29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del día 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


37 # 34
15
NEFILIMS
7
CONSEJO
10
HUMANOS
7
LICÁNTRO.
10
VAMPIROS
12
BRUJOS
3
HADAS
7
DEMONIOS
1
FANTASMAS

A este ritmo le cojo manía a Central Park |Lei Haydn|

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A ESTE RITMO LE COJO MANÍA A CENTRAL PARK
→ SÁBADO → 22:03 → CENTRAL PARK  → CÁLIDO
«¿¿Por qué demonios habré vuelto a venir a Central Park a estas horas de la noche?»

Emily pateó un arbusto con más fuerza de la que había pretendido en un principio, con la secreta esperanza, no podía negarlo, de golpear algo más que simple foresta a su paso; si se topaba con la cabeza de un puñetero elfo, habría estado realmente contenta, porque, ya no tanto por su condición de bruja, sino por todo lo demás, lo cierto era que el pueblo de las hadas en esos días no se encontraba en su lista de visitantes preferidos. Precisamente por eso no era capaz de entender qué demonios le había llevado a perderse por las estribaciones de una de las entradas a la Corte Seelie, pero prefería no darle demasiadas vueltas, ya que si no, sólo podía recordar la vez aquella en que había intentado salvarle la vida a un nefilim y el idiota de Christopher se le tiró encima casi con intenciones de matarla porque no había sido capaz de distinguir lo que estaba pasando.

En realidad, la idiota era ella. Jack se habría cagado en sus castas de saber que se estaba perdiendo porque le había parecido escuchar un gemido de auxilio por la zona cuando rodeaba el parque de camino a casa después de haber ido al apartamento de un cliente a entregar el último pedido que había tenido. Incluso a través de las verjas le había parecido ver una figura moverse y bueno, el resto, como se dice, era historia. Ahora se encontraba perdida entre los árboles porque no era capaz de estarse quieta y de pasar por el lado de una posible llamada de auxilio por temor a que esa muerte cargase en su conciencia. ¿¿Dónde había quedado la Emily que huía de cualquier altercado que pudiese implicarle problemas?? Definitivamente se había vuelto imbécil…

Sólo espero, por favor, no toparme con ningún hada. Cretinadas las mínimas…

Estaba más enfadada consigo misma que con el resto del mundo, ¿pero qué se le podía hacer? Era el resto del mundo el que iba a pagar por su mal genio, aunque al final siempre era ella la que salía perdiendo por ser incapaz de no actuar como una buena samaritana. De hecho, ¿cuánto rato llevaba dando vueltas por ahí? Al mirar su reloj de pulsera se exasperó. Casi media hora sin ver una sola alma que pudiese indicarle que ahí acababa de pasar algo malo, de modo que, tras patear el suelo una vez, se giró con intención de marcharse de allí de una maldita vez, convenciéndose a sí misma de que había hecho todo lo posible y que no iba a quedar sobre su conciencia el no haberlo intentado.

Pero Emily había nacido con mala estrella para estas cosas, al parecer, y siempre que iba buscando sucesos en los que intervenir, al final, terminaba encontrándolos.

Había sido al girarse cuando le había parecido percibir una sombra en movimiento a la derecha, acompañada de uno de los ruidos más desagradables que había escuchado en toda su vida. Con los pelos como escarpias y los ojos entrecerrados, avanzó lentamente hacia el punto de donde creía que provenía el sonido, haciendo caso omiso a sus instintos, que le pedían que saliese de allí corriendo. Se relamió los labios mientras caminaba intentando hacer el menor ruido posible, con el corazón latiendo cada vez más deprisa en su pecho desbocado, y rezando porque fuese cualquier estupidez no peligrosa, aunque con su suerte…

Cuanto más se acercaba, más escalofríos le entraban, y más temblaba su cuerpo, porque aunque no recordaba haber escuchado nada así antes en la vida real, le llegaba un eco de haber visto demasiadas series sangrientas y demasiadas películas de vísceras. A pesar de todo, el impacto fue tan grande que nunca habría podido estar preparada del todo.

Desde detrás de un viejo árbol tuvo la perfecta panorámica de un pequeño claro donde un demonio que no supo reconocer estaba jugando a los médicos con el cadáver de lo que parecía un joven hada, cuya ausencia de brillo en sus ojos de colores atestiguaba que, en efecto, se encontraba más que muerta. Emily se llevó una mano a la boca para intentar no producir ningún sonido que pudiese alertar al bicho de su presencia, entre otras cosas, al vomitar, por ejemplo, y agachó la mirada, notando que el estómago se le revolvía y que los miembros se le enquistaban por la inminente cercanía del peligro. Estuvo tentada de golpearse la cabeza con el tronco del árbol, notando el amargo sabor de la culpabilidad subiéndole por la garganta, junto a la bilis. ¡Si no hubiese dado tantas vueltas! Apoyó la frente contra la madera, aún caliente del día, y reflexionó sobre qué hacer. La chica ya estaba muerta, por lo que ayudarla estaba fuera de juego; pero no podía dejar a un demonio suelto por Central Park. Aquella vez había sido un hada, pero, ¿y si la próxima era una pareja mundana que sólo quería dar un paseo?

