29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del día 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención!¡El Staff os ha preparado una sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


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We don't have to dance. | Morgana la bruja.

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We don't have to dance. | Morgana la bruja.

Mensaje— por Lei Haydn el Miér Abr 04, 2018 12:26 am

We don't have to dance.
→ Sábado → 21:00 → Swan's Gallery of Art.  → Frío
-¡Lei Dennis Haydn!- El grito desquiciado de mi hermana rompió el precioso silencio que se había instaurado desde que mi sobrino-el-culo-inquieto se las había pirado a dormir. - ¡Aaaaargh!- Exclamó Lorelle, nuevamente. Esta vez me debatía entre si había sido un grito o un gruñido de exasperación... quizás un poco de ambos. A lo lejos me pareció escuchar los apresurados pasos de la mayor de los hermanos, Ellette Haydn, recorriendo el pasillo en dirección al salón. Salí de mi cuarto prácticamente volando, no podía perderme la batalla que se iba a librar entre mi hermana la responsable y mi hermana el desastre andante. Me apoyé en el quicio de la puerta, observando el espectáculo sin molestarme en esconder mi sonrisa. - ¿Estás tonta o qué?- Susurró Elle antes de propinarle una colleja a Lorelle. - Deja de gritar de esa forma, ¡por todas las constelaciones! Me vas a despertar al crío.- Agregó antes de dejarle caer otro souvenir en la nuca. - Pe-pero... él ha empezado. Me ha quita-- No pudo acabar pues la mayor la interrumpió. - No quiero excusas, Lory. Lei es idiota, a estas alturas ya deberías conocerlo.

- ¡Por el ángel! - Dije imitando la expresión que solían usar los nefilims, llevándome teatralmente una mano al pecho en un gesto compungido.- Ya veo que me tenéis en demasiada estima. - Las dos mujeres se giraron, dedicándome una mirada asesina. Vale, lo más inteligente que podía hacer era callarme y esperar a que Ellette se acabara de arreglar para irnos a un exposición de fotografía. No sabía cómo podían usar esos artilugios para conseguir esas instantáneas, pero realmente me intrigaba.

Cuarenta y cinco minutos más tarde nos encontrábamos atravesando la puerta de un local que según mi hermana estaba decorado al estilo clásico. Por unos minutos no dije nada, permanecí pensativo mientras trataba de recordar todo aquello que había leído sobre la antigua Grecia un par de años atrás. Reconocí entonces las columnas como corintias, básicamente por el uso de hojas de acanto, que sostenían arcos con múltiples relieves florales que se difuminaban por el techo. Aún me fascinaba como los mundanos podían ser tan ingeniosos como para crear obras tan sublimes y tan imbéciles como para destrozar todo a su paso. Lo que más me llamaba la atención era que toda la estancia era blanca, lo único que tenía color eran las grandes fotografías enmarcadas que vestían las paredes.

De todas las imágenes que había, hubo una que me impactó a tal punto que me quedé embobado admirándola. En ella se apreciaba Central Park completamente nevado y en medio, dos pequeños jugaban. ¿A qué? Ni idea, pero se veían muy felices. - ¿Te gusta? Vamos a preguntar por ella, será mi regalo de cumpleaños.- Murmuró Ellette, agarrando mi antebrazo de manera afectuosa para apoyar su cabeza en mi hombro. Fruncí el ceño, contrariado, y no por la muestra de cariño sino reacio a que mi hermana se gastara su dinero en mis caprichos. No obstante, como no podía ser de otra manera, mi hermana acabó ganando y arrastrándome hasta la muchacha que presentaba la colección. Parecía simpática, y digo parecía porque a un par de metros vi algo que desvió por completo mi atención. ¡Si era la despeluchá! Caminé hasta ella, con aire casual, mientras mi hermana hablaba sobre el precio de la obra con la que en su momento pensé que era la fotógrafa. - A parte de pintar, ¿también te gustan las exposiciones fotográficas?- Me había colocado a su lado y observé el retrato que tenía delante. - No me fulmines con la mirada, vengo en son de paz.


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Re: We don't have to dance. | Morgana la bruja.

Mensaje— por Morgan Bevan el Mar Mayo 15, 2018 3:47 pm

We don't have to dance.
→ Sábado → 21:00 → Swan's Gallery of Art.  → Frío
Vamos, mamá Mo. No pongas esa cara, por favor. Que parece que te estoy obligando a ir al matadero…

Morgan giró el rostro hacia su ahijada mientras mantenía el ceño fruncido y los labios torcidos, sentada en el taxi que estaban compartiendo. Tenía el pelo inusualmente arreglado, los pies bien cubiertos con unos bonitos zapatos que hacían juego con su bolso e iba vestida decentemente, no como la loca excéntrica que vive en un ático, que era como toda la manzana le conocía. A Gwen no le importaba que la asociasen con Morgana la loca -que era como la conocían por allí-, y aunque hubiese sido de otra forma, Morgan no hubiese reculado en su forma de ser o de vestir. Pero esa tarde había claudicado definitivamente, como siempre que había un evento similar.

