07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


31/03 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza nefilim tiene las letras en rojo en el censo del tablón. Eso indica que, hasta nuevo aviso, la raza está temporalmente cerrada por sobrepoblación. Sin embargo, antes de llevaros las manos a la cabeza definitivamente, esperad a tener un nuevo aviso por nuestra parte, pues estamos sopesando algunas cositas. ¡Un saludo! <3


07/03 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! ¡Aquí llegan las últimas noticias del foro! ¡Leedlas atentamente y no perdáis ni un solo detalle!


27/02 - ¡¡Queridos habitantes del submundo!! Queremos anunciaros que la limpieza de este mes de febrero se realizará entre los días 02 y 03 de marzo, para que tengáis tiempo de poneros al día. Así mismo, estimaremos que las noticias del mes saldrán esta misma semana, aunque sabemos que ya vamos con imperdonable retraso. ¡Perdón por las molestias y gracias por vuestra atención!


38 # 40
23
NEFILIMS
5
CONSEJO
11
HUMANOS
9
LICÁNTRO.
9
VAMPIROS
12
BRUJOS
5
HADAS
3
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Sadness with drops of coffee || Emily Yates

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Sadness with drops of coffee || Emily Yates

Mensaje— por Charles Fields el Mar Ago 01, 2017 11:22 pm


SADNESS WITH DROPS OF COFFEE


Tomando un capuccino de buena mañana



Bar-cafetería Pegge Sue's — Martes por la mañana — Clima fresco


No podía creer que la “cita”, si es que se le puede llamar así, saliera tan mal. Tenía esperanza de conocer a alguien especial, enamorarme, y que esa persona se enamorara de mí. Pensaba que sus besos tenían esa intención, pero no, me equivocaba, tan solo buscaban la pasión de una noche. Así que, tras quedarme claro lo que quería, decidí marcharme, y no quiero volverle a ver, no hasta que no haya logrado superar el sentirme utilizado. Ni siquiera me apetecía hacerme el desayuno, así que he decidido venir a esta cafetería de la que tan bien me hablaron mis compañeros del trabajo, Peggye Sue’s, cuyo estilo rockabilly logra subir un poco mis ánimos, gracias a esa movida música que suena de fondo. A estas horas está bastante concurrida, la mayoría de gente entra a trabajar ahora, muchos van arreglados con esos elegantes uniformes, otros tan solo vienen con amigos a tomar el desayuno y charlar un rato, y luego estoy yo, que me encuentro en uno de esos banquillos de la barra, solo y alicaído. Una camarera enérgica y alegre se acerca con buenas formas hacia mí, y algo extraño noto en ella, algo similar a lo que sentí aquella vez que me encontré a Quamara en Central Park, ¿acaso estoy frente a una bruja?

- Buenas, ¿me puedes poner un capuccino espolvoreado con canela y un par de esos croissants que tienes ahí expuestos? -señalo hacia la vitrina con pastas-. Tienen pinta de estar deliciosos, lo cierto es que me han hablado muy bien de este lugar -intento parecer amable y animado, mas mi pesar se nota a leguas, espero que la camarera no se percate demasiado de ello, no me apetecen las típicas preguntas de cortesía que no sabría cómo responder.

Mientras la muchacha prepara mi pedido, aprovecho para dar otro vistazo al local, fijándome en cada uno de los detalles que decoran las llamativas paredes. Desde luego, parece que haya retrocedido unas décadas para adentrarme en uno de esos bares que tanto abundaban en aquel entonces, pero que se han ido extinguiendo con el tiempo. Una pena, la verdad, que estos bonitos lugares hayan sido reemplazados por esas cadenas de comida rápida.









Última edición por Charles Fields el Dom Ago 20, 2017 2:31 pm, editado 1 vez



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Re: Sadness with drops of coffee || Emily Yates

Mensaje— por Emily Yates el Sáb Ago 19, 2017 8:52 pm

Sadness with drops of coffee
→ Martes → Mañana → Peggy Sue's  → Fresco
¡Ems, no olvides cambiar los dulces de la vitrina, maldita sea!

