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Éramos pocos y se cayó la burra |Lei Haydn|

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Éramos pocos y se cayó la burra |Lei Haydn|

Mensaje— por Morgan Bevan el Sáb Ago 19, 2017 6:21 pm

ÉRAMOS POCOS Y SE CAYÓ LA BURRA
→ Sábado → 11:30 → Central Park → Cálido
No, estos colores son horribles. Madre mía, ¿cómo se me ocurriría mezclarlos así?

Un quejido de frustración fue seguido de cerca por un rayón negro que rompió por completo la armonía de los colores que había en la hoja que antaño fuese blanca. A ese le siguió otro, otro, y otro, hasta que todo lo que alguna vez hubiese dibujado allí se convirtió en un enorme borrón oscuro que se lo tragaba todo; colores, formas, alma. La mano que había esgrimido la muerte del cuadro dejó caer la cera negra sobre la caja donde estaban esparcidas todas sus hermanas de otras tonalidades, y los dedos negros arrugaron la hoja antes de arrancarla del cuaderno donde llevaba gran parte de su corta vida antes de tirarla con desprecio, casi, al interior del enorme bolso que la acompañaba. Un suspiro. Un gruñido. Un leve pataleo. Después, el silencio.

Morgan contempló de nuevo el paisaje frente a sí, los nenúfares sobre las aguas verdosas del lago de Central Park, y frunció la nariz graciosamente, intentando ver en su mente el esbozo que debía de hacer con una claridad que no llegaba. Bajó las manos a la hierba bajo ella, y con movimientos fluidos e inconscientes empezó a acariciarlas para quitarse los excesos de pigmento de las yemas de los dedos, manchados de frustración y de cuadros fallidos. Llevaba allí gran parte de la mañana y la luz había cambiado tanto que su idea inicial estaba completamente destrozada; de modo que lo que tenía que hacer era recomponer la escena en su cabeza. ¡Pero nunca era tan fácil! La naturaleza tenía su voz propia, y Morgan se vanagloriaba de ser capaz de captarla la mayor parte de las veces, pero desde hacía un tiempo era sólo con la cámara. ¿Se estaría vengando su propia capacidad artística por haberla abandonado en pos de una lente que sellaba las imágenes, en vez del suave placer de desgarrar el blanco de los lienzos con mil colores?

El viento sopló caliente en su rostro blanco y le revolvió los mechones que se escapaban del extraño recogido con el que mantenía su melena rubia. Removió también los dedos de los pies, descalzos, sobre la hierba caliente, y se sintió tentada de lanzarse al agua para tocar los nenúfares con los ojos y la lengua; quizás así fuese más fácil para ella poder plasmarlos en el papel. Pero rápidamente abandonó la idea. Mojada la tinta de las ceras de colores se difuminaría, estropeando todo a su paso. No, mejor debía de recurrir a esa parte de su subconsciente que le empujaba a captar la esencia de las cosas. Cerró los párpados durante un segundo, ocultando el sol y cuantos paisajes pudiesen aparecerse frente a ella. Un destello blanco le surcó la mente, y tras él, el agua, las plantas, la luz del sol...

Animada por un nuevo ramalazo, Morgan se quitó el lápiz de mina blanda que llevaba enredado en el pelo y empezó a trazar suavemente los contornos sinuosos del lago que se mantenía tranquilo en la zona en la que ella estaba. Por otras partes estaba abarrotado de personas, y aunque otras veces disfrutaba dibujándolas, aquella mañana se había levantado contemplativa, silenciosa. Si alguien se le hubiese acercado más de la cuenta le habría gruñido tanto que la otra persona le habría mirado como si fuese un perro salvaje antes de irse corriendo.

No era la primera vez que le sucedía, desde luego.

Pronto se encontró tan entretenida con su tarea, de nuevo, que ignoró por completo todo lo que a su alrededor, no fuese lo que intentaba plasmar en el lienzo. Sus dedos se movían rápidos. Sus ojos, más. Pronto el lápiz fue sustituido por los colores, por borrones de sombras, rayones de gomas que hacían desaparecer fragmentos, y la imagen que buscaba fue apareciendo, por fin, en su cuaderno.
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Re: Éramos pocos y se cayó la burra |Lei Haydn|

Mensaje— por Lei Haydn el Miér Ago 23, 2017 2:11 am

ÉRAMOS POCOS Y SE CAYÓ LA BURRA
→ Sábado → 11:30 → Central Park → Cálido

¿Dónde coño estaba el maldito niño?

