02/12 ¡Atención, atención! ¡Aquí os dejamos las noticias recién salidas del horno! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del día 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


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7
NEFILIMS
7
CONSEJO
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HUMANOS
4
LICÁNTRO.
10
VAMPIROS
8
BRUJOS
4
HADAS
4
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Asuntos familiares (Byron LaCroix + libre)

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Desayuné algo ligero, aunque más cargado de lo que yo estaba acostumbrada. Un cacao caliente más unas galletas, casi me obligué a comerlas para tener algo energía aunque bien podía estar todo el día sin comer. Era algo que necesitaba, lo sabía, por eso mismo comía pero solía olvidarme a menudo.  Me entretenía a la hora del día, leyendo, entrenando, etc. Esa clase de cosas, aunque solía entrarme hambre después de ir a cazar o entrenar, lo normal después de gastar cierta energía física. Algo me decía que hoy iba a necesitar esas galletas, por qué, no lo sabía muy bien. Tal vez me equivocaba, sin embargo lo averiguaría a medida que avanzara el día. Apenas terminé de desayunar, limpié todo y me dirigí a la sala de entrenamiento. Por un momento me acosté en uno de los bancos, colocando el brazo sobre los ojos para que la claridad no me molestara. Me sentía pesada por el desayuno y hasta dentro de unos minutos no se me pasaría. Por suerte ya llevaba la ropa de combate, el pantalón se me pegaba a la figura, igual que la camisa, que era de manga hueca y por último las botas de combate con puntera metálica. Llevaba el cabello atado en una trenza hecha desde la raíz, era mucho más cómodo para combatir, a penas se movía por estar bien atado.

No me preocupaba mi parabatai, por lo menos no en este momento. Salió a dar una vuelta por la mañana y si que había dormida esta noche. Estaba satisfecha por eso, si sucedía algo imprudente hoy era por el carácter tan nefasto que podía tener el chico cuando no estaba a mi lado. Podía tenerlo incluso estando conmigo.
-¿Por qué desayuné tanto? -me pregunté a mi misma. -Maldita sea… -susurré. Pasé unos diez minutos más en aquella postura antes de levantarme y ponerme manos a la obra. El estómago se me había asentado, por lo que cogí la vara de madera que colgada de la pared. El palo medía un palmo más alto que yo. Comencé a girar el palo con una única mano, sentía como revolvía el viento con el arma, como susurraba a mi alrededor. Era algo tan característico que me abrumaba y por su puesto, me encantaba. Comencé atacar a la nada, en movimientos perfectos y certeros. Giré sobre mi misma, moviendo el palo de madera conmigo, como si fuera una prolongación más. Saltaba sin ningún tipo de problema para dar un ataque definitivo. Me apoyaba en el objeto para después atacar.  

Me sentía horriblemente cómoda estando allí, no tenía que ocultarme, no tenía que ocultar las runas ni las cicatrices que adornaban mi cuerpo. Podía exhibirlas con orgullo y con naturalidad. La runa de parabatai me asomaba ligeramente por el escote, las runas de memoria en la nuca y cuello, la runa de visión en el dorso de mi mano izquierda. Esto era lo que era, aunque lo sería el doble si a través de la ventana solo se viera pequeñas casas rodeado de árboles. En Nueva York solo se veía edificios tan altos que daban vértigos. Algo comenzó a molestarme, intenté ignorarlo con todas mis fuerzas porque eso era lo que debía hacer mientras seguía entrenando hasta que no pude más. Con un giro del todo el cuerpo junto con la vara, saqué un cuchillo arrojadizo del cinturón, este voló por los aires y se clavó al lado del sujeto, justo en el marco de la puerta.
-¿Quién eres? -le pregunté. Era un chico rubio, alto y bastante guapo, me recordaba a mi parabatai por algún motivo. Podía ver las runas tatuadas en su cuerpo, no podía ser otra cosa que no fuera un cazador de sombras. Intentaba recordarlo de estos dos años que había estado aquí, no obstante, no me sonaba. Seguramente no le habría prestado demasiada atención y solo lo recordaría si me daba alguna reunión específica. Para esta clase de cosas las runas de memoria servían. -¿Y por qué me estás espiando desde hace rato?
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Estoy seguro de que mis padres a estas alturas han encontrado la nota que deje sobre la mesilla de noche de mi habitación. Ha pasado exactamente una semana desde que tomé un bolso con utensilios esenciales, lo coloqué sobre mi hombro para emprender viaje lejos del nido. Conociendo mi entorno sería muy extraño que mis padres se agitaran al no verme unos días. Ellos saben muy bien que cuando me parece, cojo mis cosas y me marcho para hacer “de las mías” – como dice mi padre-, volviendo cuando me siento menos aburrido. Suponía que como ya han pasado dos semanas, se alertaron por la falta de mi divina presencia y enseguida entraron a buscar pistas de mi paradero. Estoy muy, muy seguro de que a mi padre no le gustaría nada que mi destino haya sido Nueva York. Pero, para mí la historia familiar y los anhelos que esto implica, es simplemente eso, algo familiar. Mi vida es un caso aparte, muy aparte.

Desde que tengo uso de razón he escuchado discursos sobre la vida del guerrero, la lealtad hacía su cuchillo serafín y lo estupendo que sería encontrar Adamas pudiendo manipularlo a voluntad sin tener ningún tipo de dependencia con las Hermanas de Hierro. Me he inmiscuido en los estudios, he dado mis propias teorías, pero siempre puedo cambiar de opinión. La soledad no me molestaba, era más bien la imperturbable paz que suele rodear a mi pueblo natal. Es precioso, un sitio olvidado por aquellos que no están acostumbrados al esfuerzo. El lugar perfecto para perderte de todos. Por ello me parecía muy extraño que aparecieran vampiros descontrolados a atacar a simples mundanos. La noche polar, o como yo prefiero llamarla, la noche eterna es un suceso común y corriente en estas tierras, ¿por qué un grupito de vampiros se rebelaría a los acuerdos justo ahora? Pudieron hacerlo antes, incluso pudieron escoger un pueblo de la zona cada año para divertirse un poco. Desde que los enfrentamos supe que algo había cambiado. Algo que nosotros seguiríamos ignorando de seguir perdidos en este sitio.

Llegar a Nueva York no fue tan complicado. Una vez comencé a indagar por institutos europeos, saqué conclusiones embarcándome en esa dirección. Valentine, un cazador que desea imponer su régimen a toda costa. Su hijo muy particular, y desalmado. Parecía un panorama divertido para cualquiera. Mucho más para mí. A pesar de encontrarme alejado de la civilización, soy un cazador de sombras. He seguido cada ritual con ayuda de contactos que mis padres tenían, y me he entrenado bajo la tutela de mi propio padre. Que estuviese lejos no significa que carezca de conocimiento. Así llegué al Instituto de esa ciudad presentándome a sus directores, quienes me recibieron bien pronunciando algo sobre otro chico que al parecer tenía mi mismo apellido. Por supuesto, esto llamó mi atención, pero tampoco se convertía en prioridad. Mi prioridad era básicamente soltar mi bolso en la habitación que se me designe, e ir a recorrer los alrededores de este pintoresco lugar. Una variación de mi vida anterior es que en el Instituto había bastantes personas. Todas envueltas en sus propias actividades.