Desde que las cámaras eran portátiles, Morgan se había aficionado a la fotografía de tal modo que había alcanzado un grado de precisión, de habilidad, que era realmente envidiable. Para ella no era más que un hobby en el que ponía toda su pasión, como la pintura, y nunca había considerado el que sus fotos pudiesen venderse hasta unos cincuenta años atrás, cuando un conocido le había sugerido que era un nicho de mercado para explotar tan bueno como cualquier otro, a pesar de sus reticencias iniciales. Aunque había aprendido a vivir de lo que pintaba mucho tiempo atrás, a Morgan no le gustaba demasiado que la gente contemplase lo que creaba, porque era como contar demasiado de sí misma. Habían preparado una sala, habían seleccionado las mejores fotografías y, para la sorpresa de Morgan, se habían vendido muchas de ellas a precios considerablemente altos. Mucho más que sus cuadros.

Aquel había sido el primero de una larga tradición de exposiciones a lo largo del enorme país en el que ahora vivía. Había adoptado varios pseudónimos por el que se la conocía como fotógrafa, y nunca era su cara la que salía en ninguna parte porque no le apetecía ser el centro de atención de nadie. El último sobrenombre que había escogido era Gwenevere du Lac, y hasta aquel año había sido un viejo conocido suyo, Jannik, quien le había conseguido a gente que se mostrase como su representante en esas ocasiones. Sin embargo, ahora que Gwen era mayor de edad, la joven se había ofrecido para ayudarla en esas cuestiones, no sólo siendo su representante sino encargándose de organizar todo lo que había sido necesario para montar la exposición.

Aquella era la noche de la inauguración, y lo cierto era que había quedado impresionada con las habilidades de su sobrina-nieta, y desde luego pensaba contar con ella mientras pudiese. Pero odiaba que la hubiese convencido para arreglarse así, ya que se sentía realmente fuera de lugar, de sí misma, como si fuese otra persona. Por ello no dejó de bufar durante todo el trayecto para la diversión del taxista, que le preguntó a Gwendolen de dónde había sacado una hermana mayor tan gruñona, y su sobrina había sabido cortarle magistralmente para que no le mandase a la mierda.

Tras llegar se habían separado a la entrada de la sala, bastante bonita, y Gwen se había ido a hablar con la encargada del lugar, dejando a Morgan sola brujuleando entre los cuadros mientras el público iba llegando poco a poco. Nunca dejaría de fascinarle la cantidad de gente que era capaz de convocar su sobrenombre, y siempre le hacía sentirse un tanto pequeña, porque aunque era muy habilidosa y buena en lo que hacía, prefería el anonimato. De ahí a que no se la relacionase nunca con sus obras.

A la hora acordada su ahijada apareció en el centro de la sala, dio las gracias a la gente que había acudido, explicó levemente el tema -era la ciudad de New York a lo largo de las diferentes estaciones del año- y se ofreció a explicar a quien acudiese a ella lo que fuese necesario de las fotos que adornaban las paredes. Había estudiado concienzudamente cada una de ellas y Morgan estaba segura de que sabría interpretarlas correctamente. Eso le dio toda la tranquilidad del mundo para pasearse entre la gente como una más, contemplando su propia obra con el interés de alguien que la descubre por primera vez, analizándola e intentando ver si había forma de mejorar aquellas imágenes.

Estaba detenida frente a una de ellas, la imagen de una esquina de Brooklyn en la que una madre paseaba a su hijo en su carro en plena primavera, cuando una voz conocida le asaltó sin previo aviso. Hacía meses que no se veían, pero la bruja sintió que habría podido reconocer ese tono irritante en cualquier parte, y le fulminó con la mirada en cuanto la posó sobre él, lanzándole la silenciosa advertencia de que la dejase en paz.

