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29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


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30/12 - Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada. ¡Detalles aquí!


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[FB] The real life can wait || Winter J. White

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[FB] The real life can wait || Winter J. White

Mensaje— por Rossem E. Grey el Lun Nov 20, 2017 12:56 am

The real life can wait
→ Viernes → 24:00 →  AEROPUERTO INTERNACIONAL JOHN F. KENNEDY → Frio


–Entonces al momento de que se van a dormir para no separarse flotando, se agarran de las manitas y...– cuando se dio cuenta de que no se le estaba prestando la atención requerida, su voz fue apagándose lentamente hasta que al final no era mas que un trémulo murmullo. Los oscuros y opacos ojos café que estaban posados sobre ella no estaban regresándole la mirada. Estaban muy lejos, flotando en alguna nebulosa extraña –¿Ross, estas escuchándome?–

El castaño ni siquiera respondió, tan enfrascado en sus propios pensamientos que ni siquiera había oido la pregunta de su hermana. Irradiaba una incomodidad palpable y deliberadamente se aisló de la sala de espera donde se encontraba; Sabia perfectamente que Rossie había esperado hasta el ultimo minuto para revelarle su absurda idea de un viaje familiar a la casa de sus abuelos en los Hamptons para que no hubiera forma humana en que Ross se escabullera del asunto, la mujer era condenadamente ingeniosa, igual que su hijo, que miraba fijamente el Jet privado de las corporaciones Grey como si pudiese fundir la maquinaria con su capacidad mental y ahorrarle la inconmensurable tortura que implicaba un evento tan frívolo como aquella reunión.

La cosa no fue para mejor cuando descubrió que no solamente iría Emanuel también -Quien, pese a vender la imagen de padre modelo, se negaba a ser participe de aquellos viajes familiares- si no que también había una invitación abierta a todos los miembros de la familia Rosewood, quienes estaban disfrutando tanto como sus progenitores de la creciente oleada de especulaciones sobre un romanticismo entre los herederos. A Rossem aquello le valía un cuerno, por supuesto, y deseaba fervientemente que sucediera alguna otra escandalosa escena entre la ridícula obra teatral que componía la elite de Nueva York y asi le dejasen finalmente en paz ¿Era tan difícil comprender su animadversión y absoluto repudio hacia la humanidad, específicamente a los de la categoría pudiente que circulaban por el Upper West Side? Las relaciones sociales y el eran viejos enemigos, y no tenia ninguna intención de remediar aquel hecho por un ridículo compromiso, el cual le habían impuesto semanas atrás con una completa desconocida que, pesé a poseer todo los sinónimos del encanto no podia estar mas mal de la cabeza. Al menos de eso estaba seguro Ross.

Georgina, no pudiendo soportar mas aquella situación, lo tomó del rostro y le obligó a salir de su ensoñación. Ross le apartó las pequeñas manos del rostro y se las envolvió con delicadeza. La pequeña se había retirado los guantes y por eso tenia los dedos congelados, como si hubiese estado apretando bloques de hielo, lo que era perfectamente normal debido a las bajas temperaturas que traía consigo el invierno –Por supuesto que estaba escuchándote. Anda renacuajo, sigue contándome esa fantástica y conmovedora historia sobre la emigración de los salmones–

La niña sacudió la cabeza, haciendo que sus risos del color del fuego se removieran y le miró con severidad –¡Nutrias! ¡Estaba hablando de nutrias!–

–¿Qué dices, que eres una nutria? Pues la verdad es que con lo enana que eres no cuesta confundirte con una– Aquello fue el detonante para que su hermana perdiera la paciencia e inútilmente intentara abalanzarse sobre el para picarle. Ross, muchos años mayor que la niña, la sujetó en el acto y ahogó una carcajada. Aun así fue lo suficientemente audible para que su madre apartara la cosmopolita que leía con tanto esmero y los fulminara a ambos con la mirada –Ustedes dos, ya basta ¿Georgina donde están tus modales? Y Ross has el favor de anudarte la corbata, no van a tardar en llegar...– La orden fue acarreada por la pequeña niña de inmediato, quien se deslizó en uno de los asientos junto a su hermano y siguió observando las ilustraciones de su libro de animales exóticos. Ross ni siquiera se inmutó y cuando ya parecía que su madre estaba a punto de hacer estallar sus globos oculares, dejo escapar un suspiro y se hizo el nudo en un santiamén, mas aburrido que una ostra y dispuesto a ignorar la figura de Emanuel Grey, que se paseaba de un lado a otro por la estancia hablando desde su móvil y gesticulando para enfatizar como siempre hacia cuando hablaba de negocios.

Le esperaban largas horas de completa desdicha...


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→ Viernes → 24:00 →  AEROPUERTO INTERNACIONAL JOHN F. KENNEDY → Frio
-¡DE NINGUNA MANERA!- Exclamó Winter Juliet White mientras movía los brazos enérgicamente. - ¿QUÉ? ¡NO!- Volvió a objetar aunque nadie había replicado palabra alguna desde que William Rosewood hablara. Paseó la mirada por todo el salón a la espera de que Cath saliera de algún escondite y la ayudara a hacer entrar en razón a su padre. - Winnie…- Comenzó a hablar su madre, haciendo uso de toda la dulzura que poseía.- No vas a ir tu sola, nosotros vamos contigo, incluso Cathy.- Explicó Scarlett levantándose de la butaca para tomar la mano de su primogénita, quien se había levantado como un resorte al enterarse del bonito fin de semana que le esperaba. - No me fastidies Winter, yo tengo que ir sin tener un prometido buenorro.- Catherine hacía acto de aparición en el enorme salón con la boca llena, mordiendo un trozo de zanahoria cruda como si se tratara del snack más delicioso sobre la faz de la tierra. La inspectora White meneó la cabeza disgustada, ¡como si el hecho de que Ross fuera terriblemente atractivo hiciera más liviana la situación!

Inevitablemente su memoria hizo un pequeño viaje en el tiempo, transportándola por unos segundos al pequeño y destartalado baño de un estudio en el SoHo. Su mente fue inundada por múltiples flashes de sus labios colisionando impetuosamente con los de Ross, las grandes manos surcando su cintura con vehemencia, la agradable calidez que emanaba de su terso cuerpo… Su ceño se frunció violentamente cuando recordó cómo la había apartado. - Winter solo está molesta porque él la rechazó.- Otra bendita vez, Catherine leyó su expresión facial dando en el clavo. La inspectora empezaba a pensar que en realidad su hermana poseía la facultad de meterse en su cabeza para poder revelar al mundo lo que ella no deseaba contar. Por esa misma razón se halló a sí misma dedicándole una mirada asesina a la joven.

- Es normal que te rechazara, ese muchacho no sabría apreciar a una buena mujer aunque ésta llevara luces de neón que se lo indicase. Su reputación lo precede.- Scarlett entonces lo miró como si estuviera delante de un espectáculo desagradable. - Entonces, ¿por qué has prometido a nuestra hija con ese sujeto?- Por una vez, William no supo cómo responder a su esposa. -No es un sujeto.- Intervino Winter en la conversación secamente.- Sencillamente creo que debe estar harto de que la gente de su alrededor lo trate como a un bien más.- Bienvenido a la élite neoyorquina. pensó rodando los ojos resignada.