Después de soltar mi bolso sobre una cama sencilla, me di una ducha cambiando mis ropas por una camiseta simple de color gris oscuro, unos pantalones de combate negros y botas. Pasé por la cocina para devorar casi media heladera, saliendo hacía la sala más interesante. La de entrenamiento. Mi padre solía tener una sala pequeña destinada a estos menesteres, estaba seguro que esto sería distinto. Siguiendo mi instinto llegué a dicha sala abriendo la puerta sin pedir permiso. Al entrar me di cuenta que allí había alguien más. Una joven de larga cabellera castaña acomodada en una trenza. Ella era esbelta, con brazos fuertes sin que esto fuese un aspecto que disminuya su femineidad. Con los ojos azules clavados en ella seguía los movimientos de su cuerpo. Se notaba la práctica en ella, en la manera en que el palo parecía una extensión de su brazo. Aun así, con los brazos cruzados sobre mi pecho y la espalda recargada sobre la pared había encontrado un punto débil, casi imperceptible que podría usarse para descolocarla. Perdí la cuenta del tiempo que estuve simplemente observando, cuando ella me habló con cierto tono de autoridad, me reí. Me reí burlón por la manera en que ella creía que tenía algún poder sobre mí. Me divertía como las personas creen que con solo pedirlo recibirán una respuesta.- No importa quién soy -respondí sin perder el tono burlón. Caminando alrededor de la sala, añadí.-Tengo entendido que esta sala es libre, cualquier cazador puede entrar. Estabas aquí, entre y educadamente esperaba a que termines para poder entrenar.-utilicé un tono muy obvio, con cierta sorpresa que por supuesto, era fingida. -La próxima vez te interrumpo directamente, así no piensas que soy un acosador enfermo. -murmuré mirándola de arriba abajo. Era bonita, malhumorada, pero bonita, aunque algo baja. Pero la perfección no existe.
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Observé al chico con interés. Se había reído cuando terminé de hablar, sentí como una punzada en el pecho al escucharle. El chico comenzó a moverse alrededor de la sala, mientras que yo me acercaba al umbral de la puerta para recuperar mi cuchillo. Cuanto más lo veía más me parecía a Aisak, pero al mismo tiempo me parecía tan diferente. El chico era rubio, de ojos azules, tenía la casi la misma complexión que mi parabatai, horriblemente alto, fibroso y sus músculos se marcaban en la ropa. Definitivamente nunca lo había visto, alguien que me recordara tanto a mi parabatai, aunque claro físicamente era diferente. Aisak era moreno de ojos oscuros en forma almendrados, casi como si tuviera un cierto toque asiático aunque no era así, compartían la altura y esa figura musculosa. Sentía como si estuviera viendo la cara contraría de una misma moneda. Miraba cada paso que daba, giraba distraídamente el cuchillo en mi mano antes de llevarme la fría hoja a los labios pensativa.
-La sala es muy grande. -comenté observando la sala. Tenía razón, la sala era enorme, preparada con todo lo necesario para entrenar. Una parte tenía toda clase de armas, disponibles para que los cazadores de sombras las utilizaran, en otra parte habían colchonetas y arneses para los principiantes para los saltos y caídas. Para ello había vigas de maderas a diferentes alturas para practicar todo aquello y muchas cosas más. -Podías entrar sin problemas, hay espacio suficiente. -guardé el cuchillo en mi cinturón. -Eres nuevo aquí. -no era ninguna pregunta, era una afirmación. Le hubiera recordado al 100%, era ver una contra parte de la persona más importante de mi vida, por eso mismo sentía esa punzada en el pecho. Me movía a la par que él, como si nos estuviéramos vigilando uno al otro. -Y si importa quien eres. -contesté al fin a su primer comentario. -Sobre todo cuando te quedas mirando.

No es que me molestara exactamente que me mirara, sencillamente es que no estaba acostumbrada. Se podía decir claramente que mis relaciones en Nueva York se podían contar con los dedos de las manos, y con aquel que pasaba más tiempo era con Aisak. Por lo tanto ver a ese chico tan parecido a él llamaba mi atención, la llamaba por completo y el interés se me veía en cada mirada que le lanzaba y en cada movimiento. No podía dejar de mirarle, era tan diferente.
-Sin contar, que si te quedas mirando tan fijamente es normal que la gente piense que eres un acosador enfermo, ¿no crees? -le pregunté. No se me pasó por alto la mirada que me lanzaba arriba abajo, la verdad es que yo también lo había hecho con él, pero tenía un motivo. Yo le llegaba al hombro, el traje de combate marcada cada una de mis curvas, mi complexión era delgada y esbelta. Seguramente a ojos de algunos inexpertos pensaban que era una chica débil, pero no era así. Todavía no me había dicho quien era y por las pintas que tenía parecía que no pensaba decírmelo. -Hagamos una cosa… -le comenté al chico. -Si consigo darte cinco golpes, -señalé a su persona. -me dirás quien eres. -la miré a los ojos, un color parecido a los míos. -¿Te parece? -sentía la necesidad de saber quien era. Ese deseo era irracional, no tenía ningún sentido y más cuando se trataba de un desconocido. Aun así, quería saciar mi curiosidad, acabar con ella. Esa sonrisa que me mandaba a años atrás, cuando apenas era una niña.
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Esto se tornaba sumamente interesante. Para mí, al menos. La chica parecía muy hábil, fundamentando mis conclusiones en los movimientos que acaba de presenciar. Para suerte de ella, o desgracia, su notorio entrenamiento captaba mi atención. Sí, no soy el tipo de chico que va a perder el tiempo en alguien que no le llama la atención, a no ser que me encuentre buscando una entretención más específica y fundamental. Para suerte o desgracia de la chica, repito. Existía un ligero interés en la manera en que ella curvaba sus labios cuando se ponía a la defensiva, era cómico. Me divertía que ella creyera que hablaba con un habitante normal del instituto. Alguien que puede ser mitigado por una réplica un poquito subida de tono. Lo convencional conmigo suele perderse, como todo lo que puede aburrirme.

Así como yo la observé mientras ella cogía su cuchillo, percibí que ella me miraba con cierta insistencia. Si bien sé de sobra que soy hermoso, existía algo en su expresión que no figuraba entre el típico flirteo. Me pregunté en qué estaba pensando, lo que es increíble, ya que generalmente a mí no me interesa para nada lo que estén pensando los demás. Detuve mis pasos, sosteniéndole la mirada unos segundos en los que ella apuntilló el tamaño de la sala. Ajá, necesitaba dejar en claro que existía mucho espacio. Más hostilidad divertida.- Sí, es grande. Lo que no veo es cuál es el problema de que me haya parado un momento a sopesar mis opciones -exclamé pasando mi mano derecha por mi pelo rubio alborotándolo un poco.- Dudo que sea la primera vez que alguien entra y te ve entrenar por unos minutos -encogí los hombros. Hablar mucho tiempo de un mismo asunto me producía rechazo, era instantáneo.

