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07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


04/06 - Estimados habitantes del submundo. Como habréis comprobado, la raza de los nefilim vuelve a estar abierta para todo el mundo <3 Y aunque aún no ha habido actualización de noticias... ¡no desesperéis! ¡Que antes de lo que podáis pensar estarán en vuestra bandeja de entrada ardiendo con el fuego celestial!


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Dos brujos en la vieja América || Morgan Bevan [Flashback]

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Dos brujos en la vieja América
Sábado → Al mediodía → una taberna en Broad Street  → Clima templado
Flashback - Principios del siglo XX

Calem llevaba un buen tiempo sentado solo en la taberna, lo que había provocado en más de una ocasión las curiosas miradas de la mujer del tabernero, que encontraba cualquier tipo de excusa para acercarse a su mesa y espiar por sobre el hombro del brujo hacia el plato vacío y el par de cubiertos que se encontraban frente a él, sin usar.
Su conocida no estaba llegando tarde a la reunión, tan solo unos cuantos minutos que poco importaban, sino más bien que él había arribado temprano para asegurarse un lugar estratégico en el local; pero ese tiempo de espera a solas, habiendo solicitado una mesa para dos, había despertado la curiosidad nata de aquella mujer, que no paraba de observarlo con discreción muy mal disimulada.

En realidad, Calem no era fanático de las reuniones en lugares públicos, pero sabía que no era correcto citar en su casa a una señorita con la que no tenía confianza y con quien le unían meramente los negocios. Y ya había tenido que inventarse descabelladas historias acerca de una prima extranjera para que los vecinos no comenzaran con rumores cuando se vio obligado a albergar por un par de días a la señorita Salvatore, aquella vampiresa a quien había detenido de cometer una locura muy grande y que había mantenido prácticamente encerrada y bien alimentada por un tiempo hasta que pudo volver a controlarse. No quería tener que pensar más historias para justificar la presencia de damas en su morada.

Finalmente, se oyó el sonido de la puerta al abrirse, y la voz tan peculiar del rechoncho dueño del lugar saludó a la persona que acababa de llegar con amabilidad. Calem alzó la vista para ver que, de hecho, se trataba de su colega, y se puso de pie mientras esperaba a que ella llegase hasta la mesa, un acto de caballerosidad que posiblemente no hubiese hecho de no encontrarse en público. Cuando finalmente estuvieron los dos sentados, él volvió a concentrarse en su vajilla como si ésta fuera lo más interesante del mundo.
—Llega tarde, Miss Bevan— observó. Aunque en realidad esa escasa tardanza no le molestaba en absoluto, no le pareció de más remarcarlo, principalmente porque no sabía de qué otra manera iniciar la conversación. Hablar, y especialmente hablar con personas a las que no trataba frecuentemente, no se encontraba precisamente entre sus hobbies. Aún le costaba interactuar con los demás con facilidad.


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Dos brujos en la vieja América
Sábado → Al mediodía → una taberna en Broad Street  → Clima templado
Flashback - Principios del siglo XX
Aquella mañana debía de haber estado escrita en el libro del destino para fastidiarla enteramente a ella y solo a ella. O eso era lo que pensaba mientras caminaba apresuradamente hacia la taberna en la que había quedado hacía más de diez minutos con un socio para hablar de negocios. No era sólo el hecho de que iba a ser impuntual como la que más lo que le tenía de un humor de perros -si bien eso era ciertamente habitual en ella, el estar de mal humor o con una expresión en el rostro como si fuese a arrancar el cuello de un mordisco-, y ella odiaba con toda su alma ese tipo de faltas a la hora de tratar de trabajo, fuese cual fuese el que tocase. Era también... todo lo demás.

