28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


01/01 ¡El Staff de Facilis Descensus Averni quiere desearos un muy feliz año 2018!


30/12 - Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada. ¡Detalles aquí!


03/12 - Estimados habitantes del submundo. ¡Los nefilims vuelven a estar disponibles!


07/08 - Estimados habitantes del submundo. ¡Aquí tenéis las noticias con las actualizaciones/nuevas propuetas/ideas del foro! ¡Pasaos cuanto antes a echar un ojo!


10/06 - Estimados habitantes del submundo. Ahora tenéis una forma de llevar el recuento de las habilidades especiales de vuestras armas. ¡Sólo tenéis que pasaros por este tema para tener al día el tiempo que os queda hasta la próxima recarga! ¡Pasáos cuanto antes!


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Una hermana, es incluso mejor que un superhéroe || Isabelle S. Lightwood

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"Llámalo clan, llámalo red, llámalo tribu, llámalo familia: como quiera que lo llames, quienquiera que seas, necesitas una".



Olía a algo conocido, tan familiar como la gravilla que se incrustaba en sus pequeños dedos. Olía a vida, a fantasía, humedad, calor y humanidad. Olía, también, a basura, humo y comida. Olía a Nueva York. Un aroma que arropaba su esencia, su existencia en éste plano trascendental, que le daba la bienvenida igual que al hijo pródigo, con una caricia de reconocimiento.

Maxwell Joseph Lightwood, murió de la forma menos pensada para un joven nephilim que era protegido en casa. Sus restos yacían en alguna comuna en la Ciudad de Cristal, donde su vida fue arrebatada y donde su hermana lloró sobre su cuerpo. Por mandamiento bíblico, se esperaba que el chiquillo se mantuviera allá, donde las almas reposan; sin embargo, pese a todo pronóstico, se encontraba…

—En casa— el sonido le atrajo a la realidad. El claxon persistente de los inequívocos taxistas y su eterna prisa.

No percibía el frío, pero al bajar la mirada, se percató que estaba descalzo. No recordaba haberse quitado los zapatos. Le causó extrañeza y cierta incomodidad sentirse, nuevamente, perdido. Reconocía la calle, de tiempo atrás, pero no sabía qué dirección debía tomar. Estaba oscuro, y por la simpleza, sabía qué hacía frío. Y él mismo se sentía incómodo con esta situación, quería regresar y escuchar lo que Gideon le había dicho. ¿Qué habría pasado con todos? Suponía que, preguntárselo, no ayudaba en nada. Si todos hubiesen regresado, lo habrían hecho en circunstancias similares, como él.

”Entonces no estarán aquí” se dijo, el acento, las manías al hablar, la cortesía en las sílabas y los modales, que ya conocía, no eran propios de Nueva York, aunado al tiempo en que habían vivido, estaban todas esas jergas clásica de cada país. Bajo ese precepto, el joven Lightwood caminó hacia el final de la calle. La noche avanzaba conforme un tiempo muy rápido que le agotó.

Un par de horas después y movido por el impulso de encontrarse en su hogar, avistó a la distancia la gótica Iglesia. Una fachada, por supuesto. Pero Max tuvo que fijar la mirada para desmembrar la visión y encontrarse con el Instituto de Cazadores de Sombras de Nueva York; su hogar.

Una sonrisa tiró de sus facciones, aún eran de ese niño cuyos ojos se escondían tras los cristales de sus lentes. Con el corazón durmiendo en la eternidad, se imaginó que latiría con total fuerza, rompería su pecho y caerían trozos en forma de lágrimas. Evidentemente, nada de ello sucedió. De pie, frente a la puerta que parecía tan alta como un gigante, colocó la mano. Cedió, y pensó que probablemente eso no hubiese sido necesario. Él no estaba vivo, lo supo desde el momento en que sus pies tocaron el mundo terrenal. Seguía tan muerto como debía ser…

Adentrándose al Instituto, inhaló profundamente, olía al calor de la chimenea. Movido por esa sensación de cobijo, entró a la sala de estar. El sillón seguía allí, junto a una mesilla redonda y sobre ella, un libro de gruesas pastas. Max volvió a sonreír. Su hogar.

Acarició la portada con la yema de los dedos, cogió el libro y de un salto, se sentó en el sillón. Siempre que pudiera durar el tiempo aquí, él podría acostumbrarse a esto. Ser siempre un niño, tenía sus ventajas, o al menos, eso lo consoló hasta el momento en que la luz se filtró de entre las corridas cortinas…
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La habitación estaba completamente sumida en una oscuridad parcial, el rostro de la joven que yacía sobre la cama estaba bañado con el tenue fulgor de la luz de la ciudad, que venía de lejos, le resultaba muy ajena. La ventana estaba abierta de par en par, dejando pasar un aire húmedo y pesado, cargado de contaminación y los restos de calor del día, que poco a poco iba dando paso al frío de la noche. Sobre la cama, con los pies sobre la almohada y la larga y espesa cabellera negra cayendo por el borde final de la misma, Isabelle Lightwood no podía dormir.

No era sorprendente, era la triste monotonía de cada día y ya ni tan solo conseguía frustrarla. El sonido del reloj en la mesilla de noche llenaba el ambiente, más fuerte que el lejano bullicio de Nueva York. Nunca se lo había planteado pero el Instituto siempre parecía estar detrás de una niebla espesa, que dejaba pasar sonidos y luz, pero que de algún modo lo mitigaba todo. Si se hubiera detenido a pensarlo habría llegado a la conclusión que no podía ser otra cosa que obra del magia. Pero Isabelle sólo tenía un tema en mente, mejor dicho, una persona. Que ahora nunca dejaba de perseguirla. Nunca dejaba de pensar en él.

Y era Max quien no dejaba que su hermana mayor durmiera, por supuesto no por su culpa, sino más bien por su causa. Una sensación asfixiante en el pecho hizo que la chica cerrara los ojos con fuerza, murmurando por debajo de su aliento “perdóname”.

La noche iba pasando, las horas se escurrían entre sus dedos sin que ella se diera cuenta. Sin moverse de la misma maldita posición, completamente helada por el frío de la noche, la joven Lightwood dejó pasar el tiempo creyendo que así todo sería más fácil. Que sufrir era lo que le correspondía. Y de algún modo, su tormento personal le parecía justo, le calmaba por la mañana. Saber que a pesar de odo de algúnmodo podía estar pagando sus errores.

No supo cuanto tiempo había pasado pero cuando la luz empezó a filtrarse por la ventana decidió ponerse en marcha. Después de vestirse y arreglarse, sobretodo corrigiendo el aspecto que tenía su rostro de no haber dormido más que una hora en total después de sueños que no duraban ni cinco minutos, salió de la habitación. El Instituto, en silencio sepulcral le pareció mucho más acogedor que cuando había ruido por doquier, y sin pensarlo se dirigió a la sala dónde ayer había dejado el libro que iba a necesitar en clases aquel día. Su madre había insistido en que se ocupara, no sólo entrenando, sino siguiendo con la educación que le correspondía.

El libro, de pasta gruesa, no estaba dónde lo había dejado. Y la revelación de aquello volvió a oprimir su pecho con una fuerza increíble. Por un momento realmente creyó que iba a ahogarse.




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