06/06 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


01/01 ¡El Staff de Facilis Descensus Averni quiere desearos un muy feliz año 2018!


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NEFILIMS
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CONSEJO
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DEMONIOS
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FANTASMAS

La mente se rinde antes que el músculo. || Jace Wayland

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La mente se rinde antes que el músculo
→ Viernes→ 20:15 h. → Ala de habitaciones

EL ARTE DE VENCER, SE APRENDE EN LAS DERROTAS.


Recientemente se había visto cara a cara con un demonio. Había escuchado su chirrido calándole hondo, su aliento justo antes del golpe y la mirada encolerizada. Fue un hecho aterrador en cuyo proceder fue el de salir corriendo. ¡Bonito cazador de sombras! ¿Con qué orgullo podría decir su apellido si no enfrentaba aquello para lo que estaban hechos? Ese suceso le trajo una enorme necesidad de utilidad que pocas había sentido durante su tiempo de vida. Porque ciertamente, como un infante, creció bajo el abrazo de sus padres. Nunca tuvo que preocuparse por entrenar con los mayores, ellos siempre estaban dispuestos a sacrificar una tarde de ocio por un rudo entrenamiento, lo disfrutaban. Pero Max, ¡ah, Max! Él se conformaba con coger un libro y meterse en pequeños rincones para seguir leyendo. Ahora veía no era más que un fantasma que tampoco podía hacer nada. El demonio no iba a matarle y aun así, simplemente, huyó.

Cabizbajo anduvo un par de días hasta que lo comprendió. “Si conoces al enemigo y a ti mismo, no debes temer el resultado de un ciento de batallas”, había leído alguna vez aquella frase y ahora cobraba sentido. Con energías renovadas comenzó a entrenar mientras los demás dormían. Las noches eran extremadamente largas para él, y pese a que siempre se entretenía con algún manga que Clary le hubiese traído o libros que su hermano dejaba cerca de él, existían momentos en que la soledad se instalaba como una enorme nube oscura, igual que esos “monos” japoneses y sus expresiones exagerada; así lo sentía. Pero, no importaba cuanto se comprometía con su entrenamiento, no lograba hacerlo del todo bien; las dagas no penetraban el círculo del blanco, su puntería con el arco le iba mal y las espadas eran demasiado pesadas para blandirlas sin que su mano desapereciera y el metal cayera ocasionando un sonido sordo en el silencio. Inmediatamente, Max hacía acopio de su poder para regresar a su habitación y no estar presente cuando una docena de valientes cazadores de sombras hicieran acto de presencia ante el ruido en su Instituto.

Sin más, el chiquillo fue con la única persona que parecía no estar pensando todo el tiempo que él era un fantasma. Con timidez, tocó la puerta de la habitación de su hermano adoptivo. Max no solía ser del todo tímido, más bien, era conciso con lo que quería, sin embargo, desde su regreso, le causa cierta incomodidad que los demás lo vieran como algo antinatural, lo era por supuesto, pero eso no dejaba de hacerlo sentir, extraño.

—¿Jace?— volvió a tocar, no quería verse husmeando por allí, así que decidió no abrir la puerta, —¿estás ocupado? Quisiera hablar algo contigo.

Colocó las manos tras su espalda mientras esperaba al rubio, entretenido por el sonido de alguien a la distancia que tarareaba, se dedicó a mecer el cuerpo entre sus talones y la punta de sus dedos. Sabía que su hermano estaba en la habitación, cosa que pocas veces ocurría, “quizá esté intentando conciliar el sueño” pensó, habían tenido una misión esa tarde, posiblemente, esperaban un momento de relajación. “Quizá es... soy una pérdida de tiempo”.

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Llegué al instituto de una misión. Recibimos un aviso sobre la posible aparición de Sebastian, pero lo que nos encontramos fue una serie de demonios Rahab. Eran unos demonios en forma de lagartos, escamosos y ciegos, que donde deberían tener sus ojos tenían una hilera de dientes. Tuvimos que lidiar con su maldito aguijón que tenían el la lengua bífida. Escuchar que a lo mejor era una pista sobre el desgraciado de Sebastian, y ahí estábamos, luchando contra demonios que no tenían ni idea del paradero del otro rubio. Los Morgenstern me traían de cabeza, todos ellos. Primero Valentine, que no tuvo mejor idea que convertirse en mi padre después de arrancarme de las entrañas de mi madre cuando esta se suicido. Sebastian, con su asquerosa idea de crear una familia o que Clary estuviera a su lado de una manera retorcida y asquerosa. Puede que yo estuviera enamorado de ella incluso al pensar que éramos familias, pero el ángel sabe que intenté con todas mis fuerzas apartarme de ella. Por último, estaba la misma Clary que tenía más sangre de Fairchild, aun así era cabezota no como su madre. A veces me traía loco y no podía evitarlo, aunque tampoco quería que dejara de volverme loco. Era un dolor que me gustaba pasar de vez en cuando, sobre todo cuando acabábamos liándonos en pleno probador.

Llegué al instituto, me despedí de mis compañeros de esa misión con una palabra suelta y fui directo a mi dormitorio. Tiré la chaqueta al suelo con una maldición en los labios, al escuchar que hasta esa salpicaba me fije en mí mejor. Estaba lleno de icor de demonio y barro, puse cara de asco antes de ponerme manos a la obra. Metí todo el equipo en una bolsa para tirarlo, últimamente me estaba quedando sin trajes de combate. Fui directo al baño, dejando la bolsa ahí y metiéndome en la ducha. El agua caliente comenzó a correr, relajando todos mis músculos al instante. Estaba enfadado por recibir esa falsa alarma, sin embargo a estas alturas ya no podía hacer nada para remediarlo. Sencillamente tenía que aceptarlo y seguir buscando, no quería que Sebastian se acercaba demasiado a ninguno de nosotros, ya había hecho demasiado daño. Usé demasiado jabón para eliminar todo el mal olor que tenía encima. Hasta que alguien tocó en la puerta. En un principio pensé en ignorarlo pero hubo una segunda vez y decidí salir.

