02/12 ¡Atención, atención! ¡Aquí os dejamos las noticias recién salidas del horno! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del día 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


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→ Viernes → 23:00 → Cantina, sudeste de Brooklyn  → Frio


Seguramente había roto algún record Guinness gracias a la cantidad de injurias  que había lanzado en cuestión de segundos, sin tomar en cuenta la inmensa originalidad empleada para hacer declaraciones polémicas sobre las tendencias sexuales que involucraban animales y la dudosa reputación de su madre o lo que sea que había engendrado a aquel demonio antes de convertirse en una criatura sin alma. Escupió y maldijo un par de veces mas, ante las miradas atónitas de sus congéneres que habían estado rastreando a la criatura junto a el, para luego debatirse en una serie de indicaciones de como debían proceder y terminar con el asunto de una vez por todas, puesto que a pesar de su irritación Alexei era de ingenio rápido, si se molestaba en emplearlo, por supuesto. La cosa había tomado mas tiempo de lo esperado al punto de que el cazador de sombras había perdido la noción del tiempo mientras perseguía al engendro a través de la sexta avenida, procurando no lastimar a ningún transeúnte en el proceso, sin tener ni la menor idea por cuales escondrijos se había ocultado su presa nocturna.

En ese momento odiaba la gran manzana con todo el furor de sus treinta años, y cuando finalmente uno de sus compañeros logró darle muerte al ser, el nefilim soltó otra lluvia de improperios dedicados esa vez a la jungla de concreto. Sabía que aquel comportamiento no era demasiado apropiado para un respetable miembro de la clave, ni mucho menos alguien enviado en representación del consejo, pero en los minutos que le tomó liberar su frustración ni siquiera pensó en lo desagradable que podía estar resultando su compañía. Un juicioso muchacho repleto de runas curativas mencionó que lo prudente para todos seria volver al instituto y Alexei, a sabiendas de que estaba con unos ánimos de perros pero que percibía  el anhelo de los demás por volver a la catedral, les pidió que se adelantasen puesto que el tenia otras cosas que hacer.

Por supuesto eso no era cierto ¿Que demonios iba a tener que hacer un cazador de sombras con aquellas pintas de haberse restregado en un lodazal a mitad de la noche? Ellos sabían que era una mentira, el sabia que era una mentira. Sin embargo nadie dijo nada y cada cual tomó su rumbo.Avanzó un largo rato por las calles del sudeste de Queens, pensando en mil tonterías y cuando se cansó de refunfuñar y se le hubo pasado el enojo, busco inútilmente su teléfono para llamar a su hermano. Por supuesto que no lo encontró, el nunca sabia donde dejaba aquel condenado aparato…

Terminó adentrándose en una cantina donde una gran parte de los clientes no tenían mejor aspecto que el. Puso una expresión de contrariedad cuando el cantinero se dispuso a su servicio mientras se deslizaba en un taburete y al instante comenzó a hacer una mueca extraña, como si estuviese intentando quitarse un molesto trozo de cartílago de entre los dientes. No hacía falta decir que a demás del teléfono parecía que se había dejado los modales en algún otro lugar –Eh, a decir verdad...– comenzó a hablar lentamente,, un sonido ronco y chocante. La cacería había resultado extenuante y aun se sentía agarrotado debido a las múltiples magulladuras que terminarían en cardenales alrededor de su cuerpo ¿Porque no hacer más llevadero el proceso de las runas de curacion con un par de tragos? Colocó ambas manos sobre la barra, de una bonita y resistente madera que había aguantado todo tipo de maltratos con el paso de los años –¿Que demonios? Sírveme un Whisky– El gesto había quedado un tanto más brusco de lo que pretendía, pero aun así, tomándole la palabra, el barman se dio la vuelta y se puso a la labor. Era un hombre que sabía muy bien cómo tratar a sus clientes y Alexei admiró el empeño que puso el empleado por no mirar demasiado rato la amenazante espada que descansaba sobre la barra.

En parte la había puesto ahí porque era un pendenciero de primera, pero también porque de ese modo evitaba que alguien ocupara ese espacio en específico. Se había retirado hasta uno de los extremos del local y si alguien ocupaba ese lugar  interrumpiría su visión de la entrada del establecimiento. Era un poco paranoico, pero quería estar al tanto de que quienes  entraban o salían del local no  fuesen criaturas condenadas dispuestas a desgarrarle el cuello sin que se lo esperara, relajarse del todo no era algo que un cazador de sombras con demasiado juicio pudiese hacer en tiempos como aquellos…


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→ Viernes → 23:00 → Cantina, sudeste de Brooklyn  → Frio
Yo tengo a alguien que se ha cagado en mis muelas en alguna parte del universo y está utilizando algún tipo de magia demoníaca para putearme la vida. En el fondo lo sé. Siempre lo he sabido. ¿Por qué si no iba a ser el hijo de un par de nefilims que se volvieron medio locos porque les quitaron las runas y les echaron de Idris para que no pudiesen volver nunca más? ¿Por qué si no he terminado con una extraña relación con una nefilim a la que se supone que debería odiar, como detesto a toda su gente, pero que no consigo odiar, sino más bien todo lo contrario? Termino siendo objeto de situaciones que no comprendo y me termino metiendo en unos embolaos que podrían dejar a cualquiera con ganas de menos, nunca de más. Pero yo soy yo, y yo soy yo y mis circunstancias, que decía uno, aunque no consigo recordar exactamente quién.