Una hora y media después (incluyendo los tres cuartos de hora que Catherine había empleado en cambiarse de modelito porque ninguno de los anteriores le habían complacido) llegaron al aeropuerto de Nueva York, allí era donde iban a tomar el jet privado de los Grey qué los llevaría a los Hamptons. Winter trataba de no pensar en las nefastas cuarenta y ocho que le esperaban rodeada de una familia que no era la suya, porque si al menos los conociera la situación sería mucho menos tensa. Pero no, debía hacer el paripé de su vida enganchada al brazo de alguien a quien le guardaba cierta manía desde aquella tarde que la apartó como si ella fuera una hiedra venenosa y él una pobre margarita a punto de ser emparedada por las tóxicas hojas.

Siguiendo a sus padres, entraron a una sala que con tan solo observar la decoración y el mobiliario, la rubia supo que no mucha gente tenía el placer de entrar en ella. Y allí estaba él, sentado al lado de la pequeña Georgina con el porte digno de un caballero de ensueño, sin embargo, sólo hacía falta que se le prestara atención a la expresión de hastío que lucía su apuesto rostro para percatarse que Rossem Edward Grey de príncipe azul no tenía ni los zapatos. Los labios de la última White, delineados es un llamativo color carmesí, se apretaron al sentir el molesto hormigueo en su estómago que delataba que el muchacho no le era tan desagradable como se había esforzado en creer. Una mano se había posado en su brazo despertándola del ensueño, cuando se giró pudo ver el delicado rostro de Rossie. Aún confundida, le dio un suave beso en la mejilla a la bella mujer para luego saludar a Emmanuel cortésmente.

No supo cómo ni cuándo, mas cuando se giró pudo comprobar que su hermana había emprendido el vuelo y estaba presentándose delante de los dos hijos del matrimonio Grey. No obstante, lo que más le molestó fue que la malcriada de Georgina estuviera sonriéndole como si no hubiera un mañana y a ella la mirase como si fuese lo peor que se había echado a la cara. Suspiró cuando fue empujada por su madre y por su "suegra" hasta al lado del castaño. - Winter, compórtate. - Musitó su madre antes de volver a prestarle atención a la anfitriona. Una azafata rompió el silencio, informando que el jet estaba listo y que le hicieran el favor de seguirla. Como le habían dicho que hiciera, Winter se aferró al brazo de Ross intentando no pensar en que tenía unas ganas tremendas de mandarlo todo a paseo y volver a su casa con su hada y su gata. - Lo hago porque me están obligando. Si por mí fuera no te tocaba ni con un palo.



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A medida que transcurrían los minutos, la sala se llenó de un silencio casi sepulcral. Incluso Emanuel había dejado el teléfono aún lado y ocupó un asiento junto a su esposa, arrastrando consigo una mirada distante y alicaída que no pasó desapercibida para su hijo: el hombre tenía los párpados notoriamente más oscuros que en anteriores ocasiones y había dejado el teléfono sobre una mesa desenfadadamente, no se le veía contento por haber logrado cerrar algún negocio en el exterior ni enojado porque el gravamen perjudicaba la exportación. Nada, no había ninguna emoción reflejada en su semblante y aquello no era algo que sucedía todos los días. Su padre era un hombre de complexión fuerte y un carácter bastante imponente, a veces resultaba muy difícil percatarse de los vestigios de humanidad que aún residían en aquella máquina de hacer dinero debido a su constante actitud soberbia e indiferente, pero Ross sabía que él estaba cansado y que ya no era un hombre con la energía suficiente para  liderar una empresa dentro del mercado global dando órdenes con la facilidad con que se chasquean los dedos. A veces se le veía demasiado exhausto, con un montón de arrugas que hace meses atrás, cuando su hijo mayor había desaparecido, no se encontraban allí transgrediendo su piel oliva ni empañando sus ojos café sorprendentemente parecidos a los de Rossem.

Y entonces estaba él, su única esperanza, la persona a la que había estado ignorando deliberadamente toda su vida se había convertido de la noche a la mañana  en su heredero y la única posibilidad que tenía de que sus socios e inversionistas no ostentara arrebatar el cargo de CEO al apellido de los Grey,  haciéndole imposible la tarea de dormir tranquilo por las noches.

Levantar un imperio era el sueño de todo hombre como Emanuel, era el motor por el que funcionaban todas sus motivaciones y se había congregado en cuerpo y alma para su proyecto. Había fracasado más veces de las que era capaz de admitir y le habían cerrado las puertas en la cara cuando le habían considerado demasiado joven e inexperto para emprenderse en los negocios, pero finalmente había logrado crear un legado, incluso a veces teniendo que hacer aun lado su moral para conseguir lo que se proponía, y  ahora  resultaba casi poético que su adorado imperio construido desde la nada y elevándose hasta la cúspide dependiera precisamente de su hijo menor, su insensato, imprudente y egoísta hijo menor. El mismo yacía observandole desde el otro extremo de la sala con una mirada aguda y chispeante, como si en cualquier momento estuviera a punto de saltar de un risco o hacer estallar el mundo.

Una serie de pasos desacompasados se escucharon provenir desde fuera de la recamara y Ross supo de inmediato que deberían ser el resto de los pasajeros, listos para convertir aquella simple sala de espera en la antesala del infierno. Pese a que todo el mundo pareció acomodarse al instante cuando los Rosewood entraron a la habitación (incluso Georgina dejó aun lado su intrigante volumen sobre animales salvajes o un cuento así que Ross no entendía) preparándose para el espectáculo, esbozando sus mejores sonrisas mientras se saludaban unos a otros con exagerada cortesía y un sinfín de ademanes bastante intrínsecos de la clase alta. Rossem se mantuvo en su lugar sin disimular en lo más mínimo su irritación, incluso cuando Catherine apareció irradiando alegría hasta por los poros a presentarse educadamente, Ross no hizo demasiado caso, aunque fue bastante consciente de cómo su hermana se había quedado encantada con la modelito.  El a penas le había mirado puesto que sus había centrado toda su atención en un lugar bastante específico de la habitación. Unos ojos  imposiblemente azules  y agresivos le regresaron la mirada, por supuesto no se esperaba otra cosa, y no pudo evitar sonreír ligeramente.

