06/06 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


01/01 ¡El Staff de Facilis Descensus Averni quiere desearos un muy feliz año 2018!


38 # 37
18
NEFILIMS
7
CONSEJO
11
HUMANOS
5
LICÁNTRO.
12
VAMPIROS
13
BRUJOS
6
HADAS
3
DEMONIOS
1
FANTASMAS

¿Y luego qué?, temo que no sea la última vez - [FB INST/PART 2] With Adeline & Jonas Geller.

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¿Y luego qué?, temo que no sea la última vez
→ MARTES → 23:37 HRS  → ENFERMERÍA | INSTITUTO DE N.Y → CLIMA: CÁLIDO HÚMEDO (25°C)
Con mi codo deslicé la reja del ascensor en un golpe seco, jadeaba con fuerza, aseguré con mis dientes la chaqueta sobre tu pequeño cuerpo y salí como una exhalación del cubo dorado para llevarte al único lugar donde no tendría que hacer vendajes improvisados. Ya casi estábamos ahí. Mi cuerpo gritaba por un descanso, las rodillas temblaban a cada paso, y la respiración lastimaba la garganta seca. Fue todo un milagro que no me desmayara a medio camino desde que la travesía por Brooklyn y parte de Manhattan nos trajeran a nuestro hogar; no podía dejarte, no podía permitir que nadie nos viera o terminaríamos en alguna estación de policía y a ti te llevarían a los desesperantes hospitales mundanos. Y ni hablar del los problemas para escapar.

En un arrebato golpeé las puertas de la Enfermería asustando a su vez al gruñón gato persa que dormía sobre una de las camillas, troté a la más cercana, agaché un poco mi postura y con cuidado hice que te recostaras. No sabía sí estabas despierta, delirando o rendida en el sueño pero aquí nada te haría daño.
Quito el calzado de tus pies, desprendo la chaqueta ensangrentada y la tiro en un canasto de tela contra el muro, luego tenté tu pulso sobre la carótida y marqué los tiempos. Tragando saliva negué con la cabeza, sujeto suavemente tu cabeza acomodándola en la almohada, reviso el ensangrentado sitio y oprimo los labios lamentando que los iriatzes funcionaran "lento" para heridas de la cabeza en comparación con otras del cuerpo; suspirando, me alejé un par de segundos para ir por una jarra con agua, paños, vendas, y un kit de primeros auxilios. Sentándome en la orilla del colchón, limpiaba tu rostro y manos con el paño húmedo de agua para descubrir y limpiar heridas o raspones que no haya advertido en el primer vistazo allá en el cementerio.

Corto de tu pantalón toda la pierna derecha para mejor vista al lugar donde el virote hizo su peor daño, afortunadamente estaba cerrando gracias a las runas sin embargo tardaría de 3 a 4 días en que quedara completamente sana, y con mi mejor trabajo para limpiar la zona pude colocar una gaza como vendar firmemente el muslo. Después levanté un poco la blusa de tu torso y sentí nauseas por ver todos los hematomas en tus costillas ya no rotas pero muy frágiles apenas con un simple contacto como era el de mi mano tentando delicadamente la piel —Ade, ¿qué estabas pensando...?— Murmuro cerrando los ojos con afligida expresión mientras tomó del bolsillo el Iphone sucio de la sangre ajena y selecciono uno de los contactos —¿Allò, Jaques?, ... Oui perdona que llame tan tarde, amigo, es un asunto urgente. Por favor, encuentra a Jonas Geller y pide su presencia en la Enfermería— Exhalo por la nariz dejando la palma en tu abdomen y remojo mis labios —¿Quoi?, no, no. No soy yo... escucha, es su hija. Sólo dile que venga inmediatamente, es una emergencia, merci.— Dejo el celular sobre la mesita a un costado de la camilla y me paso ambas manos por el cabello peinándolo un poco del alocado estilo que traía. Redirigiendo la vista a tu pequeño rostro pálido, sonrió un poco cuando noto movimiento en tus párpados e inclino mi cuerpo al tuyo mientras te tomo suavemente de la cadera para depositar un pequeño beso en tus labios. —Descuida, Adel, ya estás a salvo...