Eran las ocho de la mañana, y para cualquier otra persona podía resultar raro que alguien estuviese gritando tan temprano, pero Emily llevaba trabajando el suficiente tiempo con Louis como para saber que si lo hacía no era porque empezaba a sentirse nervioso desde el primer momento en que levantaban la baraja del local para atender la clientela. El Peggye Sue's llevaba abierto más de quince años, pero eso le daba igual al excéntrico dueño del local; para él, todos los días eran como el primero, e intentaba transmitir eso a toda su plantilla, con más o menos éxitos. Algunas le reprochaban, otras le criticaban, y Emily era de las que le decía claramente lo que pensaba a medias con callarse de vez en cuando y complacerle en sus caprichos inquietos.

Así, lo primero que hizo cuando puso el cartel de 'ABIERTO' en la puerta fue ir a la cocina, sacar los dulces recién traídos de la panadería y poner los más suculentos de forma que cualquiera que se acercase al expositor no tuviese más remedio que sentirse atraído por ellos. Los que estaban algo más duros los puso en una caja aparte para que las chicas tuviesen algo que desayunar, y se guardó una napolitana especialmente jugosa, a pesar de que llevaba ahí tres días, para cuando tuviese un descanso para su propio café.

Tras eso terminó de colocar los servilleteros, las cartas, los recipientes de ketchup, mostaza, sal y pimienta y se peleó con Sarah porque no le apetecía quedarse ese día detrás de la barra. Evidentemente, ganó Sarah. Ella se dedicó a servir las mesas que iban llenándose poco a poco mientras a ella le tocaba poner los cafés, servir las tostadas, los dulces y cualquier otra cosa que no requiriese una preparación demasiado compleja y a lavar los platos. Odiaba lavar los platos. Pero, ¿qué remedio? Como le había comentado oportunamente su compañera, llevaba más de dos semanas dando vueltas entre las mesas mientras ella se pudría atendiendo a los tristones solitarios, como les llamaba.

Así, la mañana se fue sucediendo con relativa tranquilidad. De vez en cuando pensaba en sus cosas, en las reuniones que tenía pendientes con clientes, en su novela gráfica, en Jack, y más de lo que le gustaría, en Mishka. Notaba una tristeza agria en el corazón cada vez que recordaba al desaparecido hombre lobo, y aún no había tenido valor para llamar a Adeline y llorar con ella, aunque intuía que la nefilim lo necesitaba. Pero, ¿qué iba a decirle? 'Hola, Adel, verás, yo también creo que Mishka ha muerto. ¿Lloramos juntas?'. Le gustaba el humor negro, pero hasta cierto punto, la verdad.

En cierto punto de la mañana se encontraba fregando algunas tazas cuando un joven apareció en la puerta y se dirigió a sentarse frente a ella. ¿Un tristón solitario? No le prestó demasiada atención hasta que se colocó frente a él para tomar su comanda; entonces, una sensación conocida, inexplicable y chispeante le recorrió el cuerpo de los pies a la cabeza, dejándola parada durante unos segundos frente al muchacho. Tras un parpadeo fue capaz de reaccionar y escuchar lo que le estaba diciendo, ante lo que sonrió.

Gracias, muy amable. Desde luego, hacemos lo que podemos. Ahora mismo te traigo lo que has pedido.

¿Un brujo? La sensación fue extraña. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se topase con alguno, y la emoción que creció dentro de ella fue algo raro e inexplicable. Entonces echó también de menos a Danielle, a sus ojos cálidos y su compañía, y se dijo que debía de estar tan nostálgica porque eso no beneficiaba a nadie. Preparó el capuccino con el mismo esmero de siempre antes de dejarlo frente a él y espolvorearlo con canela delante para que pudiese decirle cuándo paraba. Aprovechó ese momento para volver a echarle un ojo. Parecía joven, aunque probablemente no lo era. Sin embargo, lo más curioso fue reconocer en él un pedazo de ella: el chico intentaba mostrarse alegre y animado en todo momento, y Emily era capaz de reconocer perfectamente cuando alguien se esforzaba por parecer animado. Ella misma lo había hecho miles de veces para no preocupar a los demás. Emitió un leve suspiro mientras se giraba para coger un plato que dejó al lado de la taza, y dejó sobre él un par de croissants y una galleta casera con frambuesa y pepitas de chocolate blanco. Sus preferidas.

Esta va de regalo. Yo también he tenido días en que lo que menos me apetecía era sonreír, pero me he esforzado en hacerlo, y te aseguro que siempre me levantan el ánimo. Si necesitas algo más estaré detrás de la barra. Soy Emily.

