06/06 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


01/01 ¡El Staff de Facilis Descensus Averni quiere desearos un muy feliz año 2018!


37 # 40
19
NEFILIMS
7
CONSEJO
12
HUMANOS
6
LICÁNTRO.
11
VAMPIROS
15
BRUJOS
7
HADAS
2
DEMONIOS
1
FANTASMAS

When our hearts were broken, we found each other in pain [Christopher O'Dare]

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When our hearts were broken, we found each other in pain
→ Diciembre, jueves → 22:00 → Tugurio cualquiera  → Helado

La pantalla del teléfono seguía intacta, sin ninguna notificación nueva, y Emily respiró dolorosamente mientras se guardaba el móvil en el bolsillo de la chaqueta que llevaba. Luego se pasó la mano que lo había estado sujetando por la frente, como si así pudiese irse el dolor de cabeza que le estaba destrozando las sienes, y suspiró de forma lenta, cansina, cansada, mientras intentaba procesar la dura verdad que le llevaba taladrando las costillas desde hacía mucho tiempo.

¿Quieres otra cerveza?

La voz del camarero, ronca, probablemente por causas del tabaco, le hizo alzar la mirada y asentir con la cabeza con resignación. El hombre la contempló con una traza de preocupación en los ojos mientras sacaba otro botellín de la nevera que tenía bajo la barra, justo frente a él, y se la colocó con suavidad sobre el posavasos a la par que retiraba el casco vacío. La joven bruja dibujó  un amago de sonrisa en sus labios antes de verter el líquido tras ellos, y dejó salir algo de aire de su cuerpo mientras con las uñas arañaba la etiqueta, mojada sobre el cristal húmedo, entreteniéndose de nuevo con los ingredientes de la bebida.

Llevaba visitando ese lugar el último mes, todas las noches que salía del trabajo, y aunque no conocía su nombre el mesero siempre tenía un ojo sobre ella, inquieto. Emily no le había preguntado por qué se preocupaba por ella lo más mínimo, si no la conocía absolutamente de nada, pero tampoco le interesaba. Quizás tenía que ver con lo que le había dicho la primera vez que la había visto al entrar, con los ojos enrojecidos y un aspecto deplorable. A veces sería estupendo poder arrancárselo, ¿verdad? El corazón... Le recordó a la conversación que había mantenido con otro brujo, Charles, hacía lo que parecía una eternidad; cuando el cielo aún brillaba azul y el verano se acercaba lentamente con su calor.

Ahora el frío lo había arrasado todo, dejándola helada sobre un taburete cada noche, con lágrimas que ya no se sentía capaz de llorar y esperando estúpidamente por una respuesta que sabía que nunca llegaría. Entonces el bolsillo le vibró, signo de que alguien le había escrito al móvil. Los primeros días había saltado como un resorte en el lugar en el que estaba, y se le habían caído las cosas de las manos por coger el teléfono para ver, con el corazón en la boca, si era quien ella quería. Pero nunca lo era. Solía ser Charlie, o Dina, o incluso Bastian. Pero nunca Jack. Ya no. Con gesto perezoso extrajo el aparato y lo desbloqueó para corroborar que era Louis, que le daba el fin de semana libre para que descansase. Emily sintió ganas de reír. ¿Tan lamentable era su aspecto que su jefe prefería quitarla de en medio? Podría haber llorado, pero en lugar de eso bebió otro trago con una sonrisa sardónica en los labios, y dejó el móvil sobre la mesa, harta de él. Harta de todo.

Sí, ojalá pudiese arrancarse el corazón y estrujarlo para que dejase de doler. En algún momento de su vida había pensado que el día en que Jack desapareciese una parte de ella moriría con él, y que la enterraría con él; pero siempre había imaginado que sería dentro de muchísimos años, cuando fuese ya viejo y estuviese enfermo, con tiempo para asimilar que iba a perderle. No esperaba, ni mucho menos, que sería el pasado septiembre, ni que al llamar, al escribirle, no recibiría respuesta.

