31/12 ¡Último día del año, queridos habitantes del submundo! El Staff de Facilis Descensus Averni os desea una magnífica entrada de año y que os sucedan más cosas buenas que malas. ¡FELIZ 2019!


02/12 ¡Atención, atención! ¡Aquí os dejamos las noticias recién salidas del horno! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, usuario! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...

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Museo de arte • 20:10 • Despejado
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¿Cómo es que se las arreglaba para meterse en las peores situaciones? No tenía ni idea, quizás alguna habilidad secreta que había desarrollado sin percatarse. Puesto encontrándose allí, oculta en un rincón junto a una llorosa pareja de amigos con el corazón en una mano y el miedo erizándole la piel, esa pregunta titilaba suavemente en sus pensamientos.

Ese día debería haber sido tranquilo. Solo ella y una tarde de silencio en el museo, observando el ir y venir de la gente, mientras ella se encerraba en algún cuadro con la mente en blanco. Se había organizado y todo, quedándose en el área de pinturas renacentistas para descansar su alma luego de una semana difícil. Pero los gritos, aquellos del tipo provocados por pura supervivencia, rompieron su aparente tranquilidad.

Seguidos luego de los disparos…

Su primer instinto fue agacharse, en busca de algo donde guarecerse y evitar la presencia de quien fuera el atacante; al menos hasta que la policía llegara. Sin embargo, el miedo de una segunda ráfaga de disparos cortó cualquier pensamiento, dejándola solo con una latente necesidad: Debía escapar. Y rápido. No supo ni cómo se levantó, sintiendo solo el duro empuje de sus piernas en su corrida hasta la siguiente ala del museo. Pillándose de frente con uno de los atacantes, quien, en conjunto de otro compañero, cerraban la salida de emergencia. A un lado del cuerpo sangrante de uno de los guardias.

Demonios... — jadeó la morena, escondiéndose de inmediato. Esto no era un simple ataque, era un golpe organizado. Quizás podía estar equivocándose, pero sus instintos se lo decían. Los atacantes llevaban armamento automático y parecían jóvenes, estaban cercanos al cierre del museo por lo que flujo de gente era menor, al igual que la presencia de los guardias. ¿Sería acaso un ataque terrorista? ¿Algún golpe menor conectado a lo ocurrido en el Times Square? No quería pensar en eso, ni mucho menos tratar de buscar explicaciones cuando lo que necesitaba era un plan de huida. Algo con lo que mantenerse viva. Girándose, cayó en cuenta de la presencia de una pareja, quienes llorosos tapaban sus bocas para no emitir ruido alguno. Sus ojos se clavaron en los del otro, sintiendo el pánico que compartían. No, no podía ser un número más en una estadística. Se las arreglaría, como fuese, pero no se quedaría de brazos cruzados.

Queridos visitantes, buenas noches. Ante todo, disculpen la interrupción, pero necesito que todos guarden silencio. Desde este momento, deberán seguir nuestras indicaciones al pie de la letra, puesto odiaría tener que eliminar a alguno de ustedes. Buscamos solo la atención de la prensa y respuestas por aquello que el gobierno no se ha dignado a responder, por lo que nos vimos obligados a esto.

Y tan súbitamente cómo había sonado entre el museo, la voz en los parlantes se sumió en silencio. ¿Acaso era una broma? Jugaban con las vidas de personas solo por una razón que ni siquiera develaron. Furiosa y frustrada, Sivanna deseaba golpear la pared frente a ella, pero por sobre todo a alguno de aquellos hijos de puta. Rogaba que la policía ya estuviera al tanto de aquello y llegaran pronto con los refuerzos necesarios, puesto no estaba segura de que aquello terminara en buenos términos. Mucho menos cuando los secuestradores parecían lo suficientemente armados como para hacer frente a los uniformados.


Última edición por Sivanna Gehring el Vie Ago 31, 2018 3:16 am, editado 1 vez


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WHO SAID VIOLENCE HAS TO HAVE A REASON?
→ Museo de Arte → 20:30  → Despejado
Hay sitios realmente estúpidos para quedar en aras de concretar un trabajo, y esa es una realidad.

Generalmente uno debe de buscar localizaciones en las que el encuentro de dos personas no levante demasiado la atención; lugares frecuentados, porque así la tendencia a hacer ruido siempre es bastante menor, pero donde se pueda mantener una conversación discreta sin que nadie meta la oreja. Mis preferidos siempre han sido los parques o las cafeterías, que parecen lugares tan alegres que nadie pensaría que podía llegar a concretarse un asesinato; en el caso de vampiros están los pubs o los bares donde no se puede rascar la mierda de debajo de la mesa, donde te has asegurado con anterioridad que nadie conoce a tu nuevo empleador o empleadora, para que todo sea más sencillo y nadie te haya preparado una emboscada.

Bien, aquí y ahora dejo constancia de que los museos de arte son otra imbecilidad.

