29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del día 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


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Wish you weren't here |Victoire C. Wintercloud| [+18]

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WISH YOU WEREN'T HERE
→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
Mientras estaba tirado en el sofá, me di cuenta de que había una mancha reseca en el techo del despacho de Jannik.

Lo había descubierto el otro día, mientras esperaba pacientemente a que terminase con uno de sus clientes. Aunque aquella noche no teníamos planes ni nada por el estilo, había ido a visitarle después de acordar cosas yo con mi propio cliente -una madre, una mundana, que me había contratado para que asustase al acosador de su hija; nada que me fuese a suponer demasiado esfuerzo- para charlar un rato, para distraerme, porque había estado soberanamente aburrido en mi apartamento toda la mañana.

Esa noche había pasado más o menos lo mismo. Durante el día había localizado al tipejo que se dedicaba a ir detrás de adolescentes para empezar a establecer su ruta diaria y poder pillarle en el momento más inesperado en el sitio más tranquilo que pudiese buscar para nosotros dos. Casi como una cita. Resultaba romántico, ¿no? Luego había decidido pasarme a ver al brujo. No había sido en absoluto porque hubiese recibido una llamada de mi madre esa misma tarde preguntándome cuándo pensaba volver, ni por la discusión que habíamos mantenido, casi a gritos, sobre que mi deber era estar a su lado; tampoco porque el colofón de la misma hubiese sido el llamarme desagradecido y me soltarme, frustrada, que era un fracaso como hijo, para luego ponerme esa voz de súplica que sabía adoptar también cuando sabía que me había herido en lo más profundo.

No había sido porque le hubiese colgado mientras me hablaba con voz vacilante -søn, me había llamado, hijo, como sólo hacía cuando estaba al borde del llanto- pidiéndome perdón. Ni porque no soportase la idea de haber dejado a mi madre llorando en el rincón más oscuro de nuestra casa, sola, ni porque en el fondo aquello no me removiese en lo más profundo para volver junto a ella. Siempre he querido a mi madre más que a mi padre, pero cuando me ofrecieron el trabajo en New York me di cuenta de cuantísimas ganas tenía de marcharme de allí, porque ella seguía siendo ese peso que me hacía ahogarme en lo más profundo sin posibilidades de escapar a ningún otro lugar. Tanto, que ni siquiera ahora que ya había llamado para informar de que no lo aceptaba, se me pasaba por la cabeza la idea de regresar.

Lo siento, madre. Mor. No volverás a asfixiarme tanto nunca más.

Cerré los ojos con pasotismo y suspiré, pasándome la mano derecha sobre los párpados, agotado después de todo. Conté hasta diez lentamente y luego volví a enfocar la mirada sobre el techo, pero la mancha seguía ahí. Igual que el dolor en el pecho, que me hizo plantearme no volver a coger el teléfono si reconocía el número de mi madre. Al menos no durante una temporada. Pero luego sonreí, desganado, sabiendo perfectamente que eso no podría pasar; a la mañana siguiente contactaría con ella para pedirle disculpas por la discusión -porque ella no lo haría, nunca le había visto pedirle perdón a nadie- y el asunto quedaría zanjado. Al menos de momento.

El silencio del despacho acompañaba mis pensamientos. Jannik había tenido que subir un momento por la puerta trasera a buscar a no sé qué otra persona que había solicitado su ayuda hacía un buen rato. Por el tono de voz que había puesto al teléfono debía de haber sido alguien que le cayese en especial gracia, pero no había dicho nombres. Eso no era especialmente extraño; ese maldito brujo era muy dramático y le encantaba crear la sensación de desconocimiento y de misterio cuando sabía que dos personas iban a conocerse. Sin embargo ya estaba tardando. O eso, o la persona a la que estaba esperando había tardado. Tamborileé los dedos sobre el vientre, cantando entre dientes una canción de Pink Floyd que habían puesto en la radio a la hora de comer; Wish you were here, creía recordar que se llamaba. Supongo que era muy oportuna para el momento que estaba viviendo. Volví a colocar el brazo sobre los ojos mientras los acordes de la guitarra resonaban en mis oídos casi como si la estuviese escuchando en esos momentos; esa canción me hacía sentir casi como si estuviese siendo mecido en una hamaca por el compás del viento, a pesar de lo triste que era.

How I wish, how I wish you were here.
We're just two lost souls
Swimming in a fish bowl,
Year after year,
Running over the same old ground.  
What have we found?
The same old fears.
Wish you were here.

La voz de Jannik empezó  a sonar por las escaleras mientras bajaba, hablando probablemente con la persona que había ido a buscar. Dejé de cantar. La puerta se abrió, y Jannik lo inundó todo con su presencia, como siempre; podía sentirlo incluso estando de espaldas a él en ese momento. Y tras él...

Oh, sigues aquí —dijo con un deje divertido en la voz que me hizo enarcar una ceja. ¿Eing?— . Pensé que te habías ido.

Jannik, ¿qué chorradas dices? ¿La edad te pasa factura? —me senté en el sofá y le dirigí una mirada que pretendía ser burlona, pero que se congeló en el momento en que vi a la persona que estaba detrás de él. Entonces le lancé una mirada de odio tal que sólo le provocó una risotada que murió detrás de sus dientes—. Vaya. Cuánto tiempo, rubia.

Ahí estaba Victoire, de pie tras él, tan blanca, tan rubia y con los ojos tan azules como siempre. No la veía desde febrero, más o menos, y su rostro casi se me había olvidado, al igual que el calor de sus labios, pero las heridas que me había hecho protegiéndola habían resultado en nuevas cicatrices y la sensación que me había acompañado al besarla seguía ahí, dentro de mí, guardado bajo llave tras una puerta que no debía de volver a abrir. Había tenido suerte de no toparme con ella en todo ese tiempo, incluso aunque me debía una, según ella. Pero no quería cobrármela. No quería volver a verla. Pero Jannik era un cabrón y siempre lo sería, y ahí estaba, riéndose de mí en mi cara y yo sin poder rompérsela.

En realidad no contaba con que estuviese aquí, Victoire, querida. —puto mentiroso. Se apoyó en su mesa con las caderas y se cruzó de brazos, contemplándola como quien mira una pintura especialmente hermosa—. Pero siempre puede sernos de utilidad. Bueno, decías que me necesitabas para algo. Por favor, procede. Para mí será un placer ayudarte.


Última edición por Michael Stenberg el Vie Mar 30, 2018 1:27 pm, editado 1 vez
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WISH YOU WEREN'T HERE
→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
Le había dado muchas vueltas al asunto. Por demasiado tiempo.

Su madre no hablaba de ello. Hablar del padre de Victorie era tema terminantemente prohibido, de pequeña su madre se mostraba más paciente a la hora de responderle, pero desde que había cumplido los quince años, la rubia había aprendido que preguntar sobre su padre sólo generaría que su madre reaccionara como si la hubieran abofeteado, la mirase con dolor y respondiera de forma seca "No me gusta hablar de Richard, Victorie" No de tu padre, no de tu papá, no de mi esposo. A Suzzette Wintercloud no le gustaba hablar de aquel hombre en ningún término que estableciera algún tipo de relación con ellas. Le parecía extraño, que pese a eso, su madre no se hubiera cambiado el nombre a su apellido de soltera, o que ella en lugar de tener el elegante apellido de su madre Schreave, usara el apellido de la familia de su padre; ni porqué su abuelo parecía tenerle tanto cariño, mientras que a Suzette la trataba con más delicadeza de la que la mujer aparentaba. La única que alguna vez le había dado respuestas había sido Claire, su abuela; y había respondido como sólo las hadas podían hacer, diciendo que su madre siempre había cargado el peso del rechazo en sus venas, que con Richard había permitido que su fortaleza se debilitara y que aquello le había costado caro.

Ella siempre había asumido que su madre había dejado a su padre. Es lo que todos parecían pensar, por como trataban a su madre en las reuniones cuando salía el tema de su matrimonio con su padre, pero empezaba a creer, que había sido él quien se había ido. La idea le dolía más, y le había dolido todavía más cuando se había enterado de Christopher. Algo en ella se había tranquilizado al saber que al igual que ella, su hermano no tenía ni la más remota idea de porqué se había ido o que su padre había tenido una familia antes de él. Pobre de su hermano, había llegado a su vida solo a darle el golpe de que su padre había tenido una familia antes, y dejarlo tan confundido como ella misma estaba. Y ese era el problema, estaba cansada de estar confundida. Había hablado con uno o dos fantasmas -cosa que era totalmente extraña, pues los fantasmas estaban poco acostumbrados a que hubiera gente que pudiera verlos y cuando se encontraban con alguien, se entusiasmaban demasiado- y uno de ellos, un antiguo brujo le parecía, le había comentado que había piedras que podía usar para invocar a un fantasma en concreto, pero no eran cosas que vendieran en cualquier lado y había hecho mucho énfasis, burlón, sobre la posible "ilegalidad" de aquello.

Así que Victorie había acudido al único brujo que conocía en aquella ciudad. Irónico, puesto que había sido por culpa de ese brujo que ella había sido secuestrada (bueno, más que por su culpa, por culpa de los imbéciles que tenía trabajando para él) y si bien uno pensaría que Victorie jamás habría querido tener nada que ver con él de nuevo, en aquel pequeño intercambio que habían tenido, la tensión que el brujo le había provocado había sido suficiente como para que no se la pensara demasiado y salieran aquella vez a cenar. De vez en cuando lo veía, pues disfrutaba de su compañía y tener aliados en el submundo, le venía bien, como era evidente en aquel caso. Una llamada había sido suficiente para que Jannik acordara verla en un lugar a "tomar algo" había dicho, antes de pasar a los negocios como tal. Victorie había aceptado sin muchos problemas, se había puesto lo que denominarían "un típico atuendo en ella" (con el añadido de unas bonitas botas, que le permitían poder pelear sin necesidad de morir en el intento, de ser necesario) y tras un café, varios panecillos y una charla para ponerse al día, se habían encaminado al club donde se habían conocido la primera vez.

Empiezo a pensar, que deseas secuestrarme de nuevo, Jannik— comentó riendo, mientras bajaban las escaleras. El brujo le contestó sugerente y ella rodó los ojos, mientras sonreía pícara. No pensaba seguir con aquel intercambio, o no terminarían nunca, o por lo menos, acabarían haciendo otra cosa que no fuera lo que se habían propuesto en primer lugar. Atravesaron la estancia y ella percibió el típico olor que soltaba la magia de los brujos, como a azufre y a fuego. Había alguien acostado en el sofá, pero ella no pudo dar con quien era, no hasta que Jannik comentó de forma casual aquello, logrando que el individuo se incorporase indignado -o eso le pareció a ella- y cuando le pudo ver el rostro, maldijo en voz baja.

Era Michael.

Al parecer, así como ella, no esperaba su presencia. No es que a Victorie le molestase estar a su alrededor, no. Era peligroso. Había quedado demostrado tras ese beso que ella bien sabía, pudo haber terminado de forma muy diferente de no ser porque ambos estaban heridos y cansados. Y no podía permitirse ese tipo de confusiones, no alrededor de él, porque vamos, el tipo era completamente insoportable a veces, como quedó demostrado en aquel momento —Que decepción— dijo ella burlona —Creí que ya habíamos superado esa fase donde te empeñabas en decirme rubia, ¿No eramos muy buenos amigos y todo eso? Creo que me siento ofendida.

No dijo nada más. De hecho aquel comentario era sólo, palabras dichas con la intención de molestar al mundano haciendo alusión a lo que había pasado entre ellos aquella noche. No pensaba decirlo en voz alta, su orgullo se lo impedía, pero sacarlo a colación con la intención de irritarle, era suficiente para ella. Se volvió a Jannik desdeñando su disculpa —Oh, no te preocupes Jannik— dijo divertida —Necesito conseguir información de un nefilim que falleció. Tengo la vista espectral, por lo que puedo ver a los fantasmas— comenzó explicándoles a ambos la situación lo más neutral que le fue posible, no quería que ninguno sospechase lo personal que era para ella —Y uno de ellos me comentó que hay formas de conseguir un tipo de gema o mineral especial, como el de mi anillo— y mostró a ambos aquella pieza de joyería —Este detecta demonios. Pero aquel fantasma me dijo que podía conseguir alguna que invoque a un fantasma, así haya "pasado" ya. Hizo mucho énfasis en lo ilegal del asunto, así que evidentemente, no puedo pedir ayuda a la Clave y no tengo ni idea de donde buscar— admitió a regañadientes.

Quería saber si tenías alguna idea de donde podía conseguir alguna. O si existían siquiera, bueno, cualquiera de los dos— aún que si Michael no hubiera estado ahí, ella jamás le habría pedido ayuda de nuevo. Pero vaya, el destino estaba en su contra y se empeñaba en unirlos una y otra vez.




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→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
Los mejores amigos —ironicé—, por eso lo de rubia. ¿Ves? A Jannik como le tengo tanto aprecio le llamo pelirrojo de mierda o cornudo pervertido de vez en cuando. Así, por divertirnos.

El mencionado se cubrió la boca con la mano, obviamente para ocultar la risa que le estaba naciendo de los labios. Iba a matarle cuando Victoire saliese de aquí. O igual lo mataba con ella delante porque, total, un brujo menos; seguro que el mundo me lo agradecía. O al menos, más de uno. Y morir a manos de una nefilim no podía ser tan malo, después de todo; sería mejor que morir a manos de mi madre después de descubrir lo que había sucedido con Victoire. Lo que podría haber sucedido. Lo que me encontraba anhelando cada vez que pensaba en ella. Puto, puto Jannik. ¿Por qué no era capaz de no meterse donde no le llamaban? Evidentemente para él el asunto no era sino una mera diversión para sacarme de mis casillas; no comprendía lo que me estaba jodiendo con aquella bromita de las narices, claro que no. ¿A él qué más le daba?

Bufé. Jannik se sonrió y habló. Y yo sólo escuché, aparentemente sin demasiado interés. De verdad que no resultaba tan difícil de entender que no quería tener nada más que ver con ella en lo que me quedaba de vida... ¿verdad? Pero algo no me dejaba. No supe si llamarlo universo, destino o brujo de mierda. Sin embargo, a veces no se te cierra una puerta sin abrirte una ventana. ¿Era yo, o Victoire estaba pidiéndole ayuda a alguien más? Jannik adoptó su expresión seria y profesional... pero yo no. Yo esbocé una sonrisa tan amplia como socarrona mientras entrelazaba los dedos de las manos y dejaba los brazos apoyados en las piernas.

Espera, espera. Que quiero inmortalizar esto para el resto de mi vida. ¿Estás reconociendo abiertamente que necesitas ayuda?

Michael...

Porque es lo que me parece a mí, vaya. "Quería saber si tenías alguna idea de dónde conseguir alguna" suena a eso, desde luego. —Jannik sonrió por la comisura de los labios, pude verlo. Y eso no me gustó tanto como la idea de reírme de Victoire un poco más. Pero ah... era tan divertido observar su intento de permanecer impasible ante aquello—. Claro que te ha faltado el por favor, aunque bueno, se te perdonará porque evidentemente no estás acostumbrada a usar ese tipo de lenguaje. Si quieres puedo enseñarte...

Michael, deja tu lengua para otros menesteres. —Sus ojos verdes se encontraron con los míos, y durante un sórdido segundo tuve la impresión de que estaba diciendo eso a propósito; que sabía que la había besado en un momento de debilidad, aunque yo no se lo había contado, y eso fue suficiente para mantenerme la boca cerrada al menos durante un par de minutos—. Discúlpale. Ya sabes que es un imbécil de cuidado. —Le sonrió con cierta complacencia, y me sentí algo molesto al respecto. Gruñí, me dejé caer sobre el respaldo del sofá y crucé los brazos tras mi cabeza—. Un cristal para invocar fantasmas es algo difícil de encontrar incluso en New York, ma chérie. —Se colocó los dedos sobre el mentón, pensativo. Joder, ¿de verdad se lo había tomado en serio? Victoire debía de gustarle de verdad—. No habrá muchos brujos que puedan conseguirte uno. Yo, por desgracia, no soy uno de ellos. Y de mis contactos...

De tus contactos no creo. Pero hay una...

Los ojos de Jannik se iluminaron. Yo me reí.

Ah, sí. Es verdad. Lucretia. —Yo asentí y él se pasó la mano por la cara—. Muy a mi pesar, me temo que yo no puedo ayudarte a conseguirlo, preciosa. Lucretia entra en mi lista de personas que querrían verme, sino muerto, al menos muy malherido.

Mala suerte, rubia. ¿Ves? Eso te pasa por...

Sin embargo, Michael podría ayudarte a conseguirlo. —Su voz me cortó completamente y me hizo erguirme. No. Ni de coña—. Él ya ha trabajado para ella un par de veces desde que llegó. Y me aventuraría a decir que incluso tienen una muy buena relación.

Jannik...

Si le ofreces el precio adecuado, estoy seguro de que podría llegar a echarte una mano. Porque Michael, ante todo, es un profesional, ¿verdad? No le gustaría nada que su hoja de credenciales tan perfecta se viese manchada por no haber aceptado un trabajo; incluso aunque se lo haya pedido una nefilim. No querríamos que este pequeño rumor se expandiese como la pólvora, ¿verdad?

Decir que odiaba a ese puto brujo de mierda era poco. En realidad mi reputación no me importaba un carajo... en Dinamarca. Ahí tenía suficiente renombre como para darme el gusto de rechazar trabajos que no me interesasen; el de la bruja que me había llevado allí incluido, e incluso ese no era tan horrible como podía parecer, ya que nadie era tan idiota como para enfrentarse a una bruja que no estaba completamente seguro de que pudiese, al menos, contener. Una cría hubiese sido plausible, pero una mujer adulta casi completamente desarrollada... Era para suicidas. Sin embargo, en New York no me podía dar el lujo de ser tan 'caprichoso' si quería seguir comiendo, y el puto Jannik lo sabía. Ya me estaba labrando una reputación más o menos interesante y aquello podría echármelo todo a perder; sobre todo porque quedaba ridículo que me negase a ayudar a la mujer a la que había salvado la vida de morir de manos de unos imbéciles chupasangres.

Porque oh, sí, tampoco era algo desconocido en el submundo. No era información del dominio de todo el mundo, por supuesto, pero algunas cabezas pensantes lo sabían, y lo usaban para tenerme vigilado. ¿Amigo de los nefilim? ¿Enemigo? ¿Neutral? Joder, ¿quién coño me mandaba sentirme sensiblón esa puta noche?

Así que me encontré gruñendo mientras bajaba los brazos y dejaba las manos sobre las piernas, casi apretando los dedos sobre el pantalón.

Sólo si la rubia me lo pide por favor —terminé respondiendo, provocador a la máxima potencia.
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→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
Tu siempre tan considerado— dijo ella sarcástica. No sabía que tenía Michael que la alteraba tanto. La francesa normalmente era bastante amable, tranquila, usando la ironía lo menos posible, pero con el mundano era imposible ser otra cosa que no fuera sarcástica; desde el primer momento que se había topado con él había sido un intercambio de frases sarcásticas, frases rebuscadas para irritar al otro y también (por mucho que no quisiera admitirlo) habían coqueteado, si bien dudaba mucho que alguno de los dos fuera admitir eso en voz alta, mucho menos admitir que ese beso había ocurrido. Claro que para Victorie no tenía sentido ocultarlo, teniendo en cuenta que la única persona presente aparte de ellos era Jannik que ya sabía lo que había ocurrido entre ambos, ella se lo había dicho a cambio de que él le respondiese una pregunta que curiosa, había formulado.

