29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del día 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


37 # 34
15
NEFILIMS
7
CONSEJO
10
HUMANOS
7
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10
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Nada resulta más engañoso que un hecho evidente. || Calem Mclean & Max

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"Nada aclara tanto un caso como exponérselo a otra persona".


La luz de las farolas se filtraba por el filo inferior de la puerta. Era apenas un delicado haz de luz mágica que se extinguía mientras la noche entraba. Maryse solía colocar ese diminuto artefacto desde que a Max cumplió la edad necesaria para dormir lejos de sus padres. Nunca había tenido un miedo o temor a la oscuridad, pues sabía que tenía a una familia de guerreros a su alrededor. Así que era una mera cordial por parte de su madre, y la aceptación de que era un niño pequeño. Ahora, después de todo ese tiempo, de que probablemente debería rondar sus doce años, Maryse seguía colocando la lucecilla fuera de su habitación. No podía culparle, después de todo, su pequeño hijo había regresado.

Todos a su alrededor continuaban tratándole como a un verdadero infante, quizá lo era, pues al dejar el extraño mundo donde se le había refugiado cuando muerto, sus recuerdos se encontraban tan frescos como si jamás se hubiese desvanecido en la nada. Pero, él quería ser tratado como alguien más, alguien más grande, más lleno de vida, sin toda esa fragilidad que siempre aparentaba. Y por ello, estaba odiando éste momento en que sus hermanos actuaban con cuidado pero sin decirle todo lo acontecido. Había “escuchado”, por supuesto, lo que sucedió en Times Square. La masacre que se desarrolló sin miramientos sobre el submundo, el nombre Sebastian salió a relucir un par de veces, lo que le dejó una sensación desagradable por todo el cuerpo.

Con un suspiro alejó todos esos pensamientos, ojalá pudiera dormir como todos otra vez. Se preguntó qué es lo que soñaría en caso de hacerlo. Queriendo que pasara, cerró los ojos, atrayendo a su mente al chico que había conocido en Idris, con la sonrisa burlona, marchita. Aquel que le alejó de todo lo que conocía, de su madre, padre y hermanos. El que había liderado a un grupo de demonios…

Levantose de la cama, su cuerpo se mantenía casi como un mortal, “no lo soy” se recordó cerrando el puño, un pequeño puño del niño de nueve años que un día fue. Sonrió girando el rostro hacia la mesita de noche, el soldadito que su hermano adoptivo le dio y su hermana lo guardó con amor, descansaba cual guerrero de madera. Lo cogió y metió en su chaqueta, acto seguido, simplemente hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y sorteó la salida.

Hacía frio en ese NY oscurecido. Lo intuyó por la neblina suave y el cristal de un auto sumido en un halo de hielo ligero. Caminó con las manos en los bolsillos, intentando recordar cómo se sentía el entumecimiento en las manos, la frialdad en la nariz o la emoción del calor ante la chimenea. Para cuando se dio cuenta, ya estaba allí. Sus pies habían hecho el trabajo exacto de llevarlo a donde sus pensamientos más arraigados se encontraban.

—¡Vaya!— masculló con una ilusión latente en la mirada.

Todo se encontraba bajo una supervisión estricta. Pudo ver a policías armados y encapuchados, un par de ellos eran demonios. Supuso que también existirían algunos del submundo. Times Square se había perdido, sin duda, ahora parecía un lugar de máxima seguridad.
Max se hizo pequeñito ante esa escena, se arrastró por las paredes como si quisiera asustar a alguien, listo para la acción, y pensó que todo iría a la mar de bien, “pan comido” se dijo serpenteando a los mortales. Pero, ¡oh, enorme sorpresa! El enorme muro frente a él no tenía la intención de dejarle entrar.

—¿Qué harían mis hermanos? — pensó en voz alta, “¿qué harían ellos? Probablemente, meterse en problemas” suspiró él no se iría de allí sin entrar…

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Calem había oído hablar, por supuesto, de la desastrosa tragedia que había tenido lugar en Central Park, aún cuando se había cuidado muy bien de que ninguna de sus recientes acciones lo ligaran a ésta de forma alguna.
La información que poseía, no obstante, no era tan completa como a él le hubiera gustado, y como no quería hacerle recordar a ninguna de las víctimas lo que había sucedido y se negaba rotundamente a acudir a los Nefilim en busca de respuestas que posiblemente no pudieran darle (cuestión de políticas e información confidencial), no le quedaba más opción que realizar él mismo una investigación en el lugar de los hechos.

No era una idea que le entusiasmara precisamente, ya que era plenamente consciente de que no podría pretender mantener una lucha equitativa contra miembros del Círculo preparados para atacar a todo tipo de subterráneos incautos; además la zona no era segura después de aquello, por lo que podrían aparecer en cualquier instante, pero en ese momento no veía otra alternativa.
Pensó en llevar a Bianca con él, pero descartó la idea enseguida: no iba a exponerla a semejante peligro solo para satisfacer su curiosidad. No, tendría que ir solo por más miedo que le provocara pensarlo.

Porque sí, Calem tenía miedo, pero su curiosidad era aún más fuerte, y sabía en su fuero interno que no cesaría hasta ampliar sus conocimientos, hasta comprender qué había sucedido para evitar a toda costa ser co-protagonista de la acción la próxima vez, si es que había una próxima vez.

De modo que allí estaba, visitando los desastrosos restos del Time Square, protegido del frío y los curiosos por un abrigo de grandes proporciones con una capucha de igual característica, listo para hacer un portal y escapar de allí si era necesario, y con una mano en el bolsillo sosteniendo con fuerza su móvil, en el cual estaba marcado, y listo para llamar en caso de emergencia, el número de Dante Blake.
Por más que a Calem le disgustara tener siquiera la más remota posibilidad de rogar por ayuda a Blake, era lo más cercano que tenía a un contacto en la Clave, un Nefilim que, a pesar de las diferencias y la no tan amable relación que sostenían, acudiría sin dudas a ayudarlo si él se lo pedía, o al menos enviaría ayuda.

Al acercarse y notar la masiva cantidad de vigilancia con la que el sitio contaba, el brujo dejó escapar un suspiro de resignación antes de manipular la luz de tal manera que su cuerpo se hiciera prácticamente invisible a los ojos, para poder merodear con tranquilidad por allí. Con muchas precauciones para no hacer ruido ni ser descubierto, pasó por entre los guardias, y cuando ya estaba por felicitarse a sí mismo por hacer un buen trabajo con esa tarea, se encontró frente a unos altos muros que no prometían ser sencillos de atravesar.
—Maldición— dijo por lo bajo. Se propuso rodear el muro con la esperanza de encontrar algún punto débil del cual poder aprovecharse, y cuando lo estaba haciendo se encontró con una presencia inesperada, que se encontraba, igual que él, mirando fijamente el muro.

Creyendo que se trataría de el fantasma de alguna de las víctimas de la tragedia, buscando, quizás, la paz interior para marcharse definitivamente al más allá, Calem se acercó lentamente y sin pronunciar palabra hacia él. Una vez a su lado, y sin quitarse la capucha que le tapaba la mayor parte del rostro, habló.
—¿Necesitas entrar...?— si bien el brujo no se caracterizaba por ser una persona particularmente empática que se desviviera por ayudar al prójimo, sentía que ni siquiera él podía negarle a un alma en pena, menos a la víctima de un atentado, ayuda para alcanzar la paz.


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Se cruzó de brazos con una mueca de disgusto. Nadie en casa le decía nada, seguramente si preguntaba a algunos subterráneos, le darían la espalda o le regalarían esas sonrisitas fanfarronas. Y ahora aquí todo estaba tan sellado como el Instituto mismo. De saber que no conseguiría información alguna, no habría salido, de eso estaba más que seguro. Pero en casa se ahogaba en el aburrimiento, ni siquiera intentó comprobar sus poderes, ¿y si no funcionaban? El temor de ser tan ordinario y “enano” en este mundo terrenal le agobiaba hasta lo inverosímil.

“Escala” se dijo.

Elevó la mirada lentamente, echando la cabeza hacia atrás. Era alto, hasta las estrellas. Volvió a fruncir el ceño, el frío formaba pequeñas esquirlas en las ramas de los árboles, lo había visto al llegar hasta allí. Pero frente al muro, solo se sentía esa sensación de enormidad, de algo inalcanzable, como la vida, como él mismo. Y esa sensación le hizo tiritar pese a que el frío era ajeno, pues formaba una parte de él también.

“Escala”, insistió su mente. Su mirada se alzaba, más y más. Tal parecía que no existía un final para ese muro, y eso causó una punzada en su pecho, justo en el lugar donde debiera estar su corazón galopante.

