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Tigres que ansían sangre || Elisabeth B.

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Tigres que ansían sangre || Elisabeth B.

Mensaje— por Charles Fields el Sáb Ene 27, 2018 4:38 pm


Tigres que ansían sangre


Siguiendo el rastro de una fallecida




✧ Edificio abandonado (afueras de NY) ✧
✧ Entre semana, pasada la medianoche ✧
✧ Cielo encapotado, temperatura baja ✧
Vestimenta



La sala está medio en ruinas, la oscuridad y la humedad reinan en ella, al igual que en mi interior. Permanezco en posición de buda, sentado sobre un gran charco de agua que cubre el suelo de toda la estancia, con mis ojos cerrados y mis manos alzadas sobre mis rodillas, uniendo la punta de los dedos corazón y pulgar de cada una. El silencio sepulcral se rompe de vez en cuando por algún que otro rugido de las inmundas criaturas que aquí habitan, esos demonios alejados de la vista que se alimentan de todo aquello que aquí se acerque. Y entonces podría preguntarme, ¿qué hago yo aquí? Fácil, entrenar esas habilidades que Charles parecía tener olvidadas.

- Tic, tac. Tic, tac. El tiempo pasa y nadie me viene a visitar -murmuro con los ojos todavía cerrados-. Tic, tac. Tic, tac. Esto tan solo me da más tiempo para pensar…

Y me adentro en mi interior, buscando esa esencia de poder que me permite ver el futuro. Nada más llegar a esa pequeña luz y entrar en contacto con ella, soy capaz de visionar una escena: una veintena de seres repugnantes lanzándose contra una de sus presas en mitad de una sala encharcada. Está bien saber que todavía me quedan unos minutos para que semejante situación se desate, así que, buscando con más profundidad en la luz anterior, busco esa línea del tiempo tan frágil, ese presente que separa lo pasado de lo futuro. Necesito atravesarla, necesito poner un pie en ese otro lado para conseguir desarrollar algo que llevo tiempo deseando, pero de lo cual mi otro Yo no se ha preocupado.
Sin embargo, lo chillidos estridentes producidos por los organismos que acaban de detectarme me despiertan de mi trance. No saben lo que acaban de desatar. Como si de una fuerte ola se tratase, veo a unos diez pasar de largo por la entrada que tengo justo en frente, derrapando al pasarse de largo y adentrándose de forma tosca y rápida en la sala, buscando lanzarse contra mí. Debo suponer, por los sonidos que proceden de mi espalda, que otra oleada acecha también por ahí, así que, en el momento en que el primero de ellos está a punto de rozarme con su mandíbula impregnada en esa viscosa y asquerosa sustancia semi-transparente, toco el suelo con la punta de mis dedos y, concentrándome en toda la extensión de agua, termino por apoyar toda la superficie de ambas manos, logrando que puntiagudas estacas de hielo se formen de manera inmediata, atravesando por la mitad a todos y cada uno de los débiles seres infernales que se encontraban en la sala, haciéndoles explotar en mi cachitos.

- Ups, parece que me he manchado -limpio la gota de sangre demoníaca que recorre mi mejilla con mi dedo índice, aumentando la temperatura de éste después para evaporar tan asquerosa sustancia-. Se acabó la diversión por hoy.

Es entonces cuando siento la presencia de alguien en el piso inferior, así que rápidamente me levanto y me dirijo al lugar del cual procedía tal energía. En el vestíbulo, ahora completamente vacío de energía demoníaca, se encuentra el cuerpo de una joven, con ropa desgarrada y piel seca. Me acerco y agacho junto a ella, para comprobar su pulso.

- Muerta… y, ¿seca? -su piel no tiene esa humedad impregnada típica de una humana, además de estar completamente helada.

Es al revisar su cuerpo que encuentro marcas un tanto extrañas, mordeduras. Sonrío de medio lado con malicia, al suponer lo que le ha ocurrido, pero continúo explorando para ver si encuentro alguna otra evidencia. Y es al llegar a su rostro, completamente escuálido, pálido y con los labios amoratados, que me percato de la presencia de un pendiente de oro en una de sus orejas, pero de la ausencia de su pareja en la otra. Así que lo arranco con fuerza, sorprendiéndome al ver que la muchacha apenas sangra, tan solo expulsa un par de gotas de sangre coagulada.

- Veamos dónde estás… -aprieto la joya en mi mano, sintiendo el leve ardor que semejante material me genera, por culpa de mi parte de sangre demoníaca. Cierro de nuevo los ojos y me concentro en encontrar el otro pendiente que irradie la misma energía, esperando no llegar demasiado tarde antes de que ésta se haya desvanecido por completo-. ¡Bingo!

Me pongo en pie y me acerco a la salida, dejando el cuerpo inerte en el mismo lugar en el cual lo encontré, y guardando el pendiente en uno de mis bolsillos. “Descansa en paz”, pienso, justo antes de cerrar el portón tras mi salida. Es entonces cuando escucho un gran alboroto a mis espaldas, supongo que los demonios estaban esperando mi marcha para lanzarse a devorar la comida que les acaban de servir en bandeja. Así que, por mi parte, me dirijo al punto en el que supuestamente se encuentra el par perdido de la joya, siguiendo el rastro que ha dejado hasta llegar al edificio abandonado.