Apoyando mi frente sobre la tuya, volvía suspirar, decepcionado y agotado, tan entumecido por el estrés y el miedo de perderte que podría dormir a tu lado y despertar hasta dos días después sí eso consolaba mi quebrado espíritu. Pero no sería así. Alejo mi rostro del tuyo sujetando tus dos manos entre las mías y en ellas clavo la mirada... No quería que una tragedia nos separara, tenía tanto que quería hacer contigo y demasiadas nuevas experiencias... ¿Cómo podría confiar en ti ahora?. ¿Cómo te vería a los ojos y pediría que fueras...?

Una de las puertas se abrió.
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¿Y luego qué?, temo que no sea la última vez
→ MARTES → 23:37 HRS  → ENFERMERÍA | INSTITUTO DE N.Y → CLIMA: CÁLIDO HÚMEDO (25°C)
Mi cuerpo se mecía como si estuviese llevada por unas olas embravecidas a alta mar, con la única diferencia que la única humidad que me envolvía era la de mi propia sangre. No tenía muy claro qué pasaba; entraba en la inconsciencia y salía alternativamente, por lo que había perdido la noción del tiempo y del espacio. De lo único que estaba segura es que eran los brazos de Chris los que me llevaban a cuestas, podía reconocer su calidez y olor en cualquier lugar, incluso en el más profundo de mis sueños más vividos.

Chris… — murmuré muy bajito, con toda la fuerza que podía emerger de mi cuerpo y que solo dio para susurrar. Antes de volver a perder la consciencia le había visto realizar esa runa tan peligrosa y prohibida para salvarme la vida. No pude culparle, yo hice lo mismo por él hacía muchos meses atrás, cosa que volvería hacer una y otra vez de encontrarlo de nuevo en aquel estado tan lamentable. La cabeza me daba vueltas, y deseaba volverme a dormir. Necesitaba salir de esa vigilia tan insufrible a causa de las heridas recibidas, pero las notaba sanar muy lentamente gracias a la intervención de Chris en el cementerio.

Ya no sentía ningún miedo de morir, eso no iba a ocurrir mientras tuviera a Chris velando por mi seguridad, sin embargo sentía otros terrores internos que tenían que ver con la persona a la que había mandado a avisar. Supe que me había equivocado, que erré pues… a pesar de haber sido descubierta por Brenand, pude haber intentado huir. Soy rápida y pequeña, con un poco de suerte pude haberle dado esquinazo, pero ni siquiera lo intenté, me pudo la ira y la rabia al ver cómo mató a un compañero. A un hermano. Debería alejar de mi tanta agresividad y odio que me impiden razonar; esos oscuros y negativos sentimientos y emociones que me manejan como un titiritero maneja a sus muñecos de trapo. Cortar los hilos del descontrol emocional. Mi padre debía sentirse decepcionado por comprobar que su única hija no había aprendido nada de él.

Aún no me había visto la marca personal que Brenand había dibujado en uno de mis hombros con sus iniciales. De hacerlo, muy posiblemente hubiese suplicado que me cortasen de forma inmediata ese trozo de piel. El agua tibia que pasaba por mi cara a través de un paño me espabiló un poco, abrí los ojos y ahí hallé a Chris, tal como esperaba, cuidaba de mi. Lo miré varios segundos con un gesto neutro. Ensimismada, borracha de dolor y agotamiento. Fue cuando vi su cara de espanto en el momento de ver el estado de mi torso, cuando mi semblante se arrugó en una expresión de pena infinita y de arrepentimiento. Nunca quise hacerle daño.

L-Lo siento… — comencé a sollozar sin dejarle de mirar a los ojos con una disculpa sincera, luchando por no ponerme a gimotear como la niña pequeña que nunca me dejaron ser. No me excusé, no era momento ni creía que valiese para justificar lo que había hecho. Llamó por teléfono para que diesen aviso a mi padre. Yo lo pedí, aunque lo hubiese llamado igualmente por ser quien es. No obstante pensaba que en la sala no entraría un padre, sino el severo instructor del consejo de La Clave: Jonas Geller. Y eso no era lo que necesitaba en esos delicados momentos. Es increíble lo que te hace pensar haber estado tan cerca de la muerte. De pronto te das prisa para recuperar el tiempo perdido y arreglar –de ser posible – los enormes agujeros que había en nuestra relación, porque aquello no eran simples asperezas.

