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06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


27 # 30
7
NEFILIMS
7
CONSEJO
6
HUMANOS
4
LICÁNTRO.
10
VAMPIROS
8
BRUJOS
4
HADAS
4
DEMONIOS
1
FANTASMAS

This situation is fuckin' crazy! [Victoire C. Wintercloud + Christopher O'Dare]

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This situation is fuckin' crazy!
→ Domingo → 00:15 → Apartamento de Victoire  → Frío
Al final le rompí la nariz a un imbécil, y lo cierto es que ni siquiera me sentí mal. Es más, si no me hubiesen detenido probablemente me habría lanzado a destrozarle la cara a ese gilipollas, que no había hecho otra cosa que estar en el momento menos adecuado en el lugar menos oportuno, e increparme que le había casi arrollado mientras salía de la discoteca como alma que llevaba el diablo. ¡Eh, subnormal, que la calle no es tuya!. Me había girado con la amenaza escrita en los ojos tras detenerme ante algo que, por lo general, habría ignorado, y le había siseado con la voz llena de veneno que no me tocase los huevos, que no era la noche para hacerlo. Él se había puesto gallito, probablemente esperando cualquier otra reacción salvo que mi puño se estrellase varias veces contra su cara; el segurata que había en la puerta me había atrapado por detrás y me había tirado al otro lado de la calle, gritando que si volvía a acercarme llamaría a la policía, mientras el desgraciado que me había abordado se retorcía en el suelo de dolor ante las caras de cabreo y de asombro de sus acompañantes. Yo sólo escupí hacia un lado, ignorando el punzante dolor que me recorría los nudillos, y continué con mi camino hacia la casa de Victoire mientras una especie de sombra negra me envolvía, ominosa, que no era más que el reflejo de mi propia oscuridad en ese momento.

El encuentro con Milena y con su demonio me había dejado muy mal cuerpo, revolviéndome no sólo las entrañas, sino algo que estaba muy hondo, muy profundo dentro de mí mismo. Algo que ni siquiera sabía que tenía en mi interior. Me había encontrado con gente verdaderamente despreciable a lo largo de mi vida, y había hecho cosas que probablemente harían que Victoire dejase de hablarme, siquiera de tocarme; le he dado muerte a gente inocente, he arruinado vidas que no merecían ser arruinadas y he ayudado a personas que sólo buscaban su propio interés. He torturado, robado, asesinado y estafado. Y lo he hecho sin sentirme mal, sin responder, sin conciencia, sin importarme lo que fuese a ser de ellas y ellos porque lo importante era yo. Sobrevivir. Cuando eres un mercenario, como había dicho Milena, no puedes permitirte tener escrúpulos, aunque tú mismo te pongas los límites. Y eso te llevaba a afrontar situaciones que habrían horrorizado a la mayoría de las personas. Pero lo que había sentido en aquella habitación, lo que me habían transmitido esa pareja me había hecho revolverme contra todo lo que conocía, contra todo lo que había hecho o experimentado alguna vez. Habían despertado sentimientos que creí inexistentes o muertos en mi interior, no sólo odio o desprecio. Me habían hecho detestar mi condición de mercenario, toda mi trayectoria vital, todo lo que había sido hasta el momento, y al mismo tiempo me habían hecho sentirme como un niño que ni siquiera se había atrevido a robarle a su madre el dinero del bolso, porque codearse con un demonio mayor era algo que yo jamás había sopesado, siquiera.  

Tuve que detenerme en una de las callejuelas, junto a un contenedor, para vomitar lo poco que había ingerido esa noche, tras lo que volví a escupir, lamentando no tener nada con lo que quitarme el amargo y desagradable sabor de la boca. Tras eso, volví a gritar, desesperado por sentirme tan humano, tan débil, tan impotente... Habían hecho que por primera vez en mi vida anhelase un poder que me pertenece por legítimo derecho, pero que me había sido arrancado antes de nacer, por mi padre, por mi madre y por la Clave, y del que siempre había rehuido con todo mi ser.

Habían hecho que anhelase ser un nefilim y tener un cuchillo serafín que hundir en el pecho de ese engendro asqueroso, y quizás era eso, después de todo, lo que más me enfermaba de todo.

Me pasé la mano por los labios antes de rebuscar en mis bolsillos una segunda vez, suspirando al encontrar un paquete de chicles con sabor a menta que no recordaba haber metido ahí. Me introduje dos en la boca, los mastiqué un poco y los escupí, demasiado amargados por el regusto de la bilis. Volví a coger dos que esta vez me quedé dentro de la boca y me obligué a tranquilizarme, aunque la furia no se aplacó ni un poco dentro de mí, demasiado intensa, demasiado ardiente, demasiado reciente como para dejarla de lado. Pero al menos ya no creía que fuese a empezar a reventar todos los objetos del apartamento de Victoire cuando llegase a la casa. Comencé a caminar a los pocos segundos, alegrándome de apartarme del rancio olor que había dejado junto al contenedor, recuperando el ritmo que había abandonado para hacer el parrón en el callejón, mientras me preguntaba exactamente qué demonios iba a preguntarle, o qué iba a decirle.

Hola, Victoire. Mira, no sé si lo sabías, pero creo que tienes detrás a dos tipejos para matarte a ti y a tu hermano del que, por cierto, no sabía nada. ¿Y a qué no sabes qué? ¡Ni siquiera voy a poder ayudarte!

La rabia prendió de nuevo intensamente y con el otro puño di un golpe en la pared, dejándome también esos nudillos ensangrentados, sin detener el ritmo de mis pasos, siquiera. No sabía exactamente qué me frustraba más de toda aquella revelación, si el que ella estuviese en peligro o que yo no podía hacer nada por ella, y eso me frustraba todavía más que todo lo anterior junto. Mis sentimientos por Victoire eran un mar denso, profundo, en el que no me gustaba sumergirme por temor a encontrar algo que no deseaba ser hallado, pero que en el fondo era plenamente consciente de que encontraría allí. Quise chillar. ¿Quién me había mandado meterme a mí en semejantes situaciones? Las palabras de Lucretia resonaron en mi cabeza mezclándose con sus carcajadas y eso, definitivamente, no ayudó.

La vena del cuello iba a estallarme a ese ritmo.

Al contrario que la noche que sufrí el ataque de los vampiros, el apartamento de Victoire apareció de la nada ante mí. Impulsado por la furia mi velocidad no había tenido nada que envidiarle a la de ella y a la de sus estúpidas runas. En ese momento creo que odié a Raziel, a la Clave, a mi padre, a mi madre y a los nefilim mucho más que en toda mi vida por hacerme sentir tan desprotegido, tan desnudo, como si no pudiese atacar o defenderme, ni siquiera alzar un pequeño cuchillo entre mis manos. Me importó una mierda la hora que era, e hice sonar todos los porteros que pude hasta que alguien me abrió sin preguntar; siempre había alguien que esperaba comida a domicilio a cualquier hora en New York. Subí hasta la planta de Victoire en el ascensor, queriendo patearlo todo, cargarme los botones, destrozar la puerta... Pero no hice nada, como si estuviese reservándome para luego. Salí del habitáculo sintiéndome asfixiado, busqué la llave para emergencias que tenía escondida y entré en la casa sin llamar, sin preguntar, sin pensar en que podía estar molestándola ni nada.

¡Victoire! —también grité mientras cerraba tras de mí, ignorando a Kimara, que ladró al verme. Dejé la llave en alguna parte, no presté atención, y avancé por los pasillos de la casa hasta el dormitorio—. ¡Victoire! ¿¡Dónde coño estás!?

«Cálmate, Michael, joder, que ella no tiene la culpa de esto» me obligué a pensar, deteniéndome justo a la entrada de la habitación.

Respiré profundamente un par de veces antes de proceder a entrar, aún sin saber muy bien cómo cojones abordar el tema de conversación que nos aguardaba, pero no llegué a cruzar el umbral, porque su figura apareció de la nada, mirándome con una expresión cautelosa que sofocó ligeramente mi ira. No quería que me tuviese miedo. Sin embargo, no dejé de apretar los puños a ambos lados de mi cuerpo, ni a atravesarla con insistencia.

Victoire, tenemos que hablar. Y créeme, es urgente.



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This situation is fuckin' crazy!
→ Domingo → 00:15 → Apartamento de Victoire  → Frío
Su risa resuena en el apartamento. Hay un montón de papeles sobre su escritorio todos en una hoja gruesa de aspecto formal, con un color marfil y el sello del consejo. Tiene una pluma y la estela en el escritorio y está hablando de forma tranquila y serena por el Iphone mientras lee los documentos con cierto enfado. Es lo único que no le gustaba de ser miembro del Consejo, todo el maldito papeleo sobre las misiones y los ataques y los reportes que debían autorizar, leer, aprobar, opinar, etc. Bueno, el cargo venía con responsabilidades añadidas ¿No?

¿Leíste ya la que opina que deberíamos darle de beber de la copa Mortal a todos los mundanos?— ironiza ella. No es que diga literalmente eso, pero incluso dárselo a una pequeña cantidad de personas sin la preparación adecuada es suicidio. Victorie entendía que eran tiempos desesperados, pero eso rallaba lo ridículo. Suspiró mientras su elegante firma era plasmada en el papel y escribía comentarios en una esquina sobre su opinión de aquella propuesta. Escuchó la voz de su medio-hermano al otro lado de la línea y aquello le arrancó una sonrisa; Christopher seguramente igual lo encontraba ridículo.

