29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


01/01 ¡El Staff de Facilis Descensus Averni quiere desearos un muy feliz año 2018!


30/12 - Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada. ¡Detalles aquí!


03/12 - Estimados habitantes del submundo. ¡Los nefilims vuelven a estar disponibles!


30 # 38
23
NEFILIMS
7
CONSEJO
10
HUMANOS
5
LICÁNTRO.
7
VAMPIROS
10
BRUJOS
4
HADAS
2
DEMONIOS
1
FANTASMAS

La mente se rinde antes que el músculo. || Jace Wayland

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La mente se rinde antes que el músculo
→ Viernes→ 20:15 h. → Ala de habitaciones

EL ARTE DE VENCER, SE APRENDE EN LAS DERROTAS.


Recientemente se había visto cara a cara con un demonio. Había escuchado su chirrido calándole hondo, su aliento justo antes del golpe y la mirada encolerizada. Fue un hecho aterrador en cuyo proceder fue el de salir corriendo. ¡Bonito cazador de sombras! ¿Con qué orgullo podría decir su apellido si no enfrentaba aquello para lo que estaban hechos? Ese suceso le trajo una enorme necesidad de utilidad que pocas había sentido durante su tiempo de vida. Porque ciertamente, como un infante, creció bajo el abrazo de sus padres. Nunca tuvo que preocuparse por entrenar con los mayores, ellos siempre estaban dispuestos a sacrificar una tarde de ocio por un rudo entrenamiento, lo disfrutaban. Pero Max, ¡ah, Max! Él se conformaba con coger un libro y meterse en pequeños rincones para seguir leyendo. Ahora veía no era más que un fantasma que tampoco podía hacer nada. El demonio no iba a matarle y aun así, simplemente, huyó.

Cabizbajo anduvo un par de días hasta que lo comprendió. “Si conoces al enemigo y a ti mismo, no debes temer el resultado de un ciento de batallas”, había leído alguna vez aquella frase y ahora cobraba sentido. Con energías renovadas comenzó a entrenar mientras los demás dormían. Las noches eran extremadamente largas para él, y pese a que siempre se entretenía con algún manga que Clary le hubiese traído o libros que su hermano dejaba cerca de él, existían momentos en que la soledad se instalaba como una enorme nube oscura, igual que esos “monos” japoneses y sus expresiones exagerada; así lo sentía. Pero, no importaba cuanto se comprometía con su entrenamiento, no lograba hacerlo del todo bien; las dagas no penetraban el círculo del blanco, su puntería con el arco le iba mal y las espadas eran demasiado pesadas para blandirlas sin que su mano desapereciera y el metal cayera ocasionando un sonido sordo en el silencio. Inmediatamente, Max hacía acopio de su poder para regresar a su habitación y no estar presente cuando una docena de valientes cazadores de sombras hicieran acto de presencia ante el ruido en su Instituto.

Sin más, el chiquillo fue con la única persona que parecía no estar pensando todo el tiempo que él era un fantasma. Con timidez, tocó la puerta de la habitación de su hermano adoptivo. Max no solía ser del todo tímido, más bien, era conciso con lo que quería, sin embargo, desde su regreso, le causa cierta incomodidad que los demás lo vieran como algo antinatural, lo era por supuesto, pero eso no dejaba de hacerlo sentir, extraño.

—¿Jace?— volvió a tocar, no quería verse husmeando por allí, así que decidió no abrir la puerta, —¿estás ocupado? Quisiera hablar algo contigo.

Colocó las manos tras su espalda mientras esperaba al rubio, entretenido por el sonido de alguien a la distancia que tarareaba, se dedicó a mecer el cuerpo entre sus talones y la punta de sus dedos. Sabía que su hermano estaba en la habitación, cosa que pocas veces ocurría, “quizá esté intentando conciliar el sueño” pensó, habían tenido una misión esa tarde, posiblemente, esperaban un momento de relajación. “Quizá es... soy una pérdida de tiempo”.