Realmente nunca he entendido de arte una mierda, y mientras me frotaba el mentón mirando uno de los cuadros aguardando a la persona que me había citado allí, corroboré que desde luego no era lo mío. Las expresiones en el rostro de los personajes estaban llenas de expresividad, pero más allá de que me pudiese parecer más o menos bonito, no tenía ni idea de lo que representaban, de lo que significaba o de lo que pudiese haber querido transmitir el autor. ¡Ni siquiera habría sabido decir que era del Renacimiento si no fuese por el cartel de la sala! Tampoco era que me importase mucho pero...

Una voz a mi lado me distrajo en ese momento, encontrándome de golpe con el rostro de una hermosa hada que me miraba con ojos lascivamente peligrosos. Controlé el estremecimiento que me nació de lo más profundo, como siempre que me encontraba ante una de ellas, y esbocé una sonrisa que no pretendía rondar ninguna frontera. Había algo en su mirada que me recordó a Victoire, de colores imposibles, y la eché increíblemente de menos, como un pinchazo justo en el corazón. Hacía ya una semana que no nos habíamos visto porque estaba muy ocupada con su trabajo y notaba su ausencia como si me hubiesen arrancado un pulmón en el proceso. Esa noche pensaba ir a verla; me daba exactamente igual su trabajo, los nefilims, la Clave y todo.

La conversación fue clara, concisa y directa. Su encargo, no tan sencillo como me habría gustado por su parte, pero nada que no pudiese llevar a cabo. Me dejó una pequeña bellota en mi poder que podía romper una vez hubiese terminado, con lo que ella sabría cuándo presentarse ante mí, y tras despedirse arrastrando cada una de las letras que podía mientras me miraba, prácticamente se volatilizó. Como si nunca hubiese estado. Desapareció tan rápido, en un parpadeo, casi, que tuve que cerciorarme de que el fruto en mi mano era real y que nada de aquello había sucedido. No tardé demasiado en guardarla en el bolsillo mientras pensaba que se trataba de un pueblo realmente inquietante, el de las hadas. Era extraño, además, que hubiese acudido a un mundano como yo buscando algo cuando ellas podían solucionar las cosas con métodos mejores, como la magia, pero debía ser por la gran cantidad de hierro en el ambiente que las asfixiaba.

Respiré profundamente y conté hasta cien antes de decidir a marcharme de allí para que nadie pudiese asociarnos demasiado, más allá de aquel fugaz encuentro, por si acaso había alguien interesado en que alguno de los dos saliésemos perjudicados, y tras contemplar con desagrado una pintura de lo más tétrica, me giré para marcharme.

Fue entonces cuando comenzaron los disparos.

Yo no llevaba encima más que un par de dagas ocultas en la chaqueta, pero tampoco se me ocurrió hacer el idiota cuando vi al grupo de hombres jóvenes junto a la salida de emergencia al lado del cadáver de uno de los guaridas de seguridad. Mientras la gente gritaba yo intenté mantener la calma, absorbiendo cada detalle de la situación, intentando empaparme de cualquier objeto o desliz que pudiese servirme, y lo que sí hice fue moverme deprisa entre la multitud; dudaba mucho que pudiese escapar pero si no me comportaba de alguna manera que pudiese parecer al menos inquieto, sospecharían por verme tan tranquilo.

Pero después de enfrentarme a vampiros y a demonios, ¿qué eran unos mundanos con armas?

Me coloqué junto a una pared apartada de ellos, recorriéndola a pasos lentos mientras les escuchaba hablar, hasta que me situé junto a una muchacha joven al lado de una pareja que estaba aguantándose para no llorar. No era un sitio muy prometedor, pero me permitía bien observar a la gente dispersa por la sala, además de a nuestros captores. Sentí un ligero movimiento a mi lado, el de la muchacha, y vi en sus ojos un destello de rabia que me hizo aferrarme a su muñeca con un gesto tan rápido que, de ser humana, no lo habría visto venir, probablemente.

No vayas a hacer nada, piernas largas. —Hablé en voz baja a la joven. Su bonito rostro estaba contraído más por la furia que por el miedo, y precisamente por eso me había tomado la molestia de asegurarme de que no se moviese de mi lado—. No parece que sea una buena idea enfadar a nuestros jóvenes amigos sin que antes pensemos qué podemos hacer al respecto... —Mantuve el silencio unos segundos. Había aprovechado para comunicarme con ella cuando la mirada de los secuestradores no se posaba sobre nosotros, y aguardé hasta que volvieron a centrarse en otro grupo—. Intenta hablar bajo, despacio, y sólo cuando no nos miren. De lo contrario se acercarán demasiado deprisa, te lo aseguro... —La solté lentamente, manteniendo la respiración acompasada—. E intenta calmar a esos dos o terminarán con problemas.

Off:
¡Perdón por la tardanza y por el cutre-post! Pero la prisa es una consejera horrible D: Mañana lo pongo más bonito y a ver si lo narro mejor, pero bueno, más o menos no creo que Mike haga nada muy diferente XD ¡Besis!


