07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


27/02 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que la limpieza de este mes de febrero se realizará entre los días 02 y 03 de marzo, para que tengáis tiempo de poneros al día. Así mismo, estimaremos que las noticias del mes saldrán esta misma semana, aunque sabemos que ya vamos con imperdonable retraso. ¡Perdón por las molestias y gracias por vuestra atención!


38 # 40
23
NEFILIMS
5
CONSEJO
11
HUMANOS
9
LICÁNTRO.
9
VAMPIROS
12
BRUJOS
5
HADAS
3
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Buenas acciones y malas compañias || Desmond Lynch

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Buenas acciones y malas compañias
→ Viernes → 19:00 → Suburbios → templado

El hada no estaba muy feliz aquella noche, y la razón principal de su desasosiego tenía un corte bob muy bonito y un instinto asesino que podía ponerle los pelos de punta a cualquiera.

A duras penas -si estaba dispuesta a casi partirse el cuello echando la cabeza hacia atrás- podía notar el frágil destello de la estrellas que plagaban el cielo, puesto que los altos rascacielos no estaban dispuestos a ceder protagonismo como era normal en Nueva York y menos desde aquel tetrico callejon apestoso donde actualmente se encontraba el hada. Sugar Beth soltó un resoplido por enésima vez, volviéndose a mirar a su compañera –Violet, por todo lo bueno y justo, vámonos de aquí– se quejó, cruzándose de brazos sin apartar la mirada de ella. La muchacha cuya piel esmeralda parecía emanar brillo propio se giró hacia Sugar Beth, la forma tan dramática en la que su corta melena ondeaba cuando manifestó su negativa en un rápido movimiento de la cabeza le hizo sospechar que usaba alguna especie de hechizo para que las hebras volviesen a su lugar sin que tuviese que acomodarlas –ni una palabra más ¿vale? No me pienso ir hasta que ese maldito me de la cara– refunfuñó ella, sin siquiera detener su marcha

Violet era de las pocas congéneres que las que Sugar Beth mantenía algún tipo de contacto luego de que se había marchado de la corte y aunque no eran realmente cercanas, solían llamarse la una a la otra para hacer algún encargo, elaborar alguna poción o a escapar de algún centauro furioso por sabrá dios que travesura. Esta vez era ella quien estaba allí para guardarle las espaldas a su amiga por mucho que la situación le diese repelús: hacia un par de semanas que él novio de Violet había desaparecido luego de que había utilizado todo el dinero que tenía (incluyendo el de Violet) para saldar una deuda que tenía con un grupo de ifrits de moral cuestionable. Sugar Beth no le hacía ninguna ilusión tener que meterse a un local lleno de drogadictos y tipos de mala calaña, pero no le quedaba de otra tampoco.

Antes de que la muchacha empezara a aporrear nuevamente la puerta, Sugar se acercó a ella y la detuvo  –¿Estás segura de esto? no tengo ganas de que nadie me arranque las alas hoy– Antes de que Violet pudiese responder, una mujer con un maillot de cuero negro abrió la puerta de par en par, permitiendo que el ruido interior se abriese paso al callejón. Habían música y risas, y algo que parecía romperse cada tanto  –por dios niña, no seas dramática, nadie se va a comer a nadie– respondió con una voz siseante, sonriendo al percibir a las dos hadas bajo la oscuridad –cualquier criatura mágica es bienvenida aquí, no tienes que temer–

– No queremos entrar a tu local, venimos a buscar a un ladrón– espetó Violet, con una voz tan vacilante que hizo que la bruja rompiese en una estruendosa carcajada. Por mucho que intentará hacerse la dura hasta un ciego podía darse cuenta de que estaba forzando la situación –¿Piensas venir aquí a perturbar la paz de mis clientes? Mejor váyanse por donde han venido– Las hadas compartieron una fugaz mirada, Sugar esperaba que aquello fuese suficiente para que Violet retrocediera, pero la mano que colocó junto a la puerta para impedir que la mujer se la cerrase en las narices le dio a entender que no sería así –Su nombre es Vince, puedo pagarte si eso te deja más tranquila. Eso es mucho más de lo que puede darte el idiota que está escondiéndose allí dentro...– la mujer pareció pensárselo por un momento y tras una rápida afirmación cerró la puerta. Unos minutos después una figura familiar salió al exterior, al instante Violet comenzó a soltar todos los indultos que tenía en su arsenal y Vínce intentaba defenderse como podía diciéndole que se marchara y que era una idiota si creía que le devolvería algo. Violet, abrumada y encolerizada sacó una cuchilla de su bolsa y apuntó al muchacho, los ojos de Sugar se abrieron como platos –¡Violet, tienes que calmarte!– gritó sin ningún reparo. Estaba casi segura de que en el local a todos les había parecido mejor no intervenir o que como mínimo, estaban demasiado drogados para percatarse de lo que sucedía en el exterior.

