29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


01/01 ¡El Staff de Facilis Descensus Averni quiere desearos un muy feliz año 2018!


30/12 - Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada. ¡Detalles aquí!


03/12 - Estimados habitantes del submundo. ¡Los nefilims vuelven a estar disponibles!


30 # 38
23
NEFILIMS
7
CONSEJO
10
HUMANOS
5
LICÁNTRO.
7
VAMPIROS
10
BRUJOS
4
HADAS
2
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Dos brujos en la vieja América || Morgan Bevan [Flashback]

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Dos brujos en la vieja América
Sábado → Al mediodía → una taberna en Broad Street  → Clima templado
Flashback - Principios del siglo XX

Calem llevaba un buen tiempo sentado solo en la taberna, lo que había provocado en más de una ocasión las curiosas miradas de la mujer del tabernero, que encontraba cualquier tipo de excusa para acercarse a su mesa y espiar por sobre el hombro del brujo hacia el plato vacío y el par de cubiertos que se encontraban frente a él, sin usar.
Su conocida no estaba llegando tarde a la reunión, tan solo unos cuantos minutos que poco importaban, sino más bien que él había arribado temprano para asegurarse un lugar estratégico en el local; pero ese tiempo de espera a solas, habiendo solicitado una mesa para dos, había despertado la curiosidad nata de aquella mujer, que no paraba de observarlo con discreción muy mal disimulada.

En realidad, Calem no era fanático de las reuniones en lugares públicos, pero sabía que no era correcto citar en su casa a una señorita con la que no tenía confianza y con quien le unían meramente los negocios. Y ya había tenido que inventarse descabelladas historias acerca de una prima extranjera para que los vecinos no comenzaran con rumores cuando se vio obligado a albergar por un par de días a la señorita Salvatore, aquella vampiresa a quien había detenido de cometer una locura muy grande y que había mantenido prácticamente encerrada y bien alimentada por un tiempo hasta que pudo volver a controlarse. No quería tener que pensar más historias para justificar la presencia de damas en su morada.

Finalmente, se oyó el sonido de la puerta al abrirse, y la voz tan peculiar del rechoncho dueño del lugar saludó a la persona que acababa de llegar con amabilidad. Calem alzó la vista para ver que, de hecho, se trataba de su colega, y se puso de pie mientras esperaba a que ella llegase hasta la mesa, un acto de caballerosidad que posiblemente no hubiese hecho de no encontrarse en público. Cuando finalmente estuvieron los dos sentados, él volvió a concentrarse en su vajilla como si ésta fuera lo más interesante del mundo.
—Llega tarde, Miss Bevan— observó. Aunque en realidad esa escasa tardanza no le molestaba en absoluto, no le pareció de más remarcarlo, principalmente porque no sabía de qué otra manera iniciar la conversación. Hablar, y especialmente hablar con personas a las que no trataba frecuentemente, no se encontraba precisamente entre sus hobbies. Aún le costaba interactuar con los demás con facilidad.


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Dos brujos en la vieja América
Sábado → Al mediodía → una taberna en Broad Street  → Clima templado
Aquella mañana debía de haber estado escrita en el libro del destino para fastidiarla enteramente a ella y solo a ella. O eso era lo que pensaba mientras caminaba apresuradamente hacia la taberna en la que había quedado hacía más de diez minutos con un socio para hablar de negocios. No era sólo el hecho de que iba a ser impuntual como la que más lo que le tenía de un humor de perros -si bien eso era ciertamente habitual en ella, el estar de mal humor o con una expresión en el rostro como si fuese a arrancar el cuello de un mordisco-, y ella odiaba con toda su alma ese tipo de faltas a la hora de tratar de trabajo, fuese cual fuese el que tocase. Era también... todo lo demás.

Se había trasladado a New York hacía unas pocas semanas para establecerse allí un tiempo, apenas un año o dos, antes de seguir con su recorrido por todo el país, para estar cerca de los descendientes de su hermana, que habían decidido establecerse cerca de la ciudad. Solía hacer ese tipo de cosas para tenerles controlados un tiempo, ver cómo se desenvolvían en nuevos ambientes -por si surgían problemas o semejante- y luego se aislaba durante un tiempo en cualquier otra parte, lo suficientemente lejos de la zona como para que la gente se olvidase de ella, aunque siempre intentaba pasar lo suficientemente desapercibida como para que esto fuese sencillo. Sobre todo en urbes como aquella, que no le gustaban absolutamente nada, si bien intentaba adecuarse al ritmo de vida que llevase la ciudad, fuese cual fuese.

