29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del día 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


38 # 37
18
NEFILIMS
7
CONSEJO
11
HUMANOS
5
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12
VAMPIROS
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6
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3
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Dos brujos en la vieja América || Morgan Bevan [Flashback]

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Dos brujos en la vieja América
Sábado → Al mediodía → una taberna en Broad Street  → Clima templado
Flashback - Principios del siglo XX

Calem llevaba un buen tiempo sentado solo en la taberna, lo que había provocado en más de una ocasión las curiosas miradas de la mujer del tabernero, que encontraba cualquier tipo de excusa para acercarse a su mesa y espiar por sobre el hombro del brujo hacia el plato vacío y el par de cubiertos que se encontraban frente a él, sin usar.
Su conocida no estaba llegando tarde a la reunión, tan solo unos cuantos minutos que poco importaban, sino más bien que él había arribado temprano para asegurarse un lugar estratégico en el local; pero ese tiempo de espera a solas, habiendo solicitado una mesa para dos, había despertado la curiosidad nata de aquella mujer, que no paraba de observarlo con discreción muy mal disimulada.

En realidad, Calem no era fanático de las reuniones en lugares públicos, pero sabía que no era correcto citar en su casa a una señorita con la que no tenía confianza y con quien le unían meramente los negocios. Y ya había tenido que inventarse descabelladas historias acerca de una prima extranjera para que los vecinos no comenzaran con rumores cuando se vio obligado a albergar por un par de días a la señorita Salvatore, aquella vampiresa a quien había detenido de cometer una locura muy grande y que había mantenido prácticamente encerrada y bien alimentada por un tiempo hasta que pudo volver a controlarse. No quería tener que pensar más historias para justificar la presencia de damas en su morada.

Finalmente, se oyó el sonido de la puerta al abrirse, y la voz tan peculiar del rechoncho dueño del lugar saludó a la persona que acababa de llegar con amabilidad. Calem alzó la vista para ver que, de hecho, se trataba de su colega, y se puso de pie mientras esperaba a que ella llegase hasta la mesa, un acto de caballerosidad que posiblemente no hubiese hecho de no encontrarse en público. Cuando finalmente estuvieron los dos sentados, él volvió a concentrarse en su vajilla como si ésta fuera lo más interesante del mundo.
—Llega tarde, Miss Bevan— observó. Aunque en realidad esa escasa tardanza no le molestaba en absoluto, no le pareció de más remarcarlo, principalmente porque no sabía de qué otra manera iniciar la conversación. Hablar, y especialmente hablar con personas a las que no trataba frecuentemente, no se encontraba precisamente entre sus hobbies. Aún le costaba interactuar con los demás con facilidad.


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Dos brujos en la vieja América
Sábado → Al mediodía → una taberna en Broad Street  → Clima templado
Aquella mañana debía de haber estado escrita en el libro del destino para fastidiarla enteramente a ella y solo a ella. O eso era lo que pensaba mientras caminaba apresuradamente hacia la taberna en la que había quedado hacía más de diez minutos con un socio para hablar de negocios. No era sólo el hecho de que iba a ser impuntual como la que más lo que le tenía de un humor de perros -si bien eso era ciertamente habitual en ella, el estar de mal humor o con una expresión en el rostro como si fuese a arrancar el cuello de un mordisco-, y ella odiaba con toda su alma ese tipo de faltas a la hora de tratar de trabajo, fuese cual fuese el que tocase. Era también... todo lo demás.

Se había trasladado a New York hacía unas pocas semanas para establecerse allí un tiempo, apenas un año o dos, antes de seguir con su recorrido por todo el país, para estar cerca de los descendientes de su hermana, que habían decidido establecerse cerca de la ciudad. Solía hacer ese tipo de cosas para tenerles controlados un tiempo, ver cómo se desenvolvían en nuevos ambientes -por si surgían problemas o semejante- y luego se aislaba durante un tiempo en cualquier otra parte, lo suficientemente lejos de la zona como para que la gente se olvidase de ella, aunque siempre intentaba pasar lo suficientemente desapercibida como para que esto fuese sencillo. Sobre todo en urbes como aquella, que no le gustaban absolutamente nada, si bien intentaba adecuarse al ritmo de vida que llevase la ciudad, fuese cual fuese.

Pero aquella mañana el casero le había prácticamente escupido a la cara porque no la soportaba, ni a ella ni al que viviese sola siendo una mujer. Uno de sus vecinos la había acorralado en las escaleras y había tenido que controlarse para no prenderle fuego, si bien todo había acabado relativamente bien porque una anciana había bajado pidiéndole ayuda expresamente a ella. Morgan nunca había cruzado palabra antes con esa señora, pero cuando había entrado en su apartamento ella le había puesto una mano en el brazo y le había dicho con suavidad que cuando la necesitase para quitarse a esos cerdos de encima, que hablase alto, que podría escucharla ya que su piso quedaba cerca de ese tramo. Los pensamientos difusos de la anciana (te entiendo/me pasaba lo mismo de joven/me violaron) entraron fácilmente en su mente, y la bruja había sentido un súbito arrebato de gratitud por ese rostro tan enjuto y su sonrisa arrugada y había decidido, también, que le facilitaría la existencia lo máximo que pudiese. Luego había salido a la ciudad y había recordado por qué detestaba en general a la gente. Ruido. Olores desagradables. Suciedad... Moverse por la ciudad no era algo que le complaciese hacer, y de día menos, porque tendían a fijarse en ella por su llamativo aspecto.

Llegó a Broad Street y aceleró, entrando en la taberna en la que habían acordado casi quince minutos tarde, algo roja por el sofoco y con aspecto de haber sido perseguida por una jauría de perros. Le localizó rápido en un lugar relativamente apartado, se reajustó la falda que llevaba y se dirigió hacia él con una cierta premura, pero sin llegar a correr, sintiéndose inmediatamente incómoda por todas las ideas que despertaba en cabezas ajenas; qué rara/qué extraña/sería hermosa si se arreglase/si me la encontrase a solas/¡así que esperaba a esta! pues menudo aspecto, y deseó salir de allí. Desde joven poder leer las mentes ajenas le había dado más dolores de cabeza que alegrías, y había sido por eso, en parte, por lo que había desarrollado esa aversión por la mayoría de las personas.