Tan concentrada estaba que no se percató de nada de lo que estaba sucediendo a su alrededor que no fuese el desagradable sonido de las garras del demonio abriendo en canal el cuerpo de la pobre hada.



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→ SÁBADO → 22:03 → CENTRAL PARK  → CÁLIDO
No estaba de buen humor. Y esta vez no tenía nada que ver con el mierdoso microclima de Nueva York. Poco me podía importar la llegada del buen tiempo y el aumento de horas de sol cuando me encontraba cada dos por tres rodeado de nephilims que me tocaban los cojones a más no poder, y no, no es que me hicieran nada directamente, pero me echaban miraditas fulminadoras como si a mi me importara un reverendo pepino lo que ellos quisieran y/o pensaran. Por mi parte, me limitaba a actuar como lo hacía de costumbre. Cabe destacar que normalmente no fastidiaba demasiado, tenía demasiadas cosas que hacer como para ponerme a tocarle la moral a un cazador manisuelto y acabar con una buena puñalá angelical en las costillas. No, no le tenía miedo a los hijos de ángel, pero me evocaba tal repulsión el simple hecho de pensar que llegasen a tocarme, que lo mejor era evitarlos a toda costa.

Había pasado todo el día con Dennis, mi sobrino, en el parque de atracciones. Podía asegurar con toda la certeza del mundo que me había subido en todas las atracciones habidas y por haber de ese infierno y quemado más de cincuenta veces gracias al hierro que las constituía. ¿Qué había de divertido en quemarse de esa manera? Nunca me había alegrado tanto de que los mundanos lo forraran todo con plástico, creo que mi trasero se libró por pura chiripa. Cuando dejé al crío en casa de Ellette (mi señora hermana) tenía dos opciones, o irme con mis hermanas pequeñas a algún club a liarla un poco y hacer honor a lo que se solía decir de mi raza, o hacer un rato el moñas por Central Park con el fin de purificar la mierda que estaba acumulando gracias a la contaminación ambiental, las pocas horas de sueño y el estrés sufrido por perseguir a un crío de siete años por todo el condenado parque de atracciones.

Caminé entre los árboles que sumidos en la oscuridad, poseían un aire lúgubre... el perfecto lugar para relajarse y no pensar en nada. Posé mi mano derecha en el grueso tronco de un árbol que parecía tener bastantes años encima y cerré los ojos a la espera de conseguir alguna sensación que no fuera frustración e irritabilidad. Sin embargo, lo que aquel ser vivo me dijo fue muy distinto a la paz que había esperado oír.  Algo no iba bien. Me interné más en la arboleda, esta vez ya ni molestándome en cursiladas faéricas, solamente siguiendo a mi instinto. Entrecerré los ojos, alerta, en cuánto percibí un ruido desagradable que se mezclaba con ese olorcillo que tienen esos seres venidos de la otra dimensión y que resultaban ser primos lejanos míos. Siguiendo la brisa de aire que transportaba el tufo, avancé sigilosamente hasta una pequeña zona que era alumbrada por la luna debido a la falta de árboles.

Aguanté el desagrado que me produjo la situación, porque sí, uno está acostumbrado a las matanzas pero no es algo que te agrade encontrarte en plenas vacaciones. El demonio había abierto en canal a una de mis hermanas (metafóricamente hablando, claro), y no solo contento con eso, removía con gusto entre las tripas.- Eh, bicho infernal. ¿Qué coño esperas encontrar? ¿Oro?- Definitivamente oro era lo último que él quería tener en sus asquerosa manos. Pero... ¡por la Reina Seelie! Yo sí que deseaba tener una buena daga de oro para apuñalarle hasta que no fuera más que un montón de carne picada. El monstruo me miró cuando mi voz hizo eco entre la pacífica y silenciosa naturaleza. Estando allí plantado a la espera de un posible ataque, me percaté que no éramos los únicos que estaban en la escena del crimen. Escudriñé entre las sombras con aparente irritación, no tenía tiempo para jugar al escondite. Sin esperar mucho más, el demonio se me echó encima con las garras preparadas para despedazarme. -No esta noche.- Respondí a su silenciosa amenaza de muerte mientras lo esquivaba con facilidad.- Fuera.- Respondí moviendo bruscamente la mano, aprovechando el aire que se había levantado varios minutos antes para crear una esfera compacta que impactó contra su pecho y lo lanzó a varios metros, estrellándolo contra un viejo árbol.



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→ SÁBADO → 22:03 → CENTRAL PARK  → CÁLIDO
Pegada contra el tronco del árbol que le hacía de pantalla, Emily maquinaba rápidamente con su cerebro qué podía hacer para librarse de aquel demonio. Pero estar escuchando cómo destripaban a una persona no le ayudaba a concentrarse en cuáles eran las más factibles en ese momento.

