29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


01/01 ¡El Staff de Facilis Descensus Averni quiere desearos un muy feliz año 2018!


30/12 - Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada. ¡Detalles aquí!


03/12 - Estimados habitantes del submundo. ¡Los nefilims vuelven a estar disponibles!


30 # 38
23
NEFILIMS
7
CONSEJO
10
HUMANOS
5
LICÁNTRO.
7
VAMPIROS
10
BRUJOS
4
HADAS
2
DEMONIOS
1
FANTASMAS

Recuerdos interrumpidos [Arlissa R. NIghtgale]

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Recuerdos interrumpidos
→ Jueves  → 16:15→ Salón de Entrenamiento → Soleado


Litros de sudor resbalaban por mi piel, mis labios solo eran capaces de producir jadeos de puro cansancio, podía sentir como cada fibra de mi cuerpo gritaba de dolor por el intenso entrenamiento que acababa de realizar en aquella habitación. Decenas de cuchillos serafín incrustados en los diversos muñecos de practica que habían desplegados a lo largo de la sala, el 90% de ellos justo en el centro de sus pequeñas dianas. Una imagen que reflejaba que no había perdido el toque a pesar del paso del tiempo, que seguía conservando aquella eficacia que me caracterizaba en épocas mejores de mi vida. Sin duda las habilidades físicas seguían ahí, puras e intactas, dispuestas a ayudarme en la eterna tarea de la erradicación de esos seres del infierno. Sin embargo, la templanza y el equilibrio que acompañaban a aquella destreza no permanecían en ninguna parte. Parecía que mi parabatai se las había llevado junto a su alma y la sincronía que nos unía a ambos. Percibía que mi mente no estaba ni mucho menos alineada con lo que realizaban mis músculos en cualquier movimiento, como si me hubiese convertido en una maquina sin espíritu que tan solo movía su cuerpo para ejecutar su labor de manera eficaz y limpia.

Una impresión en la que estuve meditando largamente, mientras retiraba todas aquellas cuchillas de los pechos de los muñecos de heno y sólida madera, preguntándome continuamente si en algún momento esas cualidades mentales volverían.  Aptitudes que me habían otorgado una merecida fama entre mis compañeros cazadores, por la pulcritud y efectividad que mostraban mis cacerías respecto al resto. De hecho, más de un camarada me pedía consejo para abordar alguna de sus próximas misiones, como si fuese alguna clase de mentor espiritual o algo así. Pero aquellos tiempos en los que aparentaba sabiduría o destreza estaban muy atrás, tan lejanos como lo estaban la Tierra y el Sol en el espacio. En esos momentos solamente era un cazador mediocre que cumplía su cometido sin expresar demasiada queja, empleando lo que fuese necesario para tal fin, aunque eso supusiera infringir ligeramente los límites establecidos por el Consejo. Aquella panda de blandos que habían dejado atrás su linaje guerrero para convertirse en burocráticos que escribían normas para controlar a los que verdaderamente nos jugábamos el pellejo en el campo de batalla. No obstante, como buen cumplidor de mi deber, acataba sus órdenes, por muy fastidioso que me fuese. Se lo debía a ella y a su memoria, que era lo único que en ocasiones me mantenía en la luz, cuando la oscuridad me tentaba de forma clara.

