el dolor de cabeza y de cuerpo, en vano. Al poco tiempo los volvió a abrir e intentó incorporarse pero al momento que trató tembló y sintió un mareo fuerte que la golpeó sin piedad. Se acomodó en posición fetal mientras dejaba mejor que el iratze terminara de hacer su trabajo antes de intentar aplicarse otra runa. Miró a Michael pensando que ellos debían haber hecho algo para encabronar de esa forma al destino, porque cada vez que se veían ocurría algún tipo de desastre —¿Estás bien? — le preguntó, terca y abnegada como siempre, como si él fuera el que había estado al borde de la muerte de alguna manera, ni siquiera pensó en ofrecerle su estela para dibujarse el mismo una runa, intuía por la expresión de su rostro que con haber tenido que hacérsela a ella había tenido demasiado por una vida entera. Ciertamente como fuera, no podían quedarse hasta que ella pudiera moverse, el olor a sangre no tardaría a atraer criaturas menos amigables que aquellos vampiros, pero por otro lado Victorie no se sentía lo suficientemente bien como para moverse. Los iratze si bien buenos, no eran mágicos y ella tras la paliza que le habían dado, el trauma emocional y la sensación de angustia y confusión que sentía alrededor de Michael, lo único que quería era tomarse un largo baño.

Su visión se tornó borrosa y haciendo gala de su rápida recuperación -entre comillas porque el movimiento casi hace que volviera a desmayarse y le arrancó un pequeño quejido- se incorporó, tomó la estela y se retiró la camisa rota con lentitud, revelando la piel desnuda de su clavícula y hombros, marcada por finas cicatrices plateadas, casi invisibles. Suspirando trazó la runa amissio y un mendelin antes de guardar la estela en su cinturón. Un suspiro de placer se escapó de sus labios al sentirse drogada en analgésicos -o lo más parecido a ello porque las runas de curación te daban ese efecto- y se volvió para mirar al mundano. Se quedó de piedra al verlo porque detrás de él le pareció ver una joven, de mirada inocente y algo pensativa, que miraba al mundano como si fuera su propia misión de rendición, la rubia parpadeó pero aquella figura femenina se había esfumado, seguramente producto de una alucinación febril.

Uh, al parecer un fantasma te tiene cariño...— comentó sin pensarlo demasiado. Poco a poco la lucidez volvía a su mente, junto con las náuseas, la sensación de dolor que recorría todo su cuerpo y un agotamiento que llevaba años sin sentir. Y no es como que al llegar a su apartamento podría darse el lujo de dormir; tendría que ir al Instituto a reportar lo ocurrido -omitiendo el nombre del mundano y del brujo por supuesto- llenar informes, reportarse ante la Clave. Carajo, realmente lo único que quería era meterse en la cama de alguien. Sin poderlo evitar cuando aquel hilo de pensamiento se formó en su mente se volteó para ver a Michael, notando sus cabellos oscuros, sus facciones duras, se veía tan cansado como ella pero a través de la camisa sudada ella podía ver la sombra de sus músculos... Joder, debía estar ardiendo en fiebre si estaba pensando en eso.

Debían seguir y ella lo sabía. Michael seguía de pie pero necesitaba un hospital o algo; Victorie podía curarlo -si es que el cabezota se dejaba- una vez estuvieran en su apartamento pero para eso tenían que llegar primero. La nefilim sabía que su cuerpo protestaría así que antes de ponerse de pie se puso otra runa impertérrito. Tras unos segundos se puso de pie, sabía que una vez se acabara el efecto de la runa volvería a sentirse como si le hubieran pasado un rallador de queso por la piel, pero serviría para que ellos llegaran —Te diría que gracias, pero supongo que te debo más que eso mundi— no pudo evitar sonreír pícara al decir aquello, con un deje de sugerencia burlona en sus palabras, si bien el cansancio se notaba en su voz y en sus facciones —Necesitas ayuda, no digas que no. Puedo curarte en mi apartamento, o el siguiente que caerá al piso serás tu y yo me vería en la pena de tener que cargarte, algo que dañaría tu hombría supongo.





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→ Lunes → 22:17 → Callejón oscuro  → Frío
Los minutos se sucedieron interminablemente mientras la observaba. ¿Minutos? En realidad debieron de ser sólo segundos, pero mi mente no pudo procesarlos como tales porque todo se movía a un ritmo pasmosamente lento, como una serpiente arrastrándose sobre su barriga interminablemente viscosa. Yo temblaba. Tenía frío. Me sentía débil por la pérdida de sangre. Pero no podía dejar de observa intensamente el cuerpo de Victoire frente a mí, pálido e inestable, como yo mismo. No fue hasta que sus párpados empezaron a aletear suavemente que me di el lujo de soltar todo el aire que había estado guardando los pulmones y me permití destensar un cuerpo que empezó a doler todavía más por culpa de la presión a la que había sometido a mis propios músculos apretados.

Estaba viva. Viva, joder. Lo había conseguido. De pronto la herida del costado rabió como en todo el rato desde que me la habían hecho, y me incliné hacia delante de golpe, sosteniéndomela con la mano derecha. Notaba la pegajosa calidez del fluido impregnar mis dedos y mi ropa, pero no importaba mucho, porque ella estaba viva y yo ya podía desentenderme de su seguridad en lo que me restaba de noche, y con suerte, de vida. Pero claro, con mi mala estrella, eso no iba a ser posible, y en el fondo lo sabía.

Me pasé la otra mano por la frente, también empapada de sangre, aunque esta parecía estar empezando a secarse poco a poco porque llevaba más tiempo abierta. Sin embargo, fueron sus palabras las que me sentaron como si acabase de clavarme una espada en las entrañas. Apreté los labios en una mueca furibunda y quise gritarle, quise replicarle y quise incluso pegarle, pero no me quedaban tantas fuerzas como para hacer absolutamente nada de eso; se habían evaporado todas después de soltar la estela y dibujarle esa estúpida runa en la piel.

Si quieres que te siga hablando, desde luego que sí. —No sé por qué dije eso exactamente, pero fue lo primero que me salió. Me senté a su lado sin soltar el costado, observando cómo se revolvía sobre sí misma, probablemente mareada, débil por la pérdida de sangre, y no pude evitar una sonrisa divertida. Parecía una niña pequeña. Ahora que me lo preguntaba, ¿qué edad podía tener? Seguramente no más de treinta. ¿Puede que menos? Dios, ¿era una cría? La conciencia me remordió un poco, pero no lo suficiente como para que el pulso no se me disparase levemente, a pesar de todo, al ver la línea de su cuello perderse bajo la ropa— . ¿Qué? —Bien, estaba claro que eso era lo que podía esperar de ella, que se preocupase por mí como si no fuese ella la moribunda. Bufé— . ¿Eres idiota o qué? Eres tú quien se retuerce en el suelo. Hazme el favor de preguntar por ti primero. —Suspiré. A pesar de todo, respondí— . Sí, estoy como para ir a tomarme una cerveza a hora y follar en un callejón oscuro al ritmo de música repelente. Pero me parece que lo dejaré para otro día…

Siempre es divertido comprobar hasta qué punto los genitales pueden sobreponerse a una crisis. Ver su clavícula me hizo perderme en su piel blanca manchada de sangre y preguntarme si podría ser legal que quisiese perderme ahí debajo, justo detrás de su pelo, y morderle en ese punto del cuello que se unía con el hombro y se curvaba luego hacia afuera. Me reí de mí mismo en silencio, pensando que daba puta pena y que no debería estar pensando en esas cosas y que si lo hacía era probablemente porque se me estaba yendo la cabeza –que seguía doliendo a horrores, por cierto- y porque pronto sería yo el que estaría tirado en un callejón suplicando clemencia por alguna parte.