Luego su vista se desvió del papeleo a la piedra de color claro sobre la mesa. Esbozó una mueca. Se quedó callada por unos segundos y no fue hasta que escuchó la voz insistente en la otra línea que reaccionó de forma instintiva —¿Ah? No, sólo me distraje. Creo que necesito café, esto es demasiado aburrido. ¿Estás en el Instituto?— le pregunta, mientras se levanta en dirección a la cocina, está descalza, vestida con un suéter y unos jeans. Enciende la cafetera y espera, mientras continúa hablando con él de cualquier tontería, evadiendo el tema que ambos tienen en mente. La piedra. Su padre. Le pone leche y azúcar al café, toma un muffin y se regresa al escritorio con mala cara. Preferiría estar afuera en una misión, pero dudaba que les fueran a dar más tiempo para revisar los reportes de las actividades en aquella caótica ciudad.

Fue entonces que lo escuchó. El ruido de la puerta de su apartamento abriéndose de golpe la hizo reaccionar y en pocos segundos había alcanzado su látigo mientras que su medio hermano se quedaba en silencio antes de empezar a preguntarle que estaba pasando. Ella empezó a caminar hacia la puerta cuando escuchó la voz de Michael. ¿Qué coño le pasaba por la cabeza? Escuchó a Kimara ladrar. Mierda. —¿Christopher? Te llamo al rato, al parecer tengo una emergencia— no alcanzó a colgar antes de que la voz del mundano volviera a atravesar la estancia. Bueno, había logrado mantener el secreto mucho tiempo, seguramente luego tendría que explicarle a su hermano que hacía un mundano gritando como loco en su apartamento a media noche. Lo vio aparecer en la puerta de su recámara y dejó el celular desganada en la cama mientras con un movimiento de muñeca, el látigo de electrum se volvía a enroscar en su muñeca.

Por el ángel Michael, no puedes entrar de esa forma— le riñe pero avanza con cautela, porque la forma en la que ha irrumpido en su apartamento activó cada sentido de su cuerpo; las runas le otorgaban su fuerza sin que ella realmente la necesitase, esperaba. No estaba herido. Se veía agitado y molesto y la forma en la que había entrado todavía la alarmaba. ¿Qué diablos había pasado? La forma en la que le miró, le heló la sangre. Y sus palabras la atravesaron como dagas. Ninguna conversación que acabe bien, inicia de esa forma. Se queda de piedra mientras su mente empieza a imaginar un millón de escenarios, se mueve veloz por el apartamento saliendo de su cuarto en dirección a la puerta esperando casi que entre algo, lo que sea. Su corazón le palpita de forma dolorosa en el pecho y Kimara empieza a rondar a su alrededor, como si ella igual estuviese buscando aquello que la tiene tan tensa. Teme que alguien se haya enterado, que ya no estén a salvo, que la Clave vaya a entrar en cualquier momento, pero luego razona.

Si eso fuese a pasar, es más probable que le pase a ella, no a un mundano.

Lo voltea a ver de nuevo y empieza a acomodarse el cabello de manera inconsciente —¿Qué paso?— pregunta después de un momento mientras juguetea ahora con el anillo en su mano, el de su familia. ver la W la tranquiliza y rozar su relieve le produce una paz que no puede explicar —¿Te ha visto alguien? ¿Crees que lo saben?— lo mira a los ojos y chasquea la lengua mientras se acerca a él como si temiera que fuese a salir corriendo. Lo había visto molesto pero algo parecía quemarlo por dentro —No. No es eso. ¿Vas a cortar conmigo? Está bien, olvídalo. No voy a bromear. Es sólo que me estás poniendo nerviosa, súeltalo Michael, soy una nefilim por dios no creo que pueda ser algo que no haya escuchado.

Pero tiene miedo de cualquier forma. Cuando lo habían atacado había venido herido pero no lo había visto molesto. Cuando los vampiros habían intentado ponerle la mano encima si lo había visto molesto, pero era una furia asesina, producto de la adrenalina. Aquello le provocaba náuseas, era un odio profundo, oscuro de esos que te clavan al piso y te hacen sentir ganas de vomitar. De esos que te hacen sentirte débil y vulnerable porque el odio y el miedo se revuelven en tu estómago. Toda luz muere en ella mientras analiza al hombre frente a ella, captando esbozos de lo que debe estar bullendo por su cabeza. Su sonrisa se borra de golpe, pierde la luz en sus ojos y su máscara del Consejo toma lugar, aquella mirada indiferente y serena, la misma que puede quedarse impasible mientras ve como separan a dos parabatai, condenan de muerte a alguien o destrozan una familia. Pero el miedo reluce en sus ojos, porque no puede entender que podría tener a alguien como Michael, que ha matado, torturado y visto demonios a la cara, tan mal.

Michael...— murmura —¿Qué está mal?





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→ Domingo → 00:15 → Apartamento de Victoire  → Frío
Había olvidado lo mucho que parecía una gata cuando adoptaba esa pose cautelosa, en guardia, esperando porque alguien le saltase encima, y había olvidado lo mucho que me gustaba. En realidad, no creía que hubiese nada de Victoire que no me gustase, incluso sus aspectos más irritantes y desquiciantes, porque la conformaban a ella como era, y así me había sentido atraído hacia su persona, como las moscas a la miel. En ese momento la habría empotrado contra la pared y la habría besado, pero habría sido un gesto lleno de violencia, llevado por la rabia y la desesperación, y no era la impronta que quería dejar en ella. Antes me habría dado igual, pero nada era lo mismo cuando se trataba de Victoire, así que mantuve la calma mientras sus ojos me escrutaban, primero, para después dirigirse hacia la entrada del apartamento. La seguí en silencio, observando sus movimientos, escuchando la retahíla de preguntas que vinieron a continuación.

No, no lo creo.

Aunque nada más decirlo me asaltó la duda. ¿Habría leído Milena algo de nuestra relación dentro de mí? La sola idea me puso los pelos de punta, porque no era una posibilidad que hubiese contemplado antes pero que ahora se me hacía muy certera. A fin de cuentas, había extraído su nombre de mí, ¿no? Me mordí el labio inferior, procurando tranquilizarme pues poniéndome nervioso al respecto no iba a conseguir nada; sólo inquietarla aún más. Y nada, absolutamente nada garantizaba que hubiese podido navegar tanto en su subconsciente.

Sin embargo, no fue hasta el momento en que vi cómo la cara de Victoire adquirió ese semblante tan frío, tan distante, que nunca utiliza conmigo cuando estamos a solas, sino que es su 'cara de trabajo' cuando me di cuenta que mis emociones debían seguir surcando mi rostro, que estaba transmitiéndole mi malestar, y que en el fondo, la estaba asustando. Había intentado calmarme sin éxito y así no íbamos a poder hablar, estando tan furioso, tan dominado por la rabia y por el odio. No lo soportaba para nada. Me dirigí a la cocina, escupiendo el chicle en la papelera, me serví algo de agua del grifo en un vaso que dejé en el fregadero y regresé junto a ella, respirando profundamente e intentando centrarme en otra cosa que no fuese el cómo me habían hecho sentir. A fin de cuentas, había ido ahí por ella, porque como me había dicho Milena, era putamente predecible mas, ¿qué otra cosa me quedaba? Me aterraba que pudiese pasarle algo, pero sobre todo me torturaba que no iba a ser más que un cero a la izquierda sin la capacidad de ayudarla.

¿Cuándo me he transformado en alguien así?

Todo, todo está mal —bufé mientras me sentaba en el brazo del sofá más cercano, dejando caer los brazos sobre las piernas mientras negaba con la cabeza. Volví a mirarla, sorprendiéndome por lo mucho que había echado de menos sus rasgos tan suaves, sus labios tan dulces y sus ojos eternos. Su belleza ahora se me hacía cálida y envolvente; no había dejado de despertar en mí los mismos instintos que la primera vez, pero Victoire me recogía con su presencia sin que ella lo supiese, y me calmaba— . Victoire, tengo que preguntarte algo, y quiero que seas absolutamente sincera conmigo. Lo necesito. Porque luego voy a contarte una cosa, pero antes preciso saber lo que te voy a preguntar. —La miré intensamente, cogiéndola de la mano con delicadeza, casi, atrayéndola hasta que pude colocar mi frente sobre su pecho, disfrutando del calor de su cuerpo, de su olor, de todo lo que era ella al completo, y volví a alzar los ojos hasta encontrarlos con los suyos— . Victoire, sé lo que pretendías hacer con la piedra que conseguiste de Lucretia gracias a nuestra querida amiga y su mierda, pero nunca te pregunté al respecto porque era algo tuyo, íntimo, y yo no era nadie para cuestionarte nada. Sigo sin serlo, a pesar de todo. Pero ahora necesito que me lo digas. Victoire, ¿qué estás haciendo exactamente en New York? ¿Y hasta qué punto tiene eso que ver con la piedra y con tu padre? —Le puse las manos en las caderas con celo pero sin mostrarme posesivo ni pretendiendo que se quedase a mi lado si no era lo que quería—. Confía en mí. Sabes que no te lo preguntaría si no tuviese una poderosísima razón detrás.

Porque no había que ser demasiado inteligente para unir los cabos, o quizás sí, pero siempre he sido lo bastante intuitivo como para saber hacia dónde moverme, al menos en estas pesquisas. Si no, habría perdido mi trabajo hacía muchísimo tiempo. Y alguien había contratado a Milena y a su demonio para que Victoire y su hermano no descubriesen algo; Milena había dicho que cada paso que Victoire daba la acercaba más y más al abismo, y hacía apenas unos meses se había hecho con una piedra de invocación de fantasmas. No sé, igual estaba siendo un paranoico pero todo aquello me daba muy mala espina.



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→ Domingo → 00:15 → Apartamento de Victoire  → Frío
Lo vio moverse por el apartamento y por alguna extraña razón aquello le produjo una sonrisa. Se veía tan cómodo, tan corriente, como si pudiera vivir haciendo esto, buscando cosas en su cocina con la misma familiaridad con la que ella se movía por su apartamento. Intentó alejar aquello de su mente, pero no le era posible. Lo recordaba haciendo café tras una noche apasionada, lo recordaba besándola sobre la encima de esa misma cocina mientras le quitaba la ropa y lo recordaba bromeando y farfullando por algo que ella había dicho. Lo tenía tan tatuado como la runa parabatai en su pecho y sabía que como le sucedería si perdía aquella parte de su corazón, la partida de Michael en un futuro le quitaría algo que ya había echado raíces en su corazón, enraizándose alrededor de su ser; por lo que perdería una parte de su ser con él.

