06/06 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


01/01 ¡El Staff de Facilis Descensus Averni quiere desearos un muy feliz año 2018!


37 # 40
19
NEFILIMS
7
CONSEJO
12
HUMANOS
6
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11
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15
BRUJOS
7
HADAS
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DEMONIOS
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FANTASMAS

We change as much as oceans || Desmond

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We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Mar Nov 21, 2017 5:27 pm




We change as much as oceans

L
a bruja no apartaba la mirada de sus ojos reflejados en el espejo. Estaba sentada frente a su tocador con su bata favorita de seda blanca, cepillándose el pelo en suaves movimientos. Aquella era su noche. Parecía que había sido el día anterior cuando Desmond y ella habían llegado a la, más que posible estúpida y vulnerable, decisión de verse más a menudo. Sin embargo habían pasado casi dos años.

Aunque aún le costase admitirlo, Ivory necesitaba a Desmond, de la misma manera que necesitaba a Erik. Ambos la mantenían cuerda o, al menos, así lo creía. Erik seguía sacando lo peor de su interior, tal y como había sido desde hacía siglos, lo que ella pensaba que era su verdadero ser. Sin embargo, Desmond le hacía ver que no todo era malo, que seguía siendo humana en algún resquicio de ese helado corazón de bruja que poseía. Sentía que en ese momento no podría renunciar a ninguno a pesar de que querer odiar lo que Desmond le aportaba y odiar querer lo que Erik le infundía. Además de vivir con el constante suplicio de la posibilidad que cada parte descubriera la existencia del contrario. Erik era más que probable acabara desquiciado y con un una incesable necesidad de jugar con Desmond para torturar a Ivory, mientras la bruja temía que es buen doctor la juzgara por lo que aún escondía. Qué situación más complicadamente endiablada para un ser que sostenía ser pura maldad egoísta.

Ivory pestañeó volviendo a la realidad. Tenía el cabello encrespado después de todos los cepillados que había dado ensimismada en sus pensamientos. Ahora tendría que arregarlo de nuevo. Suspiró antes de toquetear el anillo de oro que siempre le colgaba del cuello, mirándolo en el reflejo. Todo hubiera sido más fácil si fuera una simple y tonta humana, ¿no es así, Aldrich?. Había estado sopesando durante los últimos años si debía arreglar su pasado, pero era una decisión muy difícil y complicada de tomar, además de demasiado delicada como para que nadie más lo supiera.

Acabó por levantarse del tocador casi enfadada consigo misma por las estúpidas y complicadas vueltas que podía llegar a dar esa negra cabecita que poseía. No era la primera vez que acababa enrevesada en ese tipo de conversaciones consigo misma que le hacían desear desaparecer de nuevo, renunciar a su inmortalidad y pasar el resto de dios-sabe-cuántos años le podrían quedar encerrada en una isla privada alejada de todos. Un sentimiento egoísta que chocaba con la necesidad del drama que todo aquello le aportaba en su vida.

Comenzó a analizar con ojo crítico los numerosos vestidos que poseía en su estúpido e innecesariamente grande armario hasta que dio con el que creía era perfecto para aquella noche. Una de sus criadas le ayudó a abrocharse la espalda y le ayudó a moldear su cabello tal y como siempre le gustaba llevarlo.

Era extraño como, a pesar de todo el tiempo transcurrido desde que se habían conocido, aún se sentía inquieta cada vez que iban a cenar juntos. Habían pasado de ser conocidos a casi amigos, al fin y al cabo se habían confiado cosas el uno a otro de las que rara vez trataban con nadie más y en cada encuentro algo nuevo surgía.

Ivory estaba colocándose los pendientes cuando ojeó el reloj que descansaba sobre la mesilla: las 7:59. La bruja se apresuró a bajar las escaleras con esa estúpida sensación de mariposeo en el vientre  ya lista para marcharse. Al fin y al cabo del bueno de Desmond nunca llegaba tarde.

Noche | Mansión de Ivory Khanstein | Desmond Lynch


Última edición por Ivory Khanstein el Jue Mar 01, 2018 3:26 pm, editado 4 veces



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Re: We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Mar Nov 21, 2017 6:02 pm

WE CHANGE AS MUCH AS THE OCEAN
→ Sábado → 20:05 → De camino al Royal Opera House  → Cálido
¿Qué mal te haría sentar la cabeza de una vez? —me dice mi suegra, como en más de una ocasión, mientras me miro al espejo que hay por dentro de la puerta de mi armario. Son las siete de la tarde y dentro de una hora tengo una cita. Suena estúpido dicho así, como un crío o un adolescente, pero desde hace dos años tengo citas todos los meses y se ha convertido en una agradable rutina—. No creo que Ada fuese a odiarte por rehacer tu vida con otra mujer.

