31/12 ¡Último día del año, queridos habitantes del submundo! El Staff de Facilis Descensus Averni os desea una magnífica entrada de año y que os sucedan más cosas buenas que malas. ¡FELIZ 2019!


02/12 ¡Atención, atención! ¡Aquí os dejamos las noticias recién salidas del horno! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, usuario! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...

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→ 6:23 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
El silencio se erguía desde los cuatro rincones de la sala de entrenamiento, pesado y un tanto extremado dadas las circunstancias. El cazador de sombras no se movía a penas, siguiendo con su mirada cristalina la figura de su oponente, en cada mano empuñaba una espada ligera, cuya energía seráfica les otorgaba a ambas un suave halo nacarado y le hacia sentir una vibrante emoción al cazador en el fondo del pecho, como si de alguna manera el adamas hubiese conseguido conectarse con cada terminación nerviosa de su organismo.

No había nada más que luz solar en la estancia, filtrándose por los antiquísimos ventanales de la catedral. Alexei tenia en el rostro una sonrisa casi imposible de advertir, ligeramente ladeada, la sonrisa de alguien que se encuentra haciendo algo que le apasiona sobremanera. El sonido de las armas impactándose, la energía de las runas sobre la piel, la adrenalina de un cómbate prolongado… No pensaba que nada en el mundo pudiese igualarse a aquello. Había algo mas que deber en la manera en que empuñaba las armas, una acción casi tan elemental para el como lo era para él respirar.

Pero una razón muy especifica impedía que se concentrara totalmente  en lo que estaba haciendo, y la causa de aquella distracción estaba parada justo frente a el con una letalidad que de angelical no tenia nada.

El cazador de sombras no se centraba en los puntos débiles de su adversaria como debía, sus estocadas iban dirigidas al arma y no a los músculos o puntos débiles y ni siquiera había aprovechado esa rara oportunidad que se le presentó para desestabilizarla mientras se movían. No terminaba de conectarse con la situación porque en vez de preocuparse por la cuchilla que en varias ocasiones le rozaba el cuello peligrosamente, se sorprendía a si mismo con la mirada puesta sobre los delgadísimos mechones de oro blanco que se agitaban cuando su portadora se movía, su lánguida respiración mucho menos grave que la suya y que de alguna manera coexistía perfectamente con el silencio de la habitación, la armonía de su figura avanzando, resistiéndose, imparable, tan amenazadora como el se la había imaginado con un arma entre las manos, aunque sin dejar de sorprenderle con sus habilidades Sun Tzu decía que el guerrero astuto es aquel que sabe cuando retirarse– En ese momento, las comisuras de sus labios se ampliaron con lentitud, convirtiendo su expresión en una sonrisa tan deslumbrante como mordaz. Claramente iba a tratar de picarla, porque aquello formaba parte elemental de su naturaleza, por mucho que ya hubiese comenzado a asumir –con una ligera sensación de frustración- que Lillwelyn no se inmutaba ante sus comentarios por muy ingeniosos que estos pudieran llegar a ser –No se, deberías tomarlo en cuenta– Se encogió de hombros en un gesto desenfadado, moviendo las armas de una manera que, de no tenerse suficiente cuidado, podría haberle luxado la muñeca a una persona promedio, aguardando una acción ofensiva por parte de la nefilim.

Una voz en su interior le hizo un llamado de atención a su razonamiento, diciéndole que dejara de distraerse mirándola y se concentrara en la pelea, especialmente porque el había sido el de la idea y no le hacia gracia que su falta de propósito se confundiera con desinterés. Pero es que era una cosa bastante espontánea y frustrante,  sabía que su opinión sobre ella había cambiado de manera magistral una vez habían vuelto de la ultima misión que se les había asignado juntos, que algo había comenzado a desperezarse en su interior, pero también sabia que aquel no era ni el momento ni el lugar apropiado para ponerse a contemplar a nadie –Si quieres te doy un minuto para que lo consideres…–

Alexei Ravenwolf
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→ 6:23 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
El silencio de la catedral se le metía en los huesos siempre de una forma que no sabía explicar. Quizás era porque se trataba del único edificio que le acercaba a Alacante, a la que echaba de menos todos los días, o quizás era porque en su fría solemnidad se veía reflejada. Adoraba perderse por sus pasillos cuando nadie más los recorría, esconderse en los lugares más recónditos y silenciosos que le permitían sentirse a sí misma, casi tanto como permanecer debajo de una lluvia mientras el agua le lamía la piel, helándola y turbando su cuerpo hasta que estuviese duro, de punta, pero absurdamente vivo.

En aquel momento la envolvía como un halo, siendo lo único que escuchaba, acero en mano, era la respiración lenta y calculada de Alexei, que le observaba con sus desafiantes ojos azules, como siempre, acompañado de esa sonrisa que rozaba entre lo perverso y lo malicioso, repleta de matices que se divertía en desentrañar poco a poco. Había aparecido mientras ella entrenaba en solitario, sorprendiéndole con su proposición de hacerlo a conjunto hasta tal punto que había tardado escasos segundos en responder afirmativamente. Aún le costaba creer que el aparente desagrado que había parecido despertarle en un principio se había disipado como la nieve cuando llegaba la primavera, y se preguntó de soslayo si algún día sería predecible para ella. Se encontró pensando que ojalá no, porque le producía un cierto placer encontrarse con alguien tan fácil de leer en unos aspectos pero tan espontáneo en otros como él. Hacía que las cosas fuesen más entretenidas, desde luego.

Los haces de luz caían sobre la pista de entrenamiento, sobre él, sobre ella, dando un halo ciertamente sobrenatural a toda aquella escena, como más lejano, sacado de alguna novela  de fantasía, donde el aire se respiraba lento y el polvo bailaba allá donde la luz aparecía. Aún no se había quitado la sudadera gris que le quedaba grande, dejando el hombro izquierdo al aire, a pesar de que había empezado a sudar, porque no se sentía del todo completa si no la llevaba con ella, puesto que había pertenecido a su hermano. Era de las pocas cosas que le quedaban de él, la que siempre se ponía cuando entrenaban juntos en el Instituto.

La voz de Alexei rompió ligeramente la quietud casi tanto como la sonrisa desvergonzada que le dedicó en ese momento, y Lill no pudo evitar devolverle el gesto, casi arrogante, ante sus palabras. La espada que llevaba no era Angurdavel, obviamente, pero se acoplaba perfectamente a la forma de su mano, a cada pequeño pliegue de piel que permanecía en contacto con la empuñadura. Su roce le hacía sentirse poderosa, fuerte, ardiente como la sangre que bullía en su interior ante la excitación del combate; sin embargo, esto no le hacía perder el norte ni apartar la mirada de su oponente, intensa, heladora, fría como el hielo que la había rodeado en Siberia. Alzó la cabeza hacia atrás, haciendo girar el arma con la siniestra una vez; al contrario que Alexei, sólo llevaba una, porque aunque era ambidiestra se sentía extraña utilizando la mano derecha para pelear. Únicamente empuñaba dos espadas cuando la situación lo requería, y nada más.

Apuesto a que Sun Tzu contaba con que el guerrero astuto se estuviese enfrentando con alguien que estuviese luchando al cien por cien de sus capacidades —su voz sonó algo jocosa, a diferencia de cuando habían estado de misión semanas atrás, porque era un ambiente muy diferente; Lillwelyn era siempre tranquila, siempre serena, pero la frialdad y serenidad que caracterizaba su actuación en el campo de batalla se relajaba en ámbitos más informales—, no con alguien que parece distraído la mitad del tiempo.

Le había extrañado que Alexei no fuese más certero atacándola. Sabía que se trataba de un guerrero feroz, muy hábil, y le había dado la impresión de que o no la estaba tomando en serio o se encontraba con la cabeza en otra parte, a pesar de que había sido suya la proposición. Quizás, había pensado también, sólo estuviese tanteando sus habilidades para ver hasta dónde podía presionar, pero después de diez minutos de intercambios de golpes banales, estaba segura de que ya podían pasar a la acción. Sus músculos ya estaban calientes, deseosos de sentir el delicioso dolor que producía el sobreesfuerzo a pesar de las runas que le plagaban la piel. De modo que intentar apretar un poco la llaga, se dijo, no podía causar nada malo en esas circunstancias.