Fue la pregunta que invadió mi cabeza mientras miraba para todas las direcciones en las que el crío podría haberse ido. Cerré los ojos con fuerza, sopesando que castigo le aplicaría a Dennis cuando lo encontrara. Tenía tan sólo siete años y ya se perdía, no quería ni imaginar que haría cuando tuviera quince... Respiré hondo tratando de tranquilizarme, las noticias del día anterior retumbaron en mi cabeza. ¿Y si se lo habían llevado? Joder, no era seguro que fuera solo por la ciudad y mucho menos teniendo en cuenta como estaba el percal. -Mierda.- Musité emprendiendo el rumbo hacia el lago, uno de los lugares favoritos del criajo de pelo negro y ojos plata, si no estaba allí, íbamos a tener un problema.

Al ser sábado, Central Park estaba lleno de familias mundanas que paseaban alegres, niños jugando a la pelota y parejitas que caminaban cogiditos de la mano, pero ni rastro de mi sobrino. Mientras caminaba, podía sentir alguna que otra mirada curiosa y no los podía culpar, supongo que mis tatuajes les asustaba... y ni siquiera habían visto las alas, los ojos sin pupila o la piel nacarada con reflejos azulados. Seguro que entonces habrían huido despavoridos.

Desde muy pequeño, Dennis, había mostrado un excesivo interés por las masas de agua, no importaba que si era la playa, un río o un lago, él sentía una extraña inclinación por tocar el agua, hacía un par de años me había explicado que ésta le hablaba y le trasmitía paz. Cómo mestizo, bien podía ser que lo que decía fuera cierto y el pequeño estuviera unido al líquido de la vida y por esa razón, yo lo solía animar a conversar con el agua, a intentar ser uno con ella y aprender a manipularla. Mi hermana Ellette se enfermaba cada vez que su hijo le decía a donde habíamos ido, obviamente, luego me chillaba a mí alegatos sobre que el crío debía crecer en un ambiente mundano, que la familia del padre lo notaría... bla, bla, bla... El niño era medio hada y debía ser consciente de ello.

Cuando llegué al lago, todo estaba en paz y armonía, no había rastro del enano. Cerré los ojos, escuchando con atención la ligera brisa del viento que mecía caprichosamente las hojas de los árboles y la hierva. Percibí la animada vocecita de Dennis que al parecer le estaba soltando uno de sus discursitos sobre plantas a alguien. ¿Con quién demonios hablaba? Caminé varios pasos hacia donde provenía la voz, encontrándolo sentado al lado de una mujer de cabellos dorado. Al verme,  me saludó con la mano. -¡Tete Lei!- Su sonrisa mellada era deslumbrante, incluso faltándole dientes de leche. - ¿Pero cómo te has ido de esa manera? Te podría haber pasado algo malo.- Espeté de mala manera antes de percatarme que estaba chorreando. - Pero no me he ahogado.- Respondió él como si eso fuera un buen argumento a su huida.



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ÉRAMOS POCOS Y SE CAYÓ LA BURRA
→ Sábado → 11:30 → Central Park → Cálido
De pronto apareció una enorme inconsistencia en su cuadro.

Una de las veces que había alzado la cabeza para comprobar cómo los rayos de luz caían sobre las hojas verdes de los nenúfares plagados de gotas de agua se encontró con la figura de un niño pequeño que parecía estar hablando solo con el lago. Morgan enarcó una ceja con expresión extrañada, aunque eso, desde luego, no le era extraño; siendo muy pequeña, Gwendolen había parloteado incesantemente por la casa con su amigo imaginario, sobre todo después de la muerte de su madre. Más de una vez se la había encontrado a solas junto a una silla vacía sobre la que lloraba sus penas infantiles, y más de una vez había rodado los ojos farfullando por lo bajo, aunque nunca había llegado a decirle nada, a pesar de que no quería que la niña terminase pareciéndosele ni lo más mínimo. Ella sabía bastante bien lo que era sentirse sola y terminar conversando con las nubes, o con el aire, o consigo misma sólo por el placer de escuchar una voz. Daba igual que le gustase estar sola, en el fondo, muy en el fondo, terminaba añorando la compañía de las personas.

Y ahí estaba el crío, absolutamente feliz con sus tonterías e irritándola a cada pequeño paso, porque ella lo único que quería era terminar de pintar lo que había conseguido por fin comenzar a esbozar, y no tener que regresar otra tarde a perder horas de su tiempo en finalizar algo que podría haber acabado en ese mismo momento. Emitió un suspiro de frustración bastante grande, dejó su cuaderno a un lado y se cruzó de brazos y piernas, aguardando con impaciencia a que alguien viniese a buscarle para llevárselo de su vista. Pero los minutos se sucedían y nadie aparecía; y ella pensó que iba a quedarse allí pegada toda la vida, mirando cómo un crío solitario hablaba con seres imaginarios en el agua, hasta que con una enorme risotada, el niño se cayó de cabeza al lago, dejando a Morgan completamente perpleja.

Oh. Bueno. Eso no me lo esperaba.