Por supuesto podía hacer cientos de cosas con ella para convertirlo en poco más que un rastrojo inservible que no sirviese ni de abono para las plantas: fuego, viento, remover la tierra, telekinesis, crear criaturas para enfrentarse a él y que le pateasen el trasero mientras la ilusión durase... Pero el oro era mucho más eficaz en esas circunstancias, desde luego, y lo único ofensivo que poseía de dicho material estaba escondido en uno de los cajones de su habitación. Sin embargo, eso no lo hacía inaccesible.

Míralo, quiero que te aprendes los más posibles detalles que puedas. Como es, que tan grande, todo lo que puedas. —La voz de Danielle se coló en sus oídos, despertando un pinchazo de nostalgia y de dolor; aún estaba lidiando con su desaparición, incluso años después, porque el sentirse abandonada de nuevo no era algo que le resultase precisamente fácil de llevar, y con Danielle se había sentido profundamente traicionada, dolida y abandonada. Pero a pesar de todo, seguía queriéndola, y seguía usando sus enseñanzas para su vida diaria. Para cada pequeño encuentro donde la magia era la única opción de sobrevivir—. Quiero que imagines que puedes hacer que objetos atraviesen paredes. Que podrías traerlo a ti aún si estuviera en Alemania. Ahora, recuerda todo lo que viste e imagina que le pides que venga.

Así, dibujó en su mente el cuchillo que tiempo atrás le había regalado Jackson por su cumpleaños. Cuando aprendió a invocar cosas, fue lo primero que se aseguró de memorizar; cada línea, cada filo, cada pequeño rasgo... Pensó en él, en su tacto, en su olor, e imaginó que no había distancia que les separase lo suficiente, que los muros de su dormitorio eran de papel y que ella podía alargar el brazo todo lo que quisiese para traerlo hacia sí misma. Con un susurró suave dijo ven, y el cuchillo apareció en su mano derecha sin la más mínima dificultad. No recordaba haber cerrado los ojos, pero los abrió cuando sintió el frío del metal, y ahogó un suspiro que le hizo volver a respirar con normalidad. Lo contempló durante unos segundos antes de engancharlo en el cinturón de su falda vaquera.

Entonces oyó la otra voz.

Con un parpadeo y la extrañeza flotando en sus ojos, Emily asomó el rostro para ver cómo un hada había aparecido de la nada. Bien, estaba claro que iba a tener compañía en semejante lugar. Maldijo de nuevo su suerte, y mientras veía cómo lanzaba al demonio con sus poderes, fraguó en su mente qué podía hacer. ¿Dejarle luchar? ¿Aparecer? Lanzarse no parecía lo más oportuno. Así que esperó. La criatura del averno surgió de entre los árboles con una expresión bastante más enojada que momentos antes -acababan de lanzarlo por los aires, era normal...-, y observaba con odio al hada, que mantenía las distancias. Emily apretó los puños, pensando con rapidez, aunque en el fondo sabía lo que iba a hacer. Era su forma de entrometerse en combates ajenos, se dijo, esbozando una sonrisa un tanto macabra, pero era un método bastante bueno para aturdir al adversario y darle a los defensores un momento para pensar.

De modo que cuando el demonio cargó, la joven bruja salió de su escondite, alzó la mano e interpuso una barrera entre el hada y el resto, contra la cual el demonio chocó estrepitosamente, dejándole atontado durante unos segundos. Con la otra mano hizo un gesto de barrido y amplió la zona de la barrera, creando un habitáculo cuadrangular en torno al demonio. No tardaría demasiado en espabilarse y empezar a golpear las paredes para romper el hechizo, pero mientras tanto...

¿Tienes alguna buena idea? —le preguntó al hada mientras se acercaba sin bajar los brazos y sin apartar la mirada del demonio—. Porque esto no durará tanto como pueda parecer, y aunque lo hiciese, no tengo intención de agotarme conteniéndole. Así que dime que se te ocurre algo que sea útil para mandar a esta cosa al lugar de donde vino...



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→ SÁBADO → 22:03 → CENTRAL PARK  → CÁLIDO
Después de impactar contra el pobre árbol, el demonio emergió de entre las sombras con una expresión tenebrosa, supongo que no le sentó bien que lo bolease por el aire. El bicho comenzó a correr en mi dirección, con el claro objetivo de alcanzarme esta vez, sin embargo, cuando le quedaba un metro para poder tocarme se estrelló cómicamente contra una barrera invisible que yo no había puesto ahí. Pero sí me hacía una idea de quién la había puesto. La misteriosa presencia emergió de la arboleda para salvarme de un buen golpe, ¿significaba eso que ella era mi caballero de brillante armadura?

- Pues... lo cierto es que no tenía pensado nada.- Contesté a su pregunta, girando mi rostro para poder mirarla a los ojos. Fruncí el ceño, extrañado y a la vez sorprendido de tener ante mí al único espécimen brujil que poseía belleza. Peeeero, seguía siendo una bruja y eso siempre restaba puntos. Sí, sí, ya lo sé, una bruja que me había salvado el culo. Una bruja al fin de cuentas. Arqueé una ceja en respuesta a su último comentario, era obvio que nadie quería consumirse conteniendo a un ser del averno. - Me temo que mis armas no le hacen nada a un ser de semejante calibre.- Moví ambas manos en sentido ascendente, haciendo que sólidos brotes de hiedra se enredaran en las piernas del ser y treparan por su cuerpo hasta anclarse en su cuello. Esa treta era solo para ganar tiempo, pero debía admitir que se veía muy gracioso cubierto por hojas y troncos. - No tendrás agua bendita o algún cuchillo de oro a mano, ¿verdad brujita?