Me acerqué al rincón donde reposaban las espadas. Estaban pulidas y brillantes, comencé a admirarlas cogiéndolas para familiarizarme con su peso. Entonces ella habló repitiendo que mi nombre importaba cuando me le quedé mirando.- ¿Necesitas un nombre para ir a quejarte? Puedes ir, dile a quien tú quieras que el rubiecito te ha molestado -. apunté a la salida con la espada que sostenía en la mano derecha, estirando el brazo un par de veces instándola a que se moviera.- O diles que soy el acosador enfermo, es un buen sobrenombre, mucho mejor que “Quisqui”-parloteé dejando implícito en la frase el apodo que estaba poniéndole a partir de este momento. La pequeña Quisqui, sería divertido decirle así por un tiempo, hasta que encontrara otra cosa con que pasar el tedio que me puede producir estar en un mismo sitio. Seguramente ella igualmente iría a quejarse de mi comportamiento. Estaba preparado para seguir mis propias reglas hasta que se me pidiera largarme de este sitio. Si es que conseguían que yo escuche el pedido algún día.

Su ofrecimiento me dio a conocer lo perseverante que podía ser ella. Lo deduje por la manera en que se movía, se notaba que entrenaba diariamente al menos medio día. Jugaba con las espadas en mis manos sin entrenar realmente, porque no deseaba presumir demasiado, por ahora.- Veo que es muy importante para ti saber mi nombre, Quisqui-mi voz sonaba supuestamente seria. Coloqué las espadas en su sitio caminando hacia ella. En tres zancadas estuve casi frente a ella. Bajé la mirada, sonriendo de lado antes de hablar.-Si logras golpearme cinco veces, voy a pensarme seriamente decirte quien soy. Pero sino lo logras en 10 minutos, tú responderás una pregunta que voy a hacerte.-propuse cruzándome de brazos nuevamente.
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El chico era un misterio para mí y eso me molestaba. Mi interés no se le pasó por alto, era imposible aunque no sabía si podría malinterpretarlo, cualquiera que no tuviera dos ojos en la cara o que dichos ojos estuvieras velados con alguna fantasía de hadas interpretaría incorrectamente la situación. Un chico guapo y atractivo, con aire chulesco pavoneándose delante de mi persona, mientras que yo le seguía con la mirada. Le hice una serie de preguntas, pero estaba claro que no estaba por la labor por decirme. A lo mejor era su pequeña venganza por decirle acosador, ese hecho no me molestaba y en parte me hizo gracia. Los chicos solían ser sensibles a esa clase de comentarios, pero otra parte me decía que eso daba igual. Que su actitud hubiera sido la misma aunque no le hubiera dicho nada. Lo que significaba que mis ganas de saber de quién se trataba.
-El problema depende de los ojos que miren. -contesté vagamente, también entraba el factor de como miraban pero este no era el caso. De hecho que estuviera mirando ya era algo del pasado, algo secundario. Lo fue desde que dijo que sencillamente estaba de paso, para ser un desconocido me fiaba de su palabra, por lo menos de eso. Eso era algo irracional, ya lidiaría con las consecuencias de mis creencias iniciales. -Y sí, es la primera vez que alguien se queda mirando, por lo menos alguien desconocido. -la posibilidad de que lo hubieran hecho sin que me diera cuenta no entraba en la lista. Entrenaba, todas mis alertas estaban puestas en lo que pasaba a mi alrededor, no tanto como cuando estaba de misión real, pero si lo suficiente para saber que alguien miraba mi entrenamiento. El único que podía conseguir que no me diera cuenta sería Aisak, pero precisamente porque era él podía darme cuenta de su presencia con más rapidez. Era como si pudiera ver con todo más claridad cuando estaba en la misma sala que yo, y cuando nuestras miradas se cruzaban o sentía sus ojos encima de mí era como sentir una descarga eléctrica. No conocía a muchos parabatai para preguntarle cómo se sentían ante la presencia o ausencia de su otra mitad. Tenía que enfrentarme a esto solo, y más sospechando el motivo que se me retorcía el estómago al sentir cuando Aisak clavaba los ojos en mí. No quería entender nada de eso, solo me mantendría dentro de mi papel.

En el transcurso de mi comida mental, el chico se había acercado a las espadas, iba probando una a una. Mi guadaña era ligera, por lo menos ahora era ligera para mí. Llevaba tanto tiempo con ella que era ya parte de mi cuerpo, no sentía que pesara. Sencillamente que tenía que moverla y atacar, era mi la prolongación de mis brazos. Enarqué una ceja al escuchar lo que me decía, apoyé el palo de madera en el suelo y yo en él, colocando mi peso en una sola pierna consiguiendo sacar mi cadera con ese movimiento sin darme cuenta.
-¿Suelen quejarse de ti? -ahora la que hablaba en tono burlón era yo. -No me sorprendería. -comenté en voz alta mirándole de arriba abajo una vez más. -No sé con qué clase de gente o… chicas te has cruzado, pero sé lidiar con muchas cosas, no hay necesidad de quejarse a nadie. -enarqué nuevamente la ceja. -¿Quisqui? ¿Quisquillosa? -pregunté. -Seguro que te puedes currar más el apodo. -yo tampoco le había dicho quién era y algo me decía que esto se iba a convertir en un juego entre los dos, aunque no nos conociéramos.

Seguía con la intriga de su nombre, por lo que le propuse algo que dudaba mucho que fuera a rechazar. Por su actitud dudaba mucho que rechazara una oportunidad para demostrar sus habilidades, y más si se lo presentaba como un juego y no me equivoque. El chico aceptó sin ningún tipo de problema, de hecho le dio mucha más emoción. Veía como movía las armas, jugueteando sin entrenar correctamente. Por esas cosas me arriesgué a proponerle aquel reto.
-Me gusta resolver misterios. -le dije con simpleza. En esto que dejó la espada en su sitio y en tres zancadas se colocó delante de mí, lo suficiente para notar el calor que irradiaba su cuerpo y que tuviera que mirar hacia abajo. Yo también quería la porquería que comían estos chicos para crecer tanto, yo gozaba de un 1’68 mientras que ellos llegaban a casi a los dos metros. Su sonrisa me arrancó un escalofrío y un gemido silencioso. Por un momento desee tocarle el rostro para saber si ese parecido era real. -Si en diez minutos no consigo golpearte cinco veces, contestaré a tres preguntas que quieras. -le aseguré. -Elige arma. -le dije mientras yo me acercaba al cronómetro. -Cuando tú digas empezamos.
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Me divertía. Lo hacía cada vez que lograba captar el interés de una persona con algo tan simple como lo es una mirada. Me gustaba jugar, aunque fuese con actitudes tontas, solo para ver hasta dónde llegaban las personas. O bien, hasta donde pueden soportarme. No sé porque siempre he disfrutado ver cómo pierden los papeles. Puede que la raíz de todo esto sea que yo no pierdo los papeles con nada. He visto a mi madre destruir nuestro hogar con sus experimentos, y eso no me ha inmutado. He recibido correctivos sin sentir nada más que aburrimiento. Puedo decir, sin ser ufano, que hasta el momento no ha llegado a mi vida una persona o una situación que me saque de mis casillas. Me conservaba imperturbable.