Con una parsimonia -y un fastidio- que no podía ser propio de alguien que estaba viendo morir ahogada a una criatura, la bruja se quitó los abalorios del pelo, revisó que, en efecto, no llevaba zapatos, y se tiró tras él. Podría haberle sacado con su magia, pero le daba demasiada pereza, además de que resultaba peligroso que alguien la viese creando toboganes líquidos en medio de la concurrida Central Park. Tampoco importaba, de todos modos. Morgan era bastante buena nadadora y no tardó demasiado en encontrar al pequeñajo, quien parecía haberse resignado a su húmedo final. Con una fuerza que no parecía propia de alguien tan delgada como ella consiguió ascender con rapidez, habiéndose aferrado al pequeño con fuerza bajo sus bracitos, y lo arrastró hasta la orilla cerca de donde había dejado sus cosas. El cabello enmarañado no mejoró al estar mojado, pero eso no le importaba demasiado. Le dio un par de cachetes al crío, suficientes para que abriese los ojos antes de escupir toda el agua que había tragado.

¿Estás bien? ¿Qué pensabas encontrar ahí debajo? No eres un chico muy listo, ¿verdad?

Entonces el niño empezó a contarle cosas, tremendamente excitado, y Morgan se dejó caer con pesadez a su lado en el suelo, farfullando que ya había tenido que aguantar los desvaríos de una cría como para tener que soportar los de otro. Sin embargo, algunas cosas le parecieron interesantes. Según él, el agua le hablaba, le decía cosas. Y alguien en su familia, no sabía quién o por qué, le había hablado de plantas. Morgan llegó incluso a prestarle atención, porque no era tan normal como pudiese parecer que un crío mundano soltase semejantes desvaríos. Tampoco hubo pasado tanto tiempo cuando el tan esperado adulto apareció, y Morgan sintió que algo hacía UGH dentro de su cabeza. Blancucho como la leche, sólo podía ser alguien de los suyos, o un maldito hada. Y no le apetecía ponerse a discutir chorradas con un hada, pero sabía perfectamente que sucedería. No era alguien que pudiese tener la boca cerrada, simple y llanamente.

No se ha ahogado porque estaba yo aquí, si no, no lo cuenta. Si todos los miembros de tu familia son como tú, desde luego no entiendo cómo el niño sigue vivo. —Se sacudió la falda empapada y empezó a escurrirse el pelo, porque las gotas de agua colándose por el cuello comenzaban a ser molestas.  Luego se quedó mirándoles, en aras de que decidiesen despedirse, marcharse y dejarla en paz.
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Re: Éramos pocos y se cayó la burra |Lei Haydn|

Mensaje— por Lei Haydn el Lun Sep 25, 2017 6:35 pm

ÉRAMOS POCOS Y SE CAYÓ LA BURRA
→ Sábado → 11:30 → Central Park → Cálido

-¿Disculpa?- La pregunta surgió de mis labios antes de siquiera saber que la estaba formulando. Mis ojos se habían clavado en la deslenguada rubia que me había llamado irresponsable de una forma tan poco poco sutil como la precipitada caída de Dennis al agua, y la estaba fulminando con la mirada. Por el tono de voz que había empleado estaba claro que no necesitaba ni quería una jodida respuesta, era un qué-coño-me-acabas-de-decir educado. O al menos esa era la idea, porque esa mísera palabra iba cargada de soberbia y arrogancia. ¿Quién se creía que era? Vale que hubiera salvado a mi sobrino de una posible muerte, pero ¡joder! No hacía falta gastarse ese humor de perros.

- Cállate o di algo mejor que el silencio. -Espeté de mala manera haciéndole un gesto a mi sobrino para que se acercara a mí. -Pero ella me ha salvado.- Mi mirada viajó desde el rostro de la mujer de pelos de loca al pequeño. Ya podía convertir el agua en vino, me importaba muy poco y menos si me hablaba de esa manera. - Eso no hubiera pasado si no te hubieras alejado de mi, enano.- Y aunque pretendía ser un regaño por su alocada conducta, mi mano se posó en su cabeza y revolví el corto cabello con cierto alivio. En mi fuero interno, trataba de no pensar en lo que podría haber sucedido si la artista pirada no hubiera estado, no obstante, la parte más masoquista de mi ser se estaba divirtiendo con la recreación de la imagen del pobre crío siendo arrastrado sin compasión hasta las oscuras profundidades del lago repletas de algas y plantas solitarias, resignado a una muerte tan inesperada como temprana, y la culpabilidad que me azotaba cada vez que semejante pensamiento cruzaba mi mente. Me negaba a creer que yo era una mala influencia para Dennis. Era él el que debía salir del sobreprotector escudo que Ellette había forjado a su alrededor y aprender a arreglárselas solo.



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