29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del día 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28 # 27
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Recuerdos interrumpidos [Arlissa R. NIghtgale]

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Recuerdos interrumpidos
→ Jueves  → 16:15→ Salón de Entrenamiento → Soleado


Litros de sudor resbalaban por mi piel, mis labios solo eran capaces de producir jadeos de puro cansancio, podía sentir como cada fibra de mi cuerpo gritaba de dolor por el intenso entrenamiento que acababa de realizar en aquella habitación. Decenas de cuchillos serafín incrustados en los diversos muñecos de practica que habían desplegados a lo largo de la sala, el 90% de ellos justo en el centro de sus pequeñas dianas. Una imagen que reflejaba que no había perdido el toque a pesar del paso del tiempo, que seguía conservando aquella eficacia que me caracterizaba en épocas mejores de mi vida. Sin duda las habilidades físicas seguían ahí, puras e intactas, dispuestas a ayudarme en la eterna tarea de la erradicación de esos seres del infierno. Sin embargo, la templanza y el equilibrio que acompañaban a aquella destreza no permanecían en ninguna parte. Parecía que mi parabatai se las había llevado junto a su alma y la sincronía que nos unía a ambos. Percibía que mi mente no estaba ni mucho menos alineada con lo que realizaban mis músculos en cualquier movimiento, como si me hubiese convertido en una maquina sin espíritu que tan solo movía su cuerpo para ejecutar su labor de manera eficaz y limpia.

Una impresión en la que estuve meditando largamente, mientras retiraba todas aquellas cuchillas de los pechos de los muñecos de heno y sólida madera, preguntándome continuamente si en algún momento esas cualidades mentales volverían.  Aptitudes que me habían otorgado una merecida fama entre mis compañeros cazadores, por la pulcritud y efectividad que mostraban mis cacerías respecto al resto. De hecho, más de un camarada me pedía consejo para abordar alguna de sus próximas misiones, como si fuese alguna clase de mentor espiritual o algo así. Pero aquellos tiempos en los que aparentaba sabiduría o destreza estaban muy atrás, tan lejanos como lo estaban la Tierra y el Sol en el espacio. En esos momentos solamente era un cazador mediocre que cumplía su cometido sin expresar demasiada queja, empleando lo que fuese necesario para tal fin, aunque eso supusiera infringir ligeramente los límites establecidos por el Consejo. Aquella panda de blandos que habían dejado atrás su linaje guerrero para convertirse en burocráticos que escribían normas para controlar a los que verdaderamente nos jugábamos el pellejo en el campo de batalla. No obstante, como buen cumplidor de mi deber, acataba sus órdenes, por muy fastidioso que me fuese. Se lo debía a ella y a su memoria, que era lo único que en ocasiones me mantenía en la luz, cuando la oscuridad me tentaba de forma clara.

Con un breve suspiro, acabé de recoger todas aquellas hojas de combate, guardándolas en sus respectivas fundas de piel. Acto seguido, alcé la mirada para contemplar las lanzas de combate que estaban expuestas ligeramente más arriba de los cuchillos, y entonces recordé que eran el arma favorita de mi parabatai. Una evocación que movió mi brazo hacia una de esas armas, y cogerla con firmeza, sintiendo su áspero tacto y su considerable peso en comparación a los cuchillos serafín. En más de una ocasión mi parabatai había tratado de enseñarme a dominar aquella arma tan larga y mortífera, pero por más que lo intentara, era incapaz de acercarme a la destreza que poseían sus delicadas manos de cazadora. Levanté la mirada hacia el cielo por un momento y susurré unas palabras para mí mismo, aumentando el agarre sobre el mango de la lanza. Seguidamente, inicié una serie de ejercicios de calentamiento con aquella fina alabarda, rememorando los movimientos que ella me había enseñado con esmero y paciencia. Y por un momento, sentí como conectaba con su espíritu a través de aquel trozo de madera y metal, advirtiendo el fino tacto de sus manos, el timbre de su voz e incluso el aroma que desprendía su cuerpo en pleno entrenamiento. Todo un cumulo de sensaciones que se rompieron sin previo aviso cuando la puerta del lugar se abrió, eliminando la calma y el silencio que estaban reinando hasta el momento, con mis calmados ejercicios. Giré el rostro para fulminar con la mirada a aquel que había osado en interrumpir mi entrenamiento, y lo que mis ojos hallaron fue a una joven cazadora de glaucos luceros, cargando al hombro su propio material de caza. Una muchacha con unos atributos físicos que debían ser atractivos para cualquiera de sus compañeros nefilim, estaba seguro de que aquella chica no tendría problemas para hallar pretendientes que besaran sus pies al pasar. – Se suele llamar a la puerta antes de entrar a los sitios. Educación básica, vaya. – le reproché en un tono arisco mientras colocaba la lanza en su lugar. Sin cambiar el semblante de molestia en mi rostro, me desplacé hacia la bolsa donde se hallaban mis utensilios de entrenamiento, y comencé a recoger mis pertenencias, ignorando la presencia de aquella bella joven temporalmente.