Cuando Calem le habló, Morgan le contempló con sus inmensos ojos azules como si no fuese más que una mota de polvo en medio de un cuadro recién pintado, o como si su mera presencia le molestase, pero era algo que hacía con todo el mundo y después de dos o tres reuniones consecutivas cualquier persona que se hubiese encontrado con ella podría adivinar por su propia cuenta que ese era, en realidad, su estado habitual la mayor parte del tiempo. No le gustaban demasiado las personas, pero no tenía más remedio que tratar con ellas para poder sobrevivir en un mundo cada vez más y más capitalista, más y más aferrado al dinero.

De modo que se sentó, airosa, como si nada le importase, y alzó la mano para pedir algo de beber. Ignoró por completo las miradas que se centraron sobre ella, sobre su pelo desaliñado recogido en un moño, sobre sus maneras poco ortodoxas y sobre su ceño fruncido que no invitaba, desde luego, a acercarse a ella lo más mínimo.

Nada de miss Bevan. Morcant. —Siempre usaba ese nombre cuando se trataba de trabajo. No le gustaba que la gente conociese su verdadera identidad—. Si no te lo dije la última vez que nos vimos te lo digo ahora, McLean. No me gusta que me llamen por mi apellido cuando trabajo. —Se giró hacia la mujer del tabernero, que le miraba con una expresión entre curiosa y horrorizada. Quizás porque el abrigo que llevaba era de caballero, o quizás porque parecía que le iba a echar fuego encima—. Una pinta de cerveza. ¡Y sin aguar! —añadió una vez se hubo marchado de su lado. Entonces se giró de nuevo hacia el joven brujo y suspiró con agotamiento, pasándose la mano por los ojos—. Siento haber llegado tarde, pero he tenido una mañana un tanto difícil. ¿Has estado mucho rato esperando? —al contrario que él, no se molestaba en hablarle de usted. Siempre había encontrado esa costumbre ridícula y sólo la usaba cuando la persona con la que estaba tratando (socia o cliente) se lo pedía expresamente, y no recordaba si Calem se lo había pedido así, de modo que daba por hecho lo contrario.

Mientras la mujer del tabernero le traía lo que había pedido, Morgan esperó a que Calem le respondiese, ya que por lo general, solía no leer las cabezas de socios en los que sabía que al menos podía confiar en que no intentaban timarla. Ya lo había hecho la primera vez que le había visto, así que...

Off:
¡¡Siento la tardanza!!


Última edición por Morgan Bevan el Mar Mar 27, 2018 1:10 pm, editado 1 vez


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Calem no pudo evitar reprimir una sonrisa al ver la manera alocada en la que su socia entró en el local, como si hubiera estado corriendo una carrera para llegar allí, lo que posiblemente, al menos en parte, era cierto. Ciertamente aquella muchacha tenía un aire de desfachatez y desvergüenza increíble para ser una mujer en aquella época, lo que posiblemente estaba relacionado con su verdadera identidad; los brujos solían tener una mentalidad mucho más abierta respecto a todo tipo de cosas, ya que vivir por tanto tiempo cambia muchas perspectivas.  
—Tiene razón, lo siento, Miss Morcant— se corrigió, manteniendo el aire cortés en todo momento. Ésta cortesía de su parte no se debía tanto a que realmente fuese un caballero, sino a que se encontraban en un lugar público y para Calem la imagen que daba a los demás era casi tan importante como cualquier otra cosa. Además, las informalidades se las reservaba para sus amigos, y Morgan Bevan definitivamente no era una de ellos. No es que tuviera muchos amigos; de hecho, las únicas personas a las cuales se dirigía con informalidad en éstos momentos eran Joshua Harries y Bianca Salvatore -por momentos-, y el primero se había ganado ese derecho luego de mucho tiempo de trabajar juntos, aunque el brujo no estaba seguro de poder considerar amigo suyo a ningún Nefilim, por más Harries que fuera.

Las miradas que les dirigieron los curiosos ante la actitud y palabras tan desenfadadas de la joven amenazaron con hacer reír a Calem, que se contuvo justo a tiempo para no estallar en carcajadas provocadas por las caras de incredulidad de los demás comensales de la taberna.
—Un vaso de agua, por favor— pidió para completar la orden de su acompañante, absteniéndose de pedir comida porque sabía que posiblemente la reunión no fuera lo suficientemente extensa como para almorzar en medio de ella. Ya lo haría luego, en su casa. Y dado que él se negaba rotundamente a la consumición de alcohol y sería extraño si no ordenase nada, agua era su mejor opción.

—Oh, no se preocupe, Miss, no he tenido que esperarla demasiado. Además, disfruté de ese pequeño tiempo a solas— le aseguró.
Mientras se acomodaba en su silla, Calem no pudo evitar oír en su mente, sin pretenderlo, algunas conversaciones a su alrededor; se dijo que tenía que mejorar con urgencia su habilidad para escuchar los pensamientos ajenos, ya que no había nada que le molestara más que tener que soportar dramas románticos, problemas de familia y charlas acerca de rumores que nada tenían que ver con él.
Con un suspiro resignado, decidió que era momento de ir al grano, ya que no le gustaba estarse con rodeos a la hora de trabajar. Ambos sabían por qué estaban aquí, así que no tenía sentido alargar más el momento, y cuanto más rápido liquidase éste asunto, más rápido podría irse a su casa.
—Bien, hablemos de negocios.

Off-rol:
No pasa nada ^^


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Dos brujos en la vieja América
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Morgan no buscaba demasiadas cosas en un compañero cuando se trataba de hacerle socio o futuro contacto para sus negocios. La primera era que fuese fiable; se negaba siquiera a perder su tiempo con alguien que no iba a cumplir su palabra, o que era un fantoche, o un mamarracho que no sabía mantener la boca cerrada o llevar a término las condiciones pactadas. La segunda es que tuviese cabeza; detestaba a los imbéciles descerebrados que no sabían lo que querían, o que no eran absolutamente conscientes de las cosas que estaban solicitando, o que, simplemente, no sabían pensar. Siempre sobraba tiempo para tratar con gente así, y la bruja había decidido que ya había conocido a suficientes imbéciles a lo largo de su vida. La tercera es que fuese discreto, lo que resultaba curioso siendo ella tan llamativa como era, pero prefería que sus asuntos fuesen tratados con la máxima posible porque los nefilims estaban a la vuelta de cada esquina. Y la última, que le gustase ir al grano.