Lentamente se incorporó del asiento y se acomodó la pulcra americana, manteniendo esa postura regia y rebosante de seguridad tan propia de él que decía “Hola, he hecho esto toda mi vida” Sin moverse siquiera del lugar donde se encontraba. Decir que las cosas se habían puesto turbulentas entre los dos la última vez que se habían visto era un eufemismo ridículo para describir la situación y pese a que el viaje familiar no estaba haciendole ni pizca de gracia, el castaño se mostró inalterable cuando el resto de invitados se dispusieron a saludarle; Scarlet le dedicó una sonrisa de lo más encantadora desde el otro extremo de la habitación y William le miraba con su constante desaprobación…

Sin más dilataciones Winter se acercó hasta el y le tomó del brazo en un gesto que para quienes no entendieran el contexto de aquella relación podría pasar como algo romántico. Cabe destacar que a Ross de una forma u otra, su perturbadora e inesperada animadversión le tenía extrañamente encandilado, pero se limitó observar su brazo como si fuese una alimaña molesta que se le hubiese posado encima –Disculpa…– Murmuró, acercándose lo suficiente a su oído para que nadie mas escuchara sus palabras. Sintió un mechón de su dorado cabello rozandole un pómulo y sonrió –…Pero el otro día estabas bastante dispuesta a tocarme cuando me asaltaste en un baño estando yo medio desnudo– Se apartó de pronto, buscando alejarse antes de que la muchacha pudiera replicarle, y como alguien que era un experto en evadir las interacciones sociales no le costó ningún esfuerzo alejarse del grupo cuando un miembro de la tripulación les informó amablemente que era hora de abordar. Georgina pasó como una ráfaga de fuego por delante suyo buscando sentarse en una de las ventanillas (aunque tratandose de un avión tan grande, aquello no implicaría ningún problema) El en cambio, se arrastró en solitario hasta uno de los asientos y se colocó los auriculares a pesar de que no emitían música alguna, implorando que el resto de pasajeros se olvidaran de su existencia por un par de horas al menos.


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Winter hubiera replicado al comentario de Ross, si él no hubiera huído dejándola con la palabra en la boca. Las orbes zafiro se entrecerraron peligrosamente, fulminándolo con la mirada mientras lo observaba alejarse de forma resuelta. Había soltado la bomba y ahora se disponía a marcharse tan campante, como si la cosa no fuera con él. Sin embargo, lo que más detestaba de toda la situación era no poder evitar sentirse atraída por él. En el preciso instante que sus miradas habían coincidido, diminutas mariposas habían emprendido el vuelo y decidieron revolotear presumidas por su estómago. Pero la cosa se tornó seria cuando los osados labios del castaño se acercaron a su oído para libertar otra de sus insolentes declaraciones que tenían el poder de hacerla palidecer, enrojecer y sacarla de sus casillas.

Catherine pasó por su lado, colocando una mano alrededor de sus hombros de manera resuelta. - Tengo vodka en la maleta.- Confesó en un susurro para que solo la mayor pudiera oírle, lo último que necesitaban era que sus padres se enterasen de que planeaban emborracharse. - Como seguramente dormiremos juntas, podremos beber tranquilas.- La inspectora trazó una sonrisa tensa, tampoco es que le hiciera gracia la idea de beber por beber, pero el fin de semana parecía que iba a ser demasiaaaado largo y necesitaría una ayudita. - Yo tengo cookies y snacks en la mía, porque estoy segura que me van a matar de hambre. - Tan sólo hacía falta ver que tipo de mujeres iban a ir... ¡cómo detestaba ser analizada al detalle!

Subieron al avión y por primera vez Winter sintió que no pertenecía a su propia familia. Sus ojos se clavaron en Catherine que enfundada en un llamativo vestido de Yves Saint Laurent que seguramente habría costado cientos de dólares, ocupaba el asiento que había delante de Georgina y comentaba algo acerca de los pingüinos. Ese era su ambiente. Y luego estaba ella, quien llevaba un jersey de punto con motivos navideños que le iba un par de tallas más grande, unos jeans claros, unos botines negros como la noche y un gorrito de lana del mismo color, que le cubría hasta las orejas. Suspiró resignada, soltando su bolso de prada en el regazo de su hermana. Georgina le dedicó una sonrisa, pero se notaba a leguas que no la quería cerca. ¿Se podía saber por qué le tenía tanta manía? Winter trazó una sonrisa que haría al gato de Cheshire temblar y ocupó el lugar que había al lado de la menor de las Rosewood, volviendo a tomar el bolso. El avión despegó tras varios minutos de espera que a la agente le parecieron eternos.

Georgina y Catherine parecían no tener intención de callar, incluso Rossie se había visto obligada a llamarles la atención, y la cabeza de Winter iba a estallar en cualquier momento. Se fijó en Ross, lo tranquilo que se hallaba al margen de todo el lío. Tomando su libro, emprendió el camino hacia la butaca que había libre a la izquierda del castaño. Tornó a abrir su antiguo tomo de Cumbres Borrascosas, era la tercera vez que se lo leía y podía jurar que detestaba a Heathcliff con toda su alma… pero a la vez le daba pena. Al pobre le habían despojado del amor de su vida y tratado como a un paria, sumergiéndolo en una espiral de dolor y venganza. ¿Qué otro sentimiento podría albergar? No obstante, eso no hacía que lo detestara menos, ¿para qué tanta sed de venganza cuando ya no te queda nada?  - Mira Ross.- Lo llamó golpeando ligeramente su mano para reclamar su atención para luego señalar una de las páginas.- Aquí hay un caballero que es más desagradable que tú… ¡ah! No, no. Eso es científicamente imposible. - Y dicho esto, le dedicó una sonrisa radiante. No iba a dejar que pensara que su anterior comentario la iba a amedrentar, no señor, ella era dura de roer. - Y ni se te ocurra utilizar lo del otro día en mi contra. Eso fue porque me engatusaste con tus ojos de... Heathcliff atormentado. - Susurró acercándose a su rostro para ganar privacidad y que no la escuchasen.  -Además, tú parecías estar muy de acuerdo. ¿Te lo tengo que recordar?



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Su habitual aspereza seguía por allí destellando en su mirada, perfectamente palpable pese a la postura desenfadada con la que se había dejado caer en uno de los mullidos asientos de primera clase que componían el lujoso Jet privado. Pese a que había manifestado su descontento cientos de veces sobre realizar aquel viaje, no había ni un ápice de enfado o alteración verdadero en el; Su semblante solo transmitía una dura resignación, la aceptación de alguien que esta acostumbrado a que constantemente manipulen y tergiversen su vida. Era una voluntad bastante lúgubre pero con el paso de los años había comprendido que resistirse a las cosas que estaban por encima de su poder no tendrían ningún sentido, menos cuando de ellas dependían su libertad y la única oportunidad que tenía de vivir una vida mínimamente normal.

Era su única salida, Emanuel era el único que podía salvarle del volcán en erupción en el que se habían  transformado las consecuencias de sus decisiones, aquel ostentoso y ridículo viaje familiar y el matrimonio que lo validaba no procedía en sus planes a futuro, pero hasta que no se librada de sus asuntos legales lo único que podía hacer era agachar la cabeza y no morder la mano que intentaba ayudarle. Aunque eso no evitaba que pudiese gruñirle cada tanto...

Observaba las nubes disiparse lentamente a través de su ventanilla, enredando el cordón de los audífonos una y otra vez, sin advertir la mirada perturbada de una azafata que se percató del volumen tan inapropiado en el que había comenzado a reproducir una violenta tonada de ACDC. Por supuesto la empleada no sabía que aquel alicaído pasajero era sordo, y que no precisaba tener cuidado con el volumen en el que se reproducían las canciones...