Se había trasladado a New York hacía unas pocas semanas para establecerse allí un tiempo, apenas un año o dos, antes de seguir con su recorrido por todo el país, para estar cerca de los descendientes de su hermana, que habían decidido establecerse cerca de la ciudad. Solía hacer ese tipo de cosas para tenerles controlados un tiempo, ver cómo se desenvolvían en nuevos ambientes -por si surgían problemas o semejante- y luego se aislaba durante un tiempo en cualquier otra parte, lo suficientemente lejos de la zona como para que la gente se olvidase de ella, aunque siempre intentaba pasar lo suficientemente desapercibida como para que esto fuese sencillo. Sobre todo en urbes como aquella, que no le gustaban absolutamente nada, si bien intentaba adecuarse al ritmo de vida que llevase la ciudad, fuese cual fuese.

Pero aquella mañana el casero le había prácticamente escupido a la cara porque no la soportaba, ni a ella ni al que viviese sola siendo una mujer. Uno de sus vecinos la había acorralado en las escaleras y había tenido que controlarse para no prenderle fuego, si bien todo había acabado relativamente bien porque una anciana había bajado pidiéndole ayuda expresamente a ella. Morgan nunca había cruzado palabra antes con esa señora, pero cuando había entrado en su apartamento ella le había puesto una mano en el brazo y le había dicho con suavidad que cuando la necesitase para quitarse a esos cerdos de encima, que hablase alto, que podría escucharla ya que su piso quedaba cerca de ese tramo. Los pensamientos difusos de la anciana (te entiendo/me pasaba lo mismo de joven/me violaron) entraron fácilmente en su mente, y la bruja había sentido un súbito arrebato de gratitud por ese rostro tan enjuto y su sonrisa arrugada y había decidido, también, que le facilitaría la existencia lo máximo que pudiese. Luego había salido a la ciudad y había recordado por qué detestaba en general a la gente. Ruido. Olores desagradables. Suciedad... Moverse por la ciudad no era algo que le complaciese hacer, y de día menos, porque tendían a fijarse en ella por su llamativo aspecto.

Llegó a Broad Street y aceleró, entrando en la taberna en la que habían acordado casi quince minutos tarde, algo roja por el sofoco y con aspecto de haber sido perseguida por una jauría de perros. Le localizó rápido en un lugar relativamente apartado, se reajustó la falda que llevaba y se dirigió hacia él con una cierta premura, pero sin llegar a correr, sintiéndose inmediatamente incómoda por todas las ideas que despertaba en cabezas ajenas; qué rara/qué extraña/sería hermosa si se arreglase/si me la encontrase a solas/¡así que esperaba a esta! pues menudo aspecto, y deseó salir de allí. Desde joven poder leer las mentes ajenas le había dado más dolores de cabeza que alegrías, y había sido por eso, en parte, por lo que había desarrollado esa aversión por la mayoría de las personas.

Cuando Calem le habló, Morgan le contempló con sus inmensos ojos azules como si no fuese más que una mota de polvo en medio de un cuadro recién pintado, o como si su mera presencia le molestase, pero era algo que hacía con todo el mundo y después de dos o tres reuniones consecutivas cualquier persona que se hubiese encontrado con ella podría adivinar por su propia cuenta que ese era, en realidad, su estado habitual la mayor parte del tiempo. No le gustaban demasiado las personas, pero no tenía más remedio que tratar con ellas para poder sobrevivir en un mundo cada vez más y más capitalista, más y más aferrado al dinero.

De modo que se sentó, airosa, como si nada le importase, y alzó la mano para pedir algo de beber. Ignoró por completo las miradas que se centraron sobre ella, sobre su pelo desaliñado recogido en un moño, sobre sus maneras poco ortodoxas y sobre su ceño fruncido que no invitaba, desde luego, a acercarse a ella lo más mínimo.