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Nada más despertarme de mala gana, había tenido una misión algo movidita. Prefería algo así antes que estar sencillamente yendo de un lado a otro por la ciudad sin una misión clara. Nos habían llegado avisos, sin embargo no eran cosas de importancia. Alguna que otra pelea, discusiones o alguna falsa alarma. Todos estaban con los nervios a flor de piel, después de años de estar aquí todavía no teníamos nada claro sobre el paradero de Sebastian. Lo recordaba vagamente de aquella época por haberlo visto con Clarissa. Claramente el mundo de los cazadores de sombras era pequeño, los rumores se extendían con rapidez. Nuestra historia era relativamente corta, que Valentine intentara acabar con los acuerdos claramente que iba a pasar a la historia, junto con la desaparición de la Copa Mortal y su familia. Que esta última apareciera de pronto, claramente, iba a dar que hablar. Todos sabían quienes eran esos adolescentes neoyorquinos que tanto escándalo montaban. Mis padres me habían dicho, que los Fairchild eran conocidos por su pelo de fuego. No tardé en reconocer a esa chica, bajita, llenas de pecas y de cabello rojo. Como tampoco tarde en reconocer a Jace, quien era el mejor cazador de sombras de su generación y su parabatai. Era algo, que a una niña no se le podía pasar por alto. La curiosidad de los niños eran más fuertes que mantener las apariencias. Claramente, todo esto quedó en un plano secundario y más, cuando acto seguido Alacante fue atacada por demonios. Por ello, recordaba vagamente a ese chico de cabello oscuro que iba con la pequeña pelirroja.

La mañana transcurrió con normalidad, desayuné poco y bajo la mirada de mi parabatai, después fui a correr por la ciudad, hasta llegar de nuevo al instituto. Donde me di una ducha, dejando a Aisak en mi dormitorio leyendo uno de mis libros nuevos. Mis padres de vez en cuando me enviaban algún libro antiguo en galés. Como si de algún modo tuvieran miedo que olvidara mi idioma natal. Caminé por los pasillos de aquel enorme pasillo, llevaba unas botas de combate y por dentro de estas los pantalones del equipo. En la parte de arriba, pues llevaba un sujetador y top deportivo, ambos de color negro. Llevaba el cabello atado a una coleta alta, haciendo que cayera en cascada por mi espalda. Se podían observar alguna que otra runa permanente que tenía, las cicatrices de mi oficio y esa gran cicatriz que bajaba por mi costado hasta la parte inferior de mi espalda. Abrí la puerta de la sala de entrenamiento y nada más hacerlo me encontré con la fulminante mirada de un hombre. Enarqué una ceja al escuchar su comentario.
-Cuando la sala de entrenamiento sea privada, en ese momento tocaré antes de entrar. -le aseguré con tono seguro pero neutro. Dejé que la puerta detrás de mí se cerrara.