La muchacha parecía serena, pero tenía esa vena curiosa que la mayoría tiene. A mí la curiosidad me la despiertan cosas muy particulares, en ese sentido puedo admitir que la castaña me daba cierta curiosidad. No por ser guapa, que de eso hay mucho en este mundo, sino porque sus ojos desprendían una vivacidad que pocas mujeres suelen tener. Su mente era ciertamente aguda, por ello, esto puede ser el doble de divertido. Moviéndome por la sala le lancé un par de frases para que se diera cuenta que yo no era el típico muchacho que se dejara intimidar. Repito, pocas cosas podían alterarme, o más bien, ninguna. Con tono casual le lancé un apodo. No es el más original, pero era corto que es lo importante. Al llegar a las espadas comenzando a sopesar cada una, volví mi vista hacía ella para descubrirla mirándome muy atentamente. A pesar de lo natural que esto puede ser, ella parecía extraña al examinarme. Sonreí, con ello mostrando la hilera de dientes perfectos que adornaban mi boca. .- Sí, se quejan muy seguido. Las personas adoran tener algo de que quejarse, y también, disfrutan de buscar cinco pies al gato. -respondí con indiferencia acentuando la sonrisa para que no vaya a creer que su tonito de burla conseguía afectarme.- Lo sencillo puede ser lo mejor en algunas circunstancias, como ésta. -repliqué.- Quisqui basta para relucir la mayor “cualidad” que he detectado en ti, de momento-argumenté dejando las espadas en su sitio.

No vi venir su propuesta, lo que no indica que no la aprecie. Un poco de movimiento es bien recibido, incluso si esto viene sin una apuesta. En este caso la apuesta estaba. Ella pudo pedirme dinero, armas, o un favor, pero prefirió una respuesta. Tan simple como que le diga quién soy. Antes de abrir la boca para responderle, me acerqué notando con mayor precisión la diferencia de estatura. Yo le llevaba poco más de una cabeza.- Hay misterios que es mejor no resolver -. apuntillé sonriendo en toda la regla cuando ella lanzó un gemido al tenerme tan cerca. Para ser una muchacha bonita, se notaba que no tenía ninguna experiencia con los hombres.- Suelo tener ese efecto-murmuré sin preocuparme por si me escuchaba o no. Escuché su aceptación a mi adición en las condiciones del juego. Con un movimiento de cabeza volví al sitio donde se encontraban las armas colocadas ordenadamente. Después de pensarlo dos segundos, cogí un montante volviéndome hacía ella.- Las damas primero-respondí quitándome la camiseta, como quien no quiere la cosa. Me acerqué al centro de la sala, esperando por su primer movimiento.
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Observaba al chico al mismo tiempo que recogía mi cuchillo arrojadizo y lo guardaba en mi cinturón. Mantuve la distancia analizando cada movimiento, no me molestaba en hacerlo con las palabras que decía. Estaba más que claro que en carácter era todo lo contrario que mi parabatai, de cierta manera. El rubio era una belleza peligrosa y mentirosa, por lo menos eso era la sensación que me daba. Alguien que te sonreía pero que no te diría la verdad si no le interesa o que ocultaría la verdad con otra verdad. Era como las hadas, que te decían la verdad pero siempre de la manera más cruel o complicada. A lo mejor me equivocaba, y más porque no conocía para nada al chico, ni si quiera su nombre. Estuvo caminando, también observándome. Por lo que veía no era la única que sentía interés en saber quien se encontraba delante de sus narices. Enarqué una ceja al escuchar lo que me decía, incluido el apodo que me dedicaba.
-La otra posibilidad es que sacas mucho de quicio. -le contesté al escuchar como decía que todos tenían algo de que quejarse. -¿No te parece? -era imposible que todos con los que el chico tratara se quejaran porque sí, porque tenían ganas. El chico sonrió aún más cuando le dijo sobre mi apodo. No me confirmó nada sobre ello, pero ya me imaginaba que era así. -No creo que eso sea la mayor cualidad que has detectado. -en ese momento dejó las armas en su sitio.

Le propuse algo. Quería saber su nombre, deseaba saber quien era. Por qué demonios se parecía tanto a Aisak, ese maldito aire que le hacían parecer iguales. No recibí una respuesta hasta que se acercó a mí, sentí la calidez del cuerpo del chico. Tuve que levantar el rostro para poder mirarle a los ojos, su color de ojos era claro, un azul como si fuera agua de manantial. Me sonrió contestándome.
-Pero sería la verdad. -le aseguré. -Es mejor eso que quedarse con la duda. -le aseguré. Estaba segura que había escuchado mi exclamación, no estaba acostumbrada que se me acercaran tanto. Me quedé firme, sin dar un paso atrás a pesar de todo. Sin embargo, él estaba claro que no tenía intención de pasarlo por alto. Puse los ojos en blanco. -No es el único efecto que produces en las personas. -le aseguré. Acepté su propuesta, le daba un toque de emoción al asunto, por lo que me separé de él para buscar el cronómetro. Lo coloqué en diez minutos y le pregunté al verle coger un montante. Eran espadas bastante grandes con gaviales rectos, era una espada que normalmente se agarraban con dos manos, aunque con el tamaño del chico bien podría ser una espada normal. Para mí era una arma demasiado grande para manejar, aunque podía hacerlo. Sonreí al escuchar su comentario, sustituí mi arma por una vara de metal. La de manera no era una buena opción contra aquella arma, me quedaría sin ella nada más tocarla. -Listo. -le dije colocando el cronómetro sobre un banco e iniciándolo.

Me giré en redondo hacía él, hasta el momento me había seguido con la mirada. En otra situación encontrarlo sin camisa me hubiera perturbado en parte. Estaba acostumbrada a esa clase de cuerpos, bien definidos, delgados y llenos de runas y cicatrices. Corrí en su dirección, girando con una mano la vara de metal. Junté las manos a dos pasos de distancia a él, con el siguiente, lancé un golpe ascendente con la parte más baja de mi arma. El chico paró el golpe sin problemas, al entrar en contacto inmediatamente giré la vara, realizando un movimiento descendente, dejando la punta del montante clavado en el suelo. Usando eso de apoyo y mi arma, di un salto hacia delante. Recogí ambas piernas y las estrellé contra el pecho del chico, por el golpe este cayó al suelo a unos cuantos metros de distancia. Al caer al suelo le dediqué una sonrisa.
-Primer golpe. -comuniqué y me alejé de su arma para que la recuperara si así quería. Giré la vara de nuevo sobre si misma y me coloqué en guardia, esperándole.
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Las personas pueden ser tan divertidas si sabes cómo sacar partido. Las posibilidades eran infinitas cuando pretendes salir por la tangente a cada oportunidad, presionando al otro para ver qué tipo de reacción tiene. Mi hermano solía catalogarme en la misma sección insoportable donde colocaba a los granos ponzoñosos que te pueden salir en la punta de una nalga. Hacía énfasis a lo parecido que era a uno de esos molestos. A mí no me importaba ser gentil, ni respetuoso. Me importaba divertirme, jugar, reír. En resumidas cuentas existían demasiados motivos para vivir como para que yo me sumerja por completo en búsquedas y entrenamientos. Que no se malentienda. Creo que la lucha entre la luz y la oscuridad siempre estará allí, es necesaria para el balance del mundo. Tenemos la obligación de prepararnos, tanto como tenemos la obligación de explotar nuestras capacidades. Eso ya nos deja la consigna de que podemos hacer más de una cosa al mismo tiempo.

