01/05 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echaros un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...


30/04 Aun con cierto retraso, el Staff de FdA no se olvida de sus queridos users <3 Así que por San Valentín os hemos preparado una cosita muy especial. ¡No perdáis tiempo y pasaos por aquí!


29/03 Estimados habitantes del submundo. La limpieza de este mes se hará el día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


26/02 Estimados habitantes del submundo. Atendiendo al hecho de que febrero no tiene treinta días, la limpieza de este mes se hará el día 02 de marzo. ¡Aprovechad los últimos ratitos para postear y no perder color!


28/01 Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada.


01/01 ¡El Staff de Facilis Descensus Averni quiere desearos un muy feliz año 2018!


30/12 - Estimados habitantes del submundo. La limpieza se hará el día 31 de madrugada. ¡Detalles aquí!


03/12 - Estimados habitantes del submundo. ¡Los nefilims vuelven a estar disponibles!


37 # 40
19
NEFILIMS
7
CONSEJO
12
HUMANOS
5
LICÁNTRO.
12
VAMPIROS
15
BRUJOS
7
HADAS
2
DEMONIOS
1
FANTASMAS
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Dom Mayo 20, 2018 7:41 pm por Nicholas Mills


Para conocer a la gente, hay que ir a su casa. || Magnus Bane

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"Conocer el amor de los que amamos, es el fuego que alimenta la vida."

Igual que una exhalación, tan pacífica como un último suspiro, así avanzó el más joven de los Lightwood, suspendido en la invisibilidad mientras su hermano cruzaba a toda prisa la calle. Llevaba su traje de combate pues por la tarde tendría una misión junto a su rubio parabatai. En últimos días las misiones habían ido en aumento por toda la energía demoniaca que se desbordaba desde algunas puertas que nadie parecía conocer. Max percibía la presencia oscura de algo dañado en Nueva York, le causaba cierto escalofrío, que pese a ser un fantasma, lo sentía con total nitidez. Sin embargo, ambos hermanos tenían buenas escapadas, después de todo, su juventud les permitía seguir revoloteando por allí mientras cumplieran con su deber como los cazadores de sombras que eran. Y allí estaba el chiquillo también, involucrándose en las andadas de los mayores, no porque quisiera espiar o algo por el estilo, no, sino, más bien, quería conocer dónde exactamente vivía el Gran Brujo de Brooklyn. Aun recordaba la primera vez en que le había visto, tan gallardo en aquella gabardina oscura, su cabello disparando a todos con total simpatía, y esa agudeza felina que le causo una curiosidad infinita. Casi inmediatamente había corrido a buscar las singularidades de los brujos, incluso, encontró la mejor genialidad del momento; ¡Bane era co-inventor de los portales! Una enorme locura, Max había visto su retrato dibujado hacía tanto, durante mucho tiempo. Ahora sabía que Alec "salía" con ese brujo, un hecho por demás extraordinario.
De muy cerca, observó los pasos de su hermano hasta llegar a la puerta indicada. Ni siquiera tuvo que tocar el timbre, él llevaba una llave. Bien, eso había sorprendido a Max que la boca abrió y las cejas se alzaron tanto que casi tocaban el nacimiento de su cabello. Si, así de sorpresivo había sido aquello. Max llegó hasta allí. Se quedó "parado", escuchando la voz amortiguada de ambos hombres en el interior del departamento. Lo bueno que había sacado de esa carrera de espionaje era la dirección, una vez obtenido eso, se dedicó a deambular por las calles aledañas, una a una para aprender las direcciones y demás, no quería perderse, aunque bien podría regresar al Instituto de solo quererlo.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, llenado por el aburrimiento, Max pretendía regresar al Instituto cuando vio a Alec salir del edificio en su misma caminata rápida. El chiquillo sonrió al ver a su hermano, él sabía lo afortunado que era Bane al tener al hermano mayor de los Lightwood como pareja. Aunque no supiera lo que eso significara, después de todo, todavía era muy pequeño para comprender las relaciones sentimentales. Hasta las de sus padres le era complicado de entender, pese a que habría querido llorar de frustración cuando se enteró que su padre ya no vivía allí, había creído que eran una familia marchita, pero se encontró con la enorme equivocación, lejos de sus padres, estaban todos sus hermanos y ellos unían a todos con más "hermanos", como Clary, Simon y el mismo Bane, a quien venía a conocer.