Al principio la había invadido una especie de incredulidad mezclada con sopor, como si aquello no le hubiese sucedido a ella. Esperó durante semanas a recibir alguna respuesta, actuando con normalidad, como si no hubiese pasado nada, mientras todo el mundo tanteaba a su alrededor su estado, intentando hacerla entender que Jack se había marchado y que quizás ya no iba a volver. Nadie sabía el cómo ni el por qué. Emily, sin embargo, había asegurado estar bien en todo momento, incapaz de procesar el hecho de que su novio había desaparecido sin dejar rastro, y que, probablemente, como le había hecho entender Scarlett, ya no iba a volver a aparecer. Entonces, a principios de noviembre, haciendo limpieza en su habitación, había encontrado un dibujo que había hecho de Jack siendo niña, cuando aún iban al instituto; su expresión soñadora y su sonrisa le miraron desde los trazos negros del lápiz, y fue capaz de sentir perfectamente como algo se rompía en un millón de pedazos, dejando sangre y dolor a su paso. Además de un río de lágrimas que tardó días en cerrarse.

Jack había vuelto a marcharse sin decirle nada.

Lo que más molestaba a sus amigas mundanas era que no le culpase, que lo más probable era que se hubiese asustado y hubiese puesto tierra de por medio, que no tenía que justificarle, pero, ¿cómo iba a hacerlo? En los tiempos que corrían -y que ellas desconocían- Jack nunca se hubiese marchado sin dejarle al menos una nota para que se quedase tranquila al respecto, aunque hubiese querido romper con ella por el motivo que fuese. No. Jack no se había ido por miedo a ninguna parte. A Emily se le revolvía el estómago al pensar que su cadáver podía llegar a aparecer  en cualquier parte, e incluso ahora, cada vez que veía el periódico en casa de su abuela temblaba al pensar que podía reconocer su foto o su nombre en cualquier parte.

«Pero al menos así sabré con certeza que está muerto.»

Porque lo peor de todo aquello era la incertidumbre. Era el pensar que al igual que Mishka, le habían arrancado a Jack cruelmente y ni siquiera iba a saber dónde encontrarle, o dónde llorarle, salvo en todos los rincones. Una lágrima se le deslizó por la mejilla, y Emily corrió para limpiarla. Llorando no iba a solucionar absolutamente nada. Bebiendo tampoco, pero aún así, dio otro trago, sintiendo que el alcohol empezaba a entumecerla. ¿Cuántas llevaba, tres, cuatro? Qué más daba... Qué importaba todo ya. Al menos así, durante un rato, dejaría de doler.



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When our hearts were broken, we found each other in pain
→ DICIEMBRE, JUEVES → 22:00 → TUGURIO CUALQUIERA  → FRÍO (VENTISCA)
La débil llama de las velas bailoteaba moribunda en lo último que quedaba de parafina sobre la base, les había estado observando las últimas horas que transcurrieron en silencio mientras sostenía una cajita larga aterciopelada en su exterior y continuaba en mi sitio sentado a la orilla de la cama adornada con pétalos de rosa. Ella no había llegado, eran más de las 5 a.m y a cada ruido que escuchaba en el exterior daba esperanza a mi corazón que se apretaba contra el pecho para esforzar la sonrisa menos agotada y que la mirada profesando mi amor a su menudo ser fueran suficientes para desearle la más cálida bienvenida... Sin embargo, su figura jamás atravesó el umbral de la puerta con su característico andar de zancadas pesadas y escandalosas como para despertar al Nefilim más agotado.

Ya estaba amaneciendo cuando abrí la cajita acunada en mis manos y encontré la primer estela que le perteneció a mi padre. Un tesoro, dirían algunos. Y atravesando la estela, en el centro, estaba un distintivo anillo con la piedra traslucida tan parecida al adamas pero con ése ejemplar tallado formando una espada y la inicial del linaje que indicaban la más obvia proposición.
Recuerdo haber depositado la caja a medio cerrar en la mesa junto a lo que quedaba de las velas y una fría cena para dos que no se tocaría sino acabaría en un lugar donde nadie pudo ser testigo de su destino.