Sonreí de canto al escuchar sus reflexiones. Sin pudor alguno broté pecho tal cual se me estuviera adjudicando un gran logro. No iba a fingir que soy un santo, porque no lo soy ni me interesa serlo. Los demás tendrían que lidiar con mis formas, tal cual yo lidio con las suyas. La castaña no sería una excepción precisamente.- Esa es una acusación muy grave. -repliqué arrastrando las palabras lentamente. Estiraba mis brazos hacía atrás, juntando las palmas para que mis huesos suenen sintiéndome más liberado.- Y mal formulada, porque yo siempre obtengo una revolución a donde voy. -informé descaradamente observando las cuerdas que invitaban a escalar hasta el techo. Sería entretenido ponerme a ello en otro momento. Ladeando el rostro volví a fijarme en ella, existía algo en su expresión al hablarme…que no era capaz de descifrar al 100 por ciento. Ella parecía en otro sitio, parcialmente enfocada en algo o alguien que no estaba acompañándonos en cuerpo. Ese detalle aumentaba mi escasa curiosidad. Ante su pregunta, respondí.- Lo primero que pensé al verte es que hay algo que te inquieta-cuando se movía ágilmente parecía luchando contra un sentimiento, más que contra una persona específica. Me aventuraba al decirlo, creyendo que estaba muy cerca del acierto. Soy burlesco, odioso, no idiota.

Al ver que tomaba una barra de metal como arma me vi tentado a cambiar el montante. Al final me quedé quieto puesto que yo no pensaba atacarla. Aquí el juego es para ella. Ella debe darme cinco golpes en diez minutos y yo debo evitarlo, nadie le ha dicho que la voy a atacar. Sería divertido defenderme en otro momento, por ahora me importaba más conocer la manera en que la chica se movía. Comenzamos en cuanto ella preparó el cronómetro. Sus movimientos fueron ágiles y precisos. Esquivar el primer golpe no fue complicado, pero por ese milisegundo de distracción que me permití al mirarla a los ojos, recibí un golpe sonoro en todo el pecho. Podría parecer menuda y frágil, pero no tenía nada de ello. En cuanto caí al suelo me levanté de un salto ensanchando la sonrisa un poco más.- Un golpe  merecido -.respondí alejándome lo suficiente para dejar el montante en su sitio de exhibición. Esta vez sería solo mi cuerpo quien me defendiera.- Vamos, que te queda poco tiempo-bromeé. Poniéndome en guardia a la espera de su primer movimiento, la vi girar con el objetivo de distraerme ondeando la barra para asestar un golpe descendente que evité cogiendo la barra con mis manos, en un movimiento giré ligeramente sin soltar la barra torciéndole los brazos para cansarla, percibí que intentaba asestarme una patada en las costillas. Lo evité, y en un arrebato torcí más sus brazos para presionarla a que suelte la barra, sin embargo, era un hueso duro de roer.- Ahora es mi turno-musité soltando la barra, en un segundo la cogí de la cintura rodeándola para levantarla en su peso arrojándola al piso. Recibí un segundo golpe, pero teniéndola en el suelo aproveche para inmovilizarla con mi propio peso haciéndole una llave anaconda vise con mucho esfuerzo. Sentía su aliento sobre mi rostro al ejercer presión sobre su brazo y cuello, sin decir nada, sonreí.
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El chico tenía un carácter que resultaba difícil de captar, me estaba dando cuenta de eso. Esa sonrisa que surgía de sus labios me parecía la más sencilla y complicada de todas, era como si sencillamente se estuviera divirtiendo, como demostraba, pero que en realidad ocultaba algo. Esto último era lo que me carcomía por dentro, lo que me carcomía por fuera y directamente era las similitudes que encontraba con mi parabatai. Intenté ver alguno de sus padres en aquel chico, pero el recuerdo de sus facciones se me hacía difícil recordar, han pasado muchos años desde que sus padre murieron. Sin contar, que yo solo los veía en verano cuando volvía a Idris y pasar allí el verano en nuestra casa familiar. El chico ante mis palabras sonreía y sacaba pecho con orgullo. Los cazadores de sombras solían ser más serios que el chico que tenía delante. No me desagrada que fuera de esa manera, me resultaba exótico, como si viera a un ave de colores llamativos y un canto especial. Me atraía y por el momento no podía evitarlo, hasta el punto que terminé riéndome por su aclaración de la revolución por donde pasaba.
-La verdad es que no me sorprende que llegues a eso. -dije todavía con la sonrisa en los labios. Seguí mirándolo con interés sin disimular. Tampoco tenía un motivo para disimularlo, sabía que se me notaba en la cara todo. Así que, ni me molestaba en intentar ocultar mi interés. A parte, que me encontraba en el instituto, estaba en lo más parecido a mi a mi casa. Eso significaba que estaba me encontraba a gusto y no tenía que poner una máscara ante los demás. -Uhm… -dije pensativa. -Así que, en realidad eres bastante observador. -fue una aclaración. No me sorprendía, por así decirlo era como una de las cosas que ocultaba detrás de esa sonrisa socarrona y pasota. Lo sentía así, por lo menos. No me sorprendía ese detalle del chico, sin embargo sentía que solo era la punta del iceberg.