Sarah habría empezado a sonsacarle lo que le pasaba; se quejaba mucho de ese tipo de gente, pero luego no era capaz de mantenerse callada. Pero lo que siempre había caracterizado a Emily era la prudencia; ella misma sabía lo odioso que era que la gente se estuviese metiendo donde no le importaban porque creían que así podían llegar a ayudar, así que siempre se mostraba igual con todo el que aparecía en la barra con la expresión triste y el corazón encogido. Algunas personas le contaban su historia. Otras no. Ella siempre lo dejaba a la elección del comensal, y esa vez no sería una excepción.


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Tomando un capuccino de buena mañana



Bar-cafetería Pegge Sue's — Martes por la mañana — Clima fresco


La camarera me sirve el café, espolvoreándolo con canela bien fina, hasta que le hago un gesto con la mano para darle a entender que ya no quiero más. Devuelve el bote a su lugar y, entonces, me acerca un platito con el par de croissants que le pedí, acompañados por una galletita con mermelada de frambuesa y trocitos de chocolate blanco. Si es cierto que no soy muy dado a los dulces, tiene tan buena pinta que, muy probablemente, termine por comérmela, parece casera y no soy quién para rechazar un regalo.

- ¡Oh! Tiene una pinta deliciosa, gracias Emily –le sonrío en forma de agradecimiento.

Sus palabras me calan bien adentro, parece que vea dentro de mi mente, no tengo ganas de sonreír, no quiero. Lo de Alabaster me dolió, volverme a ver solo, rechazado por alguien que me gustaba. Pero el amor es caprichoso, y supongo que, en mi caso, no quiere que sea feliz. Pero son el resto de personas, Quamara, esta amable camarera, gente que intenta animarte día tras día y que no dejan que decaigas. Por ello, les estoy agradecido, y no puedo rendirme a la tristeza, les debo mi alegría, y me lo debo a mí mismo. Otra sonrisa vuelve a dibujarse en mi rostro, leve, pero sincera, y aprovechando que la supuesta bruja continúa detrás de la barra, vuelvo a dirigir mi mirada hacia ella, dispuesto a entablar una conversación, ya que supongo que debe estar más que acostumbrada a que sus clientes lo hagan.

- Gran consejo el tuyo, Emily. Es difícil sonreír cuando te hallas con el corazón roto, en esos momentos en que parece que las esperanzas se desvanecen, que no merece la pena seguir luchando por ser feliz, que es mejor dejarse llevar por la corriente de lágrimas y tristeza –voy removiendo el capuccino suavemente, observando como la canela forma un espiral sobre la espuma de leche-. Aunque soy de los que opina que es importante sentir la emoción correspondiente en cada momento, ya sea alegría, tristeza, ira o miedo, no hay que darle más importancia de la debida a ninguna. Sí, supongo que ahora soy un tristón solitario, pero sé que mañana podré sonreír… Mañana, porque los hechos son demasiado recientes como para hacerlo hoy –y mi rostro vuelve a tomar esa expresión triste con la que entré al local.

Y por si fuera poco con el desamor, también está toda esa confusión de mi mente, el recuerdo difuso de lo que sucedió después de mi visita al cementerio. Aquel hombre que me sacó del callejón y me llevó a la cafetería… Algo extraño le rodea, como si no fuera un simple humano, pero entonces, ¿quién será? Hmm... Tendré que buscar algo de ayuda, no creo que pueda descubrir esto solo. Quizá se lo proponga a Quamara, es la única en quién confío lo suficiente como para contarle esas cosas y aceptar sus consejos.
Ahora doy un sorbo al café y, con una mueca de placer al saborear el delicioso gusto amargo mezclado con el dulce del azúcar y el intenso sabor de la canela, muerdo el cuerno de unos croissants.

- El sabor es incluso mejor que la pinta que tiene este desayuno –parece que dirija las palabras al aire, pero estoy seguro de que Emily me ha escuchado, y que ha detectado el halago. No sé si es ella no es quien cocina todas estas pastas, pero el cariño que le pone a todas sus acciones es un ingrediente esencial, y eso se percibe a leguas.









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Re: Sadness with drops of coffee || Emily Yates

Mensaje— por Emily Yates el Lun Ago 21, 2017 11:11 am

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→ Martes → Mañana → Peggy Sue's  → Fresco
Corazones rotos.