Pero aquella mañana el casero le había prácticamente escupido a la cara porque no la soportaba, ni a ella ni al que viviese sola siendo una mujer. Uno de sus vecinos la había acorralado en las escaleras y había tenido que controlarse para no prenderle fuego, si bien todo había acabado relativamente bien porque una anciana había bajado pidiéndole ayuda expresamente a ella. Morgan nunca había cruzado palabra antes con esa señora, pero cuando había entrado en su apartamento ella le había puesto una mano en el brazo y le había dicho con suavidad que cuando la necesitase para quitarse a esos cerdos de encima, que hablase alto, que podría escucharla ya que su piso quedaba cerca de ese tramo. Los pensamientos difusos de la anciana (te entiendo/me pasaba lo mismo de joven/me violaron) entraron fácilmente en su mente, y la bruja había sentido un súbito arrebato de gratitud por ese rostro tan enjuto y su sonrisa arrugada y había decidido, también, que le facilitaría la existencia lo máximo que pudiese. Luego había salido a la ciudad y había recordado por qué detestaba en general a la gente. Ruido. Olores desagradables. Suciedad... Moverse por la ciudad no era algo que le complaciese hacer, y de día menos, porque tendían a fijarse en ella por su llamativo aspecto.

Llegó a Broad Street y aceleró, entrando en la taberna en la que habían acordado casi quince minutos tarde, algo roja por el sofoco y con aspecto de haber sido perseguida por una jauría de perros. Le localizó rápido en un lugar relativamente apartado, se reajustó la falda que llevaba y se dirigió hacia él con una cierta premura, pero sin llegar a correr, sintiéndose inmediatamente incómoda por todas las ideas que despertaba en cabezas ajenas; qué rara/qué extraña/sería hermosa si se arreglase/si me la encontrase a solas/¡así que esperaba a esta! pues menudo aspecto, y deseó salir de allí. Desde joven poder leer las mentes ajenas le había dado más dolores de cabeza que alegrías, y había sido por eso, en parte, por lo que había desarrollado esa aversión por la mayoría de las personas.

Cuando Calem le habló, Morgan le contempló con sus inmensos ojos azules como si no fuese más que una mota de polvo en medio de un cuadro recién pintado, o como si su mera presencia le molestase, pero era algo que hacía con todo el mundo y después de dos o tres reuniones consecutivas cualquier persona que se hubiese encontrado con ella podría adivinar por su propia cuenta que ese era, en realidad, su estado habitual la mayor parte del tiempo. No le gustaban demasiado las personas, pero no tenía más remedio que tratar con ellas para poder sobrevivir en un mundo cada vez más y más capitalista, más y más aferrado al dinero.

De modo que se sentó, airosa, como si nada le importase, y alzó la mano para pedir algo de beber. Ignoró por completo las miradas que se centraron sobre ella, sobre su pelo desaliñado recogido en un moño, sobre sus maneras poco ortodoxas y sobre su ceño fruncido que no invitaba, desde luego, a acercarse a ella lo más mínimo.

Nada de miss Bevan. Morcant. —Siempre usaba ese nombre cuando se trataba de trabajo. No le gustaba que la gente conociese su verdadera identidad—. Si no te lo dije la última vez que nos vimos te lo digo ahora, McLean. No me gusta que me llamen por mi apellido cuando trabajo. —Se giró hacia la mujer del tabernero, que le miraba con una expresión entre curiosa y horrorizada. Quizás porque el abrigo que llevaba era de caballero, o quizás porque parecía que le iba a echar fuego encima—. Una pinta de cerveza. ¡Y sin aguar! —añadió una vez se hubo marchado de su lado. Entonces se giró de nuevo hacia el joven brujo y suspiró con agotamiento, pasándose la mano por los ojos—. Siento haber llegado tarde, pero he tenido una mañana un tanto difícil. ¿Has estado mucho rato esperando? —al contrario que él, no se molestaba en hablarle de usted. Siempre había encontrado esa costumbre ridícula y sólo la usaba cuando la persona con la que estaba tratando (socia o cliente) se lo pedía expresamente, y no recordaba si Calem se lo había pedido así, de modo que daba por hecho lo contrario.