Pensó la idea de entrometerse a la casa y darle un buen susto al brujo. ¿Eso sería de mal gusto? Probablemente, así que pensando en la cara seria que pondría Alec, decidió que mejor tocaba el timbre. Reunió su energía para materializarse, y sorpresa, no alcanzaba el timbre. Bueno, lo había intentado, ¿no?

Sonrió con cierta picardía, y se coló al interior, igual que "shadowcat" de X-men.

—¿Bane?— llamó, —¿Magnus Bane?— un gato se acercó cuando el chiquillo se materializó en medio de una sala muy colorida y dispar. "Vaya, eso sí que no lo esperaba", extravagante le había llamado Izzy, pero esto era… simplemente era demasiado. Soltó una risita divertida, ahora le parecía un poco gracioso que su hermano se hubiese fijado justamente en él, un brujo, que era un subterráneo, mucho mayor, no quería ni imaginar cuanto, quizá como Calem y tendría 200 años y más aún, que fuese tan fashionista.
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Estaba sumido en uno de mis queridos libros hasta que alguien entró sin llamar a mi apartamento, solo podía ser una persona o alguno de sus allegados, lo cual algo me decía que me tendría que acostumbrar. ¿Qué me hacía gracia? Ninguna, pero dudaba mucho que Alec viera con buenos ojos que convirtiera a su parabatai en un perchero. Sin contar que tras alojar al rubio en mi casa fue una auténtica tortura. Tenía demasiada energía que quemar y un sentido del orden demasiado marcado para mi desorden ordenado. Tenía toda cosa en su sitio, aunque no lo pareciera, me gustaba mi desorden. Incluso al día de hoy me costaba encontrar algunas cosas que Jace había decidido “ordenar”. En este caso, se trataba de Alec. Entró como un rayo, caminando de un lago a otro diciéndome no sé que de la partida de Jace con Clary a Idris. Que comprendía esa escapada, que era necesaria para los dos pero que no era el mejor momento.

En parte Alec tenía razón, no era el mejor momento para una escapada. Sin embargo, había visto a Clary. Su rostro indicaba que necesitaba, como fuere, una escapada de esas. Supongo que su novio lo comprendió, del mismo modo que yo comprendía que Alexander viniera a desahogarse, por lo menos por un rato. Me quedé ahí sentado, con la mano tapando mis labios, como si estuviera ocultando una sonrisa aunque no fuera así. Los demonios se estaban paseando por la ciudad como si fueran Pedro por su casa. Era algo normal, lo anormal es la cantidad que aparecían. Era consciente de todas las llamadas que recibía el instituto y el crecimiento exponencial de los nefilim en el instituto. No creía que suponía mal al pensar que toda esa gente de pronto en el instituto era pertubador para la familia Lightwood, al fin y al cabo siempre han sido ellos solos y ahora más Clary.
-Alexander. -le llamé, este se detuvo al escuchar mi voz. Porque hasta el momento había estado de un lado a otro por el salón de mi departamento. -Tienes razón, no obstante tu mismo has tenido que ver la cara de la pelirroja. -doblé la esquina del libro, una manía que tenía desde que supe leer gracias a los hermanos silenciosos de Madrid. De hecho, tenía este nombre gracias a ellos. No me gustaba meterme demasiado en los asuntos de los cazadores de sombras, sobre todo cuando estos se ponían de estúpidos con sus pensamientos clasistas. De resto, sentía que era inevitable que acabara enredado en sus asuntos. -Yo también hubiera hecho lo mismo contigo si hubieras estado con esa cara todo el día, lo peor es que lo haría sin decirte nada. Abriría un portal, te empujaría y después mandaría una nota de fuego de tu secuestro. -me levanté, cogí su barbilla y lo besé en los labios. -No creo que tarden en volver y menos si tú le dices a ese rubio que vuelva. -le recordé. Los colores de las mejillas del cazador fueran sustituidos por incredulidad algo fingida, pero me dijo que dudaba mucho que nadie pudiera obligar a su parabatai a hacer lo que quisiera. Reí pero no contesté nada más y sencillamente tuvimos una momento para nosotros.

