29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del día 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


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Buenas acciones y malas compañias || Desmond Lynch

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Buenas acciones y malas compañias
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El hada no estaba muy feliz aquella noche, y la razón principal de su desasosiego tenía un corte bob muy bonito y un instinto asesino que podía ponerle los pelos de punta a cualquiera.

A duras penas -si estaba dispuesta a casi partirse el cuello echando la cabeza hacia atrás- podía notar el frágil destello de la estrellas que plagaban el cielo, puesto que los altos rascacielos no estaban dispuestos a ceder protagonismo como era normal en Nueva York y menos desde aquel tetrico callejon apestoso donde actualmente se encontraba el hada. Sugar Beth soltó un resoplido por enésima vez, volviéndose a mirar a su compañera –Violet, por todo lo bueno y justo, vámonos de aquí– se quejó, cruzándose de brazos sin apartar la mirada de ella. La muchacha cuya piel esmeralda parecía emanar brillo propio se giró hacia Sugar Beth, la forma tan dramática en la que su corta melena ondeaba cuando manifestó su negativa en un rápido movimiento de la cabeza le hizo sospechar que usaba alguna especie de hechizo para que las hebras volviesen a su lugar sin que tuviese que acomodarlas –ni una palabra más ¿vale? No me pienso ir hasta que ese maldito me de la cara– refunfuñó ella, sin siquiera detener su marcha

Violet era de las pocas congéneres que las que Sugar Beth mantenía algún tipo de contacto luego de que se había marchado de la corte y aunque no eran realmente cercanas, solían llamarse la una a la otra para hacer algún encargo, elaborar alguna poción o a escapar de algún centauro furioso por sabrá dios que travesura. Esta vez era ella quien estaba allí para guardarle las espaldas a su amiga por mucho que la situación le diese repelús: hacia un par de semanas que él novio de Violet había desaparecido luego de que había utilizado todo el dinero que tenía (incluyendo el de Violet) para saldar una deuda que tenía con un grupo de ifrits de moral cuestionable. Sugar Beth no le hacía ninguna ilusión tener que meterse a un local lleno de drogadictos y tipos de mala calaña, pero no le quedaba de otra tampoco.

Antes de que la muchacha empezara a aporrear nuevamente la puerta, Sugar se acercó a ella y la detuvo  –¿Estás segura de esto? no tengo ganas de que nadie me arranque las alas hoy– Antes de que Violet pudiese responder, una mujer con un maillot de cuero negro abrió la puerta de par en par, permitiendo que el ruido interior se abriese paso al callejón. Habían música y risas, y algo que parecía romperse cada tanto  –por dios niña, no seas dramática, nadie se va a comer a nadie– respondió con una voz siseante, sonriendo al percibir a las dos hadas bajo la oscuridad –cualquier criatura mágica es bienvenida aquí, no tienes que temer–

– No queremos entrar a tu local, venimos a buscar a un ladrón– espetó Violet, con una voz tan vacilante que hizo que la bruja rompiese en una estruendosa carcajada. Por mucho que intentará hacerse la dura hasta un ciego podía darse cuenta de que estaba forzando la situación –¿Piensas venir aquí a perturbar la paz de mis clientes? Mejor váyanse por donde han venido– Las hadas compartieron una fugaz mirada, Sugar esperaba que aquello fuese suficiente para que Violet retrocediera, pero la mano que colocó junto a la puerta para impedir que la mujer se la cerrase en las narices le dio a entender que no sería así –Su nombre es Vince, puedo pagarte si eso te deja más tranquila. Eso es mucho más de lo que puede darte el idiota que está escondiéndose allí dentro...– la mujer pareció pensárselo por un momento y tras una rápida afirmación cerró la puerta. Unos minutos después una figura familiar salió al exterior, al instante Violet comenzó a soltar todos los indultos que tenía en su arsenal y Vínce intentaba defenderse como podía diciéndole que se marchara y que era una idiota si creía que le devolvería algo. Violet, abrumada y encolerizada sacó una cuchilla de su bolsa y apuntó al muchacho, los ojos de Sugar se abrieron como platos –¡Violet, tienes que calmarte!– gritó sin ningún reparo. Estaba casi segura de que en el local a todos les había parecido mejor no intervenir o que como mínimo, estaban demasiado drogados para percatarse de lo que sucedía en el exterior.

La pareja comenzó a enfrascarse en una discusión que se volvía cada vez más violenta y Vince rápidamente perdió los estribos, se acercó con aire amenazante hacia Violet y le retorció la muñeca para arrebatarle la cuchilla antes de que ésta pudiese hacer nada. Sugar se adelantó sintiendo el pánico creciendo en su interior y se lanzó sobre los dos para separarles. El muchacho, tal vez impulsado por la adrenalina que le generó el momento se movió sin siquiera pensarlo. Antes de que alguien pudiese hacer nada, la cuchilla terminó enterrada en un costado del hada, quemándole como si todo su cuerpo estuviese en llamas y extrayéndose cualquier partícula de oxígeno de sus pulmones. Se hizo un silencio aterrador y Vince retrocedió dejando caer la cuchilla al suelo con una expresión de pánico. El dolor era tan cegador que Sugar ni siquiera pudo gritar y al instante sintió que los bordes del callejón se difuminaban, se dejó caer de rodillas en el momento en que escuchó el chillido desgarrador de Violet, que corrió a sostener a su amiga antes de que diese contra el suelo –¿¡Eres idiota o que!?– gritó a Vince, presa de la histeria y el miedo.

–¡Has sido tú que has venido a amenazarme con esa mierda! Yo solo me he defendido ¡Se metió en medio!– exclamó Vince con un hilo de voz. Aunque sus palabras iban dirigidas a Violet parecía que estaba intentando convencerse a sí mismo. Se pasó nerviosamente las manos por el cabello y a pesar del dolor desgarrador que le quitaba el aliento, Sugar se sorprendió a sí misma asqueandose por los cardenales que tenía alrededor de los brazos y el cuello. En algún momento Vince había sido bastante guapo, pero ahora no era más que una sombra del muchacho carismático que había llegado una vez a Takis y le había quitado el aliento a las meseras –tenemos que irnos, déjale– Violet comenzó a protestar, sin embargo Vince ya estaba tomándole del brazo para a obligarla apartarse de Sugar, quien no podía hacer más que retorcerse del dolor –¿Sabes lo que va a hacerme su hermano cuando se entere? Y tú estabas aquí también, es tu cuchilla. No nos va a creer a ningúno de los dos– explicó nerviosamente, tomando al hada por los hombros para obligarla a mirarle.

Tenía que admitir que no le sorprendía demasiado que Violet le hubiese dado la espalda, siempre había sabido que si el barco comenzaba a hundirse la otra muchacha no se arriesgaría por salvarle.

