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Words... how little they mean when you're a little too late. || Ems ♥

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Words... how little they mean when you're a little too late.
→ Sábado → 10:25 A.M → Jardín Botánico de Nueva York  → Cálido
Cerró los ojos, alzando el rostro para facilitar el impacto de los rayos del sol en su nívea piel. La agradable brisa neoyorquina mecía las rebeldes hebras doradas que osaban escapar de los confines de la bonita pero delicada corona de flores que había improvisado unos minutos antes, haciendo que resplandecieran como si estuvieran hechas del más puro oro. El largo vestido color lavanda que portaba, ondeaba a merced del caprichosos viento, revelando el contorno de las largas piernas de Winter.

Después de más de cuatro años allí estaba.

¿De verdad había creído que podría volver a sentir aquella paz?

Con excesiva parsimonia descendió la mirada para observar como la ingrávida gasa parecía tener vida propia, y se preguntó si todavía parecería etérea, angelical, como solía decirle su padre tantos años atrás... o si por el contrario ya no era más que algo terrenal... algo... mundano. Sus labios se curvaron en una suave sonrisa cuando el amargo recuerdo de su padre fue sustituido por una suave melodía de piano, unas manos arrugadas por el tiempo se deslizaban con destreza por las teclas. Sus ojos, aún teniendo los parpados ligeramente caídos, brillaban con un azul tan intenso como el cielo de una mañana de primavera, su voz era cálida y dulce.

"¿Winnie?"

"¿Sí, Momo?"

"¿Sabías que la música clásica es buena para las plantas?"

"No, pensaba que sólo había que regarlas."

"¡Cuánto te queda por aprender, mi pequeña rosa!"

Cuando volvió en sí, se halló a sí misma sonriendo. El jardín botánico apenas había cambiado desde la última vez que había ido, cuando todavía creía que podría aprender a pintar. Cabe destacar que jamás lo había logrado, el dibujo no era lo suyo. Sin embargo, ella sí que había cambiado y ya no sólo se refería a algo tan banal como haber cambiado de atuendo o de haberse cortado el pelo. Winter Juliet White estaba muerta. Su corazón ya no latía, sus pulmones carecían de oxigeno y si su piel de porcelana aún permanecía perfecta bajo el astro rey era gracias al anillo que Eleonora Edevane le había hecho tantos años atrás.

De repente la molesta sensación de ser fijamente observada la sacó de su ensimismamiento. En un principio pensó que sería Bianca, siguiendo sus paso, preocupándose por si se metía en problemas... no obstante, en el momento que prestó atención supo que no se trataba de su mentora. A sus oídos llegó el sutil bombear de un corazón y sus fosas nasales percibieron el olor metálico de la sangre fresca con un ligero toque a azufre. No era sangre humana... ni de shadowhunter. Su cuerpo se tensó en apenas un segundo y fingiendo observar el pequeño lago, buscó a aquella persona que la acechaba.



I'm sorry, the old Winter can't come to the phone right now... Why? Oh! 'cause she's dead! ~:

Winter J. White
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Words... how little they mean when you're a little too late.
→ Sábado → 10:25 A.M → Jardín Botánico de Nueva York  → Cálido
El primer trazo fue extraño sobre el papel, se percató, cuando después de tantísimos meses volvió a dibujar.

Cuando Jack había desaparecido sin dejar rastro y Emily había sido capaz de procesarlo después de varias semanas, había arrumbiado todo lo referente al arte a un rincón de su vida, de su mente y de su dormitorio, a pesar de que en el pasado tanto la agonía como los sentimientos negativos le habían ayudado a transmitir un mayor dramatismo a sus dibujos. Pero aquello era diferente. No había sido como cuando había descubierto que su madre la había odiado y temido, ni cuando Jackson había desaparecido la primera vez, siendo adolescente, ni cuando Mishka o Danielle se habían esfumado como el humo, o como cuando había descubierto que su madre estaba muerta. Había sido una sensación completamente diferente, desgarradora, hiriente, que había convertido cualquier resquicio de creatividad en un páramo desolado, absorbiéndola, arrancándola de sí misma para desaparecer.

No era capaz, simplemente, de enfrentarse a la hoja vacía.

Lo había intentado un par de veces para dejar salir el dolor, después de darse cuenta de que se había marchado, pero no había conseguido expresar nada salvo enormes y furiosos borrones negros que había terminado arrugando entre los dedos manchados de la mina de los lápices que había usado para terminar encogida sobre sí misma, llorando a mares. Había perdido la capacidad de plasmar cosas en el papel, y con ellas, las ganas de dibujar. Lo había metido todo en un cajón, furiosa, y lo había dejado al fondo, en una esquina, cogiendo polvo.

