29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


01/01 ¡El Staff de Facilis Descensus Averni quiere desearos un muy feliz año 2018!


30/12 - Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada. ¡Detalles aquí!


03/12 - Estimados habitantes del submundo. ¡Los nefilims vuelven a estar disponibles!


30 # 38
23
NEFILIMS
7
CONSEJO
10
HUMANOS
5
LICÁNTRO.
7
VAMPIROS
10
BRUJOS
4
HADAS
2
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Un ojo ve, el otro siente. || Pierre Bonnet

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Un ojo ve, el otro siente.
→ Martes → 12:00 → Museo Guggenheim  → Soleado

El hombre contemplando el “templo del espíritu”, tan grácil como el arte debiera ser. Una estructura cuya modernidad rayaba lo espléndido, superficial y hasta lo sublime. Era ese toque lo que atraía las miradas curiosas de aquellos viajeros. Y, como un turista más, el pelirrojo se mantuvo de pie frente a la escalinata, elevando la mirada, intentando captar la imagen completa del enorme monumento a lo abstracto. Poco había leído de aquel lugar, solo obras de arte albergaba y es que el espíritu en sí, es un arte de la vida, de la voluntad del hombre.

Rowen miró a ambos lados antes de subir los peldaños. Pronosticado el día soleado, una simple playera de lino y vaqueros constituían su vestimenta, sus sandalias resultaban realmente peculiares en finos cordones que subían hasta sus pantorrillas. Cargaba a cuestas un morral de cuero curtido en donde exóticas joyas de las hadas se mantenían perfectamente guardadas en cajitas envueltas de finos papeles. Iba de paso hacia el taller donde trabajaba, pero atraído por el museo, decidió echar un vistazo antes de regresar a sus labores mundanos. El macho hada, poco conocía del submundo, era un pez en el agua con los humanos así que codearse con ellos en este momento en donde hablaban entre susurros mientras admiraban las obras, era un tanto libertador.

La forma de concha del edificio le dio la bienvenida como a un hijo pródigo. Damhnait se sintió abrumado y extasiado por la absoluta belleza y franqueza de lo que veía. Motivado por la nueva experiencia, —y eso que un conocedor del arte no era, de hecho, jamás había visto una obra en directo salvo en libros—, se dejó guiar por las habitaciones que se comunicaban unas a otras en una delicada manifestación de lo plástico. Existían obras de exquisita contrariedad, donde se entretuvo con demasiado deleite fue la exposición dedicada a Giacometti en el momento exacto en que “La bola suspendida” comenzó a marcar su paso como un péndulo. Se sentía absurdo por mirar la atracción magnética casi erótica que aquel arte causaba en él, como un niño atraído a lo prohibido, igual que Náyede atractiva, surreal y violenta al tiempo.

— “Inspirado  por el monolito de color dorado que en la niñez fuese hostil y amenazante…— leyó — hostil y amenazante—, repitió en un susurro antes de proseguir, —y la atracción principal para sus juegos de verano”.

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Un ojo ve, el otro siente
 +→ 12:00 → Museo Guggenheim  → Soleado

Pierre ese día había ido al museo de Nueva York para ver arte y cualquier cosa que le distrajese, pues el brujo era un chico que se crío entre el palacio de su padres y la corte de Versalles, haciendo que su vida estuviera llena de esa clase de arte, incluso en Francia quedan algunos retratos de él junto con sus dos hermanos y sus dos padres... los pocos que sobrevivieron a la revolución francesa.

El inmortal comenzó a mirar las obras... le recordaban a su vida viviendo con los nobles, viviendo en Francia, España, Inglaterra... todos esos lugares tan hermosos en los que había vivido en los siglos XVIII y XIX... y los dos últimos siglos había estado viviendo en Estados Unidos, un lugar que Pierre nunca se había imaginado que le enamoraría.

El brujo continuo caminando y quedó mirando una obra junto a un hombre pelirrojo, la verdad era que no le prestaba demasiada atención a este, es más simplemente miraba la obra con una mirada perdida y triste por anhelar el pasado... los recuerdos de Inglaterra le aterraban y azotaban cada noche en forma de pesadillas... pero los recuerdos de Francia y España le daban esos recuerdos de cuando su madre el abrazaba o cuando corría juntos con Antoinette y Constantin por los jardines de Versalles.