—Vamos, muévete— tantas veces se presionó cuando deseaba que la vida no se le hubiera extinguido. —Estúpido corazón, salta ya. Haz algo— siquiera dolía, quería sentir otra vez la amargura que le arrugaba el corazón cuando sus hermanos le trataban con condescendencia y mandaban a hacer cualquier cosa que se suponía hacían los niños. ¡Como si ellos no acabaran de salir de la niñez!”

Pero su corazón no se volvió a mover, incluso ahora. No obstante, la sensación de malestar se arraigaba como una espina en un hermoso rosal. Nadie las quiere cerca de la belleza de la rosa, pese a ello, se adquieren para mantenerla a salvo. Aunque este sentimiento no lo mantenía sereno, al menos le recordaba que estaba allí, junto a su familia, sintiendo su amor.

Percibiendo la existencia de alguien en las proximidades de su entorno, giró su rostro para ver a aquel que le había dirigido la palabra. Abrió la boca como para decir algo, pero la cerró con rapidez. ¿Qué debería decir? Ciertamente quería entrar.

Asintió.

—Lo necesito— la vulnerabilidad de su inocencia se vio reflejada en esas dos palabras.

Max parpadeo, conservaba sus lentes que parecían ocupar la mitad de su rostro, haciendo parecer sus ojos más grandes de lo que realmente eran.

—Pero es muy alto— dirigió el rostro hacia el muro como si quisiera que el hombre también mirara. Quizá si levantaba la cabeza, podría caérsele la capucha y alcanzara a mirar qué color eran sus mejillas ahora, con ese frío; como un reflejo de lo que deberían ser sus propias mejillas.
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Calem le dedicó una lánguida mirada al muro que yacía frente a ellos, maldiciéndolo internamente en inglés, gaélico e incluso algún que otro insulto en coreano que había aprendido con el paso de los años. No estaba en sus planes crear un portal tan pronto en la investigación de los hechos, es más, se estaba guardando esa oportunidad en el caso de necesitar escapar de un grupo de miembros del Círculo con deseos de sangre.
Claro que no iba a tener la oportunidad de escapar de nadie si no conseguía pasar a través del muro en primer lugar, de modo que valía la pena intentarlo.

—La altura no tiene importancia— dijo echándose hacia atrás la capucha para obtener un mayor rango de visión y concentrándose para formar el portal. Se consoló diciéndose a sí mismo que de todas formas un portal como aquel no requeriría mucha energía de su parte, bien podría hacer otro para escapar de allí si la situación lo requería.

No le fue difícil abrirse camino para pasar al otro lado, y una vez que el portal estuvo listo hizo un gesto con la cabeza al niño fantasma para indicarle que podía ir primero. Nunca antes había visto un fantasma atravesar un portal, pero supuso que podían hacerlo igual que cualquier otro ser del submundo, y la decisión de enviarlo primero fue simplemente porque lo que está muerto no puede morir.

Podía sonar como un razonamiento  casi cruel a primera vista, pero Calem estaba siendo práctico. Si se metían en problemas, él era más valioso vivo que muerto para ambos.

El joven no estaba seguro de qué encontrarían del otro lado de aquél muro que con tanta fuerza deseaban cruzar; solo sabía que cabía una posibilidad enorme de que estuviera todo reducido a escombros y posiblemente el espectáculo no fuera muy agradable, por no decir bastante deprimente. Después de todo, él prácticamente había visto crecer aquel lugar, aunque a decir verdad nunca le había puesto mucha atención a su existencia durante los años en los que había ascendido, y hasta antes del ataque de Sebastian Morgenstern Times Square solo había sido para Calem un sitio más en las pobladas y ruidosas calles de Nueva York.


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Max comenzaba a dudar el estar allí, incluso, se imaginaba la reprimenda que le darían todos en el Instituto. Esperaba, que su suerte fuera lo suficientemente grande como para vanagloriarse a su regreso, aunque fuese en silencio. Con tanto ahínco, quería pasar al otro lado, ver que estaban escondiendo todos, tanto mundanos como todos los del submundo, y en definitiva, deseaba saber por qué había regresado. ¿Estarían todos los “muertos” pululando por allí como él? Hasta ahora no se había topado con nadie, ni siquiera, sus antepasados Lightwood.

Giró el rostro hacia el brujo, veía la concentración en sus rasgos, todos los brujos solía hacer esa expresión de quien pierde el automóvil en el estacionamiento de un enorme centro comercial y está haciendo sonar la alarma para seguir el pitido hasta el auto. No es, por supuesto, que alguna vez hubiese presenciado eso, pero esperaba que así pusieran la cara, y tampoco es como si conociera a tantos brujos, solo a Bane, en todo caso.

Sonrió. Admiró el portal con la tensión recorriendo su cuerpo, por la anticipación y la necesidad de sentir. Max ansiaba profundamente tener la capacidad de sentir, una vez más, el clima a su alrededor. Carecía ahora de todo sentido, y esperarlo con tanta esperanza rompía las barreras de lo que podría soportar un niño como él.

—Muy bien—exhaló.

Asintió ante la invitación del brujo. No le pesaba ir primero. Para eso estaba allí, ¿no? Con la respiración contenida —y que tampoco necesitaba— dio un paso largo, casi en un pequeño brinco.

Recordó la vez que había ido con su familia. El creciente vértigo que se sentía al caer, y la suspensión del tiempo a su alrededor cual viento tirando de su cuerpo hacia arriba, después, la nada arropándolo y escupiéndolo a Idris, muy cerca, en todo caso. Ahora percibió el viento como una caricia salvaje en su ropa, en sus cabellos y el tirón suave en la yema de los dedos. Y nada. Ya estaba allí, donde el terror emergía como un manchón oscuro en la ciudad.

Suspiró. Claramente percibía la esencia demoniaca subiéndole por el cuerpo en una sensación inestable e inexplicable. Le hizo tiritar unos segundos antes de ver la luz en la lejanía, ”guardias” pensó mirando hacia el brujo.

—Han colocado salvaguardas—recién lo notaba, eso solo significaba algo, —sabrán que estamos aquí— sintiéndose como todo un estúpido al decir lo obvio, corrió.

La última estrategia, sería la huida, después de todo, no sería a él a quien podrían buscar, sería al temerario subterráneo que osaba a interrumpir la estabilidad por adentrarse a una periferia peligrosa. No, a Max nadie percibiría…



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Calem tuvo que detenerse unos segundos a respirar profundamente para recuperar fuerzas. A pesar de que un portal como aquel no le suponía un gasto de energía demasiado grande, nunca se era precavido de más, y prefería asegurarse de que se encontraba estable y listo para hacer más magia antes de cometer una tontería como lo era meterse en una área restringida que posiblemente estuviera vigilada hasta las narices. La curiosidad mató al gato, decía el dicho, con el cual Calem estaba muy familiarizado, y siempre estaba dispuesto a rebatir diciendo que al menos el gato murió sabiendo. En éste caso, no obstante, no estaba tan seguro de qué tanto valiera la pena hacerse matar por la curiosidad, especialmente luego de seguir al niño fantasma por el portal y encontrarse conque el espectáculo que aquel sitio brindaba era realmente, sin exageración, devastador.

Miró al pequeño cuando éste señaló que seguramente habría salvaguardas por todo el perímetro, y que por lo tanto podrían notar su presencia enseguida.
—Bueno, sí, eso era evidente— dijo sin poder evitar sonar un poco crítico, como si le estuviera diciendo "¿pero es que no lo notaste antes?"
Hasta entonces, Calem había continuado con su misión de exploración porque pese a saber que el sitio estaría vigilado, a pesar de saber que estaba haciendo algo que no le haría mucha gracia a muchas personas, sentía una enorme necesidad de saber. Saber qué era lo que había sucedido, encontrar, quizás, un patrón en el comportamiento de Sebastian, algo que le pudiera ayudar a mantener a Bianca, y a él mismo, fuera de peligro.

Pero ver el Times Square así, destrozado, lleno de energías que podían llamarse cualquier cosa menos bondadosas, acompañado por un chico fantasma que se había echado a correr como si de un loco se tratase al darse cuenta de que estaban vigilados, dependiendo de un hombre con el que no se hablaba hacía al menos cinco años, que seguramente estaba en Idris en ese momento, como único apoyo en caso de suceder algo grave, no era exactamente su definición de un plan perfecto, ni siquiera de un plan aceptable.