Entonces había aparecido Chris en su vida, y fue como si en el páramo hubiese aparecido una diminuta flor, pequeña, solitaria y pobre, pero esperanzadora. Se había encontrado con ganas de dibujarle desde el primer momento, en secreto, porque todo él le hablaba de una belleza que necesitaba plasmar, pero durante meses no se había sentido capaz de coger de nuevo las pinturas por temor a emborronarlo de negro todo de nuevo. ¿Y si Jack se había llevado con él su habilidad para expresar emociones a través de las formas y del color? Era de las pocas cosas que consideraba verdaderamente suyas, el arte; era su vehículo, su forma de que los demás viesen el mundo tal y como ella lo concebía, lo veía, lo sentía, y le aterrorizaba pensar que pudiese haberlo extirpado con su marcha.

Sin embargo, Emily podía ser muchas cosas, pero no una cobarde. Una mañana clara de primavera la luz se colaba por las ventanas de su dormitorio; era muy temprano y Chris dormía profundamente, agotado tras una larga noche de patrulla. La bruja se le había quedado mirando sin darse cuenta, como sucedía a veces, absorta en las líneas de su mandíbula o en la curva de su nariz, y de forma tan repentina que le sobresaltó, le nació la necesidad de dibujar. Intentando no despertarle se había levantado en dirección a la caja, a la que había observado durante largos minutos antes de atreverse a abrirla; en su interior, todos sus blocs, sus pinturas, sus lápices, sus pinceles, incluso las cosas que había hecho, le miraban con nostalgia, con anhelo, y Emily les devolvió la mirada. Cogió un cuaderno que aún estaba por la mitad y acarició su cubierta con suavidad, sintiendo un chisporroteo en los dedos que nada tenía que ver con su propia magia, y con una sonrisa triste tomó un lápiz negro y regresó a la cama, distraída.

El primer trazo fue como la primera lágrima que había derramado por Jack. Extraño, pero increíblemente liberador. Cuando quiso darse cuenta no podía parar de acariciar el papel con la punta de color oscuro, plasmando los más pequeños detalles que pudiese encontrar. Dibujó sus ojos abiertos, dibujó las runas que adornaban su cuerpo, sus manos, alrededor del esbozo de él mientras dormía, y tuvo ganas de llorar, porque había tanto de ella en todo aquello que no recordaba haber sentido tal alivio desde hacía un tiempo.

Tras aquello, todo había sido mucho más sencillo, y poco a poco, Emily había vuelto a dibujar, recuperando también algunos de los hábitos que había dejado de lado en el momento en que su trabajo como bruja había empezado a copar toda su atención. Recobró los largos paseos, las visitas a los museos, a las galerías de arte y las horas muertas en diferentes puntos de la ciudad, esperando el momento en que la mano empezase a dibujar. La relación con Morgan también le ayudaba, porque su hermana también era artista y se retroalimentaban con su propio arte, y eso hizo que su trazo mejorase, que los colores vibrasen todavía más y que volviese a sentirse esperanzada, libre, completa con su propia forma de crear. Volvió a ver belleza en todas partes, si quería mirar, y aunque había vuelto a sonreír con frecuencia desde principios de año, después de aquello empezó a sentirse completa de verdad.

Aquel sábado había decidido ir al jardín botánico para pintar con acuarelas porque había rincones verdaderamente bonitos y coloridos, y siempre le había gustado cómo se reflejaban el agua y las flores con la tinta aguada. Había llegado temprano, dado varias vueltas, empezado varios dibujos, y creaba sin prisa alguna, respirando, haciendo descansos, parando, disfrutando de la brisa fresca, del sol caliente y de la paz que le transmitían tanto el lugar como el saber que era capaz de dibujar de nuevo sin restricciones, sin miedos y sin ataduras.

Entonces la vio.

Paseaba sola vestida como un hada, aunque estaba claro que no lo era, con una belleza tan frágil como etérea, y no pudo evitar seguirla con la mirada mientras paseaba, distraída, casi melancólica. Con movimientos suaves, pues temía hacer demasiado ruido y llamar su atención, sacó la caja de lápices de colores que siempre llevaba consigo, y esperó a que se detuviese un segundo a una distancia prudencial de ella antes de comenzar a trazar su figura en la lejanía. Hacían una imagen tan idílica, las flores, la luz del sol, lo verde, el agua y ella, que le resultaba imposible resistirse a plasmarlo...



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Emily Yates
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→ Sábado → 10:25 A.M → Jardín Botánico de Nueva York  → Cálido
Sus orbes escanearon todo el paisaje, sorprendiéndose cuando la única persona que halló relativamente cerca fue una muchacha de rostro angelical y movimientos armónicos. En otras circunstancias no habría sospechado de ella, pues alrededor de ella había una extraña aura de paz y melancolía. Pero ¿si Reeve quería echarle el guante, no buscaría una espía que pasara inadvertida? Así la pillaría desprevenida. Fingió admirar el lago, esperando a que los ojos del color del chocolate volvieran a enfocarse en el bloc de dibujo que sostenía en su regazo.