Así que si no centras la atención en lo que estamos haciendo, quizás debas seguir tu propio consejo, Alexei.

Dio un paso hacia él, analizando su postura. Luego otro. Generalmente nunca daba el primer mandoble pero hacía rato que habían comenzado y aunque se sucedían los pequeños intervalos en los que no intercambiaban golpes, aquello no era más que la continuación del baile. Soltó aire mientras la sonrisa desaparecía de su rostro, adoptando la misma expresión serena que era impenetrable para que no la viese llegar, y de un salto se colocó delante de él para golpearle en el costado.
Lillwelyn Cynwrig
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→ 6:23 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
El aludido chasqueó la lengua, cruzando frente a el los filos del acero moldeado de las hojas que sostenía en cada mano con envidiable ligereza, esperando que no se le notara como habia intentado evadir una sonrisa.

Una falsa expresión de severidad se apoderó de su rostro con la naturalidad de alguien que acostumbra a colocarse una fachada cuando la situación lo dictaminaba, aunque en su caso resultaba mucho mas complejo que para su congénere sostenerla por demasiado tiempo. No imaginaba que su falta de atención fuese tan evidente, y a una parte de el le espeluznaba la manera en la que la nefilim parecía leerlo sin ningún problema, incluso cuando se encontraban luchando y no había mucho tiempo para interpretar las expresiones, o al menos eso se pensaba él –Tienes razón, tienes toda la razón–
medio que murmuró con un destello de sarcasmo en su voz, balanceando el peso de su cuerpo de pie a pie, sosteniéndole la mirada a la otra cazadora de sombras por lo que parecieron un millón de horas.

Sin duda alguna Lillwelyn no se encontraba alejada de la realidad, su concentración no estaba totalmente puesta en la pelea y eso no era típico en el; Alexei sabia que la causa era ella misma, los prejuicios que le había destrozado y todo lo nuevo que él estaba comenzando a contemplar en su persona en una fascinación silenciosa. A esas alturas le pareció absurdo haberle propuesto que entrenasen juntos minutos atrás, pero no pudo evitado, no pudo contenerse cuando le encontró, resplandeciendo en medio de la privacidad de un salón despejado y con las ganas de sostener una espada latiendo bajo sus venas y ver hasta que punto podia llegar. Sentía una poderosa curiosidad por la nefilim que tiraba de el como un imán arcano y aun no estaba seguro de donde provenía eso…

Dejó que se acercara peligrosamente a el, vió el destello de la hoja plateada polarizando en sus ojos y se apartó en el instante justo en el que esta susurraba alarmantemente cerca de su cuerpo, casi tocándole el tórax. Alexei enarboló rápidamente la cuchilla que sostenía con su derecha y golpeó con fuerza hacia delante, cortando el aire, buscando únicamente que su contrincante impusiera una distancia considerable para abrirle el paso a su zurda y que esta se alzara casi al instante, en un constante chasquido de metal y metal, brillante acero besando la espada ajena en una violenta secuencia de golpes que a penas le permitían exhalar. El error en cualquiera de sus movimientos significaba una herida preocupante, y aquello hizo anhelar aquel intenso momento, sumergirse en el por completo.

Toda la energía vibraba, se expandía y estallaba con cada golpe de su espada rebotando en chasquidos dorados contra la de Lillwelyn. En su rostro no existía expresión alguna y se perdió en el ritmo ofuscado de aquella contienda, el sonido armónico de los filos encontrándose una y otra vez, el dolor satisfactorio de sus músculos tensándose cuando el adamas de sus espadas se encontraban con una semejante en todo aquel delirio de fuerza y energía, de años de entrenamiento, sangre y sacrificio –Pero tampoco te emociones– Habló, a penas evadiendo una estocada ajena. Lentamente volvió a aflorar en su rostro la sonrisa de antes, hecha de una dosis alarmante de amor por el riesgo –Solamente te estaba dando algo de ventaja, no querrás comerte el piso tan de prisa–

Alexei Ravenwolf
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→ 6:23 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
Lill enarcó una ceja al escucharle después de que otro de sus golpes fuese evadido con relativa facilidad, y más bien se encontró no queriendo esconder la expresión maliciosa que adornó su rostro, entrecerrando los párpados, alargando la sonrisa peligrosamente, mientras le miraba directamente a los ojos. El azul de Alexei era tan claro como el suyo propio, pero por su forma de ser siempre le había parecido más oscuro, más denso, como si quisiese tragarla cada vez que la miraba para hacerla desaparecer. Se preguntó, durante la fracción de segundo que duró la reflexión antes de volver a moverse si él estaba sintiendo lo mismo en ese momento.

Un instante después no importó nada.

No era una mujer que respondiese fácilmente a las provocaciones, pero no podía simplemente dejar pasar el momento de cerrarle la boca, porque era demasiado divertido. No recordaba la última vez que se había dejado llevar por cosas tan secundarias, tan primitivas como aquella, pero lo cierto era que con Alexei casi cualquier cosa era divertido de hacer por las diferentes formas que tenía de reaccionar. Se le hacía muy extraño, porque no muchas personas le habían despertado ese sentimiento ni le habían hecho dejar de lado su seriedad habitual para reírse de algo a lo que generalmente no prestaba demasiada atención, pero en su caso le era difícil ignorarle. No cuando se presentaba como un blanco voluntario que se mantenía frente a ella.

Así que se mantuvo quieta mientras tomaba aire de nuevo, echándose hacia delante mientras lo dejaba salir, encadenando una serie de golpes rápidos contra él. El manejar dos armas tenía tantas ventajas como desventajas, y Lillwelyn lo sabía perfectamente. Era más fácil cubrir el espacio vital a corta distancia porque había mil formas de impedir que se adentrase demasiado y que el filo de su espada le acertase, ya que cubría mucho mejor sus flancos, así como ella debía tener el doble de cuidado de que él no la alcanzase. Pero también era mucho más agotador al estar usando ambos brazos a la vez, y los movimientos que podía realizar estaban bastante más limitados porque tendían a caer ambas espadas en paralelo o en la misma dirección, ya que golpear dos puntos distintos exigía una coordinación que, a su juicio, nadie podía mantener por mucho tiempo.

De modo que aprovechó estos detalles para forzarle a separar sus armas, moviéndose deprisa, cambiando el arma de mano en cuestión de segundos y manteniendo el contacto visual con él cada cierto tiempo, intentando leer a través de su rostro, de la tensión de sus músculos, cómo iba a reaccionar, esperando la más mínima brecha para poder entrar en su espacio personal. No supo si lo vio venir o no, pero lo cierto fue que, tras varios minutos de intercambio de golpes, de sentir el sonido del acero chispeando en sus oídos con esa nota metálica que vibraba siempre en su vientre, Lillwelyn encontró la brecha que le permitió acercarse peligrosamente a él. Sujetó la mano derecha de Alexei con la izquierda mientras que con su propia espada desvió el envite de la siniestra hacia atrás y redujo la distancia tanto que pudo sentir su olor envolviéndola, deslizando su brazo derecho, con arma y todo, por detrás del cuello de él.