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Llegué al instituto de una misión. Recibimos un aviso sobre la posible aparición de Sebastian, pero lo que nos encontramos fue una serie de demonios Rahab. Eran unos demonios en forma de lagartos, escamosos y ciegos, que donde deberían tener sus ojos tenían una hilera de dientes. Tuvimos que lidiar con su maldito aguijón que tenían el la lengua bífida. Escuchar que a lo mejor era una pista sobre el desgraciado de Sebastian, y ahí estábamos, luchando contra demonios que no tenían ni idea del paradero del otro rubio. Los Morgenstern me traían de cabeza, todos ellos. Primero Valentine, que no tuvo mejor idea que convertirse en mi padre después de arrancarme de las entrañas de mi madre cuando esta se suicido. Sebastian, con su asquerosa idea de crear una familia o que Clary estuviera a su lado de una manera retorcida y asquerosa. Puede que yo estuviera enamorado de ella incluso al pensar que éramos familias, pero el ángel sabe que intenté con todas mis fuerzas apartarme de ella. Por último, estaba la misma Clary que tenía más sangre de Fairchild, aun así era cabezota no como su madre. A veces me traía loco y no podía evitarlo, aunque tampoco quería que dejara de volverme loco. Era un dolor que me gustaba pasar de vez en cuando, sobre todo cuando acabábamos liándonos en pleno probador.

Llegué al instituto, me despedí de mis compañeros de esa misión con una palabra suelta y fui directo a mi dormitorio. Tiré la chaqueta al suelo con una maldición en los labios, al escuchar que hasta esa salpicaba me fije en mí mejor. Estaba lleno de icor de demonio y barro, puse cara de asco antes de ponerme manos a la obra. Metí todo el equipo en una bolsa para tirarlo, últimamente me estaba quedando sin trajes de combate. Fui directo al baño, dejando la bolsa ahí y metiéndome en la ducha. El agua caliente comenzó a correr, relajando todos mis músculos al instante. Estaba enfadado por recibir esa falsa alarma, sin embargo a estas alturas ya no podía hacer nada para remediarlo. Sencillamente tenía que aceptarlo y seguir buscando, no quería que Sebastian se acercaba demasiado a ninguno de nosotros, ya había hecho demasiado daño. Usé demasiado jabón para eliminar todo el mal olor que tenía encima. Hasta que alguien tocó en la puerta. En un principio pensé en ignorarlo pero hubo una segunda vez y decidí salir.

Me vestí con los pantalones del pijama, una camisa de manga larga azul oscuro y ni me molesté en usar zapatos. Salí del baño y conmigo el vapor concentrado. Me coloqué toalla encima de los hombros y desde allí la usaba para secarme el cabello y escuché su voz. Al abrir la puerta me encontré con un niño, un niño que en parte me dolía verlo. Su cabello negro revuelto miraba en todas direcciones y sus grandes ojos grises me miraban. Le pillé balanceándose sobre sus pies. Él no lo sabía pero todavía recordaba el último día que vivió, se me había grabado para siempre. Al igual que Izzy, sentía que tenía que haber estado allí con él y no lo estuve. No demostré nada de eso en mi rostro, porque ahora Max estaba con nosotros, de una manera diferente a como queríamos pero lo estaba.
-¿Sucede algo Max? -le pregunté apartándome de la puerta para dejarle entrar. Escuchaba a alguien tararear por el pasillo, y mi hermano me había buscado precisamente a mí para hablar. No tenía intención que nadie ajeno a nosotros se enterara de lo que el pequeño tenía que contarme. Cuando el muchacho entró cerré la puerta detrás de él. -Nunca estaré ocupado para ti. -ya no, porque nunca se volvería a repetir lo que pasó en Idris. No podía arreglarlo del todo pero lo iba a enmendar. También, una de las razones de peso por la cual quería acabar con Sebastian estaba conmigo, mirándome con esos grandes ojos grises.
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Antes no parecía importarle que no fuera bienvenido entre los mayores. El chiquillo, solía permanecer o inmiscuirse en las habitaciones y quedarse prendado allí hasta que lo sacaban con miradas impacientes, exasperadas o hasta con palabras. No le causaban nada mayor que un disgusto mal disimulado, deseaba poder participar en conversaciones de “adultos” o no tan adultos como lo eran sus hermanos; aunque en ocasiones Jace intentaba hacerlo participar, algunas veces terminaba absurdamente aburrido pues la mayoría de las conversaciones tenían que ver sobre estrategias de lucha, clases de cuchillos, accesorios “sexy” pero letales y comida. ¿Qué podía decir sobre ello? Nada salvo que se le antojaba ir con ellos al afamado Taki’s al que solo fue una vez gracias a Alec. Prácticamente, él solo se iba a intentar leer algo, jugar o perturbar a Hogde con interminables preguntas.