¿Cómo? —pregunté tras su afirmación, extrañado. ¿Un fantasma? Me giré, más por instinto que otra cosa, pero evidentemente no vislumbré nada. Fruncí el ceño, con un dolor nada parecido al de las heridas pero sí mucho más intenso golpeándome bajo las costillas. ¿Abby?, quise preguntar, esperanzado, pero no lo hice, demasiado asustado como para recibir otra negativa que me rompiese en dos— . Creo que ahora sí que estás alucinando, rubia.

Entonces ella habló, y yo sentí que todo estaba mal en este universo, en este mundo y en mi puta vida. Estaba muy claro que necesitaba ayuda, porque sin ella no iba a llegar a ninguna parte en absoluto. Estaba al límite del agotamiento, físico y mental, y lo más natural habría sido que le dijese que se olvidase de mí, que siguiese con su vida, que yo intentaría evitarla porque sus visitas siempre me terminaban metiendo en problemas –que también era cierto que de momento ‘siempre’ se reducía a dos encuentros, pero seguía siendo el 100%- y que ya la llamaría cuando necesitase su ayuda en lo que fuese. Como mucho, que me ayudase a llegar al local de Jannik, que él me curaría y adiós muy buenas. Y me lo puso fácil, sobre todo cuando dijo mundi con ese tono odioso y cuando hizo no sé qué mierda referencia a mi hombría. Pero lo único que hice fue quedarme mirándola durante unos segundos antes de parpadear y volver a la tierra.

«¿Qué hago aquí? ¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué no le digo que se vaya?»

Eso sería si tuviese una mente retorcida que basa su existencia en torno a un prototipo de hombre estúpido, tóxico y nocivo, cosa que no sucede, francesita. Además, estoy muy tranquilo con mi hombría, gracias, y dudo mucho que eso tuviese nada que ver con que una chica me cargase. De hecho me gusta que puedan soportar mi peso, por lo general. —Cerré los ojos con cansancio— . Por una vez no te voy a discutir. Estoy agotado y si no me curo pronto me desmayaré y moriré desangrado, así que, aunque no quiero que sirva de precedente, tienes razón.

«¿Por qué coño no quiero que se vaya? ¿Qué mierda me está pasando?»

Era frustrante y desesperante, tanto como intentar ponerse en pie, enfundar la katana con un movimiento seco y pararme a su lado, observándola desde lo alto.

«Es enana. Es pequeña, delgada y manejable, y yo me estoy volviendo jodidamente loco.»

De modo que tú me dices, rubia. ¿En tu casa o en la mía?
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→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío
¿Idiota? No. ¿Con un peligroso sentido de altruismo? Tal vez, como sea, estoy viva gracias a ti. Estaré bien en unas cinco horas ¿Tu por otro lado?— chasqueó la lengua. No sabía porqué aquel mundano a veces se le hacía tan irritante. Una parte de ella quería golpearlo, tirarlo al suelo y arrancarle aquella sonrisa petulante de los labios de un buen bofetón y por otro lado una parte de ella se preguntó si no sería mejor quitársela como ella se encargaba de quitársela a la mayoría de los hombres, haciéndose desear hasta que la que tuviera en cierta forma el control fuera ella —Te tomará bastante recuperarte y estás en esta situación por mi culpa en parte, porque los hice encabronar. Ya te lo expliqué, no puedo evitarlo, es parte de mi encantadora personalidad— había un ligero sarcasmo en su voz y se le quedó mirando fulminante como quien todavía está esperando una respuesta. No le sorprendió el sarcasmo del mundano, pero no pudo evitar rodar los ojos y soltar un pequeño sonido ahogado de fastidio. —Eres un verdadero encanto mundano ¿A que si? Me alegra que estés lo suficientemente bien como para seguir siendo sarcástico.

Ella parpadeó varias veces buscando aquella figura, escudriñando en la oscuridad. Al final suspiró y miró al mundano con desgana —Si, un fantasma, no niego que podría estar alucinando por la fiebre, pero tengo la visión espectral, algunos nefilims y la mayoría de los brujos y hadas, podemos ver a los fantasmas si estos así lo desean. Claro que en este momento me fiaría más si algún tipo me dijese que ha visto a un perro volando que de mi, no aguanto mi cabeza— en aquel justo instante una punzada de dolor la recorrió haciendo que se mordiese el labio para no gritar. Si el mundano no estuviera cerca ella estaría maldiciendo en las tres lenguas que se sabía, pero el orgullo era una motivación poderosa y sus labios permanecieron mortalmente sellados hasta el momento en que se puso de pie y se ofreció a curarle.

"¿En qué demonios estás pensando?" se recriminó mentalmente mirándole. Su casa no era un santuario a los cazadores de sombras -de hecho, con su deseo por evadir el instituto era más una copia de un loft mundano, con sus lujos y aparatos electrónicos- pero tampoco era ajena a ellos; tenía una copia del libro de lo Gris -cosa rara entre los cazadores de sombras, por lo poderosas de sus runas y como debía usarse un tipo de hoja especial para hacerse- pociones de hadas y brujos, armas, otra estela, libros de demonios, libros de subterráneos, libros de temas que evidenciaban su vida como una cazadora de sombras. Algo que el mundano parecía detestar y sin embargo por alguna razón, había hecho una excepción con ella. Además, apenas lo conocía, ella era buena juzgando a la gente y sabía que en un mano a mano con el chico por muy bueno que fuera ella le ganaría, más en el estado en que estaba, mientras él se deterioraba ella mejoraba segundo a segundo, pero de todos modos, no lo conocía, ¿Qué diablos le pasaba? ¿Por qué no podía dejar de tirarse una y otra vez al barranco por él?

Eres un hombre lleno de sorpresas ¿No?— comentó ella con suavidad —No te apures, no te echaré en cara eso en futuras ocasiones— dijo haciendo referencia al hecho de que ella tenía razón, ignoró olímpicamente su referencia implícita en aquella frase ¿Es que todo podía tener doble sentido con aquel hombre? ¿O ella estaba tan desquiciada que malpensaba sin poderlo evitar todo lo que él decía? Se mordió la lengua a tiempo para no replicarle con alguna tontería sugerente y burlona, como que ella no creía tener problemas en soportar su peso teniendo en cuenta todas las runas de fuerza que cubrían su cuerpo, así que si quería hacerse la damisela y desmayarse, ella lo cargaría sin problemas. En su lugar contestó su última pregunta con una voz ligeramente ronca por su hilo de pensamientos —Mi apartamento está a dos cuadras de aquí, así que supongo que será en mi casa encanto— dijo sin poder evitar la sonrisa burlona y pícara que se formó en su rostro.

Pese a que se sentía mejor, mantuvo un ritmo tranquilo si bien alerta alrededor de Michael, mirando las señales corporales de este, lista para intervenir en caso de que diera señales de irse a desplomar. Tampoco es que eso le convendría mucho a la propia cazadora de sombras; si bien las runas ayudaban bastante, cuando se trataba de molidas a palos tan grandes como la que ambos habían sufrido solo una buena noche de sueño podían curarla del todo y cargarlo pese a lo que había dicho, sería una toda una Odisea. Mantuvo la boca cerrada durante todo el trayecto, sumida en sus pensamientos y en parte intentando alejar estos de su fastidioso acompañante. Unos diez minutos o menos -el tiempo se le hizo eterno, mirando como Michael por mucho que no quisiera se veía menos coordinado y cada vez más pálido- se encontraban fuera de la puerta de su apartamento y ella podía escuchar los suaves gemidos de Kimara, seguramente oliendo el hedor a sangre nefilim -sin saber que no era toda suya- porque por mucho que el mundano no tuviera runas, tenía sangre de ángel tanto como ella.