Dejé mis cosas en el banco, que se resumía en una toalla, una botella de agua y mi cinturón de cuchillos arrojadizos. Primero me puse el cinturón, sentir su peso en las caderas me confortaba y después, me quedé pensando en que hacer exactamente, entrenar con mis armas o intentarlo con las armas que solía usar Aisak. Su favorita era el mangual, pero aceptaba los luceros del alba y los mazos. Para mí sería ligeramente más cómodo usar los luceros, pero conociéndole siempre preferiría el primero. Había aprendido un poco con cada una, pero no era lo mismo. Con un suspiro silencioso, cogí el mangual. El mango era de dos colores, negro en la parte inferior y rojo en la superior, separados por un anclaje de hierro. La vara se unía a la maza por una cadena flexible y de al menos un metro de largo. Si prestabas atención podían ver todas las runas de poder que estaban grabadas en el metal. Pesaba, podía manejarla, pero no estaba acostumbrada a combatir con un arma tan pesada, me acabaría pasando factura. Era algo que tenía que hacer, él era mi parabatai y tenía que aprender por cualquier situación que se presentara. Dejé un espacio considerable con el hombre, que era arto atractivo pero claramente con humor de perros. Estaba familiarizada con esa clase de carácter, por lo que sencillamente le contesté sin darle mucha más importancia. Tampoco me parecía alguien muy mayor, tal vez en la treintena. El asunto era sencillo, si él me dejaba tranquila, yo a él.

Abrí las piernas, colocándome con firmeza, totalmente recta y las piernas flexionadas, cogí la vara con las dos manos, una en la parte superior y otra en la parte inferior. Tenía que mantener la vara y las cadenas rectas en cada movimiento que realizaba. Si lo hacía mal las cadenas se enredaban y eso no serviría para nada. Comencé a girar las cadenas, primero de manera ascendente a mi derecha, movía ambos brazos para facilitar esa línea recta que tenía que mantener. Se escuchaba como la cadena y el mazo cortaba el aire a mi lado. Un susurro tan característico de Aisak y tan raro que yo lo emitiera. Repetí ese ejercicio un par de veces, hasta que cambié para pasarlo por mi espalda y no mantuve la línea, noté como el arma se volvía más pesada y se iba hacia a otro lado. Lo alejé rápidamente de mí para evitar un golpe innecesario. Puse mala cara, iba bastante bien este cuarto de hora entrenando con el mangual.
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Recuerdos Interrumpidos
→ Jueves → 16:15 → Salón de Entrenamiento → Soleado

Rodé los ojos, pasando por alto su pedante respuesta, propia de una joven sin educación e irrespetuosa con los camaradas mayores que ella. Me focalicé en continuar con mi duro entrenamiento, dejando a un lado el tema de la lanza, y centrándome en mi manejo con los cuchillos serafín, en cómo podía mejorar mis movimientos actuales con ellos. Comencé a trazar lentos ejercicios con mis brazos y manos, cerrando los ojos brevemente para fundirme lentamente con aquellas armas bendecidas. Era un pequeño ritual que realizaba para que mi mente se abstrajera de toda distracción, y lograr así un porcentaje mayor de efectividad en cada movimiento que realizara mi cuerpo contra el enemigo que pudiera tener ante mis narices. De hecho, con aquel rito, era incapaz de escuchar cualquier ruido del exterior que no fuese la hoja del cuchillo cortando el viento con su afilado filo, siempre sediento de sangre demoniaca. Enfrascado en aquella abstracción, mis pies iniciaron una pequeña danza alrededor de los objetivos que había a mi alrededor, sin necesidad de que mis ojos los guiasen en ningún momento, percibiendo su presencia a través de los otros 4 sentidos que poseía mi cuerpo. Rápidamente, empecé a eliminar a aquellos elementos de paja y madera que simulaban ser mis enemigos, rasgando sus toscas y huecas cabezas de pura astilla. El sonido de la madera quebrándose guiaba mi hoja con una claridad que en ocasiones llegaba a superar a la de mi sentido de la vista, una gesta que había logrado con duros años de entrenamiento en habitaciones como aquella.

