31/12 ¡Último día del año, queridos habitantes del submundo! El Staff de Facilis Descensus Averni os desea una magnífica entrada de año y que os sucedan más cosas buenas que malas. ¡FELIZ 2019!


02/12 ¡Atención, atención! ¡Aquí os dejamos las noticias recién salidas del horno! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


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01/05 ¡Atención, usuario! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


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When our hearts were broken, we found each other in pain [Christopher O'Dare] (+18)

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When our hearts were broken, we found each other in pain
→ Diciembre, jueves → 22:00 → Tugurio cualquiera  → Helado

La pantalla del teléfono seguía intacta, sin ninguna notificación nueva, y Emily respiró dolorosamente mientras se guardaba el móvil en el bolsillo de la chaqueta que llevaba. Luego se pasó la mano que lo había estado sujetando por la frente, como si así pudiese irse el dolor de cabeza que le estaba destrozando las sienes, y suspiró de forma lenta, cansina, cansada, mientras intentaba procesar la dura verdad que le llevaba taladrando las costillas desde hacía mucho tiempo.

¿Quieres otra cerveza?

La voz del camarero, ronca, probablemente por causas del tabaco, le hizo alzar la mirada y asentir con la cabeza con resignación. El hombre la contempló con una traza de preocupación en los ojos mientras sacaba otro botellín de la nevera que tenía bajo la barra, justo frente a él, y se la colocó con suavidad sobre el posavasos a la par que retiraba el casco vacío. La joven bruja dibujó  un amago de sonrisa en sus labios antes de verter el líquido tras ellos, y dejó salir algo de aire de su cuerpo mientras con las uñas arañaba la etiqueta, mojada sobre el cristal húmedo, entreteniéndose de nuevo con los ingredientes de la bebida.

Llevaba visitando ese lugar el último mes, todas las noches que salía del trabajo, y aunque no conocía su nombre el mesero siempre tenía un ojo sobre ella, inquieto. Emily no le había preguntado por qué se preocupaba por ella lo más mínimo, si no la conocía absolutamente de nada, pero tampoco le interesaba. Quizás tenía que ver con lo que le había dicho la primera vez que la había visto al entrar, con los ojos enrojecidos y un aspecto deplorable. A veces sería estupendo poder arrancárselo, ¿verdad? El corazón... Le recordó a la conversación que había mantenido con otro brujo, Charles, hacía lo que parecía una eternidad; cuando el cielo aún brillaba azul y el verano se acercaba lentamente con su calor.

Ahora el frío lo había arrasado todo, dejándola helada sobre un taburete cada noche, con lágrimas que ya no se sentía capaz de llorar y esperando estúpidamente por una respuesta que sabía que nunca llegaría. Entonces el bolsillo le vibró, signo de que alguien le había escrito al móvil. Los primeros días había saltado como un resorte en el lugar en el que estaba, y se le habían caído las cosas de las manos por coger el teléfono para ver, con el corazón en la boca, si era quien ella quería. Pero nunca lo era. Solía ser Charlie, o Dina, o incluso Bastian. Pero nunca Jack. Ya no. Con gesto perezoso extrajo el aparato y lo desbloqueó para corroborar que era Louis, que le daba el fin de semana libre para que descansase. Emily sintió ganas de reír. ¿Tan lamentable era su aspecto que su jefe prefería quitarla de en medio? Podría haber llorado, pero en lugar de eso bebió otro trago con una sonrisa sardónica en los labios, y dejó el móvil sobre la mesa, harta de él. Harta de todo.

Sí, ojalá pudiese arrancarse el corazón y estrujarlo para que dejase de doler. En algún momento de su vida había pensado que el día en que Jack desapareciese una parte de ella moriría con él, y que la enterraría con él; pero siempre había imaginado que sería dentro de muchísimos años, cuando fuese ya viejo y estuviese enfermo, con tiempo para asimilar que iba a perderle. No esperaba, ni mucho menos, que sería el pasado septiembre, ni que al llamar, al escribirle, no recibiría respuesta.

Al principio la había invadido una especie de incredulidad mezclada con sopor, como si aquello no le hubiese sucedido a ella. Esperó durante semanas a recibir alguna respuesta, actuando con normalidad, como si no hubiese pasado nada, mientras todo el mundo tanteaba a su alrededor su estado, intentando hacerla entender que Jack se había marchado y que quizás ya no iba a volver. Nadie sabía el cómo ni el por qué. Emily, sin embargo, había asegurado estar bien en todo momento, incapaz de procesar el hecho de que su novio había desaparecido sin dejar rastro, y que, probablemente, como le había hecho entender Scarlett, ya no iba a volver a aparecer. Entonces, a principios de noviembre, haciendo limpieza en su habitación, había encontrado un dibujo que había hecho de Jack siendo niña, cuando aún iban al instituto; su expresión soñadora y su sonrisa le miraron desde los trazos negros del lápiz, y fue capaz de sentir perfectamente como algo se rompía en un millón de pedazos, dejando sangre y dolor a su paso. Además de un río de lágrimas que tardó días en cerrarse.

Jack había vuelto a marcharse sin decirle nada.

Lo que más molestaba a sus amigas mundanas era que no le culpase, que lo más probable era que se hubiese asustado y hubiese puesto tierra de por medio, que no tenía que justificarle, pero, ¿cómo iba a hacerlo? En los tiempos que corrían -y que ellas desconocían- Jack nunca se hubiese marchado sin dejarle al menos una nota para que se quedase tranquila al respecto, aunque hubiese querido romper con ella por el motivo que fuese. No. Jack no se había ido por miedo a ninguna parte. A Emily se le revolvía el estómago al pensar que su cadáver podía llegar a aparecer  en cualquier parte, e incluso ahora, cada vez que veía el periódico en casa de su abuela temblaba al pensar que podía reconocer su foto o su nombre en cualquier parte.

«Pero al menos así sabré con certeza que está muerto.»

Porque lo peor de todo aquello era la incertidumbre. Era el pensar que al igual que Mishka, le habían arrancado a Jack cruelmente y ni siquiera iba a saber dónde encontrarle, o dónde llorarle, salvo en todos los rincones. Una lágrima se le deslizó por la mejilla, y Emily corrió para limpiarla. Llorando no iba a solucionar absolutamente nada. Bebiendo tampoco, pero aún así, dio otro trago, sintiendo que el alcohol empezaba a entumecerla. ¿Cuántas llevaba, tres, cuatro? Qué más daba... Qué importaba todo ya. Al menos así, durante un rato, dejaría de doler.


Última edición por Emily Yates el Miér Feb 13, 2019 7:34 pm, editado 1 vez



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When our hearts were broken, we found each other in pain
→ DICIEMBRE, JUEVES → 22:00 → TUGURIO CUALQUIERA  → FRÍO (VENTISCA)
La débil llama de las velas bailoteaba moribunda en lo último que quedaba de parafina sobre la base, les había estado observando las últimas horas que transcurrieron en silencio mientras sostenía una cajita larga aterciopelada en su exterior y continuaba en mi sitio sentado a la orilla de la cama adornada con pétalos de rosa. Ella no había llegado, eran más de las 5 a.m y a cada ruido que escuchaba en el exterior daba esperanza a mi corazón que se apretaba contra el pecho para esforzar la sonrisa menos agotada y que la mirada profesando mi amor a su menudo ser fueran suficientes para desearle la más cálida bienvenida... Sin embargo, su figura jamás atravesó el umbral de la puerta con su característico andar de zancadas pesadas y escandalosas como para despertar al Nefilim más agotado.

Ya estaba amaneciendo cuando abrí la cajita acunada en mis manos y encontré la primer estela que le perteneció a mi padre. Un tesoro, dirían algunos. Y atravesando la estela, en el centro, estaba un distintivo anillo con la piedra traslucida tan parecida al adamas pero con ése ejemplar tallado formando una espada y la inicial del linaje que indicaban la más obvia proposición.
Recuerdo haber depositado la caja a medio cerrar en la mesa junto a lo que quedaba de las velas y una fría cena para dos que no se tocaría sino acabaría en un lugar donde nadie pudo ser testigo de su destino.

Al momento que llegaron los primeros rayos de luz a mi habitación, yo seguía ahí, a veces caminando en círculos, otras azomandome por la puerta al pasillo con el ansia de algún indicio de su paradero e incluso preguntando a los compañeros que lograba encontrar sí le habían visto o sabido del más mínimo detalle. Pero no... ni ellos o los que llegaron después lograron darme respuestas.

Nadie lo hizo.

Aquello que ocurrió después es una borrosa imagen con destellos ahí y allá de un hombre que paralizó  a la mitad del Instituto buscando desesperado la razón de su ser como por lo que lucha día tras días rogando que jamás le fuese arrebatado. Sé que ése hombre salvaje y despechado fui yo... arruinado por la angustia, el dolor, el abandono y la negación creando al mismo tiempo en su cabeza los peores escenarios donde el fallo estuvo en confiar que el terror de tiempos tan oscuros nunca llegarían a tocar siquiera lo más preciado para su corazón.
¿Que cómo llegué a la calma?, agradecer a un par de manos extras es poco decir cuando mi encierro en la habitación fue el consuelo más desgarrador luego de haber creado caos a todo lo que tuviera en frente.

Llorando, maldiciendo y golpeando los muebles de la impotencia terriblemente carcomiendo mi alma. No me dejaban hacer nada. Me habían ordenado a permanecer ahí y pensar seriamente qué posición tomar, sí la de un tonto impulsivo o la de un miembro del Consejo.

De cierta forma... sigo esperando y encerrado en ésa habitación.

[...]


Entrar en el lugar de aroma ya tan familiar en esos días me reconfortaba el estrés aplastando mis hombros y postura. Hacía semanas que había abandonado la seguridad del Instituto para vivir en un casi deplorable apartamento en Chinatown a un nivel del restaurante menos popular del barrio. El ruido constante de un idioma ajeno, autos y el tren del subterráneo a dos calles eran mi arrullo todas las madrugadas para despejar la atestada mente tan fuera de si que ya ni me reconocía frente al espejo.

Sitios como bares clandestinos, clubes nocturnos con tendencia a redadas del fbi y hasta casinos de mala muerte se volvieron mis lugares más visitados con el último brillo de esperanza y esfuerzo por encontrar la más mínima pista de Ella...

Así que, un bar con todos los permisos y con la apariencia de que salubridad está al pendiente cada trimestre fue un ligeramente alivio. Para mi suerte no había subterráneos visibles de los pocos comensales medio ebrios y poco considerados de su alrededor. No tenía que fingir ser uno más del montón. Mi propia vestimenta ya no tenía mi gusto por la moda francesa sino de una elección más sencilla (chaqueta de piel negra, jeans oscuros, botas de casquillo a la espinilla, y playera negra... Todo Negro). Y ni hablar de la piel que estaba mucho más marcada por runas de las que alguna vez soporté llevar con el temor de no parecer diplomático sino.. amenazador y letal como un guerrero inhumano con toda la habilidad para romper bocas sí era necesario.