Al momento que llegaron los primeros rayos de luz a mi habitación, yo seguía ahí, a veces caminando en círculos, otras azomandome por la puerta al pasillo con el ansia de algún indicio de su paradero e incluso preguntando a los compañeros que lograba encontrar sí le habían visto o sabido del más mínimo detalle. Pero no... ni ellos o los que llegaron después lograron darme respuestas.

Nadie lo hizo.

Aquello que ocurrió después es una borrosa imagen con destellos ahí y allá de un hombre que paralizó  a la mitad del Instituto buscando desesperado la razón de su ser como por lo que lucha día tras días rogando que jamás le fuese arrebatado. Sé que ése hombre salvaje y despechado fui yo... arruinado por la angustia, el dolor, el abandono y la negación creando al mismo tiempo en su cabeza los peores escenarios donde el fallo estuvo en confiar que el terror de tiempos tan oscuros nunca llegarían a tocar siquiera lo más preciado para su corazón.
¿Que cómo llegué a la calma?, agradecer a un par de manos extras es poco decir cuando mi encierro en la habitación fue el consuelo más desgarrador luego de haber creado caos a todo lo que tuviera en frente.

Llorando, maldiciendo y golpeando los muebles de la impotencia terriblemente carcomiendo mi alma. No me dejaban hacer nada. Me habían ordenado a permanecer ahí y pensar seriamente qué posición tomar, sí la de un tonto impulsivo o la de un miembro del Consejo.

De cierta forma... sigo esperando y encerrado en ésa habitación.

[...]


Entrar en el lugar de aroma ya tan familiar en esos días me reconfortaba el estrés aplastando mis hombros y postura. Hacía semanas que había abandonado la seguridad del Instituto para vivir en un casi deplorable apartamento en Chinatown a un nivel del restaurante menos popular del barrio. El ruido constante de un idioma ajeno, autos y el tren del subterráneo a dos calles eran mi arrullo todas las madrugadas para despejar la atestada mente tan fuera de si que ya ni me reconocía frente al espejo.

Sitios como bares clandestinos, clubes nocturnos con tendencia a redadas del fbi y hasta casinos de mala muerte se volvieron mis lugares más visitados con el último brillo de esperanza y esfuerzo por encontrar la más mínima pista de Ella...

Así que, un bar con todos los permisos y con la apariencia de que salubridad está al pendiente cada trimestre fue un ligeramente alivio. Para mi suerte no había subterráneos visibles de los pocos comensales medio ebrios y poco considerados de su alrededor. No tenía que fingir ser uno más del montón. Mi propia vestimenta ya no tenía mi gusto por la moda francesa sino de una elección más sencilla (chaqueta de piel negra, jeans oscuros, botas de casquillo a la espinilla, y playera negra... Todo Negro). Y ni hablar de la piel que estaba mucho más marcada por runas de las que alguna vez soporté llevar con el temor de no parecer diplomático sino.. amenazador y letal como un guerrero inhumano con toda la habilidad para romper bocas sí era necesario.

Siguiendo mi ritual de búsqueda, no paré hasta llegar a la barra frente al barman pasando por alto todo aquel que estuviese ahí, saqué del bolsillo un bien doblado billete de 100 dólares y lo tendí al mundano con una expresión de pocos amigos que no le darían oportunidad a rechazar el dinero.

Sí preguntan, jamás me has visto— Después de entregarle el billete, acepté de mala gana un pequeño vaso con ron que me sirvió luego de que se guardara el dinero en su bolsillo trasero. Fruncí el ceño y exhalé pesadamente por la nariz tomando asiento en la sillita alta mientras del interior de la chaqueta mostré al hombre la fotografía más reciente que conservaba de Adeline... Una foto recortada de mi propia persona cuando nos habíamos estado abrazando con el río Hudson de fondo.