Ahora tampoco es como si le importase mucho. Pero cada que veía a sus hermanos más crecidos, con músculos más grandes, con amores intensos, con vida por planear, su perturbación crecía cual marea. Le angustiaba no tener nada que compartir con ellos. Incluso, pensaba que no era más que una existencia solitaria. Quizá ese fuese su cometido, pero, ¿qué ganaría con ello? Le mantenía en un constante cuestionamiento. Resultaba ser mucho para asimilar a alguien como él, y más si le añadía que todos en casa daban la impresión de querer cuidarlo como a un tesoro roto, de ese que colocas arriba de un enorme mueble donde nadie pueda tocarlo, ni siquiera respirarle para no volver a agrietarlo; sabían que estaba allí, en lo alto, lo contemplaban en la distancia pero terminan por olvidarlo tarde que temprano.

Max ladeó el rostro cuando su hermano abrió; el cabello mojado y la ropa de dormir. Tenía razón, se preparaba para el descanso. La percepción del tiempo para el pequeño fantasma era una cosa extraña. No padecía ni sueño, ni estados ni temperatura, nada. Solo percibía entre lo sólido y lo que no era tanto. Por momentos hasta eso olvidaba, para él era algo al revés; para llegar a su invisibilidad o traspaso, tenía que poner mayor ímpeto de lo necesario, gastaba demasiada energía, pero para mantenerse tan sólido como cualquiera, era algo tan natural que siempre se olvidaba que era un fantasma nada más.

Negó. En realidad no sucedía nada, no ahora. Así que mirando al interior de la habitación, pasó. Aunque había mantenido un rostro parecido al de Jace sin disturbio alguno, sonrió al escucharle. Le causaba gran tranquilidad que el rubio estuviera dispuesto a escucharle, incluso, ya comenzaba a desear llegar al momento en que le pidiera que le entrenara. ¿Podría negarse a ello? Podría ser, pero Max estaba dispuesto a escuchar todas las negativas de ser necesario. Después de todo, siempre estaba la opción B; intentar regresar a donde se suponía debía estar y encontrar la manera de viajar entre ambos mundos, como William.

El castaño entró con toda solemnidad hasta que su impulso infantil le ganó y saltó hacia la cama. —Hace un par de noches— comenzó —fui a Central Park, yo… quería saber qué es eso que tanto ocultan todos ustedes—. Levantó la mano en señal de espera —sé que dijeron que no debía ir allí, pero lo hice. Había demonios, Jace. Aún después de todo lo que han hecho para acabarlos siguen allí, ¿por qué?— frunció el ceño subiendo las piernas y cruzándolas, —pero eso no es lo importante, creo… es, porque… porque me di cuenta que no puedo ser nada útil. ¿Ves? Soy un niño— el chiquillo jugueteó con las hilachas de su pantalón, —ya ni siquiera puedo ser un cazador de sombras como ustedes, ¿qué se supone debería hacer con eso? Así que pensé que quizá puedas entrenarme, aun soy un nephilim, creo que merezco la oportunidad de poder hacer algo con ello, ¿verdad? Quiero ver si puedo hacerlo, Jace. Probarme.