Mientras la mujer del tabernero le traía lo que había pedido, Morgan esperó a que Calem le respondiese, ya que por lo general, solía no leer las cabezas de socios en los que sabía que al menos podía confiar en que no intentaban timarla. Ya lo había hecho la primera vez que le había visto, así que...

Off:
¡¡Siento la tardanza!!


Última edición por Morgan Bevan el Mar Mar 27, 2018 1:10 pm, editado 1 vez


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Calem no pudo evitar reprimir una sonrisa al ver la manera alocada en la que su socia entró en el local, como si hubiera estado corriendo una carrera para llegar allí, lo que posiblemente, al menos en parte, era cierto. Ciertamente aquella muchacha tenía un aire de desfachatez y desvergüenza increíble para ser una mujer en aquella época, lo que posiblemente estaba relacionado con su verdadera identidad; los brujos solían tener una mentalidad mucho más abierta respecto a todo tipo de cosas, ya que vivir por tanto tiempo cambia muchas perspectivas.  
—Tiene razón, lo siento, Miss Morcant— se corrigió, manteniendo el aire cortés en todo momento. Ésta cortesía de su parte no se debía tanto a que realmente fuese un caballero, sino a que se encontraban en un lugar público y para Calem la imagen que daba a los demás era casi tan importante como cualquier otra cosa. Además, las informalidades se las reservaba para sus amigos, y Morgan Bevan definitivamente no era una de ellos. No es que tuviera muchos amigos; de hecho, las únicas personas a las cuales se dirigía con informalidad en éstos momentos eran Joshua Harries y Bianca Salvatore -por momentos-, y el primero se había ganado ese derecho luego de mucho tiempo de trabajar juntos, aunque el brujo no estaba seguro de poder considerar amigo suyo a ningún Nefilim, por más Harries que fuera.

Las miradas que les dirigieron los curiosos ante la actitud y palabras tan desenfadadas de la joven amenazaron con hacer reír a Calem, que se contuvo justo a tiempo para no estallar en carcajadas provocadas por las caras de incredulidad de los demás comensales de la taberna.
—Un vaso de agua, por favor— pidió para completar la orden de su acompañante, absteniéndose de pedir comida porque sabía que posiblemente la reunión no fuera lo suficientemente extensa como para almorzar en medio de ella. Ya lo haría luego, en su casa. Y dado que él se negaba rotundamente a la consumición de alcohol y sería extraño si no ordenase nada, agua era su mejor opción.

—Oh, no se preocupe, Miss, no he tenido que esperarla demasiado. Además, disfruté de ese pequeño tiempo a solas— le aseguró.
Mientras se acomodaba en su silla, Calem no pudo evitar oír en su mente, sin pretenderlo, algunas conversaciones a su alrededor; se dijo que tenía que mejorar con urgencia su habilidad para escuchar los pensamientos ajenos, ya que no había nada que le molestara más que tener que soportar dramas románticos, problemas de familia y charlas acerca de rumores que nada tenían que ver con él.
Con un suspiro resignado, decidió que era momento de ir al grano, ya que no le gustaba estarse con rodeos a la hora de trabajar. Ambos sabían por qué estaban aquí, así que no tenía sentido alargar más el momento, y cuanto más rápido liquidase éste asunto, más rápido podría irse a su casa.
—Bien, hablemos de negocios.

Off-rol:
No pasa nada ^^


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Dos brujos en la vieja América
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Morgan no buscaba demasiadas cosas en un compañero cuando se trataba de hacerle socio o futuro contacto para sus negocios. La primera era que fuese fiable; se negaba siquiera a perder su tiempo con alguien que no iba a cumplir su palabra, o que era un fantoche, o un mamarracho que no sabía mantener la boca cerrada o llevar a término las condiciones pactadas. La segunda es que tuviese cabeza; detestaba a los imbéciles descerebrados que no sabían lo que querían, o que no eran absolutamente conscientes de las cosas que estaban solicitando, o que, simplemente, no sabían pensar. Siempre sobraba tiempo para tratar con gente así, y la bruja había decidido que ya había conocido a suficientes imbéciles a lo largo de su vida. La tercera es que fuese discreto, lo que resultaba curioso siendo ella tan llamativa como era, pero prefería que sus asuntos fuesen tratados con la máxima posible porque los nefilims estaban a la vuelta de cada esquina. Y la última, que le gustase ir al grano.

