06/06 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


01/01 ¡El Staff de Facilis Descensus Averni quiere desearos un muy feliz año 2018!


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Tratando de quemar las penas...otra vez[Anya M. Bergström]

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Tratando de quemar las penas...otra vez
→ Sabado → 19:30→ Bar Beekman→ Atardeciendo

Otro chorro de whisky se derramaba sobre mi vaso, mientras lo observaba con ojos taciturnos e impasibles, como si aquel chorro bermellón fuera una parte más de mi dia a dia. Un brebaje que ingería continuamente para tratar de calcinar los recuerdos que en cada anochecer me asaltaban sin cesar, torturándome de manera macabra y casi retorcida. Sombríos sueños donde se repetía la misma maldita escena, una y otra vez, en un bucle infinito que tan solo buscaba mi dolor e impotencia, al ser consciente de que nada podía hacer para evitar lo que sucedía en aquellas borrosas imágenes. Fragmentos de una evocación que sucedió en la realidad, anclada en mi pasado como una alimaña sedienta de sangre. Una losa con la que cargaba diariamente y que sentía que cada vez se hacía más grande con el paso del tiempo, un peso muerto que me asfixiaba y no permitía salir al cazador que en antaño fui. Era incapaz de recordar aquella lluviosa tarde en las calles de Londres, toda aquella sangre esparcida por todas partes, ver a mi parabatai caer al suelo gravemente herida por un demonio al que creíamos haber exterminado, junto a sus viscosos camaradas. Un solo momento necesitó aquella bestia para arrebatarme a mi compañera de armas, la cual con su muerte se llevó mis ganas de existir, junto a su delicada y hermosa alma. La única luz que impedía que me convirtiera en un sanguinario cazador repleto de odio hacia el resto de razas que me rodeaban. A pesar de todos los años que habían transcurrido de aquel día, mi mente y corazón eran incapaces de borrarla de sus archivos. Desde aquel momento, sentí como me arrancaban una parte de mi ser, la cual jamás regresaría, por mucho que lo intentase.

Con un suspiro cargado con una mezcla entre rabia y tristeza, liquidé el vaso de whisky escocés que el mesero me acababa de servir sobre la pulida barra, de un solo trago, y casi sin sentir ya su sabor de las veces que ese líquido había pasado por mi esófago. Realizando un leve gesto con los dedos, demandé otra ronda de aquella bebida, y al ver el sorprendido semblante del barman, le pedí con un tenue susurro que dejara directamente la botella junto al vaso, para ahorrarle un par de estúpidos viajes. Como si fuera un robot automatizado, me serví una segunda copa sobre el vaso, pero antes de siquiera de acercarla a mis labios, me paré a pensar por un momento si realmente debía seguir ingiriendo aquella basura mundana. Observando la copa a la luz de los focos del concurrido local, me inquirí seriamente si aquella persona me estaría observando desde allá donde estuviese, y si fuera así, lo más probable es que me hubiese golpeado por andar de bares en vez de entrenando. Y al momento de pensar aquello, una tenue sonrisa se dibujó en mi rostro, un gesto que no había realizado en meses y se sentía tosco y falto de gracia. Lo cual también se reflejaba a simple vista en mi rostro, al observarme en el cristal de la brillante copa que sostenía. Tan solo aparecía la imagen de un hombre derrotado y dominado por sus propios demonios, cuando en teoría su deber era combatir contra ellos, por la sangre que corría en sus venas.

Mordiéndome el labio inferior, tomé un pequeño sorbo de mi copa, y me recosté ligeramente sobre la pulcra barra, con todos aquellos pensamientos aguijoneándome el cerebro como furiosas abejas africanas. Y entonces, en mitad de mi propio hundimiento, la puerta de la rebosante taberna se abrió de par en par y dio paso a lo que yo consideré un condenado fantasma viviente. Simplemente no podía creer lo que mis ojos estaban contemplando en ese instante. De hecho, la copa se me resbaló de entre los dedos de la impresión e impactó contra las baldosas del lugar, produciendo un sonoro ruido de cristales rotos que provocó que aquella maldita visión centrara la atención en mi persona sin yo desearlo. Aquel espejismo era una muchacha que poseía los mismos rasgos en su rostro que cierta persona, parecía que estaban calcados al milímetro. Una broma macabra del destino a la que no pude dejar de mirar porque aquella refulgente luz que vi en el fondo de sus luceros me recordaba demasiado a ella. Tan cálida y reconfortante como un vivaz fuego en mitad del duro invierno. Su cabello, sus labios, la forma en la que acababa su nariz, todo parecía susurrarme que había vuelto de entre los muertos, para sacarme del pozo en el que me hallaba, como en tantas otras ocasiones. En ese mismo momento me percaté de lo profunda que tenía la herida que me produjo su fallecimiento, y como esta no había sanado en lo más mínimo. No me derrumbé de puro milagro, y antes de que pudiese reaccionar ya tenía a aquella joven encima mía, contemplándome con aquellos ojos que transportaban al pasado cada vez que posaba la mirada sobre ellos. Unas palabras de inocente disculpa brotaron de sus labios, tan rápidas que ni las vi venir por el tenue efecto de todo el alcohol que circulaba ya en mis venas. – No te preocupes, jovencita. - Es lo único que logré sacar de mis labios, con un aliento que olía a alcoholismo y autodestrucción, en eso me había convertido, en un ser miserable que ahogaba sus penas en alcohol barato mundano.




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Se consternaba con pensamientos absurdos sobre el proceder de su hermano. Una pérdida de tiempo que no le serviría de ninguna forma para descifrar los impulsos que Aleksander tiene para desaparecer de casa sin dejar ningún tipo de referencia que otorgue serenidad a sus progenitores. Al inicio de estas desapariciones esporádicas vio a su madre hundirse en un pozo de infinita preocupación, pasando noche y día sin pegar ojo con la esperanza de que, al estar allí en plena expectativa, recibiría alguna información sobre el paradero de su hijo. Tenía plasmado en su memoria el rostro apagado con que su madre sonreía pretendiendo que todo estaba bien. Le carcomía en cada evocación. Era como ácido quemando su carne, terriblemente doloroso y destructivo. Ese recuerdo fue lo que motivó su comportamiento errático. Mentir parecía despreciable cuando eres un simple espectador. En cambio, cuando estás dentro del círculo es inherente encontrar muchos motivos para hacerlo. Cuando su hermano comenzó a perderse cada vez más seguido, tuvo que volcar todos sus trabajos para ser convincente con sus padres diciéndoles que ella le ha visto llegar a casa, o por el contrario, que ella le había visto salir.

Aleksander estaba en una etapa cuestionable de su vida. La rebeldía e irreflexión que pudo aquejarle en la adolescencia estaba saliendo a flote a sus 26 años. Supo por palabrería de beodo, en una de sus tantas borracheras, que su hermano estaba padeciendo de mal de amores. Inconforme con su vida por una mujer, empezando a cuestionarse por lo que ella decía y pensaba. Envestida de una paciencia infinita comenzó a levantar los destrozos que dejaba su hermano al tambalear por la casa. Si tenía ocasión lo metía en la cama con mucho esfuerzo. Estaba volviéndose rutina. Una preocupante rutina que esperaba romper si tenía oportunidad. Oportunidad de cruzar tres palabras seguidas con su hermano en sus cinco sentidos. Si ellos tuvieran una relación más estrecha puede ser que consiga ayudarle a salir de su problema. Puede mentir a sus padres por ahorrarles disgustos, pero no taparía el sol con un dedo, su hermano era un alcohólico que estaba destruyendo su vida con cada sorbo.

La noche anterior cenaron todos juntos en casa, como una familia normal. En cuanto sus padres se marcharon al hospital, Alek agarró rumbo a la calle asegurándole que solo sería una vuelta. Fiscalizar a su hermano se le daba muy mal. Llevaba casi 24 horas sin verle, 18 de las cuales no contaba con ninguna respuesta a los mensajes de texto que le había enviado. Para Alek fue sencillo apagar el móvil dejándola con el alma en vilo. Eran las 18 horas cuando terminó su última clase, de la que salió con una montaña de deberes que dejaban la perspectiva de una noche de desvelo. Al salir al cotidiano ajetreo de las calles neoyorquinas aferró su mano derecha a su bolso deportivo, teniendo hábilmente el móvil en su mano izquierda. Por enésima vez intentó comunicarse con su hermano cayendo directo al buzón de voz. No podía retornar a casa sin intentar encontrar a ese irascible cabeza hueca. Por meras conclusiones basadas en comentarios, se dirigió a varios locales que su hermano frecuentaba. En uno de ellos obtuvo información con cierta dificultad. El encargado del bar se mostró muy entretenido al acercarse demasiado a ella, jugando a ser el más fuerte antes de decirle que vio a un hombre con esa descripción en una visita casual que realizó a su par del Bar Beekman.

