29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del día 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28 # 27
8
NEFILIMS
8
CONSEJO
7
HUMANOS
5
LICÁNTRO.
8
VAMPIROS
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4
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This is why we can't have nice things, honey. || Uriah

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El sol ya se había escondido detrás de los altos rascacielos de Nueva York, dejando la gran ciudad a merced de la luna. Un manto de seda negra con diminutos diamantes se había extendido por el cielo, otorgándole todo el protagonismo a las excesivas luces de la enérgica urbe. Una delicada silueta se proyectaba en el pavimento de una de las pequeñas callejuelas (bien alumbrado, por eso) que llevaba al NYPD, contoneándose al ritmo de una animada canción que se había descargado esa misma mañana. Si hubiera estado su madre, le hubiera reprochado que fuera sola por esas calles alejadas de "la mano de dios", como ella diría. Winter no entendía el porqué esa calle sería la excepción si el Señor era omnipresente y omnipotente, ¿qué más le daba alargar un poquito más el brazo?

La canción acabó tras tres minutos y sesenta segundos de ritmo desenfrenado, permitiendo que por unos instantes (en los que empezaba a otra canción) que el sonido de la ciudad se colara a través de los auriculares y llegara a los oídos de la rubia. Como llegó también el sonido de unos pasos que no eran los de ella. Frunció el ceño, tratando de restarle importancia al asunto porque... ¿qué probabilidad tenía de que fuera un subterráneo rabioso? No tenía mucho sentido. Lo que sí era posible es que fuera un delincuente que pretendiera robarle, abusar de ella e incluso matarla, con lo cual decidió que lo más apropiado sería poner en pausa la música para captar el mínimo movimiento, así cómo prepararse para sacar la glock 37.

Un gruñido infernal resonó en el callejón poniendo en alerta todos los sentidos de la inspectora White. Un licántropo no, un licántropo no... rezó mientras se giraba rápidamente, encontrándose la calle desierta. ¿Dónde estaba el ser? De repente notó como una brisa cálida y pestilente se estrellaba en su cabello, meciéndolo. Lo tenía delante. Estuvo tentada a no mirar hacia el frente, sino echar a correr como una loca con el único objetivo de ver la luz de un nuevo día. No obstante, eso sonaba demasiado precavido para la rubia... no, ella prefería ser una temeraria. Gastárselas de lista. Encaró al hombre, retrocediendo un par de pasos antes de huir en dirección contraria, sacando del bolso el cuchillo de oro que le robó a un nephilim en la masacre de Times Square. El hombre la alcanzó sin ninguna dificultad y la tomó del brazo. - ¡Que me sueltes, maldito ser del averno!- Gritó hundiendo completamente el arma en el pecho del ser. No tenía ni idea de cuál era su raza pero tenía claro que no era humano, así que usó lo único que pensó que podía ayudarla.

El ser gritó con fuerza y se desvaneció. Winter se quedó estática, mirando hacia los lados con una mueca interrogante. ¿Y ya estaba? ¿Lo había matado? - Mis padres se equivocaron de nombre, Winter Juliet La Magnífica White deberían haberme llamado.- Manifestó muy orgullosa mientras jugaba con el cuchillo ágilmente. Sin embargo, hubo algo que le llamó la atención: el cuchillo con inscripciones que descansaba en el suelo y que no era el suyo. Claro que sabía que era eso... un cuchillito mágico nephiliano. Paseó la mirada por el callejón antes de tomar el arma. Bufó frustrada, pensaba que podía hacerse cargo de su propia vida y defenderse ella sola peeero ¡no! Nephilim al rescate. - Holaaaa. ¿Hay alguien por aquí?- Preguntó alzando el cuchillo y moviéndolo de un lado para otro de manera que fuese visible. - Creo que esto es tuyo.


Última edición por Winter J. White el Dom Mayo 13, 2018 1:35 pm, editado 1 vez



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Uriah había decidido hacía tiempo que tenía una extraña mala suerte en cuanto a mujeres mundanas se trataba. Es decir, él se pasaba la vida intentando pasar lo más desapercibido posible cuando iba de ronda por las noches para no llamar la atención de ninguna criatura -humana o no humana- y poder hacer su trabajo con la mayor eficiencia posible. Años atrás, no le habría molestado, o al menos no lo habría dejado entrever, el que al final tuviese que terminar apareciéndose delante de personas que eran atacadas por criaturas en mitad de la noche, y que casualmente las víctimas, casi siempre mujeres, por su experiencia, terminasen teniendo la habilidad de verle. Pero ahora le resultaba increíblemente fastidioso. Pensó en Ary, que le había visto a pesar del glamour en mitad de un callejón, medio muerto, y en Cora, que le había atravesado a preguntas después de haberla salvado de un vampiro.

¿Ahora resultaba que todas las chicas de New York eran descendientes de nefilims o de hadas o de cualquier subterráneo con la capacidad de reproducirse? Era un dolor continuo en el culo que no hacía que su gesto fuese más amable ni que su expresión en el rostro no fuera la de absoluta seriedad todo el tiempo; incluso de aparentar ser un auténtico cretino, vaya, por la forma en la que miraba a la gente que le rodeaba. La única persona que, de momento, se libraba de eso, era Amelia, y en realidad no pensaba que fuese a sentir mucho fastidio si se topaba de nuevo con Ary o con Cora, porque su presencia tampoco es que le molestase ni nada.

Aquella noche caminaba entre los edificios menos altos, como siempre, patrullando las zonas peor cuidadas de la ciudad, que era donde, para su experiencia, sucedían los principales ataques desde los sucesos de Times Square. No hacía ni frío ni calor, a pesar de que el otoño se aproximaba, por lo que era agradable estar en la calle; a pesar de todo, Uriah llevaba, como siempre, la gabardina donde escondía todas sus armas de nefilim, pero no parecía que eso le afectase en lo más mínimo, pues ni siquiera estaba sudando. Se movía con la agilidad propia de los felinos por las azoteas, saltando por las que podía y buscándose las maneras de poder avanzar cuando eso no era posible. Disfrutaba así, con la suave brisa de la noche revolviéndole el corto pelo moreno y raspándole en el principio de barba que se estaba dejando esa ronda que estaba siendo más tranquila de lo habitual.

Al menos, hasta que la vio.

Una joven caminaba ruidosamente por el asfalto sin prestar demasiada atención a lo que la rodeaba. Por eso no fue capaz de prestarle atención al demonio que había comenzado a seguirla, supuso Uriah, quien se acuclilló en el lugar en el que estaba para poder observar la escena mejor. Con la runa de silencio y la de glamour activadas, dio varios saltos hasta colarse por los callejones que atravesaban el camino que estaban recorriendo, y esperó a que el predador estuviese a punto de saltar sobre su víctima para poder acabar con él sin que ella ni él se diesen verdadera cuenta de lo que estaba sucediendo.

Manakel...  —susurró, despacio, aguardando al momento oportuno.