Yo siempre le respondo del mismo modo: con una sonrisa suave cargada de un profundo cansancio y de una enorme tristeza. Aquella noche la conversación no es demasiado diferente mientras Sally pululaba entorno a su hermana en la cocina, decidiendo si hacer croquetas o empanadillas para cenar. Yo mientras tanto me termino de abrochar la camisa, me pongo la chaqueta con movimientos precisos y cuidadosos, y me giro hacia ella con la misma respuesta en los labios.

Amar es sufrir, Marianne. ¿Y qué necesidad tenemos de pasar por los mismos padecimientos una y otra vez? Ninguna. —Le doy un beso en ambas mejillas mientras pongo mis manos sobre sus hombros cariñosamente—. Ademas, teniéndote a ti, ¿para qué quiero a otra mujer en mi vida?

Ella siempre me observa de esa forma que ralla entre considerarme un loco, quererme, tenerme pena y estar enfadada conmigo. Siempre me da un golpe en el brazo, y desde hace dos años, me concede las mismas palabras desde que se dio cuenta de que una vez al mes salía a cenar sin falta con una acompañante.

Si así fuese no irías a buscar consuelo en tu amiga.

Es que es eso, Marianne. Una amiga. ¿Acaso es tan terrible tener una?

Tienes muchas.

Pues precisamente, una más, una menos. —Con una sonrisa me aparto de ella para recorrer el pasillo, escuchándola bufar sin reparo alguno. Me asomo por la cocina para despedirme de las niñas. Sally se engancha a mí como un monito. Lizzie me mira con esa expresión de cierto reproche en los ojos. Creo que está celosa, y eso me enternece. Me acerco a ella para darle un beso en la frente y se deja. Desde que la saqué de aquella discoteca, borracha, parece quererme de nuevo lo suficiente como para demostrármelo—. Sed buenas. No os acostéis tarde y no veáis películas de terror, que luego tenéis pesadillas.

Escucho las protestas de mi hija menor mientras la mayor me dice casi susurrando que tenga cuidado, que me lo pase bien, que no vuelva tarde, y yo vuelvo a besarle en la frente. Me parece verla sonreír de soslayo, pero no hago hincapié en el tema porque no quiero que desaparezca. Es muy pronto, pero Ivory vive lejos y la ciudad es muy grande, así que cojo las llaves del coche, el móvil, la cartera y salgo de mi casa. Siempre me muevo muy seguro de mí mismo, pero en el fondo estos encuentros me siguen produciendo un agradable cosquilleo en la parte trasera de la nuca, además de una sonrisa tibia en los labios. ¿Quién me iba a decir a mí que terminaría trabando amistad con aquella fría bruja que me había echado de su casa sin contemplaciones el día que aparecí con una muchacha herida en brazos?

En el ascensor me retoco los puños de la camisa. Sé que Marianne tiene razón en todo lo que me dice; yo mismo lo he pensado más de una vez; rehacer mi vida no va a hacerme daño ni va a romper el recuerdo de Ada. Pero no sé si Ivory es la persona más adecuada, es la primera idea que me viene a la cabeza siempre, cada vez que ella me suelta ese discursito. No por ella; la aprecio lo suficiente y me atrae lo suficiente como para ser consciente de que si no damos el paso es precisamente porque estamos bien donde estamos y avanzar hacia algo más profundo podría traer consecuencias desastrosas para ambos. Sí que es porque es una bruja, pero no porque eso sea malo, sino porque yo soy mundano, y estas cosas sólo traen desgracias. Es una mujer amable a la que le gustan los niños, pero no sé si querría hacer de madre de una adolescente caprichosa y de una niña revoltosa. De algún modo triste soy consciente de que unir nuestras vidas no es algo que esté sobre la mesa, y que sólo en estas noches furtivas podemos darnos el lujo de olvidarnos que nuestras existencias no son compatibles y dejarnos llevar.

La noche es fresca, a pesar de que es septiembre, y conducir por las calles de New York se me hace agradable hasta que empiezan los atascos. Menos mal que he sido previsor… A las ocho estoy en la esquina de su casa, y a las ocho y dos estoy saliendo del vehículo para llamar a la puerta. No es que tenga suerte con los embotellamientos; es que uno tiene que saber por dónde coger por la Ciudad que Nunca Duerme para llegar a los sitios a la hora que le apetece.