Se ayudó como pudo de la pared más cercana para incorporarse, a pesar de que sentía que con cada movimiento iba a quedar inconsciente del dolor. Le temblaban las piernas y los brazos y aún así intento caminar, consciente de que no tenía ninguna posibilidad si se quedaba allí. Los minutos que le había tomado salir del callejón se sintieron como horas y cada tanto le dedicaba una mirada alarmada a la herida. No había perdido demasiada sangre, pero si la suficiente como para preocuparse y lo más probable es que tuviese la herida infectada. Se mordió el labio quitandose el pequeño sueter de lana para cubrir la herida que ya había comenzado a dejar una preocupante mancha roja en su vestido y se percató en ese momento de que el par de desgraciados no solo le habían dejado mal herida y tirada, si no que también se habian llevado sus cosas, incluyendo su movil.

El ir y venir constante de los transeúntes impedían que se percataran del estado deplorable de la muchacha que se negaba a pedirle ayuda a nadie. Estaba aún lo suficientemente lúcida para saber que si pisaba un hospital y quedaba inconsciente, luego no tendría forma alguna de explicarle a los médicos lo que era, ni mucho menos la razón de porque el hierro estaba matándole. Decidió que debía entrar a algún lugar, el que fuese, intentar encontrar un teléfono móvil y llamar a Lei; Sabía que aunque le soltase una gorda, su hermano era la única persona en la que podía confiar en aquellas circunstancias.

Tras caminar un tramo interminable distinguió una vieja gasolinera a unos metros y la esperanza hizo que se esforzarse en avanzar con más prisa, aunque maldijo por lo bajo cuando la campanilla de la puerta de cristal anunció su entrada. Su respiración se volvió débil y juraría por dios que alguien le había atado bloques de cemento a los pies, porque no habría otra forma de explicar el porqué le estaba costando tanto llegar hasta la caja. El muchacho detrás del mostrador le dedicó una mirada extrañada y cuando Sugar apoyó ambas manos sobre el mostrador manchadas de sangre, con la piel del color de la tiza y sus ojos sin pupilas desvinculados del glamour, el empleado soltó un grito ahogado. El hada fue capaz de escuchar que le preguntaba algo, pero antes de que pudiese contestar sus rodillas flaquearon haciéndola caer.

En medio de su delirio, antes de perder la conciencia, no pudo evitar pensar que aquella era la forma más estúpida en la que había podido ocurrirsele morir...



Última edición por Sugar Beth Gwendoline el Vie Abr 27, 2018 3:22 am, editado 1 vez
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Buenas acciones y malas compañias
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A veces creo que el problema que tengo con las hadas no desaparecerá nunca. Me perseguirá hasta la tumba, e incluso después de muerto, mi alma seguirá atormentada por las risas jocosas de la mujer que me hizo herirme hasta tal punto que las marcas nunca se han ido del todo de mi espalda. Siguen ahí, cada vez que me ducho, cada vez que me desnudo, cada vez que acaricio mi piel distraídamente cuando me pica algún punto entre los omóplatos y la columna vertebral. He mentido tantas veces sobre el origen de esas cicatrices que a veces me cuesta recordar que no me las hizo ningún perro salvaje, sino una criatura del submundo con ansias de ver la sangre de un niño pequeño; sin embargo, cuando me cruzo con alguien del pueblo mágico por la calle es como si empezasen a arderme, y la cancioncilla que esa criatura entonó mientras intentaba volverme loco resuena en mi cabeza con un escalofrío helado que contrasta con la sensación de que alguien, de nuevo, quiere desgarrarme la piel.

Otras veces, sin embargo, tengo que aguantar la bilis en la garganta, hacer de tripas corazón y tirarme de cabeza a una piscina.

Hoy es uno de esos días.

Había salido relativamente temprano del trabajo, y eso me alegraba. Aún hay días que cuando me muevo por el hospital tengo la impresión de que van a volver a atacarme esos vampiros descerebrados, pero desde la intervención de Adeline, tantos meses atrás, me han dejado un poco más tranquilo. Debe de ser como si llevase un cartel que rezase vigilado por nephilims, o algo así. Tampoco lo pienso demasiado, porque no sirve de nada, sólo para preocuparme, y cuando eran cerca de las siete y estaba recogiendo para cambiar el turno, ningún pensamiento negro nublaba mi cabeza. Ni siquiera ese. Fui hacia el aparcamiento con espíritu contento, e incluso aventurero, y encendí el motor. Pocas veces el ronroneo del mismo me hacía sentirme tan dichoso, claro que pocos días había salido del trabajo de tan buen humor; pero la expectativa de poder cenar con las niñas me alegraba. Hacía tiempo que no les dedicaba un rato, la verdad.

Decidí desviarme un poco del trayecto y dar un rodeo algo más largo para pasar a repostar por una gasolinera, porque el tanque cada vez estaba más vacío, y quizás, y sólo quizás, podíamos pasarnos por New Jersey para ir a cenar a algún sitio diferente. Aparqué, cerré el coche y me acerqué al establecimiento para ir al lavabo un momento antes de colocarme en el surtidor; no había mucha gente dentro y el servicio estaba dentro del establecimiento, lo que quizás auguraba que estuviese limpio.

Todo dejó de ser importante cuando la chica se desmayó delante de mis ojos. El empleado probablemente gritó por la sangre que le manchaba el vestido, mientras se revolvía, herida y sangrante frente al mostrador. Yo por otro motivo muy diferente, pues pude identificarla desde un principio y sin lugar a dudas, y de pronto la idea de visitar el baño se hizo más incipiente, porque tuve tremendas ganas de vomitar. Como siempre, un sudor frío me recorrió la espalda y me dejó paralizado, quieto, ahí plantado como un pasmarote mientras ella se desvanecía ante mis ojos. El juramento hipocrático me golpeaba en la cabeza mientras la risa psicópata del hada me atravesaba las sienes y me hacía temblar. Esa muchacha se estaba muriendo delante de mis ojos... ¿Por qué demonios no podía hacer nada?

Ven, precioso, ven. Ven a mi jardín.

Ah, sí. Por eso.

Y aquí me encuentro. Aterrorizado, solo, con un cuerpo desangrándose ante mí y poquísimas ganas de hacer nada. Tiemblo tanto que creo que se me va a descoyuntar el cuerpo. Voy a vomitar, seguro que sí. El sudor helado me recorre ya todo el cuerpo. El joven me grita algo desde detrás de su protección; no querrá acercarse, supongo, por temor a tocar donde no debe. O quizás ha visto algo que le ha asustado. ¿Tendrá la Visión?

¡¡Señor!!

¿Qu-qué? ¿Qué? —giro el rostro a ambos lados. Estamos solos. Genial.

Que se acerque a ella mientras llamo a una ambulancia.

«Una ambulancia...»

No puedo permitir eso.