Me vestí con los pantalones del pijama, una camisa de manga larga azul oscuro y ni me molesté en usar zapatos. Salí del baño y conmigo el vapor concentrado. Me coloqué toalla encima de los hombros y desde allí la usaba para secarme el cabello y escuché su voz. Al abrir la puerta me encontré con un niño, un niño que en parte me dolía verlo. Su cabello negro revuelto miraba en todas direcciones y sus grandes ojos grises me miraban. Le pillé balanceándose sobre sus pies. Él no lo sabía pero todavía recordaba el último día que vivió, se me había grabado para siempre. Al igual que Izzy, sentía que tenía que haber estado allí con él y no lo estuve. No demostré nada de eso en mi rostro, porque ahora Max estaba con nosotros, de una manera diferente a como queríamos pero lo estaba.
-¿Sucede algo Max? -le pregunté apartándome de la puerta para dejarle entrar. Escuchaba a alguien tararear por el pasillo, y mi hermano me había buscado precisamente a mí para hablar. No tenía intención que nadie ajeno a nosotros se enterara de lo que el pequeño tenía que contarme. Cuando el muchacho entró cerré la puerta detrás de él. -Nunca estaré ocupado para ti. -ya no, porque nunca se volvería a repetir lo que pasó en Idris. No podía arreglarlo del todo pero lo iba a enmendar. También, una de las razones de peso por la cual quería acabar con Sebastian estaba conmigo, mirándome con esos grandes ojos grises.
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Antes no parecía importarle que no fuera bienvenido entre los mayores. El chiquillo, solía permanecer o inmiscuirse en las habitaciones y quedarse prendado allí hasta que lo sacaban con miradas impacientes, exasperadas o hasta con palabras. No le causaban nada mayor que un disgusto mal disimulado, deseaba poder participar en conversaciones de “adultos” o no tan adultos como lo eran sus hermanos; aunque en ocasiones Jace intentaba hacerlo participar, algunas veces terminaba absurdamente aburrido pues la mayoría de las conversaciones tenían que ver sobre estrategias de lucha, clases de cuchillos, accesorios “sexy” pero letales y comida. ¿Qué podía decir sobre ello? Nada salvo que se le antojaba ir con ellos al afamado Taki’s al que solo fue una vez gracias a Alec. Prácticamente, él solo se iba a intentar leer algo, jugar o perturbar a Hogde con interminables preguntas.

Ahora tampoco es como si le importase mucho. Pero cada que veía a sus hermanos más crecidos, con músculos más grandes, con amores intensos, con vida por planear, su perturbación crecía cual marea. Le angustiaba no tener nada que compartir con ellos. Incluso, pensaba que no era más que una existencia solitaria. Quizá ese fuese su cometido, pero, ¿qué ganaría con ello? Le mantenía en un constante cuestionamiento. Resultaba ser mucho para asimilar a alguien como él, y más si le añadía que todos en casa daban la impresión de querer cuidarlo como a un tesoro roto, de ese que colocas arriba de un enorme mueble donde nadie pueda tocarlo, ni siquiera respirarle para no volver a agrietarlo; sabían que estaba allí, en lo alto, lo contemplaban en la distancia pero terminan por olvidarlo tarde que temprano.

Max ladeó el rostro cuando su hermano abrió; el cabello mojado y la ropa de dormir. Tenía razón, se preparaba para el descanso. La percepción del tiempo para el pequeño fantasma era una cosa extraña. No padecía ni sueño, ni estados ni temperatura, nada. Solo percibía entre lo sólido y lo que no era tanto. Por momentos hasta eso olvidaba, para él era algo al revés; para llegar a su invisibilidad o traspaso, tenía que poner mayor ímpeto de lo necesario, gastaba demasiada energía, pero para mantenerse tan sólido como cualquiera, era algo tan natural que siempre se olvidaba que era un fantasma nada más.

Negó. En realidad no sucedía nada, no ahora. Así que mirando al interior de la habitación, pasó. Aunque había mantenido un rostro parecido al de Jace sin disturbio alguno, sonrió al escucharle. Le causaba gran tranquilidad que el rubio estuviera dispuesto a escucharle, incluso, ya comenzaba a desear llegar al momento en que le pidiera que le entrenara. ¿Podría negarse a ello? Podría ser, pero Max estaba dispuesto a escuchar todas las negativas de ser necesario. Después de todo, siempre estaba la opción B; intentar regresar a donde se suponía debía estar y encontrar la manera de viajar entre ambos mundos, como William.

El castaño entró con toda solemnidad hasta que su impulso infantil le ganó y saltó hacia la cama. —Hace un par de noches— comenzó —fui a Central Park, yo… quería saber qué es eso que tanto ocultan todos ustedes—. Levantó la mano en señal de espera —sé que dijeron que no debía ir allí, pero lo hice. Había demonios, Jace. Aún después de todo lo que han hecho para acabarlos siguen allí, ¿por qué?— frunció el ceño subiendo las piernas y cruzándolas, —pero eso no es lo importante, creo… es, porque… porque me di cuenta que no puedo ser nada útil. ¿Ves? Soy un niño— el chiquillo jugueteó con las hilachas de su pantalón, —ya ni siquiera puedo ser un cazador de sombras como ustedes, ¿qué se supone debería hacer con eso? Así que pensé que quizá puedas entrenarme, aun soy un nephilim, creo que merezco la oportunidad de poder hacer algo con ello, ¿verdad? Quiero ver si puedo hacerlo, Jace. Probarme.

De antemano sabía que muchas de las cosas eran siquiera ridículas de pensar. Jamás podría blandir una espada con toda naturalidad, ni hablar de un mazo. Pero había logrado mantener el arco por más tiempo y usado las dagas. Al menos, quería saber moverse, usar la defensiva. Y sobre todo, ser de ayuda al Instituto.
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Me sorprendió escuchar al pequeño Max al otro lado de la puerta, le abrí la puerta lo más rápido posible, el niño estaba moviéndose de atrás adelante esperando por mí. Al dejarle pasar, él lo hizo con una sonrisa en los labios, que de alguna manera consiguió contagiarme por un segundo. Pero no quitó que estuviera preocupado por su repentina aparición a estas horas a mi dormitorio. Mi hermano negó con la cabeza al preguntarle que si había sucedido algo. Cerré la puerta detrás de él para tener intimidad. En menos de dos segundos el más pequeño de nosotros se lanzó sobre la cama, no me importó. Así que, le seguí pasándome con energía la toalla por la cabeza, secándome el pelo mientras me sentaba en la silla que tenía cerca de la cama. Max comenzó a relatarme lo que había pasado. Enarqué una ceja al escuchar como había ido a Central Park. Era cierto que a estas alturas era imposible que el niño muriera, aun así, la idea de que se fuera por su cuenta y desapareciera sin rastro algo era igual que aterrador. Era perderlo por segunda vez porque volvimos a fallar a la hora de cuidarlo. El pequeño se encargó rápido de frenar toda frase que pudiera decir sobre su visita al parque, continuando la historia y me mantuve en silencio a la espera que terminara.