Alex me abre la puerta, como todas las noches que vengo a buscarla, y me sonríe tímidamente. Le pregunto por ella, por el resto de las chicas, por Liana, y ella siempre me contesta de la misma forma, azorada, sonrojada. Ana suele decirme que sigo siendo atractivo para cualquier mujer que se precie, pero eso no hace que me de menos vergüenza azorar a una jovencita como esta. Me guía hacia donde está Ivory esperándome, y como cada vez que la veo, me doy el lujo de contemplarla durante un segundo entero. Será eternamente hermosa y de porcelana; yo, en cambio, envejezco a cada minuto, y nunca había sido tan consciente de esa realidad como desde que me encuentro con ella. Eso no me abruma nunca y no lo hace ahora. Sonrío y la cojo de la mano con suavidad; con el mismo atrevimiento que las últimas veces, le doy un beso en la mejilla.

Está usted preciosa, Ivory, como siempre. Tenemos reserva dentro de media hora, así que será mejor que nos vayamos yendo. Hasta luego, Alex.

Ella se despide con la mano mientras su señora y yo salimos de la casa. Todo esto, toda esta pompa, las criadas y los caros vestidos de Ivory, cenar en el Royal todos los meses con una reserva casi perpetua se me hace muy extraño. Se aleja de los días de sencillas comidas en restaurantes familiares, ver películas en el sofá debajo de una manta y vacaciones junto al mar. La bruja que entra conmigo en el coche no encaja en ninguno de esos escenarios; no es, ni de lejos, el tipo de mujer con el que yo me habría relacionado en el pasado. Ahora sin embargo, sin embargo…

El motor arranca con su ronroneo habitual. Introduzco la dirección en el GPS para que calcule la ruta más óptima y empiezo a conducir.

Bueno, dígame, ¿cómo han sido estas semanas de trabajo? A mí no me ha asaltado ningún vampiro loco así que por mi parte, no me puedo quejar —bromeo, aunque en ese momento desde luego, no me reí ni un poco—. ¿Y usted?


Última edición por Desmond Lynch el Miér Nov 29, 2017 12:06 am, editado 1 vez


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Re: We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Miér Nov 22, 2017 1:01 am




We change as much as oceans

E
l repiqueteo nervioso de las recién pintadas uñas rojo carmesí sobre el bolso de mano que reposaba en la mesa del comedor era lo único que se oía en la estancia. Sólo habían pasado dos minutos desde que había bajado de su habitación. La bruja, inmersa en sus cavilaciones, ignoraba que una de sus nuevas criadas, quien poco o nada sabía de cómo había sido Ivory años atrás con quienes le servían, se encontraba tras ella de pie junto al arco de entrada a la habitación, extrañamente enternecida por el nerviosismo que su señora mostraba en esos días. Eran las ocho y dos minutos cuando el sonido del timbre ganó la batalla al rítmico sonido de los golpecitos contra el acrílico. Ivory se levantó de un respingo, lo que provocó un tierna sonrisa en su acompañante.

La bruja tomó aire y quedó de pie frente al arco de entrada. Una tonta sonrisa se dibujó en su rostro cuando vio a Desmond aparecer tras Alex, tan elegante y atractivo como siempre. Le dio la mano y puso la mejilla para que, como de costumbre, le diera un beso. Quién les hubiera visto un par de años atrás.

—Una camisa preciosa. —comentó recibiendo aquel conocido beso en la mejilla.

Se colocó el bolso de mano bajo el brazo y con un tímido gesto con la mano se despidió de sus empleadas. —Portaos bien. —comentó bromista cual madre preocupada que dejaba a sus hijas solas en casa. Cómo cambian las personas sin siquiera imaginarlo o quererlo.

Ivory siguió a su ya habitual cita hasta el coche. Le era inevitable caminar siempre un paso tras él y ojear por el rabillo del ojo que ninguna mirada indiscreta se ocultase tras los arbustos. A pesar de los cambios que había realizado en sus negocios, seguía viviendo de la imagen que se había forjado durante siglos y, por extraño que parezca, se preocupaba más por lo que le podía pasar a él que a ella misma. Había sabido mantener las apariencias, pero era consciente de que Desmond podría ser fácilmente considerado un punto débil, y podrían usarlo para hacerle daño. Su familia había pasado por mucho y no quería, bajo ninguna circunstancia, que sufrieran más, mucho menos por su culpa. Sin embargo, seguía siendo una bruja egoísta al fin y al cabo.

Una vez estuvieron en el coche volvió a respirar relativamente tranquila. Aquel era el pequeño precio que tenía que pagar todos los meses, y siempre valía la pena.