Esos eran los cuatro motivos por los que Calem McLean estaba sentado frente a ella, tratando asuntos con ella y bebiendo y compartiendo mesa con ella. Morgan era muy selectiva en cuanto a socios se trataba, y eso era algo que sabía cualquier persona que hubiese oído su nombre en cualquier parte del viejo o del nuevo continente -aunque no fuese tan conocida como otras de su especie-.

Morgan asintió con la cabeza cuando le comentó que fuesen rápidamente al meollo de la cuestión, se quitó el abrigo, dejando ver el vestido verde que llevaba debajo, y colocó las manos sobre la mesa para que viese que no tenía intenciones ocultas al respecto. Prefería ser lo más franca posible en cualquier situación, y si exigía fiabilidad de sus compañeros de trabajo, ella se exigía lo mismo. Agradeció tenuemente a la camarera cuando esta le dejó la pinta de cerveza sobre la mesa antes de darle un buen trago, aunque agrió la cara al separar la jarra de los labios. Yankies y lo que ellos consideraban cerveza.

Bien, tú me dirás, McLean. La última vez que nos vimos necesitabas un brebaje, ¿qué buscas de mí ahora exactamente? Ya te dije que no pensaba darte ninguna de mis recetas, así que espero que sea algo que quieras comprar, porque si no, ya estamos pagando esto y nos estamos yendo con viento fresco. —Enarcó una ceja rubia a la espera de su respuesta.

A pesar de sus maneras, el chico no le desagradaba tanto como otros seres con los que se había topado. No sólo era fiable, discreto, inteligente y directo, sino que era calmado, sereno y tranquilo, y eso le gustaba; ella misma era un terremoto, un volcán siempre a punto de explotar en la cara de alguien, y encontrarse a alguien que era como un lago a su lado le resultaba reparador, en cierto modo. Casi se podía decir que podía llegar a disfrutar de su compañía, pero Morgan estaba muy lejos de desear buscar amigos a propósito, ciertamente. Prefería que las cosas se diesen de forma natural, espontánea, como era ella, y que pasase lo que tenía que pasar.

A su espalda, la gente continuaba a lo suyo, y pocas personas les estaban prestando atención, realmente, después de su llamativa entrada en la taberna, cosa que también agradecía. Había dejado que los pensamientos que le fluían desde otros permaneciesen en un segundo plano, siempre alerta por si acaso, pero sin prestarles demasiada atención a las conversaciones insustanciales. Aunque había una sobre una extraña desaparición cuatro calles a la derecha que parecía de un mínimo interés, por tratarse de un vampiro o un demonio, probablemente, pero no porque fuese de su incumbencia, sino porque podía vendérsela a los nefilim y sacar algo de tajada.

Por cierto, ¿te fue bien con ella? —Lo preguntó, no porque le interesase lo más mínimo su vida, sino por probar la eficacia de lo que había fabricado. Jugueteó con la jarra entre los dedos mientras esperaba su respuesta, expectante ante su petición, aunque sin darse el lujo de demostrarlo.


Última edición por Morgan Bevan el Mar Mar 27, 2018 1:08 pm, editado 1 vez


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Afortunadamente, Morgan Bevan -o Morcant, como se hacía llamar en los asuntos de negocios- no era de esas personas que se iban por las ramas o se entretenían con temas irrelevantes cuando no eran necesarios. Por eso, a Calem no le desagradaba; por eso y por el hecho de que, en cierta forma, se veía un poco a él mismo en ella. Sabía que podían entenderse mutuamente porque ambos parecían ver la vida de una manera similar. Puede que no la considerase su amiga, puede que fuera solo una colega, pero lo cierto era que le resultaba sencillo no odiarla tanto como al resto de la media.

Asintió ante las palabras de la otra bruja, que provocaron una sutil sonrisa en su rostro.
—Hace un buen tiempo que me he resignado a que es en balde pedirle sus recetas, Miss, así que no se preocupe, no exigiré nada de eso. No, lo que necesito es otra poción, pero ésta vez una que ayude a inducir el sueño; en lo posible, que sea apto para todo tipo de subterráneos. Oh, y también, si hay algo para curar mordeduras o prevenir que se infecte una herida de ese tipo, me gustaría conseguirlo también— desde que, por algún motivo desconocido hasta para él, había acogido en su casa a aquella vampiresa novata, Calem quería contar con todas las precauciones, por si acaso. Sabía que él no podía convertirse con una de sus mordidas, pero eso no significaba que no pudiera hacerse daño, de modo que era mejor prevenirse. Y la poción para dormir no la buscaba para él, sino para ella. Parecía que los acontecimientos de su conversión y los posteriores a ésta no guardaban precisamente los recuerdos más placenteros, y al brujo le sacaba de quicio tenerla merodeando por la casa cual fantasma día y noche.