Esos eran los cuatro motivos por los que Calem McLean estaba sentado frente a ella, tratando asuntos con ella y bebiendo y compartiendo mesa con ella. Morgan era muy selectiva en cuanto a socios se trataba, y eso era algo que sabía cualquier persona que hubiese oído su nombre en cualquier parte del viejo o del nuevo continente -aunque no fuese tan conocida como otras de su especie-.

Morgan asintió con la cabeza cuando le comentó que fuesen rápidamente al meollo de la cuestión, se quitó el abrigo, dejando ver el vestido verde que llevaba debajo, y colocó las manos sobre la mesa para que viese que no tenía intenciones ocultas al respecto. Prefería ser lo más franca posible en cualquier situación, y si exigía fiabilidad de sus compañeros de trabajo, ella se exigía lo mismo. Agradeció tenuemente a la camarera cuando esta le dejó la pinta de cerveza sobre la mesa antes de darle un buen trago, aunque agrió la cara al separar la jarra de los labios. Yankies y lo que ellos consideraban cerveza.

Bien, tú me dirás, McLean. La última vez que nos vimos necesitabas un brebaje, ¿qué buscas de mí ahora exactamente? Ya te dije que no pensaba darte ninguna de mis recetas, así que espero que sea algo que quieras comprar, porque si no, ya estamos pagando esto y nos estamos yendo con viento fresco. —Enarcó una ceja rubia a la espera de su respuesta.

A pesar de sus maneras, el chico no le desagradaba tanto como otros seres con los que se había topado. No sólo era fiable, discreto, inteligente y directo, sino que era calmado, sereno y tranquilo, y eso le gustaba; ella misma era un terremoto, un volcán siempre a punto de explotar en la cara de alguien, y encontrarse a alguien que era como un lago a su lado le resultaba reparador, en cierto modo. Casi se podía decir que podía llegar a disfrutar de su compañía, pero Morgan estaba muy lejos de desear buscar amigos a propósito, ciertamente. Prefería que las cosas se diesen de forma natural, espontánea, como era ella, y que pasase lo que tenía que pasar.

A su espalda, la gente continuaba a lo suyo, y pocas personas les estaban prestando atención, realmente, después de su llamativa entrada en la taberna, cosa que también agradecía. Había dejado que los pensamientos que le fluían desde otros permaneciesen en un segundo plano, siempre alerta por si acaso, pero sin prestarles demasiada atención a las conversaciones insustanciales. Aunque había una sobre una extraña desaparición cuatro calles a la derecha que parecía de un mínimo interés, por tratarse de un vampiro o un demonio, probablemente, pero no porque fuese de su incumbencia, sino porque podía vendérsela a los nefilim y sacar algo de tajada.

Por cierto, ¿te fue bien con ella? —Lo preguntó, no porque le interesase lo más mínimo su vida, sino por probar la eficacia de lo que había fabricado. Jugueteó con la jarra entre los dedos mientras esperaba su respuesta, expectante ante su petición, aunque sin darse el lujo de demostrarlo.


Última edición por Morgan Bevan el Mar Mar 27, 2018 1:08 pm, editado 1 vez


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Afortunadamente, Morgan Bevan -o Morcant, como se hacía llamar en los asuntos de negocios- no era de esas personas que se iban por las ramas o se entretenían con temas irrelevantes cuando no eran necesarios. Por eso, a Calem no le desagradaba; por eso y por el hecho de que, en cierta forma, se veía un poco a él mismo en ella. Sabía que podían entenderse mutuamente porque ambos parecían ver la vida de una manera similar. Puede que no la considerase su amiga, puede que fuera solo una colega, pero lo cierto era que le resultaba sencillo no odiarla tanto como al resto de la media.

Asintió ante las palabras de la otra bruja, que provocaron una sutil sonrisa en su rostro.
—Hace un buen tiempo que me he resignado a que es en balde pedirle sus recetas, Miss, así que no se preocupe, no exigiré nada de eso. No, lo que necesito es otra poción, pero ésta vez una que ayude a inducir el sueño; en lo posible, que sea apto para todo tipo de subterráneos. Oh, y también, si hay algo para curar mordeduras o prevenir que se infecte una herida de ese tipo, me gustaría conseguirlo también— desde que, por algún motivo desconocido hasta para él, había acogido en su casa a aquella vampiresa novata, Calem quería contar con todas las precauciones, por si acaso. Sabía que él no podía convertirse con una de sus mordidas, pero eso no significaba que no pudiera hacerse daño, de modo que era mejor prevenirse. Y la poción para dormir no la buscaba para él, sino para ella. Parecía que los acontecimientos de su conversión y los posteriores a ésta no guardaban precisamente los recuerdos más placenteros, y al brujo le sacaba de quicio tenerla merodeando por la casa cual fantasma día y noche.

De todas formas, no entró en detalles respecto a sus motivos, pues sabía que aquello podría llegar a aburrir a su interlocutora. Al menos sabía que él se hubiera aburrido de estar en su lugar; ¿por qué habrían de interesarle las historias de subterráneos que ni siquiera conocía?
Claro que si Morgan le preguntaba algo, él no le negaría la información, después de todo creía que la mujer era confiable y que tenía el derecho de saber para qué estaban siendo utilizadas sus creaciones, pero, de otra manera, no diría nada. No quería salirse del tema en cuestión.

Volvió a asentir cuando su colega le preguntó si aquel brebaje que le había preparado anteriormente había funcionado.
—Oh, sí, perfectamente, Miss, aunque imagino que eso no le extraña. Nos ha sido de mucha ayuda una vez más— "nos", porque, al igual que hora, aquella poción no había sido directamente para él, sino que el Harries de turno se la había pedido; él no tenía un contacto a quién recurrir, y a Calem no le importaba hacer de vocero siempre y cuando recibiera los honorarios adecuados. Además, trabajar con los Harries se había transformado en una costumbre para él, no quería perder a sus clientes más estables.


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Asintió ante la confirmación de que su poción había sido de buena utilidad, y no preguntó ni se interesó siquiera por el plural usado en esa frase. Para ella lo único importante era que su trabajo estuviese bien hecho, y si McLean decía que le había servido para sus propósitos, o para los de quien fuese, para ella estaba bien. No era ninguna estúpida que necesitase reconocimiento ajeno, ni que precisase saber de demasiados datos que no le servían de nada para sus propósitos. Sólo quería hacer las cosas como era debido, y que le informasen al respecto, por si tenía algo que mejorar.