Corrió detrás del chico, intentando eliminar la distancia que los separaba al haber él comenzado la carrera con tardanza.
—¡Niño!— dijo tratando de no elevar demasiado la voz por si acaso, pero a la vez esperando que él lo oyera —¡Niño, como sea que te llames! ¿Qué haces? Si corres así nos verán más fácil— murmuró ésto último para él mismo, mientras utilizaba sus poderes para ocultar su presencia para cualquier ser vivo que estuviera por allí, vigilando, aunque no estaba seguro de si su glamour funcionaría con los fantasmas. El niño, seguramente podría verlo de todas formas.


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Saltó un par de obstáculos. No veía del todo claro bajo esas circunstancias, pero si alcanzaba a visualizar la luz mágica en la distancia, agitándose constantemente, seguramente se debía a que quien estuviera custodiando el lugar, estaría moviéndose. Durante su huida, tan precipitada, se acercó a allí, donde la magia demoniaca radicaba, con todos esos matices que desgastaba tu ser hasta tus entrañas. Como si toda esa oscuridad te llamara hacia la muerte. El chiquillo, se sintió de repente abrumado, y creyéndose lejos del brujo, se detuvo.

Miraba a su alrededor, la tierra consumida, maldita.

Tragó saliva contemplando la gravedad de todo aquello. Por supuesto que sabía que era Sebastian quien estaba de tras de la masacre, pero sentirlo en cada poro de tu existencia, llenaba de complejidad la realidad. Como un balde de agua helada, o lo que en su tiempo, eso significó para Max. Escuchó los pasos y los llamados del brujo. Pero esta vez, se quedó plantado frente a las ruinas de una civilización moderna.

—¿Recuerdas como era esto?— inquirió metiendo las manos en los bolsillos. Sus tenis nuevos se habían manchado de lo que parecía ser hollín con una grumosa sustancia igual que el asfalto caliente. —Habían enormes edificios— continuó sin dar crédito a la reducida podredumbre, basura y paredes deshechas.
—Las enormes pantallas proyectaban luces que odiaba, jamás se podían ver las estrellas desde aquí— echó la cabeza hacia atrás, las estrellas tintineaban en el manto oscuro, como si bailaran para ellos, —mamá dijo que los mundanos siempre dependían de la tecnología, esta era la calle donde podía entenderlo, con todas esas tiendas, música y televisores gigantes— suspiró girando el rostro hacia el subterráneo —nosotros jamás tuvimos una televisión, mis hermanos no lo necesitaron, y mis padres creyeron que yo tampoco. No estoy seguro de si lo quería, y— negó volviendo la mirada al desastre de las calles frente a él, —es una tontería pensar en televisores cuando aquí se respira la muerte, ¿verdad? ¿tú puedes olerla? Estoy seguro que puedes…

De pronto, se preguntó por qué tenía tantas ganas de venir aquí, si era una escena totalmente horrible, con el aroma de la muerte, con la esencia del sufrimiento y el recordatorio marchito de la vida. Quiso regresar a casa, meterse a la cama de Maryse y dejar que acariciara sus cabellos mientras cantaba. Pero ya no quería ser esa clase de niño, por ser justo como eso, había muerto sin posibilidad de lucha. Había sido tan ingenuo… todos los habían sido.

—¿Cuánto tiempo tardarán en percibirte?
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Cuanto más tiempo transcurría allí dentro, más ganas tenía Calem de marcharse lo más rápido posible y volver a la seguridad que le procuraban las paredes de su casa, pero no podía irse sin avisar antes al niño, porque su sentido del deber, al cual maldijo internamente por aparecer justo en ese momento, no le permitía dar media vuelta y dejarlo sin un modo de cruzar nuevamente al otro lado.

Cuando finalmente alcanzó al niño, tras una alocada e injustificada huida de su parte, el brujo tuvo que dejar pasar unos segundos para recuperar el aliento antes de hablar. Pese a que se jactaba de estar en muy buen estado físico para alguien que pasaba la mitad de su vida leyendo sentado en un sofá, el ambiente que allí se respiraba era suficiente para dejar sin aliento a cualquiera, incluso sin la necesidad de echar a correr.

—Sí, lo recuerdo. Yo estaba aquí cuando apenas comenzaba a crecer...— escuchó las palabras del chico con la esperanza de recoger aunque fuera un poco de información sobre su pasado, algo que lo ayudase a comprender si estaba lidiando con el alma en pena de una víctima de todo aquel desastre o si acaso era tan solo un fantasma con una inusual curiosidad. La mayor pista que obtuvo al respecto fue que utilizó la palabra "mundanos". De modo que el niño había sido, o aún era, en realidad, hijo de Nefilims.

No me extraña entonces que quisiera entrar a mirar. Los Nefilim tienen una habilidad especial para meter sus narices donde no los llaman se dijo en un tono mezcla de cinismo y comicidad. No podía evitar que le diera algo de gracia que ni siquiera muertos los Cazadores parecieran ser capaces de librarse de sus instintos, aunque sabía que la situación no tenía nada de graciosa en sí y reírse en voz alta hubiera sido una absoluta falta de respeto.

—Me doy cuenta de que hay algo extraño en el aire, claro que sí. Y precisamente por eso creo que deberíamos irnos, no encontré lo que venía a buscar y si nos quedamos mucho más tiempo...— Calem escudriñó el horizonte en busca de señales de guardias, vigilantes o cualquier otro signo de presencia de la autoridad en los alrededores— ...me descubrirán. Puedo permanecer oculto de los mundanos, pero cualquier ser del mundo de las sombras no será engañado por mis trucos por mucho, lo que responde tu última pregunta. No sé cuánto con exactitud, pero no demasiado. Es sólo cuestión de tiempo.


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—¿Qué estás diciendo?— exclamó con disgusto.

Si bien él quería salir de allí lo más antes posible, no se iría hasta investigar lo que realmente había pasado. Por apariencia, el ataque de demonios fue devastador, pero ¿cómo sucedió aquello? ¿Por qué nadie pareció defenderse? “quizá aquí no es donde debes buscar pistas”. Aun así, no desistiría hasta estar satisfecho, y ahora no lo estaba, no con cero información y una sensación de alerta inflándose en su estómago.

—No me iré, a mi nadie podrá percibirme— no estaba del todo seguro con esa aseveración, no es como si pudiera hacerse invisible a contentillo, y sus poderes no estaba del todo desarrollados, todavía eran como esquirlas pacíficas. ¿Qué daño podría causar un toque frío?

Señaló una estructura cuyas paredes se mantenían erguidas sobre cimientos oscurecidos, parecía un buen lugar para comenzar. Justo en este instante, no le apetecía en nada quedarse ahí solo, por ello, le dio a entender que ambos deberían ir. Max jamás había sido un niño parlanchín, prefería enfrascarse en libros e historietas antes de opinar sobre cualquier cosa, más bien, observaba todo y declaraba muchas cosas conforme a su perspectiva llena de principios. La dulzura le caracterizaba, pero se arraiga a sus tiempos de vida. Ahora, prefería ser más audaz, aunque claro estaba, distaba un poco de serlo y se precipitaba a ello.

Comenzó su recorrido con paso firme, con la mirada al frente, esperando que el brujo le siguiera, no se daría la vuelta a comprobarlo. Si al final del trayecto se daba cuenta que en realidad se había quedado solo, ya sería muy tarde para salir corriendo. Confiado en que no pasaría la noche rondando como una verdadera alma en pena, fue saltando obstáculos. Algunas cosas resistían con dignidad, pero en su mayoría, todo estaba tan destrozado como en un videojuego de acción.

—Simon dijo que en algún tiempo las personas serían zombies— vio la sangre fría sobre lo que debió ser una discreta jardinera de alguno de esos lujosos edificios, —¿crees que podría pasar?— subió la escalinata, apestaba peor que en el exterior. Max se estremeció. —Los zombies, ¿crees que podrían existir?— como un niño curioso, pasó a través de la cinta de contención, sin fijarse que en su alrededor, figuras extrañas se movían cautelosas.

—¿A qué te referías con que viste esto crecer? Pensé que no eras de aquí— se detuvo pasando la mirada por estancia, sangre adornaba la planta baja, incluso, desde el fondo donde un elevador mantenía sus puertas abiertas se captaba el color negruzco del líquido vital amado por los vampiros. Max no lograba asimilar la edad que podrían tener los subterráneos, pese a que sabían que eran tan longevos, por apariencia, se perdía en calcular lo que sus ojos alcanzaban a ver. Incluso, se había mostrado verdaderamente sorprendido cuando escuchó hablar de Bane entre los que habían vivido tanto tiempo atrás.