Sus palabras sin embargo, rompen aquel encanto y la regresan a la realidad. Se mueve con cautela para acercarse a él. Le gustaría sentarse, pero en ese momento con las runas surtiendo efecto en ella, tiene tanta vitalidad que el quedarse quieta se le antoja lejano. Mantiene su distancia, pese a que se muere por abrazarlo, besarlo y alejar de su mente lo que sea que le está haciendo daño. Odia verlo así, porque el mundano siempre le ha parecido de las personas más fuertes que conoce y sabe que hace falta presionar con mucha fuerza para quebrar la voluntad de alguien como él. Cuando le pregunta aquello frunce el ceño, extrañada. Casi siente el impulso de salir corriendo pero la forma en que él le toma la mano y la atrae hacia si, la detiene. Tan delicado. Tan suave. Michael es fuerte como ella, lo sabe porque lo ha sentido presionando su cuerpo contra el suyo; y pocos pensarían que alguien que tiene la capacidad de romper huesos con las manos (porque todos los nefilims tenían esa fuerza) pueda sostenerla de esa forma, como si estuviera hecha de cristal. Lo deja hablar y su corazón se acelera en su pecho, porque durante unos instantes teme que haya sido Claire la que lo haya puesto tan mal. El hada tiene una forma de ser inquietante y es un hada después de todo, manipuladora y con un don para jugar con la verdad.

Esboza una mueca y le acaricia de forma inconsciente el cabello, enredando sus dedos en los rizos oscuros de él en busca de algo que le regrese el control de su cuerpo. Se humedece los labios. Es algo que saben solo Christopher y su parabatai. Confía en Michael, confía tanto en él que tiene ganas de soltarle todo, porque desde que pasó aquello quiere decirle, pero tiene miedo que cada palabra que salga de su boca lo aleje más y más, porque es complicada, porque su vida es una mierda y porque no quiere perderlo.

Tengo un medio hermano— es lo primero que le dice, porque todo empezó ahí. Todo empezó con aquel rumor, y se había vuelto algo que no podía controlar —Mi padre es... era... Agh. La familia de mi padre es una importante entre los míos. Con la guerra mortal y el levantamiento, se mermaron hasta que mi padre era el único vivo y con hijos. Es decir yo. Su familia siempre odió el matrimonio con mi madre, porque mi madre es una mestiza en su totalidad. Mitad hada. Con todo y el dolor al recibir las runas y los ojos penetrantes y las orejas puntiagudas. Pero a mi padre no le importó, hasta que un día se largó. Le pidió a mi madre el divorcio, se largó y ella jamás volvió a saber nada de él— esa es la parte sencilla. Lo mira dudosa, antes de moverse con cuidado, pidiéndole que la suelte porque necesita sentarse y es lo que hace. Se sienta en el sofá y jala a Michael a su lado, porque lo necesita sentir cerca para seguir —Y eso me dejó a mi como la única heredera de la familia. Más tarde por medio de un brujo que es amigo de mi familia, nos enteramos de que había fallecido, pero no me afectó, no al inicio. El hombre desapareció cuando yo tenía poco más de un año ¿Sabes? Y ojalá ahí hubiera acabado la cosa. Pero hace poco hubo un ataque al Gard, no sé si sepas que es eso. Es como el lugar de reuniones oficial de los nefilims, está en Idris— juguetea un poco con su cabello mientras se aprieta los nudillos con fuerza —Debido a eso, nos llegó un rumor de que mi padre había tenido otro hijo. Y mi madre me dijo que no viniera, que yo seguía siendo la heredera y que dejase al otro hijo de mi padre en paz. Pero me dolió. De cierta forma. Me dolió que le hubieramos importado tan poco que se había hecho con otra familia como si nada, y claro, cuando yo me meto algo entre ceja y ceja no lo dejo en paz, así que vine usando la excusa de que la Clave solicitó refuerzos de todos los Institutos, pero con la intención de conocerle, a mi medio hermano.

Se queda callada mientras todos esos recuerdos y sentimientos la invaden. Lo odia. Odia la forma en la que las acciones de un hombre de su pasado lograron hacerle tanto daño. Todavía recuerda su encuentro con Amelia, la forma en que le había dicho que haría aquello, porque necesitaba saber porqué. Porqué. Recordaba a Claire hablando con petulancia sobre como su madre jamás había vuelto a ser la misma, que la partida de Richard la había hecho pedazos. No era la primera vez que era vulnerable con Michael, pero lo que estaba diciendo era todo un nivel nuevo de vulnerabilidad.

Pero Christopher no sabía nada al respecto. Ni siquiera sabía que su padre había tenido otra familia tampoco o que era nefilim. Por eso quería la piedra, porque necesitaba quitarme las preguntas de la cabeza y darle un cierre al tema. Porque no me dejaba dormir, no me dejaba funcionar como nefilim y yo no soy esta persona Michael, que guarda rencores por cosas que pasaron hace años o que se siente menos por algo que ni es su problema. Así que me harte y por eso quería verle a la cara y preguntarle. Pero al parecer ni siquiera eso me sale bien— y empieza a reírse. Empieza a reírse porque todo le parece ridículo. Niega con la cabeza mientras intenta que no se vuelva una risa que termina en sollozo, respirando con fuerza y apretando las manos hasta que siente las uñas contra su carne. Quiere golpear algo así sea solo para quitarse las ganas de gritar —No funcionó, la piedra. No te dije nada porque... Porque no sabía como Michael, no sabía como decirte que me habían revuelto el cerebro, jugado conmigo y contigo y al final no sirvió para nada. Primero quise volver a matar a Lucretia, pero al parecer no funciona porque no hay fantasma que invocar, así que lo más seguro es que mi padre siga vivo. Y Christopher y yo hemos intentado buscarle— lo mira a los ojos esperando ver algo en él que le haga entender porqué el interés en ella. ¿Abby le habría dicho algo? Voltea de forma instintiva buscando a la chica, pero o no está en ese momento o no quiere ser vista. Los fantasmas tienen ese don cuando quieren, de no dejarse ver por aquellos que como Victorie, tienen la visión espectral. Quiere preguntarle si ha hablado con ella, pero como la chica le ha pedido que no le diga nada, no habla.

Se queda mirándole con ansia y desesperación. Se humedece los labios. Ojalá pudiera leer la mente, pese a que odio la única vez que sintió ese don en ella. Pero en ese momento desea poder saber en que piensa, que sabe que lo ha hecho cuestionarse sobre que hace en Nueva York, porqué Victorie sabe que tuvo que suceder algo terrible como para que la este viendo de esa forma y le haya preguntado todo aquello.

Pero no entiendo Michael, por favor dime que diablos ha pasado.





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→ Domingo → 00:15 → Apartamento de Victoire  → Frío
Sus dedos en mi pelo ejercieron el mismo efecto anestesiante de siempre. La forma en que los enredaba en mis rizos, acariciándolos de aquella manera tan suya, siempre conseguía que me tranquilizase, sucediese lo que me sucediese. Era algo tan simple, tan sencillo, y que no podía concebir de parte de otra persona que no fuese ella. No dejé de mirarla, evaluando su reacción por temor a haber atravesado una barrera que nunca había imaginado que tendría que cruzar; sus asuntos en la ciudad, con su familia, nunca han sido de mi incumbencia porque cada persona cada con un mamotreto detrás que no siempre quiere compartir y que nadie puede forzarle a hacerlo. Odié haber tenido que tensar ese hilo, pero, quizás egoístamente, necesitaba saber exactamente en qué andaba metida Victoire para ver si podía hacer algo por ella o realmente no iba a ser nada más que un estorbo.

La primera revelación no me sorprendió en absoluto y no me molesté en ocultarlo, aunque me pregunto si en ese momento Victoire se percató, o estaba tan centrada en lo que me estaba contando que no pudo hacerme demasiado caso. La historia de su familia me llenó los oídos poco a poco, haciéndome entender muchas cosas al respecto de ella, por qué es tan fuerte, por qué es tan dura, por qué es tan inteligente y, sobre todo, cómo ha llegado al Consejo siendo tan increíblemente joven. A veces olvido lo joven que es, incluso con su aspecto tan terso, tan suave y blanquecino, porque nunca se comporta como la muchacha que es, en realidad. Tan aguda e ingeniosa. La solté y me senté a su lado, porque había algo casi suplicante en sus gestos y me dio miedo de que se rompiese antes de terminar lo que me estaba contando. Siempre me ha parecido curioso cómo hay determinadas cosas que nunca queremos contar porque no encontramos las fuerzas para hacerlo, pero que cuando salen es como un caño, un cauce que sale a borbotones hasta que te quedas vacío. Victoire no parecía capaz de parar en esos momento, y yo, desde luego, no la detuve.

Esbocé una ligera sonrisa. Claro que sabía lo que era el Gard, pero no le dije nada. Lo conocía prácticamente todo de los nefilims, porque mi padre y mi madre eran las únicas personas autorizadas a mencionarles, a explicar cosas sobre su gente en esa casa. Si yo lo hacía, aunque fuese una pregunta inocente o un comentario estúpido, recibía un bofetón como respuesta y nada más. Me pregunto si alguien que no fuese nefilim podría saber tanto de ellos como yo. Alargué el brazo para sostener la mano que estaba jugando con su pelo, frotándole los dedos en silencio para que no se hiciese daño. El movimiento hizo que me escociesen los nudillos enrojecidos y ensangrentados, pero no hice mueca alguna.