Lanzar el cuchillo nefilim fue como perder una parte de sí, pero le salió tan natural que parecía que había nacido con esa habilidad, no que había sido el fruto de un arduo entrenamiento. Lo que le sorprendió fue que la muchacha pareció intentar defenderse con una daga, seguramente pensando que podía hacerle frente de algún modo. El demonio desapareció en una nube de polvo, y su propia arma cayó al suelo frente a ella. Ahora sólo le quedaba intentar recuperarla con el mayor sigilo posible; que ella la viese desaparecer no le importaba en absoluto, porque no podría explicarlo. No podía tener tan mala suerte de que ella también fuese capaz de verle, ¿no? Así que salió de su escondite y se dirigió hacia el lugar donde estaba la joven, sintiéndose aliviado al percatarse de que no pareció ser consciente de que se encontraba allí.

Claro que no esperaba su reacción tampoco, y eso le hizo quedarse parado en el sitio en el que estaba, a un metro escaso de la joven, observando con fastidio cómo sostenía su cuchillo, y hablándole directamente. Joder, ¿otra vez? Soltó un par de maldiciones en italiano antes de borrarse la runa del glamour con la estela, porque, ¿qué sentido tenía intentar estar oculto cuando ella podía verle? Toda aquella situación le hastiaba, así que cuando antes pudiese solucionarla, mejor. Se puso delante de la joven y el tendió la mano para que le devolviese su arma, deslizando su mirada oscura por la daga que había empuñado para intentar matar al demonio, determinado que su factura debía de ser nefilim, sin lugar a duda, lo que le hizo fruncir el ceño todavía más.

Devuélvemelas  —fue lo único que dijo, dechado de simpatía y virtud.



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Winter sabía que de un momento a otro el cazador aparecería para recuperar su cuchillito nephiliano (sobre todo porque ella estaba moviéndolo para que pudiera verlo bien), no obstante, lo que no esperaba es que surgiera de la nada enfrente de ella. La humana retrocedió un par de pasos, casi como acto reflejo del sobresalto producido por la repentina aparición del moreno. Frunció el ceño, apretando su agarre en la daga de oro inconscientemente. - No.- Fue lo único que dijo la rubia.

- Te doy tu cuchillo mágico pero ni por asomo te voy a dar el mío. - Porque no, él no tenía derecho a quitarle la daga que ella recogió del suelo durante la masacre en Times Square. No le daba la gana. Prácticamente le estaba arrebatando la única vía de escape ante un posible ataque demoníaco.

Le tendió su arma, guardando con la otra mano el puñal dorado en su chaqueta. - No pienso ser una presa fácil sólo porque a un cazador le de la real gana. - Su voz rezumaba veneno, revelando el poco afecto y estima que le tenía a los hijos de Raziel, quienes para ella solo se trataban de una panda de engreídos con carencias emocionales. - Y menos teniendo a un demonio detras de mí, ¿no ves lo loco que sería dejarme sin armas para al menos poder distraerlo y salir corriendo?- Sinceramente, no sería muy inteligente hacer enfadar a un shadowhunter y mucho menos si este parecía estar hecho de hielo.



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El gesto de sorpresa en el rostro de la rubia le hizo sentir un cierto desconcierto que se reflejó en una ceja enarcada mientras la contemplaba, pero no le dio más vueltas inútiles a ese detalle porque si no había podido verle antes, ahora estaba al descubierto frente a ella y cualquier otra cosa dejaba ya de tener importancia. Además, no era como si esa chica no supiese nada del mundo que le rodeaba, aparentemente, así que no estaba inclumpiendo los Acuerdos de ninguna forma. Con el ceño fruncido y los labios dibujando una mueca seria, esperó a que ella le devolviese lo que seguramente le había quitado a algún nefilim de forma subrepticia, además de su propia arma, y esperaba que lo hiciese sin rechistar, porque estaba convencido de que conocía la importancia de su misión en la Tierra.

Por eso fue él el que esbozó una mueca de incredulidad cuando ella se negó tan abiertamente a devolverle ambos cuchillos. El gesto en su rostro se volvió bastante más serio -si es que eso era posible-, mientras avanzaba hacia ella a paso lento, preguntándose cómo demonios proceder en esas circunstancias. Tampoco podía ir a arrebatárselos por la fuerza, ¿no? Se suponía que él estaba allí para proteger a personas como ella, indefensas ante los males que los demonios propagaba por la faz del planeta. Sus palabras le irritaron enormemente, haciendo que la perspectiva de inmovilizarla contra el suelo para poder recuperar lo que les pertenecía fuese muchísimo más atractiva. Aún así, se detuvo a un par de pasos de ella, sin mover un músculo, manteniendo la mano derecha alzada en dirección hacia ella.

No es un cuchillo mágico. No es tuyo. Y no es que a mí me dé la gana de que seas una presa fácil. ─De alguna forma aquella chiquilla rubia le hizo acordarse del primer encuentro que tuvo con aquella vampiresa a la que hacía siglos que no veía, Layla, y le hizo preguntarse de nuevo qué extraño destino tenía para con las mujeres que o empezaba de malas o empezaba medio muerto la escena─. Los nefilims existimos precisamente para evitar que os convirtáis en la presa de nadie, pero el que no lleguemos siempre a tiempo para salvaros no os da derecho a portar armas que no os pertenecen. Además, ¿qué te hace pensar que el que empuñes una daga de oro te va a dar ventaja sobre una criatura del averno? ─Sus palabras sonaban duras, como cuchillas, pero para él eran la verdada absoluta─. Si fuese tan sencillo matar demonios no dudes en que mi gente y yo no seríamos necesarios, y cualquier mundana podría hacerles frente armada con lo mínimo. Así que deja de ser ingenua, mujer, y deja de pensar que puedes llegar a tener cualquier posibilidad contra criaturas que pueden arrancarte la vida con un simple soplo de su aliento. ─Durante un segundo muy breve se preguntó si Amelia habría procedido igual, si le habría hablado con tanta aspereza, buscando hacerle daño y que cejase en su empeño, y muy en su interior supo que alguien tan amable como ella jamás habría obrado así. Pero daba igual. Él no era Amelia y no sabía comportarse como ella, y si alguna vez había sido capaz, lo había olvidado hacía muchísimo tiempo─. De modo que te lo repetiré una vez más: devuélveme mi cuchillo serafín y la daga que portas, mujer. No seas ingenua.

La contempló largamente mientras esperaba su reacción, adivinando, por primera vez desde que su tío había muerto, las intenciones de ella. Atendiendo a cómo había reaccionado la primera vez a su petición, seguramente se pondría hecha una furia, reclamándole cosas, insultándole, llamándole de todas las formas desagradables posibles y negándose abiertamente de nuevo a su petición. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? No sabía decir las cosas de otra manera y que esa mundana fuese por ahí con un cuchillo de oro no haría sino empeorar las cosas para ella misma, porque, ¿quién le aseguraba que no fuesen a considerarla una amenaza mayor por el simple hecho de portar esa arma?