De antemano sabía que muchas de las cosas eran siquiera ridículas de pensar. Jamás podría blandir una espada con toda naturalidad, ni hablar de un mazo. Pero había logrado mantener el arco por más tiempo y usado las dagas. Al menos, quería saber moverse, usar la defensiva. Y sobre todo, ser de ayuda al Instituto.
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Me sorprendió escuchar al pequeño Max al otro lado de la puerta, le abrí la puerta lo más rápido posible, el niño estaba moviéndose de atrás adelante esperando por mí. Al dejarle pasar, él lo hizo con una sonrisa en los labios, que de alguna manera consiguió contagiarme por un segundo. Pero no quitó que estuviera preocupado por su repentina aparición a estas horas a mi dormitorio. Mi hermano negó con la cabeza al preguntarle que si había sucedido algo. Cerré la puerta detrás de él para tener intimidad. En menos de dos segundos el más pequeño de nosotros se lanzó sobre la cama, no me importó. Así que, le seguí pasándome con energía la toalla por la cabeza, secándome el pelo mientras me sentaba en la silla que tenía cerca de la cama. Max comenzó a relatarme lo que había pasado. Enarqué una ceja al escuchar como había ido a Central Park. Era cierto que a estas alturas era imposible que el niño muriera, aun así, la idea de que se fuera por su cuenta y desapareciera sin rastro algo era igual que aterrador. Era perderlo por segunda vez porque volvimos a fallar a la hora de cuidarlo. El pequeño se encargó rápido de frenar toda frase que pudiera decir sobre su visita al parque, continuando la historia y me mantuve en silencio a la espera que terminara.

Cuando terminó de hablar me quedé mirándolo como jugueteaba con sus pantalones. Mis intensos ojos se clavaron en silencio en él, disfrutando de cada gesto que hacía preocupado. Tal vez no era el mejor momento para hacerlo, sin embargo, me había hecho a la idea de que nunca más lo vería nervioso por los pasillos del instituto o intentando comprender alguno de esos libros con dibujos y diálogos extranjeros, que Clary no había dudado en regalarle. Me levanté y me senté a su lado, el cuerpo de Max desprendía un frío antinatural, el frío de algo que no estaba vivo pero me dio igual. Le revolví el cabello sin miramientos ninguno, sintiendo que era un cuerpo sólido a pesar de su temperatura corporal.
-Hacemos todo lo que podemos con los demonios. -le aseguré. -Pero me temo que no acabara hasta que matemos a Sebastian. -dije de manera dura, pero no hacia él sino ante la situación. Ese hombre no moría, por muchas apuñaladas que le diera. Teníamos que acabar con él y aquello que seguía manteniéndolo con vida. -¿Pasó algo en especial con esos demonios con los que te encontraste? -le pregunté para saber más detalles de aquel encuentro. Todos, Alec, Izzy y yo estábamos deseando de que el pequeño fuera lo suficientemente mayor para que pudiera venir con nosotros a la hora de cazar, claramente sería diferente, todos para defenderle a él a pesar de confiar en él. Sobre todo Alec e Izzy que eran muy sobreprotectores con Max, yo también lo era pero de una manera diferente. Confiaba en que el pequeño se convertiría en un buen cazador de sombras. -Puede que ahora no puedas activar un cuchillo serafín pero eso no significa nada, sigues siendo un cazador de sombras como todos los que vivimos bajo este techo. -le aseguré. -Te enseñaré a luchar como el guerrero que eres, pero tú tendrás que pulir con tus propias habilidades. Eres un fantasma, podrás hacer cosas que nosotros no podemos hacer. Toma ventaja de ello también y tendrás que utilizarlas a tu favor a la hora de combatir. -me sequé por última vez el pelo. -¿Cuándo quieres empezar? -le pregunté. -Creo que podemos conseguir trajes de combate de tu talla.
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Jace desprendió el aroma a jabón cuando se sentó junto al chiquillo. Podía percibir la esencia de su carne en unión con el químico del jabón. Max solía prestar más interés en aquellos aspectos propios de los cuerpos vivos, quizá era su manera de demostrarse y evidenciar su envidia. Aunque por más que lo intentaba, no lograba llegar a una clase de celos por una vida que no tendría. En primer momento lo pensó, claro, ¿quién no lo haría después de regresar del “más allá”? pero ahora no se imaginaba teniendo otra clase de vida más que esta. Quizá se debía a una falta de creatividad, fantasía, desinterés, todo lo anterior o simple realidad. ¿De qué servía fantasear por algo que nunca se tendría?