Y conforme la historia fue avanzando, más rabia iba sintiendo dentro de mi pecho, no sólo por Milena, sino por todo lo demás. Los padres, a veces, son peor remedio que enfermedad. A mí me jodieron la vida y a Victoire le han hecho meterse en un complicado camino de espinas que parecía no darle cuartel, pero que la había lanzado contra mí en algún punto, e irónicamente, eso lo agradecía. Al menos de momento. Cuando llegase el momento de separarnos no lo tenía tan claro, pero tanto ella como yo no hacíamos más que retrasarlo, que jugar a que no éramos consciente de lo que estábamos sintiendo, porque la ruptura dolería tanto que no quería ni pensarlo. Respiré con algo de fuerza, haciéndole una caricia suave con el índice en la mejilla derecha, incitándola para que saliese de su encierro, detestando verla tan vulnerable, tan frágil.

Enarqué una ceja. ¿Cómo que no le había salido bien? Volví a sujetarle las manos para que no se hiciese daño y la escuché todavía con más atención que antes. Y si bien al principio estuve a punto de volver a verlo todo con un velo rojo por la ira que me recorrió el cuerpo ante el hecho de que Lucretia la hubiese violado delante de mis narices no había servido para nada, cuando mencionó que su padre estaba vivo algunas piezas del puzle hicieron 'clac' en mi cabeza. No creía que fuese sólo aquello, pero desde luego tenía mucho sentido.

Cada paso que da es un paso menos antes de que me pidan que la mate.

¿El haber descubierto que su padre probablemente siguiese vivo era a lo que se refería? Respiré profundamente, soltando sus dedos e intentando ordenar las ideas en mi cabeza antes de poder transmitirle mis pensamientos. Joder, ojalá no fuese algo relacionado con su familia sino otro asunto más turbio y menos personal, porque conociéndola... Conociéndola... Giré el rostro levemente hacia ella, entrelazando mis propias manos sobre las piernas, con los ojos perdidos en las líneas de su rostro. Cuando vayas con ella dile que si sigue por el camino por el que va, va a destruir todo lo que ama. ¿¡Cómo se suponía que debía comenzar esa conversación!? Solté todo el aire que había guardado en los pulmones, nervioso e inquieto.

Esta noche... me ha dado por pasarme por la discoteca Lotus. Tengo contactos allí gracias a una antigua cliente y nunca me ponen pegas para entrar, o me las ponían —reí con cansancio, mirándome los nudillos—. Ahora no lo tengo muy claro. En fin. La cuestión es... que estaba allí dentro y de la forma más estúpida posible terminé encontrándome con una mercenaria muy conocida en Europa, Milena Sardothien. No sé si has oído hablar de ella, pero es una bruja muy cabrona. De esas que tanto nos gustan a ti y a mí. La cuestión es que me dijo que quizás podía ayudarle en una cosa, aunque ahora me doy cuenta de que no era eso lo que buscaba de mí. —Me había hecho sentirme tan gilipollas. Tan imbécil. Como un novato—. Me llevó a un sitio apartado y extrajo una carpeta de la nada. Aparentemente alguien les ha contratado para que vigilen a una nefilim y a su hermano, que al parecer están metiendo las narices en asuntos que no les conciernen... —Sonreí, agotado—. Si no te hubiese conocido ni me habría planteado el aceptar la proposición. Lo habría hecho sin pensar... —Me llevé los pulgares a los ojos, intentando apartar de algún modo la pesadez que me invadía el cuerpo en esos momentos antes de volver a encararla, quizás con la expresión más seria que había adoptado nunca frente a ella, y aferrar sus brazos quizás con algo más de fuerza de la que yo había pretendido en un principio—. Victoire, no sé en qué coño estaba metido tu padre, o en qué está, ni me importa una mierda. No es que se merezca el premio al padre del año, pero ni aunque así fuese. Tenéis que dejar de rebuscar por él. Sé que todo esto es parte de tu búsqueda vital y lo que supone para ti, que necesitas explicaciones a un enigma que forma parte de ti... Pero no sigáis por ahí, por lo que más queráis en este mundo. Ya no es sólo por Milena. Tiene un demonio mayor de su parte; lo he visto, lo he sentido, Victoire. He sentido el miedo y la impotencia y la rabia... Y sabes que me tengo en muy alta estima, que mi ego es enorme y que estoy crecido, pero me he sentido como un niño con armas de juguete y he odiado cada segundo que he tenido que gastar allí hasta que se cansaron de mí y se fueron. Recuerdas lo que te dije el día que vine a tu casa para desintoxicarme, ¿verdad? Si tenía que aguantar mierda la aguantaría por ti, pero esto no es mierda, y esto no va a ser salvarte de un grupo de vampiros o purgarte sangre de tu cuerpo. —¿En qué momento había comenzado a temblar? Me obligué a tranquilizarme hasta que el pulso volvió a ser firme, pero mi voz continuó sonando más afectada de lo que me habría gustado. Pero no dejaba de ver el cadáver ensangrentado de Victoire a mis pies, y no estaba seguro de poder soportar el perder a alguien a quien quería otra vez. No así. No de ese modo—. Esto sería recoger tus trozos del suelo y lo sabes...



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→ Domingo → 00:15 → Apartamento de Victoire  → Frío
Lo escucha como si estuviera hablando por debajo del agua. Las palabras le llegan sin sentido a los oídos y apenas puede captarlas todas. Locus. Mercenaria. Demonio. Y luego todo cobró sentido cuando le dijo aquello "Al parecer la contrataron para que vigile a una nefilim y a su hermano" aquello la cala hondo y un escalofrío la recorre. Nunca ha hecho nada para que la odien. O que quieran matarla. Es una nefilim ejemplar y salvo vampiros o demonios que ha asesinado o a puesto bajo las rejas, sólo se ha ganado el odio propio de los gajes del oficio. ¿Quién? Intenta cerrar los ojos para pensar quien podría no querer que sepan aquello. ¿Su madre? Pero su madre era la persona más seguidora y firme de la ley que conocía, jamás, jamás contrataría a alguien para hacerle daño. ¿Entonces quién? ¿Claire? Victorie se muerde el labio. Espera que no. El hada siempre ha sido misteriosa, pero no parece quererla muerta, lo más seguro es que sea la persona que tiene a su padre, pero aquello le deja más preguntas que respuestas.

Llega un punto donde no puede escucharlo más. Se levanta y se mueve como alma en pena por el apartamento, perdida, buscando algo sin saber muy bien que. Todavía el efecto de las runas le pesa por lo que se mueve de un lado a otro como un destello, un huracán rubio, hablando en francés en voz baja, intentando encontrarle un sentido. No tiene tanto miedo como debería y aquello le aterra. Debería tener miedo, tiene a un demonio mayor buscándola a ella y a Christopher. Y fue ella la que metió a su hermano en todo aquello. Kimara revolotea a su alrededor protectora, mientras ella sigue moviéndose sin ningún sentido, como si le hubieran quitado el suelo por el que camina y cada paso que da pierde lugar donde caminar.

Luego el enojo llega. Un jarrón es el primero en sufrir las consecuencias. El sonido de la cerámica haciéndose pedazos le produce un placer extraño. Luego una taza. Intenta respirar, pero no encuentra ni siquiera aire, así que se desliza por la pared hasta quedar sentada en el suelo al lado de las piezas de porcelana rota. Toma una con delicadeza pero sin saber muy bien porqué termina cerrando la mano hasta que siente el pinchazo contra su carne. Y entonces se detiene. Con una calma inhumana empieza a recoger aquellos pedazos de las dos cosas que ha roto, como si fuera un robot al que le han quitado la capacidad de sentir. No quiere. No quiere porque sabe que nada que salga de su boca será un consuelo para Michael. Y en ese momento se debate entre lo que necesita para sanar y lo que quiere para vivir. Porque teme que si continúa buscando a su padre, él se vaya y la deje. Se vaya y se lleve una parte de su alma con él, que no recuperará nunca, pero por otro lado, ¿Cómo espera él que siga su vida sabiendo que su padre está vivo?

¿Cómo es que siempre termina entre la espada y la pared teniendo que decidir entre dos cosas que la harán pedazos? Regresa al sofá con una calma frágil, como el brillo engañoso de un hielo antes de quebrarse bajo tus pies. Intenta mirarlo, pero no puede, porque teme que de verlo dejará que el gane. Y si deja que él gane nunca podría perdonárselo —No puedo mentirte— susurra en voz baja, casi imperceptible sin voltear a verle —Por regla general no suelo mentir, pero no podría mentirte ni aún que quisiera. Porque sé que sabes que no miento y por alguna razón no puedo decir aquello que sé que quieres que diga, pese a que haría todo por quitarte lo que ha pasado hoy de encima— El nombre de la bruja le suena vagamente, porque sabe que es una mercenaria de esas que suelen ayudar a la Clave por debajo del agua y la Clave finge que no sabe a que se dedica, en parte porque no hay pruebas, en parte porque los subterráneos así suelen tener información que sirve y sirve bastante —Me conoces Michael, porque por mucho que tu y yo intentemos seguir diciéndonos que lo que nos gusta del otro es lo fantástico que es el sexo, me conoces y te conozco. Tal vez es por eso que han ido a por ti y lo siento, porque jamás fue mi intención arrastrarte a todo esto. Pero porque me conoces sabes que no puedo simplemente darle la espalda y fingir que nunca lo supe. ¿Qué te garantiza que no me matará de cualquier forma? ¿Qué te garantiza que tal vez lo que quería aquella bruja es que vinieras, me detuvieras y así ellos puedan enterrar el secreto para siempre una vez que me hayan matado a mi y a Christopher?— no quiere pensar en ello, porque no quiere pensar que igual podrían matarle a él, a Amelia y a Alam porque si lo piensa de esa forma, no quiere que les hagan daño. Entierra el rostro en sus manos.