Sintió algo tanteándole la mano y se volvió con rapidez. En algún lugar olvidado por del mundo, algún soberano habría mirado a un vasallo insolente de la misma forma en la que Ross miró a Winter cuando le sacó de su letargo, pero el gesto duró tan solo unos segundos en los que reconoció la astuta mirada del mismo tono que el cielo despejado que se veía desde la ventanilla, enmarcados en largas pestañas. No le había visto venir, así que el gesto le pareció sumamente inesperado; para alguien que no estaba acostumbrado a los repentinos contactos físicos aquello resultaba un tanto extraño, porque prefería que buscaran su atención mediante advertencias visuales, aunque tratándose de su  prometida, aquella información le resultaba desconocida y no había justificación en que se lo reclamara. Levantó un dedo antes de que la rubia comienza a hablar, tomando una expresión de absoluta imperturbabilidad y se volvió a colocar el aparato auditivo luego de retirarse los auriculares con extremada parsimonia, provocando que los diversos sonidos dentro del vehículo le sobrecogieran por unos segundos –Heathcliff  es un desgraciado y Edgar Linton un calzonazos de primera sin importar sus fascinantes patillas, creo que te equivocaste de libro–  argumentó en contra de lo que le había dicho la joven, reconociendo de inmediato el libro que llevaba entre las manos y que conocía aun mejor que su trabajo de grado.

Escuchó cada palabra con detenimiento, percatándose de la meya que había causado su comentario anterior. Habría de reconocer que aquello le gustado, y lamentó no haberse quedado unos segundos mas tras soltar la bomba para percatarse de la reacción de la muchacha –Repítelo unas mil veces más y tal vez termines por creértelo– refutó al mismo tiempo que comenzaba a esbozar una lenta sonrisa. Se detuvo un momento, lo suficiente para percatarse de diminutos e insignificantes detalles que le habían hecho perder el temple la ultima vez que se habían encontrado, y lo habían enloquecido al punto de desearla mas de lo que había estado deseando cualquier otra cosa en meses. Era una sensación extraña e inexplicable, algo que ardía y bullía en su interior y decidió que era demasiado peligroso para cuestionarse su significado. Frunció el ceño, alejándose del delicado rostro de su prometida y se acomodó en su asiento –Se buena, calabacita, haz silencio para que tu futuro marido pueda dormir...– hizo una pequeña pausa cuando  escuchó la risa aguda de Georgina y casi al instante la voz severa de su madre haciéndola  callar –... o morirse, lo que pase primero– Dijo con un tono fatalista, sin disimular ni un poco lo mucho que le disgustado que se encontraba.



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Las orbes zafiro de Winter se entrecerraron hasta ser dos finas líneas del color del cielo. Nunca se le habían dado bien las relaciones personales que iban más allá de la amistad porque era incapaz de captar cualquier indirecta romántica que se pudiera ocultar entre líneas... ni se molestaría en negarlo. Sin embargo, su constante amistad con varios sujetos de género masculino le habían demostrado que la mayoría de los hombres no solían poner muchas pegas en cuanto affairs eróticos se refería, siempre y cuando la apariencia de la mujer les suscitara el suficiente deseo como para derrochar una noche con ella, e intuía que Rossem no era la excepción. Quizás aquella tarde se sintió atraído por ella, pero sabía que ese tumulto de emociones había sido tan efímero como el esplendor de una rosa que condenada al exilio del jardín, es apresada en un bonito jarrón de porcelana francesa.

No obstante, no podía evitar que su pecho se llenara de congoja cada vez que recordaba que solo había sido una mera distracción para el castaño, y como estar triste era algo que no le gustaba en absoluto había optado por enfadarse con él, aprovechando la mínima oportunidad para dejarle claro cuánto lo aborrecía. Años atrás, en la academia de policía, había aprendido que las emociones fuertes como la ira, el enfado o la rabia podían ser para el ser humano como un leño para la fogata de motivación, y la inspectora había decidido usar su emberrenchinamiento como un ungüento para curar su aflicción. Claro, que lo más inteligente hubiera sido mantenerse al margen… pero no. Winter no cesaba de incordiarlo con el fin de que la obsequiara con sus ingeniosas y afiladas réplicas que la divertían en sobremanera. -¿Creérmelo?- Repitió abriendo los ojos exageradamente y parpadeando perpleja. Sus labios se entreabrieron de nuevo para añadir alguna ocurrente mofa sobre lo ridículo que era que tratara de negar lo obvio, pero el apodo que empleó el heredero de los Grey la hizo olvidarse de su comentario para esbozar una mueca interrogante. ¿Acababa de llamarla calabacita? Sí, había captado el sarcasmo que impregnaba la demanda, mas no podía evitar sorprenderse. Rodó los ojos mientras tornaba a sumergirse en su libro de hojas amarillentas y letras mecanografiadas, dispuesta a ignorar al joven de ojos almendrados.

No supo cuanto tiempo había pasado, solo fue consciente de que la cálida mano de Scarlett se posó en su hombro. - Winnie, ya hemos llegado.- La rubia asintió guardando su preciado ejemplar en el bolso y se levantó del asiento, caminado junto a su madre mientras ésta pasaba un brazo por los hombros afectuosamente. Catherine pasó al lado de Emmanuel y William, dedicándoles una sonrisa encantadora antes de sumarse a la mueca de cariño de su progenitora y de la primogénita Rosewood. - Mamá, ¿has visto la nueva colección de Prada? - Y dicho esto, comenzó un debate entre Cath, Scarlett y Rossie, que duró todo el trayecto en coche hasta prácticamente llegar a la mansión vacacional de los Grey. Winter se limitaba a observar el paisaje por la ventanilla, teniendo como banda sonora del momento las banales y superficiales conversaciones de sus padres. Va a ser un fin de semana muuuuy largo. pensó suspirando resignada.

Al llegar a su destino Winter le echó un rápido vistazo a la enorme casa antes de agarrar su maleta del maletero. Con prisa para no quedarse la última, caminó detrás de Rossie y le preguntó acerca la finca con el fin de aparentar cierta afinidad con la pelirroja y que no fuera demasiado evidente que no tenía ninguna clase de relación sentimental con su prometido. - Winter, querida… ¿Por qué estás cargando tú misma la maleta?- Preguntó la buena mujer después de saciar sus preguntas sobre las hectáreas, estilo del edificio y flores decorativas. La rubia se encogió de hombros con una sonrisa dulce y Rossie prefirió dejarlo estar.