Moví un poco más los dedos engrandeciendo el tronco de las plantas con el fin de inmovilizarlo hasta poder cortarle la cabeza o apuñalarle cincuenta mil veces en el pecho con una daga de oro hasta que pareciera un colador.


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→ SÁBADO → 22:03 → CENTRAL PARK  → CÁLIDO
Su experiencia con las hadas siempre había sido nefasta, hasta el momento. Emily había descubierto que ambas especies sentían una especie de animadversión ancestral y ella había procurado mantenerse al margen de eso todo el tiempo posible, porque no quería ser un peón más en una lucha que no era la suya. Pero también era verdad que con cada fae que se había encontrado había tenido pocas cosas buenas que comentar al respecto, así que se mostró predispuesta en el claro a sufrir rechazo, odio, o simplemente con una burla. Pero los ojos del hombre allí de pie la recorrieron de forma analítica y lejos de contestarle mal, parecía dispuesto a colaborar con ella. Eso le hizo soltar un aire que no sabía que había estado aguantando y se aventuró a colocarse junto a él mientras éste hacía surgir de la nada raíces con la clara intención de atrapar al demonio. Con un gesto rápido, casi fugaz, Emily hizo desaparecer la barrera justo a tiempo para que las plantas le rodeasen; segundo que la criatura no supo aprovechar para fugarse de su prisión.

No debía de ser uno muy inteligente, desde luego.

Sin mirarle, escuchó lo que tenía que decirle, y estuvo tentada de sonreír. No creía en las coincidencias, desde luego, sino en las causalidades, pero para cualquier ojo inexperto debía de serlo el que extrajese de su cinturón la hermosa daga con el filo de oro que acababa de hacer aparecer de su habitación, y se la mostró al joven hada que estaba a su lado. En ese segundo, sin embargo, se sintió extraña. Estaba muy lejos de sentir compasión por una criatura como aquella, pero lo cierto que le provocó algo de náuseas la idea de acercarse a rematar a quien no podía defenderse lo más mínimo.

«¿Cómo puedes pensar en esa cosa como 'quién', Emily? ¿Estás mal de la cabeza?»

Apretó el cuchillo y desvió la mirada hacia el cuerpo inerte de la pequeña hada, cuyos ojos habían perdido todo el brillo que alguna vez habían albergado. Sus alas estaban quebradas, su piel, rasgada y destrozada, y las vísceras emitían incluso humo, tan recientemente habían sido extraídas. Tuvo ganas de vomitar otra vez, pero por un motivo realmente diferente, y eso pareció borrar de sopetón cualquier duda que hubiese podido tener al respecto.

Lo haré yo —le dijo al hada— . Tú asegúrate de que no se escapa.

Avanzó con pasos más vacilantes de los que habría deseado mostrar, porque era un demonio y a fin de cuentas una nunca podía fiarse de los de su calaña, pero la resolución estaba escrita en su rostro mientras sentía cómo el arma en su mano se calentaba paulatinamente por la temperatura de su propio cuerpo. La criatura forcejaba inútilmente en su prisión vegetal, cada vez más gruesa, más fuerte, más resistente, que aumentaba con la determinación de la bruja de terminar con esa criatura. Aún de frente, su rostro arrugado y su cola cubierta de púas no lo hicieron reconocible en el diminuto catálogo que había archivado en su memoria, pero perder mucho tiempo en intentar identificarlo no era lo mejor que podía hacer en ese momento. Ya se ocuparía después de ello. Con los pies sobre el charco de la sangre del hada, Emily alzó el brazo y fue a clavarle la daga entre ceja y ceja con toda la fuerza que pudo.

Golpe que se desvió ligeramente cuando la cola del bicho consiguió librarse del agarre de los troncos tras un movimiento increíblemente brusco y le golpeó en el hombro derecho, clavando las púas parcialmente en su carne. Con un grito de dolor, la bruja le atravesó el rostro a la altura de los ojos mientras el demonio arrancaba su apéndice de la piel de la bruja, consiguió crear un escudo antes de que la descarga cayese de nuevo sobre ella cayó hacia detrás de culo, exhausta, de pronto, porque era muy probable que le hubiese inoculado veneno. Dejó caer el arma al suelo mientras el bichejo se retorcía en su prisión, en parte por las ramas, en parte por el dolor, y volvió a encerrarle tras la barrera que había utilizado para tenerle aprisionado al principio. Sentada en el suelo se giró hacia el hada antes de empezar a aplicarse su propio poder curativo, notando que la bilis le viajaba hacia la garganta y hacia los labios.

Parece que nunca aprenderé —farfulló, sintiéndose bastante inútil.