Sin saber cómo, estoy desanudándome la corbata y acercándome a ella con paso torpe e indeciso.

No hace falta. No se preocupe. Soy... soy médico. —Rebusco las llaves del coche de mi bolsillo del pantalón y se las tiro mientras me remango y me coloco a su lado—. Vaya a mi vehículo. Es el rojo que está junto al surtidor número tres. En el maletero debe de haber un pequeño maletín de color marrón; tráigalo y luego cierre el local. No queda nadie más, ¿no? —Él niega con la cabeza—. Pues dese prisa, por favor. La vida de esta joven puede depender de usted.

O de cómo controle mis nervios.

Respiro profundamente mientras pongo la chaqueta que llevaba bajo la cabeza de la joven. Sus ojos se mueven, inquietos, muestra de que está sufriendo. Bufo sonoramente, al borde del llanto, y me obligo a controlar mi respiración. No va a hacerme nada. No va a pasarme nada. Tengo que ayudarla. Tengo que ayudarla. Tengo que ayudarla... Tembloroso pongo la mano sobre el costado para notar si se ha endurecido ya o no, pero aún está blando; emito un jadeo, alivio mezclado con miedo, y tras susurrarle permiso le levanto la falda del vestido para poder ver mejor la herida. Respira con dificultad, pero no se ve el hueso, al menos; eso me hace temer que haya herido algún órgano vital. Necesito poder escuchar dentro para ver si hay líquido en sus pulmones... Pero al menos parece estar lo suficientemente bajo como para mantenerse alejada de los mismos, aunque puede que haya alcanzado un riñón; espero que no haya sido tan profundo.

Señorita —intento poner mi voz lo más firme posible mientras le toco la cara con suavidad; la temperatura empieza a subirle poco a poco. ¿Habrá infección?— Señorita, ¿está consciente? —si no lo está, será más fácil para ella. Pero si sí...


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El hada no solía sentarse a pensar como creía que podría llegar a ser su muerte. Sin embargo, en las remotas ocasiones en las que lo había hecho, esperaba que el suceso fuese mucho más… romántico, shakespeariano. Tal vez alguien le envenenarse con alguna posición letal dominado por la envidia o los celos, o tal vez un ex amante resentido le diese una puñalada vengativa en el corazón o incluso algo más estético ¡Como morir en sueños! Irse a la cama y permanecer por siempre en brazos de Morfeo, entonces alguien la encontraría sin respiración en su lecho a la mañana siguiente con el cabello enroscado entre las sábanas y una expresión apacible, igual que los  retratos de las ninfas en las pinturas de Francisco de Goya.

Pero francamente Sugar Beth tenía una suerte de mierda para ponerse en situaciones, y en esos momentos solo podía pensar en dos cosas: la primera era que al menos si moría, se llevaría a la tumba el vergonzoso hecho de que había sido apuñalada accidentalmente. Sus amigos cercanos -los que podía contar con los dedos de una mano y seguro que le sobraban- podrían pensar que había sido la sentencia de algún cortesano disgustado con sus tendencias rebeldes. Nadie tendría porqué pensar que le había apuñalado un hada de pacotilla y luego el y su amiga traidora se habían fugado para vivir su romance disfuncional y tóxico lejos de las consecuencias.

Lo segundo era que no quería morir.

Pero no porque fuese joven, porque aún no había logrado la mayoría de sus aspiraciones en la vida o que jamás había alcanzado a terminar aquel concierto de violonchelo que debía seguir sobre el buró de su habitación. Simplemente ella no quería morir, de la misma forma que no quiere hacerlo un niño pequeño que apenas está iniciando su vida o un anciano convaleciente en su lecho de muerte. No quería descubrir si había algo esperandole después de la muerte. No estaba lista para eso, y se estaba aferrando a las delgadas hebras de su últimas fuerzas con una desesperación terrible, con un anhelo tan atemorizante que por un segundo confundió su desasosiego con el dolor físico, creyendo que el vuelco que sentía en el pecho era el de su corazón siendo incapaz de resistir más.

De pronto se descubrió tendida sobre el grasoso suelo de la estación y advirtió la presencia de un individuo que se inclinaba sobre ella, buscando que reaccionara con la voz cargada de preocupación, haciendo que Sugar Beth abriese los ojos y detuviese su mirada color amatista sobre el. Ella ni siquiera había notado que el dependiente había abandonado el local y ahora volvía a las carreras con un maletín entre las manos, con las manos más temblorosas que había visto jamás. Quiso incorporarse, repentinamente azorada, pero instantáneamente una oleada de dolor la obligó a permanecer en la misma posición. Si se movía demasiado la vista se le nublaba del dolor,  y el sencillo acto de respirar le causaba una sensación apabullante, como si el puñal siguiese enterrado en la herida y se retorciera cada vez que hinchaba el pecho. Sus respuestas se limitaban a vagos asentimientos y gemidos desgarradores, que hacían que al pobre dependiente le entraran escalofríos –¿Cree que pueda hacer algo? ¿No deberíamos llamar a la policía?– El muchacho estaba bañado por un sudor frío y hablaba en un hilo de voz. Las preguntas resultaban incomprensibles a los oídos de Sugar , demasiada dolorida para responder y demasiado cansada como para pensar. Flotando en un estado de semi inconsciencia que estaba a punto de arrastrarla al sueño...



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El chico regresa rápidamente con lo que he pedido, echa la baraja de la puerta y cierra tras de sí. Es tan diligente que en otra circunstancia me habría extrañado, pero en este momento no tengo la cabeza para estas cosas. Joder, ni siquiera tengo agua para esterilizarme las manos. Pero eso deja de importar un poco cuando veo que la joven abre los ojos, titilantes, débilmente, y me contempla desconcertada, sin saber qué decir o hacer al respecto. Le duele. Aún así, intenta erguirse, pero yo la detengo suavemente, colocándole una mano en la espalda y otra contra el hombro antes de volver a tenderla en el suelo con cuidado. Ahora que se ha despertado es mejor que se quede consciente, desde luego. Abro el maletín, cojo un paquete de guantes esterilizados que siempre llevo encima y haciendo malabares consigo ponérmelos sin tocar absolutamente nada. El sudor sigue igual de helado en las sienes, en la espalda, recorriéndome las cicatrices, que de nuevo arden, pero increíblemente he conseguido controlar mis ganas de vomitar. Trabajar siempre me mantiene los nervios a raya, en general.

No —le respondo, quizás algo cortante—. La policía aquí no puede hacer absolutamente nada, de momento. Voy a inspeccionarla. Creo que no es muy grave. Si se escapa de mis recursos aquí entonces avisaremos a una ambulancia —miento—. Además, es evidente que no la han herido aquí mismo, sino en otra zona. Vamos a ocuparnos de que sobreviva y luego veremos qué hacemos. —Dejo de hablar unos segundos, pensando con rapidez—. Lávate las manos con agua caliente y jabón y ven corriendo a ayudarme. No toques nada después de haberlas lavado. Si tienes papel en el servicio úsalos para secarlas, mejor que las toallas. Y no tardes.