Estaba allí… Pensaba que podía… — hice una breve pausa para cerrar los ojos y disfrutar de las caricias que sus manos me proporcionaban por los cabellos y su beso. — Recordé a Robert, a su fragilidad…cuando creíamos que… se nos iba por su culpa. — se me humedecieron los ojos al rememorar al director del instituto, aquel a quien había aprendido a tenerle gran estima desde que nuestra relación se estrechó en los últimos meses. —  Y lo vi… ejecutar con brutalidad a un hermano… Chris — cerré los ojos del dolor que me producía recordar la cabeza del compañero nefilim chocar contra mis propios pies. — La rabia fue… más fuerte que la prudencia. Lo siento… — tragué saliva con dificultad en el momento que la puerta de la enfermería se abrió. Esperaba no oír sus gritos de reproche, ni ver sus ojos inyectados en la decepción y la vergüenza.



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¿Y luego qué?, temo que no sea la última vez
→ MARTES → 23:37 HRS  → ENFERMERÍA | INSTITUTO DE N.Y → CLIMA: CÁLIDO HÚMEDO (25°C)
Recuerdo perfectamente la última vez que tuve una llamada urgente.

Las niñas habían llegado a Londres hacía poco tiempo y yo me encontraba algo sumido en mi soledad por haberlas dejado marchar; aunque nunca fui un padre especialmente cariñoso o que estuviese mucho tiempo con ellas salvo en los momentos de entrenar, pero su presencia en la casa me daba cierto alivio al corazón, y me recordaban a la mujer con la que nunca podría estar. Sin embargo, creí haber hecho lo correcto al haberlas enviado allí que pudiesen pasar de nuevo más tiempo con su madre, porque en el fondo nunca me había dejado de sentir culpable por apartarlas de su lado. Los ojos claros de Clarisse mirándome con cierto reproche por no ser capaz de contarle nada seguían persiguiéndome, pero ella siempre había sido increíblemente comprensiva, y supo, de alguna forma, que estaba haciendo lo correcto al dejar que viniesen conmigo. Que yo podría protegerlas, porque ellas veían cosas que los demás no llegaban a percibir, y eso a la larga les traería problemas.

¿Quién me iba a decir a mí que al final haberlas apartado de su lado, lo que parecía más sensato y más seguro para ellas, fue lo que mató a Susan? Fue la única vez que rompí mi voto para verla, el día en que fui a decirle yo mismo que habían matado a nuestra hija, y que ni siquiera podría llorar sobre su tumba porque mi gente la había enterrado en un sitio que ella no podría alcanzar. En aquel instante lloró, me maldijo, nos maldijo, me pegó, me arañó y lloró todavía más. Recuerdo haberla abrazado mientras las lágrimas salían solas también de mí, y recuerdo haberla acunado hasta que casi nos quedamos dormidos, pero al final, me dijo, no era mi culpa.

Si se hubiese quedado contigo no le habría pasado esto. Porque queríamos vernos las mandaste aquí y ahora ella ha muerto.

Nunca lo entendí. ¿Por qué no me odió? ¿Por qué no puso la losa sobre mí? Creo que eso me habría hecho sentir mejor, porque nunca, nunca he abandonado esa sensación horrible; esa certeza de que, dijese lo que dijese Clarisse, la niña había muerto por mi culpa.

Cuando el teléfono sonó aquella noche de septiembre me encontraba trabajando en unos documentos que me habían encargado como miembro de la Clave; informes, informes y más informes. Me extrañó, porque no era habitual que contactasen conmigo a esas horas, pero tampoco esperé nada grave, pero en ningún momento esperé que me dijesen que fuese a la enfermería porque mi hija estaba allí y que era urgente. Un miedo como el que no recordaba haber sentido desde la llamada de Londres me sobrecogió por todas partes, y durante un segundo me quedé paralizado mirando la pantalla del móvil antes de poder reaccionar y salir a toda prisa de mi habitación.