La bruja entrecerró los ojos. —Curioso comentario. —comentó, aunque seguidamente le quitó hierro al asunto. A lo mejor se trataba de un simple comentario para romper el hielo de aquellos aún extraños primeros momentos de sus citas. —Desbordante, como siempre. Aunque parezca extraño, no termino de acostumbrarme a lo excesivamente avariciosos y ciegamente ambiciosos que pueden llegar a ser algunos humanos. Por no hablar, claro está, de las no tan buenas intenciones de algunos seres del submundo. Pero al menos mi negocio ya no es tan ilegal como podría haber sido antes. —le contestó orgullosa, al fin y al cabo se había esforzado por hacer su imperio legal a ojos de los hijos de Raziel, bastante tenía ya con todo lo que estaba sucediendo en el mundo. —¿Qué tal las niñas? ¿Sigue Eliza con sus prontos adolescentes? En unas semanas he de ir unos días a París, y había pensado, si le parece bien, taerle algo a las niñas, pero luego me di cuenta de que no sé qué podría gustarles, por lo que se aceptan sugerencias. —por extraño que sonaba, la bruja también se preocupaba por ellas, al fin y al cabo las veía como eso, niñas, inocentes en toda esta turbia historia que no solo les envolvía a ellos, y no podía evitarlo. Sin embargo, había ocasiones en las que no podía evitar sentir que cruzaba una línea que no debía.

Noche | Camino al Royal Opera House | Desmond Lynch


Última edición por Ivory Khanstein el Jue Mar 01, 2018 3:26 pm, editado 1 vez



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Re: We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Vie Dic 29, 2017 9:39 pm

WE CHANGE AS MUCH AS THE OCEAN
→ Sábado → 20:05 → De camino al Royal Opera House  → Cálido
Mi suegra tiene un gusto exquisito —respondo ante el comentario de ella sobre mi camisa—. Cuando le dejo comprarme ropa siempre acierta. —En general no es que me moleste que ella quiera hacerse cargo de mi vestimenta, pero me considero lo suficientemente capaz de avituallarme yo solo con prendas como para tener una gran variedad en mi armario. Esta, sin embargo, fue un regalo de Navidad, y la dejo para ocasiones especiales.

Nunca le presto mucha cuenta al hecho de que Ivory permanece detrás de mí cuando caminamos hacia el coche, porque lo considero normal, vaya. Es mi vehículo, soy yo quien tiene que quitar el cierre de seguridad para que podamos montarnos, así que no encuentro en sus acciones nada más allá de la simple conveniencia y comodidad de permitir que sea la otra persona quien se adelante para hacer los preparativos. Cuando ya estamos dentro y el motor ronronea mientras avanzamos puedo prestarle algo más de atención a mi acompañante, quien me saca una sonrisa, como siempre, cada vez que no puede evitar decir con orgullo que sus negocios ahora son legales. No me gusta echarme flores que no me corresponden, pero quiero creer que mi influencia ha resultado lo suficientemente positiva como para dar ese giro, aunque nunca se lo comento porque me parece algo pueril. Así que disfruto de ello para mis adentros. Y me alegro por ella; no querría que los nefilim le hiciese nada malo.

Ivory, es lo que tenemos las personas adictas al trabajo. Parece que si no estamos pegados a nuestra profesión no tenemos vida más allá. Voy a tener que secuestrarla más a menudo para que se distraiga y deje de lado las preocupaciones laborales. —Es una broma, pero hay un leve tinte de verdad en mis palabras; me gustaría poder pasar más tiempo con ella, aunque en el fondo siempre me da miedo pensar que si nuestros encuentros se prolongasen demasiado ella terminase cansándose de mí. No soy el hombre más interesante del mundo, ni mucho menos...— . Las niñas siguen como siempre. Sally lleva toda la semana haciendo el pino porque le enseñaron en el colegio —me río ante el recuerdo de mi hija intentando llamar mi atención un millón de veces en casa—, y Lizzie... Bueno, tiene sus momentos. En los últimos meses se ha mostrado bastante más cariñosa conmigo, pero tiene sus arranques de delirios adolescentes. Creo que le contraria que salga a cenar con usted todos los meses, porque no están acostumbradas a compartirme con algo que no sea mi trabajo, pero se le terminará pasando. —O eso espero. Callejo con el coche lo máximo posible para evitar los atascos, pero después de un par de minutos es muy difícil no vernos en una pequeña retención. Afortunadamente, vamos bien de tiempo. Dejo el coche en punto muerto y me permito descansar el pie del embrague. ¿Por qué tendré un coche europeo? La confesión de Ivory me hace dirigir mi mirada hacia ella, sorprendido—. Ivory, no tiene que molestarse, por favor. Es muy amable y yo se lo agradezco pero... —sus ojos se centran sobre los míos, provocando un suspiro cansado por mi parte y una sonrisa— pero no habrá forma de convencerla de que no hace falta, ¿verdad? Supongo que la edad hace estragos en la cabezonería —bromeo, esperando que no se moleste por ello—. Algo para las niñas... A Sally le valdrá cualquier muñeca que encuentre que sea medianamente bonita, no es muy difícil. Y para Lizzie cualquier prenda de ropa que sea francesa le valdrá, se lo aseguro; bolso, zapatos, joyas... Usted tiene mucho estilo así que sin lugar a dudas encontrará la pieza aduecuada. Si quiere le enseño el vestuario de mi hija de estrangis para que ese haga una idea de su estilo. —Meto la marcha que corresponde cuando nos toca movernos y avanzamos algo más rápido que antes—. Y dígame, ¿puedo preguntarle qué va a hacer a Francia?