Última edición por Uriah Pellegrino el Sáb Jul 07, 2018 12:03 pm, editado 1 vez



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El ceño de la inspectora se frunció terriblemente. Por esto no podían tener cosas bonitas. Porque los shadowhunters siempre se las ingeniaban para romper todo aquello que tocaban. Quisieran hacerlo o no. Todavía le sorprendía que se vieran como salvadores cuando no eran más que una panda de pretenciosos, retrógados, y clasistas que consideraban su raza superior al resto. Miraban por encima del hombro a los humanos, despreciaban a los subterráneos... ¿se podía saber qué clase de cosas les enseñaban en la Academia de Shadowhunters? Porque había una academia de shadowhunters ¿verdad? Tenía toda la lógica para Winter, quien en su día había acudido a la Academia de Policías del condado de NY.  

Se estaba mordiendo la lengua, de veras que se estaba esforzando para no dedicarle un par de palabras para nada halagadoras. Sin embargo, él se lo estaba poniendo muy difícil empleando la palabra "mujer" para referirse a ella. Que sí, que era una mujer pero la forma en la que la decía le daban ganas de regalarle un buen puñetazo en toda la cara. La pega es que ella era una humana (no mundana) y él un bendito hijo del ángel, la pararía en cuanto ella alzase la mano.

Dejando a un lado la impoluta educación de la que siempre había hecho gala, la rubia soltó un fuerte resoplido. ¿Alguien le podía recordar por qué estaba aguantando semejante sermón? Negó con la cabeza un par de veces, abatida. - Mira, no te voy a dar la daga de oro. Digas lo que digas.- Concluyó con mala cara. - Toma.- La mano de Winter que empuñaba el cuchillo serafín invadió el espacio personal del cazador, acercándoselo al pecho para instarlo a tomarlo. La hoja metálica apuntaba hacia sí misma, dejándole claro que no pretendía herirlo. Si algo había aprendido de Sun Tzu era a que no debía meterse en guerras que sabía que no podía vencer. - Y ahora cazador, ¿no hay algún brujo, licántropo o vampiro al que torturar bajo algún falso pretexto?- Su voz, cargada de veneno, parecía tabalear en el intento de no estallar. Se giró, preparada para abandonar el escenario.- Chao pescao.



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Bueno, al menos iban a ahorrarse una tanda de insultos por parte de la mundana, pensó, mientras ella insistía una vez más en que no pensaba devolverle la maldita daga de oro. Eso no hacía que la paciencia de Uriah mejorase, desde luego. ¿¡Tan difícil de entender era que aquello no le pertenecía y que no tenía ningún maldito derecho a guardarlo en su poder!? Bufó sonoramente ante sus palabras, pero la incomodidad le pudo cuando la sintió tan cerca, tendiéndole el cuchillo serafín tan cerca del pecho, con la punta dirigida hacia ella. El nefilim se quedó muy quieto durante algunos segundos hasta que le dio por alzar la mano para recuperar su propia arma. Sin embargo sus palabras se le clavaron como si la dirección del serafín hubiese sido la opuesta y lo hubiese usado para atravesarle la carne hasta las costillas.

¿¡Quién demonios se creía que era!?

En lugar de coger lo que le pertenecía se aferró a la muñeca de ella con cierta fuerza, obligándole a girarse de nuevo y a centrar su mirada en él. Sus ojos eran increíblemente azules, heladores como las noches de invierno, y fue fácil perderse en ellos durante unos segundos. A pesar de lo furioso e indignado que se encontraba en esos momentos no lo aparentaba, por primera vez en meses; se había recubierto de una fría calma que sólo reflejaba la expresión de ella. Nada amenazador, nada violento. Sólo una pantalla, como si se tratase de un espejo, en el que podía ver su propio rostro reflejado en la oscuridad de su mirada, tan densa como profunda. Con movimientos suaves le quitó el cuchillo con la mano que tenía libre, guardándolo sin mirar en su correspondiente compartimento en el cinturón que llevaba, dejándola colgando mientras la mantenía allí, a su lado. Firme.

No sé quién eres ni por qué te crees en derecho de decir esas cosas. —Su voz sonó suave, firme y tan heladora como su expresión, casi hablando en susurros—. Hablas de nosotros como si fuésemos el mal, como si utilizásemos nuestro poder para avasallar a los demás y quedarnos en la cima de la cúspide. No te negaré que en un pasado lo fuimos, ni que algunos de los míos los siguen siendo, pero nos juzgas como si los humanos no hubiesen hecho exactamente las mismas cosas. Yo leo, mundana, y veo, y contemplo, y analizo. Y he visto a policías humanos acribillar a balazos a niños negros sólo porque les pareció que iban a dispararle una pistola de juguete. He visto a empresarios ricos reírse de sus empleados mientras les despedían, lanzándoles a la miseria. He visto a los pobres en los callejones, y a la gente de los barrios deprimidos tener que darse a la venta de drogas porque vuestro sistema no les deja tener una vida digna y necesitan comida para sobrevivir. Lleváis la muerte, la destrucción, todo impreso en la piel después de siglos y siglos y siglos nadando en esa mierda. Y te recuerdo, por si no lo sabías, que los nefilims nacimos de los humanos, y todo lo malo que tenemos lo hemos sacado de vosotros. Así que si cómo no vamos a comportarnos de este modo con especies que no son la nuestra cuando vosotros lo hacéis con la propia. —La soltó de forma brusca, contemplándola con verdadero desagrado—. No te atrevas a juzgarnos como si fueseis unos santos que no han cometido un pecado en vuestra vida porque Dios sabe que eso es la mayor mentira que me podías echar a la cara. Así que en vez de llenársete la boca con tanta basura ajena, primero mira a tu alrededor y pregúntate si no deberías llevar el cuchillo de oro para protegerte de tus propios congéneres, en vez de los demonios, humana. Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra.  



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Dicen que la sorpresa dura apenas tres segundos y que durante ese pequeño intervalo de tiempo en el que nos mantenemos en un sutil estado de shock, tratamos de asimilar y recomponer nuestro estado original de antes de la misma, mientras nuestro cerebro procesa la información recibida. Ella fue la prueba.

Había intentado irse de allí, su paciencia le había dado un ultimátum avisándole de unas repentinas vacaciones y francamente, Winter no estaba segura de querer perder la compostura delante de un cazador de sombras. Debería haber sabido que no iba a ser tan fácil, que con ellos nada era fácil. Aquellos fuertes dedos se aferraron a su muñeca, firmes más no opresivos, obligándola a encararlo. Por un minúsculo período de tiempo la sorpresa invadió ojos zafiro de la inspectora, antes de que la llama de la aversión brotara en ellos cual flor en primavera. Clavó entonces su mirada en el imperturbable rostro del cazador, sin molestarse siquiera en esconder la repulsión que el mero contacto le generaba y que su rostro esbozaba a la perfección. No. Me. Toques. quiso sisear, no obstante, de sus labios no brotó palabra alguna.