El chico se giró casi sin darse cuenta de que aquel chico seguía allí y casi tropezó con él, pero lo vio a tiempo para no caer sobre él y no tener un accidente, aunque no lo suficiente para que no pareciera que se le había quedado mirando fijamente. Las mejillas del rubio se sonrojaron, no le gustaba demasiado llamar la atención... ya lo hizo en los años veinte con aquella maldita película.

Perdón, casi me caigo sobre ti... no sabía que estabas aquí.— Se disculpo el chico con tono tímido y acento francés y después retrocedió unos pasos.

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Un ojo ve, el otro siente.
→ Martes → 12:00 → Museo Guggenheim  → Soleado

La risa de Náyede fue traída por el viento en esa tarde calurosa. Él podía escucharla perfectamente, como si ella hubiese reído en un espacio que ocasionaba eco. Una sonrisa que le transportaba, le llamaba, lo atraía cual imán a sus brazos, a rodearla para plasmar en sus pupilas aquel rostro angelical cuyo iris irradiaba tranquilidad. En cada movimiento del péndulo, evocaba el recuerdo de la mujer. Su risa, su cántico, las flores en su cabello, las manos delgadas, su cuerpo esbelto, incluso, podía percibir el aroma de su piel allí, tan suave que le daba miedo respirar con fuerza y alejar el olor, quizá estaba en sus pulmones. No, estaba en el sitio casi inalcanzable de su memoria.

Dejó escapar el aire lentamente, esperando con ello regresar a su realidad, donde ya no estaba Náyade salvo él, esperanzado en las palabras frías de la Reina y en su propio encargo. Habían pasado años desde aquello, recién se había dado cuenta cuando regresó al mundo de los humanos. Años sin verla, ni siquiera sabía si seguía con vida o atormentada o vacía. Deseaba que le estuviera esperando…

Golpe le arrancó de lleno en sus pensamientos. Lo sintió como una intrusión un poco dolorosa el ver a su joven hada y después más nada, solo esa “bola suspendida” encerrada para siempre en ese museo, como la vida misma, así de irónico era todo aquello. Con un parpadeo, Rowen se giró para ver al joven a su lado.

—¡Oh!— exclamó presa de la sorpresa, los últimos vestigios de la risa de Náyede se fueron con la voz del rubio.

Rowen negó, —no debería preocuparse—asió el morral a su hombro, las cuentas del rosario salieron de su mano al hacerlo. Cada piedra roja representando una pasión, el pecado del hombre y su propio Dios. —No ha sido más que un pequeño percance en donde nadie salió herido. A decir verdad, tampoco me había percatado de su presencia— ni la de nadie.


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Re: Un ojo ve, el otro siente. || Pierre Bonnet

Mensaje— por Pierre Bonnet el Mar Mar 20, 2018 10:00 pm

Un ojo ve, el otro siente.
→ Martes → 12:00 → Museo Guggenheim  → Soleado

Pierre esbozó una sonrisa amable al escuchar aquellos buenos modales, le recordaban a su niñez y eso le hizo sentir cierta ternura y recuerdos. El hombre pelirrojo llevaba un rosario, eso le llamaba también la atención... y sus rasgo de seelie le hacían dudar, no tenía ni idea de que las hadas fueran religiosa... aunque teniendo en cuenta que nunca antes había hablado con una... suponía que estaba bien.

Oh... genial entonces. Me alegro de que estés bien.—  El francés le mostró una sonrisa amable, además sus mejillas comenzaron a volver a su tono natural pálido.— Bonito rosario por cierto. Yo cuando era joven había tenido una...—  Dijo pensando en voz alta.— Ups... vaya modales... soy Pierre Bonnet y sí, antes de que lo preguntes, soy francés.— Le dijo el rubio, era una de las preguntas que le solían hacer al conocerle.

El brujo miró de nuevo la obra y después se volvió hasta el pelirrojo. No quería leerle la mente ni sacarle el tema sobre si era un hada, no lo veía algo que debería preguntar además de que le resultaba una conversación fuera de lugar para ser la primera vez que hablaban.