No te vayas a desmayar ahorita, si me ven arrastrar un cuerpo ensangrentado a mi apartamento, mis vecinos creerán que te he asesinado— bromeó antes de abrir la puerta y diciendo de forma imperiosa en francés a la cachorra que se quedara quieta, logró que esta no se abalanzara a lamer al mundano como hacía con cualquier cosa que se moviera. Victorie temía que si alguna vez un demonio la seguía a su casa la cachorra fuera tan idiota como para lanzarse a esperar mimos de parte del ser abismal —Siéntate— le dijo con suavidad al mundano señalando la mesita frente al sofá de su sala. Sin esperar una confirmación fue a su cuarto y regresó con una pequeña maleta negra que abrió dejando entrever el material de curación en ella. Y fue cuando cayó en cuenta que para curarle, tendría que pedirle que se quite la camisa.

El corazón le latió con fuerza mientras se volvía hacia él, admirando sus facciones, su cabello oscuro, aquellos ojos del mismo color, los músculos bajo la camisa, músculos que debían ser parecidos a los de todos los cazadores de sombras, al haber recibido un entrenamiento similar al de uno. Sentía el bombeo de su sangre, tan fuerte y tan intenso como cuando se encontraba luchando, con el cuerpo en máxima tensión y bombeando adrenalina sin parar —No quería llegar a este punto tan rápido en nuestra relación— comentó intentando sonar burlona, pero por alguna razón las palabras sonaron más aterciopeladas de lo que pretendió —Pero tienes que perder la camisa para que pueda curarte— arqueó la ceja, escondiendo bajo capas y capas de sarcasmo aquella sensación de incómoda expectación, Michael producía el mismo efecto en ella que una pelea, que cazar demonios; aquella combinación era totalmente peligrosa, especialmente porque en parte sabía que era lo que quería, lo sabía y se odiaba por ello. Se odiaba por permitirse ese tipo de debilidad cuando ambos se encontraban en aquellas condiciones, pero no podía evitar pensar que aquel mundano era tan vigorizante en aquel instante, como una espada en su mano y un enemigo frente a ella.

Y por el Ángel que sabía lo peligroso que eran ese tipo de pensamientos.





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Sonreí.

Claro que soy encantador. ¿No te habías prendado de mí por eso, rubia? —Una pena que sintiese que me estaba muriendo o algo por el estilo—. Oh, no te preocupes por eso. En general nadie debe aguantar tu cabeza —comenté, sintiéndome increíblemente ingenioso e increíblemente idiota. Era tan fácil hacer que pusiese esa expresión de molestia… Tan fácil—. No lo dudes ni por un segundo, soy una caja impredecible de sustos y sorpresas, aunque no siempre huelen a fresas.

Pues nada, a su casa iríamos. La idea me provocó escalofríos, pero creo que era más bien por pensar simplemente que tenía que desplazarme dos manzanas para llegar a un sitio donde pudiese dejarme morir. Me aferré con fuerza a mi arma, sin molestarme en esconderla, y comencé a caminar detrás de ella con pasos vacilantes, agotados, hartos de todo. De vez en cuando me pasaba la mano por la frente para limpiarme la sangre que me dejaba ciego el ojo izquierdo, aunque ya no quedaba demasiado líquido en sí y todo se estaba conformando en una costra pegajosa y asquerosa. La cabeza se me iba. Aunque seguía apretando con fuerza el costado, estaba llegando al límite de la extenuación.

Sonreí de forma irónica, casi cruel, al pensar que quizás me merecía morirme allí mismo por estar haciendo semejantes gilipolleces por una nefilim. ¡Una nefilim! Mi cabeza no dejaba de recordármelo a cada segundo que pasaba –nefilimnefilimnefilimnefilim- pero mi cuerpo y mi boca iban a ritmos completamente diferentes. Era fácil hacerla rabiar, era divertido, y su figura se moldeaba entre el negro de su ropa,  el blanco de su piel y lo dorado de su melena, y me atraía como la miel.

Era extenuante esa lucha incesante. Y por dos encuentros. Madre mía, dos encuentros. ¿Qué sería de mí si siguiésemos con esta dinámica durante semanas, meses? ¿¡Y por qué coño iba a querer seguir con ella!? Lo que tenía que hacer era permitir que me curase y desaparecer, desaparecer para siempre de su vida; poco a poco me iría olvidando de todo lo que tuviese que ver con ella y se acabó. Pero resultaba ridículo. Me sentía ridículo. Desde que me di cuenta de que me gustaban tanto hombres como mujeres decidí que no iba a perder ni un segundo de mi vida en intentar esconder lo que sentía, a engañarme o a retraerme por buscar una aprobación social. Decidí que debía ser sincero conmigo mismo para no hacerme daño, por eso era tan consciente de que me moría de ganas de acostarme con ella; porque el deseo no siempre era algo que apareciese lentamente, con el roce, sino que a veces surgía delante de tus narices y estallaba como una bola de fuego ardiente. Yo quería quemarme dentro de esa llama de una forma estúpidamente loca y que recordaba haber sentido muy pocas veces, y además hacía mucho tiempo. Porque con Jannik había sido como un latigazo, fuerte e intenso, pero se había pasado con el tiempo lentamente hasta que había vuelto a verle. Con Victoire no había ardido en primera instancia, pero había creado un rescoldo caliente que yo me había encargado de ir avivando en la distancia, y volver a verla, presenciar su casi muerte, no había hecho sino terminar de prender las llamas y empezar a quemar.

O quizás era que no parase de pensar en calor porque me estaba asando por una fiebre no demasiado lejana que empezaba a hacer efecto.

Cuando me quise dar cuenta estábamos frente a la puerta del apartamento de Victoire. ¿Habíamos subido escaleras o ascensores? Por favor, las cosas ya empezaban a llegarme a modo de flashes difusos. ¡Incluso escuchaba ladridos de un perro! Oh, vaya, es que ella tenía un perro. Cada vez me encontraba un poco peor; de haber estado bien habría hecho el idiota con el animal hasta que hubiésemos terminado extenuados, como solía hacer con Doggy en casa, pero sólo quería patearlo todo y dejarme morir.

Tranquila, no quiero mancharle el suelo al bedel del edificio, pobre hombre.

No protesté demasiado cuando me pidió que tomase asiento, aunque estuve a punto de preguntarle si se refería a mí o al perro, pero incluso mi agudo ingenio empezaba a verse mermado. Solté la espada al lado del sofá y me senté directamente sobre la mesita, que era más fácil de limpiar –aunque no entiendo por qué cojones me había preocupado por algo así en esa circunstancia- y me quité la chaqueta con interminables calambres recorriéndome por todo el costado. Incluso jadeé. Joder, iba a empezar a odiar a los jodidos vampiros… Victoire volvió en seguida con una maleta negra llena de cosas para hacer remiendos, como bromeaba Abby cuando éramos pequeños, y me la quedé observando, esperando a que me dijese algo. Estaba tan cansado… tan cansado… que ni acertaba a pensar demasiado por mi cuenta. La herida del costado me dolía horrores, al igual que la de la cabeza, donde notaba el latido de mi propio corazón en las venas que la rodeaban.

Vamos, vamos, rubia, no te hagas la tímida. Si estabas deseando encontrar una excusa para quitarme la ropa… —joderjoderjoderjoderjoder como dolió aquello. Quitarme la chaqueta había sido malo pero estirarme para quitarme la camiseta fue aún peor, porque se me había quedado ligeramente pegada a la piel por la sangre seca y estuve maldiciendo en danés y en inglés todo lo que pude y más—. Me cago en la puta, voy a ir rajando cuellos de vampiros hasta que no quede ni uno.