Con un breve suspiro, acabé de recoger todas aquellas hojas de combate, guardándolas en sus respectivas fundas de piel. Acto seguido, alcé la mirada para contemplar las lanzas de combate que estaban expuestas ligeramente más arriba de los cuchillos, y entonces recordé que eran el arma favorita de mi parabatai. Una evocación que movió mi brazo hacia una de esas armas, y cogerla con firmeza, sintiendo su áspero tacto y su considerable peso en comparación a los cuchillos serafín. En más de una ocasión mi parabatai había tratado de enseñarme a dominar aquella arma tan larga y mortífera, pero por más que lo intentara, era incapaz de acercarme a la destreza que poseían sus delicadas manos de cazadora. Levanté la mirada hacia el cielo por un momento y susurré unas palabras para mí mismo, aumentando el agarre sobre el mango de la lanza. Seguidamente, inicié una serie de ejercicios de calentamiento con aquella fina alabarda, rememorando los movimientos que ella me había enseñado con esmero y paciencia. Y por un momento, sentí como conectaba con su espíritu a través de aquel trozo de madera y metal, advirtiendo el fino tacto de sus manos, el timbre de su voz e incluso el aroma que desprendía su cuerpo en pleno entrenamiento. Todo un cumulo de sensaciones que se rompieron sin previo aviso cuando la puerta del lugar se abrió, eliminando la calma y el silencio que estaban reinando hasta el momento, con mis calmados ejercicios. Giré el rostro para fulminar con la mirada a aquel que había osado en interrumpir mi entrenamiento, y lo que mis ojos hallaron fue a una joven cazadora de glaucos luceros, cargando al hombro su propio material de caza. Una muchacha con unos atributos físicos que debían ser atractivos para cualquiera de sus compañeros nefilim, estaba seguro de que aquella chica no tendría problemas para hallar pretendientes que besaran sus pies al pasar. – Se suele llamar a la puerta antes de entrar a los sitios. Educación básica, vaya. – le reproché en un tono arisco mientras colocaba la lanza en su lugar. Sin cambiar el semblante de molestia en mi rostro, me desplacé hacia la bolsa donde se hallaban mis utensilios de entrenamiento, y comencé a recoger mis pertenencias, ignorando la presencia de aquella bella joven temporalmente.





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Nada más despertarme de mala gana, había tenido una misión algo movidita. Prefería algo así antes que estar sencillamente yendo de un lado a otro por la ciudad sin una misión clara. Nos habían llegado avisos, sin embargo no eran cosas de importancia. Alguna que otra pelea, discusiones o alguna falsa alarma. Todos estaban con los nervios a flor de piel, después de años de estar aquí todavía no teníamos nada claro sobre el paradero de Sebastian. Lo recordaba vagamente de aquella época por haberlo visto con Clarissa. Claramente el mundo de los cazadores de sombras era pequeño, los rumores se extendían con rapidez. Nuestra historia era relativamente corta, que Valentine intentara acabar con los acuerdos claramente que iba a pasar a la historia, junto con la desaparición de la Copa Mortal y su familia. Que esta última apareciera de pronto, claramente, iba a dar que hablar. Todos sabían quienes eran esos adolescentes neoyorquinos que tanto escándalo montaban. Mis padres me habían dicho, que los Fairchild eran conocidos por su pelo de fuego. No tardé en reconocer a esa chica, bajita, llenas de pecas y de cabello rojo. Como tampoco tarde en reconocer a Jace, quien era el mejor cazador de sombras de su generación y su parabatai. Era algo, que a una niña no se le podía pasar por alto. La curiosidad de los niños eran más fuertes que mantener las apariencias. Claramente, todo esto quedó en un plano secundario y más, cuando acto seguido Alacante fue atacada por demonios. Por ello, recordaba vagamente a ese chico de cabello oscuro que iba con la pequeña pelirroja.

La mañana transcurrió con normalidad, desayuné poco y bajo la mirada de mi parabatai, después fui a correr por la ciudad, hasta llegar de nuevo al instituto. Donde me di una ducha, dejando a Aisak en mi dormitorio leyendo uno de mis libros nuevos. Mis padres de vez en cuando me enviaban algún libro antiguo en galés. Como si de algún modo tuvieran miedo que olvidara mi idioma natal. Caminé por los pasillos de aquel enorme pasillo, llevaba unas botas de combate y por dentro de estas los pantalones del equipo. En la parte de arriba, pues llevaba un sujetador y top deportivo, ambos de color negro. Llevaba el cabello atado a una coleta alta, haciendo que cayera en cascada por mi espalda. Se podían observar alguna que otra runa permanente que tenía, las cicatrices de mi oficio y esa gran cicatriz que bajaba por mi costado hasta la parte inferior de mi espalda. Abrí la puerta de la sala de entrenamiento y nada más hacerlo me encontré con la fulminante mirada de un hombre. Enarqué una ceja al escuchar su comentario.
-Cuando la sala de entrenamiento sea privada, en ese momento tocaré antes de entrar. -le aseguré con tono seguro pero neutro. Dejé que la puerta detrás de mí se cerrara.