De todas formas, no entró en detalles respecto a sus motivos, pues sabía que aquello podría llegar a aburrir a su interlocutora. Al menos sabía que él se hubiera aburrido de estar en su lugar; ¿por qué habrían de interesarle las historias de subterráneos que ni siquiera conocía?
Claro que si Morgan le preguntaba algo, él no le negaría la información, después de todo creía que la mujer era confiable y que tenía el derecho de saber para qué estaban siendo utilizadas sus creaciones, pero, de otra manera, no diría nada. No quería salirse del tema en cuestión.

Volvió a asentir cuando su colega le preguntó si aquel brebaje que le había preparado anteriormente había funcionado.
—Oh, sí, perfectamente, Miss, aunque imagino que eso no le extraña. Nos ha sido de mucha ayuda una vez más— "nos", porque, al igual que hora, aquella poción no había sido directamente para él, sino que el Harries de turno se la había pedido; él no tenía un contacto a quién recurrir, y a Calem no le importaba hacer de vocero siempre y cuando recibiera los honorarios adecuados. Además, trabajar con los Harries se había transformado en una costumbre para él, no quería perder a sus clientes más estables.


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Asintió ante la confirmación de que su poción había sido de buena utilidad, y no preguntó ni se interesó siquiera por el plural usado en esa frase. Para ella lo único importante era que su trabajo estuviese bien hecho, y si McLean decía que le había servido para sus propósitos, o para los de quien fuese, para ella estaba bien. No era ninguna estúpida que necesitase reconocimiento ajeno, ni que precisase saber de demasiados datos que no le servían de nada para sus propósitos. Sólo quería hacer las cosas como era debido, y que le informasen al respecto, por si tenía algo que mejorar.

De hecho, Morgan no era dada a meter las narices en los asuntos de su clientela más allá de especificidades que pudiesen facilitarle el trabajo encargado, porque a veces dependía de los pequeños detalles que todo fuese bien o terminase siendo un fracaso rotundo. Eso era algo que había aprendido con el paso de los años y que había hecho que fuese tan buena en las cosas que hacía, precisamente porque gran parte de su aprendizaje había sido autónomo. Nunca había estado demasiado en contacto con otras brujas y otros brujos porque no era de trato fácil ni de agradecida compañía, pero de vez en cuando había aparecido alguien dispuesta a soportarla, e incluso a ayudarla. A fin de cuentas, no era tan mayor como otros miembros de su especie.

Por eso realmente no le interesó el motivo por el que quería esas pociones, pero por meras cuestiones profesionales -y quizás algo de compañerismo por sentir cierta afinidad con él-, decidió hacerle un par de cuestiones al brujo que estaba frente a ella. Bebió un largo trago de su pinta, sintiendo que el amargor se le hacía menos desagradable, y dejó la jarra con un golpe seco pero suave sobre la madera de la mesa antes de cruzarse de brazos.

A ver. Cuestiones formales. Nada de tu vida ni cómo vas a usarla. Sabes que no me interesa. Supongo que la poción tiene que ver o con un vampiro o con un licántropo, por la petición sobre las mordeduras. Te recomendaría que les pusieses un bozal, fuese quien fuese, tanto monta, monta tanto y así te ahorras dolores de cabeza, y es algo que te digo incluso a riesgo de perder una comisión. Pero necesito saber a cuál de las dos razas temes que te muerda.. o que se muerda. No por nada, pero los colmillos de los vampiros no producen las mismas heridas que los dientes de los licántropos, que tienden a desgarrar la carne y esas cosas. Tu magia debería ser suficiente para solucionar esos eventos, pero también entiendo que no quieras estar tratándote o tratándole continuamente, ya que probablemente sea alguien recién transformado, ¿no? También querría conocer las dimensiones de la persona en cuestión; no es lo mismo preparar una poción del sueño para una chica delgada y alta que para un tipo que sea un armario empotrado. Las proporciones no son las mismas, y una dosis demasiado pequeña podría servir para nada, mientras que una dosis demasiado fuerte podría tener efectos bastante adversos sobre el cuerpo... esté muerto o no. —De un bolsillo interno de su abrigo extrajo una pequeña libreta medio empezada, se sacó un lápiz del roete rubio donde tenía recogida la melena y comenzó a tomar notas rápidamente, escribiendo los ingredientes que necesitaría para calcular el precio en cuanto él le dijese lo que le había solicitado saber—. La tarifa variará con respecto a las cantidades, por supuesto, y a los materiales que tenga que utilizar, dependiendo del tipo de poción y de ungüento que tenga que prepararte —comentó sin mirarle—, pero no creo que varíe mucho con respecto a lo que te pedí la última vez, así que no te preocupes, que no te va a salir especialmente caro el asunto. Pero sin ser de mi incumbencia ni una mierda, si quieres un consejo de alguien que ha estado de mierda hasta el cuello, aléjate de los problemas en los que te estás metiendo con esto, McLean.