Te pediría perdón por no fiarme de que vengas de buenas si de verdad lo lamentase, pero lo cierto es que no lo siento ni un poco. —Se giró de nuevo hacia la fotografía que había estado mirando antes de que le abordase. Recordaba perfectamente cada detalle del día en que la había hecho, y aún así no dejaba de encontrar detalles que podrían haber sido mejorados de haber cogido otro encuadre. Siempre era exigente con lo que hacía, fuese lo que fuese—. El arte es arte en cualquiera de sus expresiones —comentó casi con cariño después de unos pocos segundos, pero sin apartar la vista de la imagen. Supuso que le sería más fácil no mandarle a la mierda si no veía su cara de imbécil redomado—. Es belleza, es armonía y se dibuja a sí mismo, aun cuando no haya pinceles de por medio. Lo que me ha hecho descubrir el paso de las décadas es que si lo aprecias en una de sus formas, eres capaz de sentirlo de cualquier otra. —Entrelazó los dedos en la correa del bolso que llevaba, sintiendo que el pelo limpio y ondulado le pesaba sobre los hombros. ¿Por qué le habría hecho caso a Gwen y se habría dejado peinar? Se sentía extraña con la melena suelta, como si fuese vulnerable. Como si fuese otra. Casi tanto como siempre que veía expuestas sus obras, porque en ellas le mostraba al mundo partes de sí misma que no le gustaba reconocer que tenía guardadas en lo más profundo de su ser. Se giró hacia el hada con la misma expresión de fastidio que parecía ser perenne en su rostro—. Aún me debes una disculpa por haber estado a punto de destrozar mi pintura, pero supongo que por la paz y el bien común puedo dejarlo pasar. A Gwendolen no le haría demasiada gracia que empezase a montar un numerito en medio de la exposición. —Le contempló intensamente con sus enormes ojos azules, como buscando en él sus verdaderas intenciones, aguardando a que le saltase a la yugular a la más mínima para responderle con la misma intensidad—. ¿Y a ti? ¿Te gusta mirar obras ajenas ademaś de intentar destrozarlas?


Última edición por Morgan Bevan el Vie Jun 15, 2018 7:41 pm, editado 1 vez


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Re: We don't have to dance. | Morgana la bruja.

Mensaje— por Lei Haydn el Vie Mayo 25, 2018 11:24 pm

We don't have to dance.
→ Sábado → 21:00 → Swan's Gallery of Art.  → Frío
No la podía culpar por no fiarse de mis intenciones, al fin de cuentas yo era nada más y nada menos que un hada. El pueblo fae tenía la fama de ser volátil, cruel y un gran tergiversador de palabras. En parte diría que nos lo teníamos merecido, ya sabes, eso de que la reputación nos precede. Eso sin tener en cuenta, claro está, la enemistad natural entre su raza y la mía, nos odiábamos y eso era así de claro. Arquée una ceja, esbozando una sonrisa divertida. - Sinceramente yo tampoco me fiaría.- Dije a secas. Fijé mis ojos en la obra, admirándola mientras ella hablaba sobre el arte.

- No estoy del todo de acuerdo.- Dije suavemente, tratando de no resultar brusco. Me pasé la diestra por el cabello, tratando de mantenerlo hacia atrás. - La fotografía es un arte y como tal, lo admiro. No obstante, no la podría comparar a la magnificencia de un cuadro.- Rememoré entonces mi visita en el Metropolitan Museum of Art hacía unas semanas atrás, en cómo las esculturas tenían un acabado tan perfecto que cada pliegue, cada movimiento era tan real como la vida misma. O en cómo los cuadros te hacían volar con tan sólo una imagen. No, no se podía comparar. - Ser fotógrafo tiene mérito, primero, deben saber encontrar el momento perfecto y segundo, qué angulo tomar para poder captar toda la emoción de dicho momento. En pocas palabras, reunir todo el sentimiento en una imagen. - Por acto reflejo, llevé mis manos a los bolsillos del pantalón vaquero.

Llegados a ese punto, no me hubiera sorprendido que la bruja pensase que sólo estaba tratando de llevarle la contraria... pero de perdidos al río. - Sin embargo, un cuadro es mucho más complejo. Para poder plasmarse una situación concreta debes retener ese instante en tu cabeza, recordar cada detalle a la perfección. Luego, esbozar las figuras en el lienzo sin que éstas parezcan un despropósito, para finalmente aplicar la técnica. Es terriblemente complicado.- Desvié mi mirada de la fotografía para echar un rápido vistazo al perfil de la rubia. - Y aún así... aún siendo sólo imágenes, parecen tener vida propia. He llegado a ver miradas que parecían totalmente reales, llenas de miedo, sueños, tristeza, felicidad... No sé, supongo que me gustan más los cuadros pero eso no hace que la fotografía deje de ser impresionante.

Negué con la cabeza repetidas veces, esbozando una mueca alarmada. - No montes escenitas aquí, por favor.- Dije dramáticamente, exagerando mi reacción. - ¿Qué?- Me crucé de brazos enarcando una ceja, sonriendo ladino. - Sí que te pedí perdón, que conste.- Lo había hecho justo antes de irnos Dennis y yo de Central Park, de eso estaba seguro. - Sí, me gusta ver obras ajenas porque yo soy un negado para la pintura. Sólo tengo el don de la música y a veces creo que ni eso... pero ¡bueh! Toco un par de instrumentos. O lo intento, al menos.