Durante un breve instante quedaron atrapados en un extraño abrazo que mezclaba el olor del sudor, del metal y el picante del peligro, tenso, eléctrico, pues era un gesto arriesgado y si hubiesen estado combatiendo no se le habría ocurrido hacerlo, porque él aún podría haber reaccionado y clavado el arma por la espalda, si hubiese tenido la oportunidad. Pero no era la pretensión de él, y ella contaba con eso, además de con el factor sorpresa. La sonrisa que se dibujó en los labios de Lillwelyn fue tan peligrosa como acerada, como su arma, y fue tan fugaz como el tiempo que permanecieron de pie. La joven lo desestabilizó introduciendo una de sus piernas entre las de él, y usó el agarre que le había hecho para hacerle perder el equilibrio y hacerle rodar hacia delante. Ella cayó con todo el peso del cuerpo de Alexei sin soltarle y cuando la espalda del nefilim dio a parar en el suelo, Lillwelyn hincó la rodilla izquierda en el suelo mientras permanecía a semi horcajadas sobre su vientre, llevando el filo de su espada al cuello de él, que respiraba agitadamente, como ella.

Sus ojos sonreían, aunque la mueca de su rostro era seria, y su sangre ardía, como siempre que el peligro y la muerte bailaban cerca de ella. Todos los nefilim vivían enamorados de la idea de morir y cada uno de ellos era consciente de ello, porque la Parca les rondaba desde el momento en que nacían, como a cada ser de la Tierra, pero se casaba con ellos cuando la primera runa aparecía en sus cuerpos, obligándoles de por vida a servir, a luchar. Vivían para la muerte, para la batalla, para el sufrimiento y el dolor, y aprendían a amar ese hecho con cada fibra de su ser, a sentir cierto placer cuando la carne se abría y brotaba la sangre, porque les hacía sentirse vivos, en plenitud de sus condiciones. Lillwelyn nunca era fogosa ni apasionada en el combate, era fría y calculadora, no se dejaba llevar por sus emociones y cuando actuaba lo hacía muy consciente; era plateada, heladora, como el filo de su espada, pero eso no quería decir que no disfrutase con la lucha porque habría mentido como una bellaca.

Por eso nunca había querido que Bastian fuese un nefilim. Porque no quería esa vida, ese anhelo de muerte bailando con él, y odiaba la idea de que siguiese sus pasos. Pero, ¿qué otra cosa podría hacer? Ya había recibido las runas, ya estaba entrenando. La Muerte ya le había apresado el dedo con su anillo.

Aproximó el rostro a Alexei. Si hubiese descendido algo más, sus narices se habrían rozado. El calor del cuerpo de él la rodeaba por todas partes, a pesar de estar debajo, y algo extraño la sobrecogió, pero lo achacó a la excitación del momento.

1-0 para mí.
Lillwelyn Cynwrig
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→ 6:23 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
En la fría medida en que los años le habían capacitado y la experiencia lo había moldeado como un guerrero considerable, Alexei se movió con la fría seguridad que le proporcionaba la batalla y de la que tanto sabía disfrutar sin reparos. Lo regresaba a su elemento, a su esencia mas simple; las armas siempre habían sido sus mejores aliadas y la guerra el lenguaje que lo entendía mejor, una combinación idílica que transformaba su temperamento irregular y su ruidoso carácter en una determinación altamente mortal.

Y a pesar de que no estaba en duelo por su vida y que no había mas que el riesgo de un fino corte en ese combate, dada las capacidades de ambos cazadores, Alexei tenia una sensación inquietante cada vez que su mirada se encontraba con la de Lillwelyn en el momento en que esta evadía sus estocadas siendo la encarnación misma de la elegancia, como si solo entonces hubiese considerado que estaba jugándose algo, algo que latía profundamente dentro de el y no era solo una secreta admiración o la impresión de la novedad. Una estocada tras otra, el  adamas rasgó el aire y lo obligó a deslizarse hacia atrás, a atacar y a defenderse, a ignorar lo que le rodeaba y centrarse en el ritmo incesante de la pelea.

El ruido del metal colisionando cesó de pronto, el se vio privado de movimiento y la fracción de segundo que duró el acercamiento fue suficiente para desconcertarle. Lo único que escuchaba eran las pesadas e irregulares respiraciones de uno y otra, justo antes de caer al suelo en un lio de extremidades conglomeradas, con la fugaz sonrisa de la cazadora grabada en sus ojos.

Su columna recibió todo lo aparatoso de la caída y Alexei resopló, afianzando la cuchilla de su diestra mientras la otra rodaba por el suelo de cualquier manera. La expresión en su rostro pálido era indescifrable, y su mirada incrédula se fijó en los ojos destellantes de la nefilim cuando su aliento cosquilleó contra su cara, logrando colapsar toda su determinación. La piel le hervía hasta los huesos en todos los lugares en los que Lillwelyn se encontraba sobre su cuerpo, llenándolo de pensamientos fatales sobre sus ancestros. Había sido un error estratosférico retarla, porque eso había desembocado la respuesta a una pregunta que ni siquiera se había hecho; La razón por la que no podía dejar de contemplarla, era porque sencillamente no quería, porque le gustaba, le gustaba bastante, incluso si eso implicaba que barriera el piso con el.

–Mierda– farfulló, cerrando los ojos por un instante, y admitiendo su derrota, esperó a que la cazadora de sombras se reincorporara para seguirle el paso –Esto no acaba aquí, Cynwrig– dijo, moviendo la espada que colgaba de su mano, sin molestarse en recoger a su gemela que yacía sobre el suelo.

Se decidió a no cometer el mismo error, sin descuidar su equilibrio por mantener la ofensiva. Todos sus músculos gritaron cuando giró sobre si mismo en un ataque violento, cortando  el aire en dos con el filo de su espalda sostenida únicamente por su diestra. Sentía la llamarada renovada del combate mientras buscaba el momento oportuno, el instante justo en que viese expuesto el flaco de su contrincante. Se deslizó hacia un costado y apartó su espada, permitiéndole a la ajena descender con gracia. Sin embargo en vez de alejarse, Alexei la interceptó con un movimiento violento, conteniendo la cuchilla ajena aprisionándola bajo la parte superior de su brazo. Había sido una táctica bárbara y arriesgada, rasgándose a si mismo el bíceps, pero había sido un precio pequeño a pagar por salirse con la suya. confió en su fuerza bruta cuando empujó a la cazadora a la altura de su esternón con el costado opuesto al que aprisionaba su espada, buscando dejarla desnuda de armas.

Se echó hacia atrás, encontrándose ahora con sendas espadas en cada mano. Le ardía allí donde el adamas lo había cortado, pero de todos modos sonrió con exagerada malicia –¿Cómo decías que iba ese tablero tuyo?– En un movimiento fortuito giro la cuchilla que no le pertenecía, colocando la empuñadura de cara a la nefilim para que la tomara –¿Uno a qué?–

Alexei Ravenwolf
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Quizás no fue premeditado, pero en el momento en que los ojos de Alexei se cerraron después de farfullar por su evidente derrota, Lillwelyn esbozó una sonrisa divertida que le hizo mostrar todos los dientes, escondiéndola tan rápidamente como la había mostrado mientras se levantaba del cuerpo del joven, que continuó maldiciendo por haber sido pillado con la guardia baja. Ella le contempló, frustrado como estaba, con cierta fascinación, y notó de nuevo las ganas de reírse haciéndole eco dentro del pecho.

Había conocido a mucha gente emocional a lo largo de su vida, porque poca tenía el control que ella sobre sí misma, y las personas -algunas con más facilidad que otras- tendían a estallar en cualquier momento, a dejarse llevar por sus sentimientos, a lanzar improperios, a llorar. Siempre había encontrado enternecedora esa falta de autocontrol, y le gustaba ver a la gente haciendo cosas que ella había decidido dejar atrás. No era que se arrepintiese de haberse convertido en la persona que era hoy día, pero simplemente disfrutaba viendo el reflejo de las emociones ajenas en sus rostros. Y en Alexei era tan fácil ver la rabia, la curiosidad, la malicia, la diversión... Era alguien tan intenso que todas sus emociones explotaban mucho más que las del resto, y podía leerlas en cada facción de su rostro, en cada esquina de sus miradas...