Siguiendo mi ritual de búsqueda, no paré hasta llegar a la barra frente al barman pasando por alto todo aquel que estuviese ahí, saqué del bolsillo un bien doblado billete de 100 dólares y lo tendí al mundano con una expresión de pocos amigos que no le darían oportunidad a rechazar el dinero.

Sí preguntan, jamás me has visto— Después de entregarle el billete, acepté de mala gana un pequeño vaso con ron que me sirvió luego de que se guardara el dinero en su bolsillo trasero. Fruncí el ceño y exhalé pesadamente por la nariz tomando asiento en la sillita alta mientras del interior de la chaqueta mostré al hombre la fotografía más reciente que conservaba de Adeline... Una foto recortada de mi propia persona cuando nos habíamos estado abrazando con el río Hudson de fondo.

Tu amigo Johnson de Queens me dijo que eras el indicado para obtener documentos falsos— Sentencié a la pregunta que no formuló el hombre pero se notaba en sus ojos —Y sí estoy en lo correcto, lo único que quiero saber es sí la has visto o reconocido con más contactos.Dejo la fotografía en la barra permitiendo que pueda verle con mayor atención, mientras tanto bebí de un trago el poco ron que me sirvió el tacaño y aguardé en silencio observandolo fijamente.

"-No sé qué pretendes, tampoco mi importa cuál sea tu plan soltando dinero porque sí a los extraños, muchacho. Pero te equivocas, no tengo información de una niña como ella o siquiera le reconozco. Tal vez deberías probar con los pandilleros que te hacen esos tatuajes tan malos o... sí es una nueva droga la que te hace pensar que eres un agente 007"

Su asqueroso aliento cuando se reclinó en la barra me golpeó el rostro con una nauseabunda sensación mezclada con ira. Apreté los labios como cerré los puños ignorando que alguien a mi costado estaba plenamente consciente de lo que podría ocurrir.

"-Y a menos que seas del FBI no tengo porqué contestar nada así que... bebe o lárgate de mi Bar pero no me hagas perder el tiempo"

Diciendo lo último, me dejó a un lado una nueva botella de Whiskey sin abrir con la etiqueta de calidad más barata que se podía encontrar en toda Nueva York.

"-Ésto es lo que compras con tu billete, niño. Disfrútala mientras puedas"

Y sí, fue justo así como el último sendero de migajas se iba al carajo, no más indicios falsos. No más esperanzas. El alma se me iba al suelo mientras guardaba lentamente la fotografía en la chaqueta y me pasaba una mano por el cabello.

Merde
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When our hearts were broken, we found each other in pain
→ Diciembre, jueves → 22:00 → Tugurio cualquiera  → Helado
Varios minutos después de recibir la cuarta botella, la puerta del local se abrió lentamente, dejando pasar el frío del invierno y a un cliente nuevo, al cual ignoró brutalmente. No le interesaba para nada la fauna del lugar, así que no hacía intentos de socializar con nadie. Sólo había entablado una cierta relación de amistad con el camarero que tenía en frente, Sullivan, con quien había comenzado a hablar de banalidades el cuarto o quinto día de su rutina allí, y con quien se llevaba medianamente bien porque no la trataba como a un cacho de carne, sino como a su sobrina preferida. No habían hablado nunca de lo que le había hecho sentarse allí, pero había compartido suficientes horas con él como para tratar temas insustanciales, y el dueño del local le había cogido un cierto cariño, como Emily a él. El resto le daban igual, y también se lo dio el tipo nuevo. Al menos, hasta que le escuchó hablar.

Emily reconoció ese acento, aunque la voz sonaba mucho más rasgada de lo que podía haber llegado a recordar. Fue como un suspiro viejo de la última vez que se habían visto, hacía ya tantísimos meses -casi más de un año, ¿no?-, pero no fue eso lo que le hizo girar la cabeza hacia él, sino más bien el hecho de que también parecía estar buscando a alguien. A alguien. El pelo castaño ondeó sobre su rostro cuando sus ojos marrones se posaron sobre él, reconociendo debajo de la expresión dura los rasgos suaves del rostro del estúpido e impulsivo nefilim por el que había llegado a sentir algo de aprecio, a pesar de todo. Parpadeó, extrañada, porque realmente no le habría asociado en un lugar allí, y su todo en él, su ropa, su porte, su forma de vestir, había cambiado tan radicalmente que perfectamente podría haberle confundido con otra persona.

Pero sus ojos azules seguían brillando, ahí, en medio de su rostro. «Siempre azules» pensó con amargura, y volvió a beber. A pesar de todo, pensó en ignorarle. Pensó en hacerse la loca, seguir mirando al frente y dejarle ahí, sumido en sus propios quehaceres, a pesar de lo extraño que le pareció todo; probablemente sólo estaba cazando a alguna desgraciada a la que La Clave había puesto precio a su cabeza. En los últimos tiempos, con el renacer de Sebastian, era algo habitual. Fue, sin embargo, el sonido de su voz al maldecir en francés lo que le hizo cambiar de opinión.

Porque había sonado, roto, desesperado, fragmentado. Como ella cuando se había dado cuenta de que Jack no iba a volver, y ni siquiera había tenido fuerzas para intentar buscarle. Suspiró tranquilamente antes de hacer girar la botella entre los dedos.

Menuda mala leche que tienes a veces, Sully —le dijo al camarero, dibujando una sonrisa irónica en los labios y mirándole con la confianza que daba el mes que llevaba visitando ese antro. Él le miró con una expresión contrariada en el rostro—. Si no vas a darle lo que pide, al menos no le vendas esa mierda y devuélvele el dinero para que se lo gaste en algo mejor.

No es mi culpa que llegue con esas ínfulas de gángster cuando está claro que no es más que un niño bonito despechado.

Cierra el pico, Sully. No le digas esas cosas. Además, es un conocido mío. Al menos trátale la mitad de bien que a mí. —Esa afirmación hizo que el mesero enarcase una ceja.

¿Conoces al pintas franchute este? —Emily asintió.

Nos hemos visto algunas veces. ¿No es así, Christopher?

No fue hasta entonces que no giró la cabeza hacia él para que pudiese reconocerla. Llevaba el pelo algo más largo que la última vez que se habían visto, pero no demasiado, porque lo mantenía corto, pero las ondulaciones le llegaban hasta los hombros. Vestía también de negro, aunque el jersey que llevaba debajo de la chaqueta de cuero era celeste, y llevaba los labios de un rojo intenso, algo totalmente anormal en ella, pero que contrastaba mucho con su piel blanca. El primer día que se había visto así frente al espejo, antes de salir, se había dado cuenta de que de nuevo se estaba tiñendo para soportar la pérdida de alguien querido, pero le dio exactamente igual, como la primera vez. Sólo se quitaba esa apariencia en su casa y cuando estaba con Bastian; el resto del tiempo tenía ese aspecto de mujer rompedora de meniscos que había admirado alguna vez en Scarlett.

Chris lucía un aspecto similar. Igual de negro. Igual de derrotado. Igual de cansado. En sus ojos ya no brillaba la misma luz, sino que se veían igual de oscuros y de apagados que los suyos, y tenía un aura de tristeza que lo inundaba todo y le hacía parecer incluso menos rubio, lo cual era increíble. La sonrisa desapareció paulatinamente de sus labios al reconocer en él la misma desesperación que había visto en sí al comprender que hay cosas perdidas que no vuelven, y supo de forma dolorosamente certera que le había pasado exactamente lo mismo que a ella. Por eso se giró hacia Sully con expresión agotada.

Está como yo, así que no le sueltes mucha mierda, anda, viejo gruñón.

Eso pareció bajar los humos al camarero, quien asintió, guardó la botella y le devolvió el dinero.

Cuando quieras rellenar invita la casa —le dijo a Chris, antes de volver a sus otros quehaceres, dejando a la pareja rota sobre la barra, en un tenso silencio que Emily se encontró rompiendo a pesar de lo que dolía.

¿Quién se ha marchado? —preguntó con indiferencia fingida mientras cogía la botella por el gollete y la hacía girar en círculos.



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Ensimismado en mis trágicos pensamientos, la falta del aire y postura entumecida no me dejaban concentrar en las probabilidades que tenía que descartar para hallarle antes... de que fuera tarde y lo poco que había averiguado fuera solamente el indicio que dejó apropósito para indicar que estaba viva. Al menos eso creía, era condenadamente lista, no podía haberse ido sin más esperando que no la buscara cuando me conoce y sabe perfectamente lo que me propondría luego de desaparecer. Y sin embargo temía que la historia se repitiera con aquella bruja de cabello como el fuego, tan misteriosa que su partida no me permitió pensar en otra cosa más que lo hizo para cerrar cabos sueltos aunque eso le hiciera ganar un odio incondicional.

El problema con Adeline es que era más impulsiva que yo y el dolor que escarbó en mi pecho con no volverle a tener en mis brazos... se abría como una herida a la que se le hecha sal tras perder la última pista. Estaba perdido sin ella y cada día que pasaba era peor que el anterior; me sentía en ése instante como el prisionero abandonado en un profundo pozo que sólo anhela el exterior al ver la luz del día inalcanzable sin la manera de escalar así se perdieran las extremidades.

Por poco y abandonaba mi sitio en el banquito con la cabeza cabisbaja cuando escuché una voz remotamente familiar... una que juraría no volver a presenciarla después de la inconveniente escena afueras del Instituto. Tal vez se escuche loco pero una alarma interior resonó con fuerza rezando a Raziel porque tuviese información. ¿Pero y sí no era ella?.
Verle de reojo era más que  confuso, la ropa no hacía armonía en mis recuerdos, tampoco contaba esa forma de sentarse con tan agachada postura que la barra le quedaba a milímetros del pecho y... ése botella en mano definitivamente no iba con la imagen de la castaña analizadora.

En cambio, escuchar mi propio nombre en sus labios me hicieron girar casi de frente a ella pese a estar sentado, y cómo se supone que debería reconocerla cuando era una "nueva persona" se escapaba de mi conocimiento. Aunque... ciertamente me calmaba ver una cara conocida en el tiempo de mi exclusión, lo que no podía fingir era una mejor expresión tan cansada de la realidad que apenas pude levantar ligeramente las cejas con asombro de encontrarle. Pero mientras ella seguía intercambiando frases con el dueño -al que me había ganado su repentino odio-, yo la observaba de arriba a bajo tratando de encontrar qué en su rostro no cuadraba con la estilizada ropa y al encontrar ésa misma nostalgia me hizo temer lo peor.