Se detuvo para pedir indicaciones que le llevaran al mencionado local. Su vida social era inexistente, con suerte tenía contacto con sus compañeros de clase y el gentío que viajaba en el mismo subterráneo que ella. Promediaban las 19 horas con 30 minutos cuando llegó a la puerta del bar. El aspecto del sitio era medianamente agradable, en el sentido de que era un sitio limpio con un aire lúgubre. Aquí las personas venían a ahogarse hasta perder el sentido de sus vidas, muriéndose un poco cada día. Su aspecto desaliñado de leggins y camiseta larga descompaginaban con el ambiente aparentemente sofisticado que tenía la decoración. Recibió miradas curiosas que golpearon su temple por breves minutos. Aferrada fieramente a la manija de su bolso ignoró olímpicamente a los presentes volviendo a su cometido. Aleksander debía estar aquí si es que no le han tomado el pelo. Con simple observación no daba con el paradero de su hermano, así fue que sus pasos la encaminaron a la barra donde estaba atendiendo un hombre en apariencia afable al que se dirigió tomando aire para ser escuchada por encima del murmullo de las personas y la música que dominaba el ambiente. -
Disculpe…ejem…disculpe. - repitió  al llegar a su posición, teniendo en el proceso un impase. El color se arremolinó en su rostro redondo y lozano. Avergonzada dirigió su mirada al hombre joven que acababa de golpear con su enorme bolso, balbuceando una serie de disculpas atropelladas.- Gracias, tendré más cuidado… -zanjó en un hilo de voz encontrando una especie de fascinación en la melancolía que destilaba la mirada de ese hombre rubio. Parecía desamparado. Apretando los labios dejó de mirarle volviendo su atención al barman, esperando con sincera fe que eso borrase la amarga sensación que dejaba el codearse con la decadencia humana. - Perdone, ha visto a este hombre. -resaltó acercando el móvil a la vista del barman para que así aprecie la fotografía de su hermano. Supo que algo estaba muy mal cuando éste frunció el entrecejo pidiéndole que espere un momento. Este podría ser un momento estupendo para llamar a su madre. Enviar un mensaje con su ubicación por si planeaban hacerle daño. Pensando en ello jugueteo nerviosamente con un mechón de su rojizo cabello, enredándolo en su dedo índice derecho para luego desenredarlo sin sentirse para nada aliviada.

En un pestañeo estuvo frente a un hombre robusto de escasa cabellera canosa. Se presentó como el dueño del lugar. - Él pretendía irse sin pagar, tuve que encerrarlo en el baño. - explicó con tosquedad en cuanto ella insistió mostrando la fotografía nuevamente. Esta vez se aseguró de acentuar que ese hombre era su hermano. Sintiéndose avergonzada por la situación asentó el bolso en un banquillo tomándose el tiempo de sacar su billetera de cuero trabajado. - ¿Cuánto es lo que le adeuda? - Se le fue el alma a los pies cuando le dieron la suma. Su hermano habrá jugado a ser el padrino de bebidas de todo el mundo para tener semejante deuda. Con las justas llegaba a reunir la mitad del dinero. Desesperada, cogió su móvil, su reloj y su cadena para hacer una propuesta seria. - Señor, puedo dejarle la mitad del dinero, mi móvil, mi reloj y mi cadena. Lamento lo que mi hermano ha hecho, pero si me da hora y media puedo volver con el resto del dinero. Por favor, deje que me lo lleve. -solicitó con verdadero ahínco negándose a dejar un minuto a su hermano en ese sitio. Tenía la sensación de que algo malo sucedería si se iba sola de allí, era el tipo de sensación que no podía ignorar con facilidad.
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Tratando de quemar las penas...otra vez
→ Sábado → 19:30→ Bar Beekman→ Atardeciendo

Mis ojos eran incapaces de despegarse de aquella particular muchacha, la cual mostraba un semblante de nerviosismo importante. Solamente había que ver la velocidad en la que movía sus globos oculares para observar cada rincón, signo claro de que buscaba a alguien con ahínco, un familiar o amigo, supuse para mis adentros. Sin duda parecía fuera de lugar en aquel antro repleto de borrachos e imbéciles que desde que entró en el local no habían dejado de mirarla con malévolas intenciones. Para esa escoria aquella joven era como un pastelito dulce y sabroso en mitad de una terrible hambruna, que estaba al alcance del afortunado que consiguiera enredarla con palabras baratas para llevársela a su terreno salaz. Casi me daba hasta pena su situación, porque estaba seguro de que ella misma sabía que si salía sola de aquel ruidoso local no tendría nada más que problemas, entre ellos un acosador sexual embriagado hasta las trancas. Sin embargo, no era mi problema, y negando con la cabeza, tomé un nuevo sorbo a mi burbujeante copa, examinando de soslayo la puesta en escena de aquella jovencita, como un mero espectador de teatro. Sonreí al escuchar sus palabras, ya que me daban la razón en cuanto a la cuestión de que trataba de encontrar a algún pariente suyo en aquel establecimiento. Y por el gesto que adoptó el dueño, deduje de que se trataba de uno de los beodos habituales que a las tres copas de whisky acababan tirados en el callejón trasero, sacando por su boca todo lo que habían ingerido durante el día. Por la fotografía que mostró, parecía un chico joven que no tendría siquiera los 25 años, y poseía rasgos similares a la joven, por lo que concluí que como mínimo era su hermano o algún familiar de semejante parentesco sanguíneo.

Una áspera risa escapó de entre mis labios al captar que aquel estúpido había tratado de eludir el pago de su cuenta, en una taberna donde el dueño poseía una recortada que era capaz de perforarte el tórax como si fuese papel. Una muestra de idiotez que al instante llenó de preocupación a la pobre muchacha de cabellos escarlata, y tintó sus mejillas de un color similar, por la vergüenza que le estaba haciendo pasar el mesero delante de todo aquel apestoso gentío. El motivo era simple, la indecente cuenta que el señorito había acumulado mientras empinaba el codo en aquella misma barra, y por el rostro de la chica, no parecían números muy asequibles para su humilde bolsillo. Por lo tanto, recurrió a la táctica desesperada que emplean todos los mundanos para pagar sus facturas cuando no andan provistos de suficiente efectivo. Ofrecer cualquier objeto de valor que porten encima, junto a la mísera cantidad de dinero que poseyeran en esos momentos, para tratar de aplacar el hambre de dinero de en este caso el dueño del establecimiento. Un acto que hasta a mí, en el estado de medio embriaguez que me encontraba, me dio lástima, porque estaba claro que aquella chica no se merecía realizar tal sacrificio de sus pertenencias por culpa de aquel memo que no sabía ni pagar sus propios gastos de alcohol. Cada una de sus facciones reflejaba con pasmosa claridad que esa joven era una buena persona, con sus posibles problemas y demás, pero poseía un buen corazón. ¿Cómo pude saber eso? Por aquellos luceros esmeralda que desprendían miedo y angustia por toda aquella situación, eran un libro abierto.

Ingerí el resto de mi copa, y metí la mano en mi cartera, donde poseía todo el dinero que había reservado para aquel día. Abrí una de sus costuras y me percaté de que había traído más billetes de lo que era habitual. Y realizando un cálculo rápido de mis cuentas, me incorporé de mi asiento, interponiéndome temporalmente entre el dueño del local, y la joven desamparada. – Oye, cóbrate lo mío y lo del idiota ese de la foto. ¿Cómo dejas que una pobre muchacha pierda media vida para intentar pagarte? No tienes corazón, joder. - le dije con un marcado y malhumorado acento inglés, depositando la cantidad de billetes necesaria bajo las narices de aquel estúpido mundano tan hambriento de dólares. – Yo no tengo la culpa de que su hermano sea un alcohólico que no paga sus deudas. -me replicó agarrando el dinero de mala gana y metiéndolo en su herrumbrosa caja registradora. – Anda, muchacha, coge tus cosas y llévate a tu hermano fuera de este sitio. La próxima vez no tendréis tanta suerte. - le recomendé a la joven, señalando sus cosas, las cuales estaban esparcidas sobre la barra, desamparados para cualquier ladrón borrachuzo que les pusiera el ojo. Guardé mi cartera en mi cazadora y me encaminé hacia la puerta del establecimiento, haciéndome hueco entre beodos y sorteando sus vómitos esparcidos por el suelo.