De hecho, Morgan no era dada a meter las narices en los asuntos de su clientela más allá de especificidades que pudiesen facilitarle el trabajo encargado, porque a veces dependía de los pequeños detalles que todo fuese bien o terminase siendo un fracaso rotundo. Eso era algo que había aprendido con el paso de los años y que había hecho que fuese tan buena en las cosas que hacía, precisamente porque gran parte de su aprendizaje había sido autónomo. Nunca había estado demasiado en contacto con otras brujas y otros brujos porque no era de trato fácil ni de agradecida compañía, pero de vez en cuando había aparecido alguien dispuesta a soportarla, e incluso a ayudarla. A fin de cuentas, no era tan mayor como otros miembros de su especie.

Por eso realmente no le interesó el motivo por el que quería esas pociones, pero por meras cuestiones profesionales -y quizás algo de compañerismo por sentir cierta afinidad con él-, decidió hacerle un par de cuestiones al brujo que estaba frente a ella. Bebió un largo trago de su pinta, sintiendo que el amargor se le hacía menos desagradable, y dejó la jarra con un golpe seco pero suave sobre la madera de la mesa antes de cruzarse de brazos.

A ver. Cuestiones formales. Nada de tu vida ni cómo vas a usarla. Sabes que no me interesa. Supongo que la poción tiene que ver o con un vampiro o con un licántropo, por la petición sobre las mordeduras. Te recomendaría que les pusieses un bozal, fuese quien fuese, tanto monta, monta tanto y así te ahorras dolores de cabeza, y es algo que te digo incluso a riesgo de perder una comisión. Pero necesito saber a cuál de las dos razas temes que te muerda.. o que se muerda. No por nada, pero los colmillos de los vampiros no producen las mismas heridas que los dientes de los licántropos, que tienden a desgarrar la carne y esas cosas. Tu magia debería ser suficiente para solucionar esos eventos, pero también entiendo que no quieras estar tratándote o tratándole continuamente, ya que probablemente sea alguien recién transformado, ¿no? También querría conocer las dimensiones de la persona en cuestión; no es lo mismo preparar una poción del sueño para una chica delgada y alta que para un tipo que sea un armario empotrado. Las proporciones no son las mismas, y una dosis demasiado pequeña podría servir para nada, mientras que una dosis demasiado fuerte podría tener efectos bastante adversos sobre el cuerpo... esté muerto o no. —De un bolsillo interno de su abrigo extrajo una pequeña libreta medio empezada, se sacó un lápiz del roete rubio donde tenía recogida la melena y comenzó a tomar notas rápidamente, escribiendo los ingredientes que necesitaría para calcular el precio en cuanto él le dijese lo que le había solicitado saber—. La tarifa variará con respecto a las cantidades, por supuesto, y a los materiales que tenga que utilizar, dependiendo del tipo de poción y de ungüento que tenga que prepararte —comentó sin mirarle—, pero no creo que varíe mucho con respecto a lo que te pedí la última vez, así que no te preocupes, que no te va a salir especialmente caro el asunto. Pero sin ser de mi incumbencia ni una mierda, si quieres un consejo de alguien que ha estado de mierda hasta el cuello, aléjate de los problemas en los que te estás metiendo con esto, McLean.


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Calem comprendía que la otra bruja tuviera que hacerle algunas preguntas específicas para el correcto funcionamiento de las pociones que tenía intención de comprar, por lo que no se molestó ante su curiosidad profesional, sino que contestó de buena gana.
—Vampiro— dijo en un tono de voz muy bajo, para evitar ser oído por nadie más —Una señorita, delgada, su altura debe rondar el metro setenta. No sé mucho más, no es como si me hubiera puesto a revisarla por debajo del vestido, eso sería indecoroso— sentenció, lamentando no tener información más específica que brindarle a su socia, pero consciente de que no habría sido capaz de hacerle a la señorita Salvatore una inspección más profunda porque su moral se lo impedía.
—Su conversión es relativamente reciente— añadió, imaginando que aquel detalle sí sería relevante —La poción para dormir la quiero para ella, creo que sufre de pesadillas. Y la poción para tratar mordeduras la quiero por si acaso la señorita pierde el control y me hiere; si perdiera mucha sangre no estaría en condiciones de aplicar mis propios métodos para curarme yo mismo— explicó con toda la calma del mundo, como si no estuviera hablando de su posible desangramiento.

—No me preocupa el precio. Usted, Miss, siempre hace tratos justos, al menos conmigo. Sé que no pagaré ni más ni menos de lo que las pociones valen, así que está bien— accedió. Aunque él no fuera precisamente la clase de persona solidaria que muere por ayudar a los demás, pero había tomado bajo su protección a Bianca Salvatore, le gustase o no, y no iba a reparar en gastos para ayudarla. ¿Quién me manda a mi a meterme en los asuntos que no me incumben...? se preguntó a si mismo, dejando escapar un suspiro interno.

Oyó las siguientes palabras de Morgan sabiendo que no podía estar más en lo cierto, y concordando con todas y cada una de ellas, pero sabiendo, también, que era demasiado tarde para echarse atrás.
—Es solo una niña— se justificó, ablandando considerablemente el tono de su voz. No era exactamente cierto, pues Bianca aparentaba incluso ser mayor que él, pero a sus ojos no era más que eso; una niña perdida, sola en un nuevo mundo, tal y como él lo había estado en su momento. Calem tenía debilidad por las personas que le recordaban sus momentos de sufrimiento, pero solo se permitía demostrarlo si creía que no saldría herido (psicológicamente hablando).
—Es solo una niña, y está sola. He intentado olvidarme del asunto, pero resulta que tengo algo de humanidad muy en el fondo de mi después de todo, y no puedo. Sé que probablemente acabaré metido en más problemas de los deseados, pero ya tendré tiempo para arrepentirme más adelante. De todas formas, aprecio su consejo— después de todo, y aunque no quería admitirlo, tener a alguien de quien cuidar le hacía sentir un poco más humano, y menos solitario. Quizás esa fuera la razón por la que había decidido ayudar a aquella damisela en apuros, porque se sentía solo y necesitaba alguien de quien cuidar para sobrevivir a la locura de la inmortalidad.