Emitió un suspiro mientras él recuperaba la compostura, diciéndose que quizás debía de dejar de tomarle el pelo o de provocarle... cuando tras el intercambio de golpes y el que él la desarmase, de forma tan sencilla e inconsciente, la malicia se vio reflejada en cada pequeño retazo de su rostro sin disimulo alguno, casi como un niño, y una parte de ella fue consciente de que disfrutaba demasiado cuando le veía reaccionar ante cualquier cosa como para dejar de hacerlo. Alzó una ceja mientras alargaba el brazo para coger la espada que le tendían, con la mente bullendo ideas con mil opciones a tener en cuenta, y conscientemente esbozó una sonrisa un tanto burlona cuando en lugar de aferrarse al arma con los dedos los cerró sobre la muñeca de Alexei, y con la velocidad que le otorgaban las runas le hizo una llave que le tiró de nuevo al suelo de espaldas. Aún sujetándole se colocó de rodillas justo detrás de su cabeza, manteniendo la misma mueca en el rostro mientras volvía a descender a su altura. Él aún llevaba ambas espadas.

Creo que ahora es 2 a 1. Ahora, si me disculpas.

Soltó al nefilim para, en esa ocasión sí, recuperar su espada, y se apartó de él en la dirección en la que había volado el otro arma de Alexei, que recuperó del suelo sin ningún tipo de miramientos. La contempló con ojo crítico, calibrando su equilibrio, su peso, cómo se sentía al asirla con la mano derecha, haciéndola girar sobre sí misma. Evidentemente era de buena calidad, y se acoplaba a su brazo como si hubiese sido hecha para que la llevase ella. A veces se preguntaba cómo las Hermanas de Hierro eran capaces de hacer creaciones tan versátiles, tan fluidas como las que les fabricaban, y ciertamente no podía negar la admiración que le profesaban aquellas mujeres.

Generalmente no me gusta utilizar dos espadas a la vez porque se pierde velocidad para reaccionar de otra forma. —Lo dijo al aire, como si se encontrase sola o rodeada de mucha gente y no se estuviese refiriendo a nadie en concreto—. Quizás viene porque por mi tamaño me es más fácil escabullirme que para gente como tú...

Su voz se perdió entre los muros de la sala mientras comenzaba a caminar hacia él totalmente despreocupada, como si no hubiesen estado midiendo sus fuerzas segundos antes, y cuando la distancia entre ambos se hubo recortado lo suficiente dejó el arma sobre el suelo, disfrutando del brillo del adamas cuando la luz mortecina del sol que empezaba a ocupar el cielo le alcanzaba de refilón. Fue entonces cuando cruzó la mirada de nuevo con él, apartándose un poco y esperando a que él la recuperase. No se movió un ápice de su sitio hasta que la hubo apretado contra sus dedos, delgados, fuertes como los de todos los nefilim, sino que aprovechó para deshacerse la trenza que llevaba y convertirla en una cola bien apretada que apartaba los mechones de pelo de su rostro pecoso.

¿Continuamos, entonces?

Dio un par de pasos que pudieron haber pasado por vacilantes si no hubiese habido tanta determinación en su mirada antes de detenerse de nuevo, analizando sus pautas, sus movimientos, recogiendo cada pequeño detalle gracias a la runa de su mano derecha. Los rizos de Alexei empezaban a alborotarse por el sudor, dándole un aspecto algo más aniñado, a pesar de que sabía que era algo mayor que ella, quizás un año o dos. Dio el salto decisivo tras casi un minuto de completa inmovilidad, utilizando su rapidez y la sorpresa del momento para intentar alcanzarle, aunque sabía que él terminaría parando su golpe con mayor o menor facilidad, y cuando lo hizo se deslizó suavemente hacia el otro lado, como si fuese un paso de baile, sin apartar la mirada de él, esperando leer su próximo ataque.
Lillwelyn Cynwrig
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La fascinante destreza en armas de la cazadora de sombras no era algo que debía de sorprenderle, comprendiendo ya desde antes su potencial. Pero Alexei no podia dejar de pensar que había algo indudablemente destacable en su manera de combatir, fría y calculada, paciente y veloz. Había belleza oculta en la ligereza con la que enarbolaba su espada, y aunque evidentemente la guerra de hermosa no tenia ni un ápice, era fácil perderse en la admiración que desembocaba uno de sus guerreros bien adiestrado. El ideal era que todo nefilim resultara eficaz en el manejo de las armas, pero aun así todos eran individuos que se adaptaban como podían a sus propias capacidades, y el siempre había estado seguro de que la forma en la que una persona peleaba decía mucho de si misma.

Y aunque hubiese querido que los pensamientos que giraban en torno a la figura de Lillwelyn se redujeran a lo estrictamente profesional, no podia evitar contemplarla en el lapso en que se desarrollaba aquel encuentro, como arrastrado por una corriente imaginaria que no le permitía despejarse por mucho que se esforzara en ello. Se sentía empujado por una fuerza mayor y sin rima ni razón, la gravedad había comenzado a fallarle, provocando que en un momento cayera  y rodara hacia ella sin poder evitarlo.

En el sentido literal también, cuando tras soltar un quejido, se vio a si mismo derribado por segunda vez. Pestañeó enérgicamente sin despegar la mirada de su oponente, cuya expresión impertérrita y su ligera sonrisa revelaban muy poco de sus pensamientos, aunque Alexei tuvo la ligera sospecha de que se encontraba bastante satisfecha por como habían resultado las cosas –Comienzo a pensar que encuentras particularmente placentero ponerme contra el suelo. No es que me queje…– Se encogió de hombros, dejando flotar la frase en el aire suponiendo que con ello bastaba para dejar entrever su comentario malicioso. Se quedó medió tumbado unos instantes, con las piernas estiradas y la respiración irregular, mientras sus ojos atentos seguían los movimientos de la nefilim a traves de la sala.

La observó valorar con interés clínico el arma del que se había visto despojada, y extrañamente eso provocó una sonrisa genuina en el hombre. Llevaba años, probablemente mas de los que recordaba, empleando las espadas dobles como sus principales armas, conociéndolas también como conocía las lineas que le surcaban las palmas de las manos –Aunque eso ya lo sabes, los duales son perfectos para la ofensiva– Comenzó a rebatirle a la vez que se incorporaba, emulando su tono pusilánime –Ademas, quedan geniales con el traje–

Se reincorporó lentamente, sin perder de vista a la cazadora que ya se encontraba en posición. Aprovechó para tomar su otra espada y se puso en guardia de inmediato, sin esperarse el veloz ataque de la nefilim en cuanto estuvo en pie. Alexei bloqueó el movimiento del arma ajena con sus dos espadas, empujándolas hacia arriba para desviar el cometido de la cazadora. El adamas resplandecía en destellos azulados, bañado por la luz que se colaba en los antiquísimos ventanales de la catedral. El sonido de las armas lo engulló por completo, y disfrutó de el casi tanto como lo hubiese hecho al escuchar una sinfonía, deteniéndolo en el momento en que deliberadamente dejó caer uno de sus filos contra el suelo y sujetó el hombro de su adversaria, encargandose de eliminar su equilibrio propinándole un golpe en la articulación de la rodilla. Mal empleado, el movimiento podia herir seriamente a un oponente lesionando el hombro, pero el confiaba en sus propias habilidades para no llegar a ese extremo –Ahora estamos a mano– afirmó, puesto en cuclillas con una sonrisa que revelaba toda su diversión –¿Que me dices Cynwrig, un todo o nada?–


Alexei Ravenwolf
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→ 6:23 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
La joven enarcó una ceja al escucharle, esbozando una sonrisa divertida.

Pues no te negaré que me resulta particularmente divertido hacer que tus huesos den contra el suelo, la verdad. ¿Acaso soy la primera que te lo dice? Si no es que te quejes deberías estar acostumbrado, incluso...