Tu amigo Johnson de Queens me dijo que eras el indicado para obtener documentos falsos— Sentencié a la pregunta que no formuló el hombre pero se notaba en sus ojos —Y sí estoy en lo correcto, lo único que quiero saber es sí la has visto o reconocido con más contactos.Dejo la fotografía en la barra permitiendo que pueda verle con mayor atención, mientras tanto bebí de un trago el poco ron que me sirvió el tacaño y aguardé en silencio observandolo fijamente.

"-No sé qué pretendes, tampoco mi importa cuál sea tu plan soltando dinero porque sí a los extraños, muchacho. Pero te equivocas, no tengo información de una niña como ella o siquiera le reconozco. Tal vez deberías probar con los pandilleros que te hacen esos tatuajes tan malos o... sí es una nueva droga la que te hace pensar que eres un agente 007"

Su asqueroso aliento cuando se reclinó en la barra me golpeó el rostro con una nauseabunda sensación mezclada con ira. Apreté los labios como cerré los puños ignorando que alguien a mi costado estaba plenamente consciente de lo que podría ocurrir.

"-Y a menos que seas del FBI no tengo porqué contestar nada así que... bebe o lárgate de mi Bar pero no me hagas perder el tiempo"

Diciendo lo último, me dejó a un lado una nueva botella de Whiskey sin abrir con la etiqueta de calidad más barata que se podía encontrar en toda Nueva York.

"-Ésto es lo que compras con tu billete, niño. Disfrútala mientras puedas"

Y sí, fue justo así como el último sendero de migajas se iba al carajo, no más indicios falsos. No más esperanzas. El alma se me iba al suelo mientras guardaba lentamente la fotografía en la chaqueta y me pasaba una mano por el cabello.

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When our hearts were broken, we found each other in pain
→ Diciembre, jueves → 22:00 → Tugurio cualquiera  → Helado
Varios minutos después de recibir la cuarta botella, la puerta del local se abrió lentamente, dejando pasar el frío del invierno y a un cliente nuevo, al cual ignoró brutalmente. No le interesaba para nada la fauna del lugar, así que no hacía intentos de socializar con nadie. Sólo había entablado una cierta relación de amistad con el camarero que tenía en frente, Sullivan, con quien había comenzado a hablar de banalidades el cuarto o quinto día de su rutina allí, y con quien se llevaba medianamente bien porque no la trataba como a un cacho de carne, sino como a su sobrina preferida. No habían hablado nunca de lo que le había hecho sentarse allí, pero había compartido suficientes horas con él como para tratar temas insustanciales, y el dueño del local le había cogido un cierto cariño, como Emily a él. El resto le daban igual, y también se lo dio el tipo nuevo. Al menos, hasta que le escuchó hablar.

Emily reconoció ese acento, aunque la voz sonaba mucho más rasgada de lo que podía haber llegado a recordar. Fue como un suspiro viejo de la última vez que se habían visto, hacía ya tantísimos meses -casi más de un año, ¿no?-, pero no fue eso lo que le hizo girar la cabeza hacia él, sino más bien el hecho de que también parecía estar buscando a alguien. A alguien. El pelo castaño ondeó sobre su rostro cuando sus ojos marrones se posaron sobre él, reconociendo debajo de la expresión dura los rasgos suaves del rostro del estúpido e impulsivo nefilim por el que había llegado a sentir algo de aprecio, a pesar de todo. Parpadeó, extrañada, porque realmente no le habría asociado en un lugar allí, y su todo en él, su ropa, su porte, su forma de vestir, había cambiado tan radicalmente que perfectamente podría haberle confundido con otra persona.

Pero sus ojos azules seguían brillando, ahí, en medio de su rostro. «Siempre azules» pensó con amargura, y volvió a beber. A pesar de todo, pensó en ignorarle. Pensó en hacerse la loca, seguir mirando al frente y dejarle ahí, sumido en sus propios quehaceres, a pesar de lo extraño que le pareció todo; probablemente sólo estaba cazando a alguna desgraciada a la que La Clave había puesto precio a su cabeza. En los últimos tiempos, con el renacer de Sebastian, era algo habitual. Fue, sin embargo, el sonido de su voz al maldecir en francés lo que le hizo cambiar de opinión.