Cuando terminó de hablar me quedé mirándolo como jugueteaba con sus pantalones. Mis intensos ojos se clavaron en silencio en él, disfrutando de cada gesto que hacía preocupado. Tal vez no era el mejor momento para hacerlo, sin embargo, me había hecho a la idea de que nunca más lo vería nervioso por los pasillos del instituto o intentando comprender alguno de esos libros con dibujos y diálogos extranjeros, que Clary no había dudado en regalarle. Me levanté y me senté a su lado, el cuerpo de Max desprendía un frío antinatural, el frío de algo que no estaba vivo pero me dio igual. Le revolví el cabello sin miramientos ninguno, sintiendo que era un cuerpo sólido a pesar de su temperatura corporal.
-Hacemos todo lo que podemos con los demonios. -le aseguré. -Pero me temo que no acabara hasta que matemos a Sebastian. -dije de manera dura, pero no hacia él sino ante la situación. Ese hombre no moría, por muchas apuñaladas que le diera. Teníamos que acabar con él y aquello que seguía manteniéndolo con vida. -¿Pasó algo en especial con esos demonios con los que te encontraste? -le pregunté para saber más detalles de aquel encuentro. Todos, Alec, Izzy y yo estábamos deseando de que el pequeño fuera lo suficientemente mayor para que pudiera venir con nosotros a la hora de cazar, claramente sería diferente, todos para defenderle a él a pesar de confiar en él. Sobre todo Alec e Izzy que eran muy sobreprotectores con Max, yo también lo era pero de una manera diferente. Confiaba en que el pequeño se convertiría en un buen cazador de sombras. -Puede que ahora no puedas activar un cuchillo serafín pero eso no significa nada, sigues siendo un cazador de sombras como todos los que vivimos bajo este techo. -le aseguré. -Te enseñaré a luchar como el guerrero que eres, pero tú tendrás que pulir con tus propias habilidades. Eres un fantasma, podrás hacer cosas que nosotros no podemos hacer. Toma ventaja de ello también y tendrás que utilizarlas a tu favor a la hora de combatir. -me sequé por última vez el pelo. -¿Cuándo quieres empezar? -le pregunté. -Creo que podemos conseguir trajes de combate de tu talla.
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Jace desprendió el aroma a jabón cuando se sentó junto al chiquillo. Podía percibir la esencia de su carne en unión con el químico del jabón. Max solía prestar más interés en aquellos aspectos propios de los cuerpos vivos, quizá era su manera de demostrarse y evidenciar su envidia. Aunque por más que lo intentaba, no lograba llegar a una clase de celos por una vida que no tendría. En primer momento lo pensó, claro, ¿quién no lo haría después de regresar del “más allá”? pero ahora no se imaginaba teniendo otra clase de vida más que esta. Quizá se debía a una falta de creatividad, fantasía, desinterés, todo lo anterior o simple realidad. ¿De qué servía fantasear por algo que nunca se tendría?

Soltó una risita por aquel gesto. Todos los adultos parecían tener esa clase de demostrativo afecto, no se conformaban con pellizcar mejillas, revolvían cabellos. Hacía muchos años atrás que las mejillas de Max no causaban revolución entre los adultos, menos mal, porque odiaba que jugaran con sus regordetas mejillas de niño. Además, le gustaba cuando tenían mejores cosas que hacer como revolverle el cabello. Eso lo hacía sentir mimado más que exasperado.

—Eso pensé— murmuró dejando escapar un suspiro blanquecino. Eso, específicamente era de las pequeñas cosas que le hacían recordar con tanto ahínco su paso en el mundo terrenal.

—No— renovado de energía, esperaba contarle su viaje en el portal y el brujo tan peculiar que había conocido. Pero recordó que eso tendría que guardarlo para sí mismo, no quería meter en problemas al subterráneo, ¡le había salvado la vida! Por muy cobarde que eso hubiese sido. —No— dijo más bajito, —solo era un demonio, parecido a un demonio oni, pero no era verde… creo que no lo vi bien— “aunque me golpeó” —tenía un colmillo quebrado— se encogió de hombros, en realidad no lograba recordarlo. Se reprendió mentalmente por ser incapaz de observar. —Pero salí de allí, ni siquiera pude defenderme, ¿qué clase de cazador de sombras podré ser así? Ya no podría morir otra vez, Jace, y aun así preferí salir. No tenía miedo…

Su estado de ánimo fluctuaba entre lo que estaba en su pasado, lo que hacía y lo que decía Jace ahora. El chiquillo volvía a entusiasmarse, no creyó que fuese tan fácil convencer a alguien de que pudiera entrenarlo. No podría ser jamás la clase de cazador de sombras que todos, pero por sus venas en alguna ocasión corrió la sangre viva del Ángel. Con una extasiada sonrisa asentía a sus palabras.

—¿Qué habilidades?— inquirió con total ingenuidad viendo sus manos, acto seguido, una sonrisa diminuta tiró de sus labios antes de tocar la muñeca del rubio y  generar una descarga helada capaz de producir un agudo escalofrío. —¿Cómo este?— Gideon siempre dijo que era bueno con esa capacidad, pero entre los muertos, probarla significaba una nula noción del frío.

Se puso de pie en un salto sobre la cama, —vamos ya, Jace. Venga, ahora no hay nadie ocupando la sala de entrenamiento— se hincó frente a su hermano, —pero si estás cansado, puedo esperar a mañana.
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Hablar del tema de los demonios y Sebastian podía con mis fuerzas, metafóricamente hablando. Me enfurecía saber que estaba por ahí suelto, por ahí vivo y yo sin poder hacer nada. Deseaba matarlo una vez más y definitivamente, enterrar su cuerpo en alguna parte de este planeta, o de otra dimensión y saber al 100% que estaba muerto y que nunca iba a volver. Tenía esa necesidad, era un deseo que se aferraba a cada célula de mi cuerpo. Sin embargo, sin pistas no podíamos hacer nada. Solo quedarnos con los brazos cruzados y aceptar cualquier misión que pudiera ayudarnos aunque no fuera así al final. Tenía que acabar con él por toda mi familia, incluido el pequeño que se encontraba delante de mí, en mi misma cama teniendo una conversación conmigo. No iba a prometérselo en voz alta, sencillamente le pondría la cabeza de ese ser en bandeja si el niño me lo pedía. Dudaba mucho que lo hiciera, por eso no se lo ofrecía, sin contar que una cabeza en una bandeja siempre podía ser motivo de pesadillas. Max ya ha tenido bastante con lo suyo, estaba ahora con nosotros y lo menos que quería era darle otro tipo de trauma.