Dejé mis cosas en el banco, que se resumía en una toalla, una botella de agua y mi cinturón de cuchillos arrojadizos. Primero me puse el cinturón, sentir su peso en las caderas me confortaba y después, me quedé pensando en que hacer exactamente, entrenar con mis armas o intentarlo con las armas que solía usar Aisak. Su favorita era el mangual, pero aceptaba los luceros del alba y los mazos. Para mí sería ligeramente más cómodo usar los luceros, pero conociéndole siempre preferiría el primero. Había aprendido un poco con cada una, pero no era lo mismo. Con un suspiro silencioso, cogí el mangual. El mango era de dos colores, negro en la parte inferior y rojo en la superior, separados por un anclaje de hierro. La vara se unía a la maza por una cadena flexible y de al menos un metro de largo. Si prestabas atención podían ver todas las runas de poder que estaban grabadas en el metal. Pesaba, podía manejarla, pero no estaba acostumbrada a combatir con un arma tan pesada, me acabaría pasando factura. Era algo que tenía que hacer, él era mi parabatai y tenía que aprender por cualquier situación que se presentara. Dejé un espacio considerable con el hombre, que era arto atractivo pero claramente con humor de perros. Estaba familiarizada con esa clase de carácter, por lo que sencillamente le contesté sin darle mucha más importancia. Tampoco me parecía alguien muy mayor, tal vez en la treintena. El asunto era sencillo, si él me dejaba tranquila, yo a él.

Abrí las piernas, colocándome con firmeza, totalmente recta y las piernas flexionadas, cogí la vara con las dos manos, una en la parte superior y otra en la parte inferior. Tenía que mantener la vara y las cadenas rectas en cada movimiento que realizaba. Si lo hacía mal las cadenas se enredaban y eso no serviría para nada. Comencé a girar las cadenas, primero de manera ascendente a mi derecha, movía ambos brazos para facilitar esa línea recta que tenía que mantener. Se escuchaba como la cadena y el mazo cortaba el aire a mi lado. Un susurro tan característico de Aisak y tan raro que yo lo emitiera. Repetí ese ejercicio un par de veces, hasta que cambié para pasarlo por mi espalda y no mantuve la línea, noté como el arma se volvía más pesada y se iba hacia a otro lado. Lo alejé rápidamente de mí para evitar un golpe innecesario. Puse mala cara, iba bastante bien este cuarto de hora entrenando con el mangual.
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Recuerdos Interrumpidos
→ Jueves → 16:15 → Salón de Entrenamiento → Soleado

Rodé los ojos, pasando por alto su pedante respuesta, propia de una joven sin educación e irrespetuosa con los camaradas mayores que ella. Me focalicé en continuar con mi duro entrenamiento, dejando a un lado el tema de la lanza, y centrándome en mi manejo con los cuchillos serafín, en cómo podía mejorar mis movimientos actuales con ellos. Comencé a trazar lentos ejercicios con mis brazos y manos, cerrando los ojos brevemente para fundirme lentamente con aquellas armas bendecidas. Era un pequeño ritual que realizaba para que mi mente se abstrajera de toda distracción, y lograr así un porcentaje mayor de efectividad en cada movimiento que realizara mi cuerpo contra el enemigo que pudiera tener ante mis narices. De hecho, con aquel rito, era incapaz de escuchar cualquier ruido del exterior que no fuese la hoja del cuchillo cortando el viento con su afilado filo, siempre sediento de sangre demoniaca. Enfrascado en aquella abstracción, mis pies iniciaron una pequeña danza alrededor de los objetivos que había a mi alrededor, sin necesidad de que mis ojos los guiasen en ningún momento, percibiendo su presencia a través de los otros 4 sentidos que poseía mi cuerpo. Rápidamente, empecé a eliminar a aquellos elementos de paja y madera que simulaban ser mis enemigos, rasgando sus toscas y huecas cabezas de pura astilla. El sonido de la madera quebrándose guiaba mi hoja con una claridad que en ocasiones llegaba a superar a la de mi sentido de la vista, una gesta que había logrado con duros años de entrenamiento en habitaciones como aquella.