Dejé caer la prenda sobre el suelo, y de pronto fui muy consciente de que estaba viendo muchas cosas de mí que yo no solía mostrar tan alegremente, salvo que hubiese sexo de por medio y mucha confianza. Quiero decir, muchos de mis encuentros de verdad eran en callejones oscuros, o en los servicios de los bares, o cosas así. No solía llevarme mucha gente a casa ni solía seguir a mucha gente a su casa, y al ser encuentros rápidos para desfogar ansias, no solía desnudarme, y mucho menos a plena luz, donde se pudiesen apreciar en mi piel las diferentes cicatrices que la poblaban. Y no eran cicatrices bonitas, finas y elegantes como las que había visto en la piel de Victoire, no; eran cicatrices de una infancia infernal y una vida de lucha contra criaturas que podían aplastarme con una sola pata, donde en multitud de ocasiones había sobrevivido porque alguien había podido socorrerme, como era el caso en ese momento. No me daba vergüenza mi desnudez parcial, pero sí me provocaba recelo que sus ojos azules se fijasen en las desigualdades de mi piel y le surgiesen preguntas, o que las formulase; aunque nunca me cansaba de recordarle a los nefilims que los odiaba no quería ni necesitaba la compasión de ninguno de ellos. Que lo sintiese por mí y por mi desquiciado padre, que era capaz de cualquier cosa cuando se enfadaba, porque el odio me burbujeaba dentro cuando pensaba en ello tanto que incluso me asustaba. ¿Cómo podía amar y odiar a Kennet con la misma intensidad? No lo sabía… Nunca lo sabría…

Ya sé que soy espectacular, pero te prometo que otro día poso para ti —dije rápidamente; mis reflexiones surcaron mi mente en un solo segundo, aunque a mí me parecieron miles—. Ahora te agradecería que me tratases esto, por favor, porque no quiero vomitarte en el suelo de tu apartamento y luego desmayarme sobre él. —Ese era el glamour, Michael. Esas eran las palabras. ¡Qué piquito tienes, hijo!
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→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío
Victorie tenía la mente de una artista. Había un extraño mito entre los cazadores de sombras, sobre que no podían hacer arte como los seres humanos, que su parte guerrera consumía su creatividad y estaban destinados a tocar los instrumentos de guerra, nada más. Para ella nunca había sido así. Cuando tenía tiempo libre solía encontrarse cámara en mano retratando las más efímeras de las estupideces, pintando árboles, bosques, flores, parejas, simplemente disfrutando la sensación de tener un color en la mano y crear algo que no fuera muerte. Fue esa misma parte la que se despertó en ella cuando el mundano se desprendió de su camisa; su piel pálida estaba marcada de cicatrices, la nefilim sabía lo que era vivir con una piel llena de recuerdos contantes de tu dolor, pero en él aquellas marcas le ejercían una extraña fascinación. Sus ojos azules se empaparon de aquella visión mientras con mucho cuidado y con las facciones en perfecto control -porque ella no pensaba dejarle ver la cascada de sentimientos y emociones que la recorrían- tomaba un frasco con un líquido de color dorado y se lo ponía en la mano —Me has atrapado— dijo con sarcasmo, si bien su tono de voz era aterciopelado —No he podido resistirme a tus encantos, así que me ideado un plan para que salgas malherido y yo pueda ser tu sensual enfermera. Todo un cliché, pero me ha salido a la perfección. Es una bebida de hadas, teniendo en cuenta que estoy a punto de desinfectar tu herida y te arderá como el infierno, agradecerás el analgésico.

Sin mirarle, rebuscó entre aquella maleta hasta encontrar el antiséptico y se limpió las manos primero de una forma metódica. Podría haber dicho en broma lo de sensual enfermera, pero Victorie tenía un amplio conocimiento de atenciones médicas sin el uso de runas, un verano aburrida en Francia había tomado un diplomado en urgencias médicas y si bien su madre lo había desaprobado ahora le venía de perlas. Tomó una gasa que empapó en aquel líquido y procedió a desinfectar de forma suave pero lo más rápido posible, pues todavía debía detener la hemorragia. Dejó aquella tela y miró la herida de su costado suspirando. La piel estaba abierta y ella podía ver el flujo de la sangre que volvía a brotar pese a que ella lo había limpiado, por un momento pensó que necesitaría suturas pero no era tan malo como parecía; e incluso si lo fuera para algo habían inventado el pegamento de piel literalmente. ¿Derma algo? Encontró el pequeño tubo en la maleta y con cuidado aplicó presión en las heridas con una mano mientras que con la otra ponía aquella sustancia y se fijaba en que los bordes fueran lo más regulares posibles. Si podía evitarle más cicatrices, por ella encantada.

Suspiró. Ahora debía cubrir la herida y encargarse de la contusión que estaba segura tenía en la cabeza. Kimara que se había quedado quieta durante todo aquel procedimiento levantó las orejas antes de lanzar un bostezo y acurrucarse al lado de su dueña; vaya que envidiaba a la cachorra; el mundo parecía traerle sin cuidado. Tomó otra gasa la cual aseguró con un vendaje alrededor de su torso. La garganta se le puso seca mientras sus manos recorrían la piel cálida de Michael, sintiendo los tersos músculos bajo ella. Su frecuencia cardíaca no había disminuido ni un apéndice y ella se preguntó que pasaría si simplemente le seguía pasando la mano por el torso, qué haría él al si pudiera leer con claridad sus gestos corporales como ella había aprendido a leer los ajenos desde que tenía quince años. Una vez aseguró el vendaje dejó la mano unos instantes sobre su piel antes de retirarla con desgana —Al parecer mi plan no funcionó del todo, espero que cuando poses para mi la visión no esté cortada por vendas— comentó con la voz queda, aquello que debía sonar burlón y sarcástico, sonaba más bien como un intento de disimulación bien logrado pero no perfecto pues por mucho que lo intentara, aquel tono ligeramente ronco y aterciopelado no se iba. Mierda.

Hizo el material manchado de la sangre de aquel mundano a un lado mientras se ponía frente a él y sus manos ahora revisaban la herida de su cráneo. Sus dedos rozaron con suavidad el cabello fino del mundano que como el de ella estaba manchado en sangre y sudor. Sin embargo sus rizos se le enroscaban en los dedos, provocando escalofríos en ella. La herida de la cabeza ya había empezado a cicatrizar gracias al cielo y fuera de limpiar la sangre que corría de ella y había formado una costra en su rostro, no había mucho que ella necesitase hacer. Alargó la mano y tomó una toalla la cual humedeció con una botella de agua que estaba en ese maletín y se la pasó. No podía limpiarle ella el rostro, sabía que si lo hacía su atención se desviaría a sus labios y terminaría haciendo alguna idiotez como rozarlos con el pulgar o acariciarle la mejilla porque tenía curiosidad de si serían tan suaves como ella los veía, si el fuego que sentía atorado en la garganta se iría una vez los probara. Sus ojos azules, oscuros por la forma en que la negrura de sus pupilas parecía devorar el azul de su iris se toparon con los oscuros de él y con un nudo en la garganta rozó con la yema de los dedos el hombro de él, y después le puso el dorso de la palma contra la frente buscando disimular su desliz, tenía la piel ardiendo ¿O era ella la que ardía? Ya ni siquiera estaba segura.