Aguardó, apretando los dientes para no interrumpir su odioso pero certero discurso. Por fin su muñeca fue liberada y la inspectora se apartó como si en vez de ser apresada por la cálida mano de un shadowhunter (que no dejaba de ser en parte humana) hubiera sido "la mano de la muerte" de un demonio. - No necesito que me digas lo que ya sé.- Y pese a todas las verdades dolorosas que él había manifestado, había sido aquella palabra la que más la había afectado. No es como que Winter se mantuviera indiferente a las injusticias sociales, al dolor de los inocentes, es que ella creía estar luchando contra todo eso. Lo hacía cada día. Invertía lo más preciado que una mortal tiene, la mayor parte de su tiempo, en atrapar a los maleantes para mantener a la gente a salvo. Donaba dinero a varias ongs, incluso cuando a los veintiuno se había cortado su característica larga melena dorada la había donado para hacer pelucas con fines solidarios. No tenía derecho a llamarla mundana. Ella no era algo terrenal, sin valor. Ningún ser vivo lo era.

- Pero vosotros lleváis sangre de ángel corriendo por vuestras venas ¿no? O al menos de eso presumís.- Se acercó amenazante, llegados a ese punto poco le importaba que el moreno le diera un buen puñetazo. - ¿No deberíais ser más puros? ¿Más justos? ¿No deberíais carecer de la maldad que los humanos portamos? ¿Por qué entonces os creéis tan superiores a nosotros? ¡Mundanos! ¡Sois iguales a nosotros! - Su voz sonaba iracunda.- Dices que no debería hablar de vosotros como si fuerais el mal, ¿y qué demonios quieres que haga? Si básicamente es lo que pienso. ¡Yo estaba en Times Square! ¡Dejastéis que los demonios se abalanzaran sobre nosotros! ¡Dos de los tuyos me arrojaron al suelo sin importarles que cargara con mi hermana pequeña que se estaba desangrando! - Un par de lágrimas surcaron sus enrojecidas mejillas, incapaz de descifrar si lloraba por la impotencia o por los horribles recuerdos que cruzaban su mente como flashes. Catherine pálida y moribunda en sus brazos... sus manos manchadas de escarlata... aquellos seres prácticamente arrastrándola hasta el centro de la transitada calle para poder escuchar a aquel tipejo de pelo blanco.

- No te voy a dar mi cuchillo.-  Afirmó secándose el rostro con el dorso de la mano. - Y ya está. Tan solo es un cuchillo de oro. También tengo varias pistolas. Un arma más, un arma menos. ¿Qué más da?



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Desde la muerte de su tío sus emociones se habían visto puestas a prueba una y otra vez. Cosas que no recordaba que podía sentir, sentimientos que había enterrado en lo más profundo de su ser, traumas que habían desaparecido volvieron a brotar como un manantial sumergido en agua estancada taponado por mucha basura. Había recordado lo que era el odio, el miedo, el dolor, la angustia, la tristeza... también la esperanza, la compasión, el sentirse conmovido y asustado, la añoranza, el calor humano... Y poco a poco se encontraba a sí mismo, revolviendo debajo de la porquería que le había impedido ser el mismo durante tantísimos años, descubriéndose cómo era el verdadero Uriah, no el que había salido del orfanato de la mano de Mario. Y la paciencia, la verdad, nunca había sido una de sus grandes virtudes.

Había esperado, con su monólogo, calmar la mente inquieta de la joven mundana, hacerla callar y que se marchase, dejándole en paz con sus quehaceres. Pero algo en la acerada y ardiente mirada de la muchacha debió de hacerle entender que no iba a ser así, que iba a pelear en su contra con uñas y dientes hasta que hiciese que la sangre brotase de él. Había olvidado que los humanos eran criaturas que se aferraban a sus propias convicciones, odios, esperanzas y miedos como ninguna otra, y eso le despertó casi admiración por ella. Si no hubiese soltado por su sonrojada boca las palabras que había soltado.

La rabia le golpeó. ¿¿Es que ahora todo iba a ser su culpa?? ¿¿Es que acaso estaban condenados a no ser entendidos?? Quiso odiarla. ¿Cómo iba a conocer ella la frustración de sus hermanos, la suya propia? El pretender ser guardianes, vigilantes, guerreros que nacían con ese único objetivo en mente, y ver cómo se desprestigiaba, como se abandonaba, cómo se tornaba en algo oscuro, siniestro, que desembocaba en los nefilims que habían abandonado sus filas para seguir a Lilith y a Sebastian, o en gente demasiado airada, demasiado soberbia como para darse cuenta de que aun siendo únicos no dejaban de ser insignificantes criaturas bajo el poder de Raziel y de Dios. La sangre del ángel no les acercaba a ellos más que las naves espaciales; estaban completamente lejos de su órbita, de su grandiosidad, pero se empeñaban en regodearse en la diferencia para ponerse en el mismo pedestal que el Creador y su ejército.

Y luego estaba la gente como él, piadosa, humilde, que sabía que tenían una misión y debían llevarla a cabo. Que exigía sacrificios enormes, mucho padecimiento y una vida corta con una muerte violenta, pero que se sentían honrados de llevarla a cabo porque era el encomiendo divino, la voluntad del Todopoderoso y de su hijo Raziel.

Y ahí estaba ella, hablando sin saber, ignorante, hiriente como una lanza que se clavaba bajo las costillas, como con la que hicieron brotar la sangre de Cristo en la cruz. Se sentía tan frustrado. Tan solo. Tan triste y furioso. Culpándole por cosas que no habían conseguido cumplir, por vidas que no había podido proteger, como si ellos tuviesen en sus manos la capacidad de salvar a todo el mundo cuando no dejaban de ser vidas fugaces; llamas algo más grandes que se apagaban incluso con más facilidad que las de los mundanos, con un ligero soplo de muerte.

¿Pero cómo podía saberlo ella?

La sangre de Raziel no es lo que purifica nuestras almas, humana. No es lo que hace desaparecer la oscuridad de nuestros corazones ni lo que nos aleja del pecado. Eva era humana y el pecado original nació de ella y de Adán. Y tanto yo como mis hermanas y hermanos somos hijas e hijos de Adán y Eva, como tú. Raziel nos dio su sangre para, en nuestra inmundicia, sacar fuerzas para luchar contra poderes que sobrepasaban nuestra naturaleza mortal. No somos ángeles. Ni siquiera somos sus hijos, por mucho que se empeñen en llamarnos así, porque, ¿cómo iban a tener los ángeles hijos como nosotros?  —reflexionó en voz baja, sintiendo la rabia golpearle el vientre y las uñas clavarse en la carne de las palmas de sus manos—. Somos imperfectos, como vosotros, porque tenemos naturaleza común, pero no somos mundanos porque Raziel nos alejó de la mundanidad.

Su voz sonaba como mil cuchillas afiladas, hirientes, deseando cortar la carne de Winter en mil pedazos por provocarle el dolor que estaba padeciendo. ¿Qué sabía ella...? ¿Qué idea podía tener? Times Square, como el ataque a El Gard sólo había dejado heridas que no eran capaces de sanar, que seguían sangrando, y que a él seguían martirizándole con cada paso que cada, con cada muestra de oxígeno que tomaba. Quiso cogerla de los brazos, zarandearla, gritarle hasta que se quedase sin voz, hasta que le sangrase la garganta. ¿Qué podía entender ella de los problemas que tenían los nefilims? ¿Qué podía saber ella de lo que suponía la nueva traición, otra vez, la incapaz de confiar totalmente en las personas en las que se suponía que debías de poner tu vida en sus manos? Siempre aparecían nefilims que se unían a la simiente de los Morgenstern, que les dejaban con las carnes abiertas en medio de un mar de blanca sal.