El joven dependiente permanece perplejo unos segundos antes de reaccionar. Sale corriendo en dirección a los lavabos, espero, y me giro de nuevo hacia la joven. Cojo una gasa esterilizada, le echo alcohol y tras tomar aire, la paso sobre los bordes de la herida abierta. Los gemidos de ella me perforan los oídos, como siempre, pero los ignoro mientras le limpio los alrededores. Afortunadamente es una herida absolutamente limpia.

Escúchame —le digo al hada, con la voz tan firme que incluso me sorprende—, voy a tantearte la puñalada. Va a dolerte, así que te pido disculpas de antemano. Por favor, intenta no dormirte, ¿de acuerdo? Mantente despierta. Háblame, cuéntame cosas de ti. Pareces muy joven para ser un hada, aunque con vosotras siempre me confundo. ¿Cómo te llamas?

Deslizo los dedos hacia la herida, tanteando con suavidad. No es grande, así que no puedo abrirla demasiado para calcular la profundidad, por lo que pruebo con un solo dedo. Suspiro aliviado cuando siento que no es demasiado profunda; posiblemente ni siquiera haya llegado al riñón. Cuando termino con la exploración le aseguro que ya ha pasado, que todo va a ir bien, que no es nada grave, y cojo el fonendoscopio para auscultarle el pecho. Los pulmones también están bien, aunque está claro que le cuesta respirar. Al menos aún no ha comenzado a escupir sangre.

El chico se coloca a mi lado de improviso, farfullando incoherencias hasta que consigo tranquilizarle, y le pido que empiece a pasarme cosas del maletín. Con una nueva gasa le desinfecto la zona, vierto solución salina sobre la herida y luego cojo la aguja y el hilo. Lamento no tener ningún tipo de anestesia en ese momento, porque eso va a doler, pero no puedo hacer nada más.

Háblale —le pido al muchacho—. Mantenla despierta y distráela del dolor cuanto puedas. —Luego me dirijo a Sugar e intento sonreír—. Esto va a dolerte también, pero intentaré ir lo más rápido que pueda, ¿de acuerdo? Solo piensa en que pronto habremos terminado.

Introduzco la aguja la primera vez, e ignorando su reacción, me centro en coser.


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Por momentos, tenía claros episodios de lucidez donde era capaz de distinguir más allá del penetrante y agudo dolor o el frío lacerante que comenzaba a invadir todo su cuerpo como si un péndulo de hielo intentara traspasarle la piel...

Ingenuamente el dependiente había creído oportuno sujetar la pequeña  mano de la convaleciente  muchacha, pero Sugar Beth se la sujetaba con tanto ahínco que parecía dispuesta a romperle los dedos cada vez que se movía ligeramente, que respiraba tan solo un poco... Escuchó la voz del hombre tan opaca y lejana que creyó haberlo imaginado, pero su insistencia demostró que realmente parecía interesado en que le respondiera, el hada fue vagamente consciente de que intentaba mantenerla concentrada y su mirada cristalina se detuvo sobre el, observándole con repentina contrariedad –Me llamo Sugar– comenzó a decir, tenia un sabor extraño en la boca, como a papel viejo –soy...– “Soy muy joven para ser un cadáver, si” quería decir, gritar o lo que fuese, pero cualquier esfuerzo bastaba para desentonar una oleada de punzadas en la herida.  

No supo decir si era el hierro o si era porque la herida era demasiado profunda, pero  cuando el mundano anunció sus intenciones de palpar la herida no pasó mucho tiempo para que volviera a gritar hasta que sus propios odios retumbaran de dolor. Se vio a si misma mucho mas joven, un recuerdo tan lucido y repentino que le asustó. No tenia mas de doce años y era una muchachita excesivamente distraída que le bastó tropezarse con una enredadera para dislocarse la muñeca; pasó ciclos enteros sin poder tocar absolutamente nada de música, sollozando desesperadamente porque su mano se quejaba cada vez que intentaba sostener un instrumento. A sus padres, como era de esperarse, no les habia importado en absoluto e incluso creyó haber visto un destello de satisfacción en los ojos de Francia. Aquello le había dolido en el alma, creía que nada mas le dolería de esa forma, al menos hasta ese entonces.

Al principio cada punzada era peor que la anterior y le enloquecía y desesperaba, se sentía tan exhausta y derrotada que no podía responder a las vacilantes preguntas del nervioso dependiente, pero comenzó a ser consciente de un peso imaginario se había alojado sobre ella lentamente, difuminándolo todo, y se sorprendió sintiendo el dolor como un eco lejano. Podia oler su propia sangre y el olor característico del antiséptico  usado para limpiarle la herida, también era consciente de su avanzado estado de desnudez e incluso podia escuchar la voz temblorosa del empleado, que había comenzado a soltarle la mano cuando los puntos estuvieron acabados, con los bordes enrojecidos e irregulares de una herida demasiado reciente –Oiga, doctor, no se ve nada bien– Sugar Beth se le quedó mirando fijamente, con una irises desconcertantemente claras, fantasmagóricas. Tenia la piel blanca como la porcelana y su respiración era tan pausada y suave que al dependiente le costó distinguir el suave movimiento de su pecho –Espero... que hables de el y no de mi– Ella no estaba segura de si lo había pensado o realmente había murmurado aquello, pero daba bastante igual, porque estaba tan agotada que ni siquiera le importaba...



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El hierro les causa dolor. Son alérgicas al hierro. ¿Cómo pude no haberme acordado antes? Es lo que se me pasa por la cabeza una y otra vez mientras las puntadas avanzan a lo largo de la herida; no es demasiado grande, es cierto, pero para ella tiene que estar resultando un auténtico infierno. Mientras lo hago, me pregunto si la aguja tiene algún porcentaje de ese material, y por eso Sugar se retuerce entre dolores tan intensos; mi formación como médico se desvanece a ratos por el pavor que le tengo al hada, pero consigo mantenerme firme mientras le coso la herida con la mayor rapidez y eficacia posibles. Casi parece que sea ella quien me queme. Ese sentimiento me provoca tanto horror como ella misma, por eso, aunque voy deprisa, me aseguro que todo está bien hecho.

Eso es porque ha perdido mucha sangre —respondo con toda la calma que puedo al dependiente, mientras me seco el sudor de la frente con el dorso de la mano enguantada justo antes de dar la puntada final. Suelto una risilla nerviosa ante el comentario de la joven mientras busco las tijeras para cortar el hilo tras hacer el nudo—. Evidentemente, niña. Evidentemente. Aguanta un poco más, ¿vale? Ya estamos terminando...

