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We change as much as oceans || Desmond

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We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Mar Nov 21, 2017 5:27 pm




We change as much as oceans

L
a bruja no apartaba la mirada de sus ojos reflejados en el espejo. Estaba sentada frente a su tocador con su bata favorita de seda blanca, cepillándose el pelo en suaves movimientos. Aquella era su noche. Parecía que había sido el día anterior cuando Desmond y ella habían llegado a la, más que posible estúpida y vulnerable, decisión de verse más a menudo. Sin embargo habían pasado casi dos años.

Aunque aún le costase admitirlo, Ivory necesitaba a Desmond, de la misma manera que necesitaba a Erik. Ambos la mantenían cuerda o, al menos, así lo creía. Erik seguía sacando lo peor de su interior, tal y como había sido desde hacía siglos, lo que ella pensaba que era su verdadero ser. Sin embargo, Desmond le hacía ver que no todo era malo, que seguía siendo humana en algún resquicio de ese helado corazón de bruja que poseía. Sentía que en ese momento no podría renunciar a ninguno a pesar de que querer odiar lo que Desmond le aportaba y odiar querer lo que Erik le infundía. Además de vivir con el constante suplicio de la posibilidad que cada parte descubriera la existencia del contrario. Erik era más que probable acabara desquiciado y con un una incesable necesidad de jugar con Desmond para torturar a Ivory, mientras la bruja temía que es buen doctor la juzgara por lo que aún escondía. Qué situación más complicadamente endiablada para un ser que sostenía ser pura maldad egoísta.

Ivory pestañeó volviendo a la realidad. Tenía el cabello encrespado después de todos los cepillados que había dado ensimismada en sus pensamientos. Ahora tendría que arregarlo de nuevo. Suspiró antes de toquetear el anillo de oro que siempre le colgaba del cuello, mirándolo en el reflejo. Todo hubiera sido más fácil si fuera una simple y tonta humana, ¿no es así, Aldrich?. Había estado sopesando durante los últimos años si debía arreglar su pasado, pero era una decisión muy difícil y complicada de tomar, además de demasiado delicada como para que nadie más lo supiera.

Acabó por levantarse del tocador casi enfadada consigo misma por las estúpidas y complicadas vueltas que podía llegar a dar esa negra cabecita que poseía. No era la primera vez que acababa enrevesada en ese tipo de conversaciones consigo misma que le hacían desear desaparecer de nuevo, renunciar a su inmortalidad y pasar el resto de dios-sabe-cuántos años le podrían quedar encerrada en una isla privada alejada de todos. Un sentimiento egoísta que chocaba con la necesidad del drama que todo aquello le aportaba en su vida.

Comenzó a analizar con ojo crítico los numerosos vestidos que poseía en su estúpido e innecesariamente grande armario hasta que dio con el que creía era perfecto para aquella noche. Una de sus criadas le ayudó a abrocharse la espalda y le ayudó a moldear su cabello tal y como siempre le gustaba llevarlo.

Era extraño como, a pesar de todo el tiempo transcurrido desde que se habían conocido, aún se sentía inquieta cada vez que iban a cenar juntos. Habían pasado de ser conocidos a casi amigos, al fin y al cabo se habían confiado cosas el uno a otro de las que rara vez trataban con nadie más y en cada encuentro algo nuevo surgía.

Ivory estaba colocándose los pendientes cuando ojeó el reloj que descansaba sobre la mesilla: las 7:59. La bruja se apresuró a bajar las escaleras con esa estúpida sensación de mariposeo en el vientre  ya lista para marcharse. Al fin y al cabo del bueno de Desmond nunca llegaba tarde.