Porque había sonado, roto, desesperado, fragmentado. Como ella cuando se había dado cuenta de que Jack no iba a volver, y ni siquiera había tenido fuerzas para intentar buscarle. Suspiró tranquilamente antes de hacer girar la botella entre los dedos.

Menuda mala leche que tienes a veces, Sully —le dijo al camarero, dibujando una sonrisa irónica en los labios y mirándole con la confianza que daba el mes que llevaba visitando ese antro. Él le miró con una expresión contrariada en el rostro—. Si no vas a darle lo que pide, al menos no le vendas esa mierda y devuélvele el dinero para que se lo gaste en algo mejor.

No es mi culpa que llegue con esas ínfulas de gángster cuando está claro que no es más que un niño bonito despechado.

Cierra el pico, Sully. No le digas esas cosas. Además, es un conocido mío. Al menos trátale la mitad de bien que a mí. —Esa afirmación hizo que el mesero enarcase una ceja.

¿Conoces al pintas franchute este? —Emily asintió.

Nos hemos visto algunas veces. ¿No es así, Christopher?

No fue hasta entonces que no giró la cabeza hacia él para que pudiese reconocerla. Llevaba el pelo algo más largo que la última vez que se habían visto, pero no demasiado, porque lo mantenía corto, pero las ondulaciones le llegaban hasta los hombros. Vestía también de negro, aunque el jersey que llevaba debajo de la chaqueta de cuero era celeste, y llevaba los labios de un rojo intenso, algo totalmente anormal en ella, pero que contrastaba mucho con su piel blanca. El primer día que se había visto así frente al espejo, antes de salir, se había dado cuenta de que de nuevo se estaba tiñendo para soportar la pérdida de alguien querido, pero le dio exactamente igual, como la primera vez. Sólo se quitaba esa apariencia en su casa y cuando estaba con Bastian; el resto del tiempo tenía ese aspecto de mujer rompedora de meniscos que había admirado alguna vez en Scarlett.

Chris lucía un aspecto similar. Igual de negro. Igual de derrotado. Igual de cansado. En sus ojos ya no brillaba la misma luz, sino que se veían igual de oscuros y de apagados que los suyos, y tenía un aura de tristeza que lo inundaba todo y le hacía parecer incluso menos rubio, lo cual era increíble. La sonrisa desapareció paulatinamente de sus labios al reconocer en él la misma desesperación que había visto en sí al comprender que hay cosas perdidas que no vuelven, y supo de forma dolorosamente certera que le había pasado exactamente lo mismo que a ella. Por eso se giró hacia Sully con expresión agotada.

Está como yo, así que no le sueltes mucha mierda, anda, viejo gruñón.

Eso pareció bajar los humos al camarero, quien asintió, guardó la botella y le devolvió el dinero.

Cuando quieras rellenar invita la casa —le dijo a Chris, antes de volver a sus otros quehaceres, dejando a la pareja rota sobre la barra, en un tenso silencio que Emily se encontró rompiendo a pesar de lo que dolía.

¿Quién se ha marchado? —preguntó con indiferencia fingida mientras cogía la botella por el gollete y la hacía girar en círculos.



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Ensimismado en mis trágicos pensamientos, la falta del aire y postura entumecida no me dejaban concentrar en las probabilidades que tenía que descartar para hallarle antes... de que fuera tarde y lo poco que había averiguado fuera solamente el indicio que dejó apropósito para indicar que estaba viva. Al menos eso creía, era condenadamente lista, no podía haberse ido sin más esperando que no la buscara cuando me conoce y sabe perfectamente lo que me propondría luego de desaparecer. Y sin embargo temía que la historia se repitiera con aquella bruja de cabello como el fuego, tan misteriosa que su partida no me permitió pensar en otra cosa más que lo hizo para cerrar cabos sueltos aunque eso le hiciera ganar un odio incondicional.