✧ Bathory's club (callejones de NY) ✧


Encapuchado con mi sudadera negra y oculto ante los ojos de los mundanos que a estas altas horas de la noche deambulan por las calles, consigo llegar hasta un local con un luminoso cartel parpadeante justo sobre la entrada, una discoteca. Por suerte no hay nada de cola, supongo que siendo las horas que son todo el mundo debe estar ya en su interior, así que no tengo problemas para adentrarme. El segurata debe ser un mundano simplón sin la capacidad de la Visión, o bien está tan ciego que ni siquiera se percata de mi paso.
El local está llenísimo de gente que se mueve al ritmo de una estridente música de fondo, como poseídos por ella, pero mi objetivo no está en esta sala, así que no me interesa permanecer mucho rato aquí, no vaya a ser que alguien pueda verme y se extrañe por llevar puesta la capucha. Aunque, siendo sincero, creo que tienen demasiado alcohol u otras drogas en su organismo como para detenerse a analizar mi aspecto, así que, sin ninguna preocupación, me desplazo entre la multitud, intentando ser lo más escurridizo posible para que nadie interrumpa mi paso, hasta que, al fin, llego al otro lado de la sala. Unas escaleras que llevan hacia un piso superior o uno inferior quedan ante mí, aunque la intensidad de la señal del pendiente aumenta cuando tomo las ascendentes, llevándome hasta una puerta cerrada, con un par de armarios vigilándola. Tenía la esperanza de que también fuesen humanos sin Visión, pero supongo que no puedo tener dos golpes de suerte en un mismo día.

- ¿Adónde vas, enano? -sonrío con malicia en las sombras generadas por mi capucha.
- ¿Seríais tan amables de dejarme pasar? -comento con tono seductor y alargando las palabras para incrementar semejante sensación, además de poner morritos fingiendo el querer dar lástima.
- Sin invitación, nadie pasa, así que largo de aquí -siguen reticentes a permitir mi entrada, así que supongo que tendré que arriesgarme con algo, porque quien no arriesga, no gana.
- No creo que queráis que, en vez de dejarme entrar a mí, tengáis que recibir a La Clave… -le susurro a uno de ellos, transmitiéndole placer con cada una de las letras que deposito en su oído y con el tacto de las insinuantes caricias que ejerzo lentamente sobre su brazo, viendo cómo su rostro se descompone de gozo por los efectos de mi poder, mientras el otro se queda sorprendido por lo que está sucediendo.



Por Tony en The Captain Knows Best
y editado por Charles Fields



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Tigres que ansían sangre
→ Entre semana → Pasada la medianoche → Mi club (sin nombre por ahora) → Cielo encapotado, temperatura baja → Atuendo
Una discoteca. ¿Por qué iba a querer dirigir una vampira antigua como la Condesa Sangrienta una discoteca? ¿No resulta obvio? Tan solo es una tapadera. Por fuera se ve como un club moderno y con estilo, lleno de vida y música, un lugar donde ir a divertirse y conocer gente de lo más interesante. En el interior se puede encontrar el sueño hecho realidad de cualquier alma fiestera y gente de lo más variopinta. Cualquiera con la visión puede ver que no es solo un lugar para mundanos sino subterráneos de todos los tipos. Se pueden tomar bebidas para todos los gustos y escuchar música pinchada por un DJ en directo todas las noches con las canciones más destacadas del momento. De día es un lounge club en el que tomarte una copa tranquilo con una agradable música ambiente. Lo que pocos conocen es lo que aguarda en la muy exclusiva sala VIP localizada al subir las escaleras que se encuentran al fondo del local y guardadas por un par de corpulentos vigilantes vampiros vestidos de negro. Quien intente colarse sin invitación será bloqueado por ellos y escoltado fuera del local por otro par de gorilas dedicados exclusivamente a la seguridad de la discoteca.

Ahora, después de toda esta explicación, la pregunta es: ¿de qué actúa como tapadera el club? A esto se contestará con otra pregunta. ¿Qué necesitan los vampiros para sobrevivir? ¡Bingo! Lo has acertado. Sangre. Por ahora esa es la única respuesta que se dará. No quieres que se desvele todo el misterio desde el principio, ¿verdad?

Elisabeth se encuentra en la planta VIP, caminando hacia su despacho después de haber solventado un problema con uno de sus clientes, cuando escucha una amenaza sobre la Clave hecha por un jovenzuelo a uno de sus guardas. Cualquiera no podría haber escuchado esa amenaza en forma de susurro, pero las habilidades vampíricas de la Condesa le han permitido hacerlo y no está nada contenta con lo que ha oído. ¿Quién se cree que es ese niñato para amenazar a mi club con la presencia de la Clave? La dama baja las escaleras con presteza y chasquea los dedos. Este acto hace que los guardas se aparten para dejar paso a que su señora pueda confrontar al encapuchado. -¿Qué sucede aquí? ¿Algo con lo que pueda ayudarte, querido?- Su voz suena intimidante al igual que su presencia. Uno de los vigilantes le susurra al oído lo sucedido y vuelve a su lugar. No le queda otra que repetirle lo que le ha dicho su secuaz. -Sin invitación no hay entrada. Si vuelvo a escuchar algo sobre la Clave, dudo que puedas ir a decirles nada sin lengua.- Eso último lo dice en un tono bajo para que solamente lo pueda escuchar el encapuchado y sus esbirros.
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