Mi propio dolor se exteriorizó como sí me hubieran extraído cualquier órgano vital para seguir con vida en el segundo después de escuchar su pregunta final. Estaba atónito, no podía creer que era un bendito libro abierto aunque ¿qué otra opción tenía sí no era indagar?. Lo que se complicó para responder fue notar unas arrugas alrededor de los ojos cuyas ojeras eran bien disimuladas por el maquillaje... Y no podía seguir suponiendo.

La verdadera pregunta...— Inicié exhalando silencioso por la nariz e hice un ademán agradecido por la cerveza que medio amable me dio el hombre —es ¿quién en éstos tiempos no se va a buscar una mejor vida?— Limpio la boquilla del envase con una servilleta suelta cerca de un montón más junto a la botana y bebo un trago hondo que me llena de su amargo sabor. Cierro los ojos mientras me paso el líquido, dejo la botella encima del billete de 100 y sonrío tristemente antes de hacer un encogimiento de hombros.

La he perdido, Emily— Resignado y con la voz ronca. Bebo de la botella esperando que me ayude a suavizar el nudo en la garganta y la sensación de caer por el abismo. Niego con la cabeza realmiendo mis labios del poco exceso de cerveza y dirijo la mirada al frente donde hay nada en qué poner más atención —Como todo lo que he amado y atesorado— Froto mis sienes apretando la mandíbula con fuerza y controlo el impulso de NO lanzar la botella a un costado —Hasta parece Karma, ¿no crees?. No importa cuánto luches por quedarte con ello, siempre existe una maldita circunstancia que te lo arrebata de tajo y sin piedad...

Retiro la presión de la botella con mi mano tras sentir el característico primer crujido del cristal, vuelvo mi vista hacia la castaña ocultando que el ardor en mis ojos sea lo menos en qué poner atención de toda mi persona, nuevamente niego con la cabeza y resoplo a los mechones que caen en mi frente del poco peinado cabello —Será mejor que me vaya, no es el momento más adecuado. Lo siento. Cuídate Emily, tienes un aspecto extraño...

De pie del banquito, termino lo poco que sobraba de la cerveza y cierro la cremallera de la chaqueta de piel preparado para dar regreso a la calle.
Christopher O'Dare
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En el fondo no le hizo falta que le respondiese para saber la respuesta.

La sombra en su mirada fue suficiente para conocer la verdad incluso antes de que le llegase, y algo dentro de Emily se retorció dolorosamente porque realmente se había topado con alguien que se sentía igual que ella en esos momentos, que estaba sufriendo lo mismo que ella en esos momentos. Quiso chillarle que no se compadeciese de sí mismo, que no era el único, que no le viniese con esas ínfulas de héroe derrotado por los reveses del destino, pero, ¿quién era ella para exigir nada cuando estaba abatida en el mismo taburete que él, prácticamente, mojando su amargura en cerveza para salir -o quizás para no hacerlo- de la mierda en la que se encontraba ahora? No estaba en posición de darle lecciones de moral a nadie, así que cualquier atisbo murió antes de que pudiese siquiera alcanzarle la punta de la lengua, amarga toda ella como el líquido que estaba bebiendo.

Dio el último trago a su botellín mientras terminaba de escucharle, mirándole de reojo y sintiendo que las heridas de Chris le escocían como si fuesen las suyas propias. Al final, como Desmond decía, todo el mundo era igual de humano, hubiese nacido con cola o no, porque todo el mundo sufría las pérdidas de la misma manera mientras fuesen capaces de sentir un mínimo de amor por los demás. Entendiese perfectamente que las brujas terminasen suicidándose o extirpándose el corazón -de forma metafórica- con el paso de los años. ¿Quién quería sufrir eso una y otra vez de forma consciente? Sólo una loca.

Tú al menos has tenido fuerzas para buscarla —comentó derrotada mientras él se cerraba la cremallera, dirigiendo de nuevo la mirada a la botella vacía— . Yo he venido a ahogarme en el fondo de un bar porque no encuentro energías para ir detrás de alguien que ya no va a volver a mi vida, por mucho que me esfuerce. —Rió con sequedad, con ironía, desgarradoramente. Así era como se sentía, a fin de cuentas, como una tela raída y rota por la mitad cuyos jirones estaban al aire, quizás intentando alcanzarse para recomponerse, quizás eludiéndose a propósito para no sufrir de nuevo— . Debería estar acostumbrada ya, sin embargo, pero supongo que nunca deja de doler el decidir abrir tu corazón una vez más que para que termine hecho una mierda igualmente. Yo tampoco soy una buena compañía ahora mismo, así que por temor a arruinarme la noche no te vayas, Christopher.

¿Dónde estaba la Emily amable, consejera, madura, casi maternal, en la que se había convertido en los últimos años? «Debajo de todos los cascos de cerveza del mes pasado» pensó con amargura mientras apartaba el cristal vacío de ella. Ni siquiera se parecía a la criatura que había sido después de que Jack desapareciese la primera vez, no. Ahora era una mujer deshecha, derrotada. Ni siquiera la noticia de la muerte de su madre le había sumido en la miseria en la que se encontraba en esos momentos. Incluso tenía miedo de acercarse demasiado a Bastian por temor a que él fuese a desaparecer también, pero no podía apartar a su hermano pequeño de ella por propio egoísmo; no era justo para él, que la adoraba. Sin embargo, cada vez que le mandaba un mensaje, el nudo permanecía en la garganta hasta que le llegaba la respuesta. En el fondo quería dejar de llorar, quería dejar de sentirse desgraciada y débil, pero en ese momento no encontraba las energías para hacerlo. Prefería quedarse transformada en esa parodia de persona que era ahora, sarcástica y casi cruel, porque así resultaba menos dañino estar viva.

Quizás lamernos las heridas sea lo único que nos queda ahora... —suspiró— . Pero entiendo que prefieras hacerlo a solas. Ojalá nos hubiésemos vuelto a ver en otras circunstancias en las que no hubiese desaparecido nadie... O nadie hubiese atacado a nadie en mitad de un parque por confundir lo que estaba haciendo. —Le pareció increíble ser capaz de bromear en un momento así, cuando lo único que había salido de sus labios, además de llanto, eran justificaciones o puro veneno. Incluso le sonrió de forma un poco cómplice, porque realmente, ¿ahora qué más daba lo que hubiese sucedido entonces? Llamó a Sully para que le dejase otra cerveza en la barra— . Me beberé la siguiente a tu salud.



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→ DICIEMBRE, JUEVES → 22:00 → TUGURIO CUALQUIERA  → FRÍO (VENTISCA)
Estaba levantando el cuello de la chaqueta para cubrir mi garganta ante lo que parecía una fuerte nevizca en el exterior ya que en el camino al bar con la poca nieve acumulada en las calles era difícil andar sin dar un tropiezo en falso que nos llevara de boca al piso. No podía decidir sí era mejor el helado ambiente de ahí afuera quemando las mejillas o sí una charla a mitad de un buen bar no nos acabara entre lágrimas y remordimientos. No quería ser la víctima. No necesitaba infundir pena para que fuera consolado de alguna manera. Y realmente el alcohol comenzaba a ser buena idea sí nublaba los estúpidos pensamientos que impedían el sueño hasta que el amanecer pasará. ¿Qué más perdía cuando Emily tenía toda la razón?.

Bajo los hombros, no resignado pero sí sabiendo que atravesar la puerta del bar no me llevaría a un mejor lugar que el bar con la compañía de la única persona conocida que entendía exactamente el lacerante dolor de una pérdida tan querida, y suspirando regresé a la barra ésta vez en el banquito junto a ella como no pensando dos veces en pedir una segunda botella de cerveza —No creo que la noche se arruine jamás— Apoyo el codo en la barra observandole más de cerca, agradeciendo en silencio que al menos habláramos con honestidad y sin demasiados rodeos —Al contrario, ambos somos los arruinados con cara de malhechores, sí no te molesta...— Continúo un poco la broma del final pero sin esbozar sonrisa alguna, los pómulos me dolían extrañamos de no sentir la tensión de un entrecejo siempre fruncido. Y al recibir la botella, toco con pequeño choque ambas botellas.

Sí bebes más que yo, podríamos comenzar a hacer cualquier tontería como lanzar dardos a la Diana en esa esquina— Bebo con la misma magnitud que los primeros tragos de la otra, nunca me ha disgustado la cerveza y tampoco soy delicado con las marcas pero esa botella tenía el mejor sabor para olvidar la bilis de las primeras noches. Quitándome la chaqueta para dejarla doblada en el respaldo del banquito, contengo una mueca de los hematomas en mis brazos y espalda que en mi necedad no he curado con algún iriatze pues era todo lo que me distraía del dolor más intenso.

¿Porqué más brindamos aparte de tirar la toalla y maldecir hasta la mosca que no nos deja en paz?— Acerco el platito de botana en medio de nosotros observando de reojo tu cara mientras me llevo un pequeño puñado de las semillas a mi boca. —No me digas, acabamos en lugares como éste por culpa de no saber qué hacer con nuestras vidas— Suspiro encogiendo una vez más los hombros, parecía decepcionado de todo excepto de tener una charla que no rozara la incomodidad de preguntas que siempre lograban despertar recuerdos nada agradables. Sosteniendo la botella en mi mano zurda, repaso las ojeras y arrugas de mi rostro con la mano libre mientras devuelvo la mirada a tus profundos ojos castaños.

Los mundanos creen que existen peores formas de acabar solos pero...— Froto mi nuca, dudando internamente y pensando cómo proseguir la frase sin que se escuche horriblemente depresiva —No sé, a éstas alturas no soy ni la sombra de lo que era antes— Bebo lo que restaba del envase que entrego al camarero justo en el momento que pasaba a limpiar la barra y ahí mismo le pido otra.

Sólo míranos, Em, ¿qué nos han hecho?.

Christopher O'Dare
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When our hearts were broken, we found each other in pain
→ Diciembre, jueves → 22:00 → Tugurio cualquiera  → Helado
El alcohol le llenó la boca helador, pero su amargo sabor no le trajo ninguna nueva sensación. Ya no, después de horas ahí sentada; la primera siempre sabía peor que el resto, porque tenía el regusto del abandono, que le golpeaba en el paladar tan dolorosamente como la realidad en la que se encontraba en esos momentos. Sin embargo en esos momentos sólo aumentó la leve nube que empezaría a poblar su mente poco a poco si continuaba a ese ritmo.