Me encantaría haber visto tantas cosas... me hubiese gustado vivir en Egipto con sus faraones... ¿No le parece una interesante época?— Le preguntó, había seelies que habían vivido mucho tiempo, aunque tampoco tanto como para haber estado en el antiguo Egipto, pero tal vez para haber estado en el descubrimiento de las Américas o alguna época remota.
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Un ojo ve, el otro siente.
→ Martes → 12:00 → Museo Guggenheim → Soleado

Recién ahora apreciaba al caballero frente a él, la tez blanca que se dejaba traslucir bajo el sonrojo de sus mejillas y el acento. ¡Por supuesto, francés! Años desde que eso no parecía importar en su “mundo” todos aquellos detalles de la vida cotidiana. ¿Qué importaba como hablaban cuando la primera manera de comunicarse era el baile y la música? Era, en sus coplas, donde nacía la palabra, el sentimiento y el erotismo. Allí radicaba la verdadera esencia. Hadas canturreando a la naturaleza, a la vida, inclusive con toda su sátira y sadismo. Sus risas crueles fácilmente interpretables, el movimiento de sus cuerpos gráciles y la esencia de sus nombres. Eso importaba mucho más…

El joven rubio hablaba con toda fluidez y rapidez, hizo que Rowen esbozara una sonrisa. No supo por qué, agradecimiento o simple calidez. Bajó la mano dejando ver el rosario de piedras rojas, consigo traía un delicado aroma a rosas; era el regalo de su fallecida abuela, una humana de mal talante y poca paciencia, pero con su nieto, algunas veces se había permitido momentos de dulzura. Ella incrustó hondamente la idea religiosa en su pequeña cabecita pelirroja en su tierna infancia, por ella rezaba cada día y creía en un Dios más que en un Ángel de rebelión que los nephilim representaban. Según las hadas, entre sus burlas, aquellos que en sus venas corría sangre de un ser celestial, eran los mismos parásitos que se congregaban a gracia y gloria de un mito sin realidad. Como la familia adoptiva de Rowen.

Asintió con la sonrisa instalada en una versión surrealista. Se preguntó si el nombre de aquel peculiar hombre debía significar algo para él. Ahora ese era uno de sus más abnegados pensamientos al conocer a alguien. ¿Era un nephilim, un brujo, un hombre lobo? ¿Se trataba de un vampiro? Él no lo sabía con seguridad y le aterraba la idea de que ellos (los del submundo) pudieran identificarlo con total claridad. Enterado estaba respecto a las guerras de guante blanco que se fraguaban y que solo necesitaban de un impulso a la llama para explotar.

Un placer, señor Bonnet, mi nombre es…— solía entretenerse en cavilaciones respecto a su nombre de hada o mundano. Sentía un inmenso aprecio por su existencia entre los humanos y realmente no le era del todo cómodo usar el otro, sin embargo, entre su verdadera gente, la naturaleza del nombre era una clase de dicha. —Rowen, Rowen Fitzwilliam— dicho, cambió el rosario de mano y extendió la derecha para estrecharla en un saludo casual con un leve apretón. Cortesías comunes en el poblado natal de sus padres adoptivos.

Imagino las épocas en que seriamos esclavos con poca devoción— sonrió rascando su nuca, —pero estoy seguro, señor Bonnet, que debió ser una época gloriosa para el poder. Me temo que mi curiosidad alcanza solo a dilucidar lo que portaban, la magnificencia en sus joyas donde podía verse a simple vista su ímpetu de viveza, poder, gloria y belleza— encogiéndose de hombros, invitó al joven a seguirle por la habitación, —verá usted, en mi trabajo la belleza se basa en la opacidad, dureza, brillo y angulosidad de las piedras, eso es el entendimiento del arte para alguien tan… primitivo como yo— acariciaba de vez en tanto las cuentas de su rosario mientras hablaba, a veces, su padre solía decir que parecía estar rezando todo el tiempo con ese gesto tan serio suyo, —dígame, ¿ha venido a vacacionar, señor Bonnet?


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Re: Un ojo ve, el otro siente. || Pierre Bonnet

Mensaje— por Pierre Bonnet el Miér Mar 21, 2018 7:55 pm

Un ojo ve, el otro siente.
→ Martes → 12:00 → Museo Guggenheim → Soleado

El brujo correspondió el apretón de manos con una sonrisa, parecía tener unos buenos modales, tal vez fuera de una buena familia, como él antaño.—Encantado señor Fitzwilliam.— El rubio le mostró una amable sonrisa y después siguió al pelirrojo.—Yo también pienso que seríamos esclavos.— Aunque teniendo en cuenta que Pierre había nacido en una cuna noble en su época... no sería descabellado que si hubiera nacido en Egipto hubiese sido noble o alguien con dinero.—¿Le gusta la historia, Señor Fitzwilliam?— El inmortal mostró una sonrisa, la verdad es que las joyas que había visto a través de la historia harían a cualquiera quedarse alucinado, eran verdaderas obras de artes muchas de las que veía en la corte francesa y española.