Soltó una risita por aquel gesto. Todos los adultos parecían tener esa clase de demostrativo afecto, no se conformaban con pellizcar mejillas, revolvían cabellos. Hacía muchos años atrás que las mejillas de Max no causaban revolución entre los adultos, menos mal, porque odiaba que jugaran con sus regordetas mejillas de niño. Además, le gustaba cuando tenían mejores cosas que hacer como revolverle el cabello. Eso lo hacía sentir mimado más que exasperado.

—Eso pensé— murmuró dejando escapar un suspiro blanquecino. Eso, específicamente era de las pequeñas cosas que le hacían recordar con tanto ahínco su paso en el mundo terrenal.

—No— renovado de energía, esperaba contarle su viaje en el portal y el brujo tan peculiar que había conocido. Pero recordó que eso tendría que guardarlo para sí mismo, no quería meter en problemas al subterráneo, ¡le había salvado la vida! Por muy cobarde que eso hubiese sido. —No— dijo más bajito, —solo era un demonio, parecido a un demonio oni, pero no era verde… creo que no lo vi bien— “aunque me golpeó” —tenía un colmillo quebrado— se encogió de hombros, en realidad no lograba recordarlo. Se reprendió mentalmente por ser incapaz de observar. —Pero salí de allí, ni siquiera pude defenderme, ¿qué clase de cazador de sombras podré ser así? Ya no podría morir otra vez, Jace, y aun así preferí salir. No tenía miedo…

Su estado de ánimo fluctuaba entre lo que estaba en su pasado, lo que hacía y lo que decía Jace ahora. El chiquillo volvía a entusiasmarse, no creyó que fuese tan fácil convencer a alguien de que pudiera entrenarlo. No podría ser jamás la clase de cazador de sombras que todos, pero por sus venas en alguna ocasión corrió la sangre viva del Ángel. Con una extasiada sonrisa asentía a sus palabras.

—¿Qué habilidades?— inquirió con total ingenuidad viendo sus manos, acto seguido, una sonrisa diminuta tiró de sus labios antes de tocar la muñeca del rubio y  generar una descarga helada capaz de producir un agudo escalofrío. —¿Cómo este?— Gideon siempre dijo que era bueno con esa capacidad, pero entre los muertos, probarla significaba una nula noción del frío.

Se puso de pie en un salto sobre la cama, —vamos ya, Jace. Venga, ahora no hay nadie ocupando la sala de entrenamiento— se hincó frente a su hermano, —pero si estás cansado, puedo esperar a mañana.
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Hablar del tema de los demonios y Sebastian podía con mis fuerzas, metafóricamente hablando. Me enfurecía saber que estaba por ahí suelto, por ahí vivo y yo sin poder hacer nada. Deseaba matarlo una vez más y definitivamente, enterrar su cuerpo en alguna parte de este planeta, o de otra dimensión y saber al 100% que estaba muerto y que nunca iba a volver. Tenía esa necesidad, era un deseo que se aferraba a cada célula de mi cuerpo. Sin embargo, sin pistas no podíamos hacer nada. Solo quedarnos con los brazos cruzados y aceptar cualquier misión que pudiera ayudarnos aunque no fuera así al final. Tenía que acabar con él por toda mi familia, incluido el pequeño que se encontraba delante de mí, en mi misma cama teniendo una conversación conmigo. No iba a prometérselo en voz alta, sencillamente le pondría la cabeza de ese ser en bandeja si el niño me lo pedía. Dudaba mucho que lo hiciera, por eso no se lo ofrecía, sin contar que una cabeza en una bandeja siempre podía ser motivo de pesadillas. Max ya ha tenido bastante con lo suyo, estaba ahora con nosotros y lo menos que quería era darle otro tipo de trauma.