Sin embargo, toda esa quietud que reinaba en las mareas de mi cabeza se quebrarían en solo un instante, al ser agitadas por las ondas de sonido de algún objeto o arma golpeando el suelo de manera violenta y desagradable. Un ruido que abrió mis ojos y quebró el fino hilo que había elaborado entre mis armas y yo, agriándome el rostro considerablemente, al no tener que meditar mucho en la culpable de dicho golpeteo continuo y molesto. Entorné la cabeza levemente para observar momentáneamente a la joven de cabellos castaños que había interrumpido mi ensimismamiento anteriormente, y lo que hallé casi me produce unas tenues carcajadas de burla. No podía creer lo que estaba viendo, una chica con su peso y estatura tratando de dominar un arma tan pesada como lo era el mangual, además de peligrosa si no sabías usarla con la suficiente maestría. Una de la que parecía carecer nuestra amiga, ya que en un par de ocasiones vi rozar la punta de la bola del arma en sus dos pómulos, los cuales estaban en peligro por las imprudencias que estaba realizando con aquel artilugio. Entonces, en aquel instante, me plantee dos cuestiones importantes en cuanto a aquella situación mitad cómica, mitad peligrosa. ¿Debía ayudarla a que no perdiera el rostro o alguna otra parte de su atractivo cuerpo? O, por el contrario ¿Debía dejarla campar a sus anchas y que así aprendiera con la experiencia y los golpes a usar esa arma? Sin duda, sus maneras para entrar en el salón no fueron las más correctas, pero no sabía si quería ver un derramamiento de sangre innecesario en mitad de mis ejercicios diarios.

Así que, con ese pensamiento en los engranajes de mi mente, me acerqué lentamente a su posición, sin dejar que advirtiera en mi posición en lo más mínimo, para evitar interrumpir sus movimientos innecesariamente. Solamente intervendría en el momento justo, en el que vea que sus sesos están seriamente amenazados de ser esparcidos por la tarima del lugar con la esfera puntiaguda del mangual. Y ese instante llegó, he de decir que antes de lo esperado, aquella bola se disponía a aplastar su cráneo de cazadora joven con falta de sensatez. Pero antes de que la cadena realizara todo el recorrido, me interpuse entre la bola y su cara, deteniendo su trayectoria agarrando la cadeneta por un sector en el que toda su fuerza destructiva se vería debilitada. Una vez detenido aquel arriesgado movimiento de cadenas, arrebaté el arma a la joven de su mano, para evitar desgracias mayores y de paso, darle un par de consejos en cuanto al arma. – Antes de poder usar este tipo de armas debes ganar peso y musculatura, sobre todo en brazos y espalda, para poder contrarrestar la fuerza de arrastre que poseen. – la aleccioné devolviéndole el mangual con su cadena enrollada en su mango, con un sencillo gesto de mi mano. – Errores como ese pueden costar la vida a tu parabatai o a cualquiera de tus camaradas nefilim. Ten un poco más de sesera, jovencita. - concluí con voz firme, al mismo tiempo que retornaba a mi posición inicial, con la mirada fija en mis fieles cuchillos serafín, que aguardaban el regreso a las palmas de mis manos, desdeñando cualquier tipo de réplica por su parte.



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Maldije en silencio en todos los idiomas que conocía, hasta el momento había ido bastante bien con él, pero claro. No me gustaba para nada este tipo de armas, en parte me parecían demasiado largas para mí gusto y poco precisas, pero claro, su eficacia dependía de la mano quien la manejara. Después de años me había quedado claro este concepto. Aisak era un experto con este tipo de armas, podrías darle también un mazo o luceros del alba que él podría manejarse a la perfección. En mi casa era mi guadaña por excelencia, lanzas, picas y garrotes, a parte de usar las dagas. Esas eran mis especialidades, podría manejar una arco a la perfección pero no me gustaban. Me sentía más cómoda lanzando los cuchillos, eran como una extensión de mi misma. Miré el mangual por un momento, como si quiera derretirlo con mis miradas de odio o algo parecido, pero rápidamente fue sustituido por resignación. Esto era lo que tenía que hacer. Bien podría acabar por utilizar una piedra como arma, pero, tenía que aprender mínimamente y sin tener estos fallos cuando todavía las fuerzas no me flaqueaban. Esto era parte de ser parabatai. La cogí otra vez y esta vez el fallo fue desde el principio, me incliné hacia un lado y subí la pierna para desviar la bola pero me detuve a medias al ver que el hombre que estaba hasta el momento a su bola había parado el posible golpe. Bajé la pierna escuchando lo que me decía, apreté la mandíbula. En parte preguntándome porque demonios se metía y por otra, porque tenía razón, pero no quería usarlo siempre, así que su comentario era innecesario aunque esto él no lo sabía. Pero claro, el hombre terminó por arruinar todo con su último comentario.
-Si usted tuviera más sesera sabría que el mangual no es mi arma habitual. -dije aceptando el arma con la cadena enrollada. -Precisamente por los puntos que ha dicho. -me daba igual que volviera a su posición inicial.