El problema con Adeline es que era más impulsiva que yo y el dolor que escarbó en mi pecho con no volverle a tener en mis brazos... se abría como una herida a la que se le hecha sal tras perder la última pista. Estaba perdido sin ella y cada día que pasaba era peor que el anterior; me sentía en ése instante como el prisionero abandonado en un profundo pozo que sólo anhela el exterior al ver la luz del día inalcanzable sin la manera de escalar así se perdieran las extremidades.

Por poco y abandonaba mi sitio en el banquito con la cabeza cabisbaja cuando escuché una voz remotamente familiar... una que juraría no volver a presenciarla después de la inconveniente escena afueras del Instituto. Tal vez se escuche loco pero una alarma interior resonó con fuerza rezando a Raziel porque tuviese información. ¿Pero y sí no era ella?.
Verle de reojo era más que  confuso, la ropa no hacía armonía en mis recuerdos, tampoco contaba esa forma de sentarse con tan agachada postura que la barra le quedaba a milímetros del pecho y... ése botella en mano definitivamente no iba con la imagen de la castaña analizadora.

En cambio, escuchar mi propio nombre en sus labios me hicieron girar casi de frente a ella pese a estar sentado, y cómo se supone que debería reconocerla cuando era una "nueva persona" se escapaba de mi conocimiento. Aunque... ciertamente me calmaba ver una cara conocida en el tiempo de mi exclusión, lo que no podía fingir era una mejor expresión tan cansada de la realidad que apenas pude levantar ligeramente las cejas con asombro de encontrarle. Pero mientras ella seguía intercambiando frases con el dueño -al que me había ganado su repentino odio-, yo la observaba de arriba a bajo tratando de encontrar qué en su rostro no cuadraba con la estilizada ropa y al encontrar ésa misma nostalgia me hizo temer lo peor.

Mi propio dolor se exteriorizó como sí me hubieran extraído cualquier órgano vital para seguir con vida en el segundo después de escuchar su pregunta final. Estaba atónito, no podía creer que era un bendito libro abierto aunque ¿qué otra opción tenía sí no era indagar?. Lo que se complicó para responder fue notar unas arrugas alrededor de los ojos cuyas ojeras eran bien disimuladas por el maquillaje... Y no podía seguir suponiendo.

La verdadera pregunta...— Inicié exhalando silencioso por la nariz e hice un ademán agradecido por la cerveza que medio amable me dio el hombre —es ¿quién en éstos tiempos no se va a buscar una mejor vida?— Limpio la boquilla del envase con una servilleta suelta cerca de un montón más junto a la botana y bebo un trago hondo que me llena de su amargo sabor. Cierro los ojos mientras me paso el líquido, dejo la botella encima del billete de 100 y sonrío tristemente antes de hacer un encogimiento de hombros.

La he perdido, Emily— Resignado y con la voz ronca. Bebo de la botella esperando que me ayude a suavizar el nudo en la garganta y la sensación de caer por el abismo. Niego con la cabeza realmiendo mis labios del poco exceso de cerveza y dirijo la mirada al frente donde hay nada en qué poner más atención —Como todo lo que he amado y atesorado— Froto mis sienes apretando la mandíbula con fuerza y controlo el impulso de NO lanzar la botella a un costado —Hasta parece Karma, ¿no crees?. No importa cuánto luches por quedarte con ello, siempre existe una maldita circunstancia que te lo arrebata de tajo y sin piedad...

Retiro la presión de la botella con mi mano tras sentir el característico primer crujido del cristal, vuelvo mi vista hacia la castaña ocultando que el ardor en mis ojos sea lo menos en qué poner atención de toda mi persona, nuevamente niego con la cabeza y resoplo a los mechones que caen en mi frente del poco peinado cabello —Será mejor que me vaya, no es el momento más adecuado. Lo siento. Cuídate Emily, tienes un aspecto extraño...

De pie del banquito, termino lo poco que sobraba de la cerveza y cierro la cremallera de la chaqueta de piel preparado para dar regreso a la calle.
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En el fondo no le hizo falta que le respondiese para saber la respuesta.