Suelto el instrumental en el maletín antes de coger gasas y apósitos con los que vendarle la herida. Está tan pálida que me da miedo que se me muera entre los brazos, pero no puedo llevarla a un hospital ni hacerle una transfusión aquí mismo. Me acuerdo de la primera vez que vi a Ivory, con su empleada desangrándose frente a mí mientras intentaba salvarle la vida como buenamente podía, y al final consiguió salir adelante. Me centro en esa escena para conservar las fuerzas y temblar lo menos posible mientras, con ayuda del joven, la yergo con la mayor delicadeza posible para que no se le abra la herida.

No dejes que se le curve la espalda ni que pierda rectitud. Así. Muy bien.

Termino de rasgarle y de levantarle la ropa, pidiéndole perdón entre susurros, para poder protegerla bien. Los dedos no me tiemblan tanto como lo hago yo por dentro; me da miedo desfallecer cuando todo esto termine, y me cuesta no dejar que las náuseas que me recorren el cuerpo no terminen convirtiéndose en vómito. El sudor que me recorre la espalda es frío, helador e incómodo, pero me ayuda a mantener la temperatura del cuerpo, y me hace recordar que no puedo perder la compostura porque la vida de esa muchacha depende de mí. Ya me desmayaré cuando llegue a casa, después de haberme asegurado de que se mantiene estable. Ahora, me obligo a mantenerme un minuto más con el pulso firme y la mente centrada en lo que estoy haciendo, porque aunque sea un hada, Sugar depende de mí.

Ya está... —Mi voz no debería de sonar tan aliviada como en este momento, pero la cuestión es que lo hace. Miro al muchacho, quien también respira sonoramente cuando se lo indico, y me cercioro de que Sugar sigue despierta—. Ya hemos terminado, preciosa. No has perdido mucha sangre, aunque estás muy débil. Debería llevarte a un ambulatorio... —Me quito los guantes y desvío la mirada de nuevo al joven—. Muchas gracias por todo lo que has hecho. Has estado fantástico. No todo el mundo hubiese soportado bien la presión. ¿Cómo te llamas?

Luis. —Sus dedos tiemblan mientras la sujeta, y está pálido, pero sonríe.

Lamento que te hayamos dejado todo esto hecho un desastre, Luis. Voy a terminar de recoger las cosas y... —El cuerpo se me va hacia el lado, pero consigo mantenerme. Me paso la mano por el rostro mientras oigo al alarmado muchacho llamarme.

¡Doctor! ¿Doctor, está bien?

Sí, sí. Quédate con ella un segundo, voy a enjuagarme la cara. ¡No dejes que se mueva ni que se levante! —Le veo asentir, pero no parece muy convencido. Con el instrumental desordenado en mi bolsa, consigo erguirme y me tambaleo ligeramente hacia el baño, sintiéndome cada vez peor, y casi ni he atravesado la puerta del servicio cuando me desplomo sobre el váter y vomito todo  lo que he comido hoy. Genial. Ni un adolescente borracho, vaya...


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Un suspiro roto se le escapó en un agradecimiento silencioso cuando las punzadas terminaron  y, pese a que seguia doliendo, logró relajar la tensión que le colmaba hasta la puntas de los pies, a penas sin moverse, observando fijamente la luz blanquecina y artificial que yacía sobre su cabeza vagamente consiente de los movimientos a su alrededor. De ser por ella, se podia quedar allí toda la vida porque no tenia fuerzas ni siquiera para protestar ante las indicaciones de que se quedase tranquila. Por un instante se imaginó a si misma vacía, un instrumento roto tal vez, o un lienzo resquebrajado con las tiras de tela colgando convertido en algo tan triste y probablemente demasiado difícil de reparar como para que alguien se tomase la molestia de intentarlo.

tomo una amplia inspiración y fue como si miles de trocitos de cristal se apretujaran en su garganta ¿Cuando le había dado por pensar en cosas tan melodramáticas? tal vez era por haber estado al borde de la muerte, probablemente fuera eso...

Una polilla jugaba con su vida acercándose peligrosamente a una luz blanca que flotaba sobre su cabeza y era casi todo lo que Sugar podia permitirse mirar para no tener que moverse. Quería ver, por supuesto, inclinarse y observar la herida ya suturada, pero el Doctor había dicho que no podia moverse. Necesitaba ver la dimensión del daño que le había provocado uno de sus congéneres y una supuesta camarada, para así poder enfurecerse silenciosamente consigo misma; si, llevaba algo de culpa en la manera en la que habían terminado las cosas, porque de haberse llevado por su norma de oro de no confiar ni en su sombra entonces aquel cabeza de chorlito perdido en las drogas no le hubiese atravesado con una daga.

El hada dejó caer la cabeza en un ángulo incomodo cuando la polilla desapareció y reparó en la única otra persona que quedaba en la habitación. Se sentía entumecida y cansada, pero aun así pudo ver con claridad al nervioso y ojiplático dependiente, era evidente que el chico no sabia ni donde ponerse y y que en cualquier momento se podia ir abajo dado a la falta de color en el rostro y el sudor que le perlada la frente. Aquí y allí vio rastros color carmesí en la ropa del muchacho, en el suelo grasiento, en las gasas gastadas y en los retazos que se habían convertido su ropa y que con pesar reconocía como uno de los vestidos mas bonitos que tenia. Aquello seguro que tenia todo el aspecto de una película de Estephen King.

No debía porque iba a dolerle muchísimo, pero aun así tuvo que reírse... Menudo lio, pobre Luis. Seguro que nadie le pagaba lo suficiente.

Me tengo que ir– Vaya, y si que le dolía. Definitivamente aquel puñal  estaba hecho por el herrero mas cruel y mal intencionado de todos los reinos. Incluso en su estado tan deplorable Sugar sabia bastante bien lo que podría pasar si la policía o alguien mas intervenía; preguntas, cientos de preguntas, ninguna que quisiera responder o que pudiera hacer sin quedar como una total lunática –Que no te puedes mover, lo ha dicho el doctor– Repuso el joven empleado, sin moverse ni un centímetro –No entiendes, no puedo ir a un hospital... Tengo que...– Luis miró nerviosamente en dirección a la puerta por la que el hombre había desaparecido y eso hizo que el hada olvidara sus esfuerzos por hablar, abandonando sus miserables intentos de incorporarse. Escuchó claramente lo que sucedía tras la puerta e incluso ella comenzó a preocuparse por el estado de salud de aquel hombre.