Le pregunté que había pasado con el demonio. Me resultaba raro que me buscara a estas horas, desagradable para nada. A estas alturas apreciaba cada minuto con el que estaba con él. Siempre pensé que me matarían a mí antes que alguno de mis hermanos, sencillamente por temerario y querer protegerlos. Por muy genial que fuera, era típico en la vida de cazadores de sombras. Max pareció estar lleno de energía a la hora de contarme lo que le pasaba por la cabeza. Yo solo le sonreí escuchando atentamente lo que me decía, pero noté como bajaba el volumen.
-A veces huir es la mejor opción. -le informé. -Cuando uno no sabe lo que tiene que hacer, es normal que el primer impulso sea ese. -le sonreí. -La cosa cambia cuando eres capaz de luchar, eres el pequeño de nosotros nunca tuviste esa responsabilidad de proteger a alguien, siempre eras el protegido. -comencé a jugar con el anillo Herondale que tenía en la mano sin dame cuenta. -Nuestra misión es proteger al mundo, a los mundanos y subterráneos, mantener la ley para que ninguno de los dos mundos se mezclen de manera innecesaria. Tú no tuviste esa necesidad por lo que te he dicho, eres el pequeño, para luchar ya estábamos nosotros hasta que tú pudieras formar parte del equipo. Yo me crié solo, lo único que podía hacer era leer, entrenar, tocar el piano y más entrenar. Cuando llegué había perdido todo lo que tenía, pero encontré una familia. Encontré a personas a quien proteger, sé que contigo fallé Max y por ello no me perdono. Tú todavía no necesitabas saber luchar porque nos teníamos a nosotros. -todo esto era algo que guardaba en mi interior. Lo sabía Clary, porque ella lo sabía todo de mí. No podía hablar sobre este tema con Alec o Izzy, no por la falta de confianza, sino porque ellos también sentían lo mismo. No quería revolver heridas innecesariamente, sobre todo por Izzy.

Le dije que ahora tenía que sacar partido de su nueva habilidad, algo que los cazadores de sombras normales no podían. Me preguntó que habilidades, y yo ahí no sabía que decirle exactamente. Aun así, su tono parecía estar ocultando algo. Sencillamente me sorprendí al sentir la carga helada que subía por mi muñeca hasta el codo. Lo miré con aprobación.
-Vaya, no esperaba que mi hermano pequeño fuera capaz de convertirme en un cubito de hielo. -comenté divertido. Observé como el entusiasmo del niño crecía, diciéndome que si podíamos ir a entrar ya. Solté una carcajada. -Vamos. -dije poniéndome de mi pie y cogiendo una camisa que no fuera la del pijama. -¿Qué más puedes hacer? -le pregunté.
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Observó el cambio de las facciones de su hermano. Jace era el tipo de persona que parecía que nada nunca le perturbaba, como si trajera una máscara de absoluto aburrimiento e indiferencia. Sin embargo, a lo largo de los años, Max conoció una de sus mejores facetas. Ciertamente, no había conocido al chico imperturbable y cerrado que seguramente Alec desentrañó con toda esa amabilidad y cariño con el que solía tratar a los miembros de su familia; un cariño bastante peculiar, no lleno de abrazos y sonrisas, sino más bien, protector. Max tuvo la dicha de tener a un hermano con quien jugar, saltar, bromear y al que catalogó como su meta a lograr. Era como ese soldadito de madera que un día le regaló: fuerte, duro, controlado y servicial. Era su héroe.

”Yo siempre era el protegido” pensó siguiendo el hilo de las palabras del rubio. Reflexionando bien sobre el asunto, tenía razón, Max jamás tuvo que probar su valía en batalla. Sostuvo estelas, practicó las runas con lápiz y papel, leyó acerca de cada arma creada por las Hermanas de Hierro y podía mencionar las prohibidas por el La Clave. Pero no llegó a tocarlas salvo a “petición” de su tutor cuando el pequeño hacía caso omiso de sus lecciones y le tocaba bajar su mal humor. El menor de los Lightwood llegó a pensar que sería bueno con el “puño de acero”, cada aro representando a una de las razas del submundo: como el hierro, plata o las bendiciones religiosas. Tenía esa extraña fantasía de que dominaría el combate cuerpo a cuerpo. Pero, era un niño pequeño, su existencia se valía de fantasías, ilusiones, sueños y juegos.

Bajó la mirada hacia el anillo del muchacho, definitivamente, no tenía que ver nada con William. Posiblemente en el carácter fuesen poco más parecidos, pero si le preguntaran, Jace tenía más que ver con Jamie que ningún otro Herondale.

Alarmado, regresó la mirada a su rostro con el ceño fruncido y sorprendido.

—Jace, no— negó soltando una risita nerviosa, —ustedes no fallaron en protegerme, tu no lo hiciste. Nadie sabría que eso pasaría, en esa ocasión, ni siquiera existió la idea de una huida o defensa… a veces confiamos más en lo que vemos, y Sebástian no parecía ser lo que era— se preguntó si debía hacer alguna cosa para reconfortarlo, pero no se le ocurrió algo; se limitó a sonreírle. —Esto no es algo que nadie hubiese querido, pero no me siento mal por lo que tengo, por lo que soy, Jace. Solo el Ángel sabe por qué sucedió y por qué estoy aquí ahora…

Su sonrisa se extendió, —no creo que eso clasifique como hielo— continuo riendo al tiempo que saltaba de la cama y caminaba dando cortos brincos hasta la puerta, al llegar, bajó su excedente de energía hasta desaparecer, —alguien me dijo que todos los Herondale pueden ver fantasmas— abrió la puerta, en el pasillo, su voz hacía un suave eco, —cuando llegué aquí, pensé que me encontraría con alguien como yo pero con más tiempo de andar “vagando”— hizo las comillas con los dedos pero recordó que justo ahora, nadie podría verlo, entonces se hizo visible junto a su hermano, —quería echarte bronca por no decirme que los veías— con un encogimiento, corrió en el pasillo.

Se detuvo frente a la puerta de la sala de entrenamiento, estaba ansioso por saber qué podría hacer mejor, que quizá, la próxima vez podría hacer otra cosa mejor que correr.