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Museo de arte • 20:10 • Despejado

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Mentiría si dijera que no estaba asustada. Estaba aterrada, pero su cabreo superaba su miedo con creses. Con la adrenalina corriendo fuerte en sus venas, Sivanna se sentía a punto de saltar de su lugar si alguno de esos cabrones se acercaba lo suficiente. ¿Sería capaz de herirlo lo suficiente como para morir con una sonrisa en la cara? No lo sabía, pero estaba dispuesta a intentarlo. Sivanna no era de las que se quedaba quieta en una situación así y no tenía ni un pelo de sumisa, así que los planes de mantenerlos a todos calladitos y obedientes no funcionarían con ella.

Sus planes de rebelión acabaron de golpe al sentir un súbito agarre en su muñeca. Su mirada oscura de inmediato se volvió a la ajena con un brillo amenazador, bajando al lugar donde él la tenía sujeta y de vuelta a sus ojos. No había sido una buena idea el tocarla sin aviso alguno, sobre todo cuando estaba así de tensa, pero al menos sus palabras terminaron por sacarla de sus pensamientos. Por lo que las ganas de mandarlo a la mierda se vieron disminuidas de inmediato. Tenía razón. Por más que le repateara esa situación, tenía que mantener cualquier atención lejos de ella. Tragando con dificultad, esperando el momento correcto, Sivanna murmuró suavemente. — Vamos, si solo quería darles un par de palmaditas en la espalda por su buen trabajo. — sus intentos de no plasmar su ira en sus palabras se vieron infructuosos, puesto aquello dicho terminó saliendo más como un gruñido bajo. Enfocándose en su respiración, la morena esperó un segundo antes de hablar nuevamente. Un pequeño detalle que notó con esto fue que cada vez le costaba más controlar su humor… extraño, ¿no? — ¿Qué propones, guapo? ¿Esperar que Spidey aparezca? ¿O hacer de héroes? — Realmente estaba interesada en saber qué idea podía ocurrírsele a Don mantengan-la-calma, pero el tono borde se le salía sin querer bajo estrés. Suspirando medio derrotada, comentó.— Hay demasiados como para intentar algo en grupo.

Vaya, el trabajo de calmar gente no se le daba muy bien. Sobre todo, porque sus métodos terminaban en golpes o gritos, debido a que detestaba a la gente histérica. En una situación así de nada servía llorar, mucho menos tener un ataque nervioso; esto solo servía para disminuir tus posibilidades de supervivencia debido al cabreo de los agresores. Así que, buscando alguna manera discreta de callar a la parejita, giró su rostro hacia ellos y extendió una de sus manos en su dirección. La muchacha de inmediato la tomó, apretándola en un gesto reconfortante. Aprovechando aquella instancia, les indicó lo más discretamente que pudo que guardaran silencio. Ellos asintieron y apretaron sus labios, acurrucándose el uno contra el otro aún más en búsqueda de apoyo. ¿Algo era algo, no?

De la nada, uno de los hombres se acercó hacia el lugar donde ellos se encontraban. Enfrentando a una mujer que obviamente estaba paralizada de miedo.— Ponga su móvil en la bolsa. — dijo él, mientras su compañero abría algo parecido a un bolso. Ella negó un par de veces, como queriendo decir que no tenía uno. Tuvo que recordarse como respirar ante el escalofriante sonido de la escopeta siendo cargada, aquel chasquido reverberando en la instancia como una amenaza fuerte y clara. Apuntando el arma a la cabeza de la mujer, repitió. — Creo que no entendió, señora. Ponga. El. Móvil. En. El. Bolso. —  puntualizó cada palabra acercando el arma hacia la frente de la señora, quien se rebuscó nerviosa dicho aparato y lo lanzaba en la bolsa.

Girándose hacia ellos, el par se acercó y repitió aquel discurso. Sivanna fijó su mirada en la ajena y buscó su móvil, sin quitar por un segundo sus ojos de él, para luego dejarlo caer en aquel bolso. Una mueca parecida a una sonrisa tironeó los labios del hombre con la escopeta.— Buena chica. — Su “elogio” le revolvió el estómago, pero como buena mentirosa, Sivanna no mostró signo alguno de molestia. Todo lo contrario, algo la hizo responder con una sonrisa propia. No le pasó desapercibida la mirada que le dio, puesto conocía bien qué significaba. Sus clientes siempre la miraban así cuando estaban interesados.

Sin mediar más palabra, ambos hombres siguieron con su tarea de recolectar cualquier cosa que sirviese de contacto con el exterior.


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En otras circunstancias más favorables, probablemente me habría reído por el tono ácido que la chica estaba empleando, sorprendido y divertido a partes iguales, porque con esa cara tan redondeada nadie habría imaginado que pudiese esconderse toda una fuente de mala hostia. Pero claro, ¿en qué momento de mi vida iba a tener yo algo favorable? Lo repetiré mil veces: nací putamente estrellado. Así que tuve que contentarme con enarcar una ceja, esbozar una sonrisa burlona y esperar a que no nos estuviesen observando, de nuevo, para girarme hacia ella.