Muy bien, humana. Quédate con tu cuchillo de oro para que puedan clavártelo en las tripas la próxima vez que intentes utilizarlo. ¡Vamos! Lánzate contra el próximo demonio que te encuentres y muere desangrándote en sus garras. O quizás debería hacerlo yo mismo. Si verdaderamente somos el mal para ti quizás debiera terminar con tu vida en este instante.  —Se aproximó de nuevo amenazadoramente, acortando la distancia entre ellos hasta que la arrinconó contra una pared, mirándola de forma extraña; no con desprecio, ni siquiera con odio. Sólo había fuego, furia... y dolor. Mucho dolor en sus ojos—. Sí, quizás lo haga.  —En un movimiento rápido le cogió la mano blanca que llevaba el cuchillo y le obligó a ponerlo contra su pecho, plano y duro. Uriah sintió el beso del acero justo sobre la zona en la que se encontraba en el corazón, y una lágrima de sangre brotó, precedida por la chispa de dolor que era habitual. Fue casi placentero—. Así que quizás deberías clavarme esta daga en el pecho, matarme y salir corriendo de aquí. ¿No somos tan terribles? ¿No somos tan malvados? Pues venga, deshazte de uno de ellos. Satisface tus ansias de venganza. ¡Calma el odio que te revuelve por dentro!  —La contempló sin inmutarse, como si con un simple movimiento no pudiese atravesarle de lado a lado y matarle, fuertemente aferrado a la muñeca de ella—. Quizás así consideres saldada la deuda por lo que sucedió en Times Square y dejes de pensar que somos demonios con sangre de ángel en las venas.


Última edición por Uriah Pellegrino el Lun Jul 16, 2018 6:42 pm, editado 1 vez



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La sangre del Árcangel Raziel.

Esa que el ángel les había otorgado con el fin de transformar a meros humanos en temibles soldados capaces de seguir una encomienda divina tan ardua como atravesar el desierto a pleno sol sin ni una gota de agua y del que sólo la muerte les podría salvar, permitiéndoles el descanso eterno. Probablemente, si aquel ser sacado de las mismísimas entrañas del averno no se hubiera cruzado con Winter y no la hubiera convertido en un peón más de su retorcido juego, la joven White hubiera encontrado en los cazadores un propósito noble. Incluso, se hubiera sentido identificada. Ella, que desde que era una cría había tenido muy claro que iba a dedicar su vida a ayudar a los demás, los hubiera admirado.

¿Qué puede ser más loable que sacrificarse por el bien común? Se habría preguntado ella con ojos soñadores, imaginando épicas epopeyas protagonizadas por fuertes guerreras y guerreros celestiales. ¡Qué mala suerte que él la hubiera encontrado antes! Una joven de veintitrés años atemorizada por el ataque de un licántropo, presa fácil. Sólo tuvo que salvarla de una muerte que probablemente jamás hubiera ocurrido, pues el subterráneo no tenía intención de arremeter, y contarle cómo los shadowhunters imponían su injusta ley con mano de hierro sobre el resto de razas. Para ellos, según él había dicho, ella no era nada más que una mundana. Alguien sin valor y totalmente prescindible.

Y así nació ese odio que rozaba lo visceral.   Mundana.

Mundana.

Mundana.

¿Por qué los miraban por encima del hombro? ¿Por qué creían que tenían el derecho de menospreciarlos? Si ellos tenían sangre de ángel era porque debían salvarlos, protegerlos, no para despreciarlos.

Sin embargo, eso no fue lo que vio en el moreno. Frunció con fuerza el ceño, adquiriendo una expresión interrogante. ¿Por qué no se mostraba altanero? ¿Por qué no dejaba clara su autoridad? ¿Por qué le hablaba cómo si él no perteneciese a esa abusiva estirpe celestial? ¿Por qué? ¿POR QUÉ...? Por unos segundos quiso preguntárselo, que él mismo resolviera sus incógnitas... hasta que lo vio acercarse con la misma ferocidad con la que una pantera acecharía a su presa. Inconscientemente, retrocedió hasta que sintió en su espalda el frío roce de una pared. Estaba acorralada y por las palabras del joven, a punto de morir. Dos cosas estaban claras: una, no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir en un combate contra un nephilim, y dos, si todo iba acabar para ella al menos lo haría con orgullo. Alzó la barbilla en un gesto insolente. - ¿Qué te detiene entonc--?- No logró acabar la cita que culminaría su grand finale, pues la mano del joven de ojos chocolate se aferró a la suya para hundir ligeramente la daga en su pecho.

Los ojos de la inspectora se abrieron desmesuradamente mientras trataba de apartar el arma del moreno. - No.- Sacudió la cabeza enérgicamente un par de veces, antes de clavar su mirada en la de él. Allí reconoció lo que ella misma había sentido años atrás. Dolor y rabia. - No. - Repitió esta vez firme. - No hay deuda que pagar.- Inspiró profundamente, tratando de recomponerse. - Lo sucedido en Times Square fue una matanza y a menos que colaboraras en ella, no veo como tu muerte podría traerme algo de alivio. - Su voz era suave, casi un murmullo cargado de verdad. Aleja el arma de él. Gritó su subconsciente. - Además, aunque no me guste reconocerlo... os entiendo... O al menos a los que no vais detrás del tipo de pelo blanco.- Un escalofrío recorrió su espalda cuando recordó aquellos ojos negros. - No me gustan los traidores. Ni tampoco matar a gente, así que hazme el favor de dejar de atentar contra tu vida y soltar mi mano. Si estás muerto, no podrás llevar a cabo tu divina misión.



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Durante un breve segundo se preguntó si no sería mejor desaparecer.

Si la chica no le atravesaba el corazón con aquella daga, quizás él mismo debería de ejercer la fuerza necesaria para que se le clavase en lo más profundo de su ser y terminar con su vida de una vez por todas. A fin de cuentas, ¿qué motivos tenía para seguir existiendo, además de su misión? Aunque no siempre se encontraba ya hundido en la mierda, a veces sentía el deseo de seguir a su tío hacia una eternidad de descanso. Seguro que él le recibiría en el más allá, con su padre, su madre y todas las personas que había conocido que habían muerto. Terminarían el sufrimiento, la rabia y el desconcierto. El dolor... ¿Cómo podían los inmortales prolongar su existencia tantísimo tiempo? Normal que muchos de ellos al final se dejasen morir, hastiados del mundo que les rodeaba.

Sin embargo, hubo algo en la forma de pronunciar aquel primer 'no', tan desequilibrado y nervioso, que apartó esa idea de su cabeza, y al mirarla, sus ojos brillaron con una extrañeza casi tierna. ¿Acaso tenía miedo por él, después de todo lo que le había dicho? Qué corazón tan extraño tenía aquella mundana... Qué extraña era toda ella, que primero le comparaba con Lucifer y luego le decía que no tenía nada que devolverle, nada que pagar, ninguna deuda que saldar, que su sangre no serviría para arreglar el agravio, e incluso que les entendía. Aquella confesión sirvió para borrar casi toda la rabia de golpe, transmutándola en el desconcierto más genuino y puro.