La idea que tuve aceptó, cambié de arma porque con la vara de madera porque sino me quedaría sin nada con que luchar. Cogí una de metal y comenzamos cuando todo estuvo listo. Nuestros movimientos eran tanteando algo el terreno, intentando saber como era la manera de luchar del otro. A pesar de estar haciendo esto, aproveché el momento, me apoyé en la vara de metal y lancé una patada a su pecho después de impulsarme. El rubio cayó, resbalando sobre el suelo unos cuantos metros. Conté el primer punto antes de ponerme en guardia de nuevo. Él se levantó de un salto con una sonrisa en los labios, la cual no pude corresponder. Su ánimo era contagioso.
-Gracias. -dije sin dudarlo. Observé como iba dejaba el montate en su sitio, lo miré extrañada por esa acción. Vino con las manos desnudas, y yo enarqué una ceja incrédula por un momento, antes de sonreír divertida. Sin duda el chico le echaba huevos y eso me agradaba. Comencé a mover la vara en círculos, bajé el arma pero el chico la agarró. Clavé mi mirada en la suya, nuestros ojos chocaron por un momento. Giró por completo cruzándome los brazos, esa postura era mala, podía aguantar pero con un tirón me quedaría sin arma y los dos lo sabíamos. Giré mi cadera para lanzar una patada a sus costillas, pero lo vio y esquivo el ataque. Retorció más el asunto de mis brazos, pero como bien dije antes podía aguantarlo. Mi arma predilecta era una guadaña, tenía que aguantar este tipo de cosas. Por segunda vez hizo algo que me sorprendió. Soltó la vara para agarrarme de la cintura y levantarme. Yo en ese momento también solté mi arma, levanté mi brazo y le lancé un codazo en el hueco del cuello. Segundo golpe. Ya estaba en el suelo, con él rodeándome por completo como si fuera una serpiente. Su brazos alrededor de mi cuello y apretando. Sentía su respiración sobre mi cabeza, era pequeña comparada con él, por eso no le resultaba demasiado difícil rodearme por completo. Agarré su manos y la torcí, al mismo tiempo que con la otra le diera una golpe seco al codo, de ese modo librándome de ese agarre. Me senté y le di un par de palmadas al muslo para que me soltara.

El chico obedeció a mi petición, cuando me soltó miré el reloj para saber cuanto tiempo me quedaba para darle los golpes que quedaban. Tres, tenía que darle tres más y sabría lo que quería. De manera involuntaria me mordí el labio poniéndome en pie. No cogí ningún tipo de arma tampoco, a partir de ahora sería a manos desnudas.
-Buen agarre. Empecemos de nuevos. -le dije poniéndome en guardia, le esperé y ataqué de inmediato. Comenzamos a intercambiar una serie de golpes, el paraba los míos y yo los suyos. Me tiró de nuevo al suelo, pero no dejé que esta vez me agarrara. Quedó encima, con cada una de sus rodillas a cada uno de mis lados, me agarró de las manos para inmovilizarme y inmediatamente aproveché el momento. Subí las piernas pasando mis dos piernas por delante de sus brazos, enganchando sus brazos con mis piernas y después de esto dejé caer las piernas hacia abajo de nuevo. Rompiendo el agarre. El cayó de espaldas y solté un puñetazo, paré antes de alcanzarle. -Tercer golpe. -le informé. Esta vez no volvimos a ponernos en guardia. Seguimos luchando a ras del suelo. Se levantó conmigo en brazos, agarrándome de los muslos. Incliné mi cuerpo hacía atrás, me apoyé en sus muslos y con un impulso me libre de él de nuevo. Caí de pie, di un paso en su dirección, giré la cadera y lancé otra patada lateral, volvió a esquivarla. Me agaché, lanzando un barrido, esta vez consiguiendo derribar al chico. Giré sobre el suelo apoyando, giré la sobre mí misma y bajé el talón sobre su pecho, deteniéndome en el último momento. -Cuarto golpe. -me quedaba solo uno más y sería mío. Quedaba menos de dos minutos.
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Mi verdadera cara no la mostraba ante cualquiera. Aunque pensándolo bien, no sé cuál es mi verdadera cara. Creo que más bien soy un cúmulo de facetas que se presentan según le sale de la punta del palito que está entre las piernas. Era bromista, molesto, despreocupado, pero también era observador. Bastante observador. La castaña era a simple vista dos cosas: tenaz y pesarosa. En sus ojos se denotaba un pesar, parecía incompleta del modo en que he escuchado que suelen sentirse quienes añoran algo. Por supuesto, a simple vista no podía conocer el origen de esa especie de nostalgia, pero me jugaba mi cabeza a que estaba ligado a algún personaje del sexo opuesto. Los jovenzuelos pueden ser así. Digo pueden porque yo soy un caso aparte. No concibo mi vida en función de otra persona. Me gusta mi libertad. Esa que me permite coger mi bolso e irme a otra ciudad para estudiar nuevas costumbres. Esa que me deja sonreír a todas las chicas que quiero, guiñarles el ojo y seguir mi paso. Me gustaba tener ese dominio propio, ninguna condición ni temor por otra persona. Ella era distinta. Al ver con mayor detenimiento sus runas tuve una vaga idea. Tenía parabatai.

Desde pequeño analizaba la idea de tener un parabatai. Terminé pensando en que sería una terrible idea. Todas las ventajas que puede tener en combate se esfuman con lo soso que puede ser tener solo un parabatai en la vida. Es como una especie de matricidio. Pero, no tenía caso seguir ese camino. Mis pensamientos no estaban en cuestión, sino la chica. Ella se mostraba entre curiosa y divertida. Era obvio que le agradaba tener un nuevo desafío, no me refería precisamente a la pequeña apuesta de combate que acababa de aceptar. Se notaba a leguas que quería descifrarme, lo cual me producía mucha gracia. Creo firmemente que la madre que me parió conoce bien mi temperamento.- No te sorprendes porque no me conoces. -no dije “aún no me conoces”, porque sería augurar una relación estrecha entre nosotros y no sé, si llegado el momento dejaría que la chica fuese tan cercana a mí como para conocerme un poquito.

Al comenzar el combate ella me demostró que la fragilidad aparente de su cuerpo era eso, aparente. Se movía coordinadamente, con ciertos fallos mínimos, pero segura y firme. Después de que lograra derribarme me puse en pie con buen ánimo, y dispuesto a cambiar un poco la estrategia. Francamente no me importaba que ella termine ganando, las palabras dichas pueden ser interpretadas de otra forma. De una forma que a mi pueda divertirme. Estando con las manos desnudas comencé a jugar un poco, le hice una llave reteniéndola varios minutos en los que sentía su respiración y con brevedad su respuesta. Se libró de mi teniendo que esquivar unos cuantos golpes y otros no, porque fue rápida y porque los dejé llegar. Parecía un baile coordinado que llevábamos a cabo. Logró patearme, sonreí abiertamente sin decirle nada. No me impresionaba que hubiese dejado su arma, ella no quería parecer aventajada de ninguna forma. Volví a cogerla por atrás, sin tener cuidado en inmovilizarla, solo besé su mejilla incomodándola. Me barrió, caí al suelo, dejando que me dé un golpe. A los segundos moví mis piernas haciéndola caer de espaldas también. Me paré de un salto pensando en seguir con la lucha, pero una vocecita en mi mente me instaba a ponerme a correr para hacer tiempo, solo por el disfrute de verla correr atrás mío. La verdad ella era fuerte, en varias oportunidades pude hacer uso de mi fuerza y mi tamaño superior, pero ella siempre pillaba una salida. Me agradaba eso, era un punto a su favor para caerme simpática-Falta poco. -musité dando saltos esperando su reacción. Gane o pierda, yo decidiría que le decía. Ella quería saber mi nombre, yo solo dije que le diría quien soy, y eso, eso puedo usarlo como yo quiera.
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El chico era enigma que conseguía atraparme. La curiosidad siempre era algo que me atraía, yo era un metal y esas cosas en cuestión se trataba de un imán. No podía evitarlo, y él tenía ese aire de mi parabatai quería saber por lo menos su nombre. Solo estaba jugando conmigo al no decirme su nombre, bien claro podía preguntar a la directora del instituto sobre ese chico. Aquel con el que tenía una misión pendiente y listo. Seguramente esa mujer no tendría problemas en decirme el nombre si le ponía esa excusa, me inventaría una historia bastante típica entre Aisak y yo, al escucharme no dudaría de mi palabra. Intercambiamos un par de palabras, ninguna de ellas ayudaba a aclarar mis dudas, sino que me demostraba que el chico estaba acostumbrado a hacer de las suyas. También que le gustaba jugar, ¿por qué pensaba eso?, sencillo. Aceptó sin ningún tipo de problema el reto, incluso poniéndome más difícil. Estaba claro que no era estúpido, sabía que iba a darle cinco golpes. Tarde o temprano, éramos luchadores no sería tan complicado llegar a ese punto. La cuestión era el tiempo, lo emocionante, por eso mismo lo hizo. Enarqué una ceja al escuchar su comentario.
-Debería sorprenderme ahora que no te conozco -le dije. -, no después de conocerte. -me mataba la curiosidad. Le estaba medio odiando por eso, en realidad era por la espera. Odiaba darme cuenta que se estaba alargando el momento de manera innecesaria, la respuesta estaba en él. Solo tenía que formular un par de palabras en sus labios y darme la respuesta, pero prefería comenzar un juego. Cierto, que propuse yo, pero fue la única manera para meterlo en el trapo de alguna manera.