No me parece primitivo en absoluto, parece una persona interesante pese a ser tan joven... aunque bueno, que digo yo de juventud cuando tengo veintitrés años.— Le dijo el rubio a modo de mentira piadosa, no iba confesarle ser un brujo que había vivido tantas cosas.—¿Cuál es su trabajo? Ahora tengo curiosidad... yo soy profesor de historia en un instituto... aunque también he trabajado de camarero.— El rubio mostró una sonrisa, había trabajado de muchas cosas.—No, en realidad no... pese a mi acento francés he venido a quedarme... llevo en Nueva York desde el años 2000... me críe en Versalles.— En eso no iba a mentirle. Lo bueno de ser inmortal era que podía cambiar la verdad a su gusto, podía decir que había nacido en Versalles hacia veintitrés años, que sus padres había muerto en un accidente cuando era muy pequeño y que vivía desde los cinco con su tía paterna que también murió recientemente... esa era la historia que más usaba.—¿Tú eres de Nueva York?
— Quiso saber el chico.


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Un ojo ve, el otro siente.
→ Martes → 12:00 → Museo Guggenheim → Soleado

Afable, era la primera palabra que se le pasaba por la mente cuando miraba la sonrisa del muchacho. Parecía de esos tipos que fácilmente se desprendían de las sonrisas. Poseía la soltura que a Rowen se le había terminado en la corte de las Hadas. No era sencillo para él romper las barreras, pero tampoco podría considerarse un hecho aterrador. Más bien, la confianza dependía de alguna clase de aura. En ocasiones, Rowen simplemente no prestaba toda la atención debida para aseverar sentir simpatía o no por alguien.

¿La historia?— ladeó el rostro, comenzaban a adentrarse al arte abstracto; estilo que causaba serios problemas emocionales en el pelirrojo, se atrevería a afirmar que hasta le causaba jaqueca. Y es que, en su comprensión, este arte significaba tres millas de pintura y nada. —No estoy muy seguro— admitió sin ninguna reverencia. Naturalmente, había aprendido algo de historia en el colegio. Sentía que había pasado toda una vida desde aquello. —No fui el alumno más dedicado en esa materia, puedo decir que la segunda guerra mundial terminó el 1945 con la rendición de Alemania y Japón— sonrió —lo que es un hecho básico y muy conocido por todos. Igual que el arte abstracto y su latente manifestación de la libertad del siglo XX— señaló una pintura que no reconocía, jamás había visto y qué decir del artista, seguramente en su vida lo había escuchado nombrar.

Rowen abrió la boca para decir algo, gesto que se convirtió en una sonrisa de complicidad. Algo inherente de las hadas, y que siempre supo que existía esta “anomalía” dentro de él, era la incapacidad de mentir. Sentían esa absoluta valentía por la verdad, sencillamente, la verdad era una exposición de la existencia misma. Podían decir verdades a medias llenas de jugarretas y burlas, algunas irónicas y hasta sarcásticas; pero siempre eran dejaban libre su lengua ante la veracidad de todo. Por ende, conocían perfectamente esa sensación y sentimiento oculto de una mentira. Gracias a ello, se dio cuenta de esto: el joven rubio, era un parte del submundo.

¿Camarero?— frunció el ceño —¿alguien que da cátedra de historia puede ver ocurrir la historia desde un bar? Es un hecho divertido sin duda— el pelirrojo nunca había trabajado, no propiamente dicho. Aprendió el arte del labrado y el detalle con el comercio de su padre, pese a que su familia era de herreros. Este era su primer trabajo y no podía decir que se lo había ganado solo. —Hago joyas, naturalmente— mantenía sus dedos ocupados en las piedras rojas, como si ello le ayudara a pensar. Entonces, como si de la nada hubiese salido, giró el rostro hacia el rubio, de entre su cabello, peludas orejas se asomaban con decoro. Fitzwilliam contuvo el aliento. Muchas veces, las hadas le habían dicho que tenía la mente cuadrada de los humanos, tan cegado al verdadero mundo y cuando se daba de lleno con esta clase de situaciones, entendía que era cierto. El submundo se revelaba ante sus ojos.

Dejó pasar un par de minutos antes de concentrarse otra vez.

¿En una época de esplendor, como ahora?— inquirió pensando que quizá estaba yendo más allá de lo permitido. No quería husmear, aunque ese fuese su trabajo, —no lo soy, he nacido en un lugar muy lejano lleno de verdes prados y aromáticas flores—, ambos, Feéra y Dalkey coincidían con la descripción, así que era una verdad hablar de sus hogares de esta manera.