Tras eso se levantó, dirigiéndose a recoger el arma que había caído lejos de la escena. Lill no era una persona que riese con facilidad. No por falta de humor, sino porque simplemente era difícil que le saliese de dentro. A lo mejor fue por el contexto, con la adrenalina recorriéndole las venas con rapidez a pesar de lo calmado y calculado de sus movimientos, por las mejillas enrojecidas o por el ambiente cada vez más caldeado conforme iban avanzando los minutos, pero le brotó una carcajada, breve pero sonora, desde lo más profundo de su interior ante el estúpido comentario de Alexei.

Todo sea por el bien de la moda, entonces.

Sus movimientos se sucedieron rápidos, como los de ella, y ante su propia perplejidad, cuando quiso darse cuenta fue ella quien se encontraba en el suelo, desarmada, y con la voz burlona del nefilim retumbándole en los oídos. La luz creciente del sol caía sobre él, bailando entre el plateado y el dorado, haciendo que su pelo vibrase con tonos que iban desde el caoba al rojizo. También iluminó su pálido rostro, e hizo refulgir de un modo brillante sus ojos azules, aunque Lillwelyn no tuvo muy claro si era por la luz o por haberla tumbado con éxito en el suelo. Durante varios segundos no dijo nada, limitándose a observar la curva de su sonrisa y la malicia que retumbaba en su mirada, y tuvo que reconocer para sí misma que era una visión difícil de abandonar. Alexei era un hombre guapo pero le resultaba más atractivo y carismático que bello por la forma que tenía de ser, como una supernova a punto de explotar, como el repiqueteo de la hoguera cuando la madera crujía o como pasear al borde de un acantilado con los brazos en cruz, sabiendo que un paso en falso podía llevarte al fondo del precipicio.

Contó mentalmente hasta cinco antes de romper el contacto visual, respiró profundamente y dejando caer su peso hacia detrás, sobre los músculos de la espalda y los brazos, se colocó de pie de un salto. Se estiró como una gata mientras se quitaba la sudadera de Jacob, que dobló antes de colocar en el suelo, justo donde ella había estado tumbada antes, y apretó el coletero sobre su cabello rubio, que empezaba a rizarse también en las raíces debido al sudor, formando pequeños bucles que brillaban cuando les daba la luz. En su pecho izquierdo, la runa del luto relucía roja como la sangre de la pérdida de la que hablaba por encima de la tela oscura de la camiseta de tirantes que llevaba.

Al girarse hacia él, permitiendo verla, Lillwelyn se preguntó a sí misma que qué estaba haciendo, y se dijo que a lo mejor se estaba dando el lujo de bajar un poco la guardia. Generalmente la pérdida de su hermano era algo que llevaba muy adentro, de lo que no hablaba con nadie y de lo que, mucho menos, hacía referencias. Por eso siempre vestía con ropa que dejaba esa parte de su cuerpo cubierta, para no responder preguntas, para evitar conversaciones que no deseaba tener. Sin embargo, si había algo que la unía a Alexei más allá de ser nefilims o de ser miembros del Consejo era la pérdida. Él también había tenido que enterrar a una hermana, asesinada en el acto del deber, y quería creer que, aunque impulsivo, tendría la suficiente delicadeza como para no hablar de la runa a no ser que ella lo mencionase.

Quizás, se dijo, estaba intentando darle un voto de confianza. Comprobar si era el tipo de persona con la que podía establecer algún tipo de relación, porque en realidad estaba a gusto  a su alrededor, y eso había sido tan sorprendente como inesperado. No sólo porque los primeros momentos de su primera misión juntos habían sido horribles, ni por la personalidad difícil de él, sino porque Lillwelyn, siempre atenta, cortés y amable, no solía aproximarse a las personas, ni sentirse cómoda tan fácilmente con la gente que le rodeaba. No era tímida, sólo solitaria, herencia de su padre, y tras la muerte de Jacob, la idea de establecer lazos profundos en el fondo era algo que le asustaba.

Pero aunque se habían visto pocas veces, le resultaba sencillo sentir un cierto cariño por Alexei, le era fácil estar en silencio a su lado, sin decir nada, sólo notando su presencia, y el fuego que se traslucía a través de sus palabras, de sus ojos, de sus gestos, le daba una energía que no recordaba que podía tener. Además, no era tan complicado de llevar como todo el mundo se suponía, si se sabía qué botones presionar, y le divertía tantísimo que sus reacciones fuesen tan visibles, tan cambiantes, tan inesperadas... Le recordaba un poco a lo que ella había sido y había sepultado dentro de sí misma para sobrevivir, pero elevado a la máxima potencia, y le atraía como las llamas a las polillas.

Extrañas reflexiones que surcaron su cabeza en los escasos segundos entre colocarse frente a él tras haber dejado la prenda, tomar de nuevo su espada y devolverle la sonrisa, algo más cínica que la suya.

Un todo o nada, pues.

Fueron sus únicas palabras antes de lanzarse contra él como una flecha.
Lillwelyn Cynwrig
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→ 6:23 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
Sonrió satisfecho, complacido con las audaces respuestas de su contrincante. Era un tira y afloja que le divertía mas de lo que hubiera estado dispuesto a admitir, y bastante imprudente dadas las circunstancias en que se estaba llevando a cabo, puesto que una de las primeras cosas que el mas joven de los Ravenwolf había aprendido del implacable adiestramiento de su familia, era que no había tiempo para bromas cuando habían armas de por medio. Sin embargo, una parte de el no estaba allí desde que el combate había iniciado, se había perdido entre las innumerables preguntas que Lillwelyn Cynwring le generaba constantemente, junto con la inesperada primicia de los sentimientos que comenzaba a desarrollar por ella, mucho más significativos  de lo que hubiera estado dispuesto a admitir...

Esquivó la veloz arremetida de la nefilim con un margen casi inexistente, provocando que la espada ajena rozara peligrosamente contra su hombro derecho antes de que pudiera girarse bruscamente para evadirla. Se echó hacia atrás a una velocidad vertiginosa, blandiendo sus armas para ganar un margen considerable, aguardando el momento justo para atacar y no precipitarse. Sus ojos exploraron cuidadosamente el porte ajeno y distinguió el evidente trazo de una runa ceremonial en la piel de la cazadora antes no visible gracias a la sudadera que llevaba puesta, reluciendo con el dolor del luto de una manera que hizo a Alexei apartar la mirada de ella y volverla a centrar en las armas ajenas. Pensó fugazmente en el peso de las miles de ocasiones que los cazadores de sombras debían hacer frente a la perdida, presenciando como las cenizas de sus seres amados se mezclaban con el viento y los lamentos de quienes en vida les añorarían. El había experimentado aquella clase de dolor siniestro, y había aprendido entonces que no existían palabras que aliviaran aquel dolor, que solo el tiempo lograba que la carga fuera soportable.

Apretó la empuñadura de sus armas y se dispuso a atacar, con aquel vago pensamiento flotando en su cabeza sin perder de vista a su adversaria; se movía con la velocidad y la bravura de un elemento salvaje, su cabello dorado ondeaba igual que un estandarte de guerra y la cuchilla xerafin que empuñaba con destreza era una extensión de ella misma que en varias ocasiones Alexei no lograba bloquear. La satisfacción de una pelea reñida nubló el dolor de sus músculos esforzándose al máximo,  la piel se le perlaba de sudor mientras se movía al ritmo de las pesadas respiraciones que plagaban la estancia, y dejó que el frio de la pelea ralentizara el mundo a su alrededor reduciéndolo a la fuerza de las runas y el adamas…

Pasó un largo rato -que el sintió como apenas segundos- antes de que la punta del arma ajena se posara sobre su garganta besando la piel de su cuello en un movimiento precipitado, pero evidentemente calculado. Alexei se detuvo inmediatamente al sentir el frío del adamas, con la mirada azul brillando debido a la adrenalina que le recorría los nervios. Un poco mas y el pinchazo hubiera rasgado la piel, Alexei silbó sonoramente  –Bien jugado, Cynwring–Alzó las manos en una clara señal de rendición y sonrió de medio lado, con el descaro que era patente en el –Has ganado, esta vez–

Alexei Ravenwolf
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→ 7:13 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
El sonido metálico de las espadas entrechocando fue lo único que perturbó el silencio del amanecer, que continuaba abriéndose paso a través del cielo. Los haces de luz cada vez eran más intensos, menos fugaces y nacarados, alumbrando mucho mejor toda la zona de entrenamiento. De nuevo sobraban las palabras, el intercambio de respuestas mordaces o siquiera cualquiera distracción; sólo restaban los golpes, los movimientos, el esquivar, el prever los ataques que pudiesen llegar. Fue casi un baile, de nuevo, el que se estableció entre él y ella, y Lill lo absorbió completamente para sí sin perder en ningún momento el norte, la frialdad, por mucho que su sangre ardiese debajo de la piel, amenazando con quemar todo a su paso.