Su atención se desvió hacia el brujo al verlo contener las ganas de reír. ¿Lo habría hecho a propósito? Michael parecía ya llevar tiempo en aquel lugar antes de que ella y el pelirrojo aparecieran, había reaccionado extrañado cuando Jannik había dicho que no sabía que estaría ahí, pero por más que le daba vueltas no entendía porqué el brujo lo habría hecho ¿Molestar Michael era tan importante para él? La joven se mordió el labio pensativa, sin embargo en aquel momento las dobles intenciones del brujo no le importaban tanto como encontrar respuestas sobre su pasado.

Una vez terminó de hablar, se giró hacia Jannik, dispuesta a ignorar olímpicamente a el mundano, de no ser que este no podía contener las ganas de tocarle las narices por haberle pedido ayuda. Claro, por supuesto que no. Suspiró mientras miraba al mundano como si fuera un niño pequeño y ella una madre que espera que se le pase su rabieta. Arqueó la ceja, mirándolo con una indiferencia bien practicada, era la misma cara que ponía cuando en el Consejo le decían que su opinión no contaba en aquel asunto. Apretó los labios y rodó los ojos incapaz de contenerse por más tiempo —Si mundano, si, ¿Necesitas una cámara también? ¿Quieres que lo repita para que te diviertas cuando no tengas nada mejor que hacer?— había dicho mundano con toda la intención del mundo, pero algo le decía que a Michael no le molestaría tanto como ella esperaba.

Ella se rió irónica —Perdón, ¿Es qué tú estás acostumbrado a ese tipo de lenguaje como para enseñarme a usarlo?— si ella era incapaz de pedir ayuda, Michael se cortaba el brazo antes de pedir una sola cosa en su vida, por favor, qué ridículo. Ella siempre había sido capaz de admitir cuando necesitaba ayuda, claro que ni en sus peores pesadillas habría venido a pedirle ayuda precisamente a ese maldito humano irritante, pero el destino, el destino amaba humillarla al parecer —Vaya y yo que creía que jamás habías escuchado el significado de "Gracias" o "Por favor" ¿O te he confundido?

Claro que ella no tuvo que añadir nada más, porque Jannik se encargó de ponerlo en su lugar con una indirecta que la hizo esbozar una sonrisa arrogante, como si el brujo y ella estuvieran compartiendo un bonito secreto. Con Michael callado, Victorie pudo recobrar su compostura, cruzándose de brazos mientras miraba al brujo con esa dureza de "nefilim" cuando su forma de caminar, de hablar y de mirar era la de un cazador de sombras, tranquila, profesional y con cierto peligro en su aura. —¿Michael imbécil?— ironizó ella con diversión —Que va, si es un encanto— el sarcasmo en su voz era evidente; no podía negar que aquello la divertía, hablar de él como si no estuviera en la habitación, molestándole directamente en sus narices, era una forma muy efectiva de vengarse por su escenita anterior. Apretó los labios cuando Jannik dijo que no podía ayudarle, mierda. La otra opción era irse a Francia, pero apenas pisase pie en aquel país, su madre se enteraría y se encargaría de no dejarla en paz por mucho, mucho tiempo.

Suspiró. Al parecer todas las preguntas que tenía, estaban destinadas a quedarse sin respuesta. Mencionaron el nombre de otra bruja, una que ella jamás había escuchado y por un segundo suspiró aliviada, pero claro que no, no iba a ser así de sencillo. Si Jannik no podía ayudarla, sólo quedaba Michael y... No. Ambos al parecer estaban pensando lo mismo, porque la negativa del mundano fue tal que incluso logró que ella se indignase un poco. Mira, que si el cabrón no quería ayudarla, ella no necesitaba ayuda de nadie. Jannik se dedicó a molestar a Michael un rato, mientras la rubia se mantenía impasible, intentando encontrar una solución al problema en el que se había envuelto muy a su pesar.

La última frase de Michael la hizo tensarse. Lo miró con los ojos azules brillando furiosos, mordiéndose la lengua para decirle por donde se podía meter ese por favor, porque ella no pensaba pedirle nada por favor, como si lo necesitase tanto y sin embargo... El recuerdo de la mirada de su madre dolida brilló contra sus ojos, su propio dolor, lo que le había dicho a su medio hermano. Ella necesitaba saber, y si para encontrar la información que necesitaba significaba que tenía que humillarse y decirle por favor a aquel egocéntrico, podía hacerlo. Apretó los labios antes de rodar los ojos —Oh Michael, por favor, por favor, ¿Podrías ayudarme a conseguir el maldito cristal ese? Sinceramente, con el dinero no tengo ningún problema, mientras no te pongas chulito y quieras que te pague en euros. Y mientras no sean más de mil dólares, creo que tampoco te estoy pidiendo gran cosa— dijo con un suspiro —¿Tenemos un trato entonces?— preguntó, mientras lo miraba.

Vamos ¿Qué era lo peor que podía pasar? Ya había trabajado contra su voluntad con Michael en dos ocasiones, sobreviviría a una tercera.

Suspirando, se miró las uñas. Esperaba no necesitar armas, porque lo único que llevaba consigo era el látigo enroscado en su muñeca, y sólo porque era la única arma que podía pasar por un accesorio, si no, habría salido sin nada. La estela también la llevaba, pues nunca salía sin ella de poderlo evitar, pero sus cuchillos serafín, su espada, los chakrams, dagas y demás menesteres, estaban en su apartamento o en el Instituto, no podía recordar donde —Si necesitaremos armas, necesito ir al Instituto por algunas, sólo traigo mi látigo—comentó, sin dirigirse a nadie en específico.




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WISH YOU WEREN'T HERE
→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's/Calle  → Cálido
Oh bueno, aquello realmente no me lo había visto venir, aunque tampoco habría esperado que Victoire realmente me hubiese casi suplicado que le ayudase con lo que necesitaba, por lo que rápidamente concluí que debía de ser algo de gran importancia para ella, lo que me hizo preguntarme para qué coño quería una piedra de invocación de fantasmas. Enarqué una ceja intentando evitar -prometo que lo intenté- esbozar una sonrisa que rallase lo estúpidamente satisfecho que me encontraba a nivel personal por haber conseguido que pasase por encima de su orgullo al menos un poco. Me llevé una de las manos a los labios y me los cubrí, aparentando pensar cuando en el fondo estaba entre deleitado y... jodido. En el fondo había esperado que no accediese, mierda. En fin. Un trabajo era un trabajo...

¿Mil dólares? Estamos que tiramos la casa por la ventana, ¿eh? —contesté jocoso—. Está bien, acepto el trabajo. Ya pondremos el precio después. Dependiendo de lo que necesitemos para que esa loca nos de lo que quieres adquirir. —Me puse de pie, me sacudí los pantalones aunque no lo necesitaba y la contemplé—. Wow, wow, wow. ¿Instituto? De eso nada, monada. Yo no me acerco a esa iglesia ni aunque me vaya la vida en ello. —Alcé la muñeca para mirar el reloj que llevaba—. Yo también necesitaré coger algunas cosas. Encontrémonos a las diez y media en la puerta este de Central Park; tampoco hace falta que vengas armada hasta los dientes, pero no estaría de más que trajeses algo más que tu látigo y algún que otro cachivache nefilim de los tuyos. Y procura no llegar tarde.

Tras decir aquello no esperé ninguna respuesta por su parte, ni me despedí de Jannik profusamente, puede decirse. Una leve inclinación de cabeza con un implícito gesto en la mirada de te-mataré fueron suficientes para que entendiese lo que estaba pensando al respecto. Él sólo sonrió abiertamente mientras me decía adiós con la mano, y yo me dije a mí mismo que esta me la guardaba.

----

Aunque era agosto se levantó una suave brisa veraniega que fue de lo más agradable. Me aparté los rizos de la cara mientras esperaba a la nefilim, preguntándome exactamente por qué demonios había dejado que Jannik me manipulase de esta manera. ¿Y por qué parecía tan interesado en que trabajase con ella? Por la expresión que había puesto mientras me arrinconaba contra la pared cual ratón frente al gato había visto brillar en sus ojos esa expresión maliciosa que sólo ponía a veces y que me hacía recordar que realmente era el hijo de algún demonio. ¿Acaso era consciente de lo que me atraía Victoire y quería ponerme a prueba, a ver dónde me estaba marcando mi propio límite o si me atrevería a cruzarlo? Gruñí. Cuando volviese a encontrarme con él pensaba darle de hostias...

Suspiré y miré el reloj. Faltaban aún diez minutos para la hora acordada. Saqué el mechero de plata que me había regalado Lykke, la chica con la que había vivido seis frenéticos meses de relación, un zippo, y empecé a darle vuelta entre los dedos. En su superficie llevaba grabado el mismo lema que me había tatuado en el brazo después de romper con ella, No hay ley que no pueda ser quebrada si la voluntad es la suficiente. No recuerdo exactamente de dónde sacamos esa gilipollez, pero éramos jóvenes, estábamos hasta el culo de alcohol y experiencias cercanas a la muerte; además las leyes en sí nunca fueron mucho de lo mío. Por las leyes mis padres habían sido desgraciados, así que...

«Una piedra para invocar fantasmas. ¿Para qué querrá Victoire algo así?»

Lo primero que pensé es que querría hablar con algún novio muerto, y una sonrisa sarcástica se me dibujó en los labios. En realidad no me parecía tan descabellado, porque aparentaba ser de esas chicas románticas que estaban dispuestas a hacer cualquier sacrificio por el amor de su vida; o era una prejuicio que tenía sobre ella por ser francesa, vamos. A mi mente se vino como una sombra, entonces, el recuerdo de algo que me había dicho la noche en la que matamos a Skull y sus secuaces. Hay un fantasma rondándote. Un fantasma... El primer pensamiento se dirigió a mi padre, y la simple idea me hizo estremecer; no lo consideraba especialmente cariñoso pero el muy cabrón habría hecho cualquier cosa con tal de putearme la vida... Sin embargo mis pensamientos luego se dibujaron hacia Abby, y la tristeza me invadió. La idea de que estuviese rondándome me pareció estúpidamente encantadora, como lo había sido ella, pero sinceramente esperaba que no; prefería que no. No sabía qué había tras la muerte, pero seguro que mínimo era igual de malo que el mundo real, pero al menos así no padecía ni sufría. Nadie podía hacerle daño otra vez.

Ahogué un suspiro antes de alzar la cabeza para otear el horizonte. Apoyado contra un árbol vi aparecer a Victoire a mi lado cuando menos me lo esperaba, sigilosa como una gata. Le di un par de vueltas más al mechero antes de guardarlo y erguirme.

Muy puntual. ¿Nos vamos? Nos queda una noche movidita...
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→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
Mi apartamento vale mucho más que mil dólares— ironizó, sin añadir el "Como seguramente puedes saber, ya has estado ahí" que sé quedó flotando entre ambos, como una indirecta. Realmente tenía la esperanza de perder mucho menos dinero que ese pero era un precio que estaba dispuesta a pagar con tal de sacarse las dudas que le comían la cabeza. Lo que hacía el amor supuso, había sido esas estúpidas dudas las que la habían llevado a Nueva York y eran esas estúpidas dudas las que hacía que estuviera dispuesta a gastar dinero con tal de averiguar la verdad sobre su pasado —Por supuesto— no esperaba otra cosa de él a decir verdad, cuando se trataba de negocios al parecer aquel mundano si que podía ser profesional. Qué diferente se veía sin esa vulnerabilidad que había tenido una vez cansado, con una sonrisa sincera, parecía una persona totalmente distinta —Está bien, sólo te recomiendo no te adentres demasiado en el Central Park— empezó ella, mientras sonreía enigmática, sus ojos azules brillando con tal picardía que si pudieras ignorar por un segundo las runas que adornaban su cuerpo, verías a la descendiente de un hada, hermosa pero con una sonrisa tal que te haría lamentar haber deseado lo que estabas deseando —Es un territorio de hadas.

Lo vio irse y con un suspiro se volvió hacia el brujo. Ambos, nefilim e inmortal, intercambiaron miradas durante unos segundos, hasta que finalmente la rubia caminó hacia donde el hijo de Lilith se encontraba con una sonrisa encantadora en los labios —Eres un maldito tramposo Jannik, Michael te va a cobrar esa muy caro— lo abrazó y le dio un beso en la mejilla, antes de darse la media vuelta, siguiendo los pasos de aquel mundano pero partiendo en una dirección completamente distinta. Quería pasar por el instituto a agarrar unos cuchillos serafín, ver como estaba Kimara (había dejado a la cachorra con su hermano y si bien la Border Collie solía ser bastante educada, prefería asegurarse) y no le vendría mal probar los chakrams que había visto en el instituto; no se comparaban a los suyos, pero la verdad, se veían bastante filosos y letales, faltaba ver si el peso era el adecuado...

**

Las estrellas iluminaban el camino con la luna en pleno auge, cuando Victorie se encontró cerca de Central Park. Había dejado aquel atuendo elegante para sustituirlo por un pantalón de cuero flexible, la chamarra de cuero y un peplum top dorado, porque como no estaba en una misión oficial, eso de ir todo de negro le disgustaba. Traía runas recién puestas recorriendo sus hombros, la clavícula y los brazos, enroscado alrededor de su muñeca, estaba aquel látigo, de su cinturón colgaba la estela, el cuchillo serafín y los dos chakrams. Podía haber venido con muchas más armas, pero la verdad, dudaba que hubiera necesitado más de dos; había cogido más armas de las necesarias por sentirse tranquila más que por otra cosa.

Ir a Central Park, no le gustaba. Pese a que había estado bromeando cuando le había comentado a Michael aquello, la verdad es que últimamente se sentía mucho más intranquila acudiendo a aquel lugar que nunca. Claire, la maldita de Claire traía algo en mente, como si tuviera miedo que Victorie fuera a dar un paso en la dirección incorrecta o ¿Era la correcta? Las hadas eran un maldito dolor de cabeza. Debió haber hecho caso a su madre, cuando le había dicho que se mantuviera alejada de su abuela, en fin, no era tiempo para reflexionar sobre aquello. Ya vería como se deshacía de la "atención" de su abuela.

No le tomó mucho tiempo dar con el mundano, que parecía absorto en sus pensamientos. Ahí, recostado contra un árbol como estaba, jugando con un encendedor y con los rizos acomodándose alrededor de los ojos, le pareció una imagen demasiado digna de inmortalizar. Mierda. ¿Ya iba a empezar con aquello? Su madre siempre había reprobado la necesidad que tenía su hija por la pintura y el arte, y su amor por tomarle fotos a todo como si quisiera detener el tiempo de la forma en la que ella lo veía, pero para Victorie era una forma de mostrar los recuerdos que la perseguían, una y otra vez con vívido detalle. Después de todo, cuando tienes una memoria fotográfica como la de la francesa, empezabas a darte cuenta de que las fotos eran la forma de enseñar al mundo lo que tu veías una y otra vez. Un recuerdo perfecto encapsulado en el tiempo.

Yo nunca llego tarde a nada— respondió ella con sinceridad, sin saber muy bien porqué. Asintió mientras jugaba con el anillo que colgaba de su cuello. Era el anillo de su familia y tenerlo cerca le trasmitía una paz que no podía expresar en voz alta, más teniendo en cuenta lo que pensaba hacer, porque no le cabía duda que apenas pusiera la mano sobre aquel objeto, no podría contener el impulso de utilizarlo —Claro, te sigo, mientras no elijas calles infestadas por demonios nuevamente...— bromeó, pensando en la primera vez que se había topado con él, cuando había puesto una trampa para ¿Drevaks habían sido? Creía recordar que si.




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→ Miércoles → 22:30 → Calle  → Cálido
Vaya, estás más dorada de lo habitual —bromeé, intentando no desviar la atención hacia sus clavículas o hacia su cuello, donde las runas brillaban con un negro como el carbón sobre su piel especialmente blanca.

Genial, no habían pasado ni dos minutos desde que había llegado y ya me estaba arrepintiendo profundamente de haber aceptado ese trabajo; Jannik podía haberse metido los mil dólares por el culo y yo habría pasado una velada tranquila sin sentir que me calentaba sólo con verle un ridículo trozo de piel semitatuada. ¿Qué coño me pasaba? No era un jodido preadolescente con las hormonas revueltas que se ponía cachondo al ver dos tetas que ni siquiera tenían por qué ser bonitas -no es el caso de Victoire; aunque intenté no pensar en lo firmes que parecían-; ya había tenido suficientes oportunidades en mi vida de desfogarme, y desde que la conocía, todavía más. Pero el escalofrío que sentía en la nuca cada vez que la veía persistía, y, concluí, debía de ser porque era la única mujer del mundo a la que deliberadamente del mundo me estaba forzando por evitar, a pesar de lo que la deseaba.

¿El factor 'fruta prohibida', podía ser? Pura mierda, vamos.

Tranquila, eso sólo lo reservo para las primeras citas. Cuando estoy en una relación con tanto rodaje como la nuestra prefiero los caminos infestados de nefilims pirados que se han pasado al lado oscuro. Le dan más caché a la cosa. Vive en Harlem, así que acelera el paso o estaremos toda la noche viajando.

Le indiqué con la cabeza que me siguiese, y empezamos a caminar en dirección a la casa de Lucretia, que estaba ubicada en la calle que formaba parte de la 128 que hacía esquina con la Avenida Ámsterdam, en pleno corazón de Harlem. Nos quedaban casi una preciosa hora de trayecto a pie donde intercambiar un montón de silencios incómodos que nos llevarían a terminar insultándonos o algo mejor; una perspectiva deliciosa de una bonita noche de agosto porque Jannik no sabía tener la maldita boca cerrada. Porque por mucho que me gustase hacer rabiar a Victoire, no era precisamente la visión idílica de cómo pasar un rato antes de irme a dormir el terminar discutiendo con ella a gritos, o tenerla al lado sin permitirme el tocarla, rozarla siquiera con un dedo, visto lo que había sucedido la última vez que me había dado el lujo de flaquear frente a ella.

Aunque bueno, quizás la perspectiva de mierda no iba sólo por la nefilim, sino también por la bruja a la que íbamos a ver.

Al igual que Jannik, había trabajado con mi madre hacía mucho tiempo, incluso antes de que yo naciese, y la había visto un par de veces en mi vida antes de venir a vivir a New York, porque era realmente buena en las cosas que hacía, pero al contrario que él, me hacía sentirme bastante incómodo porque tenía la tendencia de mirar dentro de tu cabeza sin tu puñetero permiso, y de hablar demasiado de cosas que no le interesaban para nada. Sin embargo, como nunca me había faltado profesionalidad, había sido capaz de encarar mis relaciones con ella sin mayores dificultades. Además, sus trabajos eran buenos y pagaba bien. Pero me sentí en la obligación de advertirle a Victoire que no iba a ser una visita de placer, así que me coloqué a su lado y tras suspirar, le hablé.