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Vampiro. Delgada. Metro setenta. Morgan apuntó aquellos datos en el margen de la página mientras se dedicaba a calcular de cabeza las proporciones. No había estudiado en ninguna universidad y su formación académica era de la hija de un panadero; demasiado que con el paso de los años había aprendido a leer, escribir y hacer cuentas medianamente complejas. Nadie que la hubiese conocido en sus días pasados habría podido imaginar nunca que se encontraría haciendo semejantes cosas, porque siempre la habían considerado extraña y algo loca; ninguna de las dos cosas era mentira, pero también era cierto que era bastante inteligente y no le había costado nada. Además, cuando había estudiado con la vieja que le había enseñado a preparar sus primeras pociones ella le había enseñado a medir sin tener la necesidad de usar los números de los mundanos, sino ajustando en su cabeza los ingredientes.

Conversión reciente. Bufó. No envidiaba para nada a McLean. Pero no entendía qué arrebato compasivo le había llevado a hacerse cargo de una neonata. Siempre le había parecido un tipo práctico, con cabeza, no de esas personas que se dejaba llevar por sentimentalismos y arrebatos pasionales. Quizás le hubiese juzgado premeditadamente, pensó, mientras garabateaba y emborronaba una de las plantas, sustituyéndola por otra que sería mucho más eficaz. Pero ella tampoco podía hablar demasiado alto... A fin de cuentas, daba esa apariencia de profesionalidad, de distanciamiento, pero en el fondo los problemas y malestares ajenos le afectaban tanto que más de una vez se había visto sumiéndose en un altibajo emocional muy grande. Era demasiado empática, por eso se aislaba tanto de los demás, porque luego dolía. La muerte de su hermana había sido devastadora para ella, y de momento no quería volver a pasar por algo semejante.

Pesadillas... —murmuró mientras fruncía el ceño. Probablemente serían con respecto a su conversión. Siempre había pensado que debía de tratarse de un evento bastante traumático; morir y despertarte en un ataúd, bajo tierra. Muchos no conseguían salir nunca de su entierro y perecían de inanición allí abajo. La sola idea le hizo estremecerse—. Evidentemente, evidentemente. Por eso decía lo del bozal —respondió mientras enarcaba una ceja, usando lo más parecido a un tono de broma que podía llegar a tener.

Aunque no lo expresó, que Calem le considerase una persona justa le hizo sentir algo de orgullo. Se pasaba la vida intentando mantenerse en esa línea, desde luego, y en la neutralidad que caracterizaba a la gente de su raza. Mezclarse demasiado con nefilims o con demonios no era demasiado pragmático, porque al final si había problemas podías terminar en manos de unos o de otros para que te diesen muerte, y a Morgan, de momento, no le apetecía morirse. Quizás dentro de mil años, cuando ya se hubiese aburrido de la vida mundana, pero de momento aún tenía cosas que le apetecía experimentar, lugares que le apetecía visitar y cosas que quería hacer. Y pintar. Mucha gente no podía creerse que Morgan fuese capaz de dibujar, mucho menos las hermosas pinturas que terminaba creando, por sus modos bruscos y desagradables; parecía imposible que cosas tan bellas y llenas de sensibilidad pudiesen estar hechas por alguien a quien le faltaba escupirle a la cara de muchos de sus interlocutores.

No había levantado el rostro de sus anotaciones durante toda la conversación. No, al menos, hasta que McLean habló con ese tono tan suave, tan blando, y dijo aquello. Incluso dejó de escribir, contemplándole con sus enormes ojos claros, como intentando desentrañar lo que había detrás de esas sencillas palabras. Es sólo una niña. Su madre le había dicho a su marido algo parecido cuando su hermana se había quedado embarazada la primera vez, antes de que le diese la paliza y le hiciese abortar. Sólo una niña. Apretó el lápiz de forma casi imperceptible, pero no continuó escribiendo, sino que centró su atención en el brujo, mientras le hablaba de forma tranquila, pausada. Al final esbozó una sonrisa socarrona, pero sin maldad, ni malicia, ni intención de burlarse de él. Soltó lo que tenía en la mano y bebió  un largo trago de cerveza, notando el asqueroso sabor, la amargura, bajándole por la garganta, echando de menos una vez más su Gales natal, la belleza de sus paisajes, el olor a tierra profunda, a bosque... y su cerveza. Por el ángel Raziel que los americanos no tenían ni idea de cómo hacer una buena. Dejó la jarra con parsimonia sobre la madera antes de cruzar las piernas y los brazos sobre las mismas, centrando la mirada en Calem inusualmente seria, e inusualmente no con el ceño fruncido, y por primera vez desde que le conocía, habló con voz suave, no ronca, ni despectiva, ni desagradable. Mostró lo que raras veces veía nadie de sí misma, a la Morgan que sabía ser casi humana, también.

Los niños son una molestia bastante grande, en general. Ocupan gran parte de tu tiempo, tienes que estar pendiente de ellos y no te puedes mover en libertad. —Parecía hablar con conocimiento de causa, como quien había tenido que hacerse cargo de alguien alguna vez. Sus gestos, no obstante, a pesar de sus palabras, seguían siendo suaves y casi nostálgicos—. Gastas mucho esfuerzo en cuidarles, y cuando se marchan por fin de tu casa, cuando crees que vas a tener tranquilidad y vas a poder olvidarte de todo, te das cuenta de que te han roto el corazón y se han llevado un pedazo consigo. Ten cuidado con tu humanidad, McLean. Te hará daño... —Volvió a sonreír, esa vez casi con cariño—. Y te hace hacer cosas estúpidas como la que estás haciendo. Pero qué te voy a decir yo a ti. —Cogió de nuevo el lápiz, escribiendo una cifra final, un poco avergonzada por haberse abierto de esa forma, pero no tan en guardia como cuando había entrado en el local. Los pensamientos de la gente iban y venían por su cabeza, pero nada era preocupante ni nadie estaba demasiado centrado en él o en ella. Eran invisibles, a pesar de que eran criaturas fantásticas en todos los sentidos—. La cereza de invierno es difícil de encontrar aquí, pero puedo conseguirla. —Giró la libreta y la deslizó por la mesa hacia él para que pudiese verla—. Este será el precio final. Generalmente podría tenerlo listo para dentro de dos semanas, pero intentaré trabajar rápido para que pueda llevársela cuanto antes. Puede pagarme entonces.