Yo siempre he sido más de Iron Man, pero oye, Spiderman tampoco me parece una mala opción. Y gracias por el piropo.

Asentí cuando recalcó la obviedad que era que había demasiados como para intentar nada por su cuenta, así que mientras ella calmaba a la pareja que parecía querer salir corriendo para saltar por la ventana, me centré de nuevo en los detalles de la habitación. Éramos unas veinte personas, no había niños, lo cual disminuiría las sensibilidades del personal ni las intenciones de hacerse el héroe, ni embarazadas. La persona de más edad debía de rondar entre los cincuenta y cincuenta y cinco años, y era un señor de pelo cano que se agazapaba con la que debía de ser su hija justo en la pared de enfrente. El resto eran adolescentes, gente joven y demás adultos, además de la muchacha junto a mí y la pareja de llorones.

Las paredes estaban cubiertas de cuadros, y en esa sala, al menos, no había ventanas. Las que estaban a los lados sí tenían, pero los tipos habían sido lo suficientemente inteligentes como para escoger una donde no pudiesen apuntarles con francotiradores. Me relamí los labios, buscando las cámaras de seguridad que nos estaban enfocando; había al menos una por esquina, y las que estaban en las esquinas contrarias a las puertas que daban paso a las otras salas también nos tenían controlados. Sólo había dos, a izquierda y a derecha, además de la salida de emergencia, y había al menos dos tipos haciendo guardia en cada una de ellas.

Por último, nuestros queridos amigos los atacantes no eran muchos más que nosotros. Unos doce. Bien armados, bien distribuidos y con órdenes bastante concisas, por la forma que tenían de comportarse. No supe deducir cuál era el líder -siempre había un líder- hasta que me percaté de que al menos dos de ellos se acercaban a un tercero para darle información casi al mismo tiempo, y éste los recolocó sin pestañear siquiera. No se trataba de un joven extraño, ni siniestro; tenía los ojos oscuros, e incluso en la distancia se dejaba ver una mirada limpia e inteligente. Hubo un segundo en que nos encontramos, casi por accidente, pero él continuó observando el resto del panorama, no reparando en mí como si yo no fuese más que una mosca, y quizás para él, en ese momento, lo era.

Entonces recibí un golpe en la sien, fuerte y seco, que amenazó con dejarme sin sentido. Pero a esas alturas de mi vida ya debía de tener el cráneo de cemento armado, por lo que además de un intensísimo dolor que me dejó viendo puntitos negros durante varios segundos, no sucedió nada más allá. Sólo escuché una voz estúpida e insolente hablando con muchísima tranquilidad y seguridad, lo que me daba la suficiente información como para deducir que o estaban muy preparados y concienciados, o no era la primera vez que llevaban a cabo un acto así.

Como alguien vuelva a hacer el imbécil lo siguiente que sale volando es una bala. El-teléfono-móvil.

El cañón de la escopeta me apuntó directamente entre los ojos, y aunque ya me había enfrentado a la muerte con anterioridad, nunca te deja indiferente, como demostró la gota de sudor que recorrió mi sien hasta la barbilla. Pero eso no me hizo perder los nervios. Introduje la mano lentamente en el bolsillo de la chaqueta, extraje el aparato y lo dejé caer con tranquilidad. El chico se me quedó mirando, como si algo en mí le inquietase, y antes de marcharse del todo volvió a golpearme con la escopeta, esa vez en la parte trasera de la cabeza. No sé si me desmayé o no, pero lo siguiente que recuerdo es que estaba tirado en el suelo, frotándome la nuca, y el turno de recogidas de teléfonos casi había terminado. Suspiré, dejándome caer contra la pared y comprobando, tras frotarme, que no tenía sangre. Como se movían lejos de nosotros, me giré hacia la muchacha.

Las cámaras nos controlan por los cuatro costados y desde las salas de los lados. Son ocho. Tienen escopetas, dos Magnum cada uno y un rifle de asalto. La munición no está a la vista pero probablemente la lleven en la bolsa negra junto a los pies del calvo alto. —Dejé de hablar un momento, al menos hasta que tres de ellos volvieron a hablar entre sí—. Así que de momento nada de dar palmaditas en la espalda. Obsérvales un rato, a ver si eres capaz de sacar una rutina o un patrón.


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Tuvo que morderse el labio y apretar los puños para no saltar ante el golpe que recibió su "compañero". Tensa, sintiendo como las manos le picaban para lanzarse a la acción, se obligó a mantener la mirada fija en un punto invisible. «Uno dentro, dos fuera.» Se recordó, obligándose a concentrarse en su respiración. Ser testigo de un acto de violencia tan cercano y sin provocación alguna no le sentaba para nada bien, sobre todo si se consideraba el hecho que Sivanna prendía con solo una mala mirada. Sintió en ella las miradas atentas de los cabrones, como si esperaran que intentase ayudar al castaño para hacer lo mismo con ella. Solo que no les daría ese gusto, claro que no.  