Preparé, bueno en realidad hice aparecer comida china. Mis artes culinarias se podían poner a prueba y bajo unos criterios de otro plano dimensional. Mientras comíamos pensaba en todo lo que estaba pasando, incluso en el ataque hubo en una de mis fiestas. Las cosas se estaban saliendo bastante de madre, lo peor no era eso. Lo peor eran los sueños que tenía por las noches, unos que ocultaba a Alec para no alarmarlo. Él sabía que le ocultaba algo, el pelinegro no era para nada estúpido pero por el momento no me preguntaba nada. También pensé en su relación de parabatai, claramente si él le pedía a mi futuro perchero que volviera, él lo haría. Había vivido demasiados años para saber como funcionaban los parabatais. De pronto, recibió una llamada a su móvil, el chico cambió su rostro relajado por uno en tensión antes de mirarme con una mueca de disculpa. Levanté la mano.
-Lo comprendo. -le corté antes de que pudiera articular alguna palabra. -Vete y llámame si necesitas algo. -lo acompañé hata la puerta y antes de que se fuera profundicé el beso que nos habíamos dado antes. Era más alto que él, disfrutaba de esa diferencia a mi favor. Enredé mis manos en su cabello oscuro por un momento antes de soltarle y dejarle ir con las mejillas encendidas. Contemplé como se iba con una sonrisa estúpida en la cara antes de recoger todo con un chasquido de dedos.

Me metí en la ducha, hoy no tenía ninguna cita de trabajo. Desde el creciente turismo de los demonios mi trabajo había aumentado, todos querían protecciones demoniacas, tratamiento medico debido a las heridas sufridas en combate. Los nefilim tenían a los hermanos silenciosos la mayoría de las veces, en los casos extremos estos indicaban que era mejor la intervención de un brujo. Los subterráneos no tenían a los hermanos para poder curarles desde primera línea. Así que, no tenía desde hace mucho un día tranquilo y que no tuviera nada pensando que hacer no significaba que me llamaran de urgencia. El agua caliente empapó mi piel, relajándola por completo y perdiéndome en los recuerdos de los ojos azules de Alec hasta que escuché una voz en el interior de mi apartamento. Enarqué una ceja, tenía protecciones en mi casa y de las mejores, hechas por mi mismo. No tenía sentido que nadie entrara sin que yo me hubiera dado cuenta. Salí de inmediato, con una toalla en la cintura, mostrando al mundo mi abdomen sin ombligo y mis ojos de gato reluciendo dispuesto a lo que fuera. Al entrar en la sala vi al niño, de cabellos oscuros que era observado por Presidente Miau, toda la posibilidad hostil se estaba yendo por el desagüe del baño.
-¿Max? -pregunté con interés. Sabía que el pequeño de los Lightwood había vuelto, tanto Izzy como Alec me lo habían comentado. Sin contar que una noticia así pasaba desapercibida por el submundo y menos cuando se trataba de un cazador de sombras. Jessamine Lovelace se mantenía en el instituto de Londres protegiéndolo y por ello fue el único que no fue asaltado por Sebastian. -¿Qué te trae a la casa del Gran Brujo de Brooklyn muchacho? -le pregunté, olvidándome por completo que solo tenía una toalla como ropa, y el cabello negro totalmente liso por el agua, cayéndome hasta casi los hombros. -Algo me dice que ninguno de tus hermanos sabe que estás aquí. -sería muy típico, muy típico de un Lightwood.
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Ahora recordaba aquello que tenía tan olvidado. Se reprochó el hecho de que no lo hubiera captado antes, ¡Iglesia no estaba en el Instituto! Menudo olvido el suyo. Jamás había tenido afinidad con el felino, es más, parecía no agradarle nadie. Se tiraba de panza cuando Izzy andaba a su alrededor porque era la primera en regalarle bocadillos, con Alec apenas y aparecía salvo a la hora de la siesta y Jace era, por mucho, su favorito. Sin embargo, con Max mantenían una relación de tira y afloja, el infante no entendía el porqué, pero la bola de pelo arraigaba con gran pasión los sucesos en que la existencia de Max como un bebé berreante que tira cola y retuerce orejas peludas no era la mejor apreciación que podría tenerle al menor de los hermanos Lightwood. Ninguno de ellos se había querido propasar con el gato al grado de querer "bañarlo" en jalea de manzana cerca del nido de hormigas. Sin duda, Iglesia tenía la suficiente dignidad como para lanzarle zarpazos carentes de jugueteo mientras subía las escaleras al invernadero, o revoletear en su ropa oscura que llenaba de miles de pelitos, sacando de quicio al pequeño Max por la picazón. Un gran juego poco divertido es lo que se traían esos dos.