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Calem escuchó el discurso de Morgan en absoluto silencio, asintiendo cada unas pocas palabras para darle a entender que la estaba escuchando y que, además, concordaba con ella en todo lo que estaba diciendo. Claro que sabía que su humanidad acabaría hiriéndole, que se estaba volviendo blando y que haría mejor en no meterse en donde no le llamaban, pero saberlo no era lo mismo que poder evitarlo.
—Soy plenamente consciente de ello, Miss— dijo finalmente en un tono pausado, tranquilo, intentando disimular que tenía demasiadas opiniones encontradas respecto a aquel tema en particular —De hecho, no me gustan los niños, precisamente por las razones que acaba de mencionar. Y porque son ruidosos, y rompen todo lo que tocan. La señorita Salvatore no es muy diferente en ese sentido, pero...— negó con la cabeza. No sabía exactamente qué venía luego de aquel "pero". No sabía qué diablos era lo que le había hecho detenerse para evitar que Bianca tomase la sangre de un mundano desprevenido en plena calle; lo único que sabía era que ya no había vuelta atrás. Se conocía, era tozudo y no daba el brazo a torcer con facilidad. Se haría cargo de la vampiresa hasta que ella se cansara de él... lo que en realidad no era un pensamiento muy alentador.

—No sé por qué lo estoy haciendo— confesó suspirando con resignación —Créame que me encantaría hacerme a un lado y lavarme las manos sobre el asunto, miss Morcant, pero simplemente no puedo hacerlo. Solo espero no tomarle demasiado cariño antes de que se vaya. Sé que es inevitable, así que intento mantenerme indiferente— aseguró con el tono más neutral que pudo lograr. La verdad era que Bianca Salvatore y él eran polos completamente opuestos, y por lo tanto no se llevaban precisamente de maravillas, así que aquello no le estaba siendo tan difícil. Su relación parecía más la de un padre estricto y su hija desobediente... Si la joven se acostumbraba a su nueva vida rápido y accedía a unirse al aquelarre de Camille Belcourt como Calem le había aconsejado, no tendría que hacer de niñera por mucho tiempo, y no llegaría a tomarle cariño. Era el plan perfecto en teoría. Poco sospechaba el brujo que jamás llegaría a llevarse al cabo, al menos no del todo. Que acabaría soportando a Bianca Salvatore por el resto de su vida, y que lo haría encantado.

Observó con detenimiento la libreta que Morgan le enseñaba, asintiendo nuevamente con aprobación, aunque no sabía en realidad tanto sobre pociones y sus ingredientes.
—De acuerdo. Agradezco que se tome la molestia de apresurarse, de verdad lo aprecio. No se preocupe, tendré lista la suma acordada para dársela cuando me entregue el producto— aseguró. Aunque no lo expresara en voz alta, le encantaba hacer negocios con Morgan Bevan. Era una persona confiable, responsable, seria e impasible. La clase de persona con la que a Calem le resultaba cómodo tratar.


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Morgan frunció los labios ligeramente, quizás no en señal de desagrado y sí un poco por preocupación al escuchar que McLean no estaba del todo convencido del motivo por el cual había recogido a esa joven vampiresa de la calle, y se dijo a sí misma que quizás la soledad era un poderoso aliciente que, en determinado momento, llevaba a la gente solitaria por naturaleza a hacer cosas que en otras circunstancias ni habrían imaginado llevar a cabo.  Sin embargo, no se lo dijo. ¿Para qué? ¿Haría eso que se sintiese mejor o fuese a cejar en ese empeño que parecía haberse autoimpuesto? ¿Le haría eso ver las cosas claras? Lo dudaba mucho. A lo mejor todo aquello no era más que un proceso que el brujo tenía que pasar para conocerse más a sí mismo, o quizás, simplemente, le serviría para darse cuenta de que incluso las personas que buscaban el aislamiento, como él o como ella misma, tenían un límite.

Nadie quiere estar solo eternamente en realidad, Morgan.

Su propia hermana le había repetido esa frase varias veces a lo largo de su vida, y había resonado en su cabeza durante mucho tiempo después de que ella muriese, llevándose consigo a la persona a la que más había querido hasta el momento. No había día en que no la echase de menos, ya que siempre habían estado muy unidas, y no había día en que ese hecho no le hiciese querer alejarse del resto de personas que la rodeaban. No quería volver a pasar por lo mismo otra vez, y sin embargo sabía que tarde o temprano terminaría cayendo en lo mismo. Porque ella no era ninguna criatura desalmada incapaz de amar, y estaba segura de que alguien, de alguna forma, conseguiría atravesar la coraza que se molestaba en llevar siempre encima para protegerse a sí misma de sus propios sentimientos.

No tienes nada que agradecer, McLean. —Recuperó la libreta, distrayendo su mirada con las anotaciones que había hecho, el nombre de las hierbas, las cantidades, el precio final... Y detrás de sus propias pestañas observó al brujo que estaba frente a ella, diciéndose a sí misma que al menos entre inmortales podían darse el lujo de bajar la guardia un poco, aunque claro, ¿quién te garantizaba que en el momento menos pensado fuesen a traicionarte apuñalándote por detrás? Había sido su propio padre quien había hecho daño a Gwen—. Es algo que hago en consideración a las circunstancias y a la buena relación que tenemos. Nunca me has fallado en los pagos y nunca te he fallado en las cosas que me habías pedido. Supongo que es lo normal. —Guardó la libreta en el bolsillo interior de su abrigo, bebiendo un largo trago de cerveza, algo más acostumbrada a su asqueroso sabor, y se limpió la espuma que se le adhirió al labio superior con el dorso de la mano—. ¿Quieres que nos veamos en este mismo tugurio o prefieres que nos encontremos en otra parte? —Alzó los hombros—. A mí me es indiferente. Aquí. Allá. Te traeré escritas anotaciones sobre cómo proceder con el ungüento y con la poción para dormir para que no haya problemas al respecto. Incluso...