Escucho sus palabras mientras nos vemos por la ciudad, llegando al restaurante justo a tiempo para solicitar nuestra mesa. Le dejo las llaves al aparcacoches y le tiendo el brazo a Ivory para que se agarre a él antes de adentrarnos en el restaurante, donde el maître ya nos conoce lo suficiente como para indicarnos que podemos acceder a nuestra mesa de siempre: lo suficientemente apartada para disfrutar de una magnífica velada íntima donde se nos molestará lo justo y necesario.


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Re: We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Lun Feb 05, 2018 12:52 am




We change as much as oceans

A
quel simple e inofensivo comentario sobre secuestrarla le pareció de lo más delicioso. Verse obligada a olvidar un trabajo que no hacía más que consumirle lo poco que le quedara de su podrida alma, además de alejada a la fuerza de un mundo de sombras del que, si tuviera la oportunidad de volver atrás en el tiempo, habría elegido no verse envuelta jamás. Quizás simplemente debería de haber renunciado a su alma inmortal siglos atrás y haber muerto como una humana más, prematuramente y por alguna estúpida enfermedad que en la actualidad se curase con una simple pastillita blanca. Sin embargo, era una egoísta que apreciaba mucho su vida como para dejarla marchar teniendo lo que ahora consideraba la maldición de la vida eterna, cuyo precio era verse envuelta en ese pequeño infierno que era el submundo, acompañada por seres de los que ella misma estúpidamente había elegido verse rodeada, corrompiéndola cada vez más y siendo su perdición, creyendo que el miedo que infundía era un escudo inquebrantable por cualquier ser de ese mundo o ley jamás creada; donde la única luz que la iluminaba era su fiel acompañante. Pestañeó rápidamente antes de volver a la realidad.

Una tierna sonrisa se dibujó en su rostro. Le gustaba cuando Desmond hablaba de sus hijas. Podía vislumbrar un brillo especial en su mirada que únicamente relucía cuando sus nombres salían de sus labios; un padre orgulloso de sus niñas. —Quizás Sally llegue a ser gimnasta olímpica después de esto. En cuanto a Eliza, ¿puede acaso culparla? Apostaría mi fortuna a que soy la única mujer con la que ha salido tantas veces a cenar desde hace años. Es normal que le resulte, como mínimo, extraño y no lo entienda, mucho menos cuando únicamente me ha visto una o dos veces en todo este tiempo. —Ivory se sentía culpable en ocasiones por ello. Una adolescente cuyo padre sale a cenar una vez al mes con una mujer a la que apenas ha visto, cualquiera tendría innumerables preguntas al respecto y, en su caso, prácticamente ninguna de ellas podría ser contestada sin exponerla a un mundo de que estaba segura que Desmond no quería que formara parte. Sin embargo, al mismo tiempo se preguntaba cómo reaccionaría si supiera lo que rodeaba a aquella extraña amistad y, en más de una ocasión, se había cuestionado qué pensaba hacer Desmond con respecto al submundo cuando se trataba de sus hijas, ¿se lo contaría algún día? Sentía curiosidad por si alguna de ellas poseía la visión igual que él, aunque seguramente era algo de lo que ya se habría dado cuenta a esas alturas. —Me conoce demasiado bien. —bromeó ante aquél más que acertado comentario sobre su cabezonería. —Como siempre, negocios. Ya sabe, eso que domina mi existencia casi en su totalidad. Aunque he decidido tomarme unos días después de hacer todo lo debido. Hace muchos años que no voy a mi casa de Giverny, puede que le haga un lavado de cara. Me estoy replanteando pasar el próximo verano alejada del mundo en ella. Sí, lo sé, “Ivory Khanstein tomándose una vacaciones”, pero creo que realmente necesito alejarme de todo aunque sea por un mes y centrarme un poco en mí y en lo que quiero hacer a partir de ahora. —realmente se estaba esforzando por ser mejor persona, aunque había fantasmas de su vida que aún la perseguían, y lo seguirían haciendo durante mucho más. —Si no fuera por el hecho de que sería una osadía por mi parte, le invitaría a venir, al fin y al cabo todos sabemos que usted también necesita unas vacaciones y créame, Giverny es un lugar que podría estar sacado de cualquier cuento de hadas. —la bruja observó por la ventanilla las deslumbrantes luces de la ciudad pasar.