Había olvidado el regusto amargo que deja el miedo en la parte final de la boca. Y la opresión de la angustia... No podía dejar de imaginar el peor de los escenarios y la angustia me sobrecogió por completo, trayéndome a la cabeza los peores recuerdos que un padre puede guardar en su existencia... La piel pálida de Susan, enfriándose, mientras la vida se le escapaba de entre los dedos; el rostro de Adeline compungido por el dolor, las lágrimas; el sonido de su voz marchita... Caminaba demasiado recto, a paso acelerado, con los puños apretados a cada lado del cuerpo y una súplica repitiéndose por dentro una y otra vez.

«Por favor, no. Por favor, no. Por favor, Adeline no. Adeline no. No te la lleves también a ella. Por favor. Por favor, no podría soportarlo…»

Había hecho tantas cosas mal con ella. Le había hecho sufrir tanto que mi propia muerte no podría aliviar todo el dolor que le había causado. El no estar ahí para consolarla tras la muerte de Susan. El convertirme en un tutor estricto que le había hecho entrenar hasta el extremo después de quedarse sola. El haberle amenazado con acabar con la vida de aquel lobo del que se había enamorado años atrás… Todo me bullía por la cabeza de forma apresurada mientras los pasillos se tendían enormes ante mí, rezando por conseguir un momento más, una oportunidad más, un segundo más con ella.

«Por favor, no. Por favor…»

Al llegar abrí las puertas sin siquiera llamar o pedir permiso primero. Las convenciones sociales me importaban más bien poco en ese momento; demasiado que había aguantado la compostura para no salir corriendo como un loco por los corredores del Instituto. Y allí estaba ella, tendida en la cama, tan pequeña, tan blanca, con el cuerpo lleno de sangre y la ropa destrozada… Y yo me quise morir. Me quedé paralizado en la entrada mientras contemplaba la escena, y pobre del desgraciado Christopher, porque fue lo segundo que vi, a su lado, cuidando de ella, y me sobrevino una oleada de rabia y de dolor tan grande que me fui directo hacia él y, cegado por todo, le pegué un puñetazo en la cara. Si se lo esperaba, no lo sé. Si intentó evitarlo, tampoco. Mi puño impactó contra algo y luego empezó a arder como el infierno. No me escuché gritar, pero sé que lo hice. Las palabras salieron solas.

¿¿Cómo has dejado que le pase esto?? ¿¿Cómo?? ¿¿¡¡Cómo!!?? ¡¡Se suponía que tú ibas a protegerla!! ¡¡Se suponía que ibas a cuidar de ella!! ¿¿¡¡Cómo has permitido que termine así!!?? ¿¡¡Cómo!!?

Ni siquiera me di cuenta de que ella estaba consciente, observándonos, débil y horrorizada, hasta que giré el rostro hacia el suyo vi sus enormes ojos puestos en mí. Entonces me rompí. Estaba viva… Viva… Me desplomé de rodillas en el suelo, a su lado, observándola como si fuese la encarnación de Cristo recién descendido a la Tierra y yo fuese el único que se hubiese dado cuenta de ello. El alivio que me sobrevino fue tal que gemí mientras las lágrimas empezaban a resbalarse por mi rostro. Lloraba. ¿Cuándo había sido la última vez? Ah… Sí… Cuando había visto el cuerpo inerte de Susan sobre la cama…

Me levanté de donde estaba y me giré, apretándome una mano contra la boca mientras intentaba ahogar los sollozos que me nacían de dentro porque no podía soportar que mi hija me viese llorar de esa manera, sin control, sin límites. Qué patético… Qué miserable… No era capaz de contenerme, como un niño pequeño. Pero es que Adeline estaba viva… Viva…




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→ MARTES → 23:37 HRS  → ENFERMERÍA | INSTITUTO DE N.Y → CLIMA: CÁLIDO HÚMEDO (25°C)
Shhh, Adel...— Susurro aún con la preocupación en mis facciones, detestaba ver el costo de tu hablar con cada esfuerzo para mover los labios cortados debido a la pérdida de sangre e hidratación. Todavía no podía ordenar mis pensamientos para hablar con un tono más serio del compasivo que usaba en el momento pero no me veía con el corazón para ser un despiadado miembro del Consejo que actúa friamente con la disciplina que se nos había inculcado desde pequeños; éramos soldados a final de cuentas, no poseíamos las libertades de los mundanos ni actuábamos sin pensar. Una parte mía estaba en encrucijada con exigir venganza al mal nacido que se atrevió a dañarte pero... la otra... sólo deseaba gritarte y sermonear como un anciano de 60 años que ha tenido el susto de su vida. Y, sin embargo, deducir quién fue ése bastardo con mirar la marca sobre tu hombro, quedaba fuera de mis manos hacer algo NO impulsivo o considerado un acto suicida como el tuyo —Por favor, ya no hables— Imploré por última vez hasta que se abrieron las puertas tras semejante entrada.