Inspiró violentamente cuando cayó sobre él el segundo golpe, que lo dejó en el suelo. Esta vez no pudo evitar una respuesta. Sus piernas se recogieron en un impulso, encorvándose sobre sí misma ante la ardiente necesidad de hacer algo. Sentía la presencia de su navaja en su bota derecha, tan presente y evidente para ella que le costaba horrores no pensar en ella, mucho más cuando la tenía tan cerca de su alcance. No hizo intento de alzar la mirada hacia el autor del golpe, ni a cualquiera de los otros. Solo se mantuvo silenciosa y tensa, a la espera de que siguieran con su recolección de móviles. Escuchó una carcajada ahogada y los pasos seguros de ellos alejándose. De a poco, con la respiración contenida, estiró su mano hasta el hombre y le dio un pequeño sacudón, intentando ver si seguía consiente. Nada… Maldita sea, lo necesitaba consiente. No tenía a nadie más cerca que no estuviese en medio ataque de pánico o completamente sumido en la desesperación.  

El súbito movimiento de sus manos, eso sí, pareció llenar de alivio a la morena. Estaba allí, había vuelto. Cerrando los ojos, sin moverse aún, Sivanna sintió el débil sonido de él volviendo a su antigua posición. — ¿Estas bien? — le preguntó por lo bajo, en un susurro. — Hijos de perra, pensé que te habían dejado K.O.

Frunciendo el ceño, sorprendida por su comentario, Gehring abrió sus ojos para observarlo un tanto extrañada. ¿Acaso eso había enojado a los cabrones? ¿El hecho que habían notado que él estaba analizando el lugar? Se había arriesgado, mucho más cuando los ánimos estaban demasiado tensos como para siquiera mirar a aquellos bastardos.

No sé si sentirme aliviada o algo con eso. — guardó silencio, por un momento, para luego proseguir.— Si dieron un aviso por los altavoces, debe haber alguien arriba con…  

No había terminado de decir esto cuando uno de ellos volvió al lugar a paso raudo. Algo susurró al oído de otro y pasó la vista por sobre los rehenes… como si buscara algo. El hombre que había recibido el “mensaje” indicó a los otros que se acercaran; luego de intercambiar un par de palabras, su mirada recorrió a cada persona al igual que el otro lo había hecho. Terminando puesta en su dirección; directamente en la suya. Alzando una mano, la indicó en un gesto tranquilo. De inmediato dos de ellos caminaron hacia ella.

Su corazón se detuvo.

Conteniendo el aliento, sin quitar la mirada del que había dado la orden, Sivanna sintió el toque frío del miedo en su cuerpo. No sabía qué demonios se habían dicho entre ellos ni porqué la habían apuntado, pero no quería saberlo. Uno de los hombres cerró su mano en su brazo en un agarre doloroso, obligándola a levantarse. — No, ella no. — la aclaración reverberó en la habitación, deteniendo de inmediato a quien la mantenía agarrada. — La otra. — Todas las miradas cayeron en la muchacha que temerosa, se abrazaba de su amado. La chica que había tratado de consolar... Los gritos desesperados de ella destrozaron el ominoso silencio que se había formado. Al igual que habían hecho con ella, los hombres la levantaron sin mediar fuerza, haciendo oídos sordos a las súplicas y el llanto de ella. De una patada silenciaron a la pareja de ella, quien trataba de recuperarla en penosos ruegos.

Arrastrándola, la sacaron del lugar, siendo su llanto lo único que podían escuchar en la lejanía. Luego una puerta cerrándose. De los altavoces aquella voz que les había hablado en un principio hizo aparición nuevamente, esta vez parecía hablarle a alguien.

—  ¿Qué dice, capitán? ¿No puede darnos lo que pedimos a cambio de una vida? — otra voz, más lejana respondió de manera negativa. Estaban hablando por teléfono... con la policía.— No haremos trato alguno hasta que no nos den la información que pedimos. Es lamentable, pero le dije que soy un hombre de palabra. Le di la primera oportunidad para darme lo que quiero y la desaprovechó. Que mal. — El seco sonido del disparo aclaró cualquier duda que hubiese surgido en las mentes de los rehenes. Sin dar cabida a llanto o a desesperación, la voz volvió a hablar.— Una vida menos por su culpa, capitán. Que le quede claro que fue usted el culpable.

Muda, atónita de lo que había recién ocurrido, Sivanna no notó el momento en que la transmisión se cortó. Solo entendió que habían terminado cuando volvieron ambos hombres a la habitación, sin cambio alguno más que la muchacha ya no iba con ellos. Nadie se atrevió a llorar, ni un simple sonido escapó de los labios de los presentes. Ya no eran un medio para un objetivo, se habían transformado en un objeto para lograr un trueque. El cual, si no era realizado, irían eliminando uno a uno… hasta que ellos consiguieran lo que querían.