Emily frunció los labios al escuchar lo que el joven le estaba diciendo tras emitir un pronunciado suspiro y cruzarse de brazos sobre la barra frente a él; realmente intentó no dirigirle una mirada compasiva, sino más bien comprensiva, aunque ella nunca había llegado a penar de verdad por nadie. Antes de decidirse a abrirse había habido algunos chicos que le habían gustado en la distancia, pero nunca había llegado a forjar ninguna relación con nadie, y nunca se había acercado demasiado, si quiera, así que no se podía decir que hubiese pasado por lo mismo que estaba pasando aquel muchacho. Pero entendía el sentimiento; lo había reconocido en otros lugares; en su amigo Charlie y en la propia Sarah, y no es que fuese un leño incapaz de sentir empatía.

Aparentemente aquel brujo era un hervidero de sentimientos profundamente heridos. Una parte de ella, la más práctica, y también la que le torturaba de vez en cuando, le decía que lo mejor era indicarle al brujo que tenía delante que debía de acostumbrarse a ese sentimiento. La desazón era la sal de la vida de la gente como ellos, cuyas vidas se prolongaban tanto que sólo podían gozar durante segundos para llevarse décadas sumidos en el dolor. Eso era lo que le esperaba a ella cuando Jack muriese, probablemente; un dolor inmenso que terminaría convirtiéndose en un retazo sordo que terminaría formando parte del tapiz de su vida pasada. Sin embargo se guardó las palabras; no tanto por la crueldad que suponía decirle 'acostúmbrate a sufrir que es lo que nos espera' sino porque tampoco sabía la edad de su interlocutor. Y si era mayor que ella sería una pedantería por su parte intentar darle lecciones cuando ella casi acababa de empezar a vivir.

No está bien nunca forzarse a sentir otras cosas, ni enterrar tus emociones bajo llave para ignorarlas. Créeme, sé de lo que hablo. Pero como dices, estas cosas pasan. Los desamores no duran eternamente, aunque eso seguro que ya lo sabes. Pero mi deber como camarera es escucharte y resaltar evidencias —bromeó—, y te garantizo que soy una experta haciendo esas cosas. —Volvió a sonreír, esta vez de forma más tierna, más maternal—. De todos modos, no te dejes llevar por el pesimismo. La realidad suele golpearnos fuerte, pero cuando lo observas con perspectiva te das cuenta de que en realidad tampoco fue para tanto. No quiero decir que lo tuyo no lo sea, entiéndeme, pero al final sólo es un suceso más. ¡Un capullo más a la lista!

Se movió ligeramente en la barra para colocarse sobre el friegaplatos y así continuar con lo suyo. El brujo pareció quedarse meditabundo durante unos segundos, por lo que Emily decidió que no quería interrumpirle, de momento. Sólo cuando volvió a alzar la voz por encima de sus pensamientos, la joven levantó el rostro y le sonrió con gratitud.

Gracias. Es el toque especial de la casa. Le dije a Louis que podíamos ponerlo como lema: '¡En realidad sabe incluso mejor que la pinta que tiene!', pero me dijo que sonaba demasiado pretencioso y que así terminarían lanzándonos tomates. —Alzó los hombros, terminando de enjuagar la última taza; cogió un trapo de tela que había por la zona, se secó las manos y se aproximó de nuevo a él—. Pero si cuento con el apoyo de parte de la clientela seguro que me escucha y hacemos algo al respecto. —Volvió a cruzarse de brazos frente a él e indicarle que se acercase para susurrarle algo al oído—. También tenemos matones a domicilio. Si quieres que nos ocupemos de quien te ha dejado el corazón hecho papilla sólo tienes que decírnoslo. Precios baratos. Resultados inmejorables. —Era una broma estúpida, como atestiguaba la sonrisa que surcó el rostro de Emily cuando se separó de él, pero esperaba que al menos eso le hiciese reír. Sarah apareció entonces para pedirle algunos cafés y batidos, y alzó la mano hacia el joven para excusarse por volver a su trabajo por unos minutos—. Si te lo piensas dímelo —continuó al regresar a su lado — y arreglamos algo, ¿eh? No te cortes.