¿Qué tiene el universo que siempre que le pone una decisión en la cara es de vida o muerte? Se muerde el labio. Quiere golpear algo. Quiere golpear algo hasta que su piel acabe reventada en hematomas y le quite el dolor del pecho, se lo arranque. Estúpida. Estúpida. Por un segundo se imagina lo que le pasaría a ella si él muriese y entiende, entiende porqué desea que se detenga. Porque sabe que está enamorada de él pese a que se engañe cada vez que se ven diciendo que es otra cosa, que es algo que puede acabar en cualquier momento que ella quiera. Piensa en su parabatai y lo que menos quiere es hacerlo pasar por el hecho de perderla, de sentir como la runa en su pecho se desvanece y se pierde. Piensa en Amelia que ha sido como una hermana para ella y que si Michael tiene razón perdería a sus dos mejores amigos de un plomazo.

Y luego piensa en Claire que siempre ha hablado de una forma curiosa de sus padres, como si ella no entendiera tampoco porqué Richard se fue. Y ella tiene el presentimiento de que hay algo muy fuerte entre todo aquello, algo que involucra más que un simple abandono y sabe que si no lo descubre no se lo perdonará nunca. Y el hecho de que hayan amenazado a Michael con acabar con ella, que sea un demonio mayor y una bruja, no hace más que incrementar sus sospechas —Hablaré con Christopher— dice con un hilo de voz suave y baja —Para que ambos dejemos el asunto por ahora. Es todo lo que puedo prometerte Michael, es todo lo que puedo decir que no sea una mentira. Y si quieres irte...— la voz le tiembla un poco pero niega con la cabeza y Kimara se acerca a ella, lamiendo sus dedos con insistencia y gimoteando —Deberías, no quiero que mueras por mi culpa. No creo poder soportarlo. Nosotros los nefilims morimos jóvenes, pero tu no has sido criado en esta vida de matanzas y cicatrices.

No puede alejar a Alam porque está unido a ella. Amelia no se irá y tiene el presentimiento de que Christopher tampoco podrá darse la media vuelta y fingir que nada pasó. Pero si puede salvarle, así sea a costa de su propia felicidad, si puede salvar a Michael aceptará gustosa el caminar sin una parte de si misma sabiendo que él está fuera de las garras de aquella bruja. Teme que lo usen en su contra, teme que la mercenaria haya podido entrever cuan importante es para ella y entonces lo amenacen para hacerle daño. Teme por él porque pese a que es la persona más fuerte que conoce, esto lo sobrepasa más de lo que los sobrepasa a todos ellos.

Tu puedes dar la media vuelta y alejarte de esta vida antes de que te haga parte de ella.




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→ Domingo → 00:15 → Apartamento de Victoire  → Frío
Hubo un momento de mi historia en que Victoire se levantó y empezó a dar vueltas por el salón, demasiado nerviosa, pero no dejé que eso me distrajese, así como tampoco lo hicieron sus maldiciones en francés. Y cuando empezó a romper cosas, a destrozarlas, no dije nada, ni me moví de donde estaba, porque entendía que necesitase hacer aquello. Yo me había desollado los nudillos cuando ni siquiera era mi propia vida, o mi propia situación. Milena me había dicho claramente que si volvía a verme junto a Victoire me mataría junto a ella, probablemente porque no puede dejar ningún cabo suelto en esta oscura historia, pero eso no me asustaba, increíblemente. Lo único en lo que podía pensar mientras la veía intentar recoger lo que había lanzado contra el suelo era en lo muchísimo que me aterraba la idea de que decidiese no apartarse de esta mierda de camino y se lanzase a los brazos de la muerte voluntariamente, como había hecho mi hermana. No podría soportarlo, y ser tan consciente de ello a flore de piel escocía tanto como mi piel herida. No recordaba ya lo que era amar tan intensamente a alguien... y darme cuenta en ese momento de que por mucho que me engañase, aquello era cierto, sólo me hizo odiarme todavía más, porque se suponía que era ahora cuando teníamos que separarnos, ¿no? Ir cada uno por nuestro lado porque los sentimientos no estaban permitidos, pero después de cuatro meses viviendo casi a diario con su olor, con su recuerdo, con visitas cada vez más frecuentes a nuestros apartamentos y con la piel cosida con sus dedos... ¿Había otra opción? Ya la había querido en la ducha mientras me limpiaba la sangre reseca de las heridas, pero esto...

Agaché la cabeza, desesperado. ¿Cómo podía tardarse tan poco en aferrarse a alguien? ¿Cómo pudimos pensar que podríamos ser más inteligentes que nosotros mismos y evitar esto?

Ya sabía que no me mentiría, ni que me diría lo que yo quería escuchar. Junté los párpados dolorosamente, sintiendo que la ansiedad regresaba a mi pecho. ¿Por qué soy un despojo? ¿Por qué no puedo hacer nada salvo verla morir? ¿Marcharme o acunar su cadáver entre los brazos, es eso lo que me queda? Sentí rabia de nuevo, y quise gritarle que era imbécil, que dejase de decir gilipolleces y fuese sensata por una vez en su vida, que se podía vivir con esas preguntas en el corazón, igual que nosotros podemos vivir perfectamente haciéndonos creer que no nos queremos cuando es mentira.

No, claro que no —dije, irónico, escocido y dolido por sus palabras, demasiado rabioso para contener nada—. A mí me criaron en una nube de algodón, con flores y besos, y no he hecho nada malo nunca en mi vida, ni tengo las manos manchadas de sangre. Mira, Victoire, hay otras muchas estupideces que puedes decir pero eso no. —Su frase final me dejó frío en el sillón. Era como si me hubiese atravesado con un puñal de lado a lado, y la ira contenida encontró una vía de escape hacia mis labios, saliendo a borbotones—. ¿Antes de que me hagan parte de ella? —Soné tan irritado como incrédulo antes de echarme a reír—. Ah, claro, cierto. Antes de que me hagan parte de ella. Claro, porque yo ahora mismo no formo parte de ella. Entiendo... Y a mí sí me daría igual verte morir, por supuesto que sí. ¿Por qué no? A fin de cuentas soy un puto cabrón sin sentimientos que no es capaz de otra cosa, ¿verdad?

Me puse de pie, con la mano sobre los labios, demasiado furioso con todo lo que estaba dándose a nuestro alrededor, y me dirigí al ventanal que había a mi lado porque sentía que algo dentro de mí iba a reventar, aunque no sabía ni por dónde ni cómo. Sólo sabía que lo que estaba dentro de mi pecho seguía creciendo, creciendo y creciendo, que lo odiaba todo y al mismo tiempo lo ansiaba todo. ¿Por qué? ¿Cómo se suponía que habíamos terminado así, enzarzados en discusiones que iban más allá de nuestras propias estupideces? ¿Por qué de pronto la vida de Victoire corría tantísimo peligro, más allá del riesgo habitual de los nefilims? ¿Por qué no podía dejar de sentir ira y... miedo? Tantísimo miedo. ¿Fue algo así lo que sintió ella la noche en que aparecí aquí cubierto de heridas y con sangre de vampiro en mi sistema? ¿Fue esta opresión en el pecho, estas ganas de gritar, de destrozarlo todo, de tirarme por el ventanal? ¿De matar? Y esta impotencia... Este desconsuelo. Lo único que podía pensar era en que Victoire iba derecha a un abismo, quizás frenando cada ciertos tramos pero con la idea fija de lanzarse en algún momento, pues allí abajo encontraría la solución a sus problemas y yo no podía hacer nada para detenerla. Nada. Ni siquiera estaba en los límites de su reflexión. Ni siquiera se preocupaba por mirar atrás para mirarme porque lo único que le importaba era seguir adelante, sin preocuparse en las cosas que iba a sacrificar, en la vida que iba a tirar por la ventana. Y me asfixiaba tanto que sentí que iba a echarme a llorar.

Golpeé la ventana con el puño, agrietándome aún más la piel y haciendo que el cristal se quebrase en finas líneas que se extendieron más allá del lugar del  impacto antes de girarme hacia ella con el fuego ardiéndome en el rostro contraído por la rabia y el dolor. ¿Pero qué podía reprocharle? Con su edad también había sido una criatura autodestructiva que buscaba eludirse de todo, incluso morir, sin importarme que mi madre pudiese quedarse detrás sufriendo. Con su edad tampoco me había importado nada sino mis propios objetivos, y había estado al borde del precipicio tantas veces que incluso había resbalado alguna vez, quedándome con los pies colgando y sintiendo el susurro de la muerte en los tobillos, en la nuca y en las orejas. Quise reír, pero no me salieron las carcajadas, sólo un quejigo agónico antes de alzar la mano de nuevo contra el ventanal, pero deteniéndola antes de soltar el golpe, quedándome ahí de pie, sintiéndome un viejo patético y triste, incapaz de encontrar las palabras que Victoire podía necesitar para abandonar aquel empeño. ¿Qué me había sacado a mí de ahí? No lo recordaba. Sólo recordaba la lluvia, las lágrimas amargas, los gritos desgarrándome la garganta y el dolor. Mucho dolor. Tantísimo dolor... Dios, ¿cómo iba a volver a pasar por eso? No creía poder soportarlo...

Volví a mirar a través del cristal roto. El cielo nocturno, frío y limpio, se extendía ante mí. No por primera vez eché de menos las estrellas que podían verse desde nuestra casa en las afueras de Copenhague, y una profunda tristeza me invadió al respecto. Ya nunca volvería a ir a esa casa, como nunca volvería a quedarme hasta tarde con Abby poniéndole nombres a los astros. Con la pena, vino de la mano la relativa calma de quien toma una determinación, y me pregunté si la noche en que Abby decidió suicidarse sintió algo parecido a lo que me inundó ese momento, mientras el dolor vibraba en mi puño ensangrentado y contemplaba el cielo buscando señales de luz que sabía que no podía encontrar. Todo salió de mi boca solo, fluyendo como un río, sin que tuviese que forzar nada, sin que tuviese que pensarlo.  