No miró a Chris mientras decidía si quedarse con ella o no; no porque no le interesase, en realidad, sino porque no pensaba intentar convencerle de que se quedase si él no quería. Nadie podía obligarle, y mucho menos ella. Sin embargo sonrió cuando le escuchó sentarse a su lado, preguntándole por qué brindar. Emily alzó los hombros sin decir nada, ¿hacía falta? Podían brindar por tantas cosas, por tanta mierda, o por lo que había perdido, daba exactamente igual. Sólo levantó la botella y se la mostró para indicarle que iba por él antes de beber.

¿Qué nos han hecho? Darnos esperanza, supongo, de que podríamos tener algo que no se nos arrebataría antes de tiempo. Eso es todo. Los mundanos piensan muchas cosas e ignoran otras tantas. Viven en la inopia y son más felices así. Yo era más feliz así.

En realidad era mentira. No había sido más dichosa que cuando había aceptado su propia naturaleza y sus sentimientos por Jack, pero en ese instante sólo podía sentirse desgraciada por haber decidido salir de su caparazón. De hecho, cuando lo pensaba, le hacía sentir rabia contra el mundano que le había obligado a padecer dolor, a querer, a sentir, para luego desaparecer sin avisar. Y ni era justo ni era su culpa, porque él no había querido nada así, y no quería terminar mancillando su recuerdo con un rencor que no debía sentir. Pero estaba tan dolida. Tan destrozada.

No es nuestra culpa, de todos modos —quiso añadir—. No hicimos nada para que terminásemos así. Lo único que podemos reprocharnos es el habernos dejado llevar, pero esto no es nuestra culpa. No te hagas eso, que bastante mierda estamos pasando ahora mismo para añadirnos algo extra.



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→ DICIEMBRE, JUEVES → 22:00 → TUGURIO CUALQUIERA  → FRÍO (VENTISCA)
—Culpa dices...— Apoyo ambos codos en la barra, mirando por encima del hombro tu cabello castaño, exhalaba cuando la nueva botella helaba mis dedos antes de tomar un pequeño trago que dejé a la mitad en el segundo de bajar la botella con una real expresión confusa en el rostro —¿Pero a quién culpamos entonces?, ¿a él y ella por irse?, ¿o quizás a lo que provocó su huida despavorida?— guardo el disgusto para levantar el tono de voz. La amarga y solitaria sensación de estar encerrado estaba debatiendose entre la lógica y esperanza.

—Tal vez sea hora de ahorrarnos el autosabotaje— Dicho un poco más para ella que para mi, reconocía su vista centrada para no perder la concentración y decir lo más elocuente. Acerqué la mano sobre su hombro haciendo un leve apretón apaciguador y en mi otra mano tenía ya una servilleta para limpiarle el muy ligeramente rastro de "suciedad" en la sien.

—He amado a dos personas que han tenido la misma decisión de irse— Le entrego la servilleta con la que limpié su rostro, sonrío irónico sintiendo las arrugas alrededor de los ojos y la frente por causa del estrés —y... Tal vez mi mayor error fue ir demasiado precipitado creyendo que en la segunda vez al proponer matrimonio era lo más...— Me quedo sin palabras cortando la frase con cierta inquietud mientras aparto la botella de mi vista y alcance o temía tomar con la peor de las expresiones. Rendido y agotado. Sostuve el tabique nasal y carraspeo la garganta.

—¿No quieres beber algo más fuerte que cerveza?, todavía podemos usar el billete de 100 en algo de mejor calidad— Insinuo apartando la mirada del frente para ver directo a tus ojos, tal vez avergonzado por el extraño cambio de tema pero no me veía con la capacidad de seguir ése camino sin sucumbir a la ira y maldecir todo con el tonto impulso de golpear lo primero que tuviera a la mano.

Christopher O'Dare
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→ Diciembre, jueves → 22:00 → Tugurio cualquiera  → Helado
Emily volvió a enarcar los hombros, mirándole con cierta pereza.

Es muy humano eso de querer culpar a alguien por algo. A veces las cosas pasan y ya está, y nadie es el culpable, ni tú ni ella, ni él ni yo, porque si nos retrotraemos, ¿cuál es el origen de la culpa? ¿El amor que hizo que naciésemos? ¿El miedo que hizo que mi madre me abandonase y me encerrase en mí misma hasta que apareció Jack? ¿Él por ayudarme a salir? ¿Yo por dejarme? ¿Yo, por decidir amar? ¿O él, por amarme? Lo que se han dado ha sido una serie de casuísticas que nos hicieron atarnos a alguien y ya está. No, ni tú ni yo somos culpables. Culpable será quien nos lo haya quitado de nuestro lado, si no se han ido por voluntad propia. —Reconocer que existía una posibilidad de que Jack la hubiese abandonado a conciencia le revolvió las entrañas, provocándole nauseas, pero pronto desechó esa idea, porque sabía que él nunca le haría algo así sin darle explicaciones. Pero sólo de pensarlo, dolía—. Así que sí, deja de fustigarte. Bastante dolor hemos pasado ya.

El tacto de Chris sobre su hombro fue ardiente, y el roce de la servilleta en su cara, aún más. Estuvo tentada de saltar hacia detrás, darle un golpetazo y gritarle que no la tocase. Que no quería que nadie más volviese a rozarla. Pero había algo en sus ojos, quizás lo mismo que había visto en ella al contemplarse al espejo, que le permitió quedarse pegada donde estaba y consentir aquella estúpida caricia que le dieron ganas de llorar, porque le recordó a la forma en que Jack solía tocarla cuando buscaba provocarle una sonrisa, simplemente, y el corazón le chirrió de dolor.

Lo único que hizo fue apretar la servilleta entre los dedos, y fue a girar el rostro de nuevo hacia el frente, pero entonces Chris dijo la palabra matrimonio y Emily sólo pudo permanecer mirándole con el rostro descompuesto por la sorpresa. Por Dios... ¡pero si era tremendamente joven! ¿Veintitrés, veinticuatro? Casarse... La bruja sintió que las palabras se le atropellaban en la boca, dispuestas a salir como un discurso de que atarse de por vida era una locura cuando aún era tan pronto, pero entonces recordó a su madre, a su marido, y lo poco que solían vivir los nefilims, y su lengua se refrenó. Volvió los ojos para que no leyese la compasión en ellos, porque no quería molestarle, pero la sintió por dentro. Distraída, rompió levemente el papel entre los dedos.  

Cuando escuchó su voz de nuevo le miró, y una risilla irónica le salió de los labios.

¿Mezclar alcohol? Si fuesen otros tiempos te preguntaría si intentas llevarme a la cama. Pero si no te importa que termine vomitando en alguna esquina, la verdad es que me da igual. Te acompañaré. Matarme el hígado aquí o allí, con esto o con aquello, no es tanta diferencia, la verdad. —Apuró lo que le quedaba de cerveza de un trago y la dejó sobre el mostrador. Sentía las mejillas ardientes y la mente algo turbia; quizás por eso sonrió algo más, con los labios rojos hablando de peligro, mientras miraba a Chris. Giró el cuerpo hacia él, cruzando las piernas—. Bien, ¿qué propones?



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→ DICIEMBRE, JUEVES → 22:00 → TUGURIO CUALQUIERA  → FRÍO (VENTISCA)

De pronto la sangre abandonó mi rostro luego de escuchar una muy mala intensión cuando no había sido lo que quería al sugerir cambiar el sabor amargo por algo menos espumoso. Quizás no usé la mejor frase y me daba cuenta ya tarde que lo poco que bebí de cerveza me estaba soltando la lengua de maneras poco oportunas. Aún así, y después de la perturbada escena que pasó por mi cabeza, correspondí leve a la sonrisa que sus hipmotizantes labios me dejaron como bobo pensando muy cuidadosamente cómo actuar.
—Bueno, primero debo asegurarte que no era lo que me proponía...— Insistí con disculpa mientras giraba al mismo ángulo que ella y luego volteaba a ver la cantidad de botellas distribuidas por la repisa tras la barra. Serio al deducir cuál tendría menos efecto por la mañana y la resaca fuera llevadera; esbocé una sonrisa menos forzada luego de que el recuerdo del champagne se quedara más como un bonito momento que algo traumático para corazones rotos.

Supongo que no eres amantes de algo tan fuerte como el Borbón o Whisky— Deduje en alto encogiendo los hombros —Así que mí único consejo y buena compañera es ésa botella de tequila. ¿La ves?. La que tiene el corcho en forma de diamante. Se ve costosa pero apuesto que nos alcanza bien— Hago un ademán pidiendo al Buen Sully su atención para que nos deje dos pequeños vasos tipo brindis, también le sugiero que nos corte un par de limones y más botana porque sí algo he sabido bien es que un alcohólico de ése tipo te da el ansia por comer. Después señalé la botella en cuestión ignorando que el hombre sólo me dirigió una mirada de advertencia y sorpresa al mismo tiempo; posiblemente llevaras más tiempo conociendo el bar y bebiendo pocas cosas además de cerveza pero a mi parecer ya era hora de zanjar todo de una vez por todas.

Dime, ¿prefieres beber a secas sin hablar de nada excepto contar anécdotas o..., tal vez pueda sugerir, ir a esa mesa de billar y/o lanzar dardos?. Quien pierda o gane deberá beber así que... no perdemos nada—Recibiendo la botella que el camarero nos hizo el favor de quitarle el plástico protector al corcho. En ambos vasos sirvió una cantidad razonable del tequila que tenía el característico olor del añejado con su aroma a madera cítrica y además tenía un bonito color cristalino que iluminaba su base.

¿Qué dices?— Sujeté el mío y sonreí mientras tomaba un limón para verter un poco del jugo en mi boca antes de dar un traguito pequeño al alcohol.



Última edición por Christopher O'Dare el Jue Oct 18, 2018 8:55 am, editado 1 vez
Christopher O'Dare
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When our hearts were broken, we found each other in pain
→ Diciembre, jueves → 22:23 → Tugurio cualquiera  → Helado
Emily ahogó una carcajada al ver la expresión que se le había quedado al joven en el rostro. Qué idiota. Mira que pensar que lo decía en serio. Chris siempre había tenido esa cierta ingenuidad que encontraba encantadora, y que no se parecía en nada a la forma de reaccionar que habría tenido Jack. Él se habría puesto rojo y habría farfullado algo, o, de ser una sucesión de tiros, habría dicho algo ingenioso para seguir el juego hasta que diese el momento. Pero Chris se había quedado blanco como la tiza, intentando encontrar palabras para pedir perdón y justificándose por algo que no había llegado a decir en ningún momento.