En cuanto la otra subterránea estuvo enfocada en los trazos de su trabajo, la rubia hizo acopio de toda la velocidad que su "nueva" naturaleza vampiríca le había otorgado. Sin hacer apenas ruido se escondió entre los árboles frutales que delimitaban el jardín, acercándose a la joven como una pantera acecha a su presa. Se situó detrás de ella, aprovechando el factor sorpresa para colocar la afilada hoja de su daga de oro en la fina piel de su cuello. - ¿Quién te envía?- Dijo en un susurro. El olor de la sangre le confirmó que evidentemente no era ni una humana ni una hija de la luna, y mucho menos una shadowhunter.

Una bruja. Pensó la última White poniéndose totalmente a la defensiva. Los brujos eran poderosos y ella tenía las de perder si la castaña decidía contraatacar. Tendría que cortarle el cuello lo antes posible si quería sobrevivir al encuentro. Sus ojos se posaron en el bonito paisaje formado por acuarela, donde la silueta de la rubia casi se fundía con el paisaje. - ¡Ay!- Ningún mequetrefe enviado por Reeve sería tan inteligente y creativo cómo para pintar semejante obra de arte... - Perdóname.- Bajó el arma de golpe, esbozando una mueca culpable. - Pensé que me espiabas.



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Winter J. White
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→ Sábado → 10:25 A.M → Jardín Botánico de Nueva York  → Cálido
Lo normal cuando alguien se acercaba a ti por detrás enarbolando una cuchilla de oro que te pegaba a la piel, tras sentir el frío beso de su acero y el contraste que producía con el calor de la herida y escuchar palabras amenazadoras por su parte, era, sin lugar a dudas asustarse. Emily desde luego se sobresaltó al notar el dolor, por lo que alzó el rostro de forma inconsciente, pero no cometió la estupidez de girar el rostro para ver a su atacante porque eso sólo habría empeorado la situación. Y desde luego no podía decirse que se encontrase precisamente tranquila, pero consiguió mantener la mente en su sitio sin sucumbir al temor, de modo que actuó con toda la pasividad y la naturalidad que le fue posible.

Su pregunta le hizo algo de gracia, la verdad. ¿Que quién la enviaba? Generalmente debería ser ella la que lanzase eso al aire cuando había sido amenazada formalmente por dos personas en su corta vida. A punto estuvo de soltar un comentario irónico que, en otras circunstancias, bien le podría haber costado su propia vida, pero lo cierto fue que el suave 'ay' que salió de los labios de su asaltante la dejó bastante desconcertada. De pronto la hoja se separó de su cuello mientras su dueña se disculpaba apuradamente por haberla confundido con otra persona, y fue sólo en ese momento cuando Emily se dio el lujo de centrar la mirada en ella... encontrando a la muchacha que había comenzado a pintar.

Se echo a reír.

Dejó la libreta con los lápices a un lado y le invitó a sentarse a su lado mientras procedía a curarse la herida. Eso no significaba que estuviese bajando la guardia -ya lo había hecho una vez en ese rato y no pensaba cometer el mismo error dos veces-, pero era una forma de demostrarle a la chica que, de momento, la creía. Si era una de las enviadas de su hermana para matarla desde luego se había aproximado de una forma muy original, utilizando el mismo argumento que ella podía haber usado en su contra. Pero le parecía poco probable, la verdad. Centró sus ojos castaños en ella, entornándolos mientras la observaba, notando el escozor propio de la magia mientras cerraba el pequeño corte del cuello.

Bueno, está claro que no hemos comenzado con buen pie. Quizás ha sido también mi culpa por no pedirte permiso para dibujarte, pero habías adoptado una pose estupenda y la imagen era encantadora. —Le tendió la mano—. Me llamo Emily, ¿y tú? Siento haberte asustado. —Un brillo inteligente cruzó su mirada cuando sintió el frío tacto de la piel de la chica en la suya propia; más aún que la del cuchillo con el que le había amenazado—. Sin embargo creo que no deberías ser tan confiada, si existe la posibilidad de que alguien te espíe. ¿Qué te hace pensar que no estoy intentando cualquier artimaña para ganarme tu confianza y luego darte el golpe de gracia... —Mantuvo la tensión durante unos segundos antes de sacarle la lengua—. Era una broma. —Se frotó inconscientemente los dedos para que volviesen a entrar en calor, aunque nunca se había caracterizado por tener las manos precisamente cálidas; pero la temperatura de la joven a su lado, sin lugar a dudas, estaba completamente a otro nivel. ¡Había sido casi como rozar un bloque de hielo! Y ella conocía perfectamente esa sensación de contactos anteriores, aunque no siempre afortunados, con algunos miembros de su gente—. Si no acabases de congelarme la mano te prometo que jamás habría pensado que eres una vampiresa. Supongo que debes de tener algún tipo de joya o de amuleto que te proteja de la luz solar, ¿no?



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