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Su mirada expresaba comprensión como si supiese exactamente de qué le estoy hablando, como si ella hubiera por algo así. Quizá es lo que estoy buscando, alguien que me comprenda o, que al menos, simule hacerlo, y Emily lo hace muy bien la verdad. Curiosa escena la del propio psicólogo necesitando terapia, pero todos somos humanos… Rectifico, todos tenemos pensamientos y sentimientos de humano, aunque mi cuerpo no envejezca como el de cualquier otro mundano. Entonces, sus palabras resuenan en mi cabeza, «los desamores no duran eternamente, aunque eso seguro que ya lo sabes». Eso último está bien cargado con una indirecta, ¿acaso sabe que soy brujo? Qué más da, lo importante es que se la ve buena chica y que, sin conocerme de nada, me está intentando ayudar.

- ¡Huy! Te aseguro que no todas las camareras son como tú… -suelto un suspiro, para así dibujar una leve sonrisa en mi rostro, antes de dar un sorbo a mi café-. Siempre están esas viejas gárgolas que te sirven el café con mala cara, y con sus arrugas remarcando todavía más esa expresión -suelto una carcajada, para una vez más, seguir escuchando sus consejos-. No, dejarse, llevar, por el pesimismo -digo deteniéndome en cada palabra-. Anotado en mi bloc de notas mental.

Dejo escapar una pequeña risa tras su último comentario. Sí, un capullo… Aunque el idiota fui yo por recibirle en mi casa, quitar todas nuestras prendas hasta quedarnos en ropa interior, y besarnos una y otra vez removiéndonos por entre el sofá, pensando que aquello podría convertirse en algo especial, en algo más que un simple rollo. Pero aquel chaval era un saco de hormonas revolucionadas, que no le permitían ver más allá, supongo que era demasiado joven para alguien que lleva tantos años a su espalda.
Halago el desayuno, y la camarera me explica una pequeña historia sobre un tal Louis, el cual supongo que debe ser su jefe, mientras friega algunos platos.

- Una lástima que ese tal Louis no comparta tu misma opinión, a mí me parece un lema de lo más llamativo -le sonrío amablemente-. Cualquiera que pase por delante del local, y vea esos llamativos dulces y ese lema, de bien seguro que no duda en entrar -me acerco a ella para poder susurrarle sin que nadie se entere-. Y a las malas, siempre puedes usar algunas gotas de magia, ya sabes -le guiño un ojo y vuelvo a alejarme.

Pero vuelve a indicarme que me acerque, por lo visto quiere decirme también algo al oído. Como siga así, acabaré pareciendo uno de esos payasos con muelle que salen repentinamente de las cajas sorpresa, y que resultan tan aterradores para los más pequeños de la casa.
¿Matones? Si no fuera por la sonrisa bromista de Emily, podría llegar a pensar que va enserio, hecho que me resultaría un tanto siniestro. No quiero matar a Alabaster, no quiero mandar un ejército de matones para darle una buena paliza, tan solo quiero olvidarle, vaporizar el recuerdo de sus besos sobre mi piel, y dejar a un lado la idea de tener cualquier tipo de relación con él, idea que formé por culpa de su primer beso.

- Tranquila, Emily, creo que el único que puede arreglar este corazón estropeado es el tiempo -le digo a la joven camarera, alzando un poco la voz mientras se aleja para preparar unos pedidos.

Aprovecho ese momento para volver a concentrarme en mi desayuno, terminando así con ambos croissants y con la mitad de la taza de café, dejando la galleta de regalo para el final.

- Emily, simplemente por curiosidad, ¿cuánto tiempo llevas trabajando como camarera? -arqueo una ceja, mostrando interés en el tema-. Se te ve toda una experta detrás de la barra, manejando todas esas máquinas de café y batidos, agarrando con suma delicadeza los dulces y, lo más importante, tratando con los clientes.








Última edición por Charles Fields el Mar Oct 24, 2017 10:53 am, editado 1 vez



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Re: Sadness with drops of coffee || Emily Yates

Mensaje— por Emily Yates el Miér Oct 18, 2017 1:27 pm

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Si lo pensaba bien, se dijo mientras escuchaba hablar a Charles, quizás el que Jack desapareciese sin dejar rastro cuando era un adolescente era lo más parecido que había sentido nunca a sentirse destrozada por dentro; Jack había sido tan importante para ella siendo adolescente... Sonrió un poco para sus adentros mientras pensaba en eso. Cómo daba vueltas la vida, ¿verdad? Cuando menos se lo esperaba una el pasado aparecía, te golpeaba en la cara y te dejaba hecha un guiñapo asqueroso en el suelo.