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Calem comprendía que la otra bruja tuviera que hacerle algunas preguntas específicas para el correcto funcionamiento de las pociones que tenía intención de comprar, por lo que no se molestó ante su curiosidad profesional, sino que contestó de buena gana.
—Vampiro— dijo en un tono de voz muy bajo, para evitar ser oído por nadie más —Una señorita, delgada, su altura debe rondar el metro setenta. No sé mucho más, no es como si me hubiera puesto a revisarla por debajo del vestido, eso sería indecoroso— sentenció, lamentando no tener información más específica que brindarle a su socia, pero consciente de que no habría sido capaz de hacerle a la señorita Salvatore una inspección más profunda porque su moral se lo impedía.
—Su conversión es relativamente reciente— añadió, imaginando que aquel detalle sí sería relevante —La poción para dormir la quiero para ella, creo que sufre de pesadillas. Y la poción para tratar mordeduras la quiero por si acaso la señorita pierde el control y me hiere; si perdiera mucha sangre no estaría en condiciones de aplicar mis propios métodos para curarme yo mismo— explicó con toda la calma del mundo, como si no estuviera hablando de su posible desangramiento.

—No me preocupa el precio. Usted, Miss, siempre hace tratos justos, al menos conmigo. Sé que no pagaré ni más ni menos de lo que las pociones valen, así que está bien— accedió. Aunque él no fuera precisamente la clase de persona solidaria que muere por ayudar a los demás, pero había tomado bajo su protección a Bianca Salvatore, le gustase o no, y no iba a reparar en gastos para ayudarla. ¿Quién me manda a mi a meterme en los asuntos que no me incumben...? se preguntó a si mismo, dejando escapar un suspiro interno.

Oyó las siguientes palabras de Morgan sabiendo que no podía estar más en lo cierto, y concordando con todas y cada una de ellas, pero sabiendo, también, que era demasiado tarde para echarse atrás.
—Es solo una niña— se justificó, ablandando considerablemente el tono de su voz. No era exactamente cierto, pues Bianca aparentaba incluso ser mayor que él, pero a sus ojos no era más que eso; una niña perdida, sola en un nuevo mundo, tal y como él lo había estado en su momento. Calem tenía debilidad por las personas que le recordaban sus momentos de sufrimiento, pero solo se permitía demostrarlo si creía que no saldría herido (psicológicamente hablando).
—Es solo una niña, y está sola. He intentado olvidarme del asunto, pero resulta que tengo algo de humanidad muy en el fondo de mi después de todo, y no puedo. Sé que probablemente acabaré metido en más problemas de los deseados, pero ya tendré tiempo para arrepentirme más adelante. De todas formas, aprecio su consejo— después de todo, y aunque no quería admitirlo, tener a alguien de quien cuidar le hacía sentir un poco más humano, y menos solitario. Quizás esa fuera la razón por la que había decidido ayudar a aquella damisela en apuros, porque se sentía solo y necesitaba alguien de quien cuidar para sobrevivir a la locura de la inmortalidad.


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Vampiro. Delgada. Metro setenta. Morgan apuntó aquellos datos en el margen de la página mientras se dedicaba a calcular de cabeza las proporciones. No había estudiado en ninguna universidad y su formación académica era de la hija de un panadero; demasiado que con el paso de los años había aprendido a leer, escribir y hacer cuentas medianamente complejas. Nadie que la hubiese conocido en sus días pasados habría podido imaginar nunca que se encontraría haciendo semejantes cosas, porque siempre la habían considerado extraña y algo loca; ninguna de las dos cosas era mentira, pero también era cierto que era bastante inteligente y no le había costado nada. Además, cuando había estudiado con la vieja que le había enseñado a preparar sus primeras pociones ella le había enseñado a medir sin tener la necesidad de usar los números de los mundanos, sino ajustando en su cabeza los ingredientes.