Como si eso me importase una mierda.

Era viernes y hacía un frío que empezaba a ser habitual para esta época del año. Nada que ver con la rasca que te llega cuando empieza octubre en Dinamarca, pero igualmente hacía el suficiente pelete como para que tuviese que ir con algo más que una chaqueta y una camiseta. Odio la ropa gruesa de invierno porque dificulta los movimientos y no te deja actuar bien, pero un jerseicillo no iba a joderme la movilidad demasiado, y esa vieja chaqueta que en realidad perteneció a mi padre y que sigo conservando -porque resguarda del tiempo, no por sentimentalismos, os lo aseguro- me servía para protegerme del frío. Sin guantes. Sin gorro. Sin bufanda. Los neoyorkinos no han pasado frío en su vida, en realidad, pero no me dedico a reírme de ellos, aunque estoy de acuerdo con la forma que tienen de quitárselo.

Cuando el  whisky me bajó por la garganta una sonrisa estúpida me inundó el rostro al sentir el familiar calor descendiéndome por el cuerpo hacia el estómago. Mucho mejor. Aquella cantina tenía un ambiente bastante familiar, muestra de ello era que todo el mundo parecía conocerse, pero no me molestaba en absoluto, porque en el fondo te hacían sentirte recogido. Además, tampoco  era un local que fuese a frecuentar a menudo aunque estaba buscando otro donde pasar más tiempo que el que estaba cerca de mi casa, porque ahora no podía entrar en él sin recibir sonrisitas socarronas por parte del personal que me daban ganas de empezar a reventar taburetes en cabezas ajenas.

Pero esa noche todo iba bien mientras, casi sonriendo, examinaba la vida del bar y me entretenía escuchando de soslayo conversaciones estúpidamente mundanas que no tenían nada que ver con el mundo que convivía con ellos y que les acosaba incesantemente. Desde el año anterior todo había estado mucho más turbio, y hasta los mundis sabían que algo raro pasaba, pero eso no les impedía seguir haciendo su vida normal. Les admiraba y les envidaba a partes iguales, la verdad.

Entonces apareció el cretino. Supe que lo era nada más verle porque las runas cantan siempre por sí solas en las pieles ajenas. Fruncí el ceño, chasqueé la lengua e intenté hacerme el loco cuando pasó por mi lado para sentarse en la barra, a unos pocos asientos de mí, pero lo suficientemente alejado como para controlar la situación a su alrededor, quién entraba y quién salía, y demás posibles amenazas. Lo supe porque era algo que habría hecho mi padre. Y me habría mantenido quieto, al margen, sin decir nada, si no hubiese colocado su jodida espada ahí en medio como si fuese una navajita o un cuchillo. ¿¿Aquel tipo era gilipollas directamente o qué?? Esperé a que el barman se marcharse a otra parte -no le culpé por la cara de contrariedad que se veía en su rostro- y sin disimulo alguno me levanté y me senté al lado del cretino. Di un sorbo a mi vaso, apreté los labios y lo coloqué sobre la barra suavemente.

Si hay algo que odio más que un imbécil es un imbécil que lo demuestra a viva voz. Al menos algunos tienen la decencia de ocultarlo pero otros parece que les encanta demostrarle al mundo que les falta un puto tornillo, haciendo cosas como, no sé, atraer todas las miradas del local con artefactos que la gente no suele portar encima. Pero seré yo —terminé, soltando una risilla sarcástica.

En realidad no me convenía meterme en altercados con nefilims, pero joder, en general me sacan tanto de mis putas casillas. Ese idiota, de hecho, me estaba sacando de mis putas casillas sólo con un puto gesto. Ahí, colocando su arma en medio de un grupo de puñeteros mundanos que no le suponían ningún tipo de amenaza sólo para dejar claro quién tenía los huevos más gordos y la polla más grande. Qué asco, en serio. No podía, no sé, ¿morirse o algo?
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Lidiar con el siempre resultaba una experiencia catastrófica y desagradable, mucho mas cuando su estado de humor se encontraba tan intratable como en aquellos momentos. Incluso el sabia lo condenadamente desesperante que era convivir con el en ese estado, por lo que no le sorprendió que sus compañeros de misión hubiesen salido pitando a la mínima oportunidad luego de aquella avalancha de improperios que había soltado gratuitamente. Si, solía tener una actitud cuestionable la mayoría del tiempo, pero su temperamento se encontraba particularmente voluble luego de que se le avisase unos días atrás que se requería la presencia de su hermano mayor en Alacante y que tendría que partir tan pronto como pudiese. Asuntos urgentes que debían resolverse de forma inmediata, y la clave nunca aceptaba una excusa ni mucho menos un no como respuesta.

Sin embargo la encomienda solo iba dirigida a Owen, lo que significaba que el debía quedarse en Nueva York y sabia perfectamente las razones.