Estás algo caliente, pero una vez recuperes la sangre perdida espero la fiebre baje— empezó con lentitud como si las palabras ya no tuvieran sentido en su boca, y solo estuviera escupiendo palabras al azar que había tomado del diccionario. Se sentía en peligro y su impulso era salir corriendo, corriendo lejos de Michael pero no pudo hacer eso. En su lugar se inclinó hacia él mordiéndose el labio -algo que juraba hacía más por nerviosismo que porque estuviera intentando tirarle los perros- y lo miró. Joder como dolía mirarlo, le abrasaba la garganta, le quitaba el aliento, mierda. Mierda. Mierda. ¿Por qué él? Era atractivo, pero un maldito dolor en el trasero, ¿Sería eso? ¿Algún tipo de mecanismo de negación donde ella lo veía como un dolor en el culo para no admitir lo mucho que su arrogancia la atraía como una polilla a la luz? Se quedó ahí clavada en su sitio y al final desvió la mirada sutilmente —¿Hay algo más que necesites? Y no, pedirme que igual me quite la camisa para estar en igualdad de condiciones, no es una opción encanto.






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→ Lunes → 22:17 → Callejón oscuro  → Frío
«Joder... Victoire, no me lo pones fácil.»

En ese momento me asaltó la duda, de verdad lo digo, de si esa mujer me estaba seduciendo mientras estaba sentado, herido y confundido, sobre su mesa. Precisamente porque la visión se me volvía turbia a veces y porque me dolía la cabeza horrores no estaba demasiado convencido de si era ella o si era mi imaginación calenturienta, que me estaba jugando una mala pasada, pero durante un segundo de claridad, al escuchar el matiz con el que adornaba sus palabras, me dio la impresión... de que estaba intentando que le respondiese. Y se me formó un nudo en el incómodo que no tenía nada que ver con las náuseas que me provocaba el dolor; era la sensación estúpida y excitante de que la persona en la que estabas interesado te seguía el juego porque buscaba lo mismo que tú. Y joder. Eso no.

Observé la bebida de hadas con una ceja alzada, preguntándome si debía romper mi sagrado voto de no ingerirlas nunca. El dolor que me atravesó el costado me hizo vaciar el chupito de un solo trago, y me hizo sonreír como un idiota el pensar que desde luego daba toda la puñetera pinta de que intentaba ligar conmigo. Cosa, en realidad, poco probable, me obligué a pensar. Una mujer como Victoire no se iba a interesar en un tipo como yo, por muy asquerosamente sexy que sea; ella caminaba en otros sitios, sobre el cielo, como las aves, y las criaturas mugrientas y asquerosas como yo ni nos atrevíamos a levantar los ojos para contemplarlas. Los pájaros y las ratas no se mezclan, por muy bonito que sean su plumaje y su pelaje.

Vale, pero que conste que esto es muy sospechoso, desde luego, porque parece que vas a violarme —dije con un deje somnoliento y divertido en la voz.

Conté hasta tres cuando vi que la gasa empapada de 'algo' se acercaba hacia mí, y apreté los párpados en un acto reflejo; fue sorprendente, desde luego, no sentir demasiado dolor cuando empezó a limpiarlo; sólo el incómodo hormigueo de la piel dormida. Bien, aquella mierda funcionaba, desde luego. Mientras ella estaba atenta a mi herida yo me di el lujo de recorrer las líneas de su rostro blanco con todo el descaro del mundo, justificándome a mí mismo con que era difícil no prestarle atención a algo que estaba a dos centímetros de ti. De vez en cuando apartaba la mirada, cierto, pero para dirigirla a la línea del cuello que se perdía bajo la ropa, y me imaginaba el escote que lucía bajo ésta, y me sentía un poco más enfermo y agradecía haber perdido sangre, porque así era poco probable que se me empinara.

Disfruté de la sutil elegancia de sus movimientos; de su perfume, mezclado con la sangre y el sudor, y me dejé llevar, algo adormilado, por toda la situación. Era agradable que se ocupasen de uno con tanto cuidado, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte del tiempo la pasábamos peleándonos, esa mujer y yo. Pero resultaba divertida e irritante a partes iguales y eso hacía difícil el no dejarse llevar por la dinámica que se había creado entre nosotros desde el primer momento. Odio esto. ¿Por qué no puede ser una mundana o una subterránea? ¿Por qué?

El cosquilleo de sus dedos sobre mi piel me llegaba como algo lejano y solté una risotada estúpida ante su comentario, más ido que despierto. Vaya, era el punto malo de las bebidas de hada, ¿no?

No te preocupes, que cuando me encuentre bien te haré un pase de modelos sólo para ti, Victoire.

Decir su nombre en voz alta con los labios pegajosos no fue algo que hiciese a propósito, ni conscientemente. De hecho, tardaría en recordarlo, pero en el momento estaba hecho y lo único que sentí después de eso fue satisfacción. Me apetecía dejarme llevar y quedarme dormido... Y el que empezase a removerme el pelo para revisarme la cabeza tampoco me ayudó demasiado; joder, estaba en clara desventaja, ¿eh? Una mujer preciosa me estaba metiendo mano y yo sólo podía responder como un niño pequeño al que le han dejado quedarse despierto hasta demasiado tarde.

Cuando empezó a limpiarme la herida de la cabeza alcé el rostro. Aún tenía la mente turbia, pero mis ojos se centraron en los de ella y joder, qué bonitos eran. Que grandes y qué azules. Ahogué un gemido de nuevo. En serio, ¿por qué una nefilim? ¿Por qué? Mi puta mala suerte.

Yo siempre estoy caliente —bromeé, pero la sonrisa que se dibujó en mis labios tuvo muy poco de canalla y mucho de cansada, de natural. ¿Cuánto hacía que no sonreía así? ¿Cuánto hacía que no me sentía tan relajado como en ese momento? Sin embargo, cuando se inclinó hacia delante mordiéndose el labio inferior y preguntó eso, fue como si toda la paz que me había transmitido hasta ese momento se evaporase en un suspiro. Porque los labios de Victoire eran rojos y carnosos y joder, lo único que pude pensar en ese momento fue en morderlos.

Y lo hice. No pensé demasiado -generalmente tampoco es que sea una persona que controla sus impulsos, pero con ella no había debido bajar la guardia y lo hice, mierda de autocontrol asqueroso-, sólo en lo que me apetecía hacerlo. Puta-droga-de-hadas. Estaba tan cerca que no me costó nada inclinarme hacia delante y un poco hacia arriba, abrir la boca y atrapar su labio inferior entre mis dientes para luego soltarlo y comenzar a besarla, despacio. Porque mierda, era lo que más me apetecía del mundo en ese momento y estaba lo suficientemente ido como para permitírmelo; siempre podía echarle la culpa a la mierda que me había dado, ¿no? Y pensaba hacerlo y de buena gana porque joder, JODER, herido, con dolor de cabeza y con náuseas, besarla fue como si todo mi cuerpo comenzase a hormiguear, caliente, porque su boca era suave y jugosa y húmeda y dulce. Gemí, le cogí el rostro con las manos llenas de mierda y la acerqué todavía más a mí, ahondado el beso, acariciándole el interior de la boca con la lengua y apretándola contra mí. Si no hubiese estado medio muerto la habría tirado sobre el sofá y habría continuado desde ahí hasta donde ella me hubiese dejado llevar, pero apenas si tenía fuerzas para estar de pie, así que no hice mucho más. Ni siquiera se me apeteció o pensé nada más. Sólo sus labios. Sólo besarla.

Fue extraño y jodidamente placentero. Olía, por debajo de todo lo demás, a algo que me recordó a las flores abriéndose en primavera en mitad del campo, silvestres, pero orgullosas y preciosas. Me supo cálida, como a miel recién hecha, y en ese momento pensé que no me importaría quedarme ahí pegado porque era la cosa más agradable a la que me había acercado en años. Porque todas las personas con las que había estado sabían a alcohol, a peligro inminente, a drogas, a tabaco, a tendencias suicidas y a olvido. Todas y cada una de ellas. Jannik, además, sabía eléctrico, a alquimia y a magia, y la única chica de la que alguna vez me enamoré sabía picante y a frío, además de todo lo anterior. Pero Victoire era cálida, a pesar de que era insolente e insoportable, porque era estúpidamente entregada y buena. Cuando me separé de ella recordé que volaba sobre mí y que las criaturas de la mugre no podían alcanzarlas, y ese pensamiento me deshizo por dentro, porque me ayudó a recordar por qué, muy en el fondo, más allá del dolor asociado a mis padres y a sus enseñanzas crueles, odiaba a los nefilim: porque me recordaban que yo sólo era escoria, y aunque vivía con ello con orgullo, generalmente, a veces, y sólo a veces, envidiaba su luz iridiscente.