No tienes nada que disculpar, idiota —respondió con una sonrisa—. No porque sean fuertes, pero no, no me gustan ni el bourbon ni el whiskey. Tampoco soy especial amante del tequila, pero si crees que va a ser buena compañía soy toooodo oídos, Christopher.

De reojo pudo ver como Sully enarcaba una ceja, no demasiado convencido por lo que se estaba montando allí, pero a Emily le dio más bien igual. Nada de lo que le pudiese decir iba a convencerle de que aquello no era una buena idea, y probablemente el camarero era plenamente consciente de ello, por lo que ni siquiera lo intentó. Sólo se dedicó a hacer lo que el nefilim le había pedido despacio, con parsimonia, pero eficazmente, como siempre. Emily jugueteó con la botella de cerveza vacía mientras Chris terminaba de plantearle ideas para acompañar con la bebida.

El olor a tequila lo inundó todo cuando dejaron los vasos hasta arriba al lado de la joven pareja. Emily frunció la nariz al percibir el intenso cítrico, pero acarició el cristal con los dedos como si fuese algo valioso que hacía mucho tiempo que no había visto. La bruja alzó su mirada oscura, centrándola en la azul de Christopher mientras exprimía el limón sobre su boca para proceder a beber. Dibujó un círculo concéntrico sobre la barra de la mesa que se quedó marcado por la humedad del recipiente, y sin hacer uso de la fruta se bebió el lingotazo entero de forma claramente irresponsable. Fue como un tiro para su estómago y para su cabeza; los ojos le lloraron y tuvo que parpadear varias veces para recuperar el equilibrio, que se le había ido a la mierda durante un segundo. Luego miró al nefilim de nuevo, sonriendo con malicia, y le señaló con la cabeza la mesa de billar.

Vamos si quieres. Soy horrible, así que terminaré como una cuba, pero mientras tú pagues...



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→ DICIEMBRE, JUEVES → 22:00 → TUGURIO CUALQUIERA  → FRÍO (VENTISCA)
El pequeño vaso estaba a medio camino de mi boca en el instante que vi esa aventurera acción casi "suicida" de tomar a trancazo tu propio tequila, y bueno, más cara de impresión no podría haber tenido pero ésta misma se fue disimulando con una pequeña risa luego de notar que la obvia dosis de alcohol cegaba por segundos tus ¿5 sentidos?. A decir verdad, era bastante cómico y parecía que estábamos a mano con esa broma de llevarte al colchón ajeno pero no estaba en mi experiencia lidiar con una bruja ebria.

Wow, cuidado con el tequila— Sugiero sonriendo mientras quito del banquito mi chaqueta y sujeto la botella de tequila en la otra mano —No quisiera que comenzaras a lanzar hechizos en lugar de bolas a la cacha— Guiñando el ojo con burla y desafío, tal vez no podíamos evitar ser el par de locos haciendo desastres en el bar pero pasar un buen rato donde enviabamos al Carajo nuestra resentida vida... eso sí que lo podíamos hacer.

En la mesa de billar todo tenía un color llamativo, brillante y nada opaco que cuando había entrado por la puerta y visto desde lejos. No culpaba al alcohol y su efecto de sentirme aligerado con los problemas como preocupaciones; había un pequeño detalle que me hacía adicto al sabor del tequila pese a que con el primer trago es lo ultimo que quisieras beber en la tierra.

Aunque bien, ya junto a la mesa y con la compañía perfecta, decidí que nuestra alocada botella de tequila se quedaría peligrosamente en pie sobre un banquito mientras nuestros vasos serían como la ficha de la buena suerte -llevándolos a todas partes en las manos-.

Preparar las bolas en el triángulo fue cosa de niños, no tenía mucha ciencia, y tomar los "tacos" para comenzar la partida era de lo más sencillo. Sin embargo escoger música en la vieja toca discos ocasionaba distintas y pequeñas discusiones como sí los 80's fueran alguna vez superados por el pop noventero. Vaya debate. O que el rock alternativo estaba en jaque con las grandes bandas como Kiss, Queen, Def Lepard... ¿ACDC?.

No quería ganar en la primera ronda, estaba muy cómodo y divertido en ver cómo tratabas de jugar lo mejor posible sin que yo riera a casi carcajadas. Pero aunque intenté lucirme en una o dos ocasiones, el tequila mezclado con la cerveza ya comenzaba sus buenos estragos haciendo nublar mi extraña puntería tan mala como la tuya. Entonces... sí, cuando menos había visto ya íbamos por la mitad de la botella escuchando música "retro" de los 60's en la selección más randoom de música cuando ni un volado con la moneda nos hizo decidir.

En ése momento estaba reclinado cercano a la esquina superior derecha, apuntaba a la última bola rallada con "precisión" hasta que en el último momento mi rango de visión de fue tontamente a tu posición creyendo que ibas a tomar nuevamente del tequila cuando no había acabado mi turno y ya estaba por reclamar. Fue así como mi tiro ganador se fue con ambas bolas cayendo en la cacha y mi orgullo con ellas por esa distracción tan mala.

¡Eso no es justo!— Reclamé sonriendo y con cara de injusticia infantil. El cabello húmedo por sudor de todo ese calor que provocaba el tequila, me caía sobre la frente y la playera igualmente estaba demasiado húmeda que se pegaba a mi piel contorneando los músculos. —¡Tenemos que repetir la jugada, fue tu culpa!

Christopher O'Dare
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→ Diciembre, jueves → 22:23 → Tugurio cualquiera  → Helado
Emily enarcó una ceja ante el comentario de lanzar hechizos pero no dijo nada, aunque se le pasó por la cabeza darle un zasca en la nuca y recordarle que a las adultas se les hablaba con más respeto. Nunca le había preguntado su edad a Christopher, pero estaba segura de que era más joven que ella. Se dejó caer sobre la mesa de billar mientras él se dedicaba a escoger la música, a preparar las bolas y demás; no recordaba haber jugado nunca con Jack, así que no iba a traerle ningún recuerdo amargo. Cogió la bola blanca cuando estas rodaron por el tapete, observándola como si fuese lo más interesante del mundo, para ponerla donde Chris le indicó que debía de hacerlo antes de empezar.

Tras eso se fueron sucediendo una serie de carcajadas tontas, de maldiciones y de improperios porque era peor que mala. Si llegó a meter al menos tres de las bolas que le correspondían, fue por la gracia divina o por pura chorra, no porque ella consiguiese hacerlo ni siquiera un poco bien. Christopher, sin embargo, se movía con una cierta soltura, a pesar del tequila, que fue bajando lentamente a la par que se sucedían los minutos. El calor que manaba de su propio cuerpo empezó a asfixiarla, y hubo un momento, cuando Chris parecía a punto de ganar, en el que no pudo soportarlo más y, tras quitarse la chaqueta, se giró para dejarla sobre el banco que había dejado al lado del que portaba la botella. Lo siguiente que escuchó fueron las quejas del nefilim que le culpaba de algo; al girarse y ver que la bola blanca había desaparecido tras la otra, Emily bufó, sonriendo entre dientes.

Pf, ¿qué dices? A mí no me vengas a echarme el muerto porque no hayas sido capaz de meter la bola en el hoyo como Dios manda. Si tienes la cabeza ida es tu culpa, niño —rió, quizás un poco más estruendosamente de lo que en otras condiciones lo habría hecho. Afortunadamente nadie les estaba echando demasiada cuenta, salvo el camarero, porque el bar estaba lo suficientemente burbujeante de vida nocturna como para que el leve murmullo de los clientes opacase la mayoría de los sonidos—. Y yo pensando que los nefilims tenían una puntería divina. Boh, qué decepción.

Se acercó al joven y le quitó el taco de los dedos con una sonrisa bastante desafiante, mostrándole los dientes y negando con la cabeza. El pelo se le pegaba a la nuca por el calor, pero en ese momento no le importaba en absoluto. El tequila se le había subido a la cabeza, mezclado con la cerveza, y hacía que todo pareciese menos importante. Incluso se aventuró a quitarse el jersey azul que llevaba, quedándose con una camiseta de tirantes de color negro. Fuera debía de hacer un frío que arreciaba, pero en ese momento incluso esa prenda le sobraba. El ambiente cargado del bar sumado a su propio calor no le ayudaba demasiado.

Sacó la bola blanca de nuevo y la colocó en el punto de inicio, revisando la mesa y decidiendo qué demonios hacer a continuación. De nuevo se le escapó una sonrisa bobalicona de los labios mientras se inclinaba sobre la mesa, apuntando torpemente pero, increíblemente, dándole con la suficiente fuerza como para colar la que había pretendido mover desde un principio.

¡Ja! ¡Chúpate esa, rubio! —exclamó, dando un pequeño saltito—. Nunca subestimes a una bruja.



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→ DICIEMBRE, JUEVES → 22:00 → TUGURIO CUALQUIERA  → FRÍO (VENTISCA)
—¡De acuerdo, de acuerdo!— Acompañé su risa igualmente negando con la cabeza —¿Porqué no me muestras entonces como se debe de hacer?, eso sí, nada de usar Hocus Pocus— No recordaba en qué lugar había escuchado esa frase tan asociada a Halloween cuando los pequeños salían a pedir dulces en todas las avenidas transitables de los barrios, pero definitivamente la imagen de verte con una nariz puntiaguda, caldero y escoba con un gato negro era... bueno... un detalle que me sacó una gran carcajada mientras cedía el taco a ti. Y cruzado de brazos apoyé el costado de la cadera en la esquina contraria de donde te hallabas, esperando hasta que esa frase de victoria salió de tus labios no como una verdadera ofensa sino algo de verdadero placer que me hizo tragar las palabras con una expresión desolada. ¡Había perdido en el juego más básico del mundo!.

—Ah, ¡por el Ángel!— Sujeté mi cabeza con una mano sin creer lo imposible que ocurrió, riendo de nuevo, resignado fui por la botella de tequila y en mi camino de regreso tomé el vaso del que bebía para servir casi hasta el tope del cristal. Junto a ti no me di cuenta a tiempo que posiblemente invadía el espacio personal hasta después de levantar el vaso cercano a mi rostro para hacer el ademán de un brindis con la frente en alto —Por la victoria de la bruja que nunca se debe subestimar— Por encima del vaso observaba tus ojos, concentrado en no perder el equilibrio con el cristal y manteniendo el contacto mientras bebía de un tajo el bendito alcohol que raspó mi garganta tal ácido. Tosiendo y riendo al mismo tiempo, cubría mi boca sin dejar de sonreír y... noté en ése momento una tensión entre nosotros que me dejó pasmado. No lo entendía, era una electricidad vibrante que obligó a mi abdomen contraer como sí me preparara a hacer una emboscada. Percibí una cierta incomodidad que no rozaba el desagrado sino algo extraño. Quería hablar y desaparecer de ése vergonzoso estado peto la campana que "salvaría mi trasero" sería la espantosa voz de un clásico americano que parecía salido de la universidad con su chaqueta de cuero típica de los jugadores de Fútbol americano.