Comenzamos el juego. Como era de esperarse los dos teníamos nuestros más y nuestros menos, el chico se había quitado la camisa nada más empezar, me pregunté que clase de comida ingerían para acabar así de enormes. También me pregunté que si el hecho de quitarse la ropa era una técnica de distracción o algo parecido. Sin duda, si se encontraba con el enemigo adecuado, terminaría aturdido y siempre una sorpresa sería para cualquiera. Nos dimos golpes, lo tiré varias veces al suelo, el primer golpe fue mío. Él tampoco iba mucho a la ofensiva, al fin y al cabo era yo quien tenía que darle los golpes no él a mí. Se defendía, pero no atacaba en proporciones iguales. Acabamos sin armas, no me gustaba tener un arma mientras que él iba con las manos desnudas. Llamadme tonta, pero tenía que ser una pelea igualada. Terminamos por lanzarnos varios golpes y bloqueándonos, era como una coreografía preparado, pero nada más lejos de la realidad. En un momento me quedé de espaldas a él, atrapada entre sus brazos. Sentí su piel cálida y desnuda contra esas zonas expuesta de mi espalda y hombros. Puso la guinda cuando me besó en la mejilla, descolocandome por un momento, incluso consiguiendo que los colores me subieran por unos segundos antes de volver atacar. Le barrí y después el me barrió a mí, caí hacia atrás, colocando las manos a cada lado de mi cabeza y me impulsé para ponerme en pie de nuevo, sin recibir un impacto que me dejara sin aliento. Miré de nuevo el tiempo, el rubio me picó con el tema del tiempo. Añadiendo saltitos y todos, yendo de un lado a otro divertido. Me quedaba solo un golpe, miré al cielo por un momento antes de hacer un movimiento.

Le miré fijamente, se había alejado de mí unos pocos metros, pero sería suficiente. No necesitaba ni más ni menos, ya que había perfeccionado la técnica. Era algo sencillo, pero bastante útil que había aprendido sobre todo para derribar a gente alta. En cierta forma me vi obligada a aprenderlo cuando Aisak dio el estirón. Al ser tan grande, tanto de altura como de anchura debido al entrenamiento, tuve que aprender una manera rápida y sencilla para derribarlo sin que fuera a fuerza bruta o destrozarle tobillo, hombro y rodilla. Me acerqué al chico corriendo, directo al suyo, iba a embestirle con todas las reglas. Sin embargo, no fue lo que hice. En el último momento di un salto, lo suficientemente alto para superar su altura. Le agarré la cabeza con una de mis manos, en menos de un segundo lo atrapé entre mis piernas. Su cabeza estaba en mis piernas cuando me giré hacía abajo en diagonal. Arrastrando al chico conmigo, este cayendo al suelo con un golpe seco y yo quedándome en pie sin ningún problema.
-Cinco. -le informé, me acerqué a él poniéndome de cuclillas a su lado. -Ahora debes cumplir tu parte de la apuesta. -le dije extendiendo mi mano para ayudarle a levantarse. -¿Cuál es tu nombre completo?
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Me gustaba jugar. Me gustaba casi tanto como me fascinaban los retos. Siempre es más divertido cuando tienes algo que ganar y otro tanto que perder. Además me alegraba el espíritu. Por eso no dudé en seguirle la corriente cuando comenzó con su plan para descubrir un poco sobre mí. En parte me daba pena, no, la realidad es que no me daba ni un poco de pena sus esfuerzos, ni porque sé que al final encontraré el modo de salirme por la tangente. En el último minuto es que decidiré que tipo de información le daré. Comenzamos de manera interesante, sus habilidades denotaban horas de trabajo que me hicieron sentir orgullo ajeno. Es gratificante saber que por lo menos una persona de este Instituto se estaba dedicando en sus entrenamientos. También me agradaba que una chica supiera defenderse. Las damiselas en apuros han pasado de moda hace mucho tiempo. Ella por supuesto no encajaba en ese perfil. Era demasiado decidida, demasiado…salvaje. Salvaje, esa era la expresión de su mirada cuando atacaba para golpearme. Por eso sonreía, me gustaba provocar esa expresión en cualquiera.

Mentiría si dijera que me contuve porque ella era una chica. No me contuve en sí, solo me esforcé lo justo porque no requería demasiada técnica para divertirme un poco. Ella me golpeaba, yo la cogía en brazos hasta aplicarle una llave que me dejara analizar más de cerca su rostro, y claro, me permitía arrebatarle tiempo valioso que ella necesitaría para darme un golpe. En medio de esa cercanía fue que me impresionó el ligero rubor que encendió sus mejillas. Es cierto que nuestros rostros estaban demasiado cerca, pero no creía que eso pudiera intimidar a alguien que se escabullía con mucha facilidad y entereza. Aprovechando el momento le di un beso en la mejilla, no por nada rebuscado, solo porque me dieron ganas y era divertido. Noté que ella se desconcentraba un poco, ante eso solo pude sonreír. Su venganza fue certera, dejé que me golpeara y luego la golpeé. - ¿Ya te han dado tu primer beso, pequeña? -pregunté en un murmullo mientras me movía por el lugar.