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Toda la escena que se sucedió a continuación me revolvió las tripas, pero mantuve la compostura y la cabeza fría en todo momento, porque no era nada ajeno a mi persona; a fin de cuentas, yo había tenido como objetivos de misiones a personas. Victoire y yo nunca habíamos hablado directamente de ese hecho porque mis encargos eran cosa mía, de nadie más, así como yo tampoco le preguntaba sobre situaciones o misiones que había llevado a cabo de los que ella no parecía querer compartir conmigo. Cada cual llevábamos nuestros demonios dentro de nosotros, y buscábamos consuelo en brazos ajenos para paliar ese dolor que a veces y sólo a veces nos consumía por dentro. La diferencia era que yo nunca me había arrepentido a la hora de quitar una vida porque era mi maldito trabajo; había llegado a sentir lástima, compasión y demás por mis víctimas, pero eso nunca había frenado mi avance, ni me había impedido actuar. Me criaron para no tener escrúpulos, para vender las habilidades que los nefilim desarrollan para proteger, y aunque sabía que era pura basura comparada con la mujer que compartía mis noches, no había remordimientos dentro de mí, aunque reconozco que nunca he sido capaz de olvidar los nombres y las caras de las personas cuyas vidas me he llevado conmigo. A Victoire, sin embargo, la he visto sentirse torturada por actuar en contra de sus propios principios, y si bien nunca se lo he dicho, la he amado más profundamente por eso; mucho más de lo que jamás habría imaginado que podría llegar a quererla. Por ser ese maldito ser de luz que alumbraba mis noches, haciéndolas más llevaderas, llevándome a hacerme planteamientos que jamás había osado tener en toda mi existencia.

¿Por qué, quizás, no había sido capaz de hablarle de eso? A pesar de que probablemente ella lo sospechaba. A pesar de que estoy seguro de que ella no dejaría de quererme un segundo, aun teniendo las manos manchadas de sangre. Pero, ¿podía alguien librarme del brillo apagado de sus ojos, del reconocimiento de verdades demasiado horribles para ser contadas? Quizás era simplemente porque era consciente de la propia mierda de persona que era y sólo quería que ella me viese mejor de lo que era; y yo nunca, jamás, había sentido eso. La necesidad de que al mirarme no encontrase nada que despreciar, nada que fuese en contra de sus principios; porque había unos límites dentro de la porquería que había sido mi vida, y el asesinar era algo que no sabía si podía soportar que ella lo supiese y lo digiriese. De momento, lo prefería así.

Sin embargo, aquella situación se me hizo completamente diferente. Y no era como si matar por encargo a cambio de dinero no fuese ruin, pero había algo sucio en secuestrar a personas y asesinarlas para tu propio interés personal. O a lo mejor era yo, que estaba cambiando, lo cual era casi más desconcertante que todo lo demás en sí. En el silencio repentino que se hizo en todo el lugar me acerqué y deslicé mi mano hacia la de la joven a mi lado, la pequeña fierecilla, apretándola con fuerza para intentar darle ánimo en aquel momento, puesto que parecía absolutamente en shock por lo que acababa de suceder.

Ahora menos que nunca hagas algo estúpido, por favor —susurré muy bajo, muy despacio, cuando ellos se volvieron para hablar entre sí, y la miré significativamente, sin soltar sus dedos por temor a que reaccionase de alguna forma inesperada.

Una gota volvió a recorrer mi sien derecha. El dolor de cabeza allí donde me habían golpeado las dos veces se hizo enormemente punzante, pero lo dejé de lado, como si no me estuviese afectando, para continuar analizando la situación desde donde estaba. Los altavoces... Ella había mencionado la megafonía, detalle del que yo no me había percatado, y que había quedado más que claro que era un factor a tener en cuenta en ese momento. Evidentemente debían de tener a más personas controlando el museo para asegurarse de que nadie entrase o saliese del edificio. Así que el joven en el que había reparado antes debía de ser el líder del pequeño grupo que estaba controlándonos, y el tipo que estaba en la megafonía era alguien que estaba a su nivel o por encima de él. Respiré profundamente, siguiéndoles con la mirada, preguntándome cómo demonios podíamos salir de esa situación sin que hubiese más heridos, o sin que terminásemos muertos, ya que mi amiga y yo éramos los únicos que nos estábamos preocupando con frialdad de intentar encontrar una solución.

¿Qué demonios podíamos hacer a continuación?

Off:
Dos cosas. Uno: perdona mil por la tardanza :( pero el trabajo me tiene ABSORTA y casi no saco tiempo para nada D:
Dos: siento haber avanzado tan poco la situación, pero prefiero dejarte que lleves la voz cantante ahora mismo, porque tampoco sé qué tienes pensado <3 Si no te importa que improvise locuras, avísame, y no sé, meto un dragón por la ventana (?) jajajajaja
¡Besos, y de nuevo disculpa!


