29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del día 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


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Los humanos, no los lugares, construyen los recuerdos || Libre

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Los humanos, no los lugares, construyen los recuerdos.
→ INVERNADERO → ROSALIA → TEMPLADO

Los recuerdos son una forma de aferrarte a las cosas que amas, las cosas que eres, las cosas que no quieres perder.


—Qué… cálido.

Tan intacto como se podría esperar; algunas macetas desbordadas por exceso de hierbas crecidas, flores marchitas desperdigadas aquí y allá, y el intenso aroma a vida encasillando hasta las paredes con una discreta enredadera ganando terreno. La luz de la luna se filtraba esplendorosa en el opaco cristal, apenas un ápice de brillantes. Hodge jamás habría dejado que éste grado de descuido se hubiese apoderado de su tesoro más preciado.


—Es un paraíso, pequeño Max— había dicho hace mucho, con su mirada soñadora que le invitaba al más joven de los Lightwood a imaginar aquello que atesoraba su tutor, —es un pedacito de Idris, nuestro hogar.”

Max, por supuesto entendía aquello como palabras queridas, pero jamás había visto Idris salvo en libros, así que para él no significaba lo mismo, aunque intentó con toda su inocencia, comprenderlo, amarlo y extrañarlo también. Y no es que ahora pudiera hacerlo, pues su paseo al hogar de los nephilim traía los recuerdos de la traición, del adiós.

Pensó en qué tal vez, no solo recordara a Idris como una la cuna de los cazadores de sombras, sino, por todos aquellos recuerdos que llenaban de cariño, añoranza y esperanza. Quizá, simplemente tendría que darle un nuevo significado a ese lugar, algo que podría hacer por él, por su tutor y por todos los nephilim que morían luchando como los grandes guerreros que eran. Aun el nephilim más débil anteponía la paz de su mundo antes de sí mismo, y esa valentía no esperaba alabanzas, cánticos y fiesta. Esperaba honor y memoria.

—Yo cuidaré de tu hogar, Hodge.

Inhalando profundamente hasta que sentía el cosquilleo en la nariz, se internó en el invernadero, dejando que las flores a su alrededor le cobijaran igual que la mesurada voz de Hogde cuando le entonó aquella canción de cuna a sus escasos tres años. Su tutor no era un hombre sencillo al que pudieras arrebatarle melodías, pero quizá solo se doblegaba cuando sabía que esos infantes crecerían y olvidarían que él, alguna vez, arrugó su traje para sentarse en el suelo y verles dormir.

—Duerme ya, pequeño Max— canturreó —duerme y sueña con ángeles que te sonríen desde el cielo. Duerme entre mis brazos, cálido y amado,— ni siquiera lo había cogido en brazos, Max lo veía desde la barandilla de protección, con los ojitos somnolientos y su manita junto a la boca. Hogde bajaba la voz, un murmullo apenas audible para el Lightwood, —que yo te protegeré mientras pueda.”

Duerme ya, mi pequeño,
duerme y sueña con los ángeles
te sonrien desde el cielo.

Duerme entre mis brazos, cálido y amado
que yo te protegeré, mientras pueda.

Y es que un día, a la batalla deberás salir.
Estarás lejos de tu hogar;
cazando dragones,
y algunos monstruos oni.

Con el poder del ángel corriendo en tus venas,
un cuchillo empuñaras,
nombrándole con pseudónimo angelical.

Pero ahora duerme, mi niño,
porque yo te protejo
de cualquier demonio
en horribles pesadillas.
Ni rapiñadores ni demonios dragones
podrán, jamás, jamás… jamás
robar tu aliento, ni merodearán
entre tus sueños…

Y así, el joven cazador de sombras, cuya vida fue arrancada de manera prematura y "obligado" a vivir entre los vivos bajo las leyes más terrenales, se dispuso a coger un balde de agua, una palita y unas tijeras. Éste pequeño paraíso de Idris, volvía a ser lo que en un tiempo fue, más lleno de vida...