Tienes razón. Debería irme antes de que me rompas el corazón y dejarte sola con la muerte a las espaldas. Pero aunque me fuese ya no serviría de una puta mierda... Ya me has dejado jodido así que, ¿qué más da? Me quedaré aquí a morir contigo.



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→ Domingo → 00:15 → Apartamento de Victoire  → Frío
Apenas termina, se da cuenta del error que ha cometido.

No hace falta ser muy observadora para notar la furia que recorre a Michael como una ola y por instinto quiso retroceder, pero no lo hace, porque Victorie no es alguien que siga sus instintos. El veneno brota de su boca y ella se queda quieta mordiéndose los labios para no responderle, porque está cabreada. Porque tiene miedo, pese a que no lo diga en voz alta y claro, porque lo que menos quiere es darle gasolina al fuego que alimentaba al mundano. Sus palabras le sientan como un bofetón y retrocede como si de verdad le hubiera cruzado la cara con la mano, parpadea confundida y dolida porque si había alguien que jamás insinuaría que el castaño no tenía sentimientos era ella, y que pusiera esas palabras en su boca le había sentado como un golpe muy bajo, por muy en su derecho que estuviese.

No he dicho eso Michael— dice con más calma de la que siente, porque ella se dio el lujo de abrir la boca y le había salido el tiro por la culata. Tenía que contenerse se recordó mientras lo miraba con una paciencia infinita que no sentía —Pero tu no eres como yo, enamorado de la idea de morir— dice ella con un toque irónico en su voz, porque no son sus palabras, si no las de un subterráneo, ¿O habían sido las de otro cazador de sombras claramente más sensato? Pero lo recordaba, recordaba el susurro ajeno diciendo que los nefilims vivían enamorados de la idea de morir. Y ella nunca había sido diferente. ¿No se había ofrecido como carne de cañón durante lo acontecido en Times Square para evitar que Liam y el pequeño pagasen el precio? Ni siquiera lo había pensado, había sido, irónicamente, instintivo, lo cual era la mayor estupidez del mundo, porque el instinto que todos tenían era el de supervivencia, no el de aventarse a los brazos de la muerte —No recuerdo quien me dijo eso, pero creo que es la única cosa totalmente acertada que he escuchado para referirse a los nefilim, que vivimos enamorados de la idea de morir. Morir por alguien, morir salvando a alguien, morir por algo. Yo jamás he insinuado que eres un cabrón, ni cuando te comportabas como tal.

Estoy tratando de protegerte, ¿por qué no puedes ver eso? es lo que cruza por su mente mientras lo ve ponerse de pie y caminar hacia la enorme ventana que hay en su sala. Teme que reviente el cristal de un golpe, pero solo se queda ahí, quieto, ahogándose con lo que siente y le duele. Le duele verle así porque sabe que si ella no deseaba enamorarse de él, Michael no deseaba que una nefilim le importase tanto. Y ahora mientras ella le decía que no podía detenerse, ¿Qué se suponía que hiciera? Quiere pedirle perdón, porque odia hacerle daño, pero no encuentra palabras para hilar aquello. ¿Con qué derecho si de todos modos le ha dicho que planea morir si es necesario? Recordó la forma en la que se sintió cuando él apareció en su puerta, cubierto de sangre y sin poder respirar debido a la toxina que recorría su cuerpo. Recordó el miedo que la había atenazado a pesar de que él no estaba en peligro y quiere reírse. ¿Cómo puede ser así de estúpida? Tal vez había asumido que lo que Michael sentía era más leve que aquella marea estruendosa que la atormentaba a ella, pero empezaba a pensar que era la persona más equivocada del mundo.

Cuando golpea el cristal ella suelta un jadeo, pero no hace nada para detenerle. Huele la sangre y nota las grietas en la ventana. Quiere detenerle y se mueve con la intención de calmarle de alguna forma, pero el odio en sus ojos cuando se voltea a verla la paraliza. Se queda frente a él como un animalillo asustado mientras lo veía debatirse internamente. Se pregunta si le recuerda a él de alguna forma o si está pensando en si lo mejor sería descargar su enojo con más palabras venenosas. Cuando vuelve a mover el brazo ella se mueve como un relámpago llegando a su lado pero se detiene antes de que su piel entre en contacto con el vidrio. Quiere tocarlo, pero teme que la rechace, que la empuje y le diga que se vaya. Se queda entonces quieta, en silencio, mientras una lágrima se desliza por su mejilla que limpia rápidamente porque no quiere que vea que está llorando. No quiere que piense que le resta importancia a lo que siente, pero nunca esperó cuando acordaron aquello, que Michael dejaría que sus sentimientos llegaran tan lejos. Ella sabía que no se detendría, porque se conoce y nunca lo ha hecho. Todas sus parejas habían tenido que detenerla y decirle que aquello había sido suficiente.

¿Cómo es que había acabado con el único necio que tampoco diría nada?

Hubiese esperado cualquier cosa, menos eso. Cualquier cosa menos que él le dijese aquello. Recuerda la primera vez que bromearon al respecto sobre que Victorie era una rompecorazones que caminaba arriba de todos y se iba siempre que alguien deseaba algo más con ella. Siempre pensó que sería al revés, que Michael acabaría haciéndole añicos el corazón cuando tomara la decisión inteligente de marcharse. Nunca se imaginó que le diría que no pensaba irse a ningún lado. Se mueve tocando su brazo con cuidado para luego rozar las heridas en sus nudillos con una delicadeza sorprendente. Le acaricia el rostro, con el dolor brillando en sus ojos, la tristeza, la nostalgia. Y cuando lo besa, oh, cuando lo besa, es como si el infierno se hubiera desatado en sus labios. No es un beso ardiente en si, de esos que harían que Michael la empujase contra la pared; es duro, es peligroso, es afilado como un cuchillo y tiene impreso todo lo que siente en ese momento, el miedo, la desesperación, el dolor y la impotencia. Quiere explicarle, pero duda tener palabras todavía así que se queda colgada de él por lo que le parecen horas, y cuando se separa, se da cuenta de que tiene las mejillas húmedas y las lágrimas brotan de sus ojos silenciosas, pues ningún sollozo la recorre.

Michael— su voz es apenas audible, pero no importa porque entre ellos hay poco menos de dos centímetros de separación. Sus ojos azules brillan mientras le acaricia la mejilla, el cabello, los brazos y se empapa de la visión de él —Confía en mi. Por favor— lo vuelve a besar con cierta ansiedad mientras sostiene su rostro entre sus manos, intentando aliviar la tormenta en sus ojos —¿Sabes? Siempre pensé que serías tu quien me rompería el corazón a mi. No es que eso importe ahora, no realmente. Yo sabía que me había condenado a sufrir si te ibas en el momento en que me permití enamorarme de ti. Pero nunca pensé que te haría lo mismo— niega con la cabeza y cierra los ojos lo que hace que las lágrimas contenidas vuelvan a correr libres por su piel blanquecina —Es irónico. Pensé que la Clave acabaría conmigo cuando supieran lo que siento por ti, pero nunca imaginé esto...— aprieta los puños con fuerza. Una parte de ella se sentía terriblemente aliviada de que no se fuese a ir, pues había temido que sin él no pudiera encontrar la voluntad para no lanzarse a los brazos de aquella bruja tras aquello, sin embargo ahora el miedo la atenazaba, porque no fue hasta que contempló las posibilidades frente a ella, que se dio cuenta de lo mucho que iba a perder si seguía.

Y no quería perderlo. No quería. Y le pareció muy gracioso pensar que si sobrevivían a aquello las posibilidades de que la Clave se los comiera vivos eran tan estúpidamente altas que de cualquier forma era suicidio. De una u otra forma podría perderle. Lo mira con intensidad mientras pega su frente a la de él, sintiendo la respiración del castaño contra su pecho, siente su propio corazón acelerado, vuelve a besarlo, tal vez con más ansia de la que debería, pero el miedo la tiene atenazada y hay algo relajante en él que no puede evitar ansiar como una drogadicta. Escucharle decir aquello la ha hecho pedazos y todo su autocontrol en referente a que él vea lo profundo de sus sentimientos, se va al garete. Cada beso es un grito de auxilio y por eso no le sorprende que al final las palabras se escapen de su boca —Ahora tengo más miedo que antes. No quiero perderte.

¿Qué mas da? Si se va a ir es un buen momento y si no, necesita que lo sepa.