Por cierto, rubia, será mejor que te cuente un par de cosas de la vieja a la que vamos a ver. Las brujas y los brujos por lo general son... bueno, llamémosles peculiares, como sabrás, pero esta está completamente pirada. Tiene casi ochocientos años y tuvo un par de cruces malos con la Inquisición Española antes de conseguir escapar definitivamente, aunque dudo que nadie pudiese tener algún cruce bueno con ella, y eso le trastocó la cabeza... bastante. Así que habla sola, se ríe de cosas que no ha dicho nadie y bueno, en general, está como una cabra. Además, se quedó ciega hace unos cien años, durante la Primera Guerra Mundial, pero te mirará como si pudiese verte, así que prepárate para sentirte jodidamente incómoda. ¡Ah! Y puede leerte la mente y tiene la tendencia de hablar de más, pero es una de las mejores que conozco a la hora de conseguir objetos extraños y realizar pociones que no suele tener nadie más. Te cuento todo esto para que vayas mentalizada; a mí mi madre no me dijo nada al respecto y la primera vez siempre impresiona, además de que, bueno, ganas de matar.

La última vez que nos habíamos visto, al poco de llegar a la ciudad, me había terminado poniendo de los nervios de tal modo que tuve que largarme de allí antes de atravesarla con la katana para que dejase de hablar, y mientras aguardaba tras la puerta del baño a que me calmase, la escuchaba reírse de fondo completamente sola en la habitación donde experimentaba. Había resultado escalofriante. El simple recuerdo me puso la carne de gallina y me froté inconscientemente la nuca antes de deslizar los dedos hacia el medallón con la foto de Abby. Odiaba ser tan vulnerable, en el fondo. Uno podía ir toda la vida aparentando que las cosas le daban igual -y por lo general me lo daban, vaya-, pero cuando tocaban determinados aspectos sólo quedaba retorcerse y sufrir.

Y dime. Una nefilim como tú, importante y con su puesto en el Consejo, ¿suele ir pidiendo favores clandestinos para conseguir cosas ilegales? Porque si ha habido algo que me ha sorprendido casi tanto como que hubieses tenido que venir a pedir algo o que hayas sido capaz de decir por favor ha sido la petición en sí. ¿Te sientes traviesa esta noche, rubia? Porque te puedo llevar a sitios más divertidos de la ciudad a hacer cosas más placenteras que ir a ver a una chalada.
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→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
No me gusta ir toda de negro cuando no estoy en misiones oficiales del Consejo— fue lo único que ella dijo sin saber muy bien porqué había sentido la necesidad de explicárselo, como si quisiera dejarle en claro que sólo porque las múltiples veces que la había visto, daba la casualidad de que ella estaba de patrullaje o en misiones, no quería decir que siempre vestía como si fuera una cazadora de sombras. ¿Qué le pasaba? ¿Y qué mierda le importaba a Michael si ella vestía o no distinto? No es como que fueran a salir para que viera que ella era capaz de vestir de otra forma. Negó con la cabeza mientras jugaba con el anillo en su cuello de forma distraída, tratando de volver a recobrar su perfecta compostura.

"Tienes cosas más importantes por las cuales preocuparte" se recriminó sentenciándose a si misma a seguir pensando de esa manera sobre el mundano y más bien concentrarse en lo que iba a hacer. Se sintió mareada por un segundo y sintió el impulso de decirle a Michael que se fuera, que pensándolo bien, no deseaba hacer eso, no quería invocar a un fantasma, mucho menos al de su padre, para que posiblemente le dijera como ella y su madre al final, habían sido efímeras para él, tanto que había podido formar otra familia sin problemas. Tenía tanto miedo de escuchar lo que no quería escuchar, pero su esperanza de toparse con algún tipo de respuesta que hiciese que todo tuviera sentido, era lo que la movía. Maldita esperanza, la esperanza era el peor de los venenos.

Su mención a los seguidores de Valentine hizo que un escalofrío la recorriera. Había estado terriblemente cerca de morir cuando el ataque al Times Square había sucedido, recordaba la forma en que Sebastian la había amenazado, diciendo que si quisiera sus ojos como trofeo, los pudo haber tenido. Él sabía lo que ella era, la sangre que corría por sus venas; Victorie pese a tener menos sangre féerica que su madre, tenía muchas de las características que señalaban que la sangre de hadas seguía presente en ella y por esa extraña mezcla, Sebastian había parecido encantado, a un punto que ella había deseado que la matase, con tal de que dejara de verla de ese modo, que dejase de provocar tanto daño —Mis favoritos— dijo ella con un sarcasmo demasiado oscuro pues el recuerdo le amargaba la boca —Nada mejor que nefilims desquiciados para encender una cita. Especialmente si te topas con su líder, puntos dobles por pirómano. ¿Acelerar el paso? Sin problemas, sólo no te vayas a quedar atrás— lo molestó antes de disponerse a seguirlo.

No tenía problemas con el silencio, así que se dedicó a seguir al "mundano" (porque pese a saber que de mundano tenía lo mismo que ella, no podía dejar de pensar en él de esa forma) en un silencio formal, sus ojos azules danzando entre las calles, esperando por algún ataque. Después de todo podrían confundirse por la falta de runas de él, pero el olor de su sangre era delatador para ambos caminantes entonces ella casi esperaba que un demonio o un nefilim desquiciado como Michael había sugerido; saliesen de la nada para intentar acabar con un combo al mejor estilo 2x1. Pero parecía una noche tranquila, conforme caminaban las personas que pasaban disminuían, no había ya animales y si bien le pareció ver de reojo la figura de un hada mientras Central Park se perdía de su vista, le atribuyó a un reflejo de la luna sobre las hojas de un árbol; la perspectiva de que un ser féerico la estuviera vigilando le causaba escalofríos. Algunos mundanos desviaron la vista hacia la peculiar pareja, pues si bien se veía que iban juntos (en el sentido de que se dirigían al mismo sentido) no había muestra alguna de que estuvieran manteniendo algún tipo de conversación, fuera de esa forma coordinada en la que se turnaban para vigilar flancos, la forma en que cuidaban las espaldas del otro, se mordió la lengua a tiempo para no soltarle a Michael que si él fuera nefilim, ellos serían muy buenos compañeros de cacería. Trabajar a su lado le producía casi la misma paz que sentía con Alam o Amelia; la de estar trabajando con alguien que sabía lo que hacía.

Se volteó a verle cuando habló, posicionándose cerca de ella. Mientras lo escuchaba su atención se centró en él de forma inconsciente. En la curva de su mandíbula, los ojos oscuros, los cabellos rizados, odiaba lo mucho que le gustaba verle, como si fuera algún tipo de veneno especialmente bonito, un arma bien afilada, un peligro disfrazado. Asintió a lo que le decía Michael. Ella sólo había tratado con una bruja antigua en su vida, que si bien no estaba loca como una cabra, parecía tener bastante miedo de acabar de esa forma. Victorie no había entendido porqué hasta que Olivier le había dicho que tenía la premonición, la capacidad de ver sucesos futuros como si fueran sueños o visiones que la asaltaban; pero aún así, dicha bruja había sido terriblemente profesional, como si toda su vida se hubiera dedicado a vender sus favores. Lo que si la hizo maldecir fue lo de leer mentes, mierda. —Mi clase favorita de brujas, las que pueden hurgar en tu cabeza— ironizó. Había conocido a uno así, ¿Fred...? ¡Frederich! Gracias al cielo, el brujo era uno bastante agradable y le había explicado la forma en que funcionaba su don, para que ella supiese como bloquearlo en su mayor medida —De todos modos, por naturaleza somos bastante resistentes a ese tipo de mirones mentales. Si te centras en una cosa cualquiera, como la canción de una letra o algún texto que hayas leído, les cuesta más llegar a tus pensamientos de verdad. No es una protección total, pero les complica el trabajo y como tienen que meterse más a fondo, alcanzas a sentir cuando está jugando en tu cabeza si no es tan buena, si es una bruja antigua y buena con la telepatía, a rezar porque no encuentre nada que pueda usar en tu contra.

Por un momento se preguntó si la bruja se daría cuenta de lo mucho que se sentía atraída hacia Michael y si haría un comentario al respecto o era de esos inmortales, como Jannik que se contentaban con soltar indirectas para que ambos lados se sintiesen incómodos pero sin llegar a decir nunca las cosas derechas como son. Prefería mucho más la segunda clase, pero le había tocado toparse con personas (Ejem. Hadas, malditas y puñeteras hadas) que siempre sin necesidad de tener dones de premonición, clarividencia o telepatía, siempre averiguaban aquello que te molestaba más, que querías admitir menos y terminaban usándolo en tu contra. Era esa la razón por la que desde que había pasado por su cabeza la idea de invocar al fantasma de su padre se había mantenido bien lejos de su abuela.

Se rió ante su comentario. Le guiñó el ojo, divertida mientras una bonita sonrisa traviesa se formaba en sus labios —Te sorprendería las cosas que soy capaz de hacer— no era la primera, ni la última vez que recurría a brujos o seres del submundo para conseguir algo que ella necesitaba. Así había sido como había conseguido el nombre de su medio hermano, qué había obtenido el arma de hadas que ahora se enroscaba en su muñeca; y tenía entendido que el anillo que detectaba demonios que ella portaba, había sido un regalo que había recibido su madre a cambio de ayudar a un brujo. Victorie era una de las tantas nefilims que creía que a la Clave le faltaba escribir un reglamento más actualizado. Su siguiente frase la tomó con la guardia baja y si bien no dio muestras de alterarse si sintió el brinco que pegó su corazón en su pecho, entusiasmado por el peligro que había en las palabras del mundano. Joder. ¿Le ponía tanto pensar en hacer algo que posiblemente sería mal visto por cualquier cazador de sombras? ¿Por qué eso era no? Sonrió pícara antes de contestar con aquel tono aterciopelado que había usado en su apartamento, sin poder evitar responderle de la misma forma que él había soltado aquel comentario —Por muy tentada que me siento a tomarte la oferta... Porque no me vendría mal, especialmente si eso me evita ver a una chalada loca...— dijo haciendo una pequeña pausa antes de proseguir —Necesito ese objeto.

Casi se odió a si misma por decirlo. Por admitir que lo necesitaba con tanto ahínco. Porque quería tomarle la oferta, de verdad quería, no le vendría mal olvidarse de sus preocupaciones un rato por mucho que no quería admitirlo. Porque quería ver si una vez que dejara que pasara lo que hubiera pasado en su apartamento si ambos hubiesen estado menos molidos, se le quitaba aquella necesidad que tenía de coquetear con él, de ser aquella mujer francesa seductora que podía llegar a ser. Y pese a eso, sabía que para poder tomarse ese tipo de lujos, primero necesitaba dejar de pensar en su padre. Maldito sea. ¿Quién habría pensado que un muerto podría hacer tanto daño?

Anda mundano, entre más pronto acabemos, más pronto podré irme a ser traviesa a otro lado— bromeó antes de avanzar moviéndose con esa agilidad y elegancia que la caracterizaba. Por un segundo se sintió tentada a voltearse, para ver si el castaño la estaba mirando, sin embargo fue la fuerza de voluntad la que logró que mantuviera la vista fija hacia adelante. Ya no podía seguir dándose el lujo de voltear atrás, su vida había dado un giro de 360 grados la última vez que se había detenido para pensar en el pasado, para voltear y ver lo que había detrás de ella..




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WISH YOU WEREN'T HERE
→ Miércoles → 22:30 → Calle  → Cálido
Ahí estaba otra vez, esa puta sonrisa que esbozaba cuando dejaba de sentirse incómoda. ¿Cuándo coño había hecho yo que dejase de sentirse incómoda? Oh, sí, claro, cuando le había preguntado con toda la naturalidad del mundo si no prefería perderse conmigo por ahí a hacer el imbécil como un par de adolescentes que salen para comerse la noche y ver el amanecer. A veces echaba de menos esos días despreocupados, cuando Abby estaba viva y aún no trabajaba para ayudar a mi madre a mantenernos. Entonces sí que me dejaba llevar por sonrisas sugerentes de mujeres preciosas que me incitaban a perderme más allá de mis propios deberes; incluso habría tenido menos problemas acercándome a alguna nefilim. Tras la muerte de mi hermana todo se volvió tan oscuro y tan extremo en mi vida.

Joder. Joder. Joder.

A veces me preguntaba si precisamente estaba haciendo lo contrario a lo que debería estar haciendo con ella; si no debía dirigirla a un callejón oscuro, apretarla contra la pared y besarla hasta perder la compostura e ir más allá. Quizás así esta tensión dejaría de ser tan insoportable y tan asfixiante, si al disolver la tensión no resuelta pararía esta sensación que me oprimía el pecho (y a veces los pantalones) cada vez que la miraba de reojo.

El ahínco con el que manifestó necesitar la piedra apartó mis pensamientos de esa dirección lo suficiente como para que la cosa no terminase desastrosamente para mí. Por lo poco que la conocía resultaba un tanto extraño verla manifestar una emoción tan intensa, como lo había sido el que suplicase mi ayuda para evitar que la violasen aquella noche en el callejón, con esos imbéciles intentando matarnos... y peores cosas. Me pregunté si había aprendido a ser así por culpa de lo estricto de la vida nefilim, o por su madre, o porque ella, orgullosa, simplemente prefería esconderse detrás de ese velo de frialdad para protegerse a sí misma de sus propios sentimientos.

Dolía ver lo parecidos que éramos para algunas cosas, la verdad.

La observé adelantarme, mezcla de deseo y de curiosidad, siguiendo el contoneo de su caminar y pensando hasta qué punto ella era feliz realmente con las cosas que hacía, y horrorizándome al darme cuenta de que estaba avanzando pasos que no debía recorrer hacia puntos a los que no debería de querer llegar. No podía seguir acercándome a esa mujer, no podía, porque estaba atravesando barreras que estaban ahí para no ser franqueadas, así que cuanto antes terminase esa misión, mejor.

«¿Y luego qué?» dijo una voz en mi cabeza que sonaba jocosa y cínica. «Desaparecerá de tu vida durante unos meses para reaparecer de nuevo, y tú no te apartarás porque en el fondo tienes ganas de estar cerca de ella. Porque, a pesar de todo, te sientes cómodo a su lado, no es sólo porque quieras llevártela a la cama.»

Aquello hizo que el estómago me diese una vuelta tal que podría haber vomitado en otras circunstancias, pero mantuve la compostura y continué andando, notando el sudor frío que recorría mi piel debajo de mi ropa. Luego me reí entre dientes. ¿Qué estupidez era aquella? Si casi no la soportaba demasiado rato, ¿cómo iba a sentirme cómodo con ella? Menuda chorrada. Si estaba siempre deseando perderla de vista... Respiré profundamente antes de acelerar el paso para colocarme a su lado.

Es gracioso que vayas delante cuando no tienes ni idea de hacia dónde nos dirigimos. Nefilims y sus pretensiones —comenté rodando los ojos e intentando ignorar esa molesta idea que se había apostado dentro de mi cabeza, porque si no cuando llegásemos con Lucretia íbamos a tener una noche movida.

Se me hizo raro que todo estuviese tan tranquilo después de los primeros quince minutos caminando en silencio. La gente iba desaparecieron paulatina de determinadas zonas para reaparecer en aquellas donde había más bares o más recintos de hostelería, pero en general todo estaba silencioso. ¿Habrían sentido los mundanos el ambiente que tenía a subterráneos y nefilims en tensión todo el tiempo y por eso estarían acudiendo menos a la calle? A veces el ánimo general era sorprendentemente perceptivo cuando había problemas que no podía explicar, y eso me fascinaba de los humanos.

Sin embargo eso no hizo que tuviese la guardia baja. Durante otro nuevo rato no dije nada, sólo me dedique a sentir el peso de mis armas bajo la chaqueta que llevaba, el fresco de la noche y la presencia de Victoire a mi lado. Como odiaba sentirme de verdad cómodo a su lado, como si a veces no estuviese y otras veces su  presencia reconfortase tener mi flanco derecho cubierto. Lo que había empezado como una tontería con una nefilim estúpida estaba volviéndose un verdadero grano en el culo.

«Pero no vayas por ahí, Michael. No vayas por ahí o tendremos muchos problemas con la vieja...» Y no era porque creyese que ella no se sentía atraída hacia mí, que lo tenía bastante claro, sino porque escucharlo decirlo en voz alta sólo lo haría más real y asfixiante de lo que ya lo era.

El barrio de Harlem apareció de la nada ante nuestras narices, y a partir de ahí, perderse por sus calles fue realmente fácil. Esperaba que Victoire estuviese tomando nota de la dirección para no tener que traerla en otra ocasión y que pudiese moverse ella sola para llegar.

No está demasiado lejos ya. Quizás unos quince minutos más. —Suspiré—. Por cierto, Lucretia tiene una tarifa de pagos muy curiosa. Suele pedir favores la mitad de las veces, en vez de dinero; es una moneda al aire, así que prepárate para cualquier cosa como su 'a cambio'. E intenta tener la mente despejada de cosas que no quieras que lea. Yo intentaré seguir tu consejo —aunque creo que eso lo dije más para mí que para ella...
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Ella conocía las reglas mejor que nadie. No sabía porqué, caminando frente al mundano mientras la noche se ceñía sobre ellos, estaba pensando en reglas. Tal vez era cosa de ser Nefilim, especialmente del Consejo, cuando tenían grabado en la piel el lema de la Clave, tan rígido y cerrado de mentes como los más antiguos de la misma "La ley es dura pero es la ley". Sin embargo las delicadas leyes que ceñían a los cazadores de sombras eran demasiado duras. No podías mencionar nada del mundo de las sombras, no revelar información importante al Consejo era un delito, seguir la ley mundana, no podías tener sentimientos por tu parabatai, si te apartabas de la Clave, tus hijos seguían siendo pertenencias de los nefilims. En esta última se detuvo mientras ladeaba la cabeza pensando en Michael, ¿Cómo le habrían hecho sus padres? ¿Habría el Consejo enviado un representante todos los años como era regla, a preguntar si él deseaba unirse a los nefilims? Por lo visto no lo habían hecho o si lo habían hecho, el castaño los había rechazado rotundamente una y otra vez.

Lo que ella quería hacer, no estaba precisamente bien visto. Realmente, no había ninguna "ley" que prohibiese que un cazador de sombras invocase a un fantasma. Pero puesto que involucraba magia y la magia solía ser mal vista cuando involucraba "magia demoníaca" pues, ahí estaba ella, rompiendo de alguna forma sus preciadas leyes.

"La ley es dura, pero es la ley" pensó ella con amargura, mientras intentaba no centrarse en ello demasiado. Después de todo tenía un historial perfecto, siempre había cumplido las órdenes sin rechistar, era rápida, tenía una mente ágil y servía como puente entre el puente mágico y los cazadores de sombras desde que había reclamado su puesto en el Consejo. Como había dicho su madre en una ocasión, la forma de lidiar con la Clave era volverte tan necesaria que a regañadientes dejaran pasar lo demás y ella, como descendiente única de su familia, como representante de la Clave en asuntos del Pueblo Mágico y como miembro del Consejo, se había hecho tan necesaria como había podido. Le había costado claro, Victorie era una mujer sentimental por naturaleza y vivir ocultando dichos sentimientos bajo capas de formalidad y frialdad, terminaban desgastando. Tal vez por eso se sentía tan cómoda cerca de aquel castaño, con él no tenía que ir por la vida pretendiendo ser alguien que no cometía errores, alguien que no era humana.

Lamento decepcionarte Michael, pero si no mal recuerdo me diste la dirección, y admito que no sabré exactamente donde está, pero podía darme una idea, algo así como todo derecho hasta que el mundano diga la contrario— le contestó con petulancia, con la "arrogancia nefilim" inscrita en su rostro antes de echarse a reír —Además, no tendría que ir delante si fueras más rápido, pero ¡Eh! tranquilo, te sigo— se detuvo y aminoró el ritmo, aprovechando aquella pausa para que sus ojos dieran una rápida barrida al entorno. No necesitaba detenerse en cada detalle, una vez que lo hubiera visto podría repasar aquel escenario en su mente, buscando algo que no encajara, mientras seguía en movimiento. Tener una memoria eidética tenía sus ventajas.