Noche | Mansión de Ivory Khanstein | Desmond Lynch


Última edición por Ivory Khanstein el Miér Nov 22, 2017 2:23 am, editado 3 veces



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Re: We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Mar Nov 21, 2017 6:02 pm

WE CHANGE AS MUCH AS THE OCEAN
→ Sábado → 20:05 → De camino al Royal Opera House  → Cálido
¿Qué mal te haría sentar la cabeza de una vez? —me dice mi suegra, como en más de una ocasión, mientras me miro al espejo que hay por dentro de la puerta de mi armario. Son las siete de la tarde y dentro de una hora tengo una cita. Suena estúpido dicho así, como un crío o un adolescente, pero desde hace dos años tengo citas todos los meses y se ha convertido en una agradable rutina—. No creo que Ada fuese a odiarte por rehacer tu vida con otra mujer.

Yo siempre le respondo del mismo modo: con una sonrisa suave cargada de un profundo cansancio y de una enorme tristeza. Aquella noche la conversación no es demasiado diferente mientras Sally pululaba entorno a su hermana en la cocina, decidiendo si hacer croquetas o empanadillas para cenar. Yo mientras tanto me termino de abrochar la camisa, me pongo la chaqueta con movimientos precisos y cuidadosos, y me giro hacia ella con la misma respuesta en los labios.

Amar es sufrir, Marianne. ¿Y qué necesidad tenemos de pasar por los mismos padecimientos una y otra vez? Ninguna. —Le doy un beso en ambas mejillas mientras pongo mis manos sobre sus hombros cariñosamente—. Ademas, teniéndote a ti, ¿para qué quiero a otra mujer en mi vida?

Ella siempre me observa de esa forma que ralla entre considerarme un loco, quererme, tenerme pena y estar enfadada conmigo. Siempre me da un golpe en el brazo, y desde hace dos años, me concede las mismas palabras desde que se dio cuenta de que una vez al mes salía a cenar sin falta con una acompañante.

Si así fuese no irías a buscar consuelo en tu amiga.

Es que es eso, Marianne. Una amiga. ¿Acaso es tan terrible tener una?

Tienes muchas.

Pues precisamente, una más, una menos. —Con una sonrisa me aparto de ella para recorrer el pasillo, escuchándola bufar sin reparo alguno. Me asomo por la cocina para despedirme de las niñas. Sally se engancha a mí como un monito. Lizzie me mira con esa expresión de cierto reproche en los ojos. Creo que está celosa, y eso me enternece. Me acerco a ella para darle un beso en la frente y se deja. Desde que la saqué de aquella discoteca, borracha, parece quererme de nuevo lo suficiente como para demostrármelo—. Sed buenas. No os acostéis tarde y no veáis películas de terror, que luego tenéis pesadillas.

Escucho las protestas de mi hija menor mientras la mayor me dice casi susurrando que tenga cuidado, que me lo pase bien, que no vuelva tarde, y yo vuelvo a besarle en la frente. Me parece verla sonreír de soslayo, pero no hago hincapié en el tema porque no quiero que desaparezca. Es muy pronto, pero Ivory vive lejos y la ciudad es muy grande, así que cojo las llaves del coche, el móvil, la cartera y salgo de mi casa. Siempre me muevo muy seguro de mí mismo, pero en el fondo estos encuentros me siguen produciendo un agradable cosquilleo en la parte trasera de la nuca, además de una sonrisa tibia en los labios. ¿Quién me iba a decir a mí que terminaría trabando amistad con aquella fría bruja que me había echado de su casa sin contemplaciones el día que aparecí con una muchacha herida en brazos?

En el ascensor me retoco los puños de la camisa. Sé que Marianne tiene razón en todo lo que me dice; yo mismo lo he pensado más de una vez; rehacer mi vida no va a hacerme daño ni va a romper el recuerdo de Ada. Pero no sé si Ivory es la persona más adecuada, es la primera idea que me viene a la cabeza siempre, cada vez que ella me suelta ese discursito. No por ella; la aprecio lo suficiente y me atrae lo suficiente como para ser consciente de que si no damos el paso es precisamente porque estamos bien donde estamos y avanzar hacia algo más profundo podría traer consecuencias desastrosas para ambos. Sí que es porque es una bruja, pero no porque eso sea malo, sino porque yo soy mundano, y estas cosas sólo traen desgracias. Es una mujer amable a la que le gustan los niños, pero no sé si querría hacer de madre de una adolescente caprichosa y de una niña revoltosa. De algún modo triste soy consciente de que unir nuestras vidas no es algo que esté sobre la mesa, y que sólo en estas noches furtivas podemos darnos el lujo de olvidarnos que nuestras existencias no son compatibles y dejarnos llevar.