"¡Hey muñeca!, ¿el extranjero te está molestando?, porque no dejas de jugar con él y vienes con mis amigos a beber algo mejor que esa apestosa botella de tequila-"

Al menos fue el cabrón que nos obligó a separarnos y olvidar ése extraño encuentro pero... cabrón al final de cuentas que se había sentado en el banquillo donde tuvimos la botella; en la posición que estaba podría haberle golpeado la entrepierna con el bastón porque sólo se la ocultaba con la magnifica botella de cerveza. Típico imbécil de bar. Ganas no me faltaban de romperle los dientes y comenzaba a irritarme esa sonrisa de suficiencia que nos mostraba.
Yo comenzaba a cerrar los puños mientras dejaba el vaso sobre la mesa de billar.

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When our hearts were broken, we found each other in pain
→ Diciembre, jueves → 22:23 → Tugurio cualquiera  → Helado
La bruja le observó con aspecto orgulloso, apoyando el taco de billar en el suelo y dejándose caer ligeramente sobre él, absolutamente pletórica por haber ganado ese estúpido juego. Siguió sus movimientos con diversión, sin echarle demasiada cuenta al hecho de que cada vez se encontraban más y más cerca el uno de la otra, y soltó una carcajada cundo le oyó toser tras beber. ¡Se lo tenía merecido, por reírse de ella!, y permaneció con la mirada prendida en sus ojos, chispeantes por el alcohol y la falsa felicidad del momento. Ni siquiera recordaba qué hacía allí, o por qué había estado tan triste; había quedado como un dolor sordo que le molestaba en el pecho pero cuyo origen no atinaba a acertar. Sólo podía pensar que realmente Chris tenía los ojos muy celestes, y que estaban muy fijos en ella, y que sus dientes eran muy blancos cuando sonreía. Y 'algo', que no recordaba cuándo había sido la última vez que lo había sentido, se le metió en el vientre y le golpeó con fuerza, como haciendo un poco más difícil el respirar.

Estuvo a punto de decirle 'yo no he sido', aunque no supo por qué, pero una molesta e irritante voz a sus espaldas hizo que perdiese el hilo de sus pensamientos, y tanto la sensación como una idea que le había rondado la cabeza se esfumaron como el humo, perdiéndose en la parte de atrás de su cabeza -¿cuál había sido? qué molesto era cuando sucedía aquello-. Emily enarcó una ceja antes siquiera de girarse hacia el tipo que le había hablado, mirando en la dirección de Chris, aún sintiendo aquel incómodo cosquilleo en la punta de los dedos que le había dejado tan desconcertada, y lentamente fue dándose la vuelta hasta encarar al imbécil que le había hablado como si ella necesitase algo de nadie. Le taladró con sus ojos oscuros, dibujando una mueca que rallaba el desprecio en el rostro, y el primer impulso que tuvo fue reventarle el taco de billar en la cabeza para que le dejase en paz. Bueno, mentira, el primero había sido prenderle en llamas, pero incluso estando borracha, esa idea le pareció pésima para el negocio de Sully, así que descartó ambas.

En realidad quien me está molestando eres tú. ¿Por qué no te largas a gallinearle a alguien a quien puedan interesarle tus plumas y me dejas en paz?

Le hizo un gesto con la mano, y las leves carcajadas que se escucharon a su alrededor fueron las que le indicaron que había gente observando la escena. A Emily le dio igual. Se dirigió a Chris para decirle que mejor se llevaban la fiesta a otra parte porque los tipos como ese eran todos de la misma calaña, pero no le dio tiempo, porque una mano estalló contra su trasero dándole una sonora cachetada. La bruja apretó la madera entre los dedos, y el cómo no reventó en ese momento fue el tercer milagro de la noche.

El cuarto fue que el bofetón con el que le cruzó la cara al idiota no le dejase inutilizada la boca para siempre.

Ni siquiera le había escuchado terminar de acercarse ni las gilipolleces que le dijo, y lo prefirió. Cuando el tipo tiró el taburete con el peso de su cuerpo y terminó sobre el suelo, Sully apareció al otro lado de la barra para impedir que la pelea continuase, y empezó a gritarse cosas con el imbécil y sus amigos. Pronto una caterva de hombres se hubo puesto de pie para apoyar al camarero, y antes de que Emily pudiese darse cuenta estaban llamándola puta mientras le escupían a los pies y se largaban.

Menudos cretinos. —Sully apareció ante ella con los brazos cruzados—. ¿Qué? Espera, ¿me vas a echar a mí? Espero que no porque la siguiente va para ti. —De nuevo risas. ¿Llevarían observándoles todo el rato?

No te echo para siempre, pero creo que deberíais iros ya a casa, niña. —Emily puso un puchero, como una niña pequeña, y estuvo a punto de replicar, pero al final empezó a farfullar cosas ininteligibles y fue a por su ropa, que había terminado desparramada por el suelo. Entonces el barman miró a Chris con ojo crítico—. Asegúrate de que llega sana y salva a su casa.



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When our hearts were broken, we found each other in pain
→ DICIEMBRE, JUEVES → 22:00 → TUGURIO CUALQUIERA  → FRÍO (VENTISCA)
Pero aunque toda mi convicción era golpearle la cara hasta que sangrara por todas sus irritables facciones, una incomoda memoria acudió a mi mente de la noche donde por poco le metía cristales a la boca de un ebrio gordinflon, y de no ser por esa visión me habría abalanzado contra el imbécil sin pensarlo dos veces cuando en realidad no era quien estaba al completo involucrado. Fuiste tú quien cortó de tajo toda esperanza de conquista para el patán mal hablado; y vaya, qué estilo tuviste para callarle la boca de una vez por todas hasta para dejarlo en ridículo con toda la nueva clientela.
Me permití sonreír un poco y bajar la guardia al creer que lo tenías todo controlado y sin ayuda de nadie... Pero iluso yo al imaginar que no habría respuesta de un cabrón como ése.

Ocurrió en segundos.
Primero noté la ira en sus castaños orbes, hirviendo en su sangre el instinto asesino que recordaba haber visto años atrás pero en unos verdes felinos, y ésta vez temía que mis fuerzas no fueran suficientes para controlarla. Después la desagradable nalgada que por mucho fue el acto más vulgar que jamás había presenciado contra una conocida. Y enseguida la más potente bofetada que muy -MUY- en el fondo me dolió. Auch, eso dejaría marca una semana.
Hasta ahí me quedaba totalmente entendido que bruja, loba, hada... o mundana... no tenían que poseer un poder invencible para derrotar a cualquiera que las quisiera herir. Eran totalmente capaces de asesinar al tarado que las ofendiera y... pobre de aquel que las quisiera enfrentar.

Tampoco iba a estar de brazos cruzados en todo el pequeño show, estaba furioso con todo el grupito que seguía al cabrón Alfa e inmediatamente me interpuse contra cualquiera que intentara acercarse a Emily. No la iba a dejar sola en eso. Aquellos idiotas tendrían que pasar por unos bastonazos antes de siquiera tocarnos y sí no entendían entonces el pobre dueño del local terminaría con un bar semi-destruido.
Mientras tanto, con los gritos y el repertorio de palabrotas, impedía que cualquiera avanzara un paso más hacia nuestra posición con algunos empujones de advertencia antes de que de mala manera el buen "Sully" diera su ultimátum no sólo para el grupito sino para todos los involucrados.

"Ah, genial, tratandonos como niños"« Espeté para mis adentros mientras remilgabas con el camarero. Francamente deseaba quedarme aún con las risas de todos los demás burlándose del espectáculo aunque tal vez el dueño tuviera razón. Sobrabamos sí seguíamos en el bar y no saldríamos ilesos de otro altercado con ése grupito de bobos. En fin, se había acabado la fiesta y también la botella de tequila que misteriosamente terminó tirada debajo de la mesa de billar. Qué nochecita.

No es la primera vez que nos metemos en problemas— Encogí los hombros por la mirada del dueño pero hice un asentimiento de cabeza como si hubiera recibido la orden de mi superior —Estará a salvo conmigo... o yo con ella. Llegaremos bien— Insisto al instante que levanto del suelo mi chaqueta un poco mojada de cerveza que le cayó por accidente y después de ponerme la prenda fui hacia la castaña para sujetarle suavemente de los hombros —No podemos quejarnos, tuvimos mejor diversión que una travesía por Central Park.

De acuerdo, no era mi mejor broma pero seguía con el calor del tequila hasta las sienes, y mientras te ponías tu propia chaqueta ayudé para que los cabellos de la nuca no quedaran apresados por la prenda. Sentía que era todo lo que podía hacer para guardar distancia de aquello que me provocaba recordar lo que se sintió estar frente a frente contigo. Comenzaba a confundirme qué era mi imaginación y qué ocurriría de verdad.

Vamos, bruja NO subestimable, encontremos un taxi— Guiñando con el ojo, a tu lado caminé a la puerta hermética del acceso al bar y cuando salimos una fuerte brisa congelada entumeció mis mejillas mientras temblé en reacción a la fría nevizca que caía en esos momentos —¡Dios, vivimos en Alaska!— y juro que fue un movimiento sobreprotector el rodear tu cintura con el brazo, acercarte a mi y dejar a mi propio cuerpo como una barrera deteniendo el viento hacia nosotros. Podía ver mi aliento y todo comenzaba a desvanecerse a la distancia con el blanco de la nieve. Decidí silenciosamente que lo mejor era seguir avanzando por la avenida, rezando porque un piadoso taxi disponible hiciera la parada a un pulgar extendido de la mano que no estaba protegiéndote del frío. Y vaya que tuvimos suerte para encontrar un chofer que orillara el auto a la acera justo antes de congelarnos a mitad de camino con la búsqueda implacable.

Lo que no podía decir que fue un logro era el momento de entrar al auto cuando después de abrir la puerta trasera para dejarte entrar... la nieve en el piso y desorientación por el alcohol jugaron un papel importante para que yo  entrara casi de bruces al auto contigo sobre mi al llevarte con el impulso de la caída. Tan vergonzoso pero tan estúpidamente cómico que comencé a reír escandalosamente y totalmente rendido de que no podía pasarnos otra cosa más improbable en esa noche. ¡Éramos la mismísima ley Murphy en vida!.