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Un ojo ve, el otro siente.
 → Martes → 12:00 → Museo Guggenheim → Soleado

El inmortal puso cara de sorpresa al escuchar que era joyero, entonces podría sentir fascinación por las joyas antiguas.—¿Eso significa qué te gustan las joyas antiguas?— Quiso saber curioso el rubio con una sonrisa en el rostro.—Yo me acuerdo de que mi madre era muy coqueta... tenía muchas joyas, tantas que diría que si perdía una no se daría cuenta... y mi padre tenía bastantes crucifijos y rosarios, era muy religioso... mi madre no tanto.— Pierre respiró hondo al recordar aquello y recordó a su hermana Antoinette, ella era con diferencia la persona favorita que había tenido el francés, aunque ya no estuviera con él.

El rubio sintió cierta incomodidad cuando este le miró fijamente, tal vez este hubiera visto su cabello de oro y sus orejas de gato... eso le daba cierto temor... los mundanos con la visión solían ser bastante asustadizos cuando no lo aceptaban, cuando no aceptaban que había otros seres, aunque seguramente por sus orejas sería un seelie.—¿Puedo hacerte una pregunta?— Preguntó nervioso el brujo.—¿Eres un seelie?— Le susurro al oído con cierto temor a que no lo fuera.

El inmortal sentía temor de ser tomado por un loco.—Creo que ya sabes después de este tiempo conmigo... que soy brujo... por mis orejas de gato y cabello color oro. Problemas de tener un padre demonio, te dan rasgos demoníacos, poderes, inmortalidad y ser estéril.— Si el pelirrojo no llamaba a un loquero estaba seguro de que al menos le comprendería, los seres del submundo no van diciendo lo que son hasta que no están seguros.—Cambiando de tema... ¿De qué lugar me hablabas?— Pierre miró con curiosidad al chico.



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Un ojo ve, el otro siente.
→ Martes → 12:00 → Museo Guggenheim → Soleado

Las obras poseían la esencia de lo que es absolutamente bello y eterno. Pensó que en los vampiros sería algo similar con aquella descripción, nunca los había visto, pero estaban presentes en la literatura, eso debía significar algo, ¿no? De cualquier forma, ante las palabras de su acompañante, su mente viajera se entretuvo en la idea de las joyas antiguas, dentro de sus preferidas las de Art Nouveau como una expresión de la belleza, elegancia y poder. Asintiendo con aquello escuchó la existencia de los padres del brujo, se preguntó hace cuanto había pasado aquello, pues al ser un relato seguido de “joyerías antiguas”, debieron datar de mucho tiempo atrás. Rowen había leído de la longevidad de la mayoría del submundo un hecho por demás fascinante.

¿Crucifijos ha dicho?— inquirió recordando aquel crucifijo de su padre, el que talló en hierro sólido y regalara a su único hijo. Ese hijo cuya “alergia” al hierro le había marcado el pecho con la cruz. Ahora ya no se percibía la forma, solo quedaban dos de las cuatro líneas que se iluminaban tenuemente. —he visto una vasta colección hace mucho tiempo, pero era de un hombre poco religioso y amante de las finas creencias convertidas en íconos.

Ascendieron. El siguiente nivel estaba dotado de un arte más realista, aspecto que encantaba mucho más al joven hada, pues era allí en donde encontraba la semejanza de los mundos. Algunos eran irreales por la frescura y textura. Rowen prácticamente cambió su humor al adentrarse a la habitación.

Giró el rostro esbozando una sonrisa. —Soy miembro del reino de las hadas— contestó sin darle muchas vueltas a lo mismo. Justo ahora sabía que pertenecía a la corte Seelie, pero si era o no realmente uno era ambiguo y triste a la vez. Fitwilliam no pudo más que guardar el rosario en el bolsillo de su pantalón antes de proseguir.

Me lo figuraba— contestó quitando la mirada de las orejas llenas de pelo del brujo, —no soy del todo joven, aunque entre las hadas pudiera parecer que lo soy, pero supuse que era un brujo antes, aunque admito, han sido sus orejas lo que declaró su condición— existían momento que para Rowen carecer de experiencia para con el submundo, era la limitación más aterradora.