Así que sin añadir nada más, se sumió en su entrenamiento para asegurarse que no tuvieran invitados inesperados. Caminó al lado derecho de el castaño, dándose la vuelta cuando una briza de aire le dio la excusa para voltear. Las calles estaban bastante tranquilas, unas pocas personas pasando, muchos coches (pero aquello era normal, Nueva York era la ciudad que nunca duerme) pero no veía ningún subterráneo. Después procedió a mirar los tejados, pero tampoco vio nada inusual. Sintió el impulso de usar un sensor, pero claramente ella no había pensado en llevar uno, porque no estaba en una misión de reconocimiento o limpieza. Y el anillo en su dedo les aseguraba que de haber un demonio cerca, lo sentirían antes de que les saltase encima. Lástima que no había uno de esos para librarse de cazadores de sombras psicópatas, pero algo era algo.

Si se dio cuenta de un detalle sin embargo. Cuando ella iba sola de patrullaje, solía cubrir ambos lados de la calle, vigilar todos los ángulos, caminar de forma pausada, para intentar cubrir más terrero y evitarse ataques sorpresa. Con Michael a su izquierda, se concentraba sólo en cubrir su lado, asumiendo que él hacía lo mismo. Estaba desarmada de ese lado, el arma más cercana que tenía, aquel látigo, estaba enroscado en su mano derecha, pese a que era zurda en su mayoría. Era curioso como estaba actuando como si el fuera un cazador de sombras, con el mismo entrenamiento que ella, relajándose, sintiendo que tenía a alguien que le cubría las espaldas, evitando preocuparse por su lado izquierdo, porque ahí estaba él, silencioso como una sombra, con la misma sangre corriendo por sus venas. No debería estar haciendo eso, porque no era un cazador de sombras, no había runas pintadas en su piel y Victorie sabía que si se iban a un uno contra uno, sus runas le darían una ventaja bastante fuerte sobre él. Y aún así, confiaba en aquel mundano con sangre de nefilim lo suficiente como para bajar la guardia un poco.

Como la mayoría de los brujos antiguos— contestó ella asintiendo. Nada que no esperase. Ella suponía que tras medio milenio acumulando dinero llegaba un punto donde este dejaba de ser importante y preferías ganar otro tipo de moneda. Secretos, favores, contratos, había escuchado de todo, incluso de una bruja que como pago lo único que aceptaba era recuerdos. Por alguna razón, a Victorie siempre le habían sacado de quicio los brujos así, no le gustaba sentir que le "debía" a un inmortal algo, no cuando podían cobrárselo cuando se les viniera en gana, puesto que tenían todo el tiempo del mundo —Supongo que tras unos cuantos siglos de juntar dinero, deja de ser necesario— no necesitó el recordatorio de ello. El problema es que ella tenía una memoria eidética, bastaba con que la bruja soltase algo que la hiciera concentrarse en algún recuerdo y tendría acceso a dicho recuerdo como si lo estuviera viviendo en ese momento. Suspiró. En el momento en que entraron al barrio de Harlem su mente empezó a concentrarse en una vez que había recorrido en un momento de aburrimiento, el Louvre, el museo en París. Era un museo enorme, bonito y lleno de pinturas que no despertarían pensamientos de otro calibre.

Y una vez estuvieron cerca, la francesa se dedicó a evitar de forma olímpica que sus ojos se cruzaran con el castaño. Bastaba una mirada para que aquella bruja supiese que estaba pasando y no podía permitirse eso. No iba a dejar que una bruja tan poderosa tuviera el conocimiento de aquella pequeña debilidad que Victorie tenía con Michael. Caminaron durante unos minutos más, hasta que el mundano se detuvo frente a una puerta y Victorie suspiró.

Acabemos de una vez con esto— fue todo lo que dijo, ni siquiera volteó a verlo lo cual la hizo sentir algo culpable, pero era por su propio bien, de verdad que si. Temía que de voltear a verlo el recuerdo de sus labios se colase en su mente. Cerró los ojos mientras las diferentes obras de arte desfilaban ante sus ojos. Cuando los abrió una indiferencia cubría sus facciones. Ahí estaba la Victorie que era cazadora de Sombras, muy diferente a la mujer que se dejaba asomar cuando estaba cerca del mundano.




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WISH YOU WEREN'T HERE
→ Miércoles → 22:30 → Calle  → Cálido
El final de aquel tramo de la calle 128 apareció mucho más rápido de lo que habría deseado. Victoire había dicho que me concentrase en algo que pudiese usar como barrera, y el estribillo la canción de Pink Floyd resonaba fuerte en mi cabeza en ese momento, como una salmodia de la que mi vida dependía.

How I wish, how I wish you were here.
We're just two lost souls
Swimming in a fish bowl,
Year after year,
Running over the same old ground.  
What have we found?
The same old fears.
Wish you were here.

Evidentemente no era algo que impedía que pudiese leer todos mis pensamientos, porque esa canción me recordaba a mi madre y a mi hermana, pero lo bueno era que Lucretia ya se había encargado de saber todo lo que podía al respecto de ellas, de modo que mientras se centrase únicamente en eso y no quisiese ahondar más allá, me servía como muralla. A mí me parecía lo suficientemente sádica como para regodearse en la desgracia de haber perdido a Abby y de haberme peleado con mi madre por haberla abandonado en Dinamarca, así que.

Llegamos al edificio de varias plantas donde residía. Sin mirarle demasiado le indiqué que me siguiese hasta el portal que seguía estando convenientemente roto, nada que ver con que ella lo mantuviese así, vaya, cuando sabía que iba a tener visitas. Por supuesto me había molestado en avisarla para que no le cogiese haciendo cosas que no debía de tener entre manos; a fin de cuentas era una de mis mejores clientes y estaba llevando ante ella una nefilim del Consejo. Subimos el tramo de escalera con toda la rapidez que pudimos, y una vez ante la puerta, Victoire habló. Yo sólo asentí. Cuando antes pasásemos por este trago, mejor.

Llamé tres veces seguidas con los nudillos. Durante casi un minuto no se escuchó prácticamente nada en el interior de la casa, hasta que algo parecido a un susurro de tela contra el suelo pudo percibirse desde el otro lado. La puerta se abrió lentamente, dejando ver a una mujer bastante bajita -quizás no llegase al metro cincuenta de altura- extremadamente delgada y con los ojos completamente grises, rodeados de una fea cicatriz que le había causado la explosión que también se había llevado su vista. Tenía la cabellera plateada y la piel de un gris oscuro que parecía hacer juego con toda ella; vestía de blanco, como siempre, y tenía el mismo aspecto inquietante de cualquier persona atemporal.

¿Michael? —preguntó con voz suave melosa—. ¿Eres tú, verdad? Has tardado poco —se hizo a un lado—. Pasad, por favor.

Intenté decirle a Victoire que no se dejase llevar por las apariencias, pero en realidad tampoco era necesario, porque no es que se tratase de una novata en estas lides. No supe muy bien si Lucretia captó esa idea o no, porque empezó a reírse suavemente a nuestras espaldas mientras cerraba tras de nosotros, claro que ella siempre se reía sin venir a cuento, así que no se podía decir demasiado bien. Se puso delante nuestra con paso ceremonioso y con un leve 'seguidme' nos guió hacia su laboratorio, que estaba increíblemente recogido y ordenado. Pero esa era una de las cosas más desconcertantes de ella: toda la casa estaba limpia, pulcra, asombrosamente organizada; mucho más de lo que se podría pensar de una invidente.

Tomad asiento, por favor.

La habitación estaba casi en penumbra, con una leve luz violácea que hacía compañía a las velas que estaban dispersas por la habitación. Pero para una mujer ciega, ¿qué más daba tener iluminación? Las estanterías tenían libros y frascos etiquetados y bien colocados; en las paredes había cuadros, papiros y otros documentos antiguos. En el suelo había un pentagrama que, sabía, no significaba nada, pero para los que empezaban con esas lides resultaba muy impresionante. En medio había tres cojines bien dispuestos y una mesa con una tetera que olía a menta y tres tazas, además de un plato con galletas. La perfecta anfitriona, vaya.

Siempre tan cortés, Michael —bufé, centrándome en la canción, mientras ella cruzaba las piernas sobre su cojín y empezaba a servir el té. Había baúles rodeándonos, y junto a la mesa, un par de cofres con papeles recién escritos encima; probablemente sobre los que había estado trabajando antes de nuestra llegada—. Espero que el té sea de vuestro agrado. —A pesar de que no me apetecía, bebí, y con una mirada fugaz le sugerí a Victoire que hiciera lo mismo. Ella pareció complacida con ese aspecto estúpidamente infantil que tenía. Colocó sus manos en el regazo y habló—. Bien. Me dijiste que esta jovencita me estaba buscando para una cuestión en concreto, ¿no es así? Por favor, cuéntame. ¿En qué puedo ayudarte?

El sabor a menta me inundó la boca. Cogí algo de azúcar del azucarero que había dejado al lado de la tetera, la eché en mi recipiente y moví con la cucharilla, esperando poder mantener la compostura frente a ella. Ni me agradaba ni me dejaba de gustar, pero estar allí con ella junto a Victoire me ponía más nervioso de lo que querría admitir.

What have we found?
The same old fears.


Como me habría gustado no tenerla allí conmigo.



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→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
Era la primera vez que se encontraba ante una bruja que si parecía eso, una bruja. Lucretia era bajita, con una cabellera gris aperlada, como si cada hebra de su cabello estuviera hecho por un intricado tejido de hilos de plata, la piel gris oscuro le recordó a la piel de un orco, si bien de alguna extraña forma combinaba a la perfección con la bruja, como si toda ella fuera un cuadro hecho sólo con dos colores, blanco y negro. La joven se mantuvo impasible, mientras sus pensamientos seguían dando vueltas alrededor del Louvre, concentrada en la Mona Lisa. Cuando Victorie había ido a visitar el Louvre todo el museo estaba infestado de fanáticos del "Código Da Vinci" así que la famosa pintura de Leonardo Da Vinci estaba repleta de admiradores, pero con la memoria eidética que ella tenía, le había bastado un vistazo para poder concentrarse en cada aspecto de dicha pintura. Bien, mientras siguiese pensando en aquello...

Sin embargo sus pensamientos se desviaron inevitablemente a la bruja que ella misma conocía, aquella mujer cuyo nombre desconocía, pero que siempre le había parecido una bruja con el peso del mundo en los hombros. La mujer con unos ojos felinos bastante peculiares había tomado de la mano a Victorie, con un rostro inexpresivo, mientras sus ojos vagaban, viendo cosas que no se encontraban ahí. Olivier le había advertido que la hija de Lilith podría hacer eso, así que no había parpadeado mientras aquella mujer rebuscaba en su futuro, decidiendo si era digna de su confianza o no. Avergonzada, Victorie regresó a su paseo mental en el museo, pero le pareció percibir un brillo divertido en los ojos de la bruja que ahora se encontraba frente a ella, como si hubiera visto el futuro que aquella mujer de ojos de gato no le había dejado ver.

Se adentró en la estancia, suspirando mientras recorría con la vista aquel lugar, permitiendo que su mente divagase en las diferentes cosas que sus ojos observaban. Le sorprendió la pulcritud del lugar y le recordó un poco al despacho de su madre, por la forma en que todos los libros parecían ordenados con solemnidad, ni un solo utensilio fuera de lugar, Victorie que sabía latín se mostró sorprendida por mucho de los libros que ahí se encontraban, pues eran copias que cualquier Instituto soñaría con tener, los frascos etiquetados de igual manera revelaban distintas pociones de las que ella había oído y muchas otras que jamás había escuchado. Había varias pinturas, que la joven admiró como la artista que era y documentos bastante antiguos —¿Una artista eh? Poco usual en los tuyos, me alegra de ver que algunos conserváis vuestra humanidad— la voz de suave de aquella mujer la sobresaltó mientras suspiraba y asentía, antes de responder por cortesía, puesto que la mujer no podía verle asentir —Me lo han dicho varias veces— la mujer la miró, Victorie sabía que no podía verle, pero la forma en que se le quedó mirando era terriblemente inquietante, como si pudiese verle por el mero hecho de sentir sus pensamientos. Gracias al cielo, aquella bruja se centró en Michael, posiblemente debido a algo que este había pensado, por la expresión que puso cuando la bruja dijo aquello.

Tomó asiento, cruzándose de piernas mientras observaba a aquella bruja servir aquel té. Sus ojos se desviaron hacia los baúles, los pergaminos y cualquier cosa para mantener su atención centrada en una cosa. Le pareció ver sobre un estante un montón de piedras de diferentes colores y brillos. Una incluso era roja como la que llevaba en su anillo, lo cual la llevó a preguntarse si alguna de esas piedras sería lo que ella estaba buscando, aquello despertó aparentemente el interés de aquella hija de Lilith pero evitó decir algo mientras le pasaba una taza de té. Victorie siempre había sido más amante del café, pero el té le fascinaba cuando estaba nerviosa, así que le vendría bien en ese momento. Le puso dos cucharadas de azúcar a aquella taza y se la llevó a los labios antes de centrarse en el Louvre nuevamente, pues no quería que aquella mujer adivinase para qué deseaba el objeto que estaba a punto de pedirle.

Necesito conseguir una piedra para invocar a un fantasma— dijo ella, en su mente brillaba otra de las obras de Leonardo da Vinci, La virgen de las Rocas, y mientras se concentraba en aquella pintura, se acordó de todos los disparates que habían salido debido al polémico libro, sobre como San Juan Bautista estaba rezando al revés, en fin. Intentó mantener aquella pintura en su mente mientras seguía —Yo tengo la habilidad para ver fantasmas y fue uno de ellos quien me habló de la existencia de dichas piedras. Michael ya me ha explicado que tu podrías ser de las pocas brujas que sepan como conseguir una— la mención del nombre del mundano, hizo que su control se tambalease y entonces con la intención de evitar que la bruja se hiciese con un pensamiento relacionado con el mundano, dejó que leyese su conversación con Amelia, cuando le había preguntado si creía que usar una piedra para invocar a... No, no podía dejar que se enterase de quien era. Apretó los labios mientras se centraba en aquella taza de té, ignorando la forma en que aquella mujer había sonreído, como si estuviera saboreando tener a la nefilim en una posición donde sabía, haría lo que fuera por obtener dicha piedra.

Vaya, y yo que quería enterarme de a quien querías invocar— Victorie apretó los labios. La mención de aquello dicho en voz alta hizo que el pensamiento danzase en los límites de su cabeza. La bruja parecía atenta al momento en que la nefilim le dejase enterarse de quien era, pero temía que lo dijese en voz alta y Michael se enterase de porqué deseaba hacer todo eso. Qué hablando de Michael... "No" la negativa fue tan fuerte que sintió que por fin logró poner su mente en blanco, lo cual hizo que Lucretia se empezase a reír —¿Sabes? Eso en que no queremos pensar, siempre acabará siendo en lo que pensemos querida, aún que creo que esto no solo se aplica para ti— y diciendo eso, se volvió hacia el mundano, lo cual hizo que Victorie se mordiese el labio. ¿En qué se había metido?




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→ Miércoles → 22:30 → Calle  → Cálido
El intercambio con Victoire me hizo sentirme tan incómodo como a ella, mínimo, mientras procuraba centrarme en cosas que ya conociese para que no pudiese ver nada más allá. Sin embargo, como había asegurado, qué difícil era intentar que por tu cabeza dejase de rondar una idea, porque eso sólo la convertía en obsesiva y la traía hacia ti una y otra vez. Respiré profundamente cuando sus ojos ciegos se centraron sobre mí, teniendo en ese momento la certeza de que ahora me tocaba a mí pasarlo francamente mal.

¿No quieres tú una también, Michael? —mierda—. Puedo haceros una oferta realmente buena, ya que habéis venido en conjunto. Aunque bueno, ¿para qué querrías invocar tu padre, cierto? No creo que te hiciese demasiada gracia verle, incluso ahora, después de tantos años. Pero sería un buen regalo para tu madre, no crees.

Claro, seguro que le encantaría. O quizás no, y por eso no te la ha pedido en todos estos años.

Quizás no quiera deberme ningún favor. Es una mujer muy orgullosa, como tú y como Kennet. Hacían buena pareja después de todo, ¿verdad? —respiré profundamente, sintiendo que la rabia empezaba a agolparse dentro de mí, e intenté mantenerla a raya. Ya había pasado por esto una vez, podía volver a soportarlo—. Claro que esa fue su perdición, supongo.

Lucretia, no quiero volver a desordenarte el despacho, así que por favor, deja el tema de lado —amenacé, aunque resultaba algo vano y pueril, pues ella sabía perfectamente que no tenía opción de ponerle un dedo encima.

Claro, claro, perdón.  No, tienes razón la verdad es que no me gustaría que me lo dejases todo hecho un desastre —se llevó su taza a los labios y dio un sorbo—. ¡La última vez tardé mucho en organizarlo todo! —rió, como si eso fuese un maravilloso chiste—. Entonces no quieres una piedra, entiendo. Bien, bien. Nunca te llevas nada para ti mismo, desde luego. Supongo que con Jannik a tu lado no necesitas a ningún otro proveedor. ¿Está bien? ¿Sigues metiéndote en su cama cuando tienes frío o ya has encontrado a alguien que te guste más?

Sentí un jodido nudo en el estómago con esa pregunta tan estúpida para ponerme en evidencia delante de Victoire, si es que ella no se había imaginado ya que nos acostábamos juntos a veces. Pero tuve la certeza de que no lo hacía por eso, sino para realmente descubrir si estaba interesado en alguien, y si ese alguien era la mujer que estaba a mi lado, como comprobé por la sonrisa malévola que adornaba sus labios. Porque incluso aunque no leía la mente como ella, supe que estaba desconcertada ante la idea de que estuviese ayudando a una nefilim. ¿Y por qué iba a hacerlo, si no era por algo más allá del dinero? Y evidentemente, aquello no fue algo que pude apartar de mi cabeza, como pude juzgar por las carcajadas.

¡Oh, Michael, Michael! Siempre es interesante leer a la gente de tu familia, ¿sabes? Sois tan divertidos. Tan llenos de odio y de ira y de sentimientos confusos. —Se relamió los labios, como si yo fuese su presa—. Responde a mi pregunta, por favor.

No es de tu incumbencia y lo sabes —me sorprendí a mí mismo por lo calmado que soné mientras volvía a beber—. De todos modos ya lo sabes, así que. Y no, no necesito nada para mí, gracias.

Claro, claro. —Se giró de nuevo entonces hacia Victoire, y aunque no quería, incluso me alegré. No soportaba tenerla centrada en mí con ella al lado—. Dime, querida, ¿qué estarías dispuesta a pagarme por poder darte lo que necesitas? ¿Tu fuerza de trabajo? ¿Un tesoro preciado que guardes contigo? ¿Un recuerdo? O quizás... —se mantuvo en silencio un segundo, escrutándola sin mirarla, probablemente intentando entrar en su cabeza sin tanto éxito como había tenido conmigo—. ¿Quizás estarías dispuesta a bajar esas barreras que hay en tu cabecita por mí? ¿Sí? No mucho. Un par de minutos, a lo sumo. Sin frenos. Sin medidas de protección. Y lo que buscas estará a tu alcance.