"... niñatos haciendo cosas de adultos" Giró el rostro inconscientemente hacia la izquierda, donde un grupo de hombres parecía farfullar acaloradamente sobre algo, aunque no les miró directamente, pero mantuvo la cabeza inclinada para intentar percibir su conversación como acto reflejo, a pesar de que sus palabras aparecían retumbando en su cabeza, no a través de sus oídos. "Y ella es la peor. Bebiendo cerveza y comportándose con esos modales. Así no conseguirá pescar marido, desde luego." Las risotadas fueron perfectamente audibles, pero Morgan no se inmutó lo más mínimo; no hasta que la conversación siguió por unos derroteros completamente ajenos a Calem y a ella.

Perdón —susurró con voz ronca al brujo, con el ceño fruncido y los ojos chispeando rabia mientras volvía a mirarle—. Me había parecido percibir problemas, pero sólo eran imbéciles diciendo estupideces. Como decía, ¿alguna preferencia?


Última edición por Morgan Bevan el Sáb Jun 23, 2018 7:37 pm, editado 1 vez


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—...Ojo por ojo...— murmuró de manera casi inaudible cuando Morgan se refirió a sus negocios, a los que ninguno de los dos había fallado hasta el momento —La que nos une es una relación de beneficio mutua, Miss, a ninguno de los dos le convendría fallarle al otro. Es la clase de relaciones más duraderas— si él dejase de tratar con ella, perdería la posibilidad de adquirir muchas de las más complejas pociones que solía necesitar (a menos que aprendiese a hacerlas él mismo, y Calem dudaba mucho que pudiera hacerlo sin un buen maestro); y si ella era quien cortaba el contacto, perdería a un muy buen cliente que sabía valorar la calidad de los productos y que, por lo tanto, no ponía pegas en pagar los precios exigidos.

—Éste lugar me parece un buen punto de reunión, si no es una molestia— contestó a su pregunta, asintiendo como mudo agradecimiento por la consideración que tenía la mujer al traerle, como siempre, la forma correcta de hacer uso de sus productos. Así no corría el riesgo de cometer algún error de cálculos, y lo apreciaba.

En un principio le llamó la atención la manera en la que la bruja había interrumpido sus propias palabras, pero pronto le fue bastante evidente el motivo, puesto que entre sus múltiples habilidades (y al igual que todas éstas, no aún muy desarrollada) se encontraba la de oír los pensamientos de la gente que le rodeaba, y no pudo evitar que los de aquel grupo de hombres resonaran en su mente con alguna que otra interferencia por culpa de su poca experiencia en el asunto.

—No les haga caso, Miss Morcant— aconsejó, aunque estaba bastante seguro de que Morgan no necesitaba que él se lo dijera para saber que no valía la pena oírles —La gente que a la que nunca le sucede nada medianamente interesante en la vida suele meterse con las de los demás para sentirse menos miserable con su existencia— añadió con filosóficos aires de superioridad. Luego de tantos años de existir, Calem no podía evitar a veces sentirse de alguna manera como un anciano que criticaba a la juventud de hoy en día, con la diferencia que sus quejas se dirigían a la humanidad en general y no a un sector de ella en particular.
—Como le decía, aquí sería un punto de reunión ideal, si le parece bien— repitió mientras se preparaba para marcharse cuando todos los detalles estuvieran resueltos.


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En realidad, lo que un grupo de mundanos pensase de ella debía de importarle más bien poco, se dijo para sus adentros, y no sabía por qué se encontraba tan susceptibles por comentarios como aquellos. Era casi lo único que había recibido desde joven, tanto por parte del género masculino como del femenino, y tampoco era que no tuviesen razón, porque a fin de cuentas ahí estaba: soltera, sin pareja y sin pretensiones de casarse. De niña únicamente se había dedicado a alzar los hombros, sucia de pies a cabeza por haber jugado en el barro, alegando que no le interesaban esas cosas. De adolescente la situación no había cambiado nada y de adulta, tampoco. Gwen le había mirado con expresión divertida mientras ella se mostraba impasible ante la idea de no conseguir a ningún hombre que la quisiera, porque no eran pocas las veces que le habían llegado directamente a la cara semejantes estupideces.

El problema era, quizás, que estaban hablándolo a sus espaldas, y Morgan detestaba ese tipo de comportamientos. Si esos cretinos se hubiesen acercado y le hubiesen escupido en la cara lo que pensaban de ella, la bruja les habría mirado con indiferencia durante unos segundos mientras bebía de su cerveza para regresar su atención a su interlocutor. Pero no, esos imbéciles estaban cuchicheando a sus espaldas, traicioneros, viles, y eso le quemaba la sangre más de lo que podía llegar a reconocer. Apretó la jarra con sus dedos hasta dejarlos blancos, intentando centrarse en la voz de Calem para apartar sus pensamientos de derroteros que relacionaba a esos subnormales con madera y fuego. No podía montar un numerito cada vez que alguien la insultase a sus espaldas. ¡Si lo hubiese hecho cada vez...!

Mira, McLean, si se estuviesen metiendo donde no les llaman para sentirse menos miserable con su existencia en mi cara, aquí, contigo y conmigo, me daría bastante igual. No están diciendo ni pensando sobre mí nada nuevo, la verdad. Pero me repatea que sean tan cobardes como para murmurarlo en vez de venir a soltarlo. Pero está claro que no tienen cojones.

No lo dijo en voz alta, aunque desde luego tampoco lo susurró. Cualquiera que hubiese pasado por su lado le habría escuchado perfectamente si hubiese puesto un poco de atención, pero tampoco fue el caso. Le observaban desde lejos, pero nadie pasaba cerca. Debían de resultar inquietantes, él y ella, sentados en esa mesa hablando en voz baja, tomando notas y bebiendo como conspiradores que no eran. Mejor para ellos. Se terminó la bebida de un trago, colocando el recipiente con suavidad sobre la superficie semi pulida de la mesa con la mirada fija en él.

Entonces nos veremos aquí. A la misma hora, dentro de una semana exacta. Si hay alguna posibilidad de retraso me pondré en contacto contigo, pero no creo que sea el caso porque ya sé dónde puedo encontrar las cosas que me hacen falta para realizar los encargos. —Desvió sus ojos azules hacia el brujo, centrándose por primera vez de verdad en sus rasgos suaves y aniñados, en su mirada sin pupila, y se dijo que sin dudas parecía bastante más joven que ella. Suspiró con lentitud, sintiéndose eterna, de pronto, a pesar de que no llegaba a los doscientos años de edad, aún, y se preguntó cómo podían los brujos más antiguos soportar esa sensación sin pegarse un tiro—. ¿Hay algo más que pueda hacer por ti? —Aunque seca y directa, Morgan no sonó cortante ni borde en absoluto. No era una forma de despedirle, ni de darle a entender que la reunión había terminado, sino una pregunta sincera. Era un buen cliente. Se podía permitirle hacerle algún favor que ya se cobraría más adelante de la misma forma.