Le pregunté que había pasado con el demonio. Me resultaba raro que me buscara a estas horas, desagradable para nada. A estas alturas apreciaba cada minuto con el que estaba con él. Siempre pensé que me matarían a mí antes que alguno de mis hermanos, sencillamente por temerario y querer protegerlos. Por muy genial que fuera, era típico en la vida de cazadores de sombras. Max pareció estar lleno de energía a la hora de contarme lo que le pasaba por la cabeza. Yo solo le sonreí escuchando atentamente lo que me decía, pero noté como bajaba el volumen.
-A veces huir es la mejor opción. -le informé. -Cuando uno no sabe lo que tiene que hacer, es normal que el primer impulso sea ese. -le sonreí. -La cosa cambia cuando eres capaz de luchar, eres el pequeño de nosotros nunca tuviste esa responsabilidad de proteger a alguien, siempre eras el protegido. -comencé a jugar con el anillo Herondale que tenía en la mano sin dame cuenta. -Nuestra misión es proteger al mundo, a los mundanos y subterráneos, mantener la ley para que ninguno de los dos mundos se mezclen de manera innecesaria. Tú no tuviste esa necesidad por lo que te he dicho, eres el pequeño, para luchar ya estábamos nosotros hasta que tú pudieras formar parte del equipo. Yo me crié solo, lo único que podía hacer era leer, entrenar, tocar el piano y más entrenar. Cuando llegué había perdido todo lo que tenía, pero encontré una familia. Encontré a personas a quien proteger, sé que contigo fallé Max y por ello no me perdono. Tú todavía no necesitabas saber luchar porque nos teníamos a nosotros. -todo esto era algo que guardaba en mi interior. Lo sabía Clary, porque ella lo sabía todo de mí. No podía hablar sobre este tema con Alec o Izzy, no por la falta de confianza, sino porque ellos también sentían lo mismo. No quería revolver heridas innecesariamente, sobre todo por Izzy.

Le dije que ahora tenía que sacar partido de su nueva habilidad, algo que los cazadores de sombras normales no podían. Me preguntó que habilidades, y yo ahí no sabía que decirle exactamente. Aun así, su tono parecía estar ocultando algo. Sencillamente me sorprendí al sentir la carga helada que subía por mi muñeca hasta el codo. Lo miré con aprobación.
-Vaya, no esperaba que mi hermano pequeño fuera capaz de convertirme en un cubito de hielo. -comenté divertido. Observé como el entusiasmo del niño crecía, diciéndome que si podíamos ir a entrar ya. Solté una carcajada. -Vamos. -dije poniéndome de mi pie y cogiendo una camisa que no fuera la del pijama. -¿Qué más puedes hacer? -le pregunté.
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Observó el cambio de las facciones de su hermano. Jace era el tipo de persona que parecía que nada nunca le perturbaba, como si trajera una máscara de absoluto aburrimiento e indiferencia. Sin embargo, a lo largo de los años, Max conoció una de sus mejores facetas. Ciertamente, no había conocido al chico imperturbable y cerrado que seguramente Alec desentrañó con toda esa amabilidad y cariño con el que solía tratar a los miembros de su familia; un cariño bastante peculiar, no lleno de abrazos y sonrisas, sino más bien, protector. Max tuvo la dicha de tener a un hermano con quien jugar, saltar, bromear y al que catalogó como su meta a lograr. Era como ese soldadito de madera que un día le regaló: fuerte, duro, controlado y servicial. Era su héroe.