—Conocí a otros Herondale— giró el rostro hacia el rubio y empujó las puertas, —uno de ellos fue el mejor cazador de sombras de todos los tiempos, ni más ni menos— encendió las luces. El lugar olía a limpiador de pisos con la fragancia típica de “bosques”. —Y los Herondale y Lightwood hemos sido familia desde hace mucho, ¿has visto nuestro árbol genealógico? Yo si. ¿Con qué vamos a comenzar?— el pequeño, metido en su diatriba, se encontró mirando la enorme selección de armas. Estaba seguro que las armas no eran la primera elección ante el entrenamiento, pero no podían culparlo por tener la esperanza de ser un excelente guerrero en una noche.
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Le expliqué a Max en la situación en la que se encontraba cuando estaba vivo. Mentirle al respecto era una mentira, sin contar que yo no mentía. Aunque fuera dura, era mejor saber la verdad siempre. Después de enterrarlo pensé como hubieran sido las cosas si Max tuviera un cierto entrenamiento antes de llegar ese día. Sabía como era Sebastian, sabía que un cazador de sombras normal no podría con él. Yo lo sabía a la perfección, pero por lo menos le hubiera dado tiempo a defenderse, ganar tiempo. Cualquier cosa que le hubiera ayudado, huir en aquella situación hubiera estado bien, esconderse estaba bien. Sin embargo, dar vueltas a eso no servía de nada. Tocar el tema tampoco, viviríamos con eso para siempre nos gustara o no. Estar hablando con el niño era algo que nunca me hubiera imaginado. Su vuelta era algo inesperado pero no por ello horroroso. Así que, escuché todo lo que tenía que decirme. La historia del demonio que se encontró y como salió corriendo. Le expliqué, el motivo y lo que se me pasaba por la cabeza. Max al escucharme se giró como si tuviera una especie de palanca o resorte. Tenía el ceño fruncido y su mirada detonaba sorpresa. Por unos pocos segundos el pequeño de nuestra familia se convirtió en el mayor, intentando tranquilizar los pensamientos de remordimiento que me carcomían. Le sonreí, sin duda hubiera sido un chico que se parecería a su hermano Alec cuando creciera, pero mucho más freak por culpa de Clary y sus enseñanzas de las cosas mundanas como esos cómics en blanco y negro japoneses. No le confirmé al chico que a mí Sebastian, desde un principio no me caí bien. No me fiaba de él, comencé a fijarme cada vez menos cuando el chico comenzó a acercarse demasiado a Clary.
-Si tú estás bien ahora, no diré más sobre el tema. -le aseguré devolviéndome la sonrisa. No quería hablar del Ángel. Sencillamente después de ver a un par de ellos, ha sido más que suficiente. Los ángeles nos dieron nuestras habilidades, el primer cazador de sombras nos dejó todo un legado por parte de esa criatura.

Le comenté que tenía que sacar partido a sus nuevas habilidades. Ya no era un cazador de sombras, pero bien podría usar sus nuevas habilidades. Los fantasmas siempre tenían un as bajo la manga para poder librarse de las cosas. No podían morir, pero los brujos tenían sus maneras para hacer que desaparecieran, por lo menos por un tiempo. Todos en el submundo teníamos algún punto débil, incluso los más poderosos. El pequeño me hizo una demostración de lo que podía hacer.
-No quiero saber cuando lo haces con más energía. -le aseguré. Era una habilidad que podía sacar mucho partido contra algún enemigo. El chiquillo bajó de la cama dando saltos, dirigiéndose a la puerta sin preámbulos. La imagen del chico se difuminó por un momento, pero seguía viéndolo claramente. Escuché sus palabras sobre mi familia, una cuya no conocí nunca hace hasta un par de años. -Dicen que en Londres si que hay un fantasma, y aquí todo depende de donde vayas. -le comenté. Le dediqué una media sonrisa al chico. -Dudaba mucho que fuera una buena historia para contarte antes de que fueras a dormir. -le seguí con paso tranquilo por el pasillo. No me molesté ni si quiera en ponerme los zapatos, estaba más que acostumbrado a ir descalzo por el Instituto.

Acabamos en la sala de entrenamiento, entró empujando las puertas y yo le seguía. Escuchaba su charla despreocupada con gusto. A mí se me conocía por hablar más de la cuenta. Le miré sonriendo. El muchacho estaba lleno de energía y eso era un buen paso para aprender, y más cuando se trataba de practicar una y otra vez. Los cazadores de sombras éramos soldados, teníamos que repetir una y otra vez, practicar una y otra vez. Levantándonos una y otra vez, esa era nuestra vida a parte de ciertas muertes de demonios. Algún que otro altercado con subterráneos, de vez en cuando era divertido meterse en esa clase de líos solo para sentir la adrenalina.
-¿A quiénes? -le pregunté extrañado. -¿El mejor cazador de sombras de todos los tiempos? -le pregunté divertido. -Creo que que yo le arrebaté ese puesto. ¿No te parece? -le pregunté divertido. Preguntó por el árbol genealógico y asentí. -Sí, sí que lo miré. -no le mentía. Lo hice cuando supe de que era un Herondale, quería saber mucho más de mis familia. Las cartas de mi padre no me decían absolutamente nada, sencillamente lo que sentía y poco más por la hermana de Luke. Pude comprenderlo un poco más, pero nada, no había nada. Seguía la mirada del chico, y reí al comprobar que ya miraba las armas. -Depende. -le comenté acercándome a las colchonetas. Las estiré. -¿Sabes caer? -le pregunté. -Si haces un par de caídas bien, te enseño a usar cuchillos serafines. -le miré. -¿Te parece?
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Asintió satisfecho ante ello. Lo que menos habría querido era que su familia sufriera más por ello. El único culpable sobre la muerte de Max y muchos tantos nephilim y suberráneos, era de Sebástian, el mismo que continuaba fraguando un mundo libre de subterráneos y atacando a diestra y siniestra, incluso, a los humanos. Hoy en día, todas las cabezas estaban giradas hacia ese hijo de Valentine. Todos querían pisarle los talones —y hacerlo trizas—, pero el joven albino se encontraba lejos de ser visto siquiera, acto que mantenía los Acuerdos tan tirantes que cuando todo explotara, alcanzaría al mundo entero. Pensar en ello, siempre traía malestar a Max, era como querer ver un futuro que estaba como nubes oscuras sobre tu cabeza y no habías cogido el paraguas, llovería, eso era un hecho, y Sebástian atacaría otra vez...

Soltó una risita, esperaba que de verdad su talento mejorara. Quería hacer una infinidad de cosas, ayudar de otras maneras a su familia y amigos, ser de utilidad se volvía cada vez más, en una meta organizada en su pequeña cabeza. Así que, ponerse manos a la obra le dedicaría más tiempo. Todo talento debe ser pulido con práctica, eso lo sabía.

Chasqueó la lengua al tiempo que rodaba los ojos y reprochaba con toda intención a su hermano. —Eso es muy desconsiderado— bufó —a mi me gustan las historias de terror— mintió, en realidad le asustaban hasta la médula. Volvió a sonreír tímidamente, —oh, el de Londres, dicen que es una Jessamine Lovelace— se encogió de hombros pensando en la intimidante rubia. Tenía peor carácter que Isabelle cuando estaba aburrida.

—Él no cree que le hayas arrebatado nada— con sinceridad se disculpó por no haberlo defendido, pero ‘el mejor cazador de todos los tiempos’ jamás daría su brazo a torcer en ese aspecto. Aún fanfarroneaba sobre la viruela demoniaca. —Pero, sé que lo has hecho, porque nadie caería desde el techo de este Instituto sin salir lastimado. Además, fuiste traído de la muerte por el mismo Ángel, eso merece mérito, ¿no?