Sin embargo, toda esa quietud que reinaba en las mareas de mi cabeza se quebrarían en solo un instante, al ser agitadas por las ondas de sonido de algún objeto o arma golpeando el suelo de manera violenta y desagradable. Un ruido que abrió mis ojos y quebró el fino hilo que había elaborado entre mis armas y yo, agriándome el rostro considerablemente, al no tener que meditar mucho en la culpable de dicho golpeteo continuo y molesto. Entorné la cabeza levemente para observar momentáneamente a la joven de cabellos castaños que había interrumpido mi ensimismamiento anteriormente, y lo que hallé casi me produce unas tenues carcajadas de burla. No podía creer lo que estaba viendo, una chica con su peso y estatura tratando de dominar un arma tan pesada como lo era el mangual, además de peligrosa si no sabías usarla con la suficiente maestría. Una de la que parecía carecer nuestra amiga, ya que en un par de ocasiones vi rozar la punta de la bola del arma en sus dos pómulos, los cuales estaban en peligro por las imprudencias que estaba realizando con aquel artilugio. Entonces, en aquel instante, me plantee dos cuestiones importantes en cuanto a aquella situación mitad cómica, mitad peligrosa. ¿Debía ayudarla a que no perdiera el rostro o alguna otra parte de su atractivo cuerpo? O, por el contrario ¿Debía dejarla campar a sus anchas y que así aprendiera con la experiencia y los golpes a usar esa arma? Sin duda, sus maneras para entrar en el salón no fueron las más correctas, pero no sabía si quería ver un derramamiento de sangre innecesario en mitad de mis ejercicios diarios.

Así que, con ese pensamiento en los engranajes de mi mente, me acerqué lentamente a su posición, sin dejar que advirtiera en mi posición en lo más mínimo, para evitar interrumpir sus movimientos innecesariamente. Solamente intervendría en el momento justo, en el que vea que sus sesos están seriamente amenazados de ser esparcidos por la tarima del lugar con la esfera puntiaguda del mangual. Y ese instante llegó, he de decir que antes de lo esperado, aquella bola se disponía a aplastar su cráneo de cazadora joven con falta de sensatez. Pero antes de que la cadena realizara todo el recorrido, me interpuse entre la bola y su cara, deteniendo su trayectoria agarrando la cadeneta por un sector en el que toda su fuerza destructiva se vería debilitada. Una vez detenido aquel arriesgado movimiento de cadenas, arrebaté el arma a la joven de su mano, para evitar desgracias mayores y de paso, darle un par de consejos en cuanto al arma. – Antes de poder usar este tipo de armas debes ganar peso y musculatura, sobre todo en brazos y espalda, para poder contrarrestar la fuerza de arrastre que poseen. – la aleccioné devolviéndole el mangual con su cadena enrollada en su mango, con un sencillo gesto de mi mano. – Errores como ese pueden costar la vida a tu parabatai o a cualquiera de tus camaradas nefilim. Ten un poco más de sesera, jovencita. - concluí con voz firme, al mismo tiempo que retornaba a mi posición inicial, con la mirada fija en mis fieles cuchillos serafín, que aguardaban el regreso a las palmas de mis manos, desdeñando cualquier tipo de réplica por su parte.



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Maldije en silencio en todos los idiomas que conocía, hasta el momento había ido bastante bien con él, pero claro. No me gustaba para nada este tipo de armas, en parte me parecían demasiado largas para mí gusto y poco precisas, pero claro, su eficacia dependía de la mano quien la manejara. Después de años me había quedado claro este concepto. Aisak era un experto con este tipo de armas, podrías darle también un mazo o luceros del alba que él podría manejarse a la perfección. En mi casa era mi guadaña por excelencia, lanzas, picas y garrotes, a parte de usar las dagas. Esas eran mis especialidades, podría manejar una arco a la perfección pero no me gustaban. Me sentía más cómoda lanzando los cuchillos, eran como una extensión de mi misma. Miré el mangual por un momento, como si quiera derretirlo con mis miradas de odio o algo parecido, pero rápidamente fue sustituido por resignación. Esto era lo que tenía que hacer. Bien podría acabar por utilizar una piedra como arma, pero, tenía que aprender mínimamente y sin tener estos fallos cuando todavía las fuerzas no me flaqueaban. Esto era parte de ser parabatai. La cogí otra vez y esta vez el fallo fue desde el principio, me incliné hacia un lado y subí la pierna para desviar la bola pero me detuve a medias al ver que el hombre que estaba hasta el momento a su bola había parado el posible golpe. Bajé la pierna escuchando lo que me decía, apreté la mandíbula. En parte preguntándome porque demonios se metía y por otra, porque tenía razón, pero no quería usarlo siempre, así que su comentario era innecesario aunque esto él no lo sabía. Pero claro, el hombre terminó por arruinar todo con su último comentario.
-Si usted tuviera más sesera sabría que el mangual no es mi arma habitual. -dije aceptando el arma con la cadena enrollada. -Precisamente por los puntos que ha dicho. -me daba igual que volviera a su posición inicial.