Que desastre, pobre Luis...
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Mírate, Desmond. Un hombre hecho y derecho sufriendo un ataque de pánico ante la figura casi inerte de un hada que podría haber muerto perfectamente de no haber aparecido ante él justo a tiempo por la pérdida progresiva de sangre de una herida como aquella. ¿Qué ha sido de ti? ¿Dónde está tu temple, tu serenidad, la frialdad con la que siempre tratas a tus pacientes, tengan la naturaleza que tengan? Destrozado, bloqueado por el hecho de que la criatura a la que he tenido que salvar no ha dejado de recordarme a la que me torturó en aquél bosquecillo. Y ni siquiera se parecen físicamente. Sugar tiene un aspecto aniñado, con el cabello rosa y el rostro redondeado, suave y pecoso. La mujer que a veces aún se aparece en mis pesadillas era blanca como la nieve, como la Reina del Hielo de los cuentos que me leía mi madre, con ojos completamente negros y dedos afilados como estacas de madera. Sus alas parecían perlas y sus labios crueles estaban tan helados como su corazón, finos y sonrosados, un enorme contraste con el resto de su nacarada piel.

Todavía escucho sus risas mientras me hacía bailar...

Me quedo unos segundos apoyado en la taza del retrete mientras le doy a la palanca para que el agua se lleve los deshechos, notando todavía las náuseas y el acidez de la bilis recorriéndome el esófago. Tras un par de arcadas más consigo controlarme y alzo el rostro hacia el techo, donde la bombilla de la lámpara titila suavemente un par de veces antes de continuar alumbrando sin parpadeos. Noto las gotas de sudor recorrerme la frente, la nuca, deslizándose por el cuello hacia mi espalda, empapando mi camisa. Quizás nunca consiga salir de esto. Quizás nunca deje de temerle a las hadas. Me levanto lentamente, bajo la tapa del inodoro y me dirijo hacia el pequeño lavabo para lavarme la cara, las manos, cualquier trozo de piel que permita que mi temperatura disminuya un poco. Incluso siento las pulsaciones aceleradas, además de un tremendo dolor de cabeza que no había notado con anterioridad, tan tenso como estaba.

Me aferro al mueble de pronto, nervioso otra vez. La perspectiva de volver al local me aterra, me paraliza, pero no puedo estar así continuamente. Ya no me queda mucho más que vomitar ni que expulsar de mi cuerpo, y a fin de cuentas sólo es una niña herida que no le ha hecho daño a nadie. Sí, quizás debería centrarme sólo en eso, en que es una criatura joven que ha resultado increíblemente dañada y que necesita mi ayuda. Me había estado sirviendo todo el tiempo, aunque al final la presión me ha podido, pero ella necesita ayuda todavía. No puedo perderme en mis propios temores. Tengo que continuar. Tengo que terminar lo que he empezado. Suspiro lentamente, me seco las manos con algo del papel áspero que tienen en lugar de secador y salgo de nuevo al exterior. No me había dado cuenta del calor que hace en el baño, pero en la zona central tampoco se está mucho mejor por tener la baraja cerrada. Luis parece que ha visto a un ángel caído del cielo cuando me ve, aunque parece preocupado. Pobre chico...

Disculpa las molestias que te hemos causado, chico. Nos iremos en seguida para que puedas arreglar todo este desastre y volver a tu trabajo. —Me arrodillo junto a ambos, guardando rápidamente mis utensilios en la bolsa. El sonido que producen al entrechocar me tranquiliza ligeramente, así como el de la cremallera cerrándose—. Vamos, ve a buscar algo con lo que limpiar. Yo me quedo con ella —Él no parece muy convencido al principio, pero le sonrío y le miro con insistencia hasta que se rinde. Deja la cabeza de Sugar sobre mi regazo, y yo tiemblo al sentirla, pero intento centrarme en que es una amiga de Lizzie, nada más. Cuando estamos solos, le hablo en voz baja—. Aguanta un poco más, Sugar. No te preocupes. Te llevaré ahora a mi lugar de trabajo donde podremos ponerte sangre. No tienes nada que temer de mí... Nadie te hará preguntas ni te cuestionará nada. Nadie sabrá... lo que eres. Sólo yo tengo la Visión en el hospital donde trabajo, hasta donde sé...

Me centro en los ruidos de Luis buscando en el cuarto donde guardará el cubo y la fregona, y eso también me ayuda. En el techo, una polilla revolotea en torno a la luz de vez en cuando, hasta que al final se queme y caiga muerta al suelo. Pensamientos ominosos rondan mi cabeza. ¿Cuánto tiempo tardaré yo en convertirme en esa polilla... si no lo soy ya? ¿Cuánto tiempo tardaré en tener su mismo final...?


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El rostro ceniciento ahora se tornaba libido, su propia sangre ya no le llenaba los ojos en el epígrafe que anunciaba su muerte. Estaba súbitamente consiente y a la vez estropeada, y las palabras del hombre eran como un bálsamo que conseguían consolarla.

"Aguanta un poco más, Sugar."

Y eso había hecho, aguantar. Había escuchado esas mismas palabras proceder de su interior, de su conciencia y su instinto más primigenio de conservación. Por dieciocho años se había dicho a sí misma que lo único que había tenido que hacer era aguantar, soportar aquella vida llena de ornamentos obscenos, miradas frígidas e indiferentes, torturas, manipulaciones, desolación suplantada con belleza y odio, un odio que había consumido cualquier confianza que el hada pudiese sentir hacia alguien más. La imagen de su madre era lo último en lo que hubiera deseado pensar mientras se moría, pero Francia Grace era una parte tan imprescindible de su propia persona, que no pensar en ella mientras se desangraba y se contorsionaba a causa del dolor era simplemente imposible.

Y ahí estaba, su vida colgando de hilos delgadísimos sostenidos por la piedad de un extraño. Francia le había hecho añicos la infancia y había convertido su amor maternal en una descarga de odio y castigo constante de la que había tenido que huir, pero incluso a veces, en medio de todo su furor y su rencor, Sugar atisbaba pequeños retazos de la madre que no había tenido. Se pensaba, en un extraño método de consuelo, que la crueldad de su progenitora era un método retorcido de enseñarle que nunca debía confiar en nadie…

Probablemente nada en el mundo lograría hacerle tanto daño como ella lo había hecho, probablemente nunca fuese capaz de confiar en otra persona, de creer en algo como la nobleza o la amabilidad ciega. Sus ojos cristalizados observaban con escepticismo al médico anhelando creerle, de verdad que quería hacerlo, pero no podía; Tenía que querer algo cambio, tal vez un favor, tal vez algo de su magia… cualquier cosa, porque la amabilidad era una fábula que solo existía en la mente de la gente débil que no podía cuidarse a sí misma, o peor, en la gente auténticamente buena que luego terminaba destruida ante un mundo que solo sabía ser cruel con las cosas bondadosas. Ella lo sabía, había visto como el mundo de las sombras arrastraba la inocencia y la debilidad y las borraba. Así que no, no podía creerse que aquel hombre se pusiera en el ojo del huracán por ella, por alguien a quien no conocía. Ese hombre o bien era demasiado bueno o bien era demasiado estúpido –¿Porqué? ¿Por qué quieres ayudarme?– Preguntó, y en esas sencillas palabras había una acusación tan fuerte que casi provocó que se estremeciera –hombres como tu deberían contemplar con temor la magia y alejarse de ella– Tuvo otra vez esa sensación desagradable de inhalar cristal, le ardió la herida y contuvo la respiración antes de volver a hablar –No puedo pagarte, no tengo nada que darte...–