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→ SÁBADO → 22:03 → CENTRAL PARK  → CÁLIDO
Aunque tenía la mirada fija en el demonio, esforzándome por cubrirlo de troncos y hojas para evitar que se escapara y se abalanzara sobre uno de nosotros, logré percibir de reojo un destello dorado que surgía del cinturón de la bruja. Sinceramente, no me extrañaba que la brujita tuviera justo lo que necesitábamos para rematar al bicho, al fin de cuentas esos jodidos seres tenían siempre ases en la manga. - Vaya, vaya, brujita... Me has sorprendido gratamente.- No estaba mintiendo, me alegraba de poder matar a ese maldito hijo de puta de una vez por todas. Al no notar movimiento alguno por parte de la muchacha, le eché un rápido vistazo. Allí estaba ella con el cuchillo de oro en mano, meditando la Reina sabe qué y alterando mis nervios que estaban a flor de piel. ¿No iría a rajarse en ese momento tan inoportuno? - Eh, bruji... Puedo hacerlo yo.- Mi voz salió más suave de lo que yo que yo había pretendido, podría haberse catalogado como amable.

Claramente esa chica tenía un gran corazón, cosa poco útil en esa situación pero admirable. ¿Qué? No soy tan desalmado.

El ánimo pareció volver al rostro de la bruja, rechazando mi oferta con solemne determinación. - Todo tuyo.- Concluí con una sonrisa ladina, moviendo mis manos bruscamente para que los troncos ganaran grosor. El ruido de unas ramas quebrándose a mis espaldas me advirtieron que algo no iba bien y que posiblemente, ese no fuera el único demonio merodeando por Central Park. Me giré, dando la espalda por unos segundos al demonio a cargo de la castaña, craso error. Un golpe seco me devolvió a la realidad - Mierda.- La había golpeado con su puta cola. Volvía  reforzar la plantas, apresando también el apéndice del demonio. En un par de pasos la alcancé. - Ha sido mi culpa. - Me arrodillé para ponerme  a su altura y así ojear la herida, no era buena idea ofrecerme a curarle porque lo más probable es que me mandara a la mismísima mierda. - Yo me encargo de él, tú ocúpate de tu herida. - Agarré el cuchillo de oro y me incorporé, caminando hacia el ser con una sonrisa cínica decorando mi rostro. De un movimiento, la madera que cubría su pecho se retiró dándome acceso y con fuerza clavé el arma en su pecho, una y otra vez. Su figura se desvaneció, dejando como prueba la hiedra que aún mantenía la forma de su cuerpo. Volví a acercarme a la bruja, tendiéndole la daga. - Lo has hecho muy bien. ¿Necesitas ayuda con eso?


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→ SÁBADO → 22:03 → CENTRAL PARK  → CÁLIDO
El veneno que le había inoculado en el hombro con la cola le quemaba la carne de una forma que no podía explicar. La bilis le subió hasta la garganta y tuvo que hacer grandes esfuerzos para no vomitar por el dolor, aunque no faltaron arcadas al respecto, mas consiguió mantenerse firme mientras el hada cogía el cuchillo de oro, asegurándole que iba a terminar lo que ella no había conseguido. Eso no le hizo sentirse menos inútil, pero ya no había mucho que pudiese hacer al respecto, así que, tras tomar aire un par de veces y asegurarse de que podía mantener la comida del día dentro de sí misma, alargó la mano contraria al hombro herido y empezó a aplicar su propia magia. El calor chispeante que manó de sus dedos al principio fue como si le hubiesen colocado un bloque de hielo encima, pero poco a poco fue volviéndose tibio mientras el veneno empezó a desaparecer poco a poco, así como la herida se fue cerrando.  

No apartó la mirada del demonio ni un segundo mientras el hada le destruía. Verlo desvanecerse en una nube de polvo fue bastante satisfactorio, incluso aunque no dejaba de sudar por culpa de la herida. Sus ojos se desviaron de nuevo hacia el cadáver de la pobre muchacha que se había topado con él, lamentándolo enormemente. Si tan solo hubiesen llegado un poco antes... Prefirió no pensarlo, porque eso sólo conseguiría que se sintiese peor, y a esas alturas ya no había nada que pudiese hacer. Se centró en el chico, que regresó a su lado una vez hubo terminado, tendiéndole la daga. Emily no la aceptó en ese momento, demasiado concentrada -y dolorida- como para cogerla.

No, gracias, no es necesario. —Suspiró profundamente—. Discúlpame un momento, en cuanto acabe cogeré la daga de nuevo. Puedes dejarla en el suelo a mi lado, si quieres.

La joven bruja se obligó a mantener una respiración calmada mientras los últimos resquicios de su magia limpiaban por completo el destrozo que había causado ese engendro, intentando no volver a posar la vista sobre el cuerpo inerte del hada que estaba frente a ellos, sin demasiado éxito. Al final acabó temblando ligeramente y se giró donde estaba, sentada en el suelo, para encarar a quien le había ayudado. Su piel era realmente blanca, y su melena azul le recordó a otros momentos de su vida, haciendo que esbozase una ligera sonrisa que se diluyó rápidamente.