¡Oh Raziel!— Seguía riendo, ignorando los comentarios del chofer por acudir al llamado de dos personas ebrias y muy ruidosas, además no podía ni incorporarme en el asiento con nuestras piernas enredadas tal nudo marinero y una completa inestabilidad por el auto en movimiento. Qué milagro tuvo que cerrar la puerta porque yo apenas pude medio sentarme contra la otra puerta a mis espaldas —¡Lo logramos!— Exclamó victorioso con un puño en alto antes de soltar una última carcajada luego de ver tu rostro al que apenas observo por esa melena castaña. Tranquilamente peiné un par de mechones tras tus orejas e hice el mejor esfuerzo por acomodarlo pero mis dedos torpes no hacían el mejor trabajo por lo que en el último intento Sujeté tus mejillas con ambas manos y así pude ver nuevamente esos bonitos ojos castaños —Somos un dúo desastroso, ¿lo notaste?.

Christopher O'Dare
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When our hearts were broken, we found each other in pain
→ Diciembre, jueves → 22:23 → Tugurio cualquiera  → Helado
Se acababa de poner el jersey cuando Chris se colocó a su lado, bromeando estúpidamente sobre su encuentro en Central Park, ante lo cual Emily enarcó una ceja para terminar soltando una carcajada suave, mitad resignación, mitad diversión, mientras negaba con la cabeza y cogía la chaqueta para cubrirse el cuerpo con ella, y en todo momento achacó el escalofrío que había sentido en la nuca cuando los dedos del nefilim le rozaron la piel a que los tenía helados. ¿Por qué se habría estremecido, si no?

Gracias —le susurró una vez hubo acabado. Se agachó para recoger el bolso y se lo echó sobre el hombro, despidiéndose de Sully con la mano tras la estela de Chris.

Ella también lanzó un improperio al sentir el frío helador de la calle en el rostro, pero al mismo tiempo supuso un enorme alivio para el calor que le estaba apabullando desde dentro. Al sentir el roce del brazo sobre su cintura fue a girarse para decirle a Jack que no se pusiese sobón ahí en medio, y al toparse con el rostro del nefilim fue como si algo se rompiese profundamente dentro de ella de nuevo, recordando exactamente qué hacía allí y por qué había terminado en ese bar. Fue como si el efecto anestesiante del alcohol desapareciese, y el brillo en su mirada se apagó mientras la dirigía hacia el suelo, apesadumbrada e increíblemente triste. Se alegró de que Chris no se diese cuenta, e incluso se dejó llevar por su agarre al avanzar, diciéndose que qué más daba; Jack ya no estaba y no volvería a estar, y quiso de nuevo encontrarse en la barra del bar, pero esa vez bebiendo hasta desfallecer.

Entonces un taxi apareció de la nada; Emily no hizo mucho caso de lo que estaban haciendo ni él ni ella misma, pero cuando quiso darse cuenta estaba en una batalla campal contra el nefilim para ver cómo demonios entraban en el vehículo a la vez. La tristeza fue solapada por el desconcierto, y antes de que pudiese pensar si quería o no, se encontró maldiciendo y riendo con el joven, que intentaba de cualquier modo desenredarse de ella. Más tarde no habría podido contar cómo consiguieron quedarse dentro en aquella postura, ni cómo Chris pudo cerrar, ni cómo pasaron el viaje, pero sí recordaría haber pensado en el segundo en el que los dedos de él -helados, congelados- intentaron recolocarle el pelo tras la oreja, que se alegraba de haberle encontrado.

También recordaría, cuando le cogió el rostro con las manos, haber sentido un enorme contraste entre lo caliente de su propio cuerpo, de su cara, y el frío de las manos masculinas, y fue como si de pronto fuese consciente de cada centímetro de piel que estaba pegado al de ella, de lo cerca que estaba, de que el rubio de su pelo variaba de tonalidad dependiendo del mechón, de que sus pestañas eran claras y de que sus ojos no eran tan azules como los de Jack, sino que bailaban de forma acuosa pero brillante.

«Jack se ha ido y no va a volver nunca más.»

Y Chris estaba allí, y era real, y estaba solo, como ella, y triste, como ella. Había visto la sombra del dolor detrás de sus párpados, justo donde lo notaba ella, y había contemplado la desesperanza escrita en sus labios. Se sintió más unido a él que a nadie nunca, ni siquiera a Danny, porque él conocía el infierno del abandono, del desconocimiento del paradero de la persona amada, de la agonía que acompañaba a la rabia sorda que se pegaba a la piel. Y quizás por eso -y porque había bebido más que en muchas noches de su vida- se inclinó sobre él y le besó.

Fue algo corto, fugaz, nacido de un impulso. Sólo le dio tiempo a saborear el alcohol impregnado en sus labios antes de separarse rápidamente y encogerse hacia detrás, contra la puerta de su lado, pidiéndole perdón con cada porción de sí misma. ¿Qué era, una adolescente idiota? Las manos de Chris ya no estaban sobre su cara, pero habían dejado un rastro frío sobre ella que se hizo agradable dentro del calor del coche y encima del que sentía ella. ¿A qué había venido eso? No podía entenderlo. Nunca había pensado en Chris de esa forma, por mucho que le considerase guapo; no recordaba que un rato antes algo líquido, como lava, le había recorrido el cuerpo a su lado. Pero sí sabía que desde siempre había sentido una extraña química con él, aunque hubiesen hablado poco, que de forma natural se llevaban bien y era agradable estar a su lado.

Todo eso pasó por su cabeza los dos segundos en los que tardó en decirle algo después de separarse de su boca, con una sonrisa tímida y temblona.

Desastre es poco. Lo siento —dijo al final, inquieta—. Creo que he bebido demasiado.



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→ DICIEMBRE, JUEVES → 22:00 → TUGURIO CUALQUIERA  → FRÍO (VENTISCA)
Fue como besar tu propio reflejo en el espejo, no captaba la idea de lo que en verdad ocurrió, un momento nos estábamos riendo histéricamente dentro del auto de un chofer desconocido y al siguiente me habías... ¿Besado?. Bastaba con decir que la sangre de mi rostro huyó a mi corazón para bombear con fuerza a toda una reacción contenida. Tenía la mente en blanco, en definitiva no esperaba absolutamente un gesto como ése excepto el que quizás me picaras las costillas por molestarnos igual que en el bar pero... algo dormido en mi interior estaba despertando igual que aquella bella durmiente evitando el sueño eterno sólo que ésta vez en su lugar había un Nefilim con cara de espanto y avergonzado.

Sin embargo me dolió más que decidieras alejarte con extrañas disculpas de las que no podía escuchar por estar ensimismado en la sensación de tus suaves labios sobre los míos y el recuerdo del alcohol en ellos. Qué extraño, tendría que responder algo medianamente coherente y no la frase "tranquila, me pasó hace algunos años algo similar" que tontamente era la ocurrencia más estúpida. No podía decir que nada que me ocurriera en el pasado se pareciera ésta ocasión y todos los sentimientos encontrados que llevaba.

La risa casi infantil de Adeline y su mirada risueña se esfumaron de mis memorias mientras observaba la figura cohibida que se alejaba de mi. Lentamente me senté derecho en el asiento no tocando ni por milímetros el espacio personal que conservas entre nosotros. El taxi ers extremadamente diminuto para un lugar donde huir sí no era saltando por la ventana en una de esas escenas épicas en las películas de acción. —No eres...— Relamí mis labios tragando saliva —Quiero decir, no tienes porqué disculparte.

Y nada. Mi cerebro estaba frito pero no la vibra sacudiendo cada partícula de mi ser y fue esa misma la que me cegó. Quería dejar de sentir el dolor abrazando mi pecho y ése había desaparecido con el primer beso, ¿qué malo pasaría con uno más?.

Tú debes disculparme a mi.— Anuncié antes de acortar la pequeña distancia con una precipitación veloz en nuestros rostros y torso cuando tomé tu cadera entre ambas manos. Qué poderosa fuerza me movía, no lo sabía pero se sentía condenadamente bien acompañar mis labios entre saliva y esencia del exótico tequila. Sentía el calor regresar a mis manos mientras estás recortan la tersa chaqueta de cuero y luego colando las manos por debajo de ella cuando estuviera consciente de no ser alejado ante tal enorme atrevimiento.

Lo deseaba como al manantial que un hombre perdido en las rocosas encuentra cuando su esperanza pendía de un hilo para no rendirse; eras mi salvavidas y el dolor se apagaba como las llamas del incendio. En verdad todo mi cuerpo gritaba por ello y quería que te dieras cuenta dé antes de... seguramente abofetearme como al pobre patán que te dio esa nalgada. Claro que sí tuviera repercusiones no sería solamente un golpecito lo que iba a recibir sí no algo mucho peor.

"¡Hey allí atrás, nada de encuentros amorosos hasta llegar a su destino!" Ése era el reclamo del chofer que conducía entre la 7ma para ir camino al puente Washington. Se dirigía lejos de la zona nocturna aunque se notaba que esperaba una bendita indicación de dónde llevar al par de aventureros calientes.

Después de cortar el beso con esa interrupción, respiraba agitado con los labios un poco resentidos ante el deseo y no sabía sí lo más prudente era continuar o separarme para tomar cada quien el camino a su hogar. En ti dejaba la decisión por egoísta que se escuchara. Parecía que cometimos el error más grande de nuestra vida por una tontería con el tequila.

¿Hacia dónde quieres ir...?

Christopher O'Dare
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→ Diciembre, jueves → 22:23 → Tugurio cualquiera  → Helado
Recordaba esa sensación. Era como un hormigueo en la punta de los dedos que le subía y le bajaba por todas partes, dispersándose por su cuerpo como mil hormigas en su hormiguero. La había sentido años atrás, la primera vez que se había dado cuenta que deseaba a Jack, y que quería acostarse con él. La idea de notar el pulso de ese deseo por otro hombre, tan pronto -¿pronto? ¿cuantos meses llevaba llorándole? ¿tres? ¿cuatro? ¿podía pasar poco tiempo cuando sabías que esa persona no iba a volver?- se le hizo increíblemente raro, y se preguntó si de algún modo no habría estado siempre ahí, y si era el alcohol el que lo había desenterrado.

¿Importaba, acaso?

La bruja le contempló con cautela, intentando calibrar sus reacciones para saber si había metido demasiado la pata o no. Se sentía increíblemente despierta y lúcida, como si no hubiese bebido nada, aunque todo su cuerpo le gritaba que sí. En otras circunstancias se habría reído de la expresión de su rostro, pero en ese momento todo estaba demasiado a flor de piel, casi estremecedor, porque en el fondo su corazón seguía llorando y eso lo sentía como una infidelidad. ¿Pero se puede ser infiel a alguien que se ha ido para siempre? No se movió cuando Chris acortó las distancias, separando sus piernas y hablando entre titubeos, relamiéndose los labios, haciendo que el hormigueo en el cuerpo de Emily fuese más intenso y se reconcentrase en el bajo vientre.