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Sonrío ante sus palabras, pero no es una sonrisa alegre, ni cariñosa, ni tierna; ni siquiera es cálida. Es una sonrisa irónica, plagada de temores, provocada por la tensión que me produce todo este momento, toda esta situación. Querría desaparecer, marcharme de allí para no regresar nunca más, pero hay otra parte de mí que no me permite hacerlo, y que quizás nunca me lo permitirá. Porque ella estaba herida, necesitaba mi ayuda, necesita mi ayuda, y eso es algo que nunca podría dejar pasar. Quizás debería tener más espíritu de autoconservación, todo fuese dicho, pero a esas alturas de la obra era absolutamente ridículo pensarlo, porque ya estaba metido hasta el cuello en esa situación. Tenía que hacer todo lo posible por salvarla. Luego ya veríamos que sucedía con ella y conmigo...

A decir verdad, estoy aterrado. No te ofendas, pero tuve una experiencia muy traumática con una de las tuyas cuando era un niño y le tengo pánico a tu gente. Así que ya ves, temeroso estoy. Tanto que he tenido que vomitar en el cuarto de baño. Patético para un adulto hecho y derecho, ¿verdad? —La mueca se desdibuja en mi rostro, desapareciendo, mientras los ojos de Sugar me escrutan, intentando encontrar algo en mí que no sé qué es. La mano me tiembla cuando se la paso por el pelo, intentando transmitirle algo de calma, pero, ¿cómo voy a hacerlo si estoy muerto de miedo? Sólo espero que al menos a ella le sirva—. Pero te he ayudado porque si no te habrías muerto. No sé si eso te parecerá una razón de peso, pero para mí lo es. Así que hazme un favor y no te mueras ahora que he terminado de coserte, ¿vale? —Los pasos de Luis resuenan cada vez más cerca—.  Eso será lo único que te pida a cambio de todo esto. Sobrevive un día más.

Cuando el chico regresa le pido que me ayude para llevarla a mi coche. Le indico que coja el maletín y me lleva por una puerta trasera para no llamar la atención de nadie, en el caso de que haya gente esperando junto a los surtidores. Le dejo a Sugar en los brazos mientras voy a buscar mi coche, y entre los dos la introducimos dentro como podemos, en el asiento trasero. Me río para mis adentros mientras se forma un pensamiento tétrico dentro de mi cabeza, que quizás debería cursar los estudios para ser conductor de ambulancias porque es algo que hago más de lo que me gustaría, en realidad.

Muchas gracias por todo, Luis. —Cuando terminamos el chico se deja caer contra el coche, pálido, sudoroso, pero me sonríe amablemente, nervioso a pesar de todo—. Has soportado todo con una entereza encomiable. Mucho mejor que yo, de hecho.

Bueno, doctor, yo no he tenido que coser a nadie. —Me río.

Cierto. Ten. —Saco mi cartera y le doy un billete de cincuenta dólares. Él lo mira sin comprender y yo lo dejo en su mano antes de que pueda replicarme—. Por las molestias causadas. Quédatelo para ti.

Pero... doctor. Yo no puedo...

No acepto un no por respuesta, muchacho. —Me dirijo a la puerta del conductor, entro y me pongo el cinturón. Luis me sigue hasta la ventana con el dinero en la mano como si no pudiese creérselo—. Otro día vendré a verte. —Arranco y sin decir nada más salgo de allí como alma que lleva el diablo.

Media hora después estamos en el hospital. Ana me ayuda con la transfusión de sangre para Sugar mientras yo aún tiemblo. Aún con las manos algo llenas de sangre porque haber tenido que quitarle la ropa y haber tenido que limpiarla, ya que esto lo estoy haciendo a deshora -y Ana me está ayudando porque me quiere, como ella bien me ha dicho-, cojo mi teléfono móvil para llamar a mis hijas. Lo coge Lizzie, quien por una vez no me replica por haber tardado hoy que salía temprano al escuchar el tono de mi voz. Le pido perdón mil veces, le aseguro que voy a compensarlas por esto, pero mi hija no acepta nada de lo que le digo sin terminar con un 'no te preocupes, papá, lo hablamos luego.' Tengo ganas de llorar cada vez que se muestra tan comprensiva conmigo, sobre todo teniendo en cuenta lo tensa que ha estado nuestra relación en los años previos a estos. Cuando cuelgo me paso la mano bajo la nariz para limpiarme el sudor, me guardo el aparato en el bolsillo y me aproximo a mi enfermera favorita.

¿Ya está puesta la vía?

Sí. Creo que sobrevivirá. Pero me debes una muy grande.

¿Estás segura de que aquí no nos molestarán?

No. Es tu consulta y está vacía. Mientras no enciendas la luz... Tampoco he añadido su nombre, como has pedido, y si quieres mi silencio y que no te pida explicaciones, ya me estás llevando a cenar a un sitio caro y bueno. —Sonrío mientras beso a Ana en la sien.

Eres la mejor.

Lo sé. —Suspira, pasando la mirada de Sugar a mí—. En fin, creo que os dejaré a solas. Me debes una grande, Lynch. Una enorme.

Me despido con la mano, y agotado, me dejo caer en la cama al lado del hada.

La aguja no es de hierro, tranquila. ¿Te sientes mejor? —Sigue teniendo un aspecto pésimo, pero al menos algo de color ha regresado a su rostro, aunque muy poco.


Última edición por Desmond Lynch el Vie Sep 07, 2018 6:39 pm, editado 2 veces


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Sugar Beth le miró largamente, impertérrita.
Estaba bastante convencida de que con toda la sangre que había derramado, no debía lucir una apariencia muy intimidante como para  conseguir horrorizar a nadie; sentía como el cabello de un color lila nacarado y húmedo por el sudor se le enroscaba en los pómulos y el cuello, irritada por las intensas luces LED que le hacían arder los ojos. No es que alguna vez hubiese conseguido una apariencia imponente, pero estaba segura de que los efectos de la fatal agresión de la que había sido víctima le habían reducido a una figura muy triste. De todos modos ella tampoco iba a juzgarle por sus temores ni a cuestionárselos, vivía el día a día de un pasado cargado de secretos y recuerdos de Feera que no deseaba revivir. Comprendía muy bien cuando las preguntas estaban de sobra –No me ofende– Habló con la voz contenida porque seguía doliéndole, incluso ante un acto tan sencillo como inhalar ¿Se suponía que debía dejarle de doler? No sabia nada de  los métodos de los humanos para curarse, especialmente porque siempre había sentido un desapego total por los hospitales y los evitaba como un gato al agua.