De mi hogar, por supuesto— nuevamente sonrió, —debe ser las puntual con sus preguntas, señor Bonnet— se inclinó hacia él, —los Hijos de Lylic no regalamos las verdades con total descaro, a veces, se busca obtener un buen entretenimiento en las palabras


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Re: Un ojo ve, el otro siente. || Pierre Bonnet

Mensaje— por Pierre Bonnet el Miér Mar 28, 2018 5:43 pm

Un ojo ve, el otro siente.
→ Martes → 12:00 → Museo Guggenheim → Soleado  

Pierre le mostró una sonrisa y después miró fijamente al pelirrojo.—Entonces ya supondrás que he nacido hace años... ¿Verdad?— Le dijo el brujo con una sonrisa.—Soy de 1756, o sea que tengo más de 200 años.— Le confesó el inmortal. El rubio no se había dado cuenta de lo mucho que había avanzado en el museo hasta que este comenzó a hablar de los hijos de Lylic.

El chico miró las obras de arte y después volvió a mirar a Fitzwilliam.—Nunca antes había conocido a una hada, se me hace raro ver la primera en mi vida.— Y eso que había tenido una vida larga, aunque le habían ayudado las descripciones de otros seres sobre las hadas para saber quién era.—Suerte que he conocido a otros subterráneos que me han descrito a las seelies miles de veces, y lo de no poder mentir tiene pinta de ser algo muy malo, o sea si te obligan a hablar por haber hecho algo muy malo y tienes que confesarlo todo... no sé.— El inmortal no dijo nada más hasta un rato.

El museo siempre hacían que el francés pudiera ver las obras de otras épocas, transportarle a diversos lugares, y eso le gustaba mucho al brujo que disfrutaba de la historia.—¿Por qué has venido al museo? Yo quería distraerme un poco.— Le confesó el rubio al seelie.



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Un ojo ve, el otro siente.
→ Martes → 12:00 → Museo Guggenheim → Soleado

La inmensidad del mundo caía sobre sus hombros al enterarse de esta clase de cosas. Durante su estancia en la Corte Seelie, conoció a un macho hada cuya vida remontaba a los primeros hombres, aún tenía un semblante hermoso aunque demasiado solemne, casi no podía entender su forma de hablar pese a los innumerables idiomas y dialectos que había aprendido, amaba el lenguaje propio de las hadas. A su joven pupilo, Damhnait, le enseñaba las palabras que no se podían pronunciar, eran ruidos, música en los oídos de los mundanos, pero igual de extravagantes que las maldiciones. Fitzwilliam sentía que la ignorancia le sobrepasaba y con ello, el desgaste de quien se sabe inútil, una sensación aplastante…

Hasta hace poco, la idea de la eternidad me parecía tan descabellada como esa pintura, cuya simetría es nula y mi apreciación no tan solicita como debiera— a estas alturas de su viaje, la inmortalidad era algo que asimilaba con mejor valor, y sin embargo, la sola idea de existir durante un largo, largo tiempo era insufrible. Justo ahora, merecía la pena pensar en la muerte como un consuelo. —¿participó en las guerras de los humanos, o solo fue un espectador más?— movido por el amor que le tenía a los humanos, siempre lograba pensar en ellos como merecedores de la ayuda. Su pueblo, por supuesto, lo habría flagelado por esa absurdez.

Negó esclareciendo sus ideas, o intentando, al menos.

Es, en la verdad, donde se encuentra la libertad— aseguró encogiéndose de hombros. Oh, cuantos buenos golpes se había llevado gracias a que siempre decía la verdad. ¿Quién había quebrado el cuadro del difunto abuelo? ¡Yo! Yo lo hice, yo quise hacerlo, deseo esto o detesto la sopa que todos aman de mamá… él se metía en líos en donde su absoluta honestidad sacaba de sus casillas a cualquiera. “Sin secretos” le llamaban sus primos, “el soplón” como mejor le conocían sus amigos. Si, sin duda, decir la verdad simbolizaba estar en grave peligro.

Habían alcanzado el punto más alto del museo, desde allí, la vista era impresionante, casi arrulladora. Para bajar, tendrían que usar las escaleras que giraban cual caparazón, nuevamente, Náyede ocupó sus pensamientos, ella esperaba algún día pisar las construcciones impresionantes de los mundanos, a petición de él, hasta se subiría a un barco para viajar a América. Como si desde la tierra de las hadas no se pudiera llegar en una cabalgata.

Estaba de paso— contestó luego de unos minutos, —fue el edificio lo que me conquistó antes de entrar— miró al brujo de soslayo antes de comenzar el descenso —para tener tantos años a cuestas, su idea de distracción es bastante… peculiar. Aunque no imagino que más podría sorprenderle, lo ha visto todo.

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Re: Un ojo ve, el otro siente. || Pierre Bonnet

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