Bien, eso, sin lugar a dudas, fue inesperado.



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→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
Lamentó haber perdido la atención de la bruja, pues fue el turno de Michael de pasarla realmente mal. Aquella bruja a diferencia de Jannik que parecía disfrutar confundir a las personas con sus comentarios, realmente disfrutaba la tortura psicológica a la que estaba sometiendo a la nefilim y aquel mundano con sangre de ángel. Victorie apretó los labios intentando mantenerse indiferente, pues al concentrarse en su negativa sobre que ella leyese sus pensamientos sobre Michael, parecía haberla bloqueado completamente. Un alivio para ella, pero como no, al verse desprovista de su diversión, fue el castaño quien tuvo que soportarla. Incluso Victorie estuvo dos veces a punto de saltar sobre la bruja para pedirle que cerrara la boca, pero no, se mantuvo impasible, completamente quieta como un témpano de hielo, mientras sus ojos azules brillaban con desaprobación.

Claramente sus padres no eran el tema favorito de Michael. Podía verlo, Victorie era excelente leyendo a la gente, la forma en que los ojos del castaño brillaban, los músculos tensos, la mandíbula formando un ángulo peligrosamente afilado, todo denotaba la furia que bombeaba por sus venas mientras que la bruja, aquella mujer se veía simplemente extasiada, como si el enojo que lo envolvía con una fuerza que incluso Victorie se sintió tentada a tomarle del hombro para evitar que fuese a matar a aquella mujer; le divirtiera. Sabía supuso ella, que por mucho que quisiera, no iba a matarla.

Malditos inmortales, malditos inmortales y sus trucos.

Casi se atragantó con el té cuando la bruja soltó aquello. Sus ojos brillaron con indignación, no por ella, si no por el mundano. Digo, que por como cuidaba Jannik de él, por la forma en que lo habían provocado los vampiros aquella noche y por la dinámica que Michael y el brujo tenían, ella ya había asumido que Jannik y Michael habían tenido algún tipo de roce. Claramente los dos eran bisexuales o algo parecido, porque los dos le habían dejado entrever su interés en alguna ocasión, lo cual resultaba de cierta forma curioso, pero era algo que no había preguntado y que sin lugar a dudas, no quería escuchar confirmado, porque sonaba como una violación tan fuerte a la intimidad del mundano que evitó a toda costa voltearlo a ver, quedándose de piedra con aquella barrera en su cabeza mientras se llevaba una galleta a la boca. Algo pensó el castaño que le resultó tremendamente divertido a Lucretia porque se empezó a carcajear. Victorie tenía ganas de romperle la cara a aquella bruja, pero en su lugar se puso a jugar con aquel látigo de electrum en su muñeca, dejando que se desenrollase absorta en aquello, para evitar prestar atención al intercambio que ocurría entre ellos dos.

Cuando finalmente se acabó, se alegró por un segundo, alegría que no le duró demasiado. Lucretia se centró en ella y Victorie sintió la presión que la bruja ejercía contra su mente mientras ella se mantenía impasible, contenta de haber encontrado un modo de mantenerla a raya. Era curioso, si había pensamientos rondando por su cabeza, pero era como si estuvieran debajo del agua, fuera del alcance de la bruja. Aquello parecía tenerla intrigada, intrigada de verdad. Seguramente estaba poco acostumbrada a toparse con personas que pudieran mantenerse serenas durante tanto tiempo o no esperaba que la francesa pudiese evitar que ella se colase en sus pensamientos más íntimos, como fuese, al parecer fue esa misma barrera su perdición. Apretó los labios —No— dijo con una serenidad demasiado helada, lo cual lejos de disuadir a la bruja, pareció alentarla más —¡Vamos, vamos! ¿A qué le temes querida? Te admito que eres buena resguardando tus pensamientos, pero al fin y al cabo estabas dispuesta a romper la ley por tener la piedra ¿Qué te hará dejarme entrar un momentito a tu cabeza? — dijo con aquella voz suave que tenía, mientras sus ojos ciegos se clavaban con ella. Victorie se revolvía, intentando encontrar una forma de librarse, porque la idea de dejarla hurgar en sus pensamientos le provocaba nauseas. Su corazón latía con fuerza y volteó a ver al mundano, intentando encontrar una salida pero sabía que Michael no podía librarla de aquello. Apretó los puños. Odiaba la forma en que la tenía acorralada en la pared, porque estaba segura que desde el momento en que le había dejado entrever aquella conversación con Amelia, Lucretia había tenido la certeza de que ella haría lo que fuera por aquella piedra.

La bruja se puso de pie, acercándose a ella de modo que podía poner los dedos sobre su sien. Victorie se tensó, todos sus músculos listos para saltar, quería irse, correr lejos, perderse y no volver a sentir ese tipo de invasión en su vida. Y odiaba que fuera a pasar cuando Michael estaba ahí, viendo como la bruja iba a hurgar entre sus pensamientos, posiblemente topándose con aquello que había pasado entre ambos, porque Victorie por mucho que intentase enterrarlo, el trato era que no ocultaría nada. —Victorie querida, sabemos que me dirás que si— ronroneó y la francesa bufó, mientras la miraba con una frialdad que sería capaz de congelar el centro de la tierra —Así que porqué no mejor dejas de resistirte y me dejas entrar ¿Eh?— la nefilim miró a Michael, casi rogándole con la mirada que apartase la vista, que por favor no fuera a ver aquello, antes de cerrar los ojos, dejando caer la barrera que había puesto. Sintió a la bruja reír con deleite, mientras se metía de lleno en su cabeza, leyendo cada cosa que pasaba por su mente.

¡Oh! ¡Y yo creía que leer a la familia de Michael era divertido!— masculló mientras tomaba un recuerdo sobre su padre, uno de los pocos que tenía Victorie, un hombre sonriente llamándola Claire, porque recordó ella en ese momento, era la forma en la que solía dirigirse a ella. Luego miró los diferentes recuerdos, una madre severa, un padre ausente, la noticia de cuando él había muerto. Victorie quiso gritar que se detuviese, que por favor dejase de mirar aquello pero la bruja siguió, terminando de ver el recuerdo sobre su conversación con Amelia —Querida, aquello va a regresar a morderte en la cara, dudo mucho que quieras saber porqué tu padre os dejó— algo le decía que, expresar sus pensamientos en voz alta, para que Michael se enterase a medias de lo que estaba pasando, era algo que estaba disfrutando demasiado. Lucretia rió, mientras Victorie se quedaba quieta sin poder hacer nada. Cuando había creído que los vampiros la iban a violar, había sentido algo parecido y claro, la maldita bruja ahora estaba saboreando ese recuerdo, la forma en que la nefilim había tenido miedo, miedo de verdad, al grado que había gritado al castaño por ayuda... Y fue ahí donde todo se fue al carajo. Extasiada sintió como Lucretia se aferraba a aquel pensamiento, mientras Victorie intentaba desviar su atención, logrando que la bruja le diera algún tipo de "bofetón mental"  —No querida, sin restricciones, ¿Recuerdas? Bloqueas ese recuerdo y ya no hay trato— un sonido estrangulado de furia se escapó de la garganta de la rubia. Pero sabía que no tenía otra opción que dejarla leer ahora, todo aquello.

Revivirlo la hizo sentir tan desnuda que un nudo se formó en su garganta. Bajó la cabeza, mientras veía con lujo de detalles todo aquello, pues su maldita memoria fotográfica no la dejaba olvidar nada, lo cual también parecía encantarle a la bruja que debía estar pegando brincos de felicidad, no es como que Victorie pudiera verla, pues desde que había empezado a leerle el pensamiento, había mantenido los ojos cerrados para no ver a Michael, porque dudaba mucho que pudiera soportar ese tipo de humillación con él viéndola. Lucretia se entretuvo, mirando la pelea con aquellos vampiros, y luego mirando el intercambio en su apartamento, la forma en la que ella había curado sus heridas, lo que había pensado mientras lo hacía, lo disfrutaba. Victorie podía sentir su deleite mientras veía todo aquello, hasta que el beso se coló en sus recuerdos, la forma en la que había deseado más, la forma en la que se había sentido de una forma extraña completa cuando sus labios se habían unido a los de el mundano —Michael, pequeño bribón— exclamó Lucretia con deleite, mientras daba así terminada su tortura sobre la nefilim que se dobló sobre si misma, mientras unas horribles nauseas la recorrían. Quería vomitar, quería de verdad vomitar. Las arcadas la sacudieron mientras la inmortal miraba al mundano como si fuera un caramelo que quería comerse —¿Jannik sabe que le pones los cuernos? Digo, ya los tiene, pero tu entiendes— Victorie casi deseo que la bruja se entretuviera un poco con el mundano, pero estaba demasiado divertida con todo lo que había sacado de ella como para dejarla en paz —¡Oh Victorie! Tus pensamientos son un verdadero deleite, ¿Le has dicho hasta que punto...? No claro que no— la nefilim gimió, mientras una nueva punzada de nauseas hacía que se enroscara sobre si misma. Estaba segura de que era un efecto secundario de dejar que un brujo jugueteara en tu mente durante tanto tiempo, sentía como si la bruja le hubiera revuelto el estómago al mismo tiempo que le leía la cabeza —Michael, Michael, ¡Tu madre te comería vivo! Porque tu puedes engañarte todo lo que quieras, pero no te va a durar mucho el gusto. Vaya, que divertidos sois, si. Bueno querida, soy una mujer de palabra, iré por la piedra, y cuando quieras algo más, puedes venir, estaré encantada de volver a ayudarte.

Victorie rió ante aquel comentario, demasiado cansada para mandarla a la mierda.




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De verdad que no.

Habría esperado cualquier cosa de parte de Lucretia, como que intentase hurgar un rato en nuestros cocos para luego pasar a pedir el precio real. Pero pedirle a Victoire que bajase sus escudos para que pudiese brujulear por su cabeza a su antojo fue sorprendente... y repulsivo. Estuve a punto de saltar para mandarla a la mierda, para decirle que nos íbamos, que se buscase otro juguete, pero ella se mantuvo tan firme, tan tiesa, tan recta a pesar del NO que afloró de sus labios que me quedé clavado donde estaba. Cuando sus ojos me buscaron, sin embargo, sentí que me ahogaba por la súplica que había en su mirada. No soportaba ver a Victoire en esas condiciones, por poco que la conociese, por mucho que nos peleásemos y por mucho que intentase apartarla de mi vida, porque una parte de mí la respetaba como guerra orgullosa que era, y estaba seguro de que Lucretia estaba haciendo todo aquello para torturar no sólo a ella sino a mí también.

«Acostúmbrate» dijo de pronto su voz en mi cabeza. «Porque sabes tan bien como yo lo que terminará pasando, mi querido niño, y cuando te veas en el callejón sin salida en el que tú solo te estás metiendo, entonces entenderás que esto no es sino un aperitivo. Porque sufrirás.»

Sufriré. Odié la contundencia de sus palabras, y más por revolverme contra ella que porque supiese que no debíamos hacerlo; incluso quise apartarme de Victoire para siempre para demostrarle que no por ser inmortal tenía por qué saberlo todo. Su sonrisa me heló las venas. La odié tanto en ese momento que la hice reír, y deseé haber tenido el poder de atraerla sobre mí, pero ya estaba centrada en la mente de Victoire por la expresión de la francesa, y dudé seriamente que nada de lo que yo pudiese hacer o pensar pudiese apartarla de su nuevo juguete. Joder, era vomitivo.

Su padre. Así que era por su padre por lo que estaba haciendo todo aquello. Un padre que la había abandonado. Bueno, yo habría preferido que Kennet no hubiese estado, pero esperaba mucho que el progenitor de Victoire no hubiese sido como el mío, desde luego. Quise decirle que lo sentía, pero no me salieron las palabras, y en realidad era casi mejor, porque a saber qué habría salido de esa interrupción. También quise detenerla una vez más cuando Victoire pareció resistirse porque me estaban entrando náuseas. ¿¿Quién podía divertirse haciendo cosas así?? Joder, yo era retorcido y cruel, pero estos extremos nunca...

Cierra el pico —escupí lleno de veneno. ¿Cuándo había empezado a apretarme los pantalones? Con un desconocido no habría estado sufriendo tanto, mierda; habría pensado que sin dudas, era una putada, e incluso quizás habría sentido algo de lástima por el desgraciado. ¿Por qué con Victoire me importaba tanto....?

Lo siguiente que dijo me dejó completamente helado sobre su cojín. ¿Hasta qué punto...? Un escalofrío me recorrió la espina dorsal al mismo tiempo que una oleada de calor se expandió por mi cuerpo. En otras circunstancias habría buscado a Victoire por respuestas, pero en ese momento me quedé mirando a Lucretia con firmeza, porque no habría soportado darle más con lo que jugar. No lo habría aguantado sin intentar matarla. De hecho me costó no lanzarme sobre ella cuando se giró hacia uno de los baúles donde debía guardar las cosas, tan certera que de nuevo parecía que podía ver. Con la respiración acelerada fue el único momento en que me giré hacia Victoire, intentando sondear cómo se encontraba; tenía un aspecto terrible. Y sin importarme si la cosa podía ir a peor con aquello, hablé.

Ciertamente te desearía que te fueses al infierno, Lucretia, pero prefiero que te quedes aquí como una bruja sádica a que vuelvas como una demonia desquiciada. —Había tanto odio en mi voz... y para ella fue tan divertido que sólo se echó a reír.

Siempre fuiste un sentimental, Michael. Pensé que después de la muerte de tu hermana no volvería a verte reaccionar así por nadie. —Cerré los ojos como si acabase de recibir un golpe en el estómago, aunque realmente fue un bofetón para mí—. Resulta enternecedor, de verdad. —Se giró hacia ella con una bolsa aterciopelada en la mano, se sentó de nuevo en su sitio y la dejó en la mesa, delante de Victoire—. Aquí la tienes, querida mía. Pero no creo que quieras saber las respuestas a las preguntas que tienes pendientes. Recuerda eso. Ahora déjanos a Michael y a mí a solas, que quiero hablar de algo con él. —Me giré hacia la rubia y asentí con la cabeza para indicarle que lo hiciese, que podía soportar aquello, que no tardaría, y hasta que no hubo desaparecido de allí, Lucretia no volvió a abrir la boca, deleitada y sonriente—. Michael, Michael, Michael. ¿Qué diría tu madre si supiese que te estás encaprichando con una nefilim? —todo mi cuerpo se tensó, porque supe hacia donde se dirigía esto—. ¿Cómo podría no decirle lo que te está pasando si contacta conmigo? —su sonrisa destilaba tal malicia que de verdad tuve ganas de matarla allí mismo. Dejé la taza con desprecio sobre la mesa antes de erguirme

¿Qué quieres? —soltó una risilla y se puso a murmurar cosas consigo misma durante varios segundos, hasta que volvió a centrarse en mi persona—. Lucretia —interrumpí su soliloquio.

Aún no lo tengo demasiado claro. Estate atento a tu teléfono. Puede que te llame dentro de unos pocos días para cobrarme este favor. Ahora vete con tu nefilim. Os queda un bonito viaje de vuelta.

Salí de la habitación sin dedicarle una palabra más, demasiado enfadado, demasiado indignado y sobre todo, demasiado molesto porque en realidad esto no debería de haber supuesto nada para mí. ¿Desde cuándo me importaban lo más mínimo las desgracias ajenas? Por favor, si el resto de personas que paseaban por el mundo me importaban una puta mierda, ¿qué más tendría que haberme dado lo que hubiese tenido que pagar Victoire para que accediese a darle la maldita piedra?

Y sin embargo, me importaba. Y me importaba porque era totalmente consciente de que Victoire no era una persona cualquiera; no es que fuese alguien indispensable en mi vida, ni siquiera realmente importante, pero había causado un gran impacto en mí y verla así había sido demasiado chocante. Intenté controlar mi respiración mientras me reunía con ella y sin comentarle nada le indicaba que empezásemos a caminar en dirección a Manhattan. A penas si tuve el valor para mirarla directamente a los ojos, porque parecía realmente afectada. ¿Cómo no? Había hurgado en su cabeza sin restricciones, sin piedad. Por toda la mierda del mundo, había dejado que la violase delante de mi puta cara y yo no había sido capaz de moverme ni lo más mínimo cuando la última vez había matado a un vampiro por ella.

El impacto de esas palabras me golpeo las entrañas.

Era cierto, yo había matado por Victoire. La primera vez había sido por mera supervivencia, porque ese demonio sirena podía haber acabado con ella y conmigo si no hubiésemos trabajado en equipo. Pero la segunda vez lo había hecho para salvarla. Y ahora acababa de permitir que le sucediese algo quizás igual o peor; me sentí peor que escoria mientras caminaba a su lado, ella tan centrada en sus pensamientos que no sabía si realmente estaba prestándole atención a algo más.

Los minutos se sucedieron tortuosamente. El silencio en el que habíamos llegado a casa de Lucretia de pronto parecía idílico en comparación con lo que estábamos teniendo en ese momento, y las palabras de la bruja, dedicadas a una y a otro me daban vueltas en la cabeza como una peonza, entremezclándose, asfixiándome, porque de pronto reaparecieron sentencias que me dejaban la carne de gallina. En realidad me daba un poco igual que supiese que me acostaba con Jannik, porque eso era algo que ella ya sabría seguramente y me daba igual, pero otras cosas... Como mi padre y mi madre. O ella. Todo lo que tenía que ver con ella. No sabía cómo había desviado Victoire sus pensamientos para que hubiese podido saber lo que pasaba entre nosotros, pero había conseguido llegar sin demasiadas dificultades. No podía culparla, desde luego, aunque hubiese tenido ganas, porque dudaba que conmigo hubiese sido muy diferente.

¿Le has dicho hasta qué punto...? No, claro que no.

Aquello se me clavaba como espinas dentro del pecho. Como estacas. Tampoco había que ser demasiado inteligente para intuir su significado. ¿Hasta qué punto me deseaba? Si lo hacía sólo la mitad que yo a ella debía de estar pasando un auténtico calvario. Joder...

Lo siento —dije al fin mientras me detenía, aunque sonaba más enfadado que arrepentido. No se me dan muy bien estas cosas, tampoco, me temo—. No debí traerte a verla. Pero te prometo que nunca habría imaginado que te pediría eso a cambio de... Es una cabrona despiadada, pero pensé que se contentaría con jugar con nuestras cabezas antes de... —suspiré, con una mano en la cadera y la otra debajo del flequillo, frotándome la frente, como si la cabeza me fuese a estallar—. Lo siento —repetí, centrando mi mirada en la de ella. De pronto me di cuenta de lo desnudo que me sentía ahora que por culpa de la bruja se habían puesto las piezas sobre la mesa y ni ella ni yo estábamos haciendo algo al respecto. Era tan... extraño. Nunca había vivido una situación semejante. Si alguien me había interesado lo suficiente le había terminado comiendo la boca antes de decirle cualquier otra cosa. ¿Declaraciones? ¿Qué era eso? ¿Para qué mierda servía? Lo mejor eran las acciones cuando eran correspondidas. Pero ahora... ¿qué se suponía que debíamos de hacer?— . Si quieres ir a emborracharte conozco unos sitios espléndidos —¿algo así? No lo sabía. Pero joder, ¿qué más daba? Quizás ahora habría que hablar o yo que sé qué mierdas para empezar a evitarnos en serio, porque tanto ella como yo éramos plenamente conscientes de que no era una buena idea que nos dejásemos llevar. Y aún así...