¿La conocías? —preguntó, señalando el cuerpo con la cabeza, sin volver a mirarla. No sabía si podría soportarlo—. Llegué aquí porque me había parecido escuchar un ruido, pero no conozco esta zona del parque también y bueno, no hace falta tener grandes dotes deductivas para saber que no he conseguido llegar a tiempo. —Gimió de alivio al notar que había terminado, apartando los dedos ensangrentados del hombro y cerrándolos sobre la daga para guardarla entre sus pertenencias—. Gracias por ayudarme, por cierto. Últimamente no había tenido muy buenas experiencias por Central Park... —Volvió a sonreír, cansada, mientras se cruzaba de piernas sobre la hierba, demasiado agotada en ese momento por el daño que había sufrido como para levantarse—. Me llamo Emily. Emily Yates. —Le tendió la mano limpia, pensando que quizás era la primera vez que se molestaba en darle su nombre completo y de verdad, no su apodo, a un hada, cuando sus anteriores encuentros habían sido bastante desastrosos y ni siquiera se había atrevido a respirar demasiado algo cerca de algún miembro de su raza.



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→ SÁBADO → 22:03 → CENTRAL PARK  → CÁLIDO
Asentí ligeramente con la cabeza en respuesta a la petición de dejar la daga de oro a su lado. La herida de la bruja estaba prácticamente curada y yo me sentí aliviado al ver cómo poco a poco le volvía el color al rostro, ya que sentía cierta culpabilidad por haberme distraído. Sin embargo, no podía quitarme de la cabeza la molesta idea de que ese no era el único demonio pululando a nuestro alrededor. Sí, ya sabía que Nueva York estaba plagada de demonios, esa era la razón de que hubiera tantos nefilim dando bandazos por la ciudad.

Ahora entendía esa cita que siempre decía mi hermana Ellette: Todo lo malo tiene algo bueno. Pues en este caso era que con tanto nefilim apenas podía pensar en lo mucho que detestaba a los brujos, por ejemplo. Siendo sincero nunca me gustaron los shadowhunters, y después del asesinato de la Princesa Alice muchísimo menos. Entre tú y yo, me revientan.

Posé mi mirada en el inerte hada que reposaba en el suelo, ultrajada en una de las peores formas. Me sentí impotente por no haber llegado antes y poder parar semejante atrocidad. La voz de la bruja me hizo volver en mí. - No la conocía.- Admití acercándome al cadáver. - Pero las hadas somos un pueblo que estamos muy unidos a nuestras costumbres y tradiciones. Es como si al herir a una nos hieres a todas. - Respondí tratando de reconocer los rasgos de la joven. Debería llevarla a la tierra de las faes, tratar de que sus allegados supieran que había fenecido y se le hiciera un buen enterramiento. De ella brotarían árboles, flores o hierbas aromáticas. es el ciclo de la vida. Lo seres abandonan este mundo para dar lugar a otra vida.

- Lo que importa es que lo has intentado.- Volví a su lado, para que dejara de mirar a la pobre fae masacrada. Casi había sonado como la loca de mi hermana. Ella y su mierda de psicología benevolente que amenazaba con volverme un blando de mil pares de narices. - Pues dudo mucho que esta noche haya mejorado tu valoración de Central Park.- Asentí con una sonrisa genuina. - No las des, Emily Yates.- Apunté aunque en parte valoraba el hecho de que me agradeciera tratar de ayudarla. A las hadas nos gustan los buenos modales, es así (aunque yo no siempre los tuviera).

-Yo me llamo Lei Haydn.- Me presenté aceptando su mano por un par segundos. -Pero me puedes llamar Lei, el apellido es demasiado formal.- Mientras hablaba, me permití el lujo de admirar el brillante color chocolate que relucía en sus ojos. Nunca había entendido a esa gente que decía que el color marrón era común, a mi parecer podía ser tan bonito como el azul o el verde. - Hay que tener cuidado porque he notado otro por allí. -Señalé con el pulgar la dirección. - Voy a recoger su cuerpo, avisaré a mi hermana para que lo lleve a la Corte. - Saqué de mi bolsillo el aparato ese que mandaba mensajes. - A propósito, ¿sabes como enviar un mensaje con este cacharro? Mi hermana se agregó en los contactos como La más Preciosa y ahora no sé cómo cambiarlo a un nombre decente.- Cuando decía nombre decente me refería a algo como Renacuaja o Petarda. Cómo me agobiaban las nuevas tecnologías. - Dice que parezco un viejo mundano y aunque es verdad, no quiero darle la razón.


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A ESTE RITMO LE COJO MANÍA A CENTRAL PARK
→ SÁBADO → 22:03 → CENTRAL PARK  → CÁLIDO
Emily frunció los labios con cierta amargura ante las palabras del hada. Intentarlo. Intentarlo no había sido suficiente como para salvar la vida de esa criatura que yacía en el suelo frente a ambos. A punto estuvo de decirle, con cierto sarcasmo en la voz, que las cosas había que hacerlas o no hacerlas, pero nunca intentarlas, sin embargo se mordió la lengua y dirigió la mirada al suelo cuando él se colocó a su lado, intentando tranquilizarse poco a poco. Además, dudaba mucho que pudiese pillar la referencia a Star Wars; las hadas nunca le habían parecido criaturas que conectaban con el mundo que las rodeaba, sino que vivían en su propia burbuja, ajenas a todo salvo para brotar de vez en cuando como las flores para echar un ojo y, según su experiencia, trastear en todo aquello que cayese en sus sibilinos dedos.