Al entrar a la majestuosa residencia, la inspectora descubrió que todavía no había llegado el resto de la familia y que sólo estaban los abuelos de Rossem, quienes los esperaban sonrientes en el salón principal. Lo que más le extrañó a la policía era que toda la casa estaba alumbrada únicamente por velas. Al principio había pensado que se debía a una original decoración vintage, pero uno de los comentarios de la anciana la informó de que se había ido la luz en todo el sector y que el generador de energía de la mansión parecía no funcionar muy bien, con lo cual se habían visto obligados a encender todas las chimeneas para evitar que el frío invernal neoyorquino hiciera estragos, y a colocar candelabros en todas las estancias para alumbrarlas mínimamente. Después de una charla de quince minutos Rossie ordenó a un empleado del servicio que llevara a las tres jóvenes a sus respectivos dormitorios, fue en ese momento en el que la última White descubrió que Rossem había desaparecido. Sin embargo no tuvo mucho tiempo para plantearse donde podría estar ya que su hermana tiró de ella escaleras arriba.

-¿Por qué dormimos separadas?- Preguntó Winter cuando el muchacho abrió la puerta de una enorme habitación alegando que era para Catherine y Georgina. - Usted duerme con su prometido, señorita Rosewood.- Los ojos de Winter se abrieron como platos. ¿Había escuchado bien? El muchacho, lejos de percatarse de la conmoción sufrida por la señorita Rosewood siguió caminando hacia el extremo del pasillo y golpeó con los nudillos la imponente hoja caoba que daba ingreso al dormitorio que ella debía ocupar. - ¿Señorita Rosewood? ¿Que le pesa demasiado la maleta?- Preguntó creyendo que esa era la razón por la que ella permanecía estática en el mismo sitio. - No, no, está bien.- A mala gana recorrió la distancia hasta adentrarse en la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas. La estancia estaba alumbrada por la tenue luz de las velas y por el gran fuego que moraba en la refinada chimenea de mármol, situada delante de una cama de matrimonio. - ¿Ross?- Preguntó antes de vislumbrarlo entre las sombras.- ¿Tú sabías que íbamos a dormir juntos?- Se avecinaba una tormenta, y no de las meteorológicas.




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→ Viernes → 24:00 →  AEROPUERTO INTERNACIONAL JOHN F. KENNEDY → Frio
Para su asombro la situación se aplacó en un pestañeo y Winter pasó a desampararse en su buena lectura, permitiéndole despojarse de la incomodidad que le significaba tener que ser participe de aquella bochornosa y ridícula pantomima familiar. Nadie podía avalar por su deplorable actitud, ni siquiera el mismo, pero estaba seguro que si al menos no podía ser capaz de dirigir el curso de su vida por los próximos años y tendría que hacer todo cuanto sus padres pretendieran como si aún estuviese en el párvulo, al menos se condescendería el uso deliberado del sarcasmo mordaz y la miradas punzantes.

Pero, pese a su anterior petición, no logró conciliar el sueño en todo el transcurso del ignominioso viaje y se quedó petrificado observando las densas nubes que cubrían el firmamento teñido de un suave arrebol. Donde sea que Ross  miraba, no existía mas que el lejano trazo de la localidad a la que se estaban dirigiendo, y de tanto en tanto descubría la figura de su inquietante compañera de viaje reflejada en el cristal. Sus ojos eran increíblemente azules, brillantes y lejanos, y se sintió incómodo al recordar la forma en la que le había mirado la ultima vez que habían estado a solas. Fue un momento imprevisible y la urgencia de tenerla había sido tan sofocante que había tenido que parar abruptamente antes de que la situación se hubiese vuelto más comprometedora, no había ninguna manera de que las cosas pudieran resultar como querían si atravesaban aquella línea y sabia que haberle besado había sido un error, uno placentero y demasiado memorable, pero un error de todas maneras.

El viaje hasta Long Island resultó mucho más breve de lo que el había recordado durante las múltiples veces que había viajado hasta allí en su adolescencia y una azafata le invitó a desembarcar mientras Slayer rugía en sus odios sobre un ángel con las alas del dolor y el rostro del miedo. Dió un hondo suspiro y trasladó el cable de los auriculares del reproductor del avión a su teléfono móvil, continuando  con la exterminación de sus tímpanos durante el breve viaje en coche que les tomó llegar a la residencia donde su madre había crecido los primeros años de su vida.

Se dio cuenta de inmediato de la emoción contenida en el pequeño rostro de porcelana de su hermana, que le fascinaba la casa veraniega de los abuelos y el mismo brillo inusual en Rossie, que prefería mucho mas la residencia de Los Hamptons antes que el frió y gris paraje Newyorkino. Todo el mundo parecía enfrascado en su propia impresión del estilo rustico de la vivienda. Tenia un estilo bastante frecuente en aquella urbanización, con sus construcciones de madera por las paredes y los suelos. A pesar de la falta de energía eléctrica el lugar resplandecía por si solo gracias a los techos revestidos de listones de pintados en blanco, creando atmósferas luminosas y muy acogedoras en toda la residencia. Hacia un frio de muerte, pero aun asi el lugar seguia viéndose espléndido.

Ross aprovechó los minutos que les tomó a los recién llegados adentrarse en el lugar para escurrirse por la entrada y bordear el jardín principal hasta la parte trasera de la casa con una agilidad felina, adentrándose por una segunda cocina que conducía directamente al comedor principal de la casa y desde donde finalmente pudo llegar a la que sabia seria su habitación en pocos instantes; Si poseía un talento real, era el de conocer todos los recovecos posibles por los que escapar de molestos encuentros familiares que solo eran realmente acogedores de puertas para afuera.

Aquellos minutos de silencio fue todo lo que necesito para reponerse del viaje y animarse a cambiarse por una muda de ropa mucho mas cómoda. Estaba intentando encontrar algo útil entre el estropicio de ropa que su madre había elegido para el (porque por supuesto, Rossie había hecho el equipaje para no darle tiempo a protestar) advirtiendo que su madre al menos le había empacado el portátil y el fajo de novelas que yacían en la mesa de trabajo de su aparta estudio, por lo que no tendría que morir de aburrimiento en todo momento. Escuchó que alguien llamaba a la puerta y luego entraba sin miramientos –Creo que tengo Jet lag– anunció a nadie en concreto, porque no se había preocupado en observar quien era el intruso mientras se sacaba los zapatos –Tal vez lo he tenido toda la vida y con eso podría explicar muchas cosas...– Alzó la mirada y, ligeramente extrañado, se encontró con una enfurruñada prometida. Había esperado a Rossie o a Georgina, que no entendían en concepto de la privacidad, pero no esperaba ver a la rubia irrumpiendo en su habitación. La pregunta no tardo en llegar y Ross alzo aun mas las cejas, escéptico –Si Winter, por supuesto que lo sabia. Mi vida se resume a ser  participe de  las conspiraciones que arma mi madre porque no tengo nada mejor que hacer que fastidiar a la gente ¿No sabias? Me paso días completos con ella eligiendo posavasos para la recepción– Esbozó  una sonrisa altanera y ladeada, fijando su reluciente mirada sobre la figura de su prometida. Escuchó el chasquido de los gemelos justo antes de lanzarlos sobre la antiquísima mesa de noche y comenzó a plantearse como debería abordar la situación, puesto que con cada segundo que transcurría percibía como aumentaba la tensión en el aire.