Nada, ni el mismísimo Ángel en los cielos preparaba al chico que se interpusiera en la ira de un padre sobreprotector como bestia imparable que... claro... se desquitaría con lo primero que sus puños tuvieran al alcance. Sí me lo merecía o no fue tarde cuando reaccioné pues el último recuerdo sensato había sido levantarme tan rápido como pude de la camilla imaginando que una escena demasiado romántica no era bien recibida para el padre o madre de la novia en cuestión.

Después llegaron los gritos y el dolor. Mas dolor que una conexión coherente a todo lo que vociferaba el imbécil de Geller -con todo el respeto- pues tan potente fue el trancazo que me había tumbado a los pies de la camilla mientras la sangre brotaba del tabique roto y las fosas iguales a una fuente de navidad en el Rockefeller Center. Mi orgullo estaba ausente mientras mis manos se aferraban a la nariz palpando toda la sangre —¡bâtard de mer...!— Reclamé con toda la indignación posible, ya me incorporaba avergonzado de la guardia tan bajo con que me tomó y tenía una intención horrible de regresarle el santo trancazo en el tiempo que lo vi... arrodillado. Jonas Geller mostrando sus verdaderos sentimientos. ¿Acaso su golpe me había enviado al cielo y lo que veía era un maldito ángel piadoso junto a la chica que amaba?.

No, no estaba muerto. Y no, no era una ilusión.

El inconveniente de mi presencia lo noté significativamente cuando mi mirada encontró la de Adeline. Ni ella o yo teníamos pájara idea de qué procedía pero en definitiva yo no iba a permanecer más tiempo ahí haciendo estorbo o mal tercio en la que sería una emotiva -pero extraña- reconciliación entre padre e hija. Sentía lástima por Jonas desde aquel entrenamiento en la madrugada y verlo tan desolado en ésos momentos casi me hacen correr despavorido a las puertas para no presenciar la caída de un soldado totalmente disciplinado. Casi salgo corriendo. Casi.

Lo único por lo que estaba ahí era exigir una explicación de Adeline y al menos una razón para no encerrarla lo que restaba del verano en el Invernadero para que se hiciera cargo de las plantas como castigo.
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→ MARTES → 23:37 HRS  → ENFERMERÍA | INSTITUTO DE N.Y → CLIMA: CÁLIDO HÚMEDO (25°C)
No, no quería callar. Su siseo no iba a detener la explicación que debía dar, aunque nada podía justificar que fuera una total inconsciente cuando decidí enfrentarme a Brenand. Ni si quiera intenté huir, me cegué por el odio. Me dejé llevar por la impotencia de ver que acababa de matar a un chico que recién esperaba este sacrificado camino. La soberbia me animó y me dio ese empujoncito haciéndome creer que tendría una posibilidad de vencerle aunque fuera mínima. Pero no… acabé casi muerta. Allí, tumbada en la cama de la enfermería debía estar a salvo, fuera de peligro, pero la cabeza me daba demasiadas vueltas. Todavía sentía el peso del dolor en la zona donde se abrió la brecha de donde emanó toda esa sangre. Chris debió llevarse un susto de muerte de verme así. Me pregunté si seguía teniendo ese mal aspecto, si aún seguía bañada en mi propia sangre, si mis cabellos continuaban salpicados del líquido carmesí.

No… escu…— no me dio tiempo a replicarle a Chris pues la puerta se abrió de par en par dando paso a mi padre. Tan aturdida como estaba me giré lentamente para mirarle. No pude enfocarle a la cara, hasta pestañear resultaba una tarea agotadora. Cuando me pude dar cuenta de la situación, mi padre le había lanzado un potente golpe a Chris en la cara. La impresión pudo más que mi cansancio, y así elevó completamente mis parpados hasta su límite. Oí sus palabras cargadas de rabia, coraje, pero también de impotencia. No… no, no, no. No podía responsabilizar a Chris de lo que me había ocurrido. Él no tenía la culpa. La tenía yo. La única culpable de lo que me había pasado fui yo y nadie más.