La sombra en su mirada fue suficiente para conocer la verdad incluso antes de que le llegase, y algo dentro de Emily se retorció dolorosamente porque realmente se había topado con alguien que se sentía igual que ella en esos momentos, que estaba sufriendo lo mismo que ella en esos momentos. Quiso chillarle que no se compadeciese de sí mismo, que no era el único, que no le viniese con esas ínfulas de héroe derrotado por los reveses del destino, pero, ¿quién era ella para exigir nada cuando estaba abatida en el mismo taburete que él, prácticamente, mojando su amargura en cerveza para salir -o quizás para no hacerlo- de la mierda en la que se encontraba ahora? No estaba en posición de darle lecciones de moral a nadie, así que cualquier atisbo murió antes de que pudiese siquiera alcanzarle la punta de la lengua, amarga toda ella como el líquido que estaba bebiendo.

Dio el último trago a su botellín mientras terminaba de escucharle, mirándole de reojo y sintiendo que las heridas de Chris le escocían como si fuesen las suyas propias. Al final, como Desmond decía, todo el mundo era igual de humano, hubiese nacido con cola o no, porque todo el mundo sufría las pérdidas de la misma manera mientras fuesen capaces de sentir un mínimo de amor por los demás. Entendiese perfectamente que las brujas terminasen suicidándose o extirpándose el corazón -de forma metafórica- con el paso de los años. ¿Quién quería sufrir eso una y otra vez de forma consciente? Sólo una loca.

Tú al menos has tenido fuerzas para buscarla —comentó derrotada mientras él se cerraba la cremallera, dirigiendo de nuevo la mirada a la botella vacía— . Yo he venido a ahogarme en el fondo de un bar porque no encuentro energías para ir detrás de alguien que ya no va a volver a mi vida, por mucho que me esfuerce. —Rió con sequedad, con ironía, desgarradoramente. Así era como se sentía, a fin de cuentas, como una tela raída y rota por la mitad cuyos jirones estaban al aire, quizás intentando alcanzarse para recomponerse, quizás eludiéndose a propósito para no sufrir de nuevo— . Debería estar acostumbrada ya, sin embargo, pero supongo que nunca deja de doler el decidir abrir tu corazón una vez más que para que termine hecho una mierda igualmente. Yo tampoco soy una buena compañía ahora mismo, así que por temor a arruinarme la noche no te vayas, Christopher.

¿Dónde estaba la Emily amable, consejera, madura, casi maternal, en la que se había convertido en los últimos años? «Debajo de todos los cascos de cerveza del mes pasado» pensó con amargura mientras apartaba el cristal vacío de ella. Ni siquiera se parecía a la criatura que había sido después de que Jack desapareciese la primera vez, no. Ahora era una mujer deshecha, derrotada. Ni siquiera la noticia de la muerte de su madre le había sumido en la miseria en la que se encontraba en esos momentos. Incluso tenía miedo de acercarse demasiado a Bastian por temor a que él fuese a desaparecer también, pero no podía apartar a su hermano pequeño de ella por propio egoísmo; no era justo para él, que la adoraba. Sin embargo, cada vez que le mandaba un mensaje, el nudo permanecía en la garganta hasta que le llegaba la respuesta. En el fondo quería dejar de llorar, quería dejar de sentirse desgraciada y débil, pero en ese momento no encontraba las energías para hacerlo. Prefería quedarse transformada en esa parodia de persona que era ahora, sarcástica y casi cruel, porque así resultaba menos dañino estar viva.

Quizás lamernos las heridas sea lo único que nos queda ahora... —suspiró— . Pero entiendo que prefieras hacerlo a solas. Ojalá nos hubiésemos vuelto a ver en otras circunstancias en las que no hubiese desaparecido nadie... O nadie hubiese atacado a nadie en mitad de un parque por confundir lo que estaba haciendo. —Le pareció increíble ser capaz de bromear en un momento así, cuando lo único que había salido de sus labios, además de llanto, eran justificaciones o puro veneno. Incluso le sonrió de forma un poco cómplice, porque realmente, ¿ahora qué más daba lo que hubiese sucedido entonces? Llamó a Sully para que le dejase otra cerveza en la barra— . Me beberé la siguiente a tu salud.



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