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→ Viernes → 24:00 →  AEROPUERTO INTERNACIONAL JOHN F. KENNEDY → Frio
El semblante de la inspectora cambió radicalmente, tornándose una mueca interrogante. Dejó caer la maleta de cualquier manera (¡al traste con los snacks!) y acortó la distancia que lo alejaba de Ross con paso decidido. - Primero de todo:- Inició su alegato colocando su mano izquierda en la cintura y alzando el dedo índice de su diestra, adquiriendo una actitud acusadora.- No culpes al jet lag de tu mal carácter y resentimiento hacia el mundo.- Los ojos azules se clavaron en el rostro pecoso del castaño, taladrándolo con intensidad. - En segundo lugar: ELLA es TU madre, lo lógico es que sepas que cruza su bonita cabeza pelirroja. -Espetó izando otro dedo.- Y tercero... ¡Brrr!¡Hace muchísimo frío!- Un escalofrío la había tomado por sorpresa, provocanto una interrupción en su argumento.

Suspiró sonoramente, girándose para poder ojear mejor la estancia. Después de lo sucedido con Ross en el baño de su estudio en el SoHo no tenía gana alguna de pasar tiempo con él, se sentía bastante estúpida. Sin embargo, una parte de ella se divertía rememorando la situación, encontrándole cierto parecido a Ross con una mantis religiosa que protagonizaba un gif que rondaba por internet. Obviamente, ese gif no le había resultado tan divertido cuando Catherine, que la había notado bastante desanimada, se lo había enviado el día después del incidente. ¡Qué iba a saber ella que Ross se había marcado un "¡quita bicho!" y que Winter se sentía una boba en potencia!

Al otro lado de la cama, vislumbró un sofá caoba que no era muy grande pero que la podría sacar del apuro. - Bueno, pues yo dormiré en el sofá.- Por un momento se preguntó qué Karma estaría pagando, si habría cometido alguna mala acción que la había llevado a ese punto non grato. Un reluciente brillo llamó su atención, obligando a su mirada a fijarse en los gemelos que su prometido acababa de arrojar en la mesita. Tardó dos segundos en concluir que el señorito Grey se estaba desvistiendo. - ¡Alto, alto, alto!- Su voz sonó abochornada al mismo tiempo que el rubor cubría sus mejillas de rosado.

- ¿Cuál es tu problema? ¿Padeces exhibicionismo o qué? Si estoy en la habitación, lo lógico es que pares de quitarte la ropa y te vayas al baño a hacerlo.- La inspectora desconocía que el cuarto de aseo carecía de calefacción y de chimenea, con lo cuál estaba más frío que el polo norte.- Es cómo si yo me desvistiera aquí de repente. ¿Te parecería bien?- Agarró la maleta y la subió en el banquillo que había a los pies de la cama, abriéndola para sacar su pijama de pelito con estampado de donuts. Lo miró con condescendencia dando por hecho que él entendía su punto de vista, que lejos de ser una oferta para protagonizar un show erótico, pretendía ser una reprensión moderada a su comportamiento despreocupado.



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→ Viernes → 24:00 →  AEROPUERTO INTERNACIONAL JOHN F. KENNEDY → Frio
–¡Si, porque mi madre y yo somos extremadamente unidos! Winter hazte un favor y deja de hablar como si me conocieras, porque no me conoces ni en el mas mínimo de los aspectos. Si por mi fuera estuviera en mi propio piso de la ciudad y no en esta ridiculez de viaje familiar, mi vida no gira en torno a los caprichos de Rossie ni tus conspiraciones imaginarias– cada palabra estaba enmarcada por bordes filosisimos como el cristal roto, sin la mas mínima reticencia del muchacho a la hora de desvelar su naturaleza apática y el rechazo que le generaba la presencia de Rossie en aquella conversación. El ambiente en general no le dificultaba demasiado la tarea y es que desde que la rubia había entrado a la habitación había notado un portentoso resentimiento hacia su persona, lo que lentamente había comenzado a hacer que Ross se pusiese a la defensiva.

No es que no lo viese venir, no era ningún ingenuo; La ultima vez que había estado a solas con Winter no habían quedado en el mejor de los términos tras aquella repentina perdida del juicio que le había hecho sentir como un pre adolescente imbecil. Los limites que el había levantado se habían desmoronado ante la mínima oportunidad y se había perdido a si mismo en sus ojos del color del crepúsculo, sus dedos se habían enredado entre su dorado cabello y le había besado, se habían besado. Le costó lo suyo recordar la compostura y tirar de su sensatez para apartarse porque sabia que de continuar terminaría destruyéndolo todo. Había pasado el tiempo suficiente con Emmanuel para aprender que los negocios y el placer nunca van de la mano, se lo gravó con fuego en algún lugar de su mente y se dijo a si mismo que aquello había estado mal, que no tendrían ninguna posibilidad de arreglar el desastre en el que sus padres les habían involucrado a ambos si cruzaban esa linea.

Queria su vida de vuelta, tenia que arreglar las cosas y no podia distraerse.

–No esta tan mal...– Agregó sin demasiada convicción, girándose para repasar una vez mas las cuatro paredes donde se encontraban con una mirada crítica. Era lógico que hiciese tanto frío debido a la ausencia de la calefacción y seguramente aquel problema no podría ser reparado hasta el día siguiente, por lo que no podían hacer mas que lidiar con el asunto y sobrellevar la noche. Aunque su mente se encontraba muy despierta, se sentía fisicamente agotado y se estiró como un gato, provocando el sonido de un crujido en su espalda. Había escuchado cientos de veces que hacer aquello era malo para las articulaciones y que solo podia empeorar sus nudos, pero había escuchado palabras menos alentadoras sobre el consumo de whisky o fastidiar a alguien que pertenecía al cuerpo policial y tampoco había hecho demasiado caso –No seas ridícula, te vas a congelar. Duerme en la cama– no buscaba sonar irritado, estaba haciendo una observación mas que obvia; no había forma en la que pudiese pasar la noche tranquilamente en un mueble tan incomodo y que seguramente no le iba a resguardar. Tras quitarse los gemelos se dio la vuelta para sacarse la pesada americana y se detuvo en el acto al escuchar la voz de la inspectora retumbando por la habitación –Resulta irónico que te importe ahora– habló pausadamente, a la vez que una lenta y diabólica sonrisa comenzaba a dibujarse en su rostro –la ultima vez recuerdo que te metiste al baño mientras yo, inocente y ajeno a tus perversiones, me desnudaba ¿Y se supone que yo soy el del problema? Si quieres vete tu al baño, escóndete en el armario o lo que quieras, pero no pienso meterme en ese refrigerador–




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→ Viernes → 24:00 →  AEROPUERTO INTERNACIONAL JOHN F. KENNEDY → Frio
Winter seguía aún inmersa en su ardua tarea de sacar el pijama de la maleta sin desordenar el resto de la ropa, cuando Rossem decidió que sería muy divertido volver a sacar a colación el estrepitoso intento de seducción llevado a cabo por la inspectora un par de semanas atrás.  Divertidísimo. La rubia cerró los ojos con fuerza, mordiéndose la lengua para no soltarle un par de perlitas al castaño... ¡pero es que tenía razón! ¿Qué demonios tenía que responderle? ¿"Sí, y me gustó"? o "Sí, pero me arrepiento porque eres un pesado de mucho cuidado"? Quiso dejarlo estar, de verdad que quiso... pero no pudo contenerse.