En palabras que resultasen agradables a los oídos de una persona redomada, el no era el favorito de nadie y mucho menos cuando el asunto a tratar requería de un carácter enteramente diplomático. Su hermano y parabatai siempre había resultado ser el mas sensato y juicioso de los dos, el que se pensaba las cosas dos veces antes de decirla y agarraba a Alexei del cuello de la camisa si este terminaba por dejarse llevar de su necedad. Lo mas lógico es que si necesitaban a alguien para lidiar con un asunto delicado exigieran la presencia de su hermano y no la suya, por mucho que a Alexei le disgustara encontrarse solo en aquel infierno de ciudad sin nadie que le pusiese el freno de mano cuando lo requería. Era cuestión de tiempo para que el disgusto se le pasara, pero de mientras se limitaría a lamerse las heridas y curar su orgullo herido.

Un nervioso barman dejó la copa frente a el sin dedicarle npalabra y a todo aquello, Alexei ni siquiera se había percatado de la mirada del individuo sentado a unos cuantos metros de el y la voz de este le extrañó por un largo momento. Sin saber si la cosa era con el, o de plano el sujetó era algún lunático que se creía el nuevo profeta y tenia pensado ponerse a pregonar en la barra, Alexei miró hacia sus espaldas y luego volvió a mirar al hombre, como si no terminara de creerse que el tipo le había parecido buena idea entablar conversación con el –¿Quien eres, y porque demonios estas hablándome?– Preguntó con auténtica curiosidad –Yo no tengo porque ocultar nada y como que me viene valiendo tres hectáreas de mierda lo que odies o no odies tu, sinceramente. Ahora, si vas a estar acosándome, al menos invitame un trago primero...– Levanto su copa y sonrío como el tremendisimo pedazo de  pendenciero que era –…Que no termino de entender para que  me estas soltando la cátedra. Estoy bastante seguro de la vigencia de la segunda enmienda–  La única compañía que Alexei esperaba tener esa noche era la de Remiel, cuya cuchilla descansaba silenciosa sobre la barra en una amenaza sin anunciar. Lógicamente no se planteaba usar el arma contra ninguno de los comensales, pero al menos iba a tener el descaro de aprovecharse de sus malas pintas para mantener la imagen de psicopata potencialmente violento al que es mejor dejar en paz.

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Definitivamente los nefilims estaban creados para sacarme a mí de mis putas casillas. No había otra explicación, de verdad que no, y no, por supuesto que no lo decía porque tuviese un ego del tamaño de una catedral. Vale, a lo mejor sí, pero que tenían la habilidad de hacerlo casi sin proponérselo sí que era verdad, y no podía haber quien me lo negase en ese universo. Victoire era la excepción que confirmaba la regla, porque... bueno, en realidad sí que conseguía siempre ponerme de los nervios, a propósito o no, pero con ella era diferente porque no había una parte de sí que no me hiciese vibrar con cada palabra que cruzásemos, ni cada discusión que no pudiésemos terminando peleando de forma estúpida antes de terminar en la cama, entre jadeos o entre risas -no desvinculado lo uno de lo otro muchas veces, la verdad-. Victoire era arrogante, era soberbia, pero no era una capulla integral, como la mayoría de los que me había topado a lo largo de mi vida, y como el cretino que estaba sentado a mi lado en la barra, mirándome como si yo fuese el desquiciado y no él, quien, insisto, había sacado una jodida espada en un bar de mundanos. ¡En un jodido bar de gente normal y corriente! ¡Y me miraba como si yo estuviese tarado!

En serio. Odio a los nefilims.

Te estoy hablando porque eres un subnormal y porque vas a conseguir que venga la policía a intentar arrestarte. En serio, nunca he dado demasiado por los tuyos, pero creo que has sobrepasado cualquier cosa que haya podido ver u oír sobre tu gente. Nadie iba a acercase a ti oliendo a mierda, no hacía falta que pusieses tu arma sobre la barra como quien se saca la polla para mostrar lo grande que la tiene. Y la Segunda Enmienda hace referencia a las armas de fuego, capullo —negué con la cabeza, con el vaso de whisky en la mano, clamando por algo de paciencia que no iba a llegar—. Si vas a usar argumentos de mundi al menos estate bien informado de lo que tienes que decir.

Bebí un trago lentamente, desviando la mirada de reojo hacia el nefilim, recorriendo las facciones de su rostro para archivarlo en la categoría de puto psicópata loco y para decirle a Victoire que tenía un pirado entre sus filas, que lo mejor que podía hacer era mantenerlo vigilado o cortarle las manos. Lo que viniese mejor a La Clave, en general. Dejé el vaso sobre la mesa. En realidad no apartaba la atención de ese idiota porque esperaba que en cualquier momento se lanzase sobre mí para callarme la boca, o para, no sé, lo primero que se le pasase por la cabeza; uno no podía saber qué coño se le podía ocurrir a un subnormal como aquel, así que lo mejor que podía hacer era mantener la guardia alta. Notaba el peso del cuchillo de plata que había escondido en el interior de mi chaqueta, dispuesto a ser desenfundado ante cualquier muestra de amenaza que pudiese llegar por su parte, porque dudaba mucho que nadie estuviese tan machacado como para acercarse a nosotros con ganas de pelea. Pero claro, uno no puede olvidar que hay gente que está muy mal... y que hasta hace quince minutos nunca habría maginado que un nefilim fuese a poner sus armas a plena vista para hacerse notar.