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→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
Jamás había odiado a una bruja como odiaba en ese momento a aquella mujer de cabellos plateados. Victorie siempre se había sentido fascinada sobre aquellos seres, mitad humanos, mitad demonios, malditos por la infertilidad pero tan poderosos que hacían temblar a las otras razas, demonios incluidos. O eso pensaba, si no ¿Por qué se había molestado Lilith en intentar que se pasasen de su lado? los brujos siempre le habían parecido listos. Jamás habría esperado recibir de un brujo el mismo trato que esperaría de un hada.

Apoyó la cabeza ente sus piernas, que en algún punto había flexionado contra su cuerpo, como si quisiera protegerse de aquella bruja. Se concentró en su respiración, envuelta en una burbuja donde el mundano y la inmortal estaban en segundo plano mientras ella se encontraba recuperando su compostura. Ya le había dejado entrever a la bruja lo mucho que le había afectado aquello pero no iba a mantenerse temblorosa como niña pequeña durante mucho tiempo. Inhaló. El aire llenó sus pulmones y ella contuvo la respiración mientras dejaba que la sensación de mareo se asentase, disipándose cuando la nefilim soltó el aire que retenía y se sentó con las piernas cruzadas, aquellos ojos alegres que solían brillar chispeantes de vida estaban tan duros e inflexibles como el hielo mismo; sabía sin embargo que no había forma en que pudiese verse como el ángel inflexible que solía ser, lleno de venganza, con la promesa de justicia en la forma en que empuñaba su mano; la gracia del ángel en todo su esplendor. Por lo menos no por unos días, en lo que aquel mal trago quedaba en el olvido o por lo menos, atenuado. Un buen entrenamiento le vendría bien, batirse en duelo con Christopher, Alam, Julyette o Amelia hasta que su cuerpo estuviese cubierto de hematomas y la adrenalina le borrase aquel sentimiento de impotencia que la tenía en ese momento atenazada.

Creyó que no podía odiar más a aquella bruja. Creyó de verdad que no había nada que que ella pudiera decir que hiciese que la sangre le hirviese más, después de aquello. Y Lucretia como queriendo batir algún tipo de récord personal de "Consigue que todos los presentes quieran cortarte la carótida" o algo parecido. No tuvo que voltear a ver a Michael para saber que la mención a su hermana era algo que jamás, jamás habría querido que ella supiese. Y le dolió. Le dolió que Lucretia estuviera disfrutando de aquello, diciendo secretos a viva voz que ellos no hubieran dicho de otra forma; jugando con ellos dos y los sentimientos que enterraban como si fueran unas marionetas bastante divertidas. Miró aquella bolsa con asco, casi deseando que la idea jamás se hubiese metido en su cabeza, porque si sólo hubiera salido ella herida de aquel intercambio, no le habría importado, pero había perjudicado a el castaño también. Su capricho había hecho que los dos salieran con heridas profundas psicológicamente hablando. Sin embargo lo único que hizo es alargar la mano para tomar aquella piedra de forma mecánica, haciéndola girar en sus dedos antes de meterla a su bolsillo. Ya lidiaría con aquello después.

Y yo no creo que sea de tu incumbencia— dijo con una voz helada. La mirada que le dirigió a la bruja fue intensa, al punto que Lucretia volteó para mirarla, pese a que no podía ver. La retaba a decirlo, a amenazarla como quería hacerlo. Victorie abrió la boca dispuesta soltar una amenaza digna de un representante del Consejo cuando sintió la voz de la bruja dentro de su cabeza «¿Qué vas a hacer querida?» Victorie no dijo nada, esperando que aquella hija de Lilith terminase «¿Ir al Consejo? ¿Decirles lo que hago? Supongo que podrías hacerlo, inventar una historia sobre como sólo acudiste a mi con el propósito de hacerme romper los Acuerdos para poderme arrestar como quieres. Pero, ¿Sabe él que tendrías que haber informado de su existencia a la Clave? ¿Qué rompes tu preciada Alianza por cada segundo que lo dejas disfrutar de su libertad? Vete, te recomiendo que no planees una forma de vengarte de mi, porque conozco todas tus debilidades ahora, niña.» La joven cerró la boca mientras metía las manos en sus bolsillos quedándose quieta en su lugar, como una estatua. Podría no vengarse de aquella bruja, pero no pensaba dejar a Michael sólo con aquella mujer. Sin embargo cuando sus ojos se encontraron con los del castaño, asintió antes de darse la media vuelta y salir por donde había venido.

El aire nocturno le sentó bien. Metió la mano en su bolsillo y miró aquella piedra con detenimiento. Era un cristal helado, que se sentía como un témpano de hielo en su mano, no quemaba, era más bien como si estuviera engullendo su propia vida para almacenarla. Parecía un diamante, con un color cristalino, claro, con volutas de humo azul envolviéndola como una manta. Negando la chica la volvió a guardar en su bolsillo. No quería ni verla ahorita sinceramente. En su lugar se puso a jugar con el anillo en su dedo, mirando el débil brillo que emitía cuando no había demonios cerca. Menos mal. Que un demonio apareciera ahorita, hubiera sido como un mal chiste.

Casi estuvo tentada a irse sin el mundano. Casi. Dudaba mucho que Michael fuera a hacer comentarios al respecto pero Victorie no estaba acostumbrado a que personas con las que se había topado tres veces en toda su vida, supieran cosas que sólo sabía su mejor amiga y su parabatai. ¡Y aquello era entendible! Vamos, que Amelia la conocía desde hacía eones, habían peleado juntas (y para Victorie las peleas eran algo con lo que medías mucho el respeto. No confiabas tu vida a cualquiera) y la francesa había sido un sostén en su vida desde el primer momento en que habían salido juntas. Por otro lado Alam, su parabatai, era eso. Una parte de su alma. De forma instintiva se tocó debajo de la clavícula haciendo de lado la tela de su blusa para ver aquella runa que unía su alma con la de aquel nefilim. Que bueno que Alam no la había acompañado, Lucretia seguramente estaría muerta; su hermano de armas no tenía su paciencia y no hubiera soportado aquello.

Pronto lo siguió, apenas Michael salió de aquel lugar, en un completo silencio. No sabía que decir, si pedirle perdón por haber revelado a Lucretia aquello, pues no había sido su intención. Había intentado evadir el recuerdo, pero la bruja no se lo había dejado y de esa forma no sólo tenía algo que usar en contra de la nefilim, si no algo que usar para chantajear a el mundano igual. Pero ¿Cómo? A ella le había ido peor. La habían desnudado frente a Michael, mostrándole sus sentimientos a flor de piel, sus debilidades y sus pensamientos. Claro que ella se lo había buscado, si hubiera dejado que Lucretia hurgara un poco en su mente, tal vez la bruja se habría contentado con leer una o dos cosas sobre su pasado, enterarse de sus dramas familiares y tal vez notar una leve atracción hacia el hombre cerca de ella. Pero ya esta. Pero no, Victorie había sido arrogante y le había bloqueado el acceso casi completamente, claro que la bruja había buscado la forma de hacerle pagar su arrogancia y narcisismo.

Había esperado que Michael le recriminara aquello. Pero jamás, ni en sus peores sueños se había imaginado que el mundano fuera a disculparse. Se detuvo en seco y parpadeó mirándolo como si fuera algún tipo de extraterrestre, con tentáculos en la cara o algo parecido. Estaba anonadada y tuvo que contenerse bastante para no reírse. No porque le pareciera ridículo que se disculpase con ella, si no porque si alguien tenía que pedir disculpas era ella —No lo hagas— respondió ella mientras negaba con la cabeza —Fue mi arrogancia, le cerré completamente el paso a mi mente y claramente, no podía perder la oportunidad de darme un baño de humildad. Michael, no fue tu culpa, yo lo lamento, cuando estaba en mi cabeza no pude evitar sentirme ¿Vulnerable?— hizo una pausa, pues no era capaz de decir la palabra correcta que era "violada". Lo miró con tranquilidad, más serena de lo que creyó estaría pero, a fin de cuentas ¿Qué más daba? Ya no podía decir nada que él no supiese —Fue así como obtuvo ese recuerdo. Jamás se lo hubiera dado voluntariamente para que pudiese usarlo en tu contra, no te disculpes. Yo era la que quería la maldita piedra y por mi culpa, los dos salimos jodidos— suspiró. Jugó con un mechón rubio de su cabello mientras lo miraba. Era curioso. No se sentía incómoda, como imaginó que se sentiría teniendo en cuenta que Michael conocía de su vida tanto o que le habían dicho lo mucho que Victorie estaba interesada en él. Normalmente cuando la joven estaba interesada en alguien, no se resistía tanto. No es que la francesa fuese dada a meterse a la cama de cualquiera, pero también cuando tenía las ganas no le importaba "soltarse el cabello". Vamos, que era un adulta y lo que hiciera en su tiempo libre era su problema. Y ahí estaban ellos, sabiendo bien lo que les gustaría estar haciendo y en lugar de ello se pedían perdón como si fueran pareja tras una pelea. ¿Qué mierda le pasaba? Maldita bruja, la maldecía a ella y a todo su estirpe pues claramente sólo había enredado más la extraña química que ya había entre ambos.

Tal vez debería irse y ahora evitarlo en serio. O tal vez debería decirle que se fueran a una habitación para ver si con eso se les pasaba las ganas. Como cuando una persona estaba a dieta, le ponían un pedazo de pastel en la cara de forma que sólo pudiera pensar en eso y una vez que se lo comía, aquella ansiedad desaparecía. Después de todo, sólo era un pedazo de pastel y la dieta era más importante. Algo parecido era aquello, Victorie sabía que no tenía futuro, ella era una nefilim y él si bien tenía sangre de ángel, a toda luz amaba su libre albedrío demasiado como para aceptar las responsabilidades que las runas conllevaban. Era ridículo. Tal vez deberían cortar por lo sano, librarse de aquel sentimiento compartiendo una buena noche y fin.

Pero algo le decía que si caía no iba a ser como el pedazo de pastel. Iba a ser algún tipo de peligrosa adicción como la primera vez que pruebas una droga. Y como toda persona a la que le ofrecen una droga tras un shock emocional la rubia suspiró de alivio —Voy a necesitar más que tequila o vodka para borrar a esa sádica de mis recuerdos— musitó. Le daba igual si el mundano pensaba que había un doble sentido en sus palabras, sinceramente —Me vendría bien. Pero sin comentarios sobre como debí aceptar desde el principio tu oferta inicial— lo volteó a ver, con una chispa de vida en aquellos ojos azules. Joder. ¿Cómo le era fácil bromear con él tras todo aquello?.




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Bufé. ¿Que no me disculpase? ¿Cómo no iba a hacerlo? Podía haberle dicho perfectamente que no se acercase a Lucretia, que se buscase a otro contacto, que se fabricase la piedra con el culo, que se fuese a Idris o cualquier otra excusa de mierda, pero había aceptado por dinero y por pisotear un poco su orgullo, y ahora me encontraba con que le habían hecho daño y con que en realidad yo no podía soportar del todo eso. Una cosa era que yo me metiese con ella o que le sacase de sus casillas, pero aquello... Y Victoire lo único que hacía era culparse. Culparse. Me entraron ganas de darle una bofetada cuando pareció lamentar más el que yo hubiese salido escardado que el que la hubiesen violado tan brutalmente delante de mí. ¿¿Cómo podía ser así?? ¿¿Cómo?? Mierda, yo sabía que había salido mal parado y era consciente de ello, pero lo mío no podía ni compararse. ¿Humildad? ¿Cura? Iba a matar a Lucretia y si podía, a derribar ese sistema de mierda que hacía que las mujeres se señalasen cuando alguien se propasaba con ellas. Abby también lo había hecho y eso aún en ese momento me mataba.

Lo que eres es imbécil —suspiré, de nuevo de peor humor—. Acaban de violarte delante de mis narices y dices que la culpa es tuya. No vuelvas a soltar una estupidez así, que yo no creo en esas mierdas de no pegar a chicas y la hostia te la llevas. Tú no tienes la culpa de que esa mujer sea el mal personificado; da igual lo que te haya hecho creer. La única culpable es ella, mierda. —Fruncí el ceño con ambas manos en las caderas, y durante un segundo le rehuí la mirada—. No soporto que os hagan esas cosas... Por eso te pido disculpas. Por no haber actuado para ayudarte. —Bufé, revolviéndome el pelo de la nuca con la mano—. Y ahora vamos. Necesito ahogarme y tequila me parece una buena idea. Y de verdad no sé de dónde sacas la idea de que yo podría saltar con un 'te lo dije, rubia, no sé por qué no nos piramos de aquí'. Parece que no me conoces...

**

El lugar al que la llevé ya estaba en la zona de Manhattan, más cerca de mi casa que de la suya. No era un cuchitril precisamente, pero tampoco era un sitio demasiado concurrido donde no se pudiese hablar; y sin embargo cada uno iba a lo suyo, de modo que nadie nos molestaría demasiado. Cogimos una mesa a parte, pedí tequila -una botella entera- y dos vasos enanos. El dueño me conocía porque solía frecuentarlo antes de irme a trabajar, o cuando me aburría en el apartamento, y empezó a bromear en voz baja conmigo sobre la compañía. Yo le llamé viejo verde, él se rió y nos dio un tequila mejor del que solía servir al resto. Me senté frente a Victoire y rellené los vasos. Vacié el mío sin preguntar; ardió como el infierno.

El primer trago como el primer chico, siempre es el peor —comenté mientras golpeaba la mesa con el cristal. Parpadeé un par de veces antes de servir el siguiente—. Espero que no te desmayes a los tres tragos, rubia. No tengo intención de cargar contigo hasta tu apartamento de pija para dejarte en la cama babeando la almohada tan pronto. —Alcé el chupito para que brindásemos—. Por las infancias traumáticas y las brujas cabronas. —El segundo entró mejor, como siempre. Llené el tercero—. ¿Ahora qué piensas hacer? Además de planear la muerte de esa mujer lentamente. Si eres rencorosa con quienes te joden, te aplaudo.

La parte de mi cabeza que estaba siendo ahogada con el alcohol me repitió una vez más que aquello era una mala idea. Que debía alejarme de ella. Que ponerme ciego de tequila a su lado era lo último que debía de ocurrírseme. Que la dejase y me fuese. Pero estaba cansado después de la sesión que habíamos tenido; estaba cansado de esconderme de la Clave, de huir de mi madre, de perderme por New York para llenarme de mierda por otras personas, en realidad. No es que odiase mi trabajo, pero a veces y sólo a veces envidiaba las vidas más sencillas que la mía. Los ojos de Victoire brillaban azules a la luz de aquellas lámparas de baja intensidad, y dibujaban sombras en su rostro y en sus labios húmedos por el alcohol. También estaba cansado de contenerme, la verdad.



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Una risotada se le escapó de los labios. Negó con la cabeza mientras sonreía con cansancio, no entendía porqué Michael parecía empeñado en que ella no se culpase, pero era algo que la rubia no podía evitar. Vamos, que no estaba asumiendo que la culpa era solamente suya; si la bruja no fuese una mujer tan desquiciada y sádica, posiblemente el que alguien pudiera resistirse hubiera sido tomado más como algo que inspirase respeto en lugar de una necesidad compulsiva de aplastar a la cazadora de sombras hasta reducir su orgullo a nada. Pero había sido Victorie la que había querido aquella piedra y Lucretia no la había obligado, la joven había aceptado pensando que no podía ser tan malo para que aquello le mordiese directamente en la mano. —Michael, de haber podido hacer algo, lo hubieras hecho— fue todo lo que dijo, pues sentía que todo aquel numerito no había sido en su totalidad para ella. Lo que Lucretia le había dicho no era algo que precisamente le ayudase a entender, pero tenía la impresión (por cómo había reaccionado cuando Skull le había puesto la mano encima y su forma de actuar tras aquello) que algo le había sucedido a su hermana, algo de lo que no hablaba y algo sobre lo que la chica solo podía hacer conjeturas. "Basta" se recriminó mientras negaba con la cabeza molesta consigo misma "No tienes derecho a invadir su privacidad, no tras esto" porque si ella podía hacer ese tipo de conjeturas, era sólo gracias a lo que había desvelado aquella maldita bruja.

Oh, yo pensé que aprovechabas cada oportunidad que te encontrabas para molestarme, ¿de dónde habré sacado aquello?— ironizó antes de empezar a seguirle. De ser las cosas diferentes (de no haber sido violada mentalmente por una bruja de modo que sus secretos quedaran peligrosamente al aire frente a un mundano que cada vez que se lo topaba se sentía como insecto atraído peligrosamente hacia la luz) Victorie jamás habría seguido a Michael para tomar. Ella sabía que el tipo de sentimientos que ambos cargaban y el alcohol simplemente no eran buena combinación, pero suponía que un efecto secundario de que esa bruja le hubiese revuelto el cerebro en busca de secretos es que no podía importarle menos lo que fuera a pasar. ¿Qué es lo peor que pudiese pasar? ¿Qué se enterase de lo mucho que le deseaba? ¿De como disfrutaba realmente estar cerca de él por alguna razón? Lucretia ya se había encargado de decirle todo aquello.

***

Victorie no conocía del todo cada bar de Manhattan por lo que sus ojos recorrieron curiosos el lugar, como solo una nefilim podía hacerlo. El peso de la piedra en su bolsillo le incomodaba pero en aquel momento estaba demasiado enfocada en las botellas contra la pared, lo tranquilo del lugar (ni muy concurrido, ni completamente desierto por ser de baja clase) y lo más importante no había ni asomo de un ser sobrenatural. La rubia suspiró aliviada siguiendo al mundano con aquella agilidad felina que le conferían las runas. Sonrió encantadora al dueño que al parecer conocía a Michael antes de sentarse sin más, abandonando la chamarra negra que antes llevaba. La piel de los hombros quedó al descubierto, pero a diferencia de otras ocasiones, la rubia no tenía los brazos pálidos recorridos enteramente por runas; la mayoría de ellas ya habían perdido su efecto por lo que parecían difuminados recuerdos blanquecinos sobre su piel. No dijo nada, apenas le pusieron el vaso de tequila enfrente lo vació de golpe. La sensación de calor y ardor le recorrió el cuerpo mientras su organismo protestaba por la cantidad de alcohol que le habían metido de golpe.

Por el ángel. La maldita cosa estaba fuerte. La rubia cerró los ojos mientras levantaba la vista y una risa se escapaba de sus labios —Por favor mundano— dijo ella en voz baja, porque cualquiera se extrañaría que lo llamase de aquella forma —Hace falta más que tres tragos de tequila para tirarme. No pienso hacerte competencia— dijo burlona mientras tomaba aquel caballito y lo agitaba entre sus dedos con la habilidad de alguien que está acostumbrada a tener algo entre las manos; Victorie tenía unos buenos reflejos por ser cazadora de sombras —Pero que sea nefilim no quiere decir que no se beber— alzó aquel recipiente de cristal antes de suspirar. Si su madre la viese seguramente la asesinaba. Aquello le divirtió de alguna forma por lo que sonrió —No hay mejor combinación que aquella— el segundo trago le sentó mejor. Sus sentidos empezaban a relajarse, perdiendo aquella alerta permanente que tenía por ser hija de Raziel. Sonrió, aquellas sonrisas que la francesa tenía cuando se encontraba fuera de aquel papel de cazadora de sombras y era simplemente ella, francesa, carismática, sensual y un tanto sarcástica cuando se le provocaba —Lucretia me ha amenazado con que si planeo algún tipo de venganza en su contra, se encargará de hacerle saber a la Clave que no les he dicho nada de ti— dijo con más sinceridad de la que pretendía, como si aquello de verdad la jodiese —Así que tendré que ingeniar algún tipo de plan elaborado para patearle el culo. ¿No tiene la premonición verdad? Porque si algo jode más que una bruja con telepatía es una con premonición también. Es malo que puedan meterse en tu cabeza pero que no puedas hacer nada sin que las listillas lo vean venir...— Se frotó la sien. Afortunadamente las brujas que había conocido con la premonición no eran unas desgraciadas sin corazón o la francesa las pasaría negras.