Última edición por Maxwell Joseph Lightwood el Mar Abr 03, 2018 6:10 pm, editado 1 vez
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Los humanos, no los lugares, construyen los recuerdos
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Ella había creído que si tenia paciencia, el tiempo diría y las cosas terminarían por mejorare, o al menos aquello era lo que había estado funcionando desde el dia en que un hermano silencioso colocó sobre ella su primera marca del ángel.  Había vivido mas tiempo del que nadie pudo predecir, y sabia que aquello era un regalo del cual debía sentirse afortunada, porque escapar de la muerte no era una cosa fácil y ella había estado lográndolo por mas de veinte años... Pero sabia que ignorar los síntomas y esperar a que estos desaparecieran era solo una mentira autoaprendida que aliviaba su incertidumbre y su desesperación, y pese a saber que las cosas solo empeorarían si ella no hacia algo, decidió guardar para si misma aquellos malos augurios que le impedían dormir durante las noches de invierno.

Cada vez le costaba mas entrenar sin sentirse presa de una asfixia o experimentar mareos de lo mas inoportunos. Antes aquello podia aliviarlo perfectamente con las runas curativas, trazadas religiosamente cada día sobre su piel, pero a medida que pasaba el tiempo parecía que su cuerpo ya no era capaz de asumirlas como una solución.

Sentía que aquellos malestares solo eran el presagio de algo peor, pero decidió de todas maneras no contarle a nadie lo que sucedía. Cuando sentía un inmenso cansancio y un malestar insoportable procuraba alejarse a algún lugar recóndito del instituto donde nadie pudiese hacerle preguntas, donde nadie adivinara lo que estaba sucediendo en realidad. Con un suspiro de derrota arrastro los pies hacia el invernadero, bellamente iluminado pero descuidado debido a que nadie tenia tiempo para el; Aquel lugar era sencillamente hermoso, y a veces se preguntaba si la persona encargada de cuidarlo aun se encontraba entre los vivos...

Estaba a punto de sentarse en un rincón mas o menos despejado que no había sido invadido por la flora cuando se percató de un sonido provenir de unos metros mas allá. Rosa frunció el seño y repasó con la mirada el lugar, sin poder vislumbrar la fuente de aquel ruido –¿Hola? ¿Hay alguien aquí?– Preguntó, con una voz lo suficientemente alta como para lograr ser escuchada por los alrededores, mientras se disponía a caminar para encontrar al misterioso huésped.


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Ocupado estaba recolectando los pétalos de flores marchitas, que no escuchó la puerta abrirse, y es que todavía el agua de la pequeña fuente caía en un chisporreo verdoso; tendría que limpiar eso también, en realidad había mucho por hacer y esperaba que su madre le permitiera perderse todas las horas aquí y no en su habitación, donde no podía ser percibido por nadie. Maryse se sentía temerosa porque la Clave se enterara que Max rondaba entre los vivos. Así que la rutina de interacción del infante era simple: biblioteca o habitación. Para un niño de su edad, eso solía volverse un verdadero problema, el aburrimiento le consumía cuando se cansaba de leer, y aunque siempre fue bastante tranquilo, justo ahora se le antojaba hacer todo aquello que no le era permitido.

El ruido de la entrada no le causó reacción alguna, porque él estaba ensimismado en su cancioncilla que apenas y se elevaba para no ser un susurro. Tenía un libro sobre jardinería abierto junto a la fuente, algunas de sus hojas ya estaban manchadas de tierra y gotas de agua. Se vio escandalizado en las primeras gotas, pero después se sumergió más en su tarea que ya ni apreció lo doliente del libro. Todavía no pasaba de la “etapa” del abono, tardó más de una hora retirando la “mala hierba” y el abono parecía más complicado. Los gusanos le hicieron recordar la historia que William había contado a carcajada abierta sobre Benedict, su antepasado. “Debió ser desagradable” pensó con interés viendo a un gusanillo enredarse en sus dedos.

Pero cuando una voz reverberó como la luz de un faro, el chiquillo soltó todo dentro de la cubeta llena de tierra y hojas. Se puso de pie con el entrecejo fruncido, queriendo ver quien había osado subir al invernadero. Claramente no era su hermana, la identificaba a la perfección. Pero esta era una chica con quien no había hablado, no es como si hubiese hablado con alguien, en todo caso.

Max miró a ambos lados buscando un escape. El verdadero problema allí es que todo eso era como un mini laberinto, muy bajo para considerarse uno, pero estaba lleno de pasillos. Quizá Hogde amaba perderse entre helechos y flores o era una disposición casual de cualquier invernadero, vaya uno a saberlo, lo cierto es que ahora suponía un indudable inconveniente, pues apenas y alcanzaba ver al otro lado como para saber si ella vendría de esa dirección.