Ivory tomó su brazo como tantas veces había hecho en aquel mismo lugar. Un gesto inocente que implicaba mucho más de lo que se podía apreciar a simple vista. —Gracias. —le dijo al maître tras dejarles en su mesa habitual. Tomó la carta que reposaba sobre su plato. Sabía perfectamente lo que iba a pedir, siempre tomaba lo mismo, sin embargo aquello le permitía lanzar alguna que otra mirada furtiva a su acompañante, lo que le recordaba lo estúpidamente afortunada que había sido por aquella noche en la que irrumpió en su casa. Una tonta sonrisa se dibujó en su rostro antes de devolver la mirada a la carta.

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Re: We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Sáb Mar 10, 2018 10:40 am

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→ Sábado → 20:05 → De camino al Royal Opera House  → Cálido
Río ante el comentario que Ivory hace sobre mi hija pequeña. Sally, gimnasta profesional. No porque me parezca imposible, desde luego, sino porque la imagino, todo sonrisas, todo pelo rubio y ojos enormes absolutamente entusiasmada con cada cosa que hace, con cada pequeño movimiento, giro, flexión, y la sonrisa se quiebra un poco en mis labios. No, en realidad no me gustaría que se dedicase a la competición oficial, aunque evidentemente si ella me dijese que es la ilusión de su vida, yo la apoyaría hasta el final. Pero es un mundo demasiado cruel, demasiado despiadado para una niña tan inocente, tan pura y tan brillante como mi pequeña Sally; pisotearían su espíritu de tal manera, con tal rapidez, que terminaría desapareciendo bajo un montón de nada, y la persona que emergería no sería ella misma, sino otra. La idea me hace estremecer. Mi dulce, ingenua y maravillosa Sally. ¿Acaso hay algún lugar, alguna profesión que la merezca si quiera? No quiero ser un padre paranoico y sobreprotector, pero me da miedo que le hagan daño y deje de soñar, de creer y de ser el resplandeciente rayo de sol que es ahora mismo. Supongo que a toda figura paterna y materna le sucede lo mismo, pero nunca me sentí igual con Lizzie, porque ella está hecha de otra pasta. Incluso cuando era más niña y menos adolescente era más dura que su hermana; es una mujer fuerte y aguantará cuanto la vida le traiga por delante, lo sé. Tendré que confiar en que Sally podrá salir adelante igual que su hermana, o igual que habría hecho su madre. Qué diferentes habrían sido las cosas si hubiese sido la sangre de mi cadáver la que hubiese teñido el suelo aquella fatídica noche...

Apostaría y ganaría sin lugar a dudas. —Miro de reojo a mi acompañante con una mueca entre avergonzada y divertida. He conocido a mujeres fantásticas todos estos años, pero ninguna había capturado mi atención con anterioridad. Ha tenido que ser una bruja... Bueno, tampoco es tan sorprendente, ¿no?

Intento mantener mi atención en la carretera cuando Ivory me menciona que va a Francia para unas vacaciones. ¡Por todos los santos! No puedo reprimir la sonrisa que me nace directamente desde el corazón. ¡Desde luego que es un evento casi histórico! Ivory Khanstein tomándose unos días de descanso lejos del mundanal ruido de la Gran Manzana. No conozco mucho la campiña francesa, pero tal y como suena el nombre en sus labios, debe de ser, sin lugar a dudas, como ella lo describe. El impulso de decirle que ella nunca era osada conmigo, que me encantaría poder ir a decirle a mis hijas que nos vamos a Francia unos días a una casa de campo muere en mis labios bajo una extraña capa de nerviosismo que no sé interpretar. A pesar de mi edad, sigo siendo un idiota cuando se trata de determinadas circunstancias, porque no recuerdo la última vez que experimenté algo así; quizás el día en que Ada me miró de arriba a abajo y me dijo que podía ir al cine con ella. Además, lo que sí sería una osadía sería el aceptar un ofrecimiento tan velado.

Sin embargo, no dejo de darle vueltas a las palabras de Ivory, intentando analizar lo que sé de ella para proceder a continuación, e intentando analizarme a mí y por qué su oferta me ha hecho sentirme de semejante manera. Quizás porque no la ubico bajo el sol, en un prado, vestida con un traje blanco reluciente sobre la hierba verde, sino porque lo único con lo que la relaciono son estas cenas a la luz de una tibia lámpara que nos acuna entre sombras esquivas. Quizás porque la perspectiva de que haya pensado en invitarnos quiere decir algo que llevamos intentando eludir desde hace meses, cuando creo que somos perfectamente conscientes de que existe una frágil tensión que amenaza con romperse con el movimiento inapropiado o la palabra menos esperada. Quizás porque me da miedo pensar demasiado y arruinar lo que tengo con ella, a lo que no sé ponerle nombre y lo que no sé exactamente qué es, pero que me gusta lo suficiente como para seguir acudiendo a ella.