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Alek desde los primeros tiempos fue extraño. Cuando ella llegó a casa de los Bergström, su hermano tenía 4 años. Imaginaba que para la mente inocente del pequeño Alek la llegada de un bebé de forma intempestiva era una contundente amenaza con la que trataba de lidiar. Con el correr de los años, ambos crecieron, y con ello, sus primeras percepciones le dieron una gran lección: su hermano no la quería cerca. Sin importar cuanto batallara su hermano mayor no lograba tolerarla por mucho tiempo. Sus interacciones se limitaban a cruzar palabra casualmente delante de sus padres, estar sentados codo con codo en el asiento trasero del auto. Poco más. Alek creo una barrera impenetrable que con el tiempo ella dejó de golpear. Sus padres, por supuesto, alentaban a que ellos tuvieran mayor afinidad; pero si ella adoraba un caballo, Alek estaba muy tentado a matarlo. El espacio de cada uno fue respetado por cada cual, así pasaron los años sin grandes pleitos, ni habladurías. Con sus padres tenían cada uno un trato cariñoso y cordial. Ambos estaban habituados a los horarios que sus padres tenían debido al trabajo, crecieron independientes sin sacarse los ojos cuando no tenían un ojo supervisor. Eran dos engranajes funcionando perfectamente solo por obligación.

En su corazón ella amaba a su hermano. Con el mayor razonamiento que los años deben dejar en cada uno, comprendió las actitudes mezquinas de Aleksander. Sin justificarlo compadecía sus errores, muchos de los que estaban influenciados por esa necesidad de atención que convertía en violencia, descontrol y malos hábitos. Proceder que provocaba en su madre una profunda angustia, la que ella trataba de evitar dando tumbos por las calles en búsqueda del majadero. A cada paso que daba se sentía más frustrada por verse envuelta en semejante situación. Después de pasar años criticando a compañeros de clase por su mal hábito con la bebida, solo por parecer más “hombres”, ahora va tras los pasos de uno que no está muy apartado de ese nivel de decadencia. Querría ser capaz de cogerlo por la melena para que un buen sacudón por las calles le sirviera de escarmiento. Eso si estuviera segura que a su hermano le importaría perder su dignidad ante muchas personas que no conoce.

Finalmente llegó al bar en cuestión. Respiró hondo para que sus pulmones pudieran resistir la mezcolanza de olores irritantes del lugar. Tabaco, sudor, alcohol, e incluso percibía un olor putrefacto que decidió no identificar priorizando el motivo de esta desafortunada visita. Sentía sobre su nuca las miradas de los beodos que admirados por su arribo la examinaban de pies a cabeza. Jamás ha tenido la destreza de manejarse en público, tendría que improvisar por esta vez. Desafortunadamente su primer tropiezo fue con un hombre joven que se encontraba sentado en la barra. Al disculparse con mucho énfasis se dio cuenta que él estaba sumido en una profunda tristeza que no podía controlar. Parpadeó, en un acto reflejo para recobrar la compostura. ¿Qué hace ella analizando a un desconocido? Si él estaba triste no es asunto suyo. Se limitó a disculparse empezando una serie de preguntas que terminó en una llamada al administrador del lugar. Cada palabra que recibió como explicación fue una bofetada en su rostro. Su hermano había caído en lo más bajo al querer huir del local sin pagar la cuenta. Se sintió inestable, más no tenía permiso para flaquear cuando debía ayudar al incapaz que tenía por hermano. Se revistió a sí misma de decisión despertando a su mente para que proyecte un plan de acción que subsane la falta de su fraterno. Al ver la cuenta el plan quiso escapar de sus manos. No era una pobre niña miserable que debe ahorrar cada peso. Tampoco tenía por costumbre cargar mucho dinero en su cotidiano ir y venir. Por más que en esta ocasión tuviese el dinero destinado a comprar unos libros referenciales del semestre, no le alcanzaba para cubrirlo todo.

Las risas que recibió como respuesta eran suficiente para comprender que estas personas no tendrían caridad ni contemplaciones. Bien podía ir a casa a traer más dinero, pero una parte de sí no quería dejar al desconsiderado de su hermano allí solo. Se merecía que le rompan la nariz por irresponsable, pero su madre no merecía hundirse un poco más al verlo de esa manera. Su mente trabajaba a mil por hora, carburando para conseguir una solución. Maldijo en su fuero interno, porque tal vez si ella tuviese amigos alguien podría ayudarla en estos momentos. Como caído del cielo en una ayuda divina, el hombre joven que golpeó accidentalmente se puso de pie, algo tambaleante e inesperadamente ofreció pagar la deuda completa.
– No, escúcheme… - a pesar de que quiso explicar que no necesitaba todo el monto, no se le dio pie para continuar. Con el rostro al rojo vivo dirigió la mirada a su salvador, quien ya estaba entre ella y el gerente terminando una transacción. Sintió su corazón palpitar por el nerviosismo que la dominaba. ¿Cómo podía agradecerle a un desconocido el socorro? No sabía ni su nombre, ni siquiera si podría saberlo cuando estaba tratando con quien también ahogaba sus penas en alcohol.

Las cosas se aceleraron, el rubio comenzó a caminar a la salida para dejar el lugar. Lo ideal es que ella corriera al baño para lanzar agua fría al bulto que tendría que cargar hasta casa. Sus piernas respondieron por sí solas encaminándose hasta el rubio. Se le puso en frente para que no tuviese modo de escapar. Sus pupilas verdes esmeralda se clavaron en el rostro varonil percibiendo un cierto fastidio marcando las cinceladas facciones del hombre.
– Disculpe, por favor aún no se vaya. – sus palabras salieron a galope teniendo que coger aire para serenarse. Es solo hablar, darle las gracias, pedirle sus datos para devolverle el dinero en pocas horas. Nada más. En sus cavilaciones notó que él era un hombre fuerte, con un cuerpo demasiado trabajado. Un luchador, quizás. Debía pasarse el tiempo en un gimnasio, o consumiendo esteroides. Carraspeó, y sin preámbulo añadió. – Quiero darle las gracias, no tenía por qué ayudarme y aun así lo hizo. – la pausa vino a causa de la actitud que él tenía, parecía molesto. Molesto y melancólico. – No quiero quitarle su tiempo, puede darme su nombre y número de teléfono…es para contactarlo. En cuanto llegue a casa puedo reunir el dinero para devolvérselo. – automáticamente estiró el brazo colocándolo en el pecho del rubio evitando que saliera como sus movimientos denotaban esperaba hacer. – No puedo permitir que se vaya sino acordamos cuándo y cómo le devolveré su dinero. – añadió con firmeza manteniéndose con la mirada fija en los ojos azules que comenzaban a evitarla. [/color]
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Tratando de quemar las penas...otra vez
→ Sábado → 19:30→ Bar Beekman → Atardeciendo

Parecía que la noche no iba a acabar aún para mí, por mucho empeño que pusiera en ello. Un obstáculo apareció entre la puerta del local y yo, en forma de la joven que acababa de salvar el pellejo con el dinero de mi propia cartera. Por la bondad que desprendían sus luceros, entendí que me estaba deteniendo para tratar de recompensar al noble caballero que había liquidado sus deudas en un acto de altruismo y amabilidad infinitas. Una retribución que yo no buscaba en ningún momento, tan solo deseaba salir de aquel lugar y borrar de mi mente aquel rostro que estaba ante mí, el cual me traía demasiados recuerdos, los cuales eran bonitos y amargos a la vez. Su presencia me quemaba como la mismísima sangre demoniaca, era un foco de luz demasiado intenso para un hombre tan sumido en la oscuridad como yo. Simplemente era incapaz de contemplarla más de tres segundos sin pensar en esa persona, lo que hacía que se me revolviese todo el cuerpo, de arriba abajo, sin poder controlarlo ni por un solo segundo. Toda una debilidad que había surgido de las puertas del destino, no sabía si para torturarme o para llevarme de nuevo al camino correcto, no estaba del todo seguro.

Crucé los brazos mientras la joven comenzaba con sus agradecimientos y sus insistencias a devolverme el dinero que yo había pagado sin más a aquel arrogante mesero de tres al cuarto. Realmente no necesitaba ese maldito parné, y menos de parte de una pobre chica que anda subastando sus pertenencias más valiosas para rescatar a su hermano alcohólico de una de las tabernas de la ciudad. Sentía que para pagarme tendría que llegar a hacer cosas peores que esa para llegar a la astronómica cifra que acababa de liquidar, eso sin contar los intereses abusivos que suelen incorporar los usureros sin escrúpulos de los bajos fondos. Definitivamente, desde que entró por aquella puerta, esa joven no dejó de darme pena y tristeza, unos sentimientos que creía borrados de la memoria de mi corazón. Probablemente su vida familiar era un drama diario, con un hermano tirado a la bebida y seguro que, con unos progenitores casi inexistentes, provocando que ella tuviera que cargar con todo en su espalda, a pesar de su palpable juventud. Además de que respiraba ingenuidad juvenil por cada puro de su delicada piel, vamos que era una dulce golosina para el malévolo monstruo que la vida había plantado en su camino.