Así como contaba con una capacidad envidiable para ignorar a las personas, era muy bueno leyéndolas. Ella era curiosa y determinada. Se mostraba como un gran rival, y lo era, pero detrás de esa especie de dureza con la que se plantaba ante los demás existía algo que no decidía si denominar como misterio o nostalgia. Puede que un poco de ambos. Al complicarme por un segundo en decidirme entre darle importancia a esto o no, ella me dio el último golpe con un movimiento propio de un ninja. Caí al suelo, ella cayó sobre mí elegantemente. Alcé una ceja al escuchar sobre la apuesta. Su pregunta claro, me hizo reír abiertamente. Aquí nadie dijo que le daría mi nombre, ella me dijo que si ganaba querái saber quien soy, y en base a eso me movería en mi proceder. Me levanté por mis propios medios estirándome a conciencia, sin prisa, caminé hasta el sitio donde dejé mi camiseta. Me vestí sin mirarla, imaginando su cara de enfado. Volví en mis pasos hasta ella.-No, no. Tú querías saber quién soy, y a eso solo puedo decirte que soy un chico nuevo en el Instituto, he llegado del norte, de tierras en las que solo los fuertes pueden vivir. -le guiñé un ojo mientras acaricie su labio inferior con mi pulgar.-Tienes labios lindos, pequeña. -añadí rompiendo sus ilusiones por recibir más información, y rápidamente salí de la sala escapando de ella, solo para darle más emoción al momento.
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La pelea comenzó bastante bien, obteniendo un punto bastante rápido. No se podía decir en absoluto que era una inútil, sumándole que con mi tamaño solía parecer menos de lo que era. No es que fuera especialmente pequeña, mi estatura estaba dentro de los rangos normales y en algunos los sobrepasaba, sin embargo solo me rodeaba de gente enorme y me hacía parecer más pequeña de lo que era. Por eso mismo me subestimaban. Veían a mi parabatai enorme a mi lado, que incluso a veces me ocultaba con su cuerpo, lo normal es que pensaran que era alguien frágil. Alguien con quien debían tener delicadeza. Eso dentro de los propios cazadores no se solía dar, todos ahí dentro sabían de que estábamos hechos. No estaba acostumbrada a entrenar con otras personas que no fueran de mi círculo, un gran error, pero fue algo que comencé hacerlo sin darme cuenta. De pequeña entrenaba con mis padres, cuando Aisak apareció me peleaba con él hasta acabar sangrando y cuando nos unimos entrenábamos los dos juntos contra mis padres o cualquiera que se animara. Teníamos que entrenar nuestro combate en conjunto, y por ello los únicos disponibles eran esos que eran más cercanos a nosotros. 

Entrenar con alguien que no fueran ni mis padres ni mi parabatai, era un cambio agradable. Aunque el motivo fuera otro muy diferente a pulir nuestras técnicas. Conocer su nombre era un misterio que tenía que resolver y estaba dispuesto a entrar en el juego. Uno que a muchos le podría parecer tonto, pero a veces esos eran los que más atraían. El combate fue fluido, los golpes volaban de mi parte, de la suya menos ya que lo que le interesaba era que perdiera mi tiempo, así que el chico decidió someterme a un par de llaves para inmovilizarme. La mayoría no le duraban demasiado, me libraba de ellas con rapidez. Empezar con armas y acabar el juego a manos desnudas no me resultó raro. Tampoco pensaba usar un arma cuando él mismo había dejado su arma a un lado. Jugar con ventaja no me agradaba y más cuando se trataba de alguien que me caía bien o este tipo de cosas. También era cierto que si en alguna ocasión tenía que jugar sucio lo haría sin dudarlo ni un instante. Que no me gustara no significaba que fuera idiota, si tenía que ganar sí o sí, y era la única opción jugaría sucio. En este caso claramente no era necesario, solo necesitaba ser yo. Estaba acostumbrada a tratar con chicos de su tamaño, con su personalidad no tanto. Podía sacar de quicio con esa sonrisa que formaba sus labios, aunque también era verdad que más de una vez no pude evitar corresponderla. Que me besara en la mejilla era una prueba, por lo menos para mí, que el chico le gustaba sacar de quicio a cualquiera. Ese acto suyo me distrajo por un momento, consiguiendo que mis colores subieran inmediatamente. No tardé mucho en serenarme de nuevo.
-¿Acaso importa? -le pregunté a su vez, sin darle importancia a su pregunta aunque sabía que quería distraerme. Vio algo de donde agarrarse y no iba a desperdiciar la oportunidad. Lo entendía y por ello lo maldije, tanto por aprovechar el momento como un guerrero y por comenzar a caerme ligeramente bien.

Terminé el combate cuando vi mi tiempo ridículamente reducido. Aprendí esa llave para Aisak cuando este pegó el estirón, cuando se ponía muy idiota lo hacía y lo dejaba tirado en el piso antes de encerarme en alguno de mis sitios para relajarme. Ya fuera entrenando o dando una vuelta, algo antes de clavarle una de mis dagas por imbécil. Le ofrecí al chico mi mano, pero se levantó por sus propios medios mientras que yo le recordaba cual era el trato. Le seguí con mi mirada, ya que no me había contestado a mi petición. Solo se había acercado a donde colocó su camisa, la cual ya se estaba poniendo. A cada paso que daba fruncía el ceño más y más. Después de eso se acercó a mí, tuve que levantar el rostro para poder mirarle a los ojos. Enarqué una ceja al escuchar lo que me decía.
-No seas tramposo. -le dije con mi fuerte acento galés. -Eso es lo que ERES, no QUIEN eres. -le recordé. -Sabes perfectamente que quiero saber tu nombre. -en ese momento colocó su pulgar sobre mis labios al mismo tiempo que me guiñaba un ojo para alabar mis labios. Por un momento ese comentario hizo que mi corazón se acelerara, para ver como se iba el chico con una pose divertida.

Enarqué una ceja mientras que me pellizcaba el puente de la nariz. El muchacho podría creer lo que le diera la gana, pero sabría su nombre y así fue como lo hice. Le estuve observando, no quería ir directamente a preguntarle a la directora del instituto. Era mis asuntos y nadie más le interesaban. Lo observé lo suficiente para saber cual era su dormitorio. Esperé a que se fuera para poder entrar. Su cuarto era en parte orden, con las pocas cosas que había traído consigo. Estaba allí para descubrir su nombre, tendría que tener lo que sea donde lo pusiera. Registré con delicadeza el dormitorio, hasta el punto de mirar en su ropa interior. A lo mejor el chicho tuviera una madre loca y le pusiera su nombre en el borde. Para mi mala suerte la rareza del chico era único, y no parecía ser de familia. Maldije en galés, hasta que encontré los libros. Sentí interés de lectora y esperé alguna pista de ahí. Tuve razón, en el interior de uno de los libros estaba el nombre del chico, Byron. Una dedicatoria en tinta negra sobre el papel en blanco sin ningún tipo de firma. Ahora solo me quedaba saber su apellido, pero no dure mucho tiempo allí porque el propietario del dormitorio llegó. Claramente me echo de allí, como era lógico, a la par que me tiraba unos calzoncillos a la cabeza. De alguna manera me llevé estos a mi cuarto al salir de allí enfadada con el chico por no cumplir su parte e interpretar las cosas como le diera la gana.
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Re: Asuntos familiares (Byron LaCroix + libre)

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