También te lo digo porque hay mundanos tan pirados como tú que podrían reaccionar a tu amenaza acercándose para darte una paliza por chulo, y verás, se supone que estáis aquí para protegerles y eso, y no creo que fuese a quedar muy bien en tu expediente que te enzarces en una pelea en medio de un sitio como este. Pero sobre todo es que, joder, me fastidiaría muchísimo que tu estupidez hiciese que la cosa se liase, que tuviese que irme de aquí y echar a perder la tranquilidad de mi noche. Así que hazte, hazme y haznos un favor, y guarda tu puta arma. Gracias de antemano.
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Si hubiese visto la situación desde un punto de vista objetivo o incluso si toda aquella escena se hubiese desarrollado en un momento menos truculento de su vida, probablemente Alexei se hubiera partido el culo y la cosa hubiese quedado hasta allí. Tal vez se hubiese regodeado un poco mas en la incomodidad -bastante bien justificada- que generaba su presencia en aquel local; no podía contar las veces que había visto a sus congéneres quedarse ojipláticos ante uno de sus comentarios ariscos o había escuchado a alguien atragantarse con el té después de que el gritara algún improperio salido de la putísima nada. Le gustaba esa situación, le producía gracia, porque si iba a ser un canalla entonces tenia que hacerlo a lo grande, desproporcional y masivamente… Ni siquiera un puñado de zurras bíblicas o amenazas directas de sus superiores habían hecho que aquella maña se le quitara ¿Pero que podía hacérsele? Sus orígenes le habían colocado un listón de posible traidor, lo que le llevó a entender desde su mas tierna infancia que nunca seria alguien de fiar ¿Porque entonces, no podía disfrutar con esa situación?

Sin embargo aquel era un mal día, un muy mal día, y no tenia mucho interés en fastidiar a nadie ni que mucho menos le fastidiaran a el. No entendía la manera en la que pensaban los mundanos, por lo que se quedó callado mientras el individuo se explayaba, convencido de que en algún punto de la noche este terminaría por darse cuenta de que el no entendía de razones y se llevaría su mierda a otro lugar de la barra.

Claro, hasta que finalmente este dio con una fibra sensible envuelta en medio de toda aquella hostilidad, mal genio y petulancia; Alexei abrió muchísimo los ojos y casi sintió una especie de interruptor encendiéndose en algún lugar de su cabeza acallando la voz de la razón que le decía que dejara la cosa estar y apartara a Ramiel del ojo publico ¿Ese que parece estar especialmente reservado para la idiotez y los instintos mas primigenios? Si, justamente ese –¿Que estoy aquí para protegerles…?– Repitió en un tono anodino, aunque por su expresión distorsionada parecía preso de una especie de apoplejía repentina –En serio ¿Que coño eres tu, una hada o una de esas porquerías que creen saberlo todo? ¿Te crees que puedes decirme a mi lo que se supone que tengo que hacer? Afortunadamente mi vida no gira en torno a proteger a una raza sumamente autodestructiva y que, además, se creen poseedores de la verdad absoluta de la que obviamente formas parte, porqué solo eso explica tus ganas de joder– Le faltaba muy poco para que su rabia le hiciera destilar veneno y ni siquiera supo el momento en que hubo dejado su bebida, aun púdica, sobre la mugrienta barra del bar. Hacia muchísimo tiempo que su causa le había quitado el sueño, preguntándose si acaso el era igual que sus progenitores y la clave no era el lugar donde pertenecía. Por un momento realmente creyó que tenia algo oscuro en el alma, algo que estaba corrompido y no podía ser digno del consejo, que el no merecía blandir una espada en nombre de ningún ángel porque el no estaba seguro de porque peleaba.

Pero cuando finalmente había llegado a la epifanía de su vida, entendió que el no pensaba como la gente de la clave ni mucho menos como los seguidores de la maldita secta de Valentine; aunque salvar vidas inocentes era algo que su  instinto mas básico le exigía o que hiciera valer los acuerdos por encima de su propia conciencia, pero el no podía pelear por la misma causa que ellos, su motivo era uno que estaba lleno de venganza y duelo.