Sí. Eso dicen —le respondo algo distraída, no pensando en ningún joven, sino en mi madre. La primera persona que me había roto el corazón de verdad—. Y espero que sea verdad, porque si no, apañados estamos —bromeé antes de continuar con mis quehaceres.

¡Qué curiosa era la vida!, pensaba mientras hacía los batidos que le habían encargado, dejando a Charles solo con sus pensamientos. ¿Quién le habría dicho alguna vez que se reencontraría con Jackson Evans y que terminarían saliendo juntos durante varios años? ¿Quién le habría dicho alguna vez que estaría dispuesta a abrir su corazón para experimentar todo lo que fuese la vida al menos una vez, antes de empezar a volverse de verdad fría como el cristal? Y quién le habría dicho alguna vez que terminaría tan metida en el mundo del que llevaba intentando huir desde que había adquirido conciencia de sí misma que sería incluso reconocida entre los suyos.

La Matadragones. Aún se preguntaba quién había salido con ese estúpido nombre de debajo de la manga para bautizarla así por toda la eternidad. A Dina le había dado un ataque de risa tan grande que se había pasado más de media hora soltando carcajadas esporádicas cada vez que se acordaba. Suspiró, algo avergonzada al respecto todavía. Si su abuela se enterase que ya incluso se presentaba a los desconocidos con ese nombre... Menuda locura y menuda estupidez. ¿Pero qué otra cosa podía hacer a esas alturas?

Al regresar junto a Charles para continuar fregando los platos que le iban llegando, atendió a su pregunta algo distraída en un principio, y tardó unos segundos en procesar el significado de lo que le había planteado.

¡Ah! Pues la verdad es que ahora mismo no me acuerdo. —Comenzó a secar un vaso y centró la mirada en su superficie lisa y transparente—. Poco después de terminar el instituto me coloqué en una tiendecita de barrio, al poco tiempo en una de ropa y al final terminé trabajando aquí con Louis... pongamos... ¿hace diez años? —¡Madre mía! ¿Tanto tiempo hacía ya? Estuvo a punto de permitir que el recipiente se le resbalase de los dedos de la impresión—. ¿Diez años? ¡Madre mía! —soltó una risilla—. Ni lo había pensado, ¿sabes? Es... mucho tiempo. —Para una mundana lo habría sido, sin lugar a dudas. Pero, ¿lo era para ella? Su mirada se volvió turbia un segundo. Ya hacía tiempo que no se apuntaba a ningún curso de formación ni a ninguna clase extra, y su novela gráfica había acabado tan estancada... ¡Pero es que no tenía a penas tiempo! El mundo le estaba exprimiendo la creatividad y la vida de una mujer normal. Frunció los labios al pensar que en realidad eso tampoco importaba, al final, porque ella no era una mujer normal. Suspiró y se forzó en sonreír para seguir mirando a su interlocutor, bromeando—. ¡Voy a tener que empezar a pensar en moverme de aquí! Pero muchas gracias por tus palabras. Aunque en realidad en el trato con los clientes nunca he sido demasiado ducha; quiero decir, siempre he sido amable y he intercambiado palabras con la gente que lleva años viniendo aquí, pero unos años atrás no me habría molestado en mantener una conversación contigo, honestamente. Habría sido cortés y cordial, te habría dicho que lo sentía mucho por tu corazón roto y habría seguido a lo mío. Parece increíble lo que cambiamos las personas con el paso del tiempo, ¿verdad? Sólo necesitamos un elemento discordante en nuestra vida... y todo cambia.

Pensó de nuevo en Jack. En sus bromas, en su temperamento, en lo impulsivo que era, en su estupidez... y en su calor. Siempre asociaba a Jackson a la calidez de su pecho cuando dormitaba sobre él por las noches, a la de sus labios, cuando le daba besos por sorpresa para hacerla reír, a la de su mirada cuando se centraba sobre ella de soslayo, creyendo que ella no se había dado cuenta. Jack le había traído calor a una vida fría y le había obligado a salir de su confinamiento. Parecía mentira que en realidad a veces pudiese llegar a sorprenderle el darse cuenta de cuánto lo amaba, y cuánto le dolía pensar que algún día ya no estaría allí para ella. Le daban ganas de llorar. Pero no era ni el sitio ni el lugar para ello.

¿Puedo preguntarte en qué trabajas, si no es mucha indiscreción, cliente desconocido? —le apetecía seguir un rato con la conversación mientras fregaba. Él parecía agradable y así, al menos, estaba distraída.