En estos momentos comprendía el carácter de Aisak. Comprendía porque demonios no le gustaba la otra gente, porque marcaba una línea entre él y el resto del mundo. A veces, por estos motivos lo comprendía absolutamente. Que lo compartiera del todo, no, pero era su parabatai, tenía que pensar yo por su bienestar cuando él no lo hacía. Tampoco necesitaba que un desconocido viniera a darme lecciones de lo que tenía que hacer, de lo que era mejor para mi parabatai o para el resto de cazadores. Que estuviera aquí entrenando no le hacía pensar que precisamente necesitaba mejorar en algo. Sin duda necesitaba tragarse la lengua, pero tenía que relajarme. Si estaba molesta, Aisak lo sabría. Aunque lo que más sintiera era lo físico, siempre algo de nuestro estado de ánimo se filtraba. Era como un cosquilleo en la parte de nuestra runa, era como cuando olías algo y de pronto lo saborearas. Algo tenue, pero claro. Solté la cadena del mango del mangual, sin tener la mínima intención de impedir que chocara contra el suelo de un golpe seco. Un pequeño desahogo que bajo un par de puntos mi enfado. Levanté de nuevo los brazos pero sonó un mensaje de texto en mi móvil. Recogí por inercia el mangual mientras me acercaba a aquel aparato tan mundano. Le eché una ojeada rápidamente al mensaje y enarqué una ceja.
-Hijo de la gran… -solté en galés. Bloqueé el móvil de nuevo. Me puse blanca, comencé a sentir ganas de vomitar. Dejé el mangual en el banco. No comprendía como demonios sabía mi secreto, decírselo a Aisak si no iba a su encuentro a las doce. -Joder. -sentía la adrenalina corriendo por mis venas, el corazón iba a mil por hora. ¿A qué demonios se refería? ¿De verdad se había dado cuenta? No podía permitir eso, tenía que protegerlo. Él era cazador de sombras, si pasaba algo como quitarle las runas eso lo destruiría por completo. Tenía que cumplir mi promesa, tenía que protegerle de todo, incluso de mi misma.

Cogí una lanza de las que estaban preparadas para nosotros. La hice girar casi con aburrimiento, pero estaba claro que no tenía ningún problema en poder hacerlo. Me puse en el centro de mi sección, sin molestar al otro cazador de sombras, que ya me había tocado un pocos la narices pero nada comparado con lo que acababa de recibir. Primero no sabía como demonios había conseguido mi número de teléfono. También como sabía lo que me había esforzado en esconder, no podía ser que alguien lo hubiera descubierto con tan solo un par de palabras intercambiadas. Tenía que deshacerme del nudo de la garganta de encontrarme con ese chico. Aumenté la velocidad de la lanza y comencé a practicar. Separé los un poco los pies, y comencé a girar la lanza. Cortaba el aire con el arma, la pasaba de una mano a otra, la pasaba por detrás de mi espalda y por encima de mis hombros. Giraba sobre mi misma, atacaba a enemigos imaginarios, bajaba la punta de la lanza en diagonal, atacaba con la parte baja, giraba de nuevo y llevando conmigo el arma. Atacaba de manera directa, antes de girar de nuevo yo y la lanza sobre si misma en mi mano. Sentía que la lanza era una extensión de mi cuerpo, no era como el mangual que me costaba manejarlo. Aquello, era diferente. Me movía mucho más segura, sabía lo que tenía que hacer, era como respirar. Aunque lo que manejara fuera una guadaña con la lanza tenía esa seguridad. Cuanto más pensaba en aquel secreto que iba a contarle a Aisak más me cabreaba, no podía amenazar esa seguridad que tenía porque le daba la gana. En un arrebato lancé la lanza, que se clavó toda la hoja en la pared. Observé como todo el arma vibraba antes de detenerse por completo. Me pellizqué el puente de la nariz, tenía que relajarme, tenía que respirar, tenía que protegerlo. Pero primero, tendría que pedirle disculpas al hombre porque había lanzando la lanza muy cerca de él.
-Lo siento, me deje llevar. -no iba a ponerle ninguna excusa, tampoco iba a explicarle.
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Recuerdos Interrumpidos
→ Jueves → 16:15 → Salón de Entrenamiento → Soleado