El peleaba por Ellise, por la niña que había muerto muchísimo antes de que nadie supiera lo valerosa, lo inteligente y lo maravillosa que era. Aquello había movido su mundo y le había dado razones por las que enfrentarse a una jauría de demonios sin importarle salir ileso o no, porque ella ya no estaba para moldear el mundo con el que soñaba. Su causa se había convertido en realizar los sueños de una cazadora de sombras que había sido asesinada siendo demasiado buena para un mundo tan macabro –Me importa una mierda si eres humano,  reptiliano o un pedazo de mierda en un palo, a ti no te concierne en absoluto las razones por las que soy un cazador de sombras o por las que llevo toda mi vida desollándome y dejándome la piel. No lo hago por los humanos, ni por otros nefilims ni por los subterráneos– Escupió cada palabra con desgana, porque obviamente estaba desperdiciando su tiempo explicándosele a aquel reverendo idiota que se pensaba que le conocía de algo –Así que si tengo un puto mal día, y no quiero ser el jodido superhéroe, entonces iré a un maldito bar y pondré mi espada donde se me venga la puta gana y me tomaré un Wisky esperando a que ningún imbécil me dé un discurso barato sobre ética, actuando como si me conociera en absoluto, porque la verdad es…– añadió, mirando fijamente al mundano –Que a ellos les debería importar un carajo tanto como a ti. Tengo cosas por las que preocuparme, y que unos retardados sin nada mejor que hacer que emborracharse se caguen en sus pantalones porque llevo una espada conmigo no es una de ellas–
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Estaba claro que aquel imbécil tenía algún tipo de tarita mental por la forma en la que reaccionó después de mis palabras. No por lo que dijo, sino por la forma en la que lo dijo, como si le costase asimilar algo y le costase reproducir su propio discurso. Bien, cierto era que yo me había metido donde no me llamaban, pero algo dentro de mí -quizás mi puto orgullo- no me había permitido quedarme al margen ante esa muestra de gilipollismo tan ilustrado por parte de ese cretino, que empezó a soltarme esa retahíla como si tuviese autoridad alguna para darme algún discurso, o como si a mí me importase la mierda de vida que podía haber llevado o no. Me guardé el puñetazo que me salió del alma para estrellarle contra la cara porque una parte de mí pensaba que tenía razón, que cada persona tenía sus motivos para hacer las cosas que hacía y que meterse en un cenagal sin saber por qué estaba allí no era algo que se debiese hacer.

Entonces pensé en Victoire, entrando hecha una furia en mi casa, indignada, dolida por tener que hacer cosas en nombre de la Clave que detestaba, por arrancar a un niño de su familia. Ella, tan sacrificada, tan noble, tan valiente, tan entregada a su lucha a su cacería, a la vida de los nefilim porque de verdad pensaba que había que proteger a los mundanos de lo que de verdad amenazaba con destruir sus vidas. Pensé en el imbécil de su hermano, ese criajo estúpido e impulsivo pero con la misma mirada honesta y decidida que Victoire, aunque sus ojos eran tan diferentes, y aquel gilipollas me puso el estómago del revés, envuelto en náuseas. ¡Incluso pensé en mis padres! Que habían sido criados como nefilims, que amaban ser nefilims y que les habían arrancado las runas sólo porque habían cometido el estúpido error de querer ser parabatai cuando en realidad el sentimiento que les había unido era muy diferente, y eso les había empujado a una locura que perduraba aún en la figura de Agnes. Ser nefilim no era una vocación, era el destino que te encontraba por haber nacido hijo de una cazadora de sombras, o de un cazador de sombras, y si no te gustaba, te quitabas las runas y te marchabas al exilio. No entendía qué clase de gilipollas escogía esa vida de muerte si no era porque de verdad creía en lo que estaba haciendo, si no era porque lo sentía debajo de la piel.

Estando con Victoire el sentimiento de repulsión hacia ellos había disminuido ligeramente, porque era difícil pensar mal de una raza entera cuando la persona con la que más me comunicaba era una de las mejores que había en el mundo. Pero ese imbécil reavivó el desprecio que sentía hacia ellos, hacia su puta Ley, hacia su arrogancia, su despotismo, el mirarles como si fuesen cucarachas infectas y no apreciar absolutamente nada de su vida. Le odié muchísimo en ese instante. ¿¡Por qué coño tenía una vida así si no le gustaba, si no creía en lo que estaba haciendo!? Estaba claro que lo que pretendía era que le reventase esa cara de gilipollas, porque si no, no le entendía. O igual era la rabia que hacía que me pitasen los oídos y me bloqueaban cualquier pensamiento racional. A lo mejor lo hacía.

Tienes razón —hice con una mueca, girándome hacia el camarero mientras apuraba lo que quedaba en mi vaso. No le dirigí la palabra durante un par de minutos, centrado en el sonido suave que hacían los hielos al entrechocarse y golpear el cristal. Lo dejé sobre la mesa, saqué mi cartera, puse el dinero de las bebidas que había tomado en la mesa y la volví a guardar en mi bolsillo trasero—. Perdona por esto. —Le susurré al hombre de la barra, que me observó con una expresión de desconcierto que debió mutar a horror cuando alargué el brazo y con un golpe seco cogí al nefilim de la parte superior de la cabeza y le estrellé la cara contra la barra con tanta fuerza que si no perdió el equilibrio y se cayó del taburete fue un milagro.

Antes de que recobrase el sentido me levanté, escuchando los gritos de todo el mundo a mi alrededor, que parecía haberse parado a contemplar la escena, cogí la espada del mostrador como si no acabase de hacer nada malo y salí del local a paso rápido, sin mirar hacia detrás, sintiendo que la cara me ardía por la rabia. Y en el fondo ni siquiera sabía muy bien por qué hacía reaccionado así. Siempre he sido jodidamente impulsivo para determinadas cosas pero aquello era algo que no hacía desde que mi hermana había muerto, el enzarzarme en una pelea sólo por el placer de sentir mis nudillos estrellándose contra la cara de un gilipollas que iba de víctima por la vida cuando había gente que sufría mucho más a diario. Y, en el fondo, porque no soporto que hablen mal de los mundanos, por muy autodestructivos que sean y por mucho que hayan hecho más cosas malas que buenas para su propia especie. ¿Qué pasa, que como son más poderosos y luchan contra demonios tienen derecho a señalar que su modo de vida es una equivocación? Nadie les pidió nunca que siguiesen la estela que marcó un puñado de locos en la Edad Media que quisieron alzarse contra la oscuridad para proteger al resto de la humanidad. Si tanto les despreciaban podían dejarles morir y ya está. ¡Joder! Cómo les odiaba y cuánto había olvidado ese sentimiento.