La pareja comenzó a enfrascarse en una discusión que se volvía cada vez más violenta y Vince rápidamente perdió los estribos, se acercó con aire amenazante hacia Violet y le retorció la muñeca para arrebatarle la cuchilla antes de que ésta pudiese hacer nada. Sugar se adelantó sintiendo el pánico creciendo en su interior y se lanzó sobre los dos para separarles. El muchacho, tal vez impulsado por la adrenalina que le generó el momento se movió sin siquiera pensarlo. Antes de que alguien pudiese hacer nada, la cuchilla terminó enterrada en un costado del hada, quemándole como si todo su cuerpo estuviese en llamas y extrayéndose cualquier partícula de oxígeno de sus pulmones. Se hizo un silencio aterrador y Vince retrocedió dejando caer la cuchilla al suelo con una expresión de pánico. El dolor era tan cegador que Sugar ni siquiera pudo gritar y al instante sintió que los bordes del callejón se difuminaban, se dejó caer de rodillas en el momento en que escuchó el chillido desgarrador de Violet, que corrió a sostener a su amiga antes de que diese contra el suelo –¿¡Eres idiota o que!?– gritó a Vince, presa de la histeria y el miedo.

–¡Has sido tú que has venido a amenazarme con esa mierda! Yo solo me he defendido ¡Se metió en medio!– exclamó Vince con un hilo de voz. Aunque sus palabras iban dirigidas a Violet parecía que estaba intentando convencerse a sí mismo. Se pasó nerviosamente las manos por el cabello y a pesar del dolor desgarrador que le quitaba el aliento, Sugar se sorprendió a sí misma asqueandose por los cardenales que tenía alrededor de los brazos y el cuello. En algún momento Vince había sido bastante guapo, pero ahora no era más que una sombra del muchacho carismático que había llegado una vez a Takis y le había quitado el aliento a las meseras –tenemos que irnos, déjale– Violet comenzó a protestar, sin embargo Vince ya estaba tomándole del brazo para a obligarla apartarse de Sugar, quien no podía hacer más que retorcerse del dolor –¿Sabes lo que va a hacerme su hermano cuando se entere? Y tú estabas aquí también, es tu cuchilla. No nos va a creer a ningún de los dos– explicó nerviosamente, tomando al hada por los hombros para obligarla a mirarle.

Tenía que admitir que no le sorprendía demasiado que Violet le hubiese dado la espalda, siempre había sabido que si el barco comenzaba a hundirse la otra muchacha no se arriesgaría por salvarle.

Se ayudó como pudo de la pared más cercana para incorporarse, a pesar de que sentía que con cada movimiento iba a quedar inconsciente del dolor. Le temblaban las piernas y los brazos y aún así intento caminar, consciente de que no tenía ninguna posibilidad si se quedaba allí. Los minutos que le había tomado salir del callejón se sintieron como horas y cada tanto le dedicaba una mirada alarmada a la herida. No había perdido demasiada sangre, pero si la suficiente como para preocuparse y lo más probable es que tuviese la herida infectada. Se mordió el labio quitandose el pequeño sueter de lana para cubrir la herida que ya había comenzado a dejar una preocupante mancha roja en su vestido y se percató en ese momento de que el par de desgraciados no solo le habían dejado mal herida y tirada, si no que también se habian llevado sus cosas, incluyendo su movil.

El ir y venir constante de los transeúntes impedían que se percataran del estado deplorable de la muchacha que se negaba a pedirle ayuda a nadie. Estaba aún lo suficientemente lúcida para saber que si pisaba un hospital y quedaba inconsciente, luego no tendría forma alguna de explicarle a los médicos lo que era, ni mucho menos la razón de porque el hierro estaba matándole. Decidió que debía entrar a algún lugar, el que fuese, intentar encontrar un teléfono móvil y llamar a Lei; Sabía que aunque le soltase una gorda, su hermano era la única persona en la que podía confiar en aquellas circunstancias.

Tras caminar un tramo interminable distinguió una vieja gasolinera a unos metros y la esperanza hizo que se esforzarse en avanzar con más prisa, aunque maldijo por lo bajo cuando la campanilla de la puerta de cristal anunció su entrada. Su respiración se volvió débil y juraría por dios que alguien le había atado bloques de cemento a los pies, porque no habría otra forma de explicar el porqué le estaba costando tanto llegar hasta la caja. El muchacho detrás del mostrador le dedicó una mirada extrañada y cuando Sugar apoyó ambas manos sobre el mostrador manchadas de sangre, con la piel del color de la tiza y sus ojos sin pupilas desvinculados del glamour, el empleado soltó un grito ahogado. El hada fue capaz de escuchar que le preguntaba algo, pero antes de que pudiese contestar sus rodillas flaquearon haciéndola caer.

En medio de su delirio, antes de perder la conciencia, no pudo evitar pensar que aquella era la forma más estúpida en la que había podido ocurrirsele morir...



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A veces creo que el problema que tengo con las hadas no desaparecerá nunca. Me perseguirá hasta la tumba, e incluso después de muerto, mi alma seguirá atormentada por las risas jocosas de la mujer que me hizo herirme hasta tal punto que las marcas nunca se han ido del todo de mi espalda. Siguen ahí, cada vez que me ducho, cada vez que me desnudo, cada vez que acaricio mi piel distraídamente cuando me pica algún punto entre los omóplatos y la columna vertebral. He mentido tantas veces sobre el origen de esas cicatrices que a veces me cuesta recordar que no me las hizo ningún perro salvaje, sino una criatura del submundo con ansias de ver la sangre de un niño pequeño; sin embargo, cuando me cruzo con alguien del pueblo mágico por la calle es como si empezasen a arderme, y la cancioncilla que esa criatura entonó mientras intentaba volverme loco resuena en mi cabeza con un escalofrío helado que contrasta con la sensación de que alguien, de nuevo, quiere desgarrarme la piel.

Otras veces, sin embargo, tengo que aguantar la bilis en la garganta, hacer de tripas corazón y tirarme de cabeza a una piscina.

Hoy es uno de esos días.

Había salido relativamente temprano del trabajo, y eso me alegraba. Aún hay días que cuando me muevo por el hospital tengo la impresión de que van a volver a atacarme esos vampiros descerebrados, pero desde la intervención de Adeline, tantos meses atrás, me han dejado un poco más tranquilo. Debe de ser como si llevase un cartel que rezase vigilado por nephilims, o algo así. Tampoco lo pienso demasiado, porque no sirve de nada, sólo para preocuparme, y cuando eran cerca de las siete y estaba recogiendo para cambiar el turno, ningún pensamiento negro nublaba mi cabeza. Ni siquiera ese. Fui hacia el aparcamiento con espíritu contento, e incluso aventurero, y encendí el motor. Pocas veces el ronroneo del mismo me hacía sentirme tan dichoso, claro que pocos días había salido del trabajo de tan buen humor; pero la expectativa de poder cenar con las niñas me alegraba. Hacía tiempo que no les dedicaba un rato, la verdad.

Decidí desviarme un poco del trayecto y dar un rodeo algo más largo para pasar a repostar por una gasolinera, porque el tanque cada vez estaba más vacío, y quizás, y sólo quizás, podíamos pasarnos por New Jersey para ir a cenar a algún sitio diferente. Aparqué, cerré el coche y me acerqué al establecimiento para ir al lavabo un momento antes de colocarme en el surtidor; no había mucha gente dentro y el servicio estaba dentro del establecimiento, lo que quizás auguraba que estuviese limpio.

Todo dejó de ser importante cuando la chica se desmayó delante de mis ojos. El empleado probablemente gritó por la sangre que le manchaba el vestido, mientras se revolvía, herida y sangrante frente al mostrador. Yo por otro motivo muy diferente, pues pude identificarla desde un principio y sin lugar a dudas, y de pronto la idea de visitar el baño se hizo más incipiente, porque tuve tremendas ganas de vomitar. Como siempre, un sudor frío me recorrió la espalda y me dejó paralizado, quieto, ahí plantado como un pasmarote mientras ella se desvanecía ante mis ojos. El juramento hipocrático me golpeaba en la cabeza mientras la risa psicópata del hada me atravesaba las sienes y me hacía temblar. Esa muchacha se estaba muriendo delante de mis ojos... ¿Por qué demonios no podía hacer nada?

Ven, precioso, ven. Ven a mi jardín.

Ah, sí. Por eso.

Y aquí me encuentro. Aterrorizado, solo, con un cuerpo desangrándose ante mí y poquísimas ganas de hacer nada. Tiemblo tanto que creo que se me va a descoyuntar el cuerpo. Voy a vomitar, seguro que sí. El sudor helado me recorre ya todo el cuerpo. El joven me grita algo desde detrás de su protección; no querrá acercarse, supongo, por temor a tocar donde no debe. O quizás ha visto algo que le ha asustado. ¿Tendrá la Visión?

¡¡Señor!!

¿Qu-qué? ¿Qué? —giro el rostro a ambos lados. Estamos solos. Genial.

Que se acerque a ella mientras llamo a una ambulancia.

«Una ambulancia...»

No puedo permitir eso.

Sin saber cómo, estoy desanudándome la corbata y acercándome a ella con paso torpe e indeciso.

No hace falta. No se preocupe. Soy... soy médico. —Rebusco las llaves del coche de mi bolsillo del pantalón y se las tiro mientras me remango y me coloco a su lado—. Vaya a mi vehículo. Es el rojo que está junto al surtidor número tres. En el maletero debe de haber un pequeño maletín de color marrón; tráigalo y luego cierre el local. No queda nadie más, ¿no? —Él niega con la cabeza—. Pues dese prisa, por favor. La vida de esta joven puede depender de usted.

O de cómo controle mis nervios.

Respiro profundamente mientras pongo la chaqueta que llevaba bajo la cabeza de la joven. Sus ojos se mueven, inquietos, muestra de que está sufriendo. Bufo sonoramente, al borde del llanto, y me obligo a controlar mi respiración. No va a hacerme nada. No va a pasarme nada. Tengo que ayudarla. Tengo que ayudarla. Tengo que ayudarla... Tembloroso pongo la mano sobre el costado para notar si se ha endurecido ya o no, pero aún está blando; emito un jadeo, alivio mezclado con miedo, y tras susurrarle permiso le levanto la falda del vestido para poder ver mejor la herida. Respira con dificultad, pero no se ve el hueso, al menos; eso me hace temer que haya herido algún órgano vital. Necesito poder escuchar dentro para ver si hay líquido en sus pulmones... Pero al menos parece estar lo suficientemente bajo como para mantenerse alejada de los mismos, aunque puede que haya alcanzado un riñón; espero que no haya sido tan profundo.

Señorita —intento poner mi voz lo más firme posible mientras le toco la cara con suavidad; la temperatura empieza a subirle poco a poco. ¿Habrá infección?— Señorita, ¿está consciente? —si no lo está, será más fácil para ella. Pero si sí...


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El hada no solía sentarse a pensar como creía que podría llegar a ser su muerte. Sin embargo, en las remotas ocasiones en las que lo había hecho, esperaba que el suceso fuese mucho más… romántico, shakespeariano. Tal vez alguien le envenenarse con alguna posición letal dominado por la envidia o los celos, o tal vez un ex amante resentido le diese una puñalada vengativa en el corazón o incluso algo más estético ¡Como morir en sueños! Irse a la cama y permanecer por siempre en brazos de Morfeo, entonces alguien la encontraría sin respiración en su lecho a la mañana siguiente con el cabello enroscado entre las sábanas y una expresión apacible, igual que los  retratos de las ninfas en las pinturas de Francisco de Goya.

Pero francamente Sugar Beth tenía una suerte de mierda para ponerse en situaciones, y en esos momentos solo podía pensar en dos cosas: la primera era que al menos si moría, se llevaría a la tumba el vergonzoso hecho de que había sido apuñalada accidentalmente. Sus amigos cercanos -los que podía contar con los dedos de una mano y seguro que le sobraban- podrían pensar que había sido la sentencia de algún cortesano disgustado con sus tendencias rebeldes. Nadie tendría porqué pensar que le había apuñalado un hada de pacotilla y luego el y su amiga traidora se habían fugado para vivir su romance disfuncional y tóxico lejos de las consecuencias.

Lo segundo era que no quería morir.

Pero no porque fuese joven, porque aún no había logrado la mayoría de sus aspiraciones en la vida o que jamás había alcanzado a terminar aquel concierto de violonchelo que debía seguir sobre el buró de su habitación. Simplemente ella no quería morir, de la misma forma que no quiere hacerlo un niño pequeño que apenas está iniciando su vida o un anciano convaleciente en su lecho de muerte. No quería descubrir si había algo esperandole después de la muerte. No estaba lista para eso, y se estaba aferrando a las delgadas hebras de su últimas fuerzas con una desesperación terrible, con un anhelo tan atemorizante que por un segundo confundió su desasosiego con el dolor físico, creyendo que el vuelco que sentía en el pecho era el de su corazón siendo incapaz de resistir más.

De pronto se descubrió tendida sobre el grasoso suelo de la estación y advirtió la presencia de un individuo que se inclinaba sobre ella, buscando que reaccionara con la voz cargada de preocupación, haciendo que Sugar Beth abriese los ojos y detuviese su mirada color amatista sobre el. Ella ni siquiera había notado que el dependiente había abandonado el local y ahora volvía a las carreras con un maletín entre las manos, con las manos más temblorosas que había visto jamás. Quiso incorporarse, repentinamente azorada, pero instantáneamente una oleada de dolor la obligó a permanecer en la misma posición. Si se movía demasiado la vista se le nublaba del dolor,  y el sencillo acto de respirar le causaba una sensación apabullante, como si el puñal siguiese enterrado en la herida y se retorciera cada vez que hinchaba el pecho. Sus respuestas se limitaban a vagos asentimientos y gemidos desgarradores, que hacían que al pobre dependiente le entraran escalofríos –¿Cree que pueda hacer algo? ¿No deberíamos llamar a la policía?– El muchacho estaba bañado por un sudor frío y hablaba en un hilo de voz. Las preguntas resultaban incomprensibles a los oídos de Sugar , demasiada dolorida para responder y demasiado cansada como para pensar. Flotando en un estado de semi inconsciencia que estaba a punto de arrastrarla al sueño...



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El chico regresa rápidamente con lo que he pedido, echa la baraja de la puerta y cierra tras de sí. Es tan diligente que en otra circunstancia me habría extrañado, pero en este momento no tengo la cabeza para estas cosas. Joder, ni siquiera tengo agua para esterilizarme las manos. Pero eso deja de importar un poco cuando veo que la joven abre los ojos, titilantes, débilmente, y me contempla desconcertada, sin saber qué decir o hacer al respecto. Le duele. Aún así, intenta erguirse, pero yo la detengo suavemente, colocándole una mano en la espalda y otra contra el hombro antes de volver a tenderla en el suelo con cuidado. Ahora que se ha despertado es mejor que se quede consciente, desde luego. Abro el maletín, cojo un paquete de guantes esterilizados que siempre llevo encima y haciendo malabares consigo ponérmelos sin tocar absolutamente nada. El sudor sigue igual de helado en las sienes, en la espalda, recorriéndome las cicatrices, que de nuevo arden, pero increíblemente he conseguido controlar mis ganas de vomitar. Trabajar siempre me mantiene los nervios a raya, en general.

No —le respondo, quizás algo cortante—. La policía aquí no puede hacer absolutamente nada, de momento. Voy a inspeccionarla. Creo que no es muy grave. Si se escapa de mis recursos aquí entonces avisaremos a una ambulancia —miento—. Además, es evidente que no la han herido aquí mismo, sino en otra zona. Vamos a ocuparnos de que sobreviva y luego veremos qué hacemos. —Dejo de hablar unos segundos, pensando con rapidez—. Lávate las manos con agua caliente y jabón y ven corriendo a ayudarme. No toques nada después de haberlas lavado. Si tienes papel en el servicio úsalos para secarlas, mejor que las toallas. Y no tardes.

El joven dependiente permanece perplejo unos segundos antes de reaccionar. Sale corriendo en dirección a los lavabos, espero, y me giro de nuevo hacia la joven. Cojo una gasa esterilizada, le echo alcohol y tras tomar aire, la paso sobre los bordes de la herida abierta. Los gemidos de ella me perforan los oídos, como siempre, pero los ignoro mientras le limpio los alrededores. Afortunadamente es una herida absolutamente limpia.

Escúchame —le digo al hada, con la voz tan firme que incluso me sorprende—, voy a tantearte la puñalada. Va a dolerte, así que te pido disculpas de antemano. Por favor, intenta no dormirte, ¿de acuerdo? Mantente despierta. Háblame, cuéntame cosas de ti. Pareces muy joven para ser un hada, aunque con vosotras siempre me confundo. ¿Cómo te llamas?

Deslizo los dedos hacia la herida, tanteando con suavidad. No es grande, así que no puedo abrirla demasiado para calcular la profundidad, por lo que pruebo con un solo dedo. Suspiro aliviado cuando siento que no es demasiado profunda; posiblemente ni siquiera haya llegado al riñón. Cuando termino con la exploración le aseguro que ya ha pasado, que todo va a ir bien, que no es nada grave, y cojo el fonendoscopio para auscultarle el pecho. Los pulmones también están bien, aunque está claro que le cuesta respirar. Al menos aún no ha comenzado a escupir sangre.

El chico se coloca a mi lado de improviso, farfullando incoherencias hasta que consigo tranquilizarle, y le pido que empiece a pasarme cosas del maletín. Con una nueva gasa le desinfecto la zona, vierto solución salina sobre la herida y luego cojo la aguja y el hilo. Lamento no tener ningún tipo de anestesia en ese momento, porque eso va a doler, pero no puedo hacer nada más.

Háblale —le pido al muchacho—. Mantenla despierta y distráela del dolor cuanto puedas. —Luego me dirijo a Sugar e intento sonreír—. Esto va a dolerte también, pero intentaré ir lo más rápido que pueda, ¿de acuerdo? Solo piensa en que pronto habremos terminado.

Introduzco la aguja la primera vez, e ignorando su reacción, me centro en coser.


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Por momentos, tenía claros episodios de lucidez donde era capaz de distinguir más allá del penetrante y agudo dolor o el frío lacerante que comenzaba a invadir todo su cuerpo como si un péndulo de hielo intentara traspasarle la piel...

Ingenuamente el dependiente había creído oportuno sujetar la pequeña  mano de la convaleciente  muchacha, pero Sugar Beth se la sujetaba con tanto ahínco que parecía dispuesta a romperle los dedos cada vez que se movía ligeramente, que respiraba tan solo un poco... Escuchó la voz del hombre tan opaca y lejana que creyó haberlo imaginado, pero su insistencia demostró que realmente parecía interesado en que le respondiera, el hada fue vagamente consciente de que intentaba mantenerla concentrada y su mirada cristalina se detuvo sobre el, observándole con repentina contrariedad –Me llamo Sugar– comenzó a decir, tenia un sabor extraño en la boca, como a papel viejo –soy...– “Soy muy joven para ser un cadáver, si” quería decir, gritar o lo que fuese, pero cualquier esfuerzo bastaba para desentonar una oleada de punzadas en la herida.  

No supo decir si era el hierro o si era porque la herida era demasiado profunda, pero  cuando el mundano anunció sus intenciones de palpar la herida no pasó mucho tiempo para que volviera a gritar hasta que sus propios odios retumbaran de dolor. Se vio a si misma mucho mas joven, un recuerdo tan lucido y repentino que le asustó. No tenia mas de doce años y era una muchachita excesivamente distraída que le bastó tropezarse con una enredadera para dislocarse la muñeca; pasó ciclos enteros sin poder tocar absolutamente nada de música, sollozando desesperadamente porque su mano se quejaba cada vez que intentaba sostener un instrumento. A sus padres, como era de esperarse, no les habia importado en absoluto e incluso creyó haber visto un destello de satisfacción en los ojos de Francia. Aquello le había dolido en el alma, creía que nada mas le dolería de esa forma, al menos hasta ese entonces.

Al principio cada punzada era peor que la anterior y le enloquecía y desesperaba, se sentía tan exhausta y derrotada que no podía responder a las vacilantes preguntas del nervioso dependiente, pero comenzó a ser consciente de un peso imaginario se había alojado sobre ella lentamente, difuminándolo todo, y se sorprendió sintiendo el dolor como un eco lejano. Podia oler su propia sangre y el olor característico del antiséptico  usado para limpiarle la herida, también era consciente de su avanzado estado de desnudez e incluso podia escuchar la voz temblorosa del empleado, que había comenzado a soltarle la mano cuando los puntos estuvieron acabados, con los bordes enrojecidos e irregulares de una herida demasiado reciente –Oiga, doctor, no se ve nada bien– Sugar Beth se le quedó mirando fijamente, con una irises desconcertantemente claras, fantasmagóricas. Tenia la piel blanca como la porcelana y su respiración era tan pausada y suave que al dependiente le costó distinguir el suave movimiento de su pecho –Espero... que hables de el y no de mi– Ella no estaba segura de si lo había pensado o realmente había murmurado aquello, pero daba bastante igual, porque estaba tan agotada que ni siquiera le importaba...



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