Inmerso en mis ejercicios, pude escuchar su réplica, en un tono que denotaba una clara molestia, tan solo porque evité que se arrancara la cabeza con aquel mangual. Decidí que debía ignorarle, bastante tiempo me había robado ya sus tonterías de cazadora joven e inexperta. Si quería lastimarse el cuerpo usando un arma inadecuada para su condición física, adelante, que luego no viniese lloriqueando por auxilio. Me concentré solamente en los cuchillos que sostenía en ambas manos, sintiendo su afilado filo rozando la piel de mis manos, con el metal vibrando con cada aspaviento. Se podría decir que era uno con aquellas armas, al ser capaz de sentir de alguna manera el hambre de sangre demoníaca que poseían.

Unos deseos de purificación que se fundían con los míos propios. Si, parece una locura que un cazador sea capaz de alcanzar ese tipo de sinergia con un par de cuchillos serafín de una galería de entrenamiento cualquiera. Pero yo aquella tarde, de alguna forma lo conseguí, gracias a la sangre de ángel que corría por mis venas, que se agitaba cada vez que sujetaba una de aquellas armas. Simplemente había nacido para ser un cazador entre las sombras, un vigía que alejaría a la oscuridad de cualquier mundo posible, aun si eso me costase la vida. Un deber que latía firmemente en todas las fibras de mi ser, como un solo corazón, una responsabilidad eterna.

Con aquellos pensamientos en mente, continué con mi meditación, danzando al son de los cuchillos en una coreografía de batalla que me enseñó mi padre cuando tan solo era un mocoso. Una serie de pasos que me trasladaban a aquella época donde aún desconocía lo que implicaba tener sangre de ángel en mis venas. Un marco de tiempo repleto de felicidad y exento de preocupaciones, donde el sol brillaba todos los días y las noches eran muy cortas. Evocaciones que envolvieron a mi mente con un tupido manto de añoranza y de una calidez que necesitaba como el aire que respiro cada mañana. Un calor que calmaba brevemente todo aquel dolor que reconcomía mi corazón minuto a minuto, una putrefacción que se alimentaba de mis debilidades y de los malos recuerdos. Sin embargo, toda aquella agradable corriente de sensaciones se cortó repentinamente, al activarse mi instinto de supervivencia. Una alarma que se produjo por el inesperado vuelo de una lanza en dirección a mi cabeza, sin comerlo ni beberlo.

Un arma de filo puntiagudo que rozó ligeramente la piel de uno de mis pómulos, antes de darme tiempo a apartarme por completo, infligiéndome un pequeño corte. La sangre comenzó a brotar tímidamente de aquel fino corte, en el mismo instante en el que el arma se incrustaba en la pared que se hallaba enfrente mío. Ocasionando un considerable ruido que acabó de aniquilar la paz que había dominado en aquel rincón hacía unos minutos. Aun pensando en lo que acababa de acontecer ante mis ojos, posé mi dedo índice sobre la incisión en uno de mis pómulos y noté la sangre en la yema de este. Suspiré con fuerza, tratando de mantener la calma, al mismo tiempo que retiraba aquel objeto del muro.  