Winter era consciente de que Ross sabía sus puntos débiles y que los usaba para hacerla enfadar. No, no entendía qué le encontraba de divertido a que ella prácticamente se convirtiera en un basilisco. Así que, como era de esperar, la rubia tiró el pijama a la cama con rabia mal contenida y se giró para encararlo. - ¿Inocente? ¡Já!- Preguntó con una carcajada irónica.- Claro, porque tú es un ser puro y etéreo que se paseaba por los jardines del paraíso. - Hizo un gesto con las manos que simulaba el aleteo de una mariposa. - Y yo, ¡oh, vil ser del averno! Abusé de tu inocencia y te arrebaté la doncellez. - Su diestra se colocó dramáticamente en su frente.- ¿Cómo puedo ser tan ruin?- Con movimientos exagerados caminó hasta uno de los lados de la cama y se dejó caer en un falso desmayo que no tenía pretensión alguna de ser realista.

-Huye, Ross, huye. ¡Ahora que puedes!- Aferró su propio jersey con fuerza y lo alzó hasta que la suave piel de su vientre fue visible, como si estuviera peleando con una fuerza sobrehumana que la obligaba a desnudarse para seducirlo. - No sé si podré contenerme, teniéndote toda la noche a mi lado.- Y dicho esto, le dedicó una sonrisa amarga. ¿Que a qué se debía sus nuevas -y malas- dotes interpretativas? ¡Sin duda, la culpa era de Nani Pelekai! Esa bendita hawaiana y su manera dramática de tirarse sobre Lilo, aludiendo que una fuerza sobrehumana le impedía hacer lo que fuera que su hermana le había pedido, le había abierto un mundo de posibilidades. - No puede estar tan frío el baño.- Suspiró levantándose del cómodo colchón para ir hasta el cuarto de baño y abrir la puerta.

- ¡Esto es el bendito polo norte!- Exclamó la última White cerrando la hoja de madera con fuerza. Realmente le extrañaba que no hubiera nieve y algún que otro oso polar. - Detesto tener que darte la razón.- Winter pensaba que no podía ser para tanto verlo desvestirse... ¿pero y si se le quedaba mirando? ¿Por qué Rossem era tan condenadamente guapo? Tenía que asumirlo y superarlo, el mediano de los Grey pasaba de ella. - Bueno, pues qué se le va a hacer.- Su voz sonó resignada mientras se sentaba en la cama, dándole la espalda a su supuesto prometido. Lo más rápido que pudo, se quitó la camiseta y el sujetador para ponerse la parte superior del pijama. Al menos se había llevado el calentito.



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→ Viernes → 24:00 →  AEROPUERTO INTERNACIONAL JOHN F. KENNEDY → Frio
Ciertamente, lo único que Ross pretendía conseguir tras su ultima afirmación era una amenaza lo suficientemente desvergonzada para que las pobres muchachas  del servicio no quisieran acercarse a dos metros de aquella ala de la casa y que Winter terminara por hartarse de su irreverencia, limitándose a ignorarle el resto del viaje. En cambio, obtuvo toda una dramatización por parte de la inspectora, que parecía esforzarse para obtener una nominación a mejor actriz de reparto. El se limitó a seguirle con la mirada por la habitación, mientras ella continuaba con su deslumbrante demonstración de lo que el supuso era un insecto retrasado y tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener una carcajada, limitándose a esbozar una sonrisa despectiva y a alzar las cejas con ironía –¿Te golpeaste la cabeza recientemente? Creo que acabas de sufrir una apoplejía– Frunció el ceño y pese a lo absurdo de la situación, siguió cambiándose de ropa. Sabia que debía ponerse algo encima, porque no necesitaba otra racha de insultos por parte de Winter. La verdad era que el nunca usaba ropa de cama ¿Como para que demonios? Ni siquiera le molestaba el frío, pero era lo suficientemente consciente para saber que su falta de pudor provocaría un nuevo conflicto. Cedió a regañadientes y se colocó los pantalones de pijama tan púdicamente planchados que Rossie había metido en su maleta. Ni siquiera miró la camiseta a juego, puesto que se apostaba lo que fuera a que su madre había encargado a que bordaran sus iniciales en algún lado. No, su orgullo aun podía batallar contra eso, y cerró el equipaje sin lamentarse en absoluto por haberla dejado dentro.

–Claro que tengo la razón, siempre tengo la razón–
Contestó sin una pizca de pedantería, sin el mas mínimo atisbo de sarcasmo. Aquella era la simple realidad para el, y ella no se hubiese equivocado al concluir que lo suyo nunca había sido la modestia. finalmente terminó de guardar sus cosas -o mas bien, hacerlas un lío dentro de la maleta y dejarla contra la pared- cuando se dio la vuelta para comprobar que Winter estaba cambiándose sin el menor de los problemas. En el fondo aquello le provocó una ligera decepción, porque esperaba poder seguir martirizándola con el asunto, y al mismo tiempo aquel pensamiento le conmociono ¿Porque le estaba dando tanta relevancia a su presencia? ¿Porqué si quiera le ponía tanto añico a fastidiarle la noche?

Se intentaba consolar a si mismo diciéndose que lo hacia para levantar un muro imaginario entre ellos que parecía haberse deteriorado la ultima vez que se habían visto, pero mas parecía un niño irritante tirándole de las coletas a una niña bonita que un adulto poniéndose márgenes. Siempre había estado conforme con el papel de imbécil redomado, eso hacia que la gente se espantara y se alejara de el sin el mínimo esfuerzo ¿Pero en que momento se había convertido en un completo imbécil de verdad? –No me gusta ser portador de malas noticias– comenzó a decir, luego de dejar escapar un suspiro. No estaba precisamente orgulloso de su actitud –Bueno, en realidad si, me fascina. Pero estoy bastante seguro de que Rossie preferirá que escupas en la tumba de sus antepasados antes de que salgas vestida con eso en la mañana– terminó por decir, arrastrando los pies por la madera lustrada de la habitación cuando fue a sentarse a su lado  –Pero no te angusties, estimo que en las próximas horas ofenderé a Emanuel lo suficiente para pasar de mi condena al ostracismo a ser no grato en todos las fronteras conocidas por la humanidad, la balanza estará a tu favor–



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→ Viernes → 24:00 →  AEROPUERTO INTERNACIONAL JOHN F. KENNEDY → Frio
En el fondo, le molestaba toda la situación. Había sido condenada a pasar un fin de semana con su talón de aquiles, con el único ser de la faz de la tierra que tenía el poder de crisparle y sacarla de sus casillas. Pero lo peor de todo, es que ella sabía de qué pie cojeaba (metáforicamente hablando, claro); ella había sido consciente desde un principio de qué tipo de hombre era y aún así, dejó que su sinceridad hiriente y sus ingenioso intelecto la fascinaran. Durante ese par de semanas, Winter había rememorado tortuosamente la primera vez  que lo vio en el inmenso hall de la casa de sus padres, ella lucía aquel ostentoso vestido azul cielo y él... Él exhibía orgulloso ese regio porte que parecía haberlo acompañado desde el día en que sus padres lo cincelaron a imagen y semejanza del mísmisimo Eros, el aire principesco que contrastaba con el brillo desafiante que centelleaba furioso en el marrón de sus ojos. En ese preciso instante Winter había sabido que estaban malditos, los habían encerrado en un fuerte campo magnético que los acercaba casi sin poder remediarlo y que al mismo tiempo los repelía. O eso había creído vislumbrar en su mirada... pero sus fundamentos tambalearon violentamente el último día que se habían visto. Quizás nunca fue recíproco y tan sólo ella se prendó.