Sentí miedo, un horror que se vio reflejado en mis ojos acuosos. Le vi girarse hacia mi y pensé que me tocaba sufrir de su parte las represalias de mis malas actuaciones. Siempre me había gritado cuando hacía un movimiento erróneo en nuestros movimientos, si no lograba esquivar uno de sus golpes más fáciles (según él). Entonces, por jugarme la vida, me iba a llevar la peor de las broncas a pesar de ser lo que menos necesitaba en esos momentos. Quería reencontrarme con mi padre, y pensé que tras el puñetazo que recibió Chris, que al final no iba a ser, porque esa persona que tenía en frente no era el padre que ansiaba.  

Mis ojos descendieron unos centímetros al seguir los suyos pues se había desplomado en el suelo. Sus rodillas hincadas en el suelo, y sus ojos dejando escapar lágrimas me desconcertaron más todavía. Sentí que se me erizaban los vellos de mis brazos, y espontáneamente, las facciones de mi rostro imitaron a las de mi padre. Arrugué mi cara en un gesto compartido que no era capaz de definir, porque no lo recordaba o nunca antes lo había sentido. — P-Papá… — Nunca le había visto llorar. Nunca le había visto sufrir así, nunca, ni siquiera con Susan porque no quiso compartir su dolor ni con mi madre ni conmigo. Nunca supe cómo reaccionó a su muerte, ni como lo sobrellevó todos los años siguientes. Se aisló y cuando lo volví a ver se había convertido en un hombre con el corazón cerrado herméticamente. Estaba bloqueada, sin saber cómo reaccionar aunque tampoco es que pudiera hacer demasiado en mi estado, pero sí que comprendí.

Busqué la mirada de Christopher cuando mi padre se levantó y se giró. Él tenía aún una expresión confusa que no coincidía con la mía. Vi su mejilla, enrojecida, un recuerdo que le duraría unos días. Volví a girarme despacio hacia mi padre, que seguía llorando desconsolado, tratándose de esconder de mi mirada. Ya era tarde para esconder lo más dulce y a la vez más doloroso que había visto en él en toda mi vida. Elevé mi brazo derecho entre quejidos hacia él. Estiré mis ensangrentados dedos hacia su posición. Así logré rozar débilmente su mano para interrumpir ese llanto hecho bucle para que se volviera a girar hacia mi. — Lo siento… — repetí lo mismo que le había dicho minutos antes a Chris. Y debía confesar para mis adentros aunque me hiciera sentir una mala persona, que sentí emoción de ver a mi padre tan… afectado. Porque durante mucho tiempo había pensado que entre nosotros no quedaba amor fraternal que dar. Fue en el peor de los momentos cuando me di cuenta de que siempre estuvo ahí, enterrado debajo de toneladas de orgullo, tristeza y amargura.




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→ MARTES → 23:37 HRS  → ENFERMERÍA | INSTITUTO DE N.Y → CLIMA: CÁLIDO HÚMEDO (25°C)
Cuando era muy pequeño mi padre me entrenó de forma no muy diferente a como yo había hecho con Adeline después de que regresase de Londres. Era un hombre muy estricto, muy severo y que siempre esperaba lo mejor y más alto de mi parte; yo, al contrario que mi hija, nunca me rebelé contra este hecho, sino que me dediqué en cuerpo y alma a contentar las expectativas de mi padre, daba igual cuán altas fuesen. Si él quería algo de mí, yo le daría el doble. La escala, por supuesto, era progresiva: cuanto más alto llegaba, más quería él que ascendiese y más subía yo. Daba igual la velocidad o lo autodestructivo que fuese aquello; nunca se me ocurrió contradecir, siquiera ir en contra de lo que él pudiese esperar de mí.