Pese al agotamiento y el dolor, el hada se las arregló para lanzarle una mirada suspicaz al medico cuando este le pidió su supervivencia a cambio de lo que había estado haciendo por ella. No entendía en absoluto aquella solicitud tan simple, tan poco conveniente para el. Quiso parpadear un par de veces para despejarse la vista, pero lo único que consiguió fue advertir el terrible cansancio que la embargaba. Ella era muy buena para intuir las cosas -aunque le costaba descifrar las emociones humanas- y probablemente hubiese advertido el nerviosismo en la sonrisa del hombre,  como le retiraba el pelo con dedos temblorosos, la manera mecánica en que se había obligado a si mismo a consolarla. Pero no podía, estaba cansada, tan cansada...

La voz del joven y nervioso dependiente se escuchaba en una burbuja muy lejana mientras se alejaban del local. Sugar de lo único que era consciente era del dolor, de su poco prolijo estado y de la terrible sensación de abandono, de vulnerabilidad…

Descansó el viaje en coche en un sueño intranquilo.

Con una especie de sobresalto tardío, la pelimorada se dio cuenta de que ya no se encontraba sobre el suelo de la gasolinera ni que vestía los harapos ensangrentados. olía a antiséptico y una tenue luz blanca se alzaba sobre su cabeza, menos irritante que la del local. La mujer que la atendía y cuyo rostro finalmente había conseguido enfocar, se movía con eficiencia y amabilidad, y en ningún momento pareció interesada en preguntarle como había conseguido terminar así. Sugar lo agradeció infinitamente y no se movió ante el pinchazo de la aguja, temía que encontrándose en aquel estado fuese a romperse delante de una extraña.

Ya no le dolía tan desesperadamente como antes y aquello le permitió centrarse mejor en la situación. Vio al medico acercarse por el rabillo del ojo, aunque su mirada estaba posada  en la via como si esta fuera un artefacto demoniaco y ella planeara arrancarsela y largarse  de allí –¿Que hay, Doc? Pues no me duele tanto como antes, si a eso te refieres– sus ojos se atenuaron y apartó la mirada del extraño mecanismo, centrándola en el hombre –Probablemente me dolería menos si esta bata no fuera ta horripilante. Hace que me duela los ojos, eso es seguro– Hizo una mueca que intentaba ser una sonrisa. No le apetecía sonreír realmente ni tenia las fuerzas para hacerlo, y tampoco tenia ganas de pretender nada distinto en esos momentos –Tienes toda mi gratitud por haberme salvado la vida,  sin embargo ¿Vas a preguntarme como termine así?– Aquella pregunta iba con trampa, definitivamente. Seguro una persona normal en aquellas circunstancias no se hubiese mostrado tan elocuente con alguien que le había visto en el estado mas decadente posible, y encima no sabia quien le había cambiado la ropa. No es que le importara de verdad, Sugar no conocía a ningún hada pudorosa y ella no iba a ser la primera –Porque si es así no pienso contarte nada al respecto– Su voz era trémula y frágil, pero cargada de rotundidad –Te contaría cualquier otra cosa que me preguntaras y te pagaré porque no me gusta deberle a nadie, pero lo otro no está en discusión–



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Me alegra oírlo. — No puedo evitar esbozar una sonrisa ante su forma de llamarme, y asiento con parsimonia con la cabeza. Mueca que agrando al escuchar su comentario tan mordaz—. Bueno, lamento que quien esté a cargo del estilismo del hospital tenga tan pésimo gusto. Hablaré con mi jefe para buscarnos a alguien mejor.

Su pregunta, sin embargo, me descoloca y me saca de mis casillas. Es cierto que cientos de ideas me surcan la cabeza a toda velocidad, ahora que he conseguido tranquilizarme, que su vida no está pendiente de un hilo, incluso tratándose de quién es. Pero, ¿cómo concretar? ¿Ha sido un nefilim? No lo creo, puesto que sus armas eran mucho más grandes y majestuosas que lo que le había herido, ya lo había visto en un par de ocasiones con anterioridad. ¿Entonces, qué es lo que me puede quedar si restamos a los cazadores de sombras de la ecuación? ¿Otra hada? ¿Un vampiro? ¿Un simple mundano? Poco probable pero no imposible, desde luego. Sobre todo si la hoja estaba hecha de hierro.

Suspiro. Desde luego, aunque hubiese sabido cómo lanzarlas al aire, ella no parecía absolutamente nada participativa, de modo qué, ¿para qué molestarme? Probablemente lo haya comentado al aire con esa misma intención, la de hacerme desistir en el caso de pretender sonsacarle algo de información al respecto. Esto me hace dudar realmente sobre la identidad de su atacante. ¿Habrá sido alguien querido o importante para ella y por eso se muestra reticente? ¿O es, simplemente, parte de la naturaleza de las hadas que sale a la luz de este modo también?

No me siento capaz de decidirlo. Y como tampoco tengo muy claro exactamente qué esperaría sacar de una confesión que no está dispuesta a darme, desde luego, desisto muchísimo antes de empezar a intentarlo.

No hay que ser muy inteligente para saber cómo has terminado así. Alguien te ha apuñalado; con una navaja o semejante, diría yo, por el tamaño de la herida que te he cosido.  Y teniendo en cuenta que no hemos rellenado tu hoja de ingreso porque te he metido en el hospital de forma subrepticia, no te voy a obligar a rellenar una ficha policial ni a denunciar, y por consiguiente, si no me quieres contar qué te he pasado, no te obligaré a hacerlo. —Lo digo mirando a la nada, pendiente de las ruedas de la camilla sobre la que está, de mi zapato, que golpea el suelo blanco de forma rítmica por los nervios, en mis propios dedos, que se acarician entre sí buscando donde terminan para ver si pueden salir corriendo—. Y no me insultes, Sugar. Seré médico y trabajaré para el sistema sanitario estadounidense, pero no cobro consulta por atender a una chica herida en una gasolinera.

Comento, intentando sonar desenfadado, antes de atreverme a mirarla otra vez. Incluso con la tez anormalmente pálida todavía es una muchacha realmente bonita; con el rostro alargado, lleno de pecas hasta detrás de las pestañas, esos enormes ojos a juego con su pelo lila hacen de ella una criatura atrayente para cualquier ser humano. A mí me provoca tanto recelo como todas las hadas, aunque sé si que si utilizasen su magia sobre mí sería tan vulnerable como el resto, porque ya lo he comprobado antes, y la sola idea me hace temblar de nuevo, pero me mantengo firme.

Por lo demás, no sé qué más podría preguntarte. Además de una dirección en la que dejarte cuando te encuentres algo mejor...


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