—Por cierto, ¿qué edad tienes?
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Calem dejó escapar un bufido de frustración al oír las palabras del niño.
Mocoso arrogante protestó para sus adentros, recordando de repente por qué no le agradaban los niños. Pues claro que no iba a ser consciente del peligro, es un niño, un niño muerto, no sé qué estaba esperando, sinceramente añadió, suspirando con resignación. Ya que estaba allí, y el niño no parecía dar muestras de querer marcharse, bien podía acompañarlo en sus investigaciones un rato. Si tenía que meterse en la boca del lobo, prefería hacerlo acompañado y no sólo. Aún siendo una persona solitaria, el brujo se sentía más tranquilo si contaba con un compañero, por espontáneo que fuera, que le cuidara las espaldas en una situación potencialmente peligrosa.

Al menos podía agradecer el silencio del jovencito; si había algo que le costara soportar más que los niños, eran los niños parlanchines. Claro que, y Calem lo sabía muy bien, era muy capaz de tomarle cariño o aprecio a cualquiera, conociéndole durante la cantidad de tiempo adecuada. Bianca era un claro ejemplo de ello.
Siguió al pequeño fantasma hasta el lugar donde había señalado, rogando no toparse con problemas, y rezandole a las únicas entidades que reconocía como divinas (que no eran ningunas de las conocidas por los mundanos) para que lo mantuvieran lejos del peligro, aunque ni él mismo se tomaba muy en serio sus rezos, ya que era consciente de que se los estaba dedicando a seres mortales que carecían de poderes especiales más allá de ganarse el amor y respeto de cientos de personas alrededor del mundo.

Resignado a enfrentarse a un potencial peligro en cualquier momento, observó todo con ojo avizor por si acaso las oscurecidas ruinas le presentaban algún detalle interesante del que pudiera valerse luego. No encontró mucho; nada, al menos, que indicara que aquella destrucción fuera diferente a cualquier otra, ninguna huella de lo que podría haber sucedido. Mientras continuaba investigando, siempre siguiendo los pasos de su pequeño compañero, se dispuso a contestar las preguntas, en su parecer bastante infantiles, que el niño le hacía.

—¿Zombies? Lees muchas historias de Ciencia Ficción, niño. No existe tal cosa. La ciencia mundana está muy lejos de conseguir una fórmula para revivir a los fallecidos, y lo más cercano que tenemos los subterráneos a los muertos vivientes son los vampiros— dijo restándole importancia. De todas sus preocupaciones, ser víctima de un apocalipsis de seres sin inteligencia hambrientos de carne humana era ciertamente la menor.
Observó con calma, y cierta pena también, su alrededor, recordando los tiempos en los que aquello se llenaba de las risas, ruidos y chillidos típicos de la ciudad. Asintió en dirección al chico.
—Y no soy de aquí. Al menos, no originalmente; pero llevo muchas décadas en éstas tierras— fue toda su explicación. No iba a revelar información de más, no al menos que él se lo preguntara directamente. Le parecía innecesario.

Cuando el muchachito le preguntó su edad, Calem se dio cuenta de que había olvidado presentarse, lo que no era tan raro en él porque solía ser bastante reservado, pero que aún así veía necesario dadas las circunstancias. No estaría bien confiar en un completo desconocido, ni para él ni para el fantasma.
—No podría decirlo con exactitud, porque en la época en la que nací las fechas eran algo inciertas, al menos para los que no teníamos dinero suficiente como para educarnos en el arte de los números y las letras, pero alrededor de doscientos años, si mis cálculos no me fallan— a veces Calem lamentaba la incertidumbre que rodeaba las circunstancias y hechos de su nacimiento, pero le confortaba saber que no estaba solo. Pocos eran los subterráneos de su antigüedad (o poco más o menos antiguos que él) que podían decir con absoluta seguridad el día exacto en el que habían llegado al mundo, u otros detalles de sus primeros años de vida.
—Creo que no nos hemos presentado. Soy Calem McLean.


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Se encogió de hombros. Si, solía leer tanta literatura basura que muchas veces fue reprendido por Robert, pero eso no restaba el hecho de que una invasión zombie fuese algo que esperar. Sería mucho mejor y menos aterrador que una estancia llena de demonios. A su parecer, incluso los licántropos le asustaban más que hombres come cerebros. Realmente nunca había visto a subterráneos tan de cerca, no al menos, algunos que no parecieran simples mundanos, como los brujos. Y mucho menos, demonios, apenas y los conocía mediante ilustraciones y descripciones. Se dijo que la próxima vez que hablara con sus hermanos, les acosaría hasta que le dieran una descripción exacta de cada demonio abatido.

Se deslizó por unas puertas restrictivas con tubulares giratorios, tuvo que saltar pues los tubos no se movieron, se debía a la falta de electricidad. ¿Qué podrían encontrar allí? Supuso que nada, la información era tratada por La Clave y los supervivientes, de existir algo más, todos lo sabrían, él no, por supuesto, solo era un niño.

—¿Doscientos años?— impresionado se giró para verlo, —eso es mucho tiempo— corrió hasta un gigantesco módulo. Apoyó ambos codos y se impulsó hacia arriba, solo habían teléfonos tirados en el suelo y un móvil con la pantalla estrellada.

—¿No te has aburrido? Es demasiado tiempo doscientos años— cogió el móvil, inservible…

Deteniéndose ante el brujo, extendió la mano ladeando el rostro. Según sabía ya no existía total rechaza ante los subterráneos, la alianza había sido mucho más poderosa que en antaño. Por lo que, lo más normal, eran las presentaciones con la mayor cordialidad.

—Señor Caleb— errando en la última palabra, prosiguió —es un gusto, soy Max, Max Lightwood.

Cuando se alejó, un sonido se despertó desde las escaleras. Era suave, constante y un poco metálico. Como si hablaran a través de una radio. Instintivamente, dio unos pasos hacia atrás.

—¿Crees que deberíamos ir?— de pronto, del techó, se desprendió un trozo de fibrocemento que cayó justo en frente de ambos curiosos.

Max gritó dando un salto. “Creí que moriría” pensó con sorna. El trozo blancuzco de cemente se había hecho pedazos. Entonces, el nephilim comenzó a reír suavemente. Era la primera vez que experimentaba una verdadera emoción. Estar muerto era un asco, sin duda. Con un suspiro terminó su risita.

—Me dio un susto de…— inconclusa, como su existencia, la frase se quedó al sentir el golpe en su estómago. Siempre, todo, lo tomaba tan de prisa. Lo cogían desprevenido y él se hallaba en la peor de las circunstancias.

El demonio, cuya sonrisa era una fila de dientes punteagudos, fue el segundo en gritar, pero más que un grito, era la risa de quien se creé vencedor.

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Calem suspiró mientras seguía al niño, que aún correteaba de un lado a otro y al mismo tiempo no paraba de hablar.
—Sí, doscientos años es mucho tiempo, pero no soy ni de lejos el más viejo de todos los brujos de la zona. Bane, por ejemplo, es bastante más mayor que yo, o eso dicen. Supongo que conocerás a Magnus Bane— ¿y quién en todo Nueva York que estuviera metido en el mundo de las sombras no conocía al Gran Brujo de Brooklyn? Era una afirmación más que obvia, no tendría que haberse molestado en hacerla siquiera.
—Me he aburrido tanto como cualquier otra persona, ni más ni menos. El tiempo vuela si encuentras algo útil que hacer con tu vida. Aunque no voy a negar que la invención del televisor, el cine y Netflix han ayudado mucho a mejorar el panorama— dijo ésto con una cara seria, de modo que fuera difícil interpretar si había sido una broma o no. Era algo que Bianca solía decir, y en lo que él coincidía dependiendo el momento.
Entonces, el momento de las presentaciones lo distrajo de pensar en todos los libros que había dejado a medio leer en su habitación y de que si no fuera inmortal jamás habría conocido muchas cosas maravillosas que se habían vuelto parte de su día a día.

—Es Calem— lo corrigió con el ceño fruncido, sólo aceptando la mano que le ofrecía porque no hubiera sido sabio ofender a su único apoyo en aquel sitio —CaleM... Espera. ¿Lightwood? ¿Como los Lightwood que están a cargo del Instituto de Nueva York?— no necesitó mucho tiempo para llegar a su siguiente conclusión; había oído hablar del hijo menor de Maryse y Robert, que había muerto a manos de Sebastian en la época en la que Calem había preferido alejarse del peligro y viajar en lugar de inmiscuirse en una lucha. Lo recordaba perfectamente, aunque nunca conoció al niño, porque había sido una víctima inocente, una de las pocas víctimas completamente inocentes, que habían resultado de aquella guerra, y Calem sentía aún muy personal el asunto de las víctimas inocentes, porque le recordaban a su madre.
—Eres el hijo de Maryse y Robert Lightwood— no era una pregunta, sino una afirmación.
De pronto, la fijación del niño por visitar aquel lugar devastado cobró más sentido, y no pudo evitar experimentar cierta pena.