Podía haber dejado la espada en cualquier contenedor de basura y haberme marchado a casa, pero no lo hice. Avancé hasta el primer callejón que había cerca del local y me giré para esperarle, porque no pensaba huir como un puto cobarde después de haberle atacado a traición. Pero es que se lo merecía, Dios lo sabía, y Raziel también. Yo no llevaba más que una mierda de cuchillo debajo de mi ropa pero no me importaba enfrentarme a él usando sólo eso; Victoire iba a matarme por muchos motivos, pero bueno...



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Everything made by the precious Victoire C. Wintercloud
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Al ser de la clase de persona que no veia mas allá de sus narices, Alexei dio por zanjado el asunto y  se hizo a la idea de que su noche no presentaría mas contratiempos que los que el mismo pudiese provocar. Por supuesto, la realidad era otra muy distinta y solo bastaron un par de segundos para que lo entendiera.

Sucedió lo que tenia que suceder, lo que estaba escrito desde el principio... Uno de los dos -Para sorpresa del mismo Alexei, no el- había llegado al limite de lo tolerable y había detonado la bomba que había iniciado a correr desde el instante en que el cazador de sombras puso un pie en el local. Ni siquiera fue capaz de evitar el impacto porque, básicamente, no se esperaba que el mundano le fuese a estrellar la cara contra la porquería que se utilizaba de barra en aquel local de mal agüero, y por ende, terminó hecho un desastre antes de poder entender lo que estaba sucediendo a su alrededor. El Barman observó ojiplatico como el victimario abandonaba la escena y el bar se sumía en un silencio truculento y gélido, con todos los comensales convirtiéndose en figuras inamovibles ante el repentino ataque.

Fue justamente el mismo Alexei el primero en salir del aturdimiento, levantando la cabeza para seguir con una mirada encolerizada como el desconocido tomaba su arma y abandonaba el local. Sus ojos brillaron enfervorizados cuando se precipitó enviando hacia atrás el taburete y siguió de cerca la cuchilla que oscilaba en mano ajena, sintiendo un hervidero de emociones bastante desagradables y truculentas cociéndose a fuego lento dentro de el. De verdad que no estaba para esas mierdas, porque si algo sabia sobre su puto mal genio, era que siempre conseguía relucir en las peores situaciones y definitivamente aquella no iba a ser la excepción.  

Su paciencia se había agotado con todo el rollo parlamentario que había tenido que ejercer desde que había llegado a Nueva York, la constante incertidumbre, el secretísimo interno entre sus mismos congéneres y, como cereza del pastel, el hecho  haber sido separado de manera repentina de su Parabatai por no-se-que asuntos del consejo que debían ser tratados con urgencia en Alacante. ¿Se suponía que el debía comerse ese cuento? Su vena conspiradora y delirante le había hecho pensar que todo aquello era algún tipo de treta para sacarles a ambos del consejo y todo aquello le había quitado el sueño durante noches, tantas noches, que ya comenzaba a importarle un comino todas esas idioteces de guardar las apariencias mientras estuviese fuera de Idris.

Pero ni su orgullo herido ni su desproporcionado ego afectado eran condiciones lo suficientemente graves como para que Alexei olvidase las enseñanzas de toda una vida y mandara al demonio las leyes que le prohibían, por encima de cualquier cosa, lastimar a un humano. Evidentemente el ignoraba las condiciones ajenas, y por ende solo la intervención del ángel o alguna extraña fuerza cósmica evitó que se lanzara a desencajarle la cara al otro tipo cuando le vio parado en el callejón   –No lo voy a repetir dos veces, o me la entregas– bramó, deteniéndose a varios metros de la entrada  e ignorando el hilo de sangre que recorría un camino desde su sien hacia su mentón  –O me la entregas– Había algo que lo enojaba aun mas que el haber sido agredido y atracado, algo en la actitud del otro tipo a lo cual no podia poner nombre. Sin duda era que lo estaba empujándolo a un conflicto sin sentido, un impulso lo suficientemente fuerte para callar su conciencia y hacerle caminar a traves del desolado callejón dispuesto a arrancarle medio brazo si con eso recuperaba su espada...
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Conozco la furia autodestructiva. La conozco muy bien.

Durante muchos años fue lo que dio energía a mis acciones, a mis movimientos, a mi forma de vida. Fue la gasolina que permitía que mi motor se encendiese, arrancase y que me permitía caminar. Fue lo que le dio la razón de mi existencia, alimentada por la frustración, por el odio y por el dolor. Perdí a mi hermana, perdí a mi padre, y ni siquiera pude vengarme de los desgraciados que nos habían arrebatado el único rayo de sol que caía sobre nuestras vidas, a aquellos que nos habían dejado en soledad a mi madre y a mí.