Giró el rostro hacia su hermano adoptivo e hizo un puchero negando. Nunca se había interesado realmente en el entrenamiento, y tanto sus padres como Hodge, no se veían en la necesidad de poner al pequeño de la familia a sufrir con el acondicionamiento físico siendo joven. Debían hacerlo, todos los cazadores de sombras comenzaban desde su tierna infancia, pero quizá se habían percatado que el camino de Max no era necesariamente el mismo que el de sus hermanos mayores, y que quizá, simplemente quizá…, él se estaba preparando, inconscientemente, para ser un Hermano Silencioso.

Se acercó al rubio mirando la colchoneta dejando escapar un suspiro.

—Me parece un trato justo— sonrió de lado, —enséñame, hermano. Porque lo único que recuerdo, es caer de rodillas y rasparme las manos— materializándose por completo, dejó que el entrenamiento siguiera su curso, como se supone que debía ser. No quería saltarse pasos porque quería vivir la experiencia como uno de ellos, como un nephilim.
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El tema de Sebastian y de como nos sentimos todo ante su perdida se terminó. Recordaba como el niño paseaba detrás de nosotros, diciendo que quería acompañarnos o sencillamente ocultándose de su madre para poder leer a gusto sus cómics asiáticos. Nadie le culpaba, era todavía demasiado pequeño para recibir us primera runa, por lo tanto ninguno consideramos que teníamos que comenzar a entrenarlo. Claramente, nos equivocábamos. Por desgracia unas palabras me decían que nada hubiera cambiado, que bien podríamos haber entrenar al pequeño, pero todo hubiera acabado igual. Al fin y al cabo, no era ningún enemigo mediocre. Aparté todos mis pensamientos sobre ese tipo, antes de que se me notaba más en el rostro y asustar a Max. Aunque escuchando las palabras del niño, parecía que estuviera en una transición de madurez pero sin dejar todavía de ser un niño, así que, seguramente ahora mismo en vez de asustarse se preocuparía, como acaba de hacer solo unos segundos.

Me mostró uno de sus nueva habilidades como fantasma, le dije la verdad, era algo bastante bueno y solo tenía que perfeccionarlo. Si terminaba por usar eso con fuerza podría derribar a cualquier ser que se le pusiera por delante, sin contar, que esa sutil habilidad para dejar de tener materia también era bastante conveniente. El niño me reprochó sobre el hecho de ver fantasmas, él puso los ojos en blanco bufando.
-¿A no? ¿Desde cuando no tienes miedo a las historias de terror?-le pregunté divertido. Puede que hubiera algo diferente en mi hermano, pero seguía mintiendo igual. Le devolví la sonrisa. -He leído algo de ella. -le dije tranquilamente. Lo único que sabía era lo que los registros sabían de ella, y llegué a su nombre por la relación que tenía con William Herondale, quien fue marido de Tessa, el padre del antiguo dueño del anillo que mantenía en mi dedo. Los pájaros alrededor de anillo eran inconfundibles, cada familia de cazadores tenía su símbolo. El de los Lightwood era una llama. Enarqué una ceja al escuchar su comentario antes de romper a reír. -Supongo que esa clase de cosas vienen de familia, ninguno va a dar su brazo a torcer. -ante la mención del tejado recordé ese momento, como había salido de la ventana y bajado por las paredes del instituto. Conseguí salir de aquella prisión gracias a Alec, que consiguió darme serenidad y un empujón para que me detuviera a pensar en vez de quedarme como león enjaulado. -Bueno, he escuchado que desde William la familia fue tocada por un ángel. Sin contar que si crees eso es porque de verdad he superado su título. -por eso mismo todos los Herondale tenían una marca de una estrella, Clary la tenía pero por un motivo diferente y yo, bueno, era como si la tuviera por partida doble.

En medio de nuestra conversación salimos de mi habitación y fuimos hasta la sala de entrenamiento, me detuve enfrente de las colchonetas. El niño hizo un puchero negativo y le dediqué una media sonrisa.
-Entonces es hora de que aprendas. -le informé de inmediato. Yo mismo había enseñado a Clary a pelear, si lo había conseguido con la pelirroja que me distraía de una manera totalmente, por supuesto que iba a conseguirlo con mi hermano. -Todos caemos mal al principio, sumándole el hecho de un par de huesos rotos. -como hombros o codos sobre todos. -En una caída alta, siempre tienes que repartir bien el peso en ambos pies. -le informé apuntándole con la mirada la gran viga que se alzaba sobre la colchonetas. -Mientras que si es una caída a ras de suelo, tienes que dejar fluir el movimiento. Aunque siempre cabe la posibilidad de que te derriben de una manera u otra y lo único que te queda es recobrar con rapidez el aliento. -le comuniqué. Le indiqué que me siguiera con la mano mientras subía descalzo a la colchoneta. -En las caídas a ras de suelo, siempre tienes amortiguar el golpe con grandes grupos musculares del cuerpo, que son los siguientes: hombros, espalda, piernas y glúteos. Tienes que rodar, como si hicieras la croqueta pero con más estilo. También algo muy importante, no apoyar las manos porque podrías romperte muñecas, codos u hombros en una mala caída. -no sabía hasta que punto esto afectaría al niño, pero tenía que decírselo igual. -Obsérvame bien y después lo repites, ¿de acuerdo? Después pasaremos a las vigas. -cuando el chico estuvo atento me tiré al suelo, sin apoyar mis manos en la caída, sencillamente al caer y usando la propia fuerza de la caída giré mi cuerpo usando mi brazo como un rail. Apoyando en el suelo únicamente hombre y espalda antes de levantarme. -Ahora prueba, Max.
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Soltó una risita divertida, en realidad nunca se sintió inspirado a las historias sobre el terror de la vida. Monstruos, maldiciones, muertes, sangre… bueno, es algo que existía en su vida normal y cotidiana como para agregar más fantasías. Max prefería otra case de cosas que leer, como Superhéroes que podrían terminar con el mal del mundo y traer paz, más fantasioso que la existencia de cazadores de sombras con cuchillos serafines y sangre del Ángel corriendo por sus venas. A decir verdad, si, su vida formaba parte de todo eso que los mundanos se inventaban para hacer sus vidas más divertidas. Max no solía reflexionar sobre ello, la idea de un vampiro que brillaba frente a la luz del sol fue tan cómica que prefería pensar en Drácula arrancándote las entrañas.

—Pues desde hoy— entre risas acabó el camino.  