Negó con la cabeza cuando le pregunté si debieran seguir aquel sonido misterioso tan particular, pero antes de poder recitar todas las razones por las cuales no deberían adentrarse en casas semi derrumbadas en las que se oyeran ruidos extraños, parte de un techo cayó frente a ellos y Calem se echó hacia atrás, agradeciendo sus reflejos, que no igualaban a los de los Nefilim pero eran bastante buenos de todas formas tras dos siglos de existencia.
Por segunda vez Calem intentó hacer un comentario, y por segunda vez fue interrumpido, ésta vez por un demonio que, como salido de la nada (probablemente había salido de la nada) atravesó la incorpórea figura del chico Lightwood con una estridente risa que le dejó los pelos de punta. Sin perder más tiempo, el brujo retrocedió como si se estuviera enfrentando a su peor pesadilla, como si el suelo bajo sus pies quemara, y se quedó mirando al monstruo con ojos ligeramente desorbitados.

Calem era plenamente consciente de que derrotar a un demonio en batalla no se encontraba dentro de sus posibilidades. No había podido en el pasado y no podría hacerlo ahora. Por eso, y porque la idea de enfrentarse a un espécimen de la raza que había derrotado y asesinado a Aria (una de las Nefilim más capaces que había conocido) le aterraba, decidió que por más cobarde que pudiera parecer, escapar era su mejor opción.
Lo más velozmente que fue capaz, materializó un portal a su lado e intentó llamar la atención del niño, preguntándose si se encontraría bien, sin perder tiempo en razonar que, al ser un fantasma, debería estarlo.
—¡Tenemos que irnos!— exclamó, maldiciendo el momento en el que se le había dado por ser solidario; no podía irse sin Max, pero tampoco quería permanecer más tiempo allí para acabar siendo comida de demonio. Esperaba que el muchachito tuviera pies ligeros y más sensatez que el resto de los de su clase, y traspasara el portal antes de que el ser del averno pudiera seguirlos.


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Entre sus recuerdos más vividos, residía el de un hombre alto con pequeñas pupilas cual gato. Max lo había visto por vez primera desde una rendija en la puerta. Pero había escuchado hablar tanto de ese hombre, de su buen gusto por la moda —por Izzy—, de su enorme poder capaz de matar y aliviar a alguien —Jace— y de lo amable que siempre era —Alec—. Todos tenían buena opinión de él, menos sus padres. Su madre incluso le había prohibido terminantemente que saliera de su habitación aquel día. Era un buen niño, solía hacer caso de lo que los adultos decían, pero también era un nephilim, y su curiosidad pesaba más que la mirada molesta de Maryse. A final de cuentas, solía negar suavemente y sonreírle: era su pequeño, claro. Y nadie se atrevía a hacer cosa peor que reprenderlo. Aquel día, lo vio hablar con Alec, tenía unos pantalones estrechos de cuero, y una camisa a medio abotonar, su largo abrigo no hacía más que acentuar su alta estatura. Bane miró hacia él, y el Hijo del Ángel no pudo apartar la mirada, esos ojos dorados le causaron gran impresión. Bane sonrió, desbordando magnetismo con aquellos blancos dientes. Max corrió a su habitación. Tiempo después le fue más fácil verlo sin salir corriendo, no podría decirse que estaba acostumbrado, pero al menos no se sentía intimidado.

¡Claro que lo conozco! Iba a decir, era el novio de su hermano después de todo. Se conformó con asentir con vehemencia. Ni siquiera en su imaginación podría pensar que Bane era más viejo que doscientos años. ¿Por qué alguien tan viejo querría salir con un ser brillantemente joven como su hermano? “Por la misma razón que lo hace un brujo con un cazador de sombras”. Las cuestiones del amor no le causaban gran interés, lo leía en las novelas hasta en los comics, ¡hasta Naruto estaba enamorado! Y solo era un ninja de doce años. Max se cuestionó, si en caso de seguir vivo, tendría novia siendo tan joven.

—¿Netflix?— arrugando el rostro, prosiguió con su idea de encender el móvil. Los mundanos de hoy en día viven pegados al celular, lo había dicho Bane, y lo creía, a veces Simon le había prestado el suyo para jugar con una app.

Guardó el teléfono en su chaqueta. ¿Había dicho mal su nombre? Él creía haberlo mencionarlo bien, sonrió ligeramente para después rodar los ojos. Su familia llevaba a cargo de ese Instituto desde toda la vida, bueno, toda su vida. Había nacido allí, con sus padres siendo directores y teniendo a un tutor para enseñarles todo el mundo de las sombras a él y a sus hermanos. El Instituto era su hogar, más que Idris, aunque todos decían que la ciudad de Alicante era el verdadero hogar para él. ¿Cómo podría sentirlo así cuando murió lejos de lo que conocía? No, su verdadero hogar estaba tras la fachada de la Iglesia gótica, con todas esas paredes frías, el piano y la cocina moderna.

—¿Es que hay otros Lightwood?— su sonrisa se ensanchó, mostrando por primera vez, el orgullo de la familia Lightwood en sus facciones. James tenía razón, era el menos Lightwood de la familia, pero siempre existía eso que catalogaba la estirpe entre los nephilim, el orgullo infinito de ser los Hijos del Ángel. —Mis padres son los directores del Instituto de Nueva York, estás en lo correcto… creo que sabrás que sí conozco a Magnus Bane, y que yo…, que yo morí en la guerra oscura.

“Y que debería seguir muerto”. De haber seguido vivo, ese techo habría terminado con su existencia, o ese demonio cuyo golpe se sintió como una vibración sensorial por todo su cuerpo. El sonido de su propia voz amortiguada se extendía por su garganta como una luz cegadora. Max se precipitó al suelo por mero instinto.

—¡Por el Ángel!— gimió.

“ESTO NO PUEDE MATARME”, envuelto en el frenesí de su angustiosa visión, el demonio se alzaba cual grotesca malformación, exhalando un aroma a podrido, igual que la salsa que su hermana había hecho la semana pasada. Nadie había comido, Jace y Max idearon un plan para que la salsa tuviera un accidente y terminara en el piso. Ambos nephilim aseguraron que salía humo de la moqueta. Igual que este demonio peligroso y apestoso que reía.

—Hambre— tronó, la risa se elevó y con sorpresa, Max giró el rostro hacia el brujo, “¡Que el Ángel se apiade de ti!”

—¿Qué… qué es lo que haces?— respondió, más bien, preguntó a su vez cuando el subterráneo declaró lo evidente. “Aún no hemos encontrado nada” quería gritarle. Pero, ¿de qué servía? No encontrarían nada si eran asesinado, Max por segunda vez, si eso tenía algo de lógica, o quizá él estaba a salvo.

Apretó la mandíbula atrayendo sus pies hacia atrás, colocó ambos pies sobre el techo caído y se levantó de impulso que le hizo doler la manos, allí donde frío se materializó como un toque de hielo. Giró sobre sus talones y corrió como si el fuego de un incendio en algún bosque seco se estuviera expandiendo sobre él. “Solo tienes que pensar en el peligro”. A su espalda, se escuchaba el crujir del piso ante las pisadas rápidas del demonio. ¿Por qué existían demonios tan grandes y rápidos? ¡Eso iba contra las leyes de la física! Saltó para internarse al portal, agarrando a su paso, el brazo del brujo y tirarlo consigo. Bueno, una noche poco productiva siempre podría tener un final más dramático.
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—Netflix— asintió con vehemencia, pero sin profundizar más en el tema. No lo creía necesario, después de todo la mayoría de las personas sabían de qué se trataba, podría preguntar a cualquiera, y él no estaba allí para responder dudas sobre películas y series.
Cuando Max confirmó lo que él sospechaba, agregando también lo que el brujo no se había atrevido a preguntar acerca de su muerte, Calem sintió otra oleada de compasión por el niño.
—No lo merecías— fue su único comentario. No podría haber añadido nada más ni aún de haberlo querido, puesto que el demonio acaparó toda su atención en ese momento.