Suspiré y negué con la cabeza en todas las ocasiones en las que me ofrecía el retorno de mi dinero, evitando sus ojos lo máximo posible, los cuales me seguían quemando como el fuego. – Olvídese de devolverme nada, no preciso de su dinero, como acaba de ver. – repliqué volviendo a menear la cabeza por enésima vez en aquel anochecer. – No quiero más cargas en mi conciencia por reclamar unos míseros billetes a una pobre muchacha que tiene que cuidar de ese elemento de ahí. - le aclaré señalando brevemente con el dedo al familiar que había ido a recuperar de los suelos repletos de regurgitaciones de aquella taberna. – Además, no debería tener relaciones de ningún tipo con un tipejo como yo. Créame, le hago un favor, el ultimo de esta noche, déjelo estar y apártese de mi camino. – la aconsejé mientras me rascaba suavemente la parte inferior de mi mandíbula. Posé una mano sobre su hombro y con delicadeza, la retiré de mi itinerario hacia la salida, medio rezando al arcángel Raziel para que desistiera con sus benévolas intenciones, que me molestaban sin saber el porqué. Realicé un par de pasos hacia la salida, pero no sin antes girarme una última vez para arrojarle una pequeña advertencia, por su propio bien. –Ah, y no trate de seguirme, en mi mundo no hay sitio para las buenas personas. - concluí agitando un par de veces el dedo índice, poniendo un énfasis gestual a lo que acababan de liberar mis labios. Acto seguido, proseguí por enésima vez con mi camino, enfundando las manos en los bolsillos de mi cazadora y fijando la mirada en mi objetivo, que era salir de allí y dejar atrás a aquella joven tan hermosa y peligrosa a la vez.





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Si su día fue armonioso, estaba ante la noche más caótica de su vida. Para quien no tiene costumbre ni pericia social, dialogar con un desconocido puede ser más una tortura que un reto. Su mente ganaba cada batalla con la mirada puesta en su madre. Evitarle disgustos a la persona que se ha esforzado cada día por cuidarla y educarla al mismo tiempo que trabajaba arduamente por ayudar a los desvalidos, parecía muy justo. Se repetía eso en aquellos segundos que se tentaba a flaquear. Debía encontrar a Alek, sacarlo del hueco donde estuviera y después podría volver a su adorada burbuja personal. Conforme la noche avanzaba el panorama pasó de gris a negro. Su hermano estaba ebrio, encerrado en el baño de un bar del que quiso escapar sin saldar su deuda. Deuda que rondaba la estratosfera porque seguramente se ha dedicado a fanfarronear, como un adicional a todo lo desacertado que venía haciendo.

Un rayo de luz vino de donde menos esperaba. El hombre rubio se puso en pie interponiéndose entre ella y los acreedores de su hermano. La extrañeza invadió su cuerpo dejándola paralizada por minutos que parecieron eternos. Era la primera vez que veía a ese hombre. Estaba segura que nunca se han visto porque su memoria no olvidaría ese rostro anguloso adornado por unos ojos azul intenso. Él no tenía motivo para ayudarla, lo contrario. Sin tener tiempo para analizarlo demasiado, ha notado que ese hombre la miraba con una mezcla ilógica de melancolía y rechazo. ¿Efectos del alcohol? Un beodo con emociones contrarias no es nada descabellado. Como fuere no permitiría que él se aleje sin dejar alguna referencia. Pensaba pagarle cada centavo que ha pagado en nombre del indolente de su hermano. Con movimientos ágiles esquivo un par de mesas para adelantarse hasta la puerta impidiéndole el paso. Directamente expresó un agradecimiento solicitando datos para comunicarse con él concluyendo este asunto que quedaba pendiente entre los dos. Según sus apreciaciones, no estaba diciendo improperios ni sandeces que justificaran el ceño fruncido que coronaba la frente del rubio. Él tenía una expresión que marcaba emociones más allá del desdén o el hastío. Armada de valor evitó que él la dejara con la palabra en la boca. No iba a doblegarla con una expresión envenenada y un par de brazos cruzadas. No es una cría de 4 años. -
No quiero quitarle el tiempo, solo deme una referencia para encontrarlo. - insistió con el rubor avivándose en sus mejillas. Sentía su rostro arder los escasos segundos que él la miraba. Pronto supo que no conseguiría mucho de ese hombre. Era tozudo, se notaba a leguas. - Me llamo Anya, vivo en el… - intentaba cambiar de estrategia. Como él se mostraba reacio a hablar, le daría ella sus datos para saldar la deuda después. Él le cortó el camino negándose rotundamente a recibir un pago, ni siquiera estaba muy contento con el agradecimiento que tan sinceramente ella expresaba.

En un movimiento la apartó, sintiendo sobre su hombro la calidez del dedo que él utilizó para desplazarla con la facilidad de quien mueve un muñeco. Testaruda le siguió. Quizás porque era orgullosa como para permitir que le paguen las cosas. Quizás porque existía algo en la mirada del rubio que decía a gritos que no era tan terrible y peligroso como él quería aparentar. Vio a su hermano desestabilizarse por un segundo en el que casi cae de cara al suelo, pero al verle retomar la postura sobre la silla donde lo colocaron, salió del local. El aire puro del exterior fue renovador. Moviendo la cabeza de un lado a otro con apremio, finalmente le vio caminar hacia la derecha -
OIGA. – llamó a voces agitando la mano. No recibió respuesta. Tan solo gritos y el sonido de vasos y botellas rotas al estrepitar contra el piso. Escuchó la voz de su hermano, e inmediatamente entró al local. Una riña inició, por supuesto Alek estaba metido en ella. Decidida se metió en medio de la reyerta tratando de sacar a su hermano de allí. Lo que recibió fue un golpe de lleno en el rostro, su tabique estaba roto comenzando a sangrar. La sangre, sin embargo, no podía detenerla. - Alek, ya basta. --ordenó empujándolo con la mano izquierda ya que con la derecha trataba de contener el fluir de la sangre.
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Tratando de quemar las penas...otra vez
→ Sábado → 19:30→ Bar Beekman → Atardeciendo

A pesar de todos mis esfuerzos para apartar de mi camino a aquella pobre muchacha, ella continuaba en su misión de sonsacarme algún tipo de información para otorgarme alguna retribución que consideraba innecesaria. Era como hablar con una gruesa pared, podía sentir a mis palabras ser rebotadas contra su maldita tozudez, una cabezonería que nacía por su más que probable buen corazón. Una persona gentil que no debía estar metida en antros como aquel, repletos de borrachos, violadores y demás indeseables, con los cuales yo me juntaba cada sábado por la tarde ahogado en mi oscuro pozo. Entonces entendí que las palabras no iban a disuadirla de sus pretensiones, así que insonoricé mis oídos y continué mi camino hacia la salida del local. Sin embargo, aquel claro gesto de terminar nuestro encuentro no desanimó ni un ápice el gesto de buena voluntad que había nacido en ella, persiguiéndome con poco disimulo a las afueras del local, ignorando al sujeto que había venido a buscar por un instante. Absorta por las obligaciones que le imponían su educación de ser una mujer agradecida, borró de su mente al causante del todo el mal rato que había atravesado en aquella mugrienta taberna neoyorkina. Un despiste que produjo dejar a su familiar sin vigilancia, iniciando este una pequeña reyerta en mitad del establecimiento, por los estragos que causaba el efecto del alcohol en el cerebro de aquel miserable muchacho. Lo que demostraba una vez más que el etanol de elevados grados no era para cualquiera.