Nada de miss Bevan. Morcant. —Siempre usaba ese nombre cuando se trataba de trabajo. No le gustaba que la gente conociese su verdadera identidad—. Si no te lo dije la última vez que nos vimos te lo digo ahora, McLean. No me gusta que me llamen por mi apellido cuando trabajo. —Se giró hacia la mujer del tabernero, que le miraba con una expresión entre curiosa y horrorizada. Quizás porque el abrigo que llevaba era de caballero, o quizás porque parecía que le iba a echar fuego encima—. Una pinta de cerveza. ¡Y sin aguar! —añadió una vez se hubo marchado de su lado. Entonces se giró de nuevo hacia el joven brujo y suspiró con agotamiento, pasándose la mano por los ojos—. Siento haber llegado tarde, pero he tenido una mañana un tanto difícil. ¿Has estado mucho rato esperando? —al contrario que él, no se molestaba en hablarle de usted. Siempre había encontrado esa costumbre ridícula y sólo la usaba cuando la persona con la que estaba tratando (socia o cliente) se lo pedía expresamente, y no recordaba si Calem se lo había pedido así, de modo que daba por hecho lo contrario.

Mientras la mujer del tabernero le traía lo que había pedido, Morgan esperó a que Calem le respondiese, ya que por lo general, solía no leer las cabezas de socios en los que sabía que al menos podía confiar en que no intentaban timarla. Ya lo había hecho la primera vez que le había visto, así que...

Off:
¡¡Siento la tardanza!!


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Calem no pudo evitar reprimir una sonrisa al ver la manera alocada en la que su socia entró en el local, como si hubiera estado corriendo una carrera para llegar allí, lo que posiblemente, al menos en parte, era cierto. Ciertamente aquella muchacha tenía un aire de desfachatez y desvergüenza increíble para ser una mujer en aquella época, lo que posiblemente estaba relacionado con su verdadera identidad; los brujos solían tener una mentalidad mucho más abierta respecto a todo tipo de cosas, ya que vivir por tanto tiempo cambia muchas perspectivas.  
—Tiene razón, lo siento, Miss Morcant— se corrigió, manteniendo el aire cortés en todo momento. Ésta cortesía de su parte no se debía tanto a que realmente fuese un caballero, sino a que se encontraban en un lugar público y para Calem la imagen que daba a los demás era casi tan importante como cualquier otra cosa. Además, las informalidades se las reservaba para sus amigos, y Morgan Bevan definitivamente no era una de ellos. No es que tuviera muchos amigos; de hecho, las únicas personas a las cuales se dirigía con informalidad en éstos momentos eran Joshua Harries y Bianca Salvatore -por momentos-, y el primero se había ganado ese derecho luego de mucho tiempo de trabajar juntos, aunque el brujo no estaba seguro de poder considerar amigo suyo a ningún Nefilim, por más Harries que fuera.

Las miradas que les dirigieron los curiosos ante la actitud y palabras tan desenfadadas de la joven amenazaron con hacer reír a Calem, que se contuvo justo a tiempo para no estallar en carcajadas provocadas por las caras de incredulidad de los demás comensales de la taberna.
—Un vaso de agua, por favor— pidió para completar la orden de su acompañante, absteniéndose de pedir comida porque sabía que posiblemente la reunión no fuera lo suficientemente extensa como para almorzar en medio de ella. Ya lo haría luego, en su casa. Y dado que él se negaba rotundamente a la consumición de alcohol y sería extraño si no ordenase nada, agua era su mejor opción.

—Oh, no se preocupe, Miss, no he tenido que esperarla demasiado. Además, disfruté de ese pequeño tiempo a solas— le aseguró.
Mientras se acomodaba en su silla, Calem no pudo evitar oír en su mente, sin pretenderlo, algunas conversaciones a su alrededor; se dijo que tenía que mejorar con urgencia su habilidad para escuchar los pensamientos ajenos, ya que no había nada que le molestara más que tener que soportar dramas románticos, problemas de familia y charlas acerca de rumores que nada tenían que ver con él.
Con un suspiro resignado, decidió que era momento de ir al grano, ya que no le gustaba estarse con rodeos a la hora de trabajar. Ambos sabían por qué estaban aquí, así que no tenía sentido alargar más el momento, y cuanto más rápido liquidase éste asunto, más rápido podría irse a su casa.
—Bien, hablemos de negocios.

Off-rol:
No pasa nada ^^


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