¿Tendrá Ivory las mismas dudas? ¿Surcarán pensamientos parecidos su cabeza? Ella siempre parece tan elegante, tan firme, tan segura de todo lo que hace... Sólo la vi vacilar una vez, cuando la tuve entre mis brazos en el sofá de su casa, con los ojos encantadoramente perdidos y las mejillas demasiado pálidas. Me pareció tan frágil como la porcelana, a pesar de que había un enorme fuego ardiendo en su interior, y semejante contraste me conmovió de tal manera que aquí me encuentro, sentado frente a ella en un restaurante carísimo que se empeña siempre en pagar. No me molesta en absoluto, aunque siempre intento convencerla para alternar la cuenta porque no me parece justo, por mucho dinero que tenga, si bien considero mi pequeño triunfo personal que me permita recogerla en su casa todas las noches que salimos a cenar.

Suspiro. A veces sigo siendo como un niño.

Y dígame, ¿cómo es que tiene una casa en Giverny? Reconozco que más allá de Irlanda y de Reino Unido nunca me moví demasiado por Europa, pero no la hacía oriunda de Francia, la verdad. —Sonrío—. Si bien es cierto que por lo que sé de usted, en el fondo no me sorprende en absoluto. ¿Vivió allí una temporada hace algunos años? Mi padre siempre quiso arrastrar a mi madre al continente, pero por lo poco que le he dicho de ella imaginará que no hay forma de moverla de la Isla Esmeralda. "Aquí nací y aquí moriré, Stephen, y no habrá Dios que consiga moverme de esta roca". Y puedo dar fe que es cierto; han pasado veintiún años desde que mi padre murió y no hay forma de convencerla de que venga a vivir con las niñas, con mi suegra y conmigo.


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Re: We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Lun Mar 19, 2018 1:26 pm




We change as much as oceans

P
or mucho tiempo que pasara, Ivory seguía sorprendiéndose de lo ameno y relajante que podía llegar a ser el sencillo y mundanal acto de ir a cenar con Desmond. Ese tipo de conversaciones que, a ojos de cualquiera, podrían ser simples, soporíferas o insignificantes, a ella le daban la vida. Había madurado —algo de lo más irónico— y había aprendido a ser sincera consigo misma. Desmond la hacía sentir humana y eso le cautivaba. No la juzgaba, al menos no entonces, aunque no podría culparle que lo hubiera hecho cuando se conocieron, tendría toda la razón y el derecho. Había sido una bruja con él, tanto literal como metafóricamente, como aquellas que aparecen en los cuentos de hadas de Sally, mala malísima y con el único afán de destruir la felicidad de los demás con tal de conseguir la suya propia, aunque en el fondo fuera una triste criatura maltratada y abandonada por el paso de los siglos. Sin embargo, en algún resquicio de su oscuro y malherido corazón, el buen doctor había sido capaz de arañar la superficie y descubrir algo que ella misma consideraba extinto; su humanidad, humanidad que luchaba con uñas y dientes por volver a relucir, y que sólo sería posible con su ayuda.

—Digamos que fue amor a primera vista. Antiguamente cuando se viajaba debías de parar en los pequeños pueblos alejados de la mano del señor, y uno de ellos fue Giverny. Está lo suficientemente cerca de París para poder hacer negocios, pero, al mismo tiempo, lo suficientemente alejado para ser un pequeño remanso de paz. Aunque, para mi desgracia, hace algunas décadas que se ha convertido en un lugar turístico. —pocos, si no nadie, sabían que ella había sido la mecenas de cierto artista que vivió y murió allí. Ciertamente adoraba su arte, y el tomar té las tardes de verano en su cuidado y hermoso jardín. Aunque cuando aquellos turistas empezaron a llegar casi en manada dejó atrás su casa casi sin mirar atrás. Sin embargo, no le gustaba todo lo que había estado ocurriendo en la ciudad, por lo que pensó que rescatar aquella vieja y olvidada casa podría ser un salvoconducto si se diera el caso, aunque realmente esperaba que no fuera necesario. Por otro lado, era cierto que necesitaba unas vacaciones y podía matar dos pájaros de un tiro, como los mundanos decían. —Su madre parece una mujer de armas tomar. —bromeó. En cierto modo le recordó a ella misma, terca a más no poder y con las ideas bien claras sobre lo que quiere. No pudo evitar pensar en su propia madre. Le pareció que habían pasado siglos desde la última vez que lo había hecho.