Lo que ya no recordaba era que pudiese sentir tanto calor en un momento. Ni que pudiese anhelar tanto algo que ni siquiera recordaba haber ansiado.

Si el taxista no hubiese hablado -Emily ni recordaba que estaba ahí; desde el momento en que le había besado solo estaban él y ella-, se habría montado a horcajadas encima de las piernas de él y se habría dejado llevar hasta el final. Fue consciente de eso cuando se separaron, y se asustó por la intensidad de aquello. ¿La movía el deseo hacia él o hacia la idea de hacer desaparecer el dolor? ¿Acaso importaba? Emily contempló a Chris con ojos entre ansiosos y asustados porque sentía que el control se le escapaba cada vez más de los dedos y no sabía qué hacer. Le había besado como si no dudase, como si no quisiese otra cosa, como si lo necesitase para vivir. Había bebido de sus labios con furia, jadeado al contacto de sus dedos sobre su piel y había querido entregarse a sus pasiones hasta desvanecerse. Y nunca antes había experimentado nada similar.

Eso la aterrorizaba. Como la aterrorizó que Chris dejase en sus manos la decisión a tomar. Apretó los labios en una fina línea con los ojos perdidos en los de él, incapaz de tragar, incapaz de pensar con claridad. ¿A dónde quería ir? Al infierno, ida y vuelta. Al pasado, a impedir que su madre muriese, que Mishka se marchase, que Danny se esfumase, que Jack desapareciese. Pero volvió al bar, a la sonrisa blanca de Chris y al primer latigazo de deseo que le recorrió el cuerpo ante su cercanía.

Vamos a mi apartamento —susurró, antes de darle al taxista la dirección.

xxxxx

La mano le tembló tontamente la primera vez que fue a introducir la llave en la cerradura, por lo que se maldijo. El alcohol ya no la hacía sentir tan chispeante, sino nerviosa, aunque quizás era porque todo eso sonaba tanto a esa época que no había vivido por ser tan diferente. Cuando la puerta a su casa se abrió suspiró, y dejó pasar a Chris, preguntándose por primera vez si su abuela estaría dentro o no. Tendrían que apañárselas igual.

Estás en tu casa —comentó sonriendo, tímida, mientras cerraba tras de sí. Se dejó caer de espaldas contra la puerta, mirando a Chris con cierto anhelo, cierta ansia, como si en realidad no fuese capaz de creerse nada, que todo desaparecería si apretaba mucho los ojos, y esperó a que él hablase, dijese o hiciese algo.



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→ DICIEMBRE, JUEVES → 23:45 → TUGURIO CUALQUIERA  → FRÍO (VENTISCA)
Rejuvenecer.
Así me aferraba al significado de la palabra mientras combinábamos saliva, aliento y roces entre beso y beso durante el trayecto desde esa zona nocturna en West Manhattan e ir hacia las residenciales del norte donde vivías en el acogedor  apartamento ya no tan desconocido luego de la misión urgente hace ya varios meses atrás en lo que parecía una carrera por supervivencia. El simple recuerdo de dirigirnos a la misma dirección parecía ciertamente cómico ya que en ésta ocasión a voluntad propia y  nuestros propios riesgos de vivir bajo los efectos de sustancias "centellantes" nos hacía ignorar el  qué haríamos la mañana siguiente además de tolerar la inminente resaca.

Me sentía ingenuo y liviano mientras olvidaba porqué el remordimiento se aferraba a mi alma, hasta entonces había cobrado sentido que las noches en desvelo y una botella de Vodka eran esenciales para olvidar el dolor por la pérdida... no obstante, comer y buscar con anhelo el par de labios robando mis penas en el aliento ahogado me encontraban una pasión desbocada que quería saciar cuanto antes y en mayor discreción posible.

Entendí no ser el único exigiendo cariño y tentación no totalmente prohibidos. Podríamos fingir que no lo eran. Separarnos y tomar caminos diferentes, ¿pero dónde diablos estaba el libre albedrío?.
Quería por una ocasión no seguir reglas, ignorar Leyes o Acuerdos, y disfrutar. Permitir disfrutar el deseo.

[...]

Ignoraba la impaciencia volcarse en mi estómago mientras un CLIC liberaba el seguro de la puerta y con ello mi exhalación contenida a la par que observaba el sudor de su nuca castaña esconderse dentro de la chaqueta.

El interior del departamento lucía exactamente como lo había visto en aquella ocasión sólo que ahora vislumbraba algunos detalles extras que me figuraban nuevos como objetos decorativos, fotografías enmarcadas, texturas de los muebles, tipo de color en las paredes, y otros tantos en una rápida revisión como viejo hábito Nefilim. Al entrar, toda una onda de calor abrazador demandaba un respiro a mi cuerpo, quitar la propia chaqueta de cuero en lentos movimientos liberó parte del asfixia pese a ser una bomba de tiempo que apretaba todas mis extremidades pidiendo por más. Mas besos, mas caricias, mas intimidad. Interpreté por el silencio que nos urgía una acción o frase para "romper el hielo" o el ansia aunque nadie nos explicase cuáles eran las reglas a jugar para la pasión de una noche.
Solos o con alguien mas viviendo contigo en el apartamento me era una cuestión del no todo importante, todo lo que anhelaba seguías siendo tú, estática tal pajarito conociendo un basto cielo en lugar de la jaula en oro que te había marchitado, y sonreí enternecido luego de apreciar que recargabas en la puerta tu hermosa silueta tambaleante.

Nunca lo negaría, también estaba nervioso.

Supongo que puedo llamarla así— Hice el comentario bromista un poco cauteloso y sonriendo también; no éramos niños escabullendose de la escuela cerca de la última hora para causar travesuras o un dueto rebelde reprobando las reglas injustas, habíamos llegado por una razón. Y esa misma me incitó a sujetar la cadera con una mano aferrada  a ella demostrando delicadeza y control mientras agachaba la cabeza para recorrer el cuello en húmedos besos y pequeñas mordidas que iban en ascenso de vuelta a tus labios repartiendo atenciones con el uso de la lengua en el interior y exterior sobre ellos. En algún momento solté la chaqueta para ocuparme con ambas manos de quitar la tuya descubriendo zonas de tu piel que deseaba rasguñar ansioso, mis dedos se deslizaban y clavaban ahí entre las contorneadas costillas superiores para avanzar súbitamente al "bajo" de los muslos peligrosamente cercanas de los glúteos en sutiles roces hacia la intimidad.

Contra la puerta, escuché el crujir de madera y metal con llevar todo mi peso hacia a el torso femenino causando fricción prolongada -y posiblemente audible a alguno de los vecinos sí es que nuestra llegada les advirtió de extraños inquilinos con "copas de más"-; impaciente en los segundos que transcurrían al instante cuando se desenfrenó cargar encima de mi cadera el compás de tus piernas. Seguí las indicaciones para llegar a la habitación donde te gustaría culminar, caminé a ciegas y con el debido cuidado de no hacer destrozos durante un trayecto atropellado entretanto reía igual a un niño cometiendo travesuras y esperando no ser atrapado con las "manos sobre la masa".

Christopher O'Dare
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→ Diciembre, jueves → 22:23 → Tugurio cualquiera  → Helado
No se dio cuenta de que había estado aguantando la respiración hasta que Chris se acercó de nuevo a ella y le puso la mano en la cadera, afirmando su agarre sobre su piel, a pesar de que la ropa estaba de por medio. Era como una cabeza más alto que ella, y la miró desde donde estaba antes de agacharse y acariciarle la piel del cuello con los labios y con los dientes, trazando un camino desigual hasta retornar a su boca. El nefilim pronto le hubo apartado la chaqueta con ambas manos, y Emily no tardó en quitarse la gruesa prenda que cubría la fina camiseta que llevaba debajo, única barrera entre él y su piel desnuda. Retornó a su boca despacio, lento, mientras él parecía interesado en contar sus costillas, dibujando trazos en la piel que había sobre ellas. Sus dedos, largos y fuertes, se deslizaron hacia sus piernas, y Emily se estremeció de pies a cabeza cuando Chris la cargó en peso, apretándose aún más contra ella y contra la puerta. Jack estaba en forma y podía mantenerla, pero no eran los brazos de un nefilim, desde luego, que la hacían sentirse como si fuese una mera pluma, presa de la más pura impaciencia. Emily suspiró contra su boca mientras le indicaba hacia dónde podían avanzar, y no pudo evitar reírse un poco, porque era como estar volando, y no sólo por el alcohol.

Entrar en su cuarto fue raro, sin embargo. No porque estuviese hecho un desastre, desordenado, sino porque en realidad no recordaba la última vez que alguien que no era Jack, o Charlie, o su hermano, ponía los pies ahí. Le indicó a Chris que cerrase con cuidado, porque realmente no sabía si Dina estaba allí, y le besó más profundamente, más despacio, como si quisiese beber de él realmente. No se planteó si estaba bien o mal; ya lo haría al día siguiente. En ese momento sólo podía centrarse en su boca, en su olor, en las ganas que tenía de acariciar su piel, y de ser acariciada. Ni siquiera le importaba demasiado la cola, con lo que había supuesto eso para ella, o más bien no le había importado, hasta que se acordó de ella. En ese momento separó su boca de la de él suavemente, lamentándolo, y posó su frente sobre la de él, visiblemente nerviosa. Su cola... Habían pasado meses hasta que había dejado que Jack la viese, pero en ese momento no se sentía tan reticente, aunque le asustaba. Siempre le asustaba.

Mi marca... —dijo al fin, entre susurros— . Me cuesta mostrarla... Nunca me ha gustado mucho... Me... —pareció buscar la palabra adecuada— avergüenza... Pero quiero seguir...Y no sé qué hacer...

Sonaba como una niña pequeña pero es que después de todo, en ese sentido, seguía siendo ese bebé abandonado cuyo primer sonido había sido el grito horrorizado de su madre al contemplar su cola. Ni siquiera se acordaba que en su momento había sido capaz de avanzar poco a poco hasta que se había terminado sintiendo lo suficientemente cómoda como para mostrarse completamente ante él, que había maneras y formas de continuar sin que se sintiese incómoda. Simplemente se sentía nerviosa, como si no existiese otra opción que desnudarse absolutamente o detenerse al borde del precipicio; y Emily no quería detenerse en absoluto, porque el calor que le recorría, la suavidad de los besos del joven estaba siendo sedante y le ayudaba a esconder muy dentro de sí la agonía que se le había instalado en el pecho hacía meses y que no había parecido querer desaparecer.



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Emily Yates
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