Conversión reciente. Bufó. No envidiaba para nada a McLean. Pero no entendía qué arrebato compasivo le había llevado a hacerse cargo de una neonata. Siempre le había parecido un tipo práctico, con cabeza, no de esas personas que se dejaba llevar por sentimentalismos y arrebatos pasionales. Quizás le hubiese juzgado premeditadamente, pensó, mientras garabateaba y emborronaba una de las plantas, sustituyéndola por otra que sería mucho más eficaz. Pero ella tampoco podía hablar demasiado alto... A fin de cuentas, daba esa apariencia de profesionalidad, de distanciamiento, pero en el fondo los problemas y malestares ajenos le afectaban tanto que más de una vez se había visto sumiéndose en un altibajo emocional muy grande. Era demasiado empática, por eso se aislaba tanto de los demás, porque luego dolía. La muerte de su hermana había sido devastadora para ella, y de momento no quería volver a pasar por algo semejante.

Pesadillas... —murmuró mientras fruncía el ceño. Probablemente serían con respecto a su conversión. Siempre había pensado que debía de tratarse de un evento bastante traumático; morir y despertarte en un ataúd, bajo tierra. Muchos no conseguían salir nunca de su entierro y perecían de inanición allí abajo. La sola idea le hizo estremecerse—. Evidentemente, evidentemente. Por eso decía lo del bozal —respondió mientras enarcaba una ceja, usando lo más parecido a un tono de broma que podía llegar a tener.

Aunque no lo expresó, que Calem le considerase una persona justa le hizo sentir algo de orgullo. Se pasaba la vida intentando mantenerse en esa línea, desde luego, y en la neutralidad que caracterizaba a la gente de su raza. Mezclarse demasiado con nefilims o con demonios no era demasiado pragmático, porque al final si había problemas podías terminar en manos de unos o de otros para que te diesen muerte, y a Morgan, de momento, no le apetecía morirse. Quizás dentro de mil años, cuando ya se hubiese aburrido de la vida mundana, pero de momento aún tenía cosas que le apetecía experimentar, lugares que le apetecía visitar y cosas que quería hacer. Y pintar. Mucha gente no podía creerse que Morgan fuese capaz de dibujar, mucho menos las hermosas pinturas que terminaba creando, por sus modos bruscos y desagradables; parecía imposible que cosas tan bellas y llenas de sensibilidad pudiesen estar hechas por alguien a quien le faltaba escupirle a la cara de muchos de sus interlocutores.

No había levantado el rostro de sus anotaciones durante toda la conversación. No, al menos, hasta que McLean habló con ese tono tan suave, tan blando, y dijo aquello. Incluso dejó de escribir, contemplándole con sus enormes ojos claros, como intentando desentrañar lo que había detrás de esas sencillas palabras. Es sólo una niña. Su madre le había dicho a su marido algo parecido cuando su hermana se había quedado embarazada la primera vez, antes de que le diese la paliza y le hiciese abortar. Sólo una niña. Apretó el lápiz de forma casi imperceptible, pero no continuó escribiendo, sino que centró su atención en el brujo, mientras le hablaba de forma tranquila, pausada. Al final esbozó una sonrisa socarrona, pero sin maldad, ni malicia, ni intención de burlarse de él. Soltó lo que tenía en la mano y bebió  un largo trago de cerveza, notando el asqueroso sabor, la amargura, bajándole por la garganta, echando de menos una vez más su Gales natal, la belleza de sus paisajes, el olor a tierra profunda, a bosque... y su cerveza. Por el ángel Raziel que los americanos no tenían ni idea de cómo hacer una buena. Dejó la jarra con parsimonia sobre la madera antes de cruzar las piernas y los brazos sobre las mismas, centrando la mirada en Calem inusualmente seria, e inusualmente no con el ceño fruncido, y por primera vez desde que le conocía, habló con voz suave, no ronca, ni despectiva, ni desagradable. Mostró lo que raras veces veía nadie de sí misma, a la Morgan que sabía ser casi humana, también.