La noche es fresca, a pesar de que es septiembre, y conducir por las calles de New York se me hace agradable hasta que empiezan los atascos. Menos mal que he sido previsor… A las ocho estoy en la esquina de su casa, y a las ocho y dos estoy saliendo del vehículo para llamar a la puerta. No es que tenga suerte con los embotellamientos; es que uno tiene que saber por dónde coger por la Ciudad que Nunca Duerme para llegar a los sitios a la hora que le apetece.

Alex me abre la puerta, como todas las noches que vengo a buscarla, y me sonríe tímidamente. Le pregunto por ella, por el resto de las chicas, por Liana, y ella siempre me contesta de la misma forma, azorada, sonrojada. Ana suele decirme que sigo siendo atractivo para cualquier mujer que se precie, pero eso no hace que me de menos vergüenza azorar a una jovencita como esta. Me guía hacia donde está Ivory esperándome, y como cada vez que la veo, me doy el lujo de contemplarla durante un segundo entero. Será eternamente hermosa y de porcelana; yo, en cambio, envejezco a cada minuto, y nunca había sido tan consciente de esa realidad como desde que me encuentro con ella. Eso no me abruma nunca y no lo hace ahora. Sonrío y la cojo de la mano con suavidad; con el mismo atrevimiento que las últimas veces, le doy un beso en la mejilla.

Está usted preciosa, Ivory, como siempre. Tenemos reserva dentro de media hora, así que será mejor que nos vayamos yendo. Hasta luego, Alex.

Ella se despide con la mano mientras su señora y yo salimos de la casa. Todo esto, toda esta pompa, las criadas y los caros vestidos de Ivory, cenar en el Royal todos los meses con una reserva casi perpetua se me hace muy extraño. Se aleja de los días de sencillas comidas en restaurantes familiares, ver películas en el sofá debajo de una manta y vacaciones junto al mar. La bruja que entra conmigo en el coche no encaja en ninguno de esos escenarios; no es, ni de lejos, el tipo de mujer con el que yo me habría relacionado en el pasado. Ahora sin embargo, sin embargo…

El motor arranca con su ronroneo habitual. Introduzco la dirección en el GPS para que calcule la ruta más óptima y empiezo a conducir.

Bueno, dígame, ¿cómo han sido estas semanas de trabajo? A mí no me ha asaltado ningún vampiro loco así que por mi parte, no me puedo quejar —bromeo, aunque en ese momento desde luego, no me reí ni un poco—. ¿Y usted?


Última edición por Desmond Lynch el Miér Nov 29, 2017 12:06 am, editado 1 vez


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Re: We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Miér Nov 22, 2017 1:01 am




We change as much as oceans

E
l repiqueteo nervioso de las recién pintadas uñas rojo carmesí sobre el bolso de mano que reposaba en la mesa del comedor era lo único que se oía en la estancia. Sólo habían pasado dos minutos desde que había bajado de su habitación. La bruja, inmersa en sus cavilaciones, ignoraba que una de sus nuevas criadas, quien poco o nada sabía de cómo había sido Ivory años atrás con quienes le servían, se encontraba tras ella de pie junto al arco de entrada a la habitación, extrañamente enternecida por el nerviosismo que su señora mostraba en esos días. Eran las ocho y dos minutos cuando el sonido del timbre ganó la batalla al rítmico sonido de los golpecitos contra el acrílico. Ivory se levantó de un respingo, lo que provocó un tierna sonrisa en su acompañante.

La bruja tomó aire y quedó de pie frente al arco de entrada. Una tonta sonrisa se dibujó en su rostro cuando vio a Desmond aparecer tras Alex, tan elegante y atractivo como siempre. Le dio la mano y puso la mejilla para que, como de costumbre, le diera un beso. Quién les hubiera visto un par de años atrás.