Qué rara eres... —pronunció con ese acento extranjero que no era capaz de perder.

Pero no soltó su mano en ese momento. Había algo agradable en la tibieza de su piel, en el sentir el dolor de la daga en el pecho. Quizás era porque le recordaba que estaba vivo. Qué extraño era él también. Podía pasar de anhelar la muerte a necesitar una prueba de su existencia en medio segundo. Se preguntó si todo aquello desaparecería algún día, si volvería a sentirse tranquilo consigo mismo, en paz, pero en esa ocasión de verdad, no debajo de un disfraz que aterrorizaba a cuantas personas le rodeaban y en el fondo no le permitía ser feliz. ¿Lo sería él alguna vez, o se mantendría siendo el personaje de una tragicomedia los años que le quedasen de vida? Sus labios se curvaron en una mueca mientras intentaba descubrir qué palabras usar a continuación. ¿Existían en su mente o acaso debía de crearlas él mismo? Al final apartó sus dedos del agarre al que había sometido a la joven, notando frío en el hueco de la mano, añorando la sensación cálida de estar sujeto a otro ser humano.

No te comprendo lo más mínimo. Primero nos tiras al fango y ahora te preocupas por mi supervivencia. —Alzó la mirada al cielo, añorando las estrellas una vez más—. Los seres humanos están llenos de contradicciones, supongo. A veces creo que habláis de la muerte con demasiada ligereza porque vuestras vidas no corren un peligro diario de desaparecer. Seguramente en otros sitios del mundo, donde la vida es más precaria, donde la muerte acecha en cada esquina en forma de bala o de bomba no piensan así, pero aquellas y aquellos que habitáis rodeados de una cierta seguridad y comodidad no tenéis tanto miedo. En cambio cuando la enfrentas día a día, cuando al salir piensas que podría ser la última vez que atraviesas las puertas de tu casa, tu existencia sabe diferente... —Su voz sonó ronca, como un murmullo, como si en realidad se encontrase a muchísimos kilómetros de distancia de allí, pensando en otros lugares, en otros tiempos, en otras personas. Su rostro se había tornado triste cuando volvió a mirarla—. Ten cuidado cuando camines sola por la noche. Los demonios acechan en cada esquina y no sienten compasión, ni piedad, ni nada humano. Son retazos de mal reconcentrado que harán lo que sea por llevarse tu alma al Infierno. —La contempló largamente antes de volver a hablar—. Si quieres puedo acompañarte a tu casa, si te sientes más segura a mi lado.



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No era una situación divertida, ni mucho menos. Pero hubo algo en las palabras del moreno que la hizo sonreír, incluso, una pequeña carcajada escapó de sus labios. - Me lo suelen decir a menudo.- Sinceramente, no sabía si esa era la forma en la que su cuerpo había decidido liberar toda la tensión acumulada hasta el momento, o que de verdad le parecía gracioso que un bendito shadowhunter le dijera semejante cosa. ¡Como si ellos fueran mucho más normales! - Demasiadas, diría yo.- Y aunque su rostro se mantuvo sereno, sus labios fueron incapaces de volver a tensarse en una mueca indefinida y conservaron una suave sonrisa.

Por unos segundos el silencio se adueñó de ellos, siendo solo interrumpido por el lejano sonido del tráfico y de lo que parecía el zumbar de una maquina. Sus ojos zafiro escanearon una vez más el rostro del cazador, buscando alguna pista que le indicara qué era lo qué tanto le dolía, siendo apenas consciente de cómo la callosa y fuerte mano la había soltado. Sintió la fresca brisa golpeando la piel que antes había estado resguardada por él, y por un momento deseó volver a asir su mano, tratar de reconfortar la congoja que parecía haber quebrado el color chocolate de su mirada. Hubo un tiempo en el que ella también se había sentido triste y rota... pero sobre todo sola. Su familia le había dado la espalda dos años antes, su abuela había fallecido... ¿Catherine? No, ella no sólo podía verla cada dos semanas y a escondidas porque si su padre se enteraba, las consecuencias serían terribles. Recordaba a la perfección ese sentimiento de desamparo que anidaba en su pecho cada vez que llegaba a casa de trabajar, ni una llamada, ni un mensaje, sencillamente nada. Cada noche, cuando se tumbaba en la cama se repetía a sí misma qué todo iba a salir bien y que pronto mejoraría. Que no hay dolor que dure cien años, ni cuerpo que lo aguante.

Por un par de meses, fingió ser lo que los otros querían que ella fuera. Trató de ser la Winter que había sido cuando Marjorie aún vivía cuando lo único que quería era que le dejaran espacio, respirar, llorar... Pero nadie quiere acercarse a alguien que está triste, ¿verdad? Y ella necesitaba amigos, con lo cuál la respuesta estaba bastante clara. Sonríe, Winter. Parlotea como siempre. Pon motes tiernos que rocen lo empalagoso. Da ánimos aunque tú estés muriendo por dentro. Vamos, Winter, es lo que siempre has hecho. The show must go on.

La voz del nephilim resonó grave y ronca a través de la noche y Winter soltó un sonro suspiro mientras se apoyaba contra la pared. Sus labios se curvaron en una sonrisa divertida. - Me parece que has dado con la mundana equivocada. Soy inspectora de la policía.- Aclaró alzando el rostro hacia el cielo encapotado de Nueva York. Con tanta contaminación era imposible vislumbrar estrella alguna.- Sé lo que es la incertidumbre.- Sus orbes se clavaron en el cazador. - O al menos en parte, claro. Vuestra vida es mucho más dura. A veces me pregunto cómo lo hacéis. ¿De dónde sacáis las fuerzas? Vivís para la causa y aunque eso es algo loable, no deja de ser horrible también - Ni siquiera era consciente de lo que decía, se limitó a soltar todo aquello que su corazón albergaba. - No me gustáis porque sois unos prepotentes, no obstante, eso no es motivo para desear vuestra muerte. ¿Qué clase de psicópata sería si encontrase placer en ver a alguien morir?- No tuvo que alzar la voz, pues ambos seguían demasiado cerca. - Y tú... bueno, parece que de verdad te preocupan los humanos.- Le dedicó una mueca dulce. Y además tienes ojitos de cachorrito. pensó.

Las últimas palabras del cazador la sorprendieron, para qué mentir. - Eres un shadowhunter entrenado, mides una cabeza más que yo y tienes una puntería mortal. Obviamente me sentiré más segura si vas conmigo.- Se encogió de hombros despreocupada antes de echar a andar. - ¿Por qué eres así? No te ajustas al paradigma de los cazadores de sombras.- Esa era la pregunta que rondaba su cabeza desde que le había soltado su pequeño discurso acerca cómo la sociedad estaba bastante mal, y por el tono que había empleado parecía que el hubiera preguntado sobre el tiempo del día siguiente.- Por cierto...- Giró su rostro ligeramente, sus labios esbozaron una sonrisa cargada de emoción. -Gracias por salvarme.