Los niños son una molestia bastante grande, en general. Ocupan gran parte de tu tiempo, tienes que estar pendiente de ellos y no te puedes mover en libertad. —Parecía hablar con conocimiento de causa, como quien había tenido que hacerse cargo de alguien alguna vez. Sus gestos, no obstante, a pesar de sus palabras, seguían siendo suaves y casi nostálgicos—. Gastas mucho esfuerzo en cuidarles, y cuando se marchan por fin de tu casa, cuando crees que vas a tener tranquilidad y vas a poder olvidarte de todo, te das cuenta de que te han roto el corazón y se han llevado un pedazo consigo. Ten cuidado con tu humanidad, McLean. Te hará daño... —Volvió a sonreír, esa vez casi con cariño—. Y te hace hacer cosas estúpidas como la que estás haciendo. Pero qué te voy a decir yo a ti. —Cogió de nuevo el lápiz, escribiendo una cifra final, un poco avergonzada por haberse abierto de esa forma, pero no tan en guardia como cuando había entrado en el local. Los pensamientos de la gente iban y venían por su cabeza, pero nada era preocupante ni nadie estaba demasiado centrado en él o en ella. Eran invisibles, a pesar de que eran criaturas fantásticas en todos los sentidos—. La cereza de invierno es difícil de encontrar aquí, pero puedo conseguirla. —Giró la libreta y la deslizó por la mesa hacia él para que pudiese verla—. Este será el precio final. Generalmente podría tenerlo listo para dentro de dos semanas, pero intentaré trabajar rápido para que pueda llevársela cuanto antes. Puede pagarme entonces.


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Dos brujos en la vieja América
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Calem escuchó el discurso de Morgan en absoluto silencio, asintiendo cada unas pocas palabras para darle a entender que la estaba escuchando y que, además, concordaba con ella en todo lo que estaba diciendo. Claro que sabía que su humanidad acabaría hiriéndole, que se estaba volviendo blando y que haría mejor en no meterse en donde no le llamaban, pero saberlo no era lo mismo que poder evitarlo.
—Soy plenamente consciente de ello, Miss— dijo finalmente en un tono pausado, tranquilo, intentando disimular que tenía demasiadas opiniones encontradas respecto a aquel tema en particular —De hecho, no me gustan los niños, precisamente por las razones que acaba de mencionar. Y porque son ruidosos, y rompen todo lo que tocan. La señorita Salvatore no es muy diferente en ese sentido, pero...— negó con la cabeza. No sabía exactamente qué venía luego de aquel "pero". No sabía qué diablos era lo que le había hecho detenerse para evitar que Bianca tomase la sangre de un mundano desprevenido en plena calle; lo único que sabía era que ya no había vuelta atrás. Se conocía, era tozudo y no daba el brazo a torcer con facilidad. Se haría cargo de la vampiresa hasta que ella se cansara de él... lo que en realidad no era un pensamiento muy alentador.

—No sé por qué lo estoy haciendo— confesó suspirando con resignación —Créame que me encantaría hacerme a un lado y lavarme las manos sobre el asunto, miss Morcant, pero simplemente no puedo hacerlo. Solo espero no tomarle demasiado cariño antes de que se vaya. Sé que es inevitable, así que intento mantenerme indiferente— aseguró con el tono más neutral que pudo lograr. La verdad era que Bianca Salvatore y él eran polos completamente opuestos, y por lo tanto no se llevaban precisamente de maravillas, así que aquello no le estaba siendo tan difícil. Su relación parecía más la de un padre estricto y su hija desobediente... Si la joven se acostumbraba a su nueva vida rápido y accedía a unirse al aquelarre de Camille Belcourt como Calem le había aconsejado, no tendría que hacer de niñera por mucho tiempo, y no llegaría a tomarle cariño. Era el plan perfecto en teoría. Poco sospechaba el brujo que jamás llegaría a llevarse al cabo, al menos no del todo. Que acabaría soportando a Bianca Salvatore por el resto de su vida, y que lo haría encantado.

Observó con detenimiento la libreta que Morgan le enseñaba, asintiendo nuevamente con aprobación, aunque no sabía en realidad tanto sobre pociones y sus ingredientes.
—De acuerdo. Agradezco que se tome la molestia de apresurarse, de verdad lo aprecio. No se preocupe, tendré lista la suma acordada para dársela cuando me entregue el producto— aseguró. Aunque no lo expresara en voz alta, le encantaba hacer negocios con Morgan Bevan. Era una persona confiable, responsable, seria e impasible. La clase de persona con la que a Calem le resultaba cómodo tratar.


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