Off:
¡Holi! Siento la tardanza. Espero que Sugar te mandase mi mensaje de amor <3 Si quieres podemos dejarlo aquí y abrir un reencuentro en otra parte :3 ¡Lo dejo a tu elección! ¡Besines!


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—Por supuesto, lo entiendo perfectamente— asintió manteniendo su expresión de seriedad absoluta, pero hablando con sinceridad. Él tenía la tendencia a agachar la cabeza, tragarse todo el odio y seguir su camino cada vez que oía palabras hostiles hacia él, descargando luego su frustración en su hogar, donde no podían verlo, y dejaba acumular aquel rencor hasta el punto de parecer constantemente enfadado con el mundo y alimentando su hostilidad hacia la humanidad en general.
Pero aún así, aún siendo más del tipo que no se dejaba llevar por ataques de rabia muy seguido, comprendía a la perfección por lo que estaba pasando la mujer, pues él también había percibido muchos comentarios de ese estilo a lo largo de su vida. ¡Incluso su padrastro le había dedicado violentas frases que ningún niño debería oír de labios de sus progenitores!

No obstante, no hizo ningún otro comentario al respecto; no sentía que fuera necesario, y a nadie le gustaba que le repitieran cosas que ya sabían, de modo que simplemente asintió ante las siguientes palabras de la bruja, internamente agradecido de poder dejar aquel desagradable tema de lado.
—De acuerdo. Nos veremos aquí entonces— su rostro se transformó casi por completo cuando una sonrisa, genuina pero al mismo tiempo con un aire de picardía y sagacidad, se formó en sus labios al oír la última pregunta de Morgan. Por un segundo, pareció un niño como cualquier otro, como debería haber sido si su vida no se hubiera visto envuelta en escenarios sobrenaturales desde su mismísima concepción.
Le agradó que la bruja tuviera la consideración de preguntar aquello, aunque no estaba muy seguro de por qué. Probablemente se sintiera honrado de que le tuviera esa consideración, pero al mismo tiempo le agradaba saber que podía contar con una socia dispuesta a intercambiar favores con él de esa manera (aún cuando, por supuesto, aquellos favores siempre vinieran con un precio. Para Calem era hasta un placer hacer negocios con Morgan).  
—No, nada más de momento, pero gracias de todas formas— agradeció de corazón. Se puso de pie y le dedicó una pequeña reverencia a modo de saludo —Será mejor que me ponga en marcha, no quisiera que mi huésped despertase y se encontrase sola en mi casa... Solo los dioses saben qué sucedería si un mundano pasara demasiado cerca de la puerta en esa situación— dijo en el tono más casual posible, como si aquello no supusiera una gran preocupación para él.
—Nuevamente, gracias por todo. Es un placer hacer negocios con usted, Miss— le dedicó un último saludo y se encaminó hacia donde estaban los dueños del bar para pagar su bebida antes de marcharse en dirección a la puerta.

Off::
¡No te preocupes por la tardanza! Sugar me lo explicó todo(?), no es problema alguno ^^
Me parece bien la propuesta, si tienes alguna idea, ya sea ahora o en otro momento, siempre estoy a un MP de distancia :) Y me tomaré la libertad yo también de enviar uno si se me ocurre algo interesante(?)



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Morgan contempló su rostro después de lanzar su última cuestión al aire. Calem aparentaba tener la juventud que se reflejaba en su rostro desde el primer día en que le había conocido, hacía ya bastante tiempo, por lo que intuyó que su crecimiento se había detenido probablemente en la adolescencia, y nadie que le conociese nunca vería algo más allá de ese rostro barbilampiño, esos rasgos aniñados y su piel blanca. Cuando le sonrió de aquella forma sintió casi tristeza, a la par que un reflejo de sí misma, porque aunque ella había dejado de envejecer más tarde que él, en el fondo cada bruja, cada brujo era un reflejo de las vidas normales que nunca tendrían, enclaustrados siempre en un cuerpo eterno que sólo dejaría de existir si ellas y ellos decidían ponerle fin.

No se dejó llevar por la negatividad, no obstante, y decidió centrarse en el momento. Lamentarse por cosas que no podían controlarse no entraba dentro de su persona, así que lo descartó con tanta rapidez como le había llegado el pensamiento, asintiendo con la cabeza ante la negativa de McLean a necesitar más ayuda de su parte. Terminó la cerveza que le quedaba de un trago, dejó las monedas que sabía que le iban a cobrar por la bebida y se puso de pie casi a la vez que él, introduciéndose las manos en los bolsillos al ver que únicamente se limitaba a hacer una reverencia frente a ella. Quiso rodar los ojos. Modales caballerosos, en fin. No podía ser perfecto el muchacho, después de todo.

La verdad es que no es muy buena idea, no. Una vampiresa descontrolada sólo puede atraer malas compañías y registros de la propiedad innecesarios. Es un placer siempre también para mí. Nos vemos entonces dentro de una semana en este mismo lugar.

«Y ten cuidado, chico.»

Se mantuvo clavada donde estaba hasta que la figura del joven brujo desapareció de su visión, momento en que emitió un prolongado suspiro, resultado del agotamiento mental que le producía estar rodeado de mundanos estúpidos. Cogió el dinero que había colocado sobre la mesa antes de dirigirse hacia la barra y dejarlo allí, marchándose antes de que nadie tuviese tiempo a hacerle algún tipo de réplica al respecto. Atravesó el tugurio ignorando los pensamientos que volaban hacia ella, bloqueándolos, así como las miradas descaradas que le dedicaban todos los que estaban allí reunidos, y cuando el viento de la calle le golpeó en la cara sintió un cierto alivio que en realidad nunca era suficiente, porque siempre había gente rodeándola por todas partes.

Demasiada gente.

Con las recetas de los encargos en la cabeza como distracción para aislarse del resto, retomó el camino en dirección a su apartamento, repasando cada ingrediente y el lugar donde los podía adquirir. Le quedaba una semana de trabajo más bien larga...


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