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Uriah enarcó una ceja ante el comentario de la joven tanto sobre su apariencia como sobre su condición y no pudo evitar mirarse a sí mismo de arriba abajo en tanto le permitía su posición y la carencia de una superficie sobre la que reflectarse, y se sintió extraño de pronto, a pesar de que ella no había dicho nada raro ni fuera de lugar. Es cierto que era más alto que ella, más fuerte, más ágil y con una mayor destreza, pero si ella era miembro de la policía, ¿no debía de tener habilidades semejantes? Sin embargo, al contemplarla le pareció delgada, frágil como un pajarillo, y esa contradicción le hizo sentirse de una forma que no supo explicar, porque estaba claro que ella no se trataba de ninguna criatura vulnerable que no pudiese lidiar con situaciones que estaban al alcance de su mundanidad.

Asintió secamente con la cabeza antes de indicarle con la mano que procediese a andar, rememorando cada frase, cada pregunta que le había hecho antes de comenzar a caminar, sintiéndose cohibido de nuevo por el hecho de que alguien le diese las gracias cuando él sólo había cumplido con el cometido que le habían asignado al nacer y que había asumido como dogma. Era como si alguien le diese las gracias al sol por brillar en el firmamento, o a los basureros por recoger los desperdicios de los demás. No se trataba de algo que hiciese por amor al arte sino porque era su misión. Se preguntó si ella se sentiría igual con respecto a su profesión, porque en cierto modo eran equivalentes aunque se moviesen por mundos diferentes.

De nada —contestó en un principio, mientras reflexionaba cómo responder al resto—. Yo... no sé qué clase de nefilims te has encontrado hasta ahora, pero cuando dices lo del paradigma y que de verdad me preocupan los humanos... Creo que no termino entenderte del todo. ¿Te refieres a que existe... gente de los míos que mira por encima del hombro a la humanidad, sin tener en cuenta su sufrimiento? Porque no creo que eso sea un paradigma ahora mismo. La gente joven cada vez se aleja más de la antigua forma de ver las cosas, y hay muchos adultos mayores que yo que también lo hacen. Mi tío... —el simple hecho de recordarle hizo que le doliese increíblemente el corazón, balbucear antes de continuar, pero de algún modo consiguió sobreponerse y avanzar—, él también apreciaba a los humanos. Y mi madre... Mi padre se enamoró de ella y ella no era nefilim. No hay un sólo tipo de nefilim como no hay un sólo tipo de mundano. Y vivimos para la causa porque es nuestra misión. Nuestros antepasados rogaron por tener algún tipo de fuerza que nos permitiese luchar contra los demonios y se nos concedió. Nos erigimos salvadores de la humanidad porque... porque nadie más puede hacerlo.

Frunció el ceño con la mirada fija en el asfalto que pisaba, consciente de que estaba hablando demasiado. Le incomodó un poco el pensar la facilidad con la que esa chica le estaba tirando de la lengua cuando se suponía que no podía hacer algo así. Iba en contra de los Acuerdos y de la Clave. La contempló de soslayo. ¿Podía hacer una excepción con ella? Parecía que sabía mínimamente quiénes eran, lo que hacían y de lo que hablaba; ¿habría alguien dado el paso con ella? ¿Tendrían conocidos subterráneos que se habrían visto obligados a hablarles del mundo de las sombras? Las dudas le atenazaban la cabeza.

¿Por qué eres tú policía? —preguntó de la nada, esperando que eso le ayudase a comprenderles un poco—. ¿No es porque quieres ayudar a los demás? Supongo que nosotros por lo mismo, salvo que quizás, tenemos algo menos de elección. Sed lex, dura lex. —Se mantuvo en silencio un poco antes de traducirlo para ella en un susurro, casi—. La ley es dura pero es la ley.



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La inspectora parpadeó varias veces, tratando de asimilar todo lo que decía el shadowhunter. ¿En serio no se había percatado de lo pedante que resultaban algunos de sus 'compis'? Con tanta prepotencia circulando por sus venas no era para nada extraño que infravalorasen a la raza humana, al fin de cuentas ellos no eran más que seres inútiles. Aquella presa fácil por la que ellos daban la vida y que se dedicaba a mancillar el planeta y sus propios congéneres. A veces (dependiendo del día) hasta Winter les daba la razón, sin embargo, luego recordaba que había humanos inocentes por los que valía luchar y se enfurruñaba con los cazadores por ser tan presuntuosos. - Claro que los hay.- Respondió asintiendo efusivamente con la cabeza. No acababa de entender cómo no se había dado cuenta de ello.

Mientras caminaban tranquilamente por la callejuela los ojos zafiro de Winter se encontraban clavados en el rostro sereno del shadowhunter, observando con suma atención cada uno de sus gestos al hablar. Su mirada chocolate brillaba con fuerza, cálida y acogedora, revelando una sinceridad admirable. Los labios de la rubia se arquearon en una suave sonrisa cargada de matices dulces, era buen chico. - Exacto, esa es la gran diferencia. - Meditó con aire ausente. - Me pregunto si esa podría ser la razón por la que algunos cazadores nos aborrecen.- Alzó el rostro hacia el cielo, siendo incapaz de distinguir estrella alguna entre tanta contaminación lumínica. Podía pasar inadvertido pero había dado un gran paso, había dejado de generalizar para emplear la palabra 'algunos'. Todo un logro para la policía. - Yo... no debía ser policía.- Si era la noche de las confesiones ella también tenía muchas que hacer... sólo que se iba a limitar a las menos alarmantes. - Mi padre quería que siguiera los pasos de mi madre y me casase con un hombre de negocios que pudiera heredar la empresa familiar.- Un suspiró hastiado escapó de ella.

-Y yo...- Continuó con el relato al tiempo que salían a una calle más transitada. - quería dedicar mi vida a proteger a los demás. Así que me dio a escoger entre mi familia o mi idílico sueño.- Dió una sonora palmada en el aire. - ¡Y aquí estoy! ¡Así que ya puedes intuir quien se quedó sin familia!- Su voz sonaba feliz a pesar de la tragedia que suponía la soledad. - Tengo a mi hermana, eso sí. - No había pasado desapercibido la forma en la que el muchacho había hablado de sus padres y de su tío, en pasado. Quizás él sería capaz de entenderla... o podía ser que no. Él era un shadowhunter a  fin de cuentas, estaban acostumbrados a la muerte. - Y visto que me dejas acosarte a preguntas... - De un movimiento resuelto se situó delante de él, caminando de espaldas para poder encararlo.- He notado por tu acento que no eres de por aquí... No sé andar con rodeos, ¿de dónde eres?