Parpadeé antes de sonreír con algo de descaro -por fin- y conseguí hablar.

Supongo que después de esto nada más, gracias. Considera tu deuda por saldada.

Y mientras tanto me golpeó el ansia dentro del pecho por repetirlo. Y por continuarlo. Pero tenía que olvidarme de que alguna vez, en algún momento de esa noche pude haberme acostado con ella, que ahora mismo era lo que me hacía arder el cuerpo y me latigueaba dentro del pecho, a pesar de que el beso que le había dado había sido lo menos sexual que había salido de mí en... toda mi vida.
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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío
La forma en que pronunció su nombre hizo que todos los vellos del cuerpo se le erizaran. Se sintió como si le hubiera pasado los labios por la espalda desnuda, le hubieran puesto un hielo sobre el abdomen o le hubieran acariciando con el aliento en ese punto del cuello que se unía con la espalda y que era terriblemente sensible. ¿Era estúpido no? Michael ni siquiera le había puesto un solo dedo encima y aún así la mente de la nefilim divagaba sin poderlo evitar, en esa dirección. Su mano tembló un poco mientras ella recorría -innecesariamente debía agregar porque hacía tiempo que se había percatado que la herida estaba bien- el cabello de aquel hombre. Llevarlo a su apartamento había sido una pésima idea, pedirle que se quitara la camisa una aún peor y coquetear con él con descaro mientras estaba bajo la influencia de la fiebre y las heridas, su error más grande.

En su defensa, no lo podía evitar. Era como si el universo le estuviera pidiendo que lo hiciera, no mentía. Se sentía bien hacerlo, era placentero, natural y ella lo disfrutaba enormemente.

Me imaginé dirías algo así. ¿Aquí es donde me dices que el calentamiento global también es tu culpa Michael?— bromeó con un tono descarado y lento en su voz, su nombre se le resbaló de entre los labios, como si ella hubiera intentado detener seda entre los dedos; aquella simple palabra la había saboreado más que toda la oración, entreteniéndose en la forma en que lo decía y como movía los labios al decirlo. Era como su pequeña venganza personal por la forma en que él había pronunciado su nombre y la había alterado de esa forma, dispuesta a seguir con ese juego fue cuando se inclinó hacia él, entreabriendo los labios una vez dejó de morderlos dispuesta a soltar alguna otra pulla con doble sentido, pero todas sus palabras murieron en sus labios.

En su lugar un gemido quedo se escapó de sus labios. Si bien era lo que deseaba que él hiciese, realmente no esperaba que el sentir sus dientes atrapando su labio inferior fuera a disparar una corriente eléctrica que recorriese su cuerpo desde la cabeza hasta la punta de los pies, saliendo de sus labios. Temía que se alejara, lo temía tanto que de forma inconsciente su mano le acarició la espalda hasta llegar a su nuca donde se mantuvo. Al parecer aquel movimiento no había sido necesario pues lejos de separarse los labios ajenos se unieron a los suyos tan despacio que era hasta cierto punto más excitante que si la estuviera besando con desesperación. Porque aquello era una lenta tortura que mandaba cosquilleos por todo su cuerpo. Por el Ángel. Estaba jodida, estaba jodida en el instante que había decidido que era una buena idea jugar con fuego con aquel mundano. Porque así se sentían sus labios, como fuego sobre los suyos y si ella esperaba que la sensación de tener la garganta en llamas desapareciera una vez que él la besara, estaba equivocada.

Pequeños suspiros de placer se escapaban de sus labios, no era ella, era algún tipo de ser impulsivo que lo único que deseaba era que Michael no se detuviera nunca. La mano en su nuca subió hasta acariciarle el cabello nuevamente, con cierta urgencia si bien sus movimientos seguían siendo tan delicados como ella misma, sus labios se acoplaban a los de él como si fueran dos piezas de un rompecabezas, sus manos sobre su rostro eran cálidas, la sostenían con firmeza pero lejos de hacerle daño se sentía como si él creyese que era una pieza de cristal, que merecía todo el cuidado del mundo. Gimió, incluso su lengua era cálida y le correspondió de la misma forma, dejando que su lengua explorara aquella boca ajena con suavidad. Era un beso lento, un beso profundo y un beso terriblemente intenso de una forma extraña. No estaba despertando el deseo de tirarlo contra la mesa y seguir con aquello, no. Deseaba estrecharlo contra ella, sentir la calidez de su piel, los latidos de su corazón, sus labios aterciopelados...

¿Qué diablos le estaba pasando? Sus labios sabían a peligro, a fuego puro, a tabaco, a sangre, y a luz de sol. Besarlo se sentía como por fin respirar correctamente, con los pulmones llenándose de oxígeno limpio y puro de las montañas. Era la sensación más liberadora que había sentido en demasiado tiempo y por fin entendió a que le sabía su boca con exactitud, a libertad. Besarlo era como mandar al carajo todo lo que se esperaba de ella y aceptar lo que ella quería y de una forma inexplicable ella quería eso. Era un acto de rebeldía, era su propia esencia siendo liberada entre más tiempo sentía los labios ajenos contra los suyos, pero la libertad no era eterna y cuando se separó de ella sintió un vacío en su interior. Lo miró torpemente, con el pecho subiendo y bajando aceleradamente, con los labios hinchados y los ojos oscuros debido al deseo que la delataba en forma de pupilas dilatadas.

Cuando lo vio sonreír de aquella manera, quiso besarle nuevamente solo para quitarle aquella expresión del rostro.

Un placer— comentó con el mismo descaro que su interlocutor mientras sus labios se curvaban en una sonrisa encantadora. Abrió la boca queriendo decir algo ocurrente pero no vino nada a ella. Se sentía en blanco, abrumada por aquel contacto, ansiando como si de una drogadicta se tratase una nueva dosis. Fue ese sentimiento el que hicieron que se inclinase al punto de poder susurrarle, no porque no pudieron alzar la voz no, si no por el placer de hacerle perder los estribos —Mejor borra aquella sonrisita encanto, porque cuando se te pase el efecto del analgésico, vas a desear tener más favores que cobrarme.

Esbozó una mueca de dolor y se acomodó en el sofá mientras lo veía. ¿Qué iba a hacer con él ahora? No podía dejarlo ir por mucho que una parte de ella quería que se perdiera y así ella no tuviera que enfrentarse a lo que sea que la estaba volviendo loca de él. Ella podía oler su sangre incluso desde esa distancia, a metal y a luz, porque ahora que lo sabía podía sentir aquella luz de sol que lo evidenciaban como alguien como ella pero sin runas. Las preguntas se atoraban en su garganta , ¿Quién era? ¿Por qué no usaba runas? Ella tenía una sospecha; había muy pocos nefilims no marcados, la razón era que cuando dos nefilims eran expulsados al mundo mundano, su hijo seguía siendo de la Clave, todo era de la Clave, tus malditos hijos, tu libertad, a quien podías amar.... Victorie entendía muchas de las reglas de los cazadores de sombras, pero otras le parecían ridículas. Esa era en parte la razón por la que ella se había metido al consejo, con la esperanza de poder cambiar algunas. Estuvo a punto de preguntar pero se mordió la lengua a tiempo, le había costado mucho que Michael dejara de mirarla como si fuera un puto dolor de cabeza, no quería regresar a esa etapa y podía sin necesidad de que se lo dijeran; intuir que una pregunta sobre su familia no sería bien recibida.