En estos momentos comprendía el carácter de Aisak. Comprendía porque demonios no le gustaba la otra gente, porque marcaba una línea entre él y el resto del mundo. A veces, por estos motivos lo comprendía absolutamente. Que lo compartiera del todo, no, pero era su parabatai, tenía que pensar yo por su bienestar cuando él no lo hacía. Tampoco necesitaba que un desconocido viniera a darme lecciones de lo que tenía que hacer, de lo que era mejor para mi parabatai o para el resto de cazadores. Que estuviera aquí entrenando no le hacía pensar que precisamente necesitaba mejorar en algo. Sin duda necesitaba tragarse la lengua, pero tenía que relajarme. Si estaba molesta, Aisak lo sabría. Aunque lo que más sintiera era lo físico, siempre algo de nuestro estado de ánimo se filtraba. Era como un cosquilleo en la parte de nuestra runa, era como cuando olías algo y de pronto lo saborearas. Algo tenue, pero claro. Solté la cadena del mango del mangual, sin tener la mínima intención de impedir que chocara contra el suelo de un golpe seco. Un pequeño desahogo que bajo un par de puntos mi enfado. Levanté de nuevo los brazos pero sonó un mensaje de texto en mi móvil. Recogí por inercia el mangual mientras me acercaba a aquel aparato tan mundano. Le eché una ojeada rápidamente al mensaje y enarqué una ceja.
-Hijo de la gran… -solté en galés. Bloqueé el móvil de nuevo. Me puse blanca, comencé a sentir ganas de vomitar. Dejé el mangual en el banco. No comprendía como demonios sabía mi secreto, decírselo a Aisak si no iba a su encuentro a las doce. -Joder. -sentía la adrenalina corriendo por mis venas, el corazón iba a mil por hora. ¿A qué demonios se refería? ¿De verdad se había dado cuenta? No podía permitir eso, tenía que protegerlo. Él era cazador de sombras, si pasaba algo como quitarle las runas eso lo destruiría por completo. Tenía que cumplir mi promesa, tenía que protegerle de todo, incluso de mi misma.

Cogí una lanza de las que estaban preparadas para nosotros. La hice girar casi con aburrimiento, pero estaba claro que no tenía ningún problema en poder hacerlo. Me puse en el centro de mi sección, sin molestar al otro cazador de sombras, que ya me había tocado un pocos la narices pero nada comparado con lo que acababa de recibir. Primero no sabía como demonios había conseguido mi número de teléfono. También como sabía lo que me había esforzado en esconder, no podía ser que alguien lo hubiera descubierto con tan solo un par de palabras intercambiadas. Tenía que deshacerme del nudo de la garganta de encontrarme con ese chico. Aumenté la velocidad de la lanza y comencé a practicar. Separé los un poco los pies, y comencé a girar la lanza. Cortaba el aire con el arma, la pasaba de una mano a otra, la pasaba por detrás de mi espalda y por encima de mis hombros. Giraba sobre mi misma, atacaba a enemigos imaginarios, bajaba la punta de la lanza en diagonal, atacaba con la parte baja, giraba de nuevo y llevando conmigo el arma. Atacaba de manera directa, antes de girar de nuevo yo y la lanza sobre si misma en mi mano. Sentía que la lanza era una extensión de mi cuerpo, no era como el mangual que me costaba manejarlo. Aquello, era diferente. Me movía mucho más segura, sabía lo que tenía que hacer, era como respirar. Aunque lo que manejara fuera una guadaña con la lanza tenía esa seguridad. Cuanto más pensaba en aquel secreto que iba a contarle a Aisak más me cabreaba, no podía amenazar esa seguridad que tenía porque le daba la gana. En un arrebato lancé la lanza, que se clavó toda la hoja en la pared. Observé como todo el arma vibraba antes de detenerse por completo. Me pellizqué el puente de la nariz, tenía que relajarme, tenía que respirar, tenía que protegerlo. Pero primero, tendría que pedirle disculpas al hombre porque había lanzando la lanza muy cerca de él.
-Lo siento, me deje llevar. -no iba a ponerle ninguna excusa, tampoco iba a explicarle.
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