Ciertamente no —comentó, agotada—. Y sí tengo que darla. Si no, probablemente a estas alturas estaría algo mucho peor que herida.

Se levantó mientras él se presentaba, sacudiéndose la ropa de trozos de hierba que se habían adherido a la tela, amén de semillas cuya función era pegarse a los huéspedes que pudiesen transportarlas lejos de su lugar de origen para fecundar a las del sexo opuesto. Sintió lo pegajoso de sus filamentos, semejantes al pelo, y las dejó caer, percatándose en ese momento de que tenía los dedos ensangrentados por haber presionado la herida que le habían abierto en el hombro. Su voz, sin embargo, le sacó de sus pensamientos. ¿Otro? Giró el rostro en todas direcciones, intentando encontrar el posible lugar de origen desde donde la criatura pudiese atacarles, pero no percibió nada más allá de la presencia de Lei y de las dos criaturas muertas a su lado. Volvió a fruncir el ceño, tensa de nuevo como la cuerda de un arco, preparándose para cualquier tipo de eventualidad que pudiese surgirles.

¿Cómo? —Al principio no había percibido bien sus palabras, pero al mirarle y ver el móvil en su mano el mensaje le llegó con cierto retraso, pero le llegó, arrancándole una mirada de desconcierto absoluto que se tornó en una suave sonrisa divertida. Soltó el aire que había estado manteniendo en los pulmones antes de alargar la mano para coger el aparato de entre los dedos del hada—. Nunca me cansaré de tratar con viejos mundanos... A ver, déjame que te ayude.

No era un teléfono especialmente complicado para ser un smartphone. Su menú era muy intuitivo y navegó con facilidad entre las diferentes aplicaciones hasta dar con la agenda. Se colocó al lado del hada, explicándole de forma rápida y sencilla cómo cambiar el nombre para que pudiese ponerle el que quisiese. Te recomiendo que lo hagas luego le dijo, y entonces le dirigió hacia las posibles formas de mandar mensajes.

Si pulsas el icono verde con el teléfono blanco en medio abrirás una aplicación que te permite mandar mensajes. La otra forma que tienes aquí es esta, mediante los mensajes de texto. —Una oleada de nostalgia la invadió mientras abría la carpeta de SMS'. ¿Cuánto hacía que no mandaba uno? Desde que los nuevos programas de aplicaciones habían aparecido para los teléfonos, ¿quién necesitaba aquello? Parecía que había pasado una eternidad desde la primera vez que habían hecho el imbécil intentando descubrir quién les estaba escribiendo desde un número desconocido—. Y una vez dentro sólo tienes que pulsar aquí y te aparecerá el teclado del móvil para escribir. ¿Quieres que te lo mande yo? Quizás así sea más sencillo para ti. Dime a quién quieres escribir y qué quieres poner. Ya podremos practicar mejor cuando no estemos en un claro en potencial peligro de ser atacados de nuevo por una criatura del averno que seguramente quiera hacerse un filete con nuestras entrañas...



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A ESTE RITMO LE VAS A COGER MANÍA A CENTRAL PARK
→ SÁBADO → 22:03 → CENTRAL PARK  → CÁLIDO
Emily, la bruja de ojos brillantes, me dedicó una sonrisa divertida mientras cogía el dichoso aparato endiablado. Parecida a la mueca que le dedicaría una joven a su abuelo cuando éste le pide que le mande un guasá a su colega de petanca. Es decir, YO era el abuelo y Lory era mi colega de petanca. ¡Pero si Lory no podía jugar ni al dominó! Menuda compi me había buscado...

Presté suma atención al procedimiento requerido para cambiarle el nombre de perfil a mi hermana y dejar de hacer el ridículo, asintiendo para hacerle saber a la bruja que la entendía. Como si de magia se tratara, al presionar el botón verde con el dibujico del teléfono, se abrió un fondo blanco con unos nombres acompañados con sus respectivas fotografías. Entendí rápidamente que eso eran los famosos contactos. Yo no solía darle mi numero a casi nadie (aparte de que no sabía usar la maquinita), así que mi lista de amigos era poco extensa. - Mi hermana se puso a sí misma como La más guapa.- Expliqué mirando la pantalla por encima del hombro de la joven.- Sí, escríbelo tú que lo harás más rápido. - Eso por descontado, yo escribía a uno por hora. A un kilómetro tortuguense por hora.

Me rasqué la barbilla, pensando las palabras exactas. - Bien, empiezo.- Me aclaré la garganta.- Lory, ha habido un percance en Central Park y una de las nuestras ha caído, ... - Casi era loable lo bien que le había hablado a mi hermana menor, sin embargo, no podía evitar meter la pata. Era uno de mis defectos.- así que mueve tu trasero del jodido sofá y ven a por ella. Cómo mañana vas a la Corte, podrías llevártela para que se le hagan los rituales funerarios pertinentes. Gracias.