Estados Unidos es un país libre— comenzó mientras se miraba las uñas y de vez en cuando dirigía miradas en su dirección pensativa —Por lo tanto no puedo obligarte a quedarte o a no tomar una decisión suicida, pero tu nuevo perfume, Eau de Herida Reciente, va a atraer a todos los vampiros a cinco kilómetros a la redonda, y con lo mucho que le gusta jodernos, pensarán que eres su vendetta perfecta— ella no mentía. Le sorprendía que Skull no se hubiera dado cuenta de lo que era o no lo hubiera mencionado en ningún punto; tal vez al no verle runas asumió que lo que olía era Victorie, pero un vampiro que no viera a Michael de primera instancia, asumiría que era un nefilim herido y como estaban las cosas últimamente en el submundo, él sería comida de vampiros. Herido y con un imán de peligros, Victorie se vería en la necesidad de seguirle hasta que estuviera segura estaba bien —Me vería en la obligación de salvar tu bonito trasero, de nuevo. Se nos está haciendo una costumbre muy molesta.

Sin esperar respuesta fue a su habitación y le lanzó una almohada. Total, ella siempre llenaba de sangre el apartamento, no sería novedad para la mujer que le ayudaba con la limpieza y tampoco es que su sofá sufriría demasiado daño teniendo en cuenta que en su mayoría era de cuero. Había cambiado el tapiz de terciopelo tras una noche que regresó muerta de una pelea con un licántropo y se había quedado muerta en él y había amanecido con un sofá que de blanco no tenía nada —Tendrás que venir a limpiar el desastre que dejes en mi sala, y si Kimara decide que tienes el olor de un filete tampoco me hago responsable— mencionó burlona mientras llamaba a la cachorra en un suave francés qué salió de su escondite en la esquina de su sala. ¿Había estado ahí todo ese tiempo? Posiblemente, seguramente le parecía curioso que Victorie hubiera traído a alguien después de cuatro meses de solo ser ella y la cachorra —Necesito terminar el reporte de lo ocurrido o mañana tendré que ir al Instituto y realmente no es mi lugar favorito. Si necesitas algo solo grita como una damisela en apuros, y si piensas despertarme hazme el favor de no parecer un asesino nocturno o podría noquearte— comentó mientras subía a la cachorra a su regazo y le acariciaba las orejas suavemente. Mañana por la mañana llamaría a un brujo a limpiar el desastre, es lo bueno de que ellos tengan magia y no hagan preguntas.

Sin decir nada más lo miró antes de ponerse de pie y dejarlo solo en su sala riendo ante la ironía. Gracias al cielo no vivía en el Instituto y ningún nefilim se pasaba por su casa porque no le gustaría tener que dar explicaciones de porqué tenía un nefilim que tenía todas las pintas de ser un fugitivo estaba en su casa.




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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Callejón oscuro  → Frío
El hormigueo que me había provocado la caricia de sus dedos en el cuello, en el pelo, me persiguió durante un rato más después del beso, igual que el de los labios y la lengua, aunque quizás era todo porque estaba absolutamente adormecido, atontado y drogado. Una parte de mi cabeza me decía que no debía de quedarme dormido porque igual tenía una conmoción cerebral, pero otra me decía que era por la bebida de hada, porque antes la cabeza había estado retumbándome como si hubiese toda una manada de caballos pateándome el cráneo, y ahora se había relegado a un leve entumecimiento. Que no quería dejarme llevar por que fuese a morirme, y eso me tranquilizó estúpidamente.

No pensaba volver a probarla, eso sí. Porque me había hecho decir estupideces y hacer estupideces, y era siniestramente consciente de ello mientras los labios de Victoire me sonreían desde la leve distancia que seguía existiendo entre ella y yo, pero sinceramente me daba absolutamente igual. Ya me arrepentiría mañana por la mañana y que el mundo se jodiese después.

Suspiré. Miré hacia un lado y hacia el otro, sopesando las opciones de qué hacer al respecto de mi situación. Podía, en efecto, arriesgarme a ser carnaza de vampiro porque debía de oler a sangre por todas partes, por mucho que me hubiese medio limpiado antes de curarme. Y después del encuentro que habíamos tenido en el callejón no me apetecía demasiado, la verdad… Por otro lado, la opción de quedarme en casa de Victoire… Todo parecía tan ajeno a mí. Tan elegante, tan bonito, tan… nefilim. Esbocé una mueca sin darme cuenta de si ella me estaba prestando atención o no; pero prefería mi pequeño y adorable cuchitril, con mi bañera antigua de cuatro patas, mi cocina con gas y mi gato y mi perro. Sin embargo, tampoco iba a quedarme a vivir allí, ¿verdad? Podía echar un sueñecito y desaparecer por la mañana, cuando ya me encontrase mejor y recuperado.

Además, estaba demasiado cansado como para pensar hacer ninguna otra tontería además de besarla. Suspiré, casi frustrado por eso, porque ya que había dado el primer paso… lo mejor podría haber sido que nos acostásemos –total, de perdidos al río– y luego si te he visto no me acuerdo, apretón de manos y por favor, no vuelvas a cruzarte en mi vida, ahora que he conseguido consumar contigo. Pero quedarme con el fantasma de sus labios prendido en la boca iba a ser algo con lo que iba a lidiar durante un tiempecito, desde luego…

Creo que podría pasar aquí la noche, si te parece bien, entonces. Porque no quiero ser un reclamo para más amigos muerde cuellos y porque si no me atacan y me matan, me desmayaré a mitad de camino, me encontrarán e igualmente me matarán, así que… Y tendréis vampiros drogados con bebida de hada y con sangre de nefilim en las venas. Muy bonito. —Casi ni pensé que acababa de confirmar lo que ella había descubierto esa noche; que de mundano tengo más bien poco— . ¿Puedo desgraciarte el sofá  sin que me odies por ello? Te prometo que además del pase de modelos te enviaré tapicería nueva para que puedas cambiarla… Y mucho más bonita que la tienes ahora, desde luego. —Me llevé la mano a la frente, cayendo en la cuenta, entonces, en que la perra estaba ahí, sentadita, observándonos, y se me escapó una carcajada estúpida de entre los labios— . Tienes un chucho voyeaur, muy bonito. Así que eso es lo que les enseñáis los franceses a vuestras mascotas, ¿eh? Muy pervertido todo, qué poca vergüenza… —Habría negado con la cabeza para añadirle más dramatismo a la escena, pero hasta en esas condiciones sabía que si lo hacía sí que terminaría vomitando encima de Victoire, que seguía tentadoramente cerca, acariciándome con el calor de su cuerpo— . Sólo espero que no te dé por aprovecharte de mí mientras duermo o algo.
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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Lunes → 22:17 → Sótano del Scarlett  → Frío
Oh no le eches la culpa de tus delirios a la bebida de hadas. Las hadas son muy buenas haciendo pociones, tanto como un brujo; si estás drogado es por algo que te metiste— se burló ella. Victorie tenía una resistencia impresionante a las bebidas de los seres mágicos y si bien no podía aguantarlas como un ser feérico, si podía mantener el ritmo durante un buen rato antes de empezar a sentir los efectos de la magia en su organismo. Tal vez estaba tan acostumbrada a ellas por el suministro que solía recibir de su abuela materna que aquella poción en especial fuera del analgésico no le causaba efecto alguno, cosa que al parecer era exclusiva de ella. Dios mío, ¿La habría besado por culpa de la bebida de hadas? Desvió esa linea de pensamientos para concentrarse en aquella confirmación, sangre nefilim. Demonios Michael, demonios. Como miembro del Consejo estaba obligada a reportar casos así, lo sabía; claro que ni en sus peores sueños lo haría pero si alguna vez todo esto salía a luz ella estaría metida en un muy bonito lío. Y él también o más bien sus padres ¿Sus padres debían ser cazadores de sombras no? Cazadores de sombras a los que les habían quitado las runas y habían ocultado a su hijo para que la Clave no fuera a buscarlo cada tres años, como era regla. Un nudo se formó en su garganta, pero no pensaba decirle nada de esto al castaño, porque eran conjeturas suyas y mientras no recibiera confirmación de su parte, podría mentir ante la espalda de Alma si era necesario. ¿En serio estaba pensando en eso? Debía seguir más afectada de lo que quería admitir.