Sus disculpas por seccionarme una ligera parte de la mejilla me parecieron insuficientes, pero en vez de expresarlo abiertamente, simplemente coloqué el arma en su estantería correspondiente. Acto seguido, me acerqué a la joven con suma tranquilidad y al analizar su rostro en el primer vistazo, detecté un alarmante nerviosismo en las fibras de su rostro. Algo o alguien había alterado las líneas del bonito lienzo que era su rostro. Como si el artista que sujetaba el pincel hubiese tenido alguna crisis nerviosa justo antes de terminar el cuadro. Su tez se había teñido de un color escarlata bastante alarmante, que indicaba que en cualquier momento iba a sacar las tripas al primer ser vivo que se cruzase en su camino. La opción más inteligente hubiese sido abandonar aquella sala y dejar que aquella muchacha se desahogase en la soledad. No obstante, dentro de la irritación que me había hecho atravesar momentos antes, sentía curiosidad por saber que la estaba inquietando tanto. Estaba claro que no era precisamente algo anodino o carente de importancia, viendo la tensión que emitía constantemente su cuerpo.

– No te preocupes. La próxima vez trata de calmarte antes de usar cualquier tipo de arma arrojadiza. - la aconsejé en un tono pausado y tranquilo, tratando de no incrementar más el estrés que se estaba cocinando en aquellas cuatro paredes. -Si lo deseas, puedo enseñarte a usar ese mangual de ahí. Aunque solo sea para evitar que me agujerees el cráneo con esa bola de pinchos. – dije mientras cogía con cuidado el arma y realizaba un par de trucos sencillos con él, sin demasiado esfuerzo. – Puedes aceptar mi ayuda o en combate convertir en queso gruyer al compañero que tengas al lado. Como quieras. -  me encogí de hombros y volví a devolverle el arma en un pequeño lanzamiento. Mientras meditaba su decisión, me senté en uno de los bancos cercanos y empecé a limpiarme el sudor de mi rostro con la toalla que llevaba conmigo todas las tardes a entrenar.
                                                     
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Las cosas se complicaban demasiado, mi parabatai y yo teníamos un carácter difícil. Siempre era yo la que mejor se adaptaba a las situaciones, hasta que rebosaba mi paciencia como era esta vez. También tenía claro que no sería la última vez que pasara una cosa así con él. No soportaba que se largara sin mí, sobre todo porque él no medía las consecuencias de sus actos. Ahora evitaba que le golpearan para que yo no me enterara, cosa que no era mucho mejor. A veces ese chico tenía demasiada imaginación para meterse en líos, por lo tanto no ayudaba que se las ingeniara para no recibir daños. Por eso terminé en la sala de entrenamiento. Comencé con el mangual, la verdad es que era un arma muy diferente a la que estaba acostumbrada. Al entrar me encontré con un hombre, que rápidamente me echo la bronca. Lo ignoré, la sala de entrenamiento estaba abierta para todos los cazadores de sombras. Por lo tanto, no tenía que pedir permiso ni nada por el estilo. Me fui al otro extremo de la sala para entrenar con el arma de mi parabatai, tenía que coger más soltura con ella por si se daba el caso que tenía usarlo. Perdí el control por un momento y casi golpeo al otro cazador, claramente recibí otra reprimenda que ignoré todo lo que pude. No me gustaba los aires que se daba, no parecía tener mucha más edad que yo, solo un poco. Le ignoré por completo y seguí a mi ritmo.

En ese momento recibí un mensaje de texto al móvil. Fue Byron, amenazándome sobre contar mi secreto, una hora y un lugar para reunirnos. Eso consiguió romper mi paciencia, absolutamente. Él rubio no podía estar en serio, no creía que fuera capaz de descubrir nada pero tampoco podía arriesgarme. Me sacaba de quicio, cogí la lanza y comencé a entrenar con ella. Tenía que realizar algo que fuera como respirar, algo que no me hiciera pensar en nada. Ejecuté los movimientos con precisión y sin ningún tipo de problema, me dejé llevar hasta el punto de soltar la lanza. ¿Dirección? Directo contra el hombre que estaba ahí, pasando a su lado para clavarse en la pared. Vi como una pequeña herida aparecía en la mejilla del hombre. Me quedé mirándolo, sacó la lanza de la pared para colocarla en su sitio. Solo le seguí con la mirada maldiciendo haber perdido el control de esa manera, los recuerdos del mensaje de Byron podían con mis nervios. Claramente me disculpé con él, porque esta vez sí debía hacerlo.
-Tal vez es lo que debería hacer. -susurré cuando dijo de golpear a alguien con el mangual sin querer. A lo mejor tenía que hacer eso, darle sin querer a Byron o incluso a Aisak. Me quedé por un momento en silencio considerando esas opciones, el hombre llamó mi atención por mi silencio. -Está bien, enséñame. -sabía que el hombre no podía enseñarme nada nuevo a la hora de postura. Mi postura era buena a la hora de manejar el mangual, mi problema era a la hora de ejecutar movimientos con él. Era un arma con la que no encajaba, sabía lo básico gracias a mi parabatai pero poco más. Siempre me centré en las armas largas o cuchillos arrojadizos, de hecho la guadaña y los cuchillos arrojadizos eran mi especialidad.
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Recuerdos Interrumpidos
→ Jueves → 16:15 → Salón de Entrenamiento → Soleado