Max sonrió al gato de Bane. El enorme animal parecía más un mapache que un gato, ni siquiera Iglesia estaba tan redondeado como aquel gato, aunque éste tenía una mirada más tranquila y hasta cómica, como si existiera cierto refinamiento en su personalidad. El gato ronroneó mientras se estiraba levantando la cola, Max aprovechó el momento para inclinarse, y tocar la peluda y larga cola con suavidad. Ya no era un niño pequeño que gustaba de "maltratar" a los animales, lo que nunca hizo por mero gusto, salvo con Iglesia a la que mojó desde el pasillo porque aseguraba que montaba turno para cuando él pasara, le rasguñara los tobillos. ¿Y quién sabe? Quizá Max tuviera razón.

El chico levantó la cabeza cuando escuchó al brujo. Ah sí, allí estaba el Gran Brujo de Brooklyn, y no estaba en la forma en que Max esperaba verlo, ¿dónde estaban todos los brillos? Recién ahí pudo notar los rasgos asiáticos que había dilucidado en los libros de Historia de las Sombras, pero que no había logrado ver tan de cerca.

Con total curiosidad y hasta descaro, lo observó a detalle. Su piel del color de la miel caramelizada llamó su atención antes de encontrarse con el hecho obvio de que no poseía ombligo. Antes le había parecido demasiado delgado, pero en realidad tenía un cuerpo bastante atlético, y sí que era tan alto como un árbol, mucho más que su hermano mayor y quizá su padre. Aunado a todo lo anterior, su cabello era largo igual que los nephilim que aún mantenían sangre pura de los nórdicos.

Bastante maravillado, si, así se sentía al regresar la mirada a su rostro cuyas pupilas felinas le observaban entre dorado y verde. Max sonrió encogiéndose de hombros enmudecido por el momento y ligeramente avergonzado por haber hecho un escaneo tan grosero.

—Quería conocerte, Magnus Bane— después de unos segundos, reunió la fuerza para hablar. Y es que la impresión de intimidación le pudo haber quitado el aliento de haber tenido, —es decir, señor Bane— soltó algo parecido a un suspiro que más bien, pareció vapor de aire.

—Y tiene razón, no saben que estoy aquí, nadie puede saberlo— su sonrisa se encogió formando una mueca, —usted, no le dirá a Alec, ¿verdad? — no estaba muy seguro de porqué querría que guardara el secreto de algo como esto, no haría nada malo, ni siquiera sabía la razón de la curiosidad por aquel hombre, ¿qué es eso que quería saber? Max simplemente se había sentido motivado por ir hasta allí y verlo. Quizá se debía al hecho de que era uno de los "grandes".
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Me esperaba encontrar cualquier cosa en mi departamento, no solía poner protecciones en mi propia casa y menos cuando yo me encontraba dentro. ¿Qué estúpido entraría sin previo aviso en la casa de un Gran Brujo? No nos llamaban así por nada, años de práctica y múltiples trabajos nos habían a llevar ese título. Ragnor Fell es el Gran Brujo de Londres, Malcolm Fade el de los Ángeles, Catarina prefería quedarse al margen y trabajar en un hospital a pesar de ser una gran bruja. No la culpaba, de hecho admiraba su determinación. Era una de las mejores sanadoras que había conocido, incluso yo teniendo todas las habilidades que tenía no podía alcanzar la dulzura de esa muchacha con sus pacientes. Por suerte ahora podía trabajar como enfermera en los hospitales mundanos y ayudar a aquellos que la medicina mundana no podían. Claramente no podía hacerlo con todos, porque incluso a nosotros, los Brujos, se nos podían escapar algunas cosas. La muerte era la muerte, por muchos hechizos de nigromancia que existieran. Por eso mismo, nunca pensé que nadie estuviera tan loco o fuera tan estúpido para entrar sin ser invitado antes. A no ser que fuera una fiesta, en esos casos ya no estaba en mi mano quien entraba o quien salía, más o menos.