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No pensé que nada pudiese distraer a Emily, la cual parecía bastante centrada en su trabajo y en atender a los clientes, al principio, mientras que, ahora, está con la mirada fija en un punto mientras prepara los batidos que le han encargado, ¿acaso ha sido alguno de mis comentarios lo que la ha dejado en este estado? Sea como sea, espero que no le dure mucho, o de lo contrario, los clientes, o incluso su jefe, podrían percatarse de ello, y es algo que no da muy buena imagen, algo por lo que podría caerle una pequeña bronca. Así que intento llamar su atención, logrando que vuelva a mi lado para pasar a limpiar los platos y tazas sucias.

Desde luego, los trabajos de dependienta de una tienda de ropa y el de camarera en una cafetería son bastante distintos, aunque es cierto que algo comparten, y es el trato con el público, el tener que afrontar todo tipo de persona que pueda acercarse a ti, siempre con una sonrisa en la cara y dedicándole amables palabras, a menos que quieras que te pongan una reclamación y, consecuentemente, te echen. Yo, por suerte, en mi trabajo también debo afrontar una gran variedad de personas, solo que no es necesario ir con una sonrisa, debo ser neutro con todos, objetivo, y eso es algo que, ciertamente, se me da bastante bien. Al igual que ella en lo suyo, a la cual esos diez años de trabajo parecen haberle ayudado a mejorar su trato con el cliente, aunque se me hace difícil imaginármela siendo una chica desagradable, se la ve tan natural con esa sonrisa y sus amables palabras que es casi imposible que antes fuese tan distinta. Aunque tiene razón, diez años son muchos, y la gente cambia, tanto si eres un simple mundano, como si eres un brujo con una larga vida a tus espaldas. Muy probablemente, si me viese a mí mismo hace unos cien años, no me reconocería, porque con el paso del tiempo he ido cambiando mi conducta, incluso algunas formas de pensar, adaptándome de la mejor forma posible a cada generación.

Sus últimas palabras me dejan intrigado, y es que me pregunto cuál debe haber sido ese efecto discordante en su vida, el que le ha hecho pasar de ser esa mujer distante que me describe, a ser la chica amable y sonriente que tengo en frente. Pienso en los míos propios, y si me paro en uno que realmente zarandeó por completo mi vida, ese fue la muerte de mi madre, cuando sostuve su cadáver entre mis brazos, una escena que todavía, después de 220 años recuerdo de forma tremendamente fiel, pero que cada vez genera menos ansiedad en mí, supongo que porque con el tiempo lo he ido superando.

Pero no estoy así para mirar hacia el pasado, ni para pensar en corazones rotos, sino que he venido a desayunar y a desconectar un rato, aunque no pensé que lo lograría gracias a la ayuda de una camarera. Le doy un mordisco a esa galleta casera que me he reservado para el final, y creo que la felicidad se hace presente en mi rostro.

- ¡Dioses! Esto está riquísimo -le comento como puedo a Emily, mientras mastico la galleta-. Supongo que es una receta secreta, ¿no? Entiendo que si fueseis diciendo cómo las cocináis a cualquiera, perderíais la esencia de la cafetería. Pero es que está tan buena, que moriría de ganas por saber cómo se hace…

La cocina siempre ha sido algo que me ha gustado bastante, un momento en que puedo organizarlo todo, seguir una serie de pasos para lograr un producto que, lo cierto es que la mayoría de veces me queda para chuparse los dedos. Quizá me podría haber dedicado a ser cocinero, regentar algún famoso restaurante conocido alrededor del estado, o incluso a nivel mundial, quién sabe. Pero no, preferí la psicología, y es algo que no cambiaría, una decisión de la cual no me arrepiento.

- Claro, no hay problema. Yo soy psicólogo forense. Y no, no leo la mente, ni tampoco analizo a los muertos… No, al menos, con capacidades humanas -dejo escapar una fuerte carcajada después de dirigirle un guiño-. Si supieses la cantidad de veces que la gente me ha comentado eso… Uno ya termina tomándoselo a broma, porque si tuviese que defender a muerte mi empleo ante cada uno de estos comentarios, probablemente terminaría quemado, y me convertiría en un asocial con tal de no escucharlos -doy un último trago a mi taza de café, dejándola vacía, para acercarle tanto ésta como el plato en que estaban los croissants y la galleta a Emily.



Por Tony en The Captain Knows Best




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