—Una camisa preciosa. —comentó recibiendo aquel conocido beso en la mejilla.

Se colocó el bolso de mano bajo el brazo y con un tímido gesto con la mano se despidió de sus empleadas. —Portaos bien. —comentó bromista cual madre preocupada que dejaba a sus hijas solas en casa. Cómo cambian las personas sin siquiera imaginarlo o quererlo.

Ivory siguió a su ya habitual cita hasta el coche. Le era inevitable caminar siempre un paso tras él y ojear por el rabillo del ojo que ninguna mirada indiscreta se ocultase tras los arbustos. A pesar de los cambios que había realizado en sus negocios, seguía viviendo de la imagen que se había forjado durante siglos y, por extraño que parezca, se preocupaba más por lo que le podía pasar a él que a ella misma. Había sabido mantener las apariencias, pero era consciente de que Desmond podría ser fácilmente considerado un punto débil, y podrían usarlo para hacerle daño. Su familia había pasado por mucho y no quería, bajo ninguna circunstancia, que sufrieran más, mucho menos por su culpa. Sin embargo, seguía siendo una bruja egoísta al fin y al cabo.

Una vez estuvieron en el coche volvió a respirar relativamente tranquila. Aquel era el pequeño precio que tenía que pagar todos los meses, y siempre valía la pena.

La bruja entrecerró los ojos. —Curioso comentario. —comentó, aunque seguidamente le quitó hierro al asunto. A lo mejor se trataba de un simple comentario para romper el hielo de aquellos aún extraños primeros momentos de sus citas. —Desbordante, como siempre. Aunque parezca extraño, no termino de acostumbrarme a lo excesivamente avariciosos y ciegamente ambiciosos que pueden llegar a ser algunos humanos. Por no hablar, claro está, de las no tan buenas intenciones de algunos seres del submundo. Pero al menos mi negocio ya no es tan ilegal como podría haber sido antes. —le contestó orgullosa, al fin y al cabo se había esforzado por hacer su imperio legal a ojos de los hijos de Raziel, bastante tenía ya con todo lo que estaba sucediendo en el mundo. —¿Qué tal las niñas? ¿Sigue Eliza con sus prontos adolescentes? En unas semanas he de ir unos días a París, y había pensado, si le parece bien, taerle algo a las niñas, pero luego me di cuenta de que no sé qué podría gustarles, por lo que se aceptan sugerencias. —por extraño que sonaba, la bruja también se preocupaba por ellas, al fin y al cabo las veía como eso, niñas, inocentes en toda esta turbia historia que no solo les envolvía a ellos, y no podía evitarlo. Sin embargo, había ocasiones en las que no podía evitar sentir que cruzaba una línea que no debía.

Noche | Camino al Royal Opera House | Desmond Lynch



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Re: We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Desmond Lynch el Vie Dic 29, 2017 9:39 pm

WE CHANGE AS MUCH AS THE OCEAN
→ Sábado → 20:05 → De camino al Royal Opera House  → Cálido
Mi suegra tiene un gusto exquisito —respondo ante el comentario de ella sobre mi camisa—. Cuando le dejo comprarme ropa siempre acierta. —En general no es que me moleste que ella quiera hacerse cargo de mi vestimenta, pero me considero lo suficientemente capaz de avituallarme yo solo con prendas como para tener una gran variedad en mi armario. Esta, sin embargo, fue un regalo de Navidad, y la dejo para ocasiones especiales.

Nunca le presto mucha cuenta al hecho de que Ivory permanece detrás de mí cuando caminamos hacia el coche, porque lo considero normal, vaya. Es mi vehículo, soy yo quien tiene que quitar el cierre de seguridad para que podamos montarnos, así que no encuentro en sus acciones nada más allá de la simple conveniencia y comodidad de permitir que sea la otra persona quien se adelante para hacer los preparativos. Cuando ya estamos dentro y el motor ronronea mientras avanzamos puedo prestarle algo más de atención a mi acompañante, quien me saca una sonrisa, como siempre, cada vez que no puede evitar decir con orgullo que sus negocios ahora son legales. No me gusta echarme flores que no me corresponden, pero quiero creer que mi influencia ha resultado lo suficientemente positiva como para dar ese giro, aunque nunca se lo comento porque me parece algo pueril. Así que disfruto de ello para mis adentros. Y me alegro por ella; no querría que los nefilim le hiciese nada malo.