Pero supongo que entre tu y yo podríamos darle una lección— suspiró. La idea de servirse otro trago tan pronto no la tentaba especialmente, pero una parte de ella le pedía a gritos que borrase aquel recuerdo de su memoria, que se dejase llevar en un estado de sopor y adormecimiento hasta acabar desinhibida, sin más preocupaciones que las que pasasen por su cabeza mientras el alcohol jugaba en su sistema —¿Así de encantadora es siempre? ¿No quieres regresar a matarla? Porque vamos, si yo no pensaba quedarme sin hacer nada, tu seguramente tienes tantas ganas como yo de regresarle el favor de alguna forma— Al final se sirvió aquel segundo trago, agradeciendo la forma que el tequila iba poco a poco quitándole la mierda de la cabeza. El mundo le parecía más brillante, su acompañante, oh, el maldito mundano, que siempre estaba envuelto por un aura de oscuridad bastante perturbadora se veía incluso, más tranquilo. Como si tras todas esas capas de cinismo y mierda, hubiera una persona de verdad.

Mierda. Si seguía pensando de esa forma acabaría besándole. No es que la idea no fuera tentadora, lo era. Todavía recordaba el beso que habían intercambiado, fuerte, peligroso e intenso. La boca le sabía a peligro y jamás en su vida Victorie había tenido tantas ganas de sumergirse de lleno en esa danza de adrenalina que se despertaba cuando jugabas con algo que sabías iba a terminar quemándote —¿Normalmente eres así de contenido?— bromeó con un tono travieso en su voz mientras se acababa el alcohol restante que había quedado en el vaso. Pronto tuvo la cabeza vacía de responsabilidades, brujas de mierda, padres ausentes y demás problemas. En lo único en lo que podía pensar y en lo que quería pensar era en aquel fuego —A la hora de beber— aclaró mientras una sonrisa amplia se extendía por todo su rostro.

El karma iba a cobrarle cada frase que soltase a partir de ese momento, estaba segura.




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→ Miércoles → 23:00 → Calle  → Cálido
Después del segundo trago me quité la chaqueta y la dejé caer sobre el respaldo de la silla de cualquier manera. Las marcas de Victoire, incluso las grises, no contrastaban tanto con mis brazos, donde las cicatrices lo habían convertido en su campo de batalla; no es que tuviese millones, desde luego, pero se veían, algunas más que otras. El tatuaje que me rodeaba el bíceps y el tríceps derecho se vislumbraba por debajo de la manga de la camiseta, y yo respiré. Las palabras de Victoire me hicieron esbozar una sonrisa divertida. Por supuesto. ¿Qué podía esperar de ella? No era ninguna florecilla desvalida. No era como mi hermana. Era una guerrera, una luchadora, y era fuerte, fuerte en todos los sentidos. No la había visto derramar ni una sola lágrima. ¿Por qué tenía que ser una nefilim? ¿Por qué? ¿Por qué?

«Estoy tan jodido. TAN jodido.»

Así que no les había dicho nada de mí. Miré el contenido del vaso atentamente, como si de pronto fuese lo más interesante del mundo. ¿Por qué no lo habría hecho? ¿Porque le salvé la vida? Esperaba que sólo fuese por eso. No quería estar debiéndole más favores a aquella mujer; bastante con el calvario que ya llevaba a mis espaldas. Volví a reír ante sus planes.

No, no tiene el don de la premonición. Y generalmente no es tan maravillosa como hoy, pero el que fuese acompañado de ti debía de tenerle el coño loco. Como te habrá dicho Jannik ya, no soy muy ducho a rodearme de nefilims, la verdad. De joven solía preferir verles muertos, la verdad, pero bueno, supongo que puedo empezar a hacer excepciones a partir de ti. Ya que has sentado un precedente... Pero si algún día se me ocurre qué podemos hacer para putearla créeme que estás la primera en mi lista de contactos a los que avisar.

Apreté el vaso entre los dedos con esa maldita frase. Vaya que si lo apreté. Incluso me encontré aguantando la respiración con tanta fuerza que tuvo que notárseme en la cara. Luego me eché a reír a carcajada limpia, como si no hubiese mañana, mientras me tomaba el tercero sin parpadear, si quiera, antes de servirle a ella su tercer trago y a mí el cuarto.

Oh, Victoire, Victoire. Si tú supieses... —solté un par de risillas más mientras alzaba de nuevo el vaso y le daba vueltas en el aire, con los ojos fijos en ella. Aquello iba a acaba peor que mal. Iba a acabar fatal. Iba a ser la hecatombe de mi vida. De hecho, si le hubiese dicho a mi padre que era bisexual lo habría preferido ante la perspectiva de que estuviese lanzándome indirectas sexuales con una nefilim; y mira que me hubiese dado una paliza porque me gustasen los hombres— . Creo que no me había contenido con algo tanto en toda mi puñetera vida. ¿Pero qué podía hacer? ¿Seguirte? He odiado a los nefilims toda mi puta vida por culpa de mi madre y de mi padre y de lo que les habían hecho, y de lo que ellos me hicieron a mí. ¿Cómo iba a no contenerme contigo? —le confesé sin miramientos. ¿De qué coño servía andarse con chiquitas a estas alturas? ¿Qué no podía intuir ella después de lo que esa zorra había dicho en voz alta?— . Tengo mis principios, entiéndeme. Pocos, pero los tengo. —El cuarto cayó, y dejé el vaso sobre la mesa, notando los labios húmedos y el rostro caliente, sin apartar la mirada de ella ni un momento— . Y no acostarme con gente de los tuyos estaba entre ellos. —Había estado recostado todo el tiempo contra el respaldo de la silla, y en ese momento me incliné hacia delante, acortando la distancia entre ambos— . Pero luego me miras con esa cara y me hablas con esa boca y los principios se van al carajo. Te odio un poco por eso, ¿sabes? —Volví a llenar los vasos vacíos— . Pero bueno, suelo ser una mezcla de sentimientos encontrados, así que tampoco es nada nuevo. Salud —choqué mi vaso contra el de ella pero no lo moví de allí; lo dejé donde estaba, cristal contra cristal, cerca de sus dedos blancos, con los ojos prendidos sobre ellos hasta que me atreví a hablar de nuevo— . ¿Qué vamos a hacer, Victoire? —aunque algo tocada ya por el alcohol, mi voz sonaba seria en esos momentos— . Llevo evitándote desde que nos besamos... Bueno, llevo evitándote desde el primer encuentro, pero siempre nos encontramos. Una vez, y otra, y otra. Y no era mi intención de que te enterases de nada, ni de enterarme yo, vaya, sino de desaparecer de tu vida lo más rápido posible. Me parece la mejor idea que podemos tener. Pero también me parecía mejor idea no venir a beber contigo, así que ya ves tú lo que hago yo con mis buenas ideas. Así que... ¿qué hacemos? Y considéralo un honor, porque lo único para lo que suelo pedir consenso es para follar; el resto de decisiones las tomo yo por mi cuenta y que jodan al mundo —me reí, girando el vaso sobre la mesa, desviando la mirada hacia aquí, hacia allá, hacia ella— . Pero si en este momento tomo esta decisión por mi cuenta me parece que las consecuencias me morderán el culo toda la vida...



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→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
Era curioso como la historia de su vida, podía verse en su piel. Los cazadores de sombras solían cargar con cicatrices diversas que adornaban su piel, la marca que dejaban las runas una vez que se desvanecían, un historial de cortes, heridas, huellas por icor (que no solían quitarse) y demás marcas que dejasen en evidencia la historia de las batallas en las que habían estado y las muertes que habían presenciado. Esperaba ese tipo de historia marcada en la piel de uno de sus compañeros, pero ver el mismo patrón de heridas en la piel de Michael le era curioso. Claro que lo había visto antes, cuando le había curado de las heridas que los vampiros les habían hecho; pero era algo que siempre le llamaría la atención, porque esa vida de sangre y heridas era algo que no se acostumbraría a ver en alguien que no era un nefilim. Claro que él se salía de esa categoría tampoco, era como un intermedio, con la sangre, pero no con la vocación.

Ojalá fuera uno o lo otro. Si fuese un mundano cualquiera, ella se alejaría sin pensarlo dos veces; había muy pocos caminos posibles, la ley era muy dura al respecto y ¿Qué haría ella involucrándose con un mundano? No los despreciaba, al contrario, de cierta forma envidiaba sus vidas, tan tranquilas e ignorantes. Pero al mismo tiempo, sabía que jamás podría compartir el más efímero de los momentos con alguien que no supiese lo que es tener un cuchillo en mano, con esa sensación de euforia bombeando por tus venas mientras aquella hormona avivaba cada fibra de tu cuerpo. Y si fuera un nefilim ni siquiera tendría ese dilema, sería sencillo, tan sencillo como respirar, porque no tendría en su mente una vocecilla recordándole que si aquello resultaba ser algo más la ley se las haría pasar negras. Era un limbo, ni una, ni otra, así como podría salir bien parada porque la ley no incluía del todo a "mundanos" como Michael, podría salirle el tiro por la culata.

En que bonito callejón sin salida se había metido.

Que Lucretia no tuviera la premonición la alivió de cierta forma. Había temido que la tuviese, por la forma en la que parecía decir todo como si tuviese la certeza absoluta de lo que iba a pasar, pero supuso era sólo la típica manía de los inmortales, de creer que como tenían miles de años sobre sus espaldas, ya podían jugar a adivinar el futuro, sin el don incluido. Claire su abuela, solía ser así. Pero cuando una bruja te lo decía era una cosa, te ponía los pelos de punta, pero lo superabas. Cuando un hada hacía ese tipo de comentarios era un sentimiento diferente, como si te hubiesen sentenciado a muerte. Amén que su antepasada todavía no se había enterado (o por lo menos no lo había comentado, porque a Victorie le daba la impresión de que a Claire se le escapaban pocas) de su "capricho" (a falta de una mejor palabra que ella quisiese pensar) con Michael. Pero bueno, nada de eso ocupaba un primer plano en su cerebro, debido a los maravillosos efectos del alcohol.

No rechistó ante aquel tercer trago, que tomó con singular alegría, mientras aquella sonrisa pícara danzaba en su rostro. Pocas veces Victorie se sentía tan viva como cuando cazaba, pero aquel tipo de sentimiento que la recorría mientras miraba al mundano, era diferente. Más peligroso, como si en cualquier momento le fuese a salir algo que no se esperaba; para una persona normal, el peligro era algo de lo que tenías que huir. Pero algo tenían los cazadores de sombras, de verdad, que amaban la idea de tentar a la muerte... Y esperaba eso, un intercambio sutil, más juegos de palabras, más frases de doble sentido, pero aquella cascada de sinceridad la dejó tan estupefacta que de no ser por el alcohol posiblemente no habría tenido palabras. Su expresión cambió, ya no era el juego de dos personas tonteando, no, era más que eso. Lo miró durante todo el tiempo, esperando, midiendo sus reacciones debido a lo inesperado de aquello. Sus palabras le erizaron cada vello de su cuerpo mientras tragaba saliva, con la boca seca. Cuando él se movió ella también lo hizo, como si estuviese movida por algún tipo de imán; los separaba todavía unos buenos centímetros pero aquello fue suficiente para lanzar una sacudida eléctrica por todo su cuerpo. Mierda. Como odiaba a el castaño por ser capaz de provocar aquella electrizante punzada sin necesidad de ponerle un solo dedo encima —No eres el único que siente que sus principios se van al carajo, créeme— su voz salió tenue, sincera, pues ella misma había pensado lo mismo que él, pero por razones muy distintas. Tomó aquel vaso y lo levantó para brindar con él, su mano sin temblar un apéndice. Pese al alcohol, pese a lo vulnerable que se sentía, su pulso seguía siendo firme como si nada le asustase en esta vida, cosa que ambos sabían era mentira.

¿Qué que iban a hacer? Se rió amargamente más para si misma que para él, porque si él no tenía idea, ella estaba todavía más perdida. Lo miró durante uno segundos, para luego desviar la vista a los dos vasos y finalmente acabar ahogándose en aquellos ojos oscuros. Se llevó aquel recipiente a sus labios antes de dejar que se deslizase en su garganta, esperando encontrar las palabras. Michael tenía razón por supuesto; el destino se la vivía intentando unirlos de nuevo, una y otra vez, pese a que ellos luchaban contra aquella corriente. ¿Qué solían decir? ¿Qué la tercera era la vencida? Tal vez era por eso que tras tantos encuentros ambos se encontrasen hartos y sin saber realmente que hacer ¿Meterse a la cama? Eso sin duda terminaría pasando, si no era hoy, tal vez en una semana, en un mes... O tal vez lograsen evitarse, pero seguramente se quedarían ambos con aquella sensación de tentación en el cuerpo, porque eso era lo que pasaba cuando no calmabas una ansia que traías.

Mierda. Sabía que era lo mejor, sabía que debería decirle. Qué lo que fuera entre ellos por más mínimo, no debería ocurrir. Que ella era una nefilim y que si los contactos con subterráneos eran apenas y tolerados entre los suyos, con un mundano eran vistos terriblemente. Los dejarían tontear por supuesto, no había leyes contra eso, pero Victorie sabía que no era sólo atracción lo que sentía por Michael, por mucho que le gustaría negárselo. "Dilo" pensó, pero su mente se sentía nublada, adormecida. Perfecto momento para empezar a tomar, de verdad. Maldita suerte. "Sabes que no puede pasar, díselo" Pero estaba harta. Harta por todo lo que le había pasado, harta de pretender que no sentía nada por aquel mundano, harta se sentirse atraída como un imán hacia el aura peligrosa que emanaba...

Carajo. Un rayo la iba a partir en dos. El silencio se ciñó sobre ella como un manto mientras intentaba pensar en algo coherente que decir. ¿Tal vez tienes razón? ¿Deberíamos dejar de vernos? Aquello la enfadó. ¿Por qué parecía que toda su vida estaba dirigida por cosas que podía o no podía hacer? ¿Es que jamás iba a poder tomar una sola decisión en su vida sin tener que pararse a pensar en todas las posibles consecuencias? Y bendito sea el tequila (o maldito, como se le quisiera ver) que la animó a mandarlo todo al carajo. Y cuando Victorie Claire Wintercloud mete la pata, la mete en grande. Un suspiro se escapó de sus labios, se sirvió otro trago de tequila (que decidió sería el último, si bien estaba bastante anestesiada por el alcohol no deseaba acabar haciendo una estupidez como cuando había estado con aquella hada. Aún que claro, ¿Qué era si no una estupidez, lo que estaba a punto de hacer?) y con el tequila todavía en la boca acortó la distancia entre ellos y lo besó. Y que bien se sintió aquello. No fue un beso escandaloso, de esos que harían que alguien que les prestase atención les exigiera que se consiguiesen una habitación, no, fue un beso suave, dulce, con el sabor a tequila llenando sus labios mientras la rubia suspiraba. Joder. Joder. Sus manos se enredaron en los risos de el castaño mientras ladeaba el rostro, dejando que su lengua le rozase suavemente los labios, profundizando aquel beso antes de alejarse, manteniendo su rostro cerca, pero cortando aquel contacto entre ellos. Maldito libre albedrío, el karma iba a cobrarle todo aquello. Y sin embargo el lo único en lo que Victorie podía pensar era en lo bien que le había sentado aquello. Lo libre que se sentía, lo mucho que había deseado volver a besarlo desde aquella vez.

No puedo hablar por ti Michael, pero sinceramente estoy harta de pretender que no quería eso— ¿Quién los había mandado a acabar juntos tras un día de mierda, con una botella de tequila?




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→ Miércoles → 23:20 → Bar  → Cálido
Ya suponía yo que no era el único...

Suspiré. Hubo un momento, breve tras soltarlo todo, en que me arrepentí enormemente de ello. Pero si había algo que odiase de verdad eran las cosas inútiles, y pretender cosas que ya no estaban a medias tintas me parecía ridículo; o quizás había sido el tequila, que se me había subido a la cabeza más de lo que yo pretendía. Generalmente tiro de cerveza entre semana y whisky en ocasiones especiales; no es como si no estuviese acostumbrado a beber, pero no había comido demasiado esa noche y no solía meterme alcohol en vena como lo estaba haciendo en esos momentos, porque hacía ya muchos años que no bebía para olvidar, sino para disfrutar de su sabor. Y allí estaba, habiéndole confesado a Victoire con pelos y señales todo lo que se me pasaba por la cabeza cuando ella estaba delante porque sinceramente, ¿ya para qué íbamos a pretender lo contrario? Los juegos sutiles, las indirectas y las miradas coquetas eran cosa de Jannik, en realidad; yo siempre he ido directo, como una bala, por mucho que me gustase soltar frases con dobles sentidos para hacer enrojecer al personal. Y cuando estoy medio borracho, bueno, todavía más.

Giré el vaso vacío entre los dedos mientras ella se pensaba qué decirme. No la culpé por tardar en reaccionar, puesto que yo estaba más o menos igual. Jodida, jodido. Habíamos terminado en un punto en el que sólo podíamos avanzar, fuese en la dirección que fuese, porque quedarnos estancados no iba a servir absolutamente de nada; sólo para azuzar sentimientos que al final nos habrían terminado reventando en la cara mucho más sonoramente de lo que había sucedido esa noche.

Y yo, de mientras, no podía dejar de pensar las ganas que tenía de morderle el cuello.

Por eso el agarre suave de sus dedos y su beso me pillaron bastante desprevenido, además de que no habría imaginado esa respuesta por su parte. ¿Quién dijo que no podía ir al grano ella también? Sus labios sabían mucho a tequila, como los míos, y estaban húmedos y resbaladizos, así que fue fácil atraparlos con los dientes, con la lengua, con los suyos propios, y notarla suspirar contra ellos. De haber llevado dos copas de menos (porque en ese momento me sentí bastante torpe) y de haber estado en un sitio a solas la habría tirado sobre la mesa; lo tenía tan claro que hasta me dolió, físicamente hablando, y cuando nos separamos me costó concentrarme en que estábamos en un lugar público.

Permanecí mirándola con intensidad un par de segundos después de que hablase, con todo, absolutamente todo lo que había pasado en los últimos meses rondándome la cabeza. Con lo que suponía para mí, para mi familia, para mi madre lo que estaba haciendo. Siempre pensando en mi familia, en el fondo, y en lo que nos habían hecho pasar. Y se mezclaba con el sabor de sus labios, con la curva de su sonrisa cuando intentaba devolverme los comentarios sarcásticos, con el brillo de sus ojos cuando estaba concentrada, con el olor de su pelo y su piel tatuada por las runas. Y supe que jodido ya no era suficiente para definirme. Sin decir una sola palabra me arrastré hacia la silla de al lado de ella -porque la puta mesa era un puto incordio- y sin decirle absolutamente nada le cogí la cara entre las manos y la besé.