Había sido los años, la desidia, el cinismo, los que habían hecho mella en mí, dejándolo transformados en rescoldos tan suaves que llegaba a olvidarme de ella, preguntándome si alguna vez existió algo que me empujó a tener una vida imprudente, arriesgada, en la que no pensaba en mi supervivencia sino sólo en infringir a quien fuese, a mis víctimas, a mis objetivos, el mismo sufrimiento que me había estado lacerando el alma hasta dejarla tan roída que a veces me preguntaba cómo había conseguido coserla yo solo. Y a veces había ardido, de algún modo, esa llama que se había ido apagando sola con el tiempo, y me hacía tener ganas de chillar, de arrancarme la piel, de arañarme la cara hasta que las lágrimas fuesen sangre, porque durante mucho tiempo había sido lo único que había conocido.

Entonces, lejos de pretender ser ñoño o cursi, había aparecido Victoire, y algo dentro de mí había cambiado tanto que a veces no me reconozco del todo. De algún modo ese fuego negro que me había arrasado, que me había torturado durante años había terminado de desaparecer. Y aunque sigo despreciando cosas, odiando a los nefilims; aunque la muerte de mi hermana me sigue doliendo, aunque sigo haciendo cosas estúpidamente imprudentes cuando me dejo llevar por mi rabia, ya no busco hacerme daño de ninguna manera. Porque cuando me despierto de madrugada a su lado, cuando la luna sigue fuera y mi cuerpo no me deja descansar seguidas más de cuatro horas, y veo su melena rubia desparramada sobre la cama, siento un remanso de paz que no había sentido... nunca. Y no debería asociarlo a una persona, porque si algo le pasase, los dioses sabían lo que me sucedería, pero lo cierto era que de momento su presencia me tranquilizaba como pocas cosas en el mundo, y me había hecho dejar de sangrar.

Sin embargo, furioso y todo, pude reconocerlo. El imbécil que me había seguido hasta el callejón, que había dejado su arma a la vista de todo el mundo para mostrarse como una clara amenaza, ese maldito gilipollas buscaba hacerse daño de alguna forma. Lo supe cuando sus ojos se encontraron con los míos de nuevo; lo supe de esa forma en la que una persona maltratada reconoce a otra, porque el sufrimiento, el dolor, deja marcas. Y las ansias de recibir golpes sin importarte su propia seguridad también. Eso no iba a frenarme, desde luego, ni iba a librarme de recibir unas buenas ostias de su parte, pero me daba exactamente igual. No es que quisiese salir escaldado, desde luego, pero mis ganas de reventarle la cara eran superiores a cualquier pensamiento racional en ese momento.

Lo siento, chico. Creo que no te he podido oír bien desde esa distancia ni con esos gruñidos que estás lanzado al aire —espeté, provocador—. Suenas a perro apaleado que sólo tiene ganas de gresca, algo así como 'mírame, soy un imbécil que quiere llamar la atención para que le rompan la cara a guantazos'. Ya sabes. —Hice girar la espada en la mano, no para fardar ni para meterle miedo; siquiera para demostrarle que sabía hacerlo, sino únicamente como acto reflejo, porque las armas blancas se volvían siempre parte de mi brazo de forma instintiva—. Y las amenazas de un chucho mugriento no suelen darme demasiado miedo, por mucho que puedan contagiarme la rabia. Así que ya sabes, si quieres tu puta espada tendrás que quitármela.

¿Quería violencia? ¿Quería dolor? Pues yo se lo iba a dar sin miramientos.



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Conocía la ley de la clave tan bien como se conocía a sí mismo, y por lo tanto, había dos partes del enfrentándose con una hambre consumidora en su interior justo en el momento en que se detuvo frente al callejón.

Se suponía que la ley  era más significativa que su sentido del deber o su certeza de la justicia, pero en casi todas las circunstancias de su vida las dos iban tanto de la mano que Alexei no estaba seguro donde comenzaba una y terminaba la otra, tan maceradas en una estricta crianza para servir a la guerra y años de aprendizaje sobre armas, adamas, runas y abnegación, que a veces tenía la sensación de que se había visto obligado a extirpar de forma permanente una parte importante de sí mismo para convertirse en el guerrero extraordinario que honrara el apellido de los Ravenwolf. Para él, salvar una vida valía cualquier riesgo y salvar cientos valía la suya propia sin que tuviera que  cuestionárselo ni un segundo, porque pese a lo que pudiera creerse de un miembro de la clave, el rechazo constante le había mostrado  la importancia de la vida de cualquier ser, sobrenatural o no, por encima de su raza o los prejuicios que esta arrastraba. Cualquier vida, humana o no, merecía ser salvada.

Se suponía que esa era la manera en la que debía pensar un cazador de sombras cada vez que desenvainaba una cuchilla Serafín. La sangre de ángel que corría por sus venas les hacia blandir los instrumentos del ángel en pos de la redención, la protección y la búsqueda de un mundo sin demonios morando en él. Pero en su caso no era así porque nada, absolutamente nada en todo el mundo, era más importante que destruir todo lo que los Morgenstern habían creado y le habían arrebatado.