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Museo de arte • 20:10 • Despejado

Siguiente luna llena en 13 días

No supo cuánto tiempo estuvo sumida en silencio, laxa en su lugar sin digerir lo que había ocurrido. Claro que no haría nada estúpido, no había necesidad de decirlo ahora que veía que estos bastardos habían llegado con la idea de matar desde un principio. Esa cantidad de armas no eran solo para intimidar, por todos los cielos. Estaba segura de que tomarían el tiempo necesario para que las autoridades cedieran, por lo que si esos idiotas no se apuraban... para al final de la noche cada uno de ellos tendría una bala metida entre ceja y ceja.

Por primera vez podía decir que apreciaba el contacto con un extraño, porque su toque era lo único que la mantenía fuerte contra la desesperación. No era de las que cedían a las lágrimas rápidamente, pero si se volvía impulsiva si la tensión era demasiada como para soportarla, por lo que respondió el apriete, sin soltarlo aún. Respirando profundamente, Sivanna mantuvo la mirada baja. La posibilidad de no volver a casa se le hizo tan real que por un momento pensó en qué demonios haría Angelica. No era como si estimara mucho a la rubia, pero no quería tenerla bajo la misma experiencia a tan solo tres semanas de haber aparecido. El destino realmente si que era una perra cruel, sobre todo con ella. Había aparecido recién de un secuestro -del cual apenas tenía memoria- y ahora se metía de cabeza a una toma de rehenes. ¿Qué seguía? ¿Robo a bancos? Alguien tenía que hacerle el favor de recordarle el no acercarse a un banco al menos por un mes, si es que salía de esa viva, que con su suerte…  

Pasó cerca de una hora antes que se viera actividad nuevamente entre sus captores. El que parecía llevar la voz cantante en la habitación llamó con un gesto a sus hombres, susurrando algo. Asintiendo, comenzó a apuntar… siguiendo el mismo patrón que había utilizado con la chica. La tensión estalló en gritos desesperados, ruegos de misericordia y caos. ¿Qué iban a hacer con ellos, por todos los santos? Dos disparos cortaron de cuajo cualquier intento de levantarse que tuvo la morena.

Mantengan la boca cerrada o los próximos disparos van a sus cabezas, ¿entendido? — Claro que había entendido, fuerte y claro. Los encargados de tomar a los elegidos por el tirador guiaron a los rehenes al inicio de la habitación, donde los ordenaron en filas y amarraban sus manos con cinta adhesiva.— No harán movimientos bruscos, ni se lanzarán a correr cuando abramos las puertas. Cuando digamos que pueden correr, lo harán. No antes ni después.

Acaso… ¿los estaban liberando? En total era 6 personas elegidas, dejando tan solo cuatro personas en la habitación. Un hombre, dos chicas y ella. Su compañero era uno de los elegidos; iba a salir, fuera de peligro. Desde la lejanía lo observó fijamente, tratando de decirle con la mirada que se mantuviera quieto y no se las diese de héroe. No ahora, que parecía que todo estaba marchando bien. Ya llegaría su momento… al menos eso creía.

De un empujón los terroristas guiaron a los elegidos fuera de la habitación, a la entrada -se imaginaba ella-, dejándolos atrás con el ardiente deseo de seguirlos hacia la seguridad del exterior.


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WHO SAID VIOLENCE HAS TO HAVE A REASON?
→ Museo de Arte → 20:30  → Despejado
Cuando las cosas pueden ir a peor, desde luego, irán a peor.

Yo no sé si Murphy había pasado por muchas penurias antes de enunciar semejante dogma, pero lo cierto era que el cabrón tenía más razón que un santo. Las desgracias nunca venían solas, y desde el momento en que había puesto un pie en aquel lugar había sellado mi destino, al parecer. Aunque bueno, teniendo en cuenta que suelo apañármelas para terminar rodeado de mierda hasta las cejas, tampoco es algo que se salga de mi rutina diaria. ¿Qué más daba si eran subterráneos o mundanos? La cuestión es que resultaba alarmante la cantidad de veces que terminaba con la vida pendiendo de un hilo, o de la decisión de alguien ajeno a mí. Tenía dinero ahorrado de sobra para pegarme unos últimos años de lujos desenfrenados. ¿Por qué demonios no me apartaba de todo aquello y me iba al Caribe a pasar lo que me quedaba de existencia entre cocoteros y sombreritos en cócteles de fantasía?

Siempre supuse que por mi madre.

Y en realidad ahora, por Victoire.

Pasó una exasperante hora hasta que decidieron empezar a hacer algo de nuevo. Para aquel momento el dolor de cabeza se había convertido en algo sordo y punzante, más que avasallador, por lo que podía suponer que no tenía una conmoción cerebral ni nada por el estilo. Sólo un enorme chichón del que Jannik se estaría riendo una vez saliese de esta -si es que salía- hasta el día del juicio final. Tratas con brujos, con vampiros, con hadas y con demonios... y te noquea un humano. Casi podía escuchar ese tono repelente que ponía cuando sentía que las cosas eran demasiado divertidas como para dejarlas de lado durante los próximos veinte años o así. Resultaba tan insoportable que a veces sólo podía preguntarme cómo demonios lo había estado aguantando tanto tiempo.