Aunque fuese helada, aunque fuese adamas, al final todos los cazadores de sombras vibraban y deslumbraban en la batalla como en ningún otro momento de sus vidas.

Entonces todo terminó. Fue un giro, un paso más rápido que otro y su arma no besó a Alexei por su férreo control sobre sí misma. La sonrisa de Lillwelyn fue un trazo dibujado sobre un lienzo, fino, casi, detrás de sus labios rojos, pero le llenó el rostro y le llegó a los ojos mientras mantenía el brazo estirado hacia él, sintiendo, casi, el roce de su piel contra el acero como si lo estuviese notando ella misma con sus dedos. El contraste del hielo del arma contra el cálido sudor que le recorría el cuello. Fue extrañamente placentero, pero no le dio mayor importancia, ya que los entrenamientos siempre aumentaban la sensibilidad de su cuerpo, de toda ella, y se sentía caliente, activa y húmeda cuando terminaba. Bajó la espada con movimientos suaves, calculados, y la mantuvo fuertemente aferrada en su mano mientras le observaba.

Gracias, por proponerme esta sesión de entrenamiento, Ravenwolf. La verdad es que me ha venido bien medirme con alguien más que no fuesen enemigos imaginarios.

En Rusia había tenido a Ilya, la única persona con la que se había permitido establecer un vínculo más allá de lo profesional, y con quien seguía hablando algunas noches a través del teléfono. Era curioso porque en ningún momento había tenido intención de encariñarse con él como lo había hecho en su momento, pero también se había sentido atraída hacia él como un imán, aunque por razones muy distintas a las de Alexei. Ilya era un chico amable, tranquilo y sereno, que le había dado la paz que había ido a buscar cuando se había marchado a Moscú para separarse de su padre. Había encontrado mucho consuelo en su mirada pausada y en sus gestos suaves, y había terminado envolviéndose de él y con él en todos los sentidos, aunque ambos habían tenido muy claro que su relación no iba a ir más allá de lo que tenían. Ella no iba a quedarse en Rusia por él y él no iba a abandonar su tierra para seguirle a ella, así que habían construido algo precioso que Lill no cambiaría por nada del mundo; una amistad fuerte y sincera que esperaba que le durase toda la vida.

Ahora, mientas contemplaba a Alexei, se preguntó qué estaba buscando en él exactamente. Como persona solitaria que era en general sólo se acercaba a la gente -o permitía que la gente se le acercase, más bien- porque sentía que tenían algo que ofrecerle de lo que ella carecía. Para ella el abrirse a alguien y crear un vínculo era un proceso delicado, complejo y que requería mucho de sí misma, y no estaba dispuesta a pasar por todo aquello si no fuera por un buen motivo. Por eso, aunque conocía a bastante gente y le tenía mucho cariño a otras tantas personas, no consideraba a todo el mundo amigo, ni cercano. Quizás del nefilim frente a ella necesitaba precisamente esa energía, esa furia ardiente, esa vida que manaba de él y que la envolvía por los cuatro costados como una sábana.

Desconozco si en tu rutina de entrenamiento sueles hacerlo sin tu parabatai, pero la próxima vez que vayas a entrenar solo, si quieres puedes avisarme —comentó de forma distraída mientras recogía la sudadera del suelo—. Siempre es bueno ponerse a prueba contra un enemigo que tiene una forma de pelear tan diferente a la propia... Y hacerle besar el suelo.
Lillwelyn Cynwrig
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→ 6:23 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
Con un gesto que no era exactamente lento pero si pesado, el cazador de sombras envainó sendas armas en la funda de su espalda. No apartó la mirada de los ojos que le observaban con detenimiento, y con las palabras de la otra nefilim, su sonrisa pareció tomar dimensiones impresionantes para el rostro humano. Costaría creerlo para cualquier miembro del consejo que solo conociera la faceta parlamentaria, irritantemente sarcástica y furibunda de Alexei, no hubiese atisbado a imaginar que esas  no eran las únicas emociones que se rebelaban con tal obviedad por parte de él; Alexei era un libro abierto, sus ojos gritaban todo lo que sentía incluso cuando el no conseguía hacerlo   –Siempre es un placer, Cynwrig– Y lo decía en serio, puesto que llevaba semanas esperando un contrincante que le exigiera el máximo. El era perfectamente consiente de que no debía subestimar las habilidades de los jóvenes y prometedores cazadores de sombras, que blandían sus armas con la energía que les proporcionaba la novedad de las armas. Sin embargo la experiencia era diferente, era un lenguaje que se pronunciaba de una  manera  muy distinta...

Lillwelyn poseía un instinto sagaz, resultaba asombrosamente admirable y lo que antes el había creído que era una actitud indiferente, era en realidad  analítica y reservada. Se deslizó una mano ahora libre  de armas por los húmedos  cabellos, que lucían más que del color de la tinta debido al sudor, a la vez que su mirada seguía a la mujer que se movía por el salón recuperando la sudadera abandonada. El gesto hizo que una voz en su interior le murmurara que los llevaba demasiado largos y que debería cortárselos, la misma que le exigía dormir por las noches en vez de agobiarse por un puñado de preguntas imposibles de contestar –Te voy a tomar la palabra, pero te advierto que para la próxima vez no tendrás el mismo resultado que hoy– No pudo evitar sonreír al percatarse de la ironía en las palabras de la cazadora. Se sentía satisfecho con las circunstancias a la par que confuso, porque a pesar de que llevaba mucho tiempo deseando un combate como aquel, las emociones que la nefilim le despertaban lograban turbarlo bastante.

–En realidad, si... Siempre entreno con Owen–
Comenzó a hablar  instantes después y aunque en su rostro permanecía esbozada una sonrisa fácil, el brillo de su mirada se turbó y desapareció igual que la adrenalina que había estado embargándole minutos antes, extinguiéndose tan rapido como la mecha de una vela al soplarse.  En los últimos días  pensar en su hermano le inquietaba, y era algo que el sabía tan evidente, que se cerraba a la idea de transmitir su inquietud a alguien más cualquier manera; Orgulloso y terco como el solo, tampoco había considerado si quiera cuestionar las labores que habían hecho trasladar a su hermano a Idris a otro miembro del consejo. Si algo importante había sucedido, Owen se lo contaría al minuto, estaba seguro de eso, apostaría cualquier cosa por ello –Supongo que eres consiente de su ausencia, principalmente por lo precipitado de la situación. Por eso he recurrido a entrenar solo, aunque no me guste hacerlo en absoluto– volvió a detener su mirada sobre ella, esta se había perdido entre los patrones irregulares del piso del salón –Me tomaré la confianza de retarte otra vez, aunque personalmente he tenido suficiente de barrer el piso por el momento–

Alexei Ravenwolf
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→ 7:13 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
Fue durante un segundo muy breve, casi etéreo, pero Lillwelyn estuvo segura de encontrar algo en la sonrisa de Alexei con lo que no había esperado toparse ahí. Casi como el aleteo de una mariposa, o como los pétalos de una flor al abrirse poco a poco. Fue un chispazo que le recorrió el pecho de forma cálida y que le hizo sonreír de igual manera mientras se agachaba a por la prenda. A lo mejor fue porque pudo leer perfectamente en su rostro lo encantado que estaba ante la idea de repetir ese encuentro, sorprendiéndola, como siempre hacía. O a lo mejor había sido por la luz que le había brillado en sus ojos. Tampoco importaba demasiado. Al final se marchó tan rápidamente como había llegado, siendo sustituida por una carcajada muy suave.