Unos gritos y sonidos que hicieron dar media vuelta a mi peculiar acosadora, con un semblante de absoluta preocupación, seguramente imaginándose quien fue el iniciador de todo aquel violento altercado. Pronto comenzó la sinfonía de las botellas rotas y los alaridos de batalla de todos aquellos alcohólicos que, a pesar de tener dificultades para mantener el equilibrio, estaban deseosos de partirle el cráneo a aquel joven tan solo por haberles tocado la moral. Todo aquello no iba a acabar lo que se dice bien, sino más bien al contrario, con más de la mitad de los clientes metidos en esos vehículos que los mundanos llaman ambulancias, llorando y gimoteando por sus heridas. En ese momento, podría haber salido del callejón y continuar con mi vida, dejando atrás a aquellos maleantes a su suerte, de hecho, tampoco me hubiese importado la muerte del 95% de ellos. No obstante, una extraña preocupación por aquella joven de cabellos rojizos me asaltó sin previo aviso, deteniendo mis pies por completo. Me di media vuelta y observé con atención la trifulca que estaba aconteciendo ante mis narices, nada que no hubiese visto con anterioridad. Arrojamientos de botellas, crujidos de mesas rotas y berridos propios de animales predominaban en el ambiente que se había formado en ese lugar. Y de pronto, me percaté de la ubicación de la joven antes mencionada, la cual se encontraba en el foco de toda aquella reyerta, tratando de buscar al eslabón perdido en mitad de una guerra de borrachos y pendencieros. Sucedió lo esperable, un puñetazo que iba dirigido probablemente hacia otro rostro, impactó en su tabique nasal, fracturándolo por completo. Una lesión que comenzó a impregnar de sangre la piel de sus mejillas y boca, con unos tonos similares a los de sus cabellos, valga la redundancia.


Aquella agresión encendió en mí una chispa que creía muerta por el paso de los años, un fuego que desactivó mi raciocinio y activó mi parte más violenta y protectora. Por una insólita razón, la sangre me hervía al ver a aquella joven tan desamparada y dolorida, sin tener en cuenta que literalmente la acababa de conocer. Guiado por aquella extraña furia impropia de un nefilim, entré en el establecimiento, y empecé a barrer a aquellos indeseables con fuertes golpes de mis puños. Creando rápidamente un ciclón que barría a todo aquel que deseaba cruzarse en mi camino hacia ella, rompiendo narices, labios e incluso cráneos con mi mano desnuda. En pocos minutos la zona central del recinto se encontraba bastante despejada, gracias a mi fuerte ofensiva, que solamente dejaba cuerpos malheridos y heridos a mi alrededor. Una obertura que me permitió alcanzar la posición de la tal Anya, un nombre que acababa de recordar en mi mente, sacado de la escasa conversación que habíamos mantenido hacia unos instantes. – Tienes que salir de aquí, antes de que te partan más cosas aparte de la nariz. Ve hacia la salida, yo me encargo de tu familiar, amigo o lo que sea este patán insensato para ti. – le dije casi a gritos por el estruendo que reinaba en el lugar, a la vez que partía el esternón a un sujeto de un fuerte puntapié.

Acto seguido, localicé al idiota que había montado toda aquella jarana, y reprimiendo las voluntades de romperle el cráneo allí mismo, lo agarré con la mano y me lo cargué al hombro, empleando mi potencia muscular para ello. Seguidamente, me abrí paso hacia las puertas del establecimiento, a base de patadas y puñetazos con la mano que me quedaba libre. Una desventaja que ocasionó que más de un golpe impactara en mi rostro con fuerza, y alguna que otra botella rajada, abriendo en uno de mis pómulos una fina herida. Sin embargo, eso no podía detener a un nefilim de pura raza como yo, y continué con mi turbulenta travesía hacia la salida, aguantando también los balbuceos de aquel muchacho ebrio. De una patada, destrocé las puertas de la salida y emergí de nuevo al callejón, con el joven echado al hombro. Rápidamente, lo dejé caer con suavidad en el suelo, apoyándolo en la gélida pared que tenía justo enfrente, pudiendo descansar al fin de su pesada carga. – Aquí tienes a tu príncipe, está un poco magullado, pero no es ni la mitad de lo que se merece. Átalo y te lo llevas a casa, antes de que os maten a los dos por su culpa. - la aconsejé al mismo tiempo que me incorporaba, me revisaba las heridas del rostro y fijaba la mirada para abandonar de una vez aquella callejuela, porque bastante había hecho ya por ella sin conocerla casi.


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Con cabezonería siguió la figura de su salvador para acentuar su decisión de saldar cuentas. La intuición le decía a gritos que no conseguiría nada por ese camino. Si lo siguiese por toda la ciudad, quizás tendría mejores resultados. Lo haría si eso libra de remordimiento a su conciencia. Solo que estaba demasiado limitada por la oscuridad de los pormenores que regían la situación. Debía arrastrar a su hermano hasta la casa, meterlo en la cama para que encuentre en el descanso un poco de cordura con el que dirigirse a sus padres. Esta ocasión se ha pasado de la raya con su proceder, saliendo ileso por los pelos y por ayuda de esa silueta masculina que se alejaba sin mirar atrás. Si debía agradecer su intervención incluso porque si no fuera por su ayuda no contaría con dinero para pagar un taxi hasta su casa. La escena patética y deprimente de arrastrar a su hermano beodo por las calles neoyorquinas no se llevaría a cabo esta vez. El hermano decadente fue lo que la detuvo a perseguirlo. Se giró sobre sus pies lanzando una especie de alarido teniendo plena seguridad de que ese alboroto que resonaba en sus oídos lo inició su hermano.

Al entrar nuevamente a ese antro de mala muerte con la cabeza dándole punzadas, tuvo que apartar razonamientos sobre los motivos que pueden encaminar a una persona que lo tiene todo, a caer tan bajo como ha caído su hermano. Entenderlo no le sería de utilidad en estos momentos bochornosos. Vio cómo se libraba una pelea campal. No se distinguía amigo de enemigo, era más bien una reyerta en la que todos estaban contra todos. Sintió mucha pena por esas personas, por su actuar tan carente y su espíritu tan débil. Las botellas volaban al igual que los puñetazos que esquivó en su transcurrir hasta el centro de este embrollo. Allí estaba Alek recibiendo un poco de dureza e intentando devolver los golpes. Sentía que le arderían las palmas de las manos hasta que le diera unas buenas cachetadas como escarmiento, lo que debía esperar por lo menos a salir de ese lugar. Ni bien llegó a la altura del imberbe fue acometida con un puñetazo que le rompió la nariz. Los ojos le lloraban sin tener tiempo para quejarse. Cogió a su hermano del brazo ordenándole que se moviera para escapar de ese lugar. La sangre corría por su rostro tratando de contenerla con su mano izquierda. Gracias a este incidente tenía más explicaciones que idear. ¿Cómo puede explicar su nariz rota? Sus padres tenían demasiado conocimiento como para irse por las ramas, y ella un historial limpio como para argumentar que tuvo un pleito con alguien en la Academia.

Intempestivamente él volvió. Le gustaría tener un nombre propio para denominarlo, pero de momento él sería sinónimo de salvación. Su orgullo no tenía poder suficiente para competir con las acciones de aquel desconocido. Estaba allí a pesar que fue contundente al decirle que no le siguiera ni se acercara a su persona. Y su entrada triunfal y violenta demostraba que esa coraza con la que se dirigió a ella era una fachada. Impresionante fue ver el espectáculo de golpes y patadas, movimientos gráciles que acababan en certeros ataques que limpiaban el camino de todos los que estaban armando escándalo. Cerró la boca al darse cuenta que estaba mirándole por más minutos de los que pueden considerarse aceptables. ¿Qué era ese hombre? ¿Un maldito ninja? ¿Una especie de luchador profesional? Se dio por vencida con el sangrado de su nariz, en su lugar y a manera de distraerse, volvió a coger del brazo a su hermano tratando de hacerle avanzar. Lo que obtuvo fue un empujón que la obligó a caminar de puntillas para mantener el equilibrio, y a la vez esquivar un charco de lo que parecía vómito. Se le removió el estómago estrepitosamente. Los gritos del joven rubio llamaron su atención queriendo interrumpirlo en varias oportunidades para testarudamente replicar que no aceptaría su ayuda sin un trato de por medio. El tono autoritario de voz que él uso la frenó en seco. Existía algo en esa mirada azul profunda que le impedía continuar con su orgullo. Él se veía feroz al moverse, incluso al respirar.