Max pensó en el destino de los demás, de los que verdaderamente estaban muertos en aquel espacio destinados solo a ellos, recordó a James y su peculiar sentido del humor, era tan cambiante que pasada de un estado de absoluta euforia a encasillarse en la melancolía, en Will con toda esa fanfarronería que se nublaba de calidez cuando hablaba de su amada Tessa y Jem, o Charlotte con el tono autoritario pese a que daba la impresión de ser la persona más centrada del mundo se desvivía por Henry con total cariño. Incluso había hablado de forma seria con Gabriel Lightwood quien se la pasaba metido en pleito comprado con Will. Todos ellos poseían la esencia de los nephilim con todas las diferencias de carácter y físico. Y todos ellos compartían algo con el muchacho que andaba descalzo pero que a su edad mantenía el récord de haber matado más demonios.    

—Tocado por un Ángel— golpeó su propio hombro, igual que un día lo hiciera Will al contar la historia.  

Max captó cada detalle como la pequeña esponja ávida de conocimientos que son los infantes. Se alegró de que él ya no pudiera salir lastimado de manera física tan palpable, aunque no conocía los verdaderos límites de sus capacidades. Quizá dañarlo era más fácil de lo que se creía, igual que el agua bendita para los vampiros. El chiquillo asentía a cada palabra y levantó la mirada hacia las vigas, en ese punto, le parecían extraordinariamente altas. No estaba seguro que esa idea fuera a ir bien, pese a que cayera o no, siempre podía usar la opción de materializarse en otro lado.  

Flexionó las rodillas para ver la caída de Jace, ese muchacho fluía en cada movimiento con total gracia y elegancia que le hizo fruncir el ceño. Él jamás podría igualar a ninguno de sus hermanos y no se debía a todos esos años de práctica, es que ya traían esa esencia tan peculiar de los nefilim, Max creía que con el tiempo él echaría los hombros atrás, sacaría el pecho y sus pies no tocarían el piso.    Pero ahora eso era tan improbable como el hecho de que fuese a romperse la mano por caer mal, aun así, el menor de los Lightwood se animó y saltó a la colchoneta.  

—Muy bien— dio un par de saltitos —voy a hacerlo— acto seguido se dejó caer intentando en la manera de lo posible, la acción de Jace. Pero la inercia le ganaba camino cuando en un ambicioso movimiento, quiso frenarse de no meter la mano y terminó cayendo sobre el antebrazo en un ángulo que lo invitaba a derraparse sobre la colchoneta.    

En acto reflejo, Max cerró los ojos pensando como una brecha fugaz en la habitación de su madre, su cama cálida que siempre le daba la bienvenida durante la noche cuando había tenido pesadillas. Entonces, sintió el toque suave de la almohada en su cabeza antes de caer, todavía materializado cual niño que era. Su cuerpo se tensó como un resorte sobre la cama, miró a todos lados buscando las armas en las estanterías y a Jace. La habitación pintada de blanco como la mayoría, en la cómoda el maquillaje perfectamente acomodado y sobre la pared lateral, fotografías de la familia, solo algunas pues a nadie aquí les gustaban las fotos, salvo a Izzy que tenía montones con su madre y Max de bebé.  Se trataba, por supuesto, de la habitación de su madre.

El pequeño fantasma infló las mejillas en actitud infantil antes de regresar a la sala de armas, de pie sobre la colchoneta, como si el tiempo se hubiera detenido antes de su ataque al piso. Se giró hacia Jace para dedicarle una tímida sonrisa.

—Lo haré otra vez— y esta vez, con mayor precisión se giró en su caída, pero no logró ponerse de pie. "Torpe" pensó poniéndose de pie de un salto y regresando a la técnica de la caída; esta vez, su invisibilidad le jugó mal y nadie salvo él, pudo saber que le salía perfecta la hazaña.  

Frustrado, volvió a adquirir su forma material antes de hacer la caída por última vez, siendo esta una copia fiel de lo enseñado. Claro estaba que, el menor de los Lightwood carecía de la elegancia propia de los nefilim, era tan inexperto como torpe, aun así, se levantó con una sonrisa de triunfo que solo un niño podría permitirse.
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Le pregunté sobre las historias de miedo, a mí no podía engañarme aunque quisiera. Lo vi crecer, era suficiente para saber cuando me mentía y cuando no. Que me hiciera el loco con ese tema era muy diferente, a veces era mejor hacerles creer a los pequeños que nos creíamos sus mentiras. Era eso, o no descubrir nunca lo que planeaban.
-Entonces solo bastara con buscar antiguas investigaciones de la Clave, esas cosas ponen los pelos de punta. -le expliqué. Todos nosotros nacimos en una época más suave del mundo de las sombras. No había nada más espeluznante como leer los casos que hubieron antes de los acuerdos con los subterráneos. Los botines eran suficiente para revolver el estómago, igualmente las fortunas de las grandes familias de los cazadores de sombras. Estas no veían de la nada, eran pequeños detalles que se perdieron a lo largo de la historia, hasta el punto que ahora se sabía que tenían herencias y poco más.

Intercambiamos un par de palabras sobre quien era el mejor cazador de sombras, al parecer uno de mis antepasados se negaba a soltar el título. Max me apoyaba, diciendo que sí que lo había conseguido. Le sonreí al escuchar sus palabras. También parecía que las relaciones con los ángeles eran cosas de familia. Por un breve momento recordé el día de mi muerte, no vía absolutamente nada y de pronto, solo escuché la voz de Clary. De pronto, estaba ahí, en el suelo con la chica. Pudo desear cualquier cosa y me deseó a mí. Reí por el gesto del pequeño al hacer referencia al hombro. Los dos habíamos llegado a la sala de entrenamiento, le expliqué lo que tenía que hacer. Le hice una demostración como lo tenía que hacer. Asentí cuando el muchacho me confirmó que iba a empezar a entrenar. Lo hizo, y de pronto el chico desapareció. Por un momento me quedé mirando a la colchoneta asimilando lo que acababa de pasar, antes de romper a reír.
-Este Max. -dije entre risas, colocando mis manos en mis caderas. En pocos segundos el chico volvió aparecer. Asentí. -Está bien. -le invité a que hiciera lo que tenía que hacer de nuevo. Lo intentó un par de veces, primero lo vi medio desaparecer en el suelo y me mordí el labio. No me estaba riendo de él, ni mucho menos. Era como si nada hubiera cambiado, como si el muchacho nunca se hubiera ido. Por último consiguió lo que le pedía. -Genial, Max. -le felicité con una sonrisa. -Lo has hecho bastante rápido, ahora tendrás que repetirlo un par de veces para que sea como desaparecer para ti. -miré a la vigas. -Ahora desde arriba. No creo que necesites correas de protección. -miré al muchacho a los ojos. -En parte no necesitas nada de estos movimientos, porque bien podrías hacerte inmaterial y todos los golpes te atravesarían, o aparecerte a un lado a otro del enemigo sin ningún tipo de problema. Pero creo que te ayudaran a reaccionar con más rapidez, si sabes caer no tardaras en actuar. -le expliqué. -No va ser lo mismo que te tiren y te quedes sin saber que hacer desde el suelo, a que te tiren y saber como caer y levantarte para atacar o defenderte. Cuando termines en las vigas, empezamos con los cuchillos serafín. -le informé, acompañándole hasta la plataforma. -Quédate un momento aquí, y observa como caigo. Tienes que separar ligeramente las piernas, con las rodillas semi flexionadas, no puedes caer con las rodillas rectas porque, bueno, los vivos se rompen las rodillas. A veces, si estás en una persecución después de caer haces el giro anterior, para no pararte y seguir corriendo. -me subí a la plataforma, esperé a que Max me dijera que estaba preparado. Dicho esto, salté al vacío. La caída solo duro un segundo, caí como le había dicho, con las piernas ligeramente separadas para repartir el peso y las rodillas ligeramente dobladas. -Ahora hazlo tú. -le dije con una sonrisa traviesa.
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Max le dedicó una mirada recelosa a su hermano adoptivo. ahora se burlaba de él, no era precisamente lo más simpático de hacer, pero no podía culparlo, Jace siempre había sido de sonrisa fácil, pese a que solía mostrar una gruesa máscara de antipatía natural, era una característica destacable del rubio, la facilidad con que cambiaban sus emociones pese a sus enormes corazas. El menor de los Lightwood no entendía mucho sobre ello, pero si sentía su afinidad con su hermano adoptivo, pues aquel hermano era más receptivo para con él.