”Yo siempre era el protegido” pensó siguiendo el hilo de las palabras del rubio. Reflexionando bien sobre el asunto, tenía razón, Max jamás tuvo que probar su valía en batalla. Sostuvo estelas, practicó las runas con lápiz y papel, leyó acerca de cada arma creada por las Hermanas de Hierro y podía mencionar las prohibidas por el La Clave. Pero no llegó a tocarlas salvo a “petición” de su tutor cuando el pequeño hacía caso omiso de sus lecciones y le tocaba bajar su mal humor. El menor de los Lightwood llegó a pensar que sería bueno con el “puño de acero”, cada aro representando a una de las razas del submundo: como el hierro, plata o las bendiciones religiosas. Tenía esa extraña fantasía de que dominaría el combate cuerpo a cuerpo. Pero, era un niño pequeño, su existencia se valía de fantasías, ilusiones, sueños y juegos.

Bajó la mirada hacia el anillo del muchacho, definitivamente, no tenía que ver nada con William. Posiblemente en el carácter fuesen poco más parecidos, pero si le preguntaran, Jace tenía más que ver con Jamie que ningún otro Herondale.

Alarmado, regresó la mirada a su rostro con el ceño fruncido y sorprendido.

—Jace, no— negó soltando una risita nerviosa, —ustedes no fallaron en protegerme, tu no lo hiciste. Nadie sabría que eso pasaría, en esa ocasión, ni siquiera existió la idea de una huida o defensa… a veces confiamos más en lo que vemos, y Sebástian no parecía ser lo que era— se preguntó si debía hacer alguna cosa para reconfortarlo, pero no se le ocurrió algo; se limitó a sonreírle. —Esto no es algo que nadie hubiese querido, pero no me siento mal por lo que tengo, por lo que soy, Jace. Solo el Ángel sabe por qué sucedió y por qué estoy aquí ahora…

Su sonrisa se extendió, —no creo que eso clasifique como hielo— continuo riendo al tiempo que saltaba de la cama y caminaba dando cortos brincos hasta la puerta, al llegar, bajó su excedente de energía hasta desaparecer, —alguien me dijo que todos los Herondale pueden ver fantasmas— abrió la puerta, en el pasillo, su voz hacía un suave eco, —cuando llegué aquí, pensé que me encontraría con alguien como yo pero con más tiempo de andar “vagando”— hizo las comillas con los dedos pero recordó que justo ahora, nadie podría verlo, entonces se hizo visible junto a su hermano, —quería echarte bronca por no decirme que los veías— con un encogimiento, corrió en el pasillo.

Se detuvo frente a la puerta de la sala de entrenamiento, estaba ansioso por saber qué podría hacer mejor, que quizá, la próxima vez podría hacer otra cosa mejor que correr.

—Conocí a otros Herondale— giró el rostro hacia el rubio y empujó las puertas, —uno de ellos fue el mejor cazador de sombras de todos los tiempos, ni más ni menos— encendió las luces. El lugar olía a limpiador de pisos con la fragancia típica de “bosques”. —Y los Herondale y Lightwood hemos sido familia desde hace mucho, ¿has visto nuestro árbol genealógico? Yo si. ¿Con qué vamos a comenzar?— el pequeño, metido en su diatriba, se encontró mirando la enorme selección de armas. Estaba seguro que las armas no eran la primera elección ante el entrenamiento, pero no podían culparlo por tener la esperanza de ser un excelente guerrero en una noche.
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Le expliqué a Max en la situación en la que se encontraba cuando estaba vivo. Mentirle al respecto era una mentira, sin contar que yo no mentía. Aunque fuera dura, era mejor saber la verdad siempre. Después de enterrarlo pensé como hubieran sido las cosas si Max tuviera un cierto entrenamiento antes de llegar ese día. Sabía como era Sebastian, sabía que un cazador de sombras normal no podría con él. Yo lo sabía a la perfección, pero por lo menos le hubiera dado tiempo a defenderse, ganar tiempo. Cualquier cosa que le hubiera ayudado, huir en aquella situación hubiera estado bien, esconderse estaba bien. Sin embargo, dar vueltas a eso no servía de nada. Tocar el tema tampoco, viviríamos con eso para siempre nos gustara o no. Estar hablando con el niño era algo que nunca me hubiera imaginado. Su vuelta era algo inesperado pero no por ello horroroso. Así que, escuché todo lo que tenía que decirme. La historia del demonio que se encontró y como salió corriendo. Le expliqué, el motivo y lo que se me pasaba por la cabeza. Max al escucharme se giró como si tuviera una especie de palanca o resorte. Tenía el ceño fruncido y su mirada detonaba sorpresa. Por unos pocos segundos el pequeño de nuestra familia se convirtió en el mayor, intentando tranquilizar los pensamientos de remordimiento que me carcomían. Le sonreí, sin duda hubiera sido un chico que se parecería a su hermano Alec cuando creciera, pero mucho más freak por culpa de Clary y sus enseñanzas de las cosas mundanas como esos cómics en blanco y negro japoneses. No le confirmé al chico que a mí Sebastian, desde un principio no me caí bien. No me fiaba de él, comencé a fijarme cada vez menos cuando el chico comenzó a acercarse demasiado a Clary.
-Si tú estás bien ahora, no diré más sobre el tema. -le aseguré devolviéndome la sonrisa. No quería hablar del Ángel. Sencillamente después de ver a un par de ellos, ha sido más que suficiente. Los ángeles nos dieron nuestras habilidades, el primer cazador de sombras nos dejó todo un legado por parte de esa criatura.