Con un suspiro imperceptible, giró sobre sus talones y salió huyendo en el pasillo, intentó ir lo más silencioso posible. ¡Era un fantasma, por el Ángel! Y no es como si eso importase mucho, seguía siendo un total descaro de la torpeza en muchas de las situaciones. Se metió en el caminillo de piedras, —¿por qué Hogde metía piedras aquí?—, imaginó que tenía que ver con decoración, pero esa cosa que no entendía la razón del porqué, hizo que se resbalara y causara un sonido de ruidoso zapateo. Menos mal no había caído, eso no se habría visto bien en un cazador de sombras, por poco experimentado que estuviera.

Se medio arrojó al otro lado de un par de cajones llenos más piedrecillas rojizas y blancas, y esperó que la mujer saliera sin seguir curioseando a su alrededor, mejor, sin escucharlo siquiera.


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Los humanos, no los lugares, construyen los recuerdos
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De algún modo, la belleza caótica del invernadero hizo que la repentina incertidumbre de la cazadora de sombras se potencializara y lo que a ella inicialmente le había parecido como un precioso y privado rincón del instituto olvidado por el mundo se convirtiera en el escondrijo perfecto para alguien, o algo, que no quería ser encontrado.

Sintió un sudor gélido descendiéndole por la espalda a medida en que avanzaba, advirtiendo que había una especie de frio por el alrededor. No era un frio que le hacia tiritar como en el invierno, no, aquello era algo extraño y preocupante, una sensación tan perturbadora que hizo que se le pusiera la piel de gallina. Por supuesto sabia que al instituto solo podían entrar aquellos que eran hijos del ángel, que las puertas no podrían abrirse  a alguna presencia maligna, pero en los últimos meses habían sucedido tantas cosas que ella creía imposibles, que la idea de que algún ser del averno lograra irrumpir en terreno sagrado ya no se le hacia tan descabellada. La gente de Valentine parecía ir un paso delante de ellos, los demonios parecían traspasar salvaguardias con la facilidad con que se rompe la tela de una araña. Ningún lugar del mundo parecía estar protegido de la rabia de Sebastian Morgenstern…

Pero entonces lo vio, y todos los pensamientos ligados a una posible invasión se desvanecieron y dieron paso a una extrema confusión. Entre un reguero de setos demasiado altos, vislumbró una figura humana y diminuta.


–¿Qué?–
preguntando a nadie en especifico, al mismo tiempo en que movía la cabeza de un lado a otro como para librarse del estupor –Hey espera, no tienes porque esconderte ¿Qué estas haciendo aquí arriba tesoro? No creo que este lugar sea…– Comenzó a decir muy lentamente, buscando no asustar al pequeño mas de lo que este parecía. Tenia unos enormes ojos azules y el pequeño rostro ovalado que delataba que no podía tener mas de trece años. El inicio de una sonrisa comenzaba a asomar los labios de Rosalía cuando se dio cuenta de algo extraño, en aquel niño, en la forma que este parecía no materializarse completamente y que la sensación gélida parecía aumentar con cada paso que ella daba para acercarse –Ohh…– Murmuró, deteniéndose en el acto. Por un segundo pensó que hubiese preferido toparse con un demonio. Al menos si se hubiese tratado de un demonio ella hubiese sabido que hacer, pero nunca nadie le había explicado como debía actuar cuando se encontrara con el fantasma de un niño.


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Max se mantuvo en cuclillas esperando que por el Ángel, quien quiera que fuera la persona que estuviera deambulando por allí, se fuera. Quizá él podría hacer algo para asustarla, pero aún no pensaba en sí mismo como alguien muerto, un fantasma con una sábana sobre la cabeza e inmenso agujeros negros por ojos; ni siquiera había jugado a ello jamás, sus hermanos no eran muy dados a ello, sus juegos eran peleas, estrategias y bromas pesadas. Y tampoco podría hacer lo que Jamie y sus eternas travesuras de “fantasmas”, incluso había mencionado que lo había hecho de vivo, pues poseía habilidades. Aunado a ello, el más joven de los Lightwood se caracterizaba por tener un carácter más sosegado, menos que Alec, pero si un tanto pacífico, después de todo, no había llegado a la edad de entretenerse entre combates.