Cualquier hilo de pensamiento se descalabró, no obstante, cuando empezaron a apuntar a la gente de nuevo con sus armas, repitiendo el mismo proceso de antes. Ahí volví a apretar la mano de la chica a mi lado, y susurré de nuevo las mismas palabras.

Pase lo que pase no hagas nada estúpido.

Porque como no podía ser de otra manera, me señalaron a mí. Bien, como esta vez éramos un grupo grande de personas (unas seis en total), no tenía demasiado claro para qué buscaban llevarnos con ellos, a decir verdad, pero viendo lo que había sucedido no tenía demasiadas esperanzas con que nos fuesen a conducir al exterior. Igual la policía había decidido claudicar hasta cierto punto después de la muerte de la chica, pero tampoco guardaba demasiadas esperanzas al respecto. Nunca he tratado con la policía, ni con secuestradores a esta escala, ni con negociadores, y por lo general tiendo a no fiarme del cine ni de la ficción, pero aunque sólo fuese información, no estaba muy seguro de que la cosa fuese a ir como estos tipejos querían.

Sentí la garra del imbécil que me puso de pie y la ausencia del calor de la mano de la muchacha. No aparté la mirada de ella hasta que hubimos avanzado por gran parte de la sala hacia la puerta principal sin intención, de momento, de hacer nada que pudiese comprometer nuestra seguridad. Nada me garantizaba que si me revolvía contra ellos no terminase con la espalda, la cabeza o el cuerpo plagado de tiros, y a pesar de lo que pueda parecer, le tengo bastante cariño a mi existencia de momento. Así que continué por la senda que nos fueron marcando hasta llegar a la sala donde, no tardé en comprobar, estaba el tipo de la megafonía. Me estremecí al reconocer la calma en los ojos del que debía de ser el líder del grupo; una serenidad de alguien que está dispuesto a matar para obtener lo que se quiere. Nada de un loco ni de un suicida. ¿Un ex-soldado, tal vez? Nos pusieron de rodillas a todos frente a él, su mirada firme en cada uno de nosotros; yo agaché la mirada al suelo en cuanto pude, intentando aparentar un miedo que no distaba demasiado de lo que sentía. Odio sentirme así de indefenso. La diferencia era que había aprendido a no dejarme llevar por él en situaciones extremas, como esta.

Ha pasado una hora desde que hicimos nuestra petición a la policía, pero no hemos recibido respuesta, de momento. Bien, supongo que si nos mostramos bastante más agresivos, quizás atinen a compartir con nosotros lo que deseamos...

A mi espalda, una mujer lloraba, suplicando clemencia. ¿Estarían intentando entrar los S.W.A.T o quien cojones se encargase de resolver este tipo de cuestiones? ¿Habrían llevado al F.B.I? Mierda, esto es lo que pasa por permitir que en este país se tenga tan libre acceso a las armas... En ese momento me dio por alzar la mirada, y me topé con los ojos oscuros del jefe, que parecía interesado en mí de alguna forma. Joder... ¿por qué yo, mierda?

Supongo que no comprenderéis por qué hacemos esto, pero no es por capricho, os lo aseguro. —Ignoraba si buscaba respuesta o no, pero mi boca se movió sola antes de que pudiese darme cuenta.

Por lo general la gente no se organiza para montar un secuestro por aburrimiento.

Escuché perfectamente cómo la gente a mi alrededor guardaba la respiración, y cómo detrás de mí esos mastuerzos gruñían. El tipo frente a mí, sin embargo, sonrió, y le indicó que no hiciese nada. No despegó la mirada de mí en ningún momento, ni siquiera cuando sacó su propia arma de la funda y posó el cañón helado sobre mi frente sudorosa. Yo cerré los ojos un segundo, respiré profundamente y volví a separar los párpados, manteniendo la compostura y el nervio, incluso cuando escuché el clic del cañón preparándose para efectuar el disparo. No era la primera vez que me veía peligrando de este modo, aunque internamente rogaba porque fuese la última. E increíblemente el único pensamiento que me golpeaba en la parte trasera de la nuca era que debía de haberle dicho a Victoire un millón de veces lo estúpidamente enamorado que estaba de ella. Ojalá tuviese la oportunidad de hacer que se riese de mí al contárselo en un futuro...

Me gustas —comentó, mientras apartaba el arma. Yo empecé a respirar de nuevo, sintiendo que el cuerpo me temblaba.

Pues la próxima vez invítame a un café.

El tipo de atrás fue a golpearme de nuevo, estuve seguro, pero el líder no le dejó. Dejó la pistola sobre la mesa cuando el teléfono volvió a sonar, y lo cogió, adoptando de nuevo esa expresión severa de asesino premeditado.

Ha pasado una hora desde la última vez que hablamos, capitán. Esta vez tenemos seis rehenes a nuestra disposición, como le aseguramos, así que espero que sean seis buenas razones más para que nos den lo que pedimos...


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