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→ DOMINGO → 01:20 → APARTAMENTO DE VICTOIRE  → FRÍO
Sí, lo leí, pero lo único que puedo opinar es que tal vez bebió agua del Lago Lynn para argumentar lógica en su sugerencia. Parece extraño hasta para exigir votos a favor— Sonreí caminando tranquilamente por el pasillo, acomopasando mis zancadas en la polvosa alfombra haciendo el menor de los ruidos para no incordiar a quien quiera que tuviese la fortuna de dormir a esas horas sin algún patrullaje pendiente por la ciudad. Bajo mi brazo izquierdo tenía el montón de sobres con cartas y reportes que me habían entregado en la oficina del director; no era tarea fácil andar con ellos sin que un par se me cayera de camino a mi propia habitación y faltó poco para también terminar en el suelo cuando casi soltaba accidentalmente el Iphone pegado a mi oreja con el hombro diestro. Bonitos malabares. Y cuando entré de milagro en una pieza a la habitación, bajé el volumen de mi voz puesto que la encontré ahí, recostada y emitiendo esos "no ronquidos, son suspiros" mientras dormía su quinto sueño. —¿Allò?— Creí que se había cortado la llamada, también estaba distraído pero no demasiado como para perder la noción que no fui el único en dar una pausa a la conversación —No, no te preocupes. Cualquiera necesita un café a éstas horas, ¿tienes idea de cuánto llevamos hablando?— Quise bromear mientras avanzaba a la mesa junto a la ventana para depositar "silencioso" el bonche de documentos que no fueron mis mejores cómplices cuando tiraron la foto enmarcada sobre la laptop. Maldije en bajo acomodando rápidamente mi desorden luego de escuchar a mis espaldas su movimiento en la cama señal de que posiblemente despabilé un poco su profundo sueño. —¿Qué?, oh si, estaba aquí sólo que en el despacho de Robert para recoger lo que tú ya tienes— Murmuro mientras exhalo aliviado al notar que por lo menos no la había despertado y me senté a su lado acariciando su mejilla con el índice como retirando un par de mechones que le caían cubriendo sus ojos. Aún y con la casi baba cayendo de su comisura seguía viéndose tiernamente linda. Suspiré a punto de recostarme a sus espaldas pero aquello que me detuvo fue el tono de voz con el que me hablaste tan radicalmente transformado —¿Victorie?, ¿está todo...?— ¿Bien?. No sabía decirlo. De buenas a primeras lo que alarmó mis sentidos fue la tercera voz de un hombre por completo "desquiciado" y eso no figuraba nada bien en una tranquila noche de fin de semana. Llamé tu nombre una segunda vez algo más preocupado pero la llamada se cortó dejándome con más preguntas que alivio de sí no estaba ocurriendo algo que podría evitar o ayudarte en solucionar. Y fue entonces como me decidí; qué importaba sí llegaba a tu departamento a las tantas de la madrugada. Necesitaba asegurarme de tu bienestar.

No tardo— Musité cerca de su oído, sonriendo levemente cuando quise besar su sonrojada mejilla pero lo que alcancé fueron sus labios. Odiaba separarme de ella sin tener una charla al menos para saber qué fue de un día tan ocupado donde poco nos vimos pero sabía que tendría una segunda oportunidad al regresar. De charlar o quizás... ¿una demostración de afecto mayor por todo aquello que no hemos disfrutado?. Qué pensamientos, O'Dare.

[...]


La ventaja de conducir en la madrugada por una ciudad tan ajetreada por N.Y es que las avenidas principales no tenían el exasperante tráfico de las horas pico y me permitían usar cómodamente la camioneta Jeep de la que tanto estaba orgulloso que permaneciera sin un mínimo "rayón" a la pintura después de obtenerla por la Agencia. Definitivamente la mejor compra de mi vida después de los trajes de temporada Armani. Así que era poco mencionar que en menos de lo que hubiese aproximado ya estaba aparcando la camioneta frente al bloque donde sí mal no recordaba era la dirección que alguna vez mencionaste durante nuestras conversaciones esporádicas. Y, dispuesto a que tendríamos qué conservar la guardia en alto, del asiento trasero de la camioneta escogí un solo cuchillo Serafin del mini-almacén de armas ahí atrás después de que Adeline lo bautizara de esa manera. Así como tracé rápidamente un par de runas aptas para misiones "improvisadas" como lo fueron las mejores para la destreza, agilidad, velocidad e instinto semi-agudizado del oído... sin embargo, al estar un paso afuera de la camioneta me vi envuelto por la adrenalina luego de escuchar el cristal de una ventana lejana hacerse trizas por lo que yo asimilé como un ataque desprevenido.

Acelerado, no pensé dos veces en correr al bloque, usando un glamour para evitar todo tipo de contratiempos mientras iba directo a la escalera interna subiendo los niveles de uno en uno como sí mi vida dependiera de una carrera contra el tiempo pero preguntándome en silencio sí para esa noche fue adecuado vestir demasiado formal y con zapatos lustrosos en lugar de cómodas botas de campo, y hasta llegar al piso donde se encontraba su apartamento no pasaba por mi mente qué encontraría detrás de la puerta que ni por un momento aguardé en tocar. No, llevado por el impulso y la fuerza de la runa, derribé con el hombro la puerta mientras en mi mano derecha se blandía el resplendor del cuchillo Serafín a quien había nombrado "Amadiel".

Où êtes-vous, Victorie?!— La poca luz que había en la estancia no me permitió enfocar la vista en un sólo objeto, no había sido buena idea después de todo usar una runa de visión nocturna porque de momento estaba algo confundido de los pequeños detalles ahí y allá que llegaban como golpes inconclusos de información pero sí fui plenamente consciente de encontrar un montón de pedazos de cerámica y lo que me pareció que era el ventanal con un enorme "agujero" a mitad de la estructura. No controlé el instinto para visualizar la situación, todo lo contrario, me lancé como una bendita ráfaga de viento hacia el par de figuras que se toparon en el camino de un nefilim demasiado eufórico por la seguridad de su "media hermana" así que... estar 100% seguro de sentir lástima por el otro sujeto... tal vez no demasiado.

Había actuado en lugar de pensar.

Lo que hice fue apartarlo del hombro con un golpe del pomo con el cuchillo Serafín sobre la sien. Me importaba poco. Una oleada de sobre-protección nacía de mi pecho no como algo celoso sino plena preocupación que me tuvo las entrañas estrujadas durante el trayecto de camino cuando creaba mis propios escenarios trágicos en una mente con demasiada imaginación —Éloigne-toi d'elle!— Amenacé vociferando un gruñido que no parecía propio de mi, retrocedí con ella a mis espaldas cubriendo su cuerpo con el brazo zurdo mientras el cuchillo refulgía poderoso apuntando al hombre.

Jadeaba, sudaba copiosamente y por un instante me vi fuera de mi cuerpo como observando una escena plasmada en el teatro para que los espectadores analizaran lentamente lo que un giro brusco añadió a un personaje para nada esperado ni del agrado de la mayoría.

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This situation is fuckin' crazy!
→ Domingo → 00:15 → Apartamento de Victoire  → Frío
No la sentí colocarse a mi lado en ningún momento, tan absorto como estaba en mis propios pensamientos, en la decisión que acababa de tomar como si no existiese ninguna otra salida al problema que se nos presenta por delante, a pesar de que era del todo ridícula. ¿Qué ganábamos si me quedaba a su lado, si no era capaz de hacer nada contra esas criaturas? A fin de cuentas, la realidad que me golpeaba es que sin runas yo no era más que un simple mundano que sobrevivía como podía con las habilidades que había desarrollado gracias a la locura de mi madre y de mi padre, por mucha sangre nefilim que tuviese. Y sin embargo no era como si pudiese pensar en otra cosa, quizás llevado por mi propio egoísmo, por no querer pasar de nuevo por lo que había vivido con la pérdida de mi hermana. Al menos allí, junto a ella, podría hacer algo, aunque fuese mínimo, incluso aunque al final fuese absolutamente para nada; pero podría mirarla a los ojos antes de morir y decirle adiós, sin quedarme con la angustia de las cosas que nunca dije o que dejé de hacer por pensar que podríamos tener más tiempo.

La caricia de su mano sobre mi brazo me trajo a la realidad, y la contemplé como si acabase de verla por primera vez. Tenía los ojos enrojecidos, húmedos, y me maldije, pues me había comportado como un capullo, golpeando el cristal, gritándole, mirándola como si la odiase... Y yo no era así. Nunca había tratado a nadie así. Me dije que sería la última vez que me dejaba llevar por la rabia de semejante manera, sin control ni raciocinio, porque estaba por encima de eso. Mis dedos temblaron cuando los suyos se pasaron por los nudillos, y yo cerré los ojos cuando susurraron lentamente por mi rostro, queriendo apartarme del dolor impreso en su mirada. Quizás es uno de los motivos por los que sus labios me sorprenden. No debería de haberme besado, no después de cómo la había tratado, pero la recibí de buena gana, igual que todos los sentimientos negativos que volcó en ese beso, tanto miedo, tanto dolor, tanto todo... Le rodeé la cintura con los brazos, apretándola contra mí, sintiéndola en toda su extensión, notando el calor de su piel incluso a través de la ropa, y de pronto la necesidad de estar dentro de ella fue tan grande que dolió; de apretarla contra el cristal, desnudarla y perderme en su piel más de lo que lo he hecho nunca. Cuando nos separamos me odié un poco más. Le acaricié la piel del rostro, limpiándole las lágrimas con el pulgar, de pronto agotado y triste por todo, cansado y con ganas de encerrarme en su cuerpo y quedarme allí para siempre.

Lo siento... —susurré, porque era lo único que me salió de dentro.

Sus dedos recorrieron mi cuerpo con lentitud, como si quisiera mantener viva en su mente mi imagen, y quise recordarle que no iba a marcharme, que iba a quedarme ahí, con ella, pero no dije nada. Su voz sonaba tan suave que temí que si emití algún sonido la cortaría para siempre, así que la dejé hablar. Sonreí ligeramente cuando dijo que había esperado que fuese yo quien diese el paso para separarnos, para hacerle daño, porque no fue nada que no esperase. A fin de cuentas, cuadraba con la imagen de capullo donde yo entraba. Pero cualquier mueca que estuviese esbozando se esfumó cuando siguió hablando; enamorarme de ti había sonado tan fuerte, tan contundente en mi cabeza que me dejó paralizado, sin habla, sin expresión más allá de la sorpresa. Victoire y su capacidad para decir esas cosas que yo no podía ni farfullar siempre me dejaban sin aliento, y con un vacío en el estómago y donde latía el corazón que no sabía cómo expresar, porque luego se llenaban de fuego, de calor, y me abrasaban por dentro hasta deshacerme.