Su pálido rostro se desvaneció en el momento en que la vio, definitivamente no la había visto merodeando el Instituto y es que en estos últimos meses los cazadores de sombras iban y venían al Instituto como nunca, lo que le dejaba cargado de curiosidades sobre sus acentos, cabellos y maneras de pelear. A veces se quedaba toda la noche en la sala de entrenamiento mientras veía desfilar a los nephilim de distintas nacionalidades quienes perdidos en los horarios, se mantenían entrenando.

Pero ella lo captó, ¿¡por qué no!? La mala fortuna parecía seguirle y su madre lo mataría por segunda vez por dejarse ver. ¿Quién iba a pensar que eso pasaría cuando estaba en el olvidado y viejo invernadero?

Con un suspiro quejumbroso tan frío como su cuerpo muerto un día lo fue, se acercó a la chica, ladeando el rostro y con las facciones serias, tan severas como pudiera parecer un niño de eternos diez años. “¿Qué debería decirle ahora?” Se preguntaba, todos sabían del fallecimiento del hijo menor de los Lightwood. Así que fácilmente sabría que se trataba de él. Pero, estaban siendo demasiado tontos todos, ¿qué importaba un fantasma? Nadie creería aquello, solo los Herondale tenían fama de ver a los que se habían marchado al “más allá”.

—Oh— saludó imitándola, a menos de diez pasos de distancia, —¿quién eres?— su mueca se agrietó en la intensidad de su mirada, —éste es mi invernadero, ¿no te han dicho tus padres que es de mala educación ir a las habitaciones de los demás sin que sean invitados?

Con la expresión a nada de romperse en una risita infantil, Max supo que levitar era algo que no requería de su entera concentración, se elevó para alcanzar la estatura de la joven a la que le sonrió, acto seguido le sopló. Su aliento frío no era una gran habilidad, de hecho, era como esencia propia de quien ya no vive, ¿qué cosa les daría calor? Ya nada, su corazón se había quedado apagado en un cascaron que ahora no era más que cenizas.



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La muerte es un hecho jurídico, la única cosa certera. De un modo u otro la vida esta llena de constantes posibilidades y alternativas, pero la muerte es la unica cosa de la que es imposible escapar.

No era la primera ni la ultima cazadora de sombras que había pensado en ella en mas de una ocasión ¿Como sería? ¿Cuando? ¿Valdría la pena, lograría hacer valer los años de sacrificio y entrenamiento en sus últimos momentos o dejaría un reguero de asuntos sin resolver y condenaría su nombre al olvido? No eran pensamientos especialmente felices y últimamente, debido a su precario estado de salud, se sorprendía a si misma intentando hacerse a la idea de que podia pasar muy pronto.

La vida de cazador de sombras esta repleta de muerte, perdida y orfandad, pero nada de eso hizo mucho mas fácil para ella asimilar lo que sus ojos veían. Desorbitados y del color del amanecer, estudiaban al niño que yacía frente a ella y le provocaba un doloroso nudo debajo de las costillas.

El precipitado movimiento del infante consiguió hacer que la joven pusiera los pies en la tierra con un nervioso parpadeo, fijándose con mas detenimiento en el azul profundo de su mirada y el color azabache de su cabello, rasgos que encendieron en ella un chispazo de reconocimiento –Max– Soltó como en un suspiro, las palabras siendo arrancadas de ella por el asombro –Tu eres... Max Lightwood ¿No es así?– probablemente todos aquellos que llevaban un largo tiempo habitando el instituto de Nueva York conocían la historia del mas joven de los hermanos. Muerto bajo las manos de Sebastian, se había convertido en una de las primeras víctimas de un atentado sin precedentes. Nada de lo que su padre le enseñó había logrado preparar a Rosalía para un momento como aquel –Perdóname, no sabia que no se me estaba permitido subir hasta aqui. En otras ocasiones había visitado el invernadero y no había notado tu presencia– se esforzó en mantenerse serena y no mirarle de un modo que supuso le disgustaría; pena o temor, aquello sin duda hubiese provocado que el jovencito se colocara a la defensiva, y definitivamente ella no quería eso –¿Alguien mas sabe que te encuentras aquí Max?– preguntó con cautela, sin estar demasiado segura de como tratar con el.




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