Aquella muchacha no mostraba otra cosa que signos claros de molestia y irritabilidad por doquier. Parecía como si estuviese enfrentada contra el mundo de una manera absurda, tan solo porque no le salían las cosas como ella quería. Esa clase de personas no es que me cayeran del todo bien, pero en ese caso en concreto lo toleré como pude, por el bien de mi integridad física. No me apetecía ser dañado por una siniestra bola de pinchos manejada por unas manos inexpertas. El mangual era un arma muy peligrosa en combate, y terriblemente efectiva a corta distancia si se usaba bien, en grupos de numerosos enemigos. Sin embargo, un mal uso de esta arma podía acarrear graves consecuencias para tus propios compañeros, por su extrema peligrosidad. Era un arma que no se debía tomar a la ligera, sin duda. Personalmente, no era un gran experto en la dominación de dicho artilugio. Sin embargo, estaba seguro de que poseía más conocimiento de este que la joven que casi me atraviesa el cráneo con una afilada lanza. Su postura en combate era buena, pero el equilibrio de fuerza que colocaba sobre el arma no era el adecuado, haciendo que esta se saliese de su control, atacando a cualquier lado de forma aleatoria. Un suceso que en un combate real podía costarle la vida a ella e incluso a sus compañeros cazadores.

Sorprendentemente, cedió a ser enseñada en el manejo del artilugio, a regañadientes eso sí. No obstante, tras apreciar el carácter que se gastaba la muchacha, una concesión de tal calibre se asemejaba a una gran victoria. Agarré el mango del mangual con firmeza y me coloqué en una posición donde la chica pudiese observar claramente mis movimientos. – Esta arma es difícil de domar por la fuerza que puede llegar a emitir en el campo de batalla. No es un cuchillo, ni una lanza que puedas domar con facilidad. Es una maldita bola de metal con muy mal genio que puede arrancarte la cabeza de un solo golpe. – comencé a explicarle a medida que iniciaba una serie de movimientos giratorios con la esfera del arma, perfectamente medidos para no causar un accidente o algo parecido. - ¿Ves? Esta esfera debe dirigirse hacia donde tu desees, no al contrario. Tu posición es buena, pero te falta eso, dominar el instinto asesino de esta pequeña. -  continué esta vez golpeando con soltura la cabeza de uno de los muñecos de madera de la sala, convirtiéndolo en un montón de astillas inservibles.

– Equipara tu fuerza muscular con la del arma, y conseguirás que esta no se te vaya de las manos. Y no te olvides de la cadena que sostiene la bola de pinchos. Ya que es muy útil para atrapar a los malos o incluso asfixiarlos si todo falla. – realicé una pequeña demostración de ello envolviendo el cuello de otro de los maniquís de la habitación, y comprimiéndolo con las cadenas hasta destruirlo por completo. – No es mi tipo de arma, prefiero los cuchillos. Pero debo admitir que puede llegar a ser bastante destructiva en las manos adecuadas. En fin, prueba de nuevo con mis consejos, a ver si llegamos a un punto interesante en cuanto a tu maestría con el arma. –  finalicé arrojándole el arma a sus delicadas manos, realizando una conclusiva reverencia de respeto. Acto seguido, retorné al banco donde me encontraba con anterioridad para observar sus ejercicios, con la húmeda toalla a unos escasos metros de mí, la cual utilicé para limpiar el resto de mi sudor corporal.



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