A veces, sólo a veces, se preguntaba por qué. ¿Por qué había seguido acudiendo a él?  ¿Por qué arriesgaba su seguridad? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Quizás, aunque se había esforzado —lo que nunca pensó que haría— por ser mejor, seguía siendo ese ser egoísta que sólo pensaba en ella misma. Quizás, porque era el único que parecía no acercarse a ella por mero interés. Pero quizás, y sólo quizás, hubiese algo más, un tipo de sentimiento que creyó enterrado siglos atrás. Aunque si ese fuera el caso, haría todo lo posible por protegerle, haciendo justo lo contrario de lo que hacían todos los meses, ¿no? Puede que, efectivamente, siguiera siendo extremadamente egoísta.

Noche | Royal Opera House | Desmond Lynch



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Re: We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Lun Mayo 28, 2018 12:00 pm

WE CHANGE AS MUCH AS THE OCEAN
→ Sábado → 20:05 → De camino al Royal Opera House  → Cálido
Sonrío ante la mención de mi madre, e incluso llego a soltar una pequeña carcajada. Mi madre. Que criatura tan fantástica, tan inconcebiblemente terca era mi madre. Ariadne Lynch había sido siempre un pilar increíblemente fuerte en mi vida, alguien a quien aferrarme, a quien acudir para contarle mis secretos en una casa demasiado grande para un niño demasiado solitario. Evidentemente no todo lo que había guardado para mí había salido de mis labios a sus oídos, como mis dones, pero ella había sido siempre quien con una sonrisa agradable había escuchado mis desvaríos, mis inquietudes, mis miedos, mis días de colegio, quien me había reñido seriamente por no actuar bien, quien había cuidado mis fiebres, quien me había arropado con cariño cuando me había sentido solo. No penséis mal, mi padre también fue un buen hombre que intentaba estar conmigo siempre que tenía un rato para mí, pero el problema es que no fue un buen padre, como no lo soy yo, porque estaba más ausente que otra cosa, mientras que mi madre trabajaba en casa la mayor parte del tiempo como compositora y aunque a veces tenía giras que le hacía desaparecer durante meses, siempre estaba más a mi lado.

No lo sabe usted bien, Ivory —digo mientras suelto una carcajada—. Es una mujer increíblemente firme en todo lo que hace y dice. Era violinista, aunque ahora está ya retirada, y nunca dejó que su matrimonio con mi padre le impidiese seguir componiendo, yendo a conciertos, recitales y demás. Creo que se caerían bien, la verdad.

Esta noche no sé qué pedir para cenar, y se nota porque no dejo de darle vueltas al menú de un lado para otro. Quizás sea simplemente porque hoy me encuentro distraído, o quizás -y más probable- sea porque aún estoy nervioso por todo lo que me ha recorrido en el coche por dentro y que no encuentra la salida hacia afuera. Suspiro. La descripción de la casa de Ivory en Giverny aún me ronda la cabeza, imaginándola con detalle aunque no la he visto nunca; de piedra blanca, con las tejas rojas, grandes puertas y ventanas de madera, una enredadera trepando afanosa por una de las paredes, flores en el jardín... Un sitio de ensueño. Probablemente esté proyectando la imagen de mi propia casa de Irlanda, aunque mucho más colorida, y eso sólo me despierta añoranza de nuevo. A lo mejor yo también me pido vacaciones estas Navidades para ir a visitar a mi madre con las niñas...

El camarero se acerca y nos toma la comanda, aunque lo hace sin prestar demasiada atención a lo que ordenamos porque siempre es lo mismo de beber y los mismos entrantes. Tras eso le pido que por favor nos deje unos minutos más para que podamos decidir con tranquilidad y me centro en ello. Cuando regresa con las bebidas le indicamos lo que hemos elegido, se lleva las cartas y nos deja solos de nuevo. El sabor del frío vino me empalaga lo necesario, abriéndose camino hasta mi estómago, dejando esa sensación helada que resulta tan agradable como desconcertante. Dejo las manos sobre la mesa, distrayendo los dedos con la suavidad de la tela del mantel que cubre nuestra mesa, desconcertado al descubrir que en este momento no sé qué decirle a Ivory que sea estúpido o casual. Por mi cabeza sólo pasan todas las preguntas que he querido hacerle cada vez que hemos quedado pero que nunca me he atrevido a lanzarle por temor a ser demasiado atrevido. ¿Puede que sea esta la noche?

¿Puedo preguntarle por qué decidió venir a vivir a Estados Unidos, Ivory? ¿Le sedujo la idea del Nuevo Mundo, como a tantísimas otras antes que a usted? Es que en cierto modo usted no me pega aquí. No me malinterprete, por favor. No podía estar más encantado de que hubiese decidido venir, ya que así he podido conocerla, pero New York es tan... no sé, poco fina para usted. La hago en ciudades como París, o Praga, llena de belleza y misticismo, no un sitio frío como esta ciudad, llena de hierro y asfalto. Debe añorar Europa, ¿me equivoco?


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Re: We change as much as oceans || Desmond

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