Con gran dificultad llegó a la puerta de salida teniendo que patear a un borracho caído en batalla que le cogió del pie tratando de retenerla. Con los nervios de punta salió al callejón siendo abordada por emociones que bamboleaban en su interior. Le dolía la nariz, el orgullo y la cabeza no paraba de taladrarle. ¿Sería este el momento de decirle la verdad a su madre? Alek estaba llegando al límite sin que sus esfuerzos por ayudarle rindieran frutos. Enfermaba con solo pensar lo afectada que estaría su madre al darse cuenta que su hijo rebelde era un alcohólico que apostaba hasta sus calzoncillos cuando tenía el ánimo por arriba. Un gruñido le hizo girar sobre sus pies lanzando un suave gemido al ver cómo su hermano era traído como un costal de harina. -
Es mi hermano. - corrigió, quitando por unos segundos el pañuelo con el que presionaba su nariz para hablar. Alek comenzaba a quedarse dormido en ese sitio atestado de suciedad y basura. Decididamente se dirigió a su salvador acercándose para darle mayor relevancia a sus palabras. - Aunque no quiera oírlo, le doy las gracias por…por todo lo que ha hecho. Sé que insistirá en que no quiere mi dinero, ni nada por el…OH POR FAVOR ALEK - chilló al ver de reojo que comenzaba a vomitar. Era el día más odioso de su vida. Suspirando con resignación volvió la mirada hacía él, hurgando al mismo tiempo en su bolso para sacar una libreta. Su intención era darle su número de móvil en un trozo de papel, pero en el camino se dio cuenta de que él tenía abierto el pómulo y su mano decidió limpiar la sangre con dos de sus dedos. - Está lastimado, mi madre es enfermera, si quiere ella puede ayudarlo. – notó que él se encontraba resistente a ese tipo de ayuda. El ceño fruncido era una sonora respuesta. Se apartó dejándole en el pecho el trozo de papel, justo donde estaba cruzado de brazos. - Vamos Alek, ponte de pie. --se agachó cogiéndolo con cierta dificultad hasta ponerlo de pie comenzando el camino tortuoso hasta la avenida de donde debía tomar un taxi.
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Tratando de quemar las penas...otra vez
→ Sábado → 20:00 → En una avenida de Nueva York→ Anocheciendo

Cargar a ese borrachuzo inconsciente hasta de su propio nombre fue molesto por el simple hecho de tener que aguantar sus quejidos y sonidos guturales de persona medio muerta. Un peso muerto en mi espalda que me alegré enormemente de quitarme de encima al depositarlo sobre la fría acera del callejón, observando cómo se arrastraba por esta sin orientación alguna. Parecía un cachorro recién nacido, buscando el cálido cobijo de su madre para no tener que enfrentarse al mundo exterior. Un saco de etanol y manchas de vomito que daba pena simplemente mirarlo más de dos segundos. Daban ganas de darle una patada en el trasero y una ducha bien fría por partes iguales, para ver si así aprendía a no meterse en trifulcas innecesarias con adversarios cien veces más grandes que él. Supuse que se sintió embravecido de hacer tal cosa por los litros de alcohol que palpitaban por sus venas, desconocía si sobrio era así de estúpido, pero tampoco me importaba en lo más mínimo en ese momento. Lo único que me preocupaba era partir de aquel lugar antes de que las autoridades humanas acudieran a contener esa sonora pelea, gracias a la llamada de algún vecino trasnochado y asustado por los ruidos al lado de su hogar. Sin embargo, en mi camino se volvió a interponer a aquella asustada y magullada muchacha, que persistía en su empeño de retribuirme aquella maldita cuenta que hacía tiempo había despojado de importancia. Comprendí que dijese lo que le dijese, no iba a entender que el dinero humano no tenía casi valor para mí. Solamente me era útil para pasar desapercibido cuando decidía a salir a tomar unas copas de whisky, nada más. Podría incluso quemarlo en una hoguera que encontrara en la calle y no sentiría el más mínimo sentimiento de pérdida o lamentación.


No obstante, antes de que siquiera pudiera posar una sola mano en su hombro para abrirme camino por enésima vez, un par de sus dedos con un fragmento de papel se colocaron en la herida de mi mejilla. Un sutil gesto que me pilló desprevenido por completo y paralizó todas las fibras de mi cuerpo, por segunda vez en aquella tarde. Y no por el contacto en sí, sino por la cantidad de recuerdos que sobrevinieron a mi mente en una corriente fugaz, pero a la vez destructiva. En un acto reflejo descendí la cabeza unos centímetros para enfocar la mirada en sus luceros resplandecientes de luz y por un momento pensé que ella había vuelto de la tierra de los muertos. Una visión que tan solo duró unas milésimas de segundo pero que para mí fue eterna. Una ilusión que estuvo a punto de provocar que esbozara su nombre en voz susurrante, como en antaño, para asegurarme de que era ella. Aquel toque de su piel y el destello que emitían sus ojos eran una calcomanía de mi parabatai. Una cruel broma del destino que había llegado tan solo para torturarme y tratar de hundirme aún más en el profundo pozo en el que me hallaba. Una parte de mi deseaba liberar la escasa luz que aún permanecía en mi interior y dibujar una sonrisa en mi rostro, acompañarla gentilmente a su casa y asegurarme de que llegara bien a esta. Pero el extremo opuesto me susurraba continuamente que no era buena idea, y que debía prácticamente huir de allí. Porque tan solo su presencia me atormentaría y me evocaría el vació que aún permanecía en un rincón de mi maltrecho corazón.


Una decisión que tuve que tomar en el transcurso de un par de segundos, tras un rápido análisis de los pros y los contras de cada una de las opciones. Y al final venció la luz, por una vez en mucho tiempo, aunque solo fuese a medias. La sonrisa no se iba a producir, pero si el resto de la oración que he escrito líneas más arriba. Sencillamente porque estaba bastante convencido de que aquella chica no iba a poder sola con ese muerto babeante y atestado de vómitos por todos sus ropajes. Solamente había que observar por un momento el terrible esfuerzo que le suponía cargarlo en su hombro, con la escasa colaboración que ofrecía el casi comatoso sujeto. Suspiré de resignación y con una sola mano, agarré el pescuezo de aquel indeseable y me lo coloqué al hombro por segunda vez en aquel día, liberando a la pobre chica de tan pesada carga. – Usted sola no va a poder llevarle a más de 20 metros de este callejón, deje que se lo lleve al menos hasta el taxi. – respondí al mismo tiempo que comenzaba a andar hacia la avenida más cercana que había desde el punto en el que nos encontrábamos. Pero al ver que la muchacha de cabello escarlata no movía un musculo detrás de mí, me giré ligeramente hacia su dirección, enarcando una ceja. – Debería moverse si no quiere que uno de esos borrachos salga y vuelva a tomarla con usted. Puede quedarse tranquila, si hubiese querido robarle, violarla o matarla, ya lo hubiese hecho. – la advertí con tono calmado y sereno, retomando mi camino hacia el bullicioso bulevar con aquella muchacha tras de mi con sus cortos y temblorosos pasos. Tras el paso de unos minutos, llegamos al susodicho paseo, y deposité a aquel saco de vómito y alcohol sobre una pared de un edificio cercano.


- Cuídele mientras llamo a un taxi que pueda llevarlos a casa o donde sea que quieran ir a estas horas de la tarde. Y le agradezco el intento de curarme la herida, pero no era necesario. – le dije mostrando el pómulo que había sido dañado, completamente intacto gracias a la regeneración de mi sangre angelical. Acto seguido, levanté uno de mis brazos y comencé a reclamar un taxi en mitad del caos que acontecía en aquel paseo, con tantas criaturas humanas pululando de aquí para allá, con bolsas de compra y carritos de niños. Pero para mi sorpresa, la suerte estuvo de mi lado por una vez y un taxi decidió parar a unos metros delante de mí, con el letrero verdoso de desocupado. Sonreí ligeramente y me encaminé hacia donde estaba la joven con su jadeante hermano, con la mano en alto para que aquel conductor aguardara unos minutos a sus futuros clientes. – Ahí tiene el transporte y la escapatoria perfecta para salir de este barrio alejado de la mano de los ángeles. Aprovéchelo y salgan de aquí antes de que el sol se ponga por completo. Porque en otra ocasión no tendrán tanta suerte. - le aseguré agarrando de nuevo al muchacho babeante de su cogote y me dirigí hacia una de las puertas que había abierto el taxista amablemente. Usando una sola mano para transportar a dicho ser, ante el asombro del chófer que me miraba con ojos incrédulos y el miedo de aquella muchacha de cabellos ígneos.
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Últimamente así de interesantes se tornaban sus excursiones. La falta de juicio de su hermano la llevaban cada vez más seguido a transitar las calles de la ciudad para buscarlo, extraerlo y trasladarlo hasta la casa. En cada oportunidad tenía que enfrentar un obstáculo diferente. Insultos, vejaciones, humillaciones. Todos en su mayoría de boca y por parte de su hermano. Ni con los años que han pasado coexistiendo se ha entrenado lo suficiente para que no le afecten las barbaridades que pueden salir de la boca de Alek cuando está ebrio. Una porción de su interior estaba inclinada a dejarlo solo, que deambule por la vida enfrascándose en su vicio hasta morir a causa del mismo. Si no fueran sus padres podría dar rienda suelta a las oscuras ideas que le pasaban por la mente. Ella no tiene obligación alguna con su hermano. No hay una cláusula donde indique que debe cargar con un miserable borracho cada dos por tres, pero sus principios le detenían al recordar el amor con el que sus padres les criaron.
Definitivamente tenía que ayudar a Alek para que sus padres no pasaran vergüenza y dolor. Frustrante y cansino a partes iguales, de esa manera resultaba tratar de ayudar a un necio. Hasta el momento solo consiguió ser su bastón, su brújula y su nana. La esclava que lo devuelve a la casa cada vez que estaba perdido.