Te tomaré la palabra yo a ti también, Ravenwolf.

Hubo algo en su forma de hablar de Owen y de su marcha que hizo que el corazón se le encogiese un poco. El primer día en que habían comenzado a trabajar en el caso de Bennet ya le había parecido que la ausencia del mayor le había afectado mucho, en tanto en cuanto se encontraba más desafiante e irritable de lo normal. Pero quizás no fue hasta ese segundo en el que sintió dentro de sí lo muchísimo que debía de echarle de menos, ya no sólo como parabatai, sino como hermano suyo que era. Lillwelyn le contempló impenetrable durante unos segundos, notando la tela de la sudadera en los dedos que había abandonado su calidez por la frialdad propia del suelo de piedra. Se sintió tan identificada con él en esos momentos que le despertó una pizca de ternura que se prendió rápidamente por todo su ser, terminando en el esbozo de una sonrisa suave en sus labios. Se pasó la prenda por la cabeza y sacó la estela del pequeño estuche que llevaba siempre en la pierna derecha, cogiéndole el brazo donde se había hecho el corte que se había hecho él mismo en uno de los movimientos para atrapar su espada.

Soy consciente de su ausencia principalmente porque el día en que nos asignaron una misión juntos estabas del peor humor que te he conocido nunca, y no creo que fuese únicamente porque no te fiabas de mí. Y sí, es cierto que te trato desde hace poco tiempo, pero te he observado en la distancia y más o menos me he hecho una idea a lo largo del tiempo de cómo reaccionas y cómo eres. Y creo... que sin Owen no te sientes completo del todo. —Empezó a dibujarle el iratze con paciencia—. Probablemente no te acuerdes, pero la primera vez que me fijé en ti creo que debías tener unos doce o trece años. Yo iba paseando por Alacante con mi hermano y te encontramos peleándote con gente de tu edad; recuerdo haber pensado que nunca había visto a nadie tan lleno de rabia, tan impulsivo ni tan lleno de suciedad en ese momento.

Se rió entre dientes, centrada en el trazo de la runa. Fue esa la primera vez que sus ojos se toparon con los de él. Recordaba haber pensado que nunca había visto una mirada tan iracunda ni tan caliente, como si el mismo sol estuviese ahí, detrás del azul que lo observaba todo con una expresión que sólo hablaba de querer salir corriendo de allí. Días después había vuelto a verle cerca de la Plaza del Ángel con su hermano mayor, como siempre se les veía, y se había acercado llevada por la curiosidad más infantil y más pura, porque su rostro había sido un libro tan abierto que había sentido cierta fascinación por eso, acostumbrada, como estaba en los miembros de su escasa familia, a que la gente no dejase traslucir tan brillantemente sus emociones.

Eso me llamó mucho la atención en su momento. Algunos días después intenté acercarme a hablar contigo pero no fuiste muy amable y yo, bueno, simplemente no me aventuré más. —Apartó la estela al terminar de dibujar la runa, de volviéndole la mirada, aún con la sonrisa en los labios—. Siempre has parecido alguien difícil a la hora de aproximarse, y no puedo culparte, ya lo sabes, por cómo se te ha tratado en general. Pero cuando Owen ha estado contigo de algún modo siempre has sido más accesible para los demás. Creo que no habría hecho falta que nadie me dijese que tu hermano se había marchado; con verte la cara podía saberse. —No había apartado la mano del brazo de Alexei, cálido, a pesar del sudor helado que lo recorría, y se encontró deslizando los dedos hacia la muñeca de él, dándole un suave apretón de ánimo—. Y se bastante bien lo que es eso, la verdad. Jacob no era mi parabatai, pero cuando vino a vivir a New York me sentí bastante perdida, sola en esa casa tan enorme con mi padre.

Fue al decir eso que se apartó lentamente de él, como si percatarse de que le estaba contando de nuevo cosas demasiado personales no hubiese hecho saltar una alarma en su cabeza. Pero de alguna manera era fácil confiarse a él, a pesar de todas las barreras que había creado para distanciarse de la gente, porque encontraba demasiadas similitudes entre sus historias, a pesar de todo.

Así que no te preocupes. Que yo barreré el suelo contigo por tu hermano —bromeó con cierta picardía, intentando separarse de nuevo.


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Thank you, Alyssa! <3
Lillwelyn Cynwrig
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→ 6:23 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
Contradictorias eran las emociones que siempre despertaban en Alexei los encuentros que había tenido con  Lillwelyn Cynwrig tras su llegada a Nueva York. No le parecía la misma persona que había conocido en Alancante, y no porque en ella hubiese un cambio que él hubiese identificado o el apellido que ostentaba era otro, era porque el cazador de sombras estaba observándole con unos ojos distintos, era como si por años solamente hubiese estado mirando un extremo de una fotografía y por fin había conseguido contemplarla en su totalidad, anonadándose ante la variable de elementos que conformaban la imagen y avergonzándose a sí mismo por no haberse atrevido a apreciarla desde un ángulo distinto.

Lo que era más impresionante aun, era que cada vez que se encontraba él tenía la sensación de descubrir un elemento nuevo. Estaba caminando a través de un campo a oscuras, y encontraba constantemente cosas que le hacían darse cuenta lo mucho que había subestimado a la nefilim, lo injustas que habían sido las conclusiones que él había hecho –Sabrás disculparme por eso– se quedó muy quieto, incapaz de observar otra cosa que no fuesen los movimientos parsimoniosos con los que la estela ajena dibujaba la runa de curación sobre su piel. Algo le hizo creer firmemente que si alzaba la mirada hacia la cazadora, las palabras se le quedarían apelmazadas en algún lugar de su mente –Reconozco que no estaba en mi mejor momento– Ni tampoco era la primera vez que le sucedía algo así. Al nefilim no le gustaba pensar en sí mismo como alguien iracundo, pero era consiente de como las emociones a veces brotaban de él y se descarrilaban, y  muchas veces el no era consiente de la gravedad con la que procesaba las cosas hasta que la tormenta había aminorado y solo le quedaba lidiar con las consecuencias. Con los años había aprendido a ser más hermético, mas practico. Era una cualidad esencial para un miembro del consejo, pero eventualmente su naturaleza impulsiva y sensible terminaba por delatarlo.

El cazador de sombras arqueó las cejas al escuchar el relato, sintiéndose impresionado por la espontaneidad con las que Lillwelyn le reveló aquel recuerdo de hacia más de una década. Tal vez sin saberlo la mujer había descrito el panorama genérico de la infancia de Alexei, y por lo mismo este no fue capaz de recordar un momento en específico; Su niñez había transcurrido de la manera más ruidosa posible, entre peleas con otros cazadores a veces mayores que él, travesuras de las más ridículas a las que arrastraba a Owen y un montón de torceduras y magulladuras que habían puesto a prueba los nervios de su madre en múltiples ocasiones. Su hermana había estado allí, una figura apacible, consoladora y estricta, que había evitado en más de una ocasión que se metiera en serios problemas...

¿Que hubiera sido de él si no hubiese tenido a Owen a su lado cuando esta falleció? Pensarlo le angustiaba, y Lillwelyn no hubiese podido encontrar mejores palabras para definirlo.

Ni siquiera supo el momento en que había apartado la mirada de la estela y la había fijado sobre la cazadora, absorto en su trémula sonrisa se dio cuenta de que realmente lamentaba no recordar aquel momento. De niño él vivía en las nubes, y recordaba vagamente a los Fairescale por lo distintivo de su inexorabilidad, como una barrera que jamás le había incentivado a acercarse, incluso recordaba a una Lillwelyn mucho más joven que la que ahora veía, con los mismos ojos azules llenos de secretos –También sabrás disculpar eso, no era un asunto personal. Si me hubieras dicho que hice otra cosa además de lanzar rocas y gritar, te hubiera asegurado que te confundiste de niño– Pese a estar hablando de su terrible comportamiento de la infancia, Alexei no pudo evitar sonreír. La temeridad con la que había actuado en esas épocas ahora le parecía inconcebible, pese a que aun había viejas costumbres que no dejaba ir.