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Morgan enarcó una ceja cuando el hada le dio la razón, suspicaz, pero no hizo nuevos comentarios al respecto y se mordió la lengua, recordándose a sí misma que no podía fastidiar la exposición que con tanto entusiasmo había montado Gwen, y que mucho menos podía hacer magia delante de tantísimo mundi suelto. No le apetecía tener un encontronazo con cazadores de sombras, ni esa noche ni nunca, por lo que prefería mantenerse en su sitio, actuando como una más. Estuvo a punto de apartarse de su lado para continuar caminando, ignorándole completamente, poco o nada interesada en lo que pudiese decirle, pero entonces él no estaba de acuerdo con ella, sobre lo que había dicho de los cuadros y las fotografías, y de pronto se encontró sintiendo verdadera sorpresa al escuchar cómo ese subnormal de tres al cuarto era capaz de decir cosas... cosas bonitas, que demostraban que podía llegar a tener sentimientos que no fuesen mezquinos.

Eso casi la dejó sin palabras durante unos segundos, hasta que salió el tema del cuadro que había estado a punto de estropearle, de nuevo, y encontró la capacidad para hilar pensamientos desagradables hacia él, lo que hacía mucho más fácil el proceso.

Claro, seguro que fue una disculpa muy sentida. ¿Cómo no lo habré pensado antes? Y tranquilo, no pienso montar ninguna escena. Gwen me echaría una bronca monumental y no tengo ninguna gana de tener que aguantar las ínfulas de una cría subidita cuando cree que se comporta con más madurez que yo. —Quizás había hablado demasiado, pero su mal genio natural hacía que a veces, y sólo a veces, le costase tener la lengua atada. Y con ese tipo era especialmente fácil mantenerla suelta para hacer cualquier comentario desagradable—. Lamento decir que no estoy dispuesta a comprobar si tus intentos son fructíferos o no, prefiero conservar mis oídos para todos los años de vida que me quedan en este mundo. Y tengo que decirte que discrepo. —Aquel tipejo no estaba desde luego en su lista de personas más valoradas en el mundo, pero el arte era una de sus grandes pasiones y le resultaba fácil hablar de ello casi con cualquier persona. Incluso con ese imbécil que estaba a su lado—. Como persona que se dedica a ambas cosas, que ha probado ambos estilos y que sabe manejar un pincel y una cámara, te aseguro plasmar belleza en cuadro es algo que puede hacer mucha gente, incluso describiéndolo como lo haces. Pero las fotos son... instantes. Son momentos fugaces, como un parpadeo, y si no estás mirando en el momento justo se pierden para siempre, como un sueño. Rara vez la gente pinta de memoria, sino que se busca un modelo, algo que pueda darte una referencia. Pero cuando haces una foto sólo estáis la cámara, tú, y el momento que desaparecerá si no estás ahí para caparlo...

Mientras hablaba, como ida, pasó los dedos por encima del cristal del cuadro, recordando la escena con tanta claridad como si la estuviese viendo de nuevo. La risa del niño, feliz, la expresión de la madre mientras su sonrisa se abría como los pétalos de una flor al sol. Tantas cosas, tantas emociones retenidas en un solo instante que ya no volvería a darse. Tuvo ganas de llorar, pero las contuvo. Odiaba demostrar que era una persona sensible. Recuperó la mano y se la pasó por el rostro para azuzarse los ojos disimuladamente, volviendo a centrarse en la imagen. De pronto la presencia del hada se hizo más notoria que nunca a su lado; su olor le golpeó, no con agresividad, sino con una caricia dulce, y se estremeció porque había sido por su culpa por lo que había mostrado esa parte tan vulnerable de su ser, y le odió un poco por ello. Detestaba que los desconocidos viesen cuánto podía afectarle cualquier pamplina como aquella, y quiso ser mordaz, cruel e hiriente, pero por alguna extraña razón no pudo. Como tampoco encontró palabras para mandarle a la mierda, para decirle que se fuese a molestar a otra, que la dejase en paz, que dejase de hacerle hablar con tanta sinceridad porque lo odiaba.

No podía explicarse cómo había dejado salir esa parte de sí con tanta facilidad frente a ese imbécil. La última vez que se habían visto habían terminado a gritos porque el muy subnormal había estado a punto de mandar su cuadro a la mierda por un rebote estúpido, y ahora, de pronto, se había encontrado abriendo un pedazo de su corazón para que pudiese verlo con total claridad. O al menos así era como se había sentido.

¿No has venido con nadie a quien torturar un rato? —Giró el rostro hacia él mientras se mordía la uña del pulgar, analizando cada pequeño matiz de su blanquecino rostro. No había sido precisamente amable, pero tampoco especialmente desagradable—. ¿O es que estás tan aburrido de darle la lata a la misma gente que hasta has preferido venirte a hablar conmigo?


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