Me amaba. ¿Por qué coño me amaba? ¿Cómo podía estar enamorada de alguien como yo, despreciable, ruin y sin conciencia? Ella, que surcaba los cielos con el resto de los ángeles de plumas blancas. Me sobrecogió tanto que no supe qué decir, y en mi silencio ella acortó la escasa distancia que había quedado impuesta, pegando su frente contra mi frente, sintiendo su respiración, su calor, su olor, y sus labios me encontraron de nuevo de forma ansiosa, demandante, y eso sólo me inspiró más pasión de la que ya sentía, más... todo lo que era referente a ella, con ella, por y para ella. Dios, habría muerto por ella mil veces. La apreté contra mí, necesitando sentirla cuando sus palabras irrumpieron desde su boca de nuevo, y no supe si quise callarlas o dejar que siguiese hablando, porque hacían que mi corazón se volviese pequeñito, llenándome de esa angustia placentera que da el saberte querido y que generalmente desemboca en el llanto.

Así que hice lo único que realmente sabía hacer. La abracé con fuerza, besándola como la besé la segunda vez que lo hicimos, pero sin tequila, aunque sí con esa misma desesperación, como si fuese a perderla al día siguiente, y la coloqué contra el cristal, sin importarme que nadie pudiese vernos. Me aferré a sus caderas con las manos antes de levantarla del suelo, asfixiándome por su cercanía, por la forma en la que me envolvía siempre, por sus gemidos ahogados, por el olor de su pelo, y la besé tan fuerte que tuve que dejar parte de mí en ella. Quise decirle que yo también la quería, que no recordaba haber querido así a nadie, que tendrían que matarme para que me fuese de su lado, que haría cualquier cosa por ella más allá de matar a quien fuese necesario. Le introduje una mano por debajo del jersey que llevaba para apretarle el pecho mientras introducía una de mis piernas entre las suyas, usando la presión de su propio cuerpo para mantenerla donde estaba.

Victoire —susurré contra la piel de su mandíbula mientras la besaba—, yo...

Sonó un golpe tras nuestra que nos sacó de nuestra propia escena, y una voz masculina que habló en francés a nuestras espaldas que no conseguí ubicar. Giré el rostro de forma inconsciente hacia atrás, separándome de ella, poniéndome en guardia... Cuando de la nada salió un petimetre rubiasco que me golpeó en la sien con un arma y empezó a farfullar cosas en ese condenado idioma que empezaba a odiar a ratos mientras se colocaba entre ella y yo. Obviamente el golpe no fue tan fuerte como cabía a esperar porque tengo unos reflejos de gato y sólo llegó a rozarme, pero si me hubiese dado, honestamente, me habría cabreado hasta menos que esa maldita interrupción.

¿¿Eh?? —Solo me hizo falta un segundo vistazo para reconocerle mientras me pasaba la mano por la pequeña herida que me había hecho, y bufé sonoramente, casi riéndome—. Joder, vaya, así que este es Christopher. Qué oportuno eres, chico. Aunque eso del sigilo no es lo tuyo. —Miré a Victoire tras de él—. Oye, ¿es cosa de familia eso de recibir a desconocidos con los cuchillos serafines o cómo? Porque si es así, podrías haberme puesto sobre aviso, rubia. —Bueno, al carajo el momento. Qué bien, a aguantar al hermano con un calentón encima. En fin... Me haría falta otra ducha.



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→ Domingo → 00:15 → Apartamento de Victoire  → Frío
Uno de sus primeros pensamientos coherentes, entre todo aquel mar de sentimientos y sensaciones, es que no entendía por qué crimen se disculpaba Michael. ¿Acaso era por la forma en que había hablado hace poco? Ella no lo culpaba. Incluso había llegado a pensar que era menos de lo que se merecía, conociendo a Michael como lo hacía. Victorie cuando se preocupaba se encerraba en si misma; por muchas palabrotas que había querido gritarle la noche que apareció desangrándose en su apartamento, se había envuelto en lo que era para no decir nada de lo que pensaba. Y él no era como ella. Tenía un temperamento fuerte y una escasa paciencia. Le acaricia la mejilla mirándolo de forma tortuosa, pues no tenía idea de qué más podía decir para calmar un poco la tormenta en sus ojos.

Por eso no le sorprende su reacción e incluso la recibe gustosa. Sus labios eran posesivos sobre su boca y ella se aferra con fuerza a él, sin importar si le podría dejar marcas por la fuerza que imprime en el agarre o no. En ese momento nada le importa. No le importa Milena y su amenaza sobre ellos, no le importa la Clave, su padre o ese enigma en el que estaba envuelta. Le importa él. Lo necesita tanto que le lastima y le quema por dentro. El frío del cristal la hace suspirar y pese a que es consciente de que no es ligera debido a la cantidad de músculo en su cuerpo, se siente como una pluma cuando Michael la levanta del suelo. Por inercia le rodea la cadera con las largas piernas apretándolo contra ella. Sabe sin embargo que no es necesario, el fuego que los recorre a ambos es suficiente como para que no se separen en toda la noche o vuelvan a hablar al respecto. Gime de forma queda contra sus labios, porque la forma en que él la besa le pone los pelos de punta y le eriza la piel de cada centímetro de su cuerpo. Sus manos lo envuelven, rodeándolo, recorriéndolo, imprimiendo más fuerza de la necesaria porque teme perderlo. Teme que se vaya y la deje con esos sentimientos atorados en la garganta. La presión que ejerce sobre ella es hasta cierto punto asfixiante; porque puede sentir toda la necesidad impresa en cada beso, en cada roce. Cuando una de sus manos se cuela debajo del suéter ella jadea.

Su nombre en la boca ajena, la golpea como un rayo; fuerte, intenso y con la electricidad latente.

Pero todo eso se esfuma de golpe apenas escucha la puerta. Michael salta como gato y ella también se posiciona a la defensiva hasta que escucha aquella voz vibrante y masculina en su lengua materna. Quiere decirle a Christopher que está todo bien, porque la alarma en su voz es palpable, pero a veces y solo a veces, olvida que como ella es un nefilim entrenado. Olvida lo rápido que puede moverse porque tan acostumbrada está a dicha velocidad, que no dimensiona lo raudo que es un cazador de sombras cuando las runas en su piel se activan.

Antes de que pueda reaccionar Christopher a llamado uno de los cuchillos serafín y por un momento teme de verdad que vaya a hacerle daño. Aquel pensamiento la paraliza lo suficiente como para que su medio-hermano aseste un golpe sobre el mundano y la ponga detrás de si de forma sobreprotectora. Ella reacciona para detener el brazo de su hermano antes de que haga algo más y empieza a farfullar con rapidez en francés —Christopher, calme toi. Il me mettait en garde sur nos destins— su voz es suave y su agarre sobre el rubio es fuerte. Sigue hablándole en voz baja ignorando a Michael por un momento, porque su presencia ahí la logrado romper la burbuja en la que se había envuelto y le ha recordado la amenaza que se cierne sobre su vida. Pone los ojos en blanco, porque claramente Michael no sabe cerrar la boca ni en los peores momentos y si no suelta a su medio hermano es porque teme que de hacerlo se abalance nuevamente sobre la irritante figura frente a ellos.

Eso es injusto— le dice a él con irritación, en parte porque todavía siente el latido de su corazón contra su pecho, en parte porque la situación le estresa más de lo que debería. Christopher es un miembro del Consejo y por esa misma razón no había querido involucrarlo en eso —Yo no te amenacé con un cuchillo serafín, simplemente maté demonios con ellos a escasos centimetros de tu bonita cara— esboza una sonrisita petulante en dirección a Michael mientras intenta decidir si soltar a Christopher o no. Al final deja ir el agarre sobre su hermano y camina con calma hasta ponerse entre ambos. Todavía no descarta que se agarren a golpes, conociendo el temperamento de ambos. En cierto sentido agradecía que el castaño no le hubiera cruzado la cara con un puñetazo cuando el nefilim le ha golpeado con el cuchillo —Christopher, el señor irritante aquí presente es Michael, lo has escuchado gritarme por el teléfono. Lo siento por eso, no quería alarmarte— Mierda. ¿Podía dejarlo así? No quería explicarle a su hermano aún todo. Se muerde el labio dividida y al final se resigna —Y no Michael, no es cosa de familia. Aún que Christopher amenaza con cuchillos a todo el mundo, es su forma de decir te quiero— ironizó con cierta mordacidad recordando aquel encuentro en Central Park a las pocas semanas de haber llegado, cuando este la había tumbado y le había puesto un cuchillo en el cuello —Aprovechando que estás aquí, deberíamos hablar— lo dice con seriedad y por un segundo la voz le tiembla porque no tiene ni idea de como decirle lo que Michael le ha dicho. Cierra lo ojos irritada porque la situación le encabrona y ahora ya no tiene la distracción de los labios ajenos para no pensar en ello. Se frota la sien mientras encuentra la forma de abordar el tema sin explicarle todo lo que hay detrás de eso. Sus ojos buscan los oscuros del castaño sin poderlo evitar, demasiado abrumada por las emociones que la recorren, pero si alguien tiene que hablar con su hermano es ella por supuesto, no él.

Michael ha venido a estas horas de la noche, porque acaba de escapar de una reunión con una bruja y un demonio— empieza intentado explicarle lo más posible sin entrar en detalles de la relación que ambos comparten. Christopher está entrenado como ella y una vez que se le pase la adrenalina del momento, se dará cuenta sin que ella se lo dice. Es tan dolorosamente consciente del hecho que ni siquiera se molesta en intentar ocultar su expresión corporal. Duda por unos segundos, porque no desea desvelarle tampoco la naturaleza de Michael, pero también de la misma forma, intuye lo supondrá como ella lo hizo al inicio —En la misma le han ofrecido dinero a cambio de que nos vendiera. Te lo explicaré con detalle en un momento. Pero fuera de saltarme encima, no ha venido a hacerme daño.


Traducciones:
lo que le dice Victorie a Christopher en francés es "Christopher, cálmate. Ha venido a advertirme sobre nuestros destinos"




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