Pero no como lo había hecho en su casa, suave. Ni como lo había hecho ella, repentino. Le besé con toda la intensidad que llevaba dentro, con todas las ganas que tenía de quitarle la ropa y tocarle hasta el más pequeño rincón de su cuerpo prácticamente desde el día en que la conocí. La besé con ansia, con la desesperación de alguien que sabe que se está equivocando, que se está metiendo en mierda hasta el cuello y aún así se mete hasta que no puede respirar. La besé denso, profundo, buscando su lengua, buscando el interior de su boca, buscando escucharla gemir y estremecerse. La besé pretendiendo que nos fuésemos de allí para poder meterme dentro de ella y no volver a salir.  La besé hasta que el calor se hizo insoportable y hasta que ya no pude más, porque si no de verdad me iba a importar una mierda que estuviésemos en un lugar público; nos encontrábamos lo suficientemente apartados para no molestar a nadie y no era como si no hubiese hecho algo así alguna vez. Pero dudaba que Victoire quisiera; no me parecía algo propio de ella. Le rocé los labios con el pulgar antes de darle otro beso más corto. Joder, cómo me ponía su boca. Podría haberme pasado toda la vida mordiéndola.

Dime que quieres seguir y nos vamos de aquí. Mi casa no está ni a dos manzanas de aquí. —Si prefería parar, que me lo dijese. No iba a odiarla por ello ni mucho menos. Total, me la cascaba y ya. Eso no era lo importante. Lo importante era que cada paso que dábamos nos alejaba más del sitio en el que habíamos estado y del que habíamos intentado movernos. El otro camino siempre estaba abierto para recorrerlo en otro momento, el del adiós. Pero yo ya había puesto mis pies en el otro y sólo necesitaba saber si Victoire también, o le había bastado con el beso.

El deseo me quemaba las entrañas de tal manera que sinceramente esperaba que quisiese seguir conmigo.



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→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
Haberse separado de él, le dolía. Su cuerpo protestó cuando se separo de Michael cobrándole aquel instante de libertad con un estremecimiento. Su corazón palpitaba furioso contra su caja torácica, sus latidos resonando contra sus oídos. Su respiración era arritmica, subiendo y bajando aceleradamente, mientras sentía aquel chispazo de energía. Cerró los ojos durante un instante, más por necesidad para guardar la compostura que por otra cosa y cuando los abrió sintió que el mundo se le venía encima. Estaba mal, estaba terriblemente mal, cada paso que daba era como caminar directamente a un precipicio y la inteligencia de la rubia empezó a gritar obscenidades pidiéndole que lo pensará. Pero uno de los mayores defectos de Victorie era que cuando la batalla entre su mente, su inteligencia; se media contra su corazón, era una batalla perdida.

Miró a Michael con intensidad; con los labios húmedos por el alcohol (y por aquel beso) y los ojos oscurecidos, debido a que la negrura de su pupila estaba tragándose el azul de sus iris. Si se prestaba atención, el pulso que la carótida presionaba contra la piel de su cuello era evidente, sus ojos brillaban de deseo, sus labios entreabiertos porque sentía que no podía obtener el suficiente aire. Si alguien que la conociera estuviera ahí, temerían que la nefilim estuviera bajo los efectos de algún tipo de hechizo, no sólo el alcohol que claramente atontaba su juicio.

Y es que Victorie solía tener a los hombres así, de rodillas, pero pocas eran las ocasiones que lograban ponerla en su lugar por así decirlo.

Estaba perdida.

En el momento en que había dejado que Lucretia desvelase sus deseos de aquella forma había firmado una sentencia con el diablo. No porque Michael fuera aquello, no, el danés le recordaba a un ángel caído realmente. Toda oscuridad, un aura de peligro a su alrededor, caminando indigno por la tierra, sin darse cuenta que la sangre que corría por sus venas, lo hacía más digno de muchos que ahí se encontraban; y Michael era un tipo duro si, irritante y terriblemente molesto; pero tenia mucho más honor que mucha gente que había conocido y no se daba cuenta. Sus ojos azules siguieron los movimientos de Michael y su cuerpo (junto con ella) se tensó producto de la expectativa. Y casi se ahogó en aquel torrente de emociones.

Ese beso no sabia a peligro, no. Ese beso era peligro. Era una corriente que la arrasó con toda la furia de la naturaleza, fuego que la quemó de una forma casi dolorosa, pero que hacia que estremecimientos de placer la recorriesen. Sus manos se aferraron a él, una en su cabello y otra en su nuca, presionandolo contra ella porque no quería que se separase nunca. La fuerza y desesperación con la que la estaba besando, la forma en que buscaba su lengua, explorando el interior de su boca; la hizo gemir contra sus labios, suavemente, delicadamente, porque seguía conteniendose, porque estaban en un lugar público y Victorie todavía no estaba lo suficientemente enloquecida para dejar que la tomase ahí, por mucho que el tequila le susurraba que aquello era una buena idea. No podía respirar, temía que de hacerlo, aquello se acabará y ella no quería que se acabará, quería más, como un adicto en remisión al que le vuelven a dar aquella droga y, como el adicto que era, no podía si no pedir más, necesitar más. Cuando Michael se separó de ella la francesa jadeó mientras el aire que había olvidado que necesitaba se introducía en sus pulmones. El roce de su pulgar contra sus labios la hizo cerrar los ojos mientras una oleada de placer la recorría y aquel nuevo beso, más corto pero insistente, era un imperativo a salir de ahí.

Esperaba que le dijese que se fueran de ahí. Pero lo que salió por la boca de Michael le supo más a pregunta que afirmación. Si bien su cuerpo le pedía a gritos que siguiera con aquello, no pudo evitar notar aquel pequeño detalle porque vamos, ella lo había besado, lo estaba mirando con intensidad, no había dado muestras de estar disgustada de alguna forma y por su respiración y la forma en que miraba al castaño, era evidente que quería salir de ahí. ¿Por qué preguntaba entonces? La francesa tomó aire lentamente, calmandose lo suficiente para responder —Quiero seguir— que raro se sentía decir aquello en voz alta. Su voz salió rasposa, pues incluso hablar le dolía debido al deseo que sentía. Inspiró nuevamente. Tenía mucho que no sentía aquella imperiosa necesidad que en ese momento la recorría, tan impropio en una mujer como la rubia —Vamonos de aquí Michael—  fue todo lo que dijo, dejándose caer al precipicio que tanto había estado evitando. Que el Ángel la castigará después, en ese momento estaba demasiado cansada de todas las reglas que la apresaban para no lanzarse a aquel vacío tan tentador de la mano del mundano.

Su vista jugueteo con el campo de visión que estaba frente a ella, la gente demasiado metida en sus problemas para fijarse en ellos; las paredes. La salida. Y luego Michael brillando con intensidad en todo aquel panorama, sin que la francesa pudiese desviar la vista de él. Que jodida estaba.




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WISH YOU WEREN'T HERE
→ Miércoles → 23:50 → Apartamento de Michael  → Cálido
Bien.

No necesité nada más. El trayecto hacia mi casa fue una confusión estúpida entre pagar, tropezarse, incluso reírme en algún momento, el viento revolviéndome los rizos y la presencia de Victoire a mi lado, su olor, su todo. No le cogí la mano ni la incité a que caminase conmigo porque yo no hacía esas cosas. Quizás era por el ambiente en el que me había criado, pero las muestras de mero afecto en público me hacían sentirme incómodo -el sexo era totalmente diferente, por supuesto, porque no hacía falta afecto para practicarlo-. Sí que la esperé, no obstante, si veía que se retrasaba, o me ponía a su ritmo cuando aceleraba.

El sonido de las llaves cuando las saqué para abrir la puerta se me hizo extraño, y durante un breve instante me volvió el pensamiento de que estábamos lanzándonos de cabeza hacia un abismo que no tendría una buena salida, pero me duró más bien poco. El alcohol me había obnubilado el buen juicio que me había mantenido alejado de ella y sólo me pedía que terminase lo que habíamos empezado en el bar. Así, subimos las dos plantas hasta mi apartamento, cuya puerta se abrió con un suave crujido hacia el interior. Con el perro y el gato encerrados en el cuarto que usaba para ellos no tuve reparo en abrirla del todo, aunque de no haber sido así tampoco me habría acordado, ya que no pensaba demasiado en otra cosa que no fuese echar el pestillo y quitarle la ropa.

Permití que accediese al interior antes que yo, dejando la llave en la cerradura y echando el resto de cierres de seguridad, porque aunque no era un mal barrio, no me fiaba una mierda de nadie. Por eso seguía vivo. Dejé la chaqueta en el perchero tras la puerta y las armas en el paragüero en desuso que tenía debajo, y seguí con la mirada a Victoire a través del estrecho pasillo que daba directamente al salón cuadrangular. Las cortinas oscuras ondeaban hacia el interior, pues me había dejado la ventana abierta al salir, y le revolvieron la melena rubia, de espaldas a mí. Me quedé un segundo observándola, disfrutando de la imagen, y fue de esas escenas que se quedan grabadas en tu memoria hasta el final de los días, pues cuando se giró hacia mí me fijé en que nunca la había visto tan hermosa. Era estúpido, ¿verdad? Porque era una mujer preciosa en su conjunto, pero todos los encuentros que habíamos tenido habían sido tan desenfrenados que no había podido apreciarla en su totalidad como en ese momento; había atisbado pedazos de ella: sus ojos, sus labios, su cuello, sus manos... Y ahora podía contemplarla al completo, con el viento a sus espaldas y la luz de la luna bañando su piel blanca, y se me sobrecogió un poco el corazón. La sangre del ángel parecía brillar en cada pequeño retazo de su ser, haciéndola más gloriosa, más preciosa, más alcanzable al mismo tiempo que terriblemente humana, y eso sólo me hizo desearla todavía más.

«Qué ñoño estás», pensé, aunque no podía dejar de darle vueltas a esa idea, mientras me acercaba a ella, la cogía por la cintura y allí de pie en medio del salón volvía a besarla. No con la misma pasión con la que me había aferrado a sus labios en el bar; era como el segundo choque de una ola contra un acantilado, fuerte e intenso, con la intención de seguir golpeando la roca. Le rodeé la espalda con los brazos, atrayéndola hacia mi boca y apretándola contra mí mientras sentía la respiración pesada y el cuerpo caliente, como deshaciéndose, igual que yo.

Cuando nos separamos le cogí de las manos mientras me dirigía hacia el sofá, pero no me senté sobre los cojines sino sobre uno de los brazos para que pudiésemos estar a una altura que ella le diese algo de ventaja. Le atrapé la cintura entre las manos, la colé entre mis piernas y volví a besarla una vez más; en ese momento también pensé que podría estar haciéndolo toda la noche. Colé los dedos debajo de su ropa y empecé a pasearlos por el vientre, por los costados, a subir por su espalda siguiendo a veces los dibujos de las runas que habían pintado trazos plateados sobre lo blanco de su piel, y por primera vez en mi vida no me pareció algo desagradable, sino retazos de un arte que sólo unas pocas personas podían esgrimir, igual que sus armas. Los nefilims eran odiosos pero eran indiscutiblemente bellos en toda su extensión, y eso era algo que antes nunca me habría permitido reconocerme ante mí mismo. Pero en ese momento el tequila había abierto puertas en las que nunca había reparado que estaban dejando salir ideas que ni siquiera sabía que alguna vez había contemplado.



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WISH YOU WEREN'T HERE
→ Miércoles → 20:50 → Sótano del Scarlett's  → Cálido
Era como estar bajo el agua. Los sonidos le llegaban atenuados, sus sentidos siempre alertas y rápidos estaban atontados; se dio cuenta de eso cuando Michael sacó el dinero para pagar aquello y ella se preguntó si traía dinero encima. Seguramente si, en tarjeta. Aquel pensamiento la hizo reír un poco y se puso de pie sin su agilidad anterior debido al tequila en su sistema. El aire fresco sirvió para ponerle los pies en la tierra y también, como no, para calmar su acelerado corazón. Lo siguió lo mejor que pudo, a veces acelerando el paso o luego quedándose atrás debido a que se sentía demasiado anonadada por su cascada de emociones como para mantener un ritmo estable en nada. Si bien el castaño no la tomo de la mano o le rodeo la cintura de forma posesiva o algo parecido, si notó que se detenía o aceleraba el paso según ella, siempre manteniéndose a su lado.

Le parecía que no era ella la que estaba siguiendo a un mundano, con el deseo vibrando bajo su piel, excitando cada célula de su cuerpo, chispas que la recorrían y sentía que apenas entrará en contacto con algo, la electricidad abandonaría su cuerpo. Entró detrás de él y dejó aquella chamarra negra en la entrada. Se desenroscó el látigo de su muñeca con movimientos controlados y se deshizo del cinturón de armas que la libero de un peso que no era consciente de cargar. Se sentía más ligera, tan humana, como si la Victorie que era cazadora de sombras se hubiera quedado atrás con sus armas y ahí solo estaba ella; la chica fuerte, hermosa, francesa y llena de emociones que no solía dejar ver con tanta facilidad. Ella no era desconfiada, pero no solía dejar que la gente la viese vulnerable como se veía en ese momento. Con el cabello revuelto, las mejillas enrojecidas, los labios hinchados, las pupilas dilatadas y la piel nívea brillando a la luz de la luna.

Que humana se veía. De no ser por las runas la rubia pasaría por alguien normal, sin la sangre del cielo corriendo por sus venas. El salón estaba ante ella y capto pequeños esbozos de la personalidad de Michael en aquel lugar,  las cortinas oscuras, el viento que entró le revolvió el cabello y ella se giró para verlo, sin decir nada. ¿Qué había que decir realmente?

Nada. Solo podía dejarse llevar. Volver a unir sus labios con los de el danés fue un alivio. No sabía porque se sentía tan completa cuando lo besaba, pero lo hacía. Sus brazos sujetándola, sosteniendola, fue lo que evitó que perdiera el equilibrio pues aquel beso la hizo temblar de verdad, con un escalofrío que la hizo aferrarse a Michael como si tuviera alguna cura milagrosa al dolor que la recorría. Le mordió los labios con más fuerza de la que pretendió, pero manteniendo la delicadeza que como mujer tenía. Cuando se separaron ella suspiró de placer mientras lo seguía como un imán, si bien el humano la había tomado de la mano para tirar de ella de alguna forma, Victorie pensó durante un segundo que aquello no hubiese sido necesario; tenía la necesidad de seguirle hasta el infierno.

Sus manos eran cálidas y algo ásperas, como las de la nefilim; el uso de las armas no permitía que tuvieran manos delicadas y completamente suaves. Tal vez por eso se sentía tan atraída a él, porque en muchos aspectos, compartían esa vida de sangre y peligro.

Y todo empezó a perderse. Sus labios volvieron a unirse, con más fuerza mientras ella se deslizaba, primero más alta que él, hasta quedar casi a la misma altura una vez que se acomodó de forma que quedó sentada en su regazo. Sus manos empezaron a recorrerlo con lentitud, primero rozando sus cabellos oscuros, sintiendo la suavidad de aquellas hebras castañas. Luego bajaron a su nuca y después con un gemido provocado por las manos de él en su vientre las deslizó bajo la camisa de él, acariciando con las uñas la piel cálida de su espalda. Sus besos se volvieron hambrientos, saboreando el tequila, el fuego y la libertad que para ella representaba. De vez en cuando se separaba de él durante unos segundos, antes de regresar a sus labios con fervor. El roce de sus cuerpos la tenía alerta y llegó un punto donde la ropa  le parecía un obstáculo demasiado molesto. Sonriendo contra sus labios se separó de él un poco, el tiempo suficiente como para deshacerse de la camisa que tanto le estorbaba para recorrer los músculos de su abdomen. Lo había visto antes sin camisa, pero había estado demasiado controlada en ese momento, concentrada en curar las heridas que lo recorrían, evitando a toda costa pasarle la mano como lo estaba haciendo en aquel momento, como si fuera una artista y él una escultura que ella quería moldear. No había un control en sus movimientos, solo quería recorrer la mayor cantidad de piel posible en la menor cantidad de tiempo. Memorizar cada aspecto de él, grabarlo en su memoria.

Que fácil había mandado todo el control al carajo.




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→ Miércoles → 23:50 → Apartamento de Michael  → Cálido
La primera cicatriz seria, la que requirió algo más que una venda, que recuerdo haberme hecho la tenía en el pecho, fruto del resultado de un entrenamiento con mi padre, que decidió que las espadas debían de ser algo real desde ese momento en adelante. Evidentemente no hubo hospitales, sino un brujo que la cerró lo mejor que Kennet le dejó, ya que para él era primordial que me quedase marca. Así aprenderás de tus errores, me dijo; yo era demasiado pequeño para comprender por qué era importante que estuviese ahí, pero no le cuestioné. De niño nunca le cuestionaba demasiado por temor a recibir un bofetón de su parte, hasta que las réplicas terminaron por quemarme la lengua y las hostias se volvieron algo más frecuentes cuando me levantaba especialmente irreverente.

Cuando Victoire la acarició, sin embargo, no despertó en mí ningún recuerdo desagradable; sólo el mismo agradable cosquilleo que cada vez que metía los dedos por mi pelo para acariciarlo. El peso de su cuerpo sobre el mío hizo peligrar nuestro equilibrio en un par de ocasiones, pero yo siempre lograba mantenerlo, y me reía contra su boca por culpa del tequila. Me aferré a sus caderas y la apreté contra las mías, suspirando placenteramente al sentirla rozarse contra la presión de mis pantalones. Su camiseta también voló entre beso y beso, y su olor me golpeó como una bofetada dulce y tentadora. Abandoné sus labios para perderme en lo que llevaba deseando hacer desde que había visto su cuello por primera vez; los primeros mordiscos y besos fueron suaves, pero la intensidad fue aumentando conforme la escuchaba gemir.

Cuando le clavé los dientes en la base de los pechos me aferré a sus nalgas con firmeza y la levanté en peso mientras me ponía de pie; no se podía considerar que fuese ligera como una pluma ni mucho menos; de hecho pesaba porque su cuerpo era el cuerpo duro de una guerrera, pero la cargué con mucho gusto dejando marcas por toda su piel mientras la llevaba hacia mi dormitorio y nos dejaba caer sobre el colchón, regresando a sus boca e imprimiendo cada vez más ansia al besarla. Coloqué un brazo a un lado de su cabeza antes de recorrer la línea de su vientre con los dedos de la otra hacia sus pantalones, que desabroché, y bajo los que me introduje a la par que abandonaba su boca para bajar de nuevo a la piel de su cuello, de sus hombros, de su pecho... La primera caricia bajo su ropa fue suave, casi tanteándola, pues hacía mucho tiempo que no me acostaba con una mujer y quería que disfrutase; con ellas aparentemente todo era más complicado si no tenías un manual, pero eso no era cierto. Sólo había que probar y sobre todo, que preguntar y que escuchar; no sólo sus gemidos, sino también los movimientos de su cuerpo, sus peticiones, el camino de sus dedos.

Dime si te hago daño —le susurré al oído antes de morderle el lóbulo—. O como quieres que te toque... —Beso en la mandíbula—. Dime lo que quieras y haré lo que quieras —beso en el cuello—. Y no te ocurra contenerte, Victoire —susurrar su nombre fue casi tan excitante como todo lo demás, porque nunca la llamaba así. Estaba prohibido, como toda ella. Pero ahora daba igual.



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