Mi madre, por supuesto, no decía nada, aunque la recuerdo algo más amable que él, y más sonriente. Le decepcionó que hubiese tenido amoríos con una mundana, pero aceptó a las pequeñas cuando vinieron conmigo. Mi padre, por supuesto, no. Y yo no le mostré lo que aquello me hizo sentir, como no le había mostrado ninguna de mis emociones en ningún momento de mi vida. Endimión Geller me enseñó a reforzarlo todo con acero, con hierro duro y frío que no podía ser atravesado ni leído, y de este modo viví durante muchos años, incluso tras el día de sus muertes. Me vestí de blanco, pero no les lloré. En realidad, sólo recuerdo haber llorado tres veces en mi vida.

La primera fue cuando fui a visitar a Clarisse y vi que habíamos tenido gemelas. Nunca pensé que yo pudiese engendrar nada hermoso ni delicado, y las niñas lo eran.

La segunda, cuando fui a visitar a Clarisse para decirle que nuestra hija había muerto y que no podría enterrarla en su cementerio mundano.

La tercera, fue en ese momento, y de forma mucho más incontrolada, mucho más salvaje, como no la había sentido en mi vida.

Resultaba asfixiante, agónico. ¿Cómo podía la gente dejar fluir sus sentimientos fuera de su cuerpo de esa manera, como lo estaba haciendo yo? Sentía que me ahogaba, que cada vez respiraba de forma más entrecortada y que el aliento no me llegaba a los pulmones. ¿Estaba teniendo un ataque de ansiedad? Intenté regularizar mi respiración, tomando aire despacio para dejarlo salir con la misma lentitud con la que entraba. ¿En qué clase de patético intento de hombre me había convertido? Pero la sola idea de perder a la hija que me quedaba, a lo único que me había hecho sentir verdadero amor después de su madre y de su hermana… Su muerte habría terminado conmigo. Si quedaba algún resquicio de oscuridad en mi corazón me habría zambullido directamente a él para no emerger de sus aguas negras nunca más. ¿Qué clase de padre podía llegar a sobrevivir a la muerte de sus dos hijas y no sentir que el mundo se le venía encima?

Quise tranquilizarme antes de encararla de nuevo, pero entonces sentí el roce de sus dedos maltrechos sobre mi mano y de forma inconsciente me volví hacia ella. Nunca la había visto tan pequeña, ni tan frágil. Nunca había sentido más deseos de abrazarla, de acunarla en mis brazos para asegurarle que nadie iba a volver a hacerle daño, que todo iba a ir bien. Su voz me alcanzó tan débil que sufrí un nuevo espasmo, acompañado de un gemido y de nuevas lágrimas que se colgaron de mis pestañas cerradas mientras recogía sus dedos con los míos, mucho más grandes, morenos, pero igual de callosos. Me puse de cuclillas a su lado y me llevé la mano de mi hija a la frente, sintiendo su frialdad contra mi piel sudada.

No… No… —Negué con la cabeza. Las palabras se me atolondraban en la garganta. Permanecí así casi un minuto entero, haciendo ejercicios para controlar el llanto y la respiración. Al final sólo quedaron dos ojos rojos, dos surcos de lágrimas secas sobre las mejillas y la voz rota de un padre arrepentido—. No, soy yo quien lo siente, Adeline. —Llevé mi otra mano a su cabeza para acariciarle la frente, el pelo, como había hecho con ella cuando era muy pequeña y las observaba dormir, a ella y a Susan, sobre sus pequeñas camas—. Perdóname. Pero no sabía… no conocía otra forma de ayudarte… No podía perderte a ti también y es lo único que he sabido hacer siempre… —Me quebré allí de nuevo, delante de ella y de su pareja, que nos contemplaba con pasmo, pero me dio igual. En realidad, ni me acordaba de Christopher. Mi cabeza sólo estaba con mi hija y nada más, mientras las palabras afloraban solas de mis labios; palabras que en otras circunstancias no habrían salido jamás—. He sido un padre espantoso para ti y me merezco todo el odio que puedas verter sobre mí. Así que no pidas perdón. Ni un poco. Soy yo quien te ha hecho terminar así… Es mi culpa. Todo ha sido siempre mi culpa…

Si se hubiesen quedado con Clarisse, Susan seguiría viva. Si hubiese sido capaz de abrirme a ella, quizás hubiese conseguido que no se lanzase de forma tan impetuosa hacia los brazos de la muerte. He hecho tantas cosas mal en esta vida… Tantas cosas mal…




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