Eso era mucho más importante que su moral, que la ley a la que servía o los mismos acuerdos que protegían a todo el submundo;  En algún punto se había convertido en un devoto sirviente de su venganza, el resentimiento era el motor que le daba fuerza y coraje cuando luchaba. A veces pensaba que, cuando consiguiera terminar con su venganza, su corazón terminaría desmoronándose, apagándose, convertido en nada más que una pesada e hinchada masa sin latidos. Pero mientras tanto, se sentía vivo, y el fuego que plagaba su mirada mientras avanzaba por el callejón dispuesto a derramar sangre hablaba sobre una chispa de oscuridad en el interior del guerrero, hablaba de lo sencillo que resultaba hacer surgir su resentimiento y canalizarlo en un objetivo apropiado a las circunstancias.

Y era tal el fuero de su rabia, que podía cegarse a niveles inimaginables. En aquel momento era ese Alexei, ciego y necio, con una sonrisa sardónica dibujada en su rostro como si hubiese sido tallada con el filo de una daga. Le bullía la sangre en un caudal encolerizado mientras escuchaba el parloteo del mundano, borrando cualquier atisbo de sensatez  –Joder ¿Nunca te callas?–  Evidentemente era una pregunta retórica, cargada de absoluto desprecio mientras le observaba dominar la espada con una agilidad peculiar. El cazador ni siquiera se lo pensó y el movimiento de su brazo fue un destello borroso en la noche cuando desenfundó a la gemela de la espada que el otro hombre sostenía con la agilidad de décadas de entrenamiento. No le puso un nombre, no susurró a ningún ángel, aquella no era una pelea honorable para un nefilim y aunque ya lo sabía, eso no impidió que se lanzara de lleno contra él, rápido y certero, filoso igual que su hoja, enarbolando sin ningún temor el arma a la altura de su pecho. El adamas susurró con el viento al rasgar el aire y Alexei adquirió una expresión indescifrable, llenándose de la fría adrenalina del combate mientras se movia

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Podía haber habido muchos motivos por los que podría haber aborrecido al tipejo frente a mí.

Por su arrogancia. Por su petulancia. Por lo insoportablemente odioso de su comportamiento dentro del bar. Porque había mirado a los mundanos como moscas infectas cuando él no era más que un hombre con una fuerza sobrenatural. O porque era un nefilim, y ya está. Nunca había necesitado demasiadas razones para odiar a un hijo de Raziel, aún cuando yo mismo llevaba su sangre recorriéndome de forma bulliciosa las venas. No éramos muy diferentes, él y yo, en muchos aspectos de nuestra existencia, como estaba comprobando en el escaso rato que habíamos compartido; eso me hizo detestarle un poco más de lo que estaba dispuesto a reconocer en voz alta.

Sin embargo, no fue por nada de eso por lo que de verdad llegué a odiarle en ese momento. Sino por lo cómodo y natural que era tener su arma en mi mano.

No me di cuenta realmente hasta el momento en que se abalanzó sobre mí y las espadas chocaron con ese sonido metálico inconfundible; esa nota aguda que te traspasaba los oídos, se te clavaba en la mente, en los pulmones, en el corazón, y hacía vibrar tu brazo con el calor de la batalla. No fue hasta ese instante que no me percaté de que había algo antinatural, y al mismo tiempo increíblemente normal, en la facilidad con la que la empuñadura de la espada de un nefilim se había adherido a mi piel, a mi forma de luchar, y odié cada centímetro de piel que estaba sosteniéndola, así como detesté cada pequeño fragmento de la visión de aquel tipo delante de mí.

Y era extraño, porque la estela había cabido perfectamente entre mis dedos también la noche en la que había tenido que dibujar la runa en el cuerpo de Victoire. Dibujarla, sostener la estela me había proporcionado la misma sensación casi placentera, como si me hubiese faltado un trozo de mí mismo que había recuperado en ese mismo instante, y el reconocimiento de esa sensación me había hecho arder como una hoguera por dentro, aterrorizado. Mi padre y mi madre nunca me habían dejado acercarme a nada de manufactura nefilim, y por un miedo que hasta el momento me había resultado incomprensible, yo mismo me había mantenido alejado. Ahora lo entendía perfectamente. Había tenido pavor de aquello, de sentirme completo, de sentirme a gusto, de añorar algo que nunca había tenido por mis circunstancias vitales.

Mantuvimos el encuentro de las espadas durante un rato, tensos, ejerciendo toda la fuerza de nuestros músculos, hasta que el choque no dio para más y nos desviamos cada uno a un lado, ocupando la posición que había tomado el otro. Me aferré a la empuñadura del arma con ambas manos como lo habría hecho con mi katana y le observé con el ceño fruncido y todos los sentidos alerta, puestos en él, en su pose, en sus movimientos, en cada sorbo de aire que tomaba para mantenerse con vida.

Silencio. Denso compañero en momentos como aquel. Un simple chasquido, venido de Dios sabía dónde, fue lo que hizo que nos lanzásemos de nuevo el uno contra el otro. Esquivé su hoja apartándome un par de centímetros y descargué la mía contra su hombro, buscando hacerle una herida lo suficientemente importante como para terminar de lleno el combate, pero también la paró con agilidad. Entonces solté una de las manos del arma y dirigí un puñetazo de lleno a su cara, derecho a impactar contra su nariz; el dolor, si le daba, al menos le haría trastabillar.



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