Evidentemente esta ocasión era distinta. Estaba ese hombre rubio en el camino cambiando todos los matices de su panorama. Cuando él, su salvador, volvió a ingresar en el local, estaba segura de que el tiempo se detuvo. La nariz rota le dolía sin parar de sangrar, más la mirada de sus ojos verdosos no se despegaba de él. La forma en que su cuerpo se movía, ágil y certero, era casi imposible asociarla con una práctica normal. El caos se cernía a su alrededor, bajo cada pestañeo en que comprobaba que no existía una sola persona que pudiera detener al rubio en su avance. Rebasada por la vergüenza reaccionó siguiéndolo hasta el exterior de aquel mugriento y lúgubre local. El aire fresco permitió que sus pulmones recobraran la vida. En cierta manera también le permitió encontrar el equilibrio suficiente que aplacara esa serie de historias que comenzaban a formarse en su cabeza. Él era un hombre, no muy común, sin pasar a más. Debía ser un luchador profesional acostumbrado a atacar y defenderse. Sin emitir palabra le siguió hasta el callejón en donde insistió en agradecerle la ayuda. Toda la que le ha dado sin pedir nada a cambio.

Aun cuando los ojos azules del rubio se mostraban insoldables, existía una hendidura liliputiense que dejaba ver una tristeza profunda. Su mente divagó por unos minutos, yéndose muy lejos a un derrotero camino en el que existían demasiadas hipótesis sin ninguna certeza. En todo caso a ella no debía interesarle en demasía el motivo por el cual este hombre se encontraba acongojado, ni porque decidía internarse en el mundo del alcohol y el embotamiento. Lo que si debía causarle interés es la forma en que sangraba su pómulo abierto por uno de los pocos golpes que lograron atisbarle. Pausó su afán de escribir rápido su nombre y número de celular en ese trozo de papel sustituyéndolo por un roce delicado sobre aquella zona. Estaba algo hinchado sin ser nada irreversible. Eso sí, tenía que asegurarse de que le hicieran unas puntadas para que cicatrice sin dejar rastros. - Ya tengo práctica arrastrándolo por las calles. -murmuró entre dientes enrojeciendo por completo. Una mezcla de su confesión y el tacto sobre la piel masculina magullada. Electricidad sobre sus dedos, subió hasta recorrerle el brazo. Inquieta por esta reacción dejó sus intentos para lograr que su hermano dejara de actuar como un cerdo, deteniéndose el mundo entero al ver como el área del pómulo afectado por el golpe comenzaba a sanar. ¿Acaso es natural que él se regenere tan rápido? - ¿Cómo es que usted está bien? -balbuceó torpemente estirando la mano para volver a tocarle el rostro, el que ahora se encontraba sin ningún vestigio de pelea. La única respuesta fue una orden camuflada en razonamientos. Debía moverse rápido tras él.
Más que orgullo era una pena intolerable la que la hacía caminar lento y a regañadientes. En ese actuar infantil y huraño fue que captó algo inusual, nuevamente. ¿Cómo puede el rubio cargar a Alek con un solo brazo y sin presentar signos de fatiga? Estrechando la mirada se acercó a ellos para atrapar a su hermano quien ni siquiera podía mantener el equilibrio apoyado contra la pared. Fastidiada lo empujó recibiendo una serie de improperios de una lengua atada e imprecisa, sin que se le quite lo venenosa. -
Espere. - solicitó con apremio cogiendo la chaqueta de su bienhechor para retenerlo brevemente. Sus ojos volvieron a buscar ese par de ojos azules que le rehuían mostrándose altivo. Escudriñó esa faz quedándose con los detalles guardados en su memoria. - Dígame cómo ha podido con todos esos tipos en el bar, usted solo y sin esfuerzo - se leía con facilidad lo reacio que estaba a responder. Apretaba con dureza la mandíbula al mirarla fijamente. - Su pómulo hace un segundo estaba partido, sangrando y con la carne en vivo, y ahora no tiene ni un indicio de ello. ¿Cómo puede ser? –el silencio siguió entre los dos hasta que él se zafó de ella alejándose hacía la avenida.

Las personas transitaban lanzándole miradas de pena, asco, temor y diversión. Los niños que pasaban con sus padres le apuntaban con curiosidad. Ella solo quería que la tierra se la trague pronto. Antes de que explote de rabia.
Fue guiada hasta el vehículo en el que debería subirse para llegar a casa sin sentir la emoción ni el alivio que debía esperarse. Se sentía en deuda con este hombre, en plena desventaja, y cargada de preguntas por los sucesos tan complejos que se ligaban al rubio-
Aunque no quiera, necesito devolverle el dinero. No tiene que ser pronto, cuando crea conveniente llámeme, tendré el dinero listo para enviarlo a donde me diga, o dárselo en el modo que crea conveniente. -la súplica irradiaba en sus ojos, sin perderse ante los quejidos y empujones de su hermano que no se quedó quieto ni cuando el taxi se puso en marcha.
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Tratando de quemar las penas...otra vez
→ Sábado → 20:05 → En una avenida de Nueva York→ Anocheciendo

Al depositar al joven borrachuzo sobre el asiento del taxi, este comenzó a revolcarse por el lugar, buscando un hueco donde dormir la mona y contener las incesantes arcadas que brotaban de sus labios. Dejando de lado a su pobre hermana, que lo contemplaba con miradas que rezumaban una mezcla de asco y compasión bastante curiosa en mi opinión. Si aquel engendro compartiera mi sangre, le hubiese propinado un buen par de patadas en su cráneo para que despertase y dejara de actuar como un mísero imbécil. Porque el arrojarse a los brazos del alcohol y el vicio no eran justificación para tales actos. Sinceramente, si no llega a ser por la lástima que me hacía sentir aquella pobre muchacha pelirroja, lo habría abandonado a su suerte a la primera regurgitación que emergiera de su sucia boca.

Por un momento miré al pobre taxista que debía encargarse de transportar a semejante despojo de ser humano, y comprendí por un instante lo duro que podía ser aquel empleo mundano. Estaba seguro que había vivido miles de situaciones como aquella en las calles de Nueva York, por la forma en la que observaba al babeante muchacho y su semblante cargado de resignación y hastío. Unos pensamientos que me alejaron de las palabras que casi susurraba aquella joven de cabellos de color fuego que se encontraba a escasos centímetros de mí, insistiendo en recompensar mis gentiles actos. Y realizándome un interrogatorio que comenzaba a rozar lo irrespetuoso por la escasa relación que había entre ambos hasta ese momento. No me parecía del todo correcto que se tomara la libertad de efectuar aquellas preguntas solamente porque había salvado su dulce trasero y el de su pariente de aquella mugrienta tasca.

Sin embargo, una vez más, me sentía incapaz de siquiera alzarle la voz en tono despectivo, sobre todo por la maldita luz que emitían sus pupilas al mirarme con pura y cristalina inquisición. Era hasta cierto punto gracioso que esa muchacha esbelta y aparentemente delicada consiguiera paralizarme sin siquiera tocarme mejor que muchos de los diablos mayores que me he enfrentado a lo largo de mi carrera como cazador. Aquella refulgencia ardía en mi interior como clavos rebosantes de fuego que nublaban mis pensamientos y desdibujaban los hilos de coherencia que habitualmente se encontraban enhilados en mi cabeza. Quizás en estas meras líneas de texto sea incapaz de transmitir la oleada de emociones que emitían aquellas miradas que impactaban sobre mis ojos. No creo que se acerquen a lo más mínimo a la realidad que experimenté en aquel punto de mi existencia.

Unos instantes que supe que iban a marcar profundamente del primero al último, y no precisamente de forma leve. Incluso hubo momentos en los que sencillamente me apetecía echar a correr calle abajo sin mediar palabra alguna y dejar atrás a esos dos fanales de luz que me quemaban con tan solo quemarme. ¿Por qué no simplemente cogió aquel maldito taxi y se marchó junto a su hermano? Supuse que fue su maldita curiosidad femenina lo que le impidió poner pies en polvorosa y simplemente olvidarme a mí y a todo lo que había sucedido en aquella tarde de sábado.