Le comenté que tenía que sacar partido a sus nuevas habilidades. Ya no era un cazador de sombras, pero bien podría usar sus nuevas habilidades. Los fantasmas siempre tenían un as bajo la manga para poder librarse de las cosas. No podían morir, pero los brujos tenían sus maneras para hacer que desaparecieran, por lo menos por un tiempo. Todos en el submundo teníamos algún punto débil, incluso los más poderosos. El pequeño me hizo una demostración de lo que podía hacer.
-No quiero saber cuando lo haces con más energía. -le aseguré. Era una habilidad que podía sacar mucho partido contra algún enemigo. El chiquillo bajó de la cama dando saltos, dirigiéndose a la puerta sin preámbulos. La imagen del chico se difuminó por un momento, pero seguía viéndolo claramente. Escuché sus palabras sobre mi familia, una cuya no conocí nunca hace hasta un par de años. -Dicen que en Londres si que hay un fantasma, y aquí todo depende de donde vayas. -le comenté. Le dediqué una media sonrisa al chico. -Dudaba mucho que fuera una buena historia para contarte antes de que fueras a dormir. -le seguí con paso tranquilo por el pasillo. No me molesté ni si quiera en ponerme los zapatos, estaba más que acostumbrado a ir descalzo por el Instituto.

Acabamos en la sala de entrenamiento, entró empujando las puertas y yo le seguía. Escuchaba su charla despreocupada con gusto. A mí se me conocía por hablar más de la cuenta. Le miré sonriendo. El muchacho estaba lleno de energía y eso era un buen paso para aprender, y más cuando se trataba de practicar una y otra vez. Los cazadores de sombras éramos soldados, teníamos que repetir una y otra vez, practicar una y otra vez. Levantándonos una y otra vez, esa era nuestra vida a parte de ciertas muertes de demonios. Algún que otro altercado con subterráneos, de vez en cuando era divertido meterse en esa clase de líos solo para sentir la adrenalina.
-¿A quiénes? -le pregunté extrañado. -¿El mejor cazador de sombras de todos los tiempos? -le pregunté divertido. -Creo que que yo le arrebaté ese puesto. ¿No te parece? -le pregunté divertido. Preguntó por el árbol genealógico y asentí. -Sí, sí que lo miré. -no le mentía. Lo hice cuando supe de que era un Herondale, quería saber mucho más de mis familia. Las cartas de mi padre no me decían absolutamente nada, sencillamente lo que sentía y poco más por la hermana de Luke. Pude comprenderlo un poco más, pero nada, no había nada. Seguía la mirada del chico, y reí al comprobar que ya miraba las armas. -Depende. -le comenté acercándome a las colchonetas. Las estiré. -¿Sabes caer? -le pregunté. -Si haces un par de caídas bien, te enseño a usar cuchillos serafines. -le miré. -¿Te parece?
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