Entre las palabras del niño y las del monstruo, a Calem le estaba costando lo suyo pensar con claridad, pero si de algo estaba seguro era de que él no pensaba arriesgar su vida para obtener información que ni siquiera estaban seguros de poder conseguir.
—¿Cómo que "qué es lo que hago"?— espetó— ¡No voy a enfrentarme a un demonio!— su voz, presa del pánico, sonó media octava más alta de lo normal.
No, no, no. Eso sí que no. Podían pedirle cualquier cosa menos eso; ¿Querían que se cruzara con un licántropo descontrolado? Bien. ¿Intercambiar palabras con las hadas? Creía atreverse. ¿Hacerle frente a vampiros novatos sedientos de sangre? Como dirían en "Hércules", been there, done that. ¡Pero que no le pidieran enfrentarse a demonios, porque eso sí que no!
Afortunadamente, en joven fantasma parecía tener algo más de sentido común de lo que Calem solía adjudicar a los Nefilim; solía pensar que tenían especial tendencia a tirarse de narices a situaciones peligrosas de las que la gente normal huiría sin pensarlo (no es que el brujo lo considerara algo completamente negativo, e incluso lo admiraba en algunas ocasiones, pero si su vida estaba en peligro agradecía que su acompañante no tuviera ataques de grandeza).

—Te doy permiso para entrar en mi hogar— masculló en dirección a Max un segundo antes de que éste lo arrastrara a través del portal. La casa del brujo estaba rodeada de muchas salvaguardas que no le permitían la entrada a cualquiera, y aunque el niño seguramente no presentaría ninguna amenaza, el hecho de ser un fantasma, seres que jamás habían estado dentro de sus cuatro paredes con anterioridad, le hacía dudar sobre si sería bienvenido o en cambio no podría pasar. Por si acaso, no estaba de más darle permiso.
Aterrizaron en medio del estudio de Calem, haciendo temblar la habitación completa con su impacto; los libros se tambalearon peligrosamente en sus estanterías, pero afortunadamente ninguno cayó al suelo. La falta de un comentario curioso y una cabeza rubia asomándose por la puerta para ver qué había pasado le indicaron que Bianca no estaba en casa.

—No pienso volver a pisar Times Square en mi vida— murmuró de mal humor. A continuación miró al muchacho, y relajó la posición defensiva que había adoptado hasta entonces. Si él, que tenía doscientos años y había visto todo tipo de cosas se había llevado semejante susto, Max, que era apenas un niño y había muerto a manos del hijo de Lilith (la madre de todos los demonios, ni más ni menos) antes de haber siquiera debutado como Nefilim hecho y derecho, debería estar tanto o más asustado que él. O, al menos, eso creía.
Y aunque por lo general Calem no se caracterizaba por ser amable con los demás, siempre podía hacer excepciones.
—Desconozco si los fantasmas pueden ingerir alimentos o no, pero en caso afirmativo, ¿gustas de una bebida caliente y algo para acompañarla? Hemos pasado por bastante, no estaría mal que podamos relajarnos un momento.


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Todos decían lo mismo respecto a su muerte. Lo cierto era, que al menos él había tenido una muerte rápida, ni siquiera tuvo tiempo de lamentar su existencia o pensar en todas esas cosas que aún no había hecho; como su primera runa o encontrarse con su parabatai. Desde su regreso, no había hecho más que asombrarse por la separación de sus padres, la aparente unión de su hermano con Bane, el radical cambio de Jace y las hebras blancas que manchaban el cabello inmaculado de su madre. Y solo en la comprensión de su propia inexistencia, es que llegó a pensar en todo aquello que se estaba perdiendo, sintiendo en mucho tiempo, la antipatía de la tristeza.

Volvería a rodar los ojos, pero se le ocurrió que sería de mal gusto, no podía ir machacando el sentido de conmoción de las personas, todos sentían las muertes de la guerra oscura con profundo pesar. Después de todo, los subterráneos y nephilim habían hecho desaparecer cualquier clase de diferencia y unieron sus habilidades contra el verdadero villano de la historia. Max no conseguía pensar en Sebástian sin tener un escalofrío.

“¿Qué no hará nada!, ¡Es un brujo, un brujo de doscientos años!”, repentinamente, su boca clamaba el sabor transparente del agua helada. “Y tu un nephilim” continuó recriminándose, tardó muy poco para ponerse de pie. Sentía la pesadez en sus hombros pero no estaba para enfrentarse tampoco, ¡era un niño! Y no tenía ninguna formación, conocía muchas cosas gracias a los libros, pero todo era meramente teórico, así que estaba seguro que de querer enfrentar a esa descomunal chinche radioactiva, tendría que hacer algo más que leer…

En su precipitada carrera por la salvación, el cazador de sombras se lanzó a lo inesperado tan de lleno que apenas y se pudo frenar de un sentón. Entonces, escuchando la voz del brujo, se recostó en el suelo. En definitiva, él tampoco regresaría… bueno, quizá algún día.

—¿Por qué…?— levantó la cabeza y volvió a dejarla caer en el suelo —¿por qué la invitación?— rodó sobre su costado para ver mejor la habitación, libros llenaban la estantería y las cortinas no eran del todo masculina así que presumió que alguien más vivía allí aparte del brujo.

Suspiró.

—Me encantaría— dijo sin más. Él no necesitaba comer, pero tampoco le estaba prohibido. Y no, no se le derramaba la comida sobre un estómago traslúcido y terminaba tirado en el suelo intacto. Poniéndose de pie con aire abatido se colocó junto al subterráneo, —¿dónde estamos?



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A Calem poco le importaba quedar como un cobarde, un asqueroso cobarde, en aquella situación. ¿Y por qué debería importarle, cuando rara vez hacía caso de lo que las demás personas pensaban o decían de él? Además, Max era solo un niño, y no entendía las razones que él tenía para querer huir de los demonios con todas sus fuerzas, para evitarlos a toda costa y, de ser posible, jamás tratar con ellos en lo que le quedaba de su inmortal vida (es decir, nunca. No le gustaba siquiera aceptar trabajos que tuvieran relación con demonios, especialmente de invocación). El brujo no quería decir que lo que sentía por los demonios era miedo, pero esa era casi exactamente la descripción adecuada.  

Por eso, se sintió aliviado de estar en su propia casa, en su estudio, rodeado de cosas conocidas. Incluso sintió alivio de ver aquellas cortinas tan sosas que Bianca había escogido en su lugar, que no es que le disgustaran precisamente, pero no eran las que él hubiera elegido. Allí, se sentía a salvo, porque sabía todas las protecciones que el edificio tenía para proteger a sus habitantes de cualquier ataque.
Se encaminó a la cocina, esperando que el niño lo siguiera por cuenta propia y no estuviera esperando una invitación formal a salir de aquella habitación.

Cuando Max le preguntó el por qué de la invitación, Calem quedó desconcertado, porque no estaba muy seguro de conocer la respuesta; no sabía por qué lo había hecho.
—Porque necesito comer— dijo finalmente —Y sería absolutamente maleducado de mi parte si lo hiciera y no te invitara. Y porque me interesa que mantengas mi participación en ésta pequeña aventura lejos de los oídos de los demás Nefilim, y lo menos que puedo hacer a cambio de pedírtelo es ser amable contigo. Deberías sentirte honrado, no es algo que pase muy seguido— agregó, y continuó caminando. No añadió que le daba algo de lástima por haber sido asesinado vilmente en una guerra que no le concernía, y que además sabía muy bien lo que era ser atacado por un demonio descontrolado y sentía cierta simpatía por él al haber sufrido algo similar (aunque técnicamente a Calem ningún demonio lo había atacado directamente, uno se había descontrolado allí mismo, en su estudio, y las consecuencias habían sido desastrosas para el brujo).

—Vamos, entonces— le apremió, atravesando toda la casa hasta llegar a la cocina —Estamos en mi casa. No toques nada que pueda romperse, algunos de éstos libros son más antiguos que toda tu familia junta— dijo señalando algunas estanterías al pasar.

Se acercó a uno de los estantes de la cocina, arrepintiéndose un poco de haber ofrecido comida a su invitado. Rara vez Calem accedía a compartir sus alimentos con otra persona, y ésta, por lo general, debía ser alguien medianamente importante en su vida para que él le permitiera quitarle una papa frita del plato, una galleta del paquete o la fresa de un pastel. Y dado que su más antigua y gran amiga era una vampiresa, hacía un buen tiempo que no se dignaba a ofrecerle alimentos a alguien externo. Afortunadamente, sabiendo que sería bastante rudo no ofrecerle, o negarle, comida a un cliente que por casualidad tuviera cita a la hora de la merienda, el brujo siempre tenía guardados unos cuantos refrigerios "para invitados". Seguía siendo compartir comida con ellos, pero al menos, sabiendo que la había comprado exclusivamente con el fin de dársela a alguien más, aliviaba un poco su sufrimiento.