De repente, uno de los cubos de basura que tenían a su paso se movió violentamente antes de que algo negro y peludo saliera de él. Como acto reflejo, se giró en posición de defensa para ver que se trataba de un gato. - Ay mi madre, pensé que era otro lobo... Awwww, ¡qué monoso!- Notó como su corazón martilleaba a cien por hora gracias al susto que el adorable minino le había propinado. - Gracias a los licántropos, no puedo vivir tranquila.- Bromeó entre carcajadas. Dejó escapar el aire que se había quedado atorado en sus pulmones, advirtiendo entonces la calor que se expandía por su espalda. Tornó su rostro para apreciar el hecho de que se había pegado al cazador. Se apartó despacio con una mano en el pecho. - En serio, una noche de éstas muero.



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Que los haya no quiere decir que sea la realidad imperante —replicó con el ceño fruncido antes de dejar que ella continuase hablándole.

Era curioso, pero de todas las mujeres locas con las que se había topado a lo largo de su vida, ella era la primera con la que se sentía... casi tranquilo. Había algo dulce y sereno en su aura que le relajaba, ahora que había dejado de gritarle y de acusarle por cosas que no había hecho en los días de su vida. Aunque quizás... quizás sí que había sido paternalista y condescendiente con las criaturas que le rodeaban que no eran hijos de Raziel. Frunció los labios. En realidad, los años pasados desde que el padre Adamo llegase a su vida eran confusos, desdibujados de forma turbia, donde no tenía muy claras sus motivaciones salvo evitar el sufrimiento. Poco a poco estaba recuperando retazos de recuerdos muy dolorosos que había enterrado en lo más profundo de su ser, pero aún así no se comprendía.

Sintió pena por la muchacha que caminaba a su lado, por lo que había tenido que sacrificar para conseguir su sueño, y al mismo tiempo sintió algo de admiración por la fortaleza que había demostrado para seguir el camino que ella misma había elegido, a pesar de lo que había perdido en el proceso. Era una idea poco discutida, a pesar de que estaba latente en todos los corazones, que los nefilims tenían pocas elecciones en su vida. Nacían donde nacían, hijos de quienes nacían, con un destino predeterminado cuya elusión les causaba más dolor y sufrimiento que otra cosa. Uriah, sin embargo, había conseguido escoger, aunque hubiese sido en las circunstancias en las que fueran; ahora no habría sido otra cosa, y se alegraba de que Mario hubiese aparecido para llevarle consigo. Era feliz siendo nefilim, aunque quizás eso se debía a que había sido algo de su elección.

Yo creo que eres muy valiente. No todo el mundo habría hecho lo mismo que tú —reconoció sin tapujos, contemplándola—. Muchas personas podrían aprender de ti. —Parpadeó un par de veces al escuchar su pregunta. Nunca habría pensado que era una persona que podía andarse con rodeos, a pesar de que sólo la conocía desde hacía un rato, y esa idea le hizo esbozar una ligera sonrisa—. Del Piamonte. Eso está en Europa, en Italia. ¿Tú has vivido siempre en New York?

Entonces un gato tiró un cubo de basura a su lado. El joven nefilim se sobresaltó lo justo y necesario, ya que sus ojos en seguida captaron que el movimiento era el de un felino, no el de una amenaza, pero ella se pegó a su pecho en posición defensiva, como si alguien hubiese estado a punto de saltar sobre su yugular. Uriah le contempló como quien contempla a una criatura nueva y fascinante, con el ceño fruncido y profundamente concentrado en toda ella, en su piel blanca, en sus ojos azules, en su melena rubia y sus gruesos labios rojos, mientras se apartaba de él. A lo mejor era una persona a la que no le gustaba demasiado el contacto físico con los demás, pensó de soslayo, notando de nuevo la ausencia de su cuerpo cálido a su lado. Se mantuvo en silencio durante unos breves segundos antes de volver a hacer sonar su voz ronca en el callejón en el que estaban en esos momentos.

Si sigues comportándote como una loca o sobresaltándote porque un gato tire un cubo de basura, desde luego que no vivirás mucho. —Le colocó la mano en la parte baja de la espalda durante un instante en un gesto distraído para indicarle que continuasen avanzando, y retomó el paso junto a ella, intentando adecuarlo a su velocidad para no sobrepasarla por tener la zancada más larga—. De todos modos los licántropos no son los más peligrosos de entre los subterráneos; si yo tuviese que elegir entre huir de un lobo furioso y un hada, me lanzaría de cabeza contra el lobo. Al menos guardan algo de humanidad debajo de sus garras. Las hadas son verdaderamente maquiavélicas y pueden hacerte cosas horribles. —La miró de soslayo—. ¿Has tenido algún mal encuentro con un licántropo?



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→ Miércoles → 20:00 pm → Templado
Los labios de Winter se entreabrieron ligeramente, sin embargo, de ellos no brotó palabra alguna. Parpadeó varias veces, incapaz de evitar que la calidez se alojara en sus mejillas, tiñendo de rosa la pálida piel de sus marmóreos pómulos. No estaba preparada para el día en que un shadowhunter la halagase. Quizás no lo estaría nunca. Repitió las palabras del moreno en su cabeza, tratando de hallar en alguna de ellas algún tinte irónico. No obstante, solo encontró franqueza. Porque que digan que eres un ejemplo a seguir es un halago... ¿verdad? El muchacho permanecía con una expresión estoica, como si no estuviera desmoronando uno a uno los prejuicios sobre los cazadores de sombras que ella había ido construyendo a lo largo de dos años, ajeno al desastre que estaba generando. Si no culpaba a los shadowhunters de sus desgracias, ¿a quién iba a culpar?

Necesitaba cambiar de tema, pero ya.

Recordó el extraño acento del joven nephilim y una bombilla se iluminó en su cabecita llena de dorados rizos. Preguntar sobre el lugar de dónde procedía era la mejor idea... o al menos hasta que escuchó Del Piamonte. Ay dios mío, ¿eso dónde está? La respuesta llegó un segundo más tarde. Italia. Quiso responder, procedía a ello cuando un gato decidió hacer de las suyas. Clavó sus orbes zafiro en las oscuras del moreno, frunciendo el ceño en señal de falso disgusto. - ¡Signor!- Exclamó en un horrible italiano, llevándose la ddiestra al pecho en la pose más melodramática que recordaba. - No todos tenemos la fantástica visión angelical. - Protestó reprimiendo una sonrisa, antes de notar como la mano de él se afincaba momentáneamente en su espalda. Era cálida, como sus ojos. Winter supuso que en realidad los tendría marrones, pero que con la escasa luz de la calle se le veían tan negros como las alas del cuervo. Aún así, aún siendo tan negros como un abismo, transmitían misericordia.

- Sí, un licántropo me arañó. - Comenzó a hablar, casi trotando para poder estar a su paso. La pobre ingenua desconocía que él también se estaba esforzando para poder caminar junto a ella. - Hará cosa de dos años. - Giraron una esquina, adentrándose en una calle más amplia, mejor iluminada y más ruidosa. Ya por mera curiosidad, la inspectora observó con detenimiento los ojos del joven. Sus labios se curvaron en una sonrisa presumida, había dado en el clavo. - Me llamo Winter, a todo esto. - Le tendió la mano, a la espera de que él se la estrechase. - ¿Cómo te llamas, shadowhunter italiano?



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