Ivory, es lo que tenemos las personas adictas al trabajo. Parece que si no estamos pegados a nuestra profesión no tenemos vida más allá. Voy a tener que secuestrarla más a menudo para que se distraiga y deje de lado las preocupaciones laborales. —Es una broma, pero hay un leve tinte de verdad en mis palabras; me gustaría poder pasar más tiempo con ella, aunque en el fondo siempre me da miedo pensar que si nuestros encuentros se prolongasen demasiado ella terminase cansándose de mí. No soy el hombre más interesante del mundo, ni mucho menos...— . Las niñas siguen como siempre. Sally lleva toda la semana haciendo el pino porque le enseñaron en el colegio —me río ante el recuerdo de mi hija intentando llamar mi atención un millón de veces en casa—, y Lizzie... Bueno, tiene sus momentos. En los últimos meses se ha mostrado bastante más cariñosa conmigo, pero tiene sus arranques de delirios adolescentes. Creo que le contraria que salga a cenar con usted todos los meses, porque no están acostumbradas a compartirme con algo que no sea mi trabajo, pero se le terminará pasando. —O eso espero. Callejo con el coche lo máximo posible para evitar los atascos, pero después de un par de minutos es muy difícil no vernos en una pequeña retención. Afortunadamente, vamos bien de tiempo. Dejo el coche en punto muerto y me permito descansar el pie del embrague. ¿Por qué tendré un coche europeo? La confesión de Ivory me hace dirigir mi mirada hacia ella, sorprendido—. Ivory, no tiene que molestarse, por favor. Es muy amable y yo se lo agradezco pero... —sus ojos se centran sobre los míos, provocando un suspiro cansado por mi parte y una sonrisa— pero no habrá forma de convencerla de que no hace falta, ¿verdad? Supongo que la edad hace estragos en la cabezonería —bromeo, esperando que no se moleste por ello—. Algo para las niñas... A Sally le valdrá cualquier muñeca que encuentre que sea medianamente bonita, no es muy difícil. Y para Lizzie cualquier prenda de ropa que sea francesa le valdrá, se lo aseguro; bolso, zapatos, joyas... Usted tiene mucho estilo así que sin lugar a dudas encontrará la pieza aduecuada. Si quiere le enseño el vestuario de mi hija de estrangis para que ese haga una idea de su estilo. —Meto la marcha que corresponde cuando nos toca movernos y avanzamos algo más rápido que antes—. Y dígame, ¿puedo preguntarle qué va a hacer a Francia?

Escucho sus palabras mientras nos vemos por la ciudad, llegando al restaurante justo a tiempo para solicitar nuestra mesa. Le dejo las llaves al aparcacoches y le tiendo el brazo a Ivory para que se agarre a él antes de adentrarnos en el restaurante, donde el maître ya nos conoce lo suficiente como para indicarnos que podemos acceder a nuestra mesa de siempre: lo suficientemente apartada para disfrutar de una magnífica velada íntima donde se nos molestará lo justo y necesario.