Era consiente de que pese a que la runa ya estaba terminada la cazadora de sombras no se había apartado de él. Deliberado o no,  Alexeí sintió aquel sencillo gesto como el más intimo del mundo; hasta el momento no había hablado con nadie sobre Owen y lo mucho que le preocupaba, lo desolador de una distancia que existía ahora entre el y su hermano que iba más allá de lo físico y que Alexei no sabía a que se debía –Por supuesto, era tu hermano. A veces hay lazos que nos unen más a las personas que las runas, estoy seguro de que querría a Owen de la misma manera en que lo hago ahora incluso si no hubiésemos sido parabatai– No estaba arriesgándose a decir aquello para simpatizar con Lillwelyn, ni siquiera se le ocurría pensar que ella era la clase de persona que necesitaba un falso consuelo. Había vivido como una cazadora de sombras toda su vida, y el duelo era una realidad que siempre los perseguiría a todos ellos

Luego de un largo rato, incluso cuando sus manos ya no estaban unidad, Alexei volvió a hablar –¿Por esa razón has cambiado tu nombre?– el tacto en su pregunta destacaba por su ausencia, pero Alexei sintió una punzada de angustia por algo en lo que nunca se había detenido a pensar. Fue como si las palabras se le derramaran y el no hizo mucho para detenerlas, había algo en ese momento que hizo a Alexei pensar, al menos en ese instante, que podía decirle cualquier cosa –¿Por Jacob?–


Alexei Ravenwolf
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→ 7:18 A.M→ Instituto de Nueva York  → Templado
La risa volvió a acudir a su boca cuando el nefilim le habló de su infancia, coreando la mueca en los labios de él. Resultaba tan extraño todo aquello. De pequeña se había sentido rechazada de forma tan frontal que no había vuelto a acercarse a él porque realmente no había sabido cómo afrontarle, y porque con el tiempo, su interés se centró en otras cosas. Pero ahora había recibido un trato semejante por su parte y por increíble que pudiese resultar había sabido dirigirlo, hacerle frente e incluso evaporarlo sin que hubiese tenido siquiera que chasquear los dedos.

Tranquilo, no me sentí especial, así que no tienes que preocuparte.

La sonrisa de Lillwelyn se evaporó de repente ante la pregunta de Alexei, y los ojos de la nefilim le recorrieron el rostro en su totalidad; desde el rasgo más pequeño hasta el inmenso mar de sus ojos azules, siempre ardientes, siempre tempestuosos. Se preguntó ligeramente cómo debía de ser una existencia en la que todo era un maremoto interminable, una lucha continua, un fuego azul que no se movía silencioso, sino que luchaba por escapar de la carcasa en la que estaba confinado. Había aprendido hacía tantísimos años a no dejarse llevar por sus emociones -tibias, en comparación a lo que veía dentro de él- que casi había olvidado lo que era darse el lujo de echar las barreras abajo y abandonarse al placer de sus propios sentimientos.

En ese momento, por algún motivo que no alcanzó a comprender en un principio, sólo tuvo ganas de salir corriendo de allí. La piel se le erizó hasta la nuca debajo de la sudadera, como si el viento frío le estuviese azotando el sudor helado sobre el cuerpo y nada le estuviese protegiendo. «He hablado demasiado con él. Me he abierto demasiado» se dio cuenta con una mezcla de perplejidad y horror. No recordaba haber intimado tanto con nadie en tampoco tiempo, y esa idea le inundó de una ansiedad terrible que consiguió controlar sólo por la experiencia de los años transcurridos. Nada más. En sus ojos no se atisbó la más mínima duda, el más mínimo dolor, sólo una calma tan ensayada que se había convertido en un vestido que llevar siempre.

¿Debía de contarle el motivo por el que lo había hecho? Era estúpido, y al mismo tiempo no. Era hablarle de sí misma. De lo más profundo de su corazón. De la enorme herida de su alma que nunca dejaría de sangrar, se sucediese el tiempo que se sucediese. La distancia con Apollo era algo que le había hecho llorar por dentro, con escasas lágrimas, pero con un gran pesar, en un mundo en el que sólo quedaban él, ella y su sobrino. Los últimos Fariscale. Los últimos de una línea de sangre longeva, antigua, poderosa, que se había evaporado con los años. Y ni siquiera se hablaba con el hombre que la había criado entre sonrisas trémulas, el calor de unos brazos fuertes y los gritos de una incomprensión demasiado arraigada para ser superada. Se temía.

Era abrirle el alma a una mirada vacilante que le contemplaba con el anhelo escrito en cada poro de su piel.

Lillwelyn se encontró queriendo abrazarle con todo su ser sólo para silenciar su voz y el hilo de sus pensamientos, y eso la desconcertó tanto como todo lo demás. El preguntarse si él se apartaría si le rodeaba el torso y apretaba la cara contra su pecho en una súplica muda por no hablar más de cosas que le impedían conciliar bien el sueño. Que, al final, la hacían inmensamente infeliz.

No —dijo al fin, después de largos segundos en los que los únicos sonidos eran los de la mañana, que les llegaban a través de las ventanas.

La boca le supo a ceniza y los labios se le hicieron cuarteados, atorada la garganta seca por la que no parecían querer fluir las palabras. Ilya había tardado meses en que le hablase de su familia. Y ahora, por algo que no alcanzaba a comprender, iba a confiarse a el joven que estaba frente a ella, contemplándola con una curiosidad tan pura, tan genuina y tan carente de malicia que le había tocado el corazón, a pesar del dolor que le habían proporcionado sus palabras sobre los bordes de la herida. «Me ha hablado de Owen», reconoció, «y no creo que haga eso con todo el mundo...» A pesar del dolor, le había hecho sentirse cálida por la confianza depositada. Porque Alexei también estaba lleno de cicatrices que le había hecho el resto al tratarle como un problema y, aún así, se había sincerado con ella con las palabras casi susurradas en un silencio casi secreto.

Lo hice porque llevo los últimos doce años de mi vida peleándome contra uno de los hombres a los que más quiero porque no es capaz de entender que el mundo cambia y que quienes lo habitan no son monstruos, como él piensa. Lo hice porque me encontré sola, privada del único apoyo que había tenido toda la vida, y de pronto enfrentarme a él se me hizo tan agotador que me pesaba continuar ligada a un apellido que me ha traído más desgracias que fortuna. —Suspiró profundamente. Las lágrimas no habían acudido a sus ojos, pero por primera vez una emoción profunda, desolada, había atravesado su voz en cada palabra—. Lo hice porque quería huir de mi padre, y de su sombra, que es larga y llega a todas partes. Jacob llevaba ya muerto varios años cuando decidí marcharme de aquí y tomar el apellido de soltera de mi madre como una declaración de intenciones. Como lo es el que me haya vuelto miembro del Consejo. —Soltó una risa ácida, cínica, herida. Había apartado la mirada a mitad de su discurso, y al regresarla hacia la de él, por primera vez también, había algo destellando en sus ojos. ¿Dolor? ¿Cansancio? ¿Hastío? Era difícil saberlo. Ni ella misma estaba segura de tenerlo demasiado claro—. Llevo desde hace más tiempo del que puedo recordar controlando las emociones que me mueven, y las últimas decisiones de mi vida sólo se han basado en seguir impulsos motivados por la ira, el dolor o la rabia. —El reflejo en sus ojos se endureció, como el acero pulido, y los centró en el suelo, donde nadie podía contemplar su propia debilidad—. Es tan patético...—susurró, más para sí misma que para otra cosa.


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