Lo que vi en mi salón me sorprendió. Era un muchacho pequeño, de unos nuevos años de cabellos negros como alas de cuerpo y unos grandes ojos grises. Era el pequeño de los Lightwood, era consciente de como lo habían pasado todos después de lo sucedido en Idris, también era conocedor de que había vuelto de los cielos. Los fantasmas se quedaban en la tierra por un simple motivo, por deudas, fueran ciertas o solo creencias de ellos mismos. Max, por lo que tenía entendido de Alec, es que fue al cielo y después bajó de nuevo por algún motivo. No entré en ningún tipo de detalle, tampoco pregunté por mucha curiosidad que tuviera. Mi novio era todo un manojo de sentimientos, por lo que no mencioné nada sobre la presencia de su hermano y el posible significado. El niño al verme me dedicó una mirada arriba abajo, al fin y al cabo no era raro. Acababa de salir desnudo, excepto por una toalla, a su encuentro y era un niño, por muy fallecido que estuviese y era el hermano pequeño de mi nefilim. Seguramente esta no era una de las mejores impresiones que podía causar, aunque claro, no era la peor tampoco. Le pregunté que hacía en mi casa, el muchacho contestó con rapidez.
-Llámame Magnus. -le dije inmediatamente. No quería imaginarme la cara de todos sus hermanos al escuchar al pequeño de ellos llamarme Señor, a parte de que me hacía sentir ridículamente viejo, que lo era, pero no hacía falta meter el dedo en la yaga. Enarqué una ceja al escuchar su petición. -¿Por qué todos los Lightwood acaban haciendo conmigo lo que quieren? -pregunté más a mí mismo que al muchacho, ya que por un momento me sumí en mis pensamientos. Chasqueé los dedos y la toalla fue sustituida por unos pantalones cómodos de marca verdes brillantes, como la hierba seca. Cogí la toalla que se había quedado flotando para pasármela por el pelo para secarlo. -No le diré nada a tus hermanos. -le prometí sentándome en mi sillón. -¿Querías conocerme por algo en particular? -le pregunté con interés. -No todos los días me viene a visitar el hermano fantasmal de mi novio. -no me solían gustar las sorpresas, estaba claro que con algunas no podía molestarme porque eran demasiado inocentes para sufrir mi mal humor, a no ser que fuera como Alec cuando era pequeño que era repelente. Y pensar que me había enamorado de ese enano. -¿Y por qué quieres ocultarlo de tus hermanos?
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Pensó en todas las veces que su madre le había mencionado la cortesía. Max no prestaba mucha atención a ello, lo único que le distraía la atención de mantener la cabella en los libros, eran los entrenamientos de sus hermanos, y la comida, por obvias razones. Simplemente asintió a eso, prefería llamarlo como todos en casa, aunque en presencia de su madre se comportaría menos confianzudo con el brujo, estaba seguro que ella no lo tomaría muy feliz. Aun parecían existir reservas sobre las relaciones de sus hermanos, y Max no quería poner barreras a todo ese asunto.

Definitivamente no era buena idea abrir la boca cual caricatura cuando se ve por vez primera un verdadero acto de magia. Reemplazar la toalla por pantalones, era sin duda, la mejor manera de cambiarse de ropa. Hubiese sido bastante útil esa hazaña para Max, pues de pequeño significó todo un dolor de cabeza hacer que se pusiera la ropa en lugar del pijama. Él estaría encantado de poder hacer aquello, siempre y cuando no afectara a su naturaleza nefilim, lo que era muy ilógico, puesto que para hacerlo debía ser un brujo; y no es que no le simpatizara la idea, pero no se veía siendo algo más que un cazador de sombras, bueno ahora, todo un fantasma.

El chiquillo ensanchó la sonrisa intentando imaginar por qué habría dicho eso el subterráneo. Bien sabido era, —gracias a Isabelle—, que el brujo había saltado en auxilio en cada situación que lo ameritaba, solo porque involucraba a su hermano mayor. Max se había mostrado verdaderamente agradecido por tener a personas que pudieran anteponer los intereses de su familia por sobre los suyos, y no es como que entendiera esos conceptos como total madurez, pero sabía algo acerca del amor, lo conocía tan estrechamente porque nunca había recibido nada que no fuese eso.

—En realidad no—, admitió caminando hacia el sillón, se deslizó con suavidad sin quitarle la vista de encima, su sonrisa curiosa se mantenía mientras se encogía de hombros, —bueno, como verá, soy un niño— como un hecho obvio se señaló, —o al menos así es como me ven todavía, y piensan que necesitan protegerme, pese a que estoy muerto — soltó una risita, — y tengo “prohibido”— hizo las comillas en el aire, —salir del Instituto. Además, no creo que a Alec le guste mucho la idea de que esté aquí, importunándole— Max calló para pensar en esa última palabra, nunca la había utilizado y no estaba seguro de que estaba siendo usada de forma correcta.

Frunció el ceño pensando de prisa.