-¿Y qué tiene de malo mi pijama?- Preguntó la rubia frunciendo el ceño mientras se quitaba el pantalón vaquero. - Es muy calentito.- Alegó con voz seria, como si estuviera exponiendo una tesis doctoral de magna importancia. La repentina cercanía del castaño la hizo cesar en su ardua tarea para dedicarle una mirada cargada de sentimientos encontrados. Por una parte quería... no, no, NECESITABA qu fuera un desgraciado y que se riera de ella, porque de esa forma podría odiarlo en cantidades industriales. Y por otra, le gustaba cuando era cercano con ella. - No lo entiendo.- La inspectora soltó la rígida prenda y observó a Ross con suma atención, sin importarle el hecho de que permanecía sin pantalones. Al fin de cuentas, la camiseta era lo suficiente larga como para cubrir sus zonas púdicas. - ¿Por qué os lleváis tan mal?- Soltó antes de siquiera recordar la turbulenta relación que ella poseía con su propio padre. Con más fuerza de la necesaria, agarró el pantalón del pijama y de un salto se puso de pie para ponérselo. - Lo siento. No he dicho nada, la apoplejía de hace unos minutos me ha afectado severamente.

En realidad, sentía cierta conexión emocional con Rossem que se basaba en ambos tenían esa relación tirante con sus respectivos padres, con la diferencia, de que él había tenido una infancia mucho más dura que la suya. La imagen de un Ross más joven y retraído, emergió de repente en su mente, sobrecogiéndola. ¿Cuando había sido aquello? Muchos años antes. Por aquel entonces, ella no había reparado en él lo suficiente como para acercarse y presentarse... Seguro que había estado demasiado ocupada comiendo canapés o hablando con su hermana sobre estupideces del instituto. La culpa la asaltó. - Eso por descontado, con todas las perlitas que eres capaz de soltar seguro que mi pijama de donuts pasa inadvertido. -Concluyó dejándose caer en la cama con aire resuelto. - Vale, ahora en serio... - Señaló el torso del muchacho que permanecía desnudo. - Estoy sufriendo por tu salud. ¿No tienes frío? Vas a pescar una buena hipotermia. ¡Anda, métete en la cama!- De un movimiento, apartó las mantas para que el heredero de los Grey se tumbara. - No me obligues a acostarte, que aunque no lo parezca tengo fuerza.



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→ Viernes → 24:00 →  AEROPUERTO INTERNACIONAL JOHN F. KENNEDY → Frio
A pesar de todas las señales de advertencia que su cabeza había estado enviándole, ignoró lo que el había llamado como "una distancia prudencial" y había comenzado a acercarse. Se dijo a si mismo, como para reconfortarse, que aquello no cambiaría nada; Sencillamente actuar como un completo insufrible durante todo el viaje le parecía contraproducente y el que se mostrara medianamente cortes no haría que Winter pensara diferente sobre el. Aunque en el fondo, sabia que esa no era la verdad, que estaba preso por el efecto de un imán arcano con el nombre de ella, por mucho que eso se escapaba de su entendimiento. No importaba cuanto intentara  convencerse de lo contrario, había una parte esencial de su persona que se veia tremendamente motivada por ella, que no podia resistirse a la presencia de su prometida. Lógicamente aquello le molestaba sobremanera puesto que Ross ambicionaba el conocimiento, le frustraba todo aquello que no podia entender, y ella era el mayor enigma que se había presentado ante sus ojos.

Pese al reguero de emociones que comenzaban a desatarse en su interior, le acompañó sentándose a un lado de la cama en un silencio enigmático. Sus ojos no mostraban mas que un brillo engreído y su cara  permanecía dura e inflexible, tensándose al escuchar la pregunta de la rubia; una combinación eslava de pómulos prominentes y profundas sombras, así como las pálidas líneas de tensión que le enmarcaban la boca. Le dejó hablar pero no parecía dispuesto a responder aquella pregunta ni tampoco a reconfortarle por haberla hecho, no había ningún tema relacionado con Emanuel y Rossie del que el disfrutara hablar así que sencillamente pasaba de ello, por lo que se limitó a permanecer totalmente quieto. Lo único que parecía tener vida en el eran sus oscuras pupilas, que seguían a la joven a donde sea que fuera y que miraban mas allá de lo que era prudente mirar.

El pudor tampoco había sido lo suyo y la sutileza era algo que se reservaba para cuando realmente quería disimular lo que pensaba –Que si quieres puedes quitártelo, a mi no me importa. Has dejado bastante clara tu opinión sobre la desnudez– argumentó esbozando una sonrisa ladina. No hacer aquel comentario hubiera sido un pecado contra si mismo y tal parecía que jamas se hartaría de hacer referencias a aquel encuentro fortuito en su piso.

Por inercia, Ross siguió la linea marcada por el dedo de la inspectora y terminó viéndose a si mismo –No, no tengo frío asi que no tienes porqué preocuparte– respondió con la voz monótona de alguien que parece aburrido de su propia existencia. Por supuesto el no era insensible a la temperatura, pero desde siempre se había sentido increíblemente incomodo con el calor, y el frío difícilmente lograba incomodarle de la misma manera. Pero Winter no parecía convencida pese a su insistencia, por lo que Ross no hizo mas que enarcar una ceja cuando esta se apresuró a remover las sabanas y le ordenó con una impredecible autoridad que se metiera a la cama, lo que le resultó bastante cómico a Ross; ni siquiera recordaba la ultima vez que alguien le había mandado a la cama, y mucho menos recordaba a nadie acompañándole a la hora de dormir. Aquel había sido un episodio de su infancia que sus padres habían omitido magistralmente –No me voy a acostar ahora. En realidad, lo que quiero es que me prestes tu libro– Había hecho aquella demanda sin un gramo de  pusilanimidad, con el tono de alguien acostumbrado a que las cosas sucedan, alguien que pide y se le da sin rechistar. Y por supuesto, lo había hecho esperando a que Winter no le gustara ni un poco sus maneras, porque para ese entonces el ya había descubierto cierta fascinación por provocarla –Si te quieres dormir pues bien, pero yo me dormiré cuando me venga en gana–


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