Le tendió una taza, escogió otra para él y puso agua a calentar con un chasquido de sus dedos.
—¿Qué vas a tomar? tengo café, té y chocolate caliente. Para comer hay galletas— sacó varios paquetes de Oreos de la estantería de comida para invitados.


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—Ah— masculló sin apenarse de ello. Sus ojos curiosos se entretenían en los libros con el aspecto envejecido mientras se ponía de pie y analizaba la situación en su cabeza. ¡Por el Ángel, estaba en casa de un subterráneo! A Maryse le iba a dar algo, aunque sería un grandísimo tonto si le contaba, así que probablemente viviría con la boca cerrada respecto al tema. —Me siento honrado, por supuesto que sí, y agradezco que me haya salvado— el semblante de Max pareció imperturbable, era una de esas pocas cualidades que había heredado de los Lightwood, igual que una botella de cristal helado, sin perturbaciones.

—No le diré a nadie— negó, —mi familia ni siquiera debe enterarse que estuve allí— "¡y con un subterráneo además!"

Con la sonrisa entre burla indiscreta y curiosa, anduvo hasta la cocina. Sus ojos ávidos de conocimiento barrieron las puertas, deseó poder fisgonear a gusto, pero era lo peor que podría llegar a hacer en una casa ajena. Hasta sus hermanos se molestaban cuando curioseaba en sus habitaciones, no quería despertar la furia infernal de un Hijo de Lilith. Nunca había presencia ni siquiera un acto de magia rustico de un mundano, menos los de un brujo en acción. Apenas y recordaba aquella vez en que Bane había abierto el portal que les llevaría a Idris, así que a eso se reducía su experiencia con la magia.

Estiró la mano, sus dedos tocaron la pared en apenas un roce que retiró con rapidez ante las palabras del brujo. —No soy bebé para que digas eso— frunció el entrecejo agarrando sus manos en la espalda, igual que un crío. Bueno, sí que seguía siendo un niño. Se inclinó en una pila de libros, en efecto, su apariencia parecía ser de cuero curtido de hace tanto tiempo, que las esquitas estaban resquebrajándose sin piedad, —tienen hojas de papel india, ¿verdad?— comiéndose las ansias de hojearlo, se desistió concentrándose en las galletas.

—Té, por favor— se sentó de un salto inspeccionando los círculos de harina, chocolate y alguna especie de crema. Max solo comía galletas hechas por Maryse, eran deliciosas y jamás habían necesitado de las mundanas. Pero no solían tener doble capa, mucho chocolate sí, ¿pero dos galletas unidas? Encogiéndose de hombros, mordió la galleta. Era mucha azúcar, le encantó… —uhmm—saboreó cerrando los ojos, —es muy raro esto, pasar del peligro a comer galletas— se giró abriendo los ojos y cogiendo un par de galletas, —¿vives con tu esposa? ¿es también una bruja?
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—Bien— fue todo lo que dijo, pero, en el fondo, se encontraba más que satisfecho por sus palabras. ¡Pues claro que debía estar agradecido porque le hubiera salvado! No porque Calem se creyera lo suficientemente importante como para tener la necesidad de recibir agradecimientos (él no era Maui, el semidiós petulante de Moana, después de todo), ¡sino que cualquiera con sentido común debería darse cuenta de algo así! No obstante, lo dejó pasar; de nada le valía comenzar a filosofar con algo así cuando tenían cosas más importantes que hacer, como comer.
—Entonces, si tú no mencionas mi existencia, yo procuraré no mencionar la tuya, y todos felices— ofreció. ¿A quién podría acaso mencionarle él la pequeña aventura con Max que pudiera irle con el cuento a su familia? Posiblemente a nadie; pero quería asegurarle que no lo mencionaría de todas formas.

Continuó su camino hacia la cocina, hablando sin siquiera voltearse a ver al niño.
—No lo digo porque seas un bebé, lo digo porque se lo advierto a cualquiera. No me gustan las manchas de manos sucias en mis paredes, mucho menos en mis libros— explicó. Y aunque no lo mencionó en voz alta, sí pensó que incluso tenía que repetirle aquello a Bianca, que gustaba de convertir sus libros en estanterías cada vez que necesitaba sitio para apoyar algo.
Le dedicó apenas una pequeña mirada y un asentimiento para responder a su pregunta respecto al libro. No le apetecía entrar en detalles porque en ese momento lo único que realmente quería era comer algo, y no haría más que demorar aquello si se detenía a explicarle datos al azar de sus libros, por mucho que, por lo general, le gustara hacerlo.

—¿Qué clase de té? Tengo varios, escoge uno— a medida que hablaba, realizaba movimientos con las manos para preparar las bebidas sin tener que moverse de su sitio. Una caja llena de diferentes tipos de tés llegó volando a posarse frente a Max, mientras que el botón de encendido de la pava eléctrica se bajaba solo para comenzar a calentar el agua. Calem solía hacer cosas como esas (utilizar sus poderes para cosas cotidianas) cuando se sentía mentalmente incapacitado para hacerlas por sí mismo, como era el caso en ese momento. Tras el ataque de un demonio, todo lo que quería era comer oreos y tomar un buen café, no tener que tomarse el trabajo de preparar aquello por él mismo.
A veces, en un arranque de cierto humor que ni él comprendía por qué tenía, comenzaba a cantar la canción del Hada madrina de Cenicienta mientras hacía la limpieza o se encargaba de asuntos mundanos mediante la magia. Otras melodías con menciones especiales en su repertorio en aquellas ocasiones eran la "Happy working song" de Encantada, "When will my life begin", de Enredados y la canción sin letra, "El aprendiz del hechicero", de la película de Disney "Fantasía", ésta última siendo su favorita. (Si alguien le preguntaba alguna vez cómo era que se sabía todas esas canciones de películas infantiles, él respondería misteriosamente que "tenía mucho tiempo libre").

No obstante, ese día no comenzó a cantar ninguna de las canciones anteriormente nombradas -no haría el ridículo frente a ningún Nefilim, fantasma o no-, sino que se dedicó por entero a la improvisada merienda.
—¿Raro? La comida es una buena manera de pensar en otra cosa— su tono claramente decía "quisiera que no me recordaras lo que acaba de suceder, por favor y gracias". El agua de la pava eléctrica comenzó a hervir, y con un movimiento de la mano Calem la acercó hasta ellos y dejó que Max se sirviera primero, dedicándole toda su atención a las Oreos hasta que la última pregunta del niño le hizo atragantarse.

—¿Con mi qué?— repitió golpeándose el pecho, con lágrimas en los ojos y soltando a su vez pequeñas toces a causa del ahogamiento —No, claro que no, no estoy casado, ¡ni siquiera tengo pareja! ¿Qué te hizo pensar esa ridícula idea?


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Chasqueó la lengua con desagrado mientras se esforzaba por no hacer nada que pudiera molestar al brujo. Fisgonear siempre había sido su placer culposo, pero ahora se contentaba con mantener los ojos abiertos por toda la información que alcanzara a ver. Los cazadores de sombras solían vanagloriarse de ser excelentes observadores, eran muy perspicaces. Para Max, una de sus mejores cualidades eran la observación, pero solo para él. Se entretenía bastante sacando sus propias conclusiones y haciendo alarde ello mentalmente. Mientras que disfrutaba viendo como los demás intentaban alinearse con sus pensamientos. Sin embargo, en casa existían excepcionales cazadores que nunca necesitaron de él. Era un niño, siempre se reducía a ello.


Max jugueteó con las oreo hasta que miró la caja con los té y las cosas moverse con sumo encanto. Interesado, se hizo de la caja, aunque su mirada recaía allí donde los electrodomésticos se encendían y el agua comenzaba a gorgotear. El infante cogió una bolsita de té sin mirarla, solo se inclinó para apreciar la tetera antes de cogerla y darle una inspección. “¡Vaya!” pensó con asombro vertiendo el agua y dejando que el primer aroma frutal se elevara como el viento. Antes de poder acercarse la taza a los labios, la alarma se encendió dentro de él, después emitió una risita ahogada y bebió.