—Y estaba mintiendo al decir que no hay nada que necesite de usted, quiero decir, de ti Magnus— le resultó ridículo que no pudiera quitarle el mote, —quiero que me ayudes a buscar a alguien que me enseñe a usar la posesión, no sé de más cosas como yo, fantasmas… Jessamine Lovelace no era alguien muy comprensiva, y jamás existió empatía para que pudiera pedirlo, como sea, ¿crees que un demonio podría… podría enseñarme?— claramente el chiquillo le había dado vueltas a ello, él había pensado en un Hijo de la Parca para tal misión pero los demonios también poseían esa capacidad de dominio sobre otros, Max creyó que podría ser medianamente factible, pues para tener tal habilidad significaba que no se trataba de un demonio menor; así que para ello se necesitaba de alguien experto, y el Gran Brujo de Brooklyn era el indicado.
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Sabiendo de quien se trataba el intruso, y sin duda alguien menor de edad y hermano de mi novio, consideré que lo mejor era ponerme algo de ropa aunque solo fuera los pantalones. Así lo hice, con un chasquido de dedos me puse unos pantalones cómodos para andar por casa, dejando mi torso al descubierto. Muchos podrían decir que tampoco era adecuado, pero teniendo en cuneta que era mi casa, hacía lo que se me daba la real gana. Ante mi comentario sobre su familia, el pequeño sonrió todavía más. A la única criatura que vi crecer con regularidad fue a Clarissa, por ello le tengo un especial cariño. Se notaba que en sus venas corría sangre de cazadora y de artista, en ninguna de sus visitas paraba quieta, solo cuando se entretenía analizando algo de mis cuadros o los títulos de mi estantería. Le había explicado muchas cosas, no obstante, todo eso daba igual porque no iba a recordar nada cuando saliera de mi casa. Esto era lo que quería la madre, y yo no podía hacer nada por mucho que intentara convencerla de que lo mejor era dejar de hacer esos hechizos. Al fin y al cabo, le estaba arrebatando una parte de su naturaleza, por mucho que la entendiera, era lo que era pero yo hacía por lo que me pagaban. Por mis años ya sabía que de una manera u otra las cosas iban a explotar. Explotaron, sin duda y de la manera más bélica posible.

Le pregunté el motivo de su visita. Los niños eran niños, eso sin duda, siempre se movían por su curiosidad. Si el niño solo quería conocerme por estar en una relación con su hermano mayor, lo entendería totalmente pero algo me decía que ese no era el caso, por lo menos no era solo por eso. Los años te hacían un experto al ver las expresiones y gestos de la gente, aunque a veces bien podrían engañarte. Ante mi pregunta, Max negó que su visita era por otro motivo. Observé como el pequeño se sentaba a mi lado en el sofá mientras que yo me secaba el pelo con la toalla, atento con mis ojos de gato a cada uno de sus movimientos.
-Yo me encargo de tu hermano si se pone muy sobreprotector, no te preocupes por él. -escuchar las palabras de Max eran como una dosis de realidad. Sabía perfectamente cual era su condición, al parecer sus hermanos al tenerlo de vuelta lo trataban como si siguiera vivo. A pesar de que él mismo sabía cual era su condición. Un muerto, muerto estaba. -Y deja de tratarme de usted. Creo que se puede decir que somos familia. -ahí estaba, mi vena de querer proteger a todo ser que me pareciera indefenso, y más cuando era mucho más pequeño que yo. Al final el muchacho admitió que necesitaba algo de mí. Abrí los brazos, en un gesto de disponibilidad. -Soy todo oídos. -le aseguré. No podía hacer otra cosa por el pequeño que estaba sentando a mi lado. Escuché su petición y por un momento me quedé mirándolo, pasaron unos segundos. Si hubiera tenido una copa en la mano me hubiera atragantado con lo que sea. Me separé del respaldo del sofá. -¿Me estás pidiendo que invoque a un demonio para que te enseñe a poseer? -le pregunté por si mis oídos de ocho siglos se hubiera ido al traste en menos de un segundo. Me pellizqué el puente de la nariz, para después apartarme el cabello de la cara. -Max, invocar a un demonio es peligroso. -le aseguré, también estaba el hecho de que era ilegal para La Clave, esto también podría decírselo pero claro, esa ley era una de las que más me había saltado por un motivo u otro. -Ante tu pregunta, no voy a invocar a un demonio para que te enseñé eso. Sus posesiones son distintas a las de un fantasma. -Lo mejor es convocar a un fantasma y que te ayude, y con Jessamine… Siempre servirá hacerle halagos, -le informé. -aunque claro, esta táctica sirve al 100% si fueran mayor. Parece ser un exacto, un chico de su edad o mayor atractivo. Jess nunca fue boba. -dije más para el aire que para el muchacho. Recordé a ese muchacho rubio atado en una silla de tortura, rodeado de vampiros dispuestos a desangrarle.
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