—Muy bien— prestó atención a todo lo que le decía, o al menos lo intentaba, había palabras que se escapaban de su entendimiento pues seguía pensando en cómo sacarle provecho a toda esa información. Jace tenía razón, quizá esto no le serviría para tener una “caída”, de hecho, eso era algo un tanto obvio, pero le enseñaría a tener mayor destreza. Y justamente eso es lo que más necesitaba, debía incrementar no solo sus habilidades sino, su desempeño en ellas.

Las vigas representaban todo lo que no quería nunca, caer desde alturas elevadas. Nunca se había subido a ningún techo o escalado un árbol. Él era la clara imagen de abnegación lejos de entrenamientos. Ahora veía que desde siempre estuvo ensimismado en sí mismo, así que el no saber pelear no era culpa de nadie salvo suya, pues no mostró mayor interés en ello. Como fuere, tampoco es que pudiera remediar todo con solo desearlo, así que la mejor opción ahora, era esta.

Tragó saliva avistando la distancia mientras Jace descendía con toda la gracia del Ángel. Max simplemente se dedicó a admirar la caída antes de darse cuenta que quien lo tendría que hacer era él. Soltó el aire como una fumarola blanca en pequeña escala. Se instó a mantener su energía al alcance mientras su cuerpo corpóreo tomaba la fortaleza para no redondear los bordes de sí mismo como si se tratase de un espejismo.  ”Bien, Maxwell Joseph Ligtwood, es el momento de controlarlo”, todo se trataba de control, solo eso. Control en una caída, movimientos y sobre todo, su corporeidad. Todo él debía estar en completa sincronía para que el esfuerzo valiera la pena.

La plataforma le parecía tanta o más intimidante que cualquier cazador de sombras que hubiese visto jamás. Pero se armó de esa calidad sensación que él llamó “valor”, para pararse sobre ella, mirar a su alrededor y asentir a las palabras de su hermano.

Max ya no sentía dolor, su cuerpo era incapaz de percibir temperaturas o caricias. Él debía su existencia a un cosmos o a un nada, tan insensibilizado a lo que le rodeaba, incluso, las emociones solo eran simples reflejos. Como ahora, el reflejo de un miedo arraigado que se instalaba en lo más recóndito de su ser para desvelarse ahora, pero no era como una emoción propiamente dicha, era una sensación de que justo ahora, en este preciso momento debía sentir miedo.

Soltando un suspiro, se precipitó… la resistencia de su cuerpo le intangilizaba por momentos, sin embargo, en el instante en que sus pies tocaron el piso, todo tembló a su alrededor. No es que tuviera el enorme poder de hacer mover la tierra, era algo más básico, el inmobiliario, cada pequeña cosa en la sala de entrenamiento se sacudió por un par de segundos al tiempo en que sus pies pisaron, sin fuerza, el piso.
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No pude evitar reír, la verdad es que no me espetaba que desapareciera de esa manera. Claramente tenía que acostumbrarse a sus nuevas habilidades y ya, si él mismo cogía confianza con ellas sería un chico imparable. Le enseñé como caer, solo para que pudiera tener una respuesta mucho más rápida, por si alguien caía encima de él cuando estaba en su forma corpórea. Era bueno saber caer para no partirte la crisma, pero a veces una buena defensa era un buen ataque. Cuando más o menos lo dominó pasamos al siguiente ejercicio, que era como caer de las vigas. Le expliqué lo que tenía que hacer, haciéndole una demostración para que pudiera evitarlo, como hicimos momentos antes. Esperé pacientemente, observando como el más pequeño de nosotros subía a las vigas y se preparaba para saltar. Me alejé unos pasos para tener una mejor visión, y se precipitó.

La caía duró a penas un segundo, lo que pasó me sorprendió. Al mismo tiempo que el pequeño aterrizaba perfectamente en el suelo, sin ningún tipo de problema, todo el mobiliario de la sala tembló.
-Eso ha sido interesante. -le dije realmente de buena gana. Miré al pequeño. -Creo que no hace falta que aprendas a caer, veo que caes sin ningún tipo de problema. -le dije con una sonrisa. -Pero tienes que tener en cuenta que seguramente más de una vez vas a tener que caer de ciertas alturas preparado para atacar o directamente con el arma en alto. Después practicaremos eso.

Me alejé de él, acercándome por un momento a una de las paredes donde estaban colgadas espadas de entrenamiento. No tenían ningún tipo de filo, y era del tamaño de los cuchillos serafines, perfectos para comenzar a entrenar.
-Por el momento comenzaremos con esto. -le comuniqué tendiéndole la espalda. -Cuando estés familiarizado, pues tu mismo elegirás un arma. Alec tiene su arco e Izzy su látigo. Ya encontrarás el tuyo. -le dije totalmente seguro. -Ahora, en guardia. -le dije tomando la pose. -Ahora eres un fantasma, pero también eres un cazador de sombras. Está en tu sangre la lucha, está en tus genes. El instinto de luchar está ahí, solo déjate llevar. Intenta mantener tu cuerpo corpóreo. -dicho esto le ataqué sin previo aviso. Claramente no iba hacerle daño, bien podría parar el golpe en el último momento si no era capaz de detenerme, pero si lo hacía, iba a tener que ser rápido porque continuaría con ataques hasta desarmarlo.
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