Sabía a durazno, quizá con un toque de miel. Era una bebida muy dulce, culpo, por supuesto, a las oreo, porque de otra forma, su boca habría conservado la sequedad del miedo anterior. Sorbió un poco más antes de contestar. Se notaba el toque nervioso e ¿indignado? El Lightwood se había sorprendido un poco por aquello, ¿es que no era muy obvio? Nadie podría tener cortinas con pequeños holanes de ser soltero. Izzy solía usar mucho esa clase de cosas, holanes, tiras, cintas, pompones de colores… son cosas que mantenía en estrecha relación con las chicas, no por ser misógino, sino por la delicadeza que demostraban con los detalles.  Además, estaba el carácter de la costumbre, con lo que siempre se ha vivido. Y él, hasta antes morir, tenía unos padres a su lado, llevaban desde siempre, desde su tierna edad de juventud. Así pensaba que se movían todos, a menos que hubiesen muerto, como los padres de Jace. ¡Y era un brujo de doscientos años! ¿Se suponía que estaba solo? ¿Todo ese tiempo? Pensó en Bane y se desalentó en sus pensamientos.


Suspiró el calor del brebaje.


—Las cortinas— señaló con la taza como si a eso se redujera toda su conclusión. Acto seguido comió una galleta, —no vives solo… pensé— se encogió de hombros volviendo su entera atención a la crema blanca de la galleta. Le pediría a Alec que le comprara de estas galletas, su hermano estaba en la etapa en que no le negaba nada, de hecho, nadie lo hacía.
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Calem se dedicó a comer mientras dejaba que el niño se fascinara con su magia todo lo que quisiera; era lo que hacía cuando quería olvidar una mala pasada, como si la comida fuera mejor desmemorizante que cualquier hechizo. Al menos para él, ese era el efecto que ejercía, más o menos. Claro que no conseguía olvidar por completo la experiencia pasada (necesitaría más que unas cuantas Oreos para ello), pero al menos podía concentrarse en comer y nada más que en comer.

Escuchó con atención la explicación de Max sobre cómo había llegado a esa absurda (al menos, absurda para él) conclusión, y se dio cuenta de que, en cierto sentido, su forma de pensar tenía lógica. Suspiró.

—Una amiga vive conmigo— explicó, aunque sin entrar en detalles. El niño no tenía por qué saber que su amiga era una vampiresa algo rebelde, ni que él decía "vivir" pero lo cierto era que pasaba tanto tiempo fuera de casa como dentro de ella. Tampoco tenía por qué enterarse de que Calem no creía que el matrimonio y la inmortalidad fueran cosas compatibles; o bien veías a tu pareja morir o tenías que soportarla por toda la eternidad, y él creía que ningún amor podía durar tanto.
No, podía ahorrarle aquellos pensamientos pesimistas y los detalles de los movimientos y acciones de Bianca, a quien no quería meter en problema alguno. Antes muerto que revelar información de su amiga a los Nefilim, por irrelevante que fuera.

—Le dejo escoger las decoraciones de la casa a veces— añadió para que quedara absolutamente resuelto el misterio de las cortinas. Aunque en realidad no era que él le diera o no permiso para hacerlo, sino que ella simplemente hacía lo que quería cuando quería. Calem ya se había acostumbrado a su forma de ser muchos años atrás, y estaba resignado a que la chica no cambiaría. Al menos tenía buen gusto.


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Tan pronto se dio cuenta, había comido una cantidad exorbitante de galletas. No era posible que se dedicase a comer cuando ni siquiera obtuvo información, a este paso, lo único que sabría es que Sebástian tenía algo que ver con todo ese asunto, cosa que era poco e irrelevante, muy bien, era muy importante pero no había más. De ser un verdadero cazador de sombras, uno cuya formación no se basara en libros y comics, ya estaría enterado de todo, eso era lo que más le molestaba, su eterna diatriba sobre lo mucho que estaba perdiendo y lo que verdaderamente estaba haciendo para corregirlo.

Con una diminuta sonrisa asintió. Así que una amiga. Eso le resultó interesante. Max no solía tener “amigos”, las únicas personas que conocía eran sus hermanos y ellos estaban muy ocupados por crecer que no prestaba atención al pequeño Lightwood, incluso ahora, era un bebé frágil al que necesitaban proteger y mantener escondido de los mirones, más cuando otros cazadores llegaban a buscar cobijo en las paredes del Instituto.

Quería hacer otro comentario respecto a eso pero decidió callar y comer una galleta más. Fascinado y ligeramente alegre apuró su té. Por un momento, quiso quedarse más tiempo para perderse un rato en aquel lugar donde los libros abundaban y la magia parecía querer conquistarle, además de que quería conocer a la joven amiga del brujo, estaba seguro que se trataba de una subterránea, ellos solían reducir sus círculos , no más que los nephilim, claro. Pero, debía regresar a casa, clareaba el día y Maryse nunca se perdía oportunidad de ir a su habitación y despertarlo con una caricia en los cabellos. Al menos, fingía despertar, solo para seguir pareciendo normal. Deseaba que todo lo fuera.

—De acuerdo…— musitó poniéndose de pie, subió la cremallera de su chaqueta y le sonrió —tengo que irme, y seguramente usted debe tener cosas de brujo que hacer— ahora se cuestionaba que serían esas cosas que un brujo haría. ¿Adivinaría el futuro como las gitanas de central Park? —yo… bueno, gracias por salvarme— se encogió de hombros comenzando a caminar hacia la puerta, —quizá… quizá si sabes algo, en algún momento, quisieras compartir tu información conmigo— porque estaba claro que Max no se conformaría con una sola expedición.

Volvió a encogerse regresó corriendo, cogió una galleta —¡y gracias por las galletas!— soltó en voz bastante alta y corriendo se fue a la salida. Abrió la puerta de un tirón y se giró para decirle adiós con la mano antes de cerrar de un portazo que derribó algo en el interior de la casa. Max se lamentó por ello pero se contentó con devorar su galleta y descubrir el regreso a casa.

—¡Por el Ángel! ¿Y dónde estoy?
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Calem continuó comiendo en silencio, bebiendo, de tanto en tanto, un sorbo de su bebida caliente para contrarrestar la seca masa de las galletas Oreo, preguntándose para sus adentros en dónde diablos se habría metido Bianca en esa ocasión. La vampiresa pasaba tanto tiempo dentro como fuera de la casa, y para él siempre era un misterio el qué hacía fuera de aquellas cuatro paredes, ya que prefería no inmiscuirse en la vida privada de su amiga a menos que lo creyera necesario para salvarla de un aprieto; claro que, para él, "no inmiscuirse" significaba "no rastrearla cada segundo que pasara fuera", porque apenas la muchacha ponía un pie dentro del umbral él no se sentía culpable de hacerle todo tipo de preguntas. ¿Dónde había estado, si podía saberse? ¿Y con quién? ¿Se había divertido? ¿No se habría metido en problemas, verdad? A veces, parecía más una madre preocupada que un amigo, lo que resultaba bastante irónico teniendo en cuenta el hecho de que a Calem no le hacía gracia la idea de tener niños.  
Claro que Bianca era completamente libre de responder o no a sus interrogatorios (en ocasiones no decía una sola palabra), y el brujo no se molestaba por ello, de modo que, de una forma u otra, él no sentía como si se estuviera metiendo en sus asuntos. Ella sólo le contaba lo que quería contarle, después de todo.

Cuando Max se puso de pie, Calem lo imitó, llevándose a la boca en un ademán distraído otra galleta y masticándola mientras le acompañaba hasta la puerta.
—Sí, bueno, gracias por acompañarme— dijo a media voz, ligeramente a regañadientes, como si agradecer por semejante cosa le costase una barbaridad. Hizo un ademán indefinido cuando el niño expresó su siguiente comentario; si de casualidad se lo encontraba nuevamente y sabía algo nuevo, o si él iba a buscarlo a su casa con preguntas, posiblemente, tras algunas protestas, no tuviera problemas en revelarle nueva información, si es que la tenía, lo que sí no pensaba hacer era correr directamente en dirección al instituto a gritarle información gratuita a los Nefilim (¡él cobraba por ese tipo de cosas! Si trabajase gratis para cualquiera que se lo pidiera, ¡terminaría viviendo en la calle!).

El brujo hizo un gesto de preocupación cuando el pequeño cerró la puerta con fuerza y vio sus preciosos libros tambalearse, y asomó la cabeza decidido a regañarle, ya que por su culpa su ejemplar de 1001 hierbas curativas había acabado en el suelo, pero justo en ese momento lo oyó preguntarse a sí mismo por su ubicación actual, y no pudo evitar responder.
—Te encuentras en el número 78 de Lafayette Street. El instituto queda para ese lado— señaló con la cabeza —Aquí trabajo. Si alguno de los tuyos necesita los servicios de un brujo y Bane no está disponible, puedes enviármelos. Tengo buenos precios y ofrezco descuentos para subterráneos. ¡Y sé un poco más delicado la próxima vez!— remató antes de cerrar la puerta nuevamente y volver a la seguridad de su hogar.


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