¿Kimara? Oh si claro, la inocente cachorra de tres meses ha estado mirándonos todo este tiempo, la entrené bien— dijo con sarcasmo mientras le hacía mimos en la nariz y le acomodaba el collar con cuidado. La perra bostezó y le lamió las manos a Victorie, manchadas de la sangre del mundano que de mundano no tenía nada —Si nos ha estado viendo es porque hueles a filete, ya te lo dije. Seguramente piensa que le daré un poco— sonrió con malicia al decir aquello y agitó los dedos frente a la cachorra que gimoteó antes de mordisquearla suavemente. A decir verdad algo le decía que la cachorra si lo miraba tanto como a la propia Victorie es porque olían igual en esencia. Dos nefilims, la única diferencia entre Michael y ella es que la piel de la francesa estaba adornada de runas, marcas negras que resaltaban sobre su piel nívea.

Y sigues con eso, hombre que mala impresión tienes de mi— chasqueó la lengua mientras negaba con la cabeza —Para eso te preferiría despierto y consciente, no te preocupes. Además ahorita tienes pinta de que vomitarías encima de mi, lo cual mataría mis ganas de abusar de tu pobre inocencia— que sencillo era bromear con él, ni siquiera tenía que pensarlo, ni siquiera sentía ese dolor en el pecho de cuando estaba fingiendo con gente que no le agradaba por respeto, nada. Era tan natural que hasta dolía, porque era lo más real que había tenido desde que había llegado a esa ciudad, buscando a su hermano, odiando a su hermano, con la Clave, con los directores que si bien la habían acogido sin problemas, ella se sentía constantemente observada por ellos y con Claire, su abuela; que le pedía favor tras favor y ella temía que alguno de estos favores terminase llegando a los oídos de la Clave.

Tomó a la cachorra en brazos, que protestó ligeramente y miró a Michael cansada —Espero no ronques— fue lo único que dijo antes de irse a su habitación, se quitó el uniforme negro y lo dejó caer antes de tomar la primera prenda suelta que encontró y sentarse en el escritorio pensativa. En condiciones normales habría muerto por tomarse un baño, pero en aquel momento lo único en lo que podía pensar era en cuanto deseaba terminar aquel informe para poder irse a dormir. "Una palabra más" pensó mientras la pluma rasgaba el papel y ella tomaba una vela, la prendía, dejaba caer una porción de cera dorada sobre el pergamino y finalmente lo sellaba. Todo lo demás transcurrió como si fuera un sueño; recordó ponerse de pie, dejarse caer en la cama, cerrar los ojos y sumirse en un sueño profundo. Si había pensando que tendría problemas para dormir teniendo en cuenta a su acompañante durmiendo en su sala, se equivocó.

Cuando despertó los rayos de luz se colaban por su ventana, su sala tenía manchas de sangre en la alfombra, la mesita y el sofá y no había ni rastro de Michael. Debería sentirse más tranquila, pero; ¿Por qué se sentía tan decepcionada?




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JODIDOS HASTA LA MÉDULA
→ Martes → 07:37 → Apartamento de Victoire  → Frío de cojones
El resto de la noche pasó como un extraño suspiro para mí. La voz de Victoire se mezclaba con lo turbio de mi mirada, con el calor que sentía por la fiebre, con el cansancio por haber perdido sangre y haberme esforzado tanto en esas condiciones... Recordaba vagamente sus bromas, sus respuestas ingeniosas, la insinuación de su voz sobre pervertir mi inocencia -como si quedase algo de eso-... y el peso del medallón de la foto de Abby sobre mi pecho. Se me hizo raro, cuando conseguí reflexionarlo de refilón, que no me hubiese preguntado por eso, pero no le di más importancia porque, sencillamente, no me apetecía.

"Espero que no ronques" había dicho ella, y yo había esbozado una suave sonrisa en el rostro.

Después ella ya no estaba y se hizo el silencio, y yo me arrastré en la oscuridad hasta el sofá, donde había puesto una almohada -¿no la había imaginado, no?- y donde dejé caer mi cabeza para perderme más allá de mis sueños. Me pasé la mano por los rizos, recordando lejanamente el roce de sus dedos, y bufé, como si en ese momento fuese consciente absolutamente de todo lo que había hecho hacía unos minutos, del beso, de piel con piel y lengua con lengua y dientes, y estuve horriblemente tentado de levantarme e ir a terminar lo que habíamos empezado. Pero tuve que reírme de mí mismo porque el cuerpo me pesaba tanto que eso era, literalmente, imposible.

Así que me acomodé cuanto pude, cerré los ojos y recé por despertarme a la mañana siguiente. Mi último pensamiento fue que recordase recostarme sobre el lado no herido, y ya está.

Cuando volví a separar los párpados una leve claridad entraba por la ventana, y en mi fuero interno agradecí haber aguantado un día más, aunque no sabía cómo. Después llegaron los dolores por todo -literalmente todo- el cuerpo, los moratones, los arañazos que habían pasado desapercibidos y el entumecimiento general de mis miembros. Me quise morir. No pensaba volver a arriesgar mi culo por una cara bonita en lo que me quedaba de existencia. De un humor terrible me levanté del sofá como pude, tardando unos segundos en ubicarme y en recordar todo lo que había sucedido la noche anterior: Jannik, los vampiros, Victoire, el beso... Me pasé los dedos por los labios, fríos, y sentí la boca seca y la cabeza a punto de reventar. Gruñí mientras terminaba de ponerme de pie, me acercaba a mi ropa desperdigada y empezaba a recogerla para ponérmela. Vaya, ¿había dejado la katana allí? La herida del costado se había pegado casi perfectamente, pero quedaría cicatriz; total, una más. Todo olía a sangre y a sudor, y ahora también, a Victoire. Lo odié. Me odié por haberme dejado llevar hasta tal punto; al recordarlo sólo conseguía cabrearme tanto que estuve tentado de romper algo, pero no lo hice.

Giré el rostro en la dirección en la que ella había desaparecido la noche anterior y la piel de la nuca se me erizó. Por eso salí casi corriendo de allí, sin dejar una nota, un aviso, nada. Aquello era como con las tiritas, cuanto antes me marchase y menos supiese de mí, mejor. Bajé las escaleras rápidamente a pesar de que el cuerpo me estaba mandando al carajo, y al salir del edificio me ubiqué rápidamente; aún era muy temprano y apenas si había gente que pudiese mirarme con sospecha.

Tuve que detenerme varias veces porque aún estaba muy débil. Al final, jadeando, me apoyé en la pared de un callejón y me centré en respirar. Respirar. Respirar. Cogí el teléfono y marqué; al otro lado, la voz de Jannik, después de treinta toques y tres llamadas perdidas, sonó somnolienta y exasperada. Me gruñó, yo le gruñí, y se hizo el silencio.

Está bien, ven a mi casa.

Necesitaba descansar, necesitaba reposo, y sobre todo, necesitaba olvidarme un poco de lo cálidos que eran los labios de Victoire y de la gana que tenía de volver a besarlos.
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