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Re: We change as much as oceans || Desmond

Mensaje— por Ivory Khanstein el Lun Feb 05, 2018 12:52 am




We change as much as oceans

A
quel simple e inofensivo comentario sobre secuestrarla le pareció de lo más delicioso. Verse obligada a olvidar un trabajo que no hacía más que consumirle lo poco que le quedara de su podrida alma, además de alejada a la fuerza de un mundo de sombras del que, si tuviera la oportunidad de volver atrás en el tiempo, habría elegido no verse envuelta jamás. Quizás simplemente debería de haber renunciado a su alma inmortal siglos atrás y haber muerto como una humana más, prematuramente y por alguna estúpida enfermedad que en la actualidad se curase con una simple pastillita blanca. Sin embargo, era una egoísta que apreciaba mucho su vida como para dejarla marchar teniendo lo que ahora consideraba la maldición de la vida eterna, cuyo precio era verse envuelta en ese pequeño infierno que era el submundo, acompañada por seres de los que ella misma estúpidamente había elegido verse rodeada, corrompiéndola cada vez más y siendo su perdición, creyendo que el miedo que infundía era un escudo inquebrantable por cualquier ser de ese mundo o ley jamás creada; donde la única luz que la iluminaba era su fiel acompañante. Pestañeó rápidamente antes de volver a la realidad.

Una tierna sonrisa se dibujó en su rostro. Le gustaba cuando Desmond hablaba de sus hijas. Podía vislumbrar un brillo especial en su mirada que únicamente relucía cuando sus nombres salían de sus labios; un padre orgulloso de sus niñas. —Quizás Sally llegue a ser gimnasta olímpica después de esto. En cuanto a Eliza, ¿puede acaso culparla? Apostaría mi fortuna a que soy la única mujer con la que ha salido tantas veces a cenar desde hace años. Es normal que le resulte, como mínimo, extraño y no lo entienda, mucho menos cuando únicamente me ha visto una o dos veces en todo este tiempo. —Ivory se sentía culpable en ocasiones por ello. Una adolescente cuyo padre sale a cenar una vez al mes con una mujer a la que apenas ha visto, cualquiera tendría innumerables preguntas al respecto y, en su caso, prácticamente ninguna de ellas podría ser contestada sin exponerla a un mundo de que estaba segura que Desmond no quería que formara parte. Sin embargo, al mismo tiempo se preguntaba cómo reaccionaría si supiera lo que rodeaba a aquella extraña amistad y, en más de una ocasión, se había cuestionado qué pensaba hacer Desmond con respecto al submundo cuando se trataba de sus hijas, ¿se lo contaría algún día? Sentía curiosidad por si alguna de ellas poseía la visión igual que él, aunque seguramente era algo de lo que ya se habría dado cuenta a esas alturas. —Me conoce demasiado bien. —bromeó ante aquél más que acertado comentario sobre su cabezonería. —Como siempre, negocios. Ya sabe, eso que domina mi existencia casi en su totalidad. Aunque he decidido tomarme unos días después de hacer todo lo debido. Hace muchos años que no voy a mi casa de Giverny, puede que le haga un lavado de cara. Me estoy replanteando pasar el próximo verano alejada del mundo en ella. Sí, lo sé, “Ivory Khanstein tomándose una vacaciones”, pero creo que realmente necesito alejarme de todo aunque sea por un mes y centrarme un poco en mí y en lo que quiero hacer a partir de ahora. —realmente se estaba esforzando por ser mejor persona, aunque había fantasmas de su vida que aún la perseguían, y lo seguirían haciendo durante mucho más. —Si no fuera por el hecho de que sería una osadía por mi parte, le invitaría a venir, al fin y al cabo todos sabemos que usted también necesita unas vacaciones y créame, Giverny es un lugar que podría estar sacado de cualquier cuento de hadas. —la bruja observó por la ventanilla las deslumbrantes luces de la ciudad pasar.

Ivory tomó su brazo como tantas veces había hecho en aquel mismo lugar. Un gesto inocente que implicaba mucho más de lo que se podía apreciar a simple vista. —Gracias. —le dijo al maître tras dejarles en su mesa habitual. Tomó la carta que reposaba sobre su plato. Sabía perfectamente lo que iba a pedir, siempre tomaba lo mismo, sin embargo aquello le permitía lanzar alguna que otra mirada furtiva a su acompañante, lo que le recordaba lo estúpidamente afortunada que había sido por aquella noche en la que irrumpió en su casa. Una tonta sonrisa se dibujó en su rostro antes de devolver la mirada a la carta.

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Re: We change as much as oceans || Desmond

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