Posé una mano sobre la puerta del vehículo que aún se mantenía completamente abierta tras insertar a aquella piltrafa que tenía como hermano. Y tomando todo el aire posible, enfrenté a aquellos luceros incesantes de curiosidad sobre mi persona. Sobre todo, por qué había decidido por encima del resto de humanos de aquel lugar ayudarla a salir de la trifulca que su propio familiar había provocado con sus necedades. En cierto modo, comprendía su inquina, pero eso no quitaba que estaba siendo quizás demasiado inquisitiva con un hombre que casi no conocía de nada.

– Realizar tantas preguntas a la vez a una persona que casi no conoce puede ser muy peligroso, señorita. Digamos que puede llegar a molestarse. – le expliqué con tono sereno y tranquilo, tamborileando suavemente la zona superior de la puerta con el movimiento de mis dedos. – En cuanto a sus preguntas… ¿Se refiere a esos borrachos de ahí dentro? Hasta un niño podría con ellos con el suficiente entrenamiento, no me haga reír. – me reí con ligereza junto a un tenue encogimiento de hombros que trataba de restar importancia a lo que acababa de hacer en aquel local. – Y lo de la piel, considérelo un milagro y no le dé más vueltas. Créame, esta fuera del alcance de su comprensión. Solamente salga de aquí y no piense más en ese tipo de cosas, le irá mejor así. - la aconsejé endureciendo un par de grados las facciones de mi rostro, mostrando el grado de seriedad que quería que cogieran mis palabras.

Pero justo antes de que empezara a esbozar mis siguientes palabras, aquel indeseable comenzó a lanzar patadas de irrazonable rabia a todas partes, impactando en la muchacha y haciéndola caer a mis brazos de forma inesperada. Una actitud que acabó de agotar mi maldita paciencia con aquel ser asqueroso y embrutecido por el etanol. Coloqué a mi espalda a la pobre muchacha y reteniendo con una sola mano a aquel engendro, me aproximé a su sucio oído lentamente, como una serpiente de cascabel. Desde aquella posición, susurré unas palabras de pura amenaza que básicamente trataban de que, si no se estaba quieto, iba a buscarle personalmente para destrozarle vivo y partirlo en trozos.

Una intimidación que surgió efecto al instante, y consiguió que esa sabandija se quedara quieto como la mejor de las estatuas, prometiendo un viaje tranquilo y mínimamente agradable. Me giré de nuevo hacia la muchacha y dibujé una sonrisa ladeada en las líneas de mis labios, haciéndome a un lado para permitirle pasar al habitáculo. – No creo que le vaya a molestar más en el trayecto a casa. Me he asegurado de ello, no se preocupe. Ahora, sea una buena chica y suba al taxi. – una recomendación que acompañé con un ligero roce de mis dedos sobre sus ruborizadas y ardientes mejillas, sosteniendo entre estos el papel que me había cedido con anterioridad. – En cuanto al dinero, si es su deseo, la llamaré. Pero esa llamada será en el momento adecuado, no antes ni después. - murmuré junto a su oído tal y como hice con su hermano.

Acto seguido, antes de volverle a ceder el paso al vehículo, ejecuté un pequeño movimiento con las mismas falanges que aún crepitaban del toque de su piel, mostrándole con la palma de mi mano el número que había escrito en el dichoso papel. Y en cuanto colocó sus posaderas sobre el hueco de asiento que había dejado libre su hermano, cerré la puerta al instante, siendo firme en lo que acababa de decir con anterioridad. Seguidamente, arrojé un fajo de billetes pequeños al chofer de aquel vehículo, pagando la cuota de aquel servicio que iba a realizar con aquellos dos, todo sin dejar de mirar sus luceros a través de la ventanilla de aquella metalizada puerta.



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Si cayese en un precipicio sería más llevadero el consecuente de aflicción y dolor que vendría a posteriori comparado con este calvario sin final. La conducta de su hermano era la de un cerdo, sintiendo vergüenza ajena por cada segundo que pasaba comportándose como un animal. Entrecerraba los ojos conteniendo las palabras de reproche que deseaba lanzar, las que serían una pérdida de tiempo y saliva. Su hermano era necio cuando estaba con sus 5 sentidos, estando tan aturdido por el alcohol sería peor. Por ahora sólo babeaba haciendo sonidos guturales, de empezar una discusión podría ponerse violento empeorando el panorama para el inocente chofer de taxi que la miraba con ojos apenados. De verdad, quería desaparecer de ese lugar. Al menos un porcentaje del 40 por ciento lo quería. El resto estaba más inclinado a resolver algunas interrogantes que comenzaron a surgir en su cabeza.

Dado su carácter no tiende a realizar demasiadas preguntas cuando esto tiene que ver con la intimidad y/o el espacio de su prójimo. Tiene la política de ser discreta, porque eso evitaba que le dieron importancia de más que generaría interacciones innecesarias. Eso incluye el entrometerse en vidas ajenas. Simplemente no pudo contenerse en esta oportunidad. Existía algo en el rubio bienhechor, algo que no era normal. Probablemente nunca sabría lo que era, e igualmente no volverían a verse a los ojos nunca más, pero debía intentar descubrir la particularidad que lo caracterizaba. No, no era temor, ni siquiera creía que esto fuese una simple curiosidad. Era una respuesta natural, indescriptible impulso por conocer al dueño de esos ojos hermosos cargados de una tristeza profunda. Una tristeza que intentaba ocultar tras un ceño fruncido y una expresión endurecida.

Mordisqueo su labio inferior por hacer algo que calme su nerviosismo. El tiene toda la razón, ella esta siendo invasiva rayando la falta de educación. Parpadeo unos segundos, revoloteando sus pestañas como las alas de una colorida mariposa. Suspiró y finalmente encontró su voz para responder.-
No quiero molestarle, ha sido más que generoso el día de hoy....mire sé que no será honesto conmigo, ya que ni siquiera me ha dado su nombre, pero eso no evitará que intente comprender. -se sinceró. Sus pensamientos le hicieron admitir que no era comprensión por las habilidades que él tenía, ni siquiera por determinar si él es humano o no. Su interés iba más allá. ¿Desde que minuto ella estaba tan interesada en comprender lo que sus ojos escondían? Los ojos son el espejo del alma, ¿por qué le interesaba el alma de este hombre? Definitivamente estaba perdiendo el juicio a causa de tantas emociones. Aparto la mirada del rubio sintiendo su rostro arder, empeorando cuando el chofer la apresuro para marchar. Se agachó lo suficiente para mirar al hombre pidiéndole en un susurro que la espere unos minutos, asegurando que pagaría por ese favor. Una vez realizado el acuerdo volvió a colocarse de cara a su salvador para insistir con la mirada, pero de nada sirvió. Frustrada hizo un mohin. -No sé si sus palabras esconden una amenaza, de ser así debe saber que no tengo miedo. Ni soy una niña para que me trate como...-sus palabras murieron en sus labios. El golpe de una patada la hizo perder el equilibrio siendo una vez más salvada por la destreza del rubio. Lo miro a los ojos sintiendo como la respiración cálida y fresca del joven chocaban sobre su rostro paralizandola en un momento sumamente perturbador que finalizó esporádicamente gracias a los insultos de su hermano. Era la cereza del helado.

El desarrollo de las cosas fue acelerado por el movimiento decidido de quien volviera a salvarla, esta vez del fastidio de un hermano irrespetuoso. Vio a Alek quedarse quieto, con la mirada puesta en el horizonte e hipando asquerosamente. Torció el gesto entrando en el vehículo con el rostro clavado en el hombre que la despechaba como quien lo hace con una menor de edad indefensa. Se sintió una animalillo indefenso, y eso no le gustó para nada. -
No me hable como si fuera un can. -solicitó en un suspiro mirando nuevamente sus ojos cargados de una emoción distinta. ¿Era fastidio? Chequeando la lengua asintió, aunque seguramente él jamás la llamaría para recibir la devolución del dinero que le ha prestado.- Esta bien,tendré el dinero encima así que no importa cuanto tarde, doy mi palabra de que lo tendré listo para cuando usted lo necesite. -fueron las palabras de la despedida. Ella sonrió tímidamente. El taxi arrancó y sólo pudo observar el espejo retrovisor para quedarse con la imagen de ese hombre con el trozo de papel en la mano. Una imagen que quedaría en su memoria.
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