Dicho esto, observé a la muchacha atentamente como si no acabase de espetarle a mi hermana. Cabe destacar que yo ni siquiera era consciente de que le estaba hablando "mal" a Lory. Yo siempre había sido así y jamás me habían rectificado, supongo que mis madres jamás pensaron que fuera algo malo. Le daban más importancia a la lealtad que a las palabras. Al acabar de escribir, la joven me retornó el móvil. - Gracias, Emily Yates.- Murmuré mientras mis labios se curvaban en una sonrisa agradecida. De las buenas, ¿eh? No de esas que se hacen por quedar bien. Emily me caía bien y no tenía qué obligarme a mí mismo a ser cortés. - Será mejor que te vayas de aquí. Es peligroso.- Todo Nueva York era peligroso. -Espero volver a verte.- Hice una mueca de desagrado.- Pero sin demonios por el medio, si puede ser.


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A ESTE RITMO LE COJO MANÍA A CENTRAL PARK
→ SÁBADO → 22:03 → CENTRAL PARK  → CÁLIDO
La primera vez que Emily había conocido a un hada, años atrás, había sentido una gran desconfianza hacia ella por su forma sibilina de moverse, de hablar, de mirarles a ella y al joven nefilim con el que se habían encontrado. Desde entonces las había evitado en la medida de lo posible, recelosa de cualquier cosa que pudiesen decir, hacer, o siquiera pensar, y consideraba que era de las cosas más inteligentes que había hecho antes de meterse en el mundo de las sombras durante muchísimo tiempo. Sin embargo, nunca había pensado que la segunda vez que se topase con una las cosas fuesen a ser tan diferentes.

Es decir, no dejaba de tener en mente que se trataba de un hijo de Lylic, que buscaban la forma de evitar la verdad porque no podían mentir, y que debía de tener mucho cuidado con todo lo que decía a su lado. No obstante, Lei no le transmitía la misma sensación que Adhara ni muchísimo menos; por alguna razón le parecía increíblemente sincero en todo lo que decía, igual que se movía con una seguridad y un aplomo envidiables. Como si nada ni nadie en el mundo pudiese hacer mella en su persona. Salvo claro está, aquel endiablado aparato electrónico.

Quizás porque era mayor que ella, no lo sabía, pero le había sonado como un abuelo todo el tiempo por su forma de expresarse. Y había tenido la prudencia de morderse los labios para que no se diese cuenta de las ganas que tenía de echarse a reír ahí en medio por sus comentarios, o por el cuerpo del texto que había decidido enviarle. Desde luego era un tipo peculiar, e incluso en las circunstancias tan nefastas en las que se habían encontrado consiguió que Emily olvidase por un momento que la habían herido y que no habían podido salvar la vida de la pobre criatura que tenían al lado. Una vez hubo terminado le devolvió el teléfono con un sonrisa divertida, soltando todo el aire que había estado conteniendo dentro del cuerpo.

Sin quererlo, desvió la atención una vez más al cuerpo inerte del hada, diluyéndose la mueca de su rostro, así como su ligero buen humor, y transformándose en seguida en una expresión más bien seria. Aquello seguía siendo terrible.

De nada, Lei Haydn. Ha sido un placer. Gracias de nuevo a ti por tu ayuda hoy. No sé qué habría sido de mí si no hubieses aparecido para ayudarme. —Asintió con la cabeza mientras se recolocaba el bolso y la ropa, echando un ojo al rededor, intentando percibir los sonidos que pudiesen quedar ocultos por sus voces, y sonrió de nuevo ligeramente ante el último comentario de Lei—. Eso haré. Ten cuidado tú también; por mucho que la Corte esté cerca, o eso dicen, no creo que sea bueno que te confíes ni un poco. —Le tendió la mano—. No sé si lo sabes, pero así es como los mundanos se saludan, se despiden, o se muestran agradecimiento. Sólo tienes que cogerla, apretarla y zarandearla, así. —Emily le dio un suave apretón de manos mientras sonreía ligeramente, rompiendo el contacto con rapidez—. Yo también espero que volvamos a vernos en circunstancias más favorables.

Y tras decir aquello, se marchó por donde había venido, acelerando el paso más de lo que le habría gustado hasta llegar a una de las puertas en la verja del parque, único momento en que se dio el gusto de decelerar y tomar aire de nuevo, sintiendo los nervios hormiguearle en la piel. Se detuvo para recuperar el aliento, se pasó el puño por la frente y disfrutó ligeramente de la brisa nocturna, desviando su atención a su móvil, que empezó a sonar. Dina. Lo cogió, lo descolgó y empezó a hablar con su abuela; su voz le tranquilizó, como siempre, y mientras le aseguraba que ya estaba de camino a casa, empezó a caminar, alejándose poco a poco de aquel sitio, pero con la imagen del hada muerta todavía fresca